2
Los vehículos recién llegados se alineaban en el gran salón, colocados de forma estratégica para atraer la atención de los visitantes. Algunos vendedores abrían capós para mostrar las virtudes de los motores. Otros los ponían en marcha para que los posibles compradores se deleitasen con su ronroneo.
A sus diecinueve años, los conocimientos de Dorothy eran suficientes como para apreciar la moderna tecnología que se exponía en la feria anual de Napier. Observaba cautivada cada uno de los modelos y estudiaba la evolución de los viejos motores de vapor, ahora de carburación. Algunos incluso de un cilindro. Sujetaba su sombrero con elegancia y sumergía la cabeza en los entresijos, como un estudiante de medicina que acude a una disección. La imagen de una joven refinada y aparentemente distinguida analizando carburadores y neumáticos resultaba chocante, inusual, por no decir provocadora.
La exposición estaba siendo un éxito y Selwyn Edge esperaba que las visitas se materializasen en dinero que llenase su caja de caudales. Observaba desde un extremo a la multitud que serpenteaba entre los coches, parecían hormigas alrededor de granos de azúcar. Era difícil resistirse a probar —y desear— una de aquellas máquinas. Prescindir de la dependencia animal, limitada e incómoda, era el principal aliciente para decidirse a adquirir cualquiera de los modelos. De repente, entre tanto hombre, Edge se fijó en Dorothy. Lanzó al suelo con descaro el pitillo que estaba fumando y lo apagó de un pisotón. Quería conocer a esa chica. Se abrochó el botón de la chaqueta, se atusó el pelo y el poblado bigote, y con una mano en el bolsillo y aire petulante, se dirigió hacia ella.
Dorothy estaba con la cabeza hundida en el engranaje, admirando el motor del De Dion-Bouton de ocho caballos. Era evidente que no quería perder detalle. Edge se puso a su lado, tan cerca que le resultó cómico que ella no se percatase de su presencia. Solo cuando se giró para continuar con su examen advirtió la figura que estaba casi pegada a ella. Dio un respingo que hizo tambalear su sombrero. Ante ella, un rostro firme, anguloso, de mandíbula ancha y labios cóncavos que la miraba fijamente. Tenía unos pómulos exagerados y las cejas juntas, ojos neutros y sonrisa irreal. De hechuras hercúleas, aunque no exageradas, le daba a su traje hecho a medida la agilidad de quien sabe, o quiere, moverse seguro por la vida. El hombre gozaba de un atractivo indescriptible, oculto, casi etéreo. Difícil de localizar a primera vista.
—Discúlpeme —se excusó Dorothy de forma fingida y se retiró ligeramente ruborizada.
Él respetó la distancia entre ambos y se acodó en la carrocería del vehículo.
—¿Le gusta este modelo? Seguramente su marido desearía probarlo.
Aquel comentario iba cargado de segundas intenciones. No le gustaba moverse por terreno pantanoso, prefería caminar sobre seguro, o al menos tener algo a lo que agarrarse en caso de patinar.
—No, no. Solo estaba mirando.
—Normalmente las mujeres se aburren cuando acompañan a sus maridos a sitios como este. Pero usted parece realmente interesada. —El pez no había picado a la primera. Tenía que lanzar otro anzuelo.
—¿Le extraña que una mujer se interese por la automoción? —replicó ella algo ofendida.
—Digamos que estoy... sorprendido —dijo él desafiante—. Es la primera vez que veo a una mujer cautivada por unos cuantos hierros.
—Pues debería saber que hay mujeres que conducen sus propios coches, incluso han participado en competiciones. Pero imagino que no sabe quién es Camille du Gast, o la baronesa Van Zuylen, señor... —Hizo una pausa para que él se presentara.
—Edge, Selwyn Edge. Soy el propietario. —Y alargó la mano esperando la suya.
—Dorothy Levitt. —Él se dispuso a besarle la mano, pero ella se limitó a estrechársela.
—Discúlpeme, tengo la impresión de estar hablando con una experta. —Su tono traslucía burla.
—Dos cilindros, ocho caballos, resistente pero suave al manejo, quiero suponer.
Dorothy conocía casi todas las marcas de coches que se comercializaban en ese momento en Europa, Mercedes, Triumph, Peugeot, Panhard, Napier..., aunque hasta entonces no había tenido oportunidad de verlos en vivo. Y mucho menos de conducirlos. Selwyn se sorprendió de la erudición de la joven. Aun así, no se dejó amedrentar.
—¿Le gustaría probarlo? Me atrevería a afirmar que sabría apreciar todas las cualidades que esta maravilla puede ofrecerle. —El desafío era más que evidente.
Dorothy sintió una emoción que le costó reprimir, pero no podía perder la compostura y los buenos modales.
—Es usted muy amable, señor Edge —le agradeció ella—. Quizá en otro momento. Ha sido un placer. —Le ofreció de nuevo su mano para despedirse.
La joven se alejó entre la multitud y él la siguió, impasible, con la mirada. Du Gast; había oído hablar de ella, pero no le había prestado mucha atención. Una loca millonaria que disfrutaba derrochando la fortuna de su difunto marido en excentricidades.
Sintió que una chispa había prendido en su cabeza. No sería fácil convencer al viejo Du Cros, aunque en lo concerniente a los negocios, nada se le resistía.
3
La portada del Daily Express mostraba la noticia, ya anunciada hacía meses, de la coronación de Eduardo VII. El cambio en el trono supondría un punto de inflexión en la historia y, sobre todo, en la sociedad. En los sentimientos de los británicos chocaban la esperanza y la desazón. Si bien el relevo auguraba cambios y la entrada en la modernidad, la mayoría de británicos no había conocido más monarca que la reina Victoria y eso generaba cierta inquietud.
Selwyn Edge se coló en el despacho de su socio, Harvey du Cros, sin avisar. Este dejó caer el periódico sobre la mesa para prestar al australiano la atención que reclamaba.
Cuando tres años antes Selwyn le había propuesto comercializar los vehículos Panhard, el viejo Harvey, un auténtico caballero británico, fiel al honor y a la palabra dada, no imaginó que su socio resultaría ser un ambicioso mercader. Le sacaba de quicio su actitud, su prepotencia, su suficiencia y esa elegancia artificial, adquirida con premura para introducirse en los círculos de poder y dinero. La distinción y el empaque no se compraban, se nacía con ellos, pero era preciso cultivarlos. Y aunque él mismo no era noble, sus orígenes galos y su educación contrarrestaban la ausencia de sangre azul.
—El eterno príncipe al fin sentirá sobre su cabeza el peso de la corona —ironizó Selwyn, que había visto la portada de refilón.
Harvey du Cros negó resignado. Comentarios como aquel reafirmaban su opinión. A veces se preguntaba por qué había tenido que asociarse con un ser tan alejado de su moralidad y sus principios. Pero Selwyn tenía olfato para los negocios y conocía bien el producto. Además, no era mal piloto, una ventaja a la hora de promocionar la marca. La empresa que habían montado juntos había obtenido ganancias el primer año. Eso, para las reducidas arcas de Du Cros, cuyos negocios en Dunlop no iban todo lo bien que desearía, era un buen motivo para aguantar el desdén y los malos modales de Edge.
—Los tiempos cambian, muy a pesar nuestro —aseguró mientras doblaba el periódico. No respondió a las provocaciones veladas de Edge. Sabía que, si entraban en temas políticos, alguno de los dos saldría escaldado. Tenían una especie de acuerdo tácito por el cual las alusiones políticas eran las justas y necesarias. Se limitó a mirarlo, expectante ante la noticia o idea que, adivinaba, traía con él.
—Tengo buenas noticias, mi querido irlandés. —Selwyn apoyó ambas manos sobre la mesa y habló a menos de dos palmos de la cara de Du Cros—. Vamos a ganar tanto dinero que no sabrás qué hacer con él.
Harvey abrió los ojos en señal de pregunta. Esperaba cualquier cosa de aquel individuo descarado y temerario.
—Bueno, es una gran noticia, no cabe duda, pero mucho me temo que detrás de semejante afirmación se esconde alguna maniobra que no me va a gustar. —Du Cros sabía perfectamente que cualquier negociación con Edge venía precedida de desacuerdos y, en ocasiones, de duras discusiones. Aun así, se quedó en silencio esperando el resto de la explicación.
—¿Cuáles son los productos que más se venden? —le preguntó Selwyn de forma retórica mientras se paseaba por el despacho. No le dejó responder—: Los necesarios y los fáciles de usar.
—Pues mucho me temo, querido amigo, que nuestro producto no posee ninguna de esas cualidades —replicó Du Cros, casi triunfante al conseguir rebatirle una propuesta—. Un coche no es ni fácil de usar ni necesario.
—No, no lo es... de momento. —Edge le dio la razón—. Pero nosotros crearemos esa necesidad y después, demostraremos que es fácil de manejar.
Selwyn parecía haberse aprendido el discurso de memoria para exponérselo a su socio. Como si conociera de antemano sus reacciones, le rebatía con argumentos que obligaban a Du Cros a seguir escuchando.
—Podemos doblar las ventas en apenas un año —prosiguió—. En estos momentos solo la mitad de los clientes potenciales están comprando vehículos y la mayoría lo hacen por capricho o por diversión.
—Sí, tú mismo, por ejemplo —continuó Du Cros—. Compites para mostrar nuestros vehículos a los posibles compradores, pero también lo haces por placer, por la emoción y, por qué no decirlo, por el lujo y por lo que supone hoy en día poseer un coche. Además —añadió—, ¿quién más podría permitirse gastar quinientas libras en un coche? La clase trabajadora no, desde luego. Los coches son un capricho, juguetes para esos gentlemen drivers a los que no les importa quemar parte de su fortuna en los motores de nuestras máquinas —ironizó.
—Hemos mejorado el Panhard y el De Dion, ahora son más manejables, más suaves, más fáciles de conducir... —Hizo una pausa antes de soltar el disparo final—. Hasta una mujer podría hacerlo.
Su socio se burló con una carcajada atropellada. ¡Una mujer! Intentó imaginarse a su esposa Annie, una oronda señora que apenas conseguía moverse dentro de su propia casa, acomodada en el minúsculo asiento de un vehículo y conduciendo por las calles de Londres. Apartó esa imagen cómica de su cabeza. Miró a Selwyn, que permanecía con los ojos clavados en él. Ni siquiera se había inmutado ante la burla. La sonrisa se borró de la cara de Harvey. Algo le decía que aquella propuesta estaba más que meditada y que no era una frase soltada al azar.
—Imagínate —insistió Edge—. Mujeres que quieren ser un poco más independientes, moverse y viajar con libertad. Un nuevo rey ansioso por aportar modernidad y tecnología a sus dominios. Y el movimiento de liberación femenino... Es una apuesta segura.
En ese punto Du Cros no pudo contener su enfado. Él, un conservador declarado, en política y en convicciones... No iba a permitir semejante disparate. Movimiento de liberación femenino, ¡hasta ahí podíamos llegar! Algunos grupos de apoyo a la liberación de la mujer ya habían causado más de un problema. Incluso se rumoreaba que se estaban creando asociaciones para pedir el voto femenino. Harvey du Cros no iba a permitir que la empresa que él representaba y en la que había invertido la mayor parte de su fortuna colaborase para que una panda de desequilibradas pudiera alterar el orden que llevaba siglos impuesto en Gran Bretaña y en el mundo.
—Definitivamente, te has vuelto loco —afirmó cogiendo de nuevo el diario para continuar con su lectura, como si quisiera obviar aquella propuesta tan descabellada.
Edge lo detuvo, interceptando el periódico.
—Harvey, Harvey... Escucha, podemos sacar provecho de la adversidad —insistió Edge, que no se rendía. Acercó una silla al escritorio y se sentó enfrente—. Olvida por un momento tus prejuicios. O mejor, enfócalos de otra manera: ¿qué es lo que quieren todas esas mujeres, las emancipadas, las feministas o como quiera que se hagan llamar? —Du Cros arqueó las cejas y esperó la respuesta de Edge—. Quieren ser como los hombres, hacer las mismas cosas que nosotros, entre ellas, conducir sus propios vehículos. Si se lo permitimos, las tendremos de nuestro lado. Después será mucho más fácil convencerlas de lo que nosotros queramos. Y en ese proceso, Napier saldrá beneficiado. Todos ganamos.
Selwyn Edge sabía muy bien que para convencer a Du Cros debía exponer sus argumentos con mucho tacto, elegir el camino menos espinoso, la senda más tranquila. Tenía que reforzar su razonamiento y tocar su punto débil: el dinero. Pero también sabía que era un hombre orgulloso y de férreos principios. No podía dejar ni un hilo suelto. Por su expresión, supo que iba por buen camino.
—¿Me estás diciendo que la libertad de la mujer será beneficiosa para mí? —preguntó receloso.
—No, no exactamente —corrigió Edge. Tenía que darle una de cal y otra de arena—. Pero, a veces, para cazar un ratón hay que usar un cebo suculento, apetecible.
Harvey du Cros suspiró su rendición. Arqueó de nuevo las cejas y se acarició el bigote. Edge sabía que solo faltaba el toque final para conseguir llevar a cabo su plan.
—Digamos, solo como suposición, que considero tu propuesta —añadió al fin—. ¿Cuál es tu plan?
—Una carrera —soltó como una bomba, un estallido que retumbó en la cabeza de su socio. Antes de que este protestara y soltara algún improperio, prosiguió—: En Francia ya se está haciendo. Camille du Gast ha participado en alguna, y con bastantes buenos resultados, por cierto.
—Comprendo, pero, ¿y si resulta que las mujeres no están capacitadas para manejar un coche? En su naturaleza no está la competición, ni la mecánica, ni siquiera la velocidad —rebatió de nuevo Du Cros.
—No te preocupes, amigo, tengo a la persona perfecta. —Miró por la ventana que daba a las oficinas generales donde un par de secretarias tecleaban en sus pesadas máquinas de escribir y hacían anotaciones en sus cuadernos. Detuvo la vista en Dorothy, que intentaba alcanzar un archivo en uno de los estantes más altos.
Edge había contactado con ella pocos días después de su encuentro en la exposición y le había ofrecido un trabajo como secretaria en Napier. No pudo negarse. La idea de estar rodeada de coches pudo más que sus reticencias iniciales.
—Me lo temía —se lamentó Du Cros—. Esto no es por las ventas, ¿verdad? Muy propio de ti.
Sabía la debilidad que Edge sentía por las mujeres jóvenes y bonitas y no había puesto ninguna objeción a la incorporación de una nueva secretaria a la empresa; él nunca se encargaba de la contratación de los empleados. Pero había notado el interés desmedido de su socio por aquella joven; incluso sospechaba que entre ellos la relación iba más allá de lo laboral. Ahora lo veía claro.
—Es lista, Harvey. Aprende más rápido que ninguna de las que hayan pasado por aquí. Ama los coches; en apenas tres meses ya los conoce todos de arriba abajo, cada tuerca, cada pieza, cada movimiento. Ni siquiera yo sería capaz de describir uno de nuestros motores con la precisión con que ella lo hace.
Du Cros se rindió. Guardó sus lentes y se levantó dispuesto a marcharse. Era su forma de aprobar aquel disparate. No estaba en absoluto convencido, pero aun así accedió.
—Espero no equivocarme con esto —advirtió desconfiado.
Edge lo despidió con una de sus sonrisas frías. Le gustaba apostar y sabía que tenía la mejor jugada.
4
Dorothy se sobresaltó al sentir una mano en la cintura. Dio un brinco y uno de los archivos que intentaba alcanzar le dio de lleno en la cabeza. Selwyn logró cazar otro al vuelo. Lo dejó en su sitio sin soltar a su presa. Ella bajó la mirada, ligeramente ruborizada. Aunque había decidido ser una mujer liberada e independiente que vivía sola en una bonita casa de Marylebone, no dejaba de ser una chiquilla de apenas veinte años impresionable y enamoradiza. A Edge le bastaron una cena y dos paseos en el De Dion de ocho caballos para que ella sucumbiera como una mariposa a la luz.
Él la rodeó con sus brazos, ella se zafó sin mucho esfuerzo. Estaban solos. Anna, su compañera, una mujer de casi cincuenta años que había empezado a trabajar allí por recomendación de Du Cros, había salido a enviar la correspondencia. Dorothy se sentía incómoda con las muestras de cariño de su jefe en el lugar de trabajo, aunque
