Hijos del sol

Morgan Scott

Fragmento

El manifiesto del Cardenal Pardo de Tavera

EL MANIFIESTO DEL CARDENAL PARDO DE TAVERA

Universidad de Salamanca

Diciembre del año del Señor de 1539

Se ocultaba el sol y la lluvia siseaba en la ceguera de la noche.

El fulgor de la tormenta brillaba metálico en el Patio de las Escuelas de la Universidad, cuando unos encapuchados cubiertos con capotes avanzaban soportando una cellisca pertinaz. Llovía sin medida, inundando los claustros y calando a las cuatro encorvadas siluetas.

Se trataba de un fraile dominico, dos alguaciles del corregidor y de dos familiares del Santo Oficio, que se movían en silencio como ladrones en la noche. Un lacayo, con la cruz verde de la Inquisición hilvanada en la capa, los alumbraba con un parpadeante farol de hierro que chirriaba. Alcanzaron el portón que separaba las aulas de Retórica y de Gramática, lugar donde solían colgarse los dictámenes del rector, las bulas de Roma y los avisos del Tribunal sobre libros y herejías que amenazaban la fe.

Aterido y goteando agua, uno de los inquisidores sacó de su faltriquera dos folios amarillentos anudados con un bramante púrpura, los desenrolló y los clavó en el agrietado maderamen a la altura de sus ojos. Se trataba de una advertencia sumarísima del gran inquisidor, cardenal Pardo de Tavera, para conocimiento y advertencia de maestros, bachilleres, claustrales y alumnos del Estudio Salmantino.

La noche era cada vez más fría y la campana de uno de los Colegios Mayores dobló a vísperas, aminorando el eco de los pasos en las mojadas losas y la resonancia del agua. Las luces y las sombras que proporcionaba el lluvioso crepúsculo inspiraban amenaza y sospechas. Luego los incógnitos perfiles desaparecieron en el carruaje que enarbolaba una pértiga con la cruz inquisitorial, mientras la cortina del denso diluvio los borró del lugar.

Se oyó un latigazo seco que cortó el aire.

Después se hizo el silencio.

† Yo, Juan Pardo de Tavera, Cardenal Arzobispo de Toledo, e Inquisidor General del Santo Oficio,

Advierto y Manifiesto para guía y tutela de cristianos:

Que en estos tiempos en los que iluminados, luteranos y erasmistas se infiltran con grandísimo escándalo en las cátedras de nuestras Universidades, se ha detectado por este Santo Tribunal un grave peligro para la fe, que además desafía la autoridad del Papa.

Se ha sabido que circulan en los Estudios Generales de Salamanca, Baeza, Sevilla, Alcalá de Henares, Valladolid, Santiago, Sigüenza y Granada, réplicas y dibujos de un ingenio mecánico de procedencia maya, llamado «El Ojo del Tiempo», así como unas crónicas fraudulentas sobre la conquista y evangelización de Nueva España.

Por eso advertimos a maestros, doctores y bachilleres:

PRIMUS. Sobre el ingenio o autómata y los conocimientos de Astronomía.

Que el citado artilugio, al que se le atribuyen capacidades para anunciar acontecimientos futuros en el cielo, contradice y desprecia la providencia de Dios, sin la que nada acontece en el mundo.

Que el citado mecanismo, traído a España por don Juan Gabriel Mendoza de Oaxaca, conocido en su lengua natal como Ocelotl, príncipe mexicatl protegido por don Hernán Cortés y por el muy poderoso don Francisco de los Cobos, Secretario de Estado del Emperador don Carlos, se opone a las enseñanzas de los doctores de la Santa Madre Iglesia.

Que en materia de astronomía, los cristianos solo podemos aceptar como cierta la hipótesis geocéntrica propuesta por Ptolomeo en su Almagesto, y por Hiparco, Platón y Aristóteles, que sostienen que el sol, inmóvil y sin agitación propia, no ocupa el centro del universo, sino que es la Tierra quien lo habita.

Que todos los astros, mayores y menores, giran a su alrededor, ya que fue el lugar elegido por el Altísimo para llevar a cabo la redención del hombre, enviándonos a su Hijo Jesucristo para liberarnos del pecado original.

Que ese artefacto maldito viene a defender la disparatada concepción del hereje Copérnico, en contradicción con las Sagradas Escrituras, que nos enseñan que Josué, por orden del Todopoderoso, contuvo el sol sobre el valle de Gabaón, diciendo: «Detente sol», y el astro luminoso, sometido en servidumbre a nuestro planeta, se suspendió en los cielos a su orden.

Que según el Génesis, el Creador concibió primero el firmamento y luego el sol, doblegando a este a seguir en su curso a la Tierra.

Que la Iglesia Apostólica y Romana es la única que interpreta las Escrituras y el cosmos.

Que según conclusión de los teólogos y Santos Padres, la Santa Biblia no fue escrita para enseñarnos astronomía, o para interpretar las evoluciones de las estrellas en el cielo, sino cómo se va a él y se consigue la salvación eterna; por lo que esa máquina anunciadora de fenómenos celestes es considerada como «instrumentum diáboli».

Deseamos también hacer caer en la cuenta a maestros y bachilleres que la teoría heliocéntrica es rechazada de forma terminante por Roma y que lo propuesto por Aristarco de Samos y sostenido recientemente por Nicolo de Cusa, Jerónimo Muñoz, Giordano Bruno, y el heresiarca Nicolás Copérnico en su libelo De revolucionibus orbiunm coelestium, son engaños condenados por el Santo Oficio.

Además, recordamos a los doctores de las Universidades del Reino que la infalible autoridad del Sumo Pontífice enseña que las estrellas permanecen sostenidas en la octava esfera y que el sol y sus seis planetas, cada uno en su respectiva órbita, se mueven alrededor de la Tierra.

SECUNDUS. Sobre las crónicas de la conquista de Nueva España.

Que en esas disparatadas confesiones manuscritas por el llamado don Juan Gabriel Mendoza de Oaxaca, llamadas también El Libro de los Pájaros, se ponen en entredicho las decisiones de Dios de cristianizar a los pueblos infieles del Nuevo Mundo, cuestionando sus designios en cuanto a la salvación de almas de aquellos que permanecen en la ignorancia de Cristo.

Que en sí mismas son un acopio de patrañas, digresiones y mentiras, pues lo que cuenta de la actuación de don Hernando Cortés y sus capitanes en tierras de mexicas y aztecas, menoscaba el portentoso proceder con el que esos paganos fueron ganados a la verdadera fe y a la sumisión del Rey Nuestro Señor.

Que las falsedades, hechos dispersos y contrasentidos salpican el texto de principio a fin, menospreciando la meritoria labor de los enviados de Su Majestad y la evangelización llevada a cabo por los siervos de Dios.

Mas como asegura en sus tratados el licenciado Fernández de Oviedo: ¿Qué puede esperarse de esas criaturas de raras naciones que andan en la ignorancia de los Evangelios y están perdidas en la paganía? ¿Qué hemos de suponer de esos indios cuyos cráneos son tan duros que los españoles deben de tener cuidado en la lucha de no golpearlos con sus espadas en la cabeza, no sea que se astillen, y que han sido creados por la naturaleza vagos y viciosos, melancólicos y cobardes, y que en general son gentes reservadas y embusteras, libidinosas, sodomitas, holgazanas y adoradoras de ídolos sangrientos?

Por eso dictamino que estos pliegos proporcionan a los estudiantes poco provecho y sí mucho peligro para sus almas, por lo que los desautorizamos para el estudio por particulares y también en los Estudios Generales; y quien los leyere incurrirá en el pecado de desobediencia y ofenderá al inefable Magisterio de la Iglesia, la Doctrina de Roma y a la ley divina que lo sustenta.

Ese fue precisamente el pecado de Adán. Desear conocer lo prohibido y creerse como su Creador. Por eso, como pastor de almas obligado a proteger a la grey de Dios de la idolatría, la calumnia y la falacia doctrinal, resuelvo:

Que tanto el artilugio astronómico como las memorias del príncipe mexica sean condenadas y retiradas de la circulación. Ítem más, ordeno su inclusión en el índice de libros prohibidos, según lo prescrito en la «Bula Dominici gregis custodie» del papa Pío IV, que declara con claridad: «Quod si quis aliquos habere, satin in excomunicationis sententiam incurrart.» («Por lo cual, si alguien estuviere en posesión de ellos, incurrirá en sentencia de excomunión.»)

Asimismo dictamino que esta advertencia sea leída y expuesta en todas las Universidades de Castilla y que se lleve a cabo de inmediato la destrucción de las réplicas y representaciones de ese mal llamado «Ojo del Tiempo» por el martillo destructor del Santo Oficio Fe; y las cartas de relación, por el fuego purificador de la hoguera. Y si los contumaces permanecieran en su error, comparecerán ante el Tribunal de la Inquisición, donde acabarán vomitando sus malignas creencias.

Correctio salus, et sententia medicina almae est. «La corrección es la salvación, y la sentencia, la medicina del alma.»

† Johannes, Episcopus Toletensis.

Decembris, annus Domini 1539,

Imperante Dominus Carolus, Rex Hispaniarum.

Amaneció en Salamanca un día plomizo, pero no llovía.

En el empedrado del patio de la universidad se habían formado charcos que brillaban como albures de plata. Las arcadas clareaban envueltas en un vapor neblinoso que se extendía bajo un cielo inmenso y gris que no terminaba de extinguir la noche.

La galería interior se había llenado de sorprendidos estudiantes, gramáticos, bachilleres de ropones negros, de algún hidalgo trasnochador, de catedráticos con bonetes borlados, de juristas y de dominicos de gesto adusto a los que les brillaba la tonsura. Sorprendidos y cavilosos, todos releían interesados el manifiesto del gran inquisidor.

Los teólogos del claustro sabían que el cardenal Pardo de Tavera, antes rector de la universidad salmantina, pasaba por ser un inquisidor implacable y estar curtido en los manejos y maniobras de los herejes erasmistas que infectaban Europa; y también en limpiar la maleza luterana en los Reinos Hispanos, con el beneplácito del emperador don Carlos.

Compañero de aulas en otro tiempo, el inquisidor era a la vez un hombre contemplativo y de acción, receloso y sagaz, que parecía vivir para escudriñar en lo escondido, conocer lo perverso de la ciencia, investigar lo oculto, resolver los desvelos en los enigmas del pensamiento e indagar en los libros nuevos que arribaban de Europa.

«Esas infernales huestes campan por sus respetos por estas aulas. Sé que proliferan secretamente libros heréticos que escupen ponzoña y que la semilla protestante recorre los claustros de este Estudio General, que más parece un predio del Maligno que un lugar de Dios y de sabiduría. Mi misión es tutelar la pureza del dogma y no cejaré en mi empeño aunque sea con hogueras, el potro y el hierro candente», había manifestado en un sermón incendiario en el Colegio de San Esteban, el fortín de la Iglesia de España frente a la heterodoxia extranjera.

El erudito bibliotecario de la universidad, micer Sandoval, que hubo de colocarse sus antiparras para leer el texto, dejó desalentado el corro de interesados y curiosos. Cogió del brazo a un vetusto magister de barba patriarcal y andar cansino, y le susurró al oído:

—Otro intolerable desafío a la autoridad universitaria de ese celoso sabueso de herejes, y una provocación a nuestros intelectos —dijo Sandoval.

Con voz apenas audible, el anciano dómine ratificó:

—Y una injerencia más del poder religioso en la ciencia. Un mal endémico en estos reinos que nunca progresarán con ese lastre de mentes estrechas. ¡Cuándo imperará en España la luz de la razón!

—Es conocido que nuestro intransigente prelado sacrifica cada Pascua a un buen número de sabios, iluminados y alquimistas, sin distinguir si son o no culpables —indicó el bibliotecario, y se sonrió mordaz.

—Lo peor, Sandoval, no es que nos amenacen con la hoguera, sino que deseen extirparnos nuestra libertad y adueñarse de nuestras conciencias.

El bibliotecario tomó aliento y no dejó que el miedo lo atenazara.

—Este inquisidor no duda en condenar a prestigiosos colegas de otras universidades que enseñan a Erasmo, o a Copérnico, magister.

—Qué atraso y qué crueldad tan estéril —ratificó sublevado.

—¿Pero acaso no fue asesinado Sócrates por sus conciudadanos de Atenas, y Pitágoras, perseguido por el tirano de Crotona? Al lado de un hombre sabio siempre surge un opresor, un inquisidor, o una turba de intolerantes —se pronunció micer Sandoval.

Con un aire falsamente humilde, el preceptor preguntó:

—A propósito de la proclama de Su Eminencia. ¿Conocéis esa Máquina u Ojo del Tiempo? Han incitado mi curiosidad, creedme. Este reino está falto de ingenios astronómicos, de inventos y de progreso científico.

La voz del bibliotecario se alzó un poco, aunque seguía susurrante:

—Sí, tuve la oportunidad de contemplar una copia exacta en Baeza. Algo prodigioso, creedme, maestro. Predice eclipses y sitúa los planetas alrededor del Sol con aquilatada precisión, demostrando la esfericidad de la Tierra, como vos y yo sostenemos, y que tanto reprueba la Iglesia.

—¡Callad! —lo cortó con recelo—. Las orejas del Santo Oficio son largas y avisadas. Se esconden hasta entre vuestros libros. ¿Y esas crónicas o cartas de las que habla sobre la conquista de México?

Cuidadoso de su respetabilidad, el archivero le confesó misterioso:

—Guardad secreto, pero el prior del monasterio de Guadalupe me regaló unas copias magistralmente transcritas. El Libro de los Pájaros, se llama. Es curioso, se inician con unos hermosos y extraños dibujos de pájaros exóticos de Nueva España, pintados por ese príncipe indio, y relata la conquista de México tal y como realmente aconteció. Os las pasaré esta noche, maestro. Pero os ruego extreméis la prudencia.

—Gracias, Sandoval, sois un buen amigo y un hombre de ciencia.

Conocían bien al Perro de Dios, como llamaban en Salamanca al cardenal y gran inquisidor Pardo de Tavera, y acentuaron sus cuidados.

A lo lejos se escucharon exclamaciones indignadas y el rumor de reprobación de los estudiantes. Acallados por los frailes dominicos, estos los conminaron a someterse y a abandonar el lugar. La urbe estudiantil vivía otro día de miedos, turbaciones y prohibiciones en las aulas. En medio de aquel ardiente torrente de desconfianzas vibraba la ansiedad de los maestros y alumnos, a los que se les impedía la libertad de sus pensamientos.

Desde el claustro se percibía cómo la luz de levante, tímida y porosa, languidecía sobre las torres y campanarios, y cómo una brisa suave traía sobre sus alas el húmedo aliento del río. De los árboles del río caían hojas amarillas que pintaban de manchas azafranadas la ropa tendida de la orilla del sereno Tormes.

Pliegos inéditos sobre la conquista de Nueva España

PLIEGOS INÉDITOS SOBRE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA Y ALGUNOS HECHOS CAPITALES DEL IMPERIO ESPAÑOL, ESCRITOS POR JUAN GABRIEL MENDOZA DE OAXACA, BAUTIZADO EN LA FE DE CRISTO, AUNQUE CABALLERO ÁGUILA, DE NOMBRE OCELOTL TEOTLECO DE TENOCHTITLÁN. PRÍNCIPE MEXICA DE SANGRE REAL, SOY TENIDO EN ESTOS REINOS DE SU MAJESTAD POR HOMBRE HONRADO Y ESTOY PROTEGIDO POR LA CORONA.

ESCRIBO MIS CONFESIONES SIN INVENCIONES NI ENGAÑOS, DESCRIBIENDO LA GRANDIOSA CONVULSIÓN QUE SIGNIFICÓ PARA MI PUEBLO MEXICATL, Y NO INDIO, NI AZTECA, COMO AQUÍ SE LES NOMBRA, LA LLEGADA DE LOS CONQUISTADORES ESPAÑOLES.

Y COMO NO DESEO COMPROMETERME ANTE EL SANTO TRIBUNAL DE LA CRUZ VERDE, NO DOY LICENCIA PARA QUE SEAN COPIADOS NI IMPRIMIDOS, PUES ESTOY SEGURO QUE ALGUNAS NARRACIONES IRRITARÁN LA BRAVEZA DEL LEÓN HISPANO.

ÚBEDA, AÑO DEL SEÑOR DE 1534

Me llamo Ocelotl, el Jaguar, sobrino del emperador Axayacatl, que engendró a Moctezuma II y a Cuitlahuac, e hijo primogénito de una de sus primas, Papalotl. Fui entre los míos Caballero Águila de la Orden del Sol, Maestro de la Ciencia de los Cielos o Ilhuicatl Tlamatilizmatini, miembro de la Academia o Calmecac de la Nobleza, y guardián de El Ojo del Tiempo y de la máscara de oro y turquesas de Huitzilopochtli.

Abrumado por los pesares que me tocaron presenciar, me urge esclarecer la verdad de la conquista de mi querido México, porque no existe mayor orgullo que haber vivido en Tenochtitlán, la gloria del mundo. Tengo larga memoria y la dejaré correr sin cautelas. Mis días están contados, y no puedo prorrogarlos. Me acerco al absoluto, a la nada.

Recordar sin apasionamiento es la forma suprema de sentirme vivo, y puedo asegurar que aquello que relataré surge de lo más recóndito de mi corazón. No tendría disculpa si ocultara aquello de lo que fui testigo. No lo haré en mi lengua náhuatl, sino en el castellano que aprendí en estas tierras, pues para ellos escribo. No deseo justificarme ante mis semejantes, y únicamente la claridad acompañará mis palabras, que ya escapan de mi cálamo de forma torrencial, para que sirvan de bálsamo a los que lo buscan. Me siento como una gota de agua sin uso aparente que trata de escapar de algún sitio de mi memoria.

Me hubiera gustado conservar el silencio, los aromas y los susurros de Anáhuac, mi querida tierra, de lo que viví en ella, de sus frondosos campos de maíz, de la calabaza y del frijol, y guardarlos para siempre en la parte más secreta de mi alma. Pero la tentación de la verdad es muy poderosa cuando la muerte está próxima. Para los seres humanos la palabra verdadera es la culminación de una vida honrosa. Por eso mis pensamientos se agolpan en mi conciencia, muchos de forma dolorosa, como espinas de maguey que horadaran mis orejas.

Un pasado sin recuerdos es como un colibrí sin plumas. Así que no rehuiré nada, ni uno solo de los pormenores, que irán apareciendo como en un escenario de teatro, o a través de un cristal inmaculado, sin prejuicios de raza, cultura o religión. Revelaré las secuencias exactas de los sorprendentes acontecimientos que cambiaron el universo creado por la deidad primordial Ometeotl, el dos veces dios, y que precipitaron la caída del dominio mexica con la llegada impetuosa de los hombres blancos, que creímos mensajeros del dios Quetzalcoatl, el de la barba negra y la piel blanca, el dios del viento y la vida, la Serpiente Emplumada. Desde entonces mis ideas sobre los dioses y el corazón humano se han modificado inexorablemente.

Éramos un pueblo de feroces guerreros y nos devoraron. Éramos fuertes como cedros y su viento poderoso nos arrasó. Ahora otros sacerdotes anuncian a otros dioses y bendicen panes blancos como alimento espiritual, ofreciendo sillas eternas en paraísos que no son los nuestros. Quizás estas confesiones parezcan el acto exculpatorio de un exiliado de su patria que añora sus raíces, pero en realidad solo son la visión de un mundo prodigioso que ya no volverá jamás, pues fue aniquilado por la codicia y el ansia de poder de los que vinieron, el torbellino enloquecido del Malintzín Cortés y los suyos, las lágrimas de un rey irresoluto, Moctezuma, y la soberbia de los que gobernaban mi tierra.

Esta narración solo es una estela de fuego de artificio en la noche de la historia. No exageraré los hechos que ocurrieron como lo han hecho los cronistas españoles, que han narrado la devastación de la Triple Alianza, tergiversando el espíritu de nuestra civilización. Únicamente el padre Bartolomé de las Casas en su «Memorial de Remedios» y fray Toribio, al que llamamos Motolinía —el pobrecito franciscano—, penetraron como un estilete en nuestra alma y comprendieron cómo éramos. Los otros nos tacharon de impíos, seres sin alma, descreídos y demonios sedientos de sangre, cuando no hay pueblo más devoto en la tierra y amante de su entorno que el mexica.

Escribo al filo de mi experiencia personal y en primera línea de observación, pues fui consejero de palacio y Gran Maestro de la Ciencia del Cielo, y luego amigo del intérprete Jerónimo Aguilar, que no espía, como muchos me tildaron. Por eso el recuerdo me devuelve con nitidez y sin hermetismo los heroicos sucesos de la conquista de Tenochtitlán.

Apenas si me duró la felicidad en el mundo donde nací, lo único en lo que un ser humano puede creer, pues fui arrancado de él cuando comenzaba mi ministerio de hombre dedicado al recogimiento, el culto de los dioses y la interpretación de las estrellas. Pero me fortalecí con la prueba que nos envió el cielo, y fui fiel a mi tonalli, mi vínculo con la divinidad, que aquí en España llaman el destino, o predestinación. Solo la fortuna me permitió salir indemne de aquella aventura inexplicable a los ojos de los mexicas, con la que empezó una nueva era en la que chocaron dos mundos discordantes. Viví las más relevantes circunstancias de la conquista de los castellanos, y los hechos que acaecieron en mi país con brutal crudeza, hasta límites casi insufribles. No puedo pensar en ellos sin volver a experimentar el mismo vértigo, como si los hubiera vivido ayer.

Crucé la mar océana, donde creí entregar la vida, y llegué a Castilla como invitado de don Hernando Cortés, que me consideraba como a un igual. Y hoy, tras mi paso por Castilla, comprendo cosas que antes ignoraba, conocimientos y argumentos que mi pensamiento mexica, tan dispar, tan distinto, no llegaba a alcanzar en su auténtica dimensión.

Qué mundos tan diferentes. Mi México de exuberantes vergeles, aromáticos aires, de íntima unión con una naturaleza paradisíaca, y este, España, austero, pobre, de hidalgos altivos y sacerdotes intolerantes a los que vivir parece molestarles y que han convertido su Reino en un valle de lágrimas, de hogueras y penitencias, y donde los poderosos no desean ser protectores de débiles y compasivos, sino únicamente ricos.

Aún recuerdo el estupor que causó nuestra presencia en Castilla y los regalos que nos acompañaron, las piezas de oro, las máscaras rituales, los sagrados cuchillos de obsidiana y sobre todo El Ojo del Tiempo, llamada por los mayas «Los Ojos de Quetzalcoatl», un instrumento astronómico que me fue confiado por mi emperador para rescatarlo de la ira destructora de los frailes. Desde entonces se vio envuelta en un imán de ocultas controversias, deseos soterrados y enigmáticas intrigas, que luego narraré por su sorprendente misterio.

Ya en Europa, un día besé la mano imperial de su monarca, y fui testigo presencial de privilegiados eventos a la vera del teul («señor») don Francisco de los Cobos, mi protector, con su sensibilidad de caballero, y de su esposa doña María de Mendoza, mi señora, una mujer que brilló en mi vida con una intensidad radiante, y con la que fragüé una sutil amistad.

El choque entre los dos mundos comenzó con el encuentro de dos hombres nacidos para figurar en las páginas de oro de la historia de la Humanidad; uno fue Hernán Cortés, el Malintzín, vocablo mexica que significa «Príncipe o señor de Malinche», en alusión a su compañera e intérprete, la princesa de Paynalla, y otro nacido para convertirse en el crepúsculo de los reyes de mi pueblo: Motecucuhzoma Xocoyotzin II, conocido como Moctezuma, el venerable tlacatecuhtli, el Venerable Orador, el tlatoani, el Adalid de la Guerra de los mexicas, que se mostró como un indeciso guerrero y peor estratega ante la invasión de los hombres que llegaron del Este. El elegido para ser el guía de los Hijos del Sol por su conocimiento del mundo, se convirtió en un rey inestable y medroso.

Mi emperador se mostró entonces como un gobernante de aura temblorosa, apesadumbrada. Se reveló ante el pueblo como un hombre inseguro y resignado a cumplir los designios de las profecías, y a no tasar con claridad el peligro que se nos venía encima. Censuro ahora su conducta porque se comportó como un alma atrapada en la indecisión que se dejó llevar por un falso fervor religioso y por unas predicciones proféticas que él podía haber cambiado, pues era el hijo predilecto de los dioses. Cuando le fue exigida la fortaleza frente a un invasor muy inferior, mano firme y alianza con los pueblos que dominaba, se ejercitó en la más titubeante de las indecisiones, y con la vacilación propia de una figura patética.

En cambio, Hernán Cortés apareció en la costa de Yucatán como un dios desafiante, magnificándose en cada momento ante los ojos de los demás. Mi pueblo era una civilización acrisolada por dos siglos de poder, y no un grupo de salvajes primitivos de los que viven en las selvas. El Dios Blanco concibió la conquista como un gran desafío y no renunció jamás a lo imposible, llevado, no solo por la codicia del oro, sino por el ansia de hacer méritos a los ojos de su rey, y ser alguien principal en sus reinos.

Cortés llevó la conquista a la cercanía del abismo donde solo la muerte o la victoria total constituirían su premio. Hombre hecho a la pólvora, la batalla y la intemperie, era insensible al desaliento y hábil diplomático con los pueblos indígenas descontentos. Su mirada gris era un constante desafío a la inteligencia, y su corazón, una jauría furiosa de leones. Ciertos personajes de la Gran Historia poseen la capacidad para sobrepasar los peligros y desenmascarar la cobardía de otros hombres. Y a estos adalides se adhiere indefectiblemente el honor de la gloria.

Busqué la felicidad en ambos mundos, pero mis sandalias solo pisaron polvo de guerras, y mis ojos no vieron sino fanatismos, incomprensiones, egoísmos y sufrimientos. Ahora solo me busco a mí mismo. Esto es lo que viví, y esta es la historia de un tiempo heroico y de muchos miedos, soledades y dolor.

El futuro ya no me pertenece.

Primera parte. ANTES DEL RETORNO DE LOS HOMBRES BLANCOS POR EL AGUA CELESTE (1496-1519)

PRIMERA PARTE

ANTES DEL RETORNO DE LOS HOMBRES BLANCOS POR EL AGUA CELESTE

(1496-1519)

Vive el hombre en el mundo,

y vive condenado al sentimiento.

Llena su corazón el tedio profundo,

y apenas si hay lugar para el contento.

Canto de NEZAHUALCÓYOTL,

rey poeta de Texcoco

1. Ocelotl Teotleco

1

Ocelotl Teotleco

Yo, Ocelotl el mexica, nací marcado por un extraño destino.

Corría el décimo año del reinado de Ahuízotl («perro de agua»), el gran guerrero que venció a los pueblos del sur, aunque para otros fuera el impío emperador que provocó con su ansia de poder sangrientas guerras que le forjaron una reputación de crueldad. Según mi padre fue un hábil estratega y un monarca temido por sus enemigos que supo ganarse a sus tropas compartiendo sus mismas marchas, vigilias y privaciones.

—Hijo —me decía mi padre—, es verdad que la lucha por el poder mueve el mundo, pero también lo corrompe. Que el poder sea ceniza en tu boca.

Bajo su reinado, Tenochtitlán se convirtió en la más floreciente ciudad del mundo y se adornó con la más bella joya que puedan contemplar ojos humanos: el gran teocalli o Templo Mayor, en cuya ceremonia de inauguración fueron sacrificados centenares de prisioneros en honor a Huitzilopochtli («Mago Colibrí»), el dios que nos había encomendado a los mexica que buscáramos sin descanso tierras donde cultivar maíz.

Mi padre, Ueman, que significa «venerable tiempo», pertenecía a la casta de los tecuhtli, la clase dirigente de los mexica. Ostentaba el cargo de huey calpixqui, mayordomo mayor de palacio, y gobernaba sobre todos los funcionarios de la casa imperial. Era un hombre delgado, de perilla rala, mirada noble y gran sagacidad. Cuidaba de los bienes regios y buscaba el entendimiento entre los gobernadores y oficiales con el emperador. Controlaba las posesiones de Ahuízotl, y luego de Moctezuma, y como administrador de su casa era alabado por todos. Los arquitectos, orfebres, guardias, concubinas, yeseros, sastres, joyeros, canteros y sirvientes proclamaban su rectitud, aunque a veces criticaban su severidad cuando transgredían alguna ley de palacio.

No había servidor más cumplidor, honrado y fiel que él. No esperé a que muriera para valorarlo, sino que lo admiré en vida, pues era afectivo con mi madre, suave con mi hermana Iztli («Negrita») y justo conmigo.

Se casó con una princesa de sangre real, mi dulce madre Papalotl («Mariposa»), prima de Tizoc y de Ahuízotl, los dos últimos emperadores de México. Era una mujer de lengua vivaz y fantasiosa, y una experta en confeccionar adornos con plumas de pájaros exóticos, gorros con penachos de quetzal y en tejer túnicas. Y para mí el paradigma de la bondad y la delicadeza. Estaban muy unidos y habían atado sus mantos al pie de la gran pirámide del Dios Sin Nombre de Texcoco, prometiéndose compasión eterna.

En principio eran muy devotos del Tezcatlipoca Blanco, Quetzalcoatl, el dios civilizador que se oponía a los sacrificios humanos y que emigró para volver en el tiempo. Su representación como Serpiente Emplumada era la más venerada en mi casa. En mi memoria llevo grabada su imagen barbada, con el incensario en forma de serpiente en la mano, el gorro cónico, el pectoral en forma de caracol y su bolsa de nopal al costado; y aún veo en los españoles su imagen de divinidad del viento y la vida.

Mi padre había nacido en Cholula, la ciudad dedicada al Dios Blanco, el Lucero del Alba, y por eso su fe era tan apartada de los sacrificios de seres humanos. Me contaba en las frías noches de invierno que Quetzalcoatl desapareció en las grandes aguas celestes subido en una balsa y que regresaría un día para reclamar sus posesiones.

También eran muy fervientes seguidores, aunque lo llevaban en secreto, de Tloque Nahuaque, el Dios Sin Nombre, aquel por quien se vive, el que encierra todo en sí mismo, el creador del cielo y de la tierra, una deidad muy semejante a la de los cristianos. Su entronización como deidad única en la Triple Alianza se debía al rey de Texcoco, Nezahualcóyotl, un soberano poeta, filósofo y astrólogo, quien inspirado por su sabiduría se propuso acabar con las creencias sangrientas de nuestros pueblos.

Condensó su nueva doctrina en un compendio de consejos, cantos y versos maravillosos, y le alzó un templo de monumental fábrica en la capital de su reino, Texcoco. Era de mayor altura que el de Huitzilopochtli en Tenochtitlán, y su torre constaba de nueve pisos, los nueve cielos. No se adoraba ninguna estatua del nuevo dios impalpable e invisible y sus fieles danzaban en su honor al pie de la pirámide, acompañados de una música beatífica de flautas, caracolas, timbales y campanillas.

Mis padres solían ir en peregrinación al gran santuario de Texcoco, cruzando el lago y luego a pie hasta el templo del dios desconocido, donde ayunaban y rezaban durante dos días.

Y aquella devoción tan efusiva prendió en mí desde niño.

Cierta mañana, mi honrado padre Ueman, por su devoción al dios desconocido, tuvo un altercado con el chuacoatl, la Mujer Serpiente, primer personaje del estado después del emperador. Me lo contó mi madre, horrorizada por el revuelo que levantó en una corte sobrecogida, y por el odio que le profesó para siempre el más poderoso personaje de la corte, también gran sacerdote de Chimalpopoca. Pero ella sabía que mi padre era insobornable con sus creencias, por las que más tarde sería traicionado. Cruelmente traicionado.

Todo se inició con una consulta del emperador en presencia de su consejo privado. Se discutía la necesidad de emprender una nueva Guerra Florida para capturar prisioneros que serían sacrificados en el altar. A mi padre le pareció una empresa costosa e innecesaria y así se lo expuso al Venerable Orador, su rey Ahuízotl.

—Mi señor y guía, las arcas del reino están exhaustas y precisamos de los impuestos recaudados para concluir el acueducto de Chapultepec. Pienso que algunos sacerdotes poseen una insaciable sed de sangre. Los dioses están suficientemente saciados. No se ganan aliados inmolando a sus jóvenes constantemente. Un día podemos necesitarlos para defender vuestro trono, y solo hallaremos su odio y su rechazo.

Con los ojos llenos de ira, el gran sacerdote, un hombre desequilibrado, lascivo y cruel, le replicó:

—Duplicaremos las riquezas si vamos a la guerra, Ueman.

Dicen que mi padre no retrocedió y que insistió inexorable:

—El corazón es el que relaciona a los hombres con dios. El sustituto de su identidad y de sus actos. Quetzalcoatl vive en ellos.

Rumiando su propio desconcierto, la Mujer Serpiente lo cortó:

—Se los ofrecemos a Huitzilopochtli para aplacar su ira y alimentarlo.

Con los ojos ardientes y una osadía asombrosa, mi padre le contestó:

—Un reino civilizado no puede navegar por ríos de sangre. La vida es el principio y fin de la creación.

—Parece que nuestro ilustre mayordomo ha olvidado la religión de sus padres y siente una sospechosa inclinación por el Dios Sin Nombre de Texcoco —profirió como si fuese una acusación.

—Ser discípulo del sabio Nezahualcóyotl es un privilegio y la segura senda para agradar a los dioses, Mujer Serpiente —se defendió mi padre.

Siguió un embarazoso silencio que atajó el emperador deteniendo la discusión. Luego le dijo a mi padre con gesto conminatorio:

Huey calpixqui, preparad la expedición. Saldremos en tres días.

Desde entonces, dicen, mi padre fue tachado de incrédulo por la clase dominante sacerdotal, aunque duplicó la estima del emperador, hombre amoral que se servía de los dioses, pero no creía en ellos.

Aunque cada pueblo posee sus propios principios sobre la piedad y la crueldad, desde pequeños nos enseñaban que nuestros sacrificios no estaban originados por la barbarie, sino por el deber de alimentar al divino sol y redimir a la humanidad amenazada, a la que solo la sangre de los sacrificados podía salvar. Nuestra civilización era aún joven y frágil, y estaba expuesta a calamidades, inundaciones y terremotos, por lo que el sol vivificador precisaba del tributo incesante de la sangre de miles de corazones palpitantes.

Nací al amanecer del día de buen augurio Uno Casa, en el mes de Teotleco del año Nueve Cuchillo, después de una noche tormentosa. Un año antes de la Novena Ligadura de los Años, antigua costumbre mexica de anudarlos en gavillas de cincuenta y dos, y encender el nuevo fuego sagrado en la cumbre de la montaña Huixachtécatl para que los dioses nos fueran propicios en las cosechas del maíz, nuestro «pan de la vida».

La partera, como es costumbre entre nuestro pueblo, me dio la bienvenida al mundo de los vivos con los rutinarios halagos de: «Joya preciosa, tigrecito, águila y niño valiente, mi amado quecholli, ave de rico plumaje, este es tu nido. Mira, vidita mía, tu anhelo siempre ha de ser el de darle de beber al sol la sangre de tus enemigos.» Ya me predestinaban a la guerra, aunque mi padre tenía otros proyectos para mí. Y con sus dedos me echó agua traída de un manantial bendito de Tizayocan, en la boca, en el pecho y en la frente.

—«Prueba el agua celestial y que purifique tu corazón, colibrí» —rezó.

La placenta y el cordón umbilical fueron enterrados en un rincón de mi casa, aunque nunca supe en cuál. La comadrona me ofreció luego a la Diosa del Agua y al celeste Tinatiuh, y luego, tomando en su mano un escudo pequeño y cuatro flechas, rogó a los dioses que me convirtieran en un soldado valeroso. Me bautizó ella misma como Ocelotl Teotleco, pues al parecer me hallaba bajo la protección del tigre sagrado y había nacido en el decimosegundo mes, el Teotleco, el que conmemora «el regreso de los dioses a la tierra».

En tanto, mis padres, mis abuelos, los vecinos y mis tíos lo celebraban con un pródigo festín y se intercambiaban por el bendito suceso discursos grandilocuentes de felicitación, esos que tanto nos satisfacen a los aztecas y mexicas, las gentes más charlatanas del mundo. Inmediatamente mi padre mandó llamar al «lector de destinos», un viejo adivino versado en las sagradas profecías. Al parecer profetizó un vaticinio que dejó a todos sin habla y que conocí muchos años después.

Aseguró ante un jubileo de familiares y curiosos que mi designación estaba unida a los dioses blancos que regresarían un día, y aunque eso era un honor y un privilegio que rayaba lo mágico, lo silenciaron para siempre por considerarlo de mal agüero, pues coincidiría con el fin de los tiempos y la destrucción de nuestro pueblo. Años más tarde le pregunté a mi madre la razón de bautizarme con el indómito nombre de «El Jaguar».

—¿Por qué me impusisteis el nombre de Ocelotl, madre?

—Así lo quiso el destino, mi cielito. Y cómo iba a olvidarlo. Verás. En la amanecida del día de tu nacimiento un cielo aneblado envolvía Tenochtitlán. Como todas las parturientas yo me hallaba bajo la protección del dios Tezcatlipoca y nada temía. Viniste a la tierra bajo la grisura de las nubes, mi tierno Ocelotl —me contó mi madre—. Una humedad que daba pavor ascendía de la gran laguna, y yo tenía miedo. Y aconteció lo más sorprendente, hijito. De repente, en la quietud de los canales, sonó en un cercano bosquecillo de ceibas el rugido de un jaguar, hecho insólito hasta entonces. No provenía de ninguno de los jardines privados del emperador o de algún noble, y la gente se asustó, cerrando puertas y ventanas.

»Jamás el tigre de las selvas se había atrevido a descender a la ciudad y quizá lo hizo porque se extravió con la niebla. Te deslizaste en la estera como un pez entre los aullidos de la fiera, cuando las caracolas y los tambores del templo anunciaban el día y las sirvientas destapaban los fuegos domésticos. Fue un presagio. Luego recibiste la bendición con el báculo de las siete colas de serpiente de cascabel, mientras yo invocaba a Ixchel, la deidad lunar, y cubría tu cabecita con una tortita de maíz. Sonreíste en el momento que el divino Sol, “el príncipe turquesa y águila que se eleva”, asomaba por el horizonte, y desde entonces supe que serías un don de paz y entendimiento entre los hombres. Tu padre te ofreció al dios Quetzalcoatl, y le agradó el nombre de Ocelotl, pues decía que estabas bajo la protección del jaguar errabundo que había anunciado tu natalicio. Luego el adivino te predijo ciertos designios que nadie entendimos, pues esos siempre hablan al borde de la confusión, y solo buscan generosos regalos.

Crecí con aquel sino extraño adherido a mi memoria. Pero cuando cumplí los seis años, mi abuela materna, una mujer menuda de piel verdosa y ojos profundos, que lucía siempre unas trenzas que peinaba sobre su cabeza, me reveló algo que mis padres jamás me habían referido.

—Ocelotl, mi niño adorado, mi dulce colibrí, debes conocer que posees una protección poderosa, la del temible jaguar. Pero también ocultas un destino sombrío. Tu espíritu será fuerte, pero está regido por un signo errante y desorientado que te hará perder el rumbo del camino de tus antepasados. El hechicero predijo el día de tu nacimiento que tu estrella está unida misteriosamente al Dios Blanco, Quetzalcoatl, y también al indómito jaguar. Te llamó el «hombre de los dos mundos». Aseguró que ambos te protegerían, pero que morirías en tierra extraña, pues como ese tigre perdido en la niebla, extraviarías un día la tierra de tus padres. No sé cómo acontecerá, pero así será.

—¿Hombre de dos mundos? ¿Qué mundos? —le pregunté.

—Quizá se refiriera a la ciudad abandonada de los mayas, por donde se desvaneció el Dios Blanco, el que volverá un día.

Y así viviría mi infancia y juventud, queriendo evitar lo inevitable. Yo apenas si sospechaba en mis tiernos años de la inocencia que el hombre es un navegante de mares desconocidos en noches tempestuosas que siempre anda perdido. Pronto aprendí que, ni aun permaneciendo sentado junto al fuego del hogar, puede el hombre escapar al dictamen que su estrella le prescribe. Su dedo invisible escribe tan solo una palabra en nuestras vidas, y ni fuerza ni virtud humana podrán cambiarla.

Así que desde mi niñez decidí que ese signo dispuesto por el cielo fuera mi guía, pues así había sido escrito en el Libro del Destino. Debía seguirlo de buen grado, pues evitarlo me convertiría en uno de esos insensatos que se dejan arrastrar por los dados del destino, sin al menos intentar tirarlos con ventaja.

Mi infancia transcurrió como si viviera en un corredor de pájaros y flores, dentro de la frescura de la casa familiar de tetzontle, aledaña al palacio. Mi hermana y yo tuvimos de pequeños un tonal-poulqui, un maestro propio, dada la alta estirpe a la que pertenecíamos. Nos enseñó los rudimentos del firmamento, la nómina de los dioses y a emborronar telas con pinceles. Mi padre, en cambio, fue el que nos enseñó a Iztli y a mí las virtudes más señaladas de la nación mexica: la honestidad, la paciencia, la previsión, el trabajo, el valor y la humildad, con las que según él llegaríamos a ser grandes en la corte, a la que pertenecíamos.

Solía llevarnos en su barca a dar largos paseos por el lago, que en realidad eran cinco lagunas conectadas entre sí, unas de aguas dulces y otras saladas. Unas veces íbamos al de Texcoco, cuyas aguas son más verdosas. Otras lo acompañábamos a Xochimilco, «el jardín florido», cuyas orillas estaban sembradas de bancales de rosas, y desde allí a la laguna Chalca, donde mi madre nos hacía coronas de flores. Pero a mí me gustaban más que ninguno los dos remansos del norte, los de Xaltocan, famosos por su cal, y los de Tzumpanco. En sus aguas cristalinas podía coger los peces con la mano, que luego soltaba a instancias de mi hermana.

En mi casa, que estaba cerca de la gran plaza, correteaba entre los susurros de los servidores, el ruido de las caracolas y tambores del templo y los desmayados susurros de las voces del mercado. Aún huelo los aromas a bergamota, torta de maíz, pulque y chocolate, en un mundo dichoso y feliz, donde mi afable madre Papalotl, mujer instruida y virtuosa, era la garantía de mi felicidad y la muralla a los contratiempos del recién iniciado camino de espinas de la vida.

Sin embargo, la figura de mi padre surge en mi recuerdo por su conducta rígida y severa, pero siempre ecuánime. Su mundo era incomprensible para mí, y cuando me hablaba de los dioses y del emperador al que servía, lo hacía con frialdad, como si no creyera en ellos. Lo que más me agradaba de él era la comunión espiritual que mantenía con mi madre, a la que reverenciaba. Juntos se entregaban a ceremonias ocultas ante el altar de Quetzalcoatl y del Dios Sin Nombre, al que ofrecían pastelillos, pájaros y papeles de colores.

Como todos los niños mexicas, aunque en mi casa sobraran los alimentos, comencé teniendo derecho a comer media torta de maíz diaria; luego, cuando cumplí los cinco, a una entera y luego, a dos tortitas, que eran un manjar para mí. Mi padre Ueman me enseñó a pescar y a conducir una canoa en la laguna donde tiritaba como un cachorrillo, envuelto en la única prenda que vestíamos los niños, la túnica maxtlatl de algodón atada al hombro, confeccionada por nuestras madres.

Un día que regresábamos de pescar presencié la aplicación de un castigo con un rigor tan extremo que me hizo temblar. Un hombre y una mujer, con las manos atadas con sogas, se hallaban en la orilla sollozando. Mi padre me aseguró que eran dos adúlteros. No entendí su falta entonces. De repente, uno de los soldados estranguló a la mujer pecadora con frialdad, e inmediatamente después le aplastó la cabeza al marido infiel con una piedra enorme. La gente aplaudió la medida y todos parecieron quedar satisfechos. Incluso mi padre, que asintió.

—¿Tan grave es la falta que han cometido? —le pregunté aterrado.

—Sí, y han sido juzgados y hallados culpables. Ni siquiera yo, o el mismo emperador, estamos libres de esta pena. Las leyes, queridito Ocelotl, están hechas para proteger a los pueblos. Si no triunfaría el caos sobre el orden —me contestó mientras la esposa burlada escupía sobre los cadáveres.

Aquel día comprendí que hay que ser esclavos de las leyes para ser libres, y que donde la ley acaba, comienza la tiranía.

Mi padre era un hombre honrado y temeroso de los preceptos. Nadie en palacio lo tenía por hombre ambicioso, sino mesurado, reflexivo y leal, y tenía grandes esperanzas puestas en mí al servicio del imperio.

Se sumía en dilatados mutismos, pero un atardecer me habló:

—Hijo, no intentes parecerte nunca a los hombres que servimos, pues son intrigantes y codiciosos, aunque sean de nuestra misma sangre. Estoy harto de servir a un puñado de reyes ambiciosos y dar gusto a sus estúpidas apetencias, que aprovechan la ignorancia del pueblo para vivir como déspotas en su paraíso. Y ten por seguro que nunca faltará un nuevo señor que nos pisotee. Busca tu espejo solo en el cielo y en tu interior.

Y prometí luchar para convertirme en su ejemplo moral ante el mundo y que su sonoro nombre, Ueman, «el Venerable en el Tiempo, el justo», nunca se olvidara. Pero unos son los deseos de los hombres y otros, los designios de los dioses.

Y pasé de la inocente infancia a una adolescencia áspera.

2. Papalotl

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Papalotl

Añoro con nostalgia la imagen de lozanía y ternura de mi madre.

Ella era para mí la compasión, el amor y el ánimo alentador cuando todo me iba mal. Las desdichas, los temores y los sufrimientos de los que la rodeaban no le eran ajenos. Muchas mujeres son fuentes de tentación y pecado, pero Papalotl era el paradigma de la ternura y la comprensión. Molía el maíz, amasaba las tortas, hilaba, pintaba, nos cuidaba con especial dulzura y sus opiniones eran muy consideradas por mi padre.

No era una mujer exigente, sino comprensiva, segura de sí misma, ordenada y tenaz defensora de los suyos y de su estirpe imperial.

Quizá fue una de las últimas tardes en las que contemplé así a mi madre Papalotl, contenta, con la mirada serena y la sonrisa de luna posadas en mí. Apareció vestida con una lujosa túnica verde adornada con botones de oro, los cabellos negros prendidos de adornos, y unos pendientes de jade de los que colgaban dos mariposas de plata que parecían echar a volar con el balanceo de sus pasos. Sus ojos azabaches tintados de lazulita encendían sus pómulos prominentes. Parecía una diosa del paraíso.

Era el mes de Huey Pachtli, del año Tres Casa, el dedicado por los mexicas al dios de los montes, Tepeilhitl, y yo caminaba hacia los nueve años. Entonces era un niño endeble, espigado, tenía las piernas arqueadas y mi lacia melena ocultaba mis ojos, que según mi madre eran penetrantes y almendrados. Lucía una larga trenza que no podría cortar hasta que no fuera un guerrero y capturara a un rival en combate.

Para entrenarme mi padre me dejaba que lo acompañara, cuando, junto a otros nobles de palacio, en el cuarto mes llamado de Quecholli, se organizaban partidas de caza por las laderas exuberantes de Zacatepetl. Con la ayuda de otros muchachos me hice un experto en construir refugios con ramas y hojarasca, y en azuzar a los conejos, coyotes y gamos para hacerlos salir de sus guaridas. Entonces los expertos cazadores, con arcos, cerbatanas y lanzas, los abatían al salir a los claros.

Con la declinación del sol regresábamos a la ciudad y éramos vitoreados por la gente, que nos ofrecía pulque, y las niñas me lanzaban sonrisas maliciosas. Una de las veces mi padre mató a un ciervo de grandes astas y se lo ofreció al emperador, como era preceptivo, y la noticia se extendió por todo Tenochtitlán. Fui señalado como el hijo del gran cazador Ueman y caminaba entre mis amigos, ufano como un pavo.

Yo seguía con mis clases y me era grato, a pesar de ser un niño. Los instructores de palacio y mi maestro doméstico aseguraban que era despierto para las lenguas, que dibujaba sin muchos borrones los jeroglíficos y que interpretaba los libros sagrados con cabal precisión, aunque era premioso en los ejercicios de guerra.

Los mexicas somos supersticiosos y creemos a pies juntillas en multitud de maleficios. Desde muy niño no solía salir de mi casa cuando la luna estaba envuelta en nubes negras, pues era conocido que las brujas enanas y los decapitados descendían desde el cielo para secuestrar a los chiquillos. Iztli se envolvía en una manta, y yo me reía de ella saliendo valientemente a la puerta de la casa, pero con un miedo indecible en mi cuerpo.

Al clarear el sol, el día de los fastos del dios de las cumbres, los niños del barrio habíamos ido a la orilla del lago a fabricar con masa de bledos y harina de maíz montículos blancos en honor a la deidad. Regresé de la mano de mi hermana embadurnado de mazacotes resecos para asistir a la procesión del mediodía. Mi madre nos tenía preparadas tortitas mojadas en miel y malvasía. Nos lavó con raíces de copalxocotl, que luego los conquistadores españoles llamarían «el árbol del jabón», y nos arregló con las mejores galas. En aquel fasto se sacrificaban cuatro muchachas vírgenes y un centenar de guerreros, capturados a los zapotecas en una Guerra Florida de caza de víctimas para el altar.

—Ya tienes edad suficiente para comprender el deseo de nuestros dioses y la devoción que les debemos —me dijo mi madre.

Y la seguí ufano a la gran plaza, el Centro del Universo. La plateada lámina de un cielo azul espejeaba en la mañana. Era la primera vez que ocuparía un sitio de honor en las azoteas de palacio y contemplaría el ceremonial completo, como si fuera un adulto. Toda la ciudad, engalanada para la fiesta, convergió en la explanada de los templos. Del inmenso zócalo, iluminado por un sol febril, me llegaban las algarabías de las trompas y los atabales, los olores a frutos sazonados, el zumbón rumor del gentío y un dulce aroma a cacao e incienso de nopal.

La colosal plaza amurallada, defendida por la guardia imperial, era un estruendo de murmullos y colores. El Pueblo del Sol, los mexicas, llegaba en oleadas por la calzada de Tlacopan y los canales colindantes. El estuco blanco y el tetzontle, la piedra porosa y rojiza de los templos, brillaban con el tornasol de las flámulas de color púrpura, las insignias y las banderas amaranto en una espesura de crestas azules de quetzal, mantos, diademas doradas y túnicas multicolores. Las gentes de Tlascala, Texcoco y Cholula afluían en tropel y cientos de enfervorizados macehualli («los que sufren»), la plebe de la ciudad, llegados de los cuatro arrabales de la capital —Teopan, Moyotlan, Aztacalco y Cuepopan—, empavesaban el enlosado donde se alzaban los más sagrados templos de mi pueblo.

La ciudad lacustre de los mexicas era un clarín de luz y de devoción hacia su guía y señor, el Venerable Orador. Un mundo mágico creado para honra del Dios Sol, donde la exquisitez y el ensueño reemplazaban a la realidad, cegaba mis inocentes ojos. Junto a mi madre admiré el perturbador espectáculo. Paseé mi mirada asombrada hacia las fachadas blancas coronadas de terrazas y jardines, y hacia el norte contemplé la gigantesca pirámide de ciento catorce escalones con los dos regueros rojizos donde aún discurría la sangre sacrificada el día anterior.

En la cúspide de la plataforma terminal se alzaban, uno junto a otro, el santuario níveo y azul de Tláloc, el dios de la lluvia, embellecido con hileras de caracoles marinos, y el dedicado al dios de la guerra, Huitzilopochtli, adornado con mariposas y calaveras esculpidas y pintado de blanco sobre un desafiante rojo escarlata. Según me relató mi madre con su armoniosa voz, dentro se adoraban las estatuas de los dos dioses principales de México, alzadas sobre escaños de oro puro. La sorda y grandiosa impavidez de la pirámide me asustaba.

Veinte mil prisioneros habían sido sacrificados para celebrar su inauguración, inmolación que se prolongó durante tres días. El dios estaba satisfecho con su pueblo: los Hijos del Sol y su tlatoani o emperador.

—En la cámara del santuario hay dos urnas que guardan las máscaras de jade de los sacrificios, los cuchillos de obsidiana y antiguas ofrendas de nuestros antepasados. Además, atesora cofres repletos de perlas, esmeraldas y talegos llenos de discos de oro. No olvides que somos un pueblo guerrero, civilizado y próspero que recibe tributos de sus vencidos.

Estatuas de combatientes míticos de la tribu azteca sostenían en sus manos astas de estandartes, como dioses inanimados que guardaran la piedra donde eran sacrificadas las víctimas, y las varas de metal donde se ensartaban los cráneos de los inmolados al dios; y rodeando la colosal pirámide, una cenefa pétrea de cabezas de serpientes desafiaba al cielo con su ferocidad. Mi madre me señaló el santuario de la diosa Cihuacóatlcy, el Coacalco o «la casa de la serpiente», a la que solía enviar regalos y limosnas, y donde se veneraba a todos los dioses del imperio; y me habló de los grandes tesoros que ocultaba el santuario del Sol.

—¿Y en el templo del Dios Blanco, tu predilecto, no se guarda una estatua, madre? Allí dicen que viven los sabios del pueblo.

—Claro que sí, hijito. Se adora su talla barbada y el valioso regalo que nos legó la deidad del viento. Un artificio fabuloso cubierto de oro puro que mide el tiempo y prescribe las ocultaciones periódicas del Sol y de la Luna. Nuestro Quetzalcoatl era un maestro, un enseñador compasivo que nos legó su ciencia, y ese ingenio tan fabuloso y preciado.

—¿Es entonces como una máquina mágica?

—Algo así, y solo los Maestros de la Ciencia del Cielo la entienden y saben manejarlo. Él, como el dios sin nombre de Texcoco, no necesita ríos de sangre para favorecernos —susurró para no ser oída—. El cielo precisa de acciones buenas y valerosas de sus hijos.

Ya nunca pude olvidar su misteriosa revelación, y hasta soñé con aquella máquina extraña regalada por nuestra deidad y que solo podían contemplarla, según mi madre, los sacerdotes y el emperador. Y me prometí a mí mismo que tomaría como mi primer empeño formarme como sabio de mi pueblo y contemplarla con mis ojos, pues era el gran eslabón que me uniría a él y a su paso por nuestro sufrido pueblo que tanto le debía.

Mi madre me señaló luego otro pequeño templo que, como un acólito arrodillado ante la gran pirámide, glorificaba a la terrorífica Coatlicue, la de los Cuatro Dioses Sentados. Me dijo que era un lugar de penitencia y oración, donde los sacerdotes se clavaban las espinas de maguey para ofrecer sangre a los dioses. Muy cerca refulgía el disco de piedra donde luchaban los guerreros con los sacrificados, y el gran disco solar que con sus miles de cristales de cuarzo pulido brillaba como un cometa.

Al sur de la plaza, se balanceaban las lonas amarfiladas del gran tiaquiz, el mercado de la capital. Los mexicas no conocíamos las monedas que luego traerían los hombres blancos, y hacíamos los trueques y compras con granos de cacao, cañones de plumas de ave con oro, o trozos de cobre dorado en forma de media luna. Era un lugar bullicioso y gigantesco, y nunca perdía la oportunidad de visitarlo con mi madre, pues a través de él comencé a explicarme el mundo. Aquel día sobre los tejados y terrazas serpeaba como una amenaza la columna de humo del volcán Popocatepetl, el permanente recuerdo para los mexicas de la ira de los dioses.

Mi madre me apretó el hombro y me dijo con gesto triunfante:

—Mi pequeño colibrí, mira y descubre el poder de tu pueblo, aquel que nació hace muchos haces de años pobre y errabundo y que sobrevivió en chozas de carrizos y entre malolientes pantanos, y que hoy es el dueño del mundo. Antes éramos unos seres rechazados por nuestros enemigos, y hoy somos temidos y poderosos. Y no olvides nunca que llevas en tu alma el aliento de los reyes que lo hicieron fuerte y prestigioso.

—¿He de sentirme entonces orgulloso de ser un mexicatl, madre?

—Inmensamente, pues provenimos de la legendaria ciudad de Aztlan, donde recibimos el mandato de Huitzilopochtli de buscar mejores tierras de cultivo y valles floridos en el sur. Nuestros antepasados emprendieron el éxodo y vagaron por desiertos y sierras buscando el signo predicho por el dios: el águila con la serpiente sobre un nopali en una isla de un lago sin nombre. Por eso nos llamaron «las gentes del cactus». Luego construyeron Tenochtitlán en medio de las aguas, donde dicen que se reflejaba cada noche la luna. Y pasamos a ser «los que viven en medio de la luna», o sea, los metztlixictli, quienes en pocas gavillas de años dominaron el mundo.

—¿De ahí proviene entonces el nombre de México y los mexicas?

—Así lo aprendí en el Calmecac o Escuela de las Doncellas, hijito, aunque mi venerada maestra de historia aseguraba que era un patraña, y que nuestro nombre deriva realmente de la insignificante y pobre planta mexixin, principal alimento de nuestros padres, en verdad un pueblo sin historia, vagabundo y hambriento. Así que pasaron a unir su destino con la despreciada hierba mexixin.

—Ambas historias me gustan, mamita.

—Sea como fuere, nuestros ancestros se comportaron como un pueblo valeroso y ávido de saber y de prosperidad, que ha vencido a todos sus vecinos y que se ha alzado sobre su poder —me refirió orgullosa y satisfecha.

De repente, sonaron las caracolas sagradas y todo el mundo enmudeció. De la mansión imperial surgió en andas el Padre y la Madre de la Nación, el emperador Ahuízotl, el venerado tlatoani («el que habla»), nuestro gran señor. Apareció impertérrito, como una efigie acuñada en arcilla. Iba rodeado por su familia y corte, entre ellos mi padre, y envuelto en plumajes de quetzal tótotl y adornado con brazaletes y ajorcas de oro. Todos bajaron la vista para no mirar al representante de los dioses en la tierra. Surgió entre la humillada muchedumbre en todo su esplendor, sentado sobre un sitial reportado por guerreros jaguar y bajo un parasol dorado exornado de guirnaldas de flores. Con la frente adornada con la diadema triangular de oro y turquesas de sus antepasados y envuelto en el manto verde de los rituales sagrados, avanzaba lentamente. En la mano, y hierático como una efigie, sostenía el cetro de la serpiente de jade.

Una turbadora fragancia de inciensos y perfumes aromatizó la plaza. Resonó entonces el repique de un colosal timbal del templo mayor y se inició la procesión de las víctimas propiciatorias, los xochimique, que aparecían en grupos por la puerta sur. A la cabeza figuraban los alcaldes de los barrios de la ciudad, ataviados con sus mejores mantos y plumajes. Movían sus abanicos y se secaban el sudor de la frente con el pico de sus capas. Avanzaban hacia el gran santuario sosteniendo en sus manos cañas floridas de maíz entre el clamor de la gente. Les seguían un grupo de sacerdotes de Toci, la madre de los dioses, con los cabellos sucios y encostrados de la sangre de los sacrificios acumulada durante años, que se golpeaban el pecho y se horadaban con espinas las orejas, el rostro y los brazos, salpicando de rojo el enlosado.

Las cuatro mujeres que iban a ser inmoladas eran llevadas en andas por los caballeros águila, los más distinguidos guerreros de Tenochtitlán. Comparecieron en la gran explanada adornadas con cintas de papel, collares y plumas, maquilladas de azul y los dientes pintados de rojo, en señal de realeza. Iban en cuclillas, resignadas y revestidas con túnicas blancas y papeles brillantes. Habían vivido durante meses como princesas; agasajadas y obsequiadas como si fueran enviadas del más allá al que pronto regresarían en el acto más sublime para un mortal. Para ellas constituía un desmesurado honor, y así lo aceptaban gozosas.

Las víctimas eran casi unas niñas. Cuando alcanzaron al balcón donde yo presenciaba el desfile miré sus ojos y los aprecié vacuos, como sin vida. No denotaban terror, ni miedo, pues sabían que pronto estarían en presencia del Sol. Con el tiempo supe que habían bebido un elixir de hojas de peyote que las había transportado a un mundo de casi inconsciencia. Eran vitoreadas por la masa enfervorizada que las consideraba unas privilegiadas de los dioses, mientras les arrojaban flores, brotes verdes y papelillos. Tras ellas, y custodiados por la guardia, seguían las hileras de prisioneros que las acompañarían en la inmolación. Pintados de azul, sus miradas era de un temor aterrador que jamás olvidaría.

Llegados ante la pirámide mayor sonaron las trompas, las caracolas y los panderos, y los sacrificados, asistidos por los sacerdotes, iniciaron el premioso ascenso a la cúspide de piedra. Cesó de pronto el fragor de la fanfarria y se hizo un silencio religioso. La supervivencia del pueblo dependía del sacrificio y de aquella sangre salvadora. El Venerable Servidor del dios de la lluvia, cubierto con la piel de una virgen inmolada y despellejada unos meses antes, bailó la danza sagrada de la diosa Xipe, la Desollada, al son delirante de las flautas y panderetas.

Al punto, se acercó a la piedra de las inmolaciones donde cuatro oficiantes sujetaban al primer guerrero, que apenas si ofrecía resistencia. Se inició de nuevo el estruendo del tambor de piel de serpiente, aunque con ritmo lento y acompasado. Solo se oía el zumbar de las abejas. Alzó el cuchillo de obsidiana, que centelleó en la altura como un astro caído del cielo, descargándolo sobre el pecho de la víctima, por debajo de las costillas. Luego, con gran pericia, introdujo su mano en la hendidura abierta y extrajo el palpitante corazón, que sostuvo aún chorreante en las dos manos, ofreciéndoselo a la deidad solar.

Dejó de redoblar el tambor y el sacerdote clamó triunfante:

—¡Padre Sol Tonatiúh, madre Xipe, Kukulkán del viento y Tláloc de la lluvia vivificadora, recibid el tributo de sangre de vuestro pueblo!

Y un estrepitoso clamor del gentío atronó la gran explanada.

El oficiante repitió el ritual con los siguientes xochimiques, casi un centenar, con la misma expeditiva presteza y ante la reverencial mirada de la muchedumbre. Luego echaban a rodar por las escalinatas los cuerpos ensangrentados entre el griterío ensordecedor del público, mientras ofrecía al dios en el interior del santuario un cuenco de plata con los corazones aún calientes. Dos acólitos les cortaban las cabezas de un tajo, que colocaban chorreantes en unas pértigas al pie de la pirámide. Y como colofón sacrificaron a las jovencitas, sin que estas apenas resollaran en la piedra. Vi cómo abrieron su pecho, cómo sus cuerpecitos se arquearon para luego caer inermes, y cómo un sirviente los arrojó sin contemplaciones graderías abajo, con sus cabellos ensangrentados pegados a sus caritas sin vida.

Sentí un fuerte impacto en mi estómago y bajé los ojos, y advertí que mi madre hacía otro tanto y cerraba sus párpados pintados de lapislázuli. Prefería no mirar. «A los dioses no puede satisfacerles semejante crueldad, o no son dioses», cavilé yo en mi inocencia.

Sonaron las trompas y salí de mi arrobamiento. Los alcaldes de los barrios de la urbe se acercaron devotamente al pie de la pirámide. Luego, con sus cuchillos de pedernal, cortaron trozos de la carne aún cálida de las víctimas para llevarlas a sus arrabales, donde al anochecer serían consumidas por sus vecinos en un banquete sagrado y vivificador.

Por extraño que parezca, aquel mediodía había comprendido con toda su dureza el mecanismo de la vida y lo que podía esperarme en el futuro por descender de la realeza mexica: El poder del estado, el misterio de los dioses, la sangre de los ofrecidos al dios, el fervor de un pueblo unido, el miedo al mañana y las delicias de mi tierra natal. Pero, como persona compasiva que fui siempre, pregunté:

—¿Madre, han sufrido mucho esas niñitas sacrificadas?

—Son mujeres, hijo, y saben que la sangre y el sufrimiento forman parte de la vida, y que de ellos nacemos todos —replicó.

—Me aseguran en la escuela de palacio que el Dios Sol se desplomaría sin nuestro bien más preciado, la sangre.

—«El que está junto a todo» solo mira nuestro corazón —aseguró—. Los mexicas amamos la vida sobre todas las cosas, y las de nuestros semejantes son un bien preciado, pues de lo contrario no podríamos ofrecer sacrificios humanos para mantener vivo al Dios Sol. Es el misterio de la vida.

Y siguieron más sacrificios de los guerreros capturados en la Guerra Florida. El sangriento rito que mantenía unido al pueblo con sus dioses concluiría con el ocaso, y con la complacencia del cielo.

Transcurrieron varias semanas. Recuerdo que era el día Uno Atl, o «del agua», del mes de Atlcahualo, en el que los mexicas venerábamos a la diosa de las fuentes, Chalchiuhtlicue, y al poderoso Tláloc, dios de la lluvia. Los niños y niñas decorábamos su imagen con sal y papelillos blancos y se sacrificaban chiquillos comprados en el mercado, que luego eran guisados y comidos por la comunidad.

Como todas las tardes, al regresar de la escuela palatina, mi hermana Iztli y yo nos divertíamos con mi juego favorito, el patolli. Lo hacíamos en un tablero en forma de cruz dividido en casillas, que íbamos tomando con frijoles pintados de colores que desplazábamos desde la «casa» inicial hasta el «remate». El dado era de hueso y tenía pintados el número de puntos que marcaba al azar y que debía avanzar en la tabla pintada. Mi hermana me enfurecía, pues siempre adelantaba más de lo debido y lloraba cuando la sorprendía en la trampa.

Uno de aquellos atardeceres observé a mi madre triste y demacrada. Su boca siempre risueña se había fruncido en un gesto de decaimiento. Advertí que cuchicheaba a hurtadillas con su esclava preferida, una chichimeca bizca y callada, que hablaba mal el náhuatl y fluidamente el dialecto maya, que me enseñaba cuando me dormía. Era sabia en elaborar elixires de plantas medicinales y más de una herida y un resfriado nos había curado a Iztli y a mí con balche caliente, infusión de raíces y maíz fermentado. Me contaba que cuando era pequeña, su madre le ató un cordón a la cabeza con una borla que caía entre sus dos ojos, y que así consiguió la bizquera, signo de belleza y distinción entre sus gentes.

Extrañamente, aquella tarde no hilaron en el telar el tapiz que representaba al dios de la música asomando la cabeza por el caparazón de una tortuga, y que tanto nos asustaba a mi hermana y a mí. Ya no lo harían nunca más. La acompañó a su esterilla y, tras bañarla, le masajeó el vientre. Luego acudieron también las otras esposas de mi padre, que abandonaron la alcoba entre lágrimas. Algo no iba bien.

Discutían entre siseos de que se le iba la vida entre las piernas y sangraba abundantemente, sin que nadie pudiera detener la hemorragia. Mi abuela nos llevó a sus habitaciones y no nos dejaba ir a visitarla; pero yo oía hablar a las criadas de magia negra y de llamar a un hechicero famoso de Orizaba, que entre humaradas de tabaco aseguraba curar con polvos de mariposa y cenizas de papagayos maya. Pero mi padre, que había acudido de palacio urgentemente, se opuso con determinación y mandó llamar al ticitl («médico») personal del mismísimo emperador.

Pero fue en vano. Ni siquiera la imposición de las piedras sagradas, el «oro de lluvia», traídas del templo de Tláloc, repusieron su calor interior. Y hasta el mismo rey Ahuízotl se preocupó por el estado de su prima Papalotl. Entró en un desquiciante sopor y fue dejando escapar su vida durante dos interminables meses en los que solo tomaba infusiones de matlalitztic contra las hemorragias y la fiebre. Fue una pesadilla que afectó duramente a mi percepción de la existencia y a mis sentimientos.

La vi un anochecer en el que estaba sola y dormida. Aquella mujer era otra. Su piel estaba marchita, su cuerpo era un amasijo de huesos y pellejos, había envejecido y su brillante pelo era una madeja de greñas grises. Recé a los dioses, pero semanas después los maldije, sin temor a que pudieran fulminarme con su rayo devastador.

Se moría irremisiblemente, dejándonos huérfanos de su dulzura. La víspera de su muerte, mi padre nos llamó a Iztli y a mí.

—Hijos míos —masculló con lágrimas en los ojos—, los dioses de las montañas, los perversos tlaloques, se han apoderado del vientre de vuestra buena madre, y su tonalli, el alma y aliento vital bajo cuyo signo nació, se va escapando de su cuerpo. Ni las hierbas, ni los purgantes, ni las ofrendas y oraciones a Kukulkán, nuestro protector, han servido para nada. Nos deja solos y sin su calidez, y ni los rezos a su Dios Sin Nombre han servido para sanarla.

—Padre, ¿por qué no la cura el médico con ololiuhqui, la planta que llaman sagrada y con la que se habla con los dioses?

—¿Cómo sabes tú eso, Ocelotl? —pareció enfadarse.

—Me lo han enseñado los maestros de palacio, padre. Aseguran que es prodigiosa y que se sienten milagrosos estados de gracia.

—Esa planta más que sanar provoca la embriaguez de los sentidos y visiones raras. Tu madre precisa de cura, no de magia, hijo mío. Acompañadme, quiere hablaros por última vez.

La habitación olía a tabaco, a raíz de chalalatli, la que alivia el dolor, y a suave incienso de los braseros. El médico seguía con sus susurrantes invocaciones y gestos mágicos: «Yo, el príncipe de los encantos, te ruego, Madre Mía, que acudas en ayuda de mi señora Papalotl», murmuraba entre el denso humo.

Hizo un esfuerzo sobrehumano para incorporarse de la estera.

Nopiltze, noquetzale, «mi hijito querido, mi pluma preciosa». Iztli, nocuzque, «mi joya morena, mi niñita» —nos susurró suave entre suspiros, mientras nos tomaba de las manos y se empeñaba en hablarnos.

Sollozando y con el alma partida, nos pidió que fuéramos reverentes con los dioses, honestos y benéficos con nuestros semejantes y af

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