Índice
Portada
Dedicatoria
INTRODUCCIÓN. El canibalismo occidental
Matar por matar
Cambio de bandera
Diario de guerra
Notas
CAPÍTULO I. 1914, el año que cambió el mundo
Tiempos de tormenta
La “Mataduques”
Noticias de ayer
Las palabras del sir
El bastón del señor Livingston
La banda de los pescadores
Debilidad racional
La buena ciencia
CAPÍTULO II. La democracia occidental llega a la Argentina
El encuentro tan mentado
Del Parque a la banca
La política se pacifica
Solo quedaba Roca
Notas
CAPÍTULO III. La neutralidad nuestra de cada guerra
El primer neutral
Un francés con acento argentino
Atrapado
Hundido, parte I
Hundido, parte II
Los telegramas del conde
El Congreso que nunca fue
Notas
CAPÍTULO IV. La Gran Guerra en diferentes idiomas
“La Marsellesa”, un clásico argentino
La ñata contra el vidrio
El largo regreso a casa
Un ejemplo para la tropa
El reptil lupanar
El rastreador de estrellas
Addio, mia bella, addio
La pelota también se mancha
Notas
CAPÍTULO V. La política en las trincheras
La paz aliada
Nacionalistas del mundo, uníos
Un quetzal de los trópicos
El vicio burgués
Yrigoyen en la trinchera
Un debate en rojo y negro
Los ecos de Octubre
Notas
CAPÍTULO VI. El coloso que asoma
El sobrino del Tío Sam
Un país adoctrinado
Espectadores de la Gran Guerra
Jesús con etiqueta
A dieciocho minutos del fondo
El almirante en las calles porteñas
El funcionario funcional
Teléfonos y telegramas
Notas
CAPÍTULO VII. Luces y sombras en la ciudad
Sombras y algo más
Noches sin luces ni trenes
La solución de Comodoro Rivadavia
Lo que queda del día
Centenario ensangrentado
Editores daneses
La ciudad aliada
Notas
CAPÍTULO VIII. La palabra en el campo de batalla
Cuervos y moscas en Europa
Italia en los labios
Neutral, nacional y popular
El coronel en su laberinto
Un país entre dos fuegos
Luz de agosto
Bajo el retrato del Káiser
Notas
CAPÍTULO IX. Cereales, carne, carbón y el cambio que no fue
El deseo tan temido
¿Dónde hay un mango, Victorino?
De carne somos
La base no está
La familia unida
Sin carbón y sin papel
Erradicar al enemigo
El triángulo de los negocios
Notas
EPÍLOGO. La caída del dios occidental
La civilización bárbara
El arte y los despojos
La Argentina y la Gran Guerra
Civilización y barbarie
Notas
Agradecimientos
Bibliografía
Libros, ponencias y artículos
Colecciones de periódicos
Sobre el autor
Créditos
Aguilar
A Abel, mi hermano.
INTRODUCCIÓN
El canibalismo occidental
Luego la familia pudo pasar a un tercer país neutral, que era España, y ahí se quedó desde 1914 hasta 1918, en que finalizó la guerra, porque no se podía volver a la Argentina. En aquella época, por supuesto, no había aviones para pasajeros, no se podía viajar en barcos porque los submarinos alemanes los hundían a todos. Tuvimos que quedarnos en Barcelona, y mis primeros confusos recuerdos de niño, muy pequeño, son recuerdos de Barcelona. A los 4 años volví a la Argentina, me olvidé del francés, que era el idioma que yo había hablado en ese tiempo, y me convertí en lo que soy: un argentino.
JULIO CORTÁZAR, reportaje de Orlando Castellanos en Radio Habana, Cuba, 1978
MATAR POR MATAR
En 1914, el antropólogo Bronislaw Malinowski desarrollaba su primera investigación en las islas Trobriand, archipiélago de la actual Papúa-Nueva Guinea, cuando lo sorprendió el estallido de la Gran Guerra. Había nacido en Cracovia, que entonces era parte del Imperio Austrohúngaro, mientras que las islas Trobriand pertenecían al Imperio Británico. Ambas potencias estaban en bandos enfrentados, por lo que Malinowski debió permanecer hasta el final del conflicto en situación de “internado”, conviviendo con diversos grupos tribales, algunos de ellos caníbales.
Un anciano, miembro de uno de estos grupos, enterado de la guerra y de las matanzas en Europa, le preguntó qué hacían los blancos con tanta carne. El antropólogo le contestó que los europeos no comían carne humana. El anciano, perplejo, concluyó:
—¿Entonces matan por matar?
Bronislaw Malinowski (1884-1942) fue uno de los grandes renovadores de la antropología social. Uno de sus grandes aportes fue recurrir en sus investigaciones al trabajo de campo, metodología que lo llevaba a convivir durante un tiempo con las sociedades estudiadas, algo completamente novedoso en su tiempo.
La anécdota, que rescata el antropólogo Eduardo Menéndez,1 permite enlazar dos miradas culturales distantes. La confusión del anciano expone su desconocimiento de las ambiciones capitalistas que mueven ejércitos, fomentan altísimos presupuestos y perfeccionan la ciencia para asesinar con mayor eficacia. Ese diálogo contraponía dos culturas, a la vez que demostraba el alcance de la Gran Guerra, a pesar de los escasos medios de comunicación de esos años.
En la Argentina, la que hoy se conoce como Primera Guerra Mundial, y entonces se llamó “la Gran Guerra”, impactó pero no conmovió. Existía una relación cotidiana con la civilización occidental. La admiración de las clases dirigentes por la cultura francesa, el desarrollo económico británico y el militarismo alemán, sostenía un vínculo con esa parte de Occidente. Si bien pocos podían vaticinar la magnitud de la guerra que se desató el 28 de julio de 1914, todos sabían por qué se mataba.
La intensa inmigración que llegó al país desde las últimas décadas del siglo XIX estableció un diálogo con Europa. La Argentina incluía en su territorio comunidades provenientes de todas las regiones europeas, en diferentes porcentajes. Desde italianos, segunda colectividad en importancia en el país, hasta ucranianos, húngaros y turcos, en menor proporción. En nuestro país posiblemente había alguien oriundo de cada rincón donde se cavaban trincheras.
La ciudad de Buenos Aires, durante los primeros años del siglo XX, se empeñó en imitar la estética francesa. El Teatro Colón, inaugurado en 1908, fue el ícono cultural. Se le sumaban las grandes tiendas, al estilo parisino o londinense, los palacetes y petit hôtels de las familias más ricas, además de las avenidas, los paseos y cafés que ornamentaban una ciudad al mejor estilo occidental. Como dijo Jorge Luis Borges, “Buenos Aires es la ciudad más europea del mundo”.
Para muchos argentinos, Europa no solo era el modelo sino también la Meca a la cual peregrinar. A Borges, justamente, le tocó contemplar la guerra, apenas arribó al Viejo Continente con su familia. Cuando estalló el conflicto se establecieron en Suiza, uno de los pocos países neutrales. En Ginebra, el joven Borges estudió en el Liceo Jean Calvin, donde incorporó el conocimiento de los autores occidentales que tanto ponderó durante su trayectoria. Por su parte, Julio Cortázar nació en Bruselas, en los días en que Alemania invadía a Bélgica. A Leopoldo Lugones lo sorprendió la guerra, a semanas de regresar al país.
Esos vínculos permiten entender a las multitudes que se agolpaban en las pizarras de los diarios de las grandes ciudades del país, esperando noticias de Europa. Una postal urbana que se mantuvo durante los cuatro años de la Gran Guerra.
CAMBIO DE BANDERA
La admiración de la elite política tenía su correlato en la dependencia económica respecto de las potencias europeas. El modelo agroexportador había ajustado las estructuras, aprovechando las riquezas naturales del país, para conceder a esas potencias el mando en las relaciones económicas. La Argentina era un país dependiente a largo plazo, con relaciones privilegiadas con Gran Bretaña.
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