Un momento de gracia (Flash Relatos)

Marian Keyes

Fragmento

Un momento de Gracia

LUNES

Yo soy un ángel. Eso, eso, ríete cuanto te apetezca, pero es cierto. Un ángel. Un ángel como es debido, con su afiliación celestial, alas, aureola y todo lo demás.

Y estoy en Los Ángeles en una misión. Una misión de Dios, ya que me lo preguntas.

Suena como una gran cosa pero, para serte franco, el motivo que me ha traído aquí no tiene nada de genial. Algunos ángeles poseen un don natural para este trabajo. Por desgracia, no soy uno de ellos, de modo que me han enviado a la tierra para formarme. El caso es que para poder ayudar a los humanos primero tengo que entenderles. Así pues, mientras esté aquí he de cometer —sin excesivo entusiasmo, por supuesto— los siete pecados capitales. Y tengo siete días para hacerlo.

—Envidia, Pereza, Avaricia —me enumeró Ibrox, mi superior—, Gula, Ira, Envidia… Espera, Envidia ya lo he dicho, ¿verdad? Nunca consigo recordar los siete. Me ocurre lo mismo con los siete enanitos; generalmente llego a cinco y luego me quedo en blanco. Dilos.

—Gruñón, Mudito, Dorm…

—¡No, los siete pecados!

—Lo siento. Bien, Avaricia, Envidia, Pereza, Ira, Gula… —Lo miré impotente.

—Soberbia —prosiguió él—. Y el séptimo ya lo recordarás.

Así que me marché y aquí estoy, en Silverlake, Los Ángeles, delante del apartamento que va a constituir mi hogar durante una semana. Por lo visto me ha recomendado un amigo de un amigo de un amigo y tendré dos compañeros de piso: Nick, un actor que siempre interpreta a psicópatas, y Tandy, una actriz que recibe numerosas ofertas para hacer papeles de putilla.

Toqué el timbre. No acudió nadie. Llamé de nuevo y oí un grito ahogado. Luego un hombre abrió la puerta.

—¿Qué?

Tenía un aspecto horrible: pelo salvaje, mirada salvaje, olor espantoso. Parece que este Nick es un actor que sigue el método Stanislavski.

—Soy Gracia, y tú debes de ser Nick.

—¡Y tú debes de estar chiflada! —gruñó el tipo—. Nick vive en la puerta de al lado.

—Ah… vaya… lo siento.

¿Entiendes ahora cuando digo que hago fatal mi trabajo? ¿Te imaginas que fuera el arcángel Gabriel? Probablemente llamaría a la casa equivocada y le diría a la mujer equivocada que es la madre de Dios. Nunca conseguiré grandes cosas si sigo así.

Avancé una puerta y me abrió una mujer que supuse que era Tandy. Me miró de arriba abajo y, cuando comprobó que ella estaba más delgada, se relajó visiblemente y sonrió.

—Pasa.

Era muy, muy bonita, pero podía entender por qué siempre le ofrecían papeles de prostituta. Tenía los labios tan inflados que parecía que le iban a reventar y estaba flaca como un fideo, salvo por un par de tetas enormes que, sin duda, pertenecían a otro cuerpo.

—Nick, ven a saludar a nuestra nueva compañera de piso —gritó.

Llegó Nick. Le eché una ojeada y recordé el séptimo pecado. ¡Lujuria!

—Hola —dijo distraídamente.

¡Holaaaaa!

Moreno, desgarbado, de constitución ágil y mirada distante del tipo «no vive en esta dirección». Me pregunté, por curiosidad, si yo era su tipo. Me parezco un poco a esos ángeles de la pintura renacentista, pero sin la aureola, las alas y la desnudez. No hay por qué asustar a la gente, me digo siempre. Pero tengo todo lo demás: pelo rubio y rizado, rostro redondo de mejillas sonrosadas y un cuerpo algo más entrado en carnes de lo que gusta en Los Ángeles.

Inopinadamente, de la habitación de Nick salió una chica. Estaba llorando.

—Nick —imploró, tratando de agarrarse a él. Era de ojos negros, pelo sedoso y cuerpo menudo. De repente, deseé fervientemente ser ella.

—Cuídate, nena. —Nick la condujo firmemente hasta la puerta—. Ya te echo de menos.

—Pero… —insistió la muchacha. Nick la besó dulcemente en la frente al tiempo que conseguía depositarla en el rellano.

Por la forma en que Tandy me miró, con los ojos en blanco, deduje que la escena se r

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