Serafina y el secreto de su destino (Serafina 3)

Robert Beatty

Fragmento

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Serafina abrió los ojos y no vio nada más que negrura, una oscuridad tan profunda que se preguntó si aún los tendría cerrados.

Llevaba un rato sumida en el tenebroso abismo de un sueño confuso y turbulento cuando una voz amortiguada la había despertado, pero ahora no percibía nada, ni voz alguna ni el más mínimo movimiento.

Normalmente sus ojos de gato le permitían ver en cualquier circunstancia, incluso en los lugares más sombríos, pero allí la oscuridad era absoluta. Escudriñó las tinieblas buscando un atisbo de luz, por pequeño que fuera. No vio nada, ni un mínimo rayo de luna asomando por la rendija de alguna ventana, ni el menor parpadeo de un farol al fondo de algún pasillo.

Solo negrura.

Cerró los ojos y los abrió de nuevo. Fue inútil. La oscuridad era absoluta.

¿Y si me he quedado ciega?, se preguntó.

Aturdida, aguzó los oídos para captar movimientos en la oscuridad, igual que hacía cuando cazaba ratas en las profundidades de los sótanos de Biltmore. Pero no pudo percibir los típicos crujidos nocturnos, ni tampoco el rumor distante de los criados. No oyó los ronquidos de su padre en el jergón, ni los chirridos de las máquinas, ni el tictac de algún reloj, ni siquiera unos pasos lejanos. Jamás había experimentado un silencio y una quietud tan profundos. No estaba en Biltmore.

Recordando la voz que la había despertado, escuchó de nuevo, pero tanto si había sido real como el producto de un sueño, la voz se había esfumado.

¿Dónde estoy?, pensó, estupefacta. ¿Cómo he llegado aquí?

En ese momento, como en respuesta a su pregunta, un sonido llegó a sus oídos.

Tu-tum.

Por un momento, eso fue todo.

Tu-tum, tu-tum.

El latido de su corazón y el pulso de la sangre.

Tu-tum, tu-tum, tu-tum.

Cuando movió la lengua para humedecerse los labios acartonados, Serafina notó un sabor ligeramente metálico en la boca.

Pero no era metal.

Era sangre. Su propia sangre, que fluía por las venas, a su lengua y a sus labios.

Quiso carraspear, pero su intento se transformó en una respiración repentina, violenta, ahogada, como si fuera el primer aliento que hubiera tomado nunca. A medida que fluía la sangre, un cosquilleo le recorrió los brazos y las piernas, todo su cuerpo.

¿Qué pasa aquí?, pensó. ¿Qué me ha sucedido? ¿Por qué acabo de despertar en esta situación tan rara?

Repasando su existencia hasta el momento, recordó haber vivido con su padre en el taller, haberse enfrentado a la capa negra y al bastón maligno junto a su mejor amigo, Braeden. Había hecho realidad su sueño de recorrer las elegantes estancias de Biltmore y de compartir el mundo diurno de la gente distinguida. Pero si intentaba recordar qué había sucedido a continuación, se sentía igual que cuando te esfuerzas por atrapar los retazos de un sueño que se esfuma al vuelo, en el instante mismo de despertar. Estaba tan desorientada y confusa como si intentara recordar una vida anterior.

Todavía no se había movido, pero notaba que estaba de espaldas sobre una superficie lisa y alargada. Tenía las piernas estiradas, las manos descansando sobre el pecho, una encima de otra, igual que si alguien la hubiera colocado en postura de reposo con respeto y cariño.

Despacio, separó las manos y las desplazó hacia los costados de su cuerpo para palpar la superficie que la sostenía.

Notó un material duro, como tablones de madera tosca, pero desprendían un helor extraño. Los tablones no deberían estar fríos, discurrió Serafina. No tanto. No tan helados.

Se le aceleró el corazón. El pánico se desató en su interior.

Intentó sentarse, pero se estampó la cabeza contra otra superficie dura que se extendía sobre ella, a pocos centímetros de su frente. Con una mueca de dolor, Serafina volvió a tumbarse.

Presionó con las manos los tablones de la parte superior. Las yemas de los dedos eran ahora sus únicos ojos. No palpó grietas entre los tablones, ninguna separación. Ahora le sudaban las palmas. Sus respiraciones se acortaron. Un miedo atroz la recorrió cuando estiró el cuerpo para volverse de lado y se topó con tablones también, a pocos centímetros de sus hombros y brazos. Pateó con fuerza. Golpeó con los puños. Las tablas la envolvían de pies a cabeza, la encerraban por los cuatro costados.

Serafina gruñó, presa de la frustración, el miedo y la rabia. Arañó y se revolvió, se retorció e hizo palanca, pero no pudo escapar. La habían encerrado en un cajón de madera chato y alargado.

Frenética, acercó la cara a la esquina de la caja y olisqueó, igual que un animal atrapado, con la esperanza de percibir algún olor del mundo exterior a través de los mínimos resquicios que quedaban entre tabla y tabla. Lo intentó en una esquina y luego en la otra, pero el olor era el mismo en todas partes.

Tierra, pensó. Estoy rodeada de tierra húmeda y putrefacta.

¡Me han enterrado viva!

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Serafina yacía en el gélido y negro espacio de un ataúd enterrado. El terror se apoderó de su mente.

Tengo que salir de aquí, se decía. Necesito respirar. ¡No estoy muerta!

Sin embargo, no veía nada. No podía moverse. Nada llegaba a sus oídos salvo el susurro de su propia respiración entrecortada. ¿Cuánto aire quedaría ahí abajo? Notó una presión en los pulmones. Le costaba respirar. Quería que viniera su padre. Quería que acudiera su madre a sacarla de allí. ¡Alguien tenía que rescatarla! Frenética, posó las manos en la tapa del ataúd, a la altura de la cabeza, y empujó con todas sus fuerzas, pero fue inútil. Sus propios chillidos le taladraban los oídos en ese recinto terrible, negro y asfixiante.

Y entonces pensó en lo que le diría su padre si estuviera allí. «Piensa con la cabeza, niña. Discurre lo que necesitas y pon manos a la obra.»

Respiró profundamente, se tranquilizó y trató de discurrir. No podía mirar con los ojos, pero palpó con los dedos la falda y las mangas de su vestido. Estaban desgarrados. Pero si hubiera muerto y hubieran celebrado un funeral en su honor, le habrían puesto un vestido bonito. Quienquiera que la hubiera enterrado lo había hecho a toda prisa. ¿La habían dado por muerta? ¿O querían que sufriera la más horrible de las agonías?

En ese momento oyó un levísimo golpeteo ahogado, allá en lo alto. Sintió renacer la esperanza. ¡Pasos!

—¡Socorro! —gritó a todo pulmón—. ¡Ayúdeme! ¡Por favor, ayúdeme!

Gritó y siguió gritando. Aporreó la madera a la altura de la cabeza. Agitó las piernas. Pero los pasos se fueron alejando hasta dejar tras de sí un silencio tan absoluto que Serafina empezó a dudar de que hubiera oído nada.

¿Sería el caminante la persona que la había enterrado? ¿Había arrojado la última palada de tierra sobre ella y la había abandonado a su suerte? ¿O solo era alguien que pasaba por ese lugar y no tenía la menor idea de que Serafina estaba allí? Volvió a aporrear la madera con los puños y gritó:

—¡Por favor! ¡Necesito ayuda! ¡Estoy aquí abajo!

Fue inútil.

Estaba sola.

Una nueva oleada de oscura desesperación barrió su alma.

No podía escapar.

No saldría de allí viva.

No, pensó, apretando los dientes. No voy a resignarme a morir aquí abajo. No voy a rendirme. Voy a ser valiente. Voy a encontrar la manera de escapar.

Se deslizó hacia el fondo del ataúd y pateó con todas sus fuerzas. Tuvo la sensación de que los tablones de la caja eran finos y no estaban perfectamente ensamblados, como si la caja no fuera un ataúd de verdad, sino algo improvisado con cuatro cajones de manzanas viejas. Sin embargo, la presión de la tierra sobre las tablas era tan intensa que le resultaría imposible romperlas.

Entonces tuvo una idea.

«A dos metros bajo tierra». Esa fue la respuesta de su padre cuando Serafina le preguntó qué hacían con las personas muertas. «Por aquí entierran a la gente a dos metros bajo tierra», le explicó.

Retorció el cuerpo como pudo dentro del mínimo espacio y, doblada como un gatito en una caja de zapatos, apoyó las manos en el centro de la tapa. Dos metros de tierra debían de pesar horrores. Pero su padre le había enseñado que el punto más débil de cualquier superficie es el centro.

Recordando otra de las enseñanzas paternas, golpeó con los nudillos el tablón que tenía justo encima y escuchó. Toc-toc-toc. Se desplazó unos centímetros y probó de nuevo. Toc-toc-toc. Continuó golpeteando la madera hasta encontrar una zona que sonaba más hueca. La tierra debía de estar más suelta por allí.

—Este es el punto.

¿Y ahora qué? Aunque consiguiera romper la madera, la tierra se precipitaría sobre ella. Le inundaría la boca y la nariz, y Serafina se ahogaría.

—No dará resultado…

De repente, una luz se encendió en su mente. Se abrochó el vestido hasta el cuello y se pasó la falda sobre la cabeza, de dentro hacia fuera, de tal modo que la tela le cubriera la cara, especialmente la nariz y la boca. Apenas tenía sitio para moverse, pero Serafina se las arregló para envolverse la cabeza con el vestido. A continuación, se quitó las mangas para tener las manos libres. Con un poco de suerte, la protección de la tela le proporcionaría los instantes que necesitaba.

Consciente de que la fuerza de sus manos no bastaría para romper la madera, dio media vuelta para tenderse boca abajo y pegó el hombro a la parte central superior del ataúd.

Tensándose al máximo, se dio impulso hacia arriba con los brazos, las piernas y toda la fuerza del cuerpo. No había tanto espacio en el interior de la caja como para que Serafina se pusiera a gatas. Pero arqueó la espalda y empujó todo lo que pudo, estampando el cuerpo contra la tapa una y otra vez. Sabía que un golpe fuerte no bastaría para conseguir su propósito. Como tampoco una presión lenta. Tenía que ejercer una presión rítmica y constante. Blam, blam, blam. Los tablones de la tapa se estaban doblando.

—Eso es, justo lo que necesito —dijo. Blam, blam, blam, golpeaba—. ¡Venga! —gruñó. Y entonces, oyó un crujido. El tablón central se había agrietado bajo el peso de la tierra—. ¡Venga! —Siguió empujando. Blam, blam, blam. La tabla empezó a romperse. Y algo golpeó sus hombros desnudos. Debería haberse alegrado al comprender que su plan estaba funcionando, pero tenía demasiado miedo. ¡La tapa se había roto! ¡El ataúd se estaba hundiendo! Una lluvia de tierra pesada, fría y pegajosa cayó sobre ella y la empujó al suelo de la caja. De no haber llevado el vestido atado a la cabeza, la tierra le habría inundado la nariz y la boca y ya estaría muerta.

Trabajando a ciegas, sin nada salvo las manos desnudas para guiarse, Serafina agarraba grandes puñados de tierra y los empujaba a las esquinas del ataúd. Apartaba terrones lo más deprisa que podía según se colaban por el hueco, pero seguían entrando, entrando, entrando sin cesar. Una tierra horriblemente pesada le rodeaba ahora las piernas, los hombros y la cabeza. Moverse se estaba tornando más difícil por momentos. Respiraba a toda prisa por la tela del vestido, inhalando todo el aire que podía. El pecho de Serafina empezó a protestar. ¡Se estaba ahogando!

Por fin, cuando no quedó ni un milímetro de ataúd donde empujar más tierra, Serafina dio comienzo a su maniobra de escape. Introdujo la cabeza en el agujero, se dio impulso con las piernas y empezó a cavar hacia la superficie. Pero los terrones se hundían tan rápidamente y la empujaban con tanta fuerza, que sus esfuerzos eran vanos. Todavía seguía excavando cuando la tierra empezó a asfixiarla. El tremendo peso aplastó el pecho de Serafina, que lanzó un último grito desesperado.

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La tierra le cubría la cabeza y los hombros más deprisa de lo que podía excavar. Notaba la opresión en todo el cuerpo. El suelo no la dejaba moverse, le ataba las piernas, pero ella seguía escarbando, pateando, abriéndose paso a ciegas entre la oscuridad y respirando a duras penas a través de la tela que le cubría la cara. Sin embargo, el tejido se le hundía más y más en la boca a medida que el peso de la tierra aumentaba y, al final, era la propia tela la que no la dejaba respirar, la que impedía el paso del aire a sus ardientes pulmones.

Y entonces, oyó una especie de arañazos en la superficie, igual que si un animal estuviera escarbando el suelo. Puede que Gidean, el perro de Braeden, hubiera acudido a rescatarla, se dijo Serafina esperanzada, pero entonces oyó un gruñido grave y fiero que no podía pertenecer a su amigo canino. El ser de ahí arriba, fuera el que fuese, poseía unas zarpas capaces de arrancar terrones con una potencia espantosa. ¿Sería un oso buscando su cena? Daba igual. Serafina tenía que seguir excavando. ¡Necesitaba aire!

Notó en las manos el arañazo de unas garras afiladas. Serafina gritó de dolor, pero asió las zarpas con fuerza. ¡Te pillé! Se sujetó con la determinación de quien sabe que se está jugando la vida. La fuerza de las patas arrastró su cuerpo a través de la tierra.

La fiera agitó las patas entre rugidos para librarse de ella, estiró y se sacudió, pero Serafina seguía agarrada con todas sus fuerzas.

Cuando por fin asomó la cabeza a la superficie, Serafina aspiró una inmensa bocanada de aire que le devolvió la vida. ¡Aire! ¡Aire puro por fin!

Soltó la pata de la fiera, que la retiró al instante, pero Serafina siguió trepando hasta liberar los hombros y los brazos.

La esperanza inundó su corazón. ¡Lo había conseguido! ¡Había logrado escapar! Pero según levantaba las manos para retirar la tela que le cubría la cabeza, oyó un aterrador gruñido, y esas garras que la habían salvado se precipitaron de nuevo hacia ella. Serafina intentó esquivarlas, pero le arañaron la cabeza. Aferrándose a la tierra con desesperación, la niña salió de la tumba a toda prisa y se plantó a cuatro patas para defenderse.

Estaba en un cementerio iluminado por la luna y cubierto de una densa vegetación compuesta de árboles y zarzas. Un gran ángel de piedra con las alas desplegadas se erguía en el centro del pequeño claro. Serafina no tenía la menor idea de cómo había ido a parar allí, pero conocía el sitio. Era la explanada del ángel. Pero antes de que pudiera observar más detalles oyó un rumor a su espalda y dio media vuelta.

Una pantera negra se aproximaba hacia ella con paso acechante y las orejas pegadas a la cabeza. La fauces de la bestia temblaron agresivas cuando abrió la boca y lanzó un gruñido que dejó al descubierto los largos colmillos, desnudos y relucientes, listos para atacar a Serafina.

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Serafina miró fijamente el rostro de la pantera. Los brillantes ojos amarillos, que destellaban con un poder fiero y amenazante, eran los más salvajes que había visto jamás en un animal del bosque. Se acuclilló, lista para defenderse. Cuando la pantera le enseñó sus blancos colmillos y volvió a gruñir, Serafina exhibió los dientes y respondió con un siseo feroz que desafiaba a la bestia a atacarla. En vez de eso, la pantera negra dio media vuelta, se internó en el bosque y desapareció. Serafina se quedó perpleja.

Cansada a más no poder, Serafina se desplomó en el suelo. Respiró con bocanadas grandes y profundas, aliviada por el mero hecho de estar viva. Ese animal me tenía a su merced, pensó. ¿Por qué se habrá escabullido como una comadreja asustada?

Mientras yacía en el claro recuperando las fuerzas, Serafina trató de entender lo que había pasado. Alguien la había enterrado. Pero no solo la habían enterrado, sino que la habían llevado al viejo cementerio abandonado que el bosque había invadido hacía décadas.

Y cuanto más lo pensaba, más le costaba creer lo que acababa de ver. ¿Cómo es posible que haya una pantera negra en el bosque?

Su madre era una catamount, una cambiante que se transformaba en león de montaña a voluntad, pero cuando Serafina consiguió cambiar por fin, no se convirtió en un puma como ella, sino en pantera negra, igual que su padre, una extraña mutación de la raza. Decía la tradición que solo aparecía una pantera negra en cada generación.

No podía quitarse de la cabeza la idea de que la pantera tenía que ser su padre, pero el padre de Serafina había muerto en combate doce años atrás, la misma noche que ella nació. Su padre humano, el hombre que la encontró en el bosque y cuidó de ella desde entonces, era el único que Serafina había conocido. Y cuanto más lo pensaba, más segura estaba de que no acababa de cruzarse con un macho adulto de pantera, sino con un animal joven, flacucho e inseguro. Podría haber sido alguno de sus hermanastros, pero ellos solo eran cachorros moteados. Y tampoco podía ser Waysa, su amigo catamount, porque cuando este se transformaba en león su pelaje era de un tono marrón oscuro. Puede que la luz la hubiera engañado, pero si Waysa la hubiera rescatado, ¿por qué iba a huir de ella?

Las preguntas se agolpaban en la mente de Serafina, pero las sensaciones físicas empezaban a adoptar un cariz más urgente. Los arañazos de la pantera le habían provocado varios cortes y ahora le dolía la cabeza, aunque no creía que las heridas fueran graves. Después de lo que había vivido en el ataúd, Serafina se conformaba con que el aire entrara y saliera de sus pulmones. Notaba la cálida brisa sobre su piel desnuda, y el aroma del trébol y el helecho allí cerca. Miró el cielo tachonado de gloriosas estrellas. Notaba los sentidos más aguzados aún que antes, si cabe.

Según las fuerzas retornaban a sus brazos y piernas, se sacudió los restos de tierra y se alisó el sencillo vestido beige que llevaba puesto. En ese momento reparó en las manchas grandes y oscuras que recorrían los jirones de tela. Asustada, examinó su cuerpo a toda prisa y descubrió que tenía sangre seca en el cuerpo, los hombros y los brazos. Pero las heridas no eran recientes. Solo cicatrices.

En ese momento, los recuerdos de su vida empezaron a discurrir despacio por su mente como las aguas de un río tranquilo. Se vio a sí misma cenando con su padre en el taller; acostada en el tejado de Biltmore junto a Braeden, contando estrellas en el cielo de medianoche; corriendo feliz por el bosque como pantera, junto a Waysa y su madre. Se vio sentada en la biblioteca del señor Vanderbilt, escuchando ante el hogar las historias de sus libros y sus viajes, y también tomando el té por la mañana con la señora Vanderbilt, que estaba esperando un hijo.

Y recordó a su amiga Essie, una de las criadas de Biltmore, que le había ayudado a abrocharse el hermoso vestido que Braeden le había regalado por Navidad. Recordó haberse mirado en el espejo de Essie y haber visto en el reflejo a una niña de doce años con unos pómulos angulosos y felinos, unos ojos color ámbar y una melena negra larga y brillante, y haber pensado por primera vez que tal vez sí llegase a sentirse integrada en ese ambiente.

Las memorias de aquella fiesta de Navidad revolotearon por su mente. Recordaba tan vívidamente la luz tenue de las velas, la fragancia de la madera que ardía en el fuego, la sonrisa en el rostro de su padre y el calor que desprendía la mano de Braeden en su espalda cuando entraron juntos en el comedor. Fue un momento de paz y victoria, no solo porque Braeden y ella hubieran derrotado a sus enemigos, sino porque Serafina experimentó por fin la sensación de estar en casa.

Su último recuerdo de Biltmore la llevó a una noche de invierno. Las imágenes acudían fragmentadas a su mente, pero Serafina se acordaba de haber hecho la ronda por el caserón. Ella era la guardiana, la protectora que impedía la entrada a espíritus invasores y otros peligros. Los demás se habían acostado ya, y Serafina tenía los oscuros pasillos de la casa para ella sola, tal como le gustaba. Salió al patio formal trasero, que los Vanderbilt llamaban la «logia». Las blanquísimas cortinas de la galería destellaban a la luz de la luna cada vez que ondeaban con el aire invernal. Oteó los terrenos de la propiedad hasta el bosque y las montañas que despuntaban a lo lejos. Una luna llena empezaba a asomar por detrás de la sierra.

En la casa reinaba el silencio, pero Serafina notó una corriente extraña y un desagradable estremecimiento le recorrió la espalda. Se le erizó el vello de la nuca. De repente, se sintió observada. Dio media vuelta de un salto, preparada para luchar, pero allí donde debían estar los muros y las ventanas, solo alcanzó a ver una oscuridad impenetrable.

Notó un dolor agudo en el pecho, como si la hubieran golpeado con algo. Un viento huracanado la rodeó. Serafina no entendía nada. Luchando con uñas y dientes, gruñía, rugía, asestaba dentelladas. Había sangre por todas partes.

Luego, una profunda negrura cayó sobre ella. En ese punto concluían sus recuerdos.

Ahora, en el claro del ángel, se levantó junto a su propia tumba bajo la pálida luz de la luna y miró a su alrededor. Se encontraba a varios kilómetros de casa. Qué paraje tan extraño y embrujado para salir a rastras de la tierra. Los terrones sueltos mostraban huellas humanas y lo que parecían marcas de una pala. No había lápida en su sepulcro, únicamente un montículo. Quienquiera que la hubiera enterrado no quería que la encontraran, supuso. ¿Habían intentado asesinarla y esconder el cuerpo después?

Alzó la vista hacia el ángel de piedra.

—¿Qué viste esa noche?

Sin embargo, el ángel no respondió. Permaneció en su pedestal tan mudo e impertérrito como siempre. El ángel era antiguo y mostraba las huellas del paso del tiempo, musgo oscuro y una pátina verde. Tenía el pelo largo y ensortijado, un rostro hermoso, surcado de oscuras lágrimas de resina en las mejillas. Serafina tenía la impresión de que el rostro del ángel emanaba la resignada sabiduría de los que saben demasiado, como si conociese el destino y la suerte de todos aquellos que amaba y se le antojase un peso demasiado grande. Las poderosas alas con sus delicadas plumas grabadas se desplegaban a ambos lados de la estatua y el ángel empuñaba una espada de acero, larga y afilada. Era la misma espada que Serafina había usado para destruir la capa negra.

El ángel se erguía en el centro de un pequeño claro de hierba verde y fresca. Las hojas de la floresta que rodeaba la explanada nunca perdían la lozanía. No se secaban con el sol del verano, ni se marchitaban en otoño, ni caían en invierno. En el claro del ángel reinaba una eterna primavera.

La zona norte de la explanada se fundía con los restos del viejo cementerio, que el bosque había recuperado mucho tiempo atrás. Las zarzas cubrían ahora buena parte de las lápidas, y un musgo parecido a lana colgaba de las oscuras ramas de los árboles retorcidos. El camposanto se perdía en el horizonte, filas y filas de monumentos torcidos, volcados, medio enterrados, que señalaban los sepulcros de cientos de cuerpos putrefactos y almas perdidas. Una neblina gris flotaba lánguida sobre el cementerio, igual que si buscara un lugar donde posarse. Escudriñando el viejo jardín de lápidas en busca de algún signo de movimiento, Serafina cruzó los dedos para que el suyo fuera el único cuerpo que hubiera salido esa noche de debajo de la tierra.

Por fin, se despidió de sus postrados compañeros.

—Lamento marcharme tan pronto, pero resulta que solo estaba de visita.

Se encaminó a la otra punta del claro, que daba a esa fronda salvaje que tan bien conocía. Los árboles la llevaron a pensar en su madre, una hermosa catamount. Había aprendido tanto de ella… Corrían y cazaban juntas por el bosque. Le había enseñado a reconocer el canto de las aves nocturnas y los movimientos de los animales del bosque. Serafina se preguntó por qué su madre no había presentido el peligro y se había acercado a rescatarla como tantas otras veces.

Poco a poco se dio cuenta de que tampoco su padre había ido en su busca, ni Braeden.

Nadie había acudido.

Estaba sola.

El miedo empezó a filtrarse en su pensamiento. Cuanto más se preguntaba qué les habría pasado a las personas que amaba, mayor era el ahogo que sentía en el pecho. Serafina no sabía qué clase de ser la había atacado, ni cuánto tiempo llevaba fuera. Temía lo que pudieran pensar los habitantes de la mansión cuando la vieran llegar cubierta de tierra del cementerio, pero su verdadero miedo, en el fondo de su corazón, era no encontrar a nadie allí, hallar la casa vacía, tan solo poblada de sombras.

Ansiosa por ponerse en marcha, echó a andar por el sendero del bosque que llevaba a Biltmore. Tenía que llegar a casa.

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Caminando a paso vivo, Serafina se dirigió por la tenebrosa senda del bosque que bajaba por un barranco poblado de antiguos arces y abetos. Sobre unas piernas fuertes y firmes, sorteaba los grandes troncos de los más antiguos moradores del bosque.

Un coro de ranas cantoras e insectos inundaba sus oídos, y la fragancia de la prímula y el galán de noche flotaban en el aire. Las flores nocturnas permanecían cerradas durante el día, pero ofrecían sus más dulces aromas cuando caía la oscuridad.

Todo se le antojaba más vibrante que nunca esa noche a Serafina, como si su cuerpo y sus sentidos hubieran adquirido una nueva capacidad de percepción.

El bosque estaba poblado de arbustos de adelfas, que titilaban a la luz plateada. La mariposa colibrí planeaba sobre las flores blancas y rosadas, hurgando en los huecos de las flores para libar el néctar del interior. Serafina casi podía oír el batir de las alas contra el aire nocturno.

Las luciérnagas salpicaban la oscuridad sobre las brillantes hojas de los laureles. Suaves rayos de luz temblaban contra las nubes plateadas, y un pausado trueno retumbó en la oscuridad como si rodase por el creciente calor de una brisa casi estival.

—Qué raro es todo… —dijo Serafina para sí. Miraba a un lado y a otro desconcertada, mientras caminaba. La última noche que podía recordar había tenido lugar en invierno, pero el aire desprendía ahora una extraña calidez. Y esas plantas e insectos no salían en la época invernal. ¿Acaso la magia del claro se había extendido, de algún modo extraño, al resto del bosque?

Cuando alzó la vista hacia la luna, lo que vio la detuvo en seco. La luna no estaba llena del todo, pero el astro lucía grande y brillante, con la luz a la derecha y la sombra a la izquierda.

—Algo va mal —observó Serafina, frunciendo el ceño. La noche que salió a la logia brillaba una luna llena, y eso significaba que estaba viendo algo imposible.

Sabía que la luna llena únicamente aparece una noche al mes. Luego mengua durante catorce días y la luz de la izquierda se torna más y más delgada, hasta que durante una sola noche desaparece por completo. Entonces empieza a crecer durante dos semanas más, hasta que vuelve a brillar la luna llena. Y todo el ciclo comienza de nuevo.

La luna era el calendario celeste que marcaba las noches de su vida, esas que pasaba pululando por los terrenos de la casa Biltmore a solas consigo misma. Se guiaba por las regulares fases de su pálida compañera, por el lento movimiento de las relucientes estrellas, por el tránsito curvo de los cinco planetas más brillantes del cielo desde que tenía memoria. Esos eran sus hermanos nocturnos, sus madrugadoras hermanas. Les hablaba, aprendía de ellos, los observaba con la misma confianza con la que una niña contemplaría a los miembros de su familia desplazarse a su alrededor.

Sin embargo, esta noche Serafina contemplaba a su hermana luna sumida en el desconcierto. Un latido insistente se apoderó de sus sienes según intentaba entender lo que estaba viendo. La luz de la luna brillaba a la derecha. Y eso significaba que estaba creciendo, que se tornaba más grande con cada noche que pasaba. Pero, si la luna menguaba la última vez que la vio, ¿cómo podía estar creciendo ahora?

Era igual que si hubiera retrocedido en el tiempo. O eso o algo igual de inconcebible: había pasado enterrada un ciclo lunar completo.

—Lo que implica que han pasado veintiocho noches, puede que más… —observó para sí, perpleja.

La brisa susurraba entre las copas de los árboles como si ocultos espíritus del bosque comentaran inquietos que Serafina había descubierto el ardid del universo. El tiempo corre hacia delante. El tiempo corre hacia atrás. Nada es lo que parece. Las personas enterradas salen a rastras de la tierra. Serafina habitaba en un mundo sin reglas.

Otra serie de relámpagos bailó en silencio entre las nubes. Poco después estalló el trueno, que retumbó entre las montañas.

Serafina siempre había visto cosas que los demás no veían, sobre todo en la oscuridad de las horas nocturnas, pero esa noche en particular una magia muy especial parecía animar el bosque. Tenía la sensación de vislumbrar el lentísimo despliegue de los pétalos de las flores y el reflejo de las estrellas en las alas iridiscentes de los insectos. Cada vez que la brisa se deslizaba entre las ramas notaba la caricia del aire en el cuerpo y en la piel. Sentía la pétrea firmeza de la tierra y las rocas bajo los pies. Las gotitas de rocío en las hojas del trébol que crecía por doquier titilaban un instante y, al momento, la luz blanca de un rayo lejano la deslumbraba. Agua y tierra, luz y cielo… Serafina se sentía inmersa en el tejido mismo del mundo, como si hubiera sintonizado con el vaivén de la noche de un modo que jamás había experimentado antes.

Siguió caminando, pero al volver la vista hacia la fronda creyó atisbar lo que parecía una mancha negra entre los árboles. ¿Era una sombra? No lo distinguía. Cuando entornó los ojos para verla mejor, advirtió que esa especie de mancha se desplazaba en el aire, no hacia ella ni en sentido opuesto, sino al antojo del viento, como una ola negra.

Se le puso la piel de gallina. Se preguntó sin poder evitarlo si la misteriosa sombra tendría alguna relación con la forma negra que la había atacado en Biltmore.

Sabía que no debía acercarse, pero sentía demasiada curiosidad como para dar media vuelta. Fue avanzando despacio. Ahora unos doce pasos la separaban de ella. Serafina se detuvo allí para observar la forma negra. Debía de medir cosa de metro y medio y flotaba a su aire a un par de metros del suelo, como un banderín alargado que ondeaba con la brisa. Era negra como el carbón, más negra que cualquier cosa que Serafina hubiera visto anteriormente.

De repente, se levantó viento entre los árboles. Una ráfaga se alzó desde el suelo y creó pequeños tornados de hojas alrededor de Serafina. Las ramas crujían y se doblaban en lo alto como los flácidos miembros de un hombre muy viejo y encorvado, cuyas nudosas manos colgaban en la cabeza de la niña y sobre sus hombros. Cuando el frío rocío de la lluvia le acarició el rostro, Serafina comprendió que se avecinaba tormenta. Y entonces avistó una figura negra, que se desplazaba entre los árboles hacia ella.

Serafina contuvo un grito de sorpresa y se tiró al suelo para esconderse. Desde allí se arrastró a la base de un árbol medio volcado, cuyas arácnidas raíces asomaban de la tierra creando una pequeña cueva. Hundiéndose en el escondrijo tanto como pudo, Serafina espió entre los pequeños resquicios.

El hombre, demonio, o lo que fuera, avanzaba por el bosque a un paso deliberadamente lento, como un depredador que acecha a su presa. Serafina distinguió las piernas larguiruchas, la espalda encorvada, la cabeza gacha, los hombros que se bamboleaban de lado a lado según el hombre miraba a su alrededor. Aun corcovado como era, el ser parecía muy alto y poseía unos brazos largos y torcidos que pendían delante de él como los de una mantis religiosa. Tenía unas manos pálidas y correosas parecidas a garfios blancos y rematadas por unas uñas agudas y curvadas como garras. Avanzando como si tuviera muy claro su destino, arrastraba los pies sobre las hojas muertas con movimientos que hacían rechinar sus huesos igual que lo harían viejas ramas.

¿Qué clase de criatura infernal estoy viendo?, pensó Serafina, que se acurrucó todavía más si cabe en su escondrijo. ¿Será alguna clase de monstruo malvado que ha salido a rastras de la tumba igual que hice yo?

El ser se estaba acercando por momentos. Cuando apoyó el pie a pocos pasos del refugio de la niña, el cuerpo de Serafina empezó a temblar sin que pudiera evitarlo. Solo esperaba que la criatura no la viera escondida entre las raíces que sobresalían del suelo.

Ahora alcanzaba a oír la respiración del monstruo, el siseo lento, cavernoso y quebrado de su aliento, parecido al de un animal herido, y lo vio más de cerca que antes. Una neblina blanca rodeaba su cuerpo como el humo que desprende una fogata casi apagada y cuatro pelajos grises le envolvían la cabeza igual que las grasientas greñas de un cadáver en descomposición. Cuando el monstruo giró la cara y Serafina pudo verle el rostro, estuvo a punto de soltar un grito. Una herida brutal atravesaba de lado a lado el semblante del engendro, y una sangre negruzca y purulenta rezumaba de la herida infectada. Serafina no sabía si estaba viendo a un mortal, a un demonio del infierno o a una combinación de ambos, pero sus dientes agudos y afilados castañeteaban con avidez mientras el ser escudriñaba el bosque sin dejar de volver la cabeza y seguía avanzando con sus colgantes garras por delante.

Al principio, Serafina creyó que el monstruo pasaría de largo. Pero se detuvo justo encima de su escondite.

La garra del monstruo aferró una de las raíces del árbol caído que le servía a Serafina de refugio. Ella pegó un respingo y contuvo el aire, demasiado asustada como para respirar. El ser oteó el bosque, primero en un sentido y luego en el otro. Sus movimientos parecían indicar que sabía dónde estaba Serafina, que notaba su presencia, quizá que podía olerla, pero aún no había detectado el escondrijo. Aguantando la respiración, Serafina se acurrucó en su guarida como un tembloroso conejo en su pequeña madriguera.

El engendro abrió la boca para emitir un sonido grave, vibrante, gutural. Y entonces Serafina avistó con claridad el aire blanco que surgía de sus pulmones. Aquello era algo más que una exhalación o un grito prolongado; era una tormenta. El aire empezó a girar alrededor de Serafina, las hojas del suelo revolotearon, las ramas de los árboles se doblaron y crujieron. El viento estalló en una lluvi

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