La cizaña en el trigo

Antonio Sanz Oliva

Fragmento

Creditos

1.ª edición: enero, 2017

© 2017 by Antonio Sanz Oliva

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-615-6

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Dedicatoria

 

 

 

 

 

A mi querida Luisa Berbel,

esposa en lo literario y compañera de fatigas durante muchos años.

Contenido

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Agradecimientos

Promoción

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Capítulo 1

Hubiera deseado que aquello no sucediera, pero ya no tenía poder para cambiarlo. Me encontraba detenido en las dependencias de los carabineros, aunque no sabía exactamente dónde. En mi mente se confundían retazos de imágenes que, poco a poco, empezaban a engarzarse para completar lo que había pasado.

Fueron muy insistentes para que declarara pero, ante mi negativa, optaron por encerrarme en aquel calabozo a la espera de que la autoridad competente dispusiera de mí. A pesar de ello, se portaron con toda corrección.

—Señor Baldi. Le he traído algo para que pueda asearse... Encima del lavabo tiene una pastilla de jabón. —Me dijo uno de los guardias.

El carabinero me pasó una toalla a través de los barrotes para que pudiera limpiarme; estaba empapado en sangre. El olor era nauseabundo, pero su color no era ya tan intenso, parecía más bien una mancha marrón sobre la ropa. Me fui limpiando hasta que la toalla no pudo absorber más suciedad. Tenía metido dentro ese olor entre acre y metálico que me revolvía las tripas, penetrante como una mala idea.

Estaba empapado, con los pantalones chorreando y descalzo. No recordaba haber perdido los zapatos, pero me daba igual. Me acurruqué en un rincón de la celda. Tenía mucho frío e intenté protegerme el pecho con los brazos para notar algo de calor. Se notaba el fuerte olor a humedad que impregnaba aquel cuarto mal ventilado y los trazos de moho en las esquinas. Era una habitación pequeña y sucia, pintada de un blanco que apenas se intuía por las decenas de huellas de la gente que alguna vez se apoyó en aquellas paredes. Los barrotes eran azules, repintados una y mil veces y otras tantas repelados por el roce de las manos que se habían abrazado a ellos. Es curioso, pero allí me sentía seguro, como si nada malo fuera a sucederme.

—¿Tiene frío? —preguntó de nuevo el carabinero al verme tiritar—. Ahora mismo le traeré una manta, verá cómo se siente mucho mejor.

—Disculpe... ¿Puedo hacer una llamada? —le pregunté.

—Por el momento no es posible.

No tardó ni un minuto en traerme una manta de color gris. Su tacto era áspero y había perdido el toque esponjoso de la lana, pero consiguió que pronto entrara en calor.

—Quítese los pantalones, se los secaré sobre un radiador. El de la celda, como habrá comprobado, no funciona… No se preocupe, cuando lo llamen se los devolveré.

—¿Podría darme un cigarrillo?

—Sí. Acérquese y le daré fuego.

Me quedé desnudo, salvo la manta que me cubría la espalda. Cuando me acercó el cigarrillo, le di una profunda calada y me sentí mejor cuando exhalé aquel humo que formó una densa cortina entre los barrotes.

—Me gustaría que avisaran a Giulia Cravioto. Díganle que hable con su amigo abogado. Supongo que lo necesitaré.

—Está bien, espere un momento y tomaré nota de su teléfono. Intentaremos hacerle llegar su mensaje.

Volví a sentarme en la silla. En aquel momento eché de menos a alguien que me acompañara, que me hiciera sentir seguro. Cuando se consumió el cigarrillo, se desvanecieron todos mis pensamientos. Hubiera necesitado al menos una cajetilla entera para proseguir con el hilo de mis ideas. Estaba exhausto y con la mente turbada. Había perdido la noción del tiempo y apenas podía distinguir los minutos de las horas. Me invadió una dejadez y decidí tenderme en el suelo; sentía la necesidad de estirar las piernas para poder descansar. Ya no recuerdo nada más, debí quedarme dormido hasta que, de nuevo, la voz del carabinero me despertó.

—Señor Baldi… Ya es la hora. Aquí le traigo sus pantalones. Todavía están un poco húmedos, pero le he podido conseguir una camiseta. También le he traído unas zapatillas, no puede presentarse descalzo en el juzgado.

El carabinero abrió la celda y me entregó la ropa. Cuando estuve presentable, me miré al espejo y mojé mis cabellos para intentar alisarlos.

—¿A dónde me llevan? —pregunté.

—Está de suerte, la juez de guardia quiere verle enseguida. Así no tendrá que pasar más rato en estos calabozos.

—Y después, ¿qué?

—Eso lo decidirá ella. Podría decretar ingreso en prisión o tal vez lo ponga en libertad.

El carabinero sacó sus esposas y me las colocó en las muñecas.

—¿Es necesario?

—Lo siento, son las ordenanzas. Debemos llevarlo esposado. Ahora subiremos a un coche patrulla y lo llevaremos directamente al juzgado.

Atravesamos un largo pasillo iluminado con tubos fluorescentes, algunos de los cuales parpadeaban insistentemente, transformando el corredor en un lugar tétrico, que aumentaba mi sensación de desasosiego. Al final se encontraba una puerta metálica que daba acceso al garaje. Entre el carcelero y otro, me ayudaron a montar en el vehículo.

Cuando salimos al exterior no supe precisar qué momento del día sería. El coche enfiló a gran velocidad una avenida. Reconocí, uno a uno, los escenarios donde había transcurrido mi vida durante los últimos tiempos: el puerto, la estación Centrale y allá, a lo lejos, dibujando el nuevo skyline, las torres que albergaban los juzgados. De allí daría con mis huesos en Poggioreale o, por el contrario, saldría libre, aunque no tuviera dónde ir.

El coche entró en el complejo y accedimos a los despachos mediante un complicado sistema de ascensores y pasillos, que se me antojaron un dédalo donde, al final, me esperaba el Minotauro para acabar conmigo. En una especie de pequeña antesala, los carabineros me indicaron que me sentara hasta comparecer ante la juez, que se demoró cinco minutos, los necesarios para comprobar la documentación que le entregó la policía. La magistrada me indicó, con un movimiento de sus manos, que tomara asiento frente a ella. Yo permanecía expectante, observando aquel despacho impoluto. El mobiliario era breve, con las estanterías justas para almacenar cientos de archivadores y a su lado la bandera tricolor. Cuando consideró que ya me había hecho esperar lo suficiente, se dirigió a mí. No superaba los cincuenta, en una edad indeterminada que no le restaba frescura a sus rasgos. Llevaba puesto un sencillo traje gris de pata de gallo y una blusa color hueso sobre los que caía una media melena negra con reflejos caoba. Parecía comedida en los detalles: un maquillaje leve, casi imperceptible; un toque de carmín de tono suave y las necesarias gafas de pasta colgadas con un cordón.

—Veo que se ha negado a prestar declaración en comisaría… De acuerdo, entonces lo hará por primera vez aquí. Tiene que saber que no está obligado a hacerlo, ni a decir nada que pueda perjudicarle. Le asiste el derecho a ser representado por un abogado pero, si no puede pagarlo, se le asignará uno de oficio. ¿Comprende lo que le digo?

—Sí. La he entendido perfectamente.

—Ahora procederemos a leer lo que figura en el atestado. La mayoría de los datos son personales, así que le rogaría que nos confirmara si son correctos. Puede explicarse o añadir lo que crea conveniente, no obstante, volverá a ser interrogado una vez tenga al letrado que le represente y haya consultado con él. Procedamos… Es usted Stefano Baldi, nacido en Torgiano, provincia de Perugia, de treinta y ocho años de edad, pelo castaño y ojos azules, hijo de Antonio y Margherita Baldi, de profesión artista. ¿Es correcto?

—Sí, pero me gustaría matizar que soy pianista.

—Muy bien, aunque ese detalle es irrelevante. Por la documentación que nos consta, su último domicilio conocido está en la ciudad de Pozzuoli, provincia de Nápoles. Una vivienda-ático sita en Via Roma, número ocho.

—Esa fue mi última dirección aquí. Compartía piso con un amigo, Mario Ponissi, el propietario de la vivienda. Luego me marché al extranjero, hasta que volví hace unos días.

—¿El señor Ponissi ha sido avisado de su detención?

—No. Ya no tengo ningún tipo de relación.

—No se preocupe, nos pondremos en contacto con él si hace falta. ¿Podría aclarar dónde estuvo durante su estancia en el extranjero?

—He estado viviendo en Líbano.

—¿Podría ser más preciso?

—Solo sé que estaba muy cerca de Beirut, en el distrito de Baabda, pero no sabría decirle mucho más. Se trataba de una mansión llamada l’Auberge de Notre Dame, que pertenecía a un rico magnate libanés llamado Adnan Katurshian.

—¿Podría decirnos qué hacía allí?

—Me desplacé por motivos laborales.

—¿Qué clase de trabajo ejercía?

—Preferiría hablar antes con mi abogado.

—Está bien, señor Baldi, continuaremos con la lectura del atestado… Esta mañana fue detenido en el interior de la Capilla de Sansevero, en la ciudad de Nápoles, por miembros del Arma de Carabineros, personados a requerimiento de los empleados de dicha capilla. ¿Es eso cierto?

—Sí, debió de ser así.

—Después de unos fuertes golpes y procedente del subsuelo de la capilla, usted apareció, forzando una tapa de bronce que, a modo de rejilla, sirve como respiradero y que está situada a la izquierda de la escultura llamada El Cristo Velado que se exhibe en dicho templo. Los mismos testigos declaran que apareció ensangrentado y esgrimiendo una herramienta que no pudieron precisar, con la que rompió dicha tapa. Ante el lógico revuelo, los allí presentes realizaron una llamada a los Carabineros, mientras usted permanecía inmóvil, mostrándose, con los ojos extraviados y sin pronunciar ninguna palabra. Luego cayó de rodillas, dejando la herramienta en el suelo y, recostándose sobre la citada escultura, susurró las siguientes palabras: «He matado a ese hijo de puta. Ya no volverá a joderme más…».

—Lo recuerdo vagamente, como en un sueño.

—Entonces, si damos por bueno lo que le he relatado, usted reconocería haber matado a una persona, ¿no?

—Antes preferiría consultarlo con un abogado.

La juez entendió que no iba a añadir más luz sobre el caso y que era innecesario alargar más aquel interrogatorio preliminar. A pesar de ello, quiso hacer una última puntualización.

—En estos momentos se están realizando las investigaciones pertinentes para corroborar si existe algún cadáver, como se deduce de sus palabras. Por el momento tendremos que custodiarlo hasta que se aclare el tema. En vista de la gravedad de los hechos, quedará retenido en la prisión de Poggioreale, en calidad de preso preventivo. Allí se le suministrará ropa adecuada si no puede disponer de la suya y entregará el resto de prendas manchadas para ser examinadas y utilizadas como prueba. Podrá realizar las llamadas pertinentes para contactar con un abogado y, en breve, le volveré a citar.

En aquel momento, la juez hizo una indicación al funcionario para hacer pasar a los carabineros que aguardaban fuera. Les entregó la orden de prisión preventiva y volvieron a esposarme para llevarme a la cárcel.

Mientras salíamos del edificio, mi mente hizo un barrido por los recuerdos de toda una vida, en especial por los que me habían llevado a esta situación. Ahora solo me quedaban los recuerdos, los únicos compañeros de los que podría disponer hasta que todo se aclarara.

Todo empezó hace unos meses, cuando inicié unas vacaciones después de la muerte de mi padre. El destino quiso que, cuando llegué a Nápoles, comenzara una nueva etapa con tantas emociones como siempre anhelé, aunque en aquel momento no sabía el precio que debería pagar por ellas.

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Capítulo 2

El tren estaba a punto de entrar en la estación de Nápoles y ya tenía mi equipaje listo para bajar. En mi maleta llevaba la ropa justa para pasar una semana y un libro que esperaba no tener que leer. Hacía justo un mes que había fallecido mi padre y necesitaba desesperadamente dejar el pueblo para darme unos días de respiro. Era la primera vez, en muchos años, que salía de Torgiano, un pequeño pueblo cerca de Perugia, y esperaba que una semana bastara para devolverme las fuerzas que había perdido cuidando al único ser que me quedaba en el mundo y por el que había abandonado mi vida y mi trabajo.

El Frecciarossa se detuvo en un andén de la Estación Central y atravesé su feo y funcional vestíbulo hasta darme de bruces con la más anárquica ciudad que jamás había visto. Al trasiego de viajeros se sumaron cientos de viandantes que atravesaban la enorme explanada. Un ensordecedor ruido de motores y cláxones pusieron una desagradable banda sonora a mi llegada y el calor de un sofocante mes de julio vino a sumarse a la bienvenida, brindándome el inevitable sudor que comenzó a recorrer mi cuerpo para acabar empapándome la camisa.

Levanté la vista para intentar reconocer mi hotel, justo en la esquina, a escasos diez metros de donde me encontraba. Al entrar en el Terminus me di cuenta de que cumplía con todos los requisitos que buscaba. Su amplia puerta giratoria daba acceso a un impresionante vestíbulo, con una decoración sobria y al mismo tiempo elegante. Me dirigí a la recepción para identificarme y un joven me pidió amablemente la documentación. Tras hacer las pertinentes comprobaciones, me dio las llaves de la habitación cuatrocientos trece, una buena altura si quería disfrutar de las magníficas vistas que, sin duda, incluirían el impresionante Vesubio. El recepcionista insistió en que no cargara con la maleta; un botones lo haría por mí. No estaba acostumbrado a aquellos lujos, pero tomé despreocupado el ascensor.

La habitación era sencilla, demasiado para lo que había imaginado. De todas maneras no me importaba, esperaba utilizarla solo para dormir. Me desnudé, enrollé una toalla a mi cintura y abrí con expectación la puerta del mini bar. En él había un estupendo benjamín de champán. Reconozco que no era una hora apropiada, pero saboreé aquel preciado espumoso y me sentí el rey del mundo.

Me desplacé por la mullida moqueta hasta el balcón, intrigado por saber qué paisaje me acompañaría durante mi estancia y corrí decidido la cortina para descubrir la silueta más moderna de la ciudad. No era la mejor vista, pero el Vesubio eclipsaba todo lo demás. Me encendí un cigarrillo mientras observaba el trasiego de los napolitanos bajo mis pies, afanados en actividades en las que no me reconocía. La caótica circulación y las múltiples líneas de ferrocarriles que recorrían los alrededores, simulaban una chirriante maraña que parecía atrapar aquellos barrios más degradados, librando aquel espacio a lo más lumpen de la ciudad.

Solo me dio tiempo a apagar el cigarrillo cuando sonó un golpe en la puerta. Supuse que sería el botones con mi equipaje y yo estaba prácticamente desnudo. No sabía qué hacer, así que decidí actuar con naturalidad, mientras buscaba en mi cartera algo de dinero.

—Señor Baldi, le traigo su maleta —dijo el botones al otro lado de la puerta.

Tras pasar al interior, la depositó encima de la banqueta que estaba al lado de la televisión. Le di las gracias y alargué un billete que cogió sin mirar. Justo en aquel momento, se desenrolló la toalla. El botones ni se inmutó, aunque yo me moría de la vergüenza. Me convencí de que ese tipo de cosas formaría parte del anecdotario de un hotel y actué como si no fuera conmigo, cerrando la puerta tras su marcha.

Colgué mi equipaje y me introduje en el amplio baño donde hubiera cabido una familia entera. Estuve diez minutos bajo la refrescante ducha que distribuía el agua como si fuera lluvia. Por fin comencé a relajarme y a cobrar conciencia de que estaba cumpliendo un sueño siempre anhelado y tantas veces pospuesto.

Era un poco temprano, así que me decidí a estirar las piernas por los alrededores. Encendí un cigarrillo mientras observaba cómo los últimos viajeros abandonaban la Centrale. Una cohorte de tipos raros desfilaron ante mí, hasta que la calle quedó despejada del todo: militares uniformados a la caza de una pensión barata, señoritas con «uniforme» de trabajo y buscavidas esperando ofrecer el último servicio. Después, el hambre llamó a mi puerta y aterricé en la Osteria da Ettore para cenar, muy cerca del hotel. Algunas putas merodeaban por los callejones y un rosario de coches se acercaba intermitentemente para preguntarles por el precio. Aquello me pareció sórdido pero muy divertido, pero opté por regresar al hotel una vez abonada la cuenta del restaurante.

—Buenas noches… Disculpe, ¿todavía está abierto el bar? —pregunté a uno de los empleados.

—Sí, señor Baldi. Lo tiene hasta las doce, aunque me temo que estará solo. Esta noche no hay demasiados clientes.

—Lástima, no me gusta beber solo. Será mejor que me acueste... Buenas noches —le dije.

—Buenas noches, señor Baldi.

Antes de tomar el ascensor, me giré para observarlo mejor. Aquel empleado me resultaba atractivo, aunque parecía algo mayor (unos cincuenta años le eché a bote pronto). Se notaba que se cuidaba, con una barba recortada que le confería virilidad y un pelo rasurado que ocultaba una incipiente calvicie. Ahora empezaba a valorar las estrellas del rutilante firmamento del Terminus.

Llevaba unas horas en Nápoles y ya se habían despertado mis más bajos instintos, reprimidos durante tanto tiempo, pero había venido para evadirme y decidí pensar en otra cosa para aplacar mis deseos. Desnudo, me tendí sobre la cama. Desde mi balcón abierto se colaba una pequeña brisa que me hizo más agradable el sueño. Cuando amaneciera, la primera luz me despertaría y el Vesubio me daría los buenos días sin tener que moverme de la cama.

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Capítulo 3

Tal como predije, la primera claridad del día me despertó. Era una sensación agradable amanecer de aquella manera y allí estaba el volcán, imponente, magnífico, como el inmenso falo de un titán dormido. Intenté imaginar el dantesco espectáculo que sepultó Pompeya y entonces tuve claro que mi primer día en Nápoles debía empezar por aquella visita que ahora estaba al alcance de mi mano.

Me asomé al balcón para gozar del frescor de la mañana, el único que disfrutaría en todo el día. Iba completamente desnudo, pero no me importaba que alguien pudiera verme desde la calle; todos parecían estar demasiado ocupados en sus quehaceres. El inicio del nuevo día había devuelto la actividad a la estación y con ella su característico olor: una mezcla de tufo de locomotoras, andenes sucios y raíles bien engrasados. La avenida que enfrentaba a mi balcón volvía a ser transitada por una serpiente de vehículos, que se adueñó de ella con su inevitable sonido de anarquía.

Antes de salir a la calle pasé por recepción. Aún estaba el empleado «madurito» de la noche anterior y me acerqué, como el que no quiere la cosa, para preguntarle cómo llegar a Pompeya.

—Buenos días. Soy Stefano Baldi, de la cuatrocientos trece. ¿Podría informarme de cómo llegar a Pompeya?

—Cómo no, señor Baldi. Desde la misma estación pude tomar la línea regional de Sorrento, los andenes están en el nivel inferior. A mitad de trayecto se encuentra Pompeya… Supongo que irá a visitar las ruinas, ¿no?

—Así es.

—En ese caso le recomiendo que, bien a la ida, bien a la vuelta, haga parada en Herculano, le sorprenderá gratamente y no le llevará demasiado tiempo. Los turistas suelen ignorarla, atraídos por la fama de Pompeya y sería una lástima que se perdiera una joya arqueológica como esa.

—No estaba en mis planes visitarla pero, si me lo recomienda, creo que valdrá la pena acercarse. Veo que es usted un entendido… en historia, quería decir.

—¿Tanto se nota? —me contestó irónicamente—. Estudié arqueología en la Universidad de Nápoles y he trabajado en varias excavaciones que periódicamente se realizan allí.

—Disculpe la indiscreción pero, ¿cómo es que no ha seguido trabajando como arqueólogo?

—Es muy difícil vivir de eso y el del hotel no es un mal trabajo.

—Sin duda, y usted lo desempeña magníficamente. Muchas gracias. Me ha sido de gran ayuda, señor… —Le alargué la mano para agradecerle el detalle, esperando que me dijese su nombre.

—Mario Ponissi y no las merece. Estamos para hacer su estancia lo más agradable posible.

—Bueno, ya le contaré a mi regreso. Aunque, claro, usted tal vez no esté y no sé cuándo volveremos a vernos.

—Durante esta semana estaré en el turno de noche… Que pase un buen día.

—Hasta la noche entonces.

Salí por la puerta giratoria con las piernas temblando de la emoción. Realmente aquel tío me había derretido por dentro; tan solo esperaba que no se me notara demasiado. Dejé atrás aquel pensamiento espontáneo y volví a jugarme el tipo cruzando por el paso de peatones hasta verme envuelto en una vorágine de gente corriendo apresurada. Entre preguntas y explicaciones, casi pierdo el tren, al que llegué siguiendo a los cientos de turistas que atiborraban el andén.

El proverbial retraso del convoy hizo que estuviera tan atestado que no conseguí sentarme, teniendo que luchar en la plataforma por hacerme un hueco que me permitiera agarrarme a una barra. Afortunadamente solo tuve que sufrir media hora, hasta que la avalancha se desparramó por el andén de Pompei Scavi.

Cuando accedí al recinto, quedé fascinado de inmediato. No me fue difícil imaginar el bullicio de sus calles y la dificultad de sus habitantes para transitar entre aquellos adoquines, sorteando toda clase de vehículos y gente que, desde buena mañana, llenaría casas, tabernas y templos en su frenética actividad. Toqué, una a una, sus columnas y paredes que, patio a patio, calle a calle, se iban mostrando en su bella y descarnada ruina. El omnipresente Vesubio dominaba cualquier perspectiva, recordando que, gracias a su voluntad, podíamos contemplar aquella maravilla. Visité los hitos más destacados de la ciudad: la Villa del Fauno, con su graciosa escultura en el centro del impluvium; la Villa de los Misterios, cuya vía de acceso estaba salpicada de estelas mortuorias, jalonando aquella suerte de calle de la fama; el lupanar, con sus frescos explícitos, publicitando las «especialidades» de la casa y que todavía conservaban los lechos petrificados donde el amor se ponía en almoneda.

Cuando llegó el mediodía, ya tenía en mi haber varios teatros, anfiteatros, foros, palestras y templos. La sobredosis de civilización romana, acompañada de un sol de justicia y el fin de mis existencias de agua, finiquitaron la excursión. Decidí que era mejor una retirada a tiempo y busqué la mejor manera de salir. No tenía mucha hambre y pensé que, si me daba prisa en tomar otro tren de vuelta, todavía tendría tiempo de pasar por Herculano y así admirar la maravilla que tan insistentemente me había recomendado el recepcionista del hotel. Tuve suerte y a lo que llegué a la estación, un convoy procedente de Sorrento entraba por el andén. En breves minutos me plantifiqué en la cercana Herculano y, cuando descendí del tren, me encontré perdido en mitad de aquel pintoresco pueblo, sin ninguna indicación de hacia dónde tenía que encaminar mis pasos. Seguí mi instinto hasta llegar a lo que, desde lejos, parecía un parque cercano al mar. Bajé una senda ajardinada hasta asomarme a un recinto no demasiado grande pues, a diferencia de Pompeya, aquí la ciudad moderna se había reedificado sobre los mismos restos, quedando las casas colgadas encima de las romanas. Entonces me vi paseando por las mismas calzadas donde, casi dos mil años antes, lo hizo otra gente intentando llevar una vida normal. Estaban las mismas fuentes donde se abastecían de agua y las mismas cantinas donde tomaron vino para olvidar los sinsabores de la vida. El recorrido no me llevó excesivo tiempo, los visitantes no eran tantos y el tiempo era más benévolo a esa hora de la tarde. Ahora tan solo restaba regresar. En poco tiempo, un nuevo convoy me recogió para volver a Nápoles.

Por fin estaba de vuelta al hotel. A pesar de la ingente cantidad de botellas de agua consumidas estaba deshidratado y mi ropa empapada por el sudor. Me sentía sucio e incómodo y mi pensamiento se circunscribía a permanecer bajo la ducha el tiempo necesario hasta tener la sensación de frescura en mi piel. Entré como una exhalación, pero una voz interrumpió mi decidido avance hacia las habitaciones.

—Señor Baldi... —dijo una voz llamándome desde el mostrador.

Tuve que dar media vuelta para no parecer descortés.

—Vengo reventado de la excursión y necesito tomar una ducha —le dije a modo de excusa.

—Lo siento, solo quería preguntarle cómo le había ido en Pompeya.

—Ha sido maravilloso pero, si me lo permite, necesito cambiarme. Voy sudado y me siento incómodo.

—Por supuesto, no quiero entretenerle más.

—Gracias. Cuando me haya aseado bajaré para contarle.

Había sido un poco grosero. Para una vez que encontraba un hombre atractivo, maduro, como a mí me gustaban, lo había dejado con la palabra en la boca pero, con aquel aspecto, no me encontraba a gusto para iniciar una conversación.

Cuando salí de la ducha, me sentí renovado, fresco y con ganas de comerme el mundo. Era el momento adecuado para dejarme caer por el vestíbulo y contarle las bondades de mi excursión. Mario estaba enfrascado cuadrando facturas. En ese momento levantó la vista y me recibió con una agradable sonrisa.

—Veo que ya se ha refrescado, señor Baldi.

—Por favor, tuteémonos… Tengo que agradecerte el consejo sobre la visita. Herculano me ha parecido muy interesante, aunque Pompeya es Pompeya; no me atrevería a compararlas.

—Desde luego, pero seguro que habrás observado el buen estado de conservación de las casas, como si los mismos romanos fueran a salir de ellas para realizar sus quehaceres.

En aquel momento sonó el teléfono, interrumpiendo aquella conversación que parecía tocar a su fin.

—Tranquilo, luego nos vemos… —le dije.

Mario me hizo una señal con la mano para que esperara unos instantes; quizá quisiera decirme algo importante. Me recosté sobre el mostrador unos interminables minutos y esperé paciente a que terminara.

—Disculpa, Stefano… Solo quería decirte que, como habrás observado, no estoy en mi turno. He tenido que alargarlo porque mi compañero se ha indispuesto, así que, en cosa de media hora, termino aquí. Había pensado que, si te apetecía, podríamos continuar la conversación en otro lugar.

Me quedé sorprendido, pero no tenía nada mejor que hacer y no había hecho planes para la cena. ¿Por qué no?, me pregunté. Las ocasiones raramente suelen presentarse tan fáciles.

—Está bien. Mientras terminas, te espero en la cafetería —le dije.

—Muy bien, no tardo nada.

Tal solo le llevó unos veinte minutos reunirse conmigo, lo justo para que le sustituyeran. Me indicó, con un leve movimiento de cabeza, que debía seguirle, así que dejé mi consumición y salí del hotel. Esperé un instante, hasta verle aparecer montado en su Fiat blanco. Tengo que reconocer que no las tenía todas conmigo, pero a fin de cuentas era un empleado del hotel y no pensé que fuera a hacerme nada malo. Me abrió la puerta y, sin pensarlo, me introduje en su coche.

—¿Dónde te apetecería cenar?

—No sé. Soy nuevo aquí. Quizá podríamos ir a algún sitio típico.

—Está bien, déjate sorprender.

Mario arrancó bruscamente el vehículo, clavándome en el asiento. Fuimos a la carrera por viejas callejuelas que se estrechaban a nuestro paso, como si se tratase de una cremallera. Fue adentrándose por lo que él denominó Spaccanapoli, sorteando, al mismo tiempo, viandantes, coches y motos, aparcados en los más inverosímiles recovecos de aquel oscuro tubo que conformaba el centro de la ciudad. Como una exhalación llegamos a una plazoleta que se abría como un pequeño pulmón entre aquellos bronquios de adoquín. El cartel luminoso de la Osteria Pisana nos recibió tímidamente en aquel lugar no apto para visitantes poco arriesgados.

—Ya hemos llegado.

—Menos mal. Si no es porque me sería difícil regresar, volvería andando. Conduces fatal.

—Creo que exageras —me dijo sonriendo.

Al entrar fue reconocido por uno de los camareros, con el que se fundió en un abrazo. Después de un breve intercambio de preguntas, me lo presentó.

—Stefano, este es mi primo Genaro.

—Encantado, Genaro —dije mientras le tendía la mano.

El primo me dedicó un repaso de arriba abajo. De inmediato, nos dispuso una mesa en la parte más acogedora de la Osteria y en un periquete nos encontrábamos sentados alrededor de una frasca de vino.

—Verás, te he traído al restaurante de mis tíos. No es porque sea de la familia, pero aquí se come realmente bien. Luego te los presentaré, ahora estarán muy ocupados.

—Veo que te has tomado muchas molestias. Tal vez con tomar algo en cualquier sitio hubiera sido mejor.

—¿Es que no te gusta?

—No, no es eso. Es que ha sido todo tan precipitado. No nos conocemos y…

—Tonterías. Además, ahora es un buen momento para conocernos, ¿no te parece?

—Sí, claro, pero… ¿te importa que te haga una pregunta un tanto indiscreta? ¿Eres así de «simpático» con todos los clientes?

—Me temía que dirías eso… No, no suelo intimar con los huéspedes, si es eso lo que querías saber. ¿Satisfecha tu curiosidad?

—Entonces, ¿qué es lo que ha sucedido para tener esta deferencia conmigo?

—Eso es más de un pregunta. Si quieres la respuesta, tendrás que terminar de cenar. Es mejor dejar las confidencias para después de los postres.

—Está bien, aunque no sé si podré llegar al café.

En aquel momento se acercaron sus tíos. Me levanté educadamente para saludarlos, después de que Mario me presentara como un viejo amigo.

—¿De dónde es usted, joven? —me preguntó su tía, repleta de curiosidad.

—De Umbria, de un pequeño pueblo cerca de Perugia.

—¡Umbria! Nosotros estuvimos una vez, cuando fuimos a visitar la Basílica de Asís.

—Precisamente yo trabajaba allí.

—¿No será usted franciscano?... La verdad es que no tiene demasiada pinta, aunque, después del Concilio, todo es posible.

—Tía, no seas indiscreta... —terció Mario para no hacerme aquel momento tan incómodo.

—Tranquila, señora. No, la verdad es que mucha pinta de fraile no tengo. Regentaba un puesto de venta de recuerdos religiosos. En realidad era de mi padre, pero tuve que hacerme cargo de él cuando enfermó.

Saciada su curiosidad, los tíos de Mario hicieron ademán de regresar a la cocina y se despidieron amablemente.

—Bueno, chicos… Ahora mismo os traigo los entrantes, luego le pedís a Genaro lo que queráis. Ahora os dejamos solos, para que habléis de vuestras cosas.

Mario me miraba con cara de incredulidad, esbozando una leva sonrisa.

—Así que vendes rosarios… —me dijo.

—Es un negocio como otro cualquiera, no sé por qué te hace tanta gracia.

—No te imaginaba dedicándote a eso. Por las pintas, te hacía funcionario o algo así.

—En el fondo no te falta razón, era como estar todo el día en una oficina, pero en vez de papeles, trataba con objetos un poco peculiares.

—¿No llevarás un rosario en el bolsillo?

—Muy gracioso… Aunque, si quieres, puedo mandarte uno. Tengo unos preciosos de nácar que tienen muy buena venta… Hablando en serio, el negocio lo regentaba mi padre, aunque la propiedad es de los frailes y ahora que ha muerto podría renovarla, pero no me veo vendiendo estampas.

—Entonces… ¿A qué te dedicabas cuando no vendías recuerdos?

—Estudié Filología.

—Entonces serás un especialista en lenguas... ¿Vivas o muertas? —preguntó con sorna.

—En realidad estudié algo más aburrido de lo que imaginas. Me doctoré en árabe. Tal vez algún día me sea de utilidad pero, realmente, lo que más me gusta es la música. También soy pianista y me ganaba la vida modestamente dando clases a principiantes y, ocasionalmente, como organista en la Catedral de Perugia.

—¿Se puede vivir de eso?

—Sin muchas holguras, pero tenía lo suficiente para hacer lo que quería. Además, completaba mis ingresos con algunas traducciones del árabe.

—¿No te hubiera gustado llegar a más?

—Naturalmente, pero para eso tendría que haber viajado constantemente, haber ampliado estudios, pero tuve que ocuparme de mi padre...

—Solo hablas de tu padre. ¿Acaso murió tu madre?

—Es un tema espinoso.

—Disculpa, no debí preguntarte.

—No pasa nada, de eso ya hace mucho tiempo y creo que lo tengo superado. Verás, ella nos abandonó cuando yo era muy pequeño. Apenas tengo recuerdos, solo unas fotos que mi padre guardaba en un armario bajo siete llaves.

—¿Y se fue así, sin más?

—Se fugó con un feriante de Rímini, según me dijo mi padre poco antes de morir. No soportaba pasar su vida vendiendo rosarios y tampoco debía de soportarlo a él; no hace falta ser muy agudo para deducirlo… Su hambre de aventura pudo más que el instinto maternal y no se lo pensó dos veces.

—¡Qué interesante!

—No creo que esa sea una buena definición para la historia de mi vida. Además, no hemos esperado a los postres para las confidencias. Te he contado prácticamente todo y yo no sé nada de ti. Si te digo la verdad, me sorprende que estemos teniendo esta conversación. Solo te pedí información sobre cómo llegar a Pompeya y ahora estamos cenando como si fuéramos amigos de toda la vida.

—¿No te gustan las casualidades?

—No creo en ellas.

—Deberías… Hay que dejar paso a la sorpresa. ¿No estás mejor aquí, conmigo, que teniendo que cenar solo?... ¿Sabes? Creo que eres muy valiente. Yo nunca me atrevería a viajar solo.

—Este era un viaje programado desde hacía mucho tiempo y que, por circunstancias, siempre tuve que posponer… Pero creo que te estás escabullendo y ahora es tu turno.

—Bien. ¿Qué quieres saber? Puedes preguntar lo que quieras.

—Tu trabajo es obvio y sobre tus estudios ya me ilustraste con tus conocimientos. No sé… ¿De dónde eres? ¿Dónde vives? ¿A qué te dedicas cuando no trabajas en el hotel?

—Uf, eso son muchas preguntas.

—No tengo prisa.

—Está bien. Nací aquí mismo, en Spaccanapoli. Toda mi niñez la pasé entre estas calles y me crie asilvestrado. Hacíamos lo que queríamos, excepto cuando mi madre, la típica mamma napolitana, nos llamaba desde el balcón para que subiéramos a comer. Sabía que si me retrasaba me caía una paliza, además de quedarme sin probar bocado; éramos muchos de familia. Supongo que tuve una infancia feliz. Mi padre trabajaba como artesano para unos belenistas de la calle San Gregorio Armeno, un negocio típico de Nápoles como ya te darás cuenta. Esas figuritas nos permitieron vivir bastante bien y pagaron mis estudios. Mi tía Angela, la que te he presentado, se casó con un pisano y montaron esta Osteria en la que estamos ahora…

—¿No te parece gracioso que nuestras familias estén vinculadas a los objetos religiosos?

—No había caído en eso, pero tienes razón.

—¿Y tus padres? ¿Están jubilados?

—Murieron. Fue muy duro para mí… Un cabrón borracho se les cruzó en la carretera y, al esquivarlo, se despeñaron por un acantilado. Iban a Amalfi, a pasar el fin de semana.

—Lo siento.

—En fin, estudié lo que quise, aunque es bastante difícil tener continuidad como arqueólogo y eso que no nos faltan yacimientos por esta zona. El hotel me permite mantenerme todo el año, pagar mis gastos y, de vez en cuando, puedo asistir a algunas excavaciones que me mantienen al día. No sabes lo excitante que resulta, tras horas sacando tierra, encontrar una pieza. Un pequeño pedazo de cerámica puede revelar tantas cosas que, si lo pienso, se me ponen los pelos de punta.

—Vives solo, ¿no?... Tal vez podrías dedicarte más a lo que te gusta. Una persona como tú, no creo que tenga muchos gastos.

—Eso no es del todo cierto… Verás, durante mi época de universitario tuve un pequeño «desliz» con una estudiante suiza que estaba de intercambio. Tonteamos y pasó lo que tenía que pasar… Tuvimos un hijo.

En ese momento me quedé estupefacto por aquellas revelaciones, pero decidí callar respetuosamente para que acabara su relato. La historia me pareció lo suficientemente interesante para seguir escuchándole.

—Ella no quería que yo me hiciera cargo. Su familia tenía dinero y no le importaba ser madre soltera, en cambio yo me sentía responsable e insistí en reconocer a un hijo al que apenas veo. Supongo que llevo una vida demasiado ocupada para poder desplazarme a Lugano, donde vive.

—Ya será todo un hombre… ¿Cuántos años tiene?

—Veintitrés, aproximadamente… Alessandro estudia algo relacionado con el mundo de la empresa y, por lo que sé, es un alumno brillante. Espero que algún día pueda comprender a su padre y tengamos una relación. Mientras, le mando lo que puedo; quiero contribuir en algo, aunque sé que no le hace falta. No me gustaría que algún día me echara en cara que no me ocupé de él.

—¿Cuándo lo viste por última vez?

—Hace casi dos años. Me sentí muy orgulloso. Es un chico tan simpático y educado que a veces creo que yo sería una mala influencia para él. En fin, ya conoces parte de mi pasado oscuro.

—La verdad es que tu vida resulta más «fascinante» que la mía. Me has dejado sin palabras.

—¿No quieres saber nada más?

—Por supuesto… Por ejemplo, ¿dónde vives?

—Vivo en Pozzuoli, en un ático muy cerca del puerto... ¿Te apetecería venir esta noche?

—¿Estás loco?

—Hombre, tampoco es para tanto. Solo te he invitado a mi casa.

—Disculpa, no quería decir eso. Simplemente me ha sorprendido. Voy a serte franco, por un momento pensé que… que tenías cierto interés por mí, ya sabes… Creía que querías «seducirme».

—¿Seducirte? ¡Por Dios! Esa palabra creo que ya no figura en ningún diccionario. ¡Suena horrible! He sentido escalofríos nada más oírla.

—Está bien, está bien, no hace falta que te burles de mí. En realidad quería decir que me pareció que buscabas un «rollo» conmigo, vaya… que eras gay. Ya lo he dicho.

—Ahora ya empiezas a expresarte mejor. Veo que los de Umbria sois un poco lentos de reflejos. ¿Es que nunca te han tirado los «tejos»?

—La verdad es que no, pero hay algo que no comprendo… ¿No me has dicho que has tenido un hijo?

—¿Y…?

—Pues que eso no me cuadra en absoluto… A no ser que seas un vicioso.

—¡Santo Dios! Te hacía un poco menos «corto», Stefano. ¿Has oído hablar de la bisexualidad?

—Es un concepto que nunca he acabado de comprender.

—Reconozco que es difícil para una persona que no lo es pero, para tu tranquilidad, voy a decirte que, en estos momentos, estoy plenamente definido. Me van los tíos… Sí, so

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