Maestro & Vainman

Jorge Maestro
Sergio Vainman

Fragmento

Prólogo

Jorge y Sergio: los que contaron el cuento

por Carlos Ulanovsky

Somos habitantes de un país en el que cualquier clase de grupo que se forma tiene un primer destino asegurado: la fractura, la escisión, la —más o menos escandalosa, más o menos mediática— pelea después de que las prometedoras convicciones iniciales saltaron por el aire y los fragmentos resultantes son imposibles de juntar. Que Jorge y Sergio, que Maestro y Vainman, que este grupo de dos, marchen todavía de la mano en la vida y en este libro es un dato luminoso que viene a desafiar la anterior superstición y que podemos acompañar con dicha.

Maestro y Vainman, y viceversa, empezaron a frecuentar estudios de televisión y producciones en 1976, vale decir que suman cuarenta años (y en rigor ochenta) desde su primer intento (fallido) y treinta y seis desde que metieron su primer libro y arrancaron con la “marca de autor”. Ellos son, al derecho o al revés, dos cabezas, cuatro manos y una única persona cuando de ponerse al servicio de una historia compartida se trata. Compañeros en la escuela normal, siguen juntos desde entonces, con entendibles “descansitos”. Descubrieron desde muy jóvenes qué querían ser y hacer en el mundo de la creación. Trabajaron de maestros en el aula; de actores, escritores y directores en un escenario; de dupla autoral en la televisión pública y privada, con gerentes emprendedores y también con interventores militares; de intérpretes de antiguos sueños en centenares de ocasiones, en variadas pantallas, en distintos países. Así sobrevivieron. Así crecieron. Así contaron el cuento. Que hoy se convierte en libro.

Busco maneras de definirlos y en la lectura encuentro algunas. Buscavidas literarios, imagineros a la caza de una idea salvadora, muchachos inteligentes con múltiples formatos incorporados, fabricantes de vidas y de destinos, V y M realmente se hicieron de abajo, no solo porque más de una vez escribieron debajo de un escritorio. En ocasiones lo hicieron tranquilos, muchas otras con los huevos en la garganta, plantearon la historia a mano o la dictaron a una grabadora palabra por palabra, la resolvieron en Olivetti o en computadora. Seguramente el libro Guinness reconocería que los cuatrocientos setenta episodios de Clave de sol de su autoría les exigieron dieciocho mil páginas de ideas, situaciones y personajes y, por lo tanto, merecerían figurar en ese volumen de hazañas notables. En las últimas tres décadas generaron títulos televisivos que fueron elegidos por millones de personas. La sola mención de ciclos como Nosotros y los miedos, Montaña rusa, La banda del Golden Rocket, Zona de riesgo, Como pan caliente o Gerente de familia, entre muchos otros, nos remite a una televisión donde estos dos docentes, recibidos en el colegio Mariano Acosta, fueron escuela de todas las cosas.

Cultos y sensibles, maestros por siempre, ellos saben que la génesis de un texto siempre es otro texto y por eso, en el arte de resolver con convicción los roles del protagonista y de sus antagonistas, se reconocen deudores de los griegos y de William Shakespeare. En el descomunal ATC (Argentina Televisora Color) de los años setenta y ochenta cursaron y aprobaron la materia “Limitaciones” y eso fue lo que les facilitó conocer las fronteras entre lo posible y lo imposible de la televisión. Por inquietud natural supieron que en este ambiente de la tele información y conocimientos equivalían a poder. Y que por eso mismo, y por la antipática y tan argentina costumbre de ocultar revelaciones “para no avivar giles”, esos dos bienes eran definitivamente escasos. Pero husmearon, ficharon y se las arreglaron para formarse en la preclara institución del ensayo y error. Hoy saben que para sobrevivir en la actividad deben tener lista la cuota diaria, imprescindible para sostener una ficción (se calcula que son entre cuarenta y cincuenta páginas), pero también saber de música y escenografía, decidir sobre vestuario y elenco, conocer de producción y estrategias de promoción. Por lo menos.

En más de una ocasión ellos quisieron, supieron y pudieron reinventarse. A partir de 1999 marcharon en solitario. Jorge firmó sucesos como El sodero de mi vida o Son amores. Se puso del otro lado del mostrador como director de programación en América TV y en el Canal 13, de Santiago de Chile, condujo con Claudio Martínez el programa Maestros de TV y fue el coguionista de una ficción biográfica sobre Estela de Carlotto. Por su parte, Sergio abordó aquí los contenidos del reality global Gran hermano y posteriormente viajó a México, donde reiteró la experiencia durante cinco años. Desde Argentores lucha por los derechos intelectuales de sus colegas. En el medio queda la obra reconocida de ambos e incluso la nonata, aquella que exigió un trabajo, pero no pudo superar la vara del proyecto. Y ahora con el libro vuelven a estar juntos sin haber estado nunca separados y demostrando que en la compu, codo a codo, son mucho más que dos.

Fueron una marca “tan” registrada que a partir de un determinado momento sus guiones estaban precedidos por la advertencia: “Un programa de Maestro y Vainman”. El libro ha sido la excusa perfecta para rearmar el rubro. Este libro que recorre los pliegues del negocio televisivo, tan laberíntico a veces que le da la espalda a la creatividad, tiene la virtud de dejar a la vista las alforzas de la televisión comercial. Pero lo hace desde la comprensión, desde la picaresca que los llevó a alargar escenas o, de un modo indecoroso, a revivir personajes que antes habían matado e incluso desde el humor piadoso a aceptar que este medio les deparó una brillante trayectoria, pero a la que no le faltaron metidas de pata y fracasos. Esta pyme fabricante de ficciones, integrada por un par de docentes-decentes y muy laburantes, supo de alabanzas y frustraciones, de premios y censuras, de logros y aprietes, de admisiones y expulsiones, y ninguno de esos claroscuros se soslayan.

Por mucho de lo apuntado (que no es todo) recomiendo la lectura del libro en general, del apéndice del final en particular y dentro de este el subtítulo “Todos conocemos Hamlet, pero refrescámelo un poco...”, porque es la síntesis perfecta de lo que un guionista de estos tiempos debe saber y entender. El libro nos permite viajar al pasado de la televisión en donde era fundamental la sección “copistería” (un empleado —a veces demasiado vivo— tipeaba los libretos sobre esténciles y luego los replicaba, antes de la existencia de las fotocopiadoras) y con el mismo pasaje alcanzar el novísimo mundo 2.0 de la televisión, sin gerentes artísticos y sin horarios. Cada tanto el lector observará, a veces en letra mayúscula, a veces en texto normal, frases de esas tan ricas en contenido que uno termina de incorporar cuando ya no las necesita. De un modo evidentemente arbitrario yo reuní diez. Son de colección, cualquiera podrá atesorarlas:

  • “La televisión era (y es, aún hoy) un colectivo con poco freno”.
  • “En tele, muchas veces es ahora o nunca”.
  • “Todas las historias tratan de alguien que llega a un lugar o de alguien que se va”.
  • “En toda negociación hay tres elementos importantes: el poder, el tiempo y la información”.
  • “Un autor puede y debe aprender de los actores con los que trabaja”.
  • “No voy a llamarte más… hasta que te necesite”.
  • “Escribir con la cabeza en otra cosa es muy difícil”.
  • “Un autor que se precie de tal jamás debe deshacerse de las ideas y proyectos que acumuló”.
  • “Cada vez más el público es su propio gerente de programación”.
  • “Lo peor que uno puede hacer como artista en el negocio del espectáculo es creérsela”.

A manera de introducción

La profesión de contar

Les vamos a contar un pequeño cuento porque esa es precisamente nuestra profesión: contar. No sabemos si es verdad o no y tampoco importa demasiado. Lo que interesa es que la historia sea atractiva y los entretenga, librándolos de la idea de tener que soportar un ensayo erudito.

Había una vez… hace muchos años, cuando a nadie se le había ocurrido la idea de comunicarse a través del aire y los pueblos no conocían la existencia ni las propiedades de la electricidad, en las grandes manufacturas tabacaleras, mujeres que enrollaban las doradas hojas de tabaco sobre sus piernas para fabricar los famosos cigarros puros. Era un trabajo mecánico que, por ese mismo automatismo de movimientos, les permitía hablar todo el tiempo entre ellas y eso provocaba distracciones permanentes que ponían en peligro la calidad de la mercadería. Además, por la forma de pago diaria y el escaso interés de las obreras por su futuro en la industria, tenía un nivel de asistencia irregular, caprichoso, que generaba inseguridad y muchas veces fallas en las entregas.

Para evitarlo, algún patrón inteligente concibió la idea de contratar a un narrador, un contador de cuentos que, sentado en la silla más alta del recinto, las entretenía relatándoles historias de amores contrariados, de traiciones terribles, de héroes adorables que salvaban a la pobre muchacha del villano en el momento oportuno. Usando palabras comunes, tejía armoniosamente tramas que despertaban el interés de un auditorio muy difícil, hasta convertirse en centro absoluto de la atención: a los pocos minutos solo se escuchaba en las barracas el ruido leve del tabaco enrollándose y la voz del narrador, contando. Y para que esas mujeres, además de entretenerse durante su jornada laboral, tuviesen la motivación de volver al día siguiente, ese hombre que las seducía a través de la palabra —sensible y astutamente— interrumpía la narración en el preciso instante en que algo tremendo estaba por suceder y retomaba el hilo recién al otro día.

Las fábricas rivales se disputaban entre ellas por los mejores narradores, aquellos que captaban con más profundidad los sueños y esperanzas de esas mujeres sencillas, sus fantasías más ocultas y se las devolvían convertidas en relatos cargados de pasión. Cuanto mejores eran las historias, mayor era el porcentaje de asistencia diaria y suponemos que también serían mejores los cigarros que se encerraban en las pequeñas cajas de madera.

Pasaron los años y de pronto, como resultado de una magia incomprensible, alguien pudo ver en un extraño aparato, sentado en su casa, lo que estaba ocurriendo en otra parte. Llegó la televisión y cambió la vida de todo el mundo, cambiaron los hábitos, los horarios, la manera de entretenerse y, como producto de la novedad y la absoluta escasez de obras para ese medio de comunicación revolucionario, fue necesario crear una nueva forma de contar historias para esa visita que sin tocar el timbre empezó a entrar en las casas y en pocos años se convirtió en un miembro más de todas las familias. Este crecimiento insospechado demandó cada vez más y más producción, más obras en pantalla. Y como no hay producción posible sin alguien que desarrolle una idea y la convierta en obra, nacimos los autores de televisión.

Hoy reinventados nuevamente los medios de comunicación, modernizados los sistemas de producción, transformado el mundo casi por completo en pocas décadas, se mantiene sin embargo el mismo oficio. Hemos cambiado la silla alta de aquel narrador tabacalero por la computadora, la electrónica ha reemplazado a la presencia física, los mensajes atraviesan océanos en apenas segundos, pero hay algo que no ha cambiado: todavía existimos los contadores de historias. Y aunque estemos auxiliados por cantidades increíbles de tecnología que minuto a minuto se superan; rodeados de satélites y antenas retransmisoras; navegando digitalizados en internet y recibiendo correos de ciudades que escapan a nuestra imaginación; seguimos mirando con ojos humanos a nuestro alrededor en el afán por descubrir una anécdota interesante que se pueda transformar en cuento. Volvemos a preguntarnos con qué sueñan los otros, qué fantasías esconden en su alma, y combinamos artesanalmente estos ingredientes en historias más o menos simples, que repiten día tras día nuestras obsesiones y deseos, desnudan ante el público nuestros fantasmas y monstruos ocultos, y delatan nuestros amores.

Ya no ayudamos a producir cigarros solamente: también contribuimos con nuestras telenovelas, teleteatros y miniseries a vender detergentes poderosos y tarjetas de crédito elegantes.

Por algo será que todo cambió menos esto. El pragmatismo diría que todavía somos útiles. Nuestra experiencia nos lleva a pensar que somos necesarios porque, mal que les pese a muchos, sin autor no hay obra.

Y si pudiéramos desnudarnos de verdad y abrir el corazón, quizás nos atreveríamos a decir que para nosotros, antes que un oficio, escribir es la manera que tenemos de enfrentar la vida; una necesidad impostergable; el amor a primera vista con la palabra que se convirtió después en profesión; la explosión cotidiana de una catarata de voces que se empujan por salir, peleándose entre ellas por ser la que primero y mejor pinte estados de ánimo, sensaciones, emoción guardada.

Y confesaríamos también que, en el momento mismo de contar, todo lo demás desaparece. Nuestros demonios y nuestros ángeles se adueñan de los mundos que inventamos y borran la realidad por un rato. Nos rendimos ante ellos, los dejamos hacer, renunciamos a la cordura, si alguna vez la tuvimos. Las palabras se ordenan al correr de la mano como por arte de magia, caminan libres por el teclado con movimientos acompasados, marcan un repiqueteo que parece de juguete y eso nos produce un enorme placer. Fluyen rápidas, decididas, contundentes, como notas de una sinfonía que intenta reflejar ante el público —ese que en televisión nunca vemos personalmente y al que solo conocemos por estadísticas frías— un pedacito de lo que somos y queremos.

En ese momento mágico no importa si se venden detergentes o se fabrican cigarros, porque en el medio de dos tandas publicitarias, aspirando a ser humildes testigos del tiempo que nos tocó vivir y devolverlo en forma de relato entretenido, como herederos de aquellos sensibles y astutos narradores, estamos nosotros, los que contamos historias.

Cuarenta años escribiendo

Cuando un autor construye un personaje, utiliza varios recursos. Su necesidad dramática, su motivación, su metodología para resolver problemas, su paradoja y, entre otras cosas, su backstory. Es decir la historia previa que solo el autor conoce, y que no tiene por qué saber el público. Nuestro personaje se llama Maestro y Vainman. Es un personaje múltiple, que tiene una sola función, dos caras y una historia en común. Su backstory se remonta a 1964. Terminada la escuela primaria, entramos a la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta para seguir la carrera de maestro. Ese lugar que fue tierra de estudio para otros escritores como Julio Cortázar, Abel Santa Cruz, Juan José Sebreli, Leopoldo Marechal, Fermín Estrella Gutiérrez y Enrique Santos Discépolo, tenía una mística especial en los sesenta. Nosotros, Maestro y Vainman (o Jorge Mordkowicz y Sergio Vainman en ese entonces), íbamos a ser parte de la anteúltima promoción de maestros de escuela primaria egresados de una institución de enseñanza media a los diecisiete años.

Allí se sembró el embrión de lo que sería nuestra carrera profesional como autores de televisión. Cuarto y quinto año nos encontró vinculados de diferentes maneras con el teatro. El estímulo en la escuela era variado y las reuniones de fines de semana entre amigos nos encontraban leyendo o haciendo teatro y música de manera aficionada. Terminada la escuela, comenzamos a transitar el teatro independiente creando espectáculos para niños. Carlos Calvo, Raúl Rizzo, Rita Terranova, Ángeles Alonso, Juan Leyrado, Marta López Pardo, Daniel Ceriotti, entre otros, eran los compañeros actores con los que compartíamos la aventura de montar un espectáculo, y cada fin de semana ponerlo en escena, con la única motivación de hacerlo y entretener al público infantil.

Pasamos por el Teatro Payró, el Teatro del Centro, el IFT, el Theatron, el Teatro de la Cova y otros más. Vino un poco de distancia, tiempos políticos difíciles para los jóvenes en los setenta, estudios interrumpidos en la universidad, hijos y un reencuentro en 1980 que nos llevó a conformar la dupla que muchos, durante mucho tiempo, creían que conformaba el apellido compuesto de una sola persona. Y como autores a lo largo de treinta y cinco años de escribir obras ininterrumpidas para la televisión lo somos. Con intervalos, distancias y reencuentros, seguimos unidos con la misma manera de pensar el espectáculo como en los comienzos. Nada cambió en nuestra opinión respecto de la televisión, de la profesión como autores, aunque obviamente el tiempo y la experiencia nos hayan enriquecido.

La idea de este libro surgió motivada por la necesidad de pasar la posta. Nosotros tuvimos la fortuna de tener referentes que nos antecedieron como Abel Santa Cruz, Hugo Moser o Alberto Migré. Sabemos que hoy eso resulta más difícil para los autores jóvenes. La proliferación de carreras universitarias y terciarias vinculadas con el guion son un gran aporte metodológico para esta profesión, pero lo más importante no está allí. Está en el conocimiento adquirido —como nos sucedió a nosotros— como aprendices de hechiceros conociendo la mecánica para elaborar el elixir que seduzca al espectador, que lo atrape, que lo tenga “entre” una ocupación y otra. Que lo entretenga con esa alquimia. Los que lean el libro con curiosidad seguramente se encontrarán con programas que marcan alguna etapa de sus vidas, los próximos autores que comprendan que la mejor manera de escribir es escribiendo, equivocándose, y viendo y leyendo todas las obras posibles escritas por sus antecesores.

Decidimos escribir este libro basado en nuestra carrera, con anécdotas y cierta memorabilia, porque pensamos que investigadores y periodistas han escrito una variopinta cantidad de libros biográficos y no tanto dedicados a actores, actrices y directores del espectáculo nacional, pero no tenemos conocimiento de libros dedicados a recorrer la trayectoria de los autores del cine y la televisión. Seguramente porque nuestra profesión no entra en el rubro de la fama que, aunque sea puro cuento, no deja de despertar interés. Para la mayoría del público el autor no es una figura que llame la atención. Eso no está ni mal ni bien. Es así y ocurre desde tiempos inmemoriales y en cualquier lugar del planeta.

Pero nos parece bueno volver a recorrer nuestro camino con el público que disfrutó o padeció nuestras historias y también con los próximos autores porque, aunque la experiencia de uno es imposible que sea para otro, transmitir la propia puede hacer entender un poco más este oficio que es el mismo desde que el hombre comenzó a contar historias a su tribu, más allá de las nuevas tecnologías y de la multiplicidad de plataformas. Siempre habrá historias para contar y serán necesarios los autores que las creen. Todo lo demás es lo de siempre.

Por eso Tom Stoppard en una escena de Shakespeare enamorado pone a William esperando al productor en la puerta del teatro. El productor pasa con un inversor y cuando este le pregunta quién ese muchacho (por Shakespeare) el productor le responde: “Nadie, el autor”.

1980 • ENTRE LA VEREDA Y EL CIELO

Aquí comienza la historia

Hay un viejo chiste que cuenta que un hombre muy religioso estaba ahogándose en medio del océano y le pedía a Dios: “Dios mío, yo siempre te alabé. Sálvame”. A los pocos minutos pasó un barco y los marineros le hicieron señas para que se acercara. El hombre se negó: “No, no. Yo soy muy creyente. Dios me va a ayudar”. El barco se alejó y el hombre siguió rogando: “Dios mío, respeté tus mandamientos, oré todos los días, sálvame”. Al instante apareció un lanchón pesquero y los pescadores le gritaron para que se acercara… El hombre se negó: “No, no. Creo en Dios. Él me va a salvar”, dijo. Lo mismo ocurrió una tercera vez. En esa ocasión, ya sin fuerzas, el hombre se negó para finalmente morir ahogado. En las puertas del cielo, el hombre llegó hasta San Pedro, quejándose: “Yo, que siempre fui creyente, que alabé al Señor, que lo amé por sobre todas las cosas, fui abandonado”. Y San Pedro, en medio de toda su tarea, le contestó: “¡Te mandamos tres barcos!”.

Cuando una persona busca trabajo como escritor para cine o televisión, golpea cien puertas, lo atienden en diez y solo en una le dan una entrevista. Se debe estar atento a las oportunidades, para poder verlas y registrarlas.

En la década de 1970, hicimos teatro para niños. Rita Terranova, Raúl Rizzo, Daniel Marcove, Juan Leyrado, Andrea Tenuta y Carlos Carlín Calvo estaban entre los actores con los que montamos de manera independiente esos espectáculos. Así fue como en 1976, Carlín, que formaba parte del elenco de Equus, que encabezaban Duilio Marzio y Miguel Ángel Solá, nos acercó la posibilidad de escribir un programa de televisión con los protagonistas de esa obra de teatro. A modo de presentación escribimos cuatro episodios de un ciclo que se llamó Suplemento especial.

Suplemento especial jamás sali

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