La niña
En algún lugar del mar Mediterráneo
Con la mano en la palanca de aceleración, aprovechó el ruido del viejo motor para ocultar en él la frase y evitar así altercados o generar pánico.
—Tírala por la borda.
—¿Ahora?
—Será más fácil librarnos de ella en mitad del mar que en un área de descanso de la carretera. Lleva tosiendo desde que salimos. No conviene llamar la atención cuando los hayamos metido en los camiones en Italia.
En la embarcación, doscientos setenta y tres migrantes. Edades, sexos, orígenes, colores mezclados. Zarandeados, empapados, congelados, aterrados.
—No me siento capaz. Hazlo tú.
Un suspiro de fastidio. Nada más. El otro dejó el timón para dirigirse, resuelto, hacia la mujer que se escondía al fondo. Se abrió paso entre los pasajeros a empellones, sin la menor consideración. La mujer reparó en que se acercaba y apretó con más fuerza el cuerpo que protegía entre sus brazos, pegó firmemente la mano a la boquita fría y rezó para que dejara de toser. Atemorizada, la criatura soltó el viejo conejo violeta de peluche y el hombre lo aplastó bajo el peso de su pie sin ni siquiera verlo.
—Tu niña. Tienes que arrojarla.
El loco
Campamento de migrantes de Calais.
Octubre de 2016
Último día del desmantelamiento de la Jungla
Insaciables, las excavadoras devoraban las chabolas y las tiendas, reduciéndolas a escombros para, un poco más allá, hacer montañas de plástico, tela y ropa que serían pasto del fuego en cuanto el viento cesara.
En aquel erial ya no quedaba nada de lo que la esperanza había levantado allí.
La pala mecánica abrió sus fauces y se preparó para recorrer esa tierra de nadie hecha de ruinas y destrucción. El motor se revolucionó, la máquina salió dando tumbos por el firme rugoso endurecido por el frío y se dirigió en línea recta hacia su siguiente objetivo: una vieja chabola de palés de madera y tejado de cartón. Una de las últimas.
Varios años antes, un vertedero y un cementerio se disputaban el lugar. Luego el Estado reunió allí a los migrantes que llegaban soñando con cruzar hasta Inglaterra. Esa mañana el vertedero había vuelto a aparecer. Pero cuando los potentes dientes de la excavadora se clavaron en la tierra lo que resurgió fue el cementerio.
Habían asomado tres brazos, medio desenterrados por la acción de la excavadora, y los operarios dedujeron que debía de haber por lo menos un par de cuerpos allí, en ese agujero, justo a las afueras del campamento. Uno de ellos de un niño, sin duda, a juzgar por el tamaño de uno de los brazos. Avisaron de inmediato al jefe del equipo por el walkie-talkie.
A unos veinte metros de allí, una sombra se alejó por la linde del bosque que rodeaba la Jungla, sin quitar ojo a las maniobras de las máquinas. Mientras tanto, los operarios se congregaron alrededor de la escena, como alelados por el horror que veían.
Uno de los operarios levantó la vista y vio una silueta que salía del bosque. Harapos, pelo largo y grasiento, tez negra o marrón, o simplemente cubierta de roña. Y un machete con manchas de óxido asido con puño firme, el brazo extendido a lo largo de la pierna. El hombre se acercó despacio mientras fijaba la vista en cada uno de ellos como una amenaza y se golpeaba el muslo con la hoja del cuchillo conforme avanzaba. No hubo nadie que tuviera el valor suficiente para interponerse en su camino, y todos dieron varios pasos atrás.
El inquietante desconocido se arrodilló delante del socavón y se puso a escarbar con las manos la tierra que todavía cubría los cadáveres. Primero frenéticamente, acompañando los movimientos con gemidos animales, y luego cada vez con más calma. Tocó una pierna, acarició una mano como si aún estuviera viva. Asió el brazo del niño para acercárselo a los ojos y a continuación lo olisqueó y lo dejó caer otra vez. El brazo, rígido por la muerte, quedó levantado, tieso, unos segundos y luego, por su propio peso, cayó lentamente hacia el suelo.
El hombre parecía una silueta incluso a plena luz. Un amasijo de andrajos repulsivos y de mugre, los brazos metidos en una fosa en la que dejó de escarbar como si de pronto hubiese perdido toda esperanza. Se levantó, azorado, y se alejó caminando de espaldas, sin soltar el machete, hasta perderse otra vez en el bosque.
El primer policía que tuvo información concreta la transmitió por teléfono al fiscal, quien aun así dudó si personarse en el lugar.
—Los del Servicio de Identificación de la policía científica mencionan siete cuerpos.
—¿Adultos?
—No todos.
—¿Enteros?
—No todos.
El policía al teléfono acabó de dar el informe y su compañero se permitió hacer un comentario.
—¿Por qué no le has dicho nada de ese tipo tan extraño del machete?
—Eso me lo guardo para el teniente. Es el único al que le importa este marrón. Si le hablo al fiscal de un tipo extraño con un machete, nos tocará encontrar a un tipo extraño con un machete. Y darnos un paseíto por el bosque, ahora que está anocheciendo, no es que me apetezca mucho.
—Mira, llevamos casi dos años cerrando los ojos y no va a ser hoy el día que los abramos.
PRIMERA PARTE
Huir
1
Damasco, Siria
Junio de 2016
Sección 215, Military Intelligence (Servicio de Inteligencia Militar)
Sala de interrogatorios del centro de detención
El último golpe había partido el arco superciliar sin que los gritos del hombre, desnudo y atado a la silla, atravesaran las recias paredes del sótano. La sangre corrió por las baldosas de color ocre polvoriento de esa habitación sin ventanas. Adam agarró al prisionero por la nuca y pegó su frente a la de él, sudores mezclados de quien golpeaba y de quien recibía los golpes.
—Hablarás. No existe ninguna causa tan justa como para hacerte soportar el dolor que te espera. Lo sabes, ¿verdad?
Al fondo de la sala, Salim dejó en una mesa de madera la botella de agua deformada por el calor y se secó la boca con la manga. Al tiempo que se ponía en pie, cogió un grueso cable de plástico negro dentro del cual había tres hilos eléctricos trenzados. Pesado y sólido, más eficaz que una porra. Empezó a andar alrededor del hombre atado.
—Dices frases demasiado largas y no formulas ninguna pregunta —espetó a Adam—. Se nota que no sales de los despachos. Este sabe perfectamente lo que queremos oír. No merece la pena gastar saliva con él.
El grueso cable se abatió sobre la rodilla izquierda, bastante hinchada ya, abierta y sangrante; la otra seguía intacta. Se alzó aún dos veces y golpeó exactamente en el mismo lugar, dejando los tendones a la vista. El prisionero, electrizado por el dolor, ni siquiera fue capaz de gritar. Se aovilló y murmuró, una y otra vez, la misma frase de una plegaria a Dios. Y, puesto que lo compartían, eso sacó a Salim de sus casillas.
—De todas formas, con los golpes no avanzamos. Ya hace una hora que te dije que pasáramos al ácido…
—Pero ¿tú quieres respuestas o cargártelo sin más? —preguntó Adam—. Con el ácido se quedan inconscientes. En la tortura también hay que dar respiros, de lo contrario no da resultado. El ácido sigue picando en la piel después. Esos ya no distinguen si estás torturándolos todavía o si has parado.
Salim puso cara de sorpresa.
—Ah, entonces ¿no es tu primera vez? Pensaba que a los de la Dirección no os gustaba hacer el trabajo sucio.
—Este es especial. Es mío. Quiero estar presente en todo momento —replicó Adam dirigiéndose hacia el prisionero. Apoyó la mano en su hombro y le susurró al oído—: ¿Me oyes? No te dejaré.
Salim consultó la hora en su reloj y decidió que era buen momento para concederse una pausa para fumar, pero cuando volvió lo hizo acompañado de su superior. Este último se quejó de la lentitud de su interrogatorio y despachó a Adam sin ni siquiera mirarlo.
—Diga a los del ministerio que no necesitamos carabina. Este cantará, igual que cantaron los otros, esté usted aquí o no, y desde luego que no será a base de puños como lo doblegaremos.
Cumpliendo órdenes, Adam fue acompañado a la puerta. Pero antes de que se cerrara tras él, se atrevió a preguntar a Salim:
—¿Ácido?
—No. Basat al-reeh.
Inmovilizarían al prisionero sobre un tablón, lo levantarían y lo dejarían colgado con la cabeza hacia abajo. A lo largo de la hora siguiente se le acumularía la sangre en el cráneo y le comprimiría el cerebro, y el prisionero notaría que los ojos se le salían de las órbitas, como si estuviesen a punto de estallarle. Y entonces empezarían a propinarle patadas en la cabeza.
Y si no hablaba, el ácido haría el resto. Nadie soporta el ácido.
Adam salió a la superficie por el ascensor privado que solo comunicaba con las zonas subterráneas del edificio. Ya en la calle, al aire libre, inspiró tan hondo como pudo para expulsar el aire viciado que le contaminaba aún los pulmones. A pesar de todos los esfuerzos, el olor a sangre y a sudor acre se le había quedado impregnado irremediablemente en la tela del uniforme.
Ante sí, a unas decenas de metros, se hallaba la espléndida facultad de Medicina y Letras, en ese barrio de Damasco casi intacto y bajo la protección del régimen.
Pensó en Alepo, tan solo trescientos cincuenta kilómetros al norte. Con sus viviendas derruidas, dejando a la vista el interior de las habitaciones como en las casas de muñecas. Sus casas en ruinas hasta donde alcanzaba la vista, ninguna de ellas de más de dos pisos de altura. Sus avenidas flanqueadas por coches calcinados o reventados, y en ese caos, entre la policía y los militares, en medio del ruido de los vehículos todoterreno del ejército y los carros de combate, una población aterrorizada y resignada seguía viviendo como quien juega a la ruleta rusa.
Damasco. Adam se hallaba en el lado bueno del país y en el lado bueno del orden. Poli durante más de quince años y en la actualidad oficial de la policía militar del régimen de Bashar al-Assad. Nadie habría desconfiado de él. Tal vez incluso conseguiría salvar a su mujer y a su hija antes de que le metieran un tiro. Quedaba muy poco tiempo.
Paró un taxi y se montó, raudo.
—Muhayirin, calle principal.
—Es una calle muy larga —objetó el taxista.
—Al pie de la colina me irá perfecto.
Adam ya no se fiaba de nadie y no tenía la menor intención de dar sus señas a un desconocido.
2
Cuando, seis años antes, había comprado un apartamento en ese barrio de clase media de Damasco, Adam no se había fijado especialmente en el nombre de la zona. Muhayirin. Los que viajan. Los migrantes.
Dos vueltas de la llave y se coló en el interior como una corriente de aire. Nora lo oyó desde la cocina y el corazón se le aceleró. Antes ya de verle la cara, supo que había llegado la hora. La hora para la que se habían preparado. De ella dependía su vida.
—¿Y bien? —preguntó intranquila al verlo volver a casa en mitad de la tarde.
—Lo han mandado a la sección 215. No resistirá mucho. ¿Y Maya?
—En su cuarto.
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Dos maletas. Una para cada una. Te dejo, he de hacer una llamada.
Nora posó un beso en los labios de Adam. Los de ella estaban aún húmedos de té. Los de él, secos de angustia. Adam dio media vuelta y salió al recibidor. Apartó la tabla de madera detrás de la cual se encontraba el calentador del agua, metió el brazo hasta el fondo, por debajo del depósito, y sacó un teléfono móvil que guardaba sujeto con dos tiras de cinta adhesiva ancha. Tecleado el número, se ahorró los preliminares.
—Esta noche. Para Nora y Maya. ¿Sigue en pie?
—¿Tú no vas a acompañarlas?
—Podría ponerlas en peligro. Han cogido a Tarek.
—Lo sé. ¿Crees que cantará?
—Claro que cantará. ¡Y quién podría echárselo en cara! Para una vez que pillan a uno del ELS,[1] se lo tomarán con calma.
—¿Saben que la operación Pável viene de nosotros?
—Espero que no. Hoy he tenido a Tarek delante de mis narices, en la sala de tortura, y ha aguantado. Me ha salvado la vida. Pero cuando lo dobleguen, porque te aseguro que van a doblegarlo, dará mi nombre y me convertiré en un objetivo. Mi mujer y mi hija también. Deben irse sin mí. Ya me reuniré con ellas. Haré todo lo posible.
—Inch’ Allah.
—Sí, más Le vale.
* * *
Nora hizo su maleta en menos de un minuto y se apresuró a dejarla delante de la puerta. Al llegar al cruce de los dos estrechos pasillos del apartamento tropezó con el taquillón de la entrada. Un marco con una fotografía, encima del mueble, cayó al suelo y se le rompió el cristal. Los recuerdos escaparon de él como si simplemente hubiesen estado retenidos por esa lámina de vidrio.
2015. El sexto cumpleaños de Maya.
Nora y su pelo negro y largo, perfectamente alisado, como un río de tinta cayéndole por encima de los hombros. Maya y sus ojos curiosos, apasionados con todo. Imposible que se estuviera quieta ni siquiera el tiempo de hacerle una simple foto. Y Adam, grande y alto, que las abraza. Una corpulencia atlética valorada en especial durante la época que fue alumno en la escuela de policía. La misma escuela de policía que un hombre del Estado Islámico, disfrazado de agente, hizo saltar por los aires unos años después, dejando una veintena de víctimas. Adam había recogido los trozos de sus compañeros, de sus antiguos instructores y de varios civiles.
Hasta ahora había sido un policía ejemplar, adiestrado, con fe en su país y en su dirigente. Y lleno de esperanza cuando, con las revoluciones árabes, los vientos de la democracia habían soplado en Siria. Al igual que en Túnez y Egipto, el pueblo de pronto tomaba conciencia de que la lucha por sus libertades era posible.
Pero, por muy noble que fuesen las causas, ese movimiento se reprimió de inmediato con el derramamiento de la sangre de miles de manifestantes, lo que llevó al país a una guerra civil. Y aprovechándose de esa debilidad como un virus en un organismo agotado, el Estado Islámico hincó un poco más hondo las garras de su violencia y de su oscurantismo. Desde entonces hubo una única víctima para dos verdugos: la dictadura de Bashar al-Assad y la locura del Daesh contra la población siria desarmada. A raíz de aquella revuelta pacífica, masacrada por el ejército, Adam había decidido actuar y dejar de ser un simple testigo de la agonía de su país. Por eso se había unido a una célula rebelde del Ejército Libre Sirio, convirtiéndose así en adversario del gobierno de la manera más arriesgada: infiltrándose en él a través de la policía militar.
Ya fuera por una reacción química, como cuando los animales perciben la angustia o el miedo, ya fuera por intuición, como cuando llegamos a entender a los nuestros sin que medien palabras, Maya estaba como una estatua, algo muy impropio de ella. Seguía el compás, consciente a pesar de su juventud de que sucedía algo grave y que había que dejar los caprichos y las preguntas para otro momento. Desde su cuarto, oyó la voz de su padre.
—Pasaréis la tarde en casa de Elyas. Por la noche os llevará en coche a Beirut por la carretera militar y desde allí un vuelo nocturno os trasladará a Trípoli, en Libia. Esa será la parte fácil del viaje. Ve a por Maya, yo llamo a un taxi.
—¿Nos vamos a casa del tío Elyas?
Nora se dio la vuelta hacia su hija, que salía de su habitación arrastrando trabajosamente su maleta y, al verla tan pequeña e inocente, se dijo que el periplo que las esperaba sería de lo más incierto.
Adam se fue al salón y, pese a su estatura respetable, se puso de puntillas para alcanzar los tres tomos de la colección completa de Fantômas, en su lengua original, colocados en el último estante de la librería. París, sus misterios y sus intrigas bajo la pluma de Souvestre y Allain, y un pasaporte escondido dentro de cada volumen. A Nora le dio dos y él se guardó el suyo en el bolsillo trasero. A partir de ese momento, la necesidad de huir podía surgir en cualquier instante.
Al pie de la colina sobre la que había ido creciendo el barrio de Muhayirin, con las maletas pegadas a las piernas como tres perros adiestrados, Adam repitió las instrucciones a su mujer. Una explicación que pretendía ser más tranquilizadora que útil, pues Nora se la sabía de memoria. De esa forma esperaron la llegada del taxi. Maya seguía muy callada, cosa rara en ella, y ninguno de sus progenitores pudo evitar la constatación de que su hija se había hecho mayor de golpe. Sensata. Decidida. Cada uno se preguntaba qué entendía ella de la situación y qué no. Hasta que de pronto se le abrieron mucho los ojos y se le llenaron de una pena resignada.
—¿Maya? —dijo Nora, preocupada.
La pequeña dudó unos segundos. Seguramente su padre le diría que era una niñería, pero no fue capaz de callárselo.
—¡El Señor Bou!
Adam, que seguía sin divisar el taxi, sucumbió a la mirada de desesperación de su hija. Un sprint de los que dejan sin resuello, tres pisos subidos a zancadas y se encontró en el cuartito decorado en tonos pastel. Rebuscó entre las sábanas, debajo de la cama y finalmente, entre dos almohadas, encontró al Señor Bou, un viejo conejo de peluche de color violeta.
Desde que la niña nació, Adam comenzó a llamarla Arnouba. Mi conejito. Después su hija había querido uno de verdad, pero Nora era alérgica al pelo de los animales, así que Arnouba el peluche llegó al hogar como premio de consolación y ya nunca se había bajado de los brazos de Maya. Y, a fuerza de deformar su nombre como hacen los críos, Arnouba el conejito pasó a llamarse Señor Bou.
Ingenuamente, Adam se dijo que el señor Bou protegería a Maya mientras cruzaba los países más peligrosos del planeta.
Nora y Adam se besaron en la calle, con Maya ya sentada en la parte trasera del taxi y el equipaje en el maletero, y ninguno de los dos quiso conferir a ese beso una intensidad especial. Tenía que ser un beso normal, como si fuese impensable que no hubiera más. Pero las lágrimas involuntarias de Nora dieron al traste con los esfuerzos de ambos. Estaban muertos de miedo el uno por el otro.
—Me reuniré contigo —le prometió Adam mientras le abría la puerta del vehículo—. Llámame desde el hotel en cuanto estéis en Trípoli.
Maya empañó con vaho su ventanilla y dibujó en el vidrio un corazón. Cuando el taxi arrancó, leyó «Te quiero» en los labios de su padre.

3
Trípoli, Libia
Hotel Awal, en el centro de la ciudad
3.00 h
—¿Qué tal es el hotel? —preguntó Adam.
Nada más llegar, Nora se había desembarazado de Maya dejándola delante del televisor de pantalla plana, pero no habían hecho falta más de diez minutos para que la niña se cansase de los enérgicos videoclips de la cadena musical. Había rozado la gruesa moqueta con sus piececitos y se había puesto a explorar la habitación, con todos los detalles de confort propios de un hotel de cuatro estrellas. Las sábanas sedosas, la bañera enorme y las grandes ventanas por las que, gracias a la oscuridad de la noche, observó la iluminación del Museo Assaraya Alhamra a su derecha y la Torre del Reloj otomana de tres niveles a su izquierda. Una ráfaga larga de metralleta sonó en la ciudad, y el ruido rebotó contra las fachadas de las casas y los edificios. Cualquier niño europeo habría pensado que se trataba de petardos o de fuegos artificiales, pero Maya se apartó rápidamente de la ventana, consciente de cuál era el origen de esas detonaciones.
Prosiguió su exploración hasta el dormitorio con cama doble, en el que su madre había sacado de las maletas lo necesario para pasar una noche corta. Se disponía a entrar cuando Nora, con el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, le dio con la puerta en las narices empujándola con el pie y continuó con su conversación.
—¿El hotel? Perfecto. Aunque todo este lujo me resulta extraño. Sabiendo lo que nos espera…
—¿Y Maya? ¿Está bien? —preguntó Adam, intranquilo.
—Sí. Más o menos. Pero creo que cogió frío en la puerta de embarque del aeropuerto, en la escala en Amán. Probablemente porque estuvimos esperando más de dos horas y el aire acondicionado estaba a tope. No ha dejado de toser desde que despegamos hasta que llegamos a Trípoli.
—No tendríais que haber hecho solas este viaje. Pero la única manera de protegeros era alejaros de Damasco y de mí. Lo siento mucho.
—No lo sientas, houbbi. Estás haciendo todo lo que había que hacer por nosotros.
A Adam le vino a la memoria el momento en que tuvo que organizar el viaje. Había sido tres años antes, cuando pusieron en marcha la operación Pável y tuvo que prever también, objetivamente, el fracaso de esta. Y, por ende, sacar a su familia del país.
—¿Por qué no por Turquía? —le había propuesto Nora entonces delante de un mapa de Oriente—. De Damasco a Alepo y luego de Turquía a los Balcanes. No habría que meter ni un dedo en el agua y es una ruta bastante más corta para llegar a Europa.
—¿Tú sabes cuántos check-points hay del norte al sur de Siria, entre Damasco y Alepo? —había replicado Adam—. Entre los del gobierno y los del Daesh, se cuentan por decenas, por no hablar de los controles aleatorios. Tanto si nos vamos los tres como si, por cualquier razón, Maya y tú tenéis que iros solas, va a dar lo mismo: soy oficial del gobierno sirio y en el primer puesto de control del Daesh me pegarían un tiro. Y a Maya y a ti…
Le había costado formular esa posibilidad. Una posibilidad que hacía que la muerte fuese la solución más dulce.
—En definitiva —añadió Adam—, que cogeremos un avión civil a Trípoli, Libia, luego cruzaremos el Mediterráneo y llegaremos a Italia. A partir de ahí, atravesaremos Europa para irnos con tu primo de Inglaterra. Todos los años llegan allí medio millón de migrantes, no hay ningún motivo para que no podamos conseguirlo. El verdadero problema es que formo parte del gobierno de Bashar y que por esa razón Francia no nos concederá el visado de refugiados.
—¡Pero si precisamente tú estás luchando contra este gobierno!
—Desde dentro, sí, y con discreción para que no tengan la menor prueba en mi contra. Por eso, para llegar a Inglaterra habrá que hacerlo ilegalmente, por Calais. Nos llevará tiempo, pero tendremos paciencia. Ya lo has visto por internet: hay un sitio donde podremos quedarnos. Lo llaman «la Jungla».
—Parece más un campamento de refugiados que otra cosa.
—Puede ser, pero hay barracones vigilados para las mujeres y los niños, eso es lo importante. Me ocuparé de encontrar a alguien que nos pase al otro lado, que nos consiga sitio en un coche o en un camión, y atravesaremos el canal de la Mancha en ferri o por el Eurotúnel. Tu primo nos estará esperando al otro lado. Prometió que nos ayudaría.
—Sé que habrías preferido que nos quedáramos en Francia.
—En Francia ya no tenemos familia. Además, creo que ya no es el país que yo conocí. Inglaterra será perfecta para nosotros.
Allí, mientras miraban el mapa de Oriente, en el calor de su salón, con la música de la cuna de Maya como un difuso fondo sonoro, el plan parecía factible.
Ahora, en Trípoli, sola con la niña, Nora estaba aterrada y bastante menos convencida.
—¿Has podido ver a Tarek otra vez?
—Lo veré mañana a última hora de la tarde. He vuelto a solicitar participar en el interrogatorio. Solo espero no haber llamado la atención. Tengo la sensación de que todo el mundo me mira, que todo el mundo lo sabe.
—Es normal estar paranoico, houbbi, eres como un pollo disfrazado de zorro y rodeado de lobos.
—Nunca debería haberme descrito así, ahora tú me tomas el pelo con eso —bromeó Adam.
4
Ciudad portuaria de Garabulli, Libia
5.00 h
Tras unas horas de sueño agitado y pesadillas, Nora zarandeó por el hombro a su hija con suavidad y, cuando la niña abrió los ojos, la cubrió de tiernos besos.
—Arriba, mi amor. Hoy vamos a cruzar el Mediterráneo.
Maya se levantó finalmente y arrastró los pies como una pequeña zombi hasta el cuarto de baño, con el Señor Bou cogido por una pata, cabeza abajo.
Luego rehicieron las maletas que apenas habían deshecho.
En menos de media hora el taxi las recogió en el vestíbulo del hotel y recorrió los cuarenta kilómetros que distaban entre Trípoli y Garabulli, donde habían quedado exactamente a la hora a la que el taxista las dejó.
Volvieron a quedarse solas mientras despuntaba el alba, a unos cuantos metros de una playa que no parecía tener ni principio ni final. Aquí unas dunas de arena blanca, allá un relieve más rocoso en el que rompían las olas. El lugar, si no se sabía nada de su historia, era espectacular. Pero seis meses antes, a raíz de una rebelión entre traficantes de personas y migrantes, una embarcación procedente de Egipto había zozobrado a unos kilómetros de la costa libia y el oleaje había arrastrado doscientos cuarenta y cinco cadáveres a la playa de Garabulli, como si los entregara a la estupidez de los hombres.
Feruz, el contacto que Adam había encontrado, no apareció en toda la primera hora de espera, que madre e hija dedicaron a observar, intranquilas, las idas y venidas, muy escasas a esa hora de la mañana, esperando siempre que alguien fuese a su encuentro y las llamara por su nombre, tal como estaba planeado. En vano.
A lo lejos, sobre la carretera accidentada, una nube de polvo anunció la llegada de una camioneta pick-up con una ametralladora impresionante encaramada en lo alto, rodeada de un puñado de soldados. Cuando el vehículo militar pasó por su lado, Nora ya había puesto a Maya detrás de sí y se había colocado el velo para cubrirse debidamente el pelo. Un gesto que no había vuelto a hacer desde que se había casado con Adam. La camioneta con la zona de carga descubierta cruzó por delante de ellas, y Nora, aun bajando los ojos, supo que los hombres se habían fijado en ella, que la habían escrutado, juzgado.
A las seis y cuarto la mano de obra emigrante, nigerianos en su mayor parte, inauguró oficialmente la jornada dirigiéndose a las obras donde los explotaban y a los trabajuchos mal pagados. A esa misma hora abrió sus puertas el primer bar, y madre e hija entraron. Contactar con Adam ahora solo serviría para dejarlo preocupado y, dado que no tenía muchas más opciones, Nora decidió seguir esperando.
A las siete un hombre pasó una primera vez por delante del bar como si buscara a alguien. Parecía cansado de cargar con el peso no solo de su cuerpo sino también de sus sesenta años largos, que le costaría mover aún más a medida que apretase el calor, todavía incipiente a esa hora. Cuando pasó por segunda vez por delante del establecimiento, con mirada siempre acechante, Nora se levantó de la mesa y, después de hacer prometer a Maya que no se movería de su sitio, salió del bar. Por la luna del café la niña observó a su madre. Primero, una distancia respetuosa con el desconocido; luego, los brazos en jarras y dos veces la mano sobre el pelo. Conociendo como conocía sus gestos y actitudes, Maya comprendió que su viaje acababa de topar con un obstáculo.
De vuelta en el bar, Nora se dejó caer en la silla y rebuscó en el bolso hasta que dio con el móvil.
—¿Ya no viajamos? —preguntó Maya.
—Deja que llame a tu padre.
El teléfono de Adam sonó mientras él estaba en la ducha. Habían acordado que Nora lo llamase en cuanto viera al contacto en Garabulli. Salió empapado, envuelto en una nube de vapor, y por temor a que la llamada se cortase no se molestó en ponerse el albornoz. Sentado desnudo en el sofá, descolgó y se pegó el aparato a los cabellos húmedos.
—Anoche los guardacostas italianos les confiscaron el transbordador —le contó Nora.
—Fais chier, merde! —soltó Adam en francés.
Había escogido ese idioma para soltar tacos para no herir la sensibilidad de Maya. Y se había convertido en una costumbre.
—Feruz me ofrece otro medio, una zódiac, esta noche. De unos que conoce. ¿Te fiarías tanto de él, Adam?
—¿De Feruz? Me fío de él lo mismo que de quien me lo presentó, y ahora va y es él quien quiere presentarte a otros. El barco que habíamos elegido no era cualquier cosa. Tenías que ir en la bodega, resguardada, protegida durante toda la travesía hasta Italia. Me cuesta creer que haya podido encontrar dos plazas, así como así, de un día para otro, en una embarcación aceptable.
—Dice que los de la zódiac no han calculado bien, que van demasiados afganos.
—¿Y eso es motivo de preocupación?
—Al parecer sí. Procuran mezclar procedencias. Si hay demasiados pasajeros de un mismo país y surge algún problema durante la travesía, pueden hacer piña, rebelarse y hacerse con el control de la embarcación. Por eso quieren dejar fuera a unos veinte afganos y andan buscando sudaneses o sirios para reemplazarlos. Lo bueno es que desde Italia se encargan también del viaje por Europa hasta Calais. A lo mejor podría esperarte en la famosa Jungla, donde dices que las mujeres y los niños están protegidos, ¿qué te parece? Sería más seguro que quedarme en Italia, con el riesgo de que me pidan los papeles y me manden otra vez a Siria. Por lo visto, en la Jungla no hay policía. Bueno, según Feruz.
Oía la respiración agitada de Adam en el auricular. Perplejo, contrariado. Se lo imaginaba perfectamente.
—No —zanjó él al cabo—. Son demasiados cambios, demasiados imprevistos. Vuelve al hotel y espera a que te llame. Encontraré otra cosa.
—Sé que saldrá bien. No te preocupes por nosotras.
—Eso es pedirme algo imposible, Nora.
Cuando se disponía a preguntarle por Maya, sonó el timbre de la puerta y a Adam se le paró el corazón un segundo.
—Tengo que dejarte. Regresa al hotel de inmediato y por el camino más corto, y no aceptes nada de nadie, desconfía de todo el mundo, te lo suplico. Volveré a llamarte dentro de una hora.
Al segundo timbrazo Adam se puso una toalla alrededor de la cintura y al tercero abrió la puerta para encontrarse frente a frente con un soldado uniformado, de un grado inferior al suyo.
—¿Capitán Sarkis?
Adam afirmó con la cabeza mirándolo muy erguido para mantenerse en su papel de superior.
—Le esperan en la sección 215.
Adam pensó en Tarek. ¿Se había desmoronado? Nadie puede soportar la tortura. Hace confesar incluso a los inocentes. Aunque la cabeza le iba a mil, no dejó traslucir nada.
—Dos minutos. Voy a ponerme el uniforme.
Cerró la puerta y con la mayor de las precauciones, evitando hacer el menor ruido, abr
