La Rabina

Silvia Plager

Fragmento

Capítulo I

Asomada a la ventana ve caer la primera nieve del invierno, y ya no es una puerta hostil que se cierra a los placeres del verano, sino una vieja conocida que le trae aquel otro invierno en que su padre le dijo:

—Esther, sólo lograrás hacer daño a tu comunidad, a tu familia, a tu matrimonio. Y lo que es peor, arruinarás tu vida. Ninguno de los tuyos tuvo que ser rabino para saber quién era. Les bastaban sus muertos, sus costumbres, sus comidas…

Ella salió a la calle sin tomar los guantes, el gorro y la bufanda, que quedaron en el sofá del recibidor como colorido testimonio de su amarga visita. La herida del frío en las manos, el cuello, la cabeza, se correspondía con la reacción de su familia. Frotó las palmas ateridas y sopló sobre ellas el tibio consuelo de su aliento.

Bajó las escaleras para protegerse del viento helado.

En el tren que avanzaba, luminoso, en la oscuridad del túnel, creyó ver una señal. También en los pasajeros, algunos de aspecto temible. Y se dijo que el desierto también era un túnel y que Moisés, a pesar de todos los obstáculos, había logrado su propósito, aunque no le hubiese sido otorgada la Tierra Prometida. ¿Y a Esther Fainberg, desde hacía dos años Misses Stern, le sería concedida?

Por ahora debía conformarse con haber llegado a Canal Street, sitio bullicioso y pintoresco al que su madre solía llevarlas para comprar pañuelos de seda, batas, chinelas… Y enseñarles, a su manera, que en los Estados Unidos la diversidad convivía sin grandes sobresaltos. A Viv, la primogénita, que había heredado sus pómulos altos, su pelo castaño y su tez aceitunada, la aleccionaba en lo exótico, que haría resaltar su tipo. A la menor, pecosa, rubia y de facciones pequeñas, le convendría mimetizarse, aseguraba, con los chicos norteamericanos.

Esther caminaba por el Barrio Chino y creía estar viendo en su trajín oloroso y étnico el Once, su barrio de infancia. Lo identificable causa menos prevención que aquello que puede llegar a confundirse con lo propio, se dijo. Porque los judíos, desprovistos de la vestimenta ortodoxa, se ven iguales a los que no lo son. ¿Será esa turbia relación que nos asemeja con ellos lo que quisieron destruir los nazis? Harta de sus conjeturas, miró la vidriera en la que unos patos laqueados ofrecían su incitante oro y entró.

Sentada a una gran mesa circular junto a otros comensales, comió, agradecida, su quemante ración de chow mien de verdura. Contempló los cuencos con cerdo, carne vacuna, pollo, y se le hizo agua la boca. Antes, el kashrut significaba sólo un anacronismo sin sentido, pero ahora comenzaría a obedecer ese precepto, pensó con nostálgica convicción. Miró a sus compañeros de mesa: todos orientales, menos una pareja sentada en el extremo opuesto. La mujer, de estrafalario peinado alto y grandes aretes, le indicaba al hombre que tenía al lado —también de oscuro pelo entrecano y ojos vivaces— cómo combinar los platos. Esther vio que los demás los observaban y hacían comentarios en chino. Seguramente uno de ellos creyó necesario explicarle a la pareja, en un inglés con fuerte acento, que les agradaba que la señora se preocupara de que su hombre comiera bien. Al notar por las expresiones de los destinatarios del cumplido que ellos no habían entendido ni una palabra, Esther tradujo lo dicho al castellano.

Los mexicanos, a pesar de la mayor proximidad geográfica con los Estados Unidos, cuando se enteraron de que su traductora era argentina, reaccionaron como si se tratase de una compatriota. Se lamentaron del inglés, idioma imposible: sólo sabían la docena de palabras que les permitía comprar algunas cosas, y nada más.

—Ya es bastante —les dijo Esther—. Mis padres llegaron aquí hace diecisiete años y todavía tienen la lengua enredada en el tono porteño. —Enseguida debió explicarles qué significaba porteño. Y tuvo que escuchar los consabidos elogios al tango, al fútbol y a Libertad Lamarque.

La compañía, los aromas gratos, el murmullo ininteligible, la sobria belleza de la loza y los acrobáticos palillos le devolvieron una realidad desdramatizada: su marido, al enterarse de que iba a abandonar Leyes para dedicarse a estudios religiosos, le había preguntado, mordaz: “¿Otra de tus estúpidas extravagancias, Esther?”, y su madre, como respuesta, había sepultado sus enlutados ojos en el tapiz que estaba bordando. Pero ésas eran solamente obvias e intrascendentes reacciones —como los dichos de su padre— ante un hecho inesperado. Cuando ese suceso se volviese rutina, probablemente su marido, el infalible doctor Robert Stern, en su exitoso buffet de abogado se rascaría la barbilla, cavilando: “Mejor que Esther esté metida en sus papeles y no en los míos”. Y su padre la invitaría a discutir pasajes de la Torá y su madre le diría que seguramente su vocación le venía de su bisabuela, una rebetzin a quien todo Lemberg respetaba.

Pensó su mundo como una representación de esa mesa: a los chinos los había sorprendido que una mujer no asiática estuviese atenta a lo que comía su marido porque partían de un prejuicio. Si hubiesen sabido más acerca de los occidentales, en especial de los latinos, su reacción no habría existido. Lo mismo sucedía con su familia que, acomodada en una rutina comunitaria de festividades, clubes y ferias benéficas, confundían el espacio judío con lo intrínsecamente judío.

Escogió guantes, bufanda y sombrero como si los que olvidara en su enojo fuesen irrecuperables. Le había dado la manía de encontrar signos en las mínimas cosas. “Lejlejá” le ordenó Dios a Abraham. Y él se distanció de la casa paterna. Ella, al casarse, también se fue, pero en cierto modo seguía estando junto a sus padres.

Le ofrecieron un espejo con servicial inclinación de cabeza y ella devolvió la reverencia. Contempló el ala tejida que le caía en la frente: verde contra verde, se dijo en una vanidosa apreciación de sus ojos grandes y expresivos. “Muy bonito pelo, pero mejor poner adentro”, dijo la vendedora, con un ademán que levantó parte de su melena.

El sol tenía una mezquina placidez de muerto. La nieve que se había amontonado ya era hielo y la gente hacía cómicas piruetas para no resbalar. Alguien que pasó dijo que habría tormenta. Y Esther pensó: la peor la tengo de puertas adentro.

Se envolvió hasta la nariz en la larga suavidad del echarpe que había sido ofrecido como una imitación perfecta de los de cachemir: olía a incienso, a fritura, a antipolillas. Después golpeó palma con palma para disfrutar del abrigado rebote de sus guantes nuevos.

Cruzó la calzada con pasos decididos. El cielo no ofrecía ningún estímulo, mejor miraba dónde ponía sus botas embarradas.

La boca del subte exhalaba podridos misterios tropicales y la alejaba del temido invierno. Su hermana mayor, como su madre, contaban episodios terribles y decían que por nada del mundo entrarían en ese infierno. Se le apareció Sartre, con su infierno está en nosotros, y el abuelo Mendel, que afirmaba que el infierno era un invento para mantener a raya a los que, sin esa amenaza, no sabrían cómo comportarse.

La puerta del vagón se cerró con ruido de aspiradora, de desagote de cloaca, y se sintió tragada por ese enorme intestino en el que se bamboleaban: una vieja que dormía en su asiento, volcada hacia adelante; dos negros gigantescos, apoyados contra el acceso al vagón siguiente; un grupo con vestimentas colorinches que canturreaba un tema de moda; una joven madre con ojos rasgados que acunaba a un bebé… A Esther la avergonzaba no poder distinguir entre un coreano, un chino y un japonés. Nunca olvidaría su malestar cuando se dirigió a una compañera de escuela como si fuera japonesa y ella, indignada, le replicó que los japoneses habían sido crueles con los coreanos y que si todos los de ojos redondos no eran de un mismo país, por qué los de ojos oblicuos tendrían que haber nacido en un mismo sitio. Al día siguiente le trajo un mapa y le señaló, ya con su típica cordialidad: Corea del Sur y Corea del Norte. Después, dijo: “Aquí China, aquí Japón”. Y seria, con el dedo índice en el extremo sur de América, preguntó: “¿Argentina, tu patria, verdad?” Que Esther le aclarara que toda su familia tenía la ciudadanía norteamericana no alteró su razonamiento.

“Tú eres argentina, Esther. Yo, hija de Choi Jao Kyu y Park Ok Ja, soy coreana. Tenemos documentos y vivimos aquí. Pero si te encuentras con norteamericanos verdaderos, aunque les digas que tú también lo eres, te responderán: Tú, latina; tú, argentina; tú, judía. Y a mí, Sunmi, me juzgarán siempre por mis rasgos.”

Si Sunmi le sumara a todo aquello que Esther Fainberg de Stern todavía se está preguntando, a los veintiocho años, qué significa ser judía, seguramente le señalaría con su enigmática sonrisa lo que no se puede ubicar en el globo terráqueo.

Hubo algo que la fastidió en la vieja que dormitaba, y descubrió que era su sombrero, idéntico al que acababa de comprar: verde, de lana, con un ala importante cuyo ancho disminuía en la parte trasera. Razonó que las motas blancas le restaban atractivo, pero que no era feo. ¿Acaso de pequeña con su hermana no se disfrazaban de princesas con objetos que fuera del juego carecían de encanto? No. No era ese sombrero ni la vieja lo que la había puesto de mal humor, sino que había visto, como superpuesta a la imagen de la durmiente, a su vecina, la señora Perlman que, cuando no usaba peluca, iba con un gorro tejido encasquetado hasta las orejas. Si ella entrara en la religión, ¿debería ser otra señora Perlman, de gran bolso, falda larga y expresión adusta?

Decidió cambiar de plataforma y hacer la combinación de trenes. Era demasiado temprano para volver a casa y encontrarse con los muebles elegidos por la abultada chequera de los Stern. Mejor iba al Museo Metropolitano, ahí reflexionaría tranquila; los toros asirios, los sarcófagos egipcios, las máscaras mortuorias que le brindarían, tal vez, una aproximación menos banal a ese día.

Después de deambular por las salas, con los pies tan lerdos como su estado de ánimo, se dijo que merecía un café bien cargado y un dulce. Dio una inútil vuelta para encontrar una mesa próxima a los músicos, y oyó que alguien la nombraba.

Ambas tuvieron que reprimir gritos de alborozo con el beso del encuentro.

—Lena Doricci, ¡no puedo creerlo! Es como si Dios te hubiera mandado.

—¿Estás sola? —le señaló la silla vacía con su enjoyada mano.

Lena llevó la copa a sus labios pintados de fucsia, dio un sorbo e hizo un leve, placentero chasquido con la lengua que hizo desistir a Esther de su expreso doble. El vino, acompañado con canapés, levantaría su mortificado espíritu.

“Por las dos”, había dicho Lena, antes de beber. Y Esther, apenas recibió su copa, la levantó en idéntico brindis.

Intercambiaron cumplidos, aunque para Esther la belleza pelirroja de Lena destacaría mejor con ropa más sencilla y menos maquillaje, y para Lena la palidez de la piel, los ojos claros y la cabellera rubia de Esther estaban exigiendo rubor en las mejillas y lápiz labial de color más intenso. Pero felizmente seguían siendo esbeltas y llamativas, no como Carol Joyce, a quien Lena había ido a consultar como psicoanalista, ¡quién no necesita analizarse!, y enseguida debió hacer un esfuerzo para recordar por qué había pedido la cita. “Gordísima, desaliñada, la vieras, Esther, y con una especie de túnica que la cubría del cuello a los pies pero que no lograba disimular sus rollos de grasa: ¿cómo confiar en alguien que no puede cuidar de sí mismo?”

Igual que la Lena de antes, pensó Esther: linda, prejuiciosa, divertida… Recordó entonces a la mamá de Lena: una boca fruncida en medio de una cara enorme. Le preguntó por ella y por su padre, un hombrecito de gafas que siempre parecía resfriado.

—Papá murió, pobre. Y mamá está en un geriátrico.

—Lo siento.

Esther se sintió egoísta. Ella, compadeciéndose de sí misma y Lena… Tomó un canapé de salmón pensando, como en el almuerzo en el barrio chino, que su manía tremendista la llevaba a ver una tormenta en un revuelo de hojas y cinco gotas.

—Hace un rato en la visita guiada me topé con Ronald Muñoz. ¿No es genial, Esther, que después de tantos años coincidamos en este lugar? —y con un mohín agregó—: Seguro que de él te acordarás mejor que de mí.

—Contigo fui amiga en la secundaria, con él apenas si salí diez meses.

—¿Todavía los llevas contabilizados? —reprimió una carcajada—. El primer romance queda marcado a fuego, ¿y si lo hacemos llamar con el altavoz?

—¿Qué haríamos decir: “ex novia de la adolescencia busca a…”?

—Podríamos mentir que encontramos un cuaderno con su nombre y que se lo queremos devolver personalmente.

Esther apoyó su mano en el antebrazo de Lena y le dijo, con frágil convicción, que Ronald había quedado bien guardado en el pasado y que era mejor que siguiera allí. Ella ahora estaba casada y no quería sumar otra confusión a su vida.

¿Quién no estaba confundido? Lena bajó los ojos y sus largas pestañas cargadas con rimmel ocultaron, por un instante, el ardor ambarino de sus ojos pequeños. Ella se casó, tuvo una niña y se divorció: todo en veinte meses. Y el mes próximo se casaría con un hombre que la doblaba en edad. Del marido, un inmaduro carilindo, lo único bueno que le había quedado era una casa en la playa. Esperaba que Willi, en la avanzada cincuentena, ya supiese dónde estaba parado. Enseguida convinieron risueñas que, si continuaban bebiendo, las que no sabrían dónde pararse serían ellas.

Poca atención le había prestado Esther a la música, pero de pronto el solo de violín la arrastró a un misterioso ámbito y en él su madre le volvió a contar que cuando se declaró el Estado de Israel, papá tomó el violín y se puso a tocar, a pesar de que sólo lo había aprendido de chico y mal, como si Shmuel, su virtuoso hermano mayor asesinado por los nazis, lo guiara… Esther, cuando se apagó la voz de su madre evocando aquel milagro, ya no oyó tampoco la de Lena. Y siguió al violín melancólico hacia una puerta olvidada, se asomó a ella y entró. Y no pudo evitar las lágrimas.

—Cuéntame —la invitó Lena, ofreciéndole la servilleta.

Y Esther le contó.

Su antigua compañera de secundaria, abandonada a los veintidós años con una hija recién nacida, al enterarse de que el marido de la afortunada Esther heredaría uno de los bufetes de mayor prestigio de Nueva York, del que ella podría formar parte cuando se recibiera de abogada, primero la miró con envidiosa admiración y enseguida su expresión mutó en perplejidad. Que al comprobar que la ley de los hombres se manejaba con la chequera, Esther aspirara a conocer la verdadera Ley, no estaba nada mal, ¡si hasta podría servirle en su profesión! Pero que para acceder a la Ley de Dios no tuviera reparos en abandonar su carrera, con lo poco que le faltaba para graduarse, le resultaba incomprensible, en especial conociendo a Esther, que en la escuela había metido su liberal nariz en cuanto curso, reunión o baile se le presentara, sin importarle quiénes los organizaban. ¿Acaso no había sido amiga de ella y de esa chica coreana de nombre imposible de pronunciar? ¿Acaso no había salido con Ronald Muñoz, que andaba con una cruz que le doblaba el cuello? Y qué era ser rabina, ella no conocía a ninguna, y eso que había vivido en el Lower East Side, cerca de Orchard Street.

Iba a responderle a Lena que si ella seguía viviendo allí, no era porque le gustara el barrio sino porque no había dispuesto, hasta el auxilio de Willi, del dinero para mudarse. Y bien contenta que se mostró al hablar de su próxima mudanza a Long Island. Los italianos, los judíos, los latinos, los asiáticos y los africanos sin fortuna no llegaban a acceder al famoso “melting pot”, esquivo crisol de razas para aquellos que no cuentan con dinero ni profesión de jerarquía que los aleje del gueto. Pero no dijo nada.

Esther notó que la mirada de Lena bajaba a su insólito suéter gastado. Iba a explicarle que cuando Bob dio un portazo y la dejó con la palabra en la boca, ella se puso lo primero que encontró y salió en busca del consuelo de sus padres. Pero ni Lena se lo concedía. Estaba visto que hoy no lo iba a encontrar en nadie conocido. La habían confortado los del restaurante chino, con sus distantes gentilezas, y el violinista del que sólo entrevió el apasionado movimiento del brazo. Justificar su suéter la llevaría, tal vez, por su afán comparativo, a preguntarle a Lena por qué usaba un talle menor del que le correspondía y por qué se casaba con el tal William si en la charla sólo se había referido a él como a alguien generoso que no le haría faltar nada. Pero la vio tan orgullosamente desamparada en su cartera de marca y en sus pulseras y anillos, que sólo atinó a explicarle lo poco que sabía ella sobre rabinas.

Enterarse de que en Europa hubo una rabina que murió en 1944 sorprendió a Lena menos que a Esther. Ella, cuando leyó acerca de la trágica existencia de Regina Jonas, sintió algo que los católicos denominarían “el llamado”.

—Allí era algo entendible, Esther. Perseguidos, castigados, ¿en quiénes iban a confiar sino en los de su fe y en Dios? Pero en los Estados Unidos de los setenta, ¿quién no te permite vivir en paz? Tú misma, quizá. ¿Recuerdas a Fred Campbell, ese chico con acné, que dejó un excelente trabajo para unirse a una comunidad de bohemios en California?

Esther pensó que tal vez con los amigos de Fred Campbell se encontraría más a gusto que con las previsibles amistades de su marido.

—Ser rabina no significa ser monja, Lena. Hace unas semanas me encontré con la mujer de un rabino reformista, que asiste al Seminario Teológico Judío con el fin de ordenarse. Tendrías que haberla visto: sonriente, ropa a la moda, tacones…

Lena alisó su cabello lacio con la mano izquierda mientras con la derecha tomaba la copa. Quedó muda por un rato, concentrada en el acto de beber antes de decirle a su amiga de secundaria, como si la única adulta fuese ella:

—Esther, si tus padres creyeron tocar el cielo con las manos cuando les presentaste al candidato y, según me acabas de decir, te casaste muy enamorada, ¿por qué primero no te recibes de abogada, tienes hijos y después, como complemento, estudias para rabina? Cuando seas grande quizá le saques otro provecho a la religión. Casi todas las personas mayores que conozco recurren al cura cuando tienen problemas o se enferman o ven acercarse la muerte: un viejo confía más en otro viejo, ¿no lo crees?

Más tarde, ya en su casa, Esther recordaría las palabras de Lena con ramalazos de rencor e indulgencia. A nadie, después de todo, le gusta que le escarben en la herida.

La nieve había empezado a caer de nuevo. Desde lo alto de la monumental escalera, los automóviles y los semáforos que centelleaban en la noche le resultaron impertinentemente modernos. Sus más de cinco mil setecientos años de historia judía se rindieron ante la majestuosa antigüedad que el museo encerraba y el presente vértigo callejero. Esther se dijo que su pequeña revolución personal era nada al lado de ese choque de civilizaciones. Su marido, de poder leerle el pensamiento, diría burlón que esa comparación era digna de su torpe grandilocuencia.

Miró las luces que parecían humear en el aire frío y dijo por lo bajo: “Mendelssohn”. Sí, la música que la había hecho llorar era el Concierto para violín de Mendelssohn, el que su padre ponía cada tanto y escuchaba con los ojos cerrados. ¿Cómo no lo había reconocido en aquel instante? Corrió escaleras abajo para tomar un taxi, como si su memoria, corporizada, amenazante, la persiguiera.

Mientras el auto comía la noche con sus focos, Esther, apoyada la cabeza en el asiento, volvía a decirse que un día en la vida de una persona es una gota en el océano y que había que darle, como solía repetir su madre, “Tiempo al tiempo”. Pero lo que a ella se le había revelado no era mensurable. Y si para entender sus actuales sentimientos tuviera que poner boca abajo su pasado y caminar sobre él, lo haría. Pensó en su ayer e imaginó sucesivas puertas. Y abrió, de golpe, la que daba a Ronald Muñoz.

Capítulo II

Los árboles de septiembre se engalanaban de ocres, amarillos, rojos, dorados… Y Esther, rodando por allí con su bicicleta, participaba, eufórica, de esa vertiginosa plenitud cambiante. A los diecisiete no tenía qué reprocharle a la vida, tal vez los sonsonetes familiares previniéndola de esto y aquello o la manía de los horarios y las visitas de cumplido… Pero su cuerpo primaveral, amante del otoño, cantaba de dicha.

Una piedra. Después comprobaría que había sido la enorme raíz de un árbol que no creyera obstáculo la que la había tumbado. Sujetándose la rodilla lastimada, se lamentó de suma la suerte: por la noche, en lugar de ir a bailar con Richard, el primogénito de los Winter, a quien solía encontrar en Atlantic City y de quien había estado ansiando una invitación desde los 14 años, estaría en una camilla, enyesada o a punto de entrar al quirófano. Se echó de costado para incorporarse, pero el dolor en el tobillo se lo impidió. Si en lugar de la voz de Roni Muñoz preguntándole, “¿puedo ayudarte?”, hubiese sido la de cualquiera, habría reaccionado igual. Ese chico que no pasaba de ser un compañero al que se le dice “hola” cuando se lo cruza, ahora era su salvación. Es más, siempre la había fastidiado el modo en que Ron movía la boca unos segundos antes de comenzar a hablar. Ese titubeo agónico la hacía pensar en aquel primer viejo coche que compraron al llegar a Nueva York y cuyo motor lerdo exasperaba a su padre. Pero ahora Ron le hablaba de un tirón y claramente, y Esther levantó su mirada y deseó sus manos antes de sentirlas primero en el tobillo, y después, palpando el resto de la pierna.

Ronald Muñoz la ayudó a incorporarse: “Un raspón y un esguince, nada trágico”, bromeó. Apoyada en el árbol esperó a que comprobara el buen estado de la bicicleta. Aceptó la locura de ir sentada y pedalear con el pie sano mientras él, a su lado, la ayudaba a avanzar rumbo a la farmacia. Estuvieron varias veces a punto de caer. Y eso les causaba risa. Nunca se había fijado en lo alto que era ni en sus dientes, ¿se verían tan blancos y perfectos por el contraste con la piel?

Después de que le desinfectaron la herida y ya con la venda elástica en el tobillo preguntó por el teléfono. Antes de llamar a su casa reflexionó que sería conveniente que no la viesen acompañada. Había dicho que saldría sola a dar una vuelta, y si la encontraban con Ron, creerían que les había mentido. Esa convicción nacía en la sospecha de que a partir del encuentro de hoy comenzaría a mentir. Porque decir “salgo a bailar con el hijo de los Winter” significaba cumplir con las expectativas. Esther conocía cómo funcionaban sus padres. Por eso, cuando ellos le respondieron un desganado, “está bien, hija, el chico de los Winter parece decente, pero no regreses tarde”, entendió que disimulaban su entusiasmo por aquello de: “A Esther le gusta llevar la contra”.

Le propuso a Ronald que se fuera —ayudaba en la carpintería familiar— pues enseguida vendrían a buscarla. Él demoró el beso en la mejilla y dijo: “Nos vemos, Esther”.

Aproximadamente un año después, moría el padre de Ronald.

Ahora, mientras iba en el taxi, deseando que el viaje se prolongara más de lo habitual, Esther se decía que, por funestas y egoístas asociaciones, uno termina apropiándose de la muerte ajena.

Los cirios eléctricos, el gran crucifijo y las mujeres enlutadas le demoraban el paso.

—Éste era mi padre —dijo Ronald, señalando al cuerpo que, vestido de punta en blanco, yacía, rígido, en la seda. ¿Había intuido o visto el bigote entrecano, el jopo, las manos amarillas en las que se entrelazaba un rosario?

Después del silencio roto por la voz de un niño que alguien intentó sofocar, Ronald le dijo que le habría gustado que se hubieran conocido. Pero cuando la llevó hacia su madre, una mujer robusta, de cara achatada y amable, y la presentó como a una compañera de escuela, supo que le había mentido.

Sentada en la antesala, Esther tomaba café. Cada tanto una mujer viejísima se acercaba a una imagen religiosa, hacía la señal de la cruz y se quedaba quieta, mascullando una plegaria hasta que venía otra mujer vieja que la confortaba: “Madre, venga, siéntese, Antonio está ahora en brazos del Señor”.

Allí, rodeada de símbolos católicos, Esther se vio en la avenida Corrientes que el carruaje con una cruz en lo alto transformaba. Los caballos, de solemnes cascos, irrumpían en el diurno trajín, deteniendo el tránsito de vehículos y personas. Esa exhibición mortuoria era pública. Y el público se santiguaba, se descubría… Por eso, cuando su padre se encerró durante siete días en una silla baja, ella no entendió su conducta. Había escuchado decir a su madre que sólo se había confirmado lo que durante años fuera una inaceptable certeza: Menajim Fainberg, su esposa Malka, su hijo mayor Shmuel, su nuera Dina y la pequeña Leah habían sido asesinados. La diferencia estaba en que otro judío, testigo de la masacre, recién ahora localizaba a los familiares en Argentina y les escribía desde Europa para contarles que los nazis primero mataron a los abuelos, después a Dina y a su hijita, y que a Shmuel por ser músico lo habían hecho durar más. “¡Se imaginan a mi pobre hermano, tocando el Himno a la Alegría mientras llevaban a los suyos a la cámara de gas!”

Esther, con el segundo café dulce y liviano que le ofreciera con fuerte acento de Puerto Rico una muchacha de ojos grandes e intensos, se preguntó por qué en su casa se solía volver a antiguos ritos funerarios cada vez que moría alguien. “¿Me van a decir a mí que ese lujo, esas coronas de flores, y las palabras de agradecimiento corresponden a un alma judía?” Y enseguida la abuela le contaba a quien tuviera cerca cómo había sido con su padre: “Antes de envolverlo en su mortaja le colocaron piedras sobre los párpados y una rama entre las manos, así, a la llegada del Mesías, él encontraría el camino a Jerusalén. Nadie dejaba de cubrir los espejos ni olvidaba poner un recipiente con un paño de lino para que el alma pudiera cumplir con las abluciones de todo judío piadoso. Al amanecer y al atardecer los hombres se reunían para rezar Kadish. La gente iba vestida de digno luto, no como las hijas de Anchel y su viuda”.

“¡Ay, Esther, si tu abuela te viera ahora en este velorio!”, pensó. Y fue después de esa idea que le asaltó la convicción de que uno debe vivir y morir dentro de sus creencias. Pero aún era temprano para que lo reconociera y se quedó en el porche a fumar un cigarrillo y charlar. Por aquel entonces, aunque el gusto y el olor del tabaco le desagradaban, fumaba para no diferenciarse del resto.

Una década después, estaba por entrar en su departamento con sus desafiantes diferencias desplegadas. La discusión de la mañana con Bob fue como haber cambiado el cerrojo y, para colmo, regresaba con la llave de antes y sin intención de pasar por la cerrajería. Ahora todo era confuso. Sin embargo, en el velorio del padre de Ron, a pesar de la humareda, pudo ver que la raíz de un árbol los había unido y que hoy otra los separaba.

Capítulo III

Bob, que hablaba por teléfono, al ver llegar a su mujer le envió un beso con la mano. Ese gesto la desconcertó. También la paz que parecía surgir de la amplia frente de su marido. Pero pudo reconocer algún rastro de enojo en su sonrisa y en el nervioso ademán que buscaba expresar que esa conversación telefónica era imprescindible y fastidiosa.

Se quitó las botas antes de entrar al dormitorio. En el baño se miró en el espejo y se preguntó si Bob ya lo habría leído en su cara. Él se jactaba con razón de ser buen psicólogo, además de buen abogado. Un vistazo rápido a las expresiones de sus contrincantes y ya estaba preparado para ganar el juicio.

Darse una ducha también puede interpretarse como una estrategia de defensa o ataque, pensó, ya con la bata puesta. Según Bob, con el pelo mojado parecía una colegiala. Él, a pesar de que le llevaba nueve años, la estimulaba para que acentuara la diferencia de edad, vistiéndose como una adolescente y maquillándose poco.

Mientras freía buñuelos de espinaca y sazonaba la salsa para la carne, Esther se dijo que una buena comida atenuaría el efecto de lo que iba a anunciar: “Bob, me inscribí en el Jewish Institute of Religion. Mis estudios, querido, me llevarán años. Imposible retomar la universidad y terminar mi carrera, imposible; para peor, si quiero estar a la altura de todos, debo perfeccionar mi hebreo y estudiarlo paralelamente al que se dicta en el instituto y es intensivo. ¿Te acuerdas de Brenda? Es maestra en un colegio hebreo y además da clases privadas, arreglé con ella tres veces por semana. El programa del instituto es fascinante: literatura rabínica, Torá, Talmud, psicología y práctica rabínica, historia, pensamiento y leyes judías, ¡la Ley verdadera, la de Dios! ¿Entiendes lo que eso significa? Espera a que te muestre el cuadernillo con todas las materias”. No. Mejor no abrumarlo con el extensísimo programa, razonó, probando la salsa. El paladar la animó a continuar con sus argumentos mentales. En cuanto dejara el útero de ollas y sartenes debería transformar su soliloquio pues, si bien Martín Buber lo ha considerado inexistente —por aquello de que se dialoga con el otro que hay en uno—, cuando el verdadero diálogo con su marido se produjera, no sería tan sencillo. Los interlocutores reales —salvo el psicoanalista, tal vez— no suelen tener la misma paciencia que el interlocutor que tenemos adentro.

—¿Así que el célebre doctor Berman admitió su fracaso? —preguntó Esther, sirviendo la carne—. Me alegra. Se sabe que el abogado debe defender a su cliente. Pero Berman se especializa en estafadores, de quienes saca suculentas tajadas mientras las víctimas quedan en la ruina.

—Aunque sea mi competidor, debo admitirlo, Esther, Phil es de los mejores —hizo girar entre sus dedos impacientes el pie de la copa.

—Detesto a ese abogadito de Harvard que para hacerse el galán duro camina a lo Bogart y en los juicios imposta la voz. Pero a mí no me impresionan sus trucos.

—Sin embargo, es exitoso con las mujeres: sus dos esposas fueron lindas y millonarias.

Esther masticaba preguntándose desde qué flanco comenzar el ataque y cómo prestar atención a la lista de anécdotas graciosas en las que Phil Berman era el protagonista. El discurso que organizara en la cocina, por más que intentara endulzarlo, se agriaría ante los gestos y observaciones hirientes de su marido. Decidió, entonces, comenzar el bombardeo con palabras que no le pertenecían.

—¿Sabes lo que dice el Pirke Avot? —sin esperar respuesta, de un tirón, recitó:

“Moisés entregó las tablas de la ley a Josué, y Josué a los Jueces, y los Jueces a los Profetas, y los Profetas a los Rabinos”.

—No entiendo qué tiene qué ver el Pirke Avot ni tu tono mesiánico con Phil Berman —pinchó un bocado y levantó el tenedor—. Felicitaciones, cocinera, el filet mignon, ¡una delicia!

—Gracias, Bob. Pero volviendo a Phil y al Pirke Avot, claro que tiene que ver, ¿acaso él no es judío?

—El apellido y el pene, solamente. Y no es gran cosa: el apellido se lo puede cambiar, y en América casi todos somos “pitos cortados”.

—Pero por profilaxis. Para nuestro pueblo es un pacto con Dios.

—Por favor, no soy un chico de Bar-Mitzvá que necesita lecciones. ¿Acaso eres la única judía en esta casa? Tu conversación arruina la comida.

—Mi intención no fue molestarte.

—Pero lo hiciste.

—Yo también estoy molesta: volviste a decir América como si el resto del continente no existiera: yo nací en otro país que también es América y allí, por lo general, sólo se circuncidan los judíos —conciliadora, extendió un brazo hacia él—. No discutamos por tonterías.

Robert pensó: “Esther es una excelente ama de casa y en la universidad, si bien no ha sido de las mejores, tuvo un buen desempeño. Además me gusta, vaya que me gustan sus pechos”. Entonces decidió cubrir con la suya la mano de su mujer y dijo:

—Tus buñuelos enloquecerían a Popeye, nena.

—Mejor que los comamos ahora, que están crocantes, recalentados no es lo mismo. Ya traigo más.

Los sacó del escurridor. Su madre le había dado la receta: a la papa rallada, al huevo y a la harina se le agrega, bien escurrida y picada, la espinaca; se toman pequeñas porciones con la cuchara y se las fríe hasta que se doren. Era un invento de ella para que comieran verdura: “latkes verdes”, los había bautizado.

Esther mordisqueó uno, pensativa. La pareja se da cuenta cuando las discusiones toman una dimensión diferente. No es el aumento de la agresión verbal la señal de alarma, sino el hastío que provoca saber que después vendrá la obvia reconciliación. Esther se sobresaltó cuando, de atrás, Bob le dijo:

—¡Tramposa!, te los estás comiendo a escondidas —se llevó uno a la boca—. Sólo por estos latkes ya tienes ganado el cielo, nena.

Sospechó lo que el elogio de Bob ocultaba y movió los labios para responder, pero fue sólo un arranque sin sonido. ¿Se estaría pareciendo a Ronald Muñoz?

Ya en la mesa, intentando seguir los problemas que se le habían presentado a Bob en la oficina, por el viaje de su padre a Florida con su nueva amiga, Esther recordó un comentario de su hermana Viv, casada desde hacía tres años: “Desconfía, hermanita, del matrimonio que no pelea. Todavía no lo averigüé, pero en cuanto haga mis cálculos te diré la frecuencia conveniente. Lo que importa, Esther, es saber cuánto te une a tu hombre, no cuánto te separa”. Evadió el mal presentimiento.

Esther, a veces se acostaba con las remeras de Bob para que las manos de él entraran en esa especie de bolsa y la recorrieran a tientas. Se reconocían jóvenes, sanos y bellos. Pero con frecuencia se despertaba sobresaltada en medio de la noche y daba vueltas y vueltas en la cama, intentando saber el porqué de su desasosiego.

En alguno de los libros de Lawrence Durrell, había leído algo que la dejó perpleja: “Gracias a Dios he tenido la suerte de que el amor no me interesara demasiado”.

Capítulo IV

Entró apurada en Macys. Tenía la sensación de que todo su guardarropa era inadecuado.

Paseó por varios pisos hasta que encontró la falda azul y la camisa blanca con un festón en el cuello. De todos sus abrigos, el único que la conformaba para la ocasión era largo, de líneas rectas. Se moriría de frío con él, pensó. Finalmente, en la sección ofertas, encontró un perchero con capas de lana: todas del mismo largo y de color marfil.

Se miró en el espejo del probador y contuvo la risa: sobre su tapado negro, la capa clara parecía una sobrepelliz. “Ser rabina no es ser monja”, le había explicado a Lena, en el Met. Si la viera vestida así opinaría que ser rabina es vestirse de cura.

De la cafetería próxima al shopping salía un seductor aroma a café en grano. En lo alto, cerca del mostrador, había un televisor encendido: uno de los tantos predicadores diarios hablaba del Apocalipsis. En esta ciudad, se dijo Esther, hay metodistas, baptistas, cientistas, presbiterianos, cuáqueros, adventistas, pentecostales, menonitas, budistas, ortodoxos rusos, ortodoxos griegos, musulmanes…, y cada uno de ellos cree tener la verdad. Pero la piedra en el zapato somos los judíos. Y recordó cuando Mark Twain, refiriéndose a los babilonios, los egipcios, los persas, dijo: “Todas las cosas son mortales, menos el judío; todas las otras fuerzas pasan, pero él permanece. ¿Cuál es el secreto de su inmortalidad?”

Después del último sorbo de capuchino, miró el reloj: todavía faltaban dos horas para su encuentro con rabí Stephen Mayer. Mejor caminar. En el corazón de Times Square disfrutó del desaliño de sus calles, de las marquesinas, de la ansiedad de los turistas ante las boleterías, de los vendedores ambulantes y del vaho que subía de sus alcantarillas. A veces pensaba que en el subsuelo de esa trajinada zona vivía una gran bestia, el Behemot, y que su aliento ascendía, contagiando desmesura a los transeúntes. Un grupo de jovencitas, con minifaldas sobre gruesas medias de lana, hablaban a los gritos, se daban empujones, reían… Repentinamente Esther se sintió vieja y tarareó por lo bajo: “Sweet sixteen”. Ya habían pasado para ella los dulces dieciséis.

Vio el edificio del Chase Manhattan Bank y entró a pedir cambio: cuatro de diez, uno de cinco y el resto en monedas. Llamaría a Viv. Cuando su hermana se casó con ese canadiense optimista y conversador, Esther, tuvo ganas de irse con ellos a Montreal. Pero pensó en sus estudios, en sus padres, en los amigos…

Viv sonaba feliz. Había confirmado su embarazo.

—Esta vez será varón, Esther, tengo el presentimiento. Nacerá en Nueva York, así me ayudan con Beth, que ya huele la llegada del bebé y se porta horrible.

—Qué alegría, Viv. Apenas llegue a casa se lo diré a Bob —mintió. Y siguió hablando de la nieve, de lo mucho que añoraba su presencia, de lo bien que les haría a los viejos tener a la nietita en casa—. Quién dice que no se me pegue el embarazo. Pero por ahora mejor así porque… —y sin respirar, de un tirón, le contó.

Viv la escuchó en silencio y al final dijo lo que Esther estaba esperando: “Si es tu vocación, hermanita, que tengas suerte”. Sabiamente no le preguntó qué opinaba Bob.

Miró la hora, todavía faltaban cincuenta minutos para la entrevista, y en diez el taxi la dejaría en la puerta del instituto. De testaba hacer antesalas. Caminó por Broadway. Junto a una casa de electrónica oyó preguntar: “Where Radio City is?” y que respondían: “No understand”. Por el modo de vestir, y por el acento, las identificó fácilmente. Les explicó en castellano dónde quedaba y les dijo que si seguían pronunciando el inglés en argentino era poco probable que las entendieran; algunos, por desprecio a todo lo que sonara a latino, y otros, para no hacer el esfuerzo. Les dijo que si no hubiese estado apurada, las habría acompañado hasta la puerta del “Reidio Cidy”, moduló la voz y movió la boca como acostumbran hacer los profesores con los inmigrantes. Y se sintió estúpida.

Un hombre con portafolio subió al coche al que ella había hecho señas previamente. Lo insultó por lo bajo, en su lengua de infancia, y se fijó en la hora. Faltaban aún veinte minutos para la cita, ¿y si después de tantas vueltas llegaba tarde?

Por la ventanilla del taxi vio los cines de películas condicionadas. Recordó que, recién casada y para seguir a una pareja de amigos que aseguraba que el mejor sexo se obtenía después de un buen estímulo visual, entraron en la sala, por suerte ya a oscuras, que olía a sudor y semen. Esther le reprochó a su memoria que no se amoldara a la experiencia espiritual que hoy le tocaba vivir. Y se concentró fervorosamente en su exposición ante el rabino.

Capítulo V

—Rabí Mayer la recibirá enseguida —dijo con expresión severa una mujer de peluca.

Esther esperaba encontrarse con alguien acorde al reformismo y no con una especie de señora Perlman, su vecina ortodoxa. Trató de calmarse. Una pared estaba cubierta con retratos de hombres con barba, probablemente los rabinos fundadores de la institución. La sobresaltó la misma voz que ahora la invitaba a pasar.

Subieron a una galería. Por la cúpula vidriada entraba el sol del invierno que, en el ambiente caldeado, adquiría un estimulante cariz veraniego. Esther seguía a la mujer de falda a media pierna, blusa ancha y zapatos cuadrados, preguntándose, con angustia, si no habría equivocado el lugar. Recordó que cuando fue a llenar la ficha para inscribirse, se alegró al encontrarse con dos hombres jóvenes cuyo único distintivo religioso era la kipá, y una muchacha de cabellera castaña que parecía haber comprado su audaz vestido en el Soho. Ahora que las cartas estaban sobre la mesa, si se echaba atrás, le estaría dando la razón a su marido.

Entraron en la oficina del rabino Mayer. Gran biblioteca, sillones de cuero marrón y uno giratorio, en el que había un suéter. Sobre el escritorio, además de pilas de papeles y un porta lápices, dos fotografías: en una sonreía una mujer joven y bonita con dos niños pequeños; en la otra, una pareja mayor.

“Por suerte”, se dijo Esther al verlo llegar, “nada que ver con los de los retratos de la planta baja”. Le extendió la mano, y él se la tomó. No pudo dejar de asociar ese ademán con el gesto de rechazo que recibiera del rabino a quien ella, en un acto reflejo, se acercó a saludar después de la boda. Aunque no ignoraba que los ortodoxos tienen prohibido tocar a una mujer —alguna vez había sufrido casamientos en los que hombres y mujeres comen y bailan por separado—, la emoción del momento la había llevado a agradecer a quien hiciera la ceremonia. Su familia y la de su marido, judíos practicantes solamente en los días festivos, estaban convencidos de que los matrimonios realizados fuera de la ortodoxia no poseían la misma validez. Y ella y Bob, como tantos otros jóvenes, para conformar a sus padres o por que no le daban al documento religioso la misma importancia que al civil, no se molestaron en buscar otra sinagoga.

El rabino Mayer, un hombre corpulento de aproximadamente cincuenta años, le dijo que le había gustado lo que ella había escrito. Eran escasas las personas menores de treinta que conocían a Sholem Ash; que ella citara a Toga Santa, uno de los personajes de El judío de los salmos, y que supiera qué clase de judía no quería ser, Toga Santa, por ejemplo, hablaba de alguien sincero. “Y ser sincero con uno mismo es un requisito fundamental, mi estimada señora Stern. Estudiar los libros sagrados implica mucho más que adquirir conocimiento. A veces parecería que el espíritu talmúdico ya no sostuviese al pueblo judío. Pero no es así. Los seis millones de hermanos perdidos en la Shoá, la diáspora, el modernismo, el cientificismo, el ateísmo materialista, han cambiado los hábitos. Muchos judíos intentan parecerse a los gentiles. Y a veces, por sus costumbres, es imposible identificarlos. La Torá y la plegaria son un lazo constante con el pasado y hoy, lamentablemente, sólo se mira al futuro. Los estudiantes de esta casa deben seguir esta premisa: «Naasé venishmá», que significa: haremos y escucharemos. Por que ésa fue la respuesta de nuestro pueblo cuando se le preguntó, junto al Sinaí, si estaba dispuesto a acatar los mandatos de Dios.

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