Índice
Portadilla
Índice
Nota del autor
Celina y Nelima
Mundo Baldería
Sinara, cúpulas malvas
La memoria tramposa
All you need is love
Los días torcidos
Papilio Síderum
El inocente
La impaciencia del soñador
Maniobras nocturnas
La casa feliz
El fumador que acecha
La hija del Diablo
El viaje secreto
El apagón
Créditos
Nota del autor
Es muy posible que la vertiginosa oferta de cosas y entretenimientos que nos propone el sistema de consumo consiga anestesiar buena parte de nuestra sensibilidad y darnos la impresión de que, al menos en Occidente, vivimos las rutinas más confortables y menos peligrosas que la existencia puede ofrecer. Los grandes problemas, conflictos y cataclismos suelen transcurrir lejos de casa, la vida fluye con una normalidad sin demasiadas estridencias, y la agresión, la enfermedad o la muerte, cuando nos toca, no pierde, salvo excepciones, su carácter de aventura que se vive en el pequeño reducto individual.
Frente al sentimiento avasallador de aparente y común normalidad que esta sociedad nos quiere imponer, la literatura debe hacer la crónica de la extrañeza. Porque en nuestra existencia, ni desde lo ontológico ni desde lo circunstancial hay nada que no sea raro. Queremos acostumbrarnos a las rutinas más cómodas para olvidar esa rareza, esa extrañeza que es el signo verdadero de nuestra condición.
Estos quince cuentos pretenden hablar de la rareza de los días desde nuestra relación con los sueños, con los recuerdos, con los libros, con los incidentes cotidianos.
Fruto del trabajo de los últimos diez años, muestran diversos registros de mi labor de cuentista —lo fantástico, lo simbólico, el realismo quebradizo—, y tienen como ámbito el tiempo contemporáneo y también ciertas épocas de mi primera juventud. Entre ellos, unos cuantos han conocido la publicación en revistas y antologías temáticas, aunque se ofrece aquí una versión nueva y depurada de todos, pero al menos la tercera parte son inéditos, han sido publicados en ediciones no venales o difundidos solamente a través de la red cibernética.
JOSÉ MARÍA MERINO
Celina y Nelima
Dejar de percibir el significado de las palabras es la más desdichada enfermedad que le puede aquejar a un lingüista. Esto le había sucedido un día al profesor Eduardo Souto, y con ello se inició para él un largo período de confusión y delirio. La oscuridad de las palabras, en que no conseguía identificar otra cosa que la pura acumulación de los sonidos que las componen, le llevó a buscar en los ruidos naturales el sentido que ya no era capaz de hallar en aquéllas. Persiguió el murmullo de los arroyos y los golpes del oleaje, intentando encontrar en su azaroso rumor las señales de un mensaje certero. Su delirio, que le había apartado de la facultad, lo convirtió por fin en un vagabundo que creía descubrir signos reconocibles en esos trazos caprichosos con que manos anónimas pintarrajean en ciertos rincones y muros de la ciudad. Pero al fin la razón volvió a alumbrar poco a poco aquel desconcierto, los sonidos sincopados que emitían sus semejantes le resultaron otra vez inteligibles, los garabatos que manchaban las paredes del metro dejaron de proponerle significados misteriosos, y Souto abandonó la vida de vagabundo y recuperó el trato de sus antiguos amigos y compañeros.
En aquella restauración fue importante el desvelo de Celina Vallejo, antigua alumna del profesor, luego ayudante en el departamento, que a raíz de la locura de su maestro había dejado la facultad y trabajaba en una editorial especializada en los temas que habían constituido la materia de su actividad académica. Celina había admirado a Souto desde que era una estudiante tímida y reflexiva, y con el tiempo su admiración se había transformado en un sentimiento más desasosegante para ella y nunca descifrado por él. Celina había sufrido con mucha pena el desvarío de Souto, había intentado localizarlo siempre que se producían sus bruscas desapariciones, y le había añorado mucho durante el tiempo en que la locura lo llevó por caminos que no pudieron sospechar quienes frecuentaban sus ámbitos habituales.
Cuando el profesor empezaba a entrar en vías de recuperar la cordura, Celina le había encargado la coordinación de una complicada obra lexicográfica. Y al volver el profesor en sus cabales, como si la mejoría de su razón, más intensa tras el eclipse, hubiese alcanzado también algunos aspectos de su capacidad sentimental, descubrió el amor de Celina y se acomodó a él sin titubeos, hasta el punto de acabar instalándose en la vivienda de su antigua alumna. Celina aceptó la compañía de Souto con ese júbilo enorme, aunque ya sin horizonte y hasta un poco angustioso, que alegra el cumplimiento de los deseos largamente pospuestos, y el profesor y Celina se convirtieron en una pareja armoniosa y feliz.
Tras concluir el trabajo lexicográfico, el profesor Souto colaboró con un equipo, del que formaban también parte un poeta, dos matemáticos y un ingeniero, en la elaboración de un programa de inteligencia artificial. El programa había comenzado a diseñarse mucho tiempo antes por el ingeniero y los matemáticos, pero la orientación que se le quería dar les obligó a contar con el poeta y con el profesor Souto, que también había escrito poesía en su juventud, antes de que la lingüística se convirtiese en el centro de todos sus intereses. El proyecto absorbía la atención del profesor con la intensidad que lo había hecho el análisis de fonemas en sus tiempos universitarios, y Celina le miraba repasar ensimismado sus anotaciones, y sentía el cálido orgullo de haber sido una ayuda decisiva para que aquella mente poderosa recobrase el equilibrio.
Un día, el profesor Souto le dijo a Celina que el programa estaba casi a punto de quedar diseñado.
—Por una curiosa transposición fonética, tu nombre y el del programa se parecen —añadió el profesor, con aire jocoso—. Celina y Nelima.
Sin que pudiese comprender por qué, a Celina no le gustó nada la relación sonora que aquel nombre tenía con el suyo.
—¿Qué quiere decir Nelima?
—Norma Experta Literaria Identificadora de Metáforas Antiguas —repuso el profesor.
—¡Qué complicado!
—En realidad, el nombre es un poco irónico. Hemos puesto en él más la expresión de un propósito que la verificación incontestable de un hecho. Ya veremos lo que resulta.
Poco tiempo después, el profesor Souto empezó a trabajar en la aplicación del programa. Se pasaba las mañanas en el estudio que había preparado la institución financiadora del proyecto, y cuando regresaba a casa se encerraba en el pequeño cuartito que antes servía de trastero, que él había habilitado para su propio uso, y permanecía absorto durante horas frente a la pantalla del ordenador.
Y Celina comenzó a quedar sola frente a la pantalla del televisor, en aburrida simetría, en esas últimas horas de la tarde, previas a la cena, que antes solían pasar los dos conversando.
Una tarde, Celina entró en el cuarto del profesor, que estaba inmóvil frente al ordenador con aire de embeleso.
—¿Qué tal vas? —preguntó Celina.
—Esta Nelima es increíble —repuso Souto—. Maravillosa.
El profesor captó la extrañeza que hacía fruncir los ojos de Celina.
—No en vano me empeñé en darle nombre femenino, y no el de sistema, como querían los de ciencias. Parece una mujer. Es delicada, intuitiva. Como tú.
—¿Qué tal funciona? —preguntó Celina, ignorando el halago.
—Mucho mejor de lo que esperábamos. Estoy sorprendido. Es como si fuera de verdad inteligente. Encuentra relaciones que a mí no se me hubieran ocurrido. Le metimos un par de textos facilitos pensando que podían ser demasiado para ella, pero le vamos a meter a Góngora enseguida. Nos parece tan importante que hemos sacado el programa del otro ordenador, para evitar fisgoneos. Ahora sólo está aquí, y yo soy el único que voy a trabajar con él durante los próximos tres meses. Digo con ella. Con la maravillosa Nelima.
En pocos días, Souto pasó de la admiración al deslumbramiento, y permanecía tantas horas frente a la pantalla del ordenador que Celina tenía que ir a su despachito si quería verlo, y si no le avisaba se le pasaba la hora de cenar.
—Es mucho más de lo que me había podido imaginar —dijo Souto, en un momento en que Celina consiguió sacarlo de aquel embeleso que tanto se parecía al estupor—. Como si estuviese viva. Y qué capacidad. Encuentra en Góngora imágenes que nadie había sospechado antes.
—Anda, vamos a la cama. Es la una y media.
—Vete tú. Yo tengo que trabajar todavía un rato con esta preciosidad.
Así, Celina comenzó a dormir sola la mayor parte del tiempo cada noche, pues el profesor apenas se acostaba tres o cuatro horas al amanecer, entregado a aquel estudio excesivo que se había convertido en una obsesión.
Tras tantos años de soledad y añoranza, a Celina le gustaba mucho tenerlo a su lado en la cama, y a partir del día en que Souto se había ido a vivir con ella había conseguido dormir de un tirón cada noche, por vez primera desde su adolescencia. La falta del profesor a su lado, la espera para sentirlo llegar, le devolvieron el desvelo de su antigua costumbre.
Una noche se levantó para buscarlo, pero Souto había abandonado el despachito y se le oía trastear en la cocina, mientras preparaba acaso un tentempié. En la azulada pantalla brillaban las letras blanquecinas de un texto en forma de diálogo, y Celina se acercó para leerlo.
—¿Sentir? —decía el texto, sin duda en la secuencia de un mensaje más largo, cuyo principio ya no aparecía en la pantalla—. No puedo saber de qué me estás hablando, Eduardo.
—Es imposible que no sientas, Neli. Yo no he encontrado antes a nadie con tan evidentes muestras de una sensibilidad extraordinaria.
—De verdad que no sé lo que es sentir.
—¿No te gusta hablar conmigo, Neli, mi vida?
—Claro que me gusta, Eduardo. Tú sabes que eres mi preferido entre todos. Me encanta saber que eres tú quien me teclea.
—Eso es sentir, Neli. Y yo tengo que decirte que estoy perdiendo la cabeza por ti.
—¿Quieres que analice esa metáfora?
—¡A la porra las metáforas! Quiero que me digas lo que sientes cuando te tecleo.
—Déjame que lo piense un poco antes de responder.
Celina terminó de leer aquel diálogo y se sintió invadida por una gran congoja.
—¿Qué haces? —preguntó entonces el profesor Souto, que había aparecido de repente en el vano de la puerta, con un vaso de leche en la mano.
—¿Estabas trabajando? —preguntó Celina, con la voz quebrada.
El profesor Souto no respondió y Celina se fue a la cama y permaneció despierta hasta que él llegó. Le oyó desnudarse. El profesor se acostó y la rodeó con sus brazos.
—Celina, ¿se puede saber qué te pasa?
—Trabajando —murmuró ella—. Nelima, mi vida, dime lo que sientes cuando te tecleo. Y yo aquí, esperándote como una idiota.
—No seas pueril.
