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Padre no hay más que uno... y ese soy yo

Óscar Martínez

Fragmento

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Antes de empezar a contarte la apasionante aventura de ser padre, tengo que agradecer como todo buen libro que se precie, a las personas sin las cuales esto no habría sido posible; tranquilos, no daré nombres…

 

A mi hijo, que me ha enseñado lo que es el amor incondicional y se ha convertido en la luz de mi vida, pese a las noches en vela y las preocupaciones varias. A mi familia por aguantarme cada día y en especial a mi madre: amiga, confidente, crítica feroz y la mujer a la que más quiero. A la editorial, por echarle un par de narices y confiar en mí para llevar a cabo un proyecto tan apasionante y divertido como este.

 

Y por supuesto a ti, amigo lector, que has tenido la deferencia de elegir este libro y quieres poner a prueba tus límites intelectuales… ¡qué arte tienes! Además, he incluido muchos dibujos e ilustraciones para que se te haga más llevadero…

 

Si consigo arrancarte una sonrisa y que te sientas identificado con las cosas que me han sucedido, habrá merecido la pena escribir este libro. Ahora, ¡a disfrutarlo!

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Para escribir este libro, la editorial había pensado

en alguien que tuviera experiencia escribiendo, mucha

gracia y encima fuera un ejemplo como padre…,

pero me temo que eso tendrá que ser en otro libro,

porque en este tendrás que conformarte conmigo…

Eso sí, si te apetece, lo vamos a pasar

muy bien juntos, ¿estás preparado?

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Hola, sí, a ti que empiezas a leer este libro. ¿Cómo estás? Yo con muchas ganas de que pasemos un rato muy divertido juntos y de que te sientas identificado con algunas de las cosas que me han pasado en esta apasionante aventura de ser padre.

Escribiendo este libro me he emocionado, reído y llorado… Al fin y al cabo, recordar es volver a vivir. He desempolvado para ti recuerdos, momentos e instantes únicos con los que es muy posible que alucines, te sorprendas y los compartas con tu pareja.

Lo primero que quiero hacer es animarte a que tengas un hijo, no te lo pienses… porque si te lo piensas… ¡no lo tienes! Así funciona esto, y más ahora con la crisis.

Ya sé que todos decimos lo mismo, pero es cierto, ser padre es sin duda lo mejor que me ha pasado en la vida, pero amigos… no todo es tan bonito como lo pintan… y alguien podría tener el detalle de avisarte de todo lo que se te viene encima. Ahora apenas tengo tiempo libre, he cambiado mi serie favorita por Bob Esponja y los amigos que no tienen hijos han dejado de llamarme para salir. Ah, y por si no fuera suficiente, un jubilado tiene una vida sexual bastante más activa que la mía… ¡para lo que he quedado!

Así que prepárate a disfrutar de las anécdotas y aventuras más divertidas que le pueden pasar a un padre, porque las cosas nunca son lo que parecen y estás a punto de comprobarlo.

La verdad es que lo que escribo en este libro jamás lo he contado en público y tampoco a casi nadie de las personas que me rodean diariamente. Quiero compartir contigo vivencias únicas, desde el mismo instante en el que un hecho cambió mi vida, mi casa, mi coche, mi bolsillo, mis planes, mis aficiones y mis horas de sueño para siempre… ¡así que ponte cómodo, que allá vamos!

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Los hombres, en general, somos tipos sencillos, básicos y con instintos primitivos… vamos, un conglomerado de carne con ojos, que mientras tengamos las necesidades básicas cubiertas —comer, dormir y retozar— ya nos sentimos realizados. Dios nos hizo muy simples, así que estamos hechos para pensar lo justo, y eso las mujeres o no lo entienden o no nos creen. Ante la famosa pregunta de ellas: «¿En qué piensas?»; la respuesta, por nuestra parte, es siempre la misma: «¡En nada, los hombres no pensamos en nada!». Vivimos al día y, en muchos casos, tenemos lo justo para pasar la tarde. Además, nos gusta ir al grano, bailar solo para ligar y huir de todo lo que tenga que ver con la palabra COMPROMISO… Y es que salimos despavoridos de cualquier cosa que pueda atarnos: hipotecas, bodas y, por supuesto, hijos.

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Tampoco nos gusta que nos controlen y nos digan qué es lo que tenemos que hacer. De hecho, son muy pocos los hombres que le dan a su pareja todas sus contraseñas de mails, Facebook y demás redes sociales.

Por ponerte un ejemplo: imagínate el teclado de un ordenador donde ellas le dan todo el tiempo a la tecla «control» (ctrl) y nosotros a la de «escape» (esc)…, pues así es el día a día, amigos. ¡Que viva el amor!

Y es que los tíos somos más cortos que un entrenamiento de Falete. Fíjate, lo más romántico que hemos hecho en nuestra vida ha sido pasar una tarde con la parienta en Ikea…, y eso gracias a que nos han pillado sensiblones ese día. En cambio, y muy a nuestro pesar, las mujeres son mucho más inteligentes y astutas que nosotros. Además de hacer dos cosas a la vez, controlan, planifican, mandan y ejecutan. ¡A que acongoja!

Las frases que más nos repiten durante el día son: «Está en su sitio» y «Te lo dije». Y, por si esto fuera poco, se convierten en termos, es decir, guardan algo que pasó hace tiempo contigo (riña, bronca, gesto o contestación), lo mantienen calentito y esperan el momento adecuado para servírtelo a la misma temperatura que ocurrió. Son como Facebook, te recuerdan cosas que has hecho hace mucho tiempo, sin venir a cuento. Y lo mejor de todo es que nosotros alucinamos con esas cosas y encima ya ni nos acordamos de lo que nos echan en cara. Pues eso… somos muy básicos, además de vagos. ¿Has pensado que la evolución del hombre ha sido provocada porque los tíos somos muy cómodos? Y si no, mira la rueda, la cama, la nevera, la videoconsola o el mando a distancia… Lo inventamos todo con tal de no movernos del sofá. Y es que los hombres nos movemos lo justo para que parezca que no estamos muertos.

Las mujeres sin embargo, son infinitamente más inteligentes que nosotros (que tampoco es muy difícil), más bellas, tienen una memoria prodigiosa y emanan sensibilidad por todos los poros de su cuerpo… vamos, igualito que los tíos... además, ellas se fijan en todo, son muy listas, detallistas, intuitivas y tienen un don único: pueden hacer varias cosas a la vez (estar trabajando en la oficina, con el facebook abierto, pintándose las uñas, controlando si su hijo hace los deberes y pensando dónde irá de vacaciones en verano), ¡son unas máquinas! Lo mejor de todo es que los hombres no podemos y no sabemos estar sin ellas. Tengo la sensación de que las mujeres evolucionan cada día más y nosotros por el contrario, involucionamos y cada vez somos más primitivos.

Pero no nos desviemos del camino… Un tío siempre piensa en ser padre en un futuro muy lejano; hasta que por lo menos Marco encuentre a su madre, no hay ninguna prisa. Papuchi es nuestro referente, ya que se puede ser padre a edades muy avanzadas. Puedes celebrar el bautizo de tu hijo y tu extremaunción a la vez… ¡dos en uno!

Siempre te va mal ser padre. Pero vamos a ver, ¿a quién le gusta renunciar a las pachangas de fútbol, a salir de juerga por las noches o a dormir siestas en las que te levantas con jet lag? Sabes que lo bueno se acaba y que, por mucho que te intenten vender, ya nada volverá a ser como antes… Y es que todos los tíos queremos seguir saliendo más por las noches que Pipi Estrada, no tener más obligaciones que las estrictamente necesarias y vivir en el eterno presente.

Es increíble ver cómo todos hacemos el paripé cuando estamos con nuestras parejas y gritamos a los cuatro vientos lo mucho que deseamos ser padres, las ganas que tenemos de cambiar pañales con premio y como no nos importará vivir en primera persona la famosa cuarentena… Eso sí, hay que ver lo que cambia la película cuando estamos solos con nuestros amigotes: ser padres sí, pero lo más tarde posible y no a cualquier precio. Requisito imprescindible que no sea en un año de Mundial de fútbol, Olimpiadas o Eurocopa: no se lleva ver un partido en un bar y en pleno contraataque sustituir un botellín por el biberón o cambiar un pañal justo cuando van a tirar un penalti.

Conozco varios casos de mujeres que están en una edad de no retorno, es decir, que ven que se les pasa el arroz y que se pueden quedar sin vivir la experiencia de ser madres. Rápidamente le ponen solución eligiendo a algún pobre desgraciado que pasaba por allí, para de manera fulminante ser novios y acto seguido acabar fecundadas. Todo el proceso dura unos pocos meses y generalmente no suele salir bien, «Tú a Londres y yo a California».

El caso es que, tal y como está la vida, y más siendo un culo inquieto, yo jamás me había planteado tener hijos hasta los 85 años por lo menos; es más, no jugaba a la Lotería del Niño por si acaso me tocaba… y no el premio precisamente. Te digo más, pensaba que, si por alguna circunstancia finalmente no tenía hijos, no me supondría ningún problema. Algunas personas me preguntaban que si no me daría pena que mis apellidos murieran conmigo. Me llamo Óscar Martínez Suárez, así que, y con esos apellidos tan poco comunes, la verdad es que no.

Si es que se ponen muuuyyy pesaaadas con el mismo tema: que se les pasa el arroz, el reloj biológico y la llamada de la madre naturaleza. De repente les entran las prisas, las angustias y todos a correr… Perdón, mejor sustituyo el verbo: todos a tener hijos…

Pero todo pasa y todo llega, y ahí me ves, en mi casa, en una fría mañana de otoño, cuando, de repente, sin previo aviso y cogiéndome a traición, una voz te suelta con dulzura y contundencia un «¡quiero tener un hijo!»… Entonces, te quedas más blanco que el sobaco de un vampiro, un sudor frío recorre tu cuerpo, se detiene el tiempo y notas que tu vida de relativa libertad se empieza a diluir como el azucarillo en el café. De inmediato se hace el silencio y empiezan a aparecer en tu mente amigos juerguistas con los que jamás volverás a quedar, planes que se desvanecen y ciudades que te gustaría visitar y que ya solo verás en Callejeros viajeros

Mi vida de ahora en adelante se iba a resumir en: se acabó el pensar en ti; el pediatra, la farmacia y urgencias van a ser tu segunda residencia (lo bueno es que al menos no pagas el IBI), cambias pañales cada dos horas y te reúnes con otros padres compañeros de fatigas para compartir las experiencias de nuestros hijos… ¿A que mola el plan? ¿Alguien se apunta?

Además, todo lo que hemos imaginado sobre cómo será nuestro hijo, nunca coincide con la realidad. Pensamos que ya va a nacer crecidito, que nos lo vamos a poder llevar con los amigos a ver un partido de fútbol, y que encima le podremos tener de chico de los recados. Pues va a ser que no, ya que de repente te encuentras cambiando pañales y pasando noches en vela con un ser que dicen que se parece a ti y que lo único que hace es comer, dormir, llorar… ¡vaya chasco!

Como ves, te espera un futuro más negro que al de un pavo en Nochebuena y sabes que vas de cabeza a un cambio de vida radical, y lo que es peor aún, ¡para toda la vida! ¡¡¡Socooorrro!!! Si te ha pasado algo parecido, levanta la mano y sigue leyendo… Si, por el contrario, no ha sido como lo mío o no te ha llegado ese momento… amigo, ¡has tenido mucha suerte!

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Por favor, siéntate, que vienen curvas. ¿Quieres saber lo que te va a suponer económicamente ser padre?

Un hijo cuesta de media entre 90.000 y 310.000 euros hasta que tiene 18 años. Lo peor es que la cifra aumenta, teniendo en cuenta que ahora no se van de casa hasta que cumplen los 65. La idea que tienen nuestros hijos hoy en día, y con la que está cayendo (son pequeños, pero de tontos no tienen ni un pelo), es dejar de chupar de los padres para jubilarse y empezar a hacerlo del Estado o de sus propios hijos. ¿A que te acabo de cortar el rollo y se te han quitado las ganas de ser padre de repente? Si sigues aquí y decides seguir leyendo este libro, amigo, eres un valiente, además de un inc

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