Barrayar (Las aventuras de Miles Vorkosigan 2)

Lois McMaster Bujold

Fragmento

Presentación para la edición original en NOVA

Presentación

para la edición original en NOVA

Con BARRAYAR, Lois McMaster Bujold ha conseguido su tercer premio Hugo consecutivo, un palmarés que sólo iguala Orson Scott Card en toda la historia de la ciencia ficción. Como es sabido, el premio Hugo es el más prestigioso del género y se elige por votación popular, en ésta pueden intervenir los participantes en la convención mundial de la ciencia ficción (worldcon) que se celebra cada año, así como varios millares de aficionados. Por ello, la obtención del premio supone el reconocimiento indiscutible del éxito y la popularidad de una novela de ciencia ficción.

Pero Lois McMaster Bujold ha obtenido también, y en dos ocasiones, el premio Nebula, votado anualmente por los miembros de la SFWA (Science Fiction Writers of America asociación de los escritores norteamericanos de ciencia ficción). En este caso, la especialización del casi millar de votantes potenciales (escritores, críticos y editores especializados en los géneros de la ciencia ficción y la fantasía) supone un reconocimiento adicional que suele premiar no tanto la popularidad como los valores literarios y narrativos que los profesionales del género han encontrado en las novelas o relatos candidatos. Resulta curioso constatar que, en el caso de la autora que hoy nos ocupa, el reconocimiento de los premios Nebula por parte de los profesionales ha precedido al reconocimiento popular que supone el premio Hugo.

Otra muestra de respaldo a la obra de Lois McMaster Bujold procede de los lectores de algunas de las más famosas revistas especializadas norteamericanas, como Locus y Analog, que han decidido premiar con sus votos y su aprobación la obra de esta autora que está dejando una huella decisiva en la ciencia ficción de principios de los noventa.

Por todo ello, no es una exageración decir que Lois McMaster Bujold es ya una autora destacada en la moderna ciencia ficción norteamericana. Con ocho libros, publicados entre 1986 y 1991, ha obtenido nada menos que tres premios Hugo y dos premios Nebula y, además, el aplauso de los lectores de Locus y Analog.

Las narraciones de esos ocho libros de Lois McMaster Bujold están ambientadas en un mismo universo coherente, en el que se dan cita tanto los quadrúmanos de EN CAÍDA LIBRE (premiada con el Nebula en 1988 y finalista del Hugo de 1989) como los planetas y los sistemas estelares que presencian las aventuras de Miles Vorkosigan, su héroe más característico. En el APÉNDICE de este volumen se incluye un esquema argumental del conjunto de los libros de ciencia ficción de Bujold aparecidos hasta hoy, ordenados según la cronología interna de la serie. De hecho, el orden real de su publicación en inglés ha sido el siguiente:

Shards of Honor (junio de 1986)

The Warrior’s Apprentice (agosto de 1986)

EL APRENDIZ DE GUERRERO, NOVA ciencia ficción número 33

Ethan of Athos (diciembre de 1986)

Falling Free (abril de 1988), premio Nebula 1988

EN CAÍDA LIBRE, NOVA ciencia ficción número 24

Brothers in Arms (enero de 1989)

Borders of Infinity (octubre de 1989), premios Nebula 1989 y Hugo 1990 por «Las montañas de la aflicción» y premio Analog 1989 por «Laberinto», ambas novelas cortas incluidas en el libro.

FRONTERAS DEL INFINITO, NOVA ciencia ficción número 44

The Vor Game (septiembre de 1990), premio Hugo 1991

EL JUEGO DE LOS VOR, NOVA ciencia ficción número 57

Barrayar (octubre de 1991), premios Hugo y Locus 1992

BARRAYAR, NOVA ciencia ficción número 60

Como ya indicaba en la presentación de EL JUEGO DE LOS VOR, Bujold, con sus tres novelas de 1986, tanteó al principio diversos personajes posibles: los padres de Miles en SHARDS OF HONOR, el mismo Miles en EL APRENDIZ DE GUERRERO y la comandante Elli Quinn en ETHAN OF ATHOS. El impresionante éxito popular de EL APRENDIZ DE GUERRERO, junto al atractivo de un personaje como Miles Vorkosigan, ha llevado a que sea éste quien se haya convertido en el protagonista central y en el personaje emblemático de una de las mejores y más amenas series de la moderna space opera, un subgénero esencial en la ciencia ficción. Pero Bujold ha continuado narrando las aventuras de los padres de Miles en la más reciente de sus novelas de ciencia ficción: BARRAYAR (1991). Ello le ha valido de nuevo la alabanza y el favor del público lector.

Debo confesar que EL APRENDIZ DE GUERRERO me divirtió y sorprendió enormemente. Pero la continuidad del éxito de la serie de Miles Vorkosigan me ha llevado a preguntarme por las claves de ese éxito sin par. En las novelas protagonizadas por Miles, la estructura es siempre sencilla y la narración simplemente amena. El lector sólo conoce la acción desde el punto de vista de Miles, puede seguir el hilo de sus razonamientos, su percepción de los hechos y, sobre todo, la ironía con que se juzga a sí mismo y los líos en que se mete. Tal vez ésa sea la clave. El lector acaba identificándose con un protagonista inteligentísimo y astuto, y ése es un mecanismo siempre agradecido y seguro. Debe serlo aún más (si se me permite un poco de psicologismo barato) cuando el problema de la minusvalía física de Miles impulsa a nuestro inconsciente a sentirnos incluso superiores a él. Un personaje que es todo un hallazgo y para el que Bujold prepara continuamente acciones y aventuras que permiten una doble lectura y, siempre, satisfacen al lector. ¿Qué más se puede pedir?

Pero eso no es todo. Las novelas en que no interviene directamente Miles (EN CAÍDA LIBRE, Shards of Honor, Ethan of Athos o BARRAYAR) siguen manteniendo su encanto y recogiendo premios. Miles Vorkosigan es una baza segura, pero hay algo más en la escritura de Bujold: una maravillosa habilidad para entretener e interesar al lector.

En el caso concreto de BARRAYAR, el libro que hoy presentamos, la protagonista central es Cordelia Naismith, la madre de Miles. Recién llegada a Barrayar, desposada con Aral Vorkosigan —nombrado regente del imperio— Cordelia ofrece un punto de vista ajeno y desconcertado ante la estructurada y compleja política cortesana de Barrayar. Con ello, Lois McMaster Bujold introduce nuevos elementos, entre los que destaca el punto de vista femenino de su nueva protagonista, mucho más acentuado aquí que el de la comandante Elli Quinne en Ethan of Athos (pese a ser esta última obra una de las más apreciadas por la propia autora).

Otro factor adicional que enriquece BARRAYAR es el contrapunto que ofrece la visión de Cordelia al haber sido educada en Beta, sociedad ésta que, a nuestros ojos, resulta más moderna y menos rígida que la de Barrayar. Cordelia practica lo que los sociólogos llaman «observación participante» y nos cuenta, con cierto distanciamiento, cómo es la sociedad de Barrayar. Asistimos a su perplejidad (que es la nuestra) y a su paulatina comprensión del nuevo entorno al que ha llegado por amor. De nuevo, el punto de vista de un único personaje inteligente es el anzuelo en el que queda prendido el lector que, prácticamente, conoce tan sólo lo que Cordelia sabe y entiende.

Debo reconocer que he leído con satisfacción todas las novelas de Lois McMaster Bujold y sigo sorprendido por el poco aprecio que por ella sienten algunos críticos a los que, por otra parte, respeto. En la presentación de EL JUEGO DE LOS VOR ya indicaba la posición de Ian Watson y la respuesta que obtuvo de la propia Lois McMaster Bujold. Pese a todo, sigo preocupado en buscar las claves del éxito popular de esta autora.

Una arriesgada explicación que se me ocurre relaciona el éxito de la narrativa de Lois McMaster Bujold con el interés popular por las películas de un actor como Harrison Ford. De Ford se ha dicho que viene a mostrar la reacción de la persona ordinaria ante hechos a los que, en cierta forma, llega siempre de manera involuntaria, pero ante los que sabe reaccionar con habilidad. Algo parecido ocurre con personajes de Lois McMaster Bujold como Miles Vorkosigan, Cordelia Naismith o el ingeniero Leo Graf de EN CAÍDA LIBRE. El lector conoce el contexto, la situación y las acciones a partir del punto de vista de un único personaje del cual conocemos su pensamiento pero, sobre todo, sus dudas. En cierta forma, como el Ford protagonista de algunas de sus más recientes películas (Juego de patriotas por ejemplo, pero también la serie de un Indiana Jones que se «encuentra sin querer» con los problemas), los personajes de Lois McMaster Bujold se hallan de repente metidos en un problema que, en principio, no han buscado y que han intentado evitar. Reaccionan ante ese problema como lo haría una persona inteligente, en función de las habilidades que les son propias y que la autora, previamente, ha hecho claramente patentes al lector. En una sociedad en la que Harrison Ford tenga éxito como actor, indefectiblemente han de tener éxito los personajes y la estructura narrativa a la que recurre Lois McMaster Bujold. Así de sencillo.

No quiero terminar esta presentación sin mencionar otro punto que me parece de gran interés en BARRAYAR. A menudo se ha acusado a Lois McMaster Bujold de escribir una ciencia ficción «militar» centrada en una space opera protagonizada por militares. La misma autora, en una reciente entrevista concedida a la revista QUANTUM, acepta esa etiqueta pero dejando claro que, para ella, un militar es ante todo un ser humano, y proclamando claramente que la complejidad de una personalidad humana no puede reducirse a su oficio. En general, se tiene la idea de que la space opera «militar» suele tener un origen ideológico más bien orientado a la derecha del espectro político. Pero ello no parece ser así en el caso de Bujold, o al menos no lo es cuando los problemas de las mujeres entran en juego.

Evidentemente, Cordelia se plantea la posibilidad del aborto al enterarse de que ha sido objeto de un envenenamiento y de las consecuencias que éste va a tener en su hijo. No es difícil imaginar que Cordelia dejará nacer a su hijo (en realidad hemos leído ya varias narraciones protagonizadas por Miles...) pero, aunque la protagonista no aborte, ésa es una decisión conscientemente asumida y decidida, en este caso incluso en contra de lo que exige la cultura de Barrayar. Lois McMaster Bujold defiende con firmeza un punto de vista que debería resultar para todos evidente: la mujer embarazada es la única que puede decidir sobre este tema. Y la firmeza se hace patente al indicar que Aral Vorkosigan, esposo de Cordelia y padre de Miles, alienta, entiende y respeta esa decisión. No por el hecho de que la decisión sea una u otra (abortar o no), sino porque ésta existe, es competencia exclusiva de Cordelia y, sea cual sea la que tome, va a encontrar en su compañero el respaldo y la ayuda necesarios para llevarla a cabo, aunque se oponga a todas las tradiciones de Barrayar. Con ello, Aral demuestra que es un digno compañero para una personalidad como Cordelia y, ambos, unos dignos padres para Miles Vorkosigan.

Una última precisión: BARRAYAR continúa en cierta forma los hechos narrados en Shards of Honor, pero no es necesario haber leído Shards of Honor para apreciar BARRAYAR. La autora incluye en esta última novela todas las referencias necesarias para que BARRAYAR sea una narración independiente. Mi deseo hubiera sido publicar previamente Shards of Honor (y también Ethan of Athos y Brothers in Arms) pero no puedo dedicar «toda» la colección NOVA ciencia ficción a una única autora, por más que me resulten amenas e interesantes sus novelas. Espero que pronto sea posible incluir las restantes novelas de Bujold en la colección pero, de momento, me he de limitar a una por año. ¿Alguna sugerencia sobre cuál debe ser la siguiente que aparezca en NOVA ciencia ficción? Yo me inclino por Ethan of Athos, pero atenderé, en la medida de lo posible, las sugerencias que reciba. En cualquier caso, puedo asegurar que pronto publicaremos de nuevo a Lois McMaster Bujold. Cuando lean BARRAYAR comprenderán por qué.

MIQUEL BARCELÓ,

A Anne y Paul

Capítulo 1

1

Tengo miedo. La mano de Cordelia apartó la cortina de la sala, en el tercer piso de la Residencia Vorkosigan. Sus ojos se posaron sobre la calle bañada por el sol. Un gran vehículo plateado se acercaba por la calzada que desembocaba en el pórtico principal, pasó ante la reja de seguridad y los arbustos importados de la Tierra. Un coche oficial. La puerta del compartimiento para pasajeros se elevó, y de allí emergió un hombre con un uniforme verde. A pesar de la distancia, Cordelia reconoció al comandante Illyan, como de costumbre sin una gorra que cubriera sus cabellos castaños. Illyan desapareció de la vista bajo el pórtico.

Supongo que no tendré que preocuparme hasta que Seguridad Imperial venga a buscarnos en plena noche. Pero un resto de temor permaneció agazapado en su estómago. ¿Por qué tuve que venir a Barrayar? ¿Qué he hecho conmigo misma, con mi vida?

Unas botas retumbaron en el corredor y la puerta de la sala se abrió con un crujido. El sargento Bothari asomó la cabeza y emitió un sonido de satisfacción al encontrarla.

—Es hora de irnos, señora.

—Gracias, sargento. —Cordelia dejó caer la cortina y se volvió para examinarse por última vez en el espejo colocado sobre la arcaica chimenea. Resultaba difícil creer que la gente del lugar siguiese quemando materia vegetal sólo para liberar calor.

Cordelia alzó el mentón sobre el cuello de encaje blanco de la blusa, acomodó las mangas de su chaqueta color canela y distraídamente rozó con la rodilla la amplia y larga falda que utilizaban todas las mujeres Vor, color canela para hacer juego con la chaqueta. El tono la consolaba, ya que era casi el mismo de su viejo mono de Estudios Astronómicos Betaneses. Cordelia se pasó la mano por los cabellos rojizos, peinados con raya al medio y retirados del rostro con dos peinetas esmaltadas, y los echó hacia atrás sobre los hombros dejándolos sueltos sobre la espalda. Sus ojos grises la observaron desde el rostro pálido del espejo. La nariz era un poco aguileña y el mentón un poco demasiado largo, pero en general era un rostro adecuado, útil para cualquier propósito.

Bueno, si lo que quería era verse exquisita, no tenía más que colocarse junto al sargento Bothari. A su lado él ofrecía un aspecto lamentable con sus dos metros de altura. Cordelia se consideraba una mujer alta, pero su cabeza sólo llegaba al hombro de aquel sargento con rostro circunspecto e introvertido que recordaba el de una gárgola, de nariz ganchuda y rasgos exagerados como los de un criminal, acentuados por su cabello cortado al estilo militar. Ni el elegante uniforme color café del conde Vorkosigan, con los distintivos de la casa bordados en plata, lograban disimular la asombrosa fealdad de Bothari.

Pero es un rostro excelente, sin duda, útil para cualquier propósito.

Un sirviente uniformado. Vaya un concepto. ¿Y a qué servía?

A nuestras vidas, nuestras suertes y nuestro honor, para empezar. Cordelia lo saludó con amabilidad por el espejo con un movimiento de cabeza, y dio media vuelta para seguirlo por el laberinto que era la Residencia Vorkosigan.

Debía aprender a moverse por esa enorme mansión lo antes posible. Era una vergüenza perderse en su propia casa y tener que preguntarle el camino a algún guardia que pasaba o a un criado. En plena noche, envuelta sólo en una toalla.

Yo fui tripulante de una nave. Vamos. Si había podido arreglárselas con cinco dimensiones allá arriba, sin duda sería capaz de entenderse con tres aquí abajo.

Llegaron a una gran escalera curva que descendía tres pisos hasta un vestíbulo pavimentado en blanco y negro. Cordelia siguió los pasos rítmicos de Bothari con un andar ligero. La falda le hacía sentir que estaba flotando, cayendo inexorablemente en paracaídas por la espiral.

Al pie de la escalera, un hombre alto y delgado, apoyado en un bastón, alzó la vista cuando oyó sus pasos. El rostro de Koudelka era tan agradable y simétrico como el de Bothari extraño y estrecho, y esbozó una amplia sonrisa al ver a Cordelia. Ni las arrugas de los ojos y de la boca lograban avejentarlo. Vestía el uniforme verde imperial, idéntico al del comandante de seguridad Illyan, excepto por las insignias. Las mangas largas y el cuello de su chaqueta ocultaban la tracería de finas cicatrices rojas que cubrían la mitad de su cuerpo, pero Cordelia se las imaginó. Desnudo, Koudelka podía servir de modelo en una clase sobre la estructura del sistema nervioso humano, ya que en él cada cicatriz representaba un nervio muerto, extirpado y sustituido por un hilo artificial. El teniente Koudelka todavía no se había acostumbrado del todo a su nuevo sistema nervioso.

Di la verdad. Los cirujanos de aquí son unos carniceros torpes e ignorantes. Sin duda el trabajo no estaba a la altura de los niveles betaneses. Cordelia no permitió que ninguno de sus pensamientos se reflejase en su rostro.

Koudelka se volvió con dificultad hacia Bothari.

—Hola, sargento. Buenos días, señora Vorkosigan.

A Cordelia aún le sonaba extraño su nuevo nombre, ajeno. Le devolvió la sonrisa.

—Buenos días, Kou. ¿Dónde está Aral?

—Él y el comandante Illyan fueron a la biblioteca para decidir el sitio donde se instalará la nueva consola de seguridad. No creo que tarden. Ah. —Asintió con un gesto al oír unos pasos que se aproximaban por el pasillo. Cordelia siguió la dirección de su mirada. Era Illyan, delgado, imperturbable y amable, flanqueado (más bien eclipsado) por un hombre de cuarenta y cuatro años, resplandeciente en su uniforme verde de etiqueta. La razón que la había traído a Barrayar.

El almirante lord Aral Vorkosigan, retirado. Ex retirado, hasta el día anterior. Era indudable que sus vidas habían sufrido un vuelco el día anterior.

Pero puedes apostar a que, de alguna manera, caeremos de pie. El cuerpo de Vorkosigan era robusto y fornido, y su cabellera oscura estaba salpicada de gris. En la mandíbula tenía una vieja cicatriz con forma de L. Avanzaba con energía contenida y sus ojos grises mostraban una expresión de profunda concentración, hasta que finalmente se posaron en Cordelia.

—Te doy los buenos días, señora —le dijo, cogiéndole la mano. El sentimiento era absolutamente franco en sus ojos brillantes como espejos.

En estos espejos parezco hermosa, notó Cordelia con emoción. En ellos me veo mucho mejor que en el de la sala. Debería utilizarlos para verme. La mano fuerte de Aral estaba caliente sobre sus dedos frescos y delgados. Mi esposo. Eso sonaba correcto, se ajustaba con tanta firmeza y suavidad como su mano en la de él, aunque su nuevo nombre, lady Vorkosigan, le seguía pareciendo ajeno.

Por unos instantes, Cordelia observó a Bothari, a Koudelka y a Vorkosigan.

Uno, dos, tres heridos. Y yo, la auxiliar. Los supervivientes. Kou en su cuerpo, Bothari en su mente y Vorkosigan en su espíritu, todos habían sufrido heridas casi mortales en la última guerra con Escobar. La vida continúa. Hay que marchar o morir. ¿Estaremos empezando a recuperarnos, por fin? Ella esperaba que sí.

—¿Lista para partir, mi querida capitana? —le preguntó Vorkosigan. Su voz era la de un barítono, y su acento barrayarés sonaba cálido y ronco.

—Tanto como me es posible, supongo.

Illyan y el teniente Koudelka marcharon adelante. El andar de Koudelka parecía lento y dificultoso comparado con los pasos rápidos de Illyan, y Cordelia frunció el ceño con incertidumbre. Entonces tomó el brazo de Vorkosigan y partió junto a él, dejando a Bothari con sus quehaceres.

—¿Cuál es el programa para los próximos días? —preguntó.

—Bueno, primero está la audiencia, por supuesto —respondió Vorkosigan—. Después veré a algunas personas. El conde Vortala se ocupará de todos los detalles. Dentro de unos días, la Asamblea de Consejos emitirá su voto de consentimiento, y luego seré investido bajo juramento. No hemos tenido un regente desde hace ciento veinte años; Dios sabe qué protocolo habrán de desenterrar y desempolvar.

Koudelka se sentó en el compartimiento del vehículo terrestre, junto al conductor uniformado. El comandante Illyan se acomodó frente a Cordelia y Vorkosigan, en el compartimiento trasero.

Este coche está blindado, comprendió Cordelia por el grosor de la cubierta transparente que se cerraba sobre ellos. Ante una señal de Illyan, el conductor comenzó a avanzar lentamente hacia la calle. Casi ningún sonido lograba penetrar del exterior.

—Regente consorte. —Cordelia saboreó la frase—. ¿Ése será mi título oficial?

—Sí, señora —respondió Illyan.

—¿Y hay deberes oficiales que lo acompañen?

Illyan miró a Vorkosigan, quien dijo:

—Pues, sí y no. Habrá que asistir a muchas ceremonias. Empezando por el funeral del emperador, que será agotador para todos los afectados... excepto tal vez para el mismo emperador Ezar. Todo eso comenzará cuando exhale su último suspiro. No sé si él tiene programado el momento en que ocurrirá, pero no me extrañaría viniendo de su parte.

»El aspecto social de tus deberes dependerá de ti. Conferencias y ceremonias, bodas importantes, onomásticas y funerales, recibir delegaciones de los distritos... relaciones públicas en general. Todo lo que la princesa Kareen cumple con tanto estilo. —Al ver la expresión consternada de Cordelia, Vorkosigan se detuvo y agregó—: O, si lo prefieres, puedes llevar una vida absolutamente reservada. En este momento tienes la excusa perfecta para hacerlo... —Su mano, que la tenía rodeada por la cintura, acarició disimuladamente el vientre todavía plano de Cordelia—. A decir verdad, yo preferiría que no te cansaras en exceso.

»El aspecto político es más importante; me resultaría de gran ayuda si fueras mi vínculo con la princesa viuda y con... con el pequeño emperador. Entabla amistad con ella, si puedes; es una mujer extremadamente reservada. La educación del niño es vital. No debemos repetir los errores de Ezar Vorbarra.

—Lo intentaré —suspiró ella—. Ya veo que será toda una tarea pasar por una Vor barrayaresa.

—No te lo tomes demasiado a pecho. No me gustaría verte forzada. Además, hay otra cuestión.

—¿Por qué será que eso no me sorprende? Adelante.

Él se detuvo, eligiendo las palabras.

—Cuando Serg, el difunto príncipe heredero, llamó al conde Vortala un farsante progresista, no fue del todo un disparate. Los insultos que hieren siempre tienen algo de verdad. El conde Vortala ha intentado formar su partido progresista sólo en las clases superiores. Entre la gente que importa, como diría él. ¿Notas la pequeña discontinuidad en su forma de pensar?

—Sí, es tan pequeña como el cañón Hogarth, allá en casa.

—Tú eres una mujer betanesa de renombre en toda la galaxia.

—Oh, vamos.

—Así es como te ven aquí. Creo que tú no eres muy consciente de ello. En realidad, es muy halagador para mí.

—Esperaba ser invisible. Pero no creo que sea tan querida después de lo que hicimos a vuestro bando en Escobar.

—Es nuestra cultura. Mi gente le perdona casi cualquier cosa a un soldado valiente. Y en tu persona se reúnen las dos facciones opuestas: la aristocracia militar y los plebeyos pro galácticos. Realmente, creo que a través de ti podría ganarme a una buena parte de la Liga de Defensa Popular, si estuvieras dispuesta a jugar mis cartas.

—Por Dios, Aral. ¿Desde cuándo estás pensando en esto?

—En el problema, desde hace mucho. En ti como parte de la solución, hoy mismo.

—¿Qué, en proponerme como falso caudillo para alguna clase de partido constitucional?

—No, no. Eso es justamente lo que debo tratar de evitar, según el juramento que estoy a punto de prestar. Faltaría al espíritu de mis votos si entregara al príncipe Gregor un imperio vacío de poder. Lo ideal... lo ideal sería encontrar alguna manera de reclutar a los mejores hombres de cada clase, grupo idiomático y partido al servicio del emperador. Los Vor no cuentan con la capacidad suficiente. Hay que hacer que el Gobierno sea como lo mejor de las fuerzas armadas, valorando la capacidad sin preocuparse por los antecedentes. El emperador Ezar trató de hacer algo similar, fortaleciendo los ministerios a expensas de los condes, pero llegó demasiado lejos. Los condes han perdido poder y los ministerios están corrompidos. Debe haber alguna forma de lograr un equilibrio.

Cordelia suspiró.

—Por lo que veo, no tendremos más remedio que reconocerlo: discrepamos en lo que se refiere a constituciones. A mí nadie me ha designado regente de Barrayar. Sin embargo, te lo advierto... trataré de hacerte cambiar de idea.

Illyan alzó las cejas ante sus palabras. Cordelia se reclinó contra el respaldo con languidez y observó cómo la capital de Barrayar, Vorbarr Sultana, pasaba frente a sus ojos. Ella no se había desposado con el regente de Barrayar, cuatro meses atrás. Se había casado con un simple soldado retirado. Sí, se suponía que los hombres cambiaban después del matrimonio, por lo general para peor, ¿pero tanto? ¿Tan pronto?

Mis votos no me comprometían a esto, señor.

—Ayer el emperador Ezar dio una muestra de gran confianza al designarte regente. No me parece un pragmático tan despiadado como tú me habías hecho creer —observó.

—Bueno, es una muestra de confianza, pero movida por la necesidad. Tus palabras evidencian que no has comprendido lo que significa la asignación del capitán Negri a la Residencia Imperial.

—No, ¿significa algo?

—Desde luego, el mensaje es muy claro. Negri continuará en su antiguo puesto como jefe de Seguridad Imperial. Por supuesto que no presentará sus informes a un niño de cuatro años, sino a mí. De hecho, el comandante Illyan sólo será su asistente. —Vorkosigan e Illyan intercambiaron una mirada levemente irónica—. Pero en caso de que yo enloqueciera y quisiera apoderarme del poder imperial, sin lugar a dudas Negri se mantendría leal al emperador. Si eso llegara a ocurrir, tiene órdenes secretas de eliminarme.

—Oh. Bueno, te garantizo que no tengo ningún deseo de convertirme en emperatriz de Barrayar. Te digo esto por si tenías alguna duda.

—No la tenía.

El vehículo se detuvo ante una reja en un muro de piedra. Cuatro guardias los inspeccionaron minuciosamente, revisaron los pases de Illyan y les permitieron entrar. Todos esos guardias allí, y en la Residencia Vorkosigan... ¿contra qué los protegían? Contra otros barrayareses, seguramente, en ese panorama político tan fraccionado. El viejo conde había empleado una frase muy barrayaresa que a ella le había parecido graciosa, pero ahora la recordó con inquietud. Con todo este estiércol, debe de haber un poni en alguna parte. Los caballos eran prácticamente desconocidos en Colonia Beta, con excepción de unos pocos ejemplares en los zoológicos.

Con todos estos guardias... Pero si yo no soy enemiga de nadie, ¿cómo es posible que alguien me quiera mal?

Illyan, quien parecía algo nervioso, se dirigió a ellos.

—Señor —dijo a Vorkosigan en forma vacilante—, yo sugeriría... incluso le rogaría que reconsiderara la posibilidad de instalarse aquí, en la Residencia Imperial. Los problemas de seguridad... mis problemas —esbozó una sonrisa tensa con la cual sus facciones planas adoptaron un aspecto de cachorro— serían mucho más fáciles de controlar aquí.

—¿En qué habitaciones ha pensado? —preguntó Vorkosigan.

—Bueno, cuando... cuando Gregor asuma el título, él y su madre se mudarán a las habitaciones del emperador. Entonces las de Kareen quedarán vacías.

—Las del príncipe Serg, quiere decir. —Vorkosigan frunció el ceño—. Preferiría fijar mi domicilio oficial en la Residencia Vorkosigan. Mi padre pasa cada vez más tiempo en la casa de campo Vorkosigan Surleau, y no creo que le moleste verse desplazado.

—Lo siento señor, pero no puedo apoyar esta idea. Mi punto de vista se basa estrictamente en cuestiones de seguridad. Se encuentra en la parte antigua de la ciudad. Las calles están llenas de madrigueras. En la zona hay al menos tres redes de viejos túneles, y hay demasiados edificios altos desde los cuales se puede vigilar toda el área. Para lograr una protección superficial necesitaré al menos seis patrullas en servicio permanente.

—¿Tiene los hombres?

—Bueno, sí.

—Entonces nos quedaremos en la Residencia Vorkosigan. —Al ver la expresión decepcionada de Illyan, el almirante lo consoló—. Tal vez no sea un buen sitio para la seguridad, pero es excelente para las relaciones públicas. Con ello la nueva regencia tendrá un aire de... de humildad militar. Es posible que ayude a disminuir la paranoia acerca de un golpe palaciego.

Y allí estaban, en el palacio en cuestión. Por su despliegue arquitectónico, la sede imperial hacía que la Residencia Vorkosigan pareciese pequeña. Las grandes alas se elevaban cuatro pisos, y su altura quedaba acentuada por torres aisladas. En diversas épocas se habían efectuado añadidos que unían las alas creando patios vastos e íntimos a la vez, algunos con proporciones adecuadas y otros con un aspecto algo casual.

La fachada del este era la que gozaba de un estilo más uniforme, cubierta de tallas en piedra. El lado norte era más irregular, entrelazado con complejos jardines formales. El sector oeste era el más antiguo, y en el sur se encontraba la construcción más reciente.

El vehículo se detuvo en una terraza de dos pisos sobre el lado sur, e Illyan los condujo por una ancha escalinata custodiada hasta unas amplias habitaciones en el segundo piso. Todos subieron lentamente, siguiendo los pasos torpes del teniente Koudelka, quien se volvió hacia ellos frunciendo el ceño a modo de disculpa, y luego inclinó la cabeza nuevamente con gran concentración... ¿o era vergüenza?

¿Este lugar no dispone de un tubo elevador?, se preguntó Cordelia con irritación. Al otro extremo de aquel laberinto de piedra, en una habitación con vista a los jardines del norte, había un anciano pálido y consumido que agonizaba en su enorme cama ancestral...

En el amplio pasillo superior, suavemente alfombrado, decorado con pinturas y mesas llenas de baratijas —obras de arte, supuso Cordelia— encontraron al capitán Negri hablando en voz baja con una mujer que lo escuchaba con los brazos cruzados. Cordelia había conocido al famoso jefe de Seguridad Imperial el día anterior, después de que Vorkosigan mantuviera su histórica entrevista con el agonizante Ezar Vorbarra. Negri era un hombre fuerte, de rostro duro y cabeza en forma de bala. Había servido con fidelidad a su emperador durante casi cuarenta años y era una leyenda siniestra con ojos inescrutables.

Ahora se había inclinado sobre su mano y la llamaba «señora» como si realmente la respetara, o al menos sin más ironía que la que infundía a cualquiera de sus comentarios. La mujer rubia que lo acompañaba (¿o era una niña?) estaba vestida con ropas normales de civil. Era alta y muy musculosa, y se volvió para observar a Cordelia con gran interés.

Vorkosigan y Negri intercambiaron un breve saludo. Los dos hombres se conocían desde hacía tanto tiempo que ya no necesitaban recurrir a las formalidades.

—Y ella es la señorita Droushnakovi —añadió Negri, señalándola con la mano.

—¿Y cuál es su cargo? —preguntó Cordelia con cierta desesperación. Todos parecían estar siempre bien informados por allí, aunque Negri tampoco había presentado al teniente Koudelka; Droushnakovi y Koudelka se miraron de soslayo.

—Estoy al servicio de los aposentos imperiales, señora. —Droushnakovi inclinó la cabeza ante ella, casi una reverencia.

—¿Y a quién sirve? Además de a los aposentos.

—A la princesa Kareen, señora. Ése es sólo mi título oficial. Soy una guardaespaldas a las órdenes del capitán Negri. De primera categoría. —Resultaba difícil determinar cuál de los dos títulos le proporcionaba más orgullo y placer, pero Cordelia sospechaba que era el último.

—Si él le ha otorgado tanta jerarquía, será usted muy competente.

—Gracias, señora. Lo intento —respondió con una sonrisa.

Todos siguieron a Negri por una puerta que se abría a una habitación larga y soleada, con muchas ventanas que daban al sur. Cordelia se preguntó si la ecléctica combinación de muebles estaría formada por antig

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos