Según he oído decir a aquellos que de ninguna manera pueden saberlo, en los instantes que preceden a la muerte, uno ve pasar la vida entera ante sus ojos. Si eso fuera cierto, un cínico podría dar por hecho que William Bellman dedicó sus últimos momentos a contemplar de nuevo la extensa serie de cálculos, contratos y acuerdos que habían llenado su vida. Lo cierto es que, al acercarse a la frontera con ese lugar —frontera con la que todos nos toparemos tarde o temprano—, pensó en aquellos que ya la habían cruzado: su mujer, tres de sus hijos, su tío, su primo y varios amigos de la infancia. Tras recordar a aquellos seres queridos, y cuando aún le separaban unos instantes de la muerte, tuvo tiempo para un último acto de memoria. Lo que exhumó, enterrado en el fondo de su mente desde hacía casi cuarenta años, fue un grajo.
Permitidme que os lo cuente:
Will Bellman tenía diez años y cuatro días, y aún estaba fresco en su memoria el gran acontecimiento que había significado su cumpleaños. Había ido con sus amigos al llano que se extendía entre el río y el bosque, un campo sobre el que los grajos descendían aleteando en picado para acribillar el suelo en busca de larvas de zancudos. Charles, futuro heredero de la fábrica de tejidos Bellman, era primo suyo. Sus padres eran hermanos, algo que, aunque pueda parecer de lo más natural, no lo era. Fred, en cambio, era el mayor de los hijos del panadero. Su madre venía de una familia de lecheros. Se decía de él que era el chico mejor alimentado de Whittingford, y desde luego tenía aspecto de haberse criado a base de pan y nata. Sus dientes eran blancos, la carne compacta le recubría los recios huesos y le gustaba hablar de la panadería de la que un día se haría cargo. Luke era uno de los hijos del herrero. A él no le quedaría nada en herencia: tenía demasiados hermanos mayores. Su brillante pelo cobrizo se veía a más de una milla; eso cuando lo llevaba limpio. Se mantenía a una distancia prudencial del colegio; no le encontraba sentido. Según él, si lo que querías era una buena tunda, te la podían dar por el mismo precio en casa, de donde también se mantenía lo más lejos posible, a no ser que estuviera más hambriento de lo habitual. Cuando no lograba gorronear algo que llevarse a la boca, robaba. Uno tiene que comer. Sentía una devoción extrema por la madre de William, que de vez en cuando le daba pan con queso, y en una ocasión le dio incluso la carcasa de un pollo para que la apurase.
Aquellos chicos llevaban vidas muy distintas, y sin embargo todos habían nacido en el mismo mes de agosto. Era como si aquel cumpleaños compartido los dotara de una especie de fuerza física extra. Hacían carreras, trepaban a los árboles, se enzarzaban en batallas figuradas y torneos de pulsos. Cada yarda recorrida los volvía más veloces, cada rama alcanzada suponía para ellos la conquista de un horizonte más amplio. Se animaban unos a otros, jamás se echaban atrás ante un desafío, afrontaban riesgos cada vez mayores. Se reían de los rasguños, los moratones eran medallas de honor y las cicatrices trofeos. Se pasaban todo el rato midiéndose entre sí y con el mundo.
A sus diez años y cuatro días, Will estaba satisfecho con ese mundo y consigo mismo. Todavía le faltaba mucho para ser un hombre, lo sabía, aunque ya no era un niño. En el transcurso del verano, al despertarse temprano con el áspero graznido de los grajos posados en los árboles de la parte trasera de la casita rural de su madre, había sentido crecer cierta energía en su interior. Había superado la frontera de la cocina y del jardín: los campos, el río y el bosque eran ahora su territorio, y el cielo le pertenecía. Aún le quedaba mucho por aprender, pero sabía que lo haría como siempre: con facilidad. Y mientras aprendía, podía disfrutar de aquella nueva y exultante sensación de dominio.
—¿Qué te apuestas a que le doy a aquel pájaro? —dijo ese día Will, señalando la rama de un árbol lejano. Era uno de los robles que rodeaban su casa; la vivienda se divisaba desde donde estaban, medio oculta por los setos.
—¡Venga ya! —respondió Luke, y llamó al resto enseguida, se encaramó a un banco y señaló a lo lejos—: ¡Will dice que es capaz de darle a aquel pájaro!
—¡Imposible! —gritaron los otros dos, pero se acercaron a la carrera de todas formas para presenciar el intento.
El pájaro, un grajo o un cuervo, estaba bastante lejos de su alcance, posado en una rama a una distancia como de medio campo de fútbol.
Will sacó el tirachinas del cinturón y se puso a buscar una piedra con gran cuidado. Existía todo un misticismo en torno a la selección de los mejores proyectiles para tirachinas. Todos codiciaban la reputación del buen entendido capaz de elegir la piedra adecuada, y sostenían largas conversaciones en las que se comparaban tamaño, suavidad, textura y color. Las canicas las superaban a todas, por supuesto, aunque era raro que algún chico quisiera arriesgarse a perder una de ellas. En el fondo, William creía que lo mismo daba una piedra que otra con tal de que fuese redonda y pulida, pero era tan consciente del valor de la mistificación como todos los muchachos, así que se tomó su tiempo.
Entretanto, lo que suscitaba el interés de sus amigos era el tirachinas. Se lo había confiado a su primo mientras escogía un proyectil. Al principio, Charles sostuvo el arma con indiferencia; luego, al percibir su armonioso equilibrio, la estudió más de cerca. Las dos prolongaciones de la horquilla en forma de Y eran casi demasiado perfectas para ser naturales. Se podría poner patas arriba un bosque entero antes de encontrar una Y como aquella. Will tenía buen ojo.
Fred se acercó también a observarla. Frunció el ceño y las comisuras de la boca se le torcieron hacia abajo como si estuviese inspeccionando un pedazo de mantequilla echado a perder.
—No es de avellano.
Will no desvió la atención de lo que andaba haciendo.
—El avellano es fácil de cortar, pero no os lo recomiendo.
Él había afilado la navaja, había trepado al árbol y había serrado pacientemente la rama para agrandar el hueco que había divisado. Se trataba de un saúco de edad suficiente para ser robusto y lo bastante joven para conservar toda su elasticidad.
La honda resultaba familiar. Will había aprovechado una antigua, cortada de la lengüeta de un zapato que se le había quedado pequeño. Unas rendijas diminutas y pulcras, practicadas con una cuchilla afilada, permitían que el cuero se estirase para acoger en su interior el pequeño proyectil. Pero uno de los elementos del tirachinas era del todo nuevo. En el punto en que iba atada la honda, Will había tallado unas ranuras superficiales de una pulgada. En el centro de cada ranura se insertaban los extremos estrechos de la tira de cuero que sujetaba la honda. Por encima y por debajo de aquel nudo se apreciaba un cordón que los mantenía atados. Caía exactamente sobre la ranura, por encima y por debajo de los lazos de cuero. Charles pasó con admiración los dedos sobre la cordonadura. El acabado era una prueba de la gran habilidad del autor, pero no entendía la utilidad.
—¿Para qué sirve esto?
Luke se inclinó hacia él y, con ademán apreciativo, deslizó un dedo por el cordón enrollado.
—Impide que la honda se desplace, ¿verdad?
Will se encogió de hombros.
—Es lo que quiero comprobar. De momento no se ha movido.
Hasta aquel día los chicos no sabían que pudiera haber un tirachinas tan perfecto. Para ellos, que los tirachinas fuesen buenos o malos dependía de la voluntad de los dioses, de cosas que tenían más que ver con la casualidad, con el azar. El tirachinas de Will, en cambio, no dejaba opción a la suerte. Era un objeto construido, modelado, diseñado.
Luke comprobó la elasticidad de las tiras de cuero. Eran lo suficientemente flexibles, pero no pudo resistirse a contribuir con algo suyo en aquel envidiable tirachinas. Se escupió en la punta de los dedos y aplicó la humedad al cuero con delicadeza.
Cuando Will dio por fin con la piedra que le parecía más adecuada, le sorprendió que el pájaro estuviera todavía allí. Recuperó el tirachinas y lo cargó. Era un experto. Su vista era aguda y su pulso firme. Practicaba muchísimo.
El pájaro estaba demasiado lejos.
Los chicos sonreían y meneaban la cabeza mientras paseaban la mirada del arma al objetivo y viceversa. La fanfarronada de Will era tan ridícula que casi se le contagiaba la risa de los demás. Pero de pronto los diez años de observación, crecimiento, fuerza y vigor acumulados se tensaron en su interior y se volvió sordo al murmullo de los compañeros.
Mientras su ojo trazaba una parábola —la parábola imposible— entre el proyectil y el objetivo, su cerebro calculaba, calibraba y daba órdenes a sus mecanismos. Acomodó los pies, equilibró el peso, los músculos de las piernas, espalda y hombros preparados; los dedos modificaron minuciosamente su punto de sujeción en el tirachinas y las manos comprobaron la tensión. Tiró de la honda hacia atrás.
En el momento en que lanzó la piedra —no, justo antes: en el segundo exacto en que ya era demasiado tarde para detenerla— alcanzó un instante de perfección. Chico, tirachinas, piedra. Cerebro, ojo, cuerpo. Le invadió una especie de certidumbre y el proyectil salió disparado.
La piedra tardó un buen rato en cubrir la trayectoria predeterminada. Al menos esa fue la impresión que dio. El rato suficiente para que a William le diera tiempo a desear que el pájaro, aleteando despabilado, alzase el vuelo y abandonase la rama. Que la piedra cayese al suelo sin provocar ningún daño y que la risa resuelta del grajo se burlase de ellos desde el cielo.
El pájaro negro no se movió.
La piedra alcanzó el culmen de su parábola e inició el descenso. Los chicos enmudecieron. William también. El universo entero permanecía en silencio. Solo la piedra se movía.
Todavía me da tiempo, pensó William. Puedo pegar un grito y espantar al pájaro para que salga volando. Pero su lengua no respondía, y el instante se dilató en el tiempo, largo, lento, paralizado.
La piedra completó su recorrido.
El pájaro negro cayó.
Los chicos se quedaron contemplando confusos la rama vacía. ¿Era posible? ¡De ninguna manera! Pero acababan de presenciarlo… Tres cabezas se volvieron simultáneamente para clavar la mirada en Will. Sus ojos estaban fijos en la rama. Todavía lo veía caer, trataba de hacerse a la idea.
Fred rompió el silencio con un tremendo berrido y tres chicos salieron disparados a través del campo en dirección al árbol, Luke tropezando con las raíces y los repliegues, siempre el último. Aunque con retraso, William también corrió hacia allí. Llegó a donde estaban los muchachos, acuclillados al pie del árbol. Se apretujaron y le hicieron sitio para que pudiese ver.
Allí, en la hierba: el pájaro. Un grajo. Joven, todavía con el pico negro.
Entonces era cierto. Había logrado lo imposible.
Sintió moverse algo en su pecho, como si le hubiesen sacado un órgano para colocarle en su lugar un cuerpo extraño. En su interior brotó un sentimiento cuya existencia jamás había sospechado. Del pecho se extendió a cada una de las venas y a las cuatro extremidades. Se expandió al llegar a la cabeza, le embotó los oídos, le acalló la voz y se concentró en los pies, en los dedos. Al no dar con las palabras para expresar aquello, el chico guardó silencio, pero sintió cómo echaba raíces y se convertía en algo que lo acompañaría el resto de su vida.
—Podríamos enterrarlo. Una ceremonia —propuso Charles.
La idea de organizar un ritual para conmemorar el extraordinario acontecimiento halló una acogida inmediata, pero antes de que consiguiesen ponerse de acuerdo sobre qué debían hacer, con un titubeo un tanto cómico, Luke agarró la punta de una de las alas y la extendió con cuidado. Un rayo de sol que se filtraba entre el follaje cayó sobre la criatura muerta y de pronto el negro dejó de ser negro: se desplegó un crisol de renegridos matices de azul, violeta y verde. Era un color raro. Cambiaba y refulgía, animado por una vivacidad que confundía el ojo y la mente. Por un momento, pensaron que quizá el pájaro no estuviese muerto… Pero lo estaba. Seguro.
Los muchachos murmuraron y se volvieron de nuevo para mirar a Will. También aquella belleza se la debían a él.
Luke alzó el pájaro, envalentonado.
—¡CRAA!
Arremetió con el cadáver, primero sobre Fred, luego sobre Charles —nunca hacia Will—, y los dos retrocedieron de un salto, profiriendo gritos de terror y riéndose aliviados. Luego fue Fred quien trasteó con el bicho muerto, manipulando sus alas, imitando el vuelo, graznando y soltando chillidos con deleite. Will se reía con reservas. En su interior sentía las consecuencias de aquel trajín. Sus pulmones estaban exhaustos.
Fred no tardó mucho en percibir algo desagradable en la flojedad de aquel cuerpecillo. A todos les sucedió lo mismo. Era la flacidez con que colgaba la cabeza, el ver cómo las plumas no volvían a su lugar. Fred lo arrojó a un lado con asco.
Abandonaron cualquier intención de enterrarlo y enseguida dirigieron su atención hacia la piedra asesina. Ahora aquella piedra tenía un gran valor. Se pasaron un buen rato buscando, cogiendo una piedra redonda tras otra.
—Demasiado grande —convenían.
—El color es distinto.
—No tenía esa marca aquí.
No encontrarían la piedra. Una vez cumplido el milagro, se había despojado de su carácter único y estaría por allí, no muy lejos, imposible de distinguir entre el montón de piedras similares.
En cualquier caso, sugirió Charles, y por una vez estuvieron todos de acuerdo, lo importante no era la piedra. El autor de la proeza era Will.
Contaron la historia una y otra vez, representándola cada uno para los demás. Aniquilaron bandadas enteras de grajos imaginarios con tirachinas imaginarios.
Will se limitaba a acompañarles. Como a cualquier héroe de diez años, le tocó una cuota de bromas y empellones superior al resto. Sonreía angustiado, orgulloso, azorado, culpable. Sonreía y devolvía los empujones sin convicción. Tuvo el mal presagio de que algo había despertado en su conciencia pero no sabía ponerle nombre.
El sol se ocultó y comenzó a hacer fresco. Se acercaba el otoño, y estaban hambrientos. Era hora de volver a casa. Los chicos se marcharon. Will era el que vivía más cerca, en un par de minutos estaría en la cocina de su madre.
Estaba subiendo la pendiente de un talud cuando algo le hizo mirar a su alrededor. Volvió la vista hacia donde había caído el pájaro. En el poco tiempo transcurrido desde que los muchachos se fueron, habían aparecido unos quince o veinte grajos. Volaban en círculos sobre el roble. Seguían llegando de todas partes. Un reguero surcaba el cielo, marañas dispersas de manchas oscuras que convergían en aquel lugar. Uno a uno, descendieron hasta posarse en las ramas del árbol. Por lo común, una congregación así iría acompañada por la algarabía del áspero parloteo de los pájaros, que se lanzan graznidos unos a otros como si fueran piedras. Aquella reunión era distinta: tuvo lugar en medio de un silencio abstraído y deliberado.
Los pájaros lo miraban desde las ramas.
Will saltó del talud y corrió hacia su casa como alma que lleva el diablo. Solo cuando puso la mano en el pomo se atrevió a mirar a su espalda. El cielo estaba despejado. Se fijó en las ramas del árbol, pero a aquella distancia y con el sol del ocaso dándole directamente en los ojos era difícil saber si lo que veía eran grajos o el follaje. Tal vez se había imaginado aquella mirada múltiple.
Por un instante le pareció que uno de sus amigos estaba de nuevo junto al roble. Un chico, allí de pie donde él mismo estaba hacía un momento, a la sombra del árbol. Sin embargo, la silueta era demasiado corta de estatura para ser Charles, demasiado delgada para ser Fred y no tenía el cabello rojo de Luke. Además, a menos que fuera un efecto de la luz y las sombras, aquel chico iba vestido de negro.
En un abrir y cerrar de ojos el chico ya se había esfumado, probablemente de camino a su casa a través del bosque.
Will hizo girar el picaporte y entró.
—¿Qué te ha pasado? —le preguntó su madre.
Aquella tarde William se mostró taciturno y a su madre le pareció que estaba pálido. Sus preguntas no lograron arrancarle nada cercano a una respuesta y comprendió que su hijo ya tenía edad para guardar secretos.
—Párate a pensarlo. Dentro de una semana estarás lejos de aquí, con Charles en el colegio.
El chico se apoyó en su cadera con disimulo cuando ella se acercó para servirle la sopa, y cuando lo rodeó con un brazo él se dejó hacer en lugar de recordarle que ya tenía diez años. ¿Aquel hijo suyo, tan intrépido, estaba intranquilo por dejarla allí y marcharse a Oxford? Aquella noche, a pesar de que no hacía frío, le calentó la cama y dejó una vela encendida en su dormitorio. Cuando una hora más tarde fue a darle un beso, se quedó contemplando su rostro dormido. Qué palidez. ¿De verdad era su hijo? Los niños cambian tan deprisa.
Solo tiene diez años y ya lo estoy perdiendo, pensó. Y luego, con una punzada de dolor: si es que no lo he perdido ya.
Al día siguiente William se despertó con fiebre. Guardó cama durante media semana, cuidado por su madre. A lo largo de ese lapso, mientras la fiebre iba en aumento y él sudaba y gritaba de dolor, puso todo el ingenio y la energía de sus diez años al servicio de la mayor hazaña que jamás había acometido hasta el momento, una constante que marcaría el resto de su vida: olvidar.
Y creyó que lo había logrado.
Ya habrás visto grajos otras veces.
No te dejes engañar por lo familiar que resulta su aspecto.
Un manto celeste de misterio los envuelve.
No son lo que tú crees.
MARK COCKER, Crow Country
1
Seis días a la semana, la zona que comprende la carretera de Burford retumbaba con el traqueteo, los ecos, el repicar y las sacudidas del estruendo de la fábrica Bellman. El movimiento súbito de un lado a otro de las lanzaderas de los telares era lo de menos: se oía también el rugido turbulento y devastador del río Windrush al hacer girar la noria que ponía en funcionamiento aquel ir y venir frenético. Era tal el estrépito, que al terminar la jornada, cuando las lanzaderas descansaban y la noria se detenía, aquella vibración continuaba resonando en los oídos de los trabajadores. Ese repiqueteo los acompañaba de vuelta a sus casas, permanecía con ellos cuando se metían en la cama por la noche y a menudo continuaba sonando en sus sueños.
Los pájaros y otros animalillos se mantenían alejados de la fábrica Bellman, por lo menos durante los días laborables. Solo los grajos tenían la osadía de sobrevolarla; parecía que disfrutaran de su estruendo e incluso le añadían la nota áspera de su propio canto.
Aquel día, sin embargo, como era domingo, la fábrica estaba en calma. Al otro lado del Windrush, al final de High Street, los humanos se entretenían con otra clase de ruidos.
Un grajo —o un cuervo, es difícil distinguirlos— se posó con aplomo sobre el tejado de la iglesia, ladeó la cabeza y escuchó.
Ven y habita en mí,
lléname de gracia,
y trae la gloriosa liberación
del pesar, del temor y del pecado.
En los primeros versos del himno, la congregación desafinaba, todo un desbarajuste, como un rebaño de ovejas en día de mercado. Para algunos era como una especie de competición en la que ganaría quien más alto berreara. Otros, que tenían mejores cosas que hacer que perder el tiempo cantando, se apresuraban a terminar cuanto antes, mientras que otros aún, temiendo anticiparse a la letra, se quedaban rezagados cómodamente en una semicorchea. A los lados y detrás de estos cantores había muchos trabajadores de la fábrica cuyo oído ya no era el que había sido. Sus voces componían un bajo continuo de fondo, como si uno de los pedales del órgano se hubiera atascado.
Por fortuna había un coro, y por fortuna ese coro contaba con William Bellman. Su voz de tenor, clara y natural, marcaba un ritmo que permitía a los fieles situarse y comprender hacia dónde iban. Eso los aglutinaba, los disciplinaba y les proporcionaba un objetivo al que dirigirse. Las vibraciones de Bellman incluso conseguían estimular los tímpanos de los más duros de oído, y que la monótona salmodia de los sordos terminara elevándose hasta alcanzar algo que se acercaba a lo musical. Así que, aunque en «del pesar, del temor y del pecado» la congregación balaba desordenadamente, al llegar al siguiente verso, «que llegue pronto el jubiloso día», se había puesto de acuerdo en el tempo; en un par de versos más, «en que toque a su fin todo lo antiguo», había encontrado el tono y al alcanzar la «dicha eterna», en el último verso, la melodía era, gracias a William, tan agradable al oído como cualquier congregación pudiera desear.
Las notas finales del himno se disiparon, y poco después las puertas se abrieron y los feligreses salieron al patio de la iglesia, donde se quedaron charlando y disfrutando del sol otoñal. Entre aquella multitud había un par de mujeres, una joven y otra mayor, ambas emperifolladas con ramilletes, cintas y adornos. Eran tía y sobrina, o eso se decía, aunque corrían rumores en otra dirección.
—Tiene una voz preciosa, ¿verdad? Casi desearía que cada día fuera domingo —decía la joven señorita Young a su tía con cierta melancolía.
Cazando esas palabras al vuelo, la señora Baxter replicó:
—Si quieres oír cantar a William Bellman todas las noches de la semana, no tienes más que quedarte escuchando junto a la ventana del Red Lion. Aunque —y a pesar de hablar en voz baja, la madre de William la oyó— lo que es grato para el oído puede serlo menos para el alma.
Dora escuchó el comentario con una expresión de benigna neutralidad y dirigió su rostro al hombre que se le acercaba en aquel momento, su cuñado.
—Dime, Dora, ¿a qué se dedica William últimamente cuando no está ocupado ofendiendo a las almas que vagabundean junto a la ventana del Red Lion?
—Trabaja con John Davies.
—¿Le gusta trabajar de granjero?
—Ya conoces a William. Siempre está contento.
—¿Cuánto tiempo piensa quedarse con Davies?
—Mientras haya trabajo. Está deseando aprovechar cualquier oportunidad.
—¿No preferirías algo más estable para él? ¿Algo con futuro?
—¿Qué me propones?
La mirada que dirigió entonces a su cuñado Paul contenía toda una historia, una vieja y larga historia, y la mirada que él le devolvió decía: Todo eso es cierto, pero…
—Mi padre ya está viejo, y yo estoy al frente de la fábrica. —Ella protestó, pero Paul la interrumpió—. No voy a hablar por otros si eso te molesta, pero ¿te he perjudicado yo alguna vez, Dora? ¿Os he causado algún daño a William o a ti? Conmigo en la fábrica William puede labrarse un porvenir, estabilidad, un futuro. ¿Te parece correcto negárselo?
Hizo una pausa.
—Nunca me has perjudicado, Paul. Imagino que si yo no te doy la respuesta que deseas irás a pedírsela a William directamente, ¿no es así? —dijo ella por fin.
—Preferiría que nos pusiésemos todos de acuerdo.
Los miembros del coro se habían cambiado de ropa y salían de la iglesia, William entre ellos. Muchas miradas se posaban sobre él, porque tanto mirarlo como oírlo era un placer. Tenía el pelo oscuro de su tío, un semblante inteligente, una mirada aguda, y movía su vigoroso cuerpo con gracia y soltura. Más de una jovencita presente ese día en el patio de la iglesia se preguntaba qué sentiría al estar entre los brazos de William Bellman…, de hecho, más de una ya lo sabía.
Divisó a su madre, su sonrisa se volvió más franca, y alzó un brazo para saludarla.
—Se lo propondré —le contestó Dora a Paul—. Será él quien decida.
Se despidieron. Dora se dirigió hacia William y Paul hacia su casa.
En lo que se refiere al matrimonio, Paul había tratado de evitar los errores de su padre y de sus hermanos. No le interesaban ni una esposa boba con los bolsillos repletos de oro ni el amor y la belleza que no tienen nada que ofrecer. Su esposa, Ann, había sido sensata y afable, y su dote había dado para costear el edificio del departamento de teñido. A fuerza de sensatez y sentido común, había conseguido una vida doméstica armoniosa, una relación de cordial compañerismo y un departamento de teñido. Pero, pese a su sentido común y a sus sólidos razonamientos, se reprochaba algunas cosas. No lamentaba el fallecimiento de su esposa como se suponía que debía hacerlo, y en algunos momentos de dolorosa franqueza tenía que reconocer que pensaba en su cuñada más de lo que se consideraría adecuado.
Dora y William volvieron a casa.
El grajo del tejado de la iglesia aleteó con parsimonia, se elevó sin esfuerzo y se alejó surcando el cielo.
—Me gustaría aceptar. ¿Te importaría? —le dijo Will a su madre en la diminuta cocina.
—¿Y si te digo que sí?
Él sonrió y le pasó con delicadeza un brazo sobre los hombros. Con diecisiete años aún le sorprendía gratamente comprobar que era mucho más alto que su madre.
—Sabes que siempre trataré de evitar cualquier cosa que te haga daño.
—Ahí está el problema.
Un rato después, en una zona aislada y oculta por los matorrales y los juncos, el delicado brazo de Will se cerraba en torno a otro hombro. Su otra mano se encontraba oculta bajo los pliegues de unas enaguas, y de vez en cuando la chica posaba encima la suya para indicarle que fuese más despacio, más deprisa, que variase la presión. Estaba mejorando a todas luces, pensó. Al principio ella le dejaba todo el tiempo la mano encima. La blancura de sus piernas todavía se apreciaba más en contraste con el musgo, y no se había quitado las botas: si los importunaban tendrían que salir corriendo. Su aliento le llegaba entrecortado. A Will le seguía sorprendiendo que el placer fuera tan parecido al dolor.
De repente, la chica enmudeció y su rostro se contrajo fugazmente como si estuviese muy concentrada. Su mano presionó tan fuerte sobre la de él que casi le hizo daño, sus blancas piernas se estremecieron. Él la miró de cerca fascinado. El rubor de sus mejillas y de su pecho, el temblor de sus párpados. Luego se relajó, cerró los ojos y en su cuello comenzó a latir un pulso sereno. Un minuto después los abrió.
—Te toca.
Will se tumbó boca arriba con los brazos cruzados detrás de la cabeza. No hacía falta que su mano le enseñase nada. Jeannie sabía muy bien lo que hacía.
—¿Nunca te entran ganas de sentarte encima de mí y hacerlo como Dios manda?
La chica se detuvo y meneó juguetonamente un dedo frente a él.
—William Bellman, tengo la intención de ser una esposa honrada un día. ¡No voy a perder mi oportunidad por quedarme preñada de un Bellman!
Volvió a su tarea.
—¿Por quién me tomas? ¿Crees que no me casaría contigo si tuvieras un bebé en camino?
—No seas bobo. Por supuesto que lo harías.
Le acarició con la suavidad y la firmeza precisas.
—¿Y entonces?
—Eres un buen chico, Will; no digo que no lo seas.
Él le agarró la mano y la detuvo, se incorporó apoyándose en los codos para verle bien la cara.
—¿Pero?
—¡Will! —Al ver que no se conformaría con una respuesta, se explicó, reacia y vacilante, con las primeras palabras que le vinieron a la cabeza—: Tengo claro qué clase de vida quiero. Estable. Corriente. —Él asintió para que continuase—. ¿Cómo sería mi vida si me casase contigo? No hay forma de saberlo. Podría pasar cualquier cosa. No eres mala persona, Will. Simplemente…
Él se echó hacia atrás. Le pasó algo por la cabeza y volvió a mirarla.
—¡Tienes a otro en el punto de mira!
—¡No!
Pero el sobresalto y el sonrojo la delataron.
—¿Quién es? ¿Quién? ¡Dímelo! —La agarró, le hizo cosquillas y por unos instantes fueron de nuevo niños, chillando, riéndose y peleándose en broma. La madurez volvió a adueñarse de ellos enseguida y se afanaron en terminar el asunto que les había llevado allí.
Cuando pudo distinguir de nuevo con claridad las hojas y el cielo, Will se dio cuenta de que su cerebro había dado con la respuesta por su cuenta. Jeannie quería respetabilidad. Era una trabajadora, la vida fácil no la impresionaba. Y si estaba matando el tiempo con él mientras esperaba, eso quería decir que se trataba de alguien que aún no se había fijado en ella. Tampoco había tantos candidatos de la edad adecuada, a la mayoría podía eliminarlos por un motivo u otro. De los restantes, destacaba uno.
—Es Fred, el de la panadería, ¿verdad?
Se quedó pasmada. Se llevó la mano a la boca y al instante, aunque demasiado tarde, la puso sobre la de él. Conservaba entre los dedos el olor de ambos.
—No se lo cuentes a nadie. ¡Por favor, Will, no digas ni una palabra! —Y se echó a llorar.
Él la rodeó con los brazos.
—¡Calma! No voy a decir nada. A nadie. Lo prometo.
Ella sorbió e hipó y al momento se serenó; él le cogió una mano.
—¡Jeannie! No te desesperes. Estoy convencido de que antes de que termine el año estarás casada.
Se lavaron las manos en el río y se marcharon, tomando direcciones distintas para llegar a casa por caminos diferentes.
Will emprendió el camino más largo, río arriba, cruzando el puente hasta descender al otro lado. Eran las primeras horas de la tarde. El verano daba los últimos coletazos. En cierto modo, lo de Jeannie era una lástima, reflexionó. Era de la clase de chicas que valían la pena. El rugido de su estómago le recordó que su madre tenía en casa un buen queso y un cuenco de ciruelas confitadas. Echó a correr.
2
William tendió una mano. La que estrechó parecía un guantelete, una palma llena de durezas, de piel rígida como el cuero. Seguramente que aquel hombre apenas podía flexionar los dedos.
—Buenos días.
Estaban en el patio donde descargaban la materia prima e incluso al aire libre el hedor procedente de las cajas de madera era intenso.
—Descargar, contar y pesar: de esto es de lo que se trata aquí —informó Paul—. El señor Rudge es quien está al cargo, lleva con nosotros…, ¿cuántos años son ya?
—Catorce.
—Hoy tiene a seis hombres. Unos días tiene más y otros menos. Depende de las remesas.
Los dos hombres hablaron durante diez minutos: cajas que no llegaban al peso estipulado, decisiones, el proveedor de Valencia, el proveedor de Castilla… Paul hizo un seguimiento de las tareas: las cajas se abrían con palancas y se volcaban, se sacaban las marañas de lana —y con estas el hedor— para colgarlas del gancho; luego venía el control de los pesos, se alzaban los vellones, suspendidos como nubes grumosas, y cuando encontraban el punto de equilibrio, Rudge apuntaba el peso y señalaba la siguiente caja. Luego las vedijas acababan de nuevo en el suelo y las cargaban en carros para llevarlas a lavar. William observaba el trabajo, todo ojos, concentrado en retener cada detalle. Y mientras observaba, era observado a su vez. Nadie lo miraba directamente, todos aparentaban atender a su trabajo, pero él percibía las miradas que le dirigían con el rabillo del ojo.
Paul y su tío siguieron al burro hasta la siguiente fase.
—Te presento a mi sobrino, William Bellman. William, este es el señor Smith —dijo Paul Bellman.
Estrechó una mano áspera.
—Buenos días. —William observó. William fue observado. Y así prosiguió todo el día.
Había que lavar, secar y ahuecar la lana. William puso sus cinco sentidos en las explicaciones. Abrir, esponjar, rociar con el ensimaje, cardar, trenzar; trató de aprendérselo de memoria.
—A veces pasamos de aquí al departamento de teñido para que tiñan la lana, pero como también puede llegar aquí la tela al final del proceso, lo dejaremos para más tarde.
A continuación siguió una presentación sin apretones de manos. En la hilandería los ojos que lo escrutaban (y no con timidez, precisamente) eran femeninos. Le dedicó una reverencia indecisa a Clary Rigton, la más veterana de las hilanderas, y en la sala estallaron unas risitas que fueron reprimidas de inmediato.
—¡Adelante! —le conminó Paul.
A los telares, donde las lanzaderas corrían a tal velocidad que el ojo apenas era capaz de seguirlas y donde las telas crecían tan rápido que cualquiera creería que bastaba aquel ritmo trepidante para que el tejido brotase de la nada. A los batanes, con su tufo a orina y estiércol de cerdo: porquería para limpiar la porquería. A los secaderos, las telas tendidas sobre bastidores, un campo tras otro, secándose al aire libre.
—A no ser que estén húmedas, en cuyo caso… —Después continuaron caminando con brío. Paul abrió la portezuela de la secadora—. No hay mucho que explicar, como ves. —Y permitió que el muchacho vislumbrase un cuarto largo y estrecho con las paredes repletas de agujeros—. Una vez están secas, las telas pasan… al final del proceso. —Siguieron pasillo adelante.
Pero ni por asomo estaban terminadas, porque por terminadas se entendía lavadas, pasadas de nuevo por los batanes, secadas y vueltas a tender, punto en el que William se sintió demasiado abrumado para hacer otra cosa que no fuese contemplar cómo entraba la tela por el extremo de una máquina y emergía por otro con una pelusa de fibra recubriendo la superficie, como una especie de fieltro.
A William le ardían las fosas nasales por culpa del olor y los oídos le zumbaban a causa del ruido. Le dolían los pies, porque habían atravesado la planta cientos de veces, de norte a sur, de este a oeste, del campo al patio, de la casa al almacén, de un edificio a otro, siguiendo las telas.
—Los tundidores —dijo Paul abriendo otra puerta.
La puerta se cerró tras ellos y William se quedó asombrado. Por primera vez en todo el día se encontraba en un lugar tranquilo. Había tal silencio en la habitación que le pareció que le vibraban los tímpanos. Ninguna mano que estrechar. Los dos hombres —iguales en talla y estatura— apenas le dirigieron la mirada, tan profunda era su concentración. Pasaban sus cuchillas de un extremo al otro de la tela, en medio de un ballet sosegado y coreografiado con minuciosidad; y allí por donde pasaban las hojas no dejaban más rastro que la pila que se iba formando debajo. Separaban del tejido la borra, que flotando con lentitud caía al suelo, y el resultado era consistente, impecable y flamante: tela perfectamente acabada.
William perdió la noción del tiempo que llevaba contemplando aquello. Se vio inmerso en una ensoñación letárgica.
—Es hipnótico, ¿verdad? —comentaron los señores Hamlin y Gambin.
Paul observó a su sobrino.
—Estás cansado. Bueno, diría que por hoy ya es suficiente. Después de esto ya solo nos queda el planchado.
William quería verlo.
—Señor Sanders, este es mi sobrino, William Bellman.
Apretón de manos.
—Buenas tardes.
Entre lienzos de tela doblada habían insertado láminas de metal caliente que ahora se iban enfriando. Contra las paredes se alineaban metros y metros de tejido embalado a la espera de su expedición.
—Bueno, pues ahora ya lo has visto todo —dijo Paul mientras salían.
William tenía los ojos vidriosos de tanto observar.
—Vamos, ve a por tu abrigo. Estás para el arrastre.
El chico sostuvo el abrigo entre las manos. Tela. Fabricada a partir de vellones. Algo casi milagroso.
—Buenas tardes, tío.
—Buenas tardes, William.
Pero antes de salir del despacho giró sobre sus talones.
—¡El departamento de teñido!
Paul manoteó en el aire.
—¡Otro día!
—Entonces, ¿qué tal ha ido?
De la respuesta de su hijo, Dora no fue capaz de comprender de la misa la mitad. El muchacho tragaba sin apenas masticar, pero hablaba a toda velocidad y la boca se le llenaba de ruecas e hiladoras, cuartos de desmotado, dobles vueltas, batanes y quién sabe qué más.
—Rudge se encarga de los pedidos y Bunton controla el lavado. La hilandera más veterana es la señora Rigton, y…
—¿Estaba el señor Bellman? Bellman padre, quiero decir.
Will negó con la cabeza, la boca llena.
—El señor Heaver vigila los batanes y el señor Crace está en los secaderos…, no; ¿era así?
—No hables con la boca llena, Will. Mira, tu tío no espera que lo aprendas todo el primer día.
La chuleta con patatas ya se le había enfriado, pero no pareció importarle mucho. Comía sin saborear. Su mente seguía en la fábrica, contemplando lo que sucedía, descubriendo de qué modo encajaba todo, cada proceso, cada máquina, cada hombre y cada mujer, cada cosa parte de un mismo engranaje.
—¿Y el resto? ¿Todos los demás? ¿Crees que les has caído bien?
El chico se señaló la boca con un gesto y la madre tuvo que esperar.
No obtuvo respuesta. Will tragó, cerró los ojos y dio una cabezada.
—A la cama, Will.
Se desveló de golpe.
—He quedado en pasarme por el Red Lion.
Ella miró a su hijo. Los ojos enrojecidos, pálido de agotamiento. No recordaba haberlo visto nunca tan feliz.
—A la cama.
Will obedeció.
3
¿Así que habían llevado a William Bellman a la fábrica?
Un sobrino era un blanco irresistible para los cotilleos, y su llegada dio mucho que hablar.
La primera consecuencia fue que volvió a salir a la luz el viejo escándalo de su padre. Lo que se sabía era esto: Phillip, el hermano de Paul, se había escapado para casarse con Dora Fenmore contra la voluntad de sus padres. Ella era lo bastante hermosa para justificar la conducta de él, y lo bastante pobre para que se explicase la de ambos. Un año después, Phillip se escapó de nuevo, abandonando esta vez a una esposa y a un bebé.
Como diecisiete años no son ni mucho ni poco tiempo, a Phillip se le recordaba e idealizaba a partes iguales. La propia historia había pasado por un proceso de pesad
