Créditos
1.ª edición: abril, 2017
© Elizabeth Urian, 2015, 2016
© Ediciones B, S. A., 2017
para el sello B de Bolsillo
Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)
www.edicionesb.com
Publicado originalmente por B de Books para Selección RNR
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-700-9
Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
Contenido
Portadilla
Créditos
Agradecimientos
CAMILE
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Epílogo
DEIRDRE
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EDITH
Prólogo
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Epílogo
LEONOR
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Epílogo
Notas de las autoras
Notas
Agradecimientos
Agradecimientos
Las tres primeras historias nacieron en el foro del Rincón de la Novela Romántica fruto de nuestro propio entretenimiento. Unas historias tiernas que nos dejaron con ganas de más.
Por ello, siempre tendremos presente a todas las foreras y visitantes que siguieron con entusiasmo su desarrollo y a aquellas que también nos ofrecieron su aportación en forma de comentario.
Tampoco queremos olvidar a las administradoras y colaboradoras que están detrás de este gran proyecto; las chicas del Rincón y quienes hicieron posible, junto con la editorial B de Books, la Selección RNR.
A todos aquellos que habéis hecho que las feas también los enamoren estén hoy aquí... nuestro más sincero agradecimiento.
CAMILE
CAMILE
1
1
Surrey, 1869
Querida Camile:
Permíteme que empiece este escrito disculpándome por no haberte enviado ninguna carta en los últimos tiempos y aún más cuando tú las mandas religiosamente cada semana. Sé por mi hermana que has estado muy preocupada por mí, pero las cosas han estado algo revueltas en el Down.
También me excuso de antemano por el dolor y la aflicción que sé que voy a causarte: en mi mente, he repasado millones de veces lo que quería decirte, pero no es fácil para mí plasmarlo en palabras. Sabes de sobra que no soy bueno en este tipo de cosas y, aunque siempre has sido muy comprensiva en estos temas, desearía poder hacerlo con un poco más de elegancia, pero me temo que eso no será posible; al fin y al cabo, una mala noticia sigue siendo mala por mucho que se disfrace. He de admitir con culpabilidad que debería haber hablado claro hace mucho, pero la cobardía es una enfermedad que ataca por sorpresa: hace tiempo te hice una promesa que en estos momentos soy incapaz de honrar. Reconozco que era sincero cuando la hice, pero algo en mí ha ido cambiando y, por fin, soy capaz de ser franco, aunque te parta el alma: no puedo seguir adelante con nuestro compromiso, no puedo casarme contigo.
Como he dicho con anterioridad, y aunque ahora te cueste creerlo, en aquel momento te lo pedí de corazón, comprometido en cuerpo y alma. Sin embargo, mis sentimientos han ido cambiando, pues ahora la idea del matrimonio me oprime, me asfixia. Me considero un hombre honorable, por lo menos hasta ahora, por lo que debería seguir adelante con los planes, pero pienso que eso te causaría más dolor y haría de nosotros un matrimonio desgraciado. No te lo mereces, no quiero arrastrarte a eso y, aunque no lo creas, profeso por ti un franco aprecio.
Siento destruir tus planes de futuro, tus sueños, pero sé que con el tiempo comprenderás que fue la decisión más acertada. Es por eso que pongo fin a cualquier tipo de contacto entre nosotros. Te lo ruego, demos esto por acabado y no me escribas más.
Esto no lo hago solo por mí, lo hago por los dos.
GARRET BISHOP
—¡Bah! —murmuró Camile con cierta aprensión en el pecho, mientras estrujaba la carta entre sus manos. La había leído docenas de veces, pero, aun así, no podía evitar sentir un doloroso pinchazo en el corazón cada vez que releía esas mezquinas palabras.
¿Cómo podía no ser así? Había perdido al que creía estar destinado a ser su compañero para toda la vida, el hombre que amaba, el hombre que había conseguido despertar su corazón.
Y ni siquiera había tenido la decencia de decírselo de frente.
Camile se enjugó las lágrimas con el dorso de la mano y trató de alisar el papel. No iba a deshacerse de él, no todavía. En especial, cuando el dolor era tan agudo y persistente. Aquella era la prueba de una traición y la guardaría hasta que pudiera retomar su vida.
«¿Será eso posible?», se preguntó entonces con angustia. ¿Habría un día en que pudiera mirar atrás y no sentir que su mundo se desmoronaba? Un día en que ya no se lamentaría por la injusticia que significaba arrebatarle la única posibilidad decente de ser feliz y que ya no pensaría que sus sueños se habían hecho añicos.
Daría lo que fuera porque aquello se hiciera realidad.
Miró la carta con aire crítico. Por mucho empeño que pusiera era imposible quitar las arrugas, así que decidió guardarla en el cajón del pequeño escritorio de su habitación y tratar de olvidarla aunque fuera por un instante.
Camile intentó contener otra oleada de lágrimas. Garrett Bishop no lo merecía. Para nada. Solo era el hombre más desalmado que había tenido la desgracia de conocer. Si lo pensaba con detenimiento había resultado ser peor que Ralph, pues al menos este último había sido transparente. En cambio, su antiguo prometido había jugado con ella de un modo inimaginable: entusiasmándola, cortejándola y haciendo que se enamorara de él para terminar robándole cualquier esperanza de futuro.
¿Acaso era necesario ser tan cruel e insidioso? Camile no sabía si era parte de su carácter —uno que no había descubierto hasta entonces— o lo había hecho para regodearse con alguno de sus amigos.
«¡Y qué más da!» El daño ya era profundo.
Desechando los pensamientos negativos que cruzaban por su mente —con asiduidad— y haciendo un esfuerzo por recuperar la serenidad, Camile se recompuso. Se alisó la falda del vestido marrón y se echó un chal por encima al sentir un repentino ataque de frío.
Lo mejor era dejar el dolor atrás. Lástima que fuera más sencillo pensarlo que hacerlo.
Luego bajó las escaleras de madera y se reunió en el salón con sus padres, sentados junto a la chimenea. Ambos hacían una buena pareja con sus más de treinta años de matrimonio. Su vida tal vez resultaba monótona, a la vez que apacible, pero había sido su elección.
Su madre, serena y bondadosa, levantó la vista del bordado y vio la expresión de su hija.
Por mucho que tratara de fingir, no podía engañarla.
—¿Has estado leyendo la carta otra vez? —le preguntó con preocupación—. Eso te hace daño.
Su padre dejó a un lado el libro que leía y la miró con un aire inquisidor.
—¿Es cierto?
Camile suspiró con cierto cansancio.
—Sí —susurró, al tiempo que se sentaba en una butaca—, pero ya no lo voy a hacer más.
Vio a su madre fruncir los labios, nada convencida.
—¿Qué quieres decir?
—Es hora de cerrar este capítulo de mi vida —aseguró con más calma de la que sentía. Sabía que sus padres sufrían por la situación, por ella, pero Garrett la había engañado y no había nada que pudiera hacerse para remediarlo.
Cuando su padre, Brandon Fullerton, se enteró de la desagradable noticia, partió de inmediato rumbo a Londres para hablar con la hermana y el cuñado, pues no podía costearse un viaje a Malta. Había dejado atrás su habitual calma y se mostró ansioso y receloso en todo momento. Era normal que exigiera explicaciones: su hija era lo más importante de su vida.
Suzanne y Frederick Anderson fueron bastante comprensivos dada la situación y se mostraron dialogantes en todo momento. No buscaron excusas ni defendieron el comportamiento de Garrett. Tampoco es que apoyaran su decisión. Sin embargo, no había nada que pudieran hacer para remediarlo. Garrett era un adulto, libre de tomar aquella resolución y solo intervendrían si la virtud de la muchacha había sido tomada.
Como eso nunca ocurrió y solo habían disfrutado de unos apasionados besos, el destino de Camile quedó marcado.
—Seamos realistas —continuó ella—. Tengo veintiséis años, sigo siendo soltera y las posibilidades de que algún día me case son cada vez más escasas. No me hago ilusiones en ese sentido, por lo que no puedo permitirme el lujo de sentarme a llorar por mis desgracias. Es obvio que Garrett no es lo que creíamos, pero no voy a permitir que eso me arruine la vida. A partir de hoy voy a intentar ser feliz con lo que tengo. Doy gracias por ello.
La señorita Camile Fullerton no fue nunca una muchacha hermosa. Ni siquiera podía considerársela bonita, por lo que desde su discreta presentación en sociedad había pasado inadvertida para los solteros, incluso para los más despreciables cazafortunas, pues su dote era más bien... limitada. Los más allegados afirmaban que su rostro poseía «personalidad», aunque ella sabía bien que aquello era un eufemismo para no llamarla fea. Su rostro era demasiado pequeño y sus ojos demasiado saltones para el arquetipo de belleza que la sociedad victoriana consideraba hermoso. Por consiguiente, a nadie parecía importarle un bledo que fuera una muchacha cariñosa y de buen corazón. Eso lo dejaban para los pobres. Con bastante bochorno por su inexistente éxito, empezó a odiar las cenas y los bailes que se ofrecían hasta que conoció a Deirdre. Desde entonces, su mejor amiga. Ambas eran de edades similares y también carecía de belleza alguna, por lo que desde un principio sintieron que eran almas gemelas.
Sin embargo, Camile, a la edad de veintiún años, ya había recibido su primera oferta de matrimonio de la mano del heredero de su padre. Como Benjamin Fullerton, un barón rural, no tenía más que una hija, a su muerte, el título pasaría al hijo de un primo suyo, Ralph Sloan, con el que apenas mantenían contacto. Camile lo encontró desde un primer momento de lo más odioso e insoportable, por lo que, cuando le pidió que se casara con él para que todo quedara entre familia, lo tuvo muy claro: lo rechazó.
Sus padres pudieron haberse enfadado con ella por haber perdido, según se mirase, una buena oportunidad, pero eran de la misma opinión, por lo que el presunto caballero fue rechazado por partida doble. Desde entonces, no se le había acercado ningún hombre más... Hasta que llegó Garrett Bishop.
—Me alegro de que tomes esta sabia decisión. —Su padre pareció satisfecho.
—Es por eso que he decidido volver a Londres.
—¿Por qué? —quiso saber su madre—. ¿Es que no te tratamos bien?
—Mamá, sabes que no es eso. Aquí en el campo la vida es más sosegada y todo parece funcionar con más lentitud, justo lo que ahora no necesito.
—Entonces ¿volverás con Deirdre?
—Sí, es lo mejor que puedo hacer.
Desde hacía muchos años pasaba largas temporadas en casa de su amiga. Era como una más en aquella gran familia y también la consideraba su hogar. Intentaba repartir su tiempo entre Londres y Surrey, porque, aunque quería a sus padres, la vida junto a ellos le parecía, debía admitirlo, un tanto aburrida. Había poco que hacer aparte de dar largos paseos y relacionarse con los vecinos y, aunque en la ciudad las cosas tampoco eran tan diferentes, en la casa de la familia Doyle siempre había actividad debido a las frecuentes visitas de los hermanos y cuñadas de Deirdre.
—¿Y cuándo volveremos a verte?
—En poco tiempo, lo prometo.
—Podrías traer contigo a Deirdre —sugirió su madre un poco más animada—. Nos vendría bien organizar alguna cena con los amigos.
La familia Fullerton, aunque descendía de un gran linaje, se asentaba en la parte baja del escalafón por su modesto poder económico. Entre sus amistades se encontraban personas de otra clase distinta: los burgueses, entre los que había abogados, comerciantes y algún que otro terrateniente con su misma situación. A Camile no le importaba en absoluto, se sentía cómoda en su papel. Eran lo que eran y no necesitaba un conde o un marqués para sentirse más a gusto. Que el padre de Deirdre fuera conde no era más que una casualidad, pues la querría lo mismo aunque fuera la hija de un lechero.
Vivir con ellos le había hecho conocer gente y experimentar situaciones que, con toda probabilidad, le hubiera sido imposible disfrutar si nunca hubiese salido de Surrey. Les estaba muy agradecida por esas vivencias, pero ella era una persona sencilla y no necesitaba lujos para vivir. Eso lo demostraba el hecho de haberse enamorado de Garrett y soñar para ellos una vida tan idílica como la de sus padres, en la que el dinero no era lo más importante. Gracias a ello, su infancia había sido maravillosa.
—Te prometo que en mi próxima visita Deirdre vendrá conmigo. —Y acto seguido la señora Fullerton empezó a enumerar todo lo que había que preparar para la visita de la muchacha—. Le escribiré una carta y le informaré de mis planes —murmuró Camile, pero nadie pareció escucharle. Su padre volvía a estar inmerso en la lectura y su madre se levantó para hablar con la cocinera sobre nuevos platos con los que agasajar a la futura invitada.
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—¡Camile! No sabes cuánto te he echado de menos.
Deirdre Doyle la abrazó con fuerza y le besó las mejillas con entusiasmo aun cuando Camile todavía no había tenido tiempo ni de quitarse el sombrero. Había estado esperando la llegada del carruaje desde hacía más de dos horas, impaciente por reencontrarse con su mejor amiga.
En este tiempo que habían estado separadas la había echado mucho de menos. Además, seguía preocupada por ella. ¿Cómo se hallaría su estado de ánimo?
—¡Deirdre!
—Deberías haberme dejado ir a hacerte compañía a casa de tus padres, habría podido ayudarte en tu desconsuelo —afirmó sin perder la alegría por el reencuentro—. A veces eres tan tozuda...
Camile sonrió. ¡Deirdre lo era mucho más que ella!
Iba a contestar, pero antes miró a su alrededor. El mayordomo ordenaba a los lacayos que se ocuparan del equipaje que había traído desde Surrey y Camile pensó que no quería hablar de su desdicha en medio del vestíbulo.
Bajó la voz hasta casi convertirla en un susurro.
—Lo siento, pero no creo que hubieras podido hacer nada.
Su semblante se entristeció durante unos segundos, antes de decirse a sí misma que no iba a dejarse vencer con tanta facilidad.
—Por lo menos habría estado a tu lado haciéndote compañía en vez de atormentarme en solitario —insistió la otra—. He sufrido mucho por ti.
Camile sabía que su amiga lo decía de verdad. Ambas estaban muy unidas y la consideraba casi como una hermana.
—Te lo agradezco, de verdad —le aseguró—, pero ahora no quiero hablar de eso. —Hizo un gesto con la mano para acompañar sus palabras.
Deirdre se arrepintió de haber sacado aquel tema tan espinoso. Y eso que se había prometido no hacerlo.
—Oh, lo siento. No lo había pensado.
—No pasa nada —musitó Camile, al tiempo que cogía una de las manos de Deirdre y se la estrechaba. Fue un gesto reconfortante para ambas—. Ahora he vuelto y eso es lo que importa.
—¿Se puede saber qué hacéis las dos ahí paradas? —protestó Sharon, la madrastra de Deirdre, con una sonrisa pintada en sus labios—. Lo más seguro es que Camile quiera refrescarse un poco.
Su aparición fue recibida con agrado, pues no había nadie en esa familia a la que no quisiera. Los Doyle eran muy especiales para ella y la habían acogido como si se tratara de un miembro más.
—Lo que me vendría bien —dijo con todo el buen humor del que fue capaz— es una buena taza de té. —Quería hacer ver a todos que un compromiso roto no era el fin. Si se lo creían los demás, a lo mejor conseguía hacerlo ella.
Se quitó el dolman y el sombrero con cintas rojas que hasta entonces llevaba puesto y se los entregó a la doncella que esperaba paciente en un rincón.
—Pasemos al salón.
Deirdre se colgó de su brazo y no la soltó hasta que las tres estuvieron instaladas cómodamente en los sofás de aquella acogedora estancia.
—¿Nos contarás cómo te encuentras o prefieres que charlemos de temas más mundanos? —preguntó, entonces, con tiento—. Si quieres puedo relatarte el bochornoso incidente de Anne Bersk en Hyde Park.
Camile pareció interesada. No era cruel ni una persona que disfrutara de la vergüenza de los demás, pero aquella joven en particular había sido muy grosera con Deirdre y ella misma por su aspecto. La había pillado mofándose de su falta de belleza en un par de ocasiones, en el pasado. Y la dama había procurado no ser demasiado discreta.
Así que cualquier incidente que hubiera sufrido era demasiado jugoso como para pasarlo por alto.
—Cuenta —dijo intrigada.
—Tampoco es que sea gran cosa —le advirtió al ver el brillo en sus ojos.
—Si ha bastado para bajarle esos humos, para mí es suficiente.
Sharon prefirió no regañarlas porque sabía que aquella mujer se lo tenía merecido. No encontraba que fuera decente burlarse de alguien por su aspecto. Camile o su hijastra no serían agraciadas, pero tenían otras virtudes.
—Estábamos paseando por el parque —comenzó diciendo—. A poca distancia estaba Anne Bersk caminando con su flamante marido y con aquella pose tan soberbia que suele lucir.
—Sé lo que quieres decir —añadió Camile, cabeceando.
—Pues bien, apareció un perro salido de la nada y nadie le hizo mucho caso... hasta que pareció interesado en el dobladillo del vestido de Anne. Deberías haber estado ahí. Era como si lo encontrara de lo más apetitoso y comenzó a tirar de la tela. —Deirdre hizo una breve pausa y continuó por donde lo había dejado—. Ella empezó a chillar y a revolverse a un lado y al otro mientras su esposo trataba de deshacerse como podía de aquel perro con pinta de vagabundo. Otros caballeros se acercaron a ayudar. No sé. —Se encogió de hombros—. Supongo que el perro debió de asustarse al ver tanta gente, porque de repente la soltó y Anne perdió el equilibrio y terminó cayendo de bruces al suelo.
—¡No puede ser!
—Te lo aseguro.
—¿Tú lo presenciaste?
—Ajá —sonrió con picardía—. Y procuré hacerle saber, en nuestro siguiente encuentro, lo graciosa que aquella escena había sido y lo mucho que me había reído.
—¡Deirdre! —exclamó Camile con fingido horror—. Ese comportamiento no es propio de una dama.
Parecía que quería amonestarla, pero de pronto empezó a reír sonoramente.
Era la primera vez que lo hacía, tras lo acontecido con la carta de Garrett, así que se permitió disfrutar de aquella liberadora sensación. Por desgracia, el alivio que le causó la distracción no fue duradero y en su estómago volvió a instalarse aquel malestar que parecía decidido a seguirla a todas partes.
Deirdre, que la conocía bastante bien, se dio cuenta del cambio producido en su amiga.
—¿Garrett? —preguntó con franca preocupación, porque sabía que el silencio se debía a que Camile estaba pensando en él.
Esta asintió, aunque tardó unos segundos en contestar.
—No voy a engañaros, me siento tan dolida que a veces creo que el corazón se me romperá en mil pedazos. Pasará mucho tiempo antes de que me recupere... —dudó—, o quizá no lo haga nunca, pero ahora lo que necesito es no pensar más en ello.
Deirdre y su madrastra estuvieron de acuerdo.
—No había tenido la oportunidad de decirte cuánto siento lo sucedido —dijo esta última—. Solo quiero decirte que la familia entera te apoyamos y nos tienes aquí por si nos necesitas.
Y Camile estaba muy agradecida por esas palabras. Tener el respaldo de la familia Doyle y saber que podía contar con ellos, al igual que con sus padres, era significativo. Por lo menos poseía otro tipo de amor; un amor realmente importante.
—Entonces no vas a querer saber que Garrett... —Deirdre se interrumpió abruptamente al ver la expresión severa de su madrastra.
«Ups», se dijo. Acababa de meter la pata. Su amiga les pedía que no hablaran más del asunto y a ella se le ocurría mencionar al hombre causante de su desgracia.
Deirdre estaba pensando cómo cambiar de tercio cuando Camile se le adelantó.
—¿Garrett? ¿Qué ocurre con él?
La joven suspiró.
—Eh... no, nada —intentó disimular—. No me hagas caso. ¿Quieres que te cuente otra cosa divertida?
—Deirdre... —le advirtió con expresión severa.
Esta miró a Sharon y esperó ansiosa su beneplácito. Había hablado de más, aunque en realidad no quería esconderle nada a su amiga.
—No creo que quieras saberlo —le aseguró la mujer, tratando de que Camile no sufriera más de lo que ya hacía.
Aquella información no podía hacerle bien.
—Por supuesto que sí —afirmó rotunda mirando a una y a la otra.
—Adelante, Deirdre —cedió con reticencia—. Cuéntaselo.
—Yo... —Se mordió el labio inferior—. Me enteré por unos amigos comunes que Garrett está en Londres.
—¿Qué? —preguntó Camile anonadada—. ¿Qué? ¿Desde cuándo? ¿Dónde? —quiso saber de inmediato.
—Fue hace una semana, en casa de los Mallory.
—¿Te encontraste con él? —Deirdre lo negó—. ¿Entonces?
—Ellos me preguntaron por ti, suponían que estarías muy contenta. Al parecer, su hermana comentó fugazmente que estaba de regreso al país.
—¿Estás segura?
—Eso fue lo que dijeron. Yo, por mi parte, me hice la tonta y cambié de tema. No pensaba contarles que el compromiso estaba roto, porque parece que él no ha dicho nada.
—¡El muy cretino! —exclamó de repente, sulfurada—. Me deja mediante una miserable carta y todavía espera que sea yo la que lo haga público. ¡No tiene ni una pizca de vergüenza!
—¡Es verdad, no la tiene! —se solidarizó con su amiga.
—Chicas, un poco de calma. —Sharon decidió que si no intervenía, ellas solas eran capaces de empezar una guerra, sobre todo si Deirdre azuzaba; esa chica era un verdadero peligro.
—Tiene razón —respondió Camile—. No vale la pena dedicarle un solo pensamiento más.
A pesar de ello, tuvo un instante de reflexión y no pudo evitar evocar el momento exacto en que vio a Garrett por primera vez. Siempre había aceptado con resignación el hecho de ser fea, y más con el paso de los años, pero nunca perdió la pequeña esperanza de que alguien la valorara por lo que era, no por su aspecto. Solo debían molestarse en conocerla. En el momento en que sus ojos coincidieron deseó con todas sus fuerzas ser un poco más agraciada, porque aunque tampoco era desagradable a la vista, distaba mucho de ser bella. Cuando rechazó a Ralph, le dijo que era una mujer sin encanto alguno, feota y que ningún hombre en su sano juicio pensaría en ella seriamente para ser la madre de sus hijos, y aunque sabía que esas palabras eran expresadas desde el resentimiento y el orgullo herido, le habían calado hondo, por lo que no tenía la autoestima muy alta cuando conoció a Garrett. Pero lejos de lo que se podía esperar, se comportó como todo un caballero.
Aquella noche habían asistido a una concurrida velada musical y coincidieron con Suzanne Anderson, que les presentó a su hermano, el comandante segundo de la Royal Navy.
Camile todavía podía recordar lo que había sentido en esos momentos, la emoción, la euforia. Tenía la piel de gallina. Era tan guapo, tan encantador... y su sonrisa casi había conseguido que se fundiera. Todos se sentaron juntos y al final la casualidad hizo que Camile y Garrett quedaran uno al lado del otro. Para ella fue como una señal del destino y dejó a un lado la timidez para enfocar su atención en él. Ahora o nunca. Aquello pareció funcionar y entablaron una animada conversación con un fondo de sonatas, pues era obvio que ninguno de los dos estaba atento a la música.
Le contó que desde los catorce años estaba en la marina y, después de ir escalando puestos, ahora era comandante segundo del acorazado HMS Down, aunque creía que en dos o tres años ascendería a comandante y le darían su propio barco. Se notaba que amaba su trabajo en la forma de narrar su día a día o aventuras pasadas, en las descripciones e incluso en sus gestos. Sus palabras desprendían entusiasmo y pasión, por lo cual Camile comprendió que era un hombre que se entregaba en cuerpo y alma. Si en ese momento no se enamoró de él, fue poco después, pero la alegría no le duró demasiado: estaba de permiso y ya no le quedaban más de diez días. En esa época Garrett no dio muestra de sentir nada más que amistad. Mantuvieron largas y profundas conversaciones y dieron paseos con carabina. Dado su historial amoroso, ella se daba por satisfecha. Su partida fue un trago amargo porque, aunque había intentado no hacerse ilusiones, su corazón lo anhelaba y no dejaba de latir por él; sin embargo, por un segundo dejó de hacerlo cuando le pidió permiso para escribirle. Si no hubiese sido toda una dama, en ese momento habría brincado de alegría como si fuera una niña de diez años. No volvió a verlo hasta ocho meses después.
Durante ese período, no dejaron de enviarse cartas donde él le contaba cosas sobre sus compañeros de barco, sobre Malta o sobre el mar, y en las que ella solo podía corresponder con insulsas crónicas de sus quehaceres diarios, ya que su vida no era tan estimulante. Sin embargo, él decía sentirse muy a gusto con ello, pues añoraba estar en casa.
Verlo de nuevo fue lo mejor que le había pasado en la vida, porque durante esos meses su amor se había vuelto más fuerte. Según le dijo, ella había sido la primera persona a la que visitó después de desembarcar y eso la llenó de orgullo. No obstante, volvió a recordarse que aquello podía no significar nada; por si acaso. Por suerte, esta vez pudieron disfrutar de dos maravillosos meses juntos y antes de partir se le declaró. Aunque Camile lo quería con todas sus fuerzas y deseaba casarse con él, la pregunta la pilló desprevenida.
—¿Por qué? —fue lo único que se le ocurrió decir en aquel momento.
—¿Me preguntas por qué quiero casarme contigo? —Él parecía atónito—. ¿Acaso no es obvio? —Camile negó con la cabeza—. Todo el mundo parece darse cuenta menos tú. —Entonces, la joven se permitió sonreír—. Mi hermana no deja de burlarse de mí y hasta Robert Doyle ha sentido la necesidad de hablar, según sus palabras, «de hombre a hombre».
—¿Que Robert ha hecho qué? No tiene sentido... Además yo... ¿Por qué? —volvió a repetir—. Mi dote es muy escasa y apenas poseo cualidades, eso sin contar con esto. —Señaló su cuerpo—. Soy baja, mi pelo es oscuro... de lo más vulgar y yo... soy fea. —No había nada en su rostro que fuera digno de admirar: ni su boca, ni su nariz o sus pómulos. El conjunto era bastante decepcionante y ella lo sabía.
En ese instante, él le cogió las manos y le lanzó una mirada adorable.
—Camile... —susurró—, yo te encuentro de lo más cautivadora.
Ella se soltó de golpe.
—¿Te estás burlando?
—¡Por supuesto que no! —De repente, su rostro se ensombreció—. Si te soy sincero, me gusta lo que veo, pero sobre todo me gusta lo que eres y solo sé que me encanta estar a tu lado. ¿Crees que yo soy perfecto? —Ella pensó que sí—. Además, en estos momentos no tengo ni un penique. Mi sueldo no es muy alto y lo que tenía lo invertí en unos negocios con mi cuñado. Deberemos esperar a que me nombren comandante para casarnos, solo así podré comprarte una casita con la que empezar nuestra vida juntos. —Hizo una pausa—. Ya ves —levantó las palmas de las manos en un gesto de impotencia—, si me aceptas, yo seré el afortunado, el que saldrá ganando, porque te quiero.
Así la convenció y así la engañó, porque dos años después sus promesas se las había llevado el viento.
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Garrett Bishop estaba sentado frente el escritorio en el despacho de su cuñado revisando unos contratos de los que Frederick le había pedido que se ocupara. Ahora poco más podía hacer salvo ayudar en lo que estuviera en su mano, y al menos eso le distraía.
Cualquier cosa para mantener su mente despejada de cualquier sentimiento autodestructivo.
Su situación actual distaba mucho de ser ideal, pero por el momento permanecería una temporada en la casa de Chester Square y luego ya vería. No quería convertirse en una carga para la familia. Una cosa era quedarse durante sus visitas al país, y la otra, afincarse allí para siempre.
Aunque Suzanne le había asegurado una y otra vez que su presencia siempre era bienvenida, él se sentía incómodo por la situación, pero reconocía que todo estaba dentro de su cabeza. Se notaba que su hermana, los niños e incluso su cuñado se sentían contentos por tenerlo ahí. Si no fuera por ese condenado incidente, su vida sería muy diferente y tendría unas metas por las que luchar. Sin embargo, ahora...
De repente, sus pensamientos se vieron interrumpidos por unas voces procedentes de la parte delantera de la casa.
Garrett arrugó el entrecejo. ¿Suzanne tendría visita? Porque si se trataba de algún amigo o conocido de la familia prefería no salir y encontrárselo. Es más, en aquellos pocos días que llevaba en Inglaterra había tratado de evitar el contacto con cualquier persona que no fuera su familia o los sirvientes de la mansión. Quería apartarse de los cotilleos, pero, sobre todo, no quería tener que dar explicaciones. Su estado de ánimo seguía siendo bajo, por no decir pésimo, y lo último que necesitaba para su recuperación era estar en boca de todos.
Oyendo las voces cada vez más cerca, Garrett se levantó apoyándose en el respaldo de la silla. No había tenido tiempo de enderezarse del todo cuando la puerta del despacho se abrió de golpe.
A punto estuvo de perder el equilibrio.
Tuvo que agarrarse con fuerza a la silla y al escritorio de madera. Alzó el rostro con expresión irritada por aquella brusca interrupción y se enfrentó a la persona que lo había apartado de sus tareas.
Fue entonces cuando el corazón se le detuvo.
Camile. Su adorada Camile. La única mujer que le robaba el sueño; la única en la que no deseaba pensar.
A pesar de la ira que reflejaba su rostro, Garrett se dio cuenta de que su aspecto seguía exactamente igual de como él lo recordaba. Era como si su separación no hubiera hecho mella en ella. Él, por el contrario, lucía más demacrado y con evidentes muestras de fatiga.
Se quedaron, durante unos instantes, observándose el uno al otro.
Camile era una mujer imperfecta: menuda, sencilla en su manera de vestir y nada bella. Hasta un ciego podía darse cuenta. No poseía unos pómulos altos dignos de admirar ni unos labios seductores. Todo lo contrario. Su aspecto era vulgar, por lo que muchos caballeros habían decidido no prestarle atención. Pero a Garrett nunca llegó a importarle aquella fachada, ya que le impresionó más su valiente carácter y su noble alma desde el primer momento en que la conoció.
No hubiera podido amarla más ni aunque ella fuera la mujer más hermosa de todos los tiempos.
Sin embargo, ahora las cosas eran distintas.
Al igual que él, Camile pareció haberse petrificado bajo el marco de la puerta. No obstante, fue la primera en recuperarse de la impresión y hablar.
—Es cierto... —murmuró para sí misma con una voz cargada de reproches—. Estás en Londres.
Garrett no supo qué contestar a aquello, ya que no se había preparado para volver a verla. Creía que su carta había sido lo suficiente explícita y dañina como para mantenerla alejada de él para siempre.
Era lo que esperaba en su fuero interno, ¿no?
Tragó saliva. Su peor pesadilla acababa de cobrar vida. Si se empeñaba en que le diera explicaciones por su pésimo comportamiento estaría en dificultades.
Detrás de la joven apareció su hermana con el rostro desencajado, dispuesta a intervenir si fuera necesario, pero se lo pensó mejor y optó por llevar a cabo una retirada estratégica.
—Será mejor que os deje solos. —Hizo un gesto para intentar cerrar la puerta, pero Camile no se había movido ni una pulgada del marco, por lo que desapareció sin más, echando a los sirvientes que se habían congregado en el corredor.
—No creí que tuvieras la vergüenza de volver —logró decir Camile irguiéndose con toda la dignidad que pudo y mirándolo a los ojos sin ni siquiera parpadear—. Por lo menos no por un tiempo. —Esperó su respuesta durante unos segundos, pero esta nunca llegó—. ¿Es que no vas a decir nada? —preguntó—. ¿De repente te ha entrado timidez? No creí que alguien tan miserable como tú pudiera sentirla.
—¿Qué haces aquí? —le espetó Garrett con dureza a sabiendas.
Ella abrió los ojos de par en par, desconcertada.
—¿Que qué...? ¡Dios, eres abominable! ¿Por qué crees?
—Te lo dejé muy claro en la carta que te envié, no quería... —prosiguió él, tratando de no dejarse dominar por los sentimientos. Era muy bajo, rastrero, tener que tratarla de ese modo; la culpabilidad le acompañaría hasta el fin de sus días. No obstante, sabía que era el único modo de deshacerse de ella.
—¡Me importa un rábano lo que tú quieras! —lo interrumpió furiosa y con las mejillas encendidas—. ¿De verdad crees que me conformaría con un «lo siento» después de romper nuestro compromiso de un modo tan mezquino?
—Comportémonos de forma civilizada. —Garrett trató de apaciguarla, aunque sabía que eso no serviría de mucho. Había hecho lo que creía que era mejor para ambos de la forma menos traumática, si bien era normal que ella estuviera despechada. ¿Quién no lo estaría en su lugar? Garrett le había prometido una vida llena de amor y se había desdicho sin que Camile lo esperara.
Tenía suerte que fuera ella y no su padre con un arma en la mano.
—Por supuesto, sobre todo no perdamos los modales —le respondió de forma irónica. Luego su rostro se endureció—. ¿No crees que por lo menos merezco una explicación? ¿O acaso todo eso ha sido alguna especie de espeluznante experimento? ¿Es que te gusta jugar con las mujeres y luego desecharlas?
Él se horrorizó.
—¡Cielo Santo, eso no es así para nada! Deberías conocerme mejor.
—¡Ah, sí! —Camile soltó una risita sarcástica—. Esperas demasiado de mí. ¿Es que me crees una santa para hacer como si nada?
—No, de verdad entiendo que estés molesta...
—Eso es quedarse muy corto —le avisó. En ese momento sus emociones estaban entremezcladas y, aunque una parte de ella quería abofetearlo, otra se debatía por lanzarse a sus brazos.
A pesar de lo que le había hecho, de la frustración y de la rabia, sus sentimientos por él apenas habían cambiado. Lo amaba y daría lo que fuera por que todo volviera a ser como antes.
—Mira, Camile, yo no planeé que las cosas sucedieran así —le aclaró Garrett con total sinceridad.
—¿No crees que por lo menos merecía que me hubieras dejado de frente, como lo haría cualquier hombre decente?
—Supongo que sí —le concedió. Estaba convencido de ello, pero entonces Camile se hubiera dado cuenta de muchas cosas y romper el compromiso sería del todo imposible. Así que había preferido usar una carta a sabiendas de que le odiaría por ello y le resultaría más fácil retomar su vida. Sin embargo, no le dijo nada de aquello—. Hice lo que hice porque no deseaba alargar la situación de forma innecesaria. No llevo en Londres ni diez días. ¿No crees que hubiese sido más cruel hacerte esperar hasta mi regreso?
—Pues al final lo que has conseguido es que me sienta humillada —declaró con total sinceridad. Para ella aquella carta significaba que le importaba bien poco.
—Lo siento. Siento lo que te he hecho. Siento que sufras por mí. —Era lo último que quería, pensó con una emoción que no dejó traslucir. Prefería que pensara que era frío a dejarle descubrir la verdad.
—¿Me has querido alguna vez? —le preguntó, arrepintiéndose al momento de mostrar su vulnerabilidad. Si decía que no, se moriría.
Garrett apretó la mandíbula. Vaya, Camile sabía ser directa.
—Eso ahora carece de importancia. —No era el motivo por el que se alejaba de ella.
Camile se dio cuenta de que su antiguo prometido no quiso decirle ni que sí ni que no y se descompuso. Sintió unas repentinas náuseas y las piernas se le aflojaron. Ni siquiera la ira era suficiente para mantenerla fría y serena.
Fue desgarrador evidenciar lo poco que significaba para el hombre que era todo para ella, así que sus ojos se humedecieron, cargados de dolor.
Viéndola en aquel estado, Garrett se compadeció. Comprobar cuánto la había herido era peor de lo que había imaginado. Verla de esa forma le producía un dolor casi físico, porque el sufrimiento de Camile también era de él.
A punto estuvo de echarse atrás en su resolución, pues sus fuerzas flaqueaban.
—Sí, te quería —murmuró con un hilo de voz, rezando por que se conformara con lo poco que tenía y se marchara. Cuanto antes se diera cuenta de que lo suyo estaba muerto, antes lo superaría—. Me enamoré de ti la noche en que nos conocimos.
Ella ahogó una exclamación ante la noticia y su corazón empezó a latir de un modo descontrolado. Era la primera vez que se lo decía.
—¿Entonces? —logró pronunciar con voz lastimera.
Garrett desvió la mirada hacia el suelo. No quiso hacer hincapié en ello, ya que su intención consistía en dejarlo en el pasado, por el bien de ella.
—De verdad quería empezar una vida contigo. —Levantó la vista y la miró fijamente a los ojos sin rehuir su mirada. Ella por lo menos merecía aquello—. Sin embargo, las cosas ahora son diferentes.
—¿En qué sentido? —quiso saber, todavía afectada por sus palabras. Sin poder tomar el control de sus propios sentimientos, una pequeña esperanza comenzó a nacer dentro de ella—. Porque podemos recuperar lo que teníamos. —Si de verdad la había amado como le decía, todavía estaban a tiempo de solucionarlo. Su rabia inicial había disminuido y ahora estaba segura de que su compromiso no había sido una farsa—. Comprendo que lo que sentías por mí haya ido decayendo a causa del tiempo y la distancia, pero ahora que ya estás aquí...
Garrett se dio cuenta de que Camile no le había comprendido bien. Lo último que le faltaba era ilusionarla de nuevo.
¿Cómo podría entonces olvidarlo?
Soltó una maldición por lo bajo. Su plan inicial —romper el compromiso por carta y no volver a verla jamás— se desmoronaba por momentos y él era un maldito tonto por pensar que se saldría con la suya con tanta facilidad. ¿Cómo podía decir a aquellos ojos suplicantes que su vida sería mejor si no estaba a su lado?
—No creo que eso sea posible —aseguró tajante, aunque le estaba costando bastante combinar la fantasía con la realidad, dibujar la línea divisoria. Temía acabar confesándole que nunca había dejado de amarla—. No es algo que se arregle con un par de paseos.
—El amor no desaparece con tanta facilidad —aseguró Camile con cabezonería. Garrett estaba de acuerdo, pero no iba a discutirlo con ella—. Confías en mí, lo sé.
Él negó con la cabeza para no darle alas.
—Camile, mis sentimientos por ti murieron hace tiempo y no hay nada que pueda hacerse para remediarlo. No quiero dar más vueltas al asunto.
Ella, que había permanecido quieta en el mismo sitio desde el primer instante que entró en el despacho, se fue acercando hasta que solo el escritorio los separó y puso las palmas de las manos sobre la pulida superficie.
Garrett, por su parte, se aferró a aquella barrera a modo de escudo.
—¿Por qué? No lo entiendo. Me dices que me querías, ahora parece que ya no y yo solo intento que tengamos una segunda oportunidad. Te amo, Garrett —confesó—. Nunca he dejado de hacerlo y estoy dispuesta a intentarlo de nuevo. ¿Por qué te empeñas en negarnos la oportunidad de ser felices?
Garrett no se dejó conmover. Su voz sonó fría a propósito.
—Porque sé con seguridad que nunca volveremos a recuperar lo que tuvimos.
—Por favor, Garrett. Por favor —le pidió suplicante.
Estaba en dificultades, cualquier maldito idiota, tarado y testarudo podía darse cuenta. Camile lo tenía contra las cuerdas y no sabía cómo salir del embrollo en el que él mismo se había metido.
Deseaba que la joven fuera feliz. Era lo que más deseaba, dadas las circunstancias. Y sabía con seguridad que la felicidad de ella le causaría aflicción a él, pero Camile lo merecía todo. Y Garrett no era el hombre adecuado para proporcionárselo. No estaba en condiciones de hacerlo. Así que pensó un modo rápido de solucionarlo. Lo malo era que no había tenido tiempo de meditarlo.
—Yo... —por un momento las palabras se le atragantaron— he conocido a otra —soltó de improviso.
Tan pronto como terminó de decirlo se arrepintió al contemplar el cambio en el semblante de la joven.
Estaba lívida.
Camile sintió un intenso dolor en la boca del estómago y en su mente se agolparon mil preguntas que era incapaz de pronunciar en voz alta. Durante las últimas semanas había imaginado mil y un motivos a los que achacar el abandono de Garrett. Y sí, debía reconocer que la idea se le había pasado por la cabeza, pero que aquello se convirtiera en una realidad era demoledor. Imaginar a su amado en brazos de otra mujer, que pudiera reír con ella, incluso besarla, era más de lo que podía soportar.
—Nunca debí haber venido —logró decir sin apenas inflexión en su voz.
¿Cómo sería ella? Se preguntó al instante. Lo más seguro es que se tratara de una mujer mucho más hermosa, más educada, más rica. Quizás alguien a quien admirar. Una mujer con la que Garrett se sintiera orgulloso de estar y contemplar. No como ella, que era fea.
¿Quién querría estar con alguien como ella pudiendo elegir a alguien mejor?
En aquel momento se sintió como un despojo. Ya no le quedaban fuerzas para saber, ya todo le daba igual. Contuvo un sollozo y se dijo a sí misma que aquello era el final. Ya no importaba quién era la mujer que lo había conquistado, dónde la había conocido o lo que fuera. Allí ya no había nada para ella.
Lo miró con lágrimas en los ojos y ni siquiera se despidió, dio media vuelta y se marchó aprisa por donde había venido.
Garrett, sujeto a la emoción que lo embargaba, estuvo a punto de gritar su nombre y detenerla. Era atroz lo que acababa de hacer con ella y la palabra «canalla» se le quedaba muy corta. Sin embargo, su voz interior y al parecer la más cruel le advirtió que no lo hiciera. Así que dejó que se alejara, se sentó y se masajeó la pierna para aliviar el dolor que había estado sintiendo.
Estuvo sumido en sus propios sentimientos durante unos minutos.
—¿Tenías que ser tan cruel? —La voz de Suzanne flotó en la biblioteca, haciendo una aparición lenta y pausada.
Su hermana, con los brazos en jarras y usando un tono acusatorio, frunció los labios a modo de disgusto. Había tratado de correr tras Camile para tranquilizarla, pero la joven se había marchado hecha un mar de lágrimas y rechazando cualquier consuelo.
Lo que le había hecho Garrett era abominable.
—Es evidente que has estado escuchando la conversación —le dijo molesto. Últimamente no hacía más que meterse en sus asuntos.
—No se merece ese trato —continuó sin hacerle el menor caso—. ¡Por Dios, Garrett, ni siquiera has sabido manejar la situación! Lo has enredado todo más y mira que dudaba que eso fuera posible.
—Hago lo que creo que es mejor para ella.
—Eso lo has dicho miles de veces, pero sigo sin encontrarle sentido alguno al asunto.
—Será porque no quieres —masculló frustrado. Estaba harto. ¿Por qué no podía aceptar su decisión?
—¿Qué sentido tiene que los dos sufráis tanto? ¿Acaso es una especie de martirio? —Se situó frente a él—. Es ridículo.
—Es mi vida y soy lo suficientemente maduro para saber manejarla —le espetó—. Y un poco de apoyo por tu parte no me iría mal.
Suzanne volvió a fruncir los labios. No iba a compadecerse de su hermano así como así.
Había pasado muchas semanas a su lado tras el accidente, cuidándolo y animándolo. Y ahora estaba viendo un Garrett cambiado: mucho más huraño y negativo. Era cierto que sobre él había recaído la desgracia, pero era un hombre joven y capaz. Podía recuperarse. En el aspecto físico lo estaba haciendo. Y aunque no estaría ligado a la Royal Navy nunca más —en ese sentido sus sueños habían muerto—, por lo menos todavía tenía ante él un futuro prometedor.
Eso no sería posible si seguía empeñado en continuar sin Camile.
—¿Y cómo he de hacerlo cuando creo que estás cometiendo el mayor error de tu vida? ¿Otra mujer? —Negó con la cabeza en un gesto de incomprensión y se sentó en una de las sillas vacías—. ¿En serio? ¿De verdad era necesario llegar a tal extremo?
Garrett no quiso confesarle sus dudas.
—Lo era —se limitó a contestar.
—¿De verdad? —Ella no estaba tan segura.
Desde que supo de su decisión, se mostró contraria y trató de hacerle desistir porque sabía cuánto amaba a la muchacha. También sabía que su felicidad estaba junto a ella, pues lo que tenían era especial. Suzanne conocía bien a su hermano y era consciente de la pasión que sentía por el mar. Su sueño era tener un barco propio, pero renunciaría sin pensárselo si Camile se lo pedía, cosa que la joven nunca hizo. Siempre se amoldó a la vida de Garrett. Era por eso que no podía aceptar que la apartara de él.
—Déjame recordarte mi situación: tengo una lesión en la pierna que me impedirá andar con normalidad. Para siempre —sentenció con una mueca de dolor.
—Eso no lo sabes. Los doctores han dicho...
—¡Al diablo con los médicos! —le gritó rabioso y tirando los libros que había sobre el escritorio de un manotazo. Su hermana dejó que se desahogara—. Soy un maldito lisiado y hasta la Royal Navy lo ha reconocido. Nunca más podré volver a subirme a un barco. Estoy incapacitado para ello. ¿De verdad crees que no me gustaría casarme con Camile y tener una familia con ella? Pero no puedo hacerle eso. Si miramos la parte económica, estoy sin un centavo. —Su hermana fue a protestar, abrió la boca, pero la cerró sin llegar a decir nada—. Sí, lo sé, me queda la paga de invalidez, pero apenas alcanzaría para mantener a Camile como ella se merece.
—No es una muchacha avariciosa, lo sabes —intervino finalmente—. Además, Frederick y yo os ayudaríamos. Sabes que quería regalaros una casa para vuestra boda.
—Y se lo agradezco, pero es mi responsabilidad. No puedo permitir que mis parientes vengan al rescate cada vez que lo necesite.
—¿Por qué no? Deja de ser tan orgulloso —soltó enfadada—. Eres un terco; demasiado obstinado, a mi parecer. Además, los negocios con Frederick van bien y en poco tiempo empezarás a recoger dividendos. Así que no me digas que es por el dinero —lo amonestó.
Garrett negó con la cabeza.
—¿Y qué te parece mi lesión? Muchas veces no puedo dormir a causa del dolor en la pierna y mi andar se ha vuelto torpe. Necesito la ayuda de un bastón. Me he vuelto un inútil.
—No creo que eso le importe a Camile. Ella te ama, idiota. Por lo menos deberías dejarla decidir.
—¡No! —fue tajante—. No voy a ponerla en semejante tesitura. No quiero que se quede a mi lado por lástima.
Suzanne resopló sin contenerse. Habían tenido aquella discusión docenas de veces.
—Me desesperas hasta el punto de desear abofetearte. —Se levantó con resolución y lo miró, advirtiéndole con el dedo índice—. Aquí lo único importante es que la amas y si la dejas escapar te convertirás en un ser... —por un momento dudó— triste.
Su hermano necesitaba una fuerza como la del amor que le ayudara a recuperarse.
—Pues que así sea —sentenció él, tozudo.
Cogió el bastón que descansaba a su lado y en el que por suerte Camile no había reparado y se enderezó con cuidado, dando por finalizada la conversación. Sin embargo, su hermana podía ser mucho más terca que él y no se lo permitió.
—¿Has pensado en su futuro?
Garrett arrugó la frente.
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a que con el tiempo puede conocer a otro.
Se lo comentó para hacerlo reaccionar.
Suzanne no creía que eso llegara a suceder; no porque minusvalorara a Camile, sino porque como su hermano, era una persona fiel. Estaba segura de que el paso de los años no haría que su corazón lo olvidara, ni siquiera con la presunta traición. Pero podía ocurrir que se lanzara en brazos de otro por despecho. Conocía muchos casos así.
—No me importa —dijo Garrett avanzando un poco y dándole la espalda.
—Mientes —lo pro
