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Los días transcurrían muy despacio.
Ida Joner levantó la mano y contó con los dedos. Su cumpleaños era el 10 de septiembre. Aún estaban a primero de mes. Quería muchas cosas. Sobre todo, una mascota. Algo caliente y vivo que fuera solo suyo. Ida tenía una preciosa cara, con grandes ojos castaños. Su figura era frágil y esbelta, y el pelo abundante y rizado. Era espabilada y tenía buen carácter. Todo demasiado bueno. Eso pensaba muchas veces su madre, sobre todo cuando Ida se iba y ella veía desaparecer su espalda por la curva. Demasiado, demasiado bueno para durar.
Ida se montó en la bicicleta. Estaba a punto de abandonar la casa en una flamante bicicleta, marca Nakamura. Dejó el salón patas arriba, había estado tumbada en el sofá jugando con sus figuritas. Su ausencia dejaría primero un gran vacío. Luego un sonido desconocido, que llenaría la casa de desasosiego, penetraría por las paredes. A su madre no le hacía ninguna gracia. Pero tampoco podía encerrar a la niña en una jaula como si fuera un pájaro cantor. Dijo adiós con la mano a Ida y sonrió con valentía. Se puso a hacer sus labores. El aspirador taparía ese nuevo sonido de la habitación. Si empezaba a sudar, o a sacudir alfombras, se atenuaría ese pequeño aguijón que tenía en el pecho y que actuaba cada vez que Ida se iba. Echó un vistazo por la ventana. La bicicleta giró a la izquierda. Ida se dirigía al centro. Todo estaba en orden, llevaba puesto el casco. Un duro cascarón que le protegía la cabeza. Un auténtico seguro de vida. En el bolsillo llevaba una cartera con estampado de cebra que contenía treinta coronas. Sería suficiente para comprar el último número de la revista de caballos Wendy. Con lo que le sobraba solía comprarse un chicle Bugg. Tardaría unos quince minutos en llegar al quiosco de Laila. La madre calculó mentalmente. Ida estaría de vuelta en casa sobre las 18.40 horas, contando con la posibilidad de que se encontrara con alguien y se quedara charlando unos diez minutos. Mientras esperaba, se puso a ordenar. Recogió naipes y figuritas del sofá. Sabía que su hija podía oírla en todo momento allá adonde fuera. Había grabado su autoritaria voz en la cabeza de la niña y sabía que sonaba allí dentro como una eterna amonestación. Se sentía culpable por ello, se sentía culpable como si hubiese cometido una agresión, pero no podía hacer otra cosa. Era precisamente esa voz la que salvaría a Ida el día que se encontrara ante un peligro.
Ida era una niña bien educada que nunca llevaría la contraria a su madre ni olvidaría una promesa. Pero el reloj de pared de Helga Joner marcaba casi las siete e Ida no había vuelto. Entonces llegó la primera punzada de miedo. Y luego esa desagradable sensación en el estómago que la llevaba cada dos por tres hasta la ventana, por donde Ida aparecería en cualquier momento montada en su bicicleta amarilla, claro que sí. El casco rojo brillaría al sol. Se oiría el ligero sonido de las llantas sobre la gravilla. Tal vez un pequeño toque de timbre para decir ¡ya he vuelto!, seguido de un golpe del manillar contra la pared. Pero no, la niña no llegaba.
Helga Joner se sintió despegar de todo lo que le era seguro y familiar. El suelo desapareció bajo sus pies. Su cuerpo, que en realidad era bastante pesado, parecía totalmente liviano, volaba como un fantasma por las habitaciones. Luego volvió al suelo con un golpe en el pecho. Se detuvo en seco y miró a su alrededor. ¿Por qué aquello le resultaba tan conocido? Porque llevaba años repasando esa situación en su cabeza. Porque había sabido desde siempre que esa hija no podía durar. Precisamente el que fuera algo tan esperado la asustó de muerte. La certeza de que era capaz de prever cosas, el reconocer que era algo que había sabido desde el principio, la mareaba. Por eso tengo siempre tanto miedo, pensó Helga. He tenido miedo día tras día durante diez años, y con razón. Ya está aquí. La pesadilla. Grande, negra y rasgando el interior del corazón.
Eran las 19.15 cuando se arrancó de la apatía y buscó el número de teléfono del quiosco de Laila en la guía. Intentó recobrar la voz. Sonó muchas veces antes de que alguien descolgara. Estar llamando y con ello revelando su inquietud la hacía sentirse aún más segura de que Ida estaba a punto de llegar. Como una definitiva confirmación de lo buena madre que era. Pero Ida no aparecía y una voz de mujer contestó por fin. Helga empezó con una risa como de disculpa, porque oyó que la mujer que contestó era adulta y tal vez tuviera hijos. Lo entendería.
–Mi hija ha ido en bici a su quiosco a comprar la revista Wendy. Luego tenía que haber venido directa a casa, ya debería estar aquí, pero no llega. Así que llamo para ver si ha estado en el quiosco y comprado lo que quería –dijo Helga Joner.
Miró por la ventana para protegerse de la respuesta.
–No –contestó la voz–. Por aquí no ha venido ninguna niña, que yo recuerde.
Helga calló. Esa respuesta no podía ser correcta. La niña tenía que haber estado allí, ¿por qué decía eso aquella mujer? ¡Exigía otra respuesta!
–Es baja y morena –prosiguió Helga con obstinación–, diez años. Lleva un chándal azul y un casco rojo. La bicicleta es amarilla.
Lo de la bicicleta quedó suspendido en el aire. Al fin y al cabo, Ida no habría metido la bicicleta en el quiosco.
Laila Heggen, la dueña del quiosco, se sentía incómoda y tenía miedo de contestar. Notaba el incipiente pánico en la mujer y no quería activarlo en todo su horror. Repasó mentalmente las últimas horas. Pero no encontraba en su cabeza a ninguna niña por mucho que quisiera.
–Por aquí vienen muchos niños –dijo–. Durante todo el día. Pero a esta hora está bastante tranquilo. Hay una especie de descanso para comer entre las cinco y las siete. Luego hay bastante clientela hasta las diez, que es cuando cierro.
No se le ocurría nada más que decir. Además, estaba preparando dos hamburguesas en la plancha, ya olía a quemado, y el cliente estaba esperando. Helga buscaba palabras. No podía colgar, no se atrevía a cortar el contacto con Ida que esa mujer representaba. Era allí adonde había ido la niña. Volvió a mirar fijamente la calle por la ventana. Los coches pasaban bastante espaciados. Se había acabado el atasco de la tarde.
–Cuando aparezca, dígale que la estoy esperando –dijo.
De nuevo, silencio. La mujer del quiosco quería ayudar, pero no encontraba la manera de hacerlo. Qué terrible tener que decir no, pensó, cuando lo que esa mujer necesitaba era un sí.
Helga Joner colgó. Empezaba una nueva era. Un cambio escurridizo e incómodo que incluía transformación de luz, de temperatura, del paisaje fuera de la ventana. Árboles y arbustos estaban desplegados como soldados listos para la batalla. De repente descubrió que el cielo, que llevaba semanas sin dejar caer una gota de lluvia, se había encapotado. ¿Cuándo había sucedido? Notó como el corazón le latía con tanta fuerza que le dolía, oyó el reloj de pared con su mecánico tictac. Los segundos, que ella siempre se había imaginado como puntitos metálicos, eran como gotas pesadas y negras que sentía caer una a una. Se miró las manos, estaban secas y arrugadas. No eran ya las manos de una mujer joven. Había tenido a Ida tarde y acababa de cumplir cuarenta y nueve años. Entonces la angustia se convirtió en rabia, y cogió otra vez el teléfono. Había muchas cosas de que ocuparse. Ida tenía amigas y parientes en la zona. La hermana de Helga, Ruth, tenía una hija de doce años, la prima Marion, y uno de dieciocho, el primo Tomme. El padre de Ida vivía solo y tenía dos hermanos en el centro, tíos de Ida, ambos casados y con dos hijos cada uno. Eran su familia. A lo mejor estaba en casa de alguno de ellos. Pero habrían llamado. Helga vaciló. Primero las amigas, pensó. Therese. También pasaba mucho tiempo con Richard, un chico del barrio de doce años que tenía un caballo. Encontró la lista de sus compañeros de clase pegada en la puerta del armario de la cocina. Contenía los nombres y los números de teléfono de todos. Empezó por arriba, por Kjersti. No, lo sentía, Ida no estaba allí. La preocupación, la inquietud y la compasión de la otra mujer, que concluyó con las tranquilizadoras palabras: «Aparecerá, ya sabes cómo son los chicos», la atormentaron.
–Sí –mintió Helga.
Pero no lo sabía. Ida no se retrasaba nunca. En casa de Therese no contestaba nadie. Habló con el padre de Richard, que le dijo que su hijo estaba en el establo. Esperó mientras el hombre fue a comprobarlo. El reloj de pared le molestaba, con su eterno y desagradable tictac. El padre de Richard volvió. Su hijo estaba solo en el establo. Helga colgó y descansó unos instantes. Sus ojos buscaron de nuevo la ventana, como atraídos por un poderoso imán. Llamó a su hermana Ruth y se derrumbó un poco al oír su voz. Ya no era capaz de mantenerse en pie, su cuerpo empezaba a fallarle, como si perdiera la movilidad.
–Métete en el coche ahora mismo –dijo Ruth–. Ven aquí y daremos una vuelta para buscarla. ¡Seguro que la encontramos!
–Sí –contestó Helga–. Pero la niña no tiene llave. ¡Tal vez vuelva mientras la estamos buscando!
–Deja la puerta abierta. No importa. Estará en algún sitio mirando algo. Un incendio o un accidente de coche. Y se habrá olvidado de la hora.
Helga tiró de la puerta del garaje y la abrió. La voz de su hermana la había tranquilizado. Un incendio, pensó. Claro que sí. Ida estará mirando las llamas con las mejillas encendidas, los bomberos están imponentes y espectaculares con sus trajes negros y sus cascos amarillos, la niña es incapaz de moverse, tan fascinada está por las sirenas, los gritos y el crepitar de las llamas. Yo también me habría parado ante un incendio y me habría quedado mirando, sobrecogida por el calor. Todo está muy seco, lleva mucho tiempo sin llover. O un choque de coches. Mientras se afanaba con las llaves, se imaginó un accidente. Metal retorcido, ambulancias, masaje cardíaco y sangre, todo le pasó por la cabeza. ¡Claro que la niña se habrá olvidado de la hora!
Apenas podía concentrarse mientras conducía hasta casa de su hermana, en Madseberget. Tardó cuatro minutos. Sus ojos escudriñaban las cunetas, Ida aparecería de pronto, circulando correctamente por la derecha en su bicicleta, sana, guapa y feliz. Pero eso no ocurrió. Aun así, actuar la hacía sentirse mejor. Helga cambiaba de marcha, frenaba, conducía, su cuerpo estaba ocupado. Si el destino realmente quería hacerle daño, lucharía contra él. Atacaría con uñas y dientes a ese monstruo que se acercaba.
Su hermana Ruth estaba sola en casa. Su hijo, Tom Erik, a quien todos llamaban Tomme, acababa de sacarse el carnet de conducir. Había ahorrado para comprarse un viejo Opel.
–Casi vive en el coche –dijo Ruth resignada–, espero por Dios que conduzca con cuidado. Marion ha ido a la biblioteca. Cierran a las ocho, así que vendrá pronto, pero se las apañará por su cuenta. Sverre está de viaje. Apenas pisa la casa.
Lo último lo dijo de espaldas, mientras luchaba por ponerse un abrigo. Cuando se dio la vuelta, la sonrisa había vuelto a su cara.
–¡Vamos, Helga!
Ruth era más esbelta y alta que su hermana. Cinco años más joven y de carácter más alegre. Estaban muy unidas, y siempre era Ruth la que cuidaba de Helga. Cuando solo tenía cinco años, ya se ocupaba de su hermana de diez. Helga era reservada, lenta y asustadiza. Ruth era rápida, abierta y eficaz. Tenía solución para todo. Ahora volvió a hacerse cargo rápidamente de la situación. Consiguió controlar su propia preocupación, consolando a su hermana. Ruth sacó el Volvo del garaje marcha atrás, y Helga se subió en él. Primero pasaron por el quiosco de Laila, donde intercambiaron unas palabras con la dueña por encima del mostrador. Fuera, en la calle, permanecieron unos instantes mirando a su alrededor, buscando señales de que Ida hubiese estado allí, a pesar de que Laila Heggen les hubiera dicho que no. Continuaron hasta el centro. Dieron una vuelta por la plaza, recorriendo con la mirada todas las caras, todos los cuerpos, pero no se veía a Ida por ninguna parte. Por si acaso, también pasaron por el colegio de Glassverket, donde Ida cursaba quinto curso, pero el patio de recreo estaba desierto. En el transcurso de la expedición de búsqueda, Helga pidió tres veces a Ruth que le dejara su teléfono móvil para llamar a casa. Tal vez Ida estuviera esperando en el salón. Pero nadie contestó. La pesadilla iba en aumento, estaba acechando en algún sitio, temblando, reuniendo fuerzas. Pronto se levantaría y se abalanzaría sobre ella como una ola. Todo se oscurecería. Helga lo notaba en el cuerpo; en su interior se estaba librando una batalla, la corriente sanguínea, el ritmo cardíaco, la respiración, todo estaba alterado.
–Quizá se le ha pinchado una rueda –dijo Ruth– y ha pedido ayuda a alguien. Quizá alguien esté arreglándole el pinchazo.
Helga asintió enérgicamente. Era una posibilidad que no se le había ocurrido. Sintió un enorme alivio. Había muchas explicaciones, muchos sucesos posibles, casi ninguno de ellos peligroso, lo que pasaba era que ella no los veía. Iba sentada muy rígida al lado de su hermana, esperando que, en el peor de los casos, la bicicleta de Ida hubiese pinchado. Eso lo explicaría todo. Acto seguido le entró pánico, angustiada precisamente por esa imagen. Una chiquilla de ojos oscuros en bicicleta haría que parara un coche. Con el pretexto de ayudar. ¡Pretexto…! De nuevo una punzada en el corazón. Además, la habrían visto, pues estaban haciendo el mismo camino que tendría que haber hecho Ida en bicicleta. No había ningún atajo.
Helga miraba fijamente hacia delante. No quería volver la cabeza hacia la izquierda, porque muy cerca de allí corría el río, gris y rápido. Ella quería continuar recto, lo más deprisa posible, hasta el momento en que todo estuviera arreglado y solucionado de nuevo.
Volvieron a casa. No podían hacer otra cosa. Lo único que se oía era el zumbido del motor del Volvo de Ruth. Había apagado la radio. Mientras Ida estuviera desaparecida, no se podía escuchar música. Seguía habiendo poco tráfico. Pero pronto alcanzaron a un extraño vehículo. Lo vieron a gran distancia. Primero como algo irreconocible. Se trataba en parte de una moto, en parte de una pequeña camioneta. Tenía tres ruedas, manillar de moto y una plataforma de carga del tamaño de un pequeño remolque. Tanto la moto como el remolque estaban pintados de un verde intenso. El chófer conducía muy despacio, pero por su postura pudieron ver que notaba la presencia del coche, que había reparado en ese vehículo que se le estaba acercando por detrás. Se apartó a la derecha para dejarlas pasar. Tenía la mirada clavada en la carretera.
–Es Emil Johannes –dijo Ruth–. Siempre anda por aquí con su motocarro. ¿Le preguntamos?
–Pero si no habla –objetó Helga.
–Eso no es más que un rumor –afirmó Ruth–. Yo creo que habla por los codos solo cuando le apetece.
–¿Por qué crees eso? –preguntó Helga, dubitativa.
–Es lo que dice la gente de por aquí. Que simplemente no quiere.
Helga era incapaz de imaginarse que la gente dejara de hablar si podía hacerlo. Nunca había oído nada semejante. El hombre del extraño vehículo tendría cincuenta y tantos años. Llevaba un anticuado gorro de piel marrón con orejeras y una chaqueta que lo protegía del viento. No se la había abrochado. Los faldones ondeaban al viento tras él. Al notar que el coche se le acercaba, empezó a dar tumbos. Las miró con recelo, pero Ruth no cejó en su propósito. Agitó el brazo dentro del coche, haciéndole señas para que se detuviera. El hombre paró a regañadientes. Pero no las miró, sino que se limitó a esperar, todavía con la mirada clavada en algún punto delante de él, con las manos agarradas al manillar y las orejeras colgándole como orejas de perro por las mejillas. Ruth bajó la ventanilla.
–¡Estamos buscando a una niña! –gritó.
El hombre hizo una mueca. No entendía por qué esa mujer gritaba tanto, si él oía muy bien.
–Una chiquilla morena de diez años. Va en una bicicleta amarilla. Tú te mueves mucho por aquí. ¿La has visto?
El hombre miró fijamente al asfalto. Su cara quedaba en parte oculta por el gorro. Helga Joner miró el remolque. Estaba cubierto por una lona negra y le pareció ver que debajo había algo. Sus pensamientos volaron en todas direcciones. Debajo de una lona como esa cabría tanto una niña como una bicicleta. ¿Y no parecía ese hombre sentirse culpable de algo? Al mismo tiempo, sabía que siempre tenía esa expresión huidiza. Lo había visto alguna vez en la tienda. Él vivía en su propio mundo.
La idea de que Ida se encontrara debajo de esa lona negra le pareció absurda. No estoy en mis cabales, pensó Helga.
–¿La has visto? –repitió Ruth.
Tenía una voz autoritaria, pensó Helga. Amonestadora. Hacía que la gente se parara y la escuchara.
El hombre la miró por fin, pero muy velozmente. Tenía unos ojos redondos y grises que no paraban de moverse. Helga se mordió el labio. Así era él, ya lo sabía, no quería mirar a la gente, tampoco hablar con nadie. Eso no significaba nada. La voz del hombre sonaba algo ronca.
–No –contestó.
Ruth mantenía la mirada clavada en él. Los ojos grises volvieron a mirar hacia otra parte. El hombre puso el motocarro en marcha y aceleró. El acelerador estaba en la parte derecha del manillar. Le gustaba acelerar. Ruth puso el intermitente de la izquierda y lo adelantó. Pero siguió observándolo por el retrovisor.
–¡Ah! –resopló–. Todo el mundo dice que ese hombre no sabe hablar. ¡Bobadas!
En el coche se respiraba un ambiente silencioso y tenso. Helga pensó: La niña ya ha vuelto. Laila, la del quiosco, no se acuerda, pero Ida sí que estuvo allí comprando. Ahora está tumbada en el sofá leyendo la Wendy y masticando el Bugg con tanta energía que se le hinchan las mejillas. Hay envoltorios de golosinas por todas partes. Su boca huele a dulce, a ese chicle color rosa.
Pero el salón estaba vacío. Helga se derrumbó por completo. Todo se le vino abajo.
–Dios mío –sollozó–. Esto va en serio. ¿Me oyes, Ruth? ¡Ha pasado algo!
El sollozo acabó en un grito. Ruth fue hasta el teléfono.
La denuncia de la desaparición de Ida Joner se registró en la comisaría a las 20.35 horas. La mujer que llamó se presentó como Ruth Emilie Rix. Se esforzó por dar una impresión juiciosa, por temor a que no tomaran en serio su llamada. Al mismo tiempo había en su voz un matiz frenético. Jacob Skarre tomaba notas en un bloc mientras la mujer hablaba, y varios sentimientos contradictorios iban creciendo en él. Ida Joner, una niña de diez años de Glassverket, debería haber llegado a su casa hacía dos horas. Claro que había pasado algo. Pero no tenía por qué ser algo horrible. Por regla general no era nada horrible, sino algún hecho insignificante. Primero abrasador como una picadura de avispa, y luego el alivio más dulce de todos: el abrazo de mamá. Sonrió para sus adentros al pensar en ello, porque lo había visto un montón de veces. Al mismo tiempo, agachó la cabeza ante todo lo que tal vez estaba por llegar.
Eran las 21.00 horas cuando el coche patrulla se detuvo delante de la casa de Helga Joner. Vivía en Glassblåserveien, número 8, a once kilómetros de la ciudad, lo suficientemente lejos para ser considerado un entorno rural, con algunas granjas y campos labrados, y grandes urbanizaciones. Glassverket tenía su propio pequeño centro urbano, con colegio, tiendas y gasolinera. La casa de Helga se encontraba en una zona residencial. Estaba pintada de rojo y se veía acogedora. Un seto de cornejo de ramas finas formaba un borde ralo y teatral alrededor de la finca. La hierba presentaba manchas amarillas tras la sequía del verano.
Helga estaba junto a la ventana. Se mareó al ver el coche blanco. Había llegado demasiado lejos, había desafiado al destino. Aquello era admitir que algo terrible había sucedido. No deberían haber llamado a la policía. Si no lo hubiesen hecho, Ida habría vuelto por su cuenta. Helga ya no entendía sus propios pensamientos, añoraba sobremanera que alguien se encargara, dirigiera y decidiera. Dos policías se encaminaron hacia la casa y Helga miró fijamente al mayor de ellos, un hombre muy alto y canoso, alrededor de la cincuentena. Se movía despacio y con cautela, como si nada pudiera derribarlo. Helga pensó: Ese hombre es exactamente lo que necesito. Él va a arreglar esto, es su trabajo, lo ha hecho otras veces. Le pareció algo irreal darle la mano. Esto no está sucediendo de verdad, pensó, sácame de este terrible sueño. Pero no se despertó.
Helga era grande, morena, y llevaba su abundante pelo peinado hacia atrás. Tenía la piel blanca y las cejas marcadas y espesas. El inspector jefe Konrad Sejer la observó con mirada firme.
–¿Está sola? –preguntó.
–Mi hermana vuelve en un momento. Fue ella la que llamó. Ha ido a avisar a su familia.
Había pánico en su voz. Miró a los dos hombres, a Jacob Skarre, con sus rizos rubios, y a Konrad Sejer, con su pelo color acero. Los miró con la expresión de una mendiga. Luego se metió en la casa, donde se quedó junto a la ventana con los brazos cruzados. Le resultaba imposible sentarse, tenía que quedarse de pie para ver la calle, la bicicleta amarilla, cuando por fin llegara. Porque llegaría justo entonces, después de haber puesto en marcha todo ese despliegue. Empezó a hablar. Tenía que rellenar el vacío con palabras a fin de alejar las imágenes, pues las que se le aparecían sin cesar eran horribles.
–Vivo sola con ella. La tuvimos tarde –tartamudeó–, pronto cumpliré los cincuenta. Su padre se marchó de aquí hace ocho años. Él no sabe nada. Me resisto a llamarle. Seguro que esto tiene una explicación, y no me gusta molestarlo sin necesidad.
–Entonces, ¿no considera posible que la niña esté con su padre? –preguntó Sejer.
–No –respondió Helga con firmeza–. Anders habría llamado. Es muy responsable.
–Así que se llevan ustedes bien por lo que respecta a Ida.
–¡Oh, sí, muy bien!
–En tal caso me parece que debe usted llamarlo –indicó Sejer.
Lo dijo porque él también era padre y no quería que al de Ida se le mantuviera apartado. Helga se acercó de mala gana al teléfono. En la habitación reinaba el silencio mientras marcaba el número.
–No contesta –informó antes de colgar.
–Déjele un mensaje –dijo Sejer–, si es que tiene conectado el contestador.
Ella asintió y volvió a marcar el número. Su voz sonaba un poco avergonzada por contar con público.
–Anders –la oyeron decir–, soy Helga. Estoy esperando a Ida, debería haber vuelto a casa hace rato. Solo quería preguntarte si estaba contigo.
Luego respiró, antes de añadir con un sollozo:
–¡Llámame! ¡La policía está aquí!
Se volvió hacia Sejer.
–Él viaja mucho. Puede estar en cualquier parte.
–Necesitamos una buena descripción de la niña –señaló Sejer–. Y una foto. Seguro que tiene alguna.
Helga sintió lo fuerte que era aquel hombre. Le resultaba extraño pensar que debía de haber estado así en otras ocasiones, sentado en otros salones, con otras madres. Lo que más quería era agarrarse a él, pero no se atrevió. De modo que apretó los dientes.
Sejer marcó el número de la comisaría y ordenó que dos coches patrulla se dirigieran a Glassverket por la carretera nacional. Una niña de diez años en una bicicleta amarilla, le oyó decir Helga. Y pensó que era raro oírle hablar así de su Ida, como si no fuera nada más que un vehículo. Luego, un zumbido de voces y coches, una imagen de pesadilla parpadeando ante sus ojos. Teléfonos sonando, órdenes breves y caras desconocidas. Querían ver la habitación de Ida. A ella no le gustó eso, le recordaba a algo. Cosas que había visto en la televisión, en películas de asesinatos. Habitaciones de jóvenes terriblemente vacías. Subió despacio al piso de arriba y abrió. Sejer y Skarre se quedaron en la puerta, completamente abrumados por la gran habitación y el caos que reinaba en ella. Animales. De todas clases, tamaños y formas. De todo tipo de materiales. Cristal y piedra, cerámica y madera, plástico y terciopelo. Caballos y perros. Pájaros y ratones, peces y serpientes. Colgaban del techo de finos hilos, llenaban toda la cama de madera clara, ocupaban un lugar destacado en las estanterías y se alineaban en los alféizares de las ventanas. Al mismo tiempo, Sejer se fijó en que todos los libros eran sobre animales. En las paredes había fotos y pósteres de animales. Las cortinas eran verdes con dibujos de caballitos de mar.
–Ya ve lo que le interesa a mi hija –dijo Helga.
Estaba en el umbral de la puerta, temblando. Era como si viera aquello por primera vez, en toda su magnitud. ¿Cuántos animales habría allí? ¿Cientos?
Sejer asintió con la cabeza. Skarre se había quedado boquiabierto. La habitación estaba muy desordenada y llena de cosas. Volvieron a bajar la escalera. Helga Joner descolgó una fotografía de la pared del salón. Sejer la cogió. En el momento de mirar esos ojos oscuros, quedó fascinado. Ida se grabó a fuego en su interior. Los niños siempre son guapos, pensó, pero esa niña era verdaderamente preciosa. De hecho, excepcional. Como las niñas que aparecen en los cuentos. Pensó en Caperucita, Blancanieves y la Cenicienta. Grandes ojos oscuros. Mejillas redondas, sonrosadas. Frágil como un junco. Miró a Helga Joner.
–¿Han estado buscándola usted y su hermana?
–La buscamos con el coche durante casi una hora –respondió Helga–. Había poco tráfico, no mucha gente a quien preguntar. Llamé a varias amigas suyas y al quiosco de Laila. No ha estado allí, y no lo entiendo. ¿Qué puedo hacer ahora?
Ella lo miró con los ojos enrojecidos.
–No debe usted quedarse sola –dijo Sejer–. Siéntese tranquilamente a esperar a su hermana. Nosotros vamos a reunir a toda la gente que tengamos para buscarla.
–¿Te acuerdas de Mary Pickford? –preguntó Sejer.
Estaban ya en el coche. Vio desaparecer en el retrovisor la casa de Helga. Su hermana Ruth había vuelto. Jacob Skarre lo miró sin entender. Era demasiado joven como para conocer a algunas de las estrellas de los tiempos del cine mudo.
–Ida se parece a ella –dijo Sejer.
Skarre no quiso saber más. Le apetecía un cigarrillo, pero en el coche patrulla no estaba permitido fumar. Se palpó los bolsillos en busca de alguna golosina y encontró una caja de caramelitos.
–Esa niña no entraría en el coche de un desconocido –dijo meditabundo.
–Eso dicen todas las madres –apuntó Sejer–. Depende de quién la invite. Los adultos son mucho más listos que los niños. Es así de sencillo.
A Skarre no le gustó esa respuesta. Quería pensar que los niños eran intuitivos y olfateaban el peligro antes que los adultos. Como los perros. Que lo olían. Aunque, pensándolo bien, los perros no eran muy listos. Sus pensamientos comenzaban a deprimirlo. El caramelito se le había reblandecido en la boca y empezó a masticarlo.
–Pero sí entran en un coche si se trata de alguien que conocen –afirmó en voz alta–. Y, de hecho, muchas veces se trata de conocidos.
–Hablas como si ya tuviéramos un delito –dijo Sejer–. Creo que es un poco pronto.
–Ya –contestó Skarre, escéptico–, simplemente intento prepararme.
Sejer lo miró de reojo. Skarre era joven y ambicioso. Abierto y decidido. Su talento estaba bien escondido tras los grandes ojos color celeste, y los rizos le conferían un aspecto inofensivo. Nadie se sentía amenazado por Skarre. Con él la gente se relajaba y charlaba distendidamente, y eso era justo lo que él pretendía. Sejer conducía el coche a través del paisaje a la velocidad permitida. Estaba todo el tiempo en contacto con los equipos de búsqueda. No tenían ninguna novedad.
La aguja marcó sesenta kilómetros, y luego ochenta. Los ojos de ambos hombres recorrían los campos labrados, intentando no perder ningún detalle. No vieron nada. Ninguna niña con pelo oscuro, ninguna bicicleta amarilla. Sejer visualizó el rostro de la niña. La boca pequeña y los grandes rizos. Luego le sobrevinieron unas imágenes terribles. No, dijo una voz en su interior. No es así, esta vez no. Esta niña va a volver a casa por su propio pie. Siempre vuelven, lo he visto otras veces. ¿Y por qué demonios adoro este trabajo?
Helga inhaló una gran cantidad de aire y empezó a exhalarlo irregularmente. Ruth cogió a su hermana por los hombros, mientras le hablaba en voz alta y con una claridad exagerada.
–Tienes que respirar, Helga. ¡Respira!
Sonaron varias inspiraciones tremendas, pero nada volvió a salir, y el robusto cuerpo sentado en el sofá luchaba por recuperar el control.
–¡Imagínate que Ida llega ahora y te encuentra en este estado! –gritó Ruth desesperada, sin saber qué otra cosa decir–. ¿Me oyes? –prosiguió, sacudiendo a su hermana.
Helga logró por fin inspirar de un modo normal. Luego se derrumbó y se quedó como apática.
–Descansa un poco –le suplicó Ruth–. Yo voy a llamar a casa. Luego tienes que comer. Por lo menos, beber algo.
Helga negó con la cabeza. Oyó la voz de su hermana a lo lejos, en la otra punta de la habitación. Un murmullo que no entendía. Al cabo de unos instantes, Ruth volvió.
–Le he dicho a Marion que se acueste y que cierre la puerta con llave –dijo.
En el momento de decirlo sintió un intenso miedo. Marion estaba sola en la casa. Luego se dio cuenta de que esa preocupación era infundada. Todas las palabras se volvían peligrosas, todos los comentarios explosivos. Desapareció en dirección a la cocina. Helga oyó ruido de cristal. Se abrió un cajón y pensó: Pan. Comer ahora. Imposible. Miró hacia la ventana. Le escocían los ojos. Cuando sonó el teléfono, se estremeció tanto que se le escapó un breve grito. Ruth entró a toda prisa.
–¿Lo cojo yo?
–¡No!
Helga descolgó el auricular y gritó su propio nombre.
Se derrumbó.
–No, no ha vuelto –sollozó—. Son casi las once y media, y se ha ido a las seis. ¡No puedo más!
El padre de Ida Joner se quedó completamente mudo al otro lado de la línea.
–¿Y la policía? –preguntó angustiado–. ¿Dónde está?
–Ya se han ido todos, pero están buscando. Iban a convocar a los de Ayuda Popular y a otros voluntarios, ¡pero no llaman! ¡No la van a encontrar!
Ruth se quedó esperando en la puerta de la cocina. La gravedad de la situación las alcanzó a las dos a la vez. Fuera ya estaba del todo oscuro, era casi noche cerrada. Ida se encontraba en algún lugar allí fuera, incapaz de encontrar el camino de vuelta a casa. Helga no podía hablar. Comer le resultaba impensable. No moverse, no ir a ninguna parte. Solo esperar, las dos juntas, estrechamente abrazadas, y con el miedo como un torrente de sangre en los oídos.
