Esta es una historia de deseo y sacrificio. Ya empieza.
Toc paf. Toc fff. Toc...
Son alrededor de las diez de la noche. Por la calle no muy populosa se acerca alguien. Hay cierta pauta musical en los pasos.
Toc paf. Toc fff. Tac paf. Tac fff. Toc fff.
Son pasos vivos pero desequilibrados. Una mujer avanza por la medialuz de las farolas. De un bolsillo del abrigo color malva le asoman dos puntas de un fular de seda hecho un bollo. De la punta de la nariz le cuelga una gotita de sudor. Calza botas de taco contundente pero ha perdido el de la derecha. Se diría que el apuro la disuadió de buscarlo, pero de todos modos la mujer es pujante, incluso avasalladora en su obligado rengueo. Cada vez que sacude el pelo castaño la penumbra se desgarra. Toc paf. Tac fff. Más rápido.
Esto sigue unos cuantos segundos.
Estamos en el patio anexo a la fonda Deluxin. Sentadas contra las paredes, al raso entre cajas de bebidas, una moto y un cocheciño, dieciocho personas carenciadas se abrigan en envoltorios térmicos de los que reparte el municipio como protección contra la intemperie; parecen alimentos envasados a un vacío incompleto. Una expectativa de entretenimiento, más que de alivio, las hace mirar con insistencia la cabina que hay en un rincón del patio. Lo sé porque uno de los que esperan soy yo.
El cronodión de un edificio cercano canta las diez y cuarto vespertinas e informa que la temperatura es de quince grados. En el centro del patio, astillas de madera de cajón se queman en un barril de chapa. Las llamas resumen todo el paisaje anímico.
Por la puerta lateral de la fonda un pinche de cocina sale a repartir unas bolsas de plodlileno entre los miserables del patio. Cada bolsa contiene un ala de gallinazo recalentada o dados de churrasquito, jirones de verdura y algo de pan.
Todas las noches el compasivo patrón de la fonda Deluxin reparte las sobras de la cena. Sólo le da algo más de trabajo que sacar la basura, y hace una obra.
Pero no sólo por eso vienen aquí estas personas. En el cubículo de un rincón del patio atiende un asesor terapéutico. Un rótulo que el hombre lleva prendido a la pechera de la bata bastante limpia lo presenta como As. Ter. Suano Botilecue, pero los desahuciados lo llaman doctor Boti. El municipio le paga para que despache en este horario.
Hoy en día sólo los pobres consultan a terapeutas del alma; por ejemplo, el hombre que en este momento ocupa el lugar del paciente en la cabina. Es un cincuentón, y le está preguntando al doctor Boti cómo podría disolver el sentimiento de culpa que lo tiene sometido a una madre despótica, imbécil y no muy desvalida ni tan pobre como él.
El asesor Botilecue procura que el cansancio no le empañe la atención que quiere prestar al hombre. Algo lo ayuda en esto el frío de la noche, que la pequeña estufa de su cabina no mitiga. Y otro poco lo ayuda el hambre; ese fondo de hambre que él procura que no se vuelva crónico. Guarda en una alforja su bolsita de sobras, junto a la ración para profesionales que le da el municipio.
Toc paf. Tac fff. Tac ffffff. FFF. PFF. TOC...
Un tic facial de desconfianza ataca a todos los sincasa, como si hubieran visto un ojo cruzado en el cielo. Y, en efecto, lo que ven es un presagio. En una brecha que oficia de entrada en la tapia, entre la calle y el patio, se ha plantado una mujer bastante joven y maquillada con un abrigo de perlanosa color malva.
Aunque no alta, es una mujer de talle enérgico y ceñido. Ojos color de manzanilla en una cara voluptuosa sin ser grosera. Se acomoda el opulento pelo oscuro; lleva pendientes de cristaleina. Alza la vista como buscando algo, mira el suelo, mete la cabeza en el patio y divisa a la derecha el cubículo del terapeuta. Irrumpe. Tac, pf. Cada paso inestable la aleja del farol más cercano de la calle, la acerca al resplandor del brasero y le acentúa los rasgos cortantes. Al fin se para frente al mostrador del cubículo, detrás del cliente, de cara al doctor Boti.
Un flujo de tiempo por venir se detiene en este momento. Se desenrolla toda la historia.
La aparición de la mujer no deja al terapeuta estupefacto. Tampoco consternado. Sí en cambio pálido. De golpe el doctor decae. Finge sin convicción que sigue escuchando al paciente, y por fin, mirando a la mujer de reojo, hace un gesto exagerado de agotamiento y ganas de morirse. Pero la palidez es sincera.
Levanta el mostrador abatible, aparta al cliente y sale del cubículo como si huyera. La mano con que la mujer intenta agarrarlo de la bata queda en el aire como una vocal acostada. Ella lo sigue. Levanta la voz.
Boti, estoy arrepentida; ¡estoy arrepentida; Boti!
Aunque no a paso vivo, él escapa. Bajo las estrellas ahumadas.
Claro que acá no va a llegar muy lejos. Rodea el brasero de chapa, topa con la pared, da media vuelta, contra la pared resbala de espaldas y cae sentado, mascullando. Ella corre a acuclillarse a su lado; así está menos desequilibrada. Debajo del abrigo, se ve por la abertura, la falda se le ha subido hasta los muslos. Una nena sincasa le acerca un cajón de fruta. La mujer saca una faltriquera, le da un níquel de veinte bits, se sienta en el cajón y se saca las botas. La nena retrocede unos pasos, echando la moneda al aire, recibiéndola en la palma de la otra mano. Dentro de las medias de seda azul, la mujer estira los dedos de unos pies esbeltos, largos y muy rectos para un cuerpo más bien sinuoso y breve. Quiere reclamar la atención de Boti pero no atina a tocarle la rodilla. Él habla en una voz bajísima de tentetieso desinflado.
No pensarás que voy a creerte esa idiotez, Lerena.
¿Cuál?
Nada. Ninguna. Ojalá fuera ciego.
Boti, yo no sabía que estabas tan mal; yo me siento muy arrepentida, no sé por qué.
Y por qué se te ocurre que estoy mal; esto es mi trabajo.
Boti, necesito...
No quiero verte ni en pintura, Lerena; hasta la marca de una foto tuya en la pared me da en el hígado.
Me acuerdo de cuando hacías diferencia entre la piedad y la barbarie, Boti; ¿y ahora no te dignás escuchar a una persona?
Sos peor noticia que una mancha en una camisa nueva.
Así se alarga dos o tres minutos un intercambio de reproches e invectivas, hiel y guiñapos de reconocimiento. Boti se niega a tolerar las razones de ella; las de él son violentas. Es fácil interpretar que lo que hubo entre los dos fue el desenlace desgraciado de uno de los seis o siete patrones dramáticos que puede adoptar una situación terapéutica. Si se escucha con oído paciente, del “diálogo” podría desprenderse que:
Hace un par de años, cuando Suano Botilecue atendía privadamente en el tercer piso de un edificio de cierto acomodo, esta Lerena fue a solicitar un trato terapéutico. Quería superar un mal recuerdo de su padre, un finado que aún le daba miedo, y el peso de la tendencia de su madre a competir con ella, que en cierto modo la paralizaba; estimó que lo suyo era cosa de no menos de veinte semanas, pero no más de treinta. El terapeuta no pudo tomar ni con sarcasmo la ingenuidad de que una solicitante pusiera las metas y condiciones del trato. Entrevió que Lerena no respondía al prototipo de histérica trascendental que él conocía bien por experiencia y por los breviarios de táctica psicoterapéutica. Era algo más inmanejable.
Lerena Dost, así acaba de llamarla él ahora. Cuántas cosas se deducen de este nombre.
Lerena Dost, denodada, animosa e inflexible, era una avería de lector láser en la música de su propia sensualidad. Reducía cualquier distancia humana con una sinceridad atérmica y petrificaba al otro con una mirada mientras ella misma se derretía. Después, para cuajar de nuevo en sí, no encontraba nada mejor que pedirle ayuda al petrificado; porque la inmovilidad del otro le hacía daño. Lerena era jefa de analistas de cuentas en una administradora de inversiones en lugares paisajísticos. Los millonarios del Delta Panorámico querían comprar naturaleza y ella, que vivía en una isla espaciosa, estaba haciendo carrera. El doctor Botilecue, como profesional moderno, no quiso inferir el primer día para qué lo necesitaba realmente esa mujer. En el segundo encuentro, mucho antes de lo que preveían los breviarios de terapia, Lerena le preguntó a quemarropa cuánto tardaban promedio las mujeres en cansarse de él. El doctor, experto en evasivas, le contó que, según la teoría, el terapeuta no debía mirar excesivamente por la ventana durante las sesiones. Ella le preguntó qué se veía en ese momento. ¿Usted qué se imagina?, replicó él. Como recomendaba el breviario, la cliente estaba sentada de cara a una pared celeste y de espaldas a él, que podía mirar, bien la pared por encima de los hombros de ella, bien la ventana que tenía al costado, u otra cosa si quería. Lerena se sacó la chaqueta, no acalorada pero con un fastidio práctico; llevaba una blusa de glapén arnasiano que evocaba perfumados salones de hotel que el doctor Boti no iba a conocer nunca, eso creía hasta entonces, ni le interesaban.
Siete semanas después el doctor comentó: Tengo la certeza, Lerena, de que usted no llora nunca; no me imagino la razón; ¿usted sabe?
Lerena se giró en la silla y, mientras intentaba escrutarlo, una sonrisa de encono y exposición le descompuso la cara. ¿Si sé por qué tiene la certeza?, dijo. Aunque Suano estaba mirando por la ventana, de golpe decidió encontrarle los ojos y acogerse al silencio terapéutico. Se recomendó esperar un poco para interpretarle la expresión. Pero uno deduce que por esa rendija en el protocolo surgió el calor del submundo carnal.
Tres semanas después el doctor Botilecue empezó a pedir que Lerena le contase qué soñaba. Ella le otorgó cuatro o cinco sueños, siempre con montañas rojizas, con desplazamientos en coches sin ruedas, y uno más en que se bañaba en el río espiada por una buena cantidad de muchachas iguales a ella; los contó con indiferencia y dijo que no entendía por qué podían birlinear algo. Mucho más relevante para su cura le pareció informar que ella era muy buena saltadora en largo, que saltaba siete codos treinta y había ganado una copa. Ya era tarde para arrepentirse cuando el doctor Boti se oyó replicar encantado: Qué cosa, yo corro cien metros en doce segundos veintisiete. Ella lo desdeñó: Pero si yo corro los cien en doce clavados, doctor... Él le preguntó si verdaderamente se creía una persona tan especial. Como a este comentario ella no contestó nada, lo único que quedó en el aire fue el resquemor de Boti por haber contravenido el método.
Con sólo virutas del diálogo que los dos están manteniendo ahora en el patio de la fonda Deluxin uno puede entrever más cosas e imaginarse muchas más.
Una tarde, por fin, a Boti se le escapó que la relación mental entre ellos dos desbordaba el ámbito terapéutico, mucho se lo temía. Lerena no repuso que no podía creerlo, ni que hacía mucho que estaba esperando oír eso; pero tampoco se calló la boca. Dijo que era la segunda noticia rara que le daban aquel día; a la mañana su empresa le había adjudicado una oficina-suite para todo uso personal. Se despidieron dándose la mano con una torpeza electrizada.
Dos días después el doctor Boti conocía el restaurante de un hotel de atmósfera aromática, y borracho de ese perfume y de aguagrís subía a la oficina-suite de Lerena en el décimo piso. Amanecieron pegados como un pétalo de rosa a la yema del dedo que lo ha cortado; Boti aún con hambre del cuerpo de ella, pese a la noche de sexo, y con un voraz deseo de mercancía. Todo lo que veía en ese cuarto, un butacón, un albornoz de terciopelo, le daba ganas de comprárselo, al menos de tenerlo; hasta el colchón masajeador. Lerena le aclaró que ni el sueldo de ella alcanzaba para comprarse tanto; después se despegó de él de golpe, se puso la trusa de sedosa, volvió a abrazarlo, lo restregó un poco, y se asomó a la ventana como si afuera la estuviesen vitoreando.
Dos semanas después Suano incluiría estos detalles en una desalentada defensa de su conducta ante la Corporación Terapéutica, que se había reunido a juzgarlo por mal desempeño. Eran detalles ricos, pero la ciencia no los quiso incorporar a su acervo. Para la ciencia, mucho más pernicioso que acostarse con un o una cliente era entablar una relación duradera, y Lerena ya estaba difundiendo a los cuatro vientos, y él no hizo nada por negarlo, que ella y Boti se habían enamorado. Somos pareja, decía. En mesas de congresos terapéuticos se discutió la recalcitrante suma de flaqueza profesional y desfachatez en que había incurrido Botilecue; la Corporación Terapéutica tenía que protegerse del descrédito. De modo que el jurado le pidió a Botilecue que devolviese el diploma de asesor privado y lo rasgó en seis; un inspector le estampó en la puerta del consultorio un craso sello de invalidación: un sello verde.
Si en la intimidad se siguieron amando, eso parecía, en público era más peliagudo. Lerena no había previsto que la caída profesional de su novio iba a afectarla a ella en el alma, un poco, y en el rendimiento laboral. Dos meses después sentó a Boti en un sillón para decirle que habían cometido un error; ella era desastrosamente incapaz de querer a alguien tanto como para superar el repudio social; que los problemas de él la minaban en su propiedad más valiosa, la ambición. Boti dijo que él en cambio sí, sí era capaz de querer; que con ella y un empleo estatal de terapeuta de oficio le bastaba.
Hablaba sinceramente. Porque en las ricas napas del saber terapéutico de Suano burbujeaba, tanto o más espeso que otros componentes, un intenso espíritu de riesgo; o un deseo de aventura.
Pero ella dijo que no; que era ambiciosa; más que el riesgo la tentaban las probabilidades; o sea que lo lamentaba; y punto.
Una pausa. Botilecue, psicoterapeuta al fin y al cabo con un resabio de estratega, contestó que no quería verla nunca más, ni en estampa.
Ella dijo que le parecía lógico, y que quizás esa misma tarde él podía hacer la valija.
Poco importa acá adónde va a vivir un asesor terapéutico privado que ha caído en desgracia. El Estado de isla Asunde, que se desvive por recuperar fama de protector, dispone d
