Presentación
Presentación
Las ocasiones de conocer a una persona especial y única que altere nuestras percepciones del mundo y de nosotros mismos son excepcionales. Está usted a punto de conocer a una persona así de extraordinaria. Escritora e intuitiva médica, Caroline Myss va a fascinarle, estimularle y motivarle con sus opiniones sobre la espiritualidad y la responsabilidad personal de nuestra salud. Algunos aspectos de su obra van a parecerle tan de sentido común que le extrañará no haber pensado antes en ellos. Otras de sus ideas pulsarán sus cuerdas emocionales y psíquicas y lo inducirán a reevaluar su camino espiritual.
Conocí la filosofía de Caroline hace muchos años. Su mensaje, sencillo y potente, es que cada uno de nosotros nace con una tarea espiritual consustancial, con el compromiso sagrado de aprender a utilizar su poder personal de modo responsable, sabio y amoroso. Durante miles de años la sociedad ha estado dominada por la idea de que el poder corrompe, y de que el poder absoluto corrompe absolutamente. La autoridad y el dominio, el dinero y el sexo han proporcionado los ropajes artificiales del poder. No hace mucho, por ejemplo, en un artículo sobre John F. Kennedy hijo aparecido en una revista, se decía que este joven tenía dinero y seguridad sexual más que suficientes pero nada de poder; luego pasaban a vulgarizar el poder añadiendo el engaño popular de que, en cierto modo, el joven podría comprar poder publicando una revista sobre famosos. Si su idea del poder es ésa, prepárese para la tremenda conmoción que le producirá este libro, porque Caroline Myss ofrece una visión mucho más profunda del verdadero poder, el poder del espíritu humano.
A lo largo de los siglos han existido personas dotadas de intuición y misticismo que han percibido los centros de poder del cuerpo humano. Alice Baily, Charles W. Leadbetter y Rudolf Steiner han escrito sobre este tema, pero nadie ha captado tan bien como Caroline Myss la amplitud y profundidad de nuestro marco espiritual electromagnético. Jamás se nos había revelado tan magistralmente la anatomía del espíritu. Esta obra establece los fundamentos de la medicina del siglo XXI.
La pregunta más importante que se ha hecho la gente a lo largo de la historia es: «¿Cuál es mi finalidad en la vida?» Caroline responde a ella de forma sencilla y profunda. Nuestra finalidad es vivir de modo coherente con nuestros ideales espirituales, vivir la regla de oro en cada momento de la vida y vivir los pensamientos como oración sagrada. Es así de sencillo, pero dista mucho de ser fácil.
Durante un momento, imagínese que entra en una sala llena de gente y que de inmediato percibe el grado de comodidad o agrado que siente. Imagínese además que es capaz de sintonizar con la cháchara interior del inconsciente de cada persona, que «conoce» la energía y la salud de cada una de las personas presentes en la sala. Y, lo que es aún más importante, imagínese que conoce con detalle su propia energía y todos los factores que le producen una merma de poder intelectual, físico y emocional. La sabiduría básica que le transmite este libro le ofrece los instrumentos para comenzar a ver su energía y la de los demás.
La física cuántica ha confirmado la realidad de la esencia vibratoria de la vida, que es lo que perciben estas personas intuitivas. El ADN humano vibra a una frecuencia de entre 52 y 78 gigaherzios (miles de millones de ciclos por segundo). Si bien todavía no es posible evaluar con instrumentos científicos la frecuencia concreta de una persona ni los obstáculos que impiden la circulación de esa energía, hay dos hechos básicos innegables. El primero, que la energía vital no es estática; es cinética, se mueve. Y el segundo, que las personas dotadas de esta intuición, como Caroline, son capaces de evaluarla, si bien todavía no se puede medir con exactitud ni la mente humana ni el sistema energético. La verdad es que en mis veinticinco años de trabajo con personas intuitivas de todo el mundo, no he conocido a ninguna tan clara y exacta como Caroline.
Ella capta la energía sutil del organismo de la persona y lee el lenguaje de su ser electromagnético. Una y otra vez, sus diagnósticos documentan los efectos que tiene sobre la salud la energía emocional, del pasado y del presente. Percibe las experiencias profundas y traumáticas, las creencias y actitudes que alteran la frecuencia vibratoria de las células y la integridad de nuestro sistema energético. Lee nuestros espíritus, que en último término son nuestro verdadero poder.
En este libro encontrará información detallada sobre los siete centros de poder del cuerpo. Estos centros son importantísimos reguladores de la circulación de la energía vital; representan las principales baterías biológicas de la biografía emocional. «La biografía se convierte en biología»: aunque no aprenda ninguna otra cosa de este libro, este solo hecho le será útil. También aprenderá la forma de evitar que sus afectos o apegos, o la energía negativa de otras personas, le agoten la energía; aprenderá a fortalecer su sentido de identidad y honor para que los falsos símbolos del poder, como el dinero, el sexo y la autoridad externa, no erosionen su base de poder personal, y aprenderá a desarrollar sus capacidades intuitivas.
Anatomía del espíritu nos presenta una nueva y fascinante forma ecuménica de comprender los siete centros de energía del cuerpo. Funde los conceptos de poder de las tradiciones judía, cristiana, hindú y budista en siete verdades espirituales universales, y nos explica: «La joya universal presente en las cuatro principales religiones es que lo Divino está encerrado en nuestro organismo biológico en siete fases de poder que nos acrisolan y nos hacen más trascendentes en nuestro poder personal.»
La fuerza de esta fusión del sentido metafísico de los sacramentos cristianos, la cábala y los chakras lo transformará para siempre. Conocimiento es poder, y el conocimiento que presenta este libro es la clave para el poder personal.
Este libro expone la esencia de la medicina alternativa con una claridad que lo estimulará a vivir sus ideales espirituales y lo despertará a los milagros de la autocuración. Me siento feliz de haber asistido a la larga gestación de esta obra trascendente. La riqueza que ha aportado a mi vida este conocimiento excede todos mis sueños. Deseo que la sabiduría de Caroline ilumine igualmente la suya.
Dr. C. NORMAN SHEALY[1]
Dios esté en mi cabeza y en mi entendimiento,
Dios esté en mis ojos y en mi mirada,
Dios esté en mi boca y en mis palabras,
Dios esté en mi lengua y en mi gusto,
Dios esté en mis labios y en mi saludo.
Dios esté en mi nariz y en mi olfato y mi inspiración,
Dios esté en mis oídos y en mi audición,
Dios esté en mi cuello y en mi humildad,
Dios esté en mis hombros y en mi porte,
Dios esté en mi espalda y en mi postura.
Dios esté en mis brazos y en mi dar y recibir,
Dios esté en mis manos y en mi trabajo,
Dios esté en mis piernas y en mi caminar,
Dios esté en mis pies y en mi firme conexión,
Dios esté en mis articulaciones y en mis relaciones.
Dios esté en mis entrañas y en mis sentimientos,
Dios esté en mis intestinos y en mi perdonar,
Dios esté en mi talle y en mis movimientos,
Dios esté en mis pulmones y en mi respiración,
Dios esté en mi corazón y en mis afectos.
Dios esté en mi piel y en mi tacto y mis caricias,
Dios esté en mi carne y en mis penas y suspiros,
Dios esté en mi sangre y en mi vivir,
Dios esté en mis huesos y en mi morir,
Dios esté en mi final y en mi revivir.
Texto ampliado de la oración tradicional del reverendo JIM COTTER, que aparece en su libro Prayer at Night, Cairn Publications, Sheffield, Gran Bretaña, 1988.
Prólogo. Mi transformación en intuitiva médica
Prólogo
Mi transformación en intuitiva médica
En el otoño de 1982, después de abandonar mi profesión de periodista y obtener un doctorado en teología, fundé junto con otras dos personas una editorial llamada Stillpoint. Publicábamos libros sobre métodos de curación alternativos a la medicina oficial. Sin embargo, pese a mi interés empresarial en las terapias alternativas, no tenía el menor interés personal en ellas. No sentía el más mínimo deseo de conocer a ningún sanador. Me negaba a meditar, le tomé una profunda aversión a las campanillas que suenan movidas por la brisa, a la música de la New Age y a las conversaciones sobre horticultura orgánica. Fumaba y bebía café a litros, todavía en la tónica de una osada y curtida reportera. No estaba en absoluto preparada para una experiencia mística.
No obstante, durante ese mismo otoño me fui dando cuenta poco a poco de que mi capacidad perceptiva se había expandido considerablemente. Por ejemplo, un amigo comentaba que un conocido suyo no se encontraba bien, y yo intuía de inmediato la causa del problema. Mis intuiciones eran extraordinariamente exactas y se corrió la voz por la comunidad. Muy pronto comenzaron a llamar por teléfono a la editorial personas que deseaban concertar hora conmigo para que les hiciera una evaluación de su salud. En la primavera de 1983 ya hacía lecturas a personas que sufrían diversos tipos de crisis existenciales y de salud, desde depresión hasta cáncer.
Decir que estaba perpleja sería un eufemismo. Me sentía confundida y algo asustada. No lograba imaginar cómo me llegaban esas impresiones. Era y sigue siendo como tener sueños despierta, unos sueños impersonales que comienzan a ocurrir tan pronto recibo el permiso de la persona y conozco su nombre y su edad. La impersonalidad y la objetividad de estas impresiones es importantísima, porque es lo que me indica que no son invenciones ni proyecciones mías. Es como la diferencia entre mirar un álbum de fotografías de un desconocido y uno de la propia familia. En el caso del álbum del desconocido no hay ningún tipo de lazo afectivo con nadie. Así, mis impresiones son claras, pero desprovistas de todo carácter emotivo.
Puesto que tampoco sabía el grado de exactitud de mis impresiones, pasados unos dos meses comencé a sentir un intenso temor antes de cada consulta, pues me parecía que dichas experiencias entrañaban un gran riesgo. Soporté los primeros seis meses diciéndome que emplear mi intuición médica era algo así como un juego. Me entusiasmaba acertar porque un acierto significaba al menos que mi cordura estaba intacta. Pero, incluso así, siempre me preguntaba: «¿Funcionará esta vez?» «¿Y si no recibo ninguna impresión?» «¿Y si me equivoco en algo?» «¿Y si alguien me pregunta algo que no sé contestar?» «¿Y si le digo a la persona que está sana y después me entero de que le han diagnosticado una enfermedad terminal?» Y la pregunta más importante: «¿Qué hace en esta discutible ocupación una periodista y alumna de teología dedicada a editora?»
Me sentía como si de repente, sin tener ninguna preparación, se me hubiera hecho responsable de explicar la voluntad de Dios a un montón de personas tristes y asustadas. Lo irónico era que cuantas más personas deseaban comprender mejor lo que Dios les estaba haciendo, más deseaba yo comprender lo que Dios me estaba haciendo a mí. Esa incertidumbre fue causa de años de migrañas.
Mi deseo era continuar como si mi incipiente habilidad no se diferenciara en nada de una habilidad para preparar pasteles, pero sabía que no era así. Habiendo recibido educación católica y estudiado teología, sabía muy bien que las capacidades transpersonales conducen inevitablemente al monasterio o al manicomio. En el fondo de mi alma sabía que estaba conectando con algo esencialmente sagrado, y ese conocimiento me desgarraba. Por un lado temía quedar incapacitada, como los místicos de antaño; por otro, me sentía destinada a una vida en la que sería evaluada y juzgada por creyentes y escépticos. Fuera cual fuese el futuro que imaginaba, me sentía empujada a la desgracia.
Pero de todos modos me fascinaba mi recién descubierta capacidad perceptiva, y me sentía obligada a continuar evaluando la salud de personas. Durante esa primera época, las impresiones que recibía eran principalmente sobre la salud física inmediata de la persona en cuestión y el estrés emocional o psíquico relacionado con ésta. Pero también veía la energía que rodeaba su cuerpo; la veía llena de información sobre su vida. Veía esa energía como la prolongación de su espíritu. Comencé a darme cuenta de algo que jamás me enseñaron en la escuela: que nuestro espíritu está muy, muy integrado en nuestra vida cotidiana; que encarna nuestros pensamientos y emociones y registra cada uno de ellos, desde los más mundanos hasta los más visionarios. Aunque más o menos se me había enseñado que después de la muerte el espíritu «sube» o «baja», según el grado de virtud con el que hayamos vivido, comencé a comprender que el espíritu es mucho más que eso. Participa en cada segundo de nuestra vida. Es la fuerza consciente que constituye la vida misma.
Continué realizando lecturas sobre la salud en cierta forma como si llevara puesto el piloto automático, hasta que un día me ocurrió algo que resolvió mis dudas y mi ambigüedad respecto a la habilidad que poseía. Estaba en plena sesión con una mujer que tenía cáncer. Hacía mucho calor y me sentía cansada. Estábamos sentadas frente a frente en mi pequeña oficina de Stillpoint. Acababa de terminar la evaluación y me quedé callada un momento, pensando cómo decírselo. Me asustaba decirle que el cáncer se le había extendido por todo el cuerpo. Sabía que me iba a preguntar por qué le había ocurrido esa catástrofe a ella, y me irritó la responsabilidad de tener que contestarle. Pues bien, en el instante en que abría la boca para hablar, ella estiró la mano y la colocó sobre mi pierna. «Caroline —me dijo—, sé que tengo un cáncer grave. ¿Podrías decirme por qué me ha ocurrido esto a mí?»
Mi indignación ante la odiada pregunta creció todavía más, y estaba a punto de gritarle: «¿Cómo quieres que lo sepa?», cuando de pronto me inundó una energía que jamás había experimentado antes. La sentí moverse por mi cuerpo como si quisiera desplazarme hacia un lado para poder utilizar mis cuerdas vocales. Dejé de ver a la mujer que tenía delante. Me sentí como si me hubieran reducido al tamaño de una moneda y ordenado «observar» desde el interior de mi cabeza.
Una voz habló por mi boca a la mujer: «Permíteme que te lleve a hacer un recorrido por tu vida y por cada una de las relaciones que has tenido —dijo—. Permíteme que te acompañe por todos los miedos que has sentido y que te muestre que esos miedos te han dominado durante tanto tiempo que ahora la energía vital ya no te nutre.»
Esa «presencia» acompañó a la mujer en el recorrido por todos los detalles de su vida, absolutamente por todos. Le recordó las conversaciones más insignificantes, le enumeró los momentos de inmensa soledad en que había llorado sola, le recordó todas las relaciones que habían tenido algún sentido para ella. Esa «presencia» me dejó la impresión de que todos y cada uno de los segundos de nuestra vida, y todas y cada una de las actividades mentales, emocionales, creativas, físicas e incluso de descanso con que los llenamos, son algo conocido y registrado. Cada juicio que hacemos queda registrado; cada actitud que adoptamos es una fuente de poder, positivo o negativo, del que somos responsables.
Esta experiencia me dejó pasmada. Desde mi puesto, a un lado, comencé a orar, medio por temor y medio por humildad, al verme frente al designio íntimo y último del universo. Siempre había supuesto que nuestras oraciones eran «oídas», pero jamás había sabido cómo. Ni tampoco había imaginado, con mi simple razonamiento humano, cómo algún sistema, aunque fuera divino, podía llevar la cuenta de las necesidades de todas las personas, dando prioridad a las peticiones de curación por encima, digamos, de las peticiones de ayuda económica. No estaba preparada para ese espectáculo sagrado en el que cada segundo de la vida se considera tiernamente algo de gran valor.
Mientras oraba, todavía como simple observadora, pedí que esa mujer siguiera sin percatarse de que no era yo quien le estaba hablando. Si no podía darle una razón que justificase por qué tenía cáncer, tampoco podría explicarle cómo conocía los detalles de su pasado. Tan pronto hice ese ruego, me encontré nuevamente mirándola a la cara. Mi mano estaba sobre su rodilla, imitando su gesto, aunque no recordaba haberla puesto allí, y me temblaba todo el cuerpo. Retiré la mano. Ella se limitó a decir: «Muchísimas gracias. Ahora puedo soportarlo todo.» Tras permanecer un momento en silencio, añadió: «Ni siquiera me asusta la muerte. Todo va muy bien.»
Poco después de que se marchara salí yo también, en un estado de profunda conmoción. Mientras caminaba por el hermoso prado que rodea la editorial, accedí a colaborar con esa capacidad intuitiva, fuera cual fuese el resultado.
Desde ese día de otoño de 1983, he trabajado con entusiasmo en esta actividad de intuitiva médica. Eso significa que empleo mi capacidad intuitiva para ayudar a las personas a entender la energía emocional, psíquica y espiritual que está en el origen de la enfermedad, el malestar o la crisis vital. Soy capaz de percibir el tipo de enfermedad que se ha desarrollado, muchas veces antes de que la persona sepa que tiene una enfermedad. No obstante, normalmente las personas con quienes trabajo saben que su vida no está en equilibrio y que algo va mal.
Ningún «primer acontecimiento» espectacular introdujo en mi vida esas capacidades intuitivas. Simplemente despertaron, con naturalidad, como si siempre hubieran estado allí, a la espera del momento apropiado para salir. Cuando era niña y adolescente, siempre fui intuitivamente despabilada, y al igual que les sucede a la mayoría de las personas, mis instintos viscerales me hacían reaccionar. Usted también evalúa, instintiva y a veces conscientemente, las energías de otras personas, pero por lo general conoce a la persona o al menos ha tenido algún contacto con ella antes. Lo insólito de mi intuición es que puedo evaluar a personas con las que jamás he tenido ni el más mínimo contacto. En realidad prefiero no haber tenido con ellas ningún contacto anterior, porque mirar a la cara a una persona asustada obstaculiza enormemente mi capacidad de «ver» con claridad.
Con el uso, mi intuición se ha hecho más precisa. Ahora la considero casi normal, aunque cómo funciona siempre seguirá siendo algo misterioso. Si bien puedo enseñarle hasta cierto grado la manera de ser intuitivo, la verdad es que no sé muy bien cómo lo aprendí yo. Supongo que adquirí esta enorme intuición debido a mi curiosidad por los temas espirituales, combinada con la profunda frustración que sentí al ver que mi vida no resultaba tal como la había planeado. Por otra parte, es igualmente posible que mi intuición médica fuera sencillamente la consecuencia de algo que comí. Sabiendo cómo trabajan los dioses, no me sorprendería en absoluto.
No me ha sido fácil perfeccionar mis intuiciones, ni siquiera después de haberme comprometido a colaborar en ello. No tenía ningún modelo ni maestro, aunque finalmente conté con el apoyo y la orientación de colegas médicos. Pero ahora, después de catorce años de trabajo continuado, esta habilidad me parece un sexto sentido. Para mí eso significa que es hora de que enseñe a otras personas el lenguaje de la energía y la intuición médica.
Trabajando con mis intuiciones he identificado las causas emocionales y psíquicas de la enfermedad. Indudablemente existe una fuerte conexión entre el estrés, tanto físico como emocional, y las afecciones concretas. Esta conexión ha sido bien documentada en lo que se refiere a las enfermedades cardíacas y la hipertensión, por ejemplo, y la llamada personalidad tipo A, término utilizado para referirse a personas cuyo comportamiento es muy competitivo, agresivo e impaciente, que siempre tienen prisa, lo que las hace propensas a dolencias cardíacas. Mis percepciones concretas, sin embargo, me han enseñado que el estrés o malestar emocional y espiritual es la raíz de todas las enfermedades físicas. Además, algunas crisis emocionales y espirituales tienen una correspondencia muy específica con trastornos en determinadas partes del cuerpo. Por ejemplo, las personas que acuden a mí aquejadas de una enfermedad cardíaca han tenido experiencias que las indujeron a cerrarse a la intimidad o el amor. Las personas que sufren dolores en la parte inferior de la espalda han tenido constantes problemas económicos; las personas enfermas de cáncer tienen conexiones no resueltas con el pasado, asuntos inconclusos y problemas emocionales; las personas que padecen enfermedades sanguíneas tienen conflictos muy arraigados con su familia. Cuanto más estudiaba el sistema energético humano, más comprendía que en nuestro cuerpo o en nuestra vida muy pocas cosas se generan «al azar». La conexión entre el estrés emocional y espiritual y una enfermedad concreta se entiende mejor en el contexto de la anatomía del sistema energético humano, es decir, la anatomía de nuestro espíritu, que forma el núcleo de lo que actualmente enseño a lo largo y ancho de Estados Unidos y en muchos otros países, y que es el tema principal de este libro.
Ser médicamente intuitiva me ha servido para aprender, no sólo acerca de las causas energéticas de las enfermedades, sino también de los retos que afrontamos al curarnos a nosotros mismos. Para mí fue muy importante comprender que la «curación» no siempre significa que el cuerpo físico se recupera de una enfermedad. Curación puede significar también que el espíritu de la persona se libera de miedos y pensamientos negativos, hacia sí misma u otras personas, que ha tenido durante mucho tiempo. Este tipo de liberación y curación espiritual puede producirse aunque el cuerpo físico muera.
Aprender el lenguaje del sistema energético humano es un medio para comprendernos a nosotros mismos, un medio para salir airosos de esos retos espirituales. Al estudiar la anatomía de la energía identificará las pautas o modalidades de su vida, y la profunda interrelación que existe en el funcionamiento de mente, cuerpo y espíritu. Este conocimiento propio le proporcionará placer y paz mental, y al mismo tiempo lo conducirá a la curación emocional y psíquica.
Esta introducción a la intuición médica es el resultado de catorce años de investigación sobre la anatomía y la intuición, el cuerpo y la mente, el espíritu y el poder. En estas páginas le enseñaré el lenguaje de la energía con el que trabajo. Adquiriendo un buen conocimiento de la anatomía de la energía, se dará cuenta también de que su cuerpo es la manifestación de su espíritu. Podrá leer su cuerpo como si fuera un escrito. Entender el idioma de que la energía capacita a la persona para ver el espíritu en su cuerpo y para comprender qué genera y fortalece esa energía, a la vez que la hace resistente a ella. El idioma de la energía le dará una nueva visión, una nueva perspectiva de su poder personal. También descubrirá qué debilita su espíritu y su pod
