Índice
Amor, pobreza y guerra
Introducción
I. Amor
Las medallas de sus derrotas
Un hombre de contradicciones permanentes
El viejo
Huxley y Un mundo feliz
Greeneland
¡Noticia bomba!
Un hombre de sentimientos
La desgracia de la poesía
Joyce en Bloom
El inmortal
Americana
Sucedió en Sunset
La balada de la Ruta 66
Las aventuras de Augie March
Fantasmas rebeldes
¿El poeta de América? El logro de Bob Dylan
Luché contra la ley en la Nueva York de Bloomberg
Por sueños patriotas
II. Pobreza
Martha, S. A.
Escenas de una ejecución
En la enfermedad y con sigilo
El extraño caso de David Irving
Por qué los estadounidenses no estudian historia
Cien años de Muggeridge
Las mentiras de Michael Moore
Virginidad recobrada
El divino
El diablo y la madre Teresa
Bienaventurados los creadores de frases
Poder judío, peligro judío
El futuro de una ilusión
El Evangelio según Mel
III. Guerra
Antes de septiembre
La lucha de los kurdos
Trueno en las montañas negras
Visita a un pequeño planeta
La Habana puede esperar
Los debates Clinton-Douglas
Después de septiembre
Todavía estamos en pie
La mañana después
Contra la racionalización
Sobre el pecado, la izquierda y el fascismo islámico
Una respuesta a Noam Chomsky
Culpando primero a Bin Laden
Los fines de la guerra
Pakistán: en la frontera del Apocalipsis
El largo adiós de Sadam
Una experiencia liberadora
Notas
Biografía
Créditos
A Martin Amis
Introducción
Un antiguo proverbio dice que la vida de un hombre está incompleta a menos que, o hasta que, haya probado el amor, la pobreza y la guerra. O. Henry, en cuya epónima pero seudónima taberna en Irving Place malgasté tan agradablemente algunas de mis primeras veladas en Nueva York, escribió un relato titulado «The Complete Life of John Hopkins», donde un ciudadano sin malicia consigue experimentar la trinidad completa de esos fenómenos al salir de su pequeño apartamento en la ciudad en busca de un cigarro de cinco centavos. La considerada opinión de O. Henry era: «Parece que el sabio poder ejecutivo que gobierna la vida del hombre ha pensado que es mejor instruir al hombre en esas tres condiciones, y nadie puede escapar a las tres». No creo lo más mínimo en ningún poder ejecutivo, por no hablar de uno que sea sabio (no creo en Ella, en otras palabras), pero sería ocioso negar un elemento de perspicacia en la observación.
La mayoría de la gente reflexiva o sensible diría, presumiblemente, que tenemos demasiado poco de la primera de esas «condiciones», y un exceso de la segunda y la tercera. Tanto George Orwell como Joseph Heller manifestaron un fuerte desacuerdo, argumentando con vehemencia que el dinero es mucho más importante que el amor. (E incluso que es más importante que la salud, que —como nos recordó Heller en Algo ha pasado— «no compra dinero».) Puede que esto fuera una reacción excesiva ante la pobreza, que a menudo las mentes proclives a la espiritualidad elogian falsamente como algo ennoblecedor, pero a la que ahora se atribuye ampliamente el efecto contrario.
La guerra también ha tenido mala prensa en general, pero parece capaz de conseguir brillantes evaluaciones retrospectivas: la visión retrospectiva es precisamente el apartado en el que el amor más te decepciona. Podría expresarse así, y siento sinceramente que el discurso sea aquí demasiado masculino, pero no puedo evitarlo: los hombres desearían haber sido guerreros, o están orgullosos de haberlo sido. Desearían estar enamorados ahora. Y les gusta ver la pobreza como algo que superaron, o al menos podrían haber superado. El luchador a tiempo completo es una rareza (al igual que el amante a tiempo completo). Pero el hombre que hace hincapié en sus primeros combates con la carencia y la escasez se encuentra prácticamente en todas partes, y continuará contando esas batallitas hasta el fin de los tiempos.
Para presentar mi caso en pocas palabras: vengo de una larga tradición de marinos y militares por parte de mi padre, y me educaron en bases, escuchando historias de estoicismo e incluso coraje. Durante la larga paz que siguió al boom de mi infancia estaba muy contento de ser el primer Hitchens en unas cuantas generaciones que no tenía que considerar siquiera la posibilidad de llevar un uniforme. Mi tío abuelo Harry, cuyo barco se hundió en el mar helado en la batalla de Jutlandia en 1915, no solo se salvó a sí mismo, sino también al camarero del comedor. Las facturas del bar se perdieron para siempre. Recuerdo que me halagaba cuando me decían que me parecía a su retrato al óleo, pero no quería ir más allá. También recuerdo mi completo asombro, hace unos años, cuando mi padre dio el extremadamente infrecuente paso de llamarme para felicitarme por un artículo que había escrito. Era sobre la guerra civil en Beirut. «Me pareció que fuiste bastante valiente al ir», dijo antes de colgar, como si se lo hubiera pensado mejor. Desde entonces he sido testigo de la guerra varias veces, pero nunca sin haber preparado una conveniente vía de escape. El crucero ligeramente armado de mi padre, el Jamaica de Su Majestad, dio el golpe de gracia a un serio acorazado nazi llamado Scharnhorst en diciembre de 1943, un día de trabajo mucho mejor y más arriesgado del que yo he hecho o haré nunca. Experimento el mismo sentimiento encontrado de reverencia y vergüenza cuando viajo brevemente con corresponsales y fotógrafos —John Burns, Ed Vulliamy, James Nachtwey, Sebastião Salgado, Isabel Hilton—, que de manera coherente y modesta se exponen al peso y el calor del día.
En lo que respecta al amor, más me vale ser breve y decir que cuando leí lo que escribió Bertrand Russell sobre este asunto en mi adolescencia, y comprendí que decía con perfecta gravedad que un momento de esa emoción valía por todo el resto de la vida, esperé devotamente que eso fuera cierto en mi caso. Y así se ha demostrado, por lo que puedo considerar la muerte, que de otra manera me incomoda bastante, ridícula e impotente.
La pobreza es relativa y absoluta al mismo tiempo, como demostraría mi propio caso. A mis padres les perseguía la escasez de dinero, no su ausencia; crecí sabiendo que el desperdicio era imperdonable, la extravagancia impensable y la educación —a través de la gratificación diferida— probablemente la solución. (No era una mala manera de orientarse, aunque tampoco resultaba muy divertida.) He estado muchas veces arruinado, pero nunca desesperado. Ahora, mediada la quinta década de mi vida, al menos gano más de lo que necesito para mis gastos inmediatos, y lo hago hablando y escribiendo, que son las únicas cosas que siempre he podido o deseado hacer. Vivo en un apartamento muy agradable en el centro de la capital de Estados Unidos. Mis tres hijos son guapos, inteligentes y tienen sentido del humor. (No diré nada sobre sus madres excepto esto: haber sido afortunado con las mujeres es haber sido afortunado tout court.) Tengo los suegros ideales. Mi apariencia y mi físico podrían beneficiarse de mucho trabajo, o incluso de un poco, pero nunca he tenido una enfermedad o herida grave, y estoy bien asegurado por si eso ocurriera. Si quiero expresar mis opiniones en público, tengo más de una buena oportunidad de hacerlo. He viajado por varias decenas de países. Tengo un pasaporte de la Unión Europea, que me da derecho a trabajo y residencia en dos decenas de naciones democráticas y desarrolladas, y puedo esperar convertirme en ciudadano estadounidense.* Si cualquier lector los revisa, estos elementos deben situarme en el 1 por ciento más afortunado de todos los vivos, por no mencionar a los que han pasado a unirse a la gran mayoría en la que mi otra versión del materialismo cree. En otras palabras, nadie tendría paciencia con mis quejas.
Y, sin embargo, me despierto cada día con una penetrante sensación de repugnancia e irritación. Probablemente debería llevar algún tipo de termómetro o instrumento para comprobar que no me convierto en un cascarrabias prematuro. ¿Siempre ha sido así?, me pregunto. ¿La política siempre ha parecido una subasta sórdida entre populistas banales, y una visita al cine o al teatro siempre me ha recompensado con una sensación de insulto? ¿La industria editorial siempre ha sido un chanchullo entre los meretricios? Al hojear libros anteriores, me alivia descubrir que era por lo menos igual de cascarrabias cuando era más joven. Puesto que he visto más mañanas y tardes de las que veré en el futuro, puede que el concepto de Erich Fromm de «la lucha contra la falta de sentido» sea más evocador de lo que fue en el pasado. Pero los enemigos todavía tienen el mismo aspecto; especialmente, el más tóxico de los adversarios, la religión: la forma más vil y despreciable de las que han asumido el egoísmo y la estupidez humana. El odio y frío constante hacia ella, sobre todo hacia la repugnante versión que es la yihad, me ha sustentado tanto como cualquier amor. Merece su propia sección de «Pobreza», no solo por la parasitaria relación que guarda con la enfermedad, la ignorancia y la indigencia, sino también en el sentido que apuntaba Marx cuando hablaba de la «miseria» de alguna filosofía.
Hace algunos años, después de publicar una serie de breves ataques a figuras tan despreciables como Bill Clinton, Henry Kissinger y la «madre» Teresa, llegó un momento en el que amables ancianas me preguntaban preocupadas en las librerías si no había nadie o nada que me gustara. Por supuesto, sentía haber causado esa sensación. No me he propuesto exactamente corregirla, pero espero que lo que he escrito sobre algunos autores muestre que creo que hay un patrón oro, y que la literatura lo establece y lo mantiene. Tras el final de la guerra fría y otras guerras había empezado a decidir retirarme de «la política» y pasar más tiempo con el tipo de palabras que conservan su valor. Borges, Joyce, Bellow —si me preguntan por qué no está Nabokov, la respuesta es sencilla: porque no estoy listo—. Ese es un amor que madura en la barrica, si quieren, y que coge solera con el tiempo. Al igual que sucede con otros amores, es difícil expresarlo en palabras, pero me ha parecido que el esfuerzo valía la pena, y sería feliz si consiguiera, aunque fuera un poco, que los demás disfruten con lo que yo disfruto.
Luego está esa pregunta bastante incómoda: ¿se puede amar a un país? En la Inglaterra de mi juventud, esto habría aparecido bajo la etiqueta de lo superfluo: no se necesita afirmar algunas cosas públicamente y hay algo sospechoso en quienes se muestran demasiado vehementes sobre el asunto. Pero iré más lejos. Estados Unidos se ha mostrado muy amable y hospitalario con este inmigrante, y afirmaría tranquilamente que, si las cosas se volvieran tan desesperadas como para que a alguien le importara, mi país de adopción tiene en mí un defensor. Esta lealtad necesariamente amplia y vaga llegó a su punto álgido en el otoño de 2001, cuando mi ciudad favorita de todo el mundo —y una ciudad favorita del mundo— sufrió el ataque repugnante, como Washington, la ciudad donde vivo, de unos nihilistas bárbaros. De golpe me di cuenta, con una fuerza de alguna manera mayor, de lo que siempre había sabido y a menudo dicho vagamente: no hay refugio del compromiso político, y si intentas ocultarte de la vida pública, sin duda vendrá e invadirá tu preciosa esfera privada. He sido difamado aquí y allá por lo que escribí en aquel momento, y por tanto me he preocupado de volver a imprimirlo, en los términos crudos en que apareció por primera vez, para mostrar cómo mis sentimientos se convirtieron gradualmente en ideas. Aquel fue un día condensado de amor, pobreza y guerra, sin duda. La solidaridad fraternal ayudó a superar el daño y la pérdida, pero también recibimos un auténtico destello de los horrores de la paz, y de la fatuidad que es dejar que solo uno de los lados sea resuelto y organizado, y, peor todavía, esté seguro de sí mismo. Son la civilización, el pluralismo y el laicismo los que necesitan luchadores implacables que no pidan disculpas.
Debo agradecerles a mis estudiantes licenciados de la Universidad de California en Berkeley y de la Nueva Escuela —como la sigo llamando— de Nueva York que me hayan rescatado de mi naturaleza cascarrabias. Puede que hayan pasado por un sistema educativo intelectualmente empobrecido que había sido diseñado para aburrirles hasta la muerte con paparruchas de segunda clase y pseudooptimistas, pero en apariencia han conseguido conservar su ingenio, curiosidad y una mente crítica. Después, en la industria del libro y el periodismo, parece que siempre hay editores que viven para refutar la profecía según la cual todo está destinado a disolverse en la mediocridad. He tenido suerte más allá de mis merecimientos con Carl Bromley de Nation Books, que llevó diestramente su lancha hasta el puerto. Graydon Carter, Aimee Bell y David Friend de Vanity Fair. Ben Schwarz del Atlantic Monthly, Victor Navasky y Katrina vanden Heuvel de The Nation, Lewis Lapham de Harper’s Magazine, Jacob Weisberg de Slate, Jody Bottum del Weekly Standard, Pete Stothard de The Times Literary Supplement, James Miller de Daedalus y Simon Winder y Michael Millman en Penguin Books son el tipo de editores que espero que mis estudiantes tengan la suerte de encontrar. Reservo una última mención para mi amigo y editor del Atlantic Monthly, Michael Kelly, que, en abril de 2003, cuando yo merodeaba en la retaguardia en la frontera entre Irak y Kuwait, demostró su entrega al oficio y su vocación, y perdió la vida en los alrededores del Aeropuerto Internacional Sadam Husein, un lugar que merecía otro nombre desde hacía mucho tiempo.
CHRISTOPHER HITCHENS
Washington, D. C.,
septiembre de 2004
I. AMOR
Las medallas de sus derrotas
En la primavera y el comienzo del verano fatídico de 1940, el pueblo de Gran Bretaña se reunía alrededor de sus aparatos de radio para escuchar la oratoria desafiante y animosa de su nuevo primer ministro, Winston Churchill. El 13 de mayo, cuando acababa de asumir el peso del puesto de manos de un débil y cobarde Neville Chamberlain, Churchill prometió un régimen de «sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor». El 4 de junio, tras la evacuación del ejército británico derrotado en Dunkerque, alegó: «Lucharemos en las playas». El 18 de junio proclamó que, aunque el Imperio británico durase mil años, esa se recordaría como «su mejor hora». A lo largo de los meses siguientes solo Gran Bretaña desafió el ansia de conquista de Hitler y, pese a su enorme inferioridad numérica en el aire, repelió el asalto de la Luftwaffe con un puñado de pilotos galantes y luchadores. Este compromiso caballeresco —«la batalla de Gran Bretaña»— desbarató los planes nazis de una invasión de la fortaleza isleña y fue por tanto un acontecimiento clave en el gran conflicto global que ahora llamamos Segunda Guerra Mundial.
El párrafo anterior podría aparecer sin mucha discusión en casi cualquier revista o periódico inglés o estadounidense, y se han publicado versiones en las críticas de Churchill, del político liberal británico lord Jenkins de Hillhead. Sin embargo, uno podría llamar la atención sobre algunos ajustes posteriores a esta imagen familiar.
• Las tres emisiones cruciales no fueron de Churchill, sino de un actor contratado para hacerse pasar por él. Norman Shelley, que interpretaba a Winnie-the-Pooh en Children’s Hour para la BBC, fue el ventrílocuo de Churchill para la historia y engañó a millones de oyentes. Quizá Churchill estaba demasiado incapacitado por la bebida como para pronunciar los discursos.
• Gran Bretaña estuvo sola si se omite el apoyo militar y económico de Canadá, Australia, Sudáfrica, la India y el resto de un imperio gigantesco. Además, en fechas tan tardías como octubre de 1940, los griegos seguían resistiendo en Europa y le habían infligido una grave derrota militar a Mussolini. Por otra parte, la actitud de Estados Unidos, aunque aparentemente neutral, no fue nunca neutralista entre una victoria británica frente a una alemana.
• La Fuerza Aérea Real (RAF) nunca fue muy inferior en hombres o aparatos a la Luftwaffe de Hermann Göring, y en ocasiones tuvo más armas. Los pilotos británicos volaban la mayor parte del tiempo sobre territorio conocido y, a diferencia de sus adversarios alemanes, podían volver directos al trabajo si se tiraban en paracaídas. La RAF tenía la ventaja del radar y la ventaja todavía mayor de una clave para descifrar los códigos nazis. La Marina Real británica era desde todos los puntos de vista superior a la Kriegsmarine, y los navíos alemanes nunca abandonaban el puerto sin exponerse a riesgos extremos.
• El Alto Mando Alemán nunca llegó más allá de la etapa del dibujo en la pizarra en sus planes para invadir Gran Bretaña, y el propio Führer fue la fuente de muchos aplazamientos y el abandono final de la idea.
Una lectura atenta a la crecientemente voluminosa literatura revisionista revela muchos ejemplos adicionales que uno piensa que no pueden ser verdad, o no pueden ser verdad si el relato casi oficial o establecido ha de seguir reinando. ¿Contra qué nación se dirigió el primer ataque naval británico? (Contra una flota francesa no movilizada, amarrada en un puerto del Mediterráneo, causando la pérdida de cientos de vidas francesas.) ¿Qué fuerza aérea posterior a 1940 fue la primera en bombardear a civiles, y en qué capital? (La RAF, sobre los suburbios de Berlín.) ¿Qué país beligerante fue el primero en violar la neutralidad de las naciones no combatientes de Europa? (Los británicos, a través de la ocupación militar de Noruega.) Pero esos detalles, de manera similar a los ombligos y los genitales en la pintura religiosa, se tapan con una hoja de parra. No pueden ser omitidos del todo en una imagen más amplia, ni se les puede permitir ninguna influencia blasfema en su santidad. Mientras tanto, ¿quién pronunció el siguiente discurso emitido por radio al pueblo británico en 1940?
Somos una nación unida y sólida que preferiría hundirse en las ruinas antes que admitir la dominación de los nazis. […] Si el enemigo intenta invadir este país, lucharemos con él en el aire y en el mar; lucharemos en las playas con cada arma que tengamos. Puede que consiga avanzar aquí o allá: si lo hace, lucharemos con él en cada carretera, en cada pueblo y en cada casa, hasta que él o nosotros quede completamente destruido.
Son palabras de Neville Chamberlain, que (aunque con su tono más bien agudo) pronunció el discurso. ¿Y cuántas bajas sufrió la RAF durante toda la batalla de Gran Bretaña? Un total de cuatrocientos cuarenta y tres pilotos, según fuentes oficiales que cita la fría y meticulosa revisión de Richard Overy.
Me educaron en el culto a Winston Churchill. En las décadas en declive de 1950 y 1960, la historia homérica de 1940 y su protagonista con rostro de bulldog era al mismo tiempo un consuelo ante muchas decepciones y una garantía del persistente valor de Gran Bretaña para el mundo. Incluso entonces era a veces difícil tragarse a Churchill entero. Se acometió una especie de contabilidad alternativa, en la que los enormes déficits de su gran historia (Gallípoli, el calamitoso regreso al patrón oro, su intransigente imperialismo hacia la India y su simpatía por el fascismo antes de la guerra) se mantenían en una columna separada, que se borró abruptamente de «los años valientes». Pero incluso los numerosos fiascos, derrotas y deshonras se sumaban de manera mágica a su figura. Ahí estaba un hombre que había participado en la carga de la caballería victoriana en Omdurman, en Sudán, para vengar la muerte del general Gordon por orden de un mullah mesiánico, y había vivido para ayudar a que evolucionaran el diseño y primer uso del armamento termonuclear. No era tanto una figura en la historia como una figura de la historia. (Cuando Adlai Stevenson lo invitó a colaborar con la Unión de Habla Inglesa, respondió con aspereza: «Yo soy una unión de habla inglesa». En cualquier otro esto habría sido un ejemplo de solipsismo, en vez de encanto mezclado con verdad.) Y, como en 1946 había fundado efectivamente la «unión angloestadounidense» en su versión de la guerra fría en Fulton, Missouri, su enorme espectro parecía garantizar a Gran Bretaña un continuo papel como superpotencia subalterna, o al menos como el subalterno preferido de una superpotencia.
A principios de la década de 1970 estaba trabajando en The New Statesman, muy cerca de los Archivos Nacionales Británicos, cuando se publicó una parte inédita de los papeles de guerra de Churchill. Cubrían las conversaciones entre Churchill (premier, como lo llamaban los documentos oficiales) y Stalin sobre el futuro de Europa del Este después de la guerra. Ya se sabía que Churchill había propuesto en el reverso de un sobre un trato a Stalin, que incluía el control británico sobre un 90 por ciento de Grecia a cambio de una comunicación equivalente a la de los Balcanes. Pero no estaba del todo claro si también había incluido a Polonia en la «esfera de influencia» de Stalin. El asunto tenía importancia histórica y moral, ya que Gran Bretaña le había declarado la guerra a Hitler en septiembre de 1939 en defensa de Polonia. A. J. P. Taylor me instó a que examinara los documentos, pero las autoridades me informaron de que las entradas de las conversaciones anglosoviéticas sobre la política con respecto a Polonia durante la guerra se habían extraviado. Ese tipo de cosas sucede con mucha frecuencia en un Estado con una Ley de Secretos Oficiales, pero era flagrante; y Polonia había empezado a moverse y cambiar como un agente propio en la política europea. «Siempre dicen eso cuando es importante», me dijo Taylor sobre la «pérdida» de los documentos críticos. Consideré brevemente titular mi artículo «El pacto Churchill-Stalin», pero enseguida pensé que me haría parecer excéntrico. Las tres palabras necesarias no podían unirse. Pragmatismo heroico e improvisado; sí. ¿Habilidad política degradada y cínica? Todavía impensable.
El culto a Churchill en Gran Bretaña, sin embargo, es calmado y reflexivo si lo comparamos con el culto a Churchill en Estados Unidos. (Creo que ninguna escuela británica sería tan ingenua como para emular al Instituto Winston Churchill en el exclusivo suburbio de Washington, D. C., de Potomac, Maryland, que tenía un anuario titulado «Mejores horas».) Las secuelas del 11 de septiembre solo reforzaron una serie de tropos que ya resultaban familiares a los estudiantes de la retórica política prefabricada: «No flaquearemos, no nos cansaremos, no titubearemos, y sin duda alguna no fracasaremos», proclamó el presidente Bush cuando comenzaron los bombardeos sobre Afganistán. «No fracasaremos ni titubearemos, no nos sentiremos débiles ni cansados», dijo Churchill, algo más eufónico, sesenta años antes. El secretario de Defensa Donald Rumsfeld ha superado incluso a su predecesor Caspar Weinberger, obsesionado por Churchill, al anunciar al personal del Pentágono el 12 de septiembre: «Ante el máximo peligro para su propia nación, Winston Churchill habló de su mejor hora. Ayer, Estados Unidos y la causa de la libertad humana fueron atacadas». Solo una semana antes, esta vez en defensa de un sistema antimisiles, Rumsfeld había informado al comité del Senado: «Winston Churchill dijo: “Espero que nunca vea el día en que las fuerzas del derecho se vean privadas del derecho de la fuerza”». El 25 de septiembre, cuando le preguntaron si el Departamento de Defensa estaría autorizado a engañar a la prensa para continuar la guerra, respondió sin dudarlo: «Esto me recuerda la famosa frase de Churchill, cuando dijo… a veces la verdad es tan valiosa que debe ir acompañada de una escolta de mentiras». El alcalde Rudolph Giuliani, que más tarde sería descrito como el Churchill norteamericano, puso los cimientos de esos aplausos al anunciar, justo después de la agresión del 11 de septiembre contra su ciudad, que estaba leyendo un libro sobre el desempeño en el cargo de Churchill en tiempos de guerra, «y nada es más inspirador que los discursos y reflexiones de Winston Churchill sobre cómo había que afrontar eso». Ronald Reagan colgó un retrato de Churchill en la Sala de Situación de la Casa Blanca poco después de llegar al poder; el primer presidente Bush permitió que Jack Kemp lo comparase con Winston Churchill durante la guerra del Golfo; el segundo presidente Bush pidió a la embajada británica en Washington que le ayudara a conseguir un busto de bronce de Churchill, que ahora ocupa un lugar preferente en el Despacho Oval. Alguien tan obsesionado por el legado como Bill Clinton solo puede gimotear ante la falta de una analogía churchilliana en su propia etapa, pero el resto de nosotros podría desear que si Estados Unidos va a defender algo, el país (o su exageradamente bien pagada clase de escritores de discursos) intentase inventar su propia retórica contagiosa.
Los comentaristas e historiadores estadounidenses siguen con razonable fidelidad esta línea dominante, que oscila entre la majestuosidad y el kitsch. Unas semanas antes del 11 de septiembre, un acontecimiento bastante banal mereció un artículo de primera página y un editorial en The New York Times. Se supo que William Manchester, debilitado por dos apoplejías, no terminaría su trilogía sobre la vida de Churchill. La trilogía, genéricamente titulada The Last Lion, había llegado a dos volúmenes, Visions of Glory y Alone. Si esos títulos son insuficientes para transmitir el tono, uno podría citar, como hizo The New York Times en su editorial, las líneas finales del segundo y ahora último libro: «Y ahora, en la desesperada primavera de 1940, con las riendas del poder firmemente asidas, decidió dirigir Gran Bretaña y el Imperio que se desvanecía en una última gran lucha que valía por todo lo que habían sido y significado, armar a la nación no solo con las armas sino también con la maza del honor, creando en cada pecho inglés un alma bajo las costillas de la muerte».
En el campo de la biografía humana la metáfora no se ha podido mezclar nunca de forma tan épica. Sin embargo, The New York Times consideraba la falta de una secuela un acontecimiento merecedor de una cobertura reverencial y un editorial deferente. Este último, sin firmar, describía que la obra incompleta dejaba a «Churchill de alguna manera suspendido, alzado en medio de un gran arco cuyo resultado conocemos pero cuyos detalles querríamos saborear de nuevo con las palabras de Manchester». O, por decirlo de otra manera, nunca puede haber demasiado refuerzo de un cuento útil con moraleja. En el pasado reciente se han publicado al menos dos libros que han obtenido el aplauso general: Churchill, de Geoffrey Best; y Cinco días en Londres, mayo de 1940: Churchill solo frente a Hitler, de John Lukacs, que colaboran en la tarea de convencer sobre un mito ya prácticamente inexpugnable. Y estos, junto al mazacote de lord Jenkins, solo continúan un proceso que inició el propio Churchill cuando tomó los papeles de su época en el cargo para escribir su propia versión de los acontecimientos. Podía emerger como una figura histórica —como dijo él mismo en uno de sus muchos y agradables momentos de autocensura—, asegurándose de que escribía la historia él mismo. Los nombres de sus primeros ayudantes de investigación y redactores de bosquejos —Alan Bullock, F.W. Deakin— son en sí un testimonio de lo que podría llamarse justamente reclutamiento entre las filas de la corriente principal de los historiadores profesionales. Pero, tras una reflexión, podría decidirse que el término «reclutamiento» es injusto. «Como historiador, Churchill —dijo el finado sir J. H. Plumb— está en el corazón de la historiografía de la Segunda Guerra Mundial y siempre permanecerá allí.» Donald Cameron Watt comentó secamente siete años después, en 1976: «Para la mayor parte de los historiadores profesionales de Estados Unidos, la visión de sir Winston Churchill de la política británica anterior a 1939 apenas ha requerido un momento de examen crítico». No sería ningún insulto, entonces, describir a algunos autores no como reclutas forzosos, sino como voluntarios.
La serie de Manchester se postulaba modestamente como la versión condensada (o en letra grande) del texto principal aprobado por los estudiosos de Churchill: la biografía oficial de sir Martin Gilbert, el decano de sus historiadores. A diferencia de la obra grave y medida de la que es una parpadeante sombra platónica, la inconclusa labor de Manchester es recargada en el estilo idealizado, sentimental y parahistórico que su autor ayudó a originar. De nuevo, la acción se juzga por la reputación en vez de la reputación por la acción. En un gesto extraordinario, Manchester presentó los discursos durante la guerra de Churchill en verso blanco, con particiones y estrofas cuidadosamente establecidas. Esto era para mostrar de manera explícita lo que había estado latente hasta entonces, y también para hacerle a Churchill el cumplido que probablemente más habría valorado y deseado. (Recuerden que recibió su premio Nobel de Literatura en 1953.) En el mundo de habla inglesa, en cualquier caso, sus frases lapidarias y sus sinuosas florituras han alcanzado la familiaridad y el renombre del que disfrutan algunos pasajes de la Biblia del rey Jacobo, el Book of Common Prayer, y las obras «de realeza» de William Shakespeare. Esos fragmentos o versos tienen la facultad peculiar y potente de venir a nuestra mente en tiempos turbulentos o cuando parecen relevantes o conmovedores (o, simplemente, útiles). Y se vinculan sobre todo a la fortaleza, la firmeza y el estoicismo, salteados con un poco de humor patibulario. Una inmortalidad de esa clase desciende sobre los seres humanos muy pocas veces. Y al público no le importa un poco de exageración si el objetivo es adular al gallinero. «Después de que les hubiera hablado en el verano de 1940 como nadie lo ha hecho antes o después —escribió en esta revista Isaiah Berlin, en una de sus valientes tomas de posición a favor de la sabiduría convencional— concibieron una nueva idea de sí mismos que su propio coraje y la admiración del mundo han establecido desde entonces como una imagen heroica en la historia de la humanidad.» Qué cierto. Al despedirse graciosamente de Neville Chamberlain, Churchill lo llamó con nobleza «el caballo de carga de nuestros grandes asuntos». Aceptando el cumplido, Chamberlain señaló que el verso procede de Ricardo III y no, como Churchill había dicho, de Enrique VI. Pero no importa. La cuestión no es tener razón sobre Shakespeare. La cuestión es ser shakespeariano. Sangre, esfuerzo, lágrimas, sudor y algo de populismo impúdico.
En el arrebato de la «mejor hora» en 1944, Laurence Olivier produjo y protagonizó su propia versión patriótica y cinematográfica de Enrique V. La película constituía (y todavía constituye) propaganda subliminal de alto rango. Shakespeare, san Jorge y el Todopoderoso se unieron juntos contra un amenazante poder continental. Cierta deferencia a las sensibilidades contemporáneas galas ocasionó una rebaja de la disputa original sobre la ley sálica y el trono de Francia, y la escena en Agincourt que incluye la cruel matanza de todos los prisioneros civiles y militares del príncipe Hal fue cuidadosamente omitida. En realidad, ¿a quién le importa hoy el verdadero motivo de la oportunista reivindicación de Enrique, o los montones de muertos en ambos bandos, o el fracaso final de su plan para el continente? ¿Qué es eso cuando se está junto a la maravillosa evocación de la fiesta de San Crispín, o la proporción de cinco a uno en contra de los ingleses en Agincourt («Nosotros pocos, felices pocos»), o las palabras espléndidas con las que Enrique rechaza dos veces las condiciones de la rendición, o la idea gloriosa y seductora de que el sacrificio y las heridas serán envidiadas y «los caballeros de Inglaterra que están ahora en sus camas / se considerarán malditos por no haber estado aquí»?
Esas mismas palabras fueron murmuradas por hombres vivos (y agonizantes) en las playas de Dunkerque, Dieppe y Normandía, junto al acompañamiento susurrado que decía que los ausentes «tendrán en poco su virilidad cuando hable alguno / que combatió con nosotros el día de San Crispín». Y durante al menos una generación después de la Segunda Guerra Mundial tenían un efecto tranquilizador en todos los políticos que aparentemente contemporizaban sobre el último —o, de hecho, el próximo— conflicto europeo. En una versión de segundo orden, existen en nuestra lengua vernácula como pullas sobre «Munich» o el «apaciguamiento»; la analogía con Munich se ha extendido a través del discurso del «telón de acero» de Fulton como un reproche hacia todos aquellos que eran blandos con el comunismo. La virilidad era el elemento menos importante; la mancha de la traición yacía bajo la insinuación de una falta de masculinidad.
En su época, Churchill fue muy «blando», al igual que muy duro, con el fascismo y el comunismo. Su carácter proteico y volátil le permitió evitar la mayor parte de las consecuencias morales y políticas. Así que debe considerarse una leve ironía de la historia que su reputación y su retórica, ambas extremadamente útiles para los conservadores, hayan sido víctimas de un ataque sostenido que venía de una escuela determinada de historiadores británicos de derechas, por la comprensible razón de que la principal queja de esos historiadores es la pérdida del Imperio británico. Sin embargo, algunos círculos norteamericanos mantienen fuertes sospechas hacia Churchill, por el papel, asumido a lo largo de toda su vida, que desempeñó para involucrar a Estados Unidos en guerras europeas. Y bajo todo esto hay una crítica más utilitaria que simplemente se pregunta si, por su atroz coste, la Segunda Guerra Mundial podría o debería haberse evitado.
Antes he utilizado la palabra «blasfema», sabiendo que iba a necesitarla más tarde. El debate sobre la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad de que no mereciera la pena es en apariencia la más resuelta y decidida de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Puede haber un retroceso ocasional (sobre la destrucción de Dresde, digamos, o la incineración de Nagasaki, o sobre si era acertado exigir una rendición incondicional). Pero las pruebas presentadas en Nuremberg anulan retrospectivamente todas esas dudas. Incluso el argumento permanente de algunos conservadores contrarios a Churchill (y otros, entre ellos George Orwell) sobre la cruel complicidad entre Churchill y Stalin parece casi anacrónico a la vista del estallido final del sistema soviético. Para terminar, la nostalgia por el Imperio británico no es tan fuerte en el Reino Unido ni en las antiguas colonias como para evocar mucho rencor o pena por la pérdida del dominio.
Churchill y sus críticos de derechas, de John Charmley a David Irving, tienen algo en común. Se unen en torno a dos proposiciones: que había que oponerse al comunismo y que había que mantener el imperialismo británico. Durante las primeras décadas de su carrera, a Churchill le gustaba que lo calificaran de extremista —si no de fanático— de ambas filas. Ayudó a organizar la invasión brutal y abortada de la Rusia de Lenin en 1918, y publicó al menos un artículo posterior culpando a los judíos del bolchevismo. También escribió y habló hasta mucho después (aunque más como un anticomunista que como un antisemita) a favor de Mussolini, Franco e incluso Hitler. Su fundamentalismo con respecto a la India y el lenguaje racista que utilizó para oponerse a la menor concesión al movimiento independentista indio son algunas de las muchas razones de la gran desconfianza que dificultó su carrera en la década de 1930 y de su exclusión de los gabinetes conservadores de esa década. Así que nos enfrentamos a una cuestión intrigante cuando nos preguntamos cómo llegó a abrazar una causa que no solo trascendía esos dos compromisos elementales, sino que terminó por negarlos.
El hagiógrafo y el ejecutor mantienen aquí un pacto tácito. William Manchester y David Irving hacen especial énfasis en el eclipse casi total de Churchill en la década de 1930. La política de consenso del llamado Gobierno Nacional no le atraía y no lo necesitaba. Popular (y correctamente) le consideraba uno de aquellos cuyas políticas calamitosas habían hecho que la coalición y las cesiones fueran necesarias. Y se desconfiaba todavía más de él porque se le consideraba predispuesto a aplicar soluciones operísticas o militaristas. Ya en la sexta década de su vida, Churchill también estaba (como algunos tienen tendencia a olvidar) al borde de la bancarrota. Años de plaga de langostas, en los que Churchill («tan hinchado por la orgía, tan viejo y tan profano…») era más Falstaff que Hal. La abrupta conclusión, que la lectura de Manchester no impulsa menos que la de Irving, es que el Último León necesitaba un último hurra; una campaña que le diera la oportunidad de proyectar sus talentos y energías.
Confrontado por el heraldo del enemigo, que le advierte de que se encamina hacia la aniquilación si dirige sus fuerzas enfermas y desastradas al campo de batalla, Enrique V responde con ánimo belicoso pero sin excesivas bravuconadas: «No buscaremos la batalla tal como estamos, / pero tampoco la esquivaremos». No es muy distinto a la apuesta que hizo Churchill en su campaña contra los gobiernos de Baldwin y Chamberlain a finales de la década de 1930. Los acusó de no estar preparados militarmente, y simultáneamente los emplazaba a la batalla. La contradicción se olvida a la luz del triunfo final, como en el caso de Agincourt. Pero ya en 1934 Churchill comprendía lo que la política ocultaba bajo la alfombra. Al escribir sobre el reaccionario magnate de la prensa lord Rothermere, que mostraba entusiasmo por los nazis y el imperio, dijo: «Quiere que estemos fuertemente armados y seamos terriblemente obsequiosos al mismo tiempo». La izquierda, añadió con igual agudeza, quería que Gran Bretaña siguiera «desarmada y tremendamente ofensiva». Nunca se ha expresado mejor la paradoja central de la época. Casi nos sentimos inclinados a olvidar que muchos de los conservadores contrarios a Churchill apoyaban el rearme, pero consideraban vulgar y alarmista el constante martilleo de Churchill sobre el asunto (como, de hecho, era en ocasiones).
El historiador David Dutton intenta rehabilitar a Chamberlain y escribir sobre Churchilll como si fuera, por fin, al menos abordable como un simple mortal. Pero al hacerlo minimiza cómo en aquel momento la clase dirigente conservadora era subjetiva, y también objetivamente, partidaria de los nazis.
Al examinarla de cerca, la imagen de Churchill como el oponente decidido e imperturbable de los dictadores de la década de 1930 —una base razonable desde la que asaltar a Neville Chamberlain— empieza a difuminarse. Su crítica contemporánea de la agresión de regímenes totalitarios distintos a Alemania fue, en el mejor de los casos, silenciosa. Cuando Japón invadió Manchuria en 1931, Churchill declaró que habría una falta de voluntad general para luchar o «hacer un esfuerzo especial en defensa del gobierno chino actual». De manera similar, su interpretación de Etiopía y la guerra civil española no lo colocaron en un campo claramente distinto de Chamberlain y el Gobierno Nacional. Churchill tampoco se apresuró a denunciar el acuerdo naval anglogermánico de 1935. En 1937, todavía parecía dispuesto a darle a Hitler el posible beneficio de la duda. Aceptando que la historia estaba llena de hombres que habían llegado al poder por medio de «métodos malvados e incluso aterradores», pero que se habían convertido en grandes figuras, y habían enriquecido «la historia de la humanidad», mantenía la posibilidad de que «eso puede suceder con Hitler». […] Antes de 1938 su crítica más significativamente directa de la política del gobierno tenía que ver con su fracaso a la hora de mantener la promesa de Baldwin de que conservaría la paridad aérea con Alemania. El gobierno, sin embargo, había reconocido su fracaso en este aspecto y comenzó a incrementar la marcha del rearme. [Las cursivas son mías.]
Esto es bastante cierto desde el punto de vista formal. Pero uno también podría haber resumido igual de fácilmente las dudas y evasivas de Lincoln en torno a la esclavitud y su abolición, y sus largos y tortuosos esfuerzos por evitar la guerra, y su preferencia por la supervivencia de la Unión frente a otras cuestiones de principios. Sin embargo, cuando el exceso arrogante del «poder esclavista» obligó a un enfrentamiento, no había ningún sitio al que Lincoln no estuviera dispuesto a llegar; ningún grupo abolicionista, por fanático que fuera, con el que no quisiera entablar amistad; y ningún extremo de violencia inmisericorde al que no recurriera. Su don —es mejor decir su instinto— para las frases unificadoras y briosas lo promovió muy por encima de los sórdidos campos de batalla para los que había elaborado esas expresiones. Churchill (que en sus escritos delataba una simpatía por la Confederación) me parece un político de esa clase: un hombre de Estado que podía usar términos como «destino» o «el Todopoderoso» sin parecer afectado; una figura hegeliana capaz de fundirse con lo que concebía como una hora fatídica. En sus contradicciones abarcaba multitudes.
Ahora la palabra «apaciguamiento» oscurece algunos elementos de este logro, como hacía entonces. Era el término impreciso que habían elegido los conservadores para enmascarar una colaboración con el fascismo y también su sincera esperanza de que las fuerzas de Hitler pudieran dirigirse hacia el Este, contra Stalin. Es tan fácil imaginarse a la RAF ayudando a la Wehrmacht en el Cáucaso —si las cosas hubieran ocurrido en un orden ligeramente distinto— como difícil le resultaba a mi padre, un hombre reaccionario y brusco de la Marina Real Británica, encontrarse, bajo las órdenes de Churchill, llevándole armas a Stalin vía Murmansk. En su desapercibido In Our Time: The Chamberlain-Hitler Collusion (tengo que confesar que escribí la introducción), Clement Leibovitz y Alvin Finkel despliegan un arsenal de documentos para argumentar que la simpatía por el Partido Nazi prevalecía en los círculos británicos más elevados, incluso tras la declaración de guerra de 1939. No era en absoluto que los derechistas británicos fueran vacilantes y pacifistas; para empezar, una idea absurda. Era que pensaban que podían salvar el Imperio por medio de una alianza táctica con Berlín. Se puede presentar una prueba sencilla: los oficiales coloniales y navales británicos habían sido históricamente muy celosos del dominio de su país en el Mediterráneo, que se extendía desde el estrecho de Gibraltar a las orillas de Palestina. El desafío marítimo de Mussolini a su hegemonía se vio enormemente reforzado por el avance de Franco en España, y durante la guerra civil española los barcos británicos que visitaron los puertos republicanos fueron hundidos por aviones y submarinos italianos. Sin embargo, los vivas a Franco en los escaños conservadores nunca se extinguieron. Es bastante obvio que esa gente veía en el fascismo un futuro aliado y no un futuro rival.
Así que el profesor Dutton no es generoso con Churchill. En parte lo reconoce así, en la pequeña concesión sobre la amenaza alemana, que era cualitativa y cuantitativamente distinta de la que planteaban Italia o España o incluso Japón, el gran fracaso de la presciencia de Churchill. Pero no da el crédito que merece a la manera en que Churchill rompió con su previa simpatía por el fascismo y su «apaciguamiento», y también las palabras severas y memorables que empleó para efectuar ese cisma. Fue realmente la conciencia de la posición británica en el Mediterráneo, y no ninguna simpatía por la República española, la que lo impulsó a retractarse de su duradero apoyo al bando franquista. Pero cuando hizo el cambio, lo hizo sin reservas. El embajador británico en París no se opuso especialmente a que Churchill tuviera a Léon Blum como invitado de honor en sus estancias no oficiales (el líder del Frente Popular también era invitado a la casa de campo de Churchill en Chartwell). Pero se impuso cuando Churchill pidió algunos invitados comunistas franceses. Al escribir sobre The Focus, ese unido grupo de políticos, periodistas y celebridades que coordinaron de manera extraoficial informaciones y actividades contra el apaciguamiento a finales de la década de 1930, Churchill lo describió como una coalición que buscaba sobre todo el apoyo de «los que están en la “izquierda”». Como un diputado sin cartera ni puesto oficial, invitó repetidamente al embajador de Stalin, Iván Maiski, a su casa para hablar de estrategia política.
Es difícil exagerar la diferencia entre esta y sus posiciones previas. Y por eso es realmente extraño, ante el poderoso énfasis que los cronistas ponen a la simple magnitud de la personalidad de Churchill, que el ingrediente de pura ambición sea tan ignorado o incluso descartado. Churchill sabía que solo tenía una oportunidad de situarse a la cabeza de todo. Estaba más que dispuesto a corregir o abandonar todas sus lealtades previas para hacerlo. Por poner solo un ejemplo, Churchill se sumó precipitadamente al bando del rey Eduardo VIII y la señora Simpson contra Stanley Baldwin. Hizo tanto el ridículo en el proceso (hasta lord Jenkins concede que debía de estar desesperadamente borracho en el momento crucial) que puso en peligro sus recientes contactos antinazis. Sin embargo, poco después descartó todos sus disparates románticos y altisonantes sobre ser un «hombre del rey» y rechazó al absurdo monarca anterior como si él, Churchill, fuera Hal, y el rey un bufón extraño en el reparto. Al leer sus textos y analizar el fondo siempre creciente de nuevas fuentes, nos encontramos examinando la carrera de un príncipe saltarín del oportunismo.
Aquí uno debe gestionar la figura tóxica de David Irving. Si sir Martin Gilbert es la cantera a partir de la cual siguen marchando todos los vagones de la ortodoxia, cargados con los bloques de construcción de edificios menores de los leales, la proyectada trilogía de Irving Churchill’s War es la dinamita que yace sin explotar en la cantera. Hasta ahora se han publicado dos volúmenes, que llevan la historia hasta 1943; la batalla de Kursk alterna con la inminente invasión de Sicilia. Desde que se publicó el primer volumen, con buena crítica, en 1987, Irving ha terminado publicando y promocionando sus propios libros. Ahora la razón está clara. Tanto en su vida pública de conferenciante marginal como en su carrera como historiador y archivista por cuenta propia, Irving se ha teñido con la única cosa de la que nunca puede ser sospechosa una persona seria: simpatía por la causa nazi. Gran parte de este tinte es consecuencia de una fracasada demanda por difamación contra la especialista en el Holocausto Deborah Lipstadt.
Cualquiera que lea con atención sus dos primeros volúmenes sobre Churchill verá que Irving propicia, si no disfruta, su reputación de paria. Cada vez que menciona a los desertores o amotinados nazis o los conspiradores contra Hitler (y la gélida recepción que dieron a esos hombres Chamberlain y lord Halifax era otro indicio de su verdadera simpatía por el Führer), se refiere a ellos como «traidores». Repetidamente describe a Churchill como un hombre de paja de «los socialistas» y (de forma variada) «los sionistas» y «los judíos». Siente un abierto desprecio por el mestizo Estados Unidos y por las artimañas de Roosevelt, que planeaba cazar furtivamente el maravilloso Imperio británico. Sin embargo, en el texto Irving se refiere a menudo a Churchill como a «Winston». (Irving, como sabrán quienes lo estudian, tiene cierta tendencia a mezclar lo oleaginoso con lo agresivo.) Más o menos hacia la mitad del primer volumen, al describir las incursiones del ojo por ojo y diente por diente a través de las cuales, sostiene, Churchill indujo a Hitler a bombardear Londres en septiembre de 1940, resume su postura esencial.
El primer ataque había matado a trescientos seis londinenses. Era el primer bandazo hacia el holocausto. Ahora Churchill y Portal no necesitaban justificación adicional para lo que se proponían hacer: desatar una nueva forma de guerra, en la que finalmente un millón de civiles en Alemania y cientos de miles de franceses, polacos, checos y otros morirían aplastados por los bombardeos estratégicos de las fuerzas aliadas.
(«Holocausto» significa literalmente devorado por el fuego, así que puede que el término sea técnicamente correcto, pero ya ven lo que quiero decir.) Irving tiene una gran facilidad para la insinuación; su aplicación más exitosa es la reiterada sugerencia de que Churchill utilizó su conocimiento previo de los bombardeos aéreos alemanes con propósitos escénicos. En las noches en que sabía que los bombarderos de Göring volarían sobre Londres de camino a, digamos, Coventry, deliberadamente subía al tejado del Ministerio del Aire, o daba un paseo por el jardín de Downing Street, impresionando a su personal y a sus subordinados con su valor, su atrevimiento y su sangre fría. En las noches en que Enigma le daba informaciones privadas sobre un bombardeo en el propio Londres, se iba a la casa de campo de un amigo rico. Esta acumulación de detalles resulta tan subversiva para la leyenda que puede causar un cambio mayor en la mente del lector que otros errores mucho más graves. La acusación lleva impresa quince años, y no he visto que los defensores del Gran Hombre la hayan abordado, ni tan siquiera mencionado.
El desprecio que Irving siente hacia Churchill es tan visceral que incluso los historiadores revisionistas más recientes cogen a Irving con pinzas. El estudio de Clive Ponting 1940: Myth and Reality, publicado en 1991, solo reconoce la existencia de Irving en la bibliografía. El primer libro de John Charmley sobre Churchill, Churchill: The End of Glory, se publicó en 1993 (cuando Charmley tenía una cátedra, precisamente, en Fulton, Missouri), y el segundo, Churchill’s Grand Alliance, apareció en 1995. El nombre de David Irving solo se cita brevemente en el texto o el índice onomástico. (A su vez, este método es empleado por lord Jenkins, que le concede a Charmley una sola referencia de pasada, ni siquiera menciona a Irving en su bibliografía, y en general escribe como si toda «segunda reflexión» sobre Churchill estuviera fuera de su, y nuestro, conocimiento.) Sin embargo, la evidencia interna sugiere con fuerza que Ponting, Charmley y Jenkins han leído a Irving con extrema atención, y lo han usado para ampliar sus narraciones sin parecer inclinarse ante su influencia.
En el debate sobre Churchill no consideraría muy cualificado a nadie que no haya leído la obra de Irving. En esas páginas puede leerse, sin el velo de discreción o contención que cayó como un espeso telón de terciopelo después de 1945, lo que en esa época los colegas y subordinados de Churchill pensaban sobre él. Lo que a menudo pensaban —los embajadores, los secretarios privados, los generales, los mariscales del Aire— es que era un demagogo, un charlatán, un incompetente y un borracho. Algunos de los citados eran subordinados envidiosos, y otros eran militares que antes de la guerra habían sentido simpatía hacia el fascismo. Pero también, por ejemplo, está lord Hankey, uno de los principales funcionarios de las dos guerras mundiales, que escribió lo siguiente en mayo de 1941, cuando coordinaba los servicios secretos del Reino Unido:
Churchill posee grandes dotes de liderazgo, y puede imponer sus criterios al pueblo, el Parlamento, sus colegas del Consejo de Ministros e incluso a sí mismo. Pero no es lo que él se cree, un gran maestro del arte de la guerra. Hasta ahora no ha llevado a cabo ninguna gran empresa militar. Por defendibles que fueran, Amberes, Gallípoli y la expedición para ayudar a los rusos Blancos al final de la última guerra resultaron un fracaso. Cometió algunos errores de valoración aterradores entre las dos guerras en materia militar, como obstruir la construcción de nuevos barcos en 1925. […] Sus falsas estimaciones del valor de los generales franceses y los métodos militares franceses. […] Él nos condujo al asunto noruego que fracasó; al asunto griego que fracasó; y al asunto cretense que está fracasando.
Todo esto, y mucho más, es cierto. No obstante, incluso cuando el desastre de Creta se hacía evidente, y Churchill se preguntaba cómo dar la noticia de otra calamidad, el buque insignia nazi Bismarck fue localizado en el mar del Norte (con la ayuda de un avión de observación estadounidense «no oficial»), inutilizado por un torpedo, y hundido. Si Churchill era una figura hegeliana, y si Hegel describió a Bonaparte como «la historia montada a caballo», Churchill es la representación más ejemplar de una de las máximas de Bonaparte sobre el oficio del general: tenía suerte. El fiasco noruego —un fiasco que creó él mismo— condujo a la moción de confianza en el Parlamento que depuso a Neville Chamberlain. La derrota de Francia, que negó la fe dogmática y peligrosa de Churchill en la eficacia de la línea Maginot y su mentalidad, le permitió lanzar una enorme campaña de «unidad» que calmó a sus detractores y neutralizó a sus rivales. El repentino y espantoso endeudamiento y empobrecimiento de Gran Bretaña le dio la oportunidad de ser el único mediador con Roosevelt, quien aceptó, a cambio de un precio, ser su banquero y su armero. Prácticamente en todo momento Churchill pudo alardear de las medallas de sus derrotas.
Hubo veces en que no fue así, pero están borradas del relato establecido. Churchill no solo careció por completo de previsión (u ordinaria prudencia) acerca de las ambiciones de Japón, sino que en sus primeros días en el cargo de primer ministro dio órdenes de cerrar la carretera de Birmania, la ruta a través de la cual la China nacionalista había recibido medios para resistir. Se trataba de una abierta capitulación a las exigencias de Hiro-Hito, un acto de «apaciguamiento» al que se opuso como tal nada menos que el ahora despreciado lord Halifax. Sin embargo, no mucho más tarde, cuando Singapur estaba cercada por los japoneses, Churchill se enfureció incomprensiblemente porque sus generales no le habían advertido de la amenaza, habló aterradoramente de la necesidad de mantener «nuestro país y nuestra raza», y dio una orden directa: «A estas alturas no debe existir la idea de salvar las tropas o ahorrar sufrimiento a la población. […] Los comandantes y oficiales de alto rango deberían morir con sus tropas». Fuera de context
