La construcción
Cuando un país es elegido para organizar el Mundial de Fútbol, esa organización implica no solo aspectos obligados como la seguridad y la oferta turística sino también la imagen que se venderá a los ojos del resto del planeta. La Argentina no fue la excepción.
En Córdoba, a comienzos de la década de 1970, ya se trabajaba sobre los planos de construcción del Estadio Olímpico, una de las dos obras más importantes realizadas en la provincia para el Mundial. La otra fue la autopista Córdoba-Villa Carlos Paz, cuya licitación fue obtenida, entre once oferentes, por las empresas Caruso SA y Vimeco SA.
“La autopista se construyó parte en terrenos donados por el Tercer Cuerpo de Ejército y parte en terrenos privados que se expropiaron a la altura del acceso a Alta Gracia, que demoraron la obra. Como el gobierno no los expropiaba a tiempo, no podíamos entrar en esos momentos”, relató Carlos Caruso, quien fue máxima autoridad de Caruso SA desde 1953 hasta 1992 (año en que la empresa de construcción pasó a llamarse Kursal SA) y que, con más de ochenta años, continúa en la gerencia. “Ya pasaron treinta años”, argumentó ante cada momento dubitativo. Pero se le encendieron los ojos acuosos cada vez que mencionó que su empresa fue parte de “la obra más importante de la provincia”.
A solo treinta metros de Kursal está instalada Vimeco, empresa de los ingenieros Carlos Pez y Osvaldo Morell Vuliez, que funciona desde 1961. “Carlos Caruso dispuso a Carlos Mijelman como su supervisor de obra. Nosotros pusimos a un hombre de apellido Luchinelli. Hubo un acuerdo entre Vialidad Nacional y el Tercer Cuerpo de Ejército y empezamos a construir desde Córdoba hacia Carlos Paz”, rememoró Pez, quien pese a también superar los 80 años sigue siendo la autoridad máxima de la empresa.
El “acuerdo” con Vialidad Nacional, contrato mediante, incluyó como compensación por la cesión de los terrenos del Ejército la construcción de “una casita” sobre el costado derecho de la ruta a Carlos Paz, metros después del puente que lleva a Malagueño. “Era algo menor, secundario. Solo en la entrada a Carlos Paz, sobre la bajada, había que hacerle frente a un millón de metros cúbicos de rocas. Con respecto a esto, la casita que nos pedían los militares no era nada. Entonces le pregunté a Luchinelli a qué se iba a dedicar, si al millón de metros cúbicos de rocas o a la casita”, señaló Pez.
“Ese lugar fue una compensación por los terrenos cedidos por el Tercer Cuerpo. Estaba dentro del contrato que firmamos en 1972”, expresó Caruso. Era, según los ingenieros, “un edificio que administraría todo el campo de la guarnición”.
“Después… que le hayan dado otro fin los militares…”, se despegó el ingeniero Pez. “La verdad es que, con todo el terreno que cedió la guarnición, fue barato. Imagínense que son treinta y pico de kilómetros a cien metros de ancho. Lo que cuesta eso”, agregó.
Según Pez, los militares no hicieron otra exigencia a cambio de los terrenos ni nunca vio por allí a Luciano Benjamín Menéndez, y no creía que el edificio hubiera sido planeado en función de su posterior uso como campo de concentración, ya que “fue construido antes de la revolución”, refiriéndose así al golpe de Estado de 1976.
La exigencia del general Alcides López Aufranc de que les construyeran un “edificio administrativo” a cambio de los terrenos tardó siete meses en concretarse, siendo entregado a mediados de 1975. Según presumen los responsables de la construcción, se lo llamó La Perla porque a esa zona rural se la conocía con el mismo nombre, que derivaba del barrio La Perla de Malagueño.
No hubo acto de inauguración: apenas era una obra minúscula subcontratada por los ingenieros mientras ellos se concentraban en unir Córdoba con Carlos Paz antes del Mundial de Fútbol.
Satisfechos con el flamante edificio, los militares se dedicaron “a revisar el campo, a poner el alambrado, a andar a caballo”. “El trabajo de La Perla era mantenimiento. Tanto es así que hicimos como una vía caballeriza. No se olviden de que en esa época era todo a caballo”, explicó Pez. Y se quejó: “Los militares supervisaban la construcción de La Perla todo el tiempo. Hinchaban un poco las guindas, con boludeces. Vieron cómo son ellos. Una vez nos llamaron porque las canillas perdían agua. Pero, la puta, llamen a un plomero…”.
Respecto de si alguna vez se había comentado algo extraño sobre La Perla, recordó: “Había movimientos, pero no sabíamos de qué se trataba”.
Prisionera 77
“El martes 23 de marzo de 1976, a las 3 de la mañana, escuché un ruido en el pasillo de casa, me asomé por la ventana y un hombre entró, empujándome. Llegaron otros, me pusieron contra la pared, rompieron una sábana y me vendaron los ojos. Yo estaba en camisón y descalza; así me llevaron. A mis hermanos les permitieron vestirse”, relató Graciela Olivella. Ya en 1974 había sufrido en carne propia los tratos inhumanos que se les propinaban a los prisioneros en el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba, el D2, que funcionaba al lado de la Catedral.
“Mis hermanos cayeron por la lógica que usaban los militares: si hay un sospechoso, seguro que eran todos; entonces se llevaban a toda la familia, por las dudas. Cuántos casos hay de personas que dormían circunstancialmente en una casa y se las llevaban igual. De hecho, a nosotros nos sorprendió que no se lo hubieran llevado al ‘Chelo’, un amigo de mi hermano que estaba en casa. A mis padres no les hicieron nada. Robaron algunas cosas de casa, relojes, anillitos, como hacían siempre. En realidad no teníamos mucho que les interesara. La mía era una familia de clase trabajadora”.
Los hermanos Olivella fueron llevados, primero, al Batallón 141, y ese mismo día, a La Perla. Graciela tenía 20 años; su hermana, 23; y su hermano, 17 recién cumplidos.
“Cuando entré en el Batallón 141, un tipo me agarró de los pelos y otro, que yo no reconocí, preguntó: ‘¿Es esta?’ ‘Sí, es esta’, le respondió el que me había tirado del pelo, ‘solo que antes tenía el cabello largo’. Y así era, ya que, cuando me detuvieron en 1974, tenía el cabello muy largo y en 1975 me lo corté. Entonces reconocí la voz de uno del D2. En el 141 ellos se presentaron como del Comando Libertadores de América. Me dejaron en una celda muy pequeña. Al lado estaba mi hermano, porque lo golpeaban y yo escuchaba su voz. Más lejos estaba mi hermana. Y, por supuesto, había otra gente. Estuve vendada todo el tiempo. No me golpearon, solo me tomaron los datos: nombre, DNI, domicilio. Ahí no me acusaron de nada, pero en 1974 me habían iniciado una causa por asociación ilícita y por violación a la Ley de Seguridad”.
Al amanecer, Graciela y sus hermanos fueron subidos junto con otras personas a un camión y tapados con frazadas.
“Cuando llegamos ese 23 a lo que después supe que era La Perla, nos bajaron del camión de mal modo. Yo iba descalza y me hicieron caminar por un trayecto lleno de abrojos. Cuando nos metieron al edificio, solo podía ver el piso. Me daba cuenta de que era un lugar que estaba vacío porque se escuchaba el eco. Ahí nos recibieron unos guardias; nos dimos cuenta de que no eran los mismos que traían gente de la calle ni los que interrogaban, eran guardias de Gendarmería. Primero me dieron una bolsa de dormir y después una colchoneta y una frazada. No hubo violencia en ese momento, ni interrogatorio. Estábamos con guardias que no golpeaban, ellos solo custodiaban y nos llevaban al baño. El 23 había algunas personas más en La Perla, aparte de mis hermanos, pero no pude hablar con nadie, porque al principio estábamos bien separados. A partir del 24 comenzó a llegar mucha gente. Me dieron un número, yo era el 77, lo que me hace pensar que tiene que haber habido gente antes… Mis hermanos tenían el 74, 75, algo así, eran números próximos. En La Perla estuve diez días; hasta el 2 de abril. Era todo muy reciente, todavía no entendíamos cómo era el sistema; después nos fuimos enterando. Cuando entramos, nos dejaron bañarnos. Ahí estábamos mi hermana, yo y otra chica que se llamaba Amanda Assadourian. Nos dejaron bañar a las tres juntas, con agua caliente, después… nunca más. A Amanda sé que la mataron, creo que habrá sido por el mes de abril. Me acuerdo de que el primer día que entramos era todo más limpio y ordenado, después había mucha suciedad. La gente no tenía la posibilidad de bañarse. Se fueron terminando las colchonetas, porque cada vez había más personas, entonces lo que hacíamos era prestarnos las colchonetas; estaba un compañero un rato, después yo otro rato y así... Los mismos guardias nos decían que compartiéramos las colchonetas. Con la comida, alguien que venía de afuera traía sobras de vaya a saber dónde. El primer día, yo no podía comer porque tenía las manos superajustadas, entonces uno de los guardias se avivó y me dejó la tira más larga. Pero eran guisos y los tenías que comer con las manos. ¡¿Quién puede imaginar que se pueden comer guisos con las manos?!”.
Graciela fue torturada. “Me llevaron para interrogarme, me quemaron con cigarrillos y me hicieron la mojarrita, que es cuando te meten la cabeza en orina y heces o te asfixian con bolsas de polietileno. Pero eso fue una sola vez, después, no sé por qué, nunca más. En un momento se me cayó la venda y vi que había como quince personas de civil y detrás un grupo de uniformados que miraban. Pero esto duró un instante, porque ahí nomás me sentaron boca abajo en la mesa en la que me tenían. Cuando me secuestraron tenía un camisón, bombacha y nada más. En un momento quedé desnuda. Cuando me interrogaron, que me hicieron el submarino, voló el camisón y después me trajeron un poncho. Estuve días y días con ese poncho. Era un espacio muy abierto, como si fuera una caballeriza, con postes y columnas, pero no pude ver mucho más. Nunca me picanearon y esa fue la única vez que me torturaron, después eran otras cosas, como golpes cuando pasaban a mi lado. Cuando me torturaban, me preguntaban nombres, pero yo no sabía ninguno porque no era militante, era simpatizante del Poder Obrero. A la única persona que conocía era a Ana Mohaded; fui a su casa varias veces. Pero el resto de los integrantes de la organización nunca supe ni cómo se llamaban, por seguridad. Con Ana éramos compañeras de la Escuela de Artes y por eso teníamos más trato. Lo que sucedía era que yo tenía ese antecedente de 1974. A esto sumale que en 1975 también me veían seguido porque ese año se intervino la Escuela de Artes, lo sacaron al director Federico Bazán; entonces, los pocos alumnos que concurríamos íbamos constantemente al Rectorado a reclamar. Mario Víctor Menso, que era el interventor de la Universidad Nacional de Córdoba en ese momento, nos hacía sacar con la Policía. En una de esas dispersiones, en la que cada uno se iba a su casa, nos enteramos de que habían secuestrado al director Bazán y a su esposa; supe que estuvieron presos en la Penitenciaría de barrio San Martín”.
El día siguiente al del secuestro de Graciela y sus hermanos tuvo lugar el golpe militar que derrocó al gobierno democrático de María Estela Martínez de Perón, y a La Perla “empezaron a traer mucha gente, de a cinco, de a diez y de a más personas por noche. Por lo general, esos movimientos eran nocturnos”. Los que ya estaban, no solo escuchaban la llegada de los nuevos, sino también su recibimiento. “Me acuerdo del abogado Eduardo Valverde. Creo que murió en la tortura. Sé que era él porque se escuchaba cuando lo interrogaban. Le hacían una única pregunta: ‘¿Cuál es tu nombre de guerra?’, y él decía: ‘Yo me llamo Valverde’. Esa pregunta una y otra vez… A veces ponían la radio, a lo mejor para que no se escuchara lo que preguntaban, pero la tortura se oía igual. Pude conversar con una chica que me dijo que se llamaba Mirtha. Me contó que era delegada del supermercado en el que trabajaba. Estaba también el marido. Después supe que era el matrimonio Caffani, del supermercado El Tiburoncito. Ellos también venían del 141, y creo que estaban desaparecidos desde hacía un mes. Los agarraron recién casados. Escuché cuando los torturaban, fue el día antes de que me interrogaran a mí. Cuando me torturaban se me cayó la venda y vi que había tirados dos cuerpos, de un hombre y de una mujer; si estaban muertos, no sé. Pienso que no. Quizás estaban agonizando. Yo no tengo seguridad de que hayan sido ellos, pero sí puedo asegurar que eran los Caffani a los que torturaban el día anterior; por eso imaginé que esos cuerpos podían ser ellos. Lo que sí sé es que los Caffani siguen desaparecidos. También me acuerdo de que había una médica, que entró el 2 de abril, cuando nosotros nos íbamos, creo que de apellido Scabuzzo. Entró con el esposo. Ella tenía 26 años en ese momento”.
El 26 de marzo de 1976 fueron secuestrados Silvina Parodi y Daniel Orozco. Silvina estaba estudiando Ciencias Económicas y había sido alumna de la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano. Daniel era mendocino y cursaba la misma carrera que Silvina en la Universidad Nacional de Córdoba. Hacía poco que se habían casado. Ella estaba embarazada de más de seis meses. Graciela la conoció en el baño “un día que me llevaron porque había pedido ducharme. Cuando entré estaban ella y un guardia. No nos pudimos ver nunca las caras porque estábamos vendadas y en esa época no nos dejaban sacar la venda. Yo le pregunté delante del guardia cómo se llamaba y me respondió: ‘Silvina Parodi’. Entonces el guardia dijo: ‘Uy, esta agua está muy fría, en cualquier momento ese chico asoma una patita’. Entonces le pregunté si estaba embarazada y me dijo que sí, que estaba de más de seis meses. Después no supe nada más de ella. Es que ya en esa época estaba lleno de gente. También hablé con un chico del barrio Marqués de Sobremonte, pero no pude preguntarle el nombre. Él tenía el número 112. Me acuerdo de que el día que nos liberaron lo llamaron a él y a otros más por sus números. Imagino que para fusilarlos. Cuando llegaba el camión llamaban por número, lo cargaban con las personas sentenciadas y salía. A mis hermanos y a mí un día nos llamaron por nuestros números. Nos ataron las manos atrás con alambre y nos pusieron una venda más gruesa. Nos dejaron parados, y en un momento yo me apoyé y sentí la rueda de un camión. Se escuchaba que el chofer hablaba con alguien; de pronto, abrió la puerta, se bajó y dijo: ‘No, estos tres se quedan’. Así fue que nos devolvieron a la cuadra; los otros fueron ‘trasladados’. Entre los que se llevaban había un señor que era judío, con su hijo de 15 años. Yo sabía que era judío porque un día estaba al lado mío y pasaron los guardias y me dijeron: ‘No hablés con este que es sionista, es judío’. Después de un tiempo, me contó el abogado Rubén Arroyo que lo conocía porque era vecino de él en Villa Rivera Indarte y que era editor de libros. Además, me dijo que tiempo antes de secuestrarlo le habían colocado una bomba en la casa. En el operativo se lo llevaron a él, a la esposa, a la hija y al hijo; a las pocas cuadras soltaron a la mujer y a la hija; y a ellos, nunca más. Entonces, por las fechas, con el doctor Arroyo nos dimos cuenta de que hablábamos de la misma persona. Luego salió en los diarios que este señor había aparecido muerto en un aljibe por Mendiolaza; del hijo no se decía nada. Con esa noticia nos dimos cuenta de la suerte que corrían quienes se subían a ese camión. Este señor judío y su hijo tenían el número 72, 73, con lo cual yo supongo que habrán venido también del 141. Nunca supimos por qué no nos llevaron para matarnos a nosotros tres”.
EL ESTIGMA DEL D2
Años antes de 1976, quienes fueron detenidos por el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba no pudieron desprenderse de esa marca. “La primera vez que estuve detenida, me incomunicaron. Mi papá recurrió a un juez y presentó un hábeas corpus. Así fue que la Policía me puso a disposición del juez. Eso me permitió salir a los diez días, mientras otros chicos quedaron en el D2 incomunicados, sin que nadie supiera dónde estaban; desaparecidos. Después, en 1976, el que le dijo al que me agarraba de los pelos: ‘Sí, es esta que antes usaba el pelo largo’, agregó: ‘Acá no te salva ningún juez’. Me dijeron esto en el 141 no bien entramos… por lo tanto, yo me pregunto: ¿cómo hacían para tener esos datos? Fui secuestrada a fines de diciembre de 1974. Íbamos caminando por la calle con ‘la Negra’ Ana Mohaded y con otro chico más que recién estaba empezando a militar. Se nos acercaron dos autos; fue suficiente para que comenzáramos a correr. Sabíamos muy bien quiénes eran. Todos estábamos enterados de que andaban en autos sin patente. A mí me llegaron a agarrar, a los chicos, no. Me tironeaban entre diez, doce personas de civil. En la calle se encontraban unas señoras con un hombre de más o menos 60 años, sentado en una reposera. Les gritó: ‘¿Qué pasa acá? ¡Esto es un secuestro, suelten a esa chica que yo soy abogado!’. Y los otros le respondieron: ‘No, ¡es una chorra, es una chorra!’. Entonces, el señor me da un tirón y me libera de los que me tenían agarrada y me dijo: ‘¡Corra, chica, corra!’. Yo corrí, pero dieron unas vueltas y volvieron a encontrarme. Pero en esta oportunidad ya no eran solo los hombres de civil en los autos sin patente, sino que también llegó un carro de asalto. Habían llamado refuerzos. Me vendaron los ojos y yo ya no sabía ni dónde estaba ni adónde me llevaban, lo que sí sé es que cuando entré en el lugar, la primera que me pegó una trompada fue Graciela ‘la Cuca’ Antón, una policía que torturaba y a la que todos le temían. Por suerte, no estaba ‘la Tía’ Pereyra; había salido de vacaciones. Esa sí que fue una suerte, porque tanto los hombres como las mujeres que estaban secuestrados decían que era temible cuando te sometía a los interrogatorios. Por la época, estaban muchos de licencia; esto fue el 23 de diciembre. El 24 ya no aparecían porque se dedicaban a festejar. Primero me llevaron a un patiecito, había un baño en ese lugar. Ahí es donde me hacen la mojarrita y me violan, todo en ese baño. Después me sacaron y me hicieron sentar en un banquito de cemento hasta que se hizo de día. Luego, me pasaron a una habitación donde estaban todas las mujeres prisioneras. Había un patiecito al lado de la habitación que tenía esas puertasventana antiguas, y al fondo se veía un baño y una celdita. En esa sala estábamos las mujeres. Ahí lo vi a Charlie Moore, que cantaba en inglés; también estaba Mónica, su esposa. A Charlie lo vi cuando lo pasaban por el patio y lo metían en una celdita. Estaban como prisioneros, pero las compañeras de celda decían que había que tener cuidado con Mónica, porque cuando pasaba Charlie ella charlaba con él, entonces sospechaban que ella le contaba todo lo que hablábamos. Yo con Mónica no conversé; cada uno se cuidaba lo más posible. Por ahí uno hablaba y había alguien en la puertita que escuchaba. Yo con Charlie tampoco hablé nunca. Estábamos vendadas, pero nos poníamos las vendas de collar, no había problema. Estábamos tiradas en el suelo, sentadas. En ese momento, habremos sido diez o doce chicas en una habitación. Ahí estuve desde la noche del 22 hasta el 31 de diciembre a la noche. Había uno al que llamaban ‘Jefe 1’; era terrible, más verdugo que el comisario Fernando Esteban. Ese nos hacía levantar a las 3 de la mañana y nos hacía parar en el patio mientras llovía. Tenía bigotes, cabello enrulado y era morocho. No sé si habrá sido ese el ‘Jefe 1’. Yo sé que el jefe de Policía era García Rey y la que los instruía a todos era ‘la Tía’. Se sabía que ella era terrible y que no se caracterizaba por ser compasiva con nadie. Para Navidad nos dieron restos del asado que ellos habían comido. Fue un día, si cabe la palabra, ‘normal’. De a ratos se acercaba el comisario Esteban a decir estupideces. Al comisario le decían ‘el Gordo’ Esteban, creo que antes había estado en Automotores; era muy conversador, muy preparado. Cuando mi padre fue a buscarme a la Jefatura, habló con él. Mi papá tenía un buen concepto de Esteban. Era un hombre que sabía de música; tocaba el piano. Al tal punto que un primo de Carrara, que era el dueño de la empresa donde trabajaba mi papá, desapareció en el mes de abril, era del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Entonces todos se movilizaron para liberarlo porque se enteraron de que estaba prisionero en Informaciones. Y el comentario de mi padre siempre era: ‘Bueno, si está en Informaciones, yo me quedo tranquilo, porque ahí está Esteban’. Hasta que a la semana apareció muerto, sin lengua y sin uñas; entonces, mi padre dejó de quedarse tranquilo… En el D2, me acuerdo de algunas compañeras: María del Valle Baraldo; Marta Sagarín; la doctora Dora Zárate de Privitera, una señora grande, delgada, más bien alta, de ojos claros. A la chica Baraldo le habían detenido al compañero también y a él se lo habían llevado a la cárcel de Villa Devoto, de Buenos Aires; creo que esta chica después se exilió en Francia. Cuando me liberaron, todas las demás quedaron prisioneras. Supe después que las trasladaron a la Cárcel del Buen Pastor, en el centro de la ciudad de Córdoba, y de ahí se escaparon María del Valle y Dora Zárate, cuando se realizó ese operativo en el que arrancaron la reja de la cárcel ayudadas desde afuera. Me enteré del caso de María del Valle porque lo leí en el libro Todos somos subversivos, de Carlos Gabetta. Cuando me liberaron, me dijeron que me excarcelaban pero que no me podía mover de Córdoba, y que si me movía tenía que ir al Juzgado para ver si me autorizaban o no. Después me olvidé de todo eso, los hechos me superaron. El juez federal que me liberó fue Humberto Vázquez”.
Este juez que dejó en libertad a Graciela fue el mismo que, más de un año después, en abril de 1976, se animó a presentarle su renuncia a Luciano Benjamín Menéndez. Humberto Vázquez quiso actuar respetando la Constitución y las leyes, pero no eran tiempos para un hombre “apasionado por la justicia”, como él mismo se definió.
Ya en libertad, la vida de Graciela a lo largo de 1975 transcurrió como la de cualquier otro ciudadano: controles en los puentes, en las calles, seguimiento de autos sin patente...
EN LIBERTAD VIGILADA
“Un día antes de liberarnos de La Perla, vino un militar y me dijo: ‘¿Vos sos de barrio Las Margaritas? Mañana te vas’. Yo le dije: ‘Encima me hacés chistes’. Me respondió: ‘En serio, mañana te vas’. Al otro día, tipo 9 de la noche, me cambiaron de lugar y me ubicaron al lado de mi hermano. Nos dijeron que íbamos a tener que esperar un rato. Nos sacaron como a las 12 de la noche. Nos llevaron a una salita, donde había una mesa amarilla, que me la acuerdo porque, como tenía molestias en los ojos, me sacaron la venda y me dijeron: ‘Mirá para allá’. Entonces yo miraba la mesita y ellos estaban todos detrás de mí. Luego nos pusieron las vendas y nos subieron a cada uno en un auto, vendados como estábamos. Además, nos hicieron las amenazas de rigor: cuando salgan de acá, no hablen de nada de lo que vieron, no hagan cosas raras. A mi hermano le decían que abandonara la música. Él en ese momento tenía un grupo de rock. Cuando nos dejaron en la esquina de casa, a mí me largaron en un charco de agua y me dijeron: ‘No mires hasta que desaparezca el auto’. A los tres nos liberaron al mismo tiempo, porque iban los tres autos juntos. Nos dejaron en la esquina de mi casa; eso no era común, porque a los que liberaban, en general, los largaban por cualquier lado y que se las arreglaran”.
Fueron liberados, pero no eran libres. En 1980 dos hombres aparecieron por su casa haciéndose pasar por agentes de Inmigración que buscaban a un chileno. Cuando los escuchó que golpeaban a la puerta, Graciela espió entre las celosías y los reconoció: “Fueron los únicos a los que pude ver en La Perla, en un baño que no era el de la cuadra, sino otro chiquito, como si fuera el que usaban ellos. Un día yo pedí ir al baño y este hombre que después volví a ver me llevó ahí. En ese momento, yo tenía los ojos muy dañados, porque me habían mojado la venda en un tarro mugriento, en el que seguro hasta meaban. La venda me molestaba, me raspaba. Entonces, intenté acomodármela, y como estaba prohibido tocársela, este guardia me preguntó qué me pasaba. Le dije que me molestaba, entonces me permitió que me la sacara y que me limpiara en el lavatorio. Al sacarme la venda, le vi la cara. Era un hombre alto, morocho, de unos 35 años, en ese momento, y con muchos lunares. Él, junto con otro más, estuvo en 1980 interrogando a los vecinos y preguntándoles por nosotros: averiguaban qué hacíamos, a qué nos dedicábamos… Con esto quiero decir que, si bien estábamos en libertad, siguieron vigilándonos”.
LA HERMANA DE GRACIELA
“Cuando a mi hermana Graciela la detuvieron en 1974, para nosotros fue un baldazo de agua fría: saber que una hermana estaba en el D2 era terrible para la familia. Sufrimos dos allanamientos, fue muy denso todo. Yo era estudiante de Medicina. La mayoría éramos militantes. Pero yo nunca iba a agarrar un arma, jamás. El 28 de marzo de 1976 yo tenía que rendir una materia, por eso, el 23 me había acostado casi vestida para levantarme muy temprano. Nos secuestró una banda de forajidos vestidos de civil, con gorras con visera y pañuelos, que entraron por la ventana de atrás de la casa. Eran como diez o doce tipos, a mí me envolvieron la cabeza con una camisa. Después supimos que habían rodeado la manzana, que hicieron un operativo como si en casa hubiéramos tenido un arsenal. Los vecinos estaban muy asustados. En lo que supongo era el Destacamento de Inteligencia, estábamos los tres hermanos en celditas contiguas. Cuando llegamos a lo que después conocimos como La Perla, nos hicieron atravesar un yuyal alto. Sentía un murmullo como que venían más personas a nuestro lado y detrás. Creí que nos mataban”.
Adriana mostró un dibujo que había hecho en los años ochenta. “Lo dibujé antes de que se me fuera de la memoria. Miren, este era el baño de La Perla. Fui a parar contra una columna. Pensé que estábamos en el Pabellón Argentina de la Ciudad Universitaria. Hasta que llegamos a un lugar donde nos dejaron tirados en colchonetas de paja. Después de que pude ubicar a mis hermanos, me puse a cantar, durante los diez días que estuve, canté. ¡Qué distinto sería todo si cantáramos más! En fin, tantas cosas podríamos hacer que nos harían bien… Creo que casi no dormí, no recuerdo haber podido dormir… A mi lado había una chica, por ella supe la cantidad de personas que había, unas doce”.
El nombre de esa chica había sido publicado por los diarios en esos días: Mirtha Ricciardi de Caffani. “Ella no me dijo el apellido, solo me dijo que se llamaba Mirtha. Ahora sé que es Ricciardi. Hacía como un mes que estaba secuestrada. Al mediodía del 24 aparecieron unos tipos diciendo que no estaba más la Isabel Perón. ‘¿Cómo que no está más la Isabel?’, les dije. ‘No, ya no está. No es más presidenta’, afirmaron. Yo los bauticé ‘French y Beruti’ porque eran los que traían las novedades. Ahí fue cuando comencé a hablar con Mirtha. Ella me puso al tanto de todo: me dijo que esos tipos eran guardias y que había gente de la Policía y de las Fuerzas Armadas. Y un poco de su historia: ‘Estoy con mi marido. Nosotros estábamos de luna de miel y nos secuestraron con todas las cosas. Yo tengo el ajuar de novia y hasta los muebles acá’. Me contó que era delegada de los supermercados El Tiburoncito, es decir, ahora no recuerdo si me dijo que ella o el marido era el delegado. Ahí fue cuando recordé que la noticia había sido publicada en La Voz del Interior. A los cinco días de este encuentro con Mirtha, no la vi más”. Hasta el día de hoy el matrimonio Caffani está desaparecido.
Adriana pudo hablar con otras personas durante su cautiverio; entre ellas, con Amanda Assadourian, a quien conoció cuando la cambiaron a la colchoneta a su lado, porque, lo admite, Adriana hablaba mucho. “El 24 de marzo de 2011, en la marcha por el aniversario del golpe, vi una foto de los Assadourian en la que estaba Amanda. En La Perla, me dijo cómo se llamaba, que estaba con su pareja, me contó que estaba embarazada. Tenía mucho miedo, lloraba bastante, y me pidió que si a ella le pasaba algo y yo era liberada, le avisara a su familia, que vivía detrás del Hospital Córdoba”.
A los diez días del secuestro, los tres hermanos Olivella fueron abandonados cerca de la casa familiar. En el camino de regreso, Adriana solo pensaba en un chocolate que había guardado arriba de la heladera de su casa, y que seguro le habrían reservado. Cuando llegó a su casa, lo primero que hizo fue correr en busca de su chocolate.
Adriana Olivella tuvo que abandonar Medicina. En la actualidad es empleada doméstica.
“Soy hijo de un represor”
Luis Alberto Quijano fue bautizado con el mismo nombre que su padre, aunque, dijo, no se parecen en nada. Guardó un secreto durante treinta y seis años, y lo sorprendente es que se haya animado a contarlo: siendo apenas un adolescente fue obligado a acompañar por las noches a los grupos de tareas que salían a patear puertas, secuestrar y matar. También debió convertirse en colaborador de los torturadores y pasar horas destruyendo la documentación que los militares levantaban en los secuestros y que le llevaban al galpón donde él trabajaba. Luis no tenía opción: su papá era Luis Alberto Quijano, uno de los jefes de Inteligencia, proveniente de Gendarmería, de quien algunos sobrevivientes señalaron su debilidad por el botín de guerra que levantaban en cada operativo.
“Yo tenía 15 años. En 1976 y parte de 1977 mi padre me obligó a trabajar en el Destacamento de Inteligencia 141 de Córdoba y me hizo participar de hechos que he denunciado ante la Justicia Federal. En cuatro oportunidades me llevó a La Perla, y en otras dos, al Campo de la Ribera. Pude ser testigo de las condiciones en las que se encontraban las personas secuestradas en esos lugares. Mi padre pidió venir a Córdoba desde Buenos Aires. En ese momento nadie quería venir, y entonces lo mandaron y lo asignaron a Ejército, pero pertenecía a Gendarmería. Lo que él quería era trabajar en Inteligencia. El coronel Oscar Bolasini, que era en ese momento el jefe del Destacamento de Inteligencia 141, dijo que tendría dos segundos jefes en el destacamento: Hermes Rodríguez y Luis Alberto Quijano. En poco tiempo mi padre desarrolló una estrecha amistad con los coroneles del destacamento, además de estar a cargo del perímetro de seguridad establecido alrededor del campo La Perla, ya que la seguridad quedó a cargo de Gendarmería”.
Luis aseguró que no sabe lo que es dormir en paz ni vivir sin estar en permanente estado de alerta. A los 17 años comenzó a sufrir un estado de paroxismo por todo lo que había visto, hecho y vivido en aquellos años. Se despertaba con convulsiones y ataques de pánico, y aún hoy no logra una noche entera de sueño normal. En diciembre de 2011 juntó valor y se acercó a la Fiscalía Federal de Córdoba, a cargo de Graciela López de Filoñuk, para contar la historia que lo carcomía desde su adolescencia. También se sentó con los autores de este libro. A diferencia de su padre, a quien definió como un hombre pequeño y de poco hablar, Luis es un cincuentón robusto y las palabras se atropellan en su boca para contar por qué decidió hacer público su secreto: “Me viene a la memoria una frase que leí hace mucho tiempo: ‘Nadie ejerce tanto poder sobre otro como un padre hacia su hijo’. A partir de los 35 años, mi mentalidad y mi espíritu sufrieron un cambio muy grande. Comencé a rechazar y a repudiar dentro de mí lo que había hecho, es decir, lo que me obligó a hacer mi padre. Yo no tenía ni la posibilidad de decidir: era menor de edad, un adolescente, pero se me hizo actuar como un adulto. En ese contexto familiar y de época, entonces, todo lo que me tocó vivir lo consideraba normal, lamentablemente, aunque rechazaba la idea de matar, de eliminar a otro por sus ideales políticos y aborrecía todo lo que fuera en contra de la humanidad. Si preguntan por qué hablo recién ahora: soy hijo de un represor, entonces, ¿me habrían creído? Mis orígenes estaban en una familia cuya cabeza pasó de ser un héroe a convertirse en un asesino, un bandido, un criminal acusado de la comisión de múltiples delitos. Me da mucha vergüenza decirlo, pero mi padre traía a casa mucho dinero y objetos de valor que robaba de las casas de los secuestrados”.
Los recuerdos de Quijano relacionados con la situación política y la postura de su padre al respecto son de cuando tenía 15 años e iba a hacer deportes al gimnasio provincial de la ciudad de Córdoba. Allí conoció a un chico brasileño que se hacía llamar “Kent”, y se lo comentó a su madre. “Era muy buen tipo, muy espiritual. Un día llegó mi padre y ofuscado me dijo: ‘Mirá esta foto, este es Kent, es del ERP. ¿Te das cuenta de que sos un pelotudo, de que te van a secuestrar? ¡Te hacés amigo de un tipo del ERP!’. Y a partir de entonces me llevó cada día a trabajar al Destacamento 141”. Allí fue asignado a manejar una máquina de picar papel para destruir documentación (títulos universitarios, pasaportes, libretas de estudiantes, cédulas de identidad), libros y panfletos requisados en las casas de los que secuestraban. “Estaban en un galpón donde yo trabajaba… y eran toneladas de papel. A mi padre lo hirieron en 1976, pero mientras él estaba convaleciente yo seguía yendo al destacamento. Yo colaboré desde 1975 hasta 1977. En 1977 a mi padre lo condecoró Menéndez y recuerdo que en ese acto dijo: ‘Los delincuentes están presos, muertos o desaparecidos’. El diploma de honor que le entregaron estaba firmado por Jorge Rafael Videla”.
En esos años Quijano no solo se limitó al manejo de la picadora de papel. “En varias oportunidades me hicieron participar de los operativos: a veces, me dejaban con el auto en marcha con una escopeta, de custodio. Incluso cuando encontraron la imprenta clandestina de barrio Güemes, me hicieron bajar y vi cómo mi padre descubría que moviendo una alacena o biblioteca estaba la puerta de entrada donde estaban las máquinas de imprimir. También me llevaron cuando secuestraron a un chico de 16 años de La Cañada, sé que después lo llevaron a La Perla. Yo no podía elegir. No tenía opción. El contexto familiar en el que me formaron hizo que creciera odiando y que formara una personalidad siempre en constante alerta. Yo me crié en el seno de una familia nazi, de ultraderecha. Estuve preparado como un soldado a los 14 años, edad desde la que se me obligó a portar armas; iba armado siempre en los vehículos en que se desplazaba mi familia; iba armado mientras mi padre me llevaba a trabajar al destacamento; permanecía armado dentro de mi casa mientras mi padre participaba en los operativos... En mi vida, el uso de armas era tan normal como la vida misma y, lamentablemente, la idea de la muerte o de quitarle la vida a otro también era normal en aquella época. Nos decían que el enemigo subversivo era algo que acechaba siempre y que podía matarnos… entonces, nosotros también estábamos preparados para matarlo. Tanta era la preparación que me impartieron que puedo afirmar que a los 14 o 15 años manejaba mucho mejor un arma que cualquier soldado conscripto. Pero algo pasaba en mí que se contraponía al contexto familiar y a todas las vivencias que experimenté en aquella época... era muy extraño, pero sentía simpatía por la Unión Soviética y admiración por el Che Guevara. A escondidas, me llevaba del destacamento libros que debía destruir como parte de mi trabajo, impresos bajo el patrocinio de la Unión Soviética, los leía y crecía en mí la admiración por ese gran país ‘enemigo de nuestra cultura occidental y cristiana’, según escuchaba en mi casa. También textos del Che Guevara; libros de matemática, de geometría… Por mi simpatía con la Unión Soviética, años después, pese a toda la reticencia y oposición de mi familia, comencé un curso de idioma ruso. Es más, me casé con una bielorrusa. Mi familia siempre me consideró un loco. Es más, hace ya varios años, cuando vi a mi padre por última vez y le dije todo lo que él había hecho, me dijo que me tomarían por loco. Y mi madre, que me declararían insano. Pero yo puedo afirmar que mi padre robaba desde dinero hasta joyas, y hasta no hace mucho tiempo había en mi casa paterna dos fuentes de plata producto de los operativos”.
Los recuerdos de Quijano son precisos, e incluyen nombres, apodos y apellidos de la patota de La Perla: “Cuando ‘el Sordo’ Acosta se quebró una pierna, salía con el yeso y un bastón porque no se quería perder los operativos. Tenía también mucho trato con ‘el Negrito’ Pereyra, hijo de ‘la Tía’ Pereyra, del D2; también con ese chico que mataron en un enfrentamiento que se llamaba Daniel Righetti, un civil adscripto, de unos 22 años, que estudiaba arquitectura. Lo conocí a Héctor Vergez, también. Mi padre tenía mucha afinidad con él y con Acosta. También lo he visto a Manzanelli; a ‘Palito’ Romero lo vi en dos o tres oportunidades. Recuerdo a ‘Texas’, Elpidio Rosario Tejeda, un hombre preparado en la Escuela de las Américas que murió en un enfrentamiento, y me acuerdo cómo lloraba desesperado ‘el Chubi’ López en su velatorio”.
Luis Alberto Quijano reafirmó que, si bien su padre pasaba inadvertido, “mató a mucha gente y tenía más poder del que aparentaba”.
“¿Nada más que doce días?”
Un ulular casi inaudible de sirenas que pronto se volvió insoportable despertó esa helada noche de junio a Ana “la Turca” Mohaded, militante de la Organización Comunista Poder Obrero (OCPO); se incorporó, caminó a tientas y se chocó contra la pared de la habitación donde estaba encerrada sola, sin mantas ni colchoneta. Hacía un año y medio que la habían secuestrado, pero allí se encontraba hacía apenas tres días, y no sabía ni dónde estaba ni qué planes tendrían para ella. Promediaba 1978 y el Mundial de Fútbol era una vidriera que ponía a la Argentina ante los ojos del planeta. Se rumoreaba que habría inspecciones sorpresa de organismos internacionales y los militares estaban nerviosos.
Las sirenas se detuvieron cerca. Se escucharon corridas y órdenes a los gritos. Pensó que venían a cumplir la advertencia que les habían hecho días antes, cuando la sacaron de los pelos de la Penitenciaría de barrio San Martín junto con otro grupo de presos políticos, que desperdigaron por varios campos de concentración: “Ustedes son ahora nuestros rehenes, nuestra garantía de que todo va a salir bien. Si algo raro ocurre durante el Mundial, los fusilamos a todos”.
“Yo pensaba qué mierda serían esas sirenas. Estuve esperando el momento en que entrarían a los gritos, pero se pasó la noche y me fui durmiendo. Al tiempo, me enteré de que había habido un incendio cerca y que las sirenas eran de bomberos. Fue así que registré que estaba en un campo, aunque no sabía dónde. Tenía alguna idea, porque en la cárcel ya había hablado con otras prisioneras que estuvieron ahí y me contaron sobre la existencia de un nuevo campo al que llamaban ‘La Perla Chica’. En ese lugar estuve con mi compañero de militancia Eduardo Porta. Escuché su voz y logramos comunicarnos con un código: cuando te llevaban al baño, decías algo en voz alta para que tu compañero oyera y supiera que estabas ahí. A mí me sacaron de ese lugar a los cuatro días, pero a Eduardo lo tuvieron como un año”.
El incendio afectó unas cuantas hectáreas del Ejército en los alrededores de la localidad de Malagueño, lugar donde en 1978 funcionó el centro clandestino conocido como La Perla Chica. Su nombre se fundamentaba en una cuestión de espacio: enfrente, apenas se cruza la autopista Córdoba-Carlos Paz, se encontraba La Perla.
AFERRARSE A LO CERCANO Y A LO LEJANO
A comienzos de 1983 Ana Mohaded se presentó en la Escuela de Cine para retomar esa carrera interrumpida el 11 de noviembre de 1976, cuando fue secuestrada, pero se encontró con que la escuela continuaba cerrada desde el golpe de Estado. No solo la universidad había cambiado: ella ya no era más la militante de 19 años que coordinó el Centro de Estudiantes hasta su secuestro. Decidió anotarse entonces en Ciencias de la Información, lo más cercano a la imagen narrativa que se le ocurrió en ese momento, aunque también le posibilitó un manejo preciso del lenguaje para definir el campo de concentración:
“La Perla te obligaba a buscar tu propia reserva y hundirte adentro, aferrarte a lo más lejano y cercano que tuvieras ahí, y aguantar lo que se pudiera. Te preservabas en ese pequeñito mundo, a pesar de estar totalmente obturado por los demás. Encerrado en tu colchoneta, en tu venda, totalmente vulnerable porque no tenías ni un instante para estar solo. Y esa permanente agresión a tu persona, a tu intimidad, vulneraba hasta la posibilidad de pensar por uno mismo. Yo me fui a Ciencias de la Información porque quería saber sobre comunicaciones interpersonales, masivas. En el campo todo estaba prohibido, las comunicaciones de masas estaban vedadas; las comunicaciones con el arte, también; la manual, también… ¡Hasta estaba vedada la posibilidad de la reflexión! La posibilidad de pensarte con vos mismo, porque en cualquier momento se acercaban y te tiraban los perros encima, te golpeaban. Además, era tal la tensión que sufrías que hasta temías que te leyeran el pensamiento. O sea, no vaya a ser que descubrieran que yo todavía pensaba en el socialismo como una necesidad, si no, se me venía la noche. Más allá de que hoy cuestione todos los modelos de socialismo existentes, en aquel momento eran muy importantes para mí, y trataba de alejar esos pensamientos, evitarlos como fuera. Me decía a mí misma: ‘Pensá en la olla de sopa que va a venir dentro de un rato, en algo que no implique una reflexión que te instale en otro mundo, del cual te van a sacar de una cachetada’”.
EL DOLOR IRRACIONAL
“Para mí, hablar de los campos es hablar no solo del dolor físico, que fue inagotable, sino del dolor físico puesto en determinada situación. Por ejemplo, cuando no existía la anestesia y te tenían que cortar una pierna o sacarte un diente, debe de haber sido un dolor terrible, ¿no? Pero uno dice: ‘Bueno, sacámelo porque es para bien, para que yo esté mejor’. Pero el de La Perla era un dolor que yo lo vivía como sin razón, y que no sabía cuándo iba a terminar, ni cuándo empezaría, ni cuál era su lógica. Entonces aparecía como algo totalmente irracional, inacabable y en un contexto en el cual no podías ver el final. No podías decir: ‘Bueno, ya mañana va a pasar’ o ‘Lo tengo que soportar porque no hay otra opción’. Esto era vivir el dolor con más dolor todavía, porque no tenía fin, porque parecía inagotable, porque se producía sin que le encontraras razón y, encima, en un marco en el cual todo prometía ser peor. Todo eso dentro de un contexto en el cual no sabías por dónde venía. No sabías por dónde venía la trompada, ni sabías cuándo llegaba. Ni tampoco podías ponerte de pie y ofrecer tu pecho para que el dolor te penetre, aunque sea reivindicando tu yo, reivindicando una muerte heroica. Nada de eso había ahí adentro; sentías una impotencia total porque no estabas vos, no eras vos, porque te habían anulado, estabas desaparecida, no existías. Para ellos, eras una nada que merecía ser ninguneada. Y nada de lo que hicieras podía parar lo que allí adentro sucedía”.
En junio de 2008, durante el primer juicio a Luciano Benjamín Menéndez, en la ciudad de Córdoba, por los asesinatos de Hilda Palacios, Humberto Brandalisis, Raúl Cardozo y Carlos Lajas, el presidente del tribunal, Jaime Díaz Gavier, le preguntó a Ana Mohaded: “¿Usted estuvo nada más que doce días en La Perla?”. La mujer lo atravesó con la mirada: “¿Nada más? ¿Le parecen poco doce días? Estuve doce extensos días y doce extensas noches. Las noches eran duras en La Perla”.
Doce días que bastaron para recordar ciertos rostros desencajados y memorizar sus nombres: Guillermo Barreiro, Carlos Díaz, Ricardo Lardone, Carlos Vega, Luis Alberto Manzanelli, Héctor Romero.
“Ni en los sonidos, ni en los sentidos, ni en el estar, ni en el no estar. Te diría que en La Ribera yo sentí que se aflojaba un poquito. Tal vez ahí hasta te podría relatar con cierta risa lo terrible de alguna situación. Como también en la cárcel nos reímos, algo que suele suceder en medio de las prohibiciones. De La Ribera te podría contar hasta dos o tres cosas que me dieron risa. Pero de La Perla no hay nada que me cause gracia. ¡Nada! Mirá que lo he escarbado de punta a punta, pero no hay caso. Sin embargo, si bien no reí, tampoco lloré. Pero no es que no lloré por fortaleza, sino porque sabía que, si me veían llorar, me masacrarían. Había que pasar inadvertida. ¡Que no me vean! Soy una nada; que no se me vea, no existo. Tiempo después, ya en la cárcel, estaba convencida de que, durante la requisa, debía esconder el brillo de los ojos porque si lo veían me lo querrían sacar. Ese brillo que era por donde se nos iba la libertad y que representaba lo que no podíamos tener en ese lugar. En La Perla era otra cosa. Yo quería desaparecer de ese sitio, que no se dieran cuenta de que estaba. Es decir, una nada, ni frío ni calor, ni sonrisa ni no sonrisa, ni sentir ni no sentir. No tengo nada, no quiero, no vivo, no como. No siento nada. Olvídense de mí. Esa era la sensación en La Perla. En un momento me dieron un pedacito de pan que estaba medio duro, lo metí en la boca y se me ocurrió no tragarlo. Preferí hacer una piecita de ajedrez para un chico que estaba tirado a mi lado, muy dolorido, y que en algún momento me había dicho que le gustaba el ajedrez. Le hice un peón. Como gesto de solidaridad, pero además como necesidad de expresión, de hacer algo que tuviera una forma, algo estético y que no me lo fueran a ver. Por esa necesidad de hacer un recorrido mental que nos sacara de allí adentro. Creo que en mí funcionó mucho el pensamiento místico, esa posibilidad de desprenderse de lo físico y poder ligarse desde otro lugar con lo puramente mental, con las creencias más profundas que se tienen arraigadas. En mi caso, tuve esa necesidad de comunicarme con los muertos, con los que yo suponía que habían pasado por la cuadra. O con mi abuelo. Me podía ligar con el mundo de los queridos muertos, incluso decirle a mi abuelo que si yo me iba para allá que me cuidara, o decirles a los otros compañeros de la Escuela de Cine, que yo sabía que habían pasado por ahí y que podían estar muertos: ‘¡Che, changos, ayúdenme! Porque yo no sé cómo la pasaron acá, pero ahora vengan y pónganse al ladito mío. Cuéntenme qué fue lo que hicieron’. Parece nada el sentido de lo que estoy hablando, pero esto es mi cabeza pensando desde algún lugar de las cosas abstractas. De las cosas de la energía; esa energía a la que, en La Perla, le pedía que se sentara a mi lado y me protegiese. Digo todo esto porque viene a contramano de la lógica racional que uno manejaba en su desempeño como universitario e, incluso, como militante político. Yo era miembro del Centro de Estudiantes y tenía un discurso sobre el mundo racional. Sin embargo, metida allá adentro se apela a lo que profunda y emocionalmente te conecta con la posibilidad de algo que te guíe en la oscuridad y te rescate de la soledad, en el límite con el dolor”.
A PASOS DEL FUSILAMIENTO
Tras sufrir doce días en la cuadra, en noviembre de 1976, llegó la orden del Tercer Cuerpo para que Mohaded fuese enviada al Campo de la Ribera. Detrás quedaron los tormentos e, incluso, un simulacro de fusilamiento: de acuerdo con los planes de Menéndez, la prisionera ya no sería fusilada y enterrada en los predios militares, sino que debía enfrentar a un Consejo de Guerra por el delito de “asociación ilícita subversiva”.
“Yo siempre digo que soy una mina con suerte por todo lo que me ha pasado: salí de La Perla con vida, tuve hijas, he tenido amigos y compañeros maravillosos, es decir, una contención afectiva importante. Entonces soy una privilegiada en este mundo, pero no desde el lugar de haber sido secuestrada, sino desde el lugar de saber que los dolores de las cárceles se viven a diario en otros contextos, porque se viven soledades, miserias, cosas terribles por los contextos de marginalidad. Por ejemplo, cuando yo cuento que el agua en la cárcel era fría, no puedo dejar de pensar que el agua actualmente es fría para miles de personas. Y si yo cuento que la comida era pobre, no puedo dejar de pensar que sigue siendo la misma comida pobre para diecinueve millones de argentinos. El campo de concentración es la anulación, el aniquilamiento, el aislamiento, la incomunicación, el aplastamiento total de la persona, no solo por la desaparición, no solo por la muerte, sino por la anulación psíquica. Porque una cosa es que te maten de frente; la muerte cobra entonces una dignidad que no se puede desconocer. Pero en el campo esa muerte iba a ser lenta y ni siquiera sería reconocida. Yo pienso en Carlos Fuentealba, a él lo mataron y de su misma muerte surgió algo, porque hubo movilizaciones y reclamos sociales para recordarlo y castigar a los culpables. En los campos funciona distinto: no es que te matan, sino que te anulan hasta la misma muerte porque podés ser aniquilado sin que nadie lo sepa y tu familia jamás encontrará tus huesitos para decirte chau. Desde dentro del campo se tiene esa sensación de que ni tu muerte calmará tu dolor. Y por cierto que esa sensación te persigue aun en la supervivencia”.
Pasó la Navidad de 1976 en un calabozo en La Ribera y el Año Nuevo en una celda de la Penitenciaría de barrio San Martín (UP1). A partir de allí comenzaría un largo itinerario por las cárceles y los centros clandestinos de Córdoba: de la UP1 al Departamento de Informaciones de la Policía (D2), de la UP1 a La Perla Chica, de la UP1 de nuevo a La Ribera (en el segundo semestre de 1978, en ocasión de la inspección de organismos internacionales de derechos humanos), de la UP1 a la cárcel del Buen Pastor y de esta a Villa Devoto, en Buenos Aires. Cada traslado implicaba capucha, golpizas y la “invitación” de los guardias para que intentara escapar con el fin de ejecutarla en fugas fraguadas.
“De la Penitenciaría me sacaron varias veces. Además, de La Perla Chica y La Ribera en un momento me llevaron al D2, que funcionaba como un campo. Pero un campo con otro estilo, muy atroz, muy terrible, con otra dinámica. Para mí, el D2 fue un lugar de permanente humillación. Eso era lo que trataban de instalar ahí, otro estilo de tortura, pero no es que voy a hablar de estilos de tortura como si se tratara de estilos estéticos. Sí había un diferente método torturante. Al D2 me llevaron en la Semana Santa de 1977, yo escuchaba las misas de Raúl Primatesta en la Catedral. Los policías iban a la misa y luego regresaban a torturarnos. Eso fue muy duro también. Iba y volvía a la cárcel. Me tuvieron de rehén en La Perla Chica, en ocasión del Mundial de Fútbol, y luego estuve en La Ribera cuando inspeccionaron el lugar los integrantes de la Cruz Roja Internacional. A comienzos de la década de 1980 quedábamos no más de dos presas políticas en la Penitenciaría de San Martín, por lo que había cuarenta celadores solo para nosotras. Entonces me llevaron a la cárcel del Buen Pastor, estuve todo 1981 aislada, sola en un sector, casi sin hablar con nadie”.
En esta cárcel finalmente le permitieron escribirle a su familia. Llevaba desaparecida cuatro años y medio. De cualquier manera, ese contacto con el mundo exterior, que significaba una garantía para continuar con vida, no la salvó de la condena a siete años de cárcel que le había impuesto el Consejo de Guerra. “El defensor que me puso el Ejército me colocó una pistola en la cabeza. ‘Para mí, ustedes tienen que estar mirando las margaritas desde abajo’, me dijo”, recordó Mohaded en su declaración en el juicio por la causa Brandalisis.
El tribunal militar la condenó en tres oportunidades: fines de 1976, 1978 y 1979. La sentencia de siete años se redujo a cinco, ya que salió en libertad de la cárcel de Villa Devoto cuando finalizaba 1982. “En enero de 1982 me llevaron a Devoto y salí en diciembre de ese mismo año, muy cerquita de la Navidad. Existen relatos emocionantes de esa cárcel, referidos a que cuando salías te golpeaban las paredes y te gritaban: ¡Chau, compañera, suerte! Todo eso te acompaña por siempre, es lo que te llevás y te queda retumbando por días y días. Todo el tun-tun de los saludos de las compañeras. Salís y no podés olvidar nunca esos saludos, esos gritos de aliento”.
“Recorrer el túnel de la muerte fue muy duro en estos días”. La metáfora de Ana Mohaded, dirigida al Tribunal Oral Federal Nº 1, fue de las frases más contundentes proferidas durante el primer juicio realizado en Córdoba por los crímenes de cuatro militantes del PRT (Raúl Osvaldo Cardozo, Humberto Horacio Brandalisis, Hilda Flora Palacios y Carlos Enrique Lajas), una fría mañana de junio de 2008. Sobre el final de su declaración, la testigo les solicitó a los jueces “un minuto de silencio en homenaje a los hombres, mujeres y niños que quedaron en La Perla”. Los magistrados concedieron y la sala enmudeció.
PALABRAS DE EDUARDO PORTA
Eduardo Porta, un compañero de militancia de Ana Mohaded, fue secuestrado el 31 de octubre de 1976, acusado de pertenecer a la organización Poder Obrero (OCPO). Sobrevivió a La Perla por el interés del general Luciano Benjamín Menéndez de llevarlo a juicio militar, legal y público, como parte de su intento de “blanquear” la represión clandestina. El Ejército lo expuso ante las camadas de oficiales jóvenes. “¿Ven? Así se visten, así se mantienen en pie, así gesticulan… es el caso de un típico subversivo”, explicaban en los institutos militares señalándolo. Cuando la represión disminuyó por la presión internacional y Menéndez fue pasado a retiro por Jorge Rafael Videla, Porta fue enviado al penal de Rawson y luego a la cárcel de Villa Devoto. Pese a estar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN), el Ejército lo mantuvo en la clandestinidad y su familia jamás se enteró de su paradero. Recuperó la libertad durante la presidencia de Raúl Alfonsín y murió años después, de un paro cardíaco. En enero de 1984 publicó en el diario La Voz del Mundo, en Buenos Aires, una carta titulada “He estado un año entero con los ojos vendados, atado y esposado”, que tal vez sea su único testimonio. Aquí algunos extractos.
“Los presos políticos hemos visto con estupor al general Luciano Benjamín Menéndez que en un programa de TV declaró que en su jurisdicción no hubo excesos represivos. Yo, que estoy privado de la libertad por una condena que dictó un tribunal militar de la jurisdicción del general Menéndez, que he transitado virtualmente por todos o casi todos los centros legales e ilegales de detención que hubo en Córdoba, no puedo resignarme al silencio. Estuve secuestrado en el campo La Perla, en el de La Ribera, en el de Malagueño, en los sótanos del Departamento de Información de la Policía Provincial, en la UP1, en el penal de Rawson y en el de Villa Devoto. A lo largo de los tres primeros años de detención fui trasladado constantemente entre estos centros legales e ilegales.
”He sido torturado bárbaramente en varias oportunidades en 1976 y 1977. He vivido un año completo (1978) con los ojos vendados, atado y esposadas las manos, y a veces también los pies, en calabozos oscuros de dos por uno, o en cuadras de tropa, en colchoncitos de paja, sin hablar, mirar ni moverme. Estuve incomunicado, sin visitas ni correspondencia de mis familiares. Carecí de noticias del mundo exterior desde mi detención, el 31/10/76, hasta el 25/5/79. Fui condenado a la pena de muerte en tres oportunidades: octubre de 1977, febrero de 1978 y febrero de 1979.
”Estos centros ilegales funcionaban en zona militar, eran custodiados por Gendarmería Nacional (Destacamento Móvil 3 y Escuela de Suboficiales con asiento en Jesús María) y constituían un circuito perfectamente articulado con la cárcel de Córdoba, cuya única legalidad consistía en que los presos eran reconocidos oficialmente, aunque sus familiares no podían verlos. Yo mismo fui sacado de la cárcel de Córdoba estando ‘legalizado’ y llevado a los chupaderos con el solo objeto de impedirme cualquier contacto con el exterior que pudiera comprometer el proyecto del general Menéndez de utilizar la pena de muerte legal y pública como escarmiento y cortina de humo respecto de la verdadera masacre que se realizaba. Mi familia jamás obtuvo respuesta sobre mi paradero, estando yo a disposición del PEN, ni fueron respondidos los hábeas corpus preventivos.
”En La Perla he visto con mis ojos torturar a un hombre con picana eléctrica y golpes de palos y gomas (tratamiento al que yo también fui sometido en una oportunidad). Lo vi agonizar durante catorce días, quemado e hinchado por la retención de líquidos ya que no podía orinar, debilitado por la imposibilidad de ingerir alimentos, privado de atención médica, con dolores espantosos en todo el cuerpo que lo llevaban a pedir continuamente que lo cambiaran de posición (no podía moverse solo). Ese hombre murió en mis brazos a las 15 del 17/11/76, asistido por otro secuestrado (médico del Hospital Rawson que también era ‘zorro gris’ de la Municipalidad de Córdoba). Era el único que trataba, como podía, de aliviar nuestros dolores desde su condición de prisionero viejo, ya que se hallaba allí desde el mes de abril de 1976. El negro se llamaba Luis Faustino Honores, tenía 39 años, había sido obrero y delegado gremial en las obras de construcción de la usina Pilar.
”Cuando salí de La Perla, lo hice en compañía de un joven llamado Claudio Soria. Nos llevaron al Campo de la Ribera. Soria iba hinchado y muy dolorido, no podía calzarse los zapatos ni orinar por el efecto de la picana. El 23 de noviembre, un médico oriundo de Cosquín, a quien obligaron a desempeñarse como ‘celador’, aconsejó a los jefes del campo que lo llevaran a un hospital, ya que presentaba síntomas de un edema renal. Soria murió en el Hospital Militar, el 24 o 25 de noviembre de 1976.
”He visto pasar a decenas, centenares de desaparecidos: jóvenes militantes populares, obreros, dirigentes políticos, gremialistas, he visto a gente anciana y adolescentes, casi niños.
”He visto a Vergara, a ‘He
