Título original: The Tale of the Body Thief
Traducción: Hernán Sabaté Vargas
1.ª edición: noviembre, 2013
© 2013 by Anne O’Brien Rice
© Ediciones B, S. A., 2013
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Depósito Legal: B. 26.754-2013
ISBN DIGITAL: 978-84-9019-690-8
Gracias por comprar este ebook.
Visita www.edicionesb.com para estar informado de novedades, noticias destacadas y próximos lanzamientos.
Síguenos en nuestras redes sociales

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Para mis padres,
Howard y Katherine O'Brien.
Vuestros sueños y vuestro valor
estarán conmigo
todos los días de mi vida.
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Sailing to Byzantium
Navegando a Bizancio
Prólogo
PRIMERA PARTE
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
SEGUNDA PARTE
The Dolls
Las muñecas
29
30
31
32
33
Promoción
Sailing to Byzantium
by W.B. Yeats
I
That is no country for old men. The young
In one another’s arms, birds in the trees
—Those dying generations— at their song,
The salmon-falls, the mackerel-crowded seas,
Fish, flesh, or fowl, commend all summer long
Whatever is begotten, born, and dies.
Caught in that sensual music all neglect
Monuments of unageing intellect.
II
An aged man is but a paltry thing,
A tattered coat upon a stick, unless
Soul clap its hands and sing, and louder sing
For every tatter in its mortal dress,
Nor is there singing school but studying
Monuments of its own magnificence;
And therefore I have sailed the seas and come
To the holy city of Byzantium.
III
O sages standing in God’s holy fire
As in the gold mosaic of a wall,
Come from the holy fire, perne in a gyre,
And be the singing-masters of my soul.
Consume my heart away; sick with desire
And fastened to a dying animal
It knows not what it is; and gather me
Into the artifice of eternity.
IV
Once out of nature I shall never take
My bodily form from any natural thing,
But such a form as Grecian goldsmiths make
Of hammered gold and gold enamelling
To keep a drowsy Emperor awake;
Or set upon a golden bough to sing
To lords and ladies of Byzantium
Of what is past, or passing, or to come.
Navegando a Bizancio
por W.B. Yeats
I
No es país para viejos. Jóvenes
abrazados, pájaros en las ramas
—esas generaciones moribundas— a su canto,
cataratas de salmones, mares repletos de caballos,
pez, carne, o ave, celebran a lo largo del verano
todo aquello que se engendra, nace y muere.
Presos en tal música celestial, todos olvidan
los monumentos del imperecedor intelecto.
II
Cosa mezquina es un viejo,
raído gabán sobre una estaca, a menos
que el alma palmee y cante, y eleve su canción
por cada jirón de su mortal atavío,
no hay escuela de canto sino sólo el estudio
de los monumentos de su propio esplendor;
por eso crucé los mares y he llegado
a la sagrada ciudad de Bizancio.
III
Oh sabios erguidos en el fuego divino
cual áureo y mural mosaico,
venid del sagrado fuego, huso que gira,
y sed los maestros cantores de mi alma.
Consumid mi corazón; doliente de deseo
y atado al animal moribundo
que ignora su ser, y recogedme
en el artificio de la eternidad.
IV
Libre de natura jamás tomaré
forma corpórea de cosa alguna natural,
sino formas como aquellas que el orfebre griego
en oro forjara y esmaltara
para mantener despierto al somnoliento emperador;
o para cantar sobre la rama dorada
a las damas y señores de Bizancio
lo que pasó, está pasando o pasará.
Prólogo
Soy Lestat el Vampiro, y tengo una historia que contaros. Se trata de algo que me ha acontecido.
Empieza en Miami, en 1990, y mi intención es comenzar desde ahí, os lo aseguro. Pero es importante que os hable de los sueños que había tenido antes de ese momento, pues también juegan un importante papel en mi relato. Me refiero a los sueños sobre una chiquilla vampira de mente femenina y cara de ángel, y a un sueño en el que aparecía David Talbot, mi amigo mortal.
Pero también a los que evocaban mi juventud mortal en Francia: las nieves invernales, el castillo de mi padre en la Auvernia, yermo y en ruinas, y la vez en que salí a cazar una manada de lobos que estaba cebándose en nuestro pobre villorrio.
Los sueños pueden ser tan reales como los hechos. O así me lo pareció más tarde.
Y, cuando se iniciaron, yo me hallaba en un estado de ánimo sombrío; era un vampiro vagabundo que erraba por la tierra, a veces tan cubierto de polvo que nadie se fijaba en absoluto en mí. Era un alivio tener un cabello rubio, hermoso y abundante; unos penetrantes ojos azules, unas ropas deslumbrantes, una sonrisa irresistible y un cuerpo bien proporcionado de un metro ochenta de estatura que, a pesar de sus doscientos años, podía pasar por el de un joven mortal de veinte. Con todo, seguía siendo un racionalista, un hijo de la Ilustración, en la que había vivido antes de mi nacimiento a la Oscuridad.
Pero, a finales de la década de los ochenta, era muy poco lo que quedaba en mí de aquel vampiro de antaño, inexperto y lleno de vigor, tan apegado a su clásica capa negra y a su encaje de Bruselas; de aquel gentilhombre de bastón y guantes blancos que bailaba bajo la lámpara de gas.
Gracias al sufrimiento y al triunfo y a la sangre de nuestros vampiros de más edad, me había transformado en una especie de dios oscuro. Tenía poderes que me dejaban perplejo y, a veces, incluso asustado. Tenía poderes que me hacían sentir acongojado, aunque no siempre comprendía por qué.
Por ejemplo, podía desplazarme por los aires a voluntad y surcar los vientos nocturnos a grandes distancias con la facilidad de un espíritu. Podía manipular y destruir la materia con el poder de mi mente. Podía encender un fuego con sólo desearlo. También podía llamar con mi voz preternatural a otros inmortales desde países o continentes distantes y era capaz de leer la mente de vampiros y humanos sin esfuerzo.
No está mal, diréis. A mí, me repugnaba. Sin duda, por añoranza de mis antiguos yoes: el muchacho mortal y el espectro recién nacido, un día tan dispuesto a alcanzar la excelencia en la maldad, si tal era su trágico destino.
Enteraos bien: no soy un pragmático. Tengo una conciencia sutil y despiadada. Habría sido un sujeto agradable. Tal vez lo sea, a veces. Pero lo que he sido siempre es un hombre de acción. La añoranza no conduce a nada, y tampoco el miedo. Y acción es lo que vais a encontrar aquí, tan pronto concluya está introducción.
Recordad que los comienzos siempre son difíciles y, la mayoría de las veces, artificiales. Fue la mejor de las épocas, y también la peor... ¿de veras? ¡Tiempos...! Y no todas las familias felices son parecidas; incluso Tolstoi debió de darse cuenta de ello. No me vale con un «Al principio», con un «Me arrojaron del camión del heno a mediodía», o los habría utilizado. Siempre aprovecho todo aquello que puedo, creedme. Y, como dijo Nabokov en boca de Humbert Humert, «de un asesino siempre se puede esperar un estilo literario caprichoso». ¿Caprichoso? ¿No será sinónimo de experimental? Por supuesto, ya sé que soy sensual, florido, exuberante, húmedo; suficientes críticos me lo han dicho.
¡Ah!, tengo que hacer las cosas a mi manera. Y ya llegaremos al principio —si no es esto una contradicción—, os lo prometo.
De momento, debo explicar que, antes de que se iniciara esta aventura, también sentía añoranza de los demás inmortales que había conocido y amado, pues hacía mucho que se habían dispersado de nuestro último lugar de reunión de finales del siglo xx. Sería absurdo creer que queríamos formar de nuevo una asamblea. Uno tras otro, todos habían desaparecido en el tiempo y en el mundo, lo cual era inevitable.
A los vampiros, en el fondo, no les gustan los que son como ellos, aunque su necesidad de compañeros inmortales es desesperada.
Por esta necesidad hice mis novicios: Louis de Pointe du Lac, que se convirtió en mi camarada, paciente y a menudo amable, a lo largo del siglo xix; y, con su involuntaria ayuda, la hermosa y condenada niña vampira, Claudia. Y durante estas noches solitarias de vagabundeo de finales del siglo xx, Louis fue el único inmortal a quien vi con frecuencia. Louis, el más humano de todos nosotros, el menos parecido a un dios.
Nunca me alejé demasiado de su cabaña, en la maraña de calles de la zona norte de Nueva Orleans. Pero ya llegaremos a eso. Louis aparece en esta historia.
La cuestión es que, en estas páginas, encontraréis muy poco acerca de los otros. De hecho, casi nada.
Excepto acerca de Claudia. Cada vez soñaba con ella con más frecuencia. Permitidme que os hable de Claudia. Había sido destruida hacía más de un siglo, pero yo sentía su presencia en todo instante, como si se hallara apenas al doblar la esquina.
Fue en 1794 cuando hice de la niña huérfana agonizante esa suculenta pequeña vampira, y transcurrieron sesenta años hasta que se levantó contra mí: Te meteré en tu ataúd para siempre, padre.
En aquella época dormía en ataúd, en efecto. Y menuda historia aquel extraordinario intento de asesinato, en el que se recurrió a víctimas mortales cebadas con venenos para nublarme la mente, y a afilados cuchillos que sajaron mis carnes blancas, antes de abandonar mi cuerpo, aparentemente inanimado, en las aguas hediondas de los pantanos que se extienden más allá de las mortecinas luces de Nueva Orleans.
Pues bien, no resultó. Hay muy pocas maneras seguras de matar a un no muerto. El sol, el fuego... Se debe procurar una destrucción total. Y, al fin y al cabo, estamos hablando del vampiro Lestat.
Claudia pagó por este crimen, pues más tarde fue ejecutada por una maléfica asamblea de bebedores de sangre que medraba en el ignominioso Teatro de los Vampiros, en el corazón mismo de París. Yo había quebrantado las normas al convertir en bebedora de sangre a una chiquilla tan joven y, sólo por esa razón, los monstruos parisinos ya habrían podido acabar con ella. Pero, además, Claudia había quebrantado también sus normas al intentar destruir a su hacedor, y cabe decir que ésta fue la razón lógica por la que la dejaron expuesta a la brillante luz diurna que la redujo a cenizas.
Ésta es una manera despreciable de ejecutar a alguien, en mi opinión, pues quienes decretan la sentencia deben retirarse rápidamente a sus ataúdes y ni siquiera están presentes cuando el sol implacable da cumplimiento a la terrible condena. Pero eso fue lo que le hicieron a aquella criatura delicada y exquisita a la que había moldeado con mi sangre vampírica, a partir de una expósita sucia y harapienta de una ruinosa colonia española en el Nuevo Mundo, para hacer de ella mi amiga, mi alumna, mi amor, mi musa, mi compañera de caza. Y, sí, mi hija.
Si habéis leído Confesiones de un vampiro, ya conoceréis todo esto. Esas confesiones son la versión de Louis sobre el tiempo que estuvimos juntos. Louis habla de su amor por esa chiquilla nuestra y de su venganza contra quienes la destruyeron.
Si habéis leído mis libros autobiográficos, Lestat, el vampiro y La reina de los condenados, también lo sabréis todo respecto a mí. Ya conocéis nuestra historia y sabéis cómo aparecimos y cobramos existencia hace miles de años. Y sabéis que nos propagamos administrando con gran cuidado nuestra Sangre Oscura a los mortales cuando deseamos conducirlos con nosotros por el Sendero Diabólico.
Pero no es preciso que leáis esas obras para comprender ésta. Y tampoco aparecerá aquí el vértigo de los miles de personajes que poblaban La reina de los condenados. La civilización occidental no se tambaleará un solo instante. Y no habrá revelaciones de tiempos antiguos ni ancianos que confíen medias verdades y acertijos y respuestas esperanzadas que, en realidad, no existen ni han existido nunca.
No, todo eso ya lo he hecho antes.
Lo que ahora voy a narraros es una historia de hoy. Que nadie se confunda: éste es un capítulo de las Crónicas Vampíricas. Pero es el primer volumen auténticamente moderno, pues acepta el aterrador absurdo de la existencia desde el principio y nos sumerge en la mente y en el alma de su protagonista —¿adivináis de quién se trata?— para descubrir lo que sucede en ellas.
Leed este relato y, conforme vayáis pasando las hojas, os proporcionaré todo cuanto preciséis saber sobre nosotros. Y, por cierto, ¡no son pocas las cosas que suceden en estas páginas! Como ya he dicho, soy un hombre de acción —el James Bond de los vampiros, si queréis— al que diversos inmortales han llamado el Príncipe Malcriado, el Ser Más Condenado y «tú, monstruo».
Los demás inmortales también andan por ahí, naturalmente: Maharet y Mekare, las más antiguas de todos nosotros; Khayman de la Primera Sangre, Eric, Santino, Pandora y otros a los que llamamos los Hijos de los Milenios. También corre por alguna parte Armand, el encantador anciano de cara de niño con cinco siglos a su espalda que un día dirigiera el Teatro de los Vampiros y, antes de ello, un aquelarre de bebedores de sangre adoradores del diablo que vivían bajo Les Innocents, el cementerio parisino. Armand siempre andará por alguna parte, espero.
Y Gabrielle, mi madre mortal e hija inmortal, aparecerá sin duda una noche cualquiera antes de que pase otro milenio, si tengo suerte.
En cuanto a Marius, mi viejo maestro y mentor, el guardián de los secretos históricos de nuestra tribu, está con nosotros y siempre lo estará. Antes del punto de arranque de esta historia, Marius acudía a verme de vez en cuando para reprenderme y suplicarme: ¿no iba a detener nunca mis muertes negligentes, que invariablemente terminaban por aparecer en las páginas de los periódicos mortales? ¿No iba a dejar nunca de importunar a mi amigo mortal, David Talbot, y de tentarle con el Don Oscuro de nuestra sangre? ¿Acaso no sabía que es mejor que no lo hagamos nunca más?
Reglas, reglas, reglas... Todos terminan siempre por hablar de reglas. Y a mí me encanta saltármelas igual que a los mortales les gusta estrellar sus copas de cristal contra los ladrillos del hogar después de un brindis.
Pero ya basta de hablar de los otros. La cuestión es que este libro trata de mí, de principio a fin.
Dejad que os hable ahora de los sueños que han venido a acosarme en mis andanzas.
Con Claudia era casi una obsesión. Justo antes de que mis ojos se cerraran cada amanecer, la veía a mi lado y escuchaba su voz en un susurro bajo y urgente. Y a veces volvía atrás en los siglos hasta el pequeño hospital colonial con sus hileras de camitas, donde agonizaba la pequeña huérfana.
Contemplo al apenado doctor, ese viejo barrigudo e impotente, mientras levanta el cuerpo de la pequeña. Y ese llanto, ¿quién llora? No era Claudia quien sollozaba. Claudia dormía mientras el doctor me la confiaba, creyéndome su padre mortal. Y en esos sueños está muy bonita. ¿Lo era tanto entonces? Sí, claro que lo era.
¡Me arrancasteis de manos mortales como dos monstruos siniestros de un cuento de hadas de pesadilla, padres inútiles y ciegos!
Sólo en uno de los sueños apareció David Talbot.
En él, David es joven y camina por un bosque de mangles. No es el hombre de setenta y cuatro años con el que había trabado amistad, el paciente y erudito mortal que una y otra vez rechazaba mis ofrecimientos de la Sangre Oscura, y que ponía su mano cálida y frágil en mi carne fría sin pestañear para demostrar el afecto y la confianza que existía entre los dos.
No; en el sueño es el David Talbot joven de hace tantos años, cuando su corazón no latía tan deprisa en su pecho. Pero está en peligro.
Tigre, tigre ardiendo, radiante.
¿Es suya la voz que susurra tales palabras o, por el contrario, es la mía?
Y de la luz moteada surge eso, con sus franjas negras y anaranjadas a semejanza de las luces y sombras, de modo que apenas resulta visible. Observo su cabeza enorme y la suavidad de su hocico, blanco y erizado, de largos bigotes delicados. Pero también observo sus ojos amarillos, apenas unas rendijas, llenos de una crueldad horrenda y ciega. ¡Los colmillos, David! ¿No ves esos colmillos?
Pero el mortal tiene más curiosidad que un chiquillo, mientras observa cómo esa gran lengua rosada toca su cuello y roza la fina cadena de oro que lleva en torno al mismo. ¿Se está comiendo la cadena? ¡Dios santo, David! ¡Los colmillos!
¿Por qué se me sofoca la voz en la garganta? ¿Estoy siquiera ahí, en el manglar? Mi cuerpo vibra mientras pugno por moverme, un gemido apagado escapa a través de mis labios sellados y cada gemido pone a prueba cada fibra de mi ser. ¡Cuidado, David!
Y entonces veo que ha hincado la rodilla y apunta el fusil, largo y reluciente, apoyado contra el hombro. Y el gato gigante está aún a cierta distancia, avanzando contra él a toda velocidad. Corre y corre, hasta que el estampido del arma le hace detenerse en seco, y vuelve a correr al tiempo que el fusil ruge de nuevo, los ojos amarillos llenos de rabia y las zarpas cruzadas mientras le impulsan en un último roce con la tierra blanda.
Despierto.
¿Qué significa este sueño? ¿Que mi amigo mortal está en peligro? ¿O, simplemente, que su reloj genético ha hecho su último tictac? A los setenta y cuatro años, la muerte puede llegar en cualquier momento.
¿Pienso alguna vez en David sin pensar en la muerte?
¿Dónde estás, David?
Huelo la sangre de un inglés.
«Quiero que me pidas el Don Oscuro —le dije en nuestro primer encuentro—. Quizá no te lo dé, pero quiero que me lo pidas.»
Pero él no lo había hecho nunca. No lo había pedido jamás. Y, ahora, yo lo amaba. Lo vi poco después del sueño. Tenía que verlo. Pero no lograba olvidar el sueño y quizá volví a tenerlo más de una vez mientras dormía profundamente durante las horas diurnas, cuando estoy frío e indefenso bajo el manto de la oscuridad.
Muy bien, ahora ya conocéis los sueños.
Pero imaginad una vez más, si podéis, la nieve invernal en Francia, apilándose en torno a los muros del castillo, y a un joven mortal dormido en su cama de paja, al amor de la lumbre, con sus perros de presa a su lado. Ésta es la imagen de mi vida humana perdida, más que cualquier recuerdo del teatro del bulevar de París donde, antes de la Revolución, había sido tan feliz como actor joven.
Por fin, ahora estamos realmente preparados para empezar. Pasemos, pues, la página, ¿queréis?
PRIMERA PARTE
LA HISTORIA DEL LADRÓN DE CUERPOS
1
Miami, la ciudad de los vampiros. South Beach al anochecer, bajo el calor lujuriante del invierno sin invierno, limpia y próspera y bañada por la luz eléctrica, la suave brisa levantándose del plácido mar y barriendo la orla oscura de arena de color cremoso para refrescar los amplios paseos atestados de felices mortales.
Encantador el desfile de muchachos vestidos a la moda, exhibiendo con conmovedora vulgaridad sus trabajados músculos; de muchachas orgullosas de sus brazos y piernas, bien perfilados y de aspecto asexuado, al estilo moderno, entre el estruendo grave y apremiante del tráfico y de las voces humanas.
Viejas casas de huéspedes de estuco, en otro tiempo modestos refugios de ancianos, aparecían renacidas en elegantes colores pastel, sus nuevos nombres en elegantes rótulos de neón. Sobre los manteles blancos de las mesas de los restaurantes al aire libre lucía la llama vacilante de las velas. Desde coches americanos, grandes y relucientes, que avanzaban lentamente por la avenida, conductores y pasajeros contemplaban la deslumbrante parada humana, el río de peatones indolentes que obstruía la calzada aquí y allá.
En el lejano horizonte, las grandes nubes blancas eran montañas bajo un firmamento sin techo cuajado de estrellas. Siempre me deja sin resuello el azul luminoso de este cielo meridional y su movimiento adormecido e inexorable.
Al norte se alzan las torres del nuevo Miami Beach en todo su esplendor. Al sur y al oeste, los deslumbrantes rascacielos de acero del centro de la ciudad, con sus atronadoras autopistas elevadas y sus activos muelles deportivos. Pequeñas embarcaciones de placer surcan las aguas rutilantes de los mil y un canales urbanos.
En los tranquilos e inmaculados jardines de Coral Gables, incontables farolas iluminaban las bellas y amplias villas de cubiertas de teja roja y piscinas iluminadas con luz turquesa. Los fantasmas vagaban por las suntuosas habitaciones a oscuras del Biltmore. Los enormes mangles extendían sus primitivas ramas hasta cubrir las calles, amplias y cuidadas.
En Coconut Grove turistas de todo el mundo abarrotaban los hoteles de lujo y las galerías comerciales. En las urbanizaciones, las parejas se abrazaban en las terrazas elevadas de sus casas de paredes acristaladas, siluetas asomadas a las aguas serenas de la bahía. Los coches pasaban por las concurridas carreteras dejando atrás las palmeras siempre cimbreantes y los delicados árboles tropicales, las mansiones amplias y de poca altura, sus muros de cemento cubiertos de buganvillas rojas y púrpura, más allá de las lujosas verjas de hierro.
Todo esto es Miami, ciudad de agua, ciudad de velocidad, ciudad de flores tropicales, ciudad de cielos enormes. Es a Miami, más que a cualquier otra parte, adonde acudo periódicamente desde mi hogar de Nueva Orleans. En los extensos y abigarrados barrios de Miami viven hombres y mujeres de muchas naciones y de muchos colores. En ellos se escucha yiddish, hebreo, todos los acentos caribeños, veinte matices de español, el deje del más profundo sur de este país y el del norte más extremo. Bajo la superficie brillante de Miami subyace una amenaza, existe una desesperación y una codicia palpitante. Existe el pulso profundo y estable de una gran capital, la energía pesada y chirriante, el riesgo infinito.
En Miami, nunca es oscuro de verdad. Nunca hay auténtica tranquilidad.
Es la ciudad perfecta para el vampiro y nunca deja de proporcionarme algún asesino mortal, algún bocado torcido y siniestro que me entrega una docena de muertes cuando absorbo sus recuerdos junto con su sangre.
Pero esta noche era la caza de una pieza mayor, era el banquete de Pascua fuera de temporada, tras una Cuaresma de ayuno. Perseguía a uno de esos espléndidos trofeos humanos cuyo horripilante modus operandi llena páginas en los archivos informáticos de las fuerzas del orden mortales, un individuo ungido en su anonimato por la prensa devota con un nombre rutilante: «El Asesino del Callejón.»
¡Asesinos como éste me abren enormemente el apetito!
Era una suerte que hubiera aparecido una de tales celebridades en mi ciudad favorita. Era una suerte que el asesino hubiese actuado seis veces en aquellas calles, cebándose en los viejos y los enfermos que acudían en gran número para pasar los años que les quedaban al amor de un clima cálido. ¡Ah!, habría cruzado un continente para atraparle, pero lo tenía allí mismo, esperándome. A su sombrío historial, detallado por no menos de veinte criminólogos y obtenido ilegalmente a través del ordenador de mi cubil de Nueva Orleans, he añadido en secreto los elementos cruciales: el nombre y su residencia mortal. Un truco sencillo para un dios oscuro capaz de leer los pensamientos. Di con él a través de sus sueños bañados en sangre. Y esta noche tendré el placer de poner término a su ilustre carrera en un abrazo siniestro y cruel, sin un vestigio de iluminación moral.
¡Ah, Miami! El lugar perfecto para este drama de la Pasión.
Siempre vuelvo a Miami, igual que regreso a Nueva Orleans. Y ahora soy el único inmortal que caza en este rincón glorioso del Paraíso pues, como sabéis, los demás abandonaron la casa de reunión que teníamos aquí, incapaces de soportar su mutua compañía más de lo que podía soportarla yo.
Pero tanto mejor tener todo Miami para mí solo.
Seguí plantado ante las ventanas exteriores de las habitaciones que tenía alquiladas en el pequeño y ostentoso hotel Park Central, en Ocean Drive, dejando de vez en cuando que mi oído sobrenatural barriera las demás habitaciones del establecimiento, en las que los turistas ricos disfrutaban del privilegio de la soledad, de la absoluta intimidad, a apenas unos pasos de la calle rutilante, mis Champs Elysées del momento, mi Via Veneto.
Mi estrangulador estaba casi a punto de pasar de su mundo de visiones espasmódicas y fragmentarias a la tierra de la muerte tangible. ¡Ah!, era momento de vestirme para el hombre de mis sueños.
De entre la habitual confusión de cajas de cartón recién abiertas, maletas y baúles, escogí un traje de terciopelo gris, uno de mis tejidos favoritos, sobre todo Cuando es grueso y de un lustre apenas sutil. No era muy adecuado para esas noches cálidas, he de reconocerlo, pero lo cierto es que no percibo el calor y el frío como los mortales. Y la chaqueta era entallada, con las solapas estrechas, muy ceñida y bastante parecida a una chaquetilla de montar con su cintura ajustada o, más exactamente, como las elegantes levitas de antaño. Nosotros, los inmortales, siempre sentimos preferencia por las ropas antiguas, por las prendas que nos evocan el siglo en que nacimos a la Oscuridad. A veces se puede calcular la verdadera edad de un inmortal, sencillamente, por el corte de sus ropas.
En mi caso, es también una cuestión de texturas. El siglo xviii fue tan brillante que no puedo pasarme sin un poco de lustre, y esta hermosa chaqueta hacía juego a la perfección con los sencillos pantalones ajustados del mismo tejido. En cuanto a la camisa blanca de seda, era una tela tan fina que, hecha una pelota, me habría cabido en la palma de la mano. ¿Por qué habría de llevar otra cosa en contacto con mi piel, indestructible y, curiosamente, tan sensible? Y, luego, las botas. ¡Ah!, éstas tienen el mismo aspecto que todo mi fino calzado de estos últimos tiempos. Las suelas están inmaculadas, pues muy rara vez tocan la madre tierra.
Llevo el cabello suelto, con la habitual cabellera espesa de relucientes ondas rubias hasta los hombros. ¿Qué pensaría un mortal de mi aspecto? Con sinceridad, no lo sé. Como siempre, oculté mis ojos azules tras unas gafas negras para que su refulgencia no dejara hipnotizados y en trance a los mortales a mi paso —una verdadera molestia— y cubrí mis delicadas manos descoloridas, de delatoras uñas cristalinas, con el habitual par de guantes grises de finísima cabritilla.
¡Ah!, y un poco de aceitoso maquillaje moreno para la piel. Extendí la loción sobre los pómulos y la pequeña parte del cuello y del pecho que quedaba a la vista.
Inspeccioné el resultado final ante el espejo. Seguía siendo irresistible. No era extraño que hubiese obtenido tal éxito en mi breve carrera como cantante de rock. Y siempre he cosechado un triunfo clamoroso como vampiro. Agradecía a los dioses no haberme vuelto invisible en mis frívolas andanzas, no ser un vagabundo flotando por encima de las nubes, ligero como una pavesa al viento. Cuando pensaba en ello, me entraban ganas de llorar.
La caza de una pieza mayor siempre me devolvía a la realidad tangible. Seguir el rastro, acecharlo, sorprenderlo en el preciso momento en que daba muerte a su siguiente víctima y dar cuenta de él lenta y dolorosamente, deleitándome en su maldad al hacerlo, contemplando a través de la sucia lente de su alma a todas sus anteriores víctimas...
Entendedme bien, por favor. En mi acto no hay nobleza alguna. No creo que rescatar a un pobre mortal de un ser tan perverso pueda en modo alguno salvar mi alma. He quitado la vida demasiadas veces para ello... a menos que uno crea que el poder de una única buena obra es infinito. No sé si creo o no en tal cosa. Pero de una cosa estoy convencido: la maldad de una sola muerte es infinita y mi culpa es como mi belleza, eterna. No puedo ser perdonado porque no hay nadie que me perdone todo lo que he hecho.
A pesar de ello, me gusta salvar de su destino a esos inocentes. Y me gusta quitar la vida a los asesinos porque son mis hermanos, porque somos de la misma pasta... ¿y por qué no habían de morir ellos en mis brazos, en lugar de cualquier pobre mortal compasivo que no hubiera hecho nunca mal a nadie a sabiendas? Así son mis reglas del juego. Me rijo por ellas porque yo mismo las he marcado. Y me prometí que esta vez no dejaría los cuerpos para que los encontraran; esta vez procuraría cumplir lo que los otros siempre me han ordenado hacer. Pero aun así... me agradaba dejar el cadáver a las autoridades. Después, cuando regresaba a Nueva Orleans, me gustaba conectar el ordenador y leer el informe de la autopsia.
De pronto, me distrajo el sonido de un coche policial que pasaba lentamente bajo mi ventana. Los dos hombres que lo ocupaban hablaban de mi asesino, de que volvería a golpear pronto, de que sus estrellas estaban en la posición correcta y la luna se hallaba a la altura adecuada. Probablemente, sería en las callejas de South Beach, como las ocasiones anteriores. Pero ¿quién era? ¿Y cómo se podría poner fin a su actividad?
Las siete en punto. Las pequeñas cifras verdes del reloj digital me indicaron la hora, aunque yo ya la sabía, por supuesto. Cerré los ojos, ladeé ligeramente la cabeza y me dispuse a soportar, tal vez con toda su fuerza, aquel poder que tanto me desagradaba. Primero fue, nuevamente, una amplificación de sonidos, como si hubiera conectado un moderno aparato tecnológico. El suave, murmullo de los sonidos del mundo se convirtió en un coro infernal lleno de agudas risas y de lamentos penetrantes, de mentiras y de angustias y de súplicas al azar. Me tapé los oídos como si con ello pudiera acallarlo y luego, por fin, conseguí enmudecerlo.
Poco a poco, vi las imágenes confusas de sus pensamientos, superponiéndose unos a otros y elevándose como un millón de aves que se alzaran al aire batiendo sus alas. ¡Dadme a mi asesino, dadme su visión!
Allí estaba, recién levantado de la cama de su pequeña y sucia habitación, tan distinta de la mía pero apenas a dos calles. Sus ropas baratas estaban arrugadas, el sudor cubría su rostro áspero, una mano gruesa y nerviosa buscaba un cigarrillo en el bolsillo de la camisa y dejaba enseguida el paquete, olvidada ya su intención. Era un tipo corpulento, de rasgos faciales informes y mirada llena de vaga preocupación, de confuso remordimiento.
No se le pasó por la cabeza vestirse para la velada, para la celebración que había estado anhelando. Y ahora su mente consciente estaba casi aplastada bajo la carga de sus repulsivos sueños palpitantes. Se estremeció de pies a cabeza, con los ojos como pequeñas cuentas de cristal negro y el cabello revuelto y grasiento cayéndole sobre la frente huidiza.
Inmóvil en las sombras silenciosas de mi habitación, seguí sus movimientos mientras mi presa descendía por una escalera de emergencia, salía a la luz deslumbrante de la avenida de Collins, dejaba atrás escaparates polvorientos y rótulos comerciales medio caídos y se encaminaba hacia el inevitable, aunque todavía por escoger, objeto de su deseo.
¿Y quién puede ser la afortunada dama que en este instante camina ciega e inexorablemente hacia ese horror entre la multitud dispersa y deprimente de primera hora de la noche en este barrio también deprimente de la ciudad? ¿No lleva un paquete de leche y una lechuga en una bolsa de papel marrón? ¿Apresurará el paso a la vista de los criminales de la esquina? ¿Tal vez se lamenta por la vieja casa en primera línea de playa en la que tal vez vivía tan contenta antes de que los arquitectos y decoradores la obligaran a trasladarse a las desconchadas casas de huéspedes, distantes del mar?
¿Y qué pensará él, ese repugnante ángel de la muerte, cuando finalmente la divise? ¿Será ella quien le recuerde la mítica arpía de la infancia, la que le quitó el juicio a golpes para ser elevada luego al panteón dantesco de su subconsciente? ¿O tal vez estamos pidiendo demasiado?
Me refiero a que hay asesinos de esta clase que no establecen la menor relación entre símbolo y realidad y que no conservan los recuerdos más allá de unos cuantos días. Lo único cierto es que sus víctimas no se lo merecen y que ellos, los asesinos, tienen merecido encontrarse conmigo.
¡Ah, bien!, yo haré trizas su corazón amenazador antes de que tenga ocasión de cobrarse su presa, y él me dará todo lo que tiene y es.
Descendí con parsimonia los peldaños y crucé el vestíbulo art déco, elegante y deslumbrante con su glamour de revista de interiorismo. Qué magnífico era moverse como un mortal, abrir las puertas y salir al aire libre. Me encaminé hacia el norte por la acera, entre los paseantes vespertinos, y mis ojos se desviaron espontáneamente hacia los hoteles recién restaurados y sus pequeños cafés.
Al llegar a la esquina, el gentío creció. Frente a un coquetón restaurante al aire libre, unas enormes cámaras de televisión enfocaron sus lentes sobre una porción de acera, bañada por la áspera luz blanca de una batería de grandes focos. Unos camiones bloqueaban el tráfico y los coches reducían la marcha hasta detenerse. Un grupo de gente, jóvenes y mayores, se había congregado en torno a la escena, fascinado sólo a medias por el suceso, pues la presencia de cámaras de televisión y de cine en la vecindad de South Beach resultaba habitual.
Esquivé los focos, temiendo su efecto sobre mi piel, tan reflexiva. Ojalá hubiera sido uno de aquellos tipos bronceados que olían a aceite de playa caro, semidesnudos en unos harapos de algodón deshilachado. Me abrí paso hasta doblar la esquina. De nuevo busqué a mi presa. Había apresurado la marcha, con la mente tan plagada de alucinaciones que apenas era capaz de controlar sus pasos, torpes y descuidados.
No había tiempo que perder.
Con un arranque de velocidad, alcancé las marquesinas. La brisa era mucho más intensa, más agradable. Suavizaba el rugido de voces agitadas, las mortecinas canciones de las radios, el propio sonido del viento.
En el silencio, capté su imagen en los ojos indiferentes de quienes pasaban junto a él; en silencio, vi una vez más sus fantasías de manos y pies marchitos, de pómulos hundidos y senos secos. La fina membrana entre la fantasía y la realidad se estaba cuarteando.
Corrí por las aceras de la avenida de Collins tan deprisa que acaso sólo di la impresión de pasar. Pero no había nadie mirando. Era como el árbol del dicho, cayendo en mitad del bosque deshabitado.
Y, en cuestión de minutos, me encontré caminando unos pasos por detrás del hombre, tal vez con el aspecto de un joven amenazador, abriéndome paso entre los grupitos de tipos duros que se interponían en mi camino, persiguiendo a mi presa más allá de las puertas acristaladas de unos inmensos almacenes refrigerados. ¡Ah!, qué circo para los ojos, esta cueva de techo bajo abarrotada de alimentos de todas las clases imaginables, envasados y en conserva, artículos de higiene y productos capilares, el noventa por ciento de los cuales no existía en ninguna forma el siglo en que yo nací.
Hablamos de toallitas higiénicas, colirios medicinales, horquillas de cabello de plástico, rotuladores con punta de fieltro, cremas y pomadas para todas las partes del cuerpo humano que uno pueda nombrar, líquidos para lavar los platos de todos los colores del arcoiris y tintes cosméticos de tonos nunca antes inventados y aun indefinidos. Imaginad a Luis XVI abriendo una bolsa de plástico crujiente repleta de tales maravillas. ¿Qué pensaría de unas tazas de café de espuma de estireno, de unas galletitas de chocolate envueltas en celofán, o de unas plumas que nunca se quedan sin tinta?
Bien, yo mismo no estoy del todo acostumbrado a estos artilugios, aunque he presenciado con mis propios ojos el progreso de la revolución industrial a lo largo de dos siglos. Estas tiendas pueden tenerme cautivado durante horas. A veces, me quedo en trance en medio de unos grandes almacenes.
Pero esta vez tenía una presa a la vista, ¿verdad? Tendría que dejar para más tarde el Time y el Vogue, los traductores informáticos de bolsillo y los relojes que siguen marcando la hora aunque uno se sumerja en el mar.
¿Por qué había venido mi presa a aquel lugar? Las jóvenes familias cubanas con niños en brazos no eran su estilo, pero el individuo deambulaba por los pasillos estrechos y llenos de gente, sin prestar atención a los cientos de rostros morenos y a las rápidas parrafadas en español a su alrededor, inadvertido para todos menos para mí, mientras sus ojos enrojecidos barrían los mostradores repletos.
Dios santo, qué repulsivo era el tipo. En su manía había perdido todo sentido de la decencia, churretes de suciedad surcaban su rostro abotargado y su cuello. ¿Me gustará morderlo? ¡Qué diablos, es un saco de sangre! ¿Por qué tentar mi suerte? Ya no sería capaz de volver a matar chiquillos, ¿verdad? Ni de cebarme en prostitutas del puerto, diciéndome que tengo razones para hacerlo, pues han infectado a suficiente número de marineros. La conciencia me está matando, ¿verdad? Y cuando uno es inmortal, ésa puede ser una muerte prolongada e ignominiosa. Sí, miradle, ese asesino sucio, hediondo, de andar pesado. Los presos de las cárceles comen mejor que él.
Y entonces, cuando escruté su mente una vez más como si abriera un melón, caí en la cuenta. ¡Ese mortal no sabe lo que es! ¡Nunca ha leído sus propios titulares! ¡De hecho, no recuerda siquiera los episodios de su vida en un orden coherente y no podría, en realidad, confesar los crímenes que ha cometido, pues realmente no los recuerda y ni siquiera sabe que esta noche va a matar! ¡No sabe lo que yo sé de él!
¡Ah, qué triste y lastimoso! Había extraído mi peor carta, no cabía duda. ¡Oh, Dios santo!, ¿en qué estaba pensando para decidirme a cazar a éste, cuando el mundo bajo las estrellas está lleno de bestias más astutas y depravadas? Quise llorar.
Pero entonces llegó el momento estimulante. Mi presa había visto a la vieja, había visto sus brazos desnudos llenos de arrugas, su espalda ligeramente encorvada, sus muslos delgados y temblorosos bajo los pantalones cortos de color pastel. La mujer se abría camino sin prisas bajo el resplandor de los fluorescentes, disfrutando del zumbido y del pálpito de la gente alrededor, con el rostro medio oculto bajo la visera de plástico verde y el cabello recogido con prendedores oscuros en la nuca de su cabecita menuda.
La mujer llevaba en la cesta una botella de plástico de zumo de naranja y unas zapatillas tan finas que las podría enrollar en dos pequeños cilindros. En aquel momento, añadía a éstas cosas, con evidente delectación, una novela de bolsillo de la estantería, que ya había leído, pero que le había encantado y le había hecho anhelar leerla de nuevo, igual que se visita a un viejo amigo. Un árbol crece en Brooklyn. Sí, a mí también me encantó.
En su estado de trance, el individuo siguió los pasos de la mujer, tan cerca que, sin duda, ella debió de percibir su resuello en la nuca. Con ojos nublados y estúpidos, el asesino la vio avanzar palmo a palmo hasta la caja y sacar unos mugrientos billetes de a dólar del escote ladeado de la blusa.
Los dos salieron por la puerta. Él, con la tenacidad y la concentración de un perro tras una hembra en celo ella, caminando lentamente con su bolsa de la compra gris colgada de las asas y dando amplios y torpes rodeos para evitar a los grupos de jóvenes ruidosos y descarados que rondaban por la zona. ¿Qué hace ahora, hablar consigo misma? Eso parece. Pero no hurgué en la mente de la mujer, de aquel pequeño ser que apretaba el paso cada vez más. Fijé la atención en la bestia que tenía detrás y que era incapaz de ver a su víctima como la suma de sus partes.
Unas caras pálidas, débiles, se sucedían en la mente del loco homicida mientras avanzaba tras su víctima. Mi presa ansiaba yacer sobre carnes viejas, ansiaba poner su mano sobre una boca vieja.
Cuando la mujer llegó a su destartalado edificio de apartamentos, que parecía hecho de yeso con tendencia a desmoronarse —como todo lo demás en aquella ruidosa zona de la ciudad— y estaba protegido por una hilera de palmitos llenos de cicatrices, su perseguidor hizo un alto inesperado, tambaleándose, y la observó en silencio mientras recorría el estrecho patio enlosado y ascendía los polvorientos peldaños verdes de cemento. Cuando introdujo la llave en una cerradura y abrió la puerta, el hombre tomó nota del número o, más bien, perdió de vista cualquier otra cosa y, retrocediendo hasta apoyarse en la pared, empezó a soñar concretamente con matarla, en un dormitorio vacío e indistinto que apenas era una mancha de luz y de color.
¡Ah, fijaos en él, apoyado contra la pared como si le hubieran apuñalado, con la cabeza ladeada a un costado!
Imposible interesarse por él. ¿Por qué no matarle en ese instante?
Pero los momentos transcurrieron y la noche perdió su incandescencia crepuscular. Las estrellas aumentaron de brillo. La brisa iba y venía.
Esperamos.
A través de sus ojos, vi el salón de la mujer como si mi mirada atravesara realmente suelos y paredes: una estancia aseada, aunque llena de un mobiliario viejo y descuidado de feo aspecto, recargado, carente de importancia para su usuaria. Pero todo había sido encerado con un aceite aromatizado que le encantaba. Las luces de neón traspasaban las cortinas de dacrón, lechosas y tristes como la vista del patio. Pero la vieja tenía el reconfortante resplandor de sus lamparillas, colocadas con todo cuidado. Eso era lo que le importaba.
Sentada con compostura en una mecedora de arce y horrorosa tapicería a cuadros, era una figura menuda pero digna, con una novela de bolsillo abierta en la mano. Qué felicidad estar de nuevo con Francie Nolan. Sus rodillas flacas quedaban ahora apenas ocultas por la bata de algodón a flores que había sacado del armario, y llevaba las pantuflas azules y ligeras como calcetines en los pies, menudos y deformados. Los cabellos, canosos y largos, formaban una trenza gruesa y garbosa a su espalda.
En la pequeña pantalla del televisor en blanco y negro, estrellas del cine ya fallecidas discutían sin hacer el menor sonido. Joan Fontaine piensa que Cary Grant está intentando matarla, y a mí también me da esa impresión, a juzgar por su expresión. ¿Cómo podía nadie, me dije, confiar en Cary Grant, un tipo que parecía hecho de madera?
La mujer no necesitaba oír lo que decían; había visto aquella película trece veces (las había contado cuidadosamente). Había leído la novela que tenía en el regazo sólo dos veces, de modo que repasará estos párrafos, que aún no se sabe de memoria, con un placer muy especial.
Desde el umbrío jardín, abajo, percibí su conciencia de sí misma, nítida y llena de aceptación, libre de dramas y distanciada del reconocido mal gusto que la rodeaba. Sus escasos tesoros habrían cabido en una cómoda. El libro y la pantalla iluminada eran más importantes para ella que cualquier otra de sus posesiones, y era muy consciente de la espiritualidad de ambos. Ni siquiera el color de sus ropas, prácticas y sin estilo, merecía su atención.
Mi asesino vagabundo estaba casi paralizado, la mente envuelta en un torbellino de momentos tan personales que desafiaban una posible interpretación.
Me deslicé en torno al pequeño edificio de estuco y localicé los peldaños que llevaban a la entrada de la cocina. La cerradura cedió fácilmente cuando se lo ordené y la puerta se abrió como si la hubiera tocado, cosa que no había hecho.
Sin el menor ruido, me deslicé hasta la pequeña estancia forrada de linóleo. El hedor del gas que escapaba del pequeño horno blanco me producía náuseas, igual que el olor del jabón en su pringoso platillo de cerámica, pero la cocina me conmovió de inmediato. Observé la bella vajilla de loza en azul y blanco, las grandes fuentes a la vista y los platos apilados meticulosamente, y reparé en los recetarios de cocina con las puntas de las páginas dobladas, y en lo impecable que estaba la mesa, con su mantel de hule brillante, de un amarillo crudo, y la hiedra verde, como encerada, que crecía en un cuenco redondo de agua clara que proyectaba un círculo de luz tembloroso en el bajo techo de la estancia.
Pero lo que llenó mi mente mientras permanecía allí, rígido, y cerraba la puerta acompañándola con mis dedos, fue que la mujer no tenía el menor temor a morir mientras leía su novela de Betty Smith y echaba alguna esporádica mirada a la pantalla iluminada. La vieja carecía de una antena interior que captara la presencia del espectro que sumido en la locura acechaba en la calle cercana, ni del monstruo que ya rondaba su cocina.
El asesino estaba tan inmerso en sus alucinaciones que no veía siquiera a quiénes se cruzaban con él. No advirtió el paso del coche patrulla ni la mirada suspicaz y deliberadamente amenazadora de los mortales uniformados que estaban al corriente de su existencia y sabían que iba a actuar aquella noche, pero ignoraban quién era.
Un leve reguero de saliva le resbaló por la barbilla sin rasurar. Para él, nada era real: ni su vida diurna, ni el miedo a ser descubierto; sólo existía de verdad la corriente eléctrica que estas alucinaciones esparcían por su poderoso torso y por sus torpes extremidades. Su mano zurda se contrajo bruscamente, al tiempo que se le crispaba el lado izquierdo del rostro.
¡Cuánto me desagradaba aquel individuo! No sentí el menor deseo de beber su sangre. Aquel chiflado no era ningún asesino de categoría.
Y la sangre que despertaba mi sed era la de ella.
Qué pensativa estaba la mujer en su soledad y en su silencio, qué pequeña, qué complacida, con la atención concentrada como un rayo de luz en los párrafos de aquel relato que tan bien conocía. Su mente viajaba, regresaba a los días en que había leído la historia por primera vez, en una concurrida cafetería de Lexinton Avenue, en Nueva York, cuando era una joven secretaria, pulcramente vestida con una falda roja de lana y una blusa blanca fruncida con botones de nácar en los puños, que trabajaba en una torre de oficinas de granito infinitamente lujosa, con puertas de cobre repujado en los ascensores y baldosas de mármol amarillo oscuro en los pasillos.
Deseé posar mis labios en sus recuerdos, en la evocación del sonido de sus tacones altos sobre el mármol, en la imagen de su pantorrilla bien torneada bajo la media de seda pura mientras se ponía ésta cuidando de no hacerle una carrera co
