Qué es el qué

Dave Eggers

Fragmento

PREFACIO

PREFACIO

Este libro es el sincero relato de mi vida: desde el momento en que me separaron de mi familia en Marial Bai, pasando por los trece años que permanecí en campos de refugiados de Kenia y Etiopía, hasta mis posteriores encuentros con las vibrantes culturas occidentales, en Atlanta y otros lugares.

A medida que vayáis leyendo el libro os enteraréis de los dos millones y medio de personas que han muerto en la guerra civil sudanesa. Yo era solo un niño cuando estalló la guerra. Como cualquier ser humano indefenso, sobreviví tras cruzar muchos parajes agotadores mientras las bombas de las fuerzas aéreas de Sudán caían a mi alrededor, esquivando las minas de tierra, perseguido por bestias salvajes y asesinos humanos. Me alimenté de frutos desconocidos, verduras, hojas, cadáveres de animales, y a veces pasé días sin probar bocado. En ciertos momentos las penalidades fueron insoportables. Me odié a mí mismo y traté de quitarme la vida. Muchos de mis amigos, y miles de mis compatriotas, no consiguieron salir con vida de esta lucha.

Este libro nació del deseo, por mi parte y por parte del autor, de conseguir que otros entiendan las atrocidades que muchos gobiernos sucesivos de Sudán han cometido antes y durante la guerra civil. A ese fin, y en el transcurso de varios años, relaté mi historia al autor oralmente. Después él dio forma a la novela, aproximándose a mi voz y usando los hechos básicos de mi vida como cimientos. Dado que muchos fragmentos son ficción, el resultado recibe el nombre de novela. No debería tomarse como la historia definitiva de la guerra civil de Sudán, ni de los sudaneses, ni siquiera de mi generación, conocida como la de los Niños Perdidos. Se trata simplemente de la historia de un hombre, contada desde un punto de vista subjetivo. Y aunque pertenece al territorio de la ficción, debería resaltarse que el mundo que he conocido no es tan distinto del que aparece reflejado en estas páginas. Vivimos en un momento en que los momentos más terribles de este libro podrían ocurrir, y en muchos casos ocurrieron.

Incluso en mis momentos más tristes, creí que algún día podría compartir mis experiencias con los lectores para evitar que estos errores lleguen a repetirse. Este libro es una forma de lucha, y mantiene mi espíritu vivo para luchar. Luchar significa fortalecer mi fe, mi esperanza y mi confianza en la humanidad. Gracias por leer este libro. Os deseo que paséis un buen día.

VALENTINO ACHAK DENG, Atlanta, 2006

LIBRO PRIMERO

LIBRO PRIMERO

1

1

No tengo ningún motivo para no abrir la puerta, así que abro la puerta. No dispongo de mirilla para ver quién llama, así que la abro de par en par y ante mí aparece una afroamericana alta, de complexión robusta, algo mayor que yo, vestida con unas mallas de nailon rojo.

–¿Tiene teléfono, señor? –me dice en voz muy alta.

Su cara me resulta familiar. Estoy casi seguro de haberla visto en el aparcamiento hace una hora, cuando volvía de la tienda de platos precocinados. La vi en las escaleras y le sonreí. Le digo que tengo teléfono.

–Se me ha estropeado el coche –dice ella. A su espalda ya casi asoma la noche. Me he pasado la mayor parte de la tarde estudiando–. ¿Me deja usar el teléfono para llamar a la policía? –pregunta ella.

Aunque ignoro por qué quiere llamar a la policía si lo que necesita es un mecánico, accedo. Entra. Cuando me dispongo a cerrar la puerta, ella me lo impide.

–Será solo un segundo –añade.

Para mí no tiene ningún sentido dejar la puerta abierta, pero lo hago porque ella así lo quiere. Este país es más suyo que mío.

–¿Dónde está el teléfono? –pregunta.

Le digo que el teléfono está en mi habitación. Antes de que termine la frase, ella me ha apartado y se escabulle por el pasillo, cual susurrante fantasma de nailon. Se cierra la puerta de mi cuarto y luego oigo el pestillo. Se ha encerrado en mi habitación. Me dispongo a seguirla cuando oigo una voz a mi espalda.

–Quédate aquí, África.

Me giro y me encuentro con un afroamericano vestido con una enorme cazadora de béisbol de color azul pálido y tejanos. Apenas le veo la cara, que queda oculta bajo la gorra de béisbol, pero su mano sostiene algo a la altura de la cintura, como si necesitara aguantarse los pantalones.

–¿Viene con la señora? –pregunto. Todavía no entiendo nada y estoy enfadado.

–Tú limítate a sentarte, África –dice él, señalando el sofá con un gesto.

Me quedo de pie.

–¿Qué está haciendo en mi cuarto?

–He dicho que apoyes ese culo en el sofá –dice él, ahora en tono de amenaza.

Me siento y me enseña la culata de un revólver. Al parecer lo ha tenido en la mano durante todo este rato y yo habría debido saberlo. Ahora sé que soy víctima de un atraco y que preferiría estar en otra parte.

Es extraño, lo sé, pero en este momento pienso que me gustaría estar de regreso en Kakuma. En Kakuma no había lluvia, el viento soplaba nueve meses al año y ochenta mil refugiados procedentes de Sudán y otros lugares sobrevivían a base de una comida diaria. Pero en este instante, con la mujer encerrada en mi cuarto y sometido a la vigilancia de ese hombre armado, preferiría estar en Kakuma, donde vivía en una cabaña hecha de plástico y sacos de arena y mi única posesión eran unos pantalones. No estoy seguro de que en el campo de refugiados de Kakuma existiera esta clase de maldad, y quiero volver. O incluso a Pinyudo, el campo etíope donde viví antes de ir a Kakuma; allí no había nada, a lo sumo un par de comidas al día, pero disfrutaba de sus pequeños placeres: entonces yo no era más que un niño y podía olvidar que era un refugiado desnutrido que se hallaba a miles de kilómetros de casa. En cualquier caso, si esto es un castigo por el orgullo de querer salir de África, por albergar el sueño de recibir una educación universitaria y ganar dinero en América, reconozco mi pecado y pido mis más humiles disculpas. Regresaré cabizbajo. ¿Por qué le habré sonreído a esa mujer? La sonrisa me sale de manera espontánea y esa es una costumbre que debo cortar. Invita al castigo. He sido humillado tantas veces desde que llegué que empiezo a pensar que alguien intenta transmitirme un mensaje a marchas forzadas y que ese mensaje es: «Lárgate de aquí».

Tan pronto como me dejo llevar por la culpa y el remordimiento, del fondo de mí surge una reacción de protesta. El nuevo estado me impulsa a levantarme y a dirigirme al hombre de la cazadora azul pálido.

–Quiero que os larguéis de aquí, los dos –le digo.

El hombre de azul se enoja al instante. He trastornado el equilibrio, he alzado un obstáculo: mi voz se ha interpuesto en su tarea.

–¿Me estás diciendo lo que tengo que hacer, capullo?

Le miro a sus pequeños ojos.

–Dime, África, pedazo de capullo, ¿me estás dando órdenes?

La mujer oye las voces y grita desde el dormitorio:

–¿Podrás ocuparte de él? –Está harta de su amigo, y él de mí.

Azul Pálido inclina la cabeza hacia mí y enarca las cejas. Da un paso hacia mí y señala de nuevo el revólver que lleva prendido del cinturón. Parece a punto de usarlo, pero de repente relaja los hombros y baja la cabeza. Se mira los zapatos y respira despacio hasta recobrar la compostura. Cuando vuelve a alzar la vista ya se ha calmado.

–Vienes de África, ¿no?

Hago un gesto de asentimiento.

–Muy bien. Eso significa que somos hermanos.

No estoy dispuesto a mostrarme de acuerdo.

–Y como somos hermanos y todo eso, te enseñaré una lección. ¿No sabes que no debes abrir la puerta a los extraños?

La pregunta me hace estremecer. En cierto sentido, un simple robo habría sido aceptable. He presenciado robos y he sido atracado a escalas mucho menores que esta. Hasta que llegué a Estados Unidos, mi posesión más valiosa era el colchón donde dormía, de manera que los robos eran mucho más nimios: una cámara de usar y tirar, unas sandalias, una resma de papel blanco para escribir a máquina. Todos ellos eran objetos valiosos, sí, pero ahora tengo un televisor, un vídeo, un microondas, un despertador, y muchos otros electrodomésticos, todos procedentes de la sede de la Peachtree United Methodist Church de Atlanta. Algunos eran objetos usados, otros nuevos, y todos han sido donados de forma anónima. Mirarlos, utilizarlos todos los días, me provoca un estremecimiento: una extraña pero genuina expresión física de gratitud. Y ahora intuyo que todos estos regalos están a punto de desaparecer en cuestión de minutos. Me quedo ante Azul Pálido y mi recuerdo busca el momento en que sentí una traición parecida, la última vez que me hallé en presencia de una maldad tan desconsiderada.

Mientras con una mano agarra la empuñadura del revólver, apoya la otra sobre mi pecho.

–¿Por qué no dejas caer el culo en el sofá y te limitas a mirar?

Doy dos pasos atrás y me siento en el sofá, otro regalo de la iglesia. Una mujer blanca con cara de manzana que llevaba una camisa desteñida lo trajo el día en que me instalé aquí con Achor Achor. Se disculpó porque el sofá no había llegado antes que nosotros. La gente de la parroquia se disculpaba a todas horas.

Miro a Azul Pálido y sé a quién me recuerda: a una soldado etíope que disparó contra dos de mis compañeros y estuvo a punto de matarme. Sus ojos despedían el mismo brillo salvaje. Al principio fingió acudir en nuestro rescate. Huíamos de Etiopía, perseguidos por los disparos de centenares de soldados etíopes; el río Gilo iba teñido de nuestra sangre y ella apareció en medio de las altas hierbas. «¡Venid conmigo, niños! ¡Soy vuestra madre! ¡Venid conmigo!» No era más que una cara en la hierba parda, una silueta con los brazos abiertos. Vacilé; dos de los chicos con quienes corría, chicos que había encontrado en el banco del río de sangre, fueron hacia ella. Y cuando los tuvo lo bastante cerca levantó un rifle automático y les disparó al pecho y al estómago. Cayeron delante de mí, y yo di media vuelta y salí corriendo. «¡Vuelve! –siguió diciendo–. ¡Ven con tu madre!»

Aquel día había corrido entre la maleza hasta que encontré a Achor Achor; con él hallamos al Bebé Tranquilo y lo salvamos, y durante un tiempo nos consideramos médicos. Esto sucedió hace mucho tiempo. Debía de tener diez años, once como mucho. Es imposible saberlo. El hombre que está ante mí, Azul Pálido, nunca sentiría esa sensación. Ni le interesaría. Pensar en ese día, cuando nos devolvieron a Sudán desde Etiopía, en los miles de muertos en el río, me da fuerzas para enfrentarme a esta persona que ha irrumpido en mi apartamento, y vuelvo a levantarme.

Ahora el hombre me mira, como un padre que está a punto de hacer algo que lamenta pero que su hijo le ha obligado a hacer. Está tan cerca de mí que puedo oler algo químico en él, algo que recuerda a la lejía.

–¿Estás...? ¿Estás...?

Se le tensa la boca y hace una pausa. Saca el revólver de la cintura y lo mueve con un gesto ascendente y hacia atrás. Noto una impresión negra: me crujen los dientes y veo cómo el techo se precipita encima de mí.

Aunque en la vida me han dado muchos golpes, es la primera vez que me pegan con el cañón de un revólver. Tengo la suerte de haber visto más sufrimiento del que he padecido en mis carnes, pero sin embargo he pasado hambre y me han pegado con palos, con varas, con escobas, piedras y lanzas. He viajado ocho kilómetros en un camión repleto de cadáveres. He visto morir a demasiados niños en el desierto: algunos como si se durmieran, otros después de días de locura. He visto cómo tres chicos morían en las garras de los leones, devorados al azar. Vi cómo aquellas bestias los levantaban del suelo, se los llevaban a sus fauces y se internaban en la maleza para dar cuenta de ellos: yo estaba lo bastante cerca como para oír los húmedos chasquidos de la carne al rasgarse. He visto morir a un amigo íntimo, a mi lado, en un camión volcado, con los ojos abiertos y la vida escapándosele de un orificio invisible. Y pese a todo, en este momento, tendido en el sofá con la mano húmeda de sangre, descubro que echo de menos África. Echo de menos Sudán, echo de menos el profundo desierto pardo del noroeste de Kenia. Echo de menos la nada ocre de Etiopía.

La visión de mi asaltante queda ahora limitada a su cintura y sus manos. Ha guardado el revólver en algún sitio y ahora sus manos me cogen de la camisa y del cuello y me lanzan del sofá a la alfombra. En la caída mi nuca vuelca la mesita y arrastra consigo dos vasos y un radiodespertador. En la alfombra, con la mejilla descansando sobre un charco de su propia sangre, vivo un momento de consuelo y pienso que, con toda probabilidad, ya ha terminado. Estoy tan cansado… Me siento como si pudiera cerrar los ojos y terminar con todo esto.

–Y ahora cierra la puta boca –dice él.

Estas palabras suenan poco convincentes y esto me proporciona un cierto solaz. Me percato de que no es un hombre colérico. No pretende matarme; tal vez haya sido manipulado por la mujer que ahora abre los cajones y los armarios de mi cuarto. Ella parece llevar la voz cantante. Está concentrada en lo que hay en mi habitación, y la tarea de su compañero no es otra que neutralizarme. Parece sencillo, y él no parece inclinado a infligirme más dolor. De manera que descanso. Cierro los ojos y descanso.

Estoy cansado de este país. Me siento agradecido hacia él, sí, he disfrutado muchos aspectos durante los tres años que llevo aquí, pero estoy harto de promesas. Vine aquí, como otros cuatro mil, con la esperanza de hallar tranquilidad. Paz, universidad y seguridad. Supongo que esperábamos encontrar una tierra sin guerra, una tierra sin miseria. Estábamos ansiosos e impacientes. Lo queríamos todo enseguida: hogares, familias, estudios, poder enviar dinero a casa, títulos superiores, y por último cierta influencia. Pero para la mayoría de nosotros la lentitud de esta transición –cuatro años después aún no he cursado los créditos suficientes para matricularme en una carrera de cuatro años– ha desembocado en caos. Esperamos diez años en Kakuma y supongo que no queríamos reanudar la espera. Queríamos que el paso siguiente fuera rápido. Pero esto no ha sucedido, no en la mayor parte de casos, y en el ínterin hemos encontrado maneras de pasar el tiempo. He desempeñado muchos trabajos menores; en la actualidad trabajo en la recepción de un gimnasio, en el turno más temprano posible, permitiendo el acceso a los miembros y explicando las ventajas del club a los que aún no lo son. No es nada del otro mundo, pero representa un nivel de estabilidad desconocido para algunos. Demasiados han fracasado, demasiados sienten que han fracasado. La presión a que estamos sometidos, las promesas que nos hicimos a nosotros mismos y que ahora no podemos cumplir, nos están convirtiendo en monstruos. Y la única persona que, en mi opinión, podía ayudarme a superar el desengaño y la frivolidad de todo esto, una sudanesa ejemplar llamada Tabitha Duany Aker, se ha ido.

Ahora están en la cocina. Ahora en el cuarto de Achor Achor. Aquí tendido, empiezo a calcular qué cosas mías pueden llevarse. Con cierta satisfacción caigo en la cuenta de que el ordenador está en mi coche, así que no podrán robarlo. Pero el portátil nuevo de Achor Achor se irá con ellos. Y será culpa mía. Achor Achor es uno de los líderes de los refugiados más jóvenes de Atlanta y me temo que todo lo que necesita desaparecerá con ese ordenador. Las actas de todas las reuniones, las cuentas, miles de e-mails. No puedo permitir que le roben todo eso. Achor Achor ha estado conmigo desde Etiopía y lo único que le he traído a cambio es mala suerte.

En Etiopía miré a un león a los ojos. Debía de tener diez años; me habían enviado al bosque a buscar leña y el animal salió despacio de detrás de un árbol. Permanecí inmóvil durante un instante, que pareció una eternidad, el tiempo suficiente para grabar en la memoria aquella cara de ojos muertos antes de salir corriendo. Rugió, pero no me persiguió; me gusta pensar que me consideró una presa demasiado formidable. De manera que me enfrenté a ese león; me enfrenté docenas de veces a las pistolas de militares árabes que iban a lomos de caballos, con las túnicas blancas resplandeciendo al sol. Si hice eso, también puedo detener este robo miserable. De nuevo me pongo de rodillas.

–¡No te muevas, capullo!

Y mi cara vuelve a estamparse contra el suelo. Ahora empiezan las patadas: me patea el estómago, el hombro. Duele más cuando mis huesos golpean mis huesos.

–¡Maldito nigeriano hijo de puta!

Ahora parece disfrutar y esto me preocupa. El placer a menudo conduce al abandono, y se cometen errores. Tras siete patadas en las costillas y una en la cadera, decide parar. Tomo aire y compruebo mi estado. No es demasiado grave. Me acurruco hecho un ovillo en una esquina del sofá, decidido a estarme quieto. Debo admitir para mis adentros que nunca he sido un luchador. He sobrevivido a muchas opresiones, pero nunca he luchado contra un hombre cuerpo a cuerpo.

–¡Puto nigeriano! ¡Imbécil!

Jadea, tiene las manos sobre las rodillas.

–¡No es de extrañar que unos capullos como vosotros sigan viviendo en la Edad de Piedra!

Me propina un puntapié más, menos fuerte que los anteriores, pero dirigido a la sien: una explosión de luz blanca invade mi ojo izquierdo.

En América me han llamado nigeriano con anterioridad –debe de ser el país africano más conocido–, pero nunca me habían pateado. Sin embargo, sí he presenciado cosas parecidas. Supongo que en lo que a violencia se refiere hay pocas cosas que no haya visto en Sudán o en Kenia. Me pasé dos años en un campo de refugiados en Etiopía, y allí vi a dos niños pelearse con tanta saña por una ración de comida que uno mató al otro a patadas. El chaval no había tenido la intención de matar a su contrincante, desde luego, pero éramos pequeños y estábamos muy débiles. No se puede luchar cuando no se ha comido bien desde hace semanas. El cuerpo del chico muerto no estaba preparado para traumatismos, una fina capa de piel cubría unas frágiles costillas que ya no conseguían proteger el corazón. Estaba muerto antes de tocar el suelo. Fue justo antes de comer, y después de que se llevaran al chico para enterrarlo en el suelo de piedras nos sirvieron judías estofadas con maíz.

Ahora mi intención es no decir nada, limitarme a esperar que Azul Pálido y su amiga se marchen. No pueden quedarse mucho más tiempo; seguro que enseguida se habrán llevado todo lo que quieren. Veo la pila de cosas que están amontonando en la mesa de la cocina, las cosas que planean robar. La tele, el portátil de Achor Achor, el vídeo, los teléfonos inalámbricos, mi móvil, el microondas.

El cielo se oscurece; mis invitados llevan unos veinte minutos en nuestro apartamento y Achor Achor no volverá hasta dentro de muchas horas, si es que vuelve. Su trabajo es parecido al que yo tuve en el pasado: en una exposición de muebles, en la trastienda, preparando los envíos de muestras para los decoradores de interiores. Incluso cuando no está trabajando, apenas para en casa. Tras muchos años sin compañía femenina, Achor Achor se ha echado novia: una afroamericana llamada Michelle. Es encantadora. Se conocieron en la universidad estatal, en una clase de confección de colchas a la que Achor Achor se matriculó por error. Entró en el aula, se sentó al lado de Michelle y ya no se fue. Ella despide un aroma a limón, a limón con esencia de flores, y yo cada día veo menos a Achor Achor. Hubo un momento en que albergué esta clase de ideas respecto a Tabitha. Nos imaginé forjando planes para una boda y rodeados de varios niños que hablarían inglés, como hacen los americanos, pero Tabitha vivía en Seattle y esos planes quedaban muy lejos. Quizá le esté dando a todo eso un tinte romántico. También me pasó en Kakuma; perdí a alguien muy cercano a mí y después creí que podría haberlo salvado de haber sido un amigo mejor. Pero todos desaparecen, no importa quién los quiera.

Ahora empieza el transporte de nuestras pertenencias. Azul Pálido ha colocado los brazos en forma de cuna y su cómplice está amontonando allí nuestras posesiones: primero el microondas, luego el portátil y ahora el aparato de música. Cuando la montaña le llega a la barbilla, la mujer se dirige a la puerta y la abre.

–¡Mierda! –dice ella, y cierra la puerta al instante.

Dice a Azul Pálido que fuera hay un coche de policía, estacionado en nuestro aparcamiento. De hecho, ese coche bloquea la salida del suyo.

–¡Mierda mierda mierda! –escupe ella.

El pánico continúa durante un rato, y enseguida se colocan a ambos lados de la ventana que da al patio, protegidos por la cortina. De su conversación deduzco que el policía está hablando con un latino, pero el lenguaje corporal del agente parece indicar que el tema no es acuciante. La mujer y Azul Pálido intuyen con alivio que el agente de policía no está allí por ellos. Pero en ese caso, ¿por qué no se marcha?

–¿Por qué ese capullo no se va a hacer su trabajo? –pregunta ella.

Se disponen a esperar. La herida de mi frente parece haber dejado de sangrar. Con la lengua exploro los desperfectos de mi boca. Uno de los dientes traseros superiores está astillado, y tengo un molar aplastado; lo noto afilado, como un pico serrado. Pero no me preocupan los temas dentales. La perfección de la dentadura no es precisamente el rasgo distintivo de los sudaneses.

Levanto la vista y descubro que la mujer y Azul Pálido tienen mi mochila, que no contiene nada más que mis deberes del Georgia Perimeter College. Al imaginar el tiempo que necesitaré para reproducir esos cuadernos, ahora que los exámenes de medio trimestre están tan próximos, casi me pongo de pie otra vez. Miro a mis visitantes con tanto odio como soy capaz, con tanto odio como me permite mi dios.

Soy un idiota. ¿Por qué abrí la puerta? En Atlanta tengo una amiga afroamericana, Mary, nada más que una amiga, que se va a reír de esto. No hace ni una semana estábamos en esta misma sala, sentados en el sofá, viendo El exorcista con Achor Achor. Llevábamos años queriendo verla, Achor Achor y yo. Admito que tenemos un interés especial en el concepto del mal, y nos intrigaba la idea de un exorcismo. Aunque creíamos que nuestra fe era fuerte y habíamos recibido una profunda educación católica, nunca habíamos oído hablar de un exorcismo llevado a cabo por un sacerdote católico. De manera que vimos la película, y nos aterró a los dos. Achor Achor no superó los primeros veinte minutos. Se retiró a su cuarto, cerró la puerta, puso en marcha el aparato de música y se concentró en sus ejercicios de álgebra. En una escena de la película alguien llama a la puerta, un augurio de mala suerte, y se me ocurrió una pregunta. Paré la película y Mary suspiró con paciencia; ya está acostumbrada a que interrumpa un paseo, ya sea a pie o en coche, para hacer alguna pregunta. «¿Por qué la gente pide dinero en la mediana de la autopista?» «¿Todas las oficinas de este edificio están ocupadas?» En ese momento pregunté a Mary quién abre en América cuando alguien llama a la puerta.

–¿Qué quieres decir? –preguntó ella.

–¿Va el hombre o la mujer? –pregunté.

Ella se rió.

–El hombre –dijo–. El hombre. El hombre es el protector, ¿no? Por supuesto que es el hombre quien abre. ¿Por qué?

–En Sudán –dije–, no puede ser el hombre. Siempre es la mujer la que la puerta, porque quien llama siempre viene en busca del hombre.

Ay, acabo de notar otro diente astillado. Mis amigos siguen junto a la ventana, separan las cortinas a intervalos regulares, descubren que el poli aún está allí y maldicen durante unos minutos antes de sumirse de nuevo en su alicaída vigilancia.

Ha transcurrido una hora y ahora siento curiosidad por lo que debe de estar haciendo el agente de policía en el aparcamiento. Empiezo a albergar esperanzas de que esté enterado del robo, y de que, con el fin de evitar un enfrentamiento, haya optado por esperar a que salgan mis amigos. Pero, entonces, ¿por qué anunciar su presencia? ¿Tal vez el agente esté en el edificio para investigar a los camellos del C4? Sin embargo, los hombres del C4 son blancos, y por lo que he podido deducir el agente está hablando con Edgardo, el ocupante del C13, a ocho puertas de mi apartamento. Edgardo es mecánico y amigo mío; según sus estimaciones me ha ahorrado dos mil doscientos dólares en reparaciones de coche en los dos años que llevamos siendo vecinos. A cambio, yo le he llevado a la iglesia, a trabajar, al centro comercial North DeKalb. Tiene coche, pero prefiere no conducir. No he visto los ejes de ese vehículo en movimiento desde hace al menos seis meses. Le encanta repararlo, y no le importa hacer lo mismo con el mío, un Corolla de 2001. Edgardo siempre se empeña en que lo entretenga mientras trabaja en mi coche.

–Cuéntame algo –me dice, porque no le gusta la música que suena en la radio–. En todas partes del país, excepto en Atlanta, ponen música del norte. ¿Qué estoy haciendo aquí? Este no es lugar para un melómano. Cuéntame algo, Valentino. Habla conmigo. Habla conmigo. Cuéntame una historia.

La primera vez que me lo pidió empecé a relatarle mi propia historia, que empezó cuando los rebeldes, hombres que acabarían uniéndose al Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés, asaltaron la tienda que mi padre tenía en Marial Bai. Yo tenía seis años, y la presencia de los rebeldes en nuestro pueblo parecía incrementarse mes tras mes. La mayoría los toleraba, otros los desanimaban. Para los estándares de la zona, mi padre era un hombre acaudalado: propietario de una tienda en nuestra ciudad y de otra más pequeña a varios días de camino a pie. Años atrás él también había sido un rebelde, pero ahora que se había convertido en un hombre de negocios no quería líos. No quería revolución, no tenía nada en contra de los islamistas de Jartum. Decía que no le molestaban, que estaban a medio mundo de distancia. Él solo quería vender grano, maíz, azúcar, cerámica, telas, caramelos.

Un día que yo estaba en la tienda, jugando en el suelo, oí barullo por encima de mi cabeza. Tres hombres, dos de ellos armados con rifles, exigían llevarse lo que querían. Proclamaban que era por el bien de la revolución, que contribuiría al nacimiento de un Nuevo Sudán.

–No, no –dijo Edgardo–. Nada de violencia. No quiero oír hablar de violencia. Ya leo tres periódicos al día. –Señaló los periódicos extendidos debajo del coche, ahora marrones de grasa–. Ya estoy harto de eso. Conozco vuestra guerra. Cuéntame otra historia. Dime cómo conseguiste ese nombre, Valentino. Es un nombre raro para un africano, ¿no crees?

Así que le conté la historia de mi bautismo. Esto sucedió en mi ciudad natal. Yo debía de tener unos seis años. El bautismo fue idea de mi tío Jok; mis padres, que se oponían a las ideas cristianas, no asistieron. Creían en las ideas religiosas tradicionales de mi clan, y los experimentos del pueblo con el cristianismo quedaban limitados a los jóvenes como Jok, y a aquellos a quienes estos podían persuadir, como yo. La conversión suponía un sacrificio para cualquier hombre, dado que el padre Dominic Matong, un sudanés que había sido ordenado sacerdote por misioneros italianos, prohibía la poligamia. Mi padre, que tenía muchas esposas, se basaba en eso para rechazar la nueva religión; en eso y en el convencimiento de que los cristianos parecían preocuparse mucho por el lenguaje escrito. Ni mi padre ni mi madre sabían leer y no eran ninguna excepción entre la gente de su edad.

–Vete a tu Iglesia de Libros –me dijo–. Ya volverás cuando recobres el sentido común.

Yo iba vestido con una túnica blanca, rodeado por Jok y su esposa Adeng, mientras el padre Matong formulaba las preguntas. Había caminado durante dos días desde Aweil para bautizarnos, a mí y a tres chicos más, todos situados en fila a mi espalda. Nunca me había sentido tan nervioso. Los demás decían que esto no era nada comparado con enfrentarse a una paliza de sus respectivos padres, pero yo no podía ponerme en su lugar: mi padre nunca me levantó la mano.

De cara a Jok y a Adeng, el padre Matong sostenía la Biblia en una mano y elevaba la otra en el aire.

–¿Ofrecéis a vuestro hijo, con todo vuestro corazón y vuestra fe, para que sea bautizado y se convierta en un miembro devoto de la familia de Dios?

–¡Sí! –dijeron ellos.

Di un salto al oírlo. Habían gritado más de lo que esperaba.

–Y al hacerlo, ¿rechazáis a Satanás, con todo su poder, engaño y falta de fe?

–¡Sí!

–¿Creéis en Jesucristo, el hijo de Dios, nacido de la Virgen María, que sufrió y fue crucificado, y resucitó al tercer día para salvarnos de nuestros pecados?

–¡Sí!

Y entonces vertieron agua limpia y fría sobre mi cabeza. El padre Matong la había traído consigo durante los dos días de camino desde Aweil.

Con el bautismo se me impuso mi nombre cristiano, Valentino, escogido por el padre Matong. Muchos chicos usaron desde entonces el nombre del bautismo, pero en mi caso no fue así, ya que nadie, ni siquiera yo, sabía pronunciarlo. Decíamos Valdino, Baldero, Benedino. No fue hasta que me encontré en un campo de refugiados de Etiopía cuando el nombre fue usado por alguien que me conocía. También fue entonces cuando, por improbable que parezca, volví a ver al padre Matong. Fue entonces cuando me recordó mi nombre cristiano, me habló de su origen y me enseñó a decirlo en voz alta.

A Edgardo le encantaba esta historia. Hasta ese momento no supo que yo era católico como él. Hicimos planes para asistir a una misa juntos algún día, pero todavía no lo hemos hecho.

2

2

–¡Mira a este tío! ¡Con la cabeza ensangrentada y esa cara de cabreado!

Azul Pálido se dirige a mí. Aún está apostado en la ventana, pero su cómplice lleva un buen rato encerrada en el cuarto de baño. Este desarrollo, el hecho de que haya usado mi cuarto de baño, me convence de la necesidad de abandonar este apartamento. La violación de mi intimidad ha sido completa. En cuanto se vayan me gustaría prenderle fuego.

–Eh, Tonya, ven a echar un vistazo al príncipe nigeriano. ¿Qué pasa, tío? ¿No te habían robado nunca?

Ahora ella también me mira. Se llama Tonya.

–Vete acostumbrando, África –dice ella.

Se me ocurre que cuanto más tiempo pase el agente de policía en el aparcamiento, mayores probabilidades hay de que me encuentren. Mientras el poli siga allí, existe la posibilidad de que regrese Achor Achor o de que pase a verme Edgardo. No es que esto último sea muy habitual –prefiere el teléfono–, pero no es imposible. Si llamara a la puerta, no habría forma de ocultar lo que está pasando aquí.

Suena mi teléfono móvil. Tonya y Azul Pálido lo dejan sonar. Minutos más tarde, suena de nuevo. Deben de ser las cinco.

–¡Vaya con el chulo! –dice Azul Pálido–, le suena el teléfono cada minuto. ¿Te dedicas a chulear chicas, príncipe?

Si no hubiera establecido unas reglas, el teléfono móvil no pararía de sonar. En Estados Unidos debe de haber un círculo de tal vez trescientos sudaneses que se mantienen en contacto, yo con ellos pero sobre todo ellos conmigo, y lo hacemos hasta un extremo que podría considerarse excesivo. Todos creen que dispongo de una especie de línea directa con los rebeldes, con el ELPS. Me llaman para confirmar cualquier rumor, para pedirme opinión sobre los últimos acontecimientos. Antes de que insistiera en que las llamadas quedaran limitadas al período que va entre las cinco y las nueve, recibía una media de setenta llamadas por día. No exagero. Las llamadas eran incesantes. Cualquier conversación de cinco minutos quedaba interrumpida ocho o nueve veces por nuevas llamadas. Bol llama desde Phoenix y mientras hablo con él sobre el visado de su hermano, que ha conseguido llegar a El Cairo, llama James desde San José para pedir dinero. Compartimos información sobre trabajos, préstamos para coches, seguros, bodas, acontecimientos en el sur de Sudán. Cuando John Garang, líder del ELPS y el hombre que más o menos provocó el inicio de la guerra civil, murió en un accidente de helicóptero el pasado mes de julio, las llamadas no respetaron límites ni horarios. Estuve al teléfono, sin parar, durante cuatro días. Y sin embargo no sabía nada que no supieran los otros.

En muchos casos, los Niños Perdidos de Sudán no tienen a nadie más. Por cierto, la verdad es que el nombre de Niños Perdidos no es un apodo muy apreciado por muchos de nosotros, pero resulta útil: huimos o nos echaron de nuestros hogares; la mayoría éramos huérfanos, y miles de nosotros deambulamos por desiertos y bosques durante lo que parecieron años. En cierto sentido estábamos solos, y la mayoría ni siquiera sabía adónde iba. Mientras estuvimos en Kakuma, uno de los mayores y más remotos campos de refugiados del mundo, encontramos nuevas familias, al menos muchos de nosotros. Viví con un maestro de mi ciudad natal, y cuando, dos años después, trajo a su familia al campo, disfrutamos de algo parecido a una familia. Había cinco niños y tres niñas. Yo las llamaba hermanas. Íbamos al colegio juntos, a buscar agua juntos. Pero con nuestra reubicación en Estados Unidos volvíamos a ser solo chicos. Hay muy pocas sudanesas en Estados Unidos, y muy pocos ancianos, de manera que confiamos los unos en los otros para casi todo. Esto tiene sus desventajas, ya que a menudo compartimos rumores infundados y una abyecta paranoia.

Cuando llegamos aquí, permanecimos en el interior de nuestros apartamentos durante semanas y solo nos aventurábamos a salir cuando era necesario. Uno de nuestros amigos, que llevaba en Estados Unidos mucho más tiempo que nosotros, acababa de ser atracado de camino a casa. Me entristece decir que eran afroamericanos, y esto hizo que nos planteáramos qué imagen tenían de nosotros. Nos sentíamos vigilados, perseguidos. Los sudaneses somos reconocibles; no nos parecemos a ningún otro pueblo de la tierra. Ni siquiera nos parecemos al resto de habitantes del este de África. El aislamiento de muchas zonas del sur de Sudán ha asegurado que nuestra sangre se mantenga inalterada. Nos pasamos semanas encerrados, preocupados no solo por los jóvenes depredadores sino también por si los agentes de inmigración de Estados Unidos cambiaban de opinión sobre nosotros. Es divertido pensarlo desde el momento presente: lo ingenuos que éramos, lo sesgado de nuestra perspectiva. Todo parecía posible. Si nos dejábamos ver demasiado, o si alguno de nosotros se metía en líos, parecía perfectamente probable que fuéramos reenviados a África. O quizá solo encarcelados. Achor Achor creía que podían ejecutarnos si llegaban a descubrir que alguna vez estuvimos afiliados al ELPS. En Kakuma fuimos muchos los que mentimos en las solicitudes y durante nuestras conversaciones con los agentes. Sabíamos que si admitíamos haber pertenecido al ELPS, no nos enviarían a Atlanta, a Dakota del Norte o a Detroit. Nos quedaríamos en Kakuma. Así que los que teníamos que mentir, mentimos. El ELPS había sido parte de nuestra vida desde muy temprana edad, y alrededor de la mitad de los jóvenes que se llaman a sí mismos los Niños Perdidos fueron niños soldados en mayor o menor grado. Pero se trata de una parte de nuestra historia que nos han aconsejado omitir.

Así que no salíamos. Nos pasábamos la mayor parte del día y la noche viendo la tele, actividad que solo interrumpíamos para echar una siesta o una partida de ajedrez. Uno de los hombres que vivía con nosotros aquellos días nunca había visto la televisión, a excepción de algún momento aislado en Kakuma y Nairobi; desde luego nada que se pareciera a los ciento veinte canales que podíamos sintonizar en aquel primer piso. Era algo demasiado gordo para absorberlo en un par o tres de días. Estuvimos viendo la tele sin pausa durante una semana, y al final de ese período estábamos alterados, descorazonados, totalmente confundidos. Uno de nosotros se aventuraba a salir al anochecer, a comprar comida o cualquier otra cosa que necesitáramos, siempre con el temor de ser, también nosotros, atracados por jóvenes afroamericanos.

Aunque los ancianos de Sudán nos habían advertido sobre el índice de criminalidad en Estados Unidos, esta clase de cosas no formaba parte de nuestra orientación oficial. Cuando, después de diez años, nos dijeron que por fin abandonaríamos el campo de refugiados, nos impartieron un cursillo de dos días sobre lo que veríamos y oiríamos en Estados Unidos. Un americano llamado Sasha nos habló de la moneda americana, de cómo encontrar trabajo, del alquiler, el aire acondicionado, el transporte público y la nieve. Muchos iríamos a parar a lugares como Fargo o Seattle, y para ilustrar la lección, Sasha nos dejó tocar un trozo de hielo. Muchos de los asistentes a la clase nunca habían tocado el hielo. Yo sí, pero solo porque fui uno de los jóvenes líderes del campo, y en el recinto de la ONU había visto muchas cosas, entre ellas los almacenes de comida, el equipo de atletismo donado por Japón y Suecia, y las películas de Bruce Willis. Pero aunque Sasha nos dijo que en América ni siquiera los hombres más poderosos podían tener más de una esposa a la vez –mi padre tenía seis– y nos habló de escaleras mecánicas, tuberías interiores y de las diversas leyes del país, no nos advirtió que los adolescentes americanos me dirían que volviera a África. La primera vez que me pasó iba en un autobús.

Unos meses después de nuestra llegada empezamos a aventurarnos a salir del piso, en parte porque solo nos habían proporcionado suficiente dinero para vivir durante tres meses, y nos hacía falta encontrar un empleo. Era enero de 2002 y yo trabajaba en el almacén de Best Buy. Volvía a casa a las ocho, después de efectuar tres transbordos (el trabajo no duró porque tardaba noventa minutos en recorrer veinte kilómetros). Pero aquel día estaba bastante satisfecho: ganaba ocho dólares con cincuenta la hora y compartía el trabajo en el almacén de Best Buy con otros dos sudaneses: metíamos en cajas televisores de plasma y lavavajillas. Estaba agotado, volvía a casa y ardía en deseos de ver una cinta que había estado circulando entre los Niños Perdidos de Atlanta; alguien había filmado la reciente boda de un célebre sudanés y una sudanesa que yo había conocido en Kakuma, instalados ahora en Kansas City. Iba a bajar en mi parada cuando dos adolescentes afroamericanos se dirigieron a mí.

–Tú –me dijo uno de los chicos–, tú, tío raro, ¿de dónde eres?

Me volví y le dije que era de Sudán. Esto le dio que pensar. Sudán no es muy conocido, o al menos no lo era hasta que la guerra iniciada por los islamistas hace veinte años, con sus ejércitos sustitutos, sus milicias desatadas, llegó a Darfur en 2003.

–¿Sabes? –dijo el adolescente, inclinando la cabeza y mirándome de arriba abajo–, eres uno de esos africanos que nos ha vendido.

Siguió así durante un rato, y dejó claro que me creía responsable de la esclavitud de sus ancestros. Lógicamente, su amigo y él me siguieron a lo largo de una manzana, hablando a mi espalda, sugiriéndome de nuevo que volviera a África. Esta idea también le ha sido formulada a Achor Achor, y ahora mis dos huéspedes también la han expresado en voz alta. Hace un momento, Azul Pálido me ha mirado con cierta compasión y ha dicho:

–Tío, ¿qué haces aquí? ¿Has venido a ponerte nuestros trajes y a actuar como si fueras alguien educado? ¿No creías que te pillarían aquí?

Aunque tengo una mala opinión de los adolescentes que me acosaron, siento más tolerancia hacia esta clase de experiencia que algunos de mis compañeros sudaneses. Es algo terrible, las opiniones que hemos desarrollado los africanos de los afroamericanos. Vemos películas americanas y llegamos a este país convencidos de que los afroamericanos son todos traficantes y ladrones de bancos. Los ancianos sudaneses de Kakuma nos dijeron, sin ambages, que nos mantuviéramos alejados de los afroamericanos, sobre todo de las mujeres. Qué sorprendidos habrían estado de haber sabido que la primera persona, y la más importante, que nos ayudó en Atlanta fue una afroamericana que solo quería hacer de puente con otras personas dispuestas a ayudar. Cabe resaltar que esta ayuda nos dejó perplejos; en cierto sentido la veíamos como un derecho adquirido, aunque a la vez cuestionábamos que otros la necesitaran. En Atlanta, cuando veíamos a gente sin trabajo, sin techo o jóvenes bebiendo en esquinas o coches, les decíamos: «¡Id a trabajar! Tenéis manos, ¡trabajad!». Pero eso era antes de que empezáramos a buscar trabajo, y desde luego antes de que comprendiéramos que trabajar en Best Buy no facilitaba en absoluto nuestros objetivos de estudiar en la universidad o simplemente de progresar.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto internacional John F. Kennedy, nos prometieron el suficiente dinero para cubrir el alquiler y la comida durante tres meses. Me llevaron a Atlanta, me proporcionaron una carta verde temporal y otra para la asistencia médica, y a través del International Rescue Committee me dieron suficiente dinero para pagar el alquiler durante exactamente tres meses. Los ocho dólares con cincuenta que ganaba por hora en Best Buy no bastaban. Aquel primer otoño acepté un segundo empleo, en una tienda temática navideña que abría en noviembre y que cerró a principios de enero. Colocaba figuras de Santa Claus de cerámica en las estanterías, rociaba objetos en miniatura con nieve sintética, barría el suelo varias veces al día. Sin embargo, entre ambos empleos, ninguno con horario completo, ganaba menos de doscientos dólares a la semana, descontados impuestos. Conocía a hombres en Kakuma que ganaban más, en términos relativos, vendiendo zapatillas hechas de cuerda y neumáticos de goma.

Por fin, un artículo de periódico sobre los sudaneses en Atlanta trajo consigo nuevas ofertas de trabajo de ciudadanos bienintencionados y acepté uno en un expositor de muebles, la clase de lugar frecuentado por diseñadores, en un complejo suburbano con muchos expositores parecidos. El empleo me condenaba a estar en la trastienda, entre las muestras de tela. Es algo de lo que no debería avergonzarme, y sin embargo no puedo evitarlo: mi trabajo consistía en enviar muestras de tela para los diseñadores y volver a archivarlas cuando me eran devueltas. Lo desempeñé durante casi dos años. Ese tiempo desperdiciado, todo ese tiempo que pasé sentado en un taburete de madera catalogando, sonriendo, archivando, dando las gracias –cuando debería haber estado en el colegio– es algo que prefiero olvidar. Las horas que hago ahora en el centro de Century Club Health and Fitness son superficialmente agradables: los socios del gimnasio me sonríen y yo a ellos, pero mi paciencia se agota por momentos.

Azul Pálido y Tonya llevan un rato discutiendo. Cada vez están más nerviosos por el propósito que ha traído a la policía al aparcamiento. Tonya le echa la culpa a Azul Pálido por haber aparcado el coche allí; ella quería aparcar en la calle para facilitar la huida. Azul Pálido replica que fue Tonya la que insistió en que dejara el coche en el aparcamiento, para así poder salir lo más deprisa posible. Este debate ha durado veinte minutos, más o menos, en forma de acalorados intercambios verbales seguidos de largos y tensos silencios. Actúan como si fueran hermanos, y empiezo a pensar que son parientes. Se hablan sin respeto, ni límites, como hacen los hermanos en América.

En estos momentos yo debería estar en Ponte Vedra Beach, Florida, con Phil Mays y su familia. Phil ha sido mi anfitrión, el mecenas y mentor americano que accedió a ayudarme durante mi vida aquí. Abogado especializado en el sector inmobiliario, Phil me compró ropa, me alquiló el apartamento, financió mi Toyota Corolla, me dio una lámpara de pie, los electrodomésticos de la cocina y un teléfono móvil, y me llevó al médico cuando sufrí esas tremendas jaquecas. Ahora Phil vive en Ponte Vedra Beach y hace dos semanas me invitó a pasar un fin de semana allí y a visitar la Universidad de Florida. Le dije que no, pensando que el viaje estaba demasiado cercano a mis exámenes de medio curso en el Georgia Perimeter College. Mañana tengo dos.

Pero llevo algún tiempo pensando en irme de Atlanta.

Mi próximo destino no tiene por qué ser Florida, pero no puedo quedarme aquí. Tengo otros amigos aquí, otros aliados –Mary Williams y una familia apellidada Newton–, pero no me bastan para convencerme de permanecer en Georgia. Todo es muy difícil en la comunidad sudanesa de aquí; hay demasiadas suspicacias. Siempre que alguien intenta ayudar a uno de nosotros, el resto de sudaneses se queja de que es injusto, de que ellos también merecen esa contribución. ¿Acaso no cruzamos todos el desierto a pie?, preguntan. ¿No nos comimos los intestinos de hienas y cabras para llenar el estómago? ¿No bebimos todos nuestra propia orina? Esta última parte es, desde luego, apócrifa, totalmente falsa para la gran mayoría de nosotros, pero suele impresionar a la gente. Durante nuestro viaje a pie desde el sur de Sudán a Etiopía hubo un puñado de chicos que se bebió su orina, y unos cuantos más que comieron barro para mantener la humedad de la garganta, pero nuestras experiencias eran muy distintas en función de cuándo cruzamos Sudán. Los últimos grupos gozaron de más ventajas, de más apoyo por parte del ELPS. Hay un grupo, que cruzó el desierto justo detrás del mío, que hizo el viaje en un camión cisterna. ¡Disponían de soldados, armas, camiones! Y del camión cisterna, que simbolizaba para nosotros todo lo que nunca tendríamos, y el hecho de que siempre habría castas entre las castas: de que incluso entre los grupos de niños que huían seguía habiendo jerarquías. Pese a ello, los relatos de los Niños Perdidos se han vuelto notablemente parecidos a lo largo de los años. Todos incluyen ataques de leones, hienas, cocodrilos. Todos han presenciado ataques a manos de los murahaleenes –milicias a caballo pagadas por el gobierno–, bombardeos de Antonovs, caravanas de esclavos. Pero no todos vimos las mismas cosas. En el punto álgido de nuestro viaje del sur de Sudán a Etiopía debíamos de ser unos veinte mil, y las rutas que seguimos fueron distintas. Algunos llegaron con sus padres. Otros con soldados rebeldes. Unos miles viajaron solos. Pero ahora, tanto los mecenas como los periodistas y similares esperan que las historias contengan ciertos elementos, y los Niños Perdidos se han mostrado coherentes en su deseo de no defraudarlos. Los supervivientes cuentan el relato que les piden los simpatizantes, y eso implica dotarlos de la mayor cantidad de detalles escabrosos posible. Mi propia historia incluye tantos adornos menores que no me siento con fuerza moral para criticar los relatos ajenos.

Me pregunto si a mis amigos Tonya y Azul Pálido les importaría algo si lo supieran. No saben nada de mí, y me pregunto si, de conocer los detalles sobre mi viaje hasta aquí, alterarían el curso de acción emprendido en mi contra. No albergo muchas esperanzas al respecto.

Ahora han vuelto a apostarse junto a la ventana, los dos, y maldicen al agente. Creo que no han pasado más de noventa minutos, pero, aun así, resulta desconcertante. Nunca he visto a un agente de policía pasar más de unos minutos en el aparcamiento de este complejo de viviendas. Hubo un robo hace tiempo, pero nadie estaba en casa y se olvidó en unos días. Este robo en marcha, unido a la prolongada presencia de la policía... parece ilógico.

Tonya emite un grito.

–¡Largo, cerdo, largo!

Azul Pálido está sentado en la silla de la cocina y separa las varillas de la persiana con los dedos.

–Sí, ¡súbete al puto coche! ¡Vete, capullo!

Estoy hecho polvo, pero al mismo tiempo, la partida del agente podría significar la desaparición rápida de mis dos huéspedes. Ahora se ríen.

–Eh, tío, creía que...

–¡Ya lo sé! Estaba...

No pueden parar de reír. Tonya suelta una exclamación de alegría.

Ahora se mueven a toda prisa. Tonya vuelve a amontonar el estéreo, el vídeo y el microondas en los brazos de Azul Pálido, y una vez más él se dirige a la puerta. Ella se la abre, y por un momento siento el temor de que el poli les haya tendido una especie de trampa y haya fingido que se iba. ¿Tal vez esté escondido en la esquina? Podría significar el arresto de esos dos, pero también un enfrentamiento más largo, un rehén, disparos. Por improbable que parezca, me descubro esperando que el agente de policía se haya ido de verdad y que estos dos se larguen cuanto antes.

Y, durante unos diez minutos, eso parece. Al amparo de la noche, sus movimientos desprenden un cinismo total: realizan dos viajes cada uno para llevar todos los objetos valiosos del apartamento al coche. Y ahora los tengo delante.

–Bueno, África, espero que esto te haya servido de lección –dice Tonya .

–Gracias por tu hospitalidad, hermano –añade Azul Pálido.

Están exaltados ante la perspectiva de su inminente y segura huida. Azul Pálido está de rodillas, desenchufando el televisor.

–¿Puedes? –pregunto Tonya.

–Ya está –responde él.

Jadea al levantar el aparato de la mesita. Es un televisor grande, un modelo antiguo, ancho como un yunque, con una pantalla de diecinueve pulgadas. Tonya le abre la puerta y Azul Pálido sale de espaldas. No me dicen nada. Se van y cierran la puerta.

Espero un momento tendido en el suelo, sin creérmelo. El apartamento tiene ahora una atmósfera extraña. Por un instante, todo se vuelve más raro sin ellos que con ellos dentro.

Me incorporo. Me pongo de pie, despacio, y el dolor de mi cabeza envía rayos de calor blanco por mi espalda. Me dirijo, dando traspiés, hasta mi cuarto, a comprobar la magnitud de la tragedia. No parece muy distinto de como lo dejé, excepto por la ausencia de la cámara, el teléfono, el reloj y las zapatillas deportivas. En el cuarto de Achor Achor han sido menos amables: todos los cajones están abiertos y han sido vaciados; su archivador, ordenado de forma casi compulsiva, está ahora volcado y su contenido –cada pedazo de papel que ha firmado desde que tenía once años– aparece diseminado por el suelo.

Vuelvo al comedor y me detengo. Están aquí. Tonya y Azul Pálido están de nuevo en mi apartamento y estoy asustado. No quieren dejar testigos. No se me había ocurrido antes pero ahora me parece comprensible. Pero ¿cómo van a disparar contra mí sin alertar a los otros cincuenta y cuatro residentes del edificio?

Tal vez piensen matarme de otra forma.

Los observo desde la puerta. No hacen el menor movimiento hacia mí. Si lo hacen, dispondré de un momento para encerrarme en mi habitación. Tal vez incluso para escapar por la ventana. Lentamente, doy un paso atrás.

–No te muevas, África. No des ni un puto paso.

Azul Pálido se ha llevado la mano a la pistola. El televisor está en el suelo, entre ambos.

–Podemos descargar la furgoneta –le dice Tonya.

–No vamos a descargar la furgoneta. Tenemos que salir de aquí cagando leches.

–¿No me dirás que tenemos que dejar esto aquí?

–¿Y qué quieres hacer?

–Deja que piense.

Como ya he dicho antes, soy un imbécil. Porque soy imbécil y porque recibí demasiadas lecciones de hombres y mujeres buenos provistos de rígidos códigos morales, hallo mis fuerzas en la afirmación de lo que es correcto. Esto pocas veces me ha servido de nada en situaciones como esta. Al verlos discutir se me ocurre una idea y tomo la palabra.

–Es mejor que os vayáis. Se acabó. He llamado a la policía. Vienen hacia aquí –digo en un tono de voz neutro.

Pero mientras pronuncio las últimas palabras, Azul Pálido se dirige hacia mí y en una sucesión rápida de palabras y gestos dice: «Tú no has hecho una mierda, capullo», y luego hace ademán de golpearme. Como creo que va a darme en la cara, me cubro la cabeza y dejo el torso sin protección. Y por primera vez en mi vida recibo un golpe que creo que podría matarme. Un puñetazo en el estómago, propinado con toda la fuerza por un hombre como Azul Pálido, es algo difícil de soportar, sobre todo por alguien como yo, de complexión débil: metro cincuenta de estatura y sesenta y cinco kilos de peso. Es como si me arrancara los pulmones del pecho. Jadeo. Escupo. Al final resbalo y caigo al suelo; en la caída me golpeo la cabeza contra algo duro e irrompible, y ese es, por el momento, el final de Valentino Achak Deng.

3

3

Cuando abro los ojos, la escena ha cambiado. La mayor parte de mis posesiones han desaparecido, sí, pero el televisor sigue allí: ahora está en la mesa de la cocina. Alguien lo ha devuelto. Alguien lo ha enchufado de nuevo y hay un chico sentado con la vista fija en la pantalla. El niño no debe de tener más de diez años y ha ocupado una de las sillas de la cocina. Le cuelgan los pies. Tiene un teléfono móvil en su regazo y no me presta la menor atención.

Podría ser un sueño, una alucinación, cualquier cosa. No parece posible que haya un niño en la mesa de mi cocina, la mar de contento, viendo la tele. Mantengo los ojos fijos en él, a la espera de que la imagen se evapore. Pero no se evapora. Hay un chaval de diez años en mi cocina, viendo la tele, que ha sido reubicada. Alguien trasladó el aparato del comedor a la cocina y se tomó la molestia de volver a enchufarlo. Mi cabeza tiembla, asaltada por un dolor que supera con creces el resto de jaquecas que he sufrido desde que aterricé cinco años atrás en el JFK.

Sigo tendido en la alfombra, preguntándome si debería intentar moverme de nuevo. Ni siquiera sé quién es este chico; podría estar metido en la misma clase de lío que yo. Intento encontrar mis brazos y me percato de que los tengo detrás, atados con lo que supongo que es el cable del teléfono.

Esto también es algo nuevo para mí. Nunca me han atado así, aunque he visto a hombres maniatados y he visto ejecuciones con mis propios ojos. Tenía once años cuando vi morir a esos hombres, cuando lo vimos yo y diez mil niños más en Etiopía. Se suponía que era una lección para todos.

Me han amordazado. Es cinta aislante, lo sé porque Achor Achor y yo la hemos usado para la comida que guardamos en el congelador. Azul Pálido y Tonya deben de habérmela colocado en la boca; el rollo yace junto a mi hombro. Mi voz y mis movimientos están restringidos por cosas que son mías.

No estoy seguro de qué me va a pasar. He llegado a la conclusión de que los tiroteos obedecen más a la lucha que a un plan previo. Dado que no he presentado batalla, y dado que tengo a un niño de diez años en la mesa de la cocina, intuyo que no pretenden matarme. Pero sé que me hallo perdido en esta serie de acontecimientos. No sé dónde están los asaltantes ni si van a volver. ¿Y tú quién eres, chico de la tele? Deduzco que te han dejado aquí para vigilarnos, a mí y a la tele, y que no tardarán en regresar para llevarnos a los dos. De niño me pidieron en más de una ocasión que vigilara el AK-47 de un soldado del Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés. Durante gran parte de la guerra se decía que cualquier soldado que perdiera su arma sería ejecutado por el ELPS, así que cuando estaban ocupados solían recurrir a alguno de los chicos, que siempre estábamos deseosos de ayudar. Una vez vigilé un rifle mientras el soldado en cuestión se divertía con una mujer anyuak. Era la segunda vez que tocaba con las manos un rifle como aquel y a día de hoy aún recuerdo su calor.

Pero pensar, evocar cualquier recuerdo, provoca un dolor tan lacerante en la parte trasera de mi cráneo que cierro los ojos y no tardo en volver a perder la consciencia. Me despierto tres o cuatro veces, sin saber qué hora es, ni cuánto tiempo llevo tendido en el suelo, atado. Ya no hay relojes en la estancia, y la noche es tan oscura como cuando caí por primera vez. Cada vez que me despierto veo al chico en la mesa de la cocina: apenas se ha movido. Tiene la cara a no más de veinte centímetros de la pantalla y sus ojos no parpadean.

Mientras yazgo aquí, mi cerebro va recobrando la lucidez y empiezo a hacerme preguntas sobre ese chico. No se ha vuelto a mirarme ni una sola vez. No alcanzo a ver la pantalla, pero distingo ruido de risas: es lo más triste que he oído desde que llegué a este país. Si estoy en lo cierto, y ese chico me está vigilando, creo que abandonaré Atlanta para siempre. Tal vez me marche incluso del país; podría irme a Canadá. Conozco a muchos sudaneses que se han instalado en Vancouver, Toronto, Montreal. Me han propuesto que me una a ellos, que allí hay menos criminalidad, más oportunidades de trabajo. Para empezar me han garantizado el seguro médico, y ahora, aquí tendido, se me ocurre que no tengo seguro alguno. Lo tuve durante un año, hasta hace poco, en que lo dejé caducar. Hace cuatro meses dejé mi empleo con las muestras de tela para estudiar a tiempo completo y el seguro parecía un gasto superfluo. Intento adivinar mis heridas, pero en este momento no tengo la menor idea. Lo que puedo pensar me conduce a creer que o bien he escapado de una herida grave en la cabeza, o bien ya estoy muerto.

Los sudaneses que no han escogido Canadá se están trasladando a las Grandes Llanuras, a Nebraska y Kansas: estados donde el ganado se convierte en carne. La elaboración de la carne está muy bien pagada, según dicen, y la vida resulta relativamente barata en esas zonas del país. A día de hoy, Omaha acoge a miles de sudaneses, Niños Perdidos y otros, de los cuales un gran porcentaje cobra por dividir y trinchar animales, ganado, que en muchas partes de nuestro Sudán nativo solo se matarían como sacrificio para las ocasiones más sagradas: bodas, funerales, nacimientos. En América los sudaneses se han convertido en carniceros; es la ocupación más popular entre mis conocidos. No tengo claro que esto suponga un gran progreso de nuestra vida en Kakuma. Supongo que sí, y que los carniceros están labrando una vida mejor para sus hijos, si es que los tienen. ¡Oír a niños sudaneses, hijos de inmigrantes, hablando como americanos! Así son las cosas, ahora, en 2006. No consigo acostumbrarme a la idea.

Levanto la vista del sofá y pienso en Tabitha. No hace mucho, ella se sentó en ese mismo sofá, conmigo, con sus piernas sobre las mías. Estábamos tan entrelazados que yo tenía miedo hasta de respirar para que no se moviera. Chico de la tele, la echo de menos con un ardor tan acuciante que me sorprende y se apodera de mí por completo. No hace mucho estuvo aquí: pasamos juntos un fin de semana en el que apenas salimos del piso; era algo decadente y contrario a la educación que habíamos recibido. Ella había llegado a Estados Unidos, a Seattle, procedente del campamento de refugiados de Kakuma, como yo, y aquí estábamos: dos críos que nos habíamos criado en ese campamento, años después, viviendo en América y sentados en el sofá de esta sala, preguntándonos cómo habíamos conseguido llegar hasta aquí y qué nos depararía el futuro. Ella se reía de mis brazos delgados, y me demostró que podía rodear mi bíceps con sus dedos. Pero no había nada que pudiera hacer o decir que lograra ofenderme o disuadirme de amarla. Había venido a Atlanta a verme y eso ya lo decía todo. Estaba sentada en mi sofá, en mi piso, vestida con una camiseta rosa que yo le había comprado el día anterior en el centro comercial DeKalb. «¡Comprar es mi terapia!», decía, en relucientes letras plateadas que surcaban la camiseta de izquierda a derecha, con una estrella enorme ocupando el lugar del punto de los signos de exclamación. Estar sentado a su lado y verla con aquella camiseta era excitante, y amé a Tabitha de un modo que me hizo sentir adulto, como si por fin me hubiera convertido en un hombre. Con ella creí que podría escapar de mi infancia, de sus privaciones y de su miseria.

Ahora el niño ha ido hasta la nevera. No encontrará nada que le guste. Achor Achor y yo cocinamos al estilo sudanés, y todavía tengo que dar con un americano que aprecie los resultados. Debo admitir que tampoco es que seamos cocineros dotados. En las primeras semanas que pasamos aquí no sabíamos qué alimentos iban al congelador, cuáles a la nevera, cuáles al armario y a los cajones. Para asegurarnos, metimos más cosas, incluyendo la leche y la mantequilla de cacahuete, en el congelador, lo que a la larga resultó una decisión problemática.

El niño encuentra por fin algo de su gusto y vuelve a su asiento. Tengo la seguridad de que este chico que ahora vuelve a ver la tele, con una Fanta en la mano, no sabe nada de lo que vi en África. No cabe esperar que lo sepa, ni le echo la culpa. Yo era bastante mayor que él cuando me enteré de que había todo un mundo más allá del sur de Sudán, de que existían los océanos. Pero no era mucho mayor que él cuando empecé a narrar mi historia, lo que había visto. Durante los años que siguieron al viaje que nos llevó de nuestros respectivos pueblos hasta Etiopía, y luego a través del río sangriento hasta Kenia, contar nuestra historia nos ha ayudado, a mí y a muchos. Cuando presentamos nuestro caso ante los agentes de la ONU en Kakuma, o cuando ahora intentamos reflejar la urgencia de la situación en Sudán, contamos las historias más horrendas. Desde que llegué a Estados Unidos he estado explicando versiones abreviadas de mi relato a congregaciones eclesiásticas, estudiantes universitarios, periodistas; a mi mecenas, Phil Mays. Creo que en este tiempo debo de haber hecho ese resumen unas cien veces. Phil, sin embargo, quiso saber todos los detalles y le he contado la historia completa. Su esposa oyó algunas pinceladas y no pudo resistirlo. Éramos Phil y yo quienes, todos los martes por la noche, después de cenar con su mujer y sus gemelos, subíamos la escalera de caracol y recorríamos el pasillo que llevaba al cuarto de juegos de los niños, empapelado en rosa, donde yo le contaba mi historia en sesiones de dos horas. Cuando sé que alguien me escucha, y que esa persona quiere saber todo lo que almacena mi memoria, puedo hacer brotar mis recuerdos. Si alguna vez habéis llevado un registro escrito de vuestros sueños, sabréis cómo la mera anotación de estos cada mañana puede lograr que revivan en vuestra memoria. Partiendo de la parte que recordáis mejor, podéis recrear las aventuras, deseos y terrores nocturnos, y conjurar todos los detalles desde el momento en que apoyasteis la cabeza en la almohada.

Al principio de estar en este país narraba historias mudas. Se las contaba a gente que me había molestado. Si alguien se colaba, no me hacía caso, me apartaba o tropezaba conmigo, lo miraba, fijamente, y le transmitía en silencio una de mis historias. «No lo entiendes –les decía–. No añadirías más sufrimiento si supieras lo que he pasado.» Y hasta que esa persona salía de mi vista le hablaba de Deng, que murió después de comer carne de elefante casi cruda, o de Ahok y Awach Ugieth, dos gemelas que fueron secuestradas por jinetes árabes y que, si siguen vivas a día de hoy, habrán tenido hijos de esos hombres o de los hombres a quienes ellos las vendieron. «¿Puedes creerlo?» Esas gemelas inocentes apenas recuerdan nada de mí, ni de nuestro pueblo, ni de sus padres. «¿Te lo imaginas?» Cuando terminaba de hablar con esa persona, proseguía con mis historias, hablándole al aire, al cielo, a toda la gente del mundo y a quien sea que me escuchara desde el cielo. Es incorrecto decir que «solía» contar esas historias. Aún lo hago, y no solo a aquellos que me han molestado de algún modo. Las historias emanan de mí siempre que estoy despierto y respiro, y quiero que todos las oigan. La palabra escrita no es habitual en los pueblos como el mío, y tengo el derecho y la obligación de esparcir mis historias por el mundo, aunque sea en silencio, aunque no sirva para nada.

Solo alcanzo a ver el perfil del chico y no me parece muy distinto a como era yo a su edad. No quiero menospreciar lo que esté pasando o haya pasado a lo largo de su vida. Seguramente sus años no han sido idílicos; en este momento es cómplice de un robo a mano armada y está dedicando gran parte de la noche a vigilar a la víctima. No especularé sobre lo que le enseñan o no en su casa y en la escuela. A diferencia de muchos compatriotas míos, no me ofendo por el hecho de que muchos jóvenes estadounidenses sepan tan poco de las vidas de sus coetáneos africanos. Por cada joven que está mal informado al respecto, sin embargo, hay muchos que saben bastante y sienten respeto por aquello a lo que nos enfrentamos en el continente. Y, por supuesto, ¿qué sabía yo del mundo antes de ir al instituto en Kakuma? No sabía nada. No conocía ni la existencia de Kenia hasta que puse el pie allí.

Mírate, chico de la tele, instalado en la silla de la cocina como si fuera una especie de cama.

Está usando un trío de toallas sacadas del cuarto de baño como mantas, de las que asoman los sonrosados dedos de los pies. Intento no comparar esta vida a la mía, pero su posición recogida me recuerda demasiado al modo en que dormíamos durante el viaje a Etiopía. No me cabe duda de que si habéis oído hablar de los Niños Perdidos de Sudán, también habréis oído hablar de los leones. Durante mucho tiempo, las historias de nuestros encuentros con los leones nos han granjeado la simpatía de los mecenas y de nuestro país adoptivo en general. Los leones embellecían los artículos de prensa, y sin duda jugaron un papel importante a la hora de despertar el interés de Estados Unidos por nosotros. Pero a pesar de las crecientes dudas de los más cínicos, lo más raro de esos relatos es que, en la mayoría de casos, eran ciertos. Cuando cientos de chicos de mi grupo caminaban a través de Sudán, cinco fueron devorados por leones.

El primer incidente tuvo lugar a los cinco días de camino. Los sonidos nocturnos de la selva empezaban a volvernos locos. Algunos ya no podían andar bien; había demasiados ruidos y cada uno de ellos significaba el posible final de una vida. Avanzábamos por estrechos senderos de la selva y nos sentíamos aprisionados. En la época en que teníamos un hogar y una familia nunca salíamos al bosque de noche porque los animales se comían a los pequeños sin más dilación. Pero eso había terminado y ahora nos alejábamos de nuestras casas y nuestras familias. Caminábamos en fila, a centenares; muchos desnudos, todos indefensos. En la selva, nosotros, los niños, éramos comida. Cruzamos bosques y matorrales, zonas desiertas y las partes más frondosas del sur de Sudán, donde a menudo notábamos la tierra húmeda bajo nuestros pies.

Recuerdo al primer chico que murió. Andábamos en fila de a uno como siempre, y como siempre también Deng iba cogido a mi camisa por detrás. Él y yo íbamos en mitad de la fila, porque habíamos decidido que era la posición más segura. Hacía una noche espléndida, una media luna brillaba en el cielo. Deng y yo la habíamos visto subir: primero roja, luego se tornó amarilla y anaranjada, y cuando se elevó al punto máximo de la cúpula celeste acabó tomando un color plateado. El camino estaba bordeado de altos matorrales y la noche era más silenciosa que la mayoría. Lo primero que oímos fue un rumor. Fuerte. Algo, humano o animal, se movía por la hierba, cerca de nuestra fila; seguimos andando, porque siempre seguíamos andando. Cuando los chicos gritaban en plena noche, los mayores –Dut Majok, nuestro líder, que para bien o para mal no tenía más de dieciocho o veinte años– los reprendían rápida y severamente. Gritar durante la noche estaba prohibido, ya que eso atraía una atención indeseada hacia el grupo. A veces podía transmitirse un mensaje a lo largo de la fila –un chico se ha hecho daño, otro se ha desmayado– susurrándolo de uno a otro hasta que llegaba a oídos de Dut. Pero esa noche Deng y yo asumimos que todo el mundo había oído el rumor de pasos en la hierba y decidido que dicho rumor era algo normal y no una amenaza.

Los sonidos entre la hierba no tardaron en hacerse más audibles. Ramas partidas. La hierba crujía y luego se quedaba en silencio en función de los saltos de la criatura que corría en paralelo a la fila. Los sonidos nos acompañaron durante un rato. La luna estaba alta cuando empezó el movimiento en la hierba y había empezado a caer y a apagarse cuando el rumor paró por fin.

El león era una simple silueta negra, de cuerpo ancho, con las gruesas patas estiradas y la boca abierta. Saltó desde la hierba y derribó a un chico. No pude verlo: la fila de chicos que tenía delante me lo impidió. Oí un grito ahogado. Luego vi al león con claridad mientras trotaba al otro lado del sendero, llevando al chico entre sus fauces. El animal y su presa se internaron en los matorrales y los gemidos se detuvieron poco después. Aquel primer niño se llamaba Ariath.

–¡Sentaos! –gritó Dut.

Nos sentamos como si el viento nos hubiera tumbado, uno a uno, desde el principio de la fila hasta el final. Hubo un chico, recuerdo que su nombre era Angelo, que salió corriendo. Creyó que era mejor huir del león que sentarse, de manera que salió disparado hacia los matorrales. Fue entonces cuando volví a ver al león. El animal cruzó el sendero una vez más, saltó y pilló a Angelo enseguida. En unos instantes el león se llevó al chico a la boca y sus dientes se clavaron en el cuello y la clavícula de Angelo. Llevó al chico al mismo lugar donde había depositado a Ariath.

Oímos gemidos, pero duraron poco. El silencio se reinstauró después.

Dut Majok siguió en pie durante algún tiempo. No sabía si debíamos seguir andando o seguir sentados. Un chico alto, Kur Garang Kur, el mayor después de Dut, gateó por la fila hasta llegar a este y le dijo algo al oído. Dut asintió. Se decidió que debíamos ponernos en marcha y eso hicimos. Fue entonces cuando Kur se convirtió en el principal consejero de Dut Majok y el cabecilla de la fila cuando Dut desaparecía durante unos días. Doy gracias a Dios por Kur; sin él habríamos perdido a muchos otros chicos, a manos de leones, de bombas y de la sed.

Después de los leones no quisimos parar en toda la noche. Dijimos que no estábamos cansados y que caminaríamos hasta el amanecer. Pero Dut nos dijo que dormir era necesario. Presentía la cercanía de las tropas del gobierno en la zona; necesitábamos dormir y enterarnos de dónde estábamos al día siguiente. No creíamos nada de lo que decía Dut porque muchos lo culpábamos de las muertes de Ariath y Angelo. Haciendo caso omiso a nuestras quejas, nos agrupó en un claro y nos ordenó que nos durmiéramos. Pero durante bastante rato, a pesar de que habíamos caminado desde el amanecer, ningún chico pudo cerrar los ojos. Deng y yo nos sentamos, mirando hacia los matorrales, atentos a cualquier movimiento, a cualquier rumor o rotura de ramas.

Ningún chico se puso de espaldas a la hierba. Nos sentamos espalda con espalda, en parejas, para poder advertir al otro de los depredadores. Formamos un círculo, y aquellos que conseguimos conciliar el sueño lo hicimos con las cabezas apuntando hacia el centro, como radios. Encontré un lugar en mitad del círculo y me puse tan cómodo como pude. Mientras tanto, los chicos que estaban en la parte exterior del círculo intentaban avanzar hacia el centro. Nadie quería estar en el borde.

Desperté en plena noche y descubrí que ya no estaba en el centro. Tenía frío, estaba solo. Miré a mi alrededor, solo para descubrir que el círculo se había movido. Mientras dormía, los chicos del exterior se habían ido desplazando hacia dentro, hasta tal punto que el círculo se había trasladado a unos seis metros de mis pies, dejándome fuera de él, solo. De manera que me reincorporé al centro, pisando la mano de Deng sin querer al hacerlo. Deng me pegó en el tobillo, me lanzó una mirada de desaprobación y volvió a dormirse. Me instalé entre los chicos y cerré los ojos, decidido a no volver a quedarme nunca más fuera del círculo.

Dormir era un problema cada noche, chico de la tele. Siempre que me despertaba en la oscuridad veía otros ojos abiertos, bocas que rezaban una plegaria en voz baja. Intentaba olvidar estos sonidos, cerraba los ojos y pensaba en mi casa. Tenía que conjurar mis recuerdos favoritos y agrupar los días mejores. Era un método que me enseñó Dut, que sabía que los chicos caminaríamos mejor, nos quejaríamos menos y necesitaríamos menos alimentos si dormíamos bien. «¿Imagináis vuestra mejor mañana?», nos gritaba. Siempre hablaba a voces, desprendiendo energía a kilos. «¡Vuestra comida favorita! ¡Vuestra tarde favorita! Vuestro partido de fútbol favorito, vuestra noche favorita, la niña a la que más queríais.» Lo decía mientras recorría la fila de chicos sentados, como si impartiera una clase. «Ahora recread en vuestra mente el mejor día, memorizad esos detalles, colocad ese día en el centro de vuestra mente, y cuando estéis asustados recordad ese día y situaos en él. Revivid todo ese día y os aseguro que antes de que hayáis terminado con ese desayuno de ensueño, ya estaréis durmiendo.» Por poco convincente que parezca, chico de la tele, te aseguro que el truco funciona. Relaja tu respiración, centra tu mente. Todavía recuerdo el día que yo fabriqué, el mejor día, hecho con retazos de muchos otros. Te lo contaré de un modo que lo entiendas. Es mi día, no el tuyo. Es el día que memoricé y el día que todavía siento con más intensidad que cualquier otro de los que he pasado en Atlanta.

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Tengo seis años y debo asistir unas horas al día a una clase preelemental en la escuela de aula única de Marial Bai. Aquí estoy, con otros chicos más o menos de mi edad, los que tienen algunos años más o menos, aprendiendo el alfabeto en inglés y árabe. El colegio es tolerable, aún no se ha vuelto tedioso, pero preferiría estar fuera, así que mi día de ensueño empieza cuando llego al colegio y se suspenden las clases. «¡Sois demasiado listos!», dice el maestro, y nos envía a casa, a jugar y a hacer lo que queramos ese día.

Vuelvo a casa a ver a mi madre, a la que dejé hace solo veinte minutos. Percibo que me echa de menos. Mi madre es la primera esposa de mi padre, y vive en la residencia familiar con las otras cinco esposas, con las que mantiene una relación de amistad, casi fraternal. Todas son mis madres, chico de la tele, por raro que te suene. En el sur de Sudán los niños pequeños a menudo no tienen claro quién es su verdadera madre de lo integradas que están las mujeres y sus hijos. En mi familia, los niños de las seis esposas juegan juntos y son considerados de la familia sin barreras ni reservas. Mi madre es una de las comadronas del pueblo, y ha asistido en los partos de todos mis hermanos excepto uno. Mis hermanos y hermanas van desde los dieciséis años hasta los seis meses, y nuestra casa está llena de ruidos de bebés, barullo y risas. Cuando me lo piden, ayudo con los más pequeños: los cojo en brazos si lloran, pongo su ropa mojada a secar junto al fuego.

Salgo corriendo del colegio y me siento junto a mi madre mientras ella repara una cesta que una de nuestras cabras rompió de un mordisco. Dedico un momento a contemplar su belleza. Es más alta que la mayoría de mujeres, mide casi metro ochenta, y aunque es tan delgada como cualquier mujer del pueblo tiene la fuerza de un hombre. Se viste para llamar la atención, siempre en vistosos tonos amarillos, rojos y verdes, aunque su preferido es el amarillo, un vestido de cierto color amarillo, el amarillo preñado de un sol crepuscular. Puedo distinguirla a lo lejos en cualquier campo o a través de los matorrales, puedo verla desde la máxima distancia que me permiten mis ojos: solo tengo que buscar esa cimbreante columna amarilla que se mueve hacia mí por el campo para saber que mi madre se acerca. A menudo pensaba que nada me gustaría más en el mundo que vivir para siempre debajo de ese vestido, agarrado a sus suaves piernas, sintiendo sus largos dedos apoyados en la parte trasera del cuello.

–¿Qué miras, Achak? –pregunta ella, riéndose de mí.

Usa mi nombre de nacimiento, el nombre que usé hasta que quedó relegado por los apodos que me impusieron en Etiopía y Kakuma. Tantos nombres…

A menudo mi madre me pilla mirándola, y esta vez no es ninguna excepción. Ella me envía a jugar con mis amigos, de manera que corro hacia la acacia gigante para reunirme con William K y Moses. Están bajo la retorcida acacia, cerca de la pista de aterrizaje, donde las avestruces gritan y persiguen a los perros.

Moses era fuerte, chico de la tele, más corpulento que yo, más corpulento que tú, con músculos definidos como los de un hombre; una cicatriz semicircular, de un insulso color rosa, le recorría la mejilla: el resultado de atravesar corriendo un matojo de espinos. William K era más menudo, más flacucho, y tenía una boca grande que nunca dejaba de llenar el aire con cualquier cosa que se le ocurría.

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