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I
Nuestra historia empieza en la imaginación de Luther
L. (L. de LeRoy) Fliegler, que está tumbado en su cama sin pensar en nada, consciente tan sólo del sonido de su propia respiración y de los latidos de su corazón. Tumbada junto a él está su mujer, recostada sobre el lado derecho y disfrutando del sueño. Se lo ha ganado, pues hablando estrictamente es la mañana de Navidad y el día anterior se lo pasó trabajando como una mula, limpiando el pavo y horneando cosas y, hasta hace poco, preparando el árbol. La terrible proximidad de sus latidos hace que Luther Fliegler comience a desear un poco a su mujer, pero Irma sabe decir no cuando está cansada: «Demasiadas complicaciones», dice cuando está cansada y no quiere correr riesgos. Tres niños es más que suficiente; tres niños en diez años. De modo que Luther Fliegler no alarga la mano hasta ella. Es la mañana de Navidad y le hará el favor de dejarla disfrutar de su sueño; un favor que ella nunca le reconocerá. Y se trata de un favor, vaya que sí, porque a Irma también le gustan las navidades, y esta mañana tal vez no le importaran las complicaciones y podría estar dispuesta a correr riesgos. Luther Fliegler reprimió de manera más activa la pequeña tentación y pensó «¡Qué demonios!», se dio la vuelta y puso las manos sobre la cintura de su mujer y acarició el pequeño rollo de carne sobre su diafragma. Ella empezó a despertarse, abrió los ojos y dijo:
—Dios mío, Lute, ¿qué haces?
—Feliz Navidad —contestó él.
—Deja, ¿quieres? —dijo ella, pero esbozó una sonrisa de
felicidad y rodeó sus anchas espaldas con los brazos—. Dios, estás loco.
—Ya, pero te quiero.
Y por un rato no hubo en Gibbsville nadie más feliz que Luther Fliegler y su mujer, Irma. Después Luther se quedó dormido. Irma se levantó y luego regresó al dormitorio; antes de volver a la cama se detuvo a mirar por la ventana.
Lantenengo Street estaba envuelta en un silencio algodonoso. La nieve se amontonaba en el arroyo y en la calzada no cabían más que dos coches. Estaba demasiado oscuro para que la calle tuviera aspecto algodonoso y aquel silencio parecía una ilusión. Tan amortiguado parecía todo, que Irma pensó que podría gritar con todas sus fuerzas y nadie la oiría, aunque al mismo tiempo sabía que si quisiera (y no quería) podría mantener una conversación con la señora Bromberg al otro lado de la calzada sin que ninguna de las dos tuviera que levantar la voz. Irma se reprochó pensar esas cosas de la señora Bromberg la mañana de Navidad, pero inmediatamente se justificó: los judíos no celebran la Navidad, salvo para sacarle dinero a los cristianos, así que no hay que tratar a los judíos de forma diferente en Navidad que en otra época del año. Además, tener a los Bromberg en Lantenengo Street afectaba a los precios de las casas. Todo el mundo lo decía. Los Bromberg —Lute lo sabía de buena fuente— habían pagado treinta mil por la casa de Price, doce mil quinientos más de lo que les había pedido Will Price; pero si los Bromberg querían vivir en Lantenengo Street, tenían con qué pagarlo. Irma se preguntó si sería cierto que la hermana de Sylvia Bromberg y su cuñado tenían intención de comprar la casa que los McAdams tenían al lado. No le sorprendería. No tardaría en haber toda una colonia de judíos en el vecindario, y los hijos de los Fliegler y todos los demás niños del barrio hablarían con acento judío.
Irma Fliegler odiaba a Sylvia Bromberg desde el verano anterior, cuando Sylvia dio a luz y se pasó la tarde chillando. Podía haber ido al hospital católico, al fin y al cabo sabía que iba a tener un bebé; fue horrible oír aquellos gritos y tener que inventar historias para explicarles a los niños por qué chillaba la señora Bromberg. Era indignante.
Irma se apartó de la ventana y volvió a la cama, rezando para que no la sorprendiera y odiando a los Bromberg por mudarse a su barrio. Lute dormía pacíficamente y a Irma la confortó el calor de su corpachón y su fuerte olor. Se acercó y le frotó el hombro con los dedos allí donde tenía cuatro cicatrices como ombligos, cicatrices de metralla. Lute pertenecía a Lantenengo Street y también ella pertenecía a Lantenengo Street por el hecho de ser su mujer. Y no sólo por eso. Su familia llevaba viviendo en Gibbsville mucho más tiempo que la mayoría de la gente de Lantenengo Street. Era una Doane, y el abuelo Doane había sido tamborilero en la guerra contra México y tenía una Medalla de Honor del Congreso ganada durante la guerra civil. El abuelo Doane había sido miembro de la junta escolar durante casi treinta años hasta el día de su muerte, y era el único hombre de aquella parte del estado que tenía la Medalla de Honor del Congreso. A Lute le dieron la Croix de Guerre francesa laureada por algo que hizo cuando estaba borracho, y había un par de hombres que obtuvieron la Cruz del Servicio Distinguido y la Medalla al Servicio Distinguido durante la guerra, pero el abuelo Doane tenía la única Medalla de Honor del Congreso. Irma seguía pensando que ella debería haber heredado la medalla porque siempre había sido la favorita del abuelo Doane. Pero la heredaron su hermano Willard y su mujer, porque Willard era quien llevaba el apellido. Bueno, que se la quedaran. Era Navidad e Irma no pensaba reclamársela, siempre que supieran apreciarla y la guardasen bien.
Irma se quedó allí, totalmente despierta, y oyó un ruido: tac, toc, tac, toc, tac, toc. Un coche con las cadenas sueltas golpeando contra el guardabarros, que iba calle arriba o abajo por Lantenengo Street, no supo precisar qué. Luego el ruido se volvió un poco más rápido y cambió a tac, tac, tac, tac-tac, tac-tac. Pasó por delante de su casa y ella supo que se trataba de un descapotable porque oyó el aleteo de las cortinas laterales. Probablemente se trataba de un coche de empresa, un Dodge. Lo más probable era que hubiese habido un accidente en las minas y hubieran llamado a uno de los jefes en mitad de la noche, la víspera de Navidad, para ocuparse del accidente. Horrible. Se alegraba de que Lute no trabajara para la Coal & Iron Company. Había que ser licenciado universitario, cosa que Lute no era, para conseguir un trabajo digno en la Coal & Iron Company, y si conseguías el trabajo había que esperar a que muriera alguien antes de obtener un ascenso. Y podían llamarte a cualquier hora del día y de la noche, como a un médico, cuando no funcionaban las bombas o pasaba cualquier otra cosa. E incluso aunque trabajaras como ingeniero llegabas a casa sucio como un minero cualquiera, con las botas de goma, la gorra y la fiambrera. Licenciado universitario y tenías que cambiarte en el sótano al llegar a casa. Lute tenía razón: decía que con vender un par de Cadillacs al mes cubrías gastos, tenías un aspecto presentable y no corrías el riesgo de morir aplastado en un derrumbe o de que te mandara al infierno una explosión de grisú. Las minas no eran lugar para un hombre casado. Lute siempre lo decía: «No, si quiere a la mujer y los hijos».
Y Lute era un hombre de familia. Irma se movió en la cama hasta que su espalda estuvo contra la de Lute. Dejó la mano atrás y se agarró suavemente al antebrazo de Lute. El próximo año, según Hoover, las cosas mejorarían mucho, y todos podrían hacer un montón de cosas que habían planeado y habían debido retrasar por culpa de la Depresión. Irma oyó el ruido de otras cadenas sueltas, rápido cuando las oyó por primera vez, y luego cada vez más lentas hasta que se paró. El coche volvió a ponerse en marcha en primera. Irma lo reconoció: el Buick del doctor Newton. Newton el dentista y su mujer Lillian vivían dos puertas más allá. Debían de estar llegando del baile del club de campo. Ted Newton debía de ir un poco borracho y estaría dándole la tabarra a Lillian, que tenía que volver a casa pronto porque estaba embarazada. Desde hacía tres meses, o un poco más. Irma se preguntó qué hora sería. Alargó la mano y encontró el reloj de pulsera de Lute. Sólo las tres y veinte. Dios mío, pensaba que sería mucho más tarde.
Las tres y veinte. El baile del club de campo estaría en su mejor momento, supuso Irma: los chicos, que ya debían de haber vuelto del internado, los matrimonios más jóvenes, a quienes conocía por sus nombres de pila, y el grupo de los mayores. El próximo año ella y Lute asistirían a esos bailes y lo pasarían bien. Podrían haber ido al de esta noche, pero ella y Lute coincidieron en que, aunque conocieras a la gente por su nombre de pila, no estaba bien acudir al club sin ser miembro. Cada vez que ibas, quienquiera que fuese tu anfitrión tenía que pagar un dólar, e incluso así se suponía que nadie debía ir más de dos veces cada cuatro meses, bajo ninguna circunstancia. Eran las normas. Al año siguiente ella y Lute serían miembros y les iría muy bien porque Lute podría hacer mejores contactos y vender más Cadillacs a los demás miembros del club. Pero como dijo Lute: «Ingresaremos cuando podamos permitírnoslo. No creo demasiado en la idea de mezclar la vida social con los negocios. Empiezas firmando cheques en el club de campo y acabas entre la espada y la pared. Ingresaremos cuando podamos permitírnoslo». Lute tenía razón. Era tan honrado y fiable como se pueda imaginar, y jamás había mirado a otra mujer, ni siquiera en broma. Ésa era una de las razones por las que no le importaba esperar hasta que pudieran permitirse ingresar en el club. Si se hubiera casado con, digamos, Julian English, ahora sería miembro del club, pero no cambiaría su vida por la de Caroline English ni aunque le pagaran. Se preguntó si Julian y Caroline estarían teniendo una de sus épicas discusiones.
II
El salón de fumadores del Club de Campo Lantenengo estaba tan atestado que no parecía que pudiese entrar nadie más, pero aun así la gente se las arreglaba para entrar y salir. El salón de fumadores ahora era mixto; originalmente, cuando el club se fundó en 1920, había sido sólo para hombres, pero en muchas bodas las mujeres habían violado la norma que les prohibía la entrada; las bodas eran fiestas privadas y las reglas del club se rompían cuando todo el local se empleaba para una sola fiesta. Así, los miembros femeninos habían forzado la entrada en el salón de fumadores y ahora había tantos hombres como mujeres en la habitación. Eran poco más de las tres, pero daba la impresión de que la fiesta fuera a seguir eternamente y casi nadie se preguntaba cuánto más duraría. Todo el mundo podía irse cuando quisiera. Nadie lo echaría de menos. Los que se quedaban eran los que pertenecían a la fiesta por derecho propio. Cualquier miembro del club podía ir al baile, pero no todos los que iban al baile eran bien recibidos en el salón de fumadores. Al principio siempre eran pocos en el salón de fumadores y siempre los mismos. Los Whit Hofman, los Julian English, los Froggy Ogden y demás. Eran los pudientes, los bebedores y los que tenían una posición asegurada, los que podían permitirse desdeñarlo todo y no relacionarse más que con los de su propia familia. Había unas veinte personas en aquel círculo y tu posición entre el grupo de jóvenes de Gibbsville dependía de la seguridad con la que te integraras en el núcleo del grupo del salón de fumadores. Hacia las tres, todos los que lo deseaban habían pasado por el salón de fumadores, las barreras imaginarias se abrían hacia la una y media, coincidiendo con el momento en que los Hofman y los English y los demás estaban lo suficientemente borrachos para darle la bienvenida a cualquiera, cuanto menos respetable mejor.
Hasta ahora no había sucedido nada demasiado terrible. Al joven Johnny Dibble lo habían sorprendido robando licor del armario de alguien y le habían dado una patada en el trasero. A Elinor Holloway se le había deslizado o le habían bajado el tirante del vestido, desvelando por un instante su seno izquierdo, que la mayoría de los jóvenes presentes habían visto o tocado en una u otra ocasión. Frank Gorman, de Georgetown, y Dwight Ross, de Yale, se habían peleado, insultado y besado durante una discusión acerca de lo que el equipo en que Gorman no había jugado nunca le habría hecho al equipo en el que Ross había sido reserva. Durante uno de esos silencios inexplicables se oyó a Ted Newton decirle a su mujer: «Beberé todo lo que me dé la puñetera gana». Elizabeth Gorman, la rolliza sobrina de Harry Reilly, cuya ascensión social era un espectáculo digno de ver, había avergonzado a su tío al eructar fuerte y despreocupadamente. A Lorimer Gould III, de Nueva York, que había ido a visitar a no sé quién, le habían dicho ya nueve veces que Gibbsville era de lo más aburrido durante el resto del año, pero que todos los forasteros coincidían en que en Navidad era el sitio más animado del país. Bobby Herrmann, que había sido suspendido por no pagar las cuotas y la factura del restaurante, estaba allí vestido con un terno, completamente borracho, como persona grata en el sanctasanctórum (era famoso por haber dicho, al ver vacío en cierta ocasión el campo del golf, que «aquel día el campo tenía un aspecto de lo más delincuente»), y le explicaba a todas las novias y mujeres de sus amigos que le encantaría bailar con ellas, pero que no podía porque lo habían suspendido. Todos tenían una copa en la mano o acababan de terminarla o estaban a punto de tomar una. La bebida preferida, casi por unanimidad, era el whisky de centeno con ginger ale, salvo por algunos combinados de aguardiente de manzana y White Rock, o manzana y ginger ale o ginebra y ginger ale. Sólo algunos miembros del sanctasanctórum bebían whisky escocés. La bebida, es decir, el whisky de centeno, era siempre la misma: la mayoría de la gente la compraba en la farmacia con receta (los médicos miembros del club guardaban las «recetas» de sus pacientes) y la cortaba con alcohol y agua coloreada. No era venenosa y emborrachaba, que al fin y al cabo era lo único que se requería de ella.
Las vibraciones de la orquesta (los Tommy Lake’s Royal Collegians, un grupo de Gibbsville) llegaban hasta el salón de fumadores y los más jóvenes empezaron a tararear «Something To Remember You By». Los muchachos les preguntaban a las chicas: «¿Bailas?», y ellas contestaban: «Encantada», o «Claaro», o «Huy, huy, huy». Poco a poco se fue vaciando la habitación. Unos pocos se quedaron alrededor de una mesa que había en un rincón y que, por acuerdo común, preeminencia o alguna otra razón, todos consideraban la mesa de los Whit Hofman. Harry Reilly estaba contando con su acento irlandés un chiste verde, que parecía un poco más realista o divertido por el hecho de que su puente dental, implantado antes de que los Reilly empezaran a ganar dinero de verdad, no ajustaba del todo y como resultado Harry siempre silbaba débilmente al hablar. Reilly tenía una carota pálida y jovial, pelo gris y una bocaza de labios delgados. Sus ojos eran astutos y pequeños y estaba empezando a engordar. Iba de frac y su corbata blanca estaba delicadamente sucia debido a su costumbre de toquetearla mientras contaba la historia. Su ropa era buena, pero él había nacido en un minúsculo pueblo minero, una «aldea» como suele decirse, y Reilly era el primero en decir: «Se puede sacar a un chico de la aldea pero no sacar la aldea del chico».
Reilly contaba los chistes por parrafadas. Mientras hablaba se inclinaba hacia delante con un brazo apoyado en la rodilla, igual que si fuera la foto de un vaquero. Cuando terminaba una parrafada echaba una mirada rápida por encima del hombro, como si temiera que pudieran arrestarlo antes de terminar el chiste; se manoseaba la corbata y apretaba los labios, luego se volvía hacia su público e iniciaba la parrafada siguiente: «… así que Pat dijo…». Era divertido observar a la gente mientras escuchaban a Harry contar un chiste. Si bebían un sorbo a mitad de parrafada, lo hacían lentamente, como con disimulo. Y siempre sabían cuándo reírse, incluso si se trataba de un chiste de católicos, porque Reilly señalaba el momento palmeándose la pierna justo antes de terminar. Después de que se hubiera reído todo el mundo (Reilly miraba a cada uno de ellos para asegurarse de que lo hubieran pillado), continuaba con una breve historia del chiste, dónde lo había oído y bajo qué circunstancias; y eso le llevaba a otro chiste. La gente solía decir: «Harry, no sé cómo los recuerdas. A mí me cuentan un montón de chistes, pero nunca los recuerdo». Harry tenía una gran reputación de hombre ingenioso…, un irlandés ingenioso.
Julian English siguió allí sentado, observándolo con ojos que parecían más soñolientos de lo que estaban en realidad. ¿Por qué —se preguntó— odiaba a Harry Reilly? ¿Por qué no lo soportaba? ¿Qué había en Reilly que le hacía decirse: «Como empiece con otro de sus chistes rancios le tiro la bebida a la cara»? Aunque sabía que no le echaría ni ésta ni ninguna otra bebida a la cara a Harry Reilly. Pero era divertido pensarlo. (He aquí el resumen del chiste: una vieja solterona acude al confesionario, le dice al cura que ha cometido un pecado de inmoralidad, el cura le pregunta que cuántas veces. La solterona responde que una, treinta años atrás…, «pero, padre, me gusta mucho pensar en ello».) Sí, sería divertido verlo. La bebida entera, incluyendo los tres cubitos de hielo redondeado. Al menos un cubito le daría a Reilly en el ojo, y el líquido le salpicaría toda la camisa, arrugándosela a medida que el whisky escocés y la soda fueran chorreando entre los botones del chaleco. Los demás se quedarían perplejos y confusos. «¡Pero, Ju!», dirían. Caroline diría: «¡Julian!». Froggy Ogden se llevaría un buen susto, pero se echaría a reír. Igual que Elizabeth Gorman, con su fuerte risa «jo-jo-jo», no porque le gustara ver cómo insultaban a su tío ni porque estuviera de parte de Julian, sino porque sería una situación a la que valdría la pena haber asistido.
—¿Conocéis el de…? —decía Reilly—. Madre de Dios, es uno de los chistes de católicos más viejos que hay, me lo contó un cura, oh, debió de ser hace quince o veinte años. El bueno del padre Burke era el pastor de Santa María del Mar, allá en Collieryville. Síí, me lo contaron hace mucho tiempo. Era un vejete simpático. Recuerdo…
El líquido —reflexionó Julian— se le escurriría por dentro del chaleco y hacia abajo hasta los pantalones, de modo que incluso si el hielo no le daba en un ojo, las manchas de su bragueta serían tan comprometedoras que tendría que marcharse. Si había algo que Reilly no soportaba era que lo abochornaran. Por eso sería tan divertido. Se imaginaba a Reilly sin saber qué hacer, un segundo después de que la bebida le cayera encima. Reilly había trepado mucho socialmente, por ser «un buen chico» y «por ser él mismo» y a puro golpe de talonario como todo el mundo sabía. Reilly estaba en el comité de los greens y en el comité de fiestas, porque como buen golfista que era sabía arreglar las cosas: pagaba greens nuevos de su propio bolsillo y hacía que las fiestas duraran hasta las seis de la mañana dándole buenas propinas a la orquesta. Pero aún no era directivo de la asamblea de Gibbsville. Era miembro de la asamblea, pero no pertenecía a la junta de gobierno y por tanto no podía formar parte de los comités de mayor importancia. De modo que no estaba totalmente seguro de su posición social, y eso Julian lo sabía muy bien. Así que, cuando la bebida le cayera encima, lo más probable era que se controlara lo suficiente para tener presente quién se la había echado, y no dijera lo que querría decir. El muy cobarde hijo de puta probablemente sacaría su pañuelo y trataría de quitarle importancia o, si veía que nadie más lo encontraba gracioso, haría una imitación de un caballero indignado y frío y diría: «No tiene ninguna gracia. ¿A qué viene esto?».
«Y a mí me encantaría responderle —se dijo Julian— que pensé que ya iba siendo hora de que alguien le hiciera callar.»
Pero sabía que no le echaría encima la copa que ya casi había terminado o la nueva bebida que estaba a punto de servirse. No a Harry Reilly. No era que Harry Reilly le inspirara un miedo físico. Reilly pasaba de los cuarenta, y aunque era un buen golfista estaba gordo y le faltaba el resuello, y sin duda haría cualquier cosa para evitar una pelea a puñetazos. En primer lugar, Harry Reilly prácticamente poseía la Cadillac Motor Car de Gibbsville de la que Julian era presidente. Y en segundo lugar, si le echaba la bebida encima a Harry Reilly, la gente diría que había sido porque éste siempre bailaba mucho y se mostraba muy atento con Caroline English.
Sus pensamientos se interrumpieron con la llegada de Ted Newton, el dentista, que se paró en la mesa para beberse un trago a palo seco. Ted llevaba puesto un abrigo de piel de mapache; era la primera temporada, si no la primera ocasión, en que lo llevaba.
—¿Te vas? —era todo lo que estaba dispuesto a concederle a Newton y más de lo que le habría dicho si Newton no fuera un cliente potencial. Ahora tenía un Buick.
—Sí. Lillian está cansada y mañana viene su familia de Harrisburg. Vienen en coche y estarán aquí hacia la una o la una y cuarto.
«Qué me importará a mí su horario», pensó Julian. —¿En serio? —dijo en voz alta—. Bueno, feliz Navidad.
—Gracias, Ju —dijo Newton—. Feliz Navidad. ¿Te veremos en la fiesta de graduación?
—Eso es —dijo Julian. Y, mientras los demás le daban las buenas noches a Newton, añadió en voz baja—: Y no me llames Ju.
La orquesta tocaba con mucha aplicación el pasaje central del estribillo de «Body And Soul». Los músicos, a excepción del batería que le mostraba los dientes a los danzantes y frotaba las escobillas contra el platillo, estaban muy serios y ceñudos. Wilhelmina Hall, que ya hacía seis años que había salido de Westover, seguía siendo la mejor bailarina del club y era la más solicitada. Daba un par de vueltas por la pista con la misma pareja y siempre aparecía alguien que quería sacarla a bailar. Estaba tan solicitada porque era muy buena bailarina y porque todos decían que no estaba enamorada, a no ser de Jimmy Malloy, y sin duda tampoco estaba enamorada de él. Al menos eso es lo que decía todo el mundo. Los hombres que la sacaban a bailar eran de todas las edades, mientras que a Kay Verner, actualmente en Westover, la solicitaban sobre todo los chicos de la universidad y el instituto. Sin embargo, ella estaba enamorada de Henry Lewis. Al menos eso decía todo el mundo. La idiota de Constance Walker había vuelto a presentarse sin gafas, como si en el club no supieran todos que sin ellas no veía lo que había al otro lado de la mesa. Era conocida como la típica chica que «nunca te negará un baile»; estaba en Smith, y era muy buena estudiante. Tenía un tipo estupendo, sobre todo las tetas, y era muy apasionada, no era sencilla sino franca, y la pobre no sabía que tenía mejor aspecto con gafas. Tenía tantas ganas de agradar que cuando un joven le pedía un baile obtenía también el usufructo de sus tetas y del resto de su cuerpo. A los muchachos les gustaba decir antes de pedirle un baile a Constance: «Creo que voy a ir a que me den un repaso». Lo curioso de ella era que a cuatro de los chicos les había dado un repaso fuera de la pista de baile, y como resultado, Constance había dejado de ser virgen; sin embargo, los muchachos estaban tan asustados de haber caído en una trampa —que no acertaban a comprender del todo— tendida por una chica a la que nadie consideraba atractiva, que nunca intercambiaron información sobre la vida sexual de Constance Walker y tenía reputación de ser muy casta. Lo peor que se decía de ella era: «Sí, puede que no sea muy atractiva, en eso estamos de acuerdo. Pero ¿la has visto en traje de baño? ¡Está como un tren!».
La orquesta tocaba «Something To Remember You By». La gente estaba dispersa por la pista mientras la orquesta se esforzaba con el segundo estribillo cuando Johnny Dibble apareció de repente, sin aliento, por donde solían estar sus amigos y sólo encontró a dos chicos a los que dirigirse.
—Diiiooss —dijo—. Diiioosss. ¿Habéis oído lo que ha pasado?
—No. No —dijeron ellos.
—¿No? ¿Lo de Julian English?
—No. No. ¿Qué ha pasado?
—Julian English le acaba de echar una bebida a la cara a
Harry Reilly. ¡Dios!
III
Al Grecco se conocía la carretera de Filadelfia a Gibbsville como un maquinista conoce las preferencias de paso. En un viaje normal, un maquinista experimentado es capaz de mirar su reloj y decirte que en cuatro minutos y medio su tren pasará junto a una escuela que hay a la derecha de la vía. O mirar una pila de heno o un granero o cualquier otro punto de referencia y decirte qué hora es al minuto. Al Grecco casi podía hacer lo mismo. Se conocía los ciento cuarenta y un kilómetros y medio que hay de Filadelfia a Gibbsville como la palma de su mano. Hacía frío esa noche. Las rachas de viento se lo decían. En el coche se estaba bien con la calefacción. Conducía una camioneta Cadillac V-61 y llevaba bajada la ventanilla derecha unos diez centímetros. Era un conductor experto. Había hecho varias veces el viaje a Filadelfia en menos de dos horas, saliendo de Gibbsville a primera hora de la mañana; esa noche comprobó mecánicamente la hora al pasar junto a los postes que indicaban la entrada al Club de Campo de Lantenengo: dos horas y algo más de cuarenta y cinco minutos desde su hotel en Filadelfia. No estaba mal, teniendo en cuenta la ventisca y el estado de la carretera a la entrada de Reading, donde había coches averiados a ambos lados de la carretera. Iba todo lo rápido que era posible para conducir con seguridad. Se trataba de un viaje de negocios.
Aunque nunca había visto más que el tejado, Al sabía que el club de campo estaba construido en un llano. El edificio apenas se distinguía desde la autopista estatal. Desde allí, los coches que salían del club no se veían hasta que llevaban recorrido más de un tercio del largo camino de entrada que desembocaba en la calzada junto a los postes indicadores. Al Grecco reparó en que otro Cadillac, un sedán grande, acababa de aparecer en el camino. Reconoció el coche nada más verlo. Su negocio consistía, más o menos, en reconocer los coches de la gente importante y aquel sedán parecía de alguien importante. Era un coche de demostración y probablemente lo condujera Julian English, el delegado de Cadi
