Fantasmas

Chuck Palahniuk
Cameron Stewart

Fragmento

Índice

Índice

Cubierta

Fantasmas

COBAYAS

1

HITOS

TRIPAS

2

DE INCÓGNITO

REFLEXOPUTA

3

MEJORAS DEL PRODUCTO

SALA DE ESPERA

4

GABINETE ESTRATÉGICO

VACACIONES EN EL ARROYO

5

SECRETOS COMERCIALES

CANTO DEL CISNE

6

EROSIÓN

AL RITMO DE LOS PERROS

7

SE ALQUILA

AMBICIÓN

8

MIRAR HACIA ATRÁS

POSPRODUCCIÓN

9

CARACTERÍSTICAS DEL PUESTO

ÉXODO

10

GALIMATÍAS

SONADO A GOLPES

11

EL CONSULTOR

RITUAL

12

LA CAJA DE PESADILLAS

13

NADA MÁS QUE LA VERDAD

CREPÚSCULO CIVIL

14

PLAN B

PUBLICIDAD ENCUBIERTA

15

EXPECTACIÓN

DECIR COSAS AMARGAS

16

VACACIONES AMERICANAS

LISIADO

17

EVOLUCIÓN

DISERTACIÓN

18

ANUNCIO ANDANTE

19

CORTOS DE VISTA

SOMETHING’S GOT TO GIVE

20

ABSOLUCIÓN

CRÁTERES HIRVIENTES

21

CASSANDRA

22

LA INTÉRPRETE

ESPÍRITUS MALIGNOS

23

PRUEBA

OBSOLETO

24

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

Había muchas cosas hermosas, muchas desvergonzadas, muchas grotescas, algunas terribles y no pocas que podrían provocar repugnancia.

EDGAR ALLAN POE,
«La máscara de la muerte roja»

COBAYAS

COBAYAS

Se suponía que esto era un retiro para escritores. Se suponía que era seguro.

Una colonia aislada para escritores, donde pudiéramos trabajar,

dirigida por un anciano muy anciano y moribundo llamado Whittier,

hasta que dejó de serlo.

Y se suponía que teníamos que escribir poesía. Poesía bonita.

Todos nosotros, sus alumnos aventajados,

encerrados sin contacto con el mundo ordinario durante tres meses.

Y entre nosotros nos pusimos nombres como «el

Casamentero». Y «el Eslabón Perdido».

O «la Madre Naturaleza». Etiquetas tontas. Nombres que se nos ocurrían.

De la misma forma que cuando eras niño te inventabas nombres para las plantas y

los animales que había en tu mundo. A las peonías pegajosas de néctar e infestadas de

hormigas: las llamabas «flores hormigueras». Y a los collies «Perros Lassie».

Pero incluso ahora, sigues llamando a alguien «ese hombre con una sola pierna».

O «ya sabes, la chica negra».

Nos llamamos los unos a los otros:

«el Conde de la Calumnia».

O «la Hermana Justiciera».

Los nombres nos los ganábamos en base a nuestros relatos.

Los nombres que nos poníamos entre nosotros

basados en nuestra vida y no en nuestros apellidos:

«la Dama Vagabunda»,

«el Agente Chivatillo».

Basados en nuestros pecados y no en nuestros trabajos:

«San Destripado».

Y «el Duque de los Vándalos».

Basados en nuestros defectos y crímenes. Al contrario que los nombres de los superhéroes.

Nombres tontos para gente real. Como si abrieras con

un cuchillo una muñeca de trapo y dentro

encontraras:

intestinos de verdad, pulmones de verdad, un corazón que late, sangre. Mucha sangre caliente y pegajosa.

Y se suponía que teníamos que escribir relatos. Relatos graciosos.

Éramos demasiados, aislados del mundo durante toda

una primavera, un verano, un invierno o un otoño. Una estación entera de aquel año.

No importaba qué clase de personas fuéramos, no para el viejo señor Whittier.

Pero esto no lo dijo de entrada.

Para el señor Whittier éramos animales de laboratorio. Un experimento.

Pero no lo sabíamos.

No, esto solamente fue un retiro para escritores hasta que ya fue demasiado tarde para que fuéramos otra cosa

que sus víctimas.

1

1

Cuando el autobús se detiene en la esquina donde la Camarada Sobrada aceptó esperar, ella ya está allí vestida con una chaqueta de aviador comprada de los excedentes del ejército —de color verde oliva oscuro— y pantalones anchos de camuflaje, con los bajos remangados para dejar ver unas botas de infantería. Con una boina negra bien calada en la cabeza, podría ser cualquiera.

—La regla era… —dice San Destripado por el micrófono que tiene encima del volante.

Y la Camarada Sobrada dice:

—Vale. —Se inclina para desanudar de una maleta una etiqueta que identifica el equipaje. La Camarada Sobrada se mete la etiqueta para equipaje en su bolsillo de color verde oliva, carga con la segunda maleta y sube al autobús. Mientras la primera maleta se queda en la acera, abandonada, huérfana, sola, la Camarada Sobrada se sienta y dice—: Muy bien.

Dice:

—Arranca.

Esta mañana todos nos hemos dedicado a dejar notas. Antes del amanecer. Hemos bajado escaleras a oscuras de puntillas con nuestra maleta y hemos tomado calles a oscuras con la única compañía de los camiones de la basura. No hemos visto salir el sol.

Sentado al lado de la Camarada Sobrada, el Conde de la Calumnia está escribiendo algo en un cuaderno de bolsillo, mirándola alternativamente a ella y a su bolígrafo.

E, inclinándose a un lado para mirar, la Camarada Sobrada dice:

—Tengo los ojos verdes, no castaños, y mi pelo es de color caoba natural. —Ella mira cómo él escribe «verde» y luego dice—: Y tengo una rosa roja pequeñita tatuada en la nalga. —La mirada de ella se posa en la grabadora plateada que a él le asoma del bolsillo de la camisa, con la rejilla de su micrófono, y luego dice—: No escribas «pelo teñido». Las mujeres se «resaltan» el color del pelo o bien se lo «retocan».

Cerca de ellos va sentado el señor Whittier, allí donde puede sujetar el armazón plegado de acerocromo de su silla de ruedas con sus manos manchadas por la edad y temblorosas. A su lado va sentada la señora Clark, con unos pechos tan grandes que casi le descansan en el regazo.

La Camarada Sobrada les echa un vistazo. Se inclina sobre la manga de franela gris del Conde de la Calumnia y dice:

—Puramente ornamentales, supongo. Y sin ningún valor nutritivo…

Hoy es el día en que nos perdemos nuestro último amanecer.

En la siguiente esquina oscura donde nos está esperando, la Hermana Justiciera levanta su reloj de pulsera negro y pesado y dice:

—Habíamos quedado a las cuatro y treinta y cinco. —Da unos golpecitos en la esfera del reloj con la otra mano y dice—: Son las cuatro y treinta y nueve…

La Hermana Justiciera trae un estuche de cuero de imitación con un asa blanda y una solapa que se cierra con un broche para proteger la Biblia que lleva dentro. Un bolso de fabricación casera para transportar la Palabra de Dios.

Estamos esperando al autobús por toda la ciudad. En las esquinas o en los bancos de las paradas de autobús, hasta que aparece San Destripado. Con el señor Whittier sentado cerca de la parte de delante junto a la señora Clark. El Conde de la Calumnia. La Camarada Sobrada y la Hermana Justiciera.

San Destripado tira de la palanca que hace que la puerta se abra plegándose sobre sí misma y en la acera aparece la pequeña Señorita Estornudos. Con las mangas de su jersey abultadas por todos los pañuelos de papel sucios que lleva metidos dentro. Levanta su maleta y de la misma sale un ruido fuerte parecido al ruido de las palomitas dentro de un microondas. Con cada peldaño que sube de la escalerilla del autobús, la maleta hace un estruendo parecido a un fuego lejano de ametralladora, y la Señorita Estornudos nos mira y dice:

—Mis pastillas. —Agita ruidosamente la maleta y dice—: Llevo provisiones para tres meses…

De ahí la norma que limita la cantidad de equipaje. Para que podamos caber todos.

La única norma es una sola pieza de equipaje por persona, pero el señor Whittier no ha especificado de qué tamaño ni de qué clase.

Cuando la Dama Vagabunda sube a bordo, lleva un anillo de diamante del tamaño de una palomita de maíz y con la mano sujeta una correa que va arrastrando una maleta de piel con ruedecitas.

Con un gesto de los dedos destinado a hacer centellear su anillo, la Dama Vagabunda dice:

—Es mi difunto marido, incinerado y convertido en un diamante de tres quilates.

Al oír esto, la Camarada Sobrada se inclina sobre el cuaderno en el que está escribiendo el Conde de la Calumnia y dice:

—«Lifting» acaba en g.

Unas cuantas manzanas más tarde, después de un par de semáforos y de doblar unas cuantas esquinas, aparece el Chef Asesino, esperando, con una maleta de aluminio moldeado en la mano donde lleva todos sus calzoncillos blancos elásticos y sus camisetas y sus calcetines doblados en cuadrados tan perfectos como si fueran de origami. Además de un juego completo de cuchillos de chef. Debajo del mismo, su maleta de aluminio está atiborrada de fajos de billetes sujetos con gomas elásticas, todos en billetes de cien dólares. Todo junto pesa tanto que tiene que usar las dos manos para subirlo al autobús.

Después de bajar otra calle, pasar por debajo de un puente y dar toda la vuelta a un parque, el autobús se detiene en una acera donde no parece haber nadie esperando. Allí el hombre al que llamamos «el Eslabón Perdido» sale de entre unos matorrales que hay cerca de la acera. En las manos lleva una bolsa negra de basura hecha una pelota y llena de rasgaduras, a través de las cuales asoman camisas de franela a cuadros.

Mirando al Eslabón Perdido, pero dirigiéndose al Conde de la Calumnia, al que tiene al lado, la Camarada Sobrada dice:

—Con esa barba, Hemingway le habría pegado un buen tiro…

Ese mundo que sigue dormido nos tacharía de locos. Toda esa gente que sigue en la cama pasará otra hora durmiendo, luego se lavarán la cara, debajo de los brazos y entre las piernas, antes de ir al mismo trabajo de todos los días. A vivir la misma vida de todos los días.

Esa gente llorará al descubrir que nos hemos ido, pero también llorarían si subiéramos a bordo de un barco para empezar una nueva vida al otro lado del océano. Emigrantes. Pioneros.

Esta mañana somos astronautas. Exploradores. Gente despierta mientras ellos duermen.

Esa gente llorará, pero luego regresarán a trabajar de camareros, a pintar casas, a programar ordenadores.

En nuestra siguiente parada, San Destripado abre las puertas y un gato sube la escalerilla y recorre el pasillo que hay entre los asientos del autobús. Detrás del gato aparece la Directora Denegación diciendo:

—Se llama Cora. —La gata se llama Cora Reynolds—. Yo no le puse el nombre —dice la Directora Denegación, vestida con un blazer y una falda de tweed cubiertos de pelos de gato. Con un bulto en el pecho debajo de una de las solapas.

—Lleva una pistolera en el hombro —dice la Camarada Sobrada inclinándose para hablar con la grabadora que el Conde de la Calumnia lleva en el bolsillo de la camisa.

Todo esto —susurrar a oscuras, dejar notas, mantener las cosas en secreto— es nuestra aventura.

Si estuvieras planeando quedarte aislado en una isla desierta durante tres meses, ¿qué te llevarías?

Digamos que el suministro de comida y agua está garantizado, o eso crees tú.

Digamos que solamente puedes llevar una maleta porque vais a ser muchos y el autobús que os lleva a todos a la isla desierta tiene el espacio limitado.

¿Qué meterías en la maleta?

San Destripado lleva cajas de aperitivos de cortezas de cerdo y ganchitos, y tiene los dedos y la barbilla de color naranja por culpa del colorante salado. Mientras agarra el volante con una mano, con la otra inclina los paquetes para verter el contenido dentro de la boca que tiene en medio de su cara flaca.

La Hermana Justiciera trae una bolsa de la compra llena de ropa y con una cartera de colegial encima de todo.

Inclinándose por encima de sus enormes pechos, cogiéndolos como si fueran un niño que llevara en brazos, la señora Clark le pregunta a la Hermana Justiciera si ha traído una cabeza humana.

Y la Hermana Justiciera abre la cartera de colegial lo bastante como para mostrar los tres agujeros de una bola negra de bolera y dice:

—Mi hobby…

La Camarada Sobrada aparta la vista del Conde de la Calumnia, que sigue tomando notas en su cuaderno, y contempla el cabello negro y densamente trenzado de la Hermana Justiciera, de cuyas horquillas no se sale ni un solo pelo.

—Eso —dice la Camarada Sobrada— es pelo con color.

En nuestra siguiente parada, el Agente Chivatillo está esperando con una cámara de vídeo delante de un ojo, filmando cómo el autobús se detiene frente a la acera. Lleva consigo un fajo de tarjetas de visita que se pone a repartir para demostrarnos que es detective privado. Con su cámara de vídeo a modo de máscara que le cubre la mitad de la cara, se dedica a filmarnos mientras recorre el pasillo hasta un asiento vacío del final, cegándonos a todos con el foco.

Una manzana más allá, el Casamentero sube a bordo, dejando tras de sí un rastro de mierda de caballo con sus botas de vaquero. Con un sombrero de vaquero de paja en las manos y un macuto colgado a la espalda, se sienta y abre su ventanilla y escupe un salivazo de tabaco marrón por el costado de acero pulimentado del autobús.

Esto es lo que traemos con nosotros para pasar tres meses fuera del mundo. El Agente Chivatillo, su cámara de vídeo. La Hermana Justiciera, su bola de bolera. La Dama Vagabunda, su anillo de diamantes. Esto es lo que necesitamos para escribir nuestras historias. La Señorita Estornudos, sus pastillas y sus pañuelos de papel. San Destripado, sus aperitivos. El Conde de la Calumnia, su cuaderno y su grabadora.

El Chef Asesino, sus cuchillos.

Bajo la luz tenue del autobús, todos espiamos al señor Whittier, el organizador del taller. Nuestro profesor. Por debajo de sus escasos cabellos grises peinados hacia un lado de la cabeza se le ve la cúpula reluciente y manchada de la calva. El cuello abotonado hasta arriba de su camisa se yergue como una cerca blanca y almidonada alrededor de su cuello flaco y manchado.

—La gente de la que os estáis escabullendo —nos dice el señor Whittier— no quiere que os iluminéis. Quiere que seáis previsibles.

El señor Whittier dice cosas como:

—No podéis ser la persona que ellos conocen y la persona genial y gloriosa en la que os queréis convertir. No al mismo tiempo.

La gente que nos quiere de verdad, dice el señor Whittier, nos suplicará que nos marchemos. Que hagamos realidad nuestros sueños. Que practiquemos nuestro oficio. Y nos querrán cuando regresemos.

Dentro de tres meses.

El pedacito de vida que todos nos estamos jugando.

Que estamos arriesgando.

Durante ese tiempo, apostaremos por nuestra capacidad para crear una obra maestra. Un relato o un poema o un guión o unas memorias que le den sentido a nuestra vida. Una obra maestra que nos libere de nuestra esclavitud a un marido o a un padre o una empresa. Que compre nuestra libertad.

Todos nosotros, yendo en autobús por las calles vacías y oscuras. La Señorita Estornudos se saca un pañuelo de papel mojado de la manga del jersey y se suena. Luego se sorbe la nariz y dice:

—Cuando estaba saliendo a escondidas, me moría de miedo de que me pillaran. —Se vuelve a meter el pañuelo en la manga y dice—: Me siento como… Anna Frank.

La Camarada Sobrada se saca del bolsillo la etiqueta para identificar el equipaje, lo único que le queda de su maleta abandonada. De su vida abandonada. Y dándole vueltas y más vueltas a la etiqueta que tiene en la mano, sin dejar de mirarla, dice:

—Tal como yo lo veo… —dice—, Anna Frank vivió bastante bien.

Y San Destripado, con la boca llena de nachos, mirándonos a todos por el retrovisor, masticando sal y grasa, dice:

—¿Y eso?

La Directora Denegación acaricia a su gata. La señora Clark se acaricia los pechos. El señor Whittier acaricia su silla de ruedas de acerocromo.

Bajo una farola, en una esquina que hay más adelante, espera la silueta oscura de otro aspirante a escritor.

—Por lo menos Anna Frank —dijo la Camarada Sobrada— nunca tuvo que ir de gira para promocionar su libro…

Y San Destripado pisa los frenos hidráulicos y hace girar el volante para detenerse frente a la acera.

HITOS

HITOS

Un poema sobre San Destripado

«Este es el trabajo que dejé para venir aquí —dice el Santo—.

Y la vida a la que renuncié.»

Conducía un autobús turístico.

En el escenario, San Destripado tiene los brazos cruzados sobre el pecho: tan flaco

que se puede tocar el centro de la espalda con las manos.

He ahí a San Destripado, con una sola capa de piel pintada sobre el esqueleto.

Las clavículas le sobresalen del pecho, grandes como asas.

Se le ven las costillas a través de la camiseta, y el cinturón, en vez del trasero, es lo que le sujeta los vaqueros.

En el escenario, en vez de un foco, un fragmento de película:

los colores de las casas y de las aceras, de los letreros de la calle y de los coches aparcados,

le pasan de lado sobre la cara. Una máscara de tráfico congestionado. De camionetas y camiones.

Y dice: «Aquel trabajo, conducir el autobús turístico…».

Eran todo japoneses, alemanes, coreanos, todos con el inglés como segundo idioma, llevando sus

libros de frases en la mano, asintiendo y sonriendo a cada cosa que él dijera por el

micrófono mientras dirigía el autobús por esquinas, por

calles, frente a casas de

estrellas del cine o escenarios de asesinatos

extrasanguinarios,
o apartamentos donde estrellas del rock habían tenido sobredosis.

Todos los días el mismo recorrido, el mismo mantra de asesinato,

de estrellas de cine, de accidentes. Lugares

donde se habían firmado tratados de paz. Donde habían dormido presidentes.

Hasta el día en que San Destripado se detiene delante de una casa estilo rancho con una cerca, nada más que un pequeño rodeo

para ver si está el Buick de cuatro puertas de sus padres,

para ver si todavía viven ahí,

y por el jardín de la casa camina un hombre, empujando una cortadora de césped.

Y el Santo le dice por el micrófono a su cargamento con aire acondicionado:

«Están viendo a San Mel».

Y mientras su padre mira la pared de ventanillas de autobús tintadas con los ojos guiñados,

San Destripado dice: «El Santo Patrón de la Vergüenza y la Furia».

Después de eso, todos los días, el recorrido incluye «el Santuario de San Mel y Santa Betty».

Santa Betty es la Santa Patrona de la Humillación Pública.

San Destripado aparca delante de la torre de apartamentos donde vive su hermana y señala

uno de los pisos superiores. Allí arriba, el Santuario de Santa Wendy.

«La Santa Patrona del Aborto Terapéutico.»

Aparca delante de su propio apartamento

y le dice al autobús: «Ese es el santuario de San

Destripado»,

el Santo en persona, con su espalda estrecha, sus labios de goma y su camisa ancha,

todavía más pequeño cuando se refleja en el retrovisor,

«el Santo Patrón de la Masturbación». Mientras todos permanecen sentados en el autobús,

asintiendo, estirando el cuello, mirando en busca

de algo divino.

TRIPAS

TRIPAS

Un relato de San Destripado

Coge aire.

Coge todo el aire que puedas.

Este relato tendría que durar tanto tiempo como puedas contener la respiración, y luego un poquito más. Así que escucha todo lo deprisa que puedas.

Un amigo mío tenía trece años cuando oyó hablar del pegging. Que es como se llama cuando a un tío lo follan por el culo con un consolador. Estimulas la próstata lo bastante fuerte y se rumorea que puedes tener orgasmos explosivos sin manos. A aquella edad, mi amigo era un pequeño maníaco sexual. Siempre andaba loco detrás de la forma más excitante de correrse. Así que fue a comprarse una zanahoria y un bote de vaselina. Para llevar a cabo un pequeño experimento privado. Luego se imaginó la impresión que iban a causar en la caja del supermercado la zanahoria solitaria y la vaselina, rodando por la cinta transportadora hasta la cajera de la sección de comestibles. Con todos los compradores haciendo cola y mirando. Con todo el mundo viendo la gran velada que estaba planeando.

Así que mi amigo compró leche y huevos y azúcar y una zanahoria, todos los ingredientes para una tarta de zanahoria. Y vaselina.

Como si fuera a casa a meterse una tarta de zanahoria por el culo.

Ya en casa, se dedicó a tallar la zanahoria hasta convertirla en un instrumento romo. La untó de grasa e hizo bajar su culo sobre ella. Y luego… nada. Nada de orgasmo. No pasó nada salvo que le dolió.

Y luego la madre de aquel chaval le gritó que fuera a cenar. Le dijo que bajara ya mismo.

Así que él se sacó la zanahoria y la metió toda mugrienta y resbaladiza entre la ropa sucia que tenía debajo de la cama.

Después de la cena fue a buscar la zanahoria y se encontró con que ya no estaba. Resulta que mientras estaba cenando su madre se había llevado toda su ropa sucia para lavarla. Era imposible que su madre no encontrara la zanahoria, cuidadosamente esculpida con el cuchillo de mondar de cocina, todavía pringada de lubricante y apestosa.

Aquel amigo mío se pasó meses bajo una nube negra, esperando a que sus padres se encararan con él. Pero nunca lo hicieron. Nunca. Incluso ahora que es adulto, aquella zanahoria invisible sigue suspendida sobre todas las cenas de Navidad y todas las fiestas de cumpleaños. Cada vez que va a cazar huevos de Pascua con sus hijos, con los nietos de sus padres, aquella zanahoria fantasma flota sobre todos ellos.

Aquella cosa demasiado horrible para ponerle un nombre.

Los franceses tienen una expresión: «Espíritu de la escalera». En francés: Esprit d’Escalier. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta pero ya es demasiado tarde. Digamos que estás en una fiesta y alguien te insulta. Tienes que decir algo. Así que bajo presión y con todo el mundo mirando, dices algo cutre. Pero en cuanto te marchas de la fiesta…

Mientras empiezas a bajar la escalera… magia. Se te ocurre exactamente lo que tendrías que haber dicho. La perfecta réplica despectiva que habría desarmado al otro.

Ese es el Espíritu de la Escalera.

El problema es que ni siquiera los franceses tienen una expresión para denominar las estupideces que dices bajo presión. Esas cosas estúpidas y desesperadas que son las que realmente piensas o haces.

Algunos actos son demasiado bajos hasta para tener nombre. Demasiado bajos para hablar de ellos.

Mirando hacia atrás, los expertos en psicología infantil y los psicólogos escolares dicen ahora que la oleada más reciente de suicidios adolescentes fueron en su mayoría chavales que intentaban asfixiarse mientras se la cascaban. Sus padres los encontraban con una toalla enrollada en torno al cuello, la toalla atada a la barra del armario de su habitación y el chaval muerto. Y esperma muerto por todas partes. Por supuesto, los padres arreglaban la escena. Le ponían pantalones al chaval. Hacían que todo tuviera… mejor aspecto. O por lo menos, que pareciera deliberado. Un triste suicidio adolescente normal y corriente.

Otro amigo mío, un compañero de escuela, tenía un hermano mayor en la marina que una vez le dijo que los tíos en Oriente Medio se la cascaban de forma distinta a como lo hacemos aquí. Aquel hermano estaba destinado en un país desértico donde en los mercados públicos se vendían unas cosas que parecían abrecartas elegantes. Cada una de aquellas elegantes herramientas era una varilla fina de metal pulido o de plata, tal vez tan larga como la mano de uno, con un remate en un extremo, ya fuera una bola de metal o bien uno de esos elegantes mangos labrados que tienen las espadas. Aquel hermano que estaba en la marina decía que los árabes se la ponían dura y luego se introducían aquella varilla de metal dentro y a lo largo de toda su polla tiesa. Se la cascaban con la varilla dentro y aquello hacía que correrse fuera mucho mejor. Más intenso.

Y es que aquel hermano mayor se dedicaba a viajar por el mundo y a enviar expresiones en francés. Expresiones en ruso. Consejos útiles para cascársela.

Después de aquello, un día el hermano pequeño no apareció en la escuela. Por la noche me llamó para preguntarme si le podía recoger los deberes durante las dos semanas siguientes. Porque estaba en el hospital.

Tenía que compartir habitación con viejos a los que les estaban operando de las tripas. Me dijo que todos tenían que compartir el mismo televisor. Que lo único que tenía que le daba un poco de intimidad era una cortina. Que sus padres no lo iban a visitar. Me dijo por teléfono que ahora mismo sus padres eran capaces de matar a su hermano mayor, el que estaba en la marina.

El chaval me contó por teléfono que —el día antes— estaba un poco colocado. Despatarrado en la cama del dormitorio de su casa. Encendiendo una vela y hojeando unas revistas porno viejas, preparándose para pelársela. Justo después de oír la historia de su hermano mayor. La historia de cómo se la cascan los árabes. Así que se puso a buscar algo que le sirviera. Un bolígrafo era demasiado grande. Pero en un costado de la vela había un reguero fijo y liso de cera que podía funcionar. Usando la punta de un dedo, el chaval separó el largo reguero de cera de la vela. Lo alisó más con las palmas de las manos. Hasta dejarlo largo y liso y fino.

Colocado y salido, se lo metió dentro, más y más adentro en la rajita del pis de su polla tiesa. Y con un buen cacho de la cera todavía sobresaliendo de la punta, se puso manos a la obra.

Todavía hoy va diciendo que esos árabes no tienen un pelo de tontos. Que han reinventado por completo el cascársela. Tumbado de espaldas en su cama, las cosas empezaron a ir tan bien que el chaval se olvidó totalmente de la cera. Le faltaba una sola sacudida para correrse cuando se dio cuenta de que la cera ya no le sobresalía.

La fina varilla de cera se le había escurrido adentro. Adentro del todo. Tan adentro que ni siquiera notaba el bulto de la misma dentro de su conducto urinario.

Desde el piso de abajo, su madre le gritó que bajara a cenar. Le dijo que bajara ya mismo. Este chaval de la cera y el chaval de la zanahoria eran personas distintas, pero todos venimos a vivir de la misma manera.

Después de la cena, al chaval le empezaron a doler las tripas. Como no era más que cera, supuso que se derretiría y que acabaría por mearla. Pero ahora le dolía la espalda. Los riñones. No se podía incorporar del todo.

Mientras el chaval me hablaba por teléfono desde el hospital, de fondo se oían campanilleos y gente gritando. Concursos televisivos.

Las radiografías mostraron la verdad, algo largo y delgado, doblado por la mitad dentro de su vejiga. Aquella V larga y fina que tenía dentro estaba aglutinando todos los minerales de su orina. Estaba creciendo y se estaba volviendo más áspera, recubriéndose de cristales de calcio, y se movía de un lado a otro, rasgando el blando revestimiento de su vejiga y bloqueando la salida de su orina. Tenía los riñones taponados. Lo poco que le salía de la polla era rojo de la sangre que llevaba.

Aquel chaval, delante de sus padres, de toda su familia, todos mirando la radiografía negra en presencia del médico y de las enfermeras, todos mirando la enorme V de cera de color blanco brillante que tenían frente a las narices, tuvo que decir la verdad. Cómo se la cascaban los árabes. Lo que le había escrito su hermano desde la marina.

Por teléfono, llegado aquel punto, se echó a llorar.

Le pagaron la operación de la vejiga con sus ahorros para la universidad. Una sola equivocación estúpida y ahora nunca llegaría a ser abogado.

Meterte cosas dentro. Meterte dentro de cosas. Ya fuera meterte una vela en la polla o meter el cuello en un nudo, sabíamos que iba a traer problemas.

Lo que me trajo problemas a mí es algo que yo llamaba Pescar Perlas. En otras palabras, cascármela debajo del agua, sentado en el fondo de la parte más profunda de la piscina de mis padres. Tragaba aire y pataleaba hasta el fondo y me quitaba el bañador. Y allí me quedaba sentado durante dos, tres o cuatro minutos.

Solamente de hacerme pajas, yo tenía una capacidad pulmonar enorme. Si estaba solo en casa, me pasaba la tarde haciendo aquello. Después de escupir mi chorro, mi esperma, se quedaba suspendido en el agua en forma de pegotes grandes, gordos y lechosos.

Y al final de todo, me sumergía una vez más para recogerlo todo. Para recogerlo y luego limpiarme la mano con una toalla. Es por eso que se llamaba Pescar Perlas. Aun con el cloro, tenía que preocuparme de mi hermana. O, Dios bendito, de mi madre.

Aquel era mi miedo más grande en el mundo: pensar que mi hermana virgen adolescente pudiera empezar a ponerse gorda y luego dar a luz a un niño retrasado mental con dos cabezas. Y que las dos cabezas serían igualitas a mí. A mí, el padre. Y el tío.

Al final, la que te cae encima nunca es la que te temías.

La mejor parte de Pescar Perlas era la entrada de aire del filtro de la piscina y de la bomba de circulación. La mejor parte era desnudarse y sentarse encima de ella.

Como dirían los franceses: ¿a quién no le gusta que le succionen el culo?

Con todo, uno puede ser un chaval que se la está cascando y al cabo de un momento ya nunca podrá ser abogado.

Yo bajaba a sentarme al fondo de la piscina y el cielo era un cielo surcado de olas y de color azul claro, visto a través de los dos metros y medio de agua que me cubrían la cabeza. El mundo estaba en silencio salvo por el latido de la sangre en mis oídos. Llevaba el bañador a rayas amarillas anudado alrededor del cuello para tenerlo a mano, solamente en caso de que apareciera un amigo, un vecino o alguien para preguntar por qué me había saltado el entrenamiento de fútbol americano. La succión continua de la entrada de aire de la piscina me iba lamiendo y yo frotaba mi escuálido culo blanco sobre aquella sensación.

En aquel momento yo tenía el suficiente aire y la polla en la mano. Mis padres se habían ido al trabajo y mi hermana tenía ballet. Se suponía que nadie tenía que venir a casa durante horas.

Mi mano me llevó al borde mismo de correrme y luego me detuve. Subí a coger aire otra vez. Me sumergí y me volví a sentar en el fondo.

Y seguí haciendo aquello una y otra vez.

Aquella debía de ser la razón de que las chicas quisieran sentarse en tu cara. La succión era como pegar una cagada que nunca terminaba. Con la polla dura y algo comiéndome el culo, yo no necesitaba aire. Con la sangre latiéndome en los oídos, me quedaba allí abajo hasta que me empezaban a revolotear estrellitas luminosas frente a los ojos. Con las piernas extendidas y la parte de atrás de las rodillas llena de arañazos causados por el cemento del fondo. Los dedos de los pies se me estaban poniendo azules y tenía los dedos de las manos y pies arrugados de pasar tanto tiempo debajo del agua.

Y entonces dejé que pasara. Que empezaran a brotar los enormes pegotes blancos. Las perlas.

Fue entonces cuando necesité tomar aire. Pero cuando intenté patalear contra el fondo, me encontré con que no podía. No podía poner los pies debajo de mí. Tenía el culo atascado.

Los enfermeros de los servicios de urgencias cuentan que cada año hay unas ciento cincuenta personas que se quedan atascadas así, succionadas por una bomba de circulación. Se te engancha el pelo largo, o bien el culo, y te ahogas seguro. Todos los años se ahogan así montones de personas. La mayoría en Florida.

La gente simplemente no habla de ello. Ni siquiera los franceses hablan de TODO.

Levantando una rodilla, y metiendo un pie a presión debajo de mí, yo había conseguido ponerme medio de pie cuando noté el tirón en el culo. Pasé el otro pie por debajo de mí y me impulsé con el pie contra el fondo. Ya estaba pataleando libre, sin tocar el cemento pero sin llegar tampoco al aire.

Todavía pataleando en el agua, agitando los dos brazos, noté que estaba tal vez a medio camino de la superficie pero que no podía subir más. Los latidos que oía dentro de mi cabeza eran cada vez más rápidos y más fuertes.

Mientras los chispazos de luz pasaban una y otra vez por delante de mis ojos, me giré y miré atrás… pero lo que vi no tenía sentido. Una soga gruesa, una especie de serpiente, de color blanco azulado y llena de venas trenzadas, había salido de la piscina y me estaba agarrando el culo. Algunas de sus venas estaban soltando sangre, una sangre roja que parecía negra debajo del agua y que se alejaba flotando de los pequeños desgarrones en la pálida piel de la serpiente. El rastro de sangre iba desapareciendo en el agua, y dentro de la fina piel blanca azulada de la serpiente se veían bultos de comida a medio digerir.

Aquella era la única explicación posible. Un horrible monstruo marino, una serpiente de mar, algo que nunca había visto la luz del día, había permanecido escondido en el fondo oscuro del desagüe de la piscina, esperando para comerme.

Así pues… le di una patada, a aquel montón de piel y venas resbaladizo, con textura de goma y lleno de nudos, y más de aquello pareció salir del desagüe de la piscina. Ahora ya era tal vez tan largo como mi pierna, pero me seguía agarrando el agujero del culo con todas sus fuerzas. Le di otra patada y me acerqué unos centímetros más a dar una bocanada de aire. Aunque todavía sentía que la serpiente me tiraba del culo, me situé unos centímetros más cerca de mi escapatoria.

Apelotonados dentro de la serpiente, se veían restos de maíz y cacahuetes. Se veía una pelota de color naranja brillante. Era uno de aquellos complejos de vitaminas en forma de pastillas para caballos que mi padre me hacía tomar para ayudarme a ganar peso. Para que me dieran una beca para jugadores de fútbol americano. Con hierro extra y ácidos grasos omega-3.

Fue ver las vitaminas lo que me salvó la vida.

No era una serpiente. Era mi intestino grueso, el colon que se me había salido. Lo que los médicos llaman un «prolapso». Eran mis tripas succionadas por el desagüe.

Los enfermeros cuentan que la bomba de una piscina absorbe trescientos litros de agua por minuto. Lo que significa una presión de casi doscientos kilos. El problema es que por dentro lo tenemos todo interconectado. El culo no es más que el otro extremo de la boca. Si yo no me agarraba las tripas, la bomba seguiría succionando —sacándome las entrañas— hasta cogerme la lengua. Imaginad pegar una cagada de doscientos kilos y veréis que es algo que puede daros la vuelta de dentro afuera.

Lo que sí puedo deciros es que las tripas no sienten mucho dolor. No de la misma forma en que la piel siente dolor. A la materia que estás digiriendo los médicos la llaman materia fecal. Más arriba es el quimo, grumos de una porquería semilíquida y tachonada de maíz y cacahuetes y guisantes redondos.

A mi alrededor flotaba una sopa de sangre y maíz, de mierda y esperma y cacahuetes. Hasta con las tripas colgándome del culo, y yo agarrando lo que quedaba, mi primer impulso fue volver a ponerme el bañador.

No fuera que mis padres me vieran la polla.

Sin dejar de agarrar bien fuerte lo que me salía del culo, con la otra mano cogí el bañador a rayas amarillas y me lo solté del cuello. Aun así, ponérmelo resultó imposible.

Si quieres saber qué tacto tiene tu intestino, cómprate un paquete de esos condones hechos de membrana intestinal de cordero. Saca uno y desenróllalo. Llénalo de mantequilla de cacahuete. Úntalo de vaselina y sostenlo bajo el agua. Luego intenta rasgarlo. Intenta romperlo por la mitad. Es demasiado resistente y gomoso. Es tan viscoso que se te escapa de las manos.

Esos condones de membrana de cordero que no son más que intestinos.

Ahora entendéis con qué me las estaba viendo.

Como lo soltara un segundo, me quedaba sin tripas.

Si nadaba hasta la superficie para coger aire, me quedaría sin tripas.

Y si no nadaba, me ahogaría.

Podía elegir entre morirme en ese instante o morirme al cabo de un minuto.

Lo que mis padres encontrarían al volver del trabajo sería un enorme feto desnudo y encogido sobre sí mismo. Flotando en el agua turbia de la piscina de su jardín. Amarrado al fondo por una gruesa soga de venas y tripas retorcidas. Lo contrario de un chaval que se ha ahorcado accidentalmente mientras se la cascaba. El mismo bebé que habían traído a casa trece años atrás. El chaval que ellos confiaban que consiguiera una beca gracias al fútbol americano y se sacara un máster. Que los tenía que cuidar cuando fueran ancianos. Ahí estaban todas sus esperanzas y sus sueños. Aquel chaval que flotaba, desnudo y muerto. Rodeado de enormes perlas lechosas de esperma desperdiciado.

O bien eso o mis padres me encontrarían envuelto en una toalla ensangrentada, desplomado a medio camino entre la piscina y el teléfono de la cocina, con un cacho partido y maltrecho de mis tripas todavía colgando de la pernera de mi bañador a rayas amarillas.

El tipo de cosas de las que ni los franceses quieren hablar.

Aquel hermano mayor que estaba en la marina nos enseñó otra buena expresión. Una expresión rusa. Igual que nosotros decimos en inglés: «Me hace tanta falta como un agujero en la cabeza», los rusos dicen: «Me hace tanta falta como tener dientes en el agujero del culo».

Mnye etoh nadoh kahk zoobee v zadnetze.

¿Sabes esas historias que se cuentan sobre animales atrapados en una trampa que se arrancan su propia pata a dentelladas? Pues bueno, cualquier coyote te dirá que un par de mordiscos son preferibles a estar muerto.

Joder… aunque no seas ruso, algún día esos dientes te pueden hacer falta.

Porque si no los tienes, lo que has de hacer es lo siguiente: has de forcejear hasta darte la vuelta. Te pasas un codo por detrás de la rodilla y te levantas esa pierna hasta la cara. Luego te pones a darte dentelladas en el culo. En cuanto se te acaba el aire, eres capaz de morder cualquier cosa con tal de volver a respirar.

No es algo que quieras contarle a una chica en vuestra primera cita. No si esperas un beso al final de la velada.

Si te contara cómo sabía, nunca más volverías a comer calamares.

Es difícil saber qué asqueó más a mis padres: cómo me había metido en aquel lío o cómo me había salvado. Después de salir del hospital, mi madre me dijo: «No sabías lo que estabas haciendo, cariño. Estabas en estado de shock». Y aprendió a hacer huevos escalfados.

Todo el mundo estaba muerto de asco o de lástima por mí…

Me hacía tanta falta como tener dientes en el agujero del culo.

Últimamente la gente siempre me dice que estoy demasiado flaco. Cuando nos invitan a cenar la gente se queda callada y se cabrea porque no me como el estofado que me han preparado. El estofado me mata. También el jamón al horno. Todo lo que se pasa más de un par de horas en mis tripas sale exactamente igual. Si he comido judías blancas o atún en pedacitos, cuando me levanto del retrete los veo ahí exactamente iguales.

Después de sufrir una resección intestinal radical, la c

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