A Abelardo
Uno
Viajaba junto a la ventanilla abierta, esposado. Ráfagas de cardales color púrpura corrían junto al terraplén; al fondo, el horizonte se movía en una lenta curva hacia adelante. El aire caliente le daba en la cara y él entrecerraba los ojos sin poder apartarlos de los matorrales de pastos altos y amarillos, de las manchas oscuras de los montes, lejos. Bajo el sol de diciembre, el campo, que nunca antes había visto, le provocaba asombro; el estupor de que en esa inmensidad su padre no hubiera logrado, después de años de espera, una parcela. También era cierto que el viejo había sido siempre orgulloso y terco. Su padre, campesino, alentado por las promesas de los folletos oficiales repartidos en la Liguria, había terminado en una curtiembre y, años después, enfermo, en una casa de Barracas saturada del humo del brasero que su madre mantenía encendido. Recordó la puerta abierta y en el marco el oficial de justicia mostrando el despido. Sin saber cómo, a los catorce años, se encontró embistiéndolo a ciegas; su madre lo sujetó como pudo, mientras el otro gritaba en la calle: “A ver si les aplico la ley de residencia, gringos anarquistas”, y levantaba el sombrero del barro. Algo encerrado en su interior, algo escondido que traía en la sangre había estallado aquel día, tan temprano en su vida; una fuerza oculta y quizás, pensaba ahora, malsana. Tenía razón don Miguel: la ira minaba todo lo que hacía. Acciones que creyó justas, como su casamiento con Antonella, habían sido proyecciones de su orgullo, de su rebelión, tal vez de su resentimiento. El día de su condena se había prometido cambiar. No sabía bien cómo, pero Bautista Pissano se regía por propósitos. El primer paso sería contemplar el campo sin rencor. Aflojó la mandíbula. Sus ojos chocaron con la mirada de uno de los custodios, fija en su cara. Por la ventanilla entró de golpe un enjambre de flores ingrávidas y blancas que giraron enloquecidas sobre sus cabezas. Una vino a posarse sobre la gorra entre sus manos y la fuga de imágenes se cortó, devolviéndolo del todo al vagón de tercera. Iba rumbo a su condena en una cárcel de la que nunca había oído hablar, en San Alfonso, un pueblo desconocido. “Para quince minutos a cargar agua y sigue”, le comentaba el guarda a uno de los custodios, el mismo que lo había estado mirando y que un momento después le ofreció un cigarrillo; un hombre flaco, de cara larga y huesuda, oscurecida por la barba. Los dos oficiales venían de civil. Pissano aceptó y fumó apoyando los codos sobre las rodillas. El otro hombre, de cara colorada y cuerpo macizo, sacó un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se secó el sudor del cuello. Cuando apagó el cigarrillo, Bautista volvió a su postura anterior. Con la gorra entre las manos, hubiera costado darse cuenta de que viajaba esposado. Pero si había algo que el viajero no pretendía ocultar era su condición de preso.
El campo se hizo arboledas, cercos y casas dispersas. El tren frenó un trecho largo, entre el estruendo de hierros y explosiones que resonó vibrante en el aire lleno de humo. Un resplandor agudo se alzaba de los rieles y hería los ojos. En la puerta del vagón, con el atado de ropa bajo el brazo, Bautista leyó en letras blancas sobre fondo negro: San Alfonso. La estación era grande, en el estilo de los ingleses; las paredes mostraban avisos de propaganda: Compre usted en la mejor casa de Buenos Aires: A. Cabezas. Largos bancos de madera contra la pared. Hierro Quina Bisleri. Puertas de postigos verdes daban al hall central y sala de espera. A Pissano le gustaron el andén y la estación, tan amplios, pensados para el desplazamiento fácil de gente y equipajes. El custodio flaco fue a averiguar los horarios de regreso; él y el otro oficial esperaron. Unas señoritas se dijeron algo al oído. La poca gente que había advirtió su situación. Dos años más tarde, Bautista leería en El Imparcial, el periódico local, la escena de su llegada al pueblo y la versión a la que había quedado reducida su historia. Pero en aquel diciembre de 1926, bajo el sol de las cinco de la tarde que aplastaba las sombras contra la tierra dura, levantó la cabeza y se dispuso a enfrentar esa nueva etapa de su vida.
La entrada de la estación daba a una placita triangular. Pissano vio un paisano a caballo, un coche de plaza con la capota subida y dos sulkys atados al palenque. A un costado, un Ford negro, cubierto de polvo, los estaba esperando. Fue la primera vez que Bautista vio a la Garza Guzmán, el guardiacárcel; su cara sumida y ratonil se le volvería tan familiar en los años siguientes como los horarios de las comidas y la puerta de su propia celda. Traía una carabina y estaba de uniforme, lo mismo que el chofer. En ese momento, con un estampido el tren se puso en marcha y fue como si exhalara una ola de pánico: el caballo del paisano costaleó hacia la zanja, y blanquearon los ojos de los caballos atados al palenque, que arrastraron los sulkys sobre la grava. Más allá, el hombre sujetó las riendas con mano segura y el desorden se apagó. En la quietud restablecida, los hombres volvieron a moverse. Un pueblo de campo, pensó Pissano mientras subía en la parte trasera del automóvil seguido por los dos custodios de la capital. El interior de cuero caliente olía a nafta, a sudor y a polvo. Bautista aferró con las dos manos la correa que colgaba junto a la ventanilla. Los custodios se quitaron los sombreros. El de cara colorada volvió a secarse el sudor.
—Qué calor pesado, ¿irá a llover?
—No, qué va a llover —contestó la Garza con una sonrisa ladeada—, acá aprieta el verano. Seguro que en Buenos Aires no hace un calor así.
Se dio vuelta. Los ojos astutos miraron al preso.
—Vas a tener que acostumbrarte, Pissano.
Nadie dijo más nada. Dejaron atrás la estación con su deslucida placita y enfilaron por una calle que se internaba en el pueblo y que parecía su eje principal. Pocas cuadras más adelante, Pissano tomaba nota de la plaza central, con su municipalidad y su iglesia, y de los plátanos de las calles, cuando la orilla de una multitud les entorpeció el paso. El auto fue aminorando la marcha y el chofer esperó a que la gente se apartara, pero al fin tuvo que detenerse. Entre murmullos, el cortejo fúnebre se desplazaba incorporando gente de las veredas. Unos pocos prestaron atención al coche y a sus pasajeros; la mayoría estiraba el cuello intentando ver lo más solemne del cortejo, un centro donde, antes de que desapareciera tragado por los cuerpos que se movían, Pissano alcanzó a ver el féretro de madera pulida y manijas plateadas sobre una cureña. Lo empujaban hombres de levita. Detrás del féretro se veían la cabeza calva de un sacerdote, el sombrero negro con plumas de una mujer gorda y las tocas blancas de las monjas; las seguía un grupo compacto de hombres con el sombrero en la mano. Cerrando el cortejo avanzaban filas ordenadas de niñas y jóvenes con guardapolvos grises y moños de luto en la cabeza rodeadas por un heterogéneo grupo de chicos y de gente del pueblo. Una oleada de rezos y perfume rancio de flores agostadas por el calor inundó el auto y alcanzó a los cinco hombres del Ford. El chofer y la Garza se habían quitado respetuosamente las gorras. Pissano miró pasar los guardapolvos grises y las cabezas con moños negros flotando en la reverberación del sol. Le pareció una demostración apropiada a las circunstancias, algo bien armado. Era reconfortante ver en medio de esa luz cegadora, la ceremonia del luto, el negro en trajes, hábitos, moños y medias.
—La hermana directora del Asilo de huérfanas —había informado la Garza, orgulloso de que el pueblo mostrara, así, espontáneamente, a los porteños que sin duda disimulaban su desdén, un espectáculo tan importante—. Murió ayer. —Esperó un momento y agregó: —Una personalidad.
Giró la cara y clavó los ojos en el hombre esposado. Pissano advirtió una chispa astuta bajo la visera. Como si se le hubiera ocurrido algo notable, dijo:
—No es muy buen augurio, ¿no, Pissano?
Ninguno de los hombres dijo nada. Pero él, ni siquiera pareció oírlo. Bautista Cristóbal Pissano no creía en augurios.
—San Alfonso… —le dijo Bautista veinte años después, cuando su condena estaba cumplida y olvidada y había decidido vivir allí, cuando ya la había elegido a ella, a Sonia, su mujer, y permanecían sentados en la galería, conversando toda esa larga tarde y noche de su primer día juntos en la casa, contándose los recodos de su historia, tratándose de usted, como desde el principio lo habían hecho—. Nunca había oído nombrar a este pueblo. —El sol daba de lleno sobre las plantas del jardín y armaba un juego de luz y de sombra en la galería a través del enrejado de madera, el enrejado construido por él, por Bautista. —Quiere decir —volvió a hablar después de un largo silencio— …que fue esa tarde la primera vez que la vi, claro que sin saberlo; después la vi una mañana, caminando por la vereda, sola, tan… —se interrumpió—, pero la primera vez fue la del cortejo, usted era una de las chiquilinas.
Junto a él, a menor distancia que un brazo extendido, Sonia se recostó en el respaldo del otro sillón de mimbre.
—Aquel verano de tanto calor. Usted me dijo que el auto tuvo que pararse por el cortejo… fue en diciembre de 1926, me faltaba poco para cumplir doce años —lo miró con una sonrisa—. Y a usted, para los veinticuatro.
—Nunca creí en augurios —dijo Bautista de un modo íntimo, como si no hablara ya con ella sino con la pipa, a la que había empezado a cargar con gestos pausados—. Ni buenos, ni malos.
En los corredores de mosaicos brillantes, donde se veían las marcas de ese largo día, flotaban un sofocante olor a flores mustias, casi podridas, y un zumbido lejano, como de abejas. Delia había dicho:
—Se va de cabeza al infierno.
Era una de las más grandes, con cuerpo de mujer y ganas de abandonar el Hogar de cualquier manera. La secundó la risita tonta de Ramona, que hacía todo lo que le mandaban las grandes. Sonia se había sentido inquieta por esa idea. En el Hogar aprendían que las monjas se iban al cielo, nunca al infierno. Pero ahora la preocupaba otra cosa, algo que había dicho la hermana Clara: Se suspende la Navidad. Justo tenía que morirse una semana antes de Navidad. A Sonia le pareció un castigo, algo arbitrario que administraba la muerta desde el más allá. Delia repitió desafiante, como para que alguien la contradijera:
—La vieja se va directo al infierno.
Otra vez las risitas de Ramona y el olor a podrido de las flores y el calor sofocante. Que se vaya al infierno porque por culpa de ella se suspende la Navidad, pensó Sonia. Se velaba el cuerpo en la capilla. El entierro sería a las seis, el horario de verano del cementerio.
—No digas eso delante de las más chicas —opinó otra de las mayores.
Delia se encogió de hombros. Las caras de las huérfanas, exhaustas y pálidas por el aburrimiento y la espera, se destacaban como manchas claras en la penumbra del corredor. Sonia hizo el gesto de qué me importa, pero estaba asustada. El castigo del infierno la aterraba. Diablos echando fuego y los pecadores retorciéndose en el aceite hirviendo. Como cuando la hermana Clara hacía torta de chicharrones. Los trocitos blancos de grasa volcados en la sartén se quedaban quietos, como asustados, después se retorcían y chirriaban, se volvían negros y largaban un olor que le daba arcadas. Así debía quemarse la gente en el infierno.
—Sonia, estás en Babia... —Delia le hablaba—. Andá a ver qué pasa. Hasta cuándo nos van a tener acá paradas.
Los cachetes ardiendo de calor, aquella tarde de diciembre, un poco antes de Navidad, dirá Sonia en la galería, cuando ella caminaba por el corredor rumbo a la capilla porque había muerto la hermana María Escolástica; tenía sesenta y seis años. A Sonia le parecían cien. La noticia de la muerte, la noche anterior, justo después de la cena, había volado como un fantasma por los corredores. Apuros, susurros, corridas, puertas que se cerraban y volvían a abrirse, la brisa nocturna que de pronto intervenía y volaba los camisones. La hermana Clara pasaba entre las camas diciendo Dios mío y cierren la puerta hasta que las llamemos y que una de las grandes se quede a cargo del dormitorio de las más chicas. Sonia, en su cama, se había asustado. Se murió. A la mañana estaba viva y ahora estaba muerta. ¿Cómo podía ser? Apagaron la luz. Se tapó con la sábana hasta los ojos. En los vidrios esmerilados, las copas de los paraísos iluminadas por la luz de la luna vibraban movidas por el viento. Les daba un efecto muy lindo, pensaba Sonia. Pero la luna no se veía. La luna estaba arriba de todo, como colgada sobre el techo del Asilo. Una de las grandes caminaba por el pasillo del dormitorio apantallándose con una revista. Era Ester. Cuando pasó al lado de su cama, se agachó y le dijo: El diablo anda por la casa, Sonia. Cuidado que no te lleve junto con la vieja. Sonia apretó las rodillas contra el pecho debajo del camisón y hundió la cara en la almohada. Las manos negras con uñas negras agarradas al borde de la ventana y un jadeo como de chancho pero más fuerte, a punto de asomar la cara de un muerto del cementerio, toda comida por los gusanos; cuidado, dijo Ester, y ella se preguntaba ¿de dónde salían los gusanos que se comían a los muertos?, ¿vivían debajo de la tierra o se hundían desde arriba hasta abajo, hasta encontrar al muerto y metérsele por los ojos y la nariz? Sacó la cabeza de debajo de la sábana porque se ahogaba. El dormitorio respiraba en calma, debía de haber pasado un buen rato porque habían cerrado la ventana.
Con un ademán de impaciencia, Delia la chistó. Sonia no sabía cómo se había distraído; se apuró por el corredor en busca de noticias. Los zapatos rechinaban, uno más que el otro. Dobló al final y se asomó a la capilla, repleta de gente. Nada había cambiado: veía el cajón con la muerta frente al altar, los velones ya consumidos y las monjas y toda la gente llenando la doble fila de bancos; muchos parados. Con disimulo, apoyó la cara en la pila de agua bendita; era lindo el frío de la piedra, en un cachete y en el otro. Volvió casi corriendo y dio las novedades. Todo estaba igual. Faltaba todavía para el entierro.
—Qué esperan, con el calor que hace.
—Me descompone el olor a flores.
—Es olor a muerto.
—No va a haber Navidad.
Luto riguroso había dicho la hermana Clara. Deben ser más bajas que la hierba, decía la muerta. Más que humildes, humildísimas, con la boca chingada. Ahora no lo diría más. Medias negras, zapatos negros, moño negro en la cabeza, guardapolvos grises con tablas y un lazo que anudaba atrás. No eran feos sus zapatos, pensaba Sonia, un poco adormecida por el calor y el zumbido de las moscas revoloteando sobre las coronas de flores, sólo que se les notaba la tintura negra de apuro. Con el luto no podían reírse ni hablar alto ni cantar, ya lo había advertido la hermana Clara. De repente, el fondo del corredor entró en movimiento. Las hicieron formar contra la pared, bien derechas. Apretadas para hacer espacio. A lo mejor a la vuelta servían chocolate, como los domingos, se le ocurrió a Sonia. Qué era aguantar el calor y el olor a podrido si seguramente, con toda esa gente importante, a la vuelta iban a tomar chocolate. Vos estás loca, chocolate con este calor, dijo Ramona. Ruidos de zapatos arrastrándose sobre el mosaico, viniendo desde la capilla. Las personas más notables del pueblo están acá, dijo la hermana Clara, hasta el intendente y la señora, una gorda con sombrero de plumas que las había llevado una vez a pasear en automóvil. Pasaron hombres que Sonia nunca había visto llevando el ataúd. De trajes oscuros y uno con una cadena de oro que le cruzaba la panza; adelante iba el capellán con la cara transpirada leyendo en voz alta. El cajón con la muerta hacía un ruido raro y era el chirrido de las ruedas debajo del paño negro, que llegaba casi hasta el suelo. La monja a cargo dijo: “Media vuelta” y todas giraron, con torpeza pero giraron. Se abrieron las dos hojas de la puerta principal del Hogar, las que nunca se abrían. La luz fue tan cegadora que los hombres y el cajón se adelgazaron y hundieron en el resplandor, así los recuerda Sonia después de tantos años, volviéndose invisibles. Hasta que ellas mismas llegaron a la puerta grande, se hundieron en la luz y salieron a la calle, deslumbradas por el sol y la multitud que esperaba afuera. No había coche fúnebre con los caballos negros con penachos en la cabeza que ella esperaba. El camino hasta el cementerio, ocho cuadras, se haría a pie. Los hombres empujaban el cajón puesto sobre el paño negro que cubría la cureña, así les había explicado la hermana Clara en un momento de la larga espera, y abajo del paño negro las patas de hierro con las ruedas, que Sonia vio y que le parecieron como las de la camilla de la enfermería, y que hacían un quejido oxidado. Cruzaron el paso a nivel y el cajón con el paño y todo lo demás traqueteó fuerte al pasar sobre las cuatro vías con los durmientes y la tierra despareja. Lo peor fue la cuesta abajo del terraplén. Ahí los hombres se habían apurado y con disimulo hasta el capellán había sostenido el cajón que se les iba. La hermana Clara se puso una mano sobre la boca. Pero no pasó nada y siguieron. Todo el pueblo había salido a las veredas de las casas y los miraba pasar; los hombres se descubrían y las mujeres se persignaban. Cuando cruzaron la calle principal, Sonia se sintió importante. Era importante ser huérfana y estar en el Asilo porque la muerta era importante. Y las huérfanas tenían que marcar el paso, no demasiado pero tampoco ir como a cada una le daba la gana. Sonia bajó la cabeza para que los que miraban apreciaran su aflicción, ella, que era del Asilo casi desde que nació. Un asilo ejemplar en la República Argentina, decía la muerta en los actos, con la boca torcida. El sol pegaba con fuerza, como a propósito; un perro amarillo se unió a la fila, justo al lado de Sonia. Le pareció que no estaba bien que el perro fuera en el cortejo, lo vigiló de reojo pero iba bien, ni se apuraba ni se atrasaba. Ya llegaban a la rotonda del cementerio y al portón de entrada. Ahí se quedaban los muertos hasta que los gusanos empezaran a comerles la ropa y después la carne ¿y los huesos? Sonia sacó el pañuelo doblado en cuatro escondido en el puño de la manga y se sonó la nariz, aunque su nariz estaba reseca y ardiendo. La marcha se detuvo. Allá adelante disponían algo antes de entrar, pero desde donde ellas estaban no se oía nada. Sonia se dio un susto cuando vio a Biasi, el loco del cementerio, recorrer las filas de las huérfanas, pidiendo mananas. Las más grandes se rieron y empezaron a codearse. Mananas, repetía el tonto, bajo y compacto, la cara violácea, el saco con lamparones, las mangas muy por arriba de las muñecas; la cabeza subía y bajaba siguiendo la flexión de las rodillas, característica de Biasi. El corazón de Sonia saltaba de miedo, pero Biasi pasó a su lado sin mirarla y siguió hacia atrás, hacia las filas de las más grandes. Adelante, junto a la reja del portón, Labocachiquita extendía un brazo rígido con un ramo mezcla de yuyos y flores de zanja, que nadie recibía. Sonia intentó ver la boca que le había quedado como moneda de diez cuando se cayó del carro, pero el pañuelo anudado a la cabeza le hacía una visera casi hasta la nariz y la cara estaba en sombras. Labocachiquita seguía ofreciendo el ramo en vano, explicó Sonia a Bautista en la galería, hasta que una de las mujeres viejas, como para terminar con un problema, se lo aceptó y ella se quedó tranquila, esperando que todos pasaran para unirse, con ese fantasmal e imprevisible caminar de los locos, al final del cortejo y acompañar a la muerta hasta la tumba.
Habían pasado el portón cuando Ramona le tiró de la manga y con un cuchicheo le dijo:
—Mirá allá, ¿ves?
—¿Qué cosa?
—Allá, contra el tapial, la cruz torcida.
Sonia miró un rincón del cementerio en completo abandono. La hiedra del muro reptaba sobre la tierra y trepaba a una cruz torcida junto a la hilera de cipreses.
—Qué pasa —dijo con la intuición de algo de miedo.
—En esa tumba vive la Viuda, sale del cementerio a las doce de la noche.
—¿Quién dijo? —bajo ese sol parecía imposible.
—Me dijo Ester. Ahí está enterrado el marido, ella lo mató de una cuchillada. Cuando el reloj de la iglesia da las doce, la Viuda sale a dar una vuelta por el pueblo, el que se la cruza cae fulminado.
La hermana Clara se les acercó con cara de enojada, les dijo que qué estaban pensando, que fueran con las otras. Cuando se reunieron con las demás alrededor de la sepultura haciendo un semicírculo, como lo había indicado la hermana, la formación se rompió. Por aquí y por allá se abrieron huecos y se mezcló toda la gente que no quería perderse el entierro desde la primera fila. Entonces, mucho más cerca que lo que nunca iba a tenerla, Sonia vio a Labocachiquita, su cara de pasa, las manos inquietas y flacas que se acomodaban una y otra vez el batón y debajo del batón tenía otra cosa, como una tricota. No le había dado miedo, recordaba Sonia, ni la cara oculta, ni las piernas secas como palos ni los pies descalzos del color de la tierra. Guardaba una imagen alegre del cementerio: bajo el cielo brillante, el cortejo con sus contrastes de trajes negros y tocas blancas, de vestidos de colores de las mujeres del pueblo y de sus guardapolvos grises y, muy arriba, detrás de los cipreses y detrás de la tapia del cementerio, bien alto, un pájaro que daba vueltas en círculo, una y otra vez. Tan alto que Sonia había entrecerrado los ojos para poder verlo.
No hubo chocolate. Tampoco hubo festejo de Navidad. El luto debieron llevarlo un año. Cuando se lo sacaron, Sonia ya había cumplido los doce.
Si en aquellos primeros tiempos algún improbable viajero hubiera detenido su marcha en ese punto perdido en la llanura, habría contado más tarde que todos los pueblos de provincia se parecen: lugares monótonos, donde nunca sucede nada. Habría contribuido a esa visión el conocimiento superficial de los pobladores, semejantes a una familia numerosa deslizándose en armonía por el manso río del tiempo. De esta imagen idealizada y fugaz estaban excluidos aspectos menos bucólicos del pueblo. La crueldad de una muerte violenta, la desconfianza hacia los forasteros, la condena perpetua a una madre soltera, la impunidad de un caudillo local, la explotación que unos hombres ejercían sobre otros muchas veces descubrían a la luz del día la maldad inocente pero feroz con la que los habitantes castigaban el pecado. O la indiferencia cómplice con la que permitían maledicencias y abusos. Una lucha tenaz entre el bien y el mal ocupaba el espacio celeste del pueblo, lucha que terminaba dirimiéndose abajo en fábulas que rodaban de una generación a otra. Porque como en toda historia mitológica, en la de San Alfonso el imperativo de transmisión se imponía sobre el de veracidad y atendía a lo principal: perpetuarse en el tiempo.
San Alfonso, entonces, semejante a tantos otros pueblos de provincia en sus plátanos, su plaza con su héroe largamente llovido y sus veredas altas como barrancos, se distinguía de sus gemelos de la llanura porque había en él un asilo de huérfanas y una cárcel. Hermanados por la vetustez y el estilo, los dos edificios habían sido construidos hacia 1880, años antes que la municipalidad y la iglesia. El propósito del doble emplazamiento, pergeñado desde la capital y disimulado bajo la consigna del gran futuro de la localidad, cumplía con un criterio porteño de la época que consideraba a huérfanos y a convictos como seres que debían ser apartados de la sociedad, cuanto más lejos, mejor. Como la distancia es un valor relativo, la lejanía de Buenos Aires fue, para la aldea naciente, pura cercanía, y el efecto de la construcción, el opuesto. Si hasta ese momento el paraje había sido un huidizo montón de casas y ranchos que se deshacían en la reverberación de la tarde, los edificios altos y rojos hicieron sonar en los vastos campos desiertos el primer aldabonazo de la modernidad. Ajenos a cualquier especulación sobre huérfanos o convictos, antiguos vecinos y pobladores recién llegados seguían con expectativa orgullosa el avance de las construcciones.
El arquitecto había sido, en realidad, un ingeniero. Por más que se buscara en las fachadas no había lugar donde se perpetuara su nombre. En aquellos primeros y nebulosos tiempos, fueron, al fin, la curiosidad popular y la maledicencia las que guardaron el nombre de Ulriko Schmidt en el intangible limbo de la memoria colectiva. El apellido italiano del constructor, en cambio, figuró con ahincados caracteres en dinteles y frentes, y continuó vivo y prolongándose en varias familias del lugar. El tiempo, la economía de los relatos y una creciente actitud de confianza campechana fueron despojando al nombre del ingeniero primero del título, luego del apellido y por último de la k, hasta convertirlo en Ulrico, a secas. Se hablaba de “la cárcel de Ulrico” o de “el Asilo de Ulrico” cuando se mencionaban los edificios. Cosas excéntricas e imprecisas se contaban sobre este hombre singular: que era austríaco o alemán, que se decía descendiente, aunque con cambio de letra, de un tal Ulriko Schmidl, viajero de no se sabía cuándo, que su presencia en estas latitudes se debía a una amistad bullanguera con el más tarde presidente Juárez Celman (otra versión apuntaba que se había tratado de una broma del ministro Wilde, que cumplía dos propósitos: desembarazarse del ingeniero y, de paso, devolver a la embajada alemana un favor otorgado al coronel Mansilla), que tenía seis dedos en una mano, no se podía precisar en cuál, que estaba enfermo de sífilis y que un día, revuelta al viento la melena germánica, se había precipitado al vacío desde uno de los altos andamios adosados a la garita vigía del edificio de la cárcel, en ese momento en construcción. Lo sucedido en el andamio a persona tan principal, sobre todo cuando el pueblo estaba en sus albores y sus habitantes eran respetuosos de todo lo que viniera de la capital, siguió siendo un misterio desde entonces. Unos decían que, habiendo conocido el diagnóstico de su mal, se arrojó al vacío. Otros, que estaba enamorado de una mujer casada del pueblo que no le correspondía. La mayoría sospechaba que perdió pie y cayó en estado de ebriedad, condición en que se lo había visto, aunque envarado y distante, más de una vez. Lo cierto es que su melena rubia quedó aquel día señalado desparramada sobre la tierra floja en el extremo sur de una calle de lo que empezaba a ser un pueblo. El telégrafo recién instalado avisó a Buenos Aires el desgraciado suceso. Dos días más tarde, una comisión enlevitada de la capital se presentó en San Alfonso. Lo cambiaron de ataúd y lo depositaron en un carricoche donde, fuertemente sujeto con sogas, Ulrico fue llevado entre barquinazos, por caminos de tierra dura, de regreso a Buenos Aires. Para aquel momento, el Asilo estaba concluido y la cárcel, muy avanzada. Antes de partir, la comisión dejó expresas órdenes oficiales: la construcción debía finalizarse tal como lo había dispuesto el difunto. Por una inexplicable pero piadosa inclinación necrófila, el pueblo incipiente, que hasta entonces había llevado el nombre de La Colorada por el almacén esquinero que parecía estar allí desde el principio de los tiempos, pasó a llamarse San Alfonso, día que, en el santoral católico, correspondió al que Ulrico se despeñó del andamio.
Con sus gruesas paredes de ladrillo a la vista de un rojo de óxido y sus puertas y ventanas catedralicias, los edificios de Ulrico tenían un aire indefinible, de cosa sajona, alemana o bávara, definitivamente extranjera. En el norte del pueblo, mandaba el Asilo; en el sur, la cárcel, cada uno levantado en los extremos de una calle de tierra que corría a lo largo de veinte cuadras. En un plano invisible, los edificios obraron cuestiones más sorprendentes, si se quiere, ya que su ubicación entrañó una especie de principio teológico en la topografía original del pueblo. Porque hacia 1885, cuando el ferrocarril llegó a San Alfonso, las vías cortaron transversalmente la calle larga marcando una neta forma de cruz, y se erigieron desde entonces en inocentes y definitivas divisorias de aguas. A partir de ese momento circuló, ambiguo al comienzo, pero preciso después y tomando forma de piedra fundacional, un plano moral del pueblo: hacia el norte de las vías, reinaban el Asilo de Huérfanas y el bien, lugar natural de la gente decente; hacia el sur, campeaban la cárcel, los hábitos del mal y la gente poco recomendable. Es casi seguro que esta versión se difundiera en el barrio del norte, cimentada en la visión de los continuos reverberos del fuego vislumbrados más allá de las vías. Las chispas de las primitivas locomotoras encendían los pajonales y en los ranchos miserables los braseros ocupaban los patios de adelante; estos fulgores rojizos más ciertas legendarias peleas a cuchillo que se sucedían en aquellas cuadras desmanteladas le dieron al sur categoría de adyacencias del infierno. Las señoras del norte difundían que en esa dirección perduraban, además, efluvios malignos de los herejes, hacía ya mucho exterminados. Todo lo cual fue motivo más que suficiente para que el plano moral persistiera hasta mucho tiempo después que estos rasgos primitivos del barrio de abajo hubieran desaparecido.
Siguiendo hacia el sur, después del cruce de las vías, las casas se volvían más modestas, luego se hacían precarias, hasta terminar con lo que, desde el principio de los tiempos, se llamó “la fila de ranchos”. Lugar agreste donde la columna vertebral del pueblo volvía a la tierra elemental y las lamparitas municipales, cuando las hubo, apenas alcanzaron a disipar la oscuridad de las esquinas, pobladas de paraísos y ladridos de perros. En una de esas cuadras cribadas de baldíos, señalada por la música de guitarras y acordeones que en las noches de verano fluía de su interior, se destacaba una casa de ladrillo sin revocar y con zaguán que proyectaba un rectángulo de luz en la vereda empinada: “Lo de Elvira”, prostíbulo oficial del pueblo, hospitalario y sin pretensiones, visitado de manera clandestina por muchos jóvenes del norte, conservaría su nombre décadas después de la desaparición de su dueña y animadora. Sólo una vez lo de Elvira conoció el esplendor de un momento de gloria y alcanzó fama simultánea en los dos bandos del pueblo. Fue en 1915, cuando pasó por San Alfonso un coronel retirado que concentró por un momento las esperanzas del pueblo con la promesa de instalar una fábrica de embutidos. Fábrica que lanzaría a la localidad y a todos sus habitantes hacia un futuro de prosperidad sin fin. Hasta se llegó a hablar de exportación de embutidos a Chile y al Paraguay, países, dijo el coronel, en los que una vaca holando-argentina de las más comunes y corrientes, habría causado asombro, cuanto más, los cerdos extraordinariamente desarrollados de la localidad. Nadie supo de qué cerdos hablaba, pero no importó. Estos y otros detalles comentaba el huésped la única noche de su estadía en el pueblo, en casa del intendente municipal, donde se le daba una recepción. Más tarde, y en un aparte de hombres, demostró vivo interés por visitar lo de Elvira. Con una diligencia digna del fin que se perseguía, las autoridades vecinales hicieron una rápida requisa consiguiendo muebles y alfombras de las casas decentes para hermosear el prostíbulo, sólo por esa noche. Fue la única vez que los barrios de arriba y de abajo estuvieron de acuerdo; el fin lo valía. El coronel retirado se llevó una buena impresión y partió, satisfecho, reafirmando promesas. Nunca se supo, sin embargo, que alguien tuviera la menor intención de levantar en aquel punto perdido de la provincia una fábrica de embutidos. Pero el momento se había vivido, los planes se habían hecho, Elvira había cumplido y hubo un alivio general cuando el personaje subió al tren y dejó atrás los saludos de sus huéspedes, que agitaban pañuelos en el andén de la estación.
Más allá de lo de Elvira, la fila de ranchos languidecía, el pueblo se volvía campo y sobrevenía la oscuridad total. Antes de que ganara la cósmica negrura de la pampa, en la luz de la última lamparita, alzaba su vacilante sombra el almacén ya mencionado, que no lindaba con nada y hacía su propia esquina. De ladrillos carcomidos por la lluvia y el sol, paredes altas y azotea coronada con ruinosas ánforas de mampostería, La Colorada había sido pulpería visitada por gauchos, indios y soldados antes de cualquier otra cosa que se hubiera levantado en el desierto amarillo y verde. Vecina a esas cuadras desmadejadas, empinaba su sombría silueta la cárcel, de la que sobresalía, en lo alto, la garita, desde donde Ulrico se había precipitado al vacío, encontrando la muerte.
Terminó de pasar el cortejo, dejando un reguero de murmullos y flores pisoteadas, y el Ford remontó despacio la calle principal. La Garza y el chofer se encasquetaron las gorras. En tres cuadras, el empedrado del centro quedó atrás y la calle se hizo de tierra. Un poco más afuera, la humildad del pueblo en casitas de emparrados y ligustrinas, casi en el límite con el campo, le gustó a Pissano, y por un momento disipó la reflexión en la que venía sumido en el tren y que ahora volvía a asaltarlo, como si la novedad del campo, del sol y del pueblo la echaran afuera, a plena luz, para dejarla expuesta. La contradicción entre un carácter violento y la elección pacifista, aquello no resistía el menor examen, tenía razón don Miguel. Aferró con fuerza la correa de cuero. Recorrían una última cuadra, cuando Bautista vio erguirse adelante la silueta rojiza de la cárcel. Los ladrillos a la vista y las torretas de vigilancia le llamaron la atención, como algo antiguo y de un estilo extraño.
—Tu nueva casa, Pissano. ¿Qué te parece? —La Garza se había ladeado para hacer la observación. La ironía no iba dirigida a él, sino a los custodios de Buenos Aires, ante los que el gendarme parecía sentir la necesidad de mostrarse en pleno dominio de la situación. Se abrió el enorme portón de rejas con ruido de goznes viejos y se cerró tras ellos. Poco después, escoltados por la Garza, caminaban por un oscuro y abovedado pasillo hasta el despacho del director. Una habitación de techo alto, con la luz encendida. El escritorio, lleno de papeles y carpetas, no estaba en el centro sino hacia un rincón, cerca de una caja fuerte de hierro, alta y angosta; todo a lo largo de una pared, gruesos archivos de madera oscura. Un gran crucifijo colgaba a espaldas de la silla del director y presidía el recinto. El personaje que los esperaba le inspiró a Pissano un rechazo instintivo. Bajo, vestido de civil, el chaleco cruzado por la cadena del reloj, bigotes aceitados de puntas vueltas hacia arriba y el pelo engominado dividido por una raya nítida. Con las manos en la espalda, Pardeiro, el director de la cárcel, se le acercó. Pissano le llevaba más de media cabeza, pero no era algo que pareciera inhibir al hombre. Los ojos oscuros, bordeados de negro por pestañas cortas y tupidas, lo miraron directamente a la cara. Sacó la mano de la espalda, sostenía un papel.
—Pissano, Bautista Cristóbal. Veintitrés años, viudo. Ácrata, indocumentado. Sedicioso, vinculado a la voladura de la embajada de los Estados Unidos… —Hizo una pausa, un marco para lo que iba a venir—. Nosotros te vamos a enderezar. Tenemos mucho tiempo. Te advierto solamente una cosa: acá no se jode; estamos lejos de la Capital pero tenemos nuestros métodos, estas paredes son muy gruesas.
Pissano tuvo la misma impresión que con Guzmán. Se representaba una escena destinada, más que a él, a los oficiales de Buenos Aires. Pardeiro le ordenó a la Garza: “Lléveselo”. El oficial de cara colorada le abrió las esposas. El director se despidió de los custodios, a quienes invitó a pasar por la cocina del personal a tomar algo; ya iría él por allá a saludarlos, dijo, y cerró la puerta.
Dos años después de aquella escena inicial, el director, imbuido, como le gustaba decir, del mandato de autoridades superiores —mandato inexistente ya que una arcaica burocracia había enterrado en el olvido la provincial cárcel de Ulrico—, le permitió a Bautista Pissano leer. Un mediodía del verano de 1928, uno de los guardias lo llamó aparte y le entregó un recorte del diario local El Imparcial junto a un atado chico de cartas. “Dice el director Pardeiro que ahora podés leer.” También se le autorizaba a recibir y contestar cartas. El preso había mantenido una conducta intachable y ya no parecía revestir ningún peligro de sedición, fuga o motín, miedos que habían precedido y acompañado su llegada a San Alfonso. El director había guardado el recorte del diario porque, de un modo difícil de explicar —nadie hubiera podido encontrar las palabras—, Pissano era un orgullo para la cárcel. En un lugar donde purgaban penas cuatreros, homicidas rurales, ladrones de gallinas, crotos y locos mansos, la llegada de un preso político puso a todos en un estado de quisquillosa alarma a la vez que de franca expectativa. Pissano tuvo la virtud de sacudir la interminable siesta del edificio de Ulrico. Se pensó —se tuvo la esperanza— que la institución iba a poder demostrar su capacidad para una emergencia. Al cabo de unos meses, la silenciosa reserva de Pissano, su puntualidad para lavarse la única muda de ropa que poseía, terminaron por tranquilizar y, de algún modo, defraudar al personal. Debió admitirse que el ácrata no producía disturbios, que no iba a ser necesario hacer sonar la sirena, usada por única vez en 1904, cuando un conato de incendio amenazó propagarse por el edificio, ni pedir refuerzos de personal. El preso no dio motivos para el celo carcelario. Y fue en esa dirección, la de su comportamiento tranquilo, que poco tiempo después Pardeiro empezó a albergar sus propios planes para el recluso.
Esa noche en su celda, Pissano desdobló el recorte de El Imparcial y lo aproximó a la vela. Los pobladores de San Alfonso no prestaban atención a los sucesos de afuera, absorbidos por cuestiones domésticas de compra y venta de vacas, adulterios sospechados y heladas tardías. Dentro de esa monotonía, apareció en su dimensión de verdadera noticia, en El Imparcial del 17 de diciembre de 1926, la nota sobre su llegada a San Alfonso como nuevo residente de la cárcel. El título decía: “Escarmiento. Un sedicioso llega a nuestra ciudad”. Sobrevoló el escrito. “Bautista Pissano, de veintitrés años de edad, viudo, trasladado ayer por ferrocarril procedente de Buenos Aires… alojado en la cárcel de nuestra ciudad por los delitos de sedición, desorden, resistencia a la autoridad y participación en los sonados incidentes de mayo próximo pasado contra la embajada de los Estados Unidos de América en Buenos Aires… agravados por el hecho de que el ácrata es ‘indocumentado’ y desertor del Ejército Argentino …de oficio carpintero… asiduo concurrente al local de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), panfletista, orador y asistente a mitines…” La nota seguía a toda página. Su mirada fue al párrafo final, donde el cronista anónimo se preguntaba —haciéndose eco de lo publicado en su momento por un diario de Buenos Aires— si no habrían sido las ideas desviadas y ateas de Pissano las que habían llevado a su joven esposa a quitarse la vida.
Retorció el recorte como si fuera una mecha y lo quemó en la llama de la vela. Por unos segundos, el fulgor iluminó algo más allá la oscuridad de la celda. Revisó las cartas, todas abiertas. Dos de su hermana María, una de su padre con su tosca letra de campesino: se alarmaban por su silencio. Dos del abogado. Tomó una al azar. Era la primera, llegada poco después de su ingreso. Nada que él no supiera: había que esperar, la causa estaba demorada en una de las dependencias judiciales. La dejó sobre la litera. La otra era de escasos dos meses atrás. No lo olvidaba, pero una apelación se hacía difícil. Los tiempos estaban revueltos. Bautista recorrió las líneas. Un sentimiento de furor le tensó los músculos. Cuando se serenó volvió a leer: finalmente, los habían ejecutado en la silla eléctrica; habían ejecutado a Sacco y Vanzetti. Le pareció imposible. Pensó en los compañeros, en las reuniones que seguramente se habrían hecho, en lo que habría publicado La Protesta, y aunque eran hechos ya sucedidos y clausurados, por primera vez lo aplastó la impotencia del encierro. Apagó el pabilo entre el pulgar y el índice y se echó en la litera. Estuvo muchas horas despierto, las manos bajo la nuca, la mirada fija en los barrotes de la ventana, recordando lo que le dolía recordar. Cinco meses después de su llegada, un día le anunciaron que tenía visita. Su hermana y su padre lo esperaban en la sala enorme y helada. Ni siquiera habían atinado a sentarse. Desconcertados por su silencio, sin saber que le habían prohibido escribir, habían temido lo peor. Veía el gesto de su hermana María cubriendo los hombros de su padre con una chalina, y a su padre, tan viejo ya y tan gastado, próximo a la muerte que sobrevendría pocos meses después, intimidados, empequeñecidos entre las gruesas paredes rojizas, obligados al viaje interminable, a la fonda de la estación. Su padre, que había tomado un tren y, a la vejez, había confirmado la injusticia cometida viendo aquel campo interminable e inculto. No habían hablado del campo en la visita, pero Bautista lo vio en sus ojos. Trataban de encontrar algo para decirle de su expediente, pero los tres sabían que no había nada que decir; no había expediente. Su caso quedaría enterrado para siempre en un archivo.
En ese pueblo dormido en el polvo, los sucesos en los que se había visto envuelto se volvían remotos, se despojaban de la resonancia que habían tenido en los tribunales de Buenos Aires y en boca del abogado de oficio. Aquella mañana, en el Departamento Central de Policía, la imagen de su padre con la gorra entre las manos se superponía a la de su única visita a la cárcel de Ulrico. Las últimas veces que vio a su padre, reflexionó Pissano en la litera, había sido entre las paredes de una celda. “Anarquista, participante de los disturbios en el atentado contra la embajada de EE.UU. y en el acto de protesta por la condena a Sacco y Vanzetti”, había leído el abogado al mismo tiempo que le ofrecía un cigarrillo. “¿Antecedentes?”, preguntó. Pissano fumó en silencio. No tenía antecedentes, pero no había contestado nada; igual lo iban a condenar, iban a inventar antecedentes, iban a inventar pruebas. A la hora de la bomba puesta por Di Giovanni, él estaba en la otra punta de la ciudad, en un mitin de estibadores, domingo a las once de la noche. Lo habían tenido desnudo en el patio durante horas bajo la lluvia y después todo lo demás. El abogado lo miró; miró el corte profundo que le abría la ceja izquierda, el ojo cerrado, los moretones en la mandíbula y en el cuello, el golpe en la clavícula y sacudió la cabeza. “Por el boquete que dejaron en la puerta pasa un hombre sin agacharse. Menos mal que no hubo heridos ni muertos; por la hora” —comentó—. “¿Conoce a Di Giovanni, tiene algo que ver con él, con los que lo siguen o con el periódico Culmine?” Pissano lo miró directo a los ojos, con cara impasible. El abogado le devolvió la mirada. Con un soplido de impaciencia dijo: “Escuche: esto no es un interrogatorio, no soy la policía, soy su abogado; si no me dice algo, le va a ir mal”. Bautista al fin abrió la boca. “No comparto la táctica del atentado; le hace mal al movimiento anarquista. A las once de la noche del domingo yo estaba en un mitin en Barracas; doscientos estibadores se lo pueden decir.” Como si por ahí fueran a un callejón sin salida, el abogado cambió de tema. “Pero estos días hizo la huelga de hambre con los otros presos.” Como Pissano no abrió la boca, el abogado dijo: “Lo peor es el asunto de la libreta de enrolamiento, eso complica todo. Cabe la figura de desertor.” Se hizo un silencio largo. Como él seguía sin hablar, el abogado concluyó, fastidiado: “¿Me puede explicar por qué carajo está indocumentado a los veintitrés años?” “Mi hijo está contra la guerra”, intervino la voz ronca de su padre, con el duro acento italiano, “no va a dejar que lo metan en el ejército, que lo manden a matar inocentes”. El abogado volvió a sacudir la cabeza: “Ahora no hay ninguna guerra”, dijo condescendiente, sin mirarlo. “Siempre hay una guerra”, sentenció su padre. Bautista pidió al viejo que se fuera a la casa. Pero su padre no se movió y así había continuado la entrevista. “Tal como están las cosas, con Alvear en persona metido en el asunto y los de la embajada supervisando los procedimientos, con razzias hasta en Rosario, podían haberte dado, fácil, veinte años”, dijo el abogado, tuteándolo. Lo que le imputaban era falso, habló al fin Bautista; había pruebas y cientos de testigos de que él estaba en una asamblea de estibadores, en Barracas. Les había venido bien lo de la embajada, dijo, se habían llevado a cientos de compañeros. “Nadie quiere testificar”, dijo el abogado, tirándose hacia atrás en la silla, “hombres con familia. Las cosas están pesadas. La Liga Patriótica se puso a disposición de la embajada, hay caza de brujas. Hay mucha gente marcada que mejor ni aparezca”. Le habían dado diez años. “El juez Bonifatti quiere hacer ver que escarmienta. Quieren aleccionar: nada menos que un boquete de dos metros en la puerta de los norteamericanos. Y vos sin documento. Te salvaste de que te aplicaran la ley de residencia”, concluyó el abogado. “Te van a mandar bien lejos, seguramente a Ushuaia”, fue lo último que había dicho. Algo, sin embargo, había logrado el escrito presentado por el abogado ante el juez. La pena, excesiva en años en relación con una causa no probada, sin testigos y resuelta confusamente, se atenuó con el lugar: en vez de confinarlo a Tierra del Fuego lo habían mandado a San Alfonso, un pueblo olvidado en el oeste de la provincia, cerca del límite con La Pampa. No era un mal hombre, el abogado; la había sacado lo más barata posible.
Siguiendo la curva del sol, la luz atraviesa el enrejado de madera y dibuja rombos de sombra, alargados y nítidos, sobre los mosaicos amarillos. El gato atigrado se despereza sin apuro y busca su lugar entre las macetas con geranios; al fin, se echa junto a la pared. Sonia detiene su mano sobre la de Bautista. En el follaje de los árboles y plantas del jardín culmina el verano y se insinúan los colores del principio del otoño.
—Mire cómo brilla el verde del azarero, las hojas parecen de esmalte —dice Bautista, y hace un gesto benévolo mirando a Sonia, animándola a que hable—. Cuénteme del Hogar, cómo fue para usted vivir ahí…
—Lo primero que recuerdo es el tañido de las campanas —dijo Sonia desviando los ojos del jardín—. Como si lo escuchara flotar en el aire siguiendo la dirección del viento. En el principio de todo está el tañido de las campanas. Yo me levantaba al alba. Invierno o verano me levanté siempre a primera hora. Me lavaba la cara con agua helada, en un baño frío y enorme, blanco como un hospital. Desde que me acuerdo me gustó la limpieza, hasta la exageración. Aunque había capilla en el Hogar, los domingos íbamos a misa a la iglesia del centro, que llamaba con un repique muy lindo. Teníamos que cruzar las vías. El Asilo estaba en las afueras del pueblo, no como ahora, que lo rodean casas con jardines y el barrio de los ferroviarios. Caminábamos de a dos, en fila; las más chicas adelante, las monjas atrás, con las más grandes. Los guardapolvos grises, medias tres cuartos y los mejores zapatos que cada una tenía. Zapatos negros. Si no eran negros, había que teñirlos de negro. Un domingo tomé con otras compañeras la primera comunión. Ese día, la iglesia estaba adornada desde la entrada hasta el altar con flores blancas. Las del Hogar nos sentamos en los bancos del fondo, igual que cualquier domingo. No sé por qué, esa vez yo había esperado algo, no sé, otra cosa. En los bancos de adelante se sentaban las chicas de familia, con vestidos inmaculados hasta el piso, llenos de puntillas y volados. Pasada la misa y de vuelta al Hogar, una de las hermanas dijo: “Parecían ángeles”. ¿Y nosotras? ¿Qué parecíamos? No lo dijeron. En la mesa del comedor nos sirvieron el chocolate, lo más esperado del día. Como era chica, el chocolate y el olor a torta me hicieron olvidar lo que yo había esperado durante meses: sentarme en los bancos de adelante, ver qué hacía el cura, qué eran esos movimientos que sucedían allá lejos, delante de todo, y que apenas alcancé a ver cuando me dieron la comunión, pero apenas, porque debía mantener los ojos bajos.
Las monjas andaban por los corredores hablando solas. Los corredores daban a una galería en forma de herradura que bordeaba el patio central. Ellas les decían claustros; nosotras, la galería. A ellas les gustaba decir los claustros. En el comedor nos ordenábamos según las edades, en mesas largas y bancos de madera oscura. Las más grandes cuchicheaban, querían irse, apurarse a cumplir veintiún años, salir del encierro. Las más chicas nos poníamos contentas con poca cosa. Aquel día de la comunión, como otras tardes de domingo, nos visitaron las señoras de la Comisión de Damas; se turnaban. Nos traían pasteles, tortas fritas, ropa lavada y adecentada, juguetes arreglados a medias. Me sentía incómoda en esas visitas; no sabía qué esperaban que hiciera, y me quedaba tiesa en la silla. Las señoras se cansaban de sonreír y de acariciarme el pelo y después se iban, suspirando. Hogar de Niñas y Ancianos Desamparados, así se llamó siempre. Nos unía eso de desamparados. Felizmente estábamos aparte, las niñas y los ancianos. (La mano de Bautista describió un giro y se posó sobre la de Sonia en el borde del sillón.) A los doce o trece años, las monjas nos ofrecían a casas de familia para cuidar a los chicos cuando los padres no estaban. Igual nos venían a buscar sin que nos ofrecieran porque el Hogar tenía fama de limpieza y educación. La mitad de lo que nos daban era para las monjas, la otra mitad para nosotras. Era justo. La mayoría de las veces traíamos revistas viejas o ropa usada. Si nos daban plata, que era lo que todas queríamos, la despedida se hacía más difícil. Había que decir unas frases aprendidas de memoria. Nos daba vergüenza, pero las monjas nos obligaban y las teníamos que repetir: “Lo que usted considere será bienvenido. Gracias y que Dios bendiga su hogar. Rezaremos por su familia”. Así teníamos que decir.
La primera vez que salí tuve miedo. No sabía si haría bien las cosas. Los chicos eran un varón de nueve y una chica de trece, de mi edad. Eran grandes y se podían cuidar solos, pero a esas señoras les gustaba que fuéramos a sus casas. En San Alfonso eso daba tono. A la hija también le gustaba que fuera una de nosotras. Yo la conocía de la escuela; era presumida igual que la madre, la presidenta de la Comisión de Damas. Se daba aires de señorita. En cuanto nos quedamos los tres solos en la casa, me dijo:
—Tus padres quiénes son, dónde están.
—Murieron.
—Pero, ¿quiénes eran?, ¿no tenés parientes? ¿Por qué te dejaron en el Hogar de las monjas?
Como yo no tenía respuestas, traté de cambiar de conversación, no quería que la presidenta de la Comisión de Damas presentara alguna queja, sobre todo en mi primera salida. Para cambiar de tema le dije que sabía coser, que el vestido que llevaba puesto me lo había hecho yo.
—Está pasado de moda —dijo—. Esas tablas no se usan más.
Había ido al baño y se había pintado los labios.
—Esas trenzas tampoco se usan más —siguió—. Ahora se usa así, a la garçon —se tocaba el pelo cortísimo—. Va a cuarto grado con trece años —le explicó al hermano, sofocando una risita.
Aunque la cara me ardía no pude decir nada porque era verdad. A pesar de ser huérfanas teníamos un privilegio: íbamos al colegio de las monjas, el mejor del pueblo. Si no había banco, las del Hogar teníamos que repetir el grado o ubicarnos donde pudiéramos para dejar lugar a las chicas de familia. Las monjas decían: “Mal no les va a hacer”. La mayoría se cansaba y les pedía a las monjas de abandonar, que no querían seguir. Yo hice dos veces tercero y dos veces quinto, pero terminé.
De a ratos me miraban y cuchicheaban con el hermano; se reían. Tuve la impresión de que el chico se reía a la fuerza. Después se cansaron. Me senté en la cocina a esperar que llegara la madre. Me dieron unas revistas viejas y una pollera usada.
De vuelta era casi de noche y corrí todas las cuadras. Corría desaforada, de rabia. Hubiera querido pegarle una bofetada. Dos o tres bofetadas hasta dejarle la cara violeta, hasta que le sangrara la nariz y le salieran moretones. Trepé el terraplén en dos saltos y bajé de las vías dejándome ir por la pendiente. Cuando vi las paredes altas con ese color de cuero y las ventanas enrejadas y la puerta alta cortando la esquina, corrí más rápido. Ése era mi lugar. Me gustaba volver. Me gustaba, sobre todo cuando se hacía de noche, correr esas cuadras como si alguien me persiguiera, cruzar las vías, llegar sin aliento, pegar la cara a la puerta y tocar la campanilla que sonaba lejos, como en el medio del campo muerto. Apretaba los ojos con terror: ¿y si no me abrían? ¿A dónde iría si no me abrían la puerta? Con la cara pegada a la madera, los golpes del corazón me volvían sorda. No sé por qué me gustaba, pero lo hacía. Correr y la espera, los pasos que se acercaban y después el alivio de la puerta cerrándose a mi espalda, dejando afuera la oscuridad.
El Hogar era mi lugar y hasta que pasó lo que pasó no me sentía mal ahí. La cama de hierro y la mesa de luz que me correspondían, entre otras camas y otras mesas de luz, eran mis cosas, aunque no fueran mías. De chica me había costado entenderlo; nada de lo que usaba era mío y si alguna vez me iba, las que habían sido mis cosas serían de otra. No me gustaba para nada la idea, pero me acostumbré. Entonces no sabía, no me imaginé que iba a cambiar, porque cuando crecí, cuando fui grande, necesité desesperadamente tener algo, que algo fuera mío. Me di cuenta mucho después de que era así; brotaba aquí y allá esa necesidad, un ansia que no podía sofocar, como un incendio en el pasto seco. Lo único mío eran mis cosas de bordar y un cuadro que había colgado sobre la cama. Esas cosas sí eran mías y si algún día salía las podía poner en una valija y llevármelas conmigo; las monjas me habían dejado comprarlas con mis ahorros. El cuadro era una lámina recortada de la revista El Hogar: una casa con techo de tejas en medio de la montaña, de la chimenea salía humo y tenía todas las cosas que una hermosa casa debe tener, hasta una casita en miniatura para los pájaros, en la parte más alta de un poste, en el jardín. Mirarla me daba algo raro, unas ganas locas de meterme dentro de la casa. Si me pasaba algo feo o triste miraba la casa y me animaba.
Esa noche, la de mi primera salida, no pude dormir. Esperé con los ojos abiertos; cada tanto los apretaba porque me parecía que se me agrandaban en la oscuridad. Con la primera luz me levanté, dejé el dormitorio general descalza para no despertar a mis compañeras y fui a la cocina. La hermana Clara estaba encendiendo la cocina a leña. Se asustó al verme de golpe.
—¿Qué hacés levantada tan temprano?
De un tirón le dije que quería saber quiénes eran mi madre y mi padre, quién me había llevado al Hogar. Se sentó junto a la mesa. Yo me quedé parada, los pies desnudos sobre las baldosas heladas, pero no me importó. Conocía esa mesa de memoria, hasta la última veta, hasta la más mínima herida, hasta el borde suave que doblaba hacia abajo; mis dedos la habían recorrido desde que tenía memoria. No podía levantar los ojos de la madera, como si las vetas fueran a decirme algo. Sin darme cuenta, había empezado a pasar el dedo por la juntura de las tablas. La monja me tomó la mano.
—Te trajeron unos vecinos. Tus padres murieron en la epidemia, cuando el brote de cólera, uno enseguida del otro. Vivían en una chacra. No tenían parientes. Parece que tu mamá era muy bonita. Tenías un año y medio.
Sólo eso. Pero fue suficiente para mí; tan pocos datos y el alivio fue enorme: yo tenía un pasado. Y hubo algo más; algo extraordinario, que fue como una dádiva, no sé. La hermana Clara salió de la cocina; a los pocos minutos volvió, me tomó la mano y en la palma depositó una cadenita de oro con un crucifijo. Me cerró los dedos. “Era de tu mamá, la tenía puesta cuando murió”, dijo. “Te la guardábamos para cuando fueras más grande. Ahora la podés tener”. La misma hermana me la pasó por el cuello.
(Sonia llevó una mano al pecho, sacó la cadenita y el crucifijo y los dejó caer sobre el vestido.)
La hermana Clara siguió con el trajín del desayuno y no me mandó a vestirme; de vez en cuando me miraba de reojo. Me senté en el banco al lado de la ventana, encogí las piernas y apoyé la cara en las rodillas. Sentí el contacto de la cadena debajo del camisón y me pareció que la había llevado toda la vida: ahora tenía un pasado. En el porvenir no pensaba porque yo no tenía porvenir. Dependía de las monjas y más allá de ellas no era capaz de imaginar nada. Eran ellas las que decían cómo era yo: que era despierta, que podía enseñar el catecismo, que nadie bordaba como yo, y ellas eran las que decían que era modesta a pesar de tener lindos ojos y lindo pelo. Yo me miraba en el espejo para ver si era cierto pero no veía nada. No sabía cómo era. Veía lo que ellas decían que veían, pero yo no me veía. Tampoco alcanzo a saber cuándo aprendí a bordar, cómo me enseñaron; para mí fue desde siempre. Cuando cumplí los catorce años me encargaron el ajuar de la capilla; las monjas se dieron cuenta de que tenía idea, me dejaron hacer. Bordé pájaros. Bandadas de golondrinas de menor a mayor realzando las esquinas y flores muy chicas, apretadas como botones, rodeando ramos de rosas, el ramo principal estaba en el centro, atado con un moño, y de ahí salían dos cintas onduladas que recorrían el borde del mantel. Todo en blanco, alternando hilo de seda con hilo opaco. En el centro de cada rosa tracé unos puntos de color matizado. La Comisión de Damas me dio un premio por el trabajo. Era un libro de tapas duras y en las páginas traía motivos para bordar. No dije que a mí no me gustaba copiar los motivos, que me gustaba inventarlos. No sabía de dónde los sacaba, pero me gustaba inventarlos.
Sentada en el banco de la ventana de la cocina pensé en mis padres muertos en la epidemia, en una chacra, en una casa de la que salía humo por la chimenea y, por primera vez, intenté imaginar a mi madre. Era bonita, había dicho la hermana. Sentí el calor de la cocina en la espalda y no me importó ser huérfana y que otros me lo dijeran. Tuve ganas de bordar los olmos y los cipreses que veía por la ventana y hubiera seguido en el banco todo el día escuchando los ruidos de tazas y cucharas si no hubiera sido porque la hermana Clara dijo:
—Andá a vestirte que en quince minutos se desayuna.
FOTOGRAFÍAS DE UNA EXPOSICIÓN
“Campamento del ferrocarril”, 1884
Y fue hacia 1884, cuando la memoria de Ulrico y la caída del andamio estaban aún frescas en la memoria colectiva que llegaron desde el este las vías del ferrocarril. Se levantaron campamentos parecidos a los de los gitanos, se acarrearon durmientes y se ajustaron los rieles para seguir siempre hacia el oeste, dejando cada vez más atrás el pueblo, cuya imperceptible giba en la llanura se iba perdiendo, día tras día, hasta desaparecer. A veces, al costado de la vía, entre caballos y pilas de durmientes, morían hombres que nadie sabía quiénes eran. Hombres de acentos extraños, llegados de países distantes. Sus compañeros les encontraban un retrato borroso envuelto en un pañuelo o un crucifijo en el bolsillo interior del saco de brin que la empresa vendía a los obreros. Objetos que no proporcionaban ningún indicio sobre la identidad del fallecido. El capataz revisaría entonces la lista de los contratados por el Ferrocarril del Oeste y tacharía un nombre. Y tal vez, obligado por las circunstancias, diría que aquel hombre había sido fuerte como un buey para atornillar los rieles a los durmientes. Haría este comentario mirando el horizonte, frente a las caras terrosas de los otros peones. Y esas palabras serían una especie de réquiem ante el muerto, para quien sus compañeros cavaron una tumba al costado de las vías. Las circunstancias habían decidido que sus huesos quedaran allí, para toda la eternidad, llevado, quizá, por el cólera o la tuberculosis. No obstante, semanas antes de ese día, hubo un momento en que la energía de la luz estuvo por encima de enfermedades y desgracias y decidió que la imagen del hombre perdurara en el tiempo. Una mañana fría, entre el sonar de los picos de la cuadrilla, un hombre joven, de traje negro gastado y sombrero raído, llegó en un sulky, montó sobre un trípode una cámara, desapareció bajo un paño negro y levantó un soporte que explotó provocando un segundo de luz blanca enceguecedora. La luz atravesó la lente, impresionó la placa de vidrio cubierta por una emulsión con haluro de plata y produjo el fenómeno de oxidación. Gracias a este prodigio o milagro, indescifrable para los obreros del ferrocarril, el hombre anónimo, que poco después moriría, quedó para siempre, o al menos hasta tanto durase el soporte de cartón, junto a sus compañeros aquella mañana del último tercio del siglo diecinueve.
En la vitrina del Museo Municipal, cien años después, lo que llama a mirarlo es la mínima cruz en vacilante tinta negra que alguna mano también anónima ha trazado sobre su cabeza. Bajo la luz dicroica será esa cruz la que salte como un suave zarpazo a los ojos del espectador, capture su atención y haga que demore la mirada sobre el hombre. De pie, serio, con los ojos fijos en el ojo de la cámara, el saco de brin abotonado hasta el vértice de las solapas cortas, los pantalones deformados por el uso y los botines gruesos, cubiertos de polvo. El hombre, reducido a sus atributos visibles, es pura imagen plana; la mano izquierda cuelga al costado del cuerpo, ahuecada en la costumbre de la herramienta, la mano derecha se apoya en el cabo del pico, la barbilla encajada un poco hacia abajo, en instintiva defensa de alguna sorpresa que pudiera venir del fotógrafo o de la máquina. Como los demás, vive la ceremonia de la foto como un acto solemne. Rodean al grupo los bienes del ferrocarril que los enmarcan con la enumeración de lo concreto: caballos, durmientes, herramientas, vehículos. Cada hombre está de pie junto a los otros y, a la vez, solo y erguido contra el cielo. Aquel día sin fecha, el artilugio de la luz derrotó provisoriamente al tiempo y fue el portal por donde el presente se escurrió hacia el futuro llevando un fragmento de hombres y vidas desconocidos.
“Descanso de domingo”, 1912
(Vecinos de una chacra)
Desde los campos circundantes, por encima del lote de trigo, San Alfonso era una línea apenas quebrada sobre el horizonte. A veces, los domingos, se escuchaban traídas por el viento las campanas de la iglesia. Entonces la gente giraba la cara. Es lo que se ve en la fotografía: una mujer joven de pie, junto a los que están sentados contra la pared, en el frente de la casa. La mujer joven no mira a la cámara sino hacia arriba y hacia un lado, como si en el aire vibrara, sostenido, un sonido y como si ese sonido fuera más importante que la ceremonia de la foto. Y era así porque aquel tañido de campanas les daba la señal de que pertenecían a algo, de que no habían venido a esta tierra baldía para vivir como herejes; les fomentaba la esperanza y mitigaba la desazón, que se rumiaba a solas. Aplacaba la nostalgia de las montañas. Cuando el sonido, fragmentario pero inconfundible, cruzaba los campos, hombres y mujeres se quedaban mirando en dirección al pueblo; desconcertados en el ocio del domingo, sintiendo la inutilidad de la vida sin el trabajo embotador. En los jóvenes, el tañido despuntaba la nostalgia indefinible de algo desconocido, tal vez ligado al pueblo, al tren, a la compra de un pasaje. Más allá del pequeño abismo de pensamiento en medio del cual las caras de los retratados muestran una expresión atónita, la boca un poco abierta y los oídos ávidos recibiendo el último eco de campanada distante, no hay nada. Tal vez ráfagas de algún recuerdo, pero sobre todo esa liviandad, ese suspenso del séptimo día sin el contrapeso del trabajo, el ancla que los ataba a la tierra. Hombres serios y mujeres con el pañuelo en la cabeza, sentados junto a las puertas de las casas blanqueadas, se dejaban estar, mudos, mirando la altura del maíz, el patio de tierra, los perros echados bajo la sombra de los sauces. Las manos de esas personas son algo notable. Para el que las mira décadas más tarde, cuando el centenario de San Alfonso, en una ocre fotografía del Museo Municipal, aquellas manos impresionan. Manos que sólo habían descansado en la enfermedad. Manos que habían lavado, atado, anudado, martillado, matado animales, roto la escarcha del invierno; manos lastimadas por espinas, alambres, mordeduras, hachas, hierros candentes, tenazas, astillas de leña; manos que habían segado la espiga de trigo, escarbado la tierra dura, que habían sostenido la cabeza del niño sobre el pecho, que habían levantado la horquilla y el pico y la pala, que habían cocinado, amasado el pan y el barro, que habían dado de comer a los animales, que habían trenzado tientos y curado heridas y atajado golpes. Manos grandes, tostadas por el sol, llenas de venas como sogas, desproporcionadas con respecto a los flacos antebrazos, manos de dedos grandes, abiertos, de piel agrietada y uñas romas, manos que apenas podían adoptar la actitud de entrelazar los dedos; manos quietas, como objetos inútiles sobre el regazo, o colgando al costado de la silla. Quedarían en el papel, impresas por el precipitado químico, iluminadas por el haz de luz que apunta a la vitrina cuando el Museo ya no fue más el viejo Museo Municipal y fue el moderno Museo Nuevo, cuando hubiera sido inconcebible para esos hombres y esas mujeres sentados en el frente de la casa, y para la muchacha de pie con la cara levantada hacia el sonido de las campanas, que sus imágenes anónimas fueran exhibidas entre luces y ocuparan un lugar en un edificio tan importante como aquél.
—Hábleme de sus padres… —Sonia acerca algo más el sillón de mimbre; le parece casi milagroso que Bautista pueda recuperar un pasado tan largo, que se pierde más allá de padres y abuelos; la posibilidad de restablecer hacia atrás una cadena, de revivir nombres de personas y de lugares.
Bautista está distraído; mira un gorrión que en el jardín se baña en la tierra floja. El sol de la tarde brilla en las plantas y se cuela por el enrejado de madera, adueñándose de la galería y del piso de mosaicos amarillos.
—¿De qué tamaño será el corazón de un gorrión? —dice Bautista y se ríe. Sonia también sonríe y vuelve a pedir: “Cuénteme de sus padres”.
A los cuarenta y dos años Bautista puede sentir que el pasado ha tomado una forma, casi un sentido, no está roto en pedazos como le pareció, a veces. Buscó las palabras y el hilo de su historia, más que por el gusto de recordar, para complacer a Sonia.
—El cura de la aldea le había dicho que era peligroso aprender a leer y a escribir, que le traería problemas. Pero el viejo insistió; por orgullo no quería llegar a América analfabeto, con mujer y cuatro hijos. Porfiaron los dos, porque el viejo no quería saber nada con la religión, pero el cura puso la condición de que los libros fueran los evangelios. Y aprendió. Siempre fueron campesinos, toda la vida, él, mis abuelos y mis bisabuelos. La mayoría vivía en la ignorancia, pero mi padre vino esclarecido. Iba a encuentros clandestinos donde se discutía su situación, la de todos. Nos contaba estas cosas a mí y a mis hermanos cuando pudimos entender, cuando vivíamos en Buenos Aires y la Liguria era un lugar dejado atrás hacía años. Siempre me pregunté cómo pudo hacerlo, trabajar de sol a sol, ahorrar centavo tras centavo para traernos, y quitarle horas al sueño para aprender a leer. Demasiado esfuerzo. A los cincuenta años envejeció de golpe. Entre 1900 y 1901, la idea de venir a América empezó a trastornarlo. Uno de i compagni, un paisano, le pasó un folleto del gobierno argentino. Un gaucho a caballo mostraba el campo sembrado, horizontes de trigo y maíz; el país nuevo no hacía más que esperarlos, decía. Yo vi el folleto, el viejo lo conservó. Se hablaba de esta tierra, allá, en Italia. Desde que supo que esperaban un cuarto hijo, que fui yo, ahorró cada centavo para la compañía naviera. Recién pudo hacerlo en 1905. Nunca confió en los agentes oficiales, algunos eran estafadores que se hacían pasar por agentes oficiales. Pululaban por las aldeas, ofreciendo servicios y ayuda para todo tipo de cosas en América. Decían que representaban al gobierno argentino, pero eran parásitos que estafaban a los campesinos. Cuando le mostraron un papel al viejo y le señalaron dónde debía firmar, supo que vendría por su cuenta. Si el campesino era tozudo y desconfiado, como él, le pintaban un panorama negro del viaje y la llegada a Buenos Aires. El viejo no cedió. No confiaba en los pantalones a cuadros y el bigote aceitado del agente oficial que se paseaba entre los pobres con ojos de lobo, decía. Se sentía orgulloso de no haber caído en una trampa en la que cayeron muchos. Pero cayó en otra, tal vez por cabeza dura no quiso ceder y se enredó, junto con otros, en los trámites de un contrato de arrendamiento de tierras que nunca se cumplió; y él, que había venido a sembrar el campo, por necesidad terminó viviendo en la ciudad, trabajando en una curtiembre. Contaba que en el viaje, después de Gibraltar, cuando se abrió el Atlántico, ya parecía otra cosa, otro mundo; hicimos dos escalas, una en una isla en el medio del océano, el viejo no recordaba el nombre, y otra en Brasil. También contaba del cruce del Ecuador. Muchos creyeron que se iban a encontrar con una línea trazada en el mar, como una división, vaya uno a saber, y se pasaban el día y la noche mirando el agua por la borda. Los de primera clase festejaban con baile y música. Yo no me acuerdo de nada, tenía dos años, pero mi hermana María sí. En el viaje pasó algo inesperado, y esto, el viejo, cada vez que lo contaba, con mi madre se reían. En la escala de Brasil, las autoridades separaron a los hombres de las mujeres y los chicos. Dijeron que los hombres debían bajar a tierra. Nadie explicó por qué. Los formaron en cubierta. Todos creían que los separaban para siempre; las mujeres y los chicos lloraban. Ella los abrazaba y me miraba desesperada, decía el viejo, señalando a mi madre. Mi madre nunca intervenía; siempre sonriente, le gustaba escuchar su propia historia contada por el viejo. De urgencia, los hombres tomaron una decisión: sortearon a tres para que se quedaran con las mujeres y con los chicos, por cualquier cosa que pudiera pasar. Uno de los sorteados fue mi padre. Se afeitaron, se pusieron ropas de mujer y pañuelos en la cabeza y se mezclaron con ellas. El viejo lo contaba serio, después se largaba a reír porque se acordaba de su compadre Giuliano, alto y flaco, vestido de mujer con tremendos bigotes, que no había querido afeitarse. Mi madre también se reía. Nadie nos miraba a la cara, decía mi padre, no éramos hombres, éramos un hato de gente, bestias de trabajo, contadini. ¿Qué pasó? Los hombres bajaron, y volvieron, y después bajaron las mujeres con los chicos y también volvieron. Más tarde les explicaron: era la vacunación. La orden de vacunar a todos los del barco había llegado desde Buenos Aires. En el puerto había habido casos de fiebre tifoidea y temían una epidemia. Si no estaban vacunados, no bajaban.
Pasaron los meses y no fuimos al campo. La decepción del viejo fue grande, pero la disimuló; no le alcanzó saber leer y escribir para los embrollos de un trámite que no entendía. Mi padre se encontró con una familia al borde del hambre. Recomendado por un paisano entró en una curtiembre, en Barracas. Yo comía la rabia de mi padre, lo veía consumirse víctima de la burocracia. Cuando yo tenía trece años se enfermó; tuvo que dejar de trabajar. No le dieron ni un centavo. Vino un cura a hablarle de parte de los patrones. Justo a él, un cura. Tuvimos que sujetarlo. Después vino el oficial de justicia con el despido. Yo conseguí trabajo en la carpintería de un vasco, don Miguel, a quien le había llegado la noticia de la mala suerte de mi padre. El viejo tenía metido en la sangre lo de la letra y nos hizo terminar la escuela, a todos. Si nos manteníamos en la ignorancia nos iban a someter, a estafar. Así decía, y nos obligaba a lavarnos la cara con agua helada y a agarrar los libros, siempre a la noche, también a María. Cuando estalló la gran guerra decía que, a pesar de todo, se felicitaba, se consideraba afortunado, porque ¿qué hubiera sido entonces de mi madre y de nosotros allá, con él en el frente, con la miseria de la guerra? El viejo siempre siguió en la causa. Mis hermanos mayores, aunque amigos de la idea, buscaron trabajo y no militaron; es a mi hermana María a la que siempre sentí más cerca. Será porque fuimos los que quedamos en la casa con los viejos. Yo seguí de aprendiz en la carpintería mientras terminaba la escuela. Un día, los compañeros me llevaron al centro, cerca de plaza Once. Fuimos en tranvía hasta la FORA, la federación obrera regional argentina. Era un hervidero de gente, de todos los oficios, peones portuarios, juntadores de maíz, casi todos analfabetos; me pedían que les leyera los panfletos, los contratos de la patronal. Ahí entendí el empecinamiento del viejo. Tenía catorce años y era la primera vez que iba tan lejos, al centro, quiero decir. Vivíamos en Barracas al sur, que era como una frontera de Buenos Aires, un lugar donde la gente se encontraba. Los que bajaban de los barcos y los que venían del interior corridos por la miseria. Curtiembres y talleres metalúrgicos, eso era Barracas. Los domingos, en los galpones, se reunía mucha gente a escuchar a los oradores de la FORA. Eran hombres para aprender de ellos y yo aprendí. Gente abnegada. Hombres solos, no se casaban; no podían aceptar la responsabilidad de una familia. En una asamblea escuché hablar a don Miguel del dinero, del dinero que corrompe. Fueron cosas que me quedaron para toda la vida. Uno aprendía directamente lo que tenía que aprender: que un dirigente obrero no puede cobrar porque si cobra tiene un precio y en consecuencia cualquiera lo puede pagar.
—¿Y su madre? —lo interrumpió Sonia, como si temiera que se desviara y no volviera a hablar de ella.
—Mi madre… —dijo Bautista buscando la bolsita del tabaco y la pipa—, una mujer demasiado callada, vivió a través de su marido y sus hijos. Jamás la oí quejarse ni la vi enojada. Tenía un gesto…
Bautista se detuvo; Sonia insistió.
—¿Cuál?
—A la mañana, se arreglaba el pelo largo, suelto, tan fácil, en un santiamén lo sujetaba con horquillas, con un solo movimiento. Me acuerdo de su cara inclinada sobre mi cama, a la madrugada, despertándome. Abría los ojos y veía la cara de mi madre.
Hizo una pausa; exhaló una bocanada de humo.
—A veces, cuando algún mitin era en el local del centro me quedaba a dormir por ahí, en unos cuchitriles llenos de chinches. Mi madre se preocupaba. Cuando volvía a Barracas estaba parada en la puerta, mirando la calle, esperándome quién sabe desde qué hora, las manos envueltas en el delantal. En esos años yo no me daba cuenta de esos gestos, de esos cuidados, de lo que podían costarle; no me daba cuenta de nada, sólo quería actuar, quería acción. ¡Acción! Estuve más de un año pegando carteles y barriendo el piso, repartiendo panfletos, y después había que leer, instruirse. Era frío, cansancio y sueño, pero no importaba porque, como decía don Miguel, no es sólo lo que le pasa a uno, sino lo que les pasa a los otros; nunca es sólo lo que le pasa a uno, Sonia. (Bautista hizo un gesto con la mano derecha, como subrayando lo último que había dicho.) Esto lo comprendí mucho después, porque, como ve, en esos años no podía pensar en mi madre; ella era alguien que estaba ahí y que estaría ahí para siempre.
La voz grave de Bautista se apagó, como si hubiera ido demasiado lejos. En el silencio de la tarde, una bandada de gorriones busca el follaje de un plátano con un revuelo seco de aleteos. El sol inicia su declive y alarga los rombos de sombra en el mosaico de la galería. Sonia ha quedado pendiente de la primera parte del relato; su voz, aunque baja, suena con algún apremio cuando se decide a hablar después del silencio, como si deseara desprenderse de las imágenes que nombra.
—Yo tuve alguien, una vez, que fue como de mi familia. Fue en 1929, cuando cumplí quince años y me hice mi primer vestido, como decíamos, de señorita. Ya me había cortado las trenzas; mi pelo siempre fue un poco rebelde, y Ramona, que era habilidosa con las tijeras, me dio una forma de melena corta. Me acuerdo muy bien: ése fue el año que trajeron a la Nené. Cuando alguna nueva llegaba, la presentaban de golpe, sin aviso, a la hora del desayuno. Una de las monjas la acompañaba y le indicaba su lugar en la mesa. Nunca venía nadie al Hogar a traer a una huérfana durante el día, como si las monjas las encontraran de noche, dejadas ahí por alguien sin cara ni nombre, en el umbral, después de sonar una y otra vez la campanilla, para salir huyendo a esconderse en la oscuridad. Llegadas del aire, como por arte de magia, las descubrían cuando se abría la puerta. Así me lo imaginaba yo, y algo parecido debió pasar conmigo aunque nunca me lo dijeron, hasta que yo se lo pregunté a la hermana Clara. Mi primer recuerdo es estar sentada en una silla alta mientras una monja me enseña a sostener la cuchara.
Dijeron que la Nené tenía siete años, pero parecía menos porque era muy delgadita. Vino con unos zapatos grandes para ella, se le salían cuando caminaba, le comían los zoquetes. Cuando le preguntaban cómo se llamaba, ella decía:
—La Nené.
Lloraba de noche contra la almohada. Tenía miedo. Yo sabía que tarde o temprano se iba a acostumbrar, pero una noche no aguanté más, me levanté y fui hasta su cama. Le agarré la mano. Un rato después se había dormido. Desde esa noche me siguió a todas partes. Estaba cambiando los dientes, le dije que los pusiera debajo de la almohada, que un ángel le iba a dejar algo. Yo se los cambiaba por caramelos. Eso lo había hecho conmigo la hermana Clara. La Nené se empezó a reír. Cuando llegó no se reía nunca. Era de lo más habilidosa. Le enseñé a bordar. Pedí permiso y le compré un par de zapatos. Dios mío, cuando los vio no entendía que fueran para ella; después de un rato me abrazó por la cintura. No imaginé que pudiera tener tanta fuerza; era algo como yo nunca había visto, ese sentimiento en un cuerpo tan frágil. Sentí que me ahogaba y corrí a encerrarme en el baño. En el espejo me vi la cara desfigurada, yo, que nunca lloraba. Empecé a pensar que tal vez un día, con mi mayoría de edad, podríamos salir como si fuéramos hermanas y tener una casa. Una casa propia, con cosas nuestras, mías y de ella, yo cuidaría de la Nené hasta que se hiciera grande. Le mostraba mi cuadro de la casa de la que salía humo por la chimenea y me hacía ilusiones. A la siesta, en el verano, nos sentábamos en las baldosas frescas del corredor y hablábamos de la casa. Mejor dicho, ella me preguntaba cómo iba a ser la casa y dónde iba a estar. Y yo (Sonia se llevó la mano a la boca. Después de un momento continuó)… por primera vez inventé algo, le decía cómo era cada una de las partes, la cocina, los dormitorios, el jardín, y cómo íbamos a vivir. Pero las cosas no son como uno quiere. Cuando la Nené cumplió diez años una familia que se mudaba del pueblo y que había venido a verla varias veces se la llevó. Una mañana no estaba más. Corrí por los pasillos. La busqué. Grité. ¿Por qué no me lo dijeron? ¿Acaso no se podía hacer nada? ¿No se daban cuenta de que no se iba a acostumbrar? Gritaba sin poder parar. Las monjas querían contenerme, hacerme callar; cuando pudieron, me agarraron entre dos y me llevaron al baño. Me echaron agua fría en la cara.
—Va a estar mejor que acá —me decían.
Desde el piso grité que no, que era mi hermana más chica, que la dejaran conmigo, que yo la iba a cuidar. Que un día íbamos a salir. En ninguna parte había aire suficiente para mis pulmones; nada en el mundo me podía consolar.
—No era tu hermana —me dijo una monja—. Ya deberías saber que las que pasan por acá a veces se van. Va a estar bien, la adoptaron.
Quería saber a dónde había ido, con quién estaba, en qué lugar la podía encontrar. Hablaba y lloraba al mismo tiempo y cada palabra me sacudía el cuerpo entero. Mis compañeras espiaban desde la puerta entornada del baño; las monjas se agarraban la cabeza, se tapaban la boca.
—¡Quiero saber! —les volvía a gritar—. ¡Díganme dónde fue! ¡Dónde la llevaron!
—Para qué —dijo la monja, tal vez temía que yo me escapara—. Ella ahora tiene una familia. Te vas a acostumbrar.
Estuve en cama una semana. No podía levantarme. Me obligaron a sentarme, a vestirme, a comer. Las piernas me pesaban y los párpados se me cerraban solos en los bancos del comedor. Igual no comía nada, solamente quería dormir. Un día me levanté distinta. Había adelgazado y me rodeaban los ojos unos bordes violetas. Los ojos estaban fijos. Me bañé, me peiné; supe que nunca, jamás, me iba a acostumbrar, entonces guardé a la Nené en el fondo de algún lugar dentro mío, tan en el fondo, que muy pocas veces la volví a encontrar. Ése fue un invierno muy largo.
(En el posabrazos del sillón, la mano de Bautista se ha crispado alrededor de la pipa.)
Para no caer en la desesperación, me puse a bordar un lienzo. En el centro tenía un ramo grande de flores rojas circundado por un halo de espinas. En la línea de abajo había pájaros vueltos hacia arriba, con las patitas encogidas y el pico entreabierto, como había visto una vez en invierno, un gorrión muerto bajo los árboles. Bordé un cielo con el sol y la luna juntos donde los rayos oro y plata se entrelazaban. Los colores eran rabiosos, los pá jaros verdes, colorados, azules. De las rosas caían gotas de sangre como las del Sagrado Corazón, pero lo que había hecho no tenía nada que ver con la religión. Las monjas me miraron; me dijeron que era hermoso pero que no servía para la capilla. Lo compró una de las Damas de la Comisión, la misma que unos días después me preguntó si yo quería bordar para una casa de Buenos Aires. A mí me daba todo igual y dije que sí.
Unos meses después pasó algo, no tiene mucha importancia pero para mí fue como si el destino quisiera ayudarme o de algún modo compensarme por lo de la Nené. Fue cuando vinieron los Benefactores de la Orden y supe lo de mi apellido.
La escena había quedado fija en su memoria, como si pudiera verla desde afuera.
…porque cuando no hubo más bronce que pulir ni zapato que lustrar, llegó el día en que los Benefactores de la Orden, trasladados desde Buenos Aires, llegaron de visita al Hogar. El grupo, severo y circunspecto, pasó a tomar café en el despacho de la hermana directora. Inmóviles para no estropear el planchado de los guardapolvos, las huérfanas formaron fila en el salón y esperaron. Una hora más tarde, los señores entraron a verlas. Uno de ellos, el señor García, presidente de los Benefactores, extraordinariamente bajo sin ser enano, de bigotes engominados sobre labios rojos, ojos húmedos y afligidos, caminó a lo largo de la fila; cuando llegó a la altura de Sonia, se detuvo, la miró y se acercó más. Lo suficientemente cerca como para que ella percibiera el aroma a agua de Colonia. A Sonia la desconcertó saber que los hombres se perfumaban. El señor García la observó, levantó una mano y comenzó a pasarle el dedo índice por la cara, delineándola de un lado a otro. Lo que vio el benefactor fue una chica delgada, de tez pálida, melena castaña tumultuosa sobre la cara, ojos grises, muy claros, de forma tártara.
—Linda muchacha. ¿De dónde es?
El hombre la miraba fijo. Sonia se sintió molesta, pero no supo qué hacer. Bajó los ojos y, sin que ella misma lo notara, su nariz realizó un leve aleteo de nerviosismo.
—De una chacra de los alrededores, señor García. —contestó la monja celadora.
—¿Edad? —el hombre le hablaba a la hermana celadora pero miraba los ojos de Sonia que, sin saber cómo controlar el malestar, empezó a enrojecer.
—Dieciséis —señor García.
—¿Nombre?
—Reus, Sonia Reus —replicó la hermana, incómoda por tanta curiosidad dedicada a una de las huérfanas. El lema era: más bajas que la hierba, todas.
—Catalán —dijo inesperadamente el hombre. Como si frente a ella un mago sacara de golpe una paloma de la
