Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Cita
NOTA EDITORIAL
PRÓLOGO
CAPÍTULO UNO
CAPÍTULO DOS
CAPÍTULO TRES
CAPÍTULO CUATRO
CAPÍTULO CINCO
CAPÍTULO SEIS
CAPÍTULO SIETE
CAPÍTULO OCHO
CAPÍTULO NUEVE
CAPÍTULO DIEZ
CAPÍTULO ONCE
CAPÍTULO DOCE
CAPÍTULO TRECE
CAPÍTULO CATORCE
CAPÍTULO QUINCE
CAPÍTULO DIECISÉIS
CAPÍTULO DIECISIETE
CAPÍTULO DIECIOCHO
CAPÍTULO DIECINUEVE
CAPÍTULO VEINTE
CAPÍTULO VEINTIUNO
CAPÍTULO VEINTIDÓS
CAPÍTULO VEINTITRÉS
CAPÍTULO VEINTICUATRO
CAPÍTULO VEINTICINCO
CAPÍTULO VEINTISÉIS
AGRADECIMIENTOS
NOTA DE AUTORA
PROMOCIÓN
Nota editorial
Selección es un sello editorial que no tiene fronteras, por eso, en esta novela, que está escrita por una autora latina, más precisamente de Chile, es posible que te encuentres con términos o expresiones que puedan resultarte desconocidos.
Lo que queremos destacar de esta manera es la diversidad y riqueza que existe en el habla hispana.
Esperamos que puedan darle una oportunidad. Y ante la duda, el Diccionario de la Real Academia Española siempre está disponible para consultas.
Gracias.
PRÓLOGO
Cuatro muchachas en un taller de mecánica era algo extraño. Más extraño aún era que una de ellas acabara de darse una ducha para sacarse la grasa que se le había pegado después de trabajar varias horas en los autos del taller.
Otra cosa muy curiosa era el grupo variopinto que las muchachas constituían. Una, bajita, muy delgada y delicada. Frágil. Ella, la hermana menor de la niña-mecánico, era estudiante de ballet, por lo que la fragilidad era solo apariencia. Era muy fuerte. Su largo cabello rubio caía por su espalda y sus ojos verdes eran el único punto de color en el pálido rostro.
La prima de ellas era más alta que la pequeña, pero no tanto como la mayor. Era delgada, pero su cuerpo tenía ya la forma de una mujer adulta. Llevaba el cabello castaño claro corto, levemente ondulado. Era de risa rápida e ira lenta, sus ojos café siempre se fijaban en todo.
La cuarta muchacha era colorina. Había que mirarla bien para poder decir otras características de ella. No porque fuera un ser anodino y sin gracia. Era porque su pelo rojo llamaba demasiado la atención. Pero si uno lograba despegar los ojos de su cabello, descubriría unos raros ojos verdes. Una nariz recta y pecosa y labios sonrosados y gruesos completaban su rostro de suaves mejillas.
Un hombre alto y rubio se acercó. Dirigió a las muchachas su sonrisa amable y ojos tiernos.
—¿Van al cine, niñas? —Por respuesta recibió dos «sí, papá» y dos «sí, tío Cristian»—. ¿Necesitan un subsidio?
—Son siempre bien recibidos, papá —dijo Isabel, la más alta de las cuatro, con sus grandes ojos color miel abiertos de par en par y una sonrisa tan franca como la de su padre.
—Está bien —aceptó el hombre sacando su billetera del bolsillo trasero del overol—. Espero que sea suficiente —agregó dándole unos billetes a su hija mayor.
Las muchachas reían cuando del fondo apareció el motivo de tanta espera en mitad del taller.
Si un artista quisiera personificar la fuerza de la naturaleza, la pequeña morena de pelo azabache sería una buena alternativa. Caminaba a pasos largos o todo lo largo que le permitían sus cortas piernas, llevaba las manos empuñadas, los labios apretados y los ojos negros encendidos.
La aparición de Adriana había coincidido con la llegada de Catalina, la madre de Pamela y secretaria del taller, por lo que Cristian no notó lo que pasaba.
—¿Vamos? —le preguntó Isabel a la recién llegada.
—Por favor, que quiero poner un mundo de distancia con ese… ese… mecánico grasiento —respondió Adriana ofuscada.
—¿Qué te dijo? —preguntó Lorena mirándola de reojo.
—Nada. Eso es lo peor. Nunca dice nada más que «mmm» o «ahá». Ni siquiera me saluda. Lo único que hace es mover la cabeza. ¿Qué piensa que soy yo?
—Una niña muy insistente —contestó Pamela.
—Vamos mejor —pidió Francisca, a quien el tema con h molestaba aún. Porque, ¿qué tenían de interesantes los hombres? Eran todos antipáticos y odiosos.
—Sí, vamos —respondió Adriana, tomando la delantera—. Adiós, tío Cristian, adiós tía Cata. —Se despidió de los adultos con un beso en la mejilla y fue imitada por las amigas.
Casi tres horas después, las muchachas estaban sentadas en un pequeño restaurant y fuente de soda con sendos vasos de bebida y un plato de papas fritas en el medio de la mesa.
—Me encanta Robert Redford —suspiró Isabel—, ni siquiera me importa que sea viejo.
—La semana pasada vimos esta película… ¿Cómo era que se llamaba?… No importa, pero quedaste enamorada de Mijaíl Barýshnikov —dijo Lorena.
—Sí, me encanta —respondió Isabel.
—Puaj. —Francisca hizo una mueca—. Está bien, el tipo sabe bailar, pero no sé qué se meten los rusos con el ballet si todos saben que las mejores academias, los mejores cuerpos de ballet, los mejores… lo mejor de todo está en Francia. Los rusos están sobrevalorados.
Las otras se miraron y sonrieron. No entendían por qué Francisca odiaba a los bailarines rusos.
—Algún día —continuó Francisca— voy a ir a Francia a estudiar.
—A mí me encantaría acompañarte, la semana de la moda de París es el mayor encuentro de diseñadores del mundo. —Lorena suspiró mostrando su acuerdo—, y no me vendría nada mal conocer un francés guapo. —Bajó el tono de su voz—. No como los de por acá.
—Pero dicen que son hediondos —dijo Pamela.
—Mientras no sean grasientos —murmuró Adriana molesta, pinchando una papa frita.
—Adri, ¿cuántas veces te he dicho que tienes que relajarte y ser más paciente con Juan? —le preguntó Isabel—. Él es muy tímido. Y tú eres un poco… agresiva. Lo que está bien —agregó Isabel rápidamente al ver la mirada de su amiga— en general, pero a veces hay que cambiar estrategia.
—No, Adri, no es necesario que cambies estrategia. —Francisca intervino inmediatamente al ver la oportunidad de aliarse con alguien en contra de los hombres—. No vale la pena el esfuerzo, mejor concentrarse en la carrera.
—La primera mujer presidente de Chile. —A Adriana le brillaron los ojos al decir esto.
—Eso —concordó Francisca—, y yo, prima ballerina del mejor cuerpo de baile del mundo.
—Te apuesto que de las cinco, tú vas a ser la primera en casarte —apuntó Isabel.
—Estás loca, Isabel —le dijo Francisca. Normalmente no era así. Isabel solía ser la más cuerda y tranquila de todas. Hasta que se le metían ideas raras en la cabeza según sus amigas.
—Es más, estoy segura de que tú vas a ser la primera en casarte y en tener hijos —insistió Isabel—. Dimitri suena bien para un sobrino mío.
—¿Y por qué le pondría un nombre ruso a mi hijo, Marisa? —preguntó Francisca molesta.
—Para que combine con el apellido ruso del padre, ¿para qué más? —dijo Isabel, provocando la risa de sus amigas y la ira de su hermana.
—¡No solo me amenazas con que voy a ser la primera en casarse y tener hijos, sino que además te atreves a decir que mi marido va a ser ruso! —gritó Francisca muy molesta—. Todo porque se te metió una idea entre ceja y ceja.
—Yo digo…
—Peor aun cuando sabes que yo odio a los rusos —continuó Francisca, sin dejar que su hermana se defendiera.
—Bueno, yo no le haría asco a ningún ruso alto y guapo —dijo Lorena conciliadora—, y si no fuera por respeto a Adriana, acá presente, tampoco le diría que no a ningún mecánico, por muy grasiento que pueda ser. Mientras sea guapo…
—Y tú vas a ser la primera en perder la virginidad —Isabel interrumpió a su prima con una sonrisa—. Eso si es que no pasó ya.
—¿Y con quién se supone que pude haber perdido mi virginidad si iba a un colegio de mujeres? —preguntó Lorena algo sonrojada.
Isabel la miró frunciendo el ceño.
—Yo diría que Antonio podría ser una excelente opción —respondió al cabo de unos minutos.
—¿El sobrino de madame? —Lorena resopló molesta—. Estás loca, Isabel.
—Gracias, Lore, lo mismo digo yo —intervino Francisca.
—Y yo —agregó Adriana.
—¿Y se puede saber por qué Antonio? —Lorena miró a su prima, dubitativa.
—No es nada feo —dijo Isabel.
—Pero anda siempre sucio, lleno de tierra y nunca le he visto un corte de pelo decente —replicó Lorena. Adriana mostró su acuerdo moviendo la cabeza. Después de todo, Juan siempre vestía esos overoles asquerosos. A la única que podía gustarle tal prenda era a Isabel.
—Será que tiene muchas salidas a terreno —explicó Isabel—, recuerda que estudia geología.
—Ya que te las estás dando de pitonisa, adivina mi futuro —le pidió Adriana.
—Fácil. El día que bajes las revoluciones o Juan se arme por fin de valor, te vas a casar con él.
—¿Y respecto a lo otro?
—Yo diría que vas a ser la última en perder la virginidad, Adri —dijo Isabel sonriendo.
—¿Después de mí? —inquirió Pamela.
—Después de Francisca, que va a ser la más complicada, aparte de Adriana. —Isabel ya no solo sonreía, sino que se reía abiertamente.
—Entonces, ¿cuál sería el orden? —preguntó Lorena.
Isabel respiró profundo, tratando de calmarse, miró a su alrededor y comenzó a apuntar. Lorena, ella misma, Pamela, Francisca y Adriana.
—¿Y quién va a ser la última en casarse? —Francisca no quería, pero igualmente entró en el juego favorito de su hermana.
—Pamela. Y con hartos empujones —respondió Isabel.
—Yo no pienso casarme —replicó la aludida.
—Por eso digo lo de los empujones —insistió Isabel.
—Bueno, acá viene un rubio para tu colección —dijo Lorena mirando a Jean Michel, nieto mayor del dueño del restaurante, un joven desagradable que molestaba incesantemente a Isabel.
—Puaj —murmuró Isabel, con el joven casi a su lado.
—Hola —saludó el recién llegado mirando a Isabel.
—Ándate, nadie te quiere aquí —replicó Adriana beligerante.
—Nadie está hablando contigo, enana negra y guatona. —El joven miró a Adriana con asco.
—¿Quieres hablar conmigo? —preguntó Isabel poniéndose de pie. En los últimos meses había vuelto a crecer y ahora era más alta que Jean Michel.
—Isabelita, no sé cómo lo haces, pero estás más bella que la última vez que te vi. —La manera en que se dirigía a Isabel era tan empalagosa que ella hizo una mueca de asco antes de contestar.
—Y tú estás más estúpido que la última vez que te escuché —repuso Isabel—. Rápido, muchachas, insultos con la letra e.
—Engreído —dijo Lorena.
—Esperpento —agregó Adriana.
—Estafilococo —aportó Pamela.
—¿Estafilococo? —preguntó Isabel con una sonrisa ladeada.
—Sí, es una bacteria, pero bacteria no se escribe con e —respondió Pamela.
—Y yo tengo otra palabra con e para ti: esfúmate —Francisca concluyó por todas.
—Creo que me gusta mucho la letra e —declaró Isabel cuando el visitante no grato se retiró.
—Y yo creo que, a pesar de tu aparente debilidad por los hombres rubios, te vas a casar con uno moreno —señaló Lorena.
—Como Antonio Banderas —suspiró Isabel.
—Sí, en Átame. —Lorena juntó sus manos fingiendo que estaba atada a una cama.
Las muchachas se rieron de su interpretación.
—¿Vamos? —preguntó Pamela—. Ya van a cerrar el taller.
Las cinco se pusieron de pie e Isabel fue a pagar la cuenta en la caja, alcanzando a sus amigas en la puerta del local.
CAPÍTULO UNO
Ocho años después
Francisca miró a sus amigas, que tenían los ojos brillantes por las lágrimas. Su mamá y su papá, sus tíos verdaderos y postizos igual. La única que no lloraba era su hermana María Isabel.
«Ella es como una roca», pensó Francisca.
Estaban en el aeropuerto internacional de Santiago esperando la llamada de abordaje para el avión que la llevaría a cumplir sus sueños. París, Francia. Una excelente academia de ballet, regentada por un tirano que la convertiría en la prima ballerina que siempre había sabido que sería.
Se escucharon por los altavoces las temidas palabras y Francisca hizo una nueva ronda de besos y abrazos. Dejó a su hermana para el final.
—Te voy a extrañar, Cabezona —le dijo Isabel, usando el apodo que le decía de niña, cuando era tan delgada que su cabeza parecía desproporcionada a su cuerpo.
—Y yo a ti, Gigante Egoísta.
Se le había ocurrido llamarla así después de que su abuela le leyera el cuento de Oscar Wilde, cuando Isabel le quitaba las muñecas solo por molestarla, ya que nunca le había gustado jugar con ellas. Se abrazaron y, al separarse, Francisca vio las elusivas lágrimas arrancar de los ojos de su hermana.
—Cuídate y vuelve en cuanto puedas —le pidió Isabel.
—Y tú, anda a visitarme —exigió Francisca.
—Luego tengo que ir a Alemania. Una vez ahí, me arranco para ir a verte —prometió.
Francisca se alejó unos pasos, le tiró besos a su familia y se despidió con la mano.
Antes de pasar por la puerta que la separaría del resto, dejó su bolso en el suelo e hizo una pirueta que fue aplaudida por toda su gente y admirada por algunos desconocidos.
Volvió a tomar el bolso y se alejó por el pasillo que llevaba al avión. Con el dorso de su mano secó las últimas lágrimas que corrían por sus mejillas, cuadró los hombros y siguió caminando con el paso cada vez más seguro. Por cierto, que la partida le daba pena, pero era su sueño dorado y largamente acariciado. Ya tranquila, le sonrió al agente de seguridad que revisaba el bolso de mano.
Una vez que estuvo instalada en su asiento, sacó su agenda y buscó la página donde tenía el plan maestro, como llamaba Isabel a la lista de tareas que había confeccionado con sus amigas el día que llegó la carta donde la aceptaban para estudiar en la academia de ballet.
La lista era larga, pero ya iba por la mitad. Y gracias a la obsesa del control que tenía por hermana y a su muy organizada mejor amiga, el cambio de Santiago de Chile a Paris, Francia, iba a ser casi un paseo por el campo, sin grandes problemas de adaptación.
Al igual que Isabel, llevaba varios años estudiando idiomas, y ya hablaba inglés y francés casi como nativa, y el italiano también era decente. «Eliminar la barrera idiomática, listo».
Pamela y Adriana habían confeccionado una lista con posibles departamentos, estudios y pensiones de estudiantes, calificándolas de acuerdo a su costo y distancia. Luego Isabel, en un viaje de capacitación a Italia, se las había arreglado para ir a Paris, ver las propiedades seleccionadas, sacar fotografías, entrevistarse con los dueños, evaluarlas y dejar solo las mejores en competencia.
—No es la fórmula uno —había dicho Lorena, riéndose del sistema de calificación inventado por Isabel y seguido a rajatabla por Pamela y Adriana.
—Por supuesto que no es la fórmula uno —replicó Isabel—. Por muy lindos que sean algunos de estos departamentos, yo no los compararía ni loca con un bello y veloz auto de carrera.
—Estás loca, Isa —murmuró Lorena tendiéndose en la cama de su prima.
—No estoy loca. ¿Podría un loco organizar esta lista? —preguntó Isabel apuntando la agenda.
—Una loca del control —dijo Francisca, con sus pálidos ojos abiertos con burlona inocencia y sus finos hombros ligeramente encogidos.
—Dos cosas, hermana. Uno —Isabel levantó un dedo de su mano derecha—, no soy una loca del control ni nada por el estilo, simplemente me gusta pensar en el futuro y estar preparada para cuando pase. Y dos —alzó un segundo dedo—, si te molesta, bien puedo dejar de ayudarte.
—No me molesta que seas una maniática, que pienses demasiado ni que te guste estar siempre preparada para lo peor. Simplemente me gusta molestarte.
—Eres muy mala, Fran —murmuro Lorena moviéndose desde la cama hasta un rincón de la habitación, donde se sentó, directamente en el suelo, y esparció las fotos tomadas por Isabel.
—Gracias —dijo Francisca—, lo aprendí de ti.
—Yo no soy mala —replicó Lorena con soberbia—, soy… traviesa.
—Es lo mismo —aportó Adriana.
Francisca sonrió recordando esa tarde de comienzos de otoño. El movimiento del avión, posicionándose para el despegue, la trajo por un par de minutos a la realidad. Miró una vez más la lista pensando en sus amigas.
Isabel se había metido de cabeza a preparar el viaje y estadía de Francisca, feliz de poder pensar y planificar mucho. Pamela había reclamado porque perdería a su mejor amiga. Ella prefería que las cosas siguieran inalteradas, ya que a su modo de ver, la vida era perfecta. Francisca sonrió exasperada.
—Perfecta, sí claro —murmuró para sí.
Secreto era la palabra clave en la familia Martínez. Por ejemplo, la colorina nunca decía nada del acosador, manipulador y malintencionado de su jefe. Excepto en lo más cerrado de su círculo. Solo ellas, el Quinteto de la Muerte, como les gustaba llamarse a sí mismas desde que vieron una película antigua, pero muy graciosa, sabían del anhelo de Pamela de dejar el trabajo y buscar otro.
Adriana también había ayudado y mucho. Por supuesto, servía que fuera incluso más controladora que Isabel y más organizada que Pamela. Había averiguado todo lo que tuviera que ver con los aspectos económicos y financieros de su estadía en Francia y luego le había presentado un informe a Cristian.
—Puede que sea tu papá —le había dicho a Francisca una tarde cuando el hombre las llamó a ambas a su oficina—, pero sigue siendo mi jefe.
A Francisca no le molestó el presupuesto, ya que su padre había hecho lo que hacía con todos los que preparaba Adriana. Agregó un quince por ciento y firmó.
Casi tuvieron que rogarle a Lorena que las ayudara. Para Francisca era fundamental la ayuda de su prima a la hora de elegir departamento, ya que ella había sido la responsable de la ropa y la habitación de Francisca desde que ambas eran apenas unas niñas. Claro estaba que Francisca podía elegir su ropa de todos los días sola, pero cuando algo era realmente importante, prefería que fuera Lorena quien tomara las decisiones.
Además, el video que había preparado como audición para la academia contó con la ayuda de todas. Lorena, diseñadora de modas, hizo la ropa y ayudó con el escenario. Pamela, que era secretaria de profesión, pero artista de vocación, colaboró con la idea para el escenario, lo ejecutó, preparó luces y sonido. Isabel y Adriana se encargaron de filmar y editar el video.
Francisca solo bailó. Bailó por su vida, por la vida que soñaba.
Cuando el piloto apagó la señal del cinturón de seguridad, Francisca ya había repasado mentalmente los principales puntos del plan maestro. Barrera idiomática, dónde vivir, cómo llegar de su funcional y coqueto departamento de dos ambientes a la academia, cómo organizar el día. Lo más complicado había sido superar la diferencia horaria. Cuando ella llegara a París, habría sobrevolado seis husos horarios. Y ella no era María Isabel, a quien el jet lag parecía no afectarle.
—No es que no me afecte —había respondido su hermana mayor cuando se lo comentó—. Simplemente me preparo cuando sé que voy a atravesar una zona horaria.
—¿Cómo, Isa? —preguntó Pamela muy interesada.
—No bebo café los últimos días, procuro dormir durante el vuelo, aunque no paso todo el vuelo sentada, la circulación también es importante. Pero lo más importante es adaptar tu cuerpo al nuevo horario. En tu caso, Fran, puedes empezar ya. En las nueve semanas que faltan para tu viaje, haz todo más temprano, incluyendo las comidas. Cada semana vas corriendo en treinta minutos tu horario y la última lo haces una hora. Así, cuando llegues a Francia, solo parecerá que perdiste una hora. Y la recuperas con los días que vas a llegar adelantada al inicio de las clases.
—¡Eso quiere decir que voy a estar desayunando a las dos de la mañana! —gritó Francisca—. ¡Nadie puede desayunar a las dos de la mañana!
—Y almorzar a las ocho —aportó Lorena burlesca—. ¿Sabes? —continuó mirando a Isabel—, siempre pensé que cuando te veía comer a deshora se debía a que eres una maldita gusana hambrienta que come hasta reventar y no engorda nada. Ahora me entero que era porque querías evitar el jet lag.
Las cinco habían reído hasta que Adriana tuvo que salir corriendo al baño. Isabel incluso rio más fuerte que ninguna. Las bromas de su saludable apetito siempre le gustaron. Después de las carcajadas compartidas, se había comprometido con su hermana a comer con ella.
—Eso sí —dijo a modo de conclusión—, no pienso levantarme a la una de la mañana. Me despiertas, tomo desayuno y a la cama de nuevo.
—¿Y qué hago en el teatro? —Francisca era bailarina en el Teatro Municipal de Santiago.
—De todas maneras tienes que renunciar en algún momento —dijo Pamela.
—Pero…
—Además, si no estás para la temporada, no ganas nada yendo a ensayar —aportó Adriana.
—De todas maneras tengo que hacer mis clases.
—Son todas en la mañana, Franny —indicó Lorena—. Simplemente almuerzas y te vas, como si fuera por la tarde. Y cuando llegues, cenas y te acuestas.
El siguiente lunes se había presentado su dimisión al cuerpo de ballet. Fue un momento horrible, ya que ese año tenía tres solos. La cara de decepción del director fue tremenda. Y la alegría en algunas de sus rivales fue aún más grande. Claro que todo se invirtió cuando les explicó el motivo.
—No vas a volver, ¿verdad? —preguntó Sebastián, su amigo y compañero de tantas y tantas horas de ensayo y sufrimiento—. Vas a ir a París y serás la mejor, igual que acá, y todos te van a querer. Pertenecer a un cuerpo de baile europeo es cien veces mejor que ser la prima ballerina acá.
—¿Sabes lo que es mejor? —preguntó Francisca con sus sueños desbordando los claros ojos verdes—. Ser prima ballerina en París, Londres o Nueva York.
—Y por lo que dicen del director de la academia en París, si hay alguien que puede conseguirlo para ti, ese es él. Solo debes ser arcilla en sus dedos.
Y era justamente eso lo que pensaba ser. Iba a seguir cada una de sus indicaciones por ridículas que le parecieran. Iba a practicar y estudiar hasta caer rendida. Iba a tener los pies más feos y dañados del mundo. Sin importar la sangre, las heridas, el dolor, las exigencias. Sin importar absolutamente nada, ella iba a conseguirlo. Y la sonrisa insípida de la azafata cuando le ofreció almuerzo a las diez y media de la mañana le reforzó su idea.
Ya no era solo un sueño. Era la realidad.
CAPÍTULO DOS
Cuando sonó el despertador esa mañana, Francisca abrió los ojos y recordó que era el día que empezarían las clases en la academia. Sonrió e inmediatamente tiró las mantas para atrás y se levantó. Un par de minutos después ya estaba en la barra haciendo los primeros ejercicios del día.
Llevaba casi una semana en París y había sido maravilloso. Cuando llegó, el dueño del edificio donde viviría la acompañó por las escaleras hasta el cuarto piso. Le explicó que no tenían ascensor, y a Francisca no le importó porque serviría de ejercicio. El hombre sonrió.
Francisca quedó maravillada al conocer el departamento, especialmente por la pared recubierta con espejos y la barra de ejercicios. Francisca caminó hasta ella y la acarició.
—Mi última inquilina la hizo instalar —explicó Philippe al sacar un pañuelo blanco del bolsillo del pantalón para secar su sudorosa frente.
—Tengo entendido que también era alumna en la academia de ballet —comentó Francisca, acercándose nuevamente al hombre.
—Sí —asintió Philippe—, de hecho, es usted mi quinta estudiante de la academia. Y la segunda duró tres semanas.
—¿Tuvo algún problema? —preguntó Francisca inquieta.
—Demasiados. Muchos más que las otras. La primera alcanzó a estar un año. La tercera, el primer semestre. Solo Amélie, la última, se graduó.
—¿Por qué? —exclamó la muchacha muy preocupada.
—Es muy duro estudiar en la academia. Para un francés ya es duro, imagínese para un extranjero que ni siquiera está cerca de su familia.
—Me imagino que Amélie es francesa, de alguna provincia.
—No, no, perdón —dijo Philippe moviendo mucho sus manos—, su nombre es Amelia, yo le decía Amélie, ella es argentina. Tal vez triunfó porque no tenía familia en ninguna parte.
—Yo sabía que era difícil —respondió Francisca automáticamente—, pero no pensé que tanto.
—Oh, mi Dios, ni siquiera se lo imagina, querida —replicó el hombre negando con la cabeza. Le contó todo lo que sabía de la academia, especialmente de los muchos problemas que tuvieron sus anteriores inquilinas, incluyendo al dictador.
—¿El… el dictador, dice? —murmuró Francisca tartamudeando.
—Sí. Amélie le decía así. En realidad, es el director de la academia y se reserva las tardes para trabajar con los alumnos de lunes a jueves. El viernes invita a los que tengan potencial.
—Y Amelia, que se graduó, ¿la invitaron alguna vez? —Para Francisca era muy importante saberlo, sentía que, de alguna extraña manera, si esa muchacha argentina, que vivió y perseveró en el departamento donde ahora ella viviría, lo había conseguido, ella también lo haría.
—En febrero del segundo año —respondió Philippe—, un día llegó eufórica. En medio de la clase, el director se le acercó y le dijo que nunca la había visto el viernes en clase. Ella respondió que no la había invitado. Él comentó que eso jamás detuvo a otros, y ella le respondió que prefería estar practicando que mendigando. Y ese hombre le ordenó que practicara dentro del salón.
—Entonces, lo consiguió. —El hombre lo confirmó—. Yo también voy a conseguirlo —dijo Francisca elevando su mentón orgullosamente.
—La niña dejó una bicicleta abajo, iba en ella a todas partes mientras el clima era bueno —Philippe habló desde la puerta—. Si desea usarla, pídasela a mi mujer, Claudette.
—Gracias, lo haré.
Cuando salió, ella fue hasta su maleta y la desarmó. Decidió que haría las compras en bicicleta, así que se cambió los zapatos, buscó una mochila donde guardó lo necesario y bajó.
Después de dos viajes a las compras y un almuerzo rápido, pasó toda la tarde pintando. Cuando sus brazos y hombros dolieron, hizo algo de ejercicios de elongación y finalmente se duchó y se acostó. Se durmió en dos minutos.
Excepto la parte de la pintura, los siguientes días corrieron de la misma manera. Todos los días cenaba con Philippe y Claudette, propiciando conversaciones que fundamentaron una relación de tíos-sobrina, algo que hacía muy feliz a Francisca. Además, acordaron que Claudette se haría cargo de todas las comidas de Francisca, lo que la hacía doblemente feliz.
El lunes, muy temprano en la mañana, Claudette estaba en la puerta de Francisca. Ella la recibió envuelta en su toalla.
—Para que desayunes mientras te vistes —le dijo al dejar una bandeja—. Prepararé un termo con té para que lleves —agregó con una sonrisa cuando se retiraba.
Francisca comió mientras se vestía y se arreglaba. Sobre las mallas, ropa deportiva. Zapatillas para andar en la bicicleta y un apretado moño. Un poco de brillo labial y nada más. En la mochila, todo lo necesario para pasar el día, incluyendo agua, frutas y un sándwich de pavo con tomate y lechuga en pan integral. Con el termo de té prometido por Claudette, estaría lista.
Antes de salir, respiró profundamente, y cinco minutos después ya iba camino a la academia.
Como había llevado toda su documentación la semana anterior, pudo saltarse los trámites administrativos. Ese primer día, todos los alumnos nuevos debían pasar por una exhaustiva revisión médica. Francisca fue la primera y, al terminar, le indicaron que fuera a la sala de recitales que estaba al otro lado del edificio.
Al llegar, una mujer le indicó que debía esperar porque los profesores aún no estaban listos. Cuando escuchó que la llamaban al escenario, habían llegado dos personas más.
De pie, bajo un foco que emitía una luz cegadora, Francisca escuchó una voz de mujer que leía lo que suponía era su ficha de ingreso.
—Ninguna indicación del cuerpo médico —dijo la mujer dirigiéndose a ella—, eso está muy bien. Ahora, por favor, vamos a pedirle algunos ejercicios.
Ella hacía sus piruetas y pasos conforme se lo pedían, volviendo siempre a la posición inicial, a la espera de nuevas instrucciones. Francisca solo escuchaba un murmullo de fondo, evidentemente los profesores comentaban lo que ella hacía. Después de unos minutos, un hombre volvió a hablarle.
—Van a tocar una pieza al azar, usted improvise —dijo.
Y el pianista comenzó a tocar una suave melodía. Francisca se movía con delicadeza, utilizando todo el espacio disponible. Tres veces le cambiaron la melodía, y ella se adaptó, usando otros pasos, yendo a la parte trasera, haciendo piruetas. Cuando, un poco desesperada, pensaba que no sabría qué más hacer, el pianista puso fin a la música.
—Eso es todo —indicó una voz masculina—. Como hoy nos dedicamos a evaluar, no habrá clases en la mañana, así que la invitamos a tomar asiento en la parte de atrás y observar.
Algo cansada, con el corazón ralentizando su latido, tratando de descifrar cómo le había ido, Francisca tomó su mochila mientras llamaban a la segunda alumna.
—Te salió bien —le dijo el alumno que esperaba su turno.
—Gracias —murmuró Francisca—, aunque no esperaba una ovación de pie, me habría agradado algún aplauso. Al menos un «muy bonito».
—No creo que las cosas sean así por aquí —señaló el joven encogiendo los hombros.
—No. Me voy antes que me echen. —Francisca miró de reojo a la persona que controlaba el ingreso y salida de los alumnos, quien la observaba a ella y a su reloj alternativamente—. Suerte.
Para llegar a los asientos, había que dar una vuelta bastante larga, así que el joven que había conocido recién ya estaba en el escenario cuando ella se sentó diez filas atrás de los profesores.
Después de ver dos evaluaciones, escuchó pasos que se dirigían a su asiento. El mismo muchacho alto y rubio tiró su mochila en una silla delante de ella y extendió su mano.
—John —dijo con una suave sonrisa.
—Francisca —respondió la muchacha aceptando su mano—. Fue una buena prueba, la tuya.
—Gracias. Te llevaba ventaja por haber visto dos antes y saber de qué se trataba.
—Tienes un acento extraño, ¿de dónde eres? —preguntó Francisca con curiosidad.
—De Durham, Inglaterra. ¿Y tú? Tampoco eres francesa.
—Santiago de Chile —explicó Francisca, que le contó que también hablaba inglés, por lo que desde ese momento empezaron a usar ese idioma.
Siguieron observando las evaluaciones y calificando a sus compañeros, tratando de adivinar la procedencia de cada uno de ellos. De a poco fue llenándose la parte de atrás de la sala, pero nadie más se sentaba con ellos. En realidad, nadie más se sentaba junto a algún compañero, ni siquiera se dirigían la palabra.
—Ese de allá atrás está durmiendo, por Dios —dijo Francisca.
—Te dije que no era europeo —respondió John—. Llegó ayer y aún no se adapta, el idiota.
Una vivaracha morena salió al escenario en ese momento. Era un poco más alta que el promedio de sus compañeras y también un poco más pesada. Ya habían escuchado a los profesores decirles a tres muchachas que debían perder un kilo o dos, y con ella sería más de lo mismo.
Cuando la morena comenzó a bailar, dejó claro que la pérdida de peso la beneficiaría al bailar con un compañero, pero no le restaba gracia a sus movimientos. La técnica era impecable y su improvisación contaba con muchos efectos dramáticos.
—Pero que buen staccato —murmuró Francisca.
—Mira la fluidez —comentó John.
Unos minutos después, en medio de la presentación del siguiente compañero, la vieron llegar, tirar su bolso en cualquier lado y sentarse junto al hombre que dormía. En seguida, su respiración pausada hizo obvio que lo acompañaba en su viaje con Morfeo.
—Norteamericana, no te dije —murmuró John.
—Centroamericana. O con ascendencia por allá —refutó Francisca—, tal vez cubana.
—La escuché hablar con ese horrible acento americano.
—Entonces estás haciendo trampa, rata.
No por primera vez les llegó una violenta y nada amable solicitud de quedarse callados. Nuevamente, John se giró, se llevó un dedo sobre los labios y pidió silencio con un gesto. Francisca se mordió los labios para evitar reírse.
El sonido de estómagos hambrientos ya era todo un concierto en el momento en que terminó la última evaluación. Casi nadie prestaba atención. La morena había despertado unos minutos antes, aunque su compañero roncaba aún suavemente en el fondo de la sala. Ella lo removió, y él despertó remoloneándose.
—Tienen exactamente cuarenta y cinco minutos para almorzar —los instruyó un profesor—, luego deben ir a la sala 103 para su clase de la tarde.
Cuando Francisca se ponía de pie, pudo notar dos siluetas masculinas en la caseta de sonido. Solo alcanzó a ver salir a un hombre de raza negra, alto, con una espalda impresionantemente cuadrada, antes que John comenzara a tironear su mano.
—El director siempre se esconde —escuchó que comentaba alguien a unos metros de ella.
Entonces ese hombre debía ser el director. No le extrañaba. Por lo que alcanzó a ver, tenía un porte distinguido y se movía con fluidez, aunque sus rasgos eran más bien severos. Los rumores debían ser ciertos. Él debió haber sido un gran bailarín en su época. El más grande de su generación.
Francisca y John se dirigieron a una plaza frente a la academia, se sentaron sobre el pasto y apreciaron el agradable sol. Ambos sacaron su comida y estuvieron unos quince minutos comiendo, bebiendo, conversando detalles importantes de su vida, como el nombre completo. A John le costó entender que tuviera dos nombres y dos apellidos. Y pronunciar su apellido materno, Irribarren, le resultó imposible.
—Con todo amor a mi padre —dijo Francisca después del cuarto intento fallido—, me encantaría que ese fuera su apellido. Me encantaría ver a los profesores franceses intentar decirlo.
—En cambio Soublette será como el un, dos, tres.
Luego, él le contó cosas de su vida en el norte de Inglaterra, de sus hermanos pequeños, de sus padres, especialmente de su papá, a quién la profesión elegida por su hijo no terminaba de gustarle.
Francisca notó que la morena que estuvieron observando atentamente estaba sentada unos metros más allá y que su acompañante volvía a dormir. Cuando la muchacha vio que la miraban, se puso de pie y se acercó a ellos.
—Hola, me llamo Teresa. ¿Y ustedes? —se presentó en francés cuando llegó a su lado.
—John —respondió el joven—. Ella es María Francisca.
—Franny para los amigos —agregó Francisca con una sonrisa amistosa.
—Iribaren si quieres problemas —terminó John.
—¿Cómo? —exclamó Teresa.
—Irribarren —repitió Francisca—, es el apellido de mi mamá. María Francisca Soublette Irribarren. Y hablamos inglés, también, por si te resulta más fácil —terminó.
—¿De dónde eres? —preguntó Teresa, esta vez en inglés.
—Santiago de Chile.
—Durham, Inglaterra —intercaló John—. ¿Y tú?
—Miami, Florida.
—¡Te lo dije! —le espetó el joven a Francisca, golpeándole una pierna.
—Pero mis padres eran balseros —terminó Teresa, agregando la última palabra en español.
—Te lo dije —sonrió Francisca, con el mentón muy levantado, orgullosa de sí misma.
—No entiendo —le dijo John.
—Mis padres eran balseros, es decir, cubanos que dejaron la isla en un bote que se hundía.
—La escuchaste hablando español, seguro —murmuró John.
—¿Cómo, si llegó cuando yo estaba sentada atrás?
—Eso no importa. —Teresa los interrumpió antes que ninguno pudiera volver a hablar—. ¿Puedo sentarme con ustedes? Mi compañero de viaje no hace nada más que dormir.
Entonces la muchacha se tiró al piso y les contó que Thomas, que era de Los Ángeles, California, había dormido todo el vuelo porque estuvo de farra una semana completa.
—No lo conozco tanto, solo hemos coincidido un par de veces en algunas presentaciones, pero cuando nos vimos en la sala de espera, nos juntamos para no andar solos —les contó Teresa—. No puedo culparlo, igual voy a pagar caro los excesos del último mes.
—Pero bailas que te odio —dijo John consolador—. Te tenemos en la lista de la competencia.
—¿Qué es eso?
Y le explicaron que habían sido el número uno y el tres respectivamente, así que tuvieron el extraño privilegio de ver todas las evaluaciones y confeccionaron unas listas para clasificarlos.
—No te preocupes por mí, en todo caso, tú eres clásica por los cuatro costados. Yo prefiero experimentar —le explicó Teresa a Francisca.
—Yo también —dijo John riéndose.
—¿Ah, sí? —preguntó Teresa levantando una ceja en un gesto interrogante.
—Pero no me gusta tu género, lo siento.
—Qué pena, con lo que me gusta follar y lo bueno que estás.
—Además, es una excelente manera de bajar de peso. Vas a tener que buscarte un folla-amigo. ¿Qué tal tu compañero de viajes?
—Ese es un perro sarnoso. Se tira cualquier cosa con falda.
—¿Hombres escoceses incluidos?
—No sé si le hace a tu equipo, la verdad, pero cada vez que coincido con él ha estado con mujeres distintas. Incluso una vez estaba con dos a la vez. Soy fácil, pero no tonta.
Francisca miraba a cualquier lado, menos a sus nuevos amigos. Era una conversación que la inquietaba mucho. Nunca había sido muy salidora, solo había estado con un hombre en plan serio y aunque él se lo pidió mucho, ella nunca consintió mantener relaciones íntimas. Y cuando él le pidió que al menos le hiciera sexo oral, ella lo abofeteó y terminó la relación.
No era que fuera pacata, ni que condenara la actitud libertina de hombres y mujeres. Tampoco se quería quedar para vestir santos, ni hacer de su profesión toda su vida, no. Le agradaría conocer un hombre, establecerse y tener hijos… una vez que no pudiera seguir bailando. Pero principalmente se debía a que no había conocido nunca un hombre que le hiciera sentir algo. Los besos y caricias de Leandro le habían gustado, pero no la habían vuelto loca.
El resultado era que a sus veintidós años seguía siendo virgen.
—¿Vamos? —Francisca interrumpió la conversación de los otros al notar la hora—. Nos quedan diez minutos para llegar a clases.
El salón estaba repleto. Parecía una sala de conferencia de la ONU. Se escuchaban tantos idiomas y acentos distintos que era complejo descifrarlos. Según John, lo bueno era que nadie los hacía callar a ellos. «Lo malo», agregó Thomas, «era que la puntualidad era requisito para los alumnos, no para los profesores». Ya habían pasado quince minutos de la hora en que los habían citado, pero aún no aparecía ningún docente. Y todos los alumnos usaban ese tiempo para compartir sus impresiones o conocimientos sobre tal o cual profesor.
Se hablaba de una mujer que había sido amante del gran Barýshnikov, de otra que no había estudiado en la Escuela de Ballet de la Ópera de París porque no la habían aceptado y ella había ido a estudiar a Australia, que se había encamado con la mitad de Francia para conseguir ese trabajo. Que una profesora no comía nada cocido. Que otro solo comía cosas blancas. «No, verdes», corrigió alguien. «Nada con cara», anunció un tercero.
Pero el que más levantaba rumores era el director. Nadie se ponía de acuerdo con la edad. «Debe ser viejo si es calificado como el mejor de su generación», dijo uno. «Yo escuché que era un niño prodigio», aportó otro. «Mediana edad, pero con una enfermedad mortal como el SIDA, por eso se retiró a la enseñanza mucho antes de lo previsto», comentó alguien más.
Otro problema era su nacionalidad. «Es checo», dijeron. «No, no, polaco». «Ruso», aportó alguien más. «Tiene uno de esos apellidos raros que terminan en ov, como el gran Barýshnikov». «Sí», concordó otro, «y tiene un tío que trabajaba en la KGB». «No», corrigió alguien más. «No trabajaba en la KGB, lo había perseguido la KGB por desertor». «La familia tiene lazos con los zares». «No, eran enemigos de los zares y ayudaron a levantar a Lenin en el poder». «Que es polaco, les digo», repitió el segundo. «Una prima era amante de Lech Walesa». «No, la tía era la Novak».
«¿Cómo puede ser eso si es de raza negra?», preguntó alguien, poniendo voz a las dudas de Francisca. «No es negro», respondió alguien más. «Mi prima estudió acá», agregó otro. «Dos meses fue todo lo que soportó. Y lo único que decía del dictador, así le dicen, es que era demasiado alto, demasiado rubio y con los ojos demasiado azules. Y que era un maldito bastardo, que bien valdría pasar el resto de tu vida en la cárcel si antes lo habías torturado y matado lentamente. Claro que primero tienes que atraparlo, ya que lo del tío de la KGB sí es cierto y le enseñó a soportar interrogatorios como todo un profesional». «Entonces, definitivamente, es ruso», dijo alguien.
Francisca hizo una mueca. Podía soportar a un dictador. Siendo chilena, nacida en pleno gobierno militar, sabía algo de eso. Podía soportar a un maestro exigente. Llevaba toda su vida exigiéndose ella misma más que todos sus maestros juntos. Podía soportar casi cualquier cosa, pero un ruso… eso no creía poder soportarlo.
«Madura, Franny», escuchó a su prima burlándose. Si soportar a un dictador ruso era lo que tenía que hacer para llegar a ser la más grande bailarina de su generación, eso era exactamente lo que iba a hacer. Además, ya no era una niña que odiaba irracionalmente todo lo que venía de Rusia… Había reconocido hacía mucho tiempo que era solo envidia, pero de todas maneras seguía rechazándolos, casi por principio. Ocupada en sus meditaciones, se perdió la entrada de tres profesores. John tuvo que golpear su codo para que prestara atención a la mujer que saludaba.
—La academia es muy exigente… —decía la mujer y comenzó a hablar y hablar sobre lo duro que era y cómo, los que consiguieran graduarse, estarían en la élite del ballet mundial. La mujer se sentó y otra continuó con el discurso, hablándoles del horario. Lo primero serían dos horas de preparación física, invitó a aquellos que debían bajar de peso a asistir a partir de las cinco de la mañana. También les habló de las clases prácticas de dos a seis de la tarde. Lunes, Ballet Clásico. Miércoles, Danza Moderna. Martes y jueves trabajarían con el doctor Vinográdov, el director.
Luego de eso, el único hombre que las acompañaba les explicó las clases teóricas que tendrían entre las diez treinta y la una de la tarde. Hizo una pausa para mirar alrededor de la sala, deteniéndose en cada uno de los cincuenta alumnos.
—No permitimos el uso de sustancias que mejoren su rendimiento, excepto la alimentación sana y algunos complementos naturales, como las vitaminas —aseguró taxativo.
Después les habló de las evaluaciones médicas mensuales, de las causales de expulsión, como la ingesta excesiva de alcohol o el uso de drogas y cualquier trastorno alimenticio. Además, les entregaron una copia del reglamento de la academia y una credencial.
—Por cierto —dijo al terminar—. Mi nombre en Gerard Aubridot. Mis colegas son madame Victorie Signoret —la primera mujer que habló se puso de pie— y madame Sophie Fayolle —se puso de pie la segunda mujer, que volvió a tomar la palabra.
—En estos momentos, les vamos a pedir que se dirijan al estudio número 5 para su primera clase práctica, hasta las seis de la tarde. Tienen media hora para prepararse. ¿Madame Signoret?
—Voy a leer una lista, todos los que nombre, por favor, quédense unos minutos.
La lista contenía diez nombres, entre ellos Teresa y Thomas. John y Francisca se despidieron de ellos y salieron de la sala para prepararse para su clase.
Cuando volvieron a reunirse, Thomas tenía cara de fastidio. Teresa no estaba de mejor ánimo. Debía bajar cuatro kilos, por lo que, hasta que consiguiera su peso correcto, tendría que ir todos los días a las cinco de la mañana a entrenar. Si fallaba o no bajaba de peso, sería expulsada, lo mismo Thomas, quien también debía ir el sábado a trabajar musculatura.
Francisca, que ya estaba lista, se había vuelto a hacer el moño para que quedara más estirado y había hecho sus ejercicios de elongación. Pronto fue acompañada por los demás y unos minutos después entraron cuatro profesores encabezados por madame Fayolle. Uno de ellos se dirigió al piano en el fondo del estudio y los otros se repartieron entre los estudiantes que rápidamente ocupaban un lugar junto a las barras.
Esa noche, duchada y cenada, Francisca se acostó y se durmió casi de inmediato. A pesar de las exigencias de la academia, a pesar de la amenaza del director ruso, había sido un buen día.
No, se corrigió medio dormida. Había sido un gran día.
CAPÍTULO TRES
El segundo día comenzó exactamente igual. Levantarse, ejercicios, ducha, desayuno, bicicleta hasta la academia. Al llegar, notó que la vida ahí recién comenzaba. Lo que no era extraño, ya que eran apenas las siete treinta. Se sentó junto a Thomas y Teresa mientras ellos desayunaban.
Francisca comenzó a elongar cuando los otros iban al servicio. En un momento dado, escuchó unos pasos que se dirigían a donde ella estaba. Pensando que podía ser John, levantó la cara para saludarlo, pero el hombre que pasó a su lado difícilmente era su amigo, ya que lo único que tenían en común era el color rubio de su pelo.
Aunque John era alto, el desconocido lo era más. Su pelo era rubio, sí, pero de una tonalidad más profunda que su compañero. Aunque no alcanzó a ver sus ojos, las duras y cinceladas facciones llamaron mucho su atención. Y después estaba el perfecto tono muscular de su cuerpo. Y la ropa escandalosamente apretada que vestía. Francisca pensó que bien lo podrían usar para clases de anatomía, no tenía ni medio gramo de grasa y cada uno de sus músculos estaban perfectamente delineados en la piel blanca, ligueramente bronceada. Fueron las piernas, grandes y fuertes, las que miró Francisca mientras el hombre se perdía por el pasillo sin voltear a mirarla.
Su cuerpo era tal perfección que Francisca comenzó a dudar de su cordura. Pensó que tal vez solo había imaginado esas piernas. ¡Si tuviera tanta imaginación!
El saludo de John la sacó por fin de su ensoñación. Unos cinco minutos antes de las ocho entró el profesor de raza negra que la muchacha había vislumbrado el día anterior. Saludó brevemente a los alumnos, dio algunas instrucciones, leyó una lista y cada uno partió a trabajar en la máquina que le habían indicado, vigilados por los cinco profesores que circulaban entre ellos.
Después de ducharse, compartieron una manzana de camino a la sala donde tendría lugar la clase de Historia del Arte, dictada por monsieur Aubridot. Aunque siempre le gustó, Francisca se sorprendió destacando casi desde el primer momento. Lo mismo pasó en Anatomía, donde compitió palmo a palmo con Teresa.
A la hora de almuerzo, los cuatro fueron a la misma plaza del día anterior. Thomas devoró su comida, los otros lo imitaron rápidamente, luego los cuatro se estiraron en el pasto.
—Estoy muerta de sueño —comentó Teresa—, anoche no podía quedarme dormida, mi mente no dejaba de funcionar. El ruso de Rocky me visitaba en los sueños… ¿qué sueños?, ¡pesadillas! Yo era Rocky, y me sacaban la cabeza de un solo golpe.
—Me pregunto si todo lo que dicen, del tío en la KGB y tal, es verdad —Thomas se estiró y bostezó—. No creo que sea peor que el entrenador.
—No creo que sea tan malo el entrenador Malik —declaró Francisca—, aunque tiene cara de pocos amigos, al menos conmigo fue amable.
—Porque tú eres la princesa perfecta, Irribarren —Teresa miró exasperada a Francisca—. Tienes menos grasa en tu cuerpo que una lechuga.
—Y músculos definidos, sexis y fuertes —agregó Thomas, tratando de imitar el acento del entrenador Malik—. Probablemente te podrías levantar a ti misma.
Francisca quiso decir algo mientras las risotadas de John llenaban la plaza. Algo ingenioso sobre sí misma. Algo atrevido, sobre el tipo que vio en la mañana, que sí tenía músculos definidos, sexis y fuertes. Algo, cualquier cosa, pero solo pudo sonrojarse mientras las bromas seguían.
—Te apuesto que el director te escoge de compañera —dijo Thomas.
—¿Cómo? —preguntó Francisca, que por unos momentos ni escuchaba a sus compañeros, metida en las ensoñaciones de las perfectas piernas del desconocido.
—Que el director te va a escoger de compañera —le respondió Teresa—. Dicen que todas las primeras clases escoge a la más pequeña y delgada para que lo acompañe al mostrar los ejercicios.
—Se dicen tantas cosas de él que no sé qué creer —dijo John—, aunque me parece que lo vi esta mañana. Alto, delgado, casi calvo, con cara de KGB que no podría esconder ni en cien años.
—No sabemos si el dictador parece agente de la KGB, solo se supone que el tío lo fue —aportó Francisca, relajada por que la conversación se había desviado de ella.
—¿El dictador? —preguntó John—. ¿En serio le dirán así? ¿Tan terrible es?
—Peor —respondió Francisca—. Soy la quinta inquilina de mi departamento que es alumna de la academia. Solo una se graduó. Las otras eran lloronas, quejicas y alcohólicas.
—¿Qué? Explícate, por favor —le pidió Thomas sentándose muy derecho para escucharla.
La muchacha repitió lo que le había dicho su casero de las tres muchac
