Días contados

Fabrizio Mejía Madrid

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Días contados

¿Quién dijo yo?

Cobarde mundo nuevo

Mi vida como espectro (1989)

El orden del zoológico (2000)

Los días de la langosta (1992)

El jardín devastado

El entierro del Che Guevara (1997)

Viaje al fin de los Andes (2005)

Robinson Crusoe en Oaxaca (2006)

Los estados del Yo

Las brujas del cosmos (1993)

Supérate, que yo te superaré (1995)

Memorias de un «dealer» (2009)

El temblor bajo tu piel

Los diálogos del pene (1998)

Cuando fuimos felices (1999)

La soledad de los caníbales (2003)

Epílogo

Biografía

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

¿Quién dijo yo?

¿Quién dijo yo?

Este libro es sobre el futuro. O, mejor, de cómo el presente se nos convirtió en una eternidad. Comienza en 1989 cuando se habló del fin de las ideologías y de la historia: ya todo se ha dicho, todo se ha hecho, somos los últimos. Fue una época muy narcisa: ningún futuro vendrá después de nosotros. Nos la presentaron como una teoría, pero en realidad no pasó de ser una eternidad hechiza, pirata, falsa. Lo que siguió fue casi tan apasionante como la caída del Muro de Berlín (no se cayó, la gente lo tiró) porque los futuros posibles aparecieron por todos los rincones: místicos, recicladores, magos de la autoayuda, la disolución de la muerte, el Viagra, el socialismo caribeño que se negó a morir, la resistencia temporal, el exilio, las drogas, la red. Esta reunión de crónicas me habla ahora de esos futuros que probamos en veinte años sin encontrar uno que satisficiera a todos.

Lo que permite escribir una crónica es que existen, simultáneamente, un ahora de lo vivido y uno de lo recordado. El presente de la crónica es un «en ese entonces» porque no importa que hayan pasado minutos o días del suceso, de su fecha, al escribirlo siempre será una reconstrucción de lo memorable. «En ese entonces» era muy pequeño cuando publiqué todas estas crónicas en diarios, revistas y suplementos culturales. Ahora algunas de estas historias han cumplido más de veinte años. Ahora ya sabemos qué le siguió a la Europa que se estaba unificando, a los Estados Unidos en la primera guerra en Irak, a los libros de superación personal. Pero creo que vale la pena volver a visitar el momento en que se estaba decidiendo ese futuro. Ahora ya no asistimos a los desfiles militares, a las demostraciones de poderío para llegar a la Luna, sino a un espectáculo más sencillo, más igualitario y más egoísta: nosotros mismos. Si algo cambiaron las invenciones de internet, las redes sociales y el iPhone es que ahora somos gente mirándose vivir: son medios para nuestra difusión personal. Sin saberlo cuando las escribí, estas crónicas dan cuenta de ello. Todas están redactadas en primera persona. Son el espectáculo en capítulos de alguien como yo que se la pasó levantando acta de unos cuantos —trece— días y noches en el fin del siglo XX y el principio del XXI. Son sobre el futuro. Sobre el pasado de ese futuro. Y sobre la eternidad de este presente.

Cobarde mundo nuevo

COBARDE MUNDO NUEVO

Mi vida como espectro (1989)

Mi vida como espectro

(1989)

Desde el principio todo es raro. El 14 de julio de 1989, día del bicentenario de la Revolución francesa, pasea, perdido por las calles de París, un espectro arrastrando una maleta sin ruedas de una correa que se ha roto. A casi cuarenta grados y el sol a plomo, el espectro, tras catorce horas de vuelo, ha tumbado el saco en un parque y se ha quedado sin los cigarros que iban en la bolsa. Ha llamado ya tres veces a las oficinas de AD89 sin entender que la calle no se llamaba «Osmán», sino boulevard Haussman. Acalorado, desvelado, jetlajeado, no ve el desfile de la Revolución francesa. Ir hasta el lugar de los hechos, en el día en que la humanidad cambió a los reyes por las guillotinas, a Dios por un asambleísta, y no ver más que calles cerradas al tránsito, grupos de personas con banderas francesas y, los que tienen menos sentido del ridículo —no parisinos, desde luego—, con pelucas de Robespierre. El espectro camina durante horas, extraviado, casi sin voltear a ver a la gente que ya desde estas horas, el mediodía, destapa botellas de champaña barata. ¿A qué viene tanto esfuerzo? Quiere localizar las oficinas de AD89, una asociación creada desde 1985 que quiere redactar una nueva Declaración de Derechos del Hombre y el Ciudadano. Muy originales, le han cambiado algunas palabras: Declaración de Derechos y Deberes de los Seres Humanos para el Tercer Milenio. Ahí empezó lo raro. ¿Tercer Milenio de qué? Los humanos tenemos mucho más tiempo que ése en el planeta y si se refieren a Jesucristo, eso no es muy tolerante, porque excluyen a las dos terceras partes de la humanidad que no son católicas. El borrador de la nueva declaración comienza con una frase bíblica: «Quien tenga ojos, que mire. Quien tenga oídos, que escuche».

El espectro llega a las oficinas de duelas de madera y puertas de los tiempos de Haussman —«Osmán», el abuelo del Mago de Oz—, y una rubia nerviosa, tensa, incómoda, con un cigarro forjado a mano, le hace llenar un formulario. Él escribe lo que puede y le pide desesperadamente un cigarro. Ella le pasa una bolsa de tabaco y un papel de arroz. El espectro nunca fue un buen mariguano y le pide si se lo puede forjar. La francesa bufa pero lo hace. Bufar en Francia es parte del lenguaje, piensa el espectro, como la rebelión, las barricadas, la violencia siempre preparadas pero rara vez utilizables: Comuna de París, mayo, 1968. No más. La Revolución francesa siempre es una opción, aunque nunca se le escoja. Quiere apuntarlo, pero ha perdido su libreta junto con el saco que botó. Hay errores que tienen muchas consecuencias. Enciende el cigarro, le da la primera calada y vuelve a ser un ser humano. Tiene un nombre, un país, un número —147—. Ya estoy acreditado. Y me subo a un bus que tiene como destino el Salón del Palacio de Europa, en Estrasburgo. En el Parlamento Europeo se reunirá a una nueva generación de menores de treinta años. Así, nada puede resultar normal.

El contraste entre donde duerme uno y donde sesiona es contundente: los cuartos no tienen baño —hay que mear en el lavabo o salir al baño común de todo el piso— y las camas son de presidio. Ya lo ha dicho alguien más: hay que tener un cuarto con una vista. La mía es de la Selva Negra, del oscuro bosque de Alsacia, con su humedad y sus mosquitos. Estoy justo en el lugar en el que se dio una de las discusiones filosóficas más importantes, que señalaría la entrada al siglo XX. En 1870, Alemania se anexa Alsacia y Lorena. El argumento es que son alemanes por idioma, raza, costumbres. No son franceses. Francia, por su parte, hundida en las incertidumbres de lo que han provocado desde la Revolución de 1789, culpa de todo al «suicidio» de la nación. Pero argumentan desde un nivel distinto: una nación no es una raza o un idioma, sino un contrato. No se puede hacer de Alsacia una parte de Alemania «sin el consentimiento de sus ciudadanos». La nación no es la sangre, sino un plebiscito cotidiano; las conciencias de los hombres no pueden reducirse a un «espíritu» nacional. La teoría de hace doscientos años es que uno acuerda pertenecer a tal o cual cultura, pero es, en principio, una parte de la raza humana. Ésa es la idea que anima —imagino— una reunión de jóvenes para pensar una nueva carta de derechos humanos. No creo que salga nada muy novedoso, pero reafirmar ese ánimo es importante. Desde la ventana miro el bosque negro, mosquitos volando en la humedad, con sus avenidas en alemán. Y estoy en Francia. Alsacia y Lorena, a pesar de hablar alemán, escogieron ser franceses. Respiro profundo, me viene la tos, y salgo a encontrarme con el Palacio de Europa.

El salón donde sesiona el Parlamento Europeo será usado por gente como yo, cuyos bolsillos traen unos cien francos. Miro a mi alrededor: los brasileños en sillas de ruedas aportan la parte discapacitada; los chinos de traje aportan la indignación por la matanza de Tiananmen; algunos árabes, en sus trajes musulmanes —las mujeres tapadas de la cara— le dan el toque exótico. Me siento en mi curul, meneo los canales de traducción simultánea y, oh, sorpresa, no existe el español. Francés, inglés, sólo. ¿Y los chinos? ¿Y los españoles? El salón está lleno y una tercera parte de la asamblea cambia los canales de la traducción. No importa que entendamos inglés y francés. El punto es que hemos elegido pertenecer a una parte del mundo —muy grande— que habla y escribe en español. Con los latinoamericanos nos miramos sin creerlo. Los españoles no han acabado de desayunar; la novia le sube el desayuno a él en el cuarto, me han dicho. Una ecuatoriana, Isabel, dice lo que opinamos:

—Es el idioma geográficamente más extendido del planeta.

—Somos seiscientos millones de hispanoparlantes —completo, dudando si no será el ruso el más extendido, por el tamaño absurdo de la URSS.

El moderador central —Jean Michel Blanquer— promete conseguir para el día siguiente un traductor en español. Accedemos y cada quien elige entre dos idiomas ajenos. Hay algo raro aquí: organizas un congreso donde la tercera parte habla español y les propinas una descortesía. Hay algo mal. O esto está organizado al vapor o no importa «oír si tienes oídos». Quizás sólo quieren una asamblea que vote en masa por el borrador de los organizadores. Es una táctica para un fin personal.

Las dudas se disipan en el receso para almorzar. Me piden entregar mi acreditación, lo que implica irme de regreso y ya no participar del acto de hermandad que significa pensar en los seres humanos. Pero ¿por qué?

—Usted habla inglés y reclama por el español. Vimos cómo se rio de un chiste que sólo hizo el traductor británico —dice Blanquer, con la sangre en la nariz por la ira.

Le tiro la acreditación al suelo. Él no se digna en recogerla. Se da la vuelta. La rubia que me dio el cigarro, que forjó el cigarro en París, que me devolvió con el humo la humanidad, se agacha, la recoge y me la vuelve a entregar:

—Confusión, confusión —explica, agitando las manos, en español o en francés. Es la misma palabra.

La credencial ha perdido todo valor para mí. La miro por ambos lados y no me la cuelgo, sino que la doblo en la bolsa trasera del pantalón. Ya no quiero hacer una declaración de derechos humanos nueva para el futuro. Lo que quiero saber es qué está pasando aquí.

Durante el almuerzo infame, indigno de Francia y de Alemania, y hasta de las trincheras de la Revolución, leo el primer artículo del borrador que me han enviado con antelación: «Todos los seres son universalmente iguales, pero, en particular, diferentes».

Y, parafraseando a Orwell: hay unos más «diferentes» que otros.

Y me sigo: hay unos más universales.

Hay otros más particulares.

El encanto de la idea se ha roto. No así el pan, que es incomible.

AD89 es una asociación formada hace apenas cuatro años por tres estudiantes de la Sorbona. O, al menos, eso es lo que decían en una carta de invitación que le mandaron a 500 jóvenes por todo el planeta. La verdad, sólo llegamos como 180. La verdad es que no me llegó a mí, sino a un amigo de un partido de derecha mexicano y yo pedí limosna a un periódico para que me pagaran el boleto de avión. Quería conocer Europa. Y la verdad también es que no son sólo unos estudiantes. Sus apellidos resuenan en lo más rancio de la derecha francesa, la de Georges Pompidou y Jacques Chirac. Uno de ellos es François Baroin, hijo de Michel Baroin, quien, desde una de las aseguradoras más grandes de Europa, compró en 1985 la tienda FNAC y la convirtió en una cadena. Como el padre de François murió en febrero de 1987 saliendo en una avioneta de Camerún, el hijo fue prácticamente adoptado por Jacques Chirac, el actual alcalde de París. Antes de morir, el padre de François era el presidente del comité de conmemoraciones del bicentenario de la Revolución francesa. Así que el chico de veinticuatro años ha tenido la oportunidad de organizar su encuentro en el Palacio de Europa con el apoyo incondicional del alcalde de la capital del país. Jean Michel Blanquer es, también, un yuppie derechista apoyador de Chirac, que se pone rojo cuando le aviento una credencial. Y Richard Senghor es el hijo de Leopold Sédar Senghor, amigo de Pompidou y presidente de la República de Senegal, recién independizado, en 1960.

En un país latinoamericano esta «feliz coincidencia» sería tachada de corrupta, pero no en los festejos del bicentenario de la primera revolución, ever. Por eso el diario francés Libération ha llamado al encuentro en Estrasburgo «la fiesta de los hijos de papá». Pero se ha quedado corto: aquí no está el PSOE de España, ni siquiera el Partido Popular, sólo el franquista Frente Nacional; aquí no están las juventudes del Partido Comunista de la Unión Soviética, sino los chinos de traje Armani que protestan contra la masacre de Tiananmen, sin ocultar que viven en Francia financiados por la fundación de Giscard d’Estaing —los pins con la estatua de la libertad de alambre de púas de la plaza no disimulan el nombre de don Valery —; aquí no existe la deuda externa de América Latina, sino la preocupación por «cómo respetar la identidad de la persona humana» (una de las dos preguntas en mal español de la convocatoria). ¿Hay personas no humanas? ¿En qué quedamos?

Ayer alcancé a ver a Baroin, Blanquer y Senghor en un descapotable con sus novias. A toda velocidad iban las modelos del bicentenario por las calles en alemán de Francia. A ellas las conocía porque aparecen en los carteles que publicitan las conmemoraciones; son sus rostros de aparente diversidad: rubia, castaña, morena. Si el inventor francófono de la negritud, Aimé Césaire, viera al hijo de Leopold Senghor… A ellos los he ido conociendo con los días de la semana que llevamos aquí. Ando a pie y ellos se pasan un alto a toda velocidad. Todos vamos a una fiesta donde los musulmanes te amenazan si miras a una de sus veinte esposas, donde los brasileños no pueden bailar porque están en sillas de ruedas, donde el líder de las Juventudes del Frente Nacional de España asegura, con su cabeza cuadrada, frente al encargado de la juventud en la Generalitat de Barcelona:

—Hombre, tío, claro que existen las razas. Te puedo decir que los catalanes son genéticamente superiores a nosotros.

«Artículo Primero: Todos los seres humanos son universalmente iguales y, en lo particular, diferentes.»

Los «delegados» franceses y francesas intentan que la fiesta se convierta en una campaña política: «Jean Michel. Jean Michel», corean por encima de la música de The Cure (la recopilación: Standing at the beach, con el viejo que no es el árabe al que acuchillan en El extranjero de Camus), pero no resulta. El yuppie, el «hijo de papá», no despega. Pero me da el dato que necesito: todo esto es una forma de colocarse dentro del escalafón de la política francesa, europea; en pocos años, con todos los apoyos políticos posibles, el reinado de los tres yuppies —Baroin, Blanquer y Senghor— comienza aquí. Y nosotros, los 180 jóvenes que vamos a firmar la nueva declaración de derechos humanos de 1989, somos la carne de cañón. La carne de avión. ¿Para esto viajé durante más de medio día? ¿Para tomar cervezas sin alcohol? Ah, qué la derecha. Nunca ha sabido divertirse.

El de AD89 es un mundo nuevo, no necesariamente mejor. El socialismo ya no existe, por ejemplo. Los rusos —soviéticos— han colgado un letrero donde avisan que harán una huelga de hambre para protestar porque no les han dejado entrar a la discusión —que no se da— del borrador, que esperan aprobar, sin cambios, tres yuppies europeos. Ahora me queda claro: a los demás nos necesitan como avales mudos. Los únicos que han protestado son los soviéticos. La huelga de hambre es en un hotel del centro de Estrasburgo, carísimo. Para mí, que soy casi un indocumentado, inaccesible. Sigo las instrucciones hasta el hotel Esplanade y, tras tocar a la puerta, me abre una polaca guapísima, salvo por los dientes chuecos. Los soviéticos están en huelga de hambre pero no de sed: toman vodka. Tienen como cincuenta años, son panzones y están borrachos. Los partidos comunistas por todo el mundo tienen el mismo problema: los líderes de sus juventudes están a punto de palmarla. Y sus protestas no involucran la prohibición del alcohol. Así que, cuando llego, hay dos calvos llamados Dimitri que me reciben ahogados, sin poder hablar, ciudadanos de lo que Gay-Lussac —un habitante de la Tradición Cartesiana— mediría como peligroso:

—Bienvenido al soviet —dice la polaca.

Y se abre una suite dieciochesca, nada de lujo proletario, vayan ustedes a creer: sedas, brocados, cubrecamas bordados. Más parece una estampa de tiempos del zar. El socialismo, en efecto, ya desapareció.

De regreso, en las mesas de «discusión», aparece el tema de la educación religiosa en las escuelas. Son los islamistas de bata y turbante los que lo proponen: los iraníes de barbas extensas. A mí se me ocurre contraponerles la idea de que, si va a haber educaciones religiosas, entonces se incluyan todas las creencias, incluyendo al marxismo. Los franceses se fascinan con mi ocurrencia y uno de ellos se presenta como estudiante de filosofía:

—Interesante tu idea. El marxismo es una creencia, como el islam.

No quise decir exactamente eso, pero agradezco que, por primera vez, un organizador de este bodrio escuche algo de lo que se discute. Pero no le contesto sino con una sonrisa. No puedo dejar de pensar qué le pasó en el cabello que está compuesto por girones por toda la cabeza. ¿Estuvo en una explosión radiactiva?

«Artículo Decimoséptimo. Estamos por el desarme nuclear.»

Con casi un año de diferencia, los dos renovadores del marxismo francés se vieron, hace no mucho, en las páginas de los diarios. No era en la sección universitaria, sino en la nota roja. El 3 de octubre de 1979, Nicos Poulantzas revisó por tercera vez una estadística socioeconómica: en Europa los obreros habían disminuido ante el crecimiento de las clases medias. Dobló la hoja sobre el escritorio, abrió la ventana y, abrazado de un librero con sus textos sobre el Estado capitalista, y los de Karl Marx, se tiró desde un piso 22 de la Torre de Montparnasse. En noviembre de 1980, su maestro, Louis Althusser, tuvo un quiebre psicótico en el que terminó asesinando a su esposa. Desde entonces, el crítico del Partido Comunista Francés, que durante un tiempo vigiló sus actividades sexuales con «mujeres trotskistas», está en un manicomio. Uno de sus alumnos, Saloth Sar, llamado después Pol Pot o El Camarada Uno, funda El Estudio de París, germen de lo que después serán los Khmeres Rojos, un régimen que hizo desaparecer por tortura, hambruna —su idea fue abolir la moneda, las ciudades y las universidades— y ejecuciones a una cuarta parte de los habitantes de Camboya. Pol Pot se casó (con Khieu Ponnary) el mismo día que salió de Francia para hacer la revolución en Camboya, en 1956. El día que escogió para los dos eventos fue un 14 de julio.

Sí, el socialismo se acabó hace mucho, pero sigue produciendo sueños que terminaron en pesadillas. Pero ¿qué hacemos? ¿Dejamos de soñar? O, de plano, inventamos la sociedad del insomnio.

Junto a mí duerme una pareja de uruguayos. Ella es compacta, del tipo gritón. Y él, en los huesos, se aplica todas las noches a cumplirle sus expectativas orgásmicas. La cabecera de su cama golpea mi pared por lo menos en dos secuencias durante todas las noches. Están tan cerca de mí que yo también

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