1.ª edición: julio, 2017
© 2017 by Carmen Omaña
© 2017, Sipan Barcelona Network S.L.
Travessera de Gràcia, 47-49. 08021 Barcelona
Sipan Barcelona Network S.L. es una empresa
del grupo Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
ISBN DIGITAL: 978-84-9069-817-4
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A ti padre, hijo y espíritu Santo, quien eres luz, bendición y protección en mi camino. Sin esa presencia divina, habría sucumbido en las incontables batallas de la vida, o quizá me hubiese negado a la felicidad que se oculta tras la tormenta. Me fortaleciste y creíste en la obsesión de mis sueños… Siempre debí haber puesto mis sueños, caminos y propósitos en tus manos. Dios existe: que no quede duda de ello…
Contenido
Portadilla
Créditos
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Agradecimientos
Promoción
Capítulo 1
LA DESPEDIDA
Steffi Mash lloró sin consuelo. Su corazón pareció detenerse desde el momento en que el médico volteó el rostro, resignado ante la pérdida, para expresar su pesar como profesional de la salud. Empalideció y su mente se convirtió en una cinemateca que exhibía los años vividos junto a su padre. Conmocionada, no lo podía creer. En otras circunstancias hubiera probado el salado repugnante de las lágrimas y no le habría importado. Había llorado mucho desde que el maldito de Antoni Messi la obligó a saltar el cerco de la inocencia y traspasar el bosque oscuro de la adultez; y luego, lloró aún más cuando su madre falleció. Continuó sollozando y se maldijo una docena de veces al deshacer su ánimo sobre el cuerpo todavía tibio de su padre. Le suplicó que no la dejara. Él no podía morirse. En ese momento renegó del destino. Tenían muchas cosas por hacer. Iban a visitar sus tierras en Sicilia cuando los tiempos mejorasen. Tenía que velar por ella, protegerla de los pandilleros; claro que estaba preparada para defenderse, pero en ese instante padeció de un bloqueo mental que la hizo sentirse incapaz de cuidar de sí misma. Él había sido, más que su padre, su amigo, su refugio, su apoyo y también su entrenador. Experto en defensa personal, especialmente en krav magá, decidió hacer de su hija su pupila. Desde los diez años empezó con sus entrenamientos nada ligeros. Nunca la subestimó. Steffi debía formarse con la fortaleza de un heredero Mash. Quizá su padre intuyó lo compleja que podría ser su vida. Andrés Mash había aprendido técnicas militares de defensa personal gracias a un hombre judío que escapaba de los estragos de la finalizada Segunda Guerra Mundial. Italia no era el mejor refugio, pero en sus circunstancias fue lo mejor. Tras una fuerte amistad, aquel hombre, agradecido por haberlo refugiado, le enseñó cada una de sus valiosas técnicas. En ese instante en que su padre murió, recordó los entrenamientos de combate. Debió ser por esa impotencia que sentía cuando se enfriaba cada una de sus extremidades. Veía en el krav magá un refugio, un arma para sentirse valiente: nada de lo que realmente era. De repente volvió en sí. Su mente no podía divagar. No supo por qué, cuando estaba muriendo, le reiteraba su vieja y continua petición de entregar ese bendito sobre amarillo, que nunca sacaba de la funda de la almohada, a un tal Marcos Pantani; incluso llegó a referirse a él como un viejo y entrañable amigo. Steffi, en medio de su dolor renegó de él porque si realmente era su amigo, ¿dónde estuvo todos esos años de penurias y quebrantos? «¿Los amigos no son para apoyarse?», pensó. En ese instante sembró rencor por ese viejo decrépito de Marcos Pantani, que nunca fue capaz de enviar una maldita carta a su padre y, aún así, era la única persona a quien entregó su último deseo. «¿Por qué le importó tanto?». Sintió celos entre su dolor. Sí, celos. Envidió a ese tal amigo suyo por haberse llevado el último pensamiento de su padre, por haberla desplazado cuando ya no podía haber otra oportunidad. Tanto le importó que había ahorrado todo el dinero de su trabajo para ese viaje… Hace siete días le había entregado la llave de un cofre que guardaba en una de sus maletas, en el departamento, y allí encontró una paca de billetes que hizo que sus ojos brincaran desorbitados. No entendía. Con ese dinero hubiese podido vivir mejor los últimos meses, pagar una clínica o comerse una macceroni con le sarde, su preferida, en el restaurante italiano del centro de la ciudad. Recobró la postura, parpadeó y les dio paso a las enfermeras que venían de nuevo sobre él. Con el dorso de la mano, intentó borrar las lágrimas, pero le fue inútil. Un camillero pasó frente al umbral de la habitación con mesa de ruedas rechinantes, acopladas al doblez de la suela de goma de su calzado, que parecía luchar contra una superficie pegajosa en el piso de granito. En su mente cada sonido se almacenaba en cámara lenta. Afuera un par de mujeres pasaban al frente y reían alegres ignorando lo que, tras el marco de esa puerta y a un costado de ellas, estaba ocurriendo. Se sonó la nariz hacia adentro… Le pareció absurdo, desconsiderado e imperdonable que su padre pensara en un amigo que nunca había estado. Además, ¿por qué le encomendaba algo así, en un momento como ese? ¿Acaso no debió besarla, bendecirla, platicar con ella de ambos? ¿Por qué le pedía perdón? ¿Por qué la dejaba si él había prometido no abandonarla? ¡No él! ¡Su padre no podía morir, no todavía! Su madre lo había hecho años atrás, pero él no. No debía. ¡Maldición!... ¡Dios hubiera debido saber que todavía no era el momento!
—¡Andrés Mash! —vociferó al regresar de nuevo a la camilla de hospital. Ignoró a las enfermeras. No se dio cuenta de que al acercarse había lanzado a una de ellas junto a la mesa lateral. Ni escuchó caer la bandeja de aluminio con jeringas que estaba en el borde de la misma. Se aferró al pecho sin pulsación de su padre, estrujó la almohada bajo su cabeza y chasqueó los dientes al palpar el sobre oculto en la funda. «¡Maldito sobre que nunca sacó de la funda de su almohada!».
«La muerte es extraña», pensó. Miraba el cuerpo inerte de su padre. Una enfermera pasó. Transitó algún galeno. Su mano pesada colgaba fuera de la sábana blanca con la que lo habían cubierto. De nada servía suplicarle otra vez que no se muriera. Ya lo había hecho. De nada servía reprocharle las razones de su muerte. De nada servía gritarle frente al montón de uniformes blancos que iban y venían. Steffi Mash prefirió gritar en su mente. En su interior, una batalla campal, una hecatombe por una contienda sin tregua. Estaba sentada todavía, contemplando todo, pero ausente. Los ojos, desorbitados, teñidos de sangre, irritados por los anteriores trasnochos. La esclerótica amarillenta avisaba en silencio su deficiente estado vitamínico. No eran los mejores tiempos. Nunca los fueron. De niña, los escuchaba rememorar lo felices que habían sido en Sicilia, en donde todo prosperaba: el cultivo de naranjas, los viñedos, las frutas dulces, los negocios; jamás los había visto tan exitosos como aseguraban haber sido en sus tierras sicilianas. Aún añoraba la forma en que su padre le enseñaba la geografía de Italia. «Es una bota que patea una pelota», decía y se reían. Disfrutaba las anécdotas de sus padres. Solían prometerse regresar a degustar un buen vino de la región, visitar viejos amigos y recorrer los campos. Nunca lo hicieron. Jamás lo harán… El día del entierro de su padre lo declaró como el suyo. Fue como si el cielo se convirtiera en un espejo y de repente se despedazara sobre sus hombros… El campo santo lucía desolado. El acto fúnebre fue privado: no asistieron parientes ni amigos; solo el sacerdote que daría el sermón, sus tres monaguillos y los encargados de cavar la fosa.
Su estadía en Nueva York resultó ser tan breve que no les permitió ampliar sus vínculos sociales; así que el día del funeral de Andrés Mash no contó con un abrazo consolador ante la estrepitosa tormenta que sí se habría autoinvitado. En cuestión de minutos, el petricor invadió sus fosas nasales y lo que en otras ocasiones debió causarle placer, brindándole serenidad e instándola a hundirse en la lectura de un buen libro o en la profundidad y el misterio de una hoja en blanco; en ese momento, la envenenaba. La lluvia destruyó los delicados pétalos de rosas que había traído consigo para el sepulcro e, implacable, abrió delgados surcos en la antes reseca tierra. El viento también conspiró en su contra y arremetió de igual forma contra las rosas que ya no resistían asirse a su propio tallo repleto de espinos. Steffi Mash permaneció allí, bajo la lluvia. Resignada y de pie ante un montón de tierra que recubría el cuerpo de su único apoyo en Nueva York. No, en ese miserable mundo… Lloró en silencio. Se mordió los labios como si autoflagelarse le permitiera aliviar su dolor y diezmar su tristeza. Su cabello se chorreó sobre sus hombros y el castaño cobrizo de su cabellera lució opaco ante el cielo plomizo. «¿Por qué la muerte dolía tanto? ¿Por qué Dios era tan injusto? ¿No bastaba haberte llevado a mi madre? ¿Por qué te ensañas conmigo?… Los amaba. ¡Los amaba con todas las fuerzas de mi corazón!… Mi padre era mi protector, mi guía». A prisa, volvió en sí, recordó su realidad, se pasó el dorso de la mano por su nariz para retirar la humedad de ella; aunque admitió que era un acto innecesario porque toda ella moqueaba. Toda ella estaba mojada por las lágrimas del propio cielo, pero debía reaccionar. Su padre estaba muerto y ella aún con vida y debía permanecer mucho más tiempo respirando el aire terrenal. ¿Cuánto? No lo sabía. Nadie podía saberlo, pero por lo menos debía luchar porque así fuera; debía vivir el tiempo necesario para cumplir el último deseo de su padre: Andrés Mash. Suspiró mientras se alejaba del sepulcro. Debía regresar pronto al departamento en donde había vivido los últimos días con su padre: la pocilga de cuatro paredes en el peligroso suburbio del condado de Nueva York. No era lo que hubieran deseado, pero fue lo que se pudo tener y lo apreciaba. La ínfima cuota por arriendo los sedujo a tal punto que despreciaron los riesgos de atravesar la ciudad y su inframundo. La banda de los Splash solía mantenerse al margen. No supo nunca por qué. Lo que sí sabía era que era afortunada. No todos podían contar con el privilegio de ser un intocable de tales maleantes. Lo que nunca supo Steffi Mash era que esa especie de «aura protectora» había sido obra de su padre… Andrés Mash era temido, más que respetado, desde la noche en que había sometido a la banda completa con solo una barra de hierro y sus puños de acero. Alegaban jamás haberse topado con alguien que pelease de esa forma tan brutal. Estuvo a punto de asesinar a uno de los líderes; desde entonces, perdonada su vida, ambos habrían establecido de forma casi virtual un pacto de distancia y respeto. Llegaron a comentar que «el extraño tipo del piso de arriba» no era más que un agente encubierto o un retirado de la FBI o hasta de la DEA, así que se iban con cuidado con él. Unos días después de su llegada, encontraron un cadáver en las adyacencias al río Hudson y, aunque nunca se comprobó su culpabilidad, los pandilleros le atribuían el homicidio a Andrés Mash. La víctima no pudo hallar peor manera de morir. Con el miembro viril cercenado hundido en su boca y excoriaciones por todo el cuerpo, hematomas y politraumatismo craneal con desprendimiento de la masa encefálica, nadie deseaba caer en manos de su homicida. Suponían su culpabilidad al haber escuchado sus amenazas tras la apoteósica paliza. Les había prometido ser un muerto más del río Hudson si se atrevían a tocar a su hija Steffi Mash, quien tampoco resultaba ser una doncella en apuro. Y ya existía prueba de ello. Su padre se dedicó a formarla en las autodefensas e, incluso, en el dominio de las armas. No era algo de lo cual pudiera enaltecerse una joven quien, en el fondo, deseaba actuar más como una princesa que como un asesino a sueldo, pero no podía negar que agradecía tales enseñanzas: la habían librado de diversas situaciones bastante embarazosas. Quizás su padre sabía que vivir en suburbios tan violentos merecía cierta habilidad y destreza. Él siempre alegaba que era necesario aprender de todo un poco: desde cambiar el neumático a una de las camionetas hasta cocinar deliciosos manjares. A veces, se sentía confundida porque no sabía si debía comportarse como una dama o como una pandillera.
La secundaria la obtuvo a distancia porque se mudaron de sitios tantas veces como cambiaban de abrigos. Nunca pudo comprender las razones que ambos aducían, hasta que alguien arremetió contra sus tierras en Texas e incendió el rancho con las caballerizas y los almacenes de maíz y trigo… Era un sábado cualquiera del mes de noviembre de 1991 la noche en que debía morir su madre. El destino así lo había predicho. Mudarse de un condado a otro representaba una forma de sobrevivencia; era huir sin saber de qué o de quién. Así que, tras suponer que sí su educación secundaria había transcurrido entre oficinas postales y llamadas telefónicas, ¿por qué no continuar con ese apremiante ritmo la educación universitaria? No pretendía obstaculizarse el futuro por la inestabilidad de su familia. Ella deseaba recibirse de Literatura y no desistiría de ello. Logró recibirse en el 2000. Al graduarse con honores, ni siquiera lo celebró; tuvo que velar por el pequeño negocio de autos usados que en esa época había adquirido y regido su padre. Sin comprender cómo ni por qué, al año siguiente estaban fuera de Nueva Jersey. Sin negocio de autos usados y sin dinero. El lunes 16 de abril del 2001 se mudaron a Nueva York, donde trabajarían en un taller de piezas mecánicas. Al mes siguiente, su padre había enfermado y su salud desmejorado. Continuó empeorando hasta ese fatídico viernes 2 de noviembre del 2001…
En un parpadeo se encontró atravesando el subterráneo y se disponía a cruzar el territorio de la banda de los Splash. Sintió miedo. Era una sensación gélida el verse expuesta de forma tan frágil a quienes de seguro aguardaban el momento preciso para acechar su integridad. No era imbécil; a su edad sabía distinguir las intenciones de un hombre con una mujer y, según su criterio, las de esos maleantes no era nada halagador. El deseo sexual les brotaba por los poros; siempre lo percibió y también siempre lo evitó. Solía maldecirse en ocasiones, creyéndose culpable de captar el interés de individuos de bajo raciocinio, pero jamás consideró necesario conversar su creencia con su padre. ¡Ella era un maldito imán sexual! Eso formaba parte de su castigo. Y lo asumía como algo vergonzoso. Una vecina que pudo llegar a ser su amiga, si no hubiese sido tan boquifloja, le comentó en una ocasión que las mujeres que habían sido violadas cargaban con una especie de cruz maldita y que, con frecuencia, revivirían ciertos episodios de su experiencia no deseada, en diversas épocas de su vida y con diversos hombres. Lo sopesaba como un karma. ¡Válgame, Dios, que así lo creyó! No recuerda las razones por las que llegaron a tocar el tema, pero desde entonces su memoria lo repetía a diario, como un desgraciado disco rayado. Por ese motivo, se mantuvo distante de cualquier persona que tuviera testosterona y exhibiera indicio alguno de bigote, «en el sentido literal». Se declaraba alérgica a los chicos y en cierta forma sentía repugnancia por su presencia. Se caracterizaba por sus respuestas ácidas y, en ocasiones, se mostraba a la defensiva. Mantenía distancia y hablaba lo necesario. Estaba convencida de que esa era la mejor forma de protegerse mientras no estuviera bajo la guía de su padre. Guardaba muchos secretos consigo que no permitiría jamás compartir con nadie, mucho menos con su progenitor. Callaba la soledad vivida en cada una de las casas que habitaba; callaba los comentarios burdos e hirientes de las jóvenes de su edad y, sobre todo, callaba lo ocurrido con el miserable de Antoni Messi… Era una niña. ¿Qué pudiese saber de la vida y la malicia humana una infante? Una niña sonriente y dispuesta a colaborar con sus padres en los deberes del hogar; una niña de encantadores ojos negros que resplandecían como un par de luceros en un rostro angelical; un cuerpo que no pensó en ser ultrajado de la forma en que lo había hecho. A la luz del día, las manos de Antoni Messi hurtaron la inocencia de su cuerpo. ¿Quién lo creería? Un supuesto amigo de su padre. Alguien quien solo pasaría un par de días con ellos y que gozaba de su entera confianza. «Te presento a tu tío», recordó que le dijo su padre tras buscarle el mejor acomodo en su casa. Su madre, siempre cordial y servicial, buscó para él las mejores sábanas y almohadas dispuestas en su habitación. Durante su estancia, Steffi Mash dormiría con sus padres, pero bastó un descuido, un único y miserable descuido… Solo fue suficiente una tarde al regreso de su colegio, a solas con ese individuo, para que su vida cambiara por completo. Bajo amenaza de muerte contra ellos, calló. Calló durante el resto de su vida. Creció odiando a ese individuo y jamás sintió tanto placer como el día que vio las noticias de que había sido hallado muerto en las orillas del río Hudson. Llevaban tres días de haber llegado al suburbio de los Splash y habían pasado quince años después de que hubiera desgraciado su vida para siempre; y caviló sobre lo perfecta que era la justicia divina y, por primera vez, pudo cerrar los ojos sin remordimientos ni culpas; era como si el asesinato de Antoni Messi hubiese absuelto a su alma de culpas. Lo curioso fue que al identificar el cadáver en la página de sucesos, a su padre no le causó sensación de pesar alguna —por lo menos no lo percibió—; podría asegurar que desconoció a quien habría sido su amigo. Se preguntó las razones de su indiferencia, luego de haberlo reconocido como un compañero especial, pero su satisfacción fría y casi inhumana por lo ocurrido le hizo ignorar aquel detalle. Fue como sentirse libre. Tuvo la certeza de que jamás correría el riesgo de toparse con él. Durante años lo estuvo evadiendo, inventando clases que nunca tomaba, visitas a la biblioteca que no correspondían y encierros inhabituales en su habitación. No comprendía por qué ese individuo insistía en visitar y visitar a su padre cada vez que se mudaban de sitio. Lo creyó un ave de mala suerte, pero jamás permitió que sus asquerosas manos la tocasen de nuevo. Se lo había prometido a sí misma. Nunca, pero nunca jamás, permitiría que hombre alguno le hiciese daño. Era una promesa que se hacía a diario. En cierta forma, al culminar la escuela, la educación secundaria a distancia fue perfecta para su desenvolvimiento; de esa forma evitaría el contacto con chicos del medio. En ocasiones reaccionaba despectiva y arrogante al ser rozada por cualquier joven en una unidad de transporte público; al girar la vista y reconocer que todo estaba bien, se retractaba con una sonrisa nerviosa. Debía admitir que después de todo, ellos no deberían intuir sus razones. No sabían de su pasado. Steffi Mash se reconstruía a diario; por lo menos lo intentaba. De niña, los fantasmas la atemorizaban de noche y de día. El silencio pesaba y también lastimaba. Se preguntaba, con mucha frecuencia, cómo hubiesen reaccionado sus padres si ella hubiera confesado lo ocurrido. En esa época no sabría definir con precisión qué le había hecho ese hombre, pero su vocecita interna le gritaba que debió ser algo muy grave y, además, que solo ella era la culpable. Durante días durmió adolorida. Su cuerpecito sensible había sido lastimado y no podía, ni siquiera, usar venditas adhesivas para las heridas. Creyó que la había cortado, y se calló todo el tiempo esa impresión. Una violación no es un hecho pasajero, algo que sucede y se olvida o se encierra en el pasado. No. Una violación representa una cadena opresiva que lacera el alma en cada momento. Es una cadena perpetua; es un hecho que te persigue a diario, que perturba tu sueño y destruye tus esperanzas. Carcome el espíritu y la autoestima hasta minimizarte y convertirte en un espectro. Steffi Mash sabía que el recuerdo de Antoni Messi sería para toda la vida.
Capítulo 2
LA DECISIÓN
No supo cómo pudo recordar las docenas de oraciones católicas que su madre Marquina, en vida, le había enseñado; las repetía en su mente una y mil veces mientras se acercaba al edificio de su departamento. Alguien supremo debió escucharla porque fue escoltada hasta el inmueble, atravesó una de las calles apestadas de pandilleros y nadie volteó a verla; era como si fuera imperceptible. Victoriosa llegó y atravesó el marco de la entrada principal. No se detuvo al llegar allí, sino que sumergió aún más sus manos en la gabardina gris que llevaba puesta y que pesaba un mundo a razón de la humedad. Mordió otra vez su labio inferior, suspiró y trató de no mirar el gran basurero que se escapaba debajo de las escaleras ni a la rata de cañería que huía al ser pillada por una señora decrépita que salía en calcetines y con el cabello revuelto; al caerle a escobazo limpio, se sorprendió y —más que eso— se ruborizó al topar su mirada al final del pasillo, en una de esas esquinas oscuras —por los actos vandálicos—, pero ante la claridad vespertina aún sus ojos podían reconocer a los vecinos inescrupulosos que, con calzón abajo y falda arriba, jadeaban y daban alaridos ante una entrega desesperante y lujuriosa. Maldijo y se retractó al recordar sus oraciones católicas. Presurosa, con mirada gacha, sin poner las manos en las sucias barandas de la escalera y conservándolas aún en los bolsillos de la gabardina, ascendió hasta el quinto piso. Giró aprisa en los recodos de su ascenso, buscó las llaves en los mismos bolsillos y miró a su entorno: percibió con desagrado un charco de orina al pie del marco de la puerta, un montón de excrementos en el rincón de la pared que daba acceso a la escalera del piso superior, colillas aplastadas y cenizas impregnadas de orina en el mismo piso. Al levantar su mirada, en el madero de la puerta se encontró con un aviso mal adherido de desalojo. Suspiró cubriéndose su chata nariz por tanta hediondez. No gruñó ni maldijo otra vez; solo pensó dándole la razón al dueño del edificio. Lo justificó porque el contrato de arriendo lo había hecho su padre y los compromisos adquiridos eran de él; así que, sin fuerza alguna, levantó los hombros condescendiente con la decisión del arrendatario de sacarla de la pocilga en que vivía.
Luego de forcejear un poco con la cerradura en mal estado, se abrió paso en el reducido apartamento de apenas una habitación, baño, sala y cocina. No tenía bienes materiales, así que mudarse era lo que menos le preocupaba; bastaba con unas tres o cuatro maletas, de las cuales dos serían de objetos de su fallecido padre, una de objetos comunes a los dos y solo una para sus propias pertenencias. Sobre la cama reposaba el sobre de color amarillo que en el lecho de muerte le habría entregado su padre. Resignada, se despojó de la pesada gabardina arrojándola al piso, luego se lanzó con los brazos extendidos sobre la cama, miró el techo teñido por un grave problema de filtración que carcomía la pintura y, esbozando una sonrisa fría detrás de un suspiro, se dijo a sí misma: «Bueno, Steffi Mash, llegó el momento de viajar a Italia y de comprender muchas cosas. Y conocer de una vez por todas a ese tal Marcos Pantani. De seguro es un viejo desconsiderado, egocéntrico y egoísta. ¿Cómo pudo olvidarse de mi padre?... ¿Han de ser contemporáneos?». Hizo un chasquido de indiferencia y meditó unos segundos girándose sobre la cama. Se apoyó en su codo derecho para darle alcance al sobre, luego retomó su antigua postura mientras evaluaba los bordes bien cerrados del mismo. Consideró la posibilidad de abrirlo con un poco de buen tacto —una delgada laminilla metálica podría ayudarla—, o romperlo, cerciorarse de su contenido, cambiarlo y volverlo a sellar. Resultaría fácil si su padre no le hubiese hecho jurar que no lo abriría antes de entregarlo personalmente a su destinatario y si, además, no hubiese estampado sus rúbricas entre las uniones. No le restaba otra opción que esperar. Esperar a que su destinatario lo abriese y le diera una explicación.
Esa tarde se dedicó a empacar y al día siguiente le pediría el favor a una «vecina» de su padre, quien vivía cerca del edificio, para que viniera a buscar parte de sus pertenencias y las conservara, mientras Steffi se ubicaba en otro departamento. ¡Claro!, luego de que a su regreso lograra conseguir un empleo que la ayudara a subsistir honrada y dignamente. Para suerte suya, la señora aceptó con gran gusto y manifestó, «con suma exageración», la tristeza por el fallecimiento de su padre. Steffi suponía que así sería; después de todo, era ella quien resguardaba a su padre en los días de desgano emocional. Ella lo agradeció con sinceridad.
El 5 de noviembre, debería pernoctar en una habitación de hotel cerca del Aeropuerto Internacional John F. Kennedy de Nueva York. Había trascurrido tres días desde el sepelio y aún no lo asimilaba. No cesaba de llorar su ausencia. No le resultaba fácil mirar a los lados y no hallarlo… Antes de dejar el departamento en el suburbio de Nueva York, Steffi tomó una taza de café con algunas rosquillas envueltas en Envoplast que sobraban del día anterior. «Al menos lucen bien» pensó, y de mala gana le dio un mordisco para disponerse a abandonar aquella pocilga. Evadió los callejones solitarios y a los pandilleros del barrio hasta que por fin llegó al subterráneo. Tras recorrer algunas estaciones, se embarcó en un taxi que la condujese hasta uno de los hoteles económicos más cercanos al Aeropuerto Internacional John F. Kennedy.
Steffi no hizo otra cosa que pensar y pensar en la gran cantidad de dinero que su padre había guardado para ese viaje; le pareció tanto que apenas pudo guardarlo entre su bolso de mano, sus bolsillos, las braguetas y su calzado, en donde descartó guardar uno que otro billete verde porque era de tacón alto y le resultaba incómodo caminar con ellos dentro de sus zapatos. No entendió por qué si en años anteriores necesitaron tanto dinero, lo guardaba y más aún, cómo supo que moriría tan pronto como para darle tiempo de separar boletos aéreos y finiquitar detalles de un viaje… Muchas cosas de las vividas no las terminaba de entender: la prisa por hacerla viajar, ese sobre para un supuesto amigo, el misterio de su contenido… Eran tantos interrogantes que esperaba poder aclarar todas sus dudas al llegar a Italia, pero… ¿podría hacerlo?
Toda esa idea y plan de viaje le pareció absurdo; acababa de sepultar a su último ser más querido y de repente se encontraba reposando de lo más cómoda en la butaca de un avión Airbus A330, clase económica de AliItalia, rumbo a Roma, solo para buscar a un tal Marcos Pantani: el hombre quien se quedaría con el último deseo de Mash… Al abordar se reclinó entre las almohadas del espaldar del asiento, chasqueó nostálgica su dentadura y pidió una vez más ayuda divina para cada uno de los segundos de su porvenir incierto… Al fondo se escuchaban las indicaciones de despegue y en la pantalla central, la visualización de lo expuesto a veces se alternaba con un croquis de la ruta de vuelo. «¡Por Dios, tanta altura!». Sofocada intentó relajarse. Abrochó el cinturón de su asiento y cerró los ojos mientras se apoyaba de nuevo entre la cómoda almohada de plumas inserta en una representativa funda de AliItalia. Sintió miedo ante lo desconocido, pero la decisión de viajar era un hecho.
Capítulo 3
LA TIERRA NATAL
Steffi estuvo tan exhausta que se mantuvo durante todo el viaje en un profundo estupor. Perdió la noción del tiempo y del espacio, así que no recordaba detalles de su vuelo ni el contraste de las nubes ni el brillo acerado del fuselaje al ser acariciado por un haz de luz al atardecer ni la presión en la cabeza por los ascensos y descensos ni mucho menos si hubo o no perturbaciones eólicas. Apenas reconoció haber rechazado lo ofrecido por la sobrecargo. Fue como si la noche que había pasado en el hotel, cerca del aeropuerto internacional de Nueva York, no hubiese servido de nada y el cansancio nunca hubiese diezmado.
«¡Llegué a Italia!», pensó ella aquel martes 6 de noviembre del 2001. «¡Llegué a mi tierra natal!», murmuró con un nudo en la garganta al admitir que, aunque su estatus migratorio la habría adoptado como americana, su realidad era ser italiana y en ese momento se enorgulleció de serlo. Tenía un año cuando su madre Marquina emprendió viaje a Norteamérica, por lo que no albergaba imagen alguna de su tierra. Su rostro alegre en medio de las añoranzas se mezcló con el sabor amargo de la nostalgia y la soledad, pero aprisa reaccionó rechazándolos, obligándose a dejar el sentimentalismo grotesco que, según ella, era propio de personas débiles y maleables. Trataba de convencerse de su fortaleza para enfrentar situaciones difíciles. Era el momento de hacer lo deseado por su padre: buscar a ese tal Marcos Pantani, el hombre que se llevó el último deseo de Andrés Mash, escuchar las razones de su ausencia, conocer el significado de ese sobre y luego dedicarse a rediseñar su vida. A lo mejor decidía quedarse en Roma; después de todo, ¿quién la esperaba en América?
En la tarde —casi noche— de su llegada, la ciudad exhibía una espesa manta de niebla que apenas permitía vislumbrar los faroles de los otros automóviles y las luces tenues de las fotoceldas en las avenidas. Si no se había equivocado, debería ser otoño y buscaba justificar el frío con ello. Pronto entraría el invierno y esperaba tener una visión clara de lo que haría con su vida antes de entrar en dicha estación. No guardaba buenos recuerdos de las épocas invernales… No habría transcurrido mucho tiempo desde que el taxista partió del aeropuerto hasta que se detuvo en la dirección indicada por su fallecido padre. Su rúbrica y letra de hermosa caligrafía plasmada en una de las esquinas del sobre precisaba una ubicación. Insegura, se despidió del taxista con una sonrisa que fue correspondida, mientras en un perfecto italiano le deseaba suerte y le expresaba una cordial bienvenida a su país. Tras cancelar la tarifa, descendió del taxi. De pie, parpadeó al sujetar el equipaje de mano y se ajustó un poco más la gabardina en señal de un nerviosismo evidente. Dio un paso hacia los rígidos barrotes que conformaban un portón de enormes dimensiones que resguardaban una propiedad vasta y suntuosa. La noche cayó aprisa y la niebla comenzó a hacerse más espesa; eso le impedía observar los detalles artísticos en la propiedad, pero aún así le era fácil deducir la amplitud del jardín y las formas inmensurables de las piezas internas del inmueble cuyos ventanales parecían vigilar cada recodo de la misma. Absorta clavó la mirada en una sombra que se deslizaba lerda a través de los cristales en el tercer piso: era alta, bien formada y robusta. Lo ignoró. Luego de algunos segundos pudo despertar de su corto letargo mental; frente al enrejado extendió la mano y tocó el timbre, que reposaba en una cajetilla metálica. Insistió en más de seis ocasiones y, al no obtener respuesta, se desesperó más y más. Steffi comenzó a inquietarse, el frío carcomía sus huesos y sus pies estaban adoloridos por el uso exagerado de un calzado nada ergonómico que no solía usar; la verdad prefería sus zapatos deportivos o casuales, pero esa tarde, a pesar de querer reprocharle el abandono a su padre, quería dar una buena impresión al caballero que se quedaría con el último deseo de Andrés Mash. Resignada a no cumplir su cometido, se dejó caer de espaldas sobre los sólidos barrotes que, a pesar de su rigidez, al ser presionados por el peso de su cuerpo, de seguro habrían accionado alguno de los múltiples sensores de seguridad de la propiedad que en el interior de la misma se disparaban, dando voz de alerta al personal de vigilancia externa.
Steffi sumergió sus manos en los bolsillos de la gabardina que acertó ponerse al abandonar el aeropuerto. Suspiró y, al hacerlo, un hálito de neblina se dispersó frente a sus ojos: la luz vespertina ya se había disipado. Su equipaje resbaló sobre sus pies obligándola a reponerse y dar algunos pasos sin sentido, mientras pensaba en dónde podría hospedarse, reprochándose a sí misma el haber rechazado la lista de hoteles que le habían ofrecido al llegar al aeropuerto porque confiaba en el criterio de su padre, quien había asegurado que al llegar a Roma no necesitaría absolutamente nada por sí misma. ¡Qué equivocado estuvo!
Suspiró, levantó el equipaje y se dispuso a caminar hasta una avenida más transitada, en donde pudiera tomar un taxi rumbo a un cómodo hotel; después de todo, había tenido un día bastante agotador y todas sus energías reposaban en la suela de su calzado. Desanimada emprendió camino, pero de repente una mano pesada, recubierta por un guante negro de cuero, la sujetó del hombro derecho y la hizo girar sobre sí misma.
Un hombre que la excedía en estatura llevaba puesto un pasamontañas negro con una gabardina del mismo color y se apostó con arrogancia a sus pies; apenas se vislumbraba el brillo de sus ojos a través de aquella indumentaria. Llevaba una pistola en el cinto y, mientras examinaba con la mirada a Steffi, no dejaba de palpar aquella arma con cierto acecho en el tacto.
—Buenas noches, señorita —expresó.
Steffi bajó la mirada, como si estuviera perpleja ante aquel gigante, hasta que reaccionó y por fin algunas sílabas bien aprendidas en italiano salieron de sus labios.
—Buenas noches —contestó—, busco al señor Marcos Pantani. ¿Está él en casa?
El hombre miró el reloj de su muñeca derecha. Acababa de anochecer. Chasqueó su dentadura y de mala gana contestó que era muy tarde, que no era hora adecuada para recibir visita —y mucho menos, sin previo aviso—, que el señor Pantani no podía atenderla, que debía regresar a la luz del día. La ignoró al darse vuelta y la hizo encolerizar tanto que levantó la voz.
—¡Aguarde un momento! ¡Soy americana y, como podrá darse cuenta, vengo de muy lejos! ¡He viajado por más de doce horas y bajo circunstancias que ni yo misma puedo entender, solo para entregarle una encomienda a ese señor! ¡Así que, en pro de las buenas relaciones, le pido me anuncie!
Steffi Mash no entendió por qué se había presentado como americana; quizá creyó que mencionar su procedencia de un país tan geográficamente distante podría servirle de algo para ser atendida, pero por el contrario, fue víctima de sarcasmo xenofóbico, osando incluso a mofarse de ella, haciéndola enardecer. No contento, aún con su ironía, se acercó y, señalándola con el dedo índice, le cuestionó:
—¿Así qué americana? Lamentablemente esa no es ninguna carta de presentación en Italia; quizá mañana pueda ver muy bien —enfatizó al señalar lo que debería ser el asta con una bandera— nuestra bandera italiana. ¡Buenas noches!
En segundos, Steffi sintió cómo se acaloraron sus mejillas; el ritmo cardíaco acelerado daba indicio de su estado. El brillo profundo de sus pupilas negras hablaba de sus instintos perversos, que apenas disimulaba ante la sensualidad casi clandestina del contorno de unos labios carnosos en una boca pequeña. Los almendrados ojos se achinaron tras compactar sus mejillas que, a pesar del ligero bronceado, lucían lozanas. Su figura no representaba a las top models a las que estaría acostumbrado, pero debió reconocer que la silueta grácil, casi infantil, ahogada en esa falda, emanaba cierta lujuria. Posiblemente se trataba de una oportunista de las de siempre que buscaba la manera de fraternizar con su protegido. Estaba acostumbrado a situaciones de acoso para con el reconocido productor cinematográfico, Marcos Pantani. «Desventajas de la fama». En ese instante rememoró un incidente con un par de jovenzuelas que intentaban entrar a la propiedad saltando una de las paredes traseras. Sabía de muchas jóvenes capaces de cualquier cosa, solo para lanzarse en los brazos de hombres como él. Con un enojo evidente, arrojó el equipaje al suelo y, con una tenacidad única, lo sujetó del brazo.
—Escúcheme, usted, distinguido mayordomo, guardaespaldas, siervo o lo que usted sea del señor Pantani; he tenido un par de días bastante complicados como para que usted me lo aderece con esta pimienta negra, así que sea quien sea ese tal «Marcos Pantani», usted va a ir y le va a decir que acá afuera hay alguien quien necesita hablarle, que es de parte de Andrés Mash, porque si no, ¡usted y yo tendremos serios problemas!
Él se sacudió con arrojo su mano, mientras que sacaba, intimidante, la pistola automática de su cinto con la otra. Simultáneo a esto sonó su celular; esteguardó de nuevo el arma y contestó pronto, poniendo al tanto de la situación a su interlocutor, la actitud arrogante y déspota cambió. De seguro, quien estaba del otro lado de la línea habría dado una orden y este la debía cumplir, así que en menos de cinco minutos, se encontraba atravesando el rígido portón, mientras una tercera persona recibía el equipaje y lo revisaba con el detector de metales portátil. Tras superar la revisión, lo llevó rodando. Recorrió a tientas, en medio de una penumbra, un serpenteado camino de piedras pulidas que a la luz del día se podrían ver talladas a la perfección. Atravesó un vasto jardín —eso sí era evidente—, aunque la escasa luminosidad de los faroles estilo antaño no le permitió ver mayores detalles. Finalmente, le indicó el camino hacia una puerta maciza, resguardada por dos estatuas de leones africanos que se apostaban cada una al costado de las entradas. Sorprendida por lo que consideró un gusto extravagante, le hizo considerar ser más precavida. «Ese tal Marcos Pantani puede ser un descabellado amante de los safari; que no vaya a querer cazarme. Lo mejor es andar con cuidado… ¿a quién se le ocurre adornar su entrada con esculturas de leones en Roma?». Se sacudió la cabeza como si con ello pudiese asimilar lo que la tenue penumbra le permitía ver. Recordó a su anfitrión, así que se volvió hacia él con una mirada hostil y predispuesta a sus respuestas ácidas.
—¡Gracias, es usted muy amable, caballero! —exclamó con ironía al llevar una de las manos a su frente, emulando un gesto militar. Sus ojos negros brillaban victoriosos. Desde que Steffi habia cruzado el umbral principal, prevalecieron a sus pies suntuosas alfombras, esculturas, según recordaba, de la literatura de educación artística, muy costosas, y múltiples reliquias del siglo xv y xvi. «¡Ese hombre debe ser un vejestorio!», se dijo a sí misma.
—Acompáñeme, por favor —pidió otro caballero, de contextura obesa, que descompaginaba con un rostro alargado y con su limitada estatura. Frunció el ceño para obligarse a no reír al detallar el pintoresco bigote negro, que asomaba algunas canas en sus curvaturas. Steffi lo seguía, pero aún no entendía de quién se trataba; supuso que con tanto protocolo, su personaje sería alguien muy importante. Quizá se trataba de un magistrado o de algún alto ejecutivo encorvado y carcomido por los años. O peor aún, un político.
Subieron hasta el tercer piso a través de las escaleras, que no escapaban al mismo estilo arquitectónico de la entrada principal. El caballero le indicó el camino a un despacho cuya puerta, también imponente, estaba abierta, aguardando
