Personajes de la batalla
Duque de ALBURQUERQUE (1619-1676): Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez de Cabrera. Jefe de la caballería de Flandes en Rocroi. Maestre de campo del tercio de Alburquerque.
Dionisio ALGARRA: Antiguo capitán reformado español combatiente en Rocroi.
Ana de AUSTRIA(1601-1666): Hija de Felipe III y Margarita de Austria. Reina consorte de Francia y madre de Luis XIV.
Fernando de AUSTRIA (1609-1641): Cardenal infante y hermano de Felipe IV. Gobernador del Milanesado y de los Países Bajos. Vencedor en la batalla de Nördlingen.
Juan José de AUSTRIA (1629-1679): Hijo de Felipe IV y de la Calderona. Gobernador de Flandes y capitán general del ejército que intentó recuperar Portugal.
Jean de BECK (1588-1648): Maestre de campo general del ejército de Flandes. Gobernador y capitán general de Luxemburgo.
Luis II de BORBÓN-CONDÉ (1621-1686): Duque de Enghien y príncipe Condé. Comandante en jefe del ejército francés en la batalla de Rocroi.
María CALDERÓN, la Calderona (1611-1678): Actriz y cantante. Amante de Felipe IV y madre de Juan José de Austria.
CARONTE: Gaspar Antolínez, director de las inteligencias de la Monarquía Hispana.
Luigi CONCINI: Desertor de la caballería de Flandes pasado a los franceses en Rocroi.
Bruno CORBO: Antiguo mosquetero de Flandes al servicio personal de Caronte.
FELIPE IV (1605-1655): Hijo de Felipe III. Conocido como el Rey Planeta.
Henri La FERTÉ-SENNETERRE (1599-1681): Mariscal de campo francés en Rocroi.
Fernando FONSECA RUIZ DE CONTRERAS: Secretario de la Junta de Ejecución y miembro de la Secretaría de Estado española.
Jean de FONTAINE (1576-1643): Conde Paul-Bernard de Fontaine. Lorenés. Maestre de campo general y jefe de la infantería del bando español en Rocroi.
Ramiro GARCÉS: Capitán de la caballería flamenca en Rocroi.
Jean de GASSION: Mariscal francés. Jefe de la caballería ligera francesa en Rocroi.
Giulia ADAMO: Hija de la envenenadora italiana Teofanía.
Conde Ernesto de ISENBURG(1584-1664): Jefe de la caballería de Alsacia en Rocroi. Maestre de campo general del ejército de Flandes.
Mariscal L’HÔPIT (1583-1660): Conde de Rossnay. Jefe del ala izquierda del ejército francés.
LUIS XIII (1601-1643): Rey de Francia. Casado con la infanta española Ana de Austria.
Sor MARÍA DE JESÚS de Ágreda (1602-1665): Monja y escritora a quien se atribuían dotes adivinatorias y de bilocación. Abadesa del convento de Madres Concepcionistas de Ágreda. Mantuvo una relación epistolar durante más de veinte años con Felipe IV.
Cardenal MAZARINO (1602-1661): Diplomático y político al servicio de Francia y el Vaticano. Sucedió a Richelieu como primer ministro.
Duque de MEDINA DE LAS TORRES (1600-1668): Ramiro Núñez de Guzmán. Virrey de Nápoles. Yerno del conde-duque de Olivares.
Álvaro de MELO: Jefe de la artillería del ejército de Flandes en Rocroi. Hermano de Francisco de Melo.
Francisco de MELO (1597-1651): Gobernador de los Países Bajos y capitán general del ejército de Flandes en Rocroi. Marqués de Tordelaguna.
Baltasar MERCADER (1607-1676): Maestre de campo en Rocroi. Cayó prisionero al inicio de la batalla.
Sebastián MONTESINOS: Asentista español en Flandes.
Juan de NECOLALDE: Veedor general del ejército de Flandes. Agente secreto de Caronte en Bruselas.
Conde-duque de OLIVARES (1587-1645): Gaspar de Guzmán y Pimentel. Valido del rey Felipe IV.
Virgilio ORSINI: Capitán de la caballería de Flandes.
Juan Pérez de PERALTA: Sargento mayor del tercio de Alburquerque en Rocroi.
Diego SAAVEDRA FAJARDO(1584-1648): Escritor y diplomático español.
Barón de SIROT (1600-1652): Claude de Letouf Sirot. Lugarteniente general de los ejércitos de Francia. Jefe de la reserva francesa en Rocroi, cuya actuación resultó decisiva en la batalla.
TABES: Personaje anónimo. Espía de Mazarino.
TEOFANÍA Adamo: Envenenadora italiana.
Jean VERNEUIL: Diplomático francés y espía español.
Juan Antonio VINCART: Secretario de avisos secretos de guerra en Bruselas. Supervisor del espionaje hispano en Flandes.
El invierno de Caronte
San Lorenzo de El Escorial, 30 de mayo de 1643
Espía he sido de S. M. el Rey Católico durante muchos años, y ahora que mi avanzada edad me acerca a la muerte quiero dejar aquí memoria de la batalla librada en Rocroi. Un episodio que no fue gran derrota, como pretenden los franceses, pero que causó estupor a muchos por el cúmulo de errores que provocó la pérdida de capitanes y soldados considerados invencibles en Europa, y dio un respiro a Francia, para desgracia de España.
El rey en persona me encargó una relación que explicara las motivaciones del fracaso, y en ello empeñé mi esfuerzo, aunque luego, por circunstancias ajenas, entre ellas la Guerra de Cataluña, y el abatimiento de S. M. por los golpes familiares que le envió el destino, nunca tal escrito dejó huella que sirviera de algo.
Contribuyeron también a esto los desengaños que amargaron mis últimos años en la Corte, con la llegada de don Luis de Haro tras la estrepitosa caída del valido conde-duque de Olivares, el hombre más poderoso de España durante casi dos décadas.
Estos hechos me impidieron concluir la relación sobre Rocroi que el rey me pidió, y ahora que ya mi influencia en el gobierno es casi nula y mi tiempo en este mundo acaba, quiero dejarlos al interés público de quienes lean estas líneas, pues al fin son retazos de la memoria de un viejo. A nadie harán otro daño que la pérdida de algunas horas de lectura, y a cambio quizá sirvan de provechosa lección a los mandos y soldados que allí intervinieron a mayor honra (ya que no fortuna) de los tercios, que eran nuestra mayor fuerza.
Don Felipe vagaba como un fantasma por los pasillos de El Escorial cuando le llegaron noticias de la derrota en Rocroi. A pesar de su habitual abulia, quiso explicaciones y pidió al Consejo de Estado que le hiciera llegar un memorial explicando por qué se había perdido una batalla que parecía ganada de antemano.
Fue entonces cuando los consejeros me señalaron como la persona idónea para esa oscura tarea de desentrañar las razones de la sinrazón que provocaron aquel traspiés que asombró a Europa, y sobre todo a la propia Francia, ave fénix renacida en cien derrotas contra España.
El rey me demandó que le informara con puntualidad, y me puse a la tarea de desenterrar un suceso con varias versiones, algunas encontradas y todas diferentes, pues cualquier gran batalla tiene muchos ojos que la ven de distinta manera y cada combatiente es poseedor de su propia memoria.
En el Consejo de Estado se hacían lenguas.
¿Quién era ese joven Luis de Borbón, príncipe heredero de la Casa Condé y duque de Enghien, a quien todos aclamaban como salvador de Francia?
Para el rey don Felipe la causa última del fracaso era más fácil de explicar, pues todo lo atribuía al castigo divino por nuestros pecados, y en particular por los suyos, aunque yo siempre procuré no dejarme llevar por las fantasías y atenerme a los hechos.
El primero y principal, en lo que a mi trabajo de espía atañe, era tomar conciencia de que los franceses habían penetrado los planes de Melo. Todo nuestro andamiaje secreto en Flandes era un coladero y el propio Vincart, supervisor de las inteligencias en Bruselas, lo sabía, pues la principal filtración venía de él, que enviaba información a la reina regente de Francia, la española Ana de Austria, que la transmitía a Mazarino la mayoría de las veces...
Melo
Casi a traición, a Francisco de Melo, gobernador provisional de los Países Bajos de origen portugués, le dieron la noticia por carta de S. M.
Eso fue en enero de 1644, todavía guardo el papel.
El marqués de Castel Rodrigo exigía a la mayor brevedad ir a sustituir a Melo, aunque para más afrenta, clamaba el portugués, quedaba interino como gobernador y capitán general de Flandes, dependiente en todo de don Juan José de Austria.
A Melo le parecía mal lo de Juan José de Austria, por ser bastardo del rey, y dejó escrito a sus íntimos que estaba aborrecido del mundo, y que solo se consolaba con el trato de los nobles amigos y de algunos ministros de mucha autoridad en los tribunales, en especial el conde de Isenburg. Eso sin contar con la excesiva juventud del bastardo, alegaba, carente de experiencia en graves cuestiones de Estado.
Para más turbación, a Melo le llegó la nueva de que había a punto dos bajeles en La Coruña para la venida de don Juan.
—¿Qué voy a hacer ahora despojado de autoridad? —se lamentaba el luso—. Reducido a un coche de dos mulas en Madrid y a ir y venir por el Consejo de Estado. Yo, que he gobernado estados y ejércitos.
Por suerte, los nobles españoles y flamencos se mostraron por una vez unidos en su desagrado al nombramiento de Juan José de Austria, y los consejos que le llegaron, que debieron de ser muchos, le hicieron desistir del proyecto, aunque tres años más tarde, quizá como desagravio, S. M. otorgó a Juan José el título de Príncipe de la Mar, que le daba el gobierno general de todas las fuerzas marítimas que se juntaran en España, sin excepción alguna.
Y al fin, allá se fue lejos el adulterino hijo de la Calderona, la amante del rey, y el mar lo separó definitivamente de Flandes.
Cabezas
Aunque mi verdadero nombre sea don Gaspar Antolínez, algún ingenio avieso de la Corte me llamó con maldad Caronte, señor de los muertos, pero acepté gustoso el apodo, y ahora lo utilizo como pseudónimo de guerra en el movedizo mundo de los espías.
Hasta el mismo rey me llamaba así con fingida campechanía entre nobles, pese a que el monarca casi siempre me mantuvo alejado del círculo de sus amistades preferidas. Fui un servidor, un funcionario que mantuvo las distancias en los afectos con los grandes, y me honro de ello, yendo y viniendo como una sombra por la regia cámara a los despachos de palacio; más temido que respetado, informando a diario de los muchos problemas que aquejan a la Monarquía Católica. Don Felipe me solía mirar de soslayo, con cierta displicencia, cuando yo le enfrentaba a la realidad de una España que parece caminar trastabillada.
Un gigante que se tambalea enfrentado a enemigos cada vez más pujantes.
El apodo de Caronte quizá derive de mi figura flaca y un tanto tétrica, y de la vestimenta oscura que suelo vestir siempre, y más ahora en la vejez, cuando he rebasado con creces los setenta años.
En esto puede que haya influido la hosquedad de mi porte, con un mirar que brilla con fiereza ante los fracasos por traiciones o impericia ajenas.
Admito ser, en suma, un personaje mercurial y elusivo, como dirían algunos, que se mueve con destreza dentro del laberinto de la alta política. Un minotauro envuelto en el juego de espejos de los intereses y pasiones humanas, en el perpetuo escenario ritual de depredadores y víctimas. La eterna rueda de la vida.
Nací en Bargas de Toledo, en el seno de una familia pudiente, y mi padre ostentó ejecutoria de hidalguía y fue familiar del Santo Oficio y fiscal de la audiencia sevillana, amén de comendador de Castilla y caballero de Santiago. Estos antecedentes familiares me permitieron ascender muy rápido en la Corte, aunque, como ya he dicho, el rey toleraba mi cercanía con cierta prevención.
Atisbando ahora entre la maleza secreta de los hechos consumados y los avisos recibidos, resulta evidente que 1643 resultó un mal año para las armas hispanas.
Como si el vendaval de las desgracias se hubiera desencadenado en todas partes al mismo tiempo.
Los catalanes descontentos se habían alzado en rebelión y el clérigo Pau Claris, aliado con Francia, tenía proclamada la República. Cataluña era un Estado de juguete en manos francesas, con el rey Luis XIII nombrado conde de Barcelona.
Perdido el Rosellón, el ejército francés se paseaba por territorio catalán, una cuña envenenada introducida por Richelieu que estaba a punto de romper a la Monarquía Hispana.
Los espías del cardenal estaban por todas partes.
Richelieu tenía como únicas pasiones el poder y la grandeza de Francia, algo que solo pudo conseguir a costa de destruir a la Casa de Austria.
España y el Sacro Imperio Romano Germánico. Viena y Madrid. Un tándem que se resquebrajaba.
Don Felipe IV, el Rey Planetario que sus cortesanos adulones situaban por encima de las nubes, no sabía ya dónde mirar, pues por todas partes le venían desgracias.
Quizá Dios había perdido la confianza en España, pensé a veces, aunque decir tal cosa en público sería blasfemo.
Mejor imaginar que los pecados de los españoles habían irritado a Dios, y por eso nos castigaba con continuos reveses y hechos de armas adversos.
Para empeorar las cosas, el conde-duque de Olivares, valido omnipotente, había caído, y ya no era más que un hombre enfermo en el destierro, rumiando su desdicha y con los días contados.
Eso debía de ser la voluntad de Dios, como el propio rey decía y me comentó alguna vez.
Por fortuna, y aunque Olivares dijese que en España no había cabezas, no faltaba quien creía que aún quedaban algunas valiosas, como la de Melo. Esa era la opinión del rey, que solía elegir tarde y mal a los hombres necesarios en los momentos críticos.
Memorizo y repaso la relación, cuya copia conservo.
En el Consejo de Guerra estaban de acuerdo en invadir Francia desde Flandes para equilibrar la guerra que los catalanes alzados y las tropas francesas llevaban a cabo en Cataluña, cuando Richelieu hacía poco que había muerto, podrido por dentro, y que el diablo lo tenga en el infierno.
Gobernador interino de los Países Bajos, Melo tenía fachenda de triunfador, pero era una mera fachada.
A pesar de que había ganado una batalla en Honnecourt y algunas escaramuzas, en el fondo no tenía madera de soldado.
Solo era un jefe militar mediocre e indeciso con algo de fortuna hasta entonces. Sus méritos se habían forjado más bien por el papeleo y la diplomacia. Algo de poesía le distraía en el lecho de su amante Catalina, una rubia tetona que le turbaba el sueño, aunque también tenía habilidad para manejar dineros.
Los dineros que España continuamente envía a Flandes.
En Amberes, Melo había negociado recientemente con banqueros judíos portugueses un crédito de trescientos mil escudos que, sumado a los impuestos recolectados en las provincias flamencas leales a España, parecían suficientes para lanzar la ofensiva prevista en el norte de Francia, con París como meta.
«Los franceses se van a enterar», se jactaba Melo, a quien de repente parecían habérsele subido los humos del dios Marte a la cabeza.
Al duque de Alburquerque, un joven sin demasiada experiencia militar, lo nombró nada menos que general de la caballería de Flandes, por delante de jefes tan experimentados como el conde de Bucquoy o Andrea Cantelmo; y las malas lenguas dijeron que con eso trataba de hacer yerno suyo a Alburquerque, grande de España.
Y a su hermano Álvaro de Melo lo designó general de artillería de todo el ejército de Flandes, lo que tampoco cayó bien en los altos mandos más veteranos.
Olivares no iba muy descaminado: faltaban cabezas, pero ¿dónde estaban?
Con todo, el ejército de Flandes seguía siendo una fuerza magnífica, y en esa campaña de Rocroi parecía tener las espaldas cubiertas, porque los holandeses no andaban boyantes de dinero y habían reducido tropas.
Melo contaba con unos dieciséis mil infantes, ocho mil jinetes y diecinueve cañones, y a mediados de abril las tropas solo habían cobrado una paga ese año, lo que dejó mohínos a muchos soldados. Pero la maquinaria de guerra en marcha seguía su propio curso imparable, como si fuera un ente con voluntad propia, un monstruo agitado por impulsos impredecibles.
En un mensaje que me llegó cifrado en Madrid, Melo había decidido enviar la caballería del conde de Isenburg y un tercio de infantería a la plaza fortificada de Rocroi, casi pegada a la frontera belga, entre Marienburg y Philippeville, lugares que costaba identificar en los mapas, y emprender así el cerco de la pequeña ciudad sitiada.
Pensando en ajustar la inestable balanza de la situación en Cataluña, el tumor que envenena al resto de España, Melo estaba empeñado en una campaña ofensiva. Disponía de tropas y pagamentos, y le anunciaron que el joven Luis de Borbón, duque de Enghien y hoy príncipe Condé, era el elegido para mandar el ejército francés de Champagne.
El portugués debió de pensar que era pan comido. Enghien no tenía experiencia militar y su capacidad de mando estaba mermada por las pugnas internas de las camarillas en París.
Solo era un joven aristócrata ambicioso, murmuraban los cortesanos franceses.
Además, las inteligencias de Flandes me habían informado de que el cardenal Mazarino, sustituto de Richelieu en el gobierno de Francia, había dado orden expresa a Luis de Borbón de no arriesgar batalla, y para asegurar el cumplimiento puso a su lado de consejero al prudente y veterano mariscal L’Hôpital, una vieja gloria del ejército francés, cuyas dotes militares no parecían rayar a gran altura.
Mejor, pensaron en Madrid. Los más aduladores en Bruselas comentaron a Melo medio en broma que la campaña en el norte de Francia sería un paseo, y cuando informé de que el ejército de Flandes estaba en Rocroi, el rey asintió con gesto distraído, como si se tratara de algo baladí.
La altivez y vanidad hispanas unidas no tienen límite. De la soberbia arrogante pasamos a la postración con suma facilidad. Siempre de un extremo a otro, cambiamos en un instante de la euforia al desastre, lo que interpreto como síntoma de fragilidad, pues nos hace mudables como veletas.
A comienzos de abril, Melo ordenó a sus tropas abandonar los cuarteles de invierno y concentrarse en cinco plazas de armas. Tomaba forma así el mecanismo que debía dejar a punto el ejército de Flandes, con los tercios listos para resolver la campaña, suponiendo que los franceses quisieran dar batalla, como el duque de Enghien deseaba.
Un joven que aunaba el ardor impetuoso de su mocedad con la audacia, dos ingredientes imprevisibles que me hicieron desconfiar.
Como un barco a toda vela con el viento a favor, Melo tenía los puntos de reunión situados en el mapa que sus oficiales le habían marcado.
Primero, entre Douai y Béthune, en la provincia francesa de Artois, en un lugar llamado Fetuberghe, que no consigo localizar, con el flamante duque de Alburquerque al mando de la caballería de Flandes.
Segundo, en Quiévrain, un pueblo entre Mons y Valenciennes, bajo jefatura del conde de Bucquoy, un veterano duro de Flandes que se consideró postergado por el nombramiento de Alburquerque, y protestó por ello a Melo. Este no hizo caso y Bucquoy se retiró de la batalla, aunque mantuvo a su gente en liza.
Tercero, en las cercanías de Namur, entre los ríos Sambre y Mosa, donde estaba acuartelada la temible caballería de Alsacia del conde Isenburg, maestre de campo general.
Cuarto, en Luxemburgo, con el barón Jean de Beck protegiendo esa provincia y el Franco-Condado que aún resiste a la ocupación francesa.
Quinto, en las proximidades de Lens, con la caballería pesada de las bandas de ordenanza del príncipe Ligne.
Melo parecía mostrarse previsor, y en eso hizo bien, aunque luego ya no supo manejar las piezas necesarias. En las semanas finales de invierno se reunió en Bruselas con los gobernadores de las principales plazas de la frontera de Flandes. Quiso conocer de primera mano el estado y las necesidades de cada una. Atendió algunas quejas y descartó otras; y para completar la inspección salió un mes antes de Bruselas para supervisar Brujas, Ostende, Neuport y Dunkerque, las plazas costeras de Flandes amenazadas por la flota holandesa.
En Lille, donde terminó su recorrido, Melo se quejaba de que llovía sin parar torrencialmente. El frío le calaba los huesos cuando entró en la ciudad, y sus servidores tuvieron que apresurarse a calentarle la estancia con leña. Gruñía entumecido, me escribió, cuando le anunciaron que el marqués de Velada, don Antonio Sancho Dávila Toledo, le esperaba en la antecámara para audiencia.
Velada tenía palacio en Toledo y había ocupado por entonces cargos que consideraba de bajo relieve para su alcurnia. Eso fue hasta que se distinguió en Flandes con el cardenal Infante don Fernando, el vencedor en la batalla de Nordlingen, y tras morir este Melo lo ascendió a segundo gobernador general en los Países Bajos, un ascenso que le sirvió para ser nombrado gobernador y capitán general de Milán en 1643. En Bruselas había previsto preparar el viaje a su nuevo destino en cuanto tuviera la noticia de que Rocroi había caído.
Pero yo seguía sin fiarme.
Su Majestad la muerte
La nueva me llegó con los mensajeros, reventando caballos por la posta confidencial desde Madrid. Luis XIII de Francia acababa de morir.
Don Felipe me rumoreó en un aparte que había fallecido el mismo día que su padre cumplía treinta y tres años, antes de pedir en el último suspiro que lo enterraran sin boato para ahorrar dinero. Las arcas de la Casa Real francesa estaban vacías con tanta guerra, casi siempre contra nuestros ejércitos, una contienda prolongada en la que no se veía ganador claro.
El rey se movía a paso lánguido por la estancia y me convocó en privado en cuanto le dieron la noticia. A bocajarro preguntó:
—¿Cómo era mi cuñado el rey?
Yo ejercía entonces de espía mayor del reino, y todos me consideraban tal, aunque don Felipe nunca me otorgó oficialmente el nombramiento, como sí había hecho con sus antecesores.
Medité la respuesta unos instantes.
—Cómo deciros, Majestad... Hablamos de una persona débil y depresiva, de mala salud pertinaz, cuya conducta sexual desviada parecía notoria... Ya me entendéis
—Pues dicen que en la guerra no lo hacía mal.
—Tenéis razón, Majestad. Su entretenimiento mayor era la caza, sin desdeñar caballos y armas. El rey Luis se mostraba capaz de encabezar ejércitos y escoger a hombres de talento como consejeros... Ese diablo de Richelieu, por ejemplo, aunque por suerte para España también a él le llegó su fin.
—Por lo que respecta a nosotros —dijo don Felipe—, sin ese batallar continuo seguro que a Luis le hubieran quedado dineros para un funeral faraónico.
Mientras el rey divagaba sobre la titulación de Cristianísimo que corresponde al rey de Francia, inferior en todo caso a la de Rey Católico de España en cuestión de preeminencia, pensé que no era de extrañar que Luis XIII se torciera como hombre.
Asesinaron a su padre, Enrique IV de Borbón, cuando solo tenía nueve años, y su madre María de Médicis le quería poco y se desentendía de él, ocupada en asuntos amorosos y políticos.
Cuando lo proclamaron mayor de edad, en 1614, ella les fue diciendo a todos que era demasiado débil de cuerpo y ánimo para encarar los deberes que le imponía el trono de Francia.
Lo postergó en un rincón como si fuera un inútil y dio manga ancha a los favoritos de la malévola madre.
Su hijo predilecto siempre fue Gastón, el pequeño, a quien nombró duque de Anjou. María de Médicis solo veía en Luis un error de la naturaleza, un niño triste y taciturno, encerrado en sí mismo, traumatizado por el atentado que mató a su padre.
Cambiando de tema, don Felipe me pidió detalles sobre la muerte del rey francés y si murió en la paz de Dios.
—Su agonía fue terrible, Majestad —le dije—, pero aún ignoramos las causas de su enfermedad y los detalles de sus últimos momentos. No tardaré en poder informaros sobre esto. Puedo deciros que llevaba dos meses enfermo, a base de enemas múltiples y sangrías que le aplicaron hasta el final, cuando todo su cuerpo hedía.
—Cuentan de él que era muy sucio. Me lo dijo mi hermana, la reina Ana, en una carta.
—Así lo tengo comprobado, Majestad. Dicen que un cortesano se atrevió a coger un insecto que el rey tenía pegado en el cogote. Luis le preguntó qué era y el cortesano, tembloroso de miedo, respondió que era un piojo. «Eso es señal de que soy un hombre», contestó el rey, dando a entender así la abundancia de parásitos en su propia corte.
—El gran problema de Luis —comentó don Felipe, bajando la voz— ha sido la falta de heredero varón, algo que ahora Ana ha solventado. Eso nos da un respiro a Francia y a España.
—Sí, pero no sabemos por cuánto tiempo —añadí—. Demasiados pretendientes al trono para un príncipe todavía sin madurar.
—¿Dónde lo enterrarán?
—Ha pedido que su cuerpo sea llevado a la basílica de Saint-Denis, sin excesivo ceremonial, para ahorrar los suntuosos gastos de la ceremonia funeraria, como ya os he dicho. La Corona de Francia está sin blanca.
Esbocé una sonrisa que no fue compartida por don Felipe.
—¿Qué ha pasado con Ana? —dijo el rey, con una nostalgia que parecía sincera—. Ya no me escribe apenas, como si España le resultase ajena.
—Quizá no sea eso —medité—, pero sí es cierto que parece vivir solo para su hijo y que París está lejos de Madrid.
—Ya veo.
—Lo que más le importa es el niño y futuro rey Luis XIV. Después de tanto tiempo sin sucesión, lo sacrificaría todo por él. Ana lo ha pasado muy mal, pues desde la misma noche de bodas fallida, su marido dejó de interesarse por ella y no tenían contacto carnal. Además, Richelieu hizo todo lo posible para que el matrimonio fracasara, porque no se fiaba de una reina española. Seguía considerándola una espía de España.
—Imagino las humillaciones que eso le costó.
—Exacto, y hace solo cuatro años que parió a su hijo, cuando Luis XIII llevaba ya veintidós años casado. Pobre Ana —se lamentó el rey—. Siempre ha sido bella y orgullosa, y la recuerdo con mucho placer de niña. Era graciosa y avispada, y le gustaba jugar y saltar al aire libre, riendo a todas horas... Aunque también era muy piadosa. Espero que el tiempo no la haya cambiado en esto.
—La afición sexual del rey por la reina no era su fuerte, desde luego. No había caricias ni sonrisas entre ellos, y solo la visitaba en presencia de lacayos y cortesanos. Él se sentía más atraído por los hombres apuestos, como sabéis.
—Yo mismo le expresé mi desacuerdo por su conducta con Ana. Le escribí varias cartas a mi cuñado que no sirvieron de mucho.
Ya a punto de despedirse, el rey me preguntó de sopetón.
—¿Qué opináis de Melo?
Esta vez no me mordí la lengua con la respuesta.
—No sé si debo...
—La verdad. Os pido sinceridad.
—Melo busca con afán la gloria, pero es consciente de lo mucho que le falta para merecerla.
—Duras palabras —comentó el rey—. Ojalá no se cumpla lo que pensáis. Ahora ya no hay remedio.
—Las apuestas de esta guerra están sobre la mesa, Majestad. Todavía no se ha perdido nada.
—Ánimo, pues. Una vez más saldremos vencedores, con la ayuda de Dios —se ufanó el monarca.
—Que así sea, Majestad.
«Pero ¿y si Dios no ayuda?», medité para mis adentros, ya fuera de la real cámara.
Malos presagios
Cuando el rey miraba a su alrededor solo veía estragos y ruinas. Fui testigo de su angustia.
La de España y la de su propia vida.
El tiempo de las victorias parecía haber pasado, y él percibió la vejez y la soledad como las últimas compañías fieles que permitieron descansar a su atribulada mente.
En los últimos años, por todas partes percibía desolación y señales extrañas.
Como si el mundo se hubiera vuelto al revés y la mano de Dios se hubiera desvanecido en el aire.
«La muerte y las cosas ya no son lo que eran, como un desorden universal y extraño a toda lógica», pensaba yo.
Un monstruo había sido hallado en los montes de Cerdeña. Tenía pies de cabra, brazos de mono y rostro humano, y varias cabezas y caras. De cintura para abajo era cabrón; comía por una boca y aullaba por todas. Desde Madrid dieron orden de traerlo, pero el extraño ser desapareció en el mar cuando lo embarcaron.
«Dicen que a un músico capón de la Corte le han retornado los genitales, y está tan gozoso que los enseña a todos, y los capones están con mucha esperanza de verse hombres hechos y derechos, y a todas horas se va mirando el despojo de los testículos sin perder la fe en el milagro», comentó el monarca escandalizado.
Es cosa cierta, decía en sus avisos el cronista Jerónimo de Barrionuevo.
«En Alcalá de Henares, un labriego, casado con mujer moza y de buena cara, se enamoró hace poco de la borriquilla que le llevaba al campo, y lo quemaron sin que diera muestras de arrepentirse.»
«A un alcalde de corte endemoniado le han sacado del cuerpo catorce legiones de demonios, arrojándolos por la boca con señales extraordinarias. El general satánico que los mandaba se llamaba Asroel, y cada legión tenía su capitán con 6.666 soldados, con su bagaje, artillería y tren, que estaban muy holgados y a su placer.»
«Por todas partes hay guerras, portentos y espantos, y en Sanlúcar los vecinos han visto desde la orilla del mar combatir furiosamente dos ejércitos sobre las aguas en el aire, con estruendo de pólvora, trompetas y voces.»
En los últimos años antes de su muerte, al rey lo vi paralítico del brazo derecho cuando se cayó del caballo al intentar cazar un lobo en el bosque de El Escorial. Desde entonces hablaba con dificultad y le aplicaban enemas casi a diario.
Aunque lo peor fue lo de Portugal. Las malas nuevas que de allí le llegaban le hicieron desplomarse en varias ocasiones como si le hubiera alcanzado un rayo, al conocer la progresión del desastre.
Una vez, cuando le vieron vagar desencajado por una galería del monasterio, dijo estar con tanto disgusto que deseaba morirse.
«¿Quién ha de vivir con lo que cada día me sucede, ni quién dispone los asuntos tan mal para que todo yerre? Soy un fantasma envuelto en tribulaciones que ha reinado cuarenta y cuatro años y no recuerda ni el nombre de su hijo», gemía.
Eso lo dijo antes de morir de disentería —dejaron escrito los cronistas—, o de lo que fuese, un 17 de septiembre de 1665, a los sesenta años de edad, y sus últimas palabras fueron para desear haber sido más venturoso de lo que fue.
Un Rey Planetario sin planeta.
Y casi sin España.
Ha entregado a Francia el Rosellón y la Cerdaña, casi todo el Artois, Gravelinas, Bourbourg, Saint-Venant; las plazas de Thionville, Montmédy, Damvillers , Ivoy, Mariembourg, Philippeville, Rocroi, Avesnes, Châtelet y Limpchamp, en Luxemburgo; y Dunkerque y la isla de Jamaica a Inglaterra.
Tres ejércitos envió a Portugal: desde Castilla, desde Galicia y el mandado por Juan José de Austria.
Los tres fueron derrotados, y el ejército de Castilla, que mandaba el duque de Osuna, desertó frente a Castel Rodrigo.
Así que el Rey Planetario, por una vez, tenía razón.
¿Quién ha de vivir con lo que cada día nos sucede?
¿Por qué yerra todo?
Sor María de Jesús, la santa de Ágreda, era la única que podría haberle consolado. Pero ella también se fue.
Hasta su hija, la primogénita María Teresa, única superviviente de los hijos habidos con Isabel de Borbón, había sido entregada en matrimonio político a Luis XIV.
El nuevo dueño de Europa.
«¿Y qué decir de la falta de cabezas?», se quejaba el rey.
Olivares tenía razón.
Sin mandos, generales o estadistas.
Sin grandes hombres capaces de gobernar o dirigir ejércitos que nos hicieron potencia principal del mundo.
Y para colmo, la guerra de separación de Cataluña.
El tumor que nos ha devorado dentro y fuera, sin clase dirigente que modere el desastre.
Con los nobles y estamentos en continuas riñas.
Enfrentadas las clases nobiliarias, como perros que comen perros entre ellos.
«Si la muerte, al fin, lo gobierna todo, nuestra penuria en cerebros es tierra baldía infinita», pensaba en voz alta el encorvado rey.
¿Dónde quedaron los Fernández de Córdoba, Leiva, Santacruz, Alba, Oñate, Farnesio y Spínola?
Ninguno de ellos vivía ya cuando fuimos derrotados en Montjuic, las Dunas o Rocroi, engullidos por el torbellino de nuestro decaer.
El tronco envejecido de una estirpe abúlica y anoréxica.
Antonio Carnero, el fiel secretario de Olivares, tenía advertido lo que él llamaba la «esterilidad de sujetos»; apenas quedan cardenales de fuste o embajadores.
Pocas cabezas, y esas pocas no eran las que exigía la necesidad.
Varios años ha, con Olivares todavía al timón de la nave, el valido reunió en la Corte a los jefes militares más destacados del Reino.
El mismo rey hizo de anfitrión y allí estuvieron todos los ilustres: los marqueses de Balbases, de Toralto, Jerónimo del Río, Juan de Garay, y otros que ahora no recuerdo.
Yo, que también estaba presente, se lo hice notar: «Señor, si una granada estallara ahora en medio del banquete nos quedamos sin mandos capaces de organizar un ejército».
Y así nos va.
Viendo pasar la vida como un arroyo perdido entre juncos, en la ribera cenagosa de una charca estéril.
Padeciendo la fricción eterna de gastar mucho más de lo que tenemos.
Intentando sujetarnos en esta cuesta abajo que parece no tener final.
Cartas fantasmales
La muerte de sor María de Jesús puso término a las cartas que el rey y ella se enviaban. Yo las tuve casi todas en
