El juego de la mancha

Eduardo Levy Yeyati

Fragmento

El cuerpo desnudo ya está frío y deciden que no corren riesgos llamando a la policía. Uno de ellos levanta del suelo una billetera gorda y prometedora que resulta estar llena de papeles con números de teléfono e identificaciones varias (tarjetas, documentos) que revelan, en diferentes estados de transformación, el rostro de lo que ahora no es más que un bulto oscuro aferrado desesperadamente al poste de luz, tumbado, medio cayéndose de la vereda sobre un charco de sangre alimentado por las finas líneas azuladas que brotan de las heridas de cuchillo que surcan el torso desnudo. Difícil distinguir a qué grupo perteneció el infortunado. Las fotos lo muestran de tez oscura, cabello largo y negro, barba rala, sonrisa oblicua. Un profesor, un trabajador, un lumpen, la línea divisoria entre categorías es cada vez más tenue y movediza.

Miran alrededor en busca de testigos y encuentran sólo veredas desiertas, mal iluminadas por la luz espectral de los sucios focos de luz, y la negra noche del interior de los locales de ropa usada y comida barata, de videntes y prestamistas, de casas de putas y puestos de lotería, de librerías de viejo y cines porno. La familiar desolación de la noche del centro profundo de la ciudad, el ruido metálico del medidor de electricidad agigantado por el silencio compacto. Los autores de la paliza ya deben estar lejos.

Se reparten los pocos pesos y monedas de la billetera y, tras una breve discusión, las ropas y los anteojos —milagrosamente intactos sobre la vereda—, y prosiguen la marcha. A dos cuadras de allí se cruzan con una casilla de teléfono. Uno de ellos marca el número gratuito que publicitan por televisión y una melodiosa voz femenina los invita a dejar, después de la señal, los datos del siniestro y los propios, incluyendo una dirección donde mandar el cheque. Al reiniciar la marcha, se preguntan hasta cuándo seguirán con la campaña de informantes destinada a limitar los incidentes violentos en el centro de la ciudad, que parece crear el efecto contrario: pánico en la población y algún que otro siniestro innecesario.

Poca acción para un viernes a la noche. Cada vez menos gente se aventura por el centro y siempre en grupos. Ya es pasada la medianoche, en una hora los taxis dejarán de circular y el territorio quedará a merced de cirujas y ratas. Caminan apurando el paso hasta la parada más cercana, donde esperan medio dormidos tres conductores, el arma bien visible apretada contra el cinturón a modo de advertencia, ansiosos por ligar el viaje que justifique el regreso a casa. Escogen el auto más grande. El conductor les regala una sonrisa agradecida al abrirles la puerta y los seis se apretujan como pueden, cuatro atrás y dos adelante, al tiempo que indican las escalas del recorrido. Mientras se alejan, uno de ellos dice o piensa qué dura la vida del taxista de noche, jugándose la vida y a menudo sin un solo cliente en todo el turno.

UNO

Manu se prepara una vez más para la ronda de los bares.

Dos años atrás, cuando se quedó sin trabajo, escribió en el reverso de hojas usadas una lista con los nombres de los bares de la ciudad de los que tenía memoria. Bares donde se había iniciado en los laberintos de la especulación intelectual y había aprendido a buscarle sentidos ocultos a las cosas, donde se había negado a la pasividad y a la desidia. Ciento ochenta y dos. A razón de dos por día, usando los bares como puertos de escala de un itinerario aleatorio, en tres meses podía cubrir toda el área del centro, los escenarios familiares, como un turista sin apuro. De ahora en más, sería un flaneur desapasionado de la realidad.

El plan de trabajo diario se limitó, al comienzo, a dejar la búsqueda de empleo (esfuerzo inútil pero necesario) para las primeras horas de la mañana, y tomarse el resto del día para hacer la ronda que, en la práctica, consistía en la ocupación pasiva de una mesa de bar, munido de un café (nunca más de uno) y una pantalla en la que navegar sin prisa, la excusa para largos momentos de contemplación en los que recuperaba, como un observador fuera de lugar y fuera del tiempo, la dimensionalidad concreta de la ciudad del otro lado de la ventana, hasta que las insistentes visitas del mozo invadían su ejercicio de introspección devolviéndolo a la materialidad del bar y la necesidad de consumir.

La idea de los bares (puesto que, al inicio, no había sido más que una idea) surgió un poco por azar y un poco para ordenar las horas de ocio. El bar era el centro natural para un experimento de esta naturaleza. La proliferación de bares había sido una de las primeras consecuencias de la crisis. Con qué asombrosa rapidez la oferta se había adaptado al inusitado crecimiento de la demanda —si hasta los pocos desocupados con ahorros habían optado por abrir pequeños bares que subsistían de milagro—. En el bar, uno podía despatarrarse en la silla por horas en la certeza de que, a pesar de las miradas hostiles del dueño detrás de la barra, nadie vendría a pedirle cortésmente que se retirara. La tradición de los bares, y las condiciones de su supervivencia, así lo establecían. Pero lo que más le atraía de la nueva rutina era la oportunidad de reconectarse, al menos en los momentos en los que la conciencia dejaba paso a la ensoñación, con una ciudad de antes de la crisis, una ciudad que se hacía mítica a medida que la crisis se hacía permanente. Aún estaba fresca en su memoria la época en que poetizaba la ciudad melancólica en artículos publicados con seudónimo en fugaces revistas subterráneas de brevísima tirada. ¿Había sido alguna vez así la ciudad, o aquellas palabras no eran más que una fabulación del extrañamiento? En cualquier caso, en dos años de rondas la esencia de la ciudad se había condensado en largas horas de bar frente a la taza de café y la pantalla encendida, con la mirada perdida en las mesas y en la gente que ya no habitaba la ciudad, que sólo pasaba largas horas frente a la taza de café y la pantalla encendida. Cuerpos inertes. O cuerpos ligeros deambulando sin prisa, consumiendo el tiempo.

A los meses de iniciar la ronda comenzó a experimentar con las posibilidades combinatorias del proyecto. En un mapa, que copió a mano para despojarlo de toda información innecesaria, indicó las coordenadas de los bares y los puntos de interés cercanos a cada uno de ellos: plazas, pasajes, mercados, iglesias. Inicialmente programaba los bares de modo de abarcar distintas áreas de la ciudad hasta completar la totalidad de la lista. Más adelante diagramó itinerarios geométricos con líneas trazadas en el mapa para indicar el tiempo promedio de traslado entre bares, ensayó ejercicios de optimización proponiéndose, por ejemplo, minimizar el tiempo necesario para realizar todo el recorrido sin pasar dos veces por el mismo punto, y anduvo varios días al azar en la esperanza de conjurar, a través de este automatismo espacial que transcribía en el mapa, alguna imagen reveladora.

Con el tiempo, los límites de estos juegos se hicieron evidentes. Los lugares se repetían. Su mirada recorría el mapa sin entusiasmo. Mientras tanto, a medida que aumentaba el número de desocupados, los bares se convirtieron en centros de reunión y reencuentro, lugares mágicos donde era posible entablar una conversación casual que se prolongaba por días en la certeza de que la atemporal mesa de bar retornaría luego de la pausa nocturna. Al ingresar al bar, al encontrar a las mismas personas sentadas en la misma mesa tal como las había dejado el día anterior, Manu tenía la impresión de revivir una y otra vez un día único, sólo imperceptiblemente distinto gracias a los cambios climáticos y a las pequeñas variaciones en la composición del grupo. Intuía que a todos les pasaba lo mismo, aunque nadie lo mencionara en las conversaciones, y esta negación colectiva lo exasperaba.

Con la persistencia de la crisis, la ciudad, que como un organismo en evolución se había ido adaptando a las crecientes hordas ociosas que fluían sin prisa por sus arterias, fue cerrándose lentamente, expulsando a sus criaturas a la periferia. A los desocupados hacia las franjas servidas por el transporte público y los viejos barrios obreros del primer y segundo cordón, atiborrados de monoblocks idénticos y viviendas precarias. A los sobrevivientes, los viejos y nuevos ricos, hacia el tercer cordón de barrios amurallados y campos de golf y casas con jardines. El centro de la ciudad, donde la convivencia diaria era inevitable, fue abandonado por unos y otros para convertirse por las noches en tierra de nadie. La noche de la ciudad se hizo peligrosa, poniendo límites horarios a las jornadas de trabajo y de ocio. La gente se levantaba más temprano, almorzaba más temprano, volvía más temprano a casa. Manu hizo lo propio con su deambular por los bares, eliminando la búsqueda matinal de empleo, aceptando la ronda de los bares como una forma de vida.

Manu se prepara una vez más para la ronda de los bares. Mira el reloj. La una menos diez. Se hace tarde.

Mientras se afeita, observa en el espejo su rostro inmemorable. Los ojitos chicos, miopes, ligeramente estrábicos, las cejas delgadas y la nariz ancha, la cara redonda estilizada por la barba a la Gainsbourg. Hace tiempo que necesita un corte de pelo. Solía cortárselo él mismo una vez por mes, tarea meticulosa que le robaba no menos de una hora. Sólo accedía a poner su preciada cabellera en manos de un extraño cuando los estragos de su tijera inexperta se volvían inocultables, sobre todo en la nuca, donde operaba virtualmente a ciegas. ¿Por qué justo ahora que le sobra el tiempo lo deja crecer hasta que comienza a molestarle, y sólo entonces se mete compulsivamente en la primera peluquería que se le cruza en alguno de sus paseos?

Hoy se encuentra de nuevo con Laura. Desde que se quedó sin trabajo, desde que Verónica lo dejó ir al mes de quedarse sin trabajo, su vínculo con las mujeres es distante, un acto reflejo. A medida que su círculo se cierra sobre las mismas personas y los mismos lugares y rutinas, sus parejas se vuelven más frecuentes y fugaces. Sus relaciones se agotan rápidamente en el letargo y la repetición, el interés dura sólo el tiempo necesario para el reconocimiento físico y el repaso del anecdotario básico. De ahí su necesidad de rodearse, de perderse en el aturdimiento de las fiestas —una igual a la otra, todas clonadas de alguna fiesta universitaria—. De ahí la aprensión del regreso a la soledad agobiante del departamento, del silencio de piedra de los despertares junto a un cuerpo anónimo, del café amargo con dolor de resaca, de las miradas escurridizas y la fuga precipitada. En dos años conoció mujeres a las que en otra situación habría deseado conservar, o al menos explorar en detalle. Las vio llegar y alejarse sin un gesto que delatara sus sentimientos. (Con Verónica se encontró, accidentalmente, en dos ocasiones desde la separación. La primera vez hablaron del trabajo de ella y de la vida de él, pasando revista a la lista de amigos comunes y sus previsibles destinos, haciendo un esfuerzo por mostrarse interesados. Ella no le preguntó por qué se había ido, él no le preguntó si veía a alguien. La conversación no duró más que unos minutos y los dos se sintieron aliviados al despedirse. La segunda vez él se cruzó de vereda.)

Hoy se encuentra de nuevo con Laura. Hace dos semanas que salen y él ya está aburrido. Laura está bien, es buena en la cama, lo escucha con atención excesiva. No es que él tenga mucho para contarle, ni ella a él. Casi siempre hablan de lo que leen o escuchan de otra gente, comentan las noticias de segunda mano a la manera de los amigos que antes se

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