Miguel Strogoff

Jules Verne

Fragmento

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Índice

Portadilla

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Una fiesta en el Palacio Nuevo

Rusos y tártaros

Miguel Strogoff

De Moscú a Nijni-Novgorod

Un decreto de dos artículos

Hermano y hermana

Descendiendo el Volga

Remontando el Kama

En tarentas noche y día

Una tormenta en los montes Urales

Viajeros en apuros

Una provocación

Por encima de todo, el deber

Madre e hijo

Las ciénagas de la Baraba

Un último esfuerzo

Versículos y canciones

Un campamento tártaro

La actitud de Alcides Jolivet

Golpe por golpe

La entrada triunfal

«¡Mira con todos tus ojos, mira!»

Un amigo en el camino

El paso del Yenisei

Una liebre que cruza la ruta

En la estepa

Baikal y Angara

Entre dos orillas

Irkutsk

Un correo del zar

La noche del cinco al seis de octubre

Conclusión

Notas

Créditos

Grupo Santillana

Una fiesta en el Palacio Nuevo

Una fiesta en el Palacio Nuevo

—Señor, un nuevo despacho.

—¿De dónde viene?

—De Tomsk.

—¿Está cortado el hilo más allá de esa ciudad?

—Está cortado desde ayer.

—General, que cada hora envíen un telegrama a Tomsk, y que me tengan al corriente.

—Sí, sire[1] —respondió el general Kissoff.

Se sostenía este diálogo a las dos de la mañana, en el momento en que la fiesta dada en el Palacio Nuevo estaba en toda su magnificencia.

Durante la velada, la música de los regimientos de Preobrajensky y de Paulowsky no había dejado de tocar sus polcas, sus mazurcas, sus chotis y sus valses, escogidos entre los mejores del repertorio. Las parejas de bailarines se multiplicaban hasta el infinito por los espléndidos salones de aquel palacio, que se alzaba a unos pocos pasos de la «vieja casa de piedras» donde tantos dramas horribles habían ocurrido en otro tiempo, y cuyos ecos despertaron aquella noche para resonar con los temas de las contradanzas.

Por lo demás, el gran mariscal de la corte estaba bien secundado en sus delicadas funciones. Los grandes duques y sus edecanes, los chambelanes de servicio, los oficiales del palacio presidían en persona la organización de los bailes. Las grandes duquesas, cubiertas de diamantes y las azafatas de palacio, vestidas con sus trajes de gala, daban ejemplo valerosamente a las mujeres de los altos funcionarios militares y civiles de la antigua «ciudad de las piedras blancas». Por eso, cuando resonó la señal de la «Polonesa», cuando los invitados de todo rango participaron en aquel paseo cadencioso que, en solemnidades de ese género, tiene toda la importancia de una danza nacional, la mezcla de los largos vestidos escalonados en encajes y de los uniformes engalanados de condecoraciones ofreció un aspecto indescriptible bajo la luz de cien arañas que duplicaba la reverberación de los espejos.

Era deslumbrante.

Además, el gran salón, el más hermoso de cuantos posee el Palacio Nuevo, servía de marco digno por su magnificencia a este cortejo de altos personajes y de mujeres espléndidamente engalanadas. La rica bóveda, con sus dorados ya suavizados por la pátina del tiempo, estaba como estrellada por puntos luminosos. Los brocados de las cortinas y cortinones, quebrados en pliegues soberbios, se empurpuraban de tonos cálidos que violentamente se rompían en los ángulos del pesado paño.

A través de los cristales de los amplios ventanales de medio punto, la luz que impregnaba los salones, tamizada por un vaho ligero, se manifestaba al exterior como un reflejo de incendio y contrastaba vivamente con la noche que, durante algunas horas, envolvía aquel palacio resplandeciente. Por eso el contraste atraía la atención de los invitados que no participaban en los bailes. Cuando se detenían en los alféizares de las ventanas, podían vislumbrar algunos campanarios, confusamente difuminados en la sombra, que perfilaban acá y allá sus enormes siluetas. Por debajo de los balcones esculpidos veían pasear silenciosamente a numerosos centinelas con el fusil colocado horizontalmente sobre el hombro, y cuyo casco puntiagudo tenía por penacho un airón de llama bajo el resplandor de las luces que salían al exterior. Oían también el paso de las patrullas que marcaba el compás sobre las losas de piedra con más exactitud tal vez que el pie de los bailarines en el parqué de los salones. De vez en cuando, el grito de los centinelas se repetía de puesto en puesto, y, a veces, un toque de trompeta, mezclándose a los acordes de la orquesta, lanzaba sus notas claras en medio de la armonía general.

Más abajo todavía, ante la fachada, sobre los grandes conos de luz que proyectaban las ventanas del Palacio Nuevo, destacaban unas masas sombrías. Eran los barcos que bajaban por el río, cuyas aguas, picoteadas por la luz vacilante de algunos fanales, bañaban las primeras hiladas de piedra de las terrazas.

El principal personaje del baile, aquel que daba esta fiesta y a quien el general Kissoff se había dirigido con un tratamiento reservado a los soberanos, estaba vestido sencillamente con un uniforme de oficial de cazadores de la guardia. No era esto debido a afectación por su parte, sino hábito de un hombre poco sensible a los rebuscamientos de la pompa. Su atuendo contrastaba, pues, con los soberbios trajes que se mezclaban a su alrededor, y así era también como aparecía la mayoría de las veces en medio de su escolta de georgianos, de cosacos, de lesguios, escuadrones deslumbrantes, espléndidamente vestidos con los brillantes uniformes del Cáucaso.

Este personaje, de alta talla, aire afable, fisonomía tranquila, aunque de frente preocupada, iba de un grupo a otro pero hablaba poco, e incluso no parecía prestar sino una vaga atención, bien a las palabras joviales de los invitados jóvenes, bien a las palabras más graves de los altos funcionarios o de los miembros del cuerpo diplomático que ante él representaban a los principales Estados de Europa. Dos o tres de estos perspicaces políticos —fisonomistas por oficio— habían creído observar en el rostro de su huésped cierto síntoma de inquietud, cuya causa se les escapaba; pero ninguno se habría permitido interrogarle al respecto. En cualquier caso, la intención del oficial de los cazadores de la guardia era, sin duda, que sus secretas preocupaciones no turbaran en modo alguno aquella fiesta, y, como era uno de esos raros soberanos a los que casi todo un mundo está acostumbrado a obedecer, hasta en pensamiento, los placeres del baile no decayeron en ningún momento.

Mientras tanto, el general Kissoff esperaba que el oficial al que acababa de comunicar el despacho enviado desde Tomsk le diera orden de retirarse, pero éste permanecía silencioso. Había tomado el telegrama, lo había leído, y su frente se ensombreció más. Su mano se dirigió incluso, involuntariamente, a la guarda de su espada y subió luego hacia sus ojos, que tapó por un instante. Se hubiera dicho que el resplandor de las luces le hería y que buscaba la oscuridad para ver mejor dentro de sí mismo.

—¿Así que desde ayer estamos sin poder comunicarnos con mi hermano el gran duque? —continuó tras llevar al general Kissoff al alféizar de una ventana.

—Exacto, sire, y es de temer que, pronto, los despachos no puedan pasar de la frontera siberiana.

—Pero ¿las tropas de las provincias del Amur y de Yakutsk, así como las de la Transbaikalia, han recibido orden de dirigirse inmediatamente hacia Irkutsk?

—Se dio esa orden en el último telegrama que logramos pasar más allá del lago Baikal.

—En cuanto a los gobiernos del Yeniseisk, de Omsk, de Semipalatinsk, de Tobolsk, ¿seguimos en comunicación directa con ellos desde el principio de la invasión?

—Sí, sire, nuestros despachos les llegan, y en este momento tenemos la certeza de que los tártaros no han pasado del Irtyche y del Obi.

—¿Y hay alguna noticia del traidor Iván Ogareff?

—Ninguna —respondió el general Kissoff—. El jefe de la policía no podría afirmar si ha pasado o no la frontera.

—Que su descripción sea enviada inmediatamente a Nijni-Novgorod, a Perm, a Ekaterinburgo, a Kassimow, a Tiumen, a Ichim, a Omsk, a Elamsk, a Koliván, a Tomsk, a todos los puestos telegráficos con los que todavía mantiene servicio el hilo.

—Las órdenes de Vuestra Majestad serán ejecutadas al instante —respondió el general Kissoff.

—¡Silencio sobre esto!

Luego, tras hacer una respetuosa señal de adhesión, el general, después de inclinarse, se mezcló entre la multitud, y pronto abandonó los salones sin que nadie observara su marcha.

En cuanto al oficial, permaneció pensativo durante algunos instantes, y, cuando volvió a mezclarse entre los diversos grupos de militares y políticos que se habían formado en varios puntos del salón, su rostro había recuperado toda la calma que por un momento había perdido.

Sin embargo, el grave hecho que había motivado estas palabras, rápidamente intercambiadas, no era tan desconocido como el oficial de cazadores de la guardia y el general Kissof podían creer. No se hablaba sobre él oficialmente, cierto, ni tampoco oficiosamente, porque las lenguas se habían callado «por orden», pero algunos altos personajes habían sido informados con mayor o menor exactitud de los acontecimientos que ocurrían al otro lado de la frontera. En cualquier caso, lo que quizá sólo sabían aproximadamente, aquello de lo que no se hablaba, ni siquiera entre los miembros del cuerpo diplomático, era comentado en voz baja por dos invitados a los que ningún uniforme ni condecoración alguna destacaban en aquella fiesta del Palacio Nuevo, y ambos parecían disponer de informaciones precisas.

¿Cómo, por qué vía, mediante qué don de gentes aquellos dos simples mortales sabían lo que tantos otros personajes, y de los más considerables, apenas sospechaban? No podríamos contestar a esa pregunta. ¿Era, en su caso, don de presciencia o de previsión? ¿Poseían un sexto sentido que les permitía ver más allá de ese estrecho horizonte al que se ve limitada toda mirada humana? ¿Tenían un olfato particular para rastrear las noticias más secretas? Gracias a ese hábito, convertido en ellos en una segunda naturaleza, de vivir de la información y para la información, ¿se había transformado su naturaleza? Estamos tentados a admitirlo.

De estos dos hombres, uno era inglés, otro francés; los dos altos y secos, éste moreno como los meridionales de Provenza, aquél de tez colorada como un gentleman del Lancashire. El anglonormando, envarado, frío, flemático, parco de movimientos y de palabras, parecía no hablar ni gesticular sino bajo el impulso del gatillo de un resorte que operaba a intervalos regulares. Por el contrario, el galorromano, vivo, petulante, se expresaba al mismo tiempo con los labios, con los ojos, con las manos, con veinte maneras de expresar su pensamiento mientras su interlocutor parecía tener una sola idea, inmutablemente estereotipada en su cerebro.

Estas disparidades físicas habrían sorprendido fácilmente al menos observador de los hombres, pero un fisonomista, mirando de cerca a estos dos extranjeros, habría determinado con exactitud el contraste fisiológico que los caracterizaba diciendo que si el francés era «todo ojos», el inglés era «todo oídos».

En efecto, el aparato óptico del uno se había perfeccionado singularmente mediante el uso. La sensibilidad de su retina debía ser tan instantánea como la de esos prestidigitadores que reconocen una carta con sólo un movimiento rápido del corte, o únicamente por la disposición de un naipe inadvertida para cualquier otro. Aquel francés poseía por tanto, y en el más alto grado, lo que se denomina «memoria visual».

El inglés, por el contrario, parecía especialmente organizado para escuchar y para oír. Cuando su aparato auditivo había sido alcanzado por el sonido de una voz, no podía ya olvidarla, y a los diez años, o a los veinte, la habría reconocido entre mil. Sus orejas no tenían desde luego la posibilidad de moverse como las de los animales que están dotados de grandes pabellones auditivos; pero, dado que los sabios han comprobado que las orejas humanas no son «del todo» inmóviles, podríamos afirmar que las del citado inglés, levantándose, torciéndose, echándose a un lado, trataban de percibir los sonidos de una forma algo aparente para el naturalista.

Conviene observar que esta perfección de la vista y del oído en esos dos hombres les servía maravillosamente en su oficio, porque el inglés era corresponsal del Daily Telegraph, y el francés corresponsal del… De qué periódico o de qué periódicos, no lo decía, y cuando le preguntaban, respondía en broma que se correspondía con su «prima Magdalena». En el fondo, bajo su apariencia ligera, aquel francés era muy perspicaz y sutil. Aunque hablaba un poco a tontas y a locas, quizá para ocultar su deseo de informarse, no se entregaba jamás. Su locuacidad misma le servía para callarse, y quizá era más cerrado y más discreto que su colega del Daily Telegraph.

Y, si los dos asistían a aquella fiesta dada en el Palacio Nuevo en la noche del 15 al 16 de julio, era en calidad de periodistas, y para mayor edificación de sus lectores.

No hay ni que decir que estos dos hombres estaban enamorados de su misión en este mundo, que les gustaba lanzarse como hurones tras la pista de las noticias más inesperadas, que nada les asustaba ni les desalentaba para triunfar, que poseían la imperturbable sangre fría y la valentía real de las gentes de la profesión. Auténticos jockeys de ese steeple-chase, de esa caza de información, salvaban setos, franqueaban ríos, saltaban sobre los obstáculos con el ardor incomparable de los caballos pura sangre que quieren llegar «los primeros» o morir.

Por otra parte, sus periódicos no les escatimaban el dinero, el elemento de información más seguro, más rápido y más perfecto conocido hasta la fecha. Hay que añadir también, y en honor suyo, que ni uno ni otro miraban ni escuchaban nunca por encima de las tapias de la vida privada y que sólo actuaban cuando había en juego intereses políticos o sociales. En una palabra, hacían lo que desde hace algunos años se llama «el gran reportaje político y militar».

Aunque, como se verá siguiéndolos de cerca, la mayoría de las veces tenían una singular forma de considerar los hechos y, sobre todo, sus consecuencias, por poseer cada uno su «forma propia» de ver y de apreciar. Pero, en fin, como jugaban limpio, gastaban abundante dinero y nunca escatimaban esfuerzos, habría sido de mal gusto censurarlos.

El corresponsal francés se llamaba Alcides Jolivet. Harry Blount era el nombre del corresponsal inglés. Acababan de encontrarse por primera vez en aquella fiesta del Palacio Nuevo, de la que debían dar cuenta en su periódico. La disparidad de sus caracteres, unida a ciertos celos de oficio, debía hacerles poco simpáticos uno a otro. Sin embargo, no se evitaron, y trataron más bien de sondearse recíprocamente sobre las noticias del día. Después de todo eran dos cazadores cazando en el mismo territorio, en las mismas reservas. Lo que el uno fallara podía servir de buen blanco para el otro, y sus intereses mismos exigían que se mantuvieran a corta distancia para verse y oírse.

Aquella noche estaban los dos, pues, al acecho. En efecto, algo había en el aire.

—Aunque no sea más que una pasada de patos[2]—se decía Alcides Jolivet— merece la pena el disparo.

Los dos corresponsales se vieron inducidos a hablar uno con otro durante el baile, algunos instantes después de la salida del general Kissoff, y lo hicieron tanteándose un poco.

—¿No le parece encantadora la fiesta, señor? —dijo con aire amable Alcides Jolivet, que se consideró en el deber de entrar en conversación con esa frase eminentemente francesa.

—Yo ya he telegrafiado: ¡espléndido! —respondió friamente Harry Blount, empleando esa palabra, especialmente consagrada para expresar la admiración de un ciudadano del Reino Unido.

—Sin embargo —añadió Alcides Jolivet—, a mí me ha parecido que debía comunicar al mismo tiempo a mi prima…

—¿A su prima?… —repitió Harry Blount en tono sorprendido, interrumpiendo a su colega.

—Sí —prosiguió Alcides Jolivet—, a mi prima Magdalena. Me correspondo con ella. ¡Le gusta estar informada pronto y bien!… Así pues, me ha parecido que debía hacerle observar que, durante esta fiesta, una especie de nube ha parecido ensombrar la frente del soberano.

—A mí me ha parecido radiante —respondió Harry Blount, que tal vez quería disimular sus ideas sobre el tema.

—Y, naturalmente, ¡usted ha hecho que «irradie» en las columnas del Daily Telegraph!

—Exactamente.

—¿Recuera, señor Blount —dijo Alcides Jolivet—, lo que ocurrió en Zakret en 1812?

—Lo recuerdo como si hubiera estado allí, señor —respondió el corresponsal inglés.

—Entonces —continuó Alcides Jolivet—, sabrá que en medio de una fiesta que se daba en su honor, anunciaron al emperador Alejandro que Napoleón acababa de cruzar el Niemen con la vanguardia francesa. Sin embargo, el emperador no abandonó la fiesta, y a pesar de la extrema gravedad de una noticia que podía costarle el imperio, no dejó transparentar más inquietud…

—Que la que acaba de mostrar nuestro anfitrión cuando el general Kissoff le ha informado que acababan de ser cortados los hilos telegráficos entre la frontera y el gobierno de Irkutsk.

—Ah, ¿sabe usted ese detalle?

—Lo sé.

Por lo que a mí se refiere, me resultaría difícil ignorarlo, porque mi último telegrama ha llegado hasta Udinsk —observó Alcides Jolivet con cierta satisfacción.

—El mío no ha pasado de Kranoiarsk —respondió Harry Blount en un tono menos satisfecho.

—¿Entonces también sabrá que se han cursado órdenes a las tropas de Nikolaevsk?

—Sí, señor, al mismo tiempo que se telegrafiaba a los cosacos del gobierno de Tobolsk que se concentraran.

—Totalmente cierto, señor Blount, también conocía yo esas noticias, y, créame, mi amable prima sabrá de ellas mañana mismo.

—Igual que lo sabrán los lectores del Daily Telegraph, señor Jolivet.

—¡Claro! ¡Cuando se ve todo lo que ocurre!

—¡Y cuando se escucha todo lo que se dice!

—Interesante campaña para seguirla, señor Blount.

—Yo la seguiré, señor Jolivet.

—Entonces es posible que volvamos a encontrarnos en un terreno tal vez menos seguro que el parqué de este salón.

—Menos seguro, sí, pero…

—Pero también menos resbaladizo —respondió Alcides Jolivet, que sostuvo a su colega en el momento en que éste iba a perder el equilibrio al echarse hacia atrás…

Y tras esto, los dos corresponsales se separaron, bastante contentos, en suma, de saber que uno no había dejado atrás al otro. En efecto, los dos iban a la par.

En aquel momento, fueron abiertas las puertas de las salas contiguas al gran salón. Allí había varias mesas inmensas maravillosamente servidas y profusamente cargadas de porcelanas preciosas y de vajillas de oro. En la mesa central, reservada a los príncipes, a las princesas y a los miembros del cuerpo diplomático, resplandecía un centro de mesa de valor inestimable, llegado de las fábricas de Londres, y, alrededor de esta obra de arte de orfebrería, espejeaban, bajo el fuego de las arañas, las mil piezas del mas admirable de los servicios que nunca haya salido de las manufacturas de Sèvres.

Los invitados del Palacio Nuevo comenzaron a dirigirse entonces hacia las salas de la cena.

En ese instante el general Kissoff, que acababa de entrar, se acercó con prontitud al oficial de los cazadores de la guardia.

—¿Y bien? —le preguntó vivamente éste, como había hecho la primera vez.

—Los telegramas no llegan ya a Tomsk, sire.

—¡Un correo ahora mismo!

El oficial abandonó el gran salón y entró en una amplia pieza inmediata. Era un gabinete de trabajo, amueblado sencillamente con viejo roble, y situado en un ángulo del Palacio Nuevo. Algunos cuadros, entre varias telas diversas firmadas por Horace Vernet, aparecían colgados en las paredes.

El oficial abrió rápidamente la ventana, como si a sus pulmones les faltara oxígeno, y fue a respirar, en un ancho balcón, aquel aire puro que destilaba la hermosa noche de julio.

Bajo sus ojos, bañado por los rayos de la luna, se redondeaba un recinto fortificado en el que se alzaban dos catedrales, tres palacios y un arsenal. Alrededor de aquel recinto se dibujaban tres ciudades distintas, Kitai-Gorod, Beloi-Gorod, Zemlianoi-Gorod, inmensos barrios europeos, tártaros o chinos, que dominaban las torres, los campanarios, los minaretes, las cúpulas de trescientas iglesias, de domos verdes, rematadas por cruces de plata. Un pequeño río, de curso sinuoso, reverberaba acá y allá bajo los rayos de la luna. Todo este conjunto formaba un curioso mosaico de casas de diversos colores, engastado en un vasto marco de dos leguas.

Este río era el Moscova; aquella ciudad era Moscú; aquel recinto fortificado era el Kremlin, y el oficial de cazadores de la guardia, que, con los brazos cruzados y frente pensativa, escuchaba vagamente el ruido difundido por el Palacio Nuevo sobre la vieja ciudad moscovita, era el zar.

Rusos y tártaros

Rusos y tártaros

Si el zar había abandonado tan inopinadamente los salones del Palacio Nuevo en el momento en que la fiesta que daba a las autoridades civiles y militares y a los principales notables de Moscú se hallaba en todo su esplendor, era porque graves acontecimientos estaban produciéndose al otro lado de las fronteras del Ural. Ya no había ninguna duda: una temible invasión amenazaba con arrebatar a la autonomía rusa las provincias siberianas.

La Rusia asiática, o Siberia, abarca un área superficial de quinientas sesenta mil leguas y cuenta aproximadamente con dos millones de habitantes. Se extiende desde los montes Urales, que la separan de la Rusia europea, hasta el litoral del océano Pacífico. Por el sur son el Turquestán y el imperio chino los que la delimitan siguiendo una frontera bastante indeterminada; por el norte es el océano Glacial desde el mar de Kara hasta el estrecho de Behring. Está dividida en gobiernos o provincias, que son los de Tobolsk, de Yeniseisk, Irkutsk, Omsk, de Yakutsk; comprende dos distritos, los de Ojotsk y de Kamtschatka, y posee dos países, ahora sometidos a la dominación moscovita, el país de los kirguises y el país de los chukchos.

Esta inmensa extensión de estepas, que ocupa más de ciento diez grados del oeste al este, es, a la vez, una tierra de deportación para criminales, y una tierra de exilio para aquellos a los que un ukase ha condenado a la expulsión.

Dos gobernadores generales representan la autoridad suprema de los zares en esta vasta región. Uno reside en Irkutsk, capital de la Siberia oriental; el otro reside en Tobolsk, capital de la Siberia occidental. El río Chuna, afluente del río Yenisei, separa las dos Siberias.

Ningún ferrocarril surca todavía estas inmensas llanuras, algunas de las cuales son de fertilidad extrema. Ninguna vía férrea enlaza con las minas preciosas que, en vastas extensiones, hacen el suelo siberiano más rico por debajo que por encima de su superficie. Por ellas se viaja en tarentas o en telega en verano; en trineo en invierno.

Una sola comunicación, aunque comunicación eléctrica, une las dos fronteras oeste y este de Siberia por medio de un hilo que mide más de ocho mil verstas[3] de largo (8.536 kilómetros). A su salida del Ural, pasa por Ekaterinburgo, Kasimow, Tiumen, Ichim, Omsk, Elamsk, Kolyván, Tomsk, Krasnoiarsk, Nijni-Udinsk, Irkutsk, Verkne-Nertschink, Strelink, Albazín, Blagowstenks, Radde, Orlomskaia, Alexandrowskoe, Nikolaevsk, y cobra seis rublos y diecinueve kopeks por cada palabra lanzada desde su límite extremo. De Irkutsk un ramal se une a Kiatka, en la frontera mongola, y de allí, a treinta kopeks[4] la palabra, el correo transporta los despachos a Pekín en catorce días.

Era ese hilo, tendido desde Ekaterinburgo a Nikolaevsk, el que había sido cortado, primero antes de Tomsk, y algunas horas más tarde entre Tomsk y Kolyván.

Por eso el zar, tras el comunicado que acababa de transmitirle por segunda vez el general Kissoff, no había respondido más que con estas palabras: «¡Un correo ahora mismo!»

Hacía unos momentos que el zar estaba inmóvil en la ventana de su gabinete, cuando los ujieres abrieron de nuevo la puerta. El jefe superior de policía apareció en el umbral.

—Pasa, general —dijo el zar con voz breve—, y dime todo lo que sepas de Iván Ogareff.

—Es un hombre extremadamente peligroso, sire —respondió el jefe superior de policía.

—¿Tenía el rango de coronel?

—Sí, sire.

—¿Era un oficial inteligente?

—Muy inteligente, pero imposible de dominar, y de una ambición desenfrenada que no conocía límites. Muy pronto se lanzó a intrigas secretas, y fue entonces cuando fue degradado por Su Alteza el gran duque, y exiliado a Siberia.

—¿En qué época?

—Hace dos años. Indultado después de seis meses de exilio por el favor de Vuestra Majestad, regresó a Rusia.

—Y desde esa época, ¿no ha vuelto a Siberia?

—Sí, sire, ha vuelto, pero esta vez voluntariamente —respondió el jefe superior de policía. Y añadió bajando un poco la voz:

—Hubo un tiempo, sire, en que cuando se iba a Siberia no se volvía.

—Pues bien, mientras yo viva, Siberia es y será un país del que se vuelve.

El zar tenía derecho a pronunciar estas palabras con verdadero orgullo, porque frecuentemente había mostrado con su clemencia que la justicia rusa sabia perdonar.

El jefe superior de policía no respondió nada, pero resultaba evidente que no era partidario de estas medidas a medias. En su opinión, todo hombre que pasara los montes Urales entre gendarmes no debía volver a franquearlos nunca más. Y no ocurría así bajo el nuevo reino, y el jefe superior de policía lo lamentaba sinceramente. ¡Cómo! ¡Sólo había condena perpetua para los crímenes de derecho común! ¡Cómo! ¡Los exiliados políticos volvían de Tobolsk, de Yakutsk, de Irkutsk! Desde luego, el jefe superior de policía, acostumbrado a las decisiones autocráticas de los ukases que en otro tiempo eran inexorables, no podía admitir aquella forma de gobernar. Pero se calló, esperando que el zar le preguntara de nuevo.

Las preguntas no se hicieron esperar.

—¿No regresó Iván Ogareff —preguntó el zar— por segunda vez a Rusia tras ese viaje a las provincias siberianas, viaje cuyo verdadero objetivo sigue siendo desconocido?

—Así es, regresó.

—Y después de su regreso, ¿la policía perdió su pista?

—No, sire, porque un condenado sólo se vuelve verdaderamente peligroso el día en que ha sido perdonado.

La frente del zar se plegó por un momento. Quizá el jefe superior de policía podía temer haber ido demasiado lejos, aunque la obstinación en sus ideas fuese por lo menos igual a la adhesión sin límites que tenía por su soberano; pero el zar, despreciando aquellos reproches indirectos sobre su política interior, continuó brevemente la serie de preguntas.

—¿Dónde estaba Iván Ogareff la última vez?

—En el gobierno de Perm.

—¿En qué ciudad?

—En el mismo Perm.

—¿Qué hacía allí?

—Parecía desocupado y su conducta no tenía nada de sospechosa.

—¿No estaba bajo la vigilancia de la policía?

—No, sire.

—¿En qué momento dejó Perm?

—Hacia el mes de marzo.

—¿A dónde se dirigió?…

—Lo ignoramos.

—Y desde esa época, ¿se sabe qué ha sido de él?

—No lo sabemos.

—Pues bien, yo si lo sé —respondió el zar—. Avisos anónimos, que no han pasado por las oficinas de la policía, me han ido llegando, y ante los hechos que en estos momentos ocurren al otro lado de la frontera, debo creer que son exactos.

—¿Quiere decir, sire —exclamó el jefe superior de policía—, que Iván Ogareff está complicado en la invasión tártara?

—Sí, general, y voy a decirte lo que no sabes. Iván Ogareff, después de haber abandonado el gobierno de Perm, pasó los montes Urales. Se lanzó a Siberia, a las estepas kirguises, y allí ha intentado, no sin éxito, sublevar a esas poblaciones nómadas. Luego bajó más hacia el sur, hasta el Turquestán libre. Allí, en los kanatos de Bujara, de Jojand, de Kunduze, encontró jefes dispuestos a lanzar sus hordas tártaras contra las provincias siberianas y a provocar una invasión general del imperio ruso en Asia. El movimiento ha sido fomentado en secreto, pero acaba de estallar como el rayo, y ahora las vías y medios de comunicación están cortados entre Siberia occidental y Siberia oriental. Además, Iván Ogareff, sediento de venganza, ¡quiere atentar contra la vida de mi hermano!

El zar se había animado mientras hablaba y caminaba con pasos precipitados. El jefe superior de policía no respondió nada, pero para sus adentros se decía que en los tiempos en que los emperadores de Rusia no perdonaban nunca a un exilado los proyectos de Iván Ogareff no habrían podido realizarse.

Pasaron algunos instantes durante los que guardó silencio. Luego, acercándose al zar, que se había sentado en un sillón, dijo:

—Vuestra Majestad habrá dado sin duda órdenes para que esta invasión sea rechazada cuanto antes.

—Sí —respondió el zar—. El último telegrama que ha podido pasar a Nijni-Udinsk ha debido poner en movimiento las tropas de los gobiernos de Yeniseisk, de Irkutsk, de Yakutsk, las de las provincias del Amur y del lago Baikal. Al mismo tiempo, los regimientos de Perm y de Nijni-Novgorod y los cosacos de la frontera se dirigen a marchas forzadas hacia los montes Urales; pero, desgraciadamente, ¡se necesitarán varias semanas para que puedan encontrarse frente a las columnas tártaras!

—Y el hermano de Vuestra Majestad, Su Alteza el gran duque, aislado en este momento en el gobierno de Irkutsk ¿no está ya en comunicación directa con Moscú?

—No.

—Pero por los últimos despachos debe saber cuáles son las medidas tomadas por Vuestra Majestad y qué socorros debe esperar de los gobiernos más cercanos al de Irkutsk.

—Lo sabe —respondió el zar—, pero lo que ignora es que Iván Ogareff, al mismo tiempo que el papel de rebelde, debe jugar el papel de traidor, y que tiene en él un enemigo personal y encarnizado. Es al gran duque a quien Iván Ogareff debe su primera desgracia, y, lo que es más grave, él no conoce a este hombre. El proyecto de Iván Ogareff consiste por tanto en dirigirse a Irkutsk, y allí, bajo nombre falso, ofrecer sus servicios al gran duque. Luego, después de haber captado su confianza, cuando los tártaros hayan sitiado Irkutsk, entregará la ciudad y, con ella, a mi hermano, cuya vida está directamente amenazada. He aquí lo que sé por mis informes; eso es lo que el gran duque no sabe y lo que tiene que saber.

—Y bien, sire, un correo inteligente, valiente…

—Estoy esperándolo.

—Y que se apresure —añadió el jefe superior de policía—, porque permítame añadir, sire, que esa tierra siberiana es tierra propicia para rebeliones.

—¿Quieres decir, general, que los exiliados harán causa común con los invasores? —preguntó el zar, que no pudo dominarse ante aquella insinuación del jefe superior de policía.

—¡Excúseme Vuestra Majestad!… —respondió balbuceando el jefe superior de policía porque ése precisamente era el pensamiento que le había sugerido su espíritu inquieto y desafiante.

—¡Creo que los exiliados tienen más patriotismo! —continuó el zar.

—Hay condenados que no son exiliados políticos en Siberia —respondió el jefe superior de policía.

—¡Los criminales! General, esos los pongo en tus manos. Es la escoria del género humano. No son de ningún país. Pero la sublevación, o, mejor dicho, la invasión, no se hace contra el emperador, sino contra Rusia, contra este país, y los exiliados no han perdido todas las esperanzas de volver a ver…, ¡y lo volverán a ver! No, un ruso nunca se unirá a un tártaro para debilitar, ni siquiera una hora, el poder moscovita.

El zar tenía motivos para creer en el patriotismo de aquellos a los que su política mantenía momentáneamente alejados. La clemencia, que era el fondo de su justicia cuando él mismo podía dirigir sus efectos, las suaves y considerables medidas que había adoptado en la aplicación de los ukases, tan terribles en otro tiempo, le garantizaban que no podía equivocarse. Pero, incluso sin ese poderoso elemento de éxito aportado a la invasión tártara, las circunstancias no dejaban de ser menos graves, porque era de temer que gran parte de la población kirguisa se uniera a los invasores.

Los kirguises se dividen en tres hordas, la grande, la pequeña y la mediana, y cuentan aproximadamente con cuatrocientas mil «tiendas», es decir, dos millones de almas. De estas tribus diversas, unas son independientes, y otras reconocen la soberanía, bien de Rusia, bien de los kanatos de Jiva, de Jojand y de Bujara; es decir, de los jefes más temibles del Turquestán. La horda media, la más rica, es al mismo tiempo la más considerable, y sus campamentos ocupan todo el espacio comprendido entre los cursos de agua del Sara-Su, del Irtych, del Ichim superior, el lago Hadisang y el lago Aksakal. La horda grande, que ocupa las comarcas situadas al este de la media, se extiende hasta los gobiernos de Omsk y de Tobolsk. Por tanto, si estas poblaciones kirguises se sublevaban, supondría la invasión de la Rusia asiática y, ante todo, la separación de Siberia, al este del Yenisei.

Cierto que esos kirguises, muy nocivos en el arte de la guerra, son bandidos nocturnos y agresores de caravanas más que soldados regulares. Y, como ha dicho M. Levchin, «un frente cerrado o un cuadro de buena infantería resiste a una masa de kirguises diez veces más numerosos, y un solo cañón puede destruir una cantidad espantosa de ellos».

De acuerdo; pero antes es preciso que ese cuadro de buena infantería llegue al país sublevado, y que las bocas de fuego abandonen los parques de las provincias rusas, que están a dos o tres mil verstas. Y, salvo por la ruta directa que une Ekaterimburgo con Irkutsk, las estepas, con frecuencia pantanosas, no son fácilmente practicables, y, desde luego, transcurrirían varias semanas antes de que las tropas rusas estuvieran en condiciones de rechazar las hordas tártaras.

Omsk es el centro de la organización militar de Siberia occidental destinada a mantener a raya a las poblaciones kirguises. Ahí están los límites que estos nómadas, no sometidos por completo, han atacado más de una vez, y en el ministerio de la guerra había motivos para pensar que Omsk ya se encontraba muy amenazada. La línea de las colonias militares, es decir, de esos puestos de cosacos que se escalonan desde Omsk hasta Semipalatinsk, debía estar forzada en varios puntos. Y era de temer que los «grandes sultanes» que gobiernan los distritos kirguises habrían aceptado de buen grado o sufrido involuntariamente la dominación de los tártaros, musulmanes como ellos, y que al odio provocado por la sumisión se uniese el odio debido al antagonismo de las religiones griega y musulmana.

En efecto, desde hace mucho tiempo los tártaros del Turquestán y principalmente los de los kanatos de Bujara, de Jojand, de Kunduze, trataban, tanto por la fuerza como por la persuasión, de sustraer a las hordas kirguisas de la dominación moscovita.

Digamos unas palabras sobre estos tártaros.

Los tártaros pertenecen, sobre todo, a dos razas distintas, la raza caucásica y la raza mongola.

La raza caucásica, según dice Abel de Rémusat, «que en Europa está considerada como el tipo de belleza de nuestra especie, porque todos los pueblos de esa parte del mundo han salido de ella», reúne bajo una misma dominación a los turcos y a los indígenas de estirpe persa.

La raza puramente mongólica comprende los mongoles, los manchúes y los tibetanos.

Los tártaros, que amenazaban entonces el imperio ruso, eran de raza caucásica y ocupaban especialmente el Turquestán. Este vasto país está dividido en diferentes estados que son gobernados por kanes, de donde proviene la denominación de kanatos. Los principales kanatos son los de Bujara, de Jiva, de Jojand, de Kunduze, etcétera.

En esa época, el kanato más importante y más temible era el de Bujara. Rusia ya había tenido que luchar en varias ocasiones con sus jefes, que, con un interés personal y para imponerles otro yugo, habían apoyado la independencia de los kirguises contra la dominación moscovita. Su actual jefe, Féofar-Khan, seguía las huellas de sus predecesores.

Este kanato de Bujara se extiende de norte a sur, entre los paralelos treinta y siete y cuarenta y uno, y de este a oeste entre los sesenta y uno y los setenta y siete grados de longitud; es decir, en una superficie de diez mil leguas cuadradas aproximadamente.

Hay en ese estado una población de dos millones quinientos mil habitantes, un ejército de sesenta mil hombres, que se triplica en tiempos de guerra, y treinta mil jinetes. Es un país rico, variado en sus productos animales, vegetales, minerales, y que fue agrandado por la anexión de los territorios de Balj, de Aukoi y de Meimaneh. Posee diecinueve ciudades considerables. Bujara, recinto con una muralla que mide más de ocho millas inglesas y flanqueada de torres, ciudad gloriosa que fue ilustrada p

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