- Cubierta
- Portada
- Prólogo, por Jorge Castro
- Introducción
-
1. Historia, geopolítica y alianzas
- El imperio del centro
-
Los subsistemas regionales en América del Sur
- Latinoamérica
- Latinoamérica mexicana: la Alianza del Pacífico
- Iberoamérica española
- Iberoamérica sin Estados Unidos
- La América bolivariana y chavista: el ALBA
- El alma izquierdista profunda: el Foro de San Pablo
- América del Sur (propiamente dicha)
- La revancha de Carlos Marx
-
Tesis, contradicciones y protagonistas
- Algunos datos y diagnósticos comparativos
- Los protagonistas
-
Las largas marchas
- La Larga Marcha de Mao
- La larga marcha brasilera
- Su majestad, la soja (y sus altezas, los cerdos)
- Los BRICS
-
2. La relación de Estado a Estado
-
China-Brasil
- El camino hacia una relación fecunda
- Eventos deportivos, infraestructuras y modelos de crecimiento
- Inversiones chinas en Brasil
- Inversiones brasileras en China
- Comercio bilateral
-
China-Argentina
- China y Juan Domingo Perón
- El comunismo y el socialismo en Argentina
- Las relaciones diplomáticas
- Inversiones chinas en Argentina
- Inversiones argentinas en China
- Comercio bilateral
-
China-Venezuela
- Entre el comunismo y el chavismo
- Inversiones chinas en Venezuela
- Comercio bilateral
- Un futuro promisorio y con condiciones
-
China-Chile
- El comunismo en Chile: del frente popular a Nueva Mayoría
- Inversiones chinas en Chile
- Cooperación bilateral
- Comercio bilateral
-
China-Perú
- El comunismo en Perú: entre Mariátegui y el maoísmo del siglo XXI
- Inversiones chinas en Perú
- Comercio bilateral
-
China-Ecuador
- La izquierda en Ecuador y el fenómeno Velasco Ibarra
- Inversiones chinas en Ecuador
- Comercio bilateral
-
China-Colombia
- Comunismo, liberalismo y guerrilla
- Inversiones chinas en Colombia
- Comercio bilateral
-
China-Uruguay
- El largo camino hacia el Frente Amplio
- Inversiones chinas en Uruguay
- Comercio bilateral
-
China-Bolivia
- El PCB, el “Che”, el MNR y el MAS
- Inversiones chinas en Bolivia
- Comercio bilateral
-
China-Paraguay
- La difícil inserción de la izquierda paraguaya
- Inversiones chinas en Paraguay
- Comercio bilateral
-
China-Guyana
- ¿Qué es el socialismo cooperativo?
- Inversiones chinas en Guyana
- Comercio bilateral
-
China-Surinam
- Inversiones chinas en Surinam
- Comercio bilateral
-
La especificidad mexicana
- El primer desencuentro
- La Revolución Mexicana, la izquierda y el histórico PRI
- El omnipresente sincretismo mexicano
- Cooperación cultural
- Inversiones chinas en México
- Comercio bilateral
-
China-Brasil
-
3. El triángulo del poder
-
Una asociación estratégica
- Los sueños triangulares
- Las etapas pasadas, presentes y futuras
-
Una asociación estratégica
- Referencias bibliográficas
- Créditos
- Acerca de Random House Mondadori ARGENTINA
Prólogo
Este libro de Diego Guelar trata sobre una cuestión central en la política mundial de inicios de siglo XXI: la relación entre la República Popular China y América del Sur en el contexto de una sociedad global surgida de una nueva revolución tecnológica, a partir del punto de inflexión histórico que ha significado la crisis financiera internacional desatada en Estados Unidos tras la quiebra de la compañía financiera Lehman Brothers (2008).
Este nuevo marco de relaciones coincide, por un lado, con el reposicionamiento de China como segunda economía del mundo en términos de producto bruto interno (PBI) y primera en cuanto a la capacidad de compra doméstica (PPP, siglas del inglés, purchasing power parity). Por otro lado, con el hecho de que desde hace algo más de cinco años China comparte con Estados Unidos las decisiones estratégicas fundamentales de gobernabilidad del sistema mundial, lo que ambas superpotencias canalizan a través del Grupo de los 20 (G-20).
En términos estratégicos, este proceso de cambios ocurre cuando Estados Unidos ha dejado de ejercer la unipolaridad hegemónica del sistema global, condición que había asumido en 1991 tras la caída del régimen comunista y la desaparición de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Una modificación tan fundamental como ésta en la estructura del poder mundial, abre a todos los países del mundo, y en especial a los de América del Sur, un marco de posibilidades exponencialmente ampliado en lo que se refiere a la cuestión decisiva de la libertad de acción. Es en este nuevo marco que Guelar analiza las relaciones entre China y América del Sur, y advierte de que la clave de ese vínculo está en la relación bilateral entre Brasil y la República Popular.
Entre 2003 y 2013, los intercambios comerciales entre estos dos grandes países de Asia y América se transformaron sustancialmente en su estructura: las exportaciones brasileras de materias primas hacia China aumentaron treinta y dos veces y pasaron a representar el 35 % de las importaciones registradas por la República Popular. El comercio bilateral entre ambos países ascendía en 2003 a 3.000 millones de dólares, y en 2009 había aumentado a 85.000 millones, lo que representa un incremento superior al 2.500 %. También en este período China se convirtió en el principal socio comercial de Brasil, pasando a ocupar el lugar que había tenido Estados Unidos durante los cien años previos. Como subraya Guelar, a partir de 2001 se inició una etapa de fuertes inversiones directas de China en la economía de Brasil, con la creación de la joint-venture entre la compañía brasilera Vale (la mayor productora mundial de mineral de hierro) y la siderúrgica china Shanghai Baosteel Group Corporation, que incluyó una inversión de 5.500 millones de dólares para instalar una planta de producción de acero de alta tecnología. Terminada la primera década del siglo XXI, entre 2011 y 2012 más del 65 % de las inversiones chinas en América Latina tenían como destino Brasil, y los proyectos de inversión en ejecución se acercaban a los cincuenta, incluidos los de tipo industrial manufacturero y automotriz.
Al profundizar en el análisis que lleva adelante en este libro, Guelar señala que los países de América del Sur, encabezados por Brasil, muestran dos rasgos comunes en su comercio exterior: la mayor parte de sus exportaciones son materias primas (62 % en el caso de Brasil en 2012) y el principal socio comercial de cada uno de ellos es China. Esto hace que el comercio de la región con la República Popular, en momentos en que ésta se ha convertido en cabeza de la producción manufacturera mundial, haya adquirido un carácter estructuralmente asimétrico: se intercambian materias primas por artículos de alto valor agregado. Paralelamente, este carácter asimétrico coincide con el hecho de que las inversiones chinas en el subcontinente están primordialmente orientadas a las actividades extractivas.
Los últimos diez años de América del Sur han sido los mejores del último siglo, en términos de comercio, inversiones y crecimiento económico; y esto es el resultado directo de su complementación con la República Popular. Pero en este período, los países sudamericanos, si bien han crecido a la tasa promedio más alta de su historia, no se han desarrollado, en el sentido estricto de convergencia estructural (aumento de la productividad + ingreso real per cápita) con los países avanzados. Esta falta de desarrollo estructural de América del Sur es responsabilidad exclusiva y directa de los países sudamericanos (es una muestra de su debilidad política); la República Popular, y su política de comercio e inversiones hacia la región, es totalmente ajena a esta omisión. En esta carencia —sostiene Guelar— radica el punto fundamental del desafío que implica para los países sudamericanos el vínculo asimétrico con China, que tiende a incrementarse en la medida en que el auge de la República Popular la eleva cada vez más en el sistema mundial.
Mientras esto ocurre, América del Sur se ha convertido, ya no en una región exportadora pujante hacia el mercado chino, sino en la plataforma de producción de materias primas (en especial, proteínas) del gigantesco desarrollo industrial de la República Popular. El crecimiento sudamericano se convierte, así, en una función de la demanda doméstica china. Y esto tiene lugar cuando la integración asimétrica de los últimos diez años es cada vez mayor, porque el eje del proceso global de acumulación ha pasado irreversiblemente de los países avanzados a los emergentes, del Atlántico al Pacífico, de Estados Unidos a la República Popular. Es por eso que el comercio Sur-Sur (Asia-América del Sur) se convierte en la segunda década del siglo XXI en el principal corredor de los intercambios mundiales, en una tendencia nítidamente ascendente.
El libro de Guelar tiene solidez académica y alto nivel de investigación. Pero lo más relevante de su publicación es su enorme sentido de la oportunidad, porque no hay tema más importante en la agenda exterior de los países sudamericanos en la primera mitad del siglo XXI que las formas y condiciones de su inserción con el continente asiático, y en primer lugar con la República Popular China.
Diego Guelar es, probablemente, la figura política argentina con mayor experiencia en el ejercicio de las relaciones exteriores del país con los grandes centros de poder mundial, fundamentales para los intereses argentinos de largo plazo en materia económica, comercial y de inversiones. Ha sido embajador en tres de las cuatro regiones prioritarias de la política exterior argentina del siglo XXI: Brasil, Estados Unidos y la Unión Europea. Sólo falta la cuarta —en realidad, la primera en importancia estratégica y económica—, que es China.
JORGE CASTRO
Introducción
Según se desprende de la mayoría de las investigaciones científicas, el primer contacto entre China y América del Sur tendría una antigüedad cercana a los treinta mil años. Los especialistas tienden a confluir en la idea de que los pueblos originarios de América son descendientes de los actuales mongoles, quienes habrían migrado a pie desde su lugar de origen al continente americano a través del estrecho de Bering. Entre los años 40.000 y 11.000 a.C., aproximadamente, lo que hoy es el estrecho que separa Asia de América fue un corredor terrestre de mil quinientos kilómetros de ancho, producto del descenso de los mares. Por esa lengua de tierra que unía los dos continentes se habría llevado a cabo aquella migración. A estas teorías se han opuesto otras, como la del argentino Florentino Ameghino, que afirmaba que el origen universal del hombre estaba en la Patagonia; o las que sostienen la posibilidad de migraciones marítimas desde la Polinesia hacia América del Sur antes de la llegada de Cristóbal Colón al continente.
Pero más allá de estas curiosidades históricas, en el siglo XXI nos encontramos con un escenario nuevo, fascinante, de reencuentro económico, político y cultural entre China y América que se ha desarrollado aceleradamente en el curso de los últimos treinta años.
Ubicada en el extremo oriental del mundo, la República Popular China tiene diez millones de kilómetros cuadrados y una población de 1.300 millones de habitantes. Por su parte, América del Sur, integrada por doce países, se halla en el extremo austral de Occidente, con una superficie de dieciocho millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de pobladores. La primera es la nación más antigua del planeta, según lo atestiguan los documentos históricos que datan su origen 4.000 años atrás; después de más de un siglo de guerras civiles y ocupaciones extranjeras, en 1949 China recuperó su unidad política y territorial, con la excepción de la isla de Formosa (Taiwán), bajo su denominación actual de República Popular China. La segunda es una subregión del hemisferio occidental, colonizada en el siglo XVI por España, Portugal, Holanda, Francia y el Reino Unido, que terminó dividida en distintas naciones integrantes de una categoría genérica, y en parte obsoleta, que pasó a ser denominada —según los autores y las corrientes ideológicas— Latinoamérica, Hispanoamérica o Iberoamérica, conjuntamente con América Central y las islas del Caribe. A partir de 1991 —con la firma del Tratado de Asunción y la creación del Mercosur por parte de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay—, comenzó a desarrollarse en esta región un pensamiento sudamericano compartido entre el Cono Sur —incluyendo a la siempre insular Chile— y los países andinos (Bolivia, Colombia, Ecuador y Perú), que desde 1969 y a través del Acuerdo de Cartagena habían constituido el Pacto Andino, luego reconvertido en Comunidad Andina de Naciones (CAN).
Entre 1949, año en que el Partido Comunista Chino (PCCH) se hizo con el poder, y 1978, fecha de clausura del XI Congreso del PCCH, el gran país asiático vivió una larga transición conducida por Mao Zedong que se caracterizó por el aislamiento, una precaria economía rural y urbana, y la permanente sensación de cercamiento por enemigos históricos: URSS, Corea, Japón, Vietnam e India. A partir de aquel año de 1949, las relaciones entre China continental y América Latina en su conjunto quedaron casi congeladas, después de que la Doctrina Truman y el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR, también conocido como Tratado de Río) —ambos aprobados en 1947— hicieran caer sobre todo el continente americano las cortinas de “hierro” (hacia el Oeste) y de “bambú” (hacia el Este). Entre 1950 y 1960 el intercambio comercial total entre la República Popular y América Latina no llegó a treinta millones de dólares.
Los grandes fracasos económicos y político-culturales de China (el Gran Salto Adelante en la década de 1950 y la Revolución Cultural en la de 1960), la condenaron por décadas al subdesarrollo y a la mera subsistencia. Al mismo tiempo, el país lograba mantener un débil vínculo con algunas naciones consideradas del Tercer Mundo, intentando diferenciarse del enfrentamiento entre Estados Unidos y la URSS durante la llamada Guerra Fría (1946-1991). Mientras tanto, América del Sur había ido evolucionando desde su condición de territorio colonial a zona de influencia de diferentes potencias europeas y de Estados Unidos, convirtiéndose en la segunda mitad del siglo XX en uno de los campos de combate centrales del enfrentamiento entre las dos superpotencias de la época. La alianza entre el régimen de Fidel Castro, en Cuba, y la URSS, hizo que todo el hemisferio occidental fuera considerado “zona de seguridad nacional” por el gobierno de Washington, que pasó a apoyar a las extremas derechas sudamericanas y a sus fuerzas armadas en la aniquilación de las guerrillas impulsadas por Cuba y Moscú (y miradas con simpatía por la aislada y distante China).
Desde el ingreso de la República Popular al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (1971) —en reemplazo de la República de China o Taiwán—, el gigante asiático comenzó a distanciarse de su incómodo y nunca bien amado padrino (la URSS); abandonó su apoyo a los movimientos revolucionarios en toda América Latina y comenzó a gestar relaciones de Estado a Estado, incluyendo los gobiernos de los regímenes dictatoriales militares de derecha patrocinados por Estados Unidos en la región. Esta suerte de cooperación entre China y Estados Unidos fue, quizás, uno de los elementos que facilitó el acercamiento entre esas dos naciones a partir de 1972.
Disuelta la URSS en 1991 y normalizada la vida democrática en toda América del Sur, a fines del siglo XX comenzó en esta subregión del continente un proceso de cooperación interna e integración muy dinámico, que pasó a sustituir a la balcanización y a los conflictos fronterizos que habían proliferado en los dos siglos de historia independiente anteriores. En ese proceso ha venido destacando sobre todo el crecimiento y la consolidación de Brasil como vertebrador de una unidad sudamericana que comenzó a concretarse el 23 de mayo de 2008, en Brasilia, con la firma del tratado de creación de la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur).
Tras la muerte de Mao Zedong en 1976, la consagración de Deng Xiaoping como líder máximo de China a partir del XI Congreso del PCCH (1978) abrió el “camino chino hacia el socialismo” o el “socialismo con características chinas”, proceso que ha derivado en la apertura cada vez mayor de la economía china, tanto hacia adentro como fronteras afuera del país. Con el transcurso de los años, ese proceso pasó por diversas etapas y entró en el siglo XXI caracterizado por la descentralización administrativa, el impulso de una creciente burguesía capitalista en la industria y los servicios, el crecimiento de la economía en un promedio anual del 10 % con una explosión del comercio internacional, la aparición de un robusto mercado interno, y el incremento de las inversiones extranjeras dentro del territorio chino pero sobre todo de las chinas en otros continentes. La labor de apertura iniciada por Deng Xiaoping —que mantuvo su liderazgo hasta su muerte, en 1997— fue continuada por Jiang Zemin (secretario general del PCCH 1989-2002 y presidente de la República Popular 1993-2003); Hu Jintao (secretario general 2002-2012 y presidente 2003-2013); y Xi Jinping (secretario general desde 2012 y presidente desde 2013).
Este camino de apertura de China hacia el mundo occidental había comenzado oficialmente en 1972, cuando Mao Zedong y el presidente estadounidense Richard Nixon iniciaron conversaciones en Beijing. Siete años más tarde, en 1979, Deng Xiaoping y el también presidente de Estados Unidos Jimmy Carter formalizaron las relaciones diplomáticas entre ambos países, con la visita del mandatario chino a tierras norteamericanas. Fue durante las décadas de 1970 y 1980 que todos los Estados sudamericanos iniciaron sus relaciones diplomáticas con Beijing, sobre todo a medida que en la región se iban sucediendo los procesos de transición democrática, que se completarían al inicio de la década de 1990; la excepción ha seguido siendo Paraguay, que ha mantenido su vínculo exclusivo con la República de China o Taiwán. En términos globales, el volumen de comercio de América del Sur con China pasó de 200 millones de dólares en 1980 a 1.500 millones en 1990; en el año 2000 alcanzó los 12.500 millones de dólares y superó los 160.000 millones en 2012, de los cuales más de la mitad correspondieron a transacciones entre China y Brasil.
En este libro proponemos un análisis sobre el desarrollo de las relaciones entre la República Popular China y América del Sur, deteniéndonos en el caso particular de cada país de esta subregión. Además, completamos la propuesta con una síntesis final, en la que planteamos una interpretación global sobre los vínculos entre estas dos grandes áreas culturales que han experimentado una fuerte transformación económica en las últimas décadas. Durante 2012, China alcanzó el reconocimiento como segunda superpotencia mundial y terminó su proceso de plena incorporación a la Organización Mundial del Comercio (OMC), iniciado en 2001. Por su parte, Brasil se incorporó a la lista de las primeras economías del mundo y llegó a ocupar el sexto lugar, desbancando incluso al Reino Unido.
Los cambios ocurridos en China y en América del Sur en los últimos treinta años se han traducido en una nueva relación bilateral entre las dos regiones que se caracteriza por su extraordinario dinamismo. Al recorrer el contenido concreto de esta nueva relación veremos sus riquezas y carencias así como sus asimetrías, complementariedades, contradicciones, ámbitos de competencia y eventuales conflictos. En las próximas páginas analizaremos el inicio y el impulso de un nuevo y complejo entramado de este vínculo interregional que, pese a parecerse mucho a otros que se construyeron en el pasado, tiene originalidades —y un tiempo político y económico histórico— que permiten diseñarlo hacia el futuro con perfiles inéditos.
Las estadísticas de comercio bilateral entre cada uno de los países sudamericanos y la República Popular China que se incluyen en el libro surgen de la información provista por la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), y contemplan los capítulos más significativos de los 99 de que consta su nomenclador. Hemos respetado el número de identificación de cada capítulo tal como consta en las tablas originales.
Buenos Aires, 1 de julio de 2013
1. HISTORIA, GEOPOLÍTICA Y ALIANZAS
El imperio del centro
No es motivo de este ensayo profundizar sobre las características históricas, sociológicas, políticas o económicas de la nación china. Sin embargo, para poder adentrarnos en el análisis de las relaciones de la actual República Popular China con América del Sur, y el modo en que las economías de ambas regiones se han interrelacionado en el comienzo del siglo XXI, se hace imprescindible puntualizar algunos elementos de su milenaria historia. Es interesante mencionar, por ejemplo, ciertos aspectos que la diferencian en cuanto a su comportamiento como imperio de otros sobre los cuales tenemos abundante información, como el imperio de Alejandro Magno, el romano, el germánico, el británico, el español, el francés, el soviético y, finalmente, el estadounidense, que llegó a ser el único en la historia con características de hiperimperio o nación hegemónica planetaria.
Todos estos imperios, así como otros de menos poderío o de menor extensión, se han caracterizado por un impulso de expansión que partía de un territorio generalmente limitado o pequeño y por una combinación de elementos entre los cuales es posible mencionar: a) el interés económico; b) el sentido de misión cultural y/o religiosa; c) la rivalidad con otros vecinos; d) la convicción de que, en caso de no emprender una conquista, otros podrían hacerlo y convertirse ellos mismos en la comunidad sometida. Este espíritu imperial se ha presentado en la historia casi como un instinto natural desarrollado por muchos pueblos, sin que existiera entre ellos contacto ni influencia recíproca. Y ha aparecido en la historia de todos los continentes y de las más diversas regiones; en el caso de América es posible mencionar, entre otros ejemplos, la conducta imperial de los Incas o de los Aztecas antes de su contacto con otras civilizaciones que los sometieron.
Un elemento común a la mayoría de las historias imperiales es la sucesión, o superposición, que se da entre el inicio del apogeo del imperio que conquista y la decadencia de aquel que es conquistado. El triunfo en la Primera Guerra Mundial de la alianza entre Francia y el Reino Unido, con la decisoria participación estadounidense, significó la desaparición del Imperio Austro-Húngaro y del Otomano, así como de la Rusia de los zares. Tras la Segunda Guerra Mundial, el agotado imperio británico, pese a ser victorioso, dejó su lugar al estadounidense y al que se convertiría en su principal desafiante, el soviético. En todos estos casos, el ascenso, apogeo o decadencia han estado ligados a la combinación de elementos militares y económicos que determinan el encumbramiento o el desmoronamiento de un imperio. Así ocurrió con la desaparición abrupta del imperio soviético (entre 1989 y 1991), que no pudo sostener la competencia económica y militar con Estados Unidos, hasta que el resultado final fue la desintegración de la URSS.
Pero China no responde exactamente a este modelo. En el año 1800, cuando la actual Washington DC era un pueblito en construcción rodeado de pantanos y hacía apenas quince años que había terminado la Guerra de Independencia de Estados Unidos con el Reino Unido—, China era una gran nación unificada que tenía consolidación territorial y centralización administrativa desde el siglo III a.C., cuando Qin Shi Huang se convirtió en el primer emperador de la dinastía Qin (221 a.C.). Si bien la Gran Muralla comenzó a ser construida en el siglo V a.C., fue durante el mandato de Qin Shi Huang —a quien se adjudica la unificación del imperio— que se dio impulso a este proyecto, finalizado en el siglo XVI de nuestra era. Los 8.850 kilómetros de extensión que tiene el muro principal y sus ramificaciones fueron levantados a través de montañas, valles y desfiladeros al sur del desierto de Gobi, para proteger inicialmente al territorio chino de las acometidas de los pueblos nómades de la estepa de Mongolia y Manchuria, emparentados con los hunos.
La Gran Muralla es el símbolo más evidente de la concepción que prevaleció en la cultura china durante muchos siglos respecto a la necesidad de “separarse del mundo exterior” —incomprensible y amenazante—, y que hacía que esa cultura se considerara a sí misma como centro del mundo (sinocentrismo) o, más aún, del sistema planetario. De ahí que el Imperio Chino, además de conocerse como “imperio del centro” también se autodenominara “imperio celestial”. En las concepciones de esta cultura, el término “imperio” no estaba acotado a la idea de imperar una nación sobre otra, sino a la reafirmación de una identidad interior, autosuficiente y autónoma. Para concretar esa idea, se desarrolló entonces un sistema defensivo frente al constante peligro de posibles enemigos externos, fueran mongoles, coreanos, vietnamitas, hindúes, rusos o japoneses, que, en forma conjunta o sucesiva, pretendían conquistar o dominar a esa gran nación.
A mediados del siglo XIV de nuestra era se fundó en tierras chinas una nueva dinastía, la Ming (cuyo nombre significa “claridad” y que sería la penúltima en la historia de la nación), que se caracterizó por su fuerte voluntad de expansión marítima. Entre 1405 y 1433 (sesenta años antes de que Cristóbal Colón llegara a América), el emperador Yongle —quien otorgó la capitalidad del imperio a la ciudad de Beijing y ordenó construir la Ciudad Prohibida, entre 1407 y 1420— encargó al almirante eunuco Zheng-He que emprendiera una serie de expediciones hacia los mares del Sur, Oriente Medio y África oriental con el fin de expandir el comercio chino, pero sin ánimo de conquista. Durante los siete viajes que llevó a cabo, el almirante estuvo al frente de la llamada Flota del Tesoro, compuesta por distintos tipos de barcos (el más grande de ellos, el “buque del tesoro”, superaba los 130 metros de largo y contaba con nueve palos) y una tripulación de alrededor de 20.000 hombres. Esta flota, para la que se construyeron más de dos mil navíos en astilleros próximos a Beijing, era la más grande que habría existido hasta ese momento en el mundo. También durante la dinastía Ming se redescubrieron los principios del filósofo Confucio (551 a.C.-479 a.C.); sus premisas de buena conducta en la vida, armonía social, buen gobierno del Estado, meditación y cuidado de la tradición, fueron reivindicadas por los intelectuales de la corte imperial.
Pero desde fines del siglo XV las dificultades comenzaron a multiplicarse: los mongoles reanudaron sus ataques, las guerras fronterizas se hicieron constantes, la crisis económica interna derivó en un proceso inflacionario que destruyó el sistema monetario existente (con papel moneda incluido) y los piratas japoneses intensificaron sus expedici
