1914. Argentina y la Primera Guerra Mundial

Alejandro C. Tarruella

Fragmento

Índice

Índice

Portada

Dedicatoria

INTRODUCCIÓN. El canibalismo occidental

Matar por matar

Cambio de bandera

Diario de guerra

Notas

CAPÍTULO I. 1914, el año que cambió el mundo

Tiempos de tormenta

La “Mataduques”

Noticias de ayer

Las palabras del sir

El bastón del señor Livingston

La banda de los pescadores

Debilidad racional

La buena ciencia

CAPÍTULO II. La democracia occidental llega a la Argentina

El encuentro tan mentado

Del Parque a la banca

La política se pacifica

Solo quedaba Roca

Notas

CAPÍTULO III. La neutralidad nuestra de cada guerra

El primer neutral

Un francés con acento argentino

Atrapado

Hundido, parte I

Hundido, parte II

Los telegramas del conde

El Congreso que nunca fue

Notas

CAPÍTULO IV. La Gran Guerra en diferentes idiomas

“La Marsellesa”, un clásico argentino

La ñata contra el vidrio

El largo regreso a casa

Un ejemplo para la tropa

El reptil lupanar

El rastreador de estrellas

Addio, mia bella, addio

La pelota también se mancha

Notas

CAPÍTULO V. La política en las trincheras

La paz aliada

Nacionalistas del mundo, uníos

Un quetzal de los trópicos

El vicio burgués

Yrigoyen en la trinchera

Un debate en rojo y negro

Los ecos de Octubre

Notas

CAPÍTULO VI. El coloso que asoma

El sobrino del Tío Sam

Un país adoctrinado

Espectadores de la Gran Guerra

Jesús con etiqueta

A dieciocho minutos del fondo

El almirante en las calles porteñas

El funcionario funcional

Teléfonos y telegramas

Notas

CAPÍTULO VII. Luces y sombras en la ciudad

Sombras y algo más

Noches sin luces ni trenes

La solución de Comodoro Rivadavia

Lo que queda del día

Centenario ensangrentado

Editores daneses

La ciudad aliada

Notas

CAPÍTULO VIII. La palabra en el campo de batalla

Cuervos y moscas en Europa

Italia en los labios

Neutral, nacional y popular

El coronel en su laberinto

Un país entre dos fuegos

Luz de agosto

Bajo el retrato del Káiser

Notas

CAPÍTULO IX. Cereales, carne, carbón y el cambio que no fue

El deseo tan temido

¿Dónde hay un mango, Victorino?

De carne somos

La base no está

La familia unida

Sin carbón y sin papel

Erradicar al enemigo

El triángulo de los negocios

Notas

EPÍLOGO. La caída del dios occidental

La civilización bárbara

El arte y los despojos

La Argentina y la Gran Guerra

Civilización y barbarie

Notas

Agradecimientos

Bibliografía

Libros, ponencias y artículos

Colecciones de periódicos

Sobre el autor

Créditos

Aguilar

A Abel, mi hermano.

INTRODUCCIÓN

El canibalismo occidental

Luego la familia pudo pasar a un tercer país neutral, que era España, y ahí se quedó desde 1914 hasta 1918, en que finalizó la guerra, porque no se podía volver a la Argentina. En aquella época, por supuesto, no había aviones para pasajeros, no se podía viajar en barcos porque los submarinos alemanes los hundían a todos. Tuvimos que quedarnos en Barcelona, y mis primeros confusos recuerdos de niño, muy pequeño, son recuerdos de Barcelona. A los 4 años volví a la Argentina, me olvidé del francés, que era el idioma que yo había hablado en ese tiempo, y me convertí en lo que soy: un argentino.

JULIO CORTÁZAR, reportaje de Orlando Castellanos en Radio Habana, Cuba, 1978

MATAR POR MATAR

En 1914, el antropólogo Bronislaw Malinowski desarrollaba su primera investigación en las islas Trobriand, archipiélago de la actual Papúa-Nueva Guinea, cuando lo sorprendió el estallido de la Gran Guerra. Había nacido en Cracovia, que entonces era parte del Imperio Austrohúngaro, mientras que las islas Trobriand pertenecían al Imperio Británico. Ambas potencias estaban en bandos enfrentados, por lo que Malinowski debió permanecer hasta el final del conflicto en situación de “internado”, conviviendo con diversos grupos tribales, algunos de ellos caníbales.

Un anciano, miembro de uno de estos grupos, enterado de la guerra y de las matanzas en Europa, le preguntó qué hacían los blancos con tanta carne. El antropólogo le contestó que los europeos no comían carne humana. El anciano, perplejo, concluyó:

—¿Entonces matan por matar?

Bronislaw Malinowski (1884-1942) fue uno de los grandes renovadores de la antropología social. Uno de sus grandes aportes fue recurrir en sus investigaciones al trabajo de campo, metodología que lo llevaba a convivir durante un tiempo con las sociedades estudiadas, algo completamente novedoso en su tiempo.

La anécdota, que rescata el antropólogo Eduardo Menéndez,1 permite enlazar dos miradas culturales distantes. La confusión del anciano expone su desconocimiento de las ambiciones capitalistas que mueven ejércitos, fomentan altísimos presupuestos y perfeccionan la ciencia para asesinar con mayor eficacia. Ese diálogo contraponía dos culturas, a la vez que demostraba el alcance de la Gran Guerra, a pesar de los escasos medios de comunicación de esos años.

En la Argentina, la que hoy se conoce como Primera Guerra Mundial, y entonces se llamó “la Gran Guerra”, impactó pero no conmovió. Existía una relación cotidiana con la civilización occidental. La admiración de las clases dirigentes por la cultura francesa, el desarrollo económico británico y el militarismo alemán, sostenía un vínculo con esa parte de Occidente. Si bien pocos podían vaticinar la magnitud de la guerra que se desató el 28 de julio de 1914, todos sabían por qué se mataba.

La intensa inmigración que llegó al país desde las últimas décadas del siglo XIX estableció un diálogo con Europa. La Argentina incluía en su territorio comunidades provenientes de todas las regiones europeas, en diferentes porcentajes. Desde italianos, segunda colectividad en importancia en el país, hasta ucranianos, húngaros y turcos, en menor proporción. En nuestro país posiblemente había alguien oriundo de cada rincón donde se cavaban trincheras.

La ciudad de Buenos Aires, durante los primeros años del siglo XX, se empeñó en imitar la estética francesa. El Teatro Colón, inaugurado en 1908, fue el ícono cultural. Se le sumaban las grandes tiendas, al estilo parisino o londinense, los palacetes y petit hôtels de las familias más ricas, además de las avenidas, los paseos y cafés que ornamentaban una ciudad al mejor estilo occidental. Como dijo Jorge Luis Borges, “Buenos Aires es la ciudad más europea del mundo”.

Para muchos argentinos, Europa no solo era el modelo sino también la Meca a la cual peregrinar. A Borges, justamente, le tocó contemplar la guerra, apenas arribó al Viejo Continente con su familia. Cuando estalló el conflicto se establecieron en Suiza, uno de los pocos países neutrales. En Ginebra, el joven Borges estudió en el Liceo Jean Calvin, donde incorporó el conocimiento de los autores occidentales que tanto ponderó durante su trayectoria. Por su parte, Julio Cortázar nació en Bruselas, en los días en que Alemania invadía a Bélgica. A Leopoldo Lugones lo sorprendió la guerra, a semanas de regresar al país.

Esos vínculos permiten entender a las multitudes que se agolpaban en las pizarras de los diarios de las grandes ciudades del país, esperando noticias de Europa. Una postal urbana que se mantuvo durante los cuatro años de la Gran Guerra.

CAMBIO DE BANDERA

La admiración de la elite política tenía su correlato en la dependencia económica respecto de las potencias europeas. El modelo agroexportador había ajustado las estructuras, aprovechando las riquezas naturales del país, para conceder a esas potencias el mando en las relaciones económicas. La Argentina era un país dependiente a largo plazo, con relaciones privilegiadas con Gran Bretaña.

La G

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