Esto no es una papa

Ignacio Alcuri

Fragmento

A ustedes, lectores

«El libro se llama “Esto no es una papa” por el famoso cuadro de Magritte que decía “Esto no es una pipa”», me escribió Ignacio Alcuri por e-mail. Hasta ese momento pensaba que Nacho era un escritor joven, distinto, único, original. Ahora solo pienso que es un escritor joven. Me extraña que un tipo que me hizo reír y me conmovió más de una vez con sus ocurrencias y vueltas de tuerca haya usado para el título de su nuevo libro (este que tenés en tus manos, ¿o acaso agarrás el libro con los pies o las orejas?) el recurso utilizado una y mil veces de joder con la frase de Magritte. Si fuera Alcuri, ese escritor hoy de creatividad escasa, pero que alguna vez brilló en la escena cultural montevideana, titularía este prólogo «Esto no es un prólogo». Por suerte (o por desgracia), soy yo mismo y los títulos de mis libros (y de mis prólogos) son únicos, irrepetibles, solidarios, educados y bien limpitos.

Seguramente, para el próximo libro Alcuri haga una tapa parodiando la imagen del Abbey Road de los Beatles y al siguiente se lo vea desnudo y embarazado digitalmente, tapándose las tetas, como aquella portada mil veces copiada de Demi Moore en la revista Vanity Fair. O parodiando la tapa del Nevermind de Nirvana, pero en vez del bebé en la pileta, atrapando el billete, estará Alcuri, desnudo, atrapando un... no sé, un chivito.

«Ya no sos igual», cantaba la Mosca, líder de los ídolos punks 2 Minutos. Ya no sos igual, Alcuri. El escritor me ofreció, también, mandarme por e-mail los cuentos de este libro, por si los quería leer y así tener más material para este prólogo. No hacía falta, evidentemente se trata de una suma de ideas afanadas a otros cuentos y una colección de lugares comunes, pero gracias igual, Alcuri, por suerte (o por desgracia) seguramente me mande un libro (¿uno solo? ¡Ratas!) por haber dedicado unos 17 minutos de mi vida a escribir este brillante texto. Quizás hasta tome el coraje de leerlo. Veremos.

A ustedes, lectores de Uruguay o del mundo (digo «del mundo» por decir algo, dudo muchísimo que este triste libro llegue a Japón, Berlín, Sudáfrica o Mar del Plata), les digo: ¿ven aquella lucecita de allá? ¿La ven? ¡Es una cámara oculta! ¡¡Esto es una jodita para Tinelli!! ¡Qué grande, Marce! Jajaja, qué risa. Ese sí que es creativo, único y original. Y vos, Alcuri, a pesar de ser un ladrón, sos un groso, te queremos, mandale un saludo a Marcelo, dale, mandale. Vamos a la tanda y regresamos en unos minutos, no se vayan. ¡Ya volvemos!

Gustavo Sala

Voy a hacer como Stephen King,

que dedica los libros a sus seres queridos,

y se lo voy a dedicar a los seres queridos

de Stephen King.

Multi verso

Me consuelo pensando que este es el mejor de mis posibles presentes. Que si hubiera tenido amigos en la infancia, uno de ellos me habría estafado o asesinado. Que si me hubiera esforzado más en el liceo, habría sufrido un surmenage. Que si me hubiera animado a decirle algo a aquella muchacha, un ómnibus me hubiera arrollado de regreso a casa. Que si hubiera terminado la carrera, sería un licenciado mediocre sin la excusa de que no terminé la carrera. Que si esa otra muchacha no me hubiera dejado, la enfermedad que me va a matar hubiera aparecido treinta años antes. Que si escribiera bien, jamás terminaría un cuento. Que si fuera lindo, millonario o inteligente estaría preso, por razones relacionadas o no con mi belleza, riqueza o inteligencia. Que si hubiera tomado el 174 que acaba de dejarme tirado en la parada, habría chocado a las pocas cuadras y reventado en mil pedazos. Como ven, la idea de morir en un accidente relacionado con unidades del trans-porte colectivo ocupa demasiado tiempo de mi vida. Pero si lo ocupo en otra cosa, tengo miedo de que me ocurra un montón de cosas horripilantes. No quiero ni pensarlo.

A Don le pido

Decenas de asesinos a sueldo, matones, mafiosillos y empresarios deportivos hacían cola en la puerta del despacho de don Gorrione. El ciempiés humano llegaba hasta el portón de acceso de su mansión y aquellos que esperaban a la altura del jardín sufrían el sol abrasador en sus incipientes calvas.

–No lo aguanto más –dijo un gordo vestido con equipo deportivo de nylon–. Creo que voy a irme sin hablar con el Padrino.

–No sea tonto –le respondió el francotirador de bigotes finitos que tenía atrás–. Sabe bien que es el único día en el que podemos pedirle esta clase de favores.

El gordo apreció el comentario, sobre todo porque su partida hubiera adelantado al otro un lugar en la fila.

Mientras esperaban, conversaron sobre sus oficios. El francotirador resultó ser responsable de la muerte de varios jefes de Estado y era apreciado por su capacidad de disparar desde el otro lado de la frontera. El de jogging contó, con vergüenza, que estrangulaba soplones en frigoríficos.

–Es una noble tarea y lo felicito. Además, hay más soplones que primeros mandatarios.

–Me mantengo ocupado, es verdad –dijo con el pecho inflado.

A cada rato daban unos pasitos y en poco más de una hora ya estaban bajo techo. Pudieron ver cómo la cola subía la escalera principal con dos y hasta tres criminales por peldaño. Hacía rato que no tenían más información comprometedora para compartir.

Uno de los criados ya había prendido las lámparas del pasillo cuando al gordo le tocó entrar al despacho. Salió sonriente, minutos más tarde.

–¿Lo conseguiste? –preguntó el de finos bigotes.

–Tuve que insistir un poco, pero no pudo negarse.

Un gigantesco guardaespaldas impidió que la conversación continuara, obligando al primero de la fila a entrar a la habitación. Allí estaba el Padrino, sentado en su escritorio, con una cuadernola y una lapicera.

–¿Qué se le ofrece? –dijo con voz de tano viejo.

–Un Kindle, don Gorrione.

–¿Y eso qué es?

–Es un dispositivo para leer libros digitales.

–¡Ah!, una tableta.

–No exactamente. Este se puede leer de día y no cansa tanto la vista.

–¿Y por qué crees que debería cumplir tu pedido?

–Porque la tradición lo indica. Mañana viaja a Estados Unidos, así que debe comprar los artefactos electrónicos que le pidan sus familiares, amigos y conocidos. Es eso o quedar como un sore... quedar mal.

Don Gorrione golpeó el escritorio con su puño, luego levantó la cuadernola y se la mostró.

–¿Sabés todo lo que me pidieron hasta ahora? Doce notebooks, ocho netbooks, que según me contaron es lo mismo pero en pequeño, veinti... a ver, veintisiete cámaras digitales, muchas de ellas discriminadas por marca y modelo, iPads, iPods, iPhones, tabletas, memorias, discos duros externos, repuestos... ¡y ahora un Pimple!

–Kindle. Es la tradición. Recuerde el celular último modelo que le traje cuando viajé hace dos años.

Con irónica precisión, ese celular comenzó a sonar en el bolsillo del Don, quien trató de acallar las primeras notas de la Marcha Imperial.

–Bueno, bueno, está bien. Tendrás tu especie de tableta. Dale el dinero a uno de mis guardaespaldas.

–Muchas gracias, don Gorrione –se inclinó y le besó el anillo con algo de acción de lengua.

Entregó unos dólares al urso de la entrada y comprobó que todavía quedaban trece personas por entrar: smartphone, tableta, netbook, notebook, notebook, iPhone, Macbook, Kindle, netbook, cámara de fotos, iPad, tableta y una funda para notebook. Este último no era electrónico, pero el Padrino lo anotó igual. No quería quedar como un sorete.

Pequeño demonio

En su adolescencia le habían retirado varios tapones de cera de los oídos, por lo que conocía el procedimiento. Sin embargo, aquello había dejado de ser una simple exploración para transformarse en una dolorosa invasión de cráneo, con las herramientas del médico provocándole un intenso dolor al llegar casi hasta el centro mismo de su cerebro. El profesional maniobró durante larguísimos segundos y empezó a retirar su instrumento, arrastrando algo que era apenas mayor que el canal por el que debía salir. Esos milímetros de diferencia habían desgarrado el interior del oído de Víctor y la sangre salpicó la oreja, el instrumento y el objeto extraño.

Víctor sufrió unas horas más, pero al menos pudo dormir. Llevaba varios días sin pegar un ojo debido a la molestia en su oído izquierdo y el olor cada vez más feo que salía de ahí. La porquería empapada con sangre que había salido del oído del reo fue enviada a un laboratorio y días después una fotografía comenzó a circular por las redes sociales.

Nunca se supo quién filtró la imagen, aunque eso poco importaba a esa altura. En unos días hasta la anciana con menos conocimiento de Internet había visto la foto de una moneda de 1 peso junto a un esqueleto que hubiera cabido con holgura sobre ella. Los huesos parecían los de un ser humano adulto, excepto por la escala y por dos filosos cuernos que salían del cráneo y que explicaban las heridas durante la extracción. El «Monstruo en el oído de Víctor Saiz» llegó primero a las portadas de los periódicos y luego a las revistas de divulgación científica, donde se debatía acerca de su origen. La pregunta más importante, sin embargo, se la hizo la justicia: ¿era Víctor un hombre inocente?

Todo el pueblo había podido ver, gracias a la instalación de cámaras en el juzgado, cómo Saiz era acusado de la muerte de 23 ancianos. Pese a la interminable cantidad de evidencia, él nunca había admitido los hechos. Respondió con evasivas a las preguntas de la fiscalía y recién se quebró cuando el juez lo condenó a muerte. «¡Tienen que creerme! ¡No lo hice a propósito! Una voz en mi cabeza me decía que los matara, me decía que ya eran viejos y que nadie los extrañaría... ¡Se los juro! ¡La voz no se callaba hasta que los asesinaba! ¡No es mi culpa!».

Los periodistas se habían hecho la comidilla con sus gritos, que consideraron el último recurso de un hombre desesperado. Ahora, tenían evidencia de que quizás el joven estaba diciendo la verdad y había escuchado una vocecita en su cabeza que lo obligaba a matar. Alcanzaba con prender la tele para ver el cadáver del demonio que ratificaba su versión.

Se suspendió la ejecución mientras determinaban qué hacer con Víctor. Por un lado, había actuado bajo la absoluta influencia de un ser poderoso (demonio, extraterrestre u otra criatura mitológica, de acuerdo a quién se lo preguntara). Por otro lado, habían sido sus manos las que ahorcaron a las 23 víctimas. Al final se optó por considerarlo un paciente psiquiátrico y pasó treinta y seis meses en una institución mental. De allí salió con una sonrisa y veinte años recién cumplidos.

Al dar sus primeros pasos hacia la libertad, pensó en lo que le depararía el futuro: entrevistas televisivas, un par de libros sobre su vida y el contacto directo con todas esas chicas que le habían escrito durante el encierro y su posterior internación. Sí, las groupies lo entusiasmaban. Sobre todo porque ya no tenía aquella voz en la cabeza que le pedía por favor que no matara, y que de hacerlo eligiera alguna persona anciana, que le quedara poco tiempo de vida.

Adoraba el silencio.

Suscríbete para continuar leyendo y recibir nuestras novedades editoriales

¡Ya estás apuntado/a! Gracias.X

Añadido a tu lista de deseos