2
Aquella tarde no era el propósito de Sam Deegan abrir el expediente de Karen Sommers. Estaba revolviendo el último cajón de su mesa, buscando una caja de pastillas para el resfriado que le parecía recordar tenía guardada allí. Cuando sus dedos tocaron la gastada carpeta, tan inquietantemente familiar, vaciló y, con una mueca, la sacó y la abrió. Entonces vio la fecha en la primera página y supo que inconscientemente era eso lo que buscaba desde el principio. El aniversario de la muerte de Karen Sommers sería el 12 de octubre, el día de Colón, dentro de una semana. Ya hacía veinte años.
El archivo tendría que haber estado guardado con los de los otros casos sin resolver, pero tres fiscales consecutivos del condado de Orange habían tolerado su necesidad de tenerlo siempre a mano. Veinte años atrás, Sam fue el primer agente que llegó en respuesta a la frenética llamada de una mujer que decía a gritos que habían asesinado a su hija.
Unos minutos más tarde, cuando él llegó a la casa de Mountain Road, en Cornwall-on-Hudson, se encontró la habitación de la víctima llena de curiosos horrorizados. Un vecino estaba inclinado sobre la cama tratando inútilmente de practicarle la respiración boca a boca. Otros intentaban apartar a los histéricos padres de la terrible visión del cuerpo destrozado de su hija.
El pelo de la joven estaba esparcido sobre la almohada. Cuando apartó al pretendido salvador, Sam vio las violentas puñaladas del pecho y el corazón, que debieron de causarle una muerte instantánea y que habían empapado las sábanas de sangre.
Aún se acordaba: su primer pensamiento fue que la chica seguramente ni se había enterado de que su atacante entraba en la habitación. Seguramente ni se despertó, pensó ahora al abrir la carpeta. Los gritos de la madre no solo atrajeron a los vecinos, también acudieron un jardinero y un repartidor que casualmente estaban en la casa de al lado. El resultado había sido un escenario del crimen muy contaminado.
No había indicios de que se hubiera forzado la entrada. No faltaba nada. Karen Sommers era una chica de veintidós años que estudiaba primero de medicina, y aquel día había dado una sorpresa a sus padres porque se presentó en casa sin avisar. Evidentemente, las sospechas recayeron en su ex novio, Cyrus Lindstrom, estudiante de tercero de derecho en la Universidad de Columbia. El chico admitió que Karen le había dicho que era mejor que los dos salieran con otras personas, pero insistió en que a él le pareció buena idea porque no estaban preparados para un compromiso más serio. Su coartada —que estaba durmiendo en el apartamento que compartía con otros tres estudiantes de derecho— fue corroborada, aunque sus tres compañeros dijeron que se habían acostado a las doce de la noche y, por tanto, no sabían si Lindstrom había salido de la casa después. Se estableció que la muerte de Karen había tenido lugar entre las dos y las tres de la madrugada.
Lindstrom había visitado la casa de los Sommers algunas veces. Sabía que existía una llave de recambio bajo una roca falsa que había cerca de la puerta de atrás. Sabía que la habitación de Karen era la primera a la derecha subiendo por la escalera de atrás. Pero eso no demostraba que hubiera conducido ochenta y cuatro kilómetros, desde Amsterdam Avenue con la calle Ciento cuatro en Manhattan hasta Cornwall-on-Hudson, en mitad de la noche para matarla.
«Una persona interesante», así es como llamamos ahora a la gente como Lindstrom, pensó Sam. Siempre creí que era culpable. No entiendo por qué los Sommers lo apoyaron. Dios, casi parecía que estaban defendiendo a un hijo.
Sam dejó con impaciencia el archivo sobre su mesa, se levantó y se acercó a la ventana. Desde allí se veía el aparcamiento, y recordó una vez que un prisionero acusado de asesinato derribó a un guardia, saltó por la ventana del juzgado, corrió por el aparcamiento, atacó a un tipo que en ese momento estaba subiendo a su coche y escapó.
Lo atrapamos veinte minutos después, pensó Sam. Pero ¿cómo es que en veinte años no he sido capaz de atrapar al animal que mató a Karen Sommers? Sigo pensando que fue Lindstrom.
Lindstrom se había convertido en un poderoso abogado criminalista de Nueva York. Es un genio haciendo que absuelvan a criminales, pensó. Muy apropiado, puesto que él también lo es.
Se encogió de hombros. Hacía un día espantoso, lluvioso e inusualmente frío para primeros de octubre. Antes me encantaba mi trabajo. Pero ya no es lo mismo. Estoy a punto de jubilarme. Tengo cincuenta y ocho años; he trabajado de policía la mayor parte de mi vida. Debería coger mi pensión y largarme. Perder peso. Visitar a mis hijos y pasar más tiempo con mis nietos. Cuando quiera darme cuenta ya estarán en la universidad.
Se pasó la mano por el pelo, que comenzaba a ralear, y tuvo la ligera sensación de que estaba incubando un dolor de cabeza. Kate siempre me decía que no hiciera eso, pensó. Que debilitaba las raíces.
Con una media sonrisa por aquel análisis tan poco científico de su difunta esposa sobre el asunto de la calvicie, Sam volvió a su mesa y clavó la vista en la carpeta donde ponía «Karen Sommers».
Aún visitaba regularmente a Alice, la madre de Karen, que se había mudado a una casa en el centro de la localidad. Sabía que para ella era un consuelo saber que seguían tratando de encontrar a la persona que mató a su hija, pero era más que eso. Sam tenía la sensación de que algún día Alice mencionaría algo a lo que no había dado importancia, algo que le llevaría a descubrir quién entró en la habitación de Karen aquella noche.
Eso es lo que me ha ayudado a seguir adelante estos dos últimos años, pensó. Tenía tantas ganas de resolver este caso... pero ya no puedo esperar más.
Abrió de nuevo el último cajón de su mesa, pero vaciló. Tendría que olvidarse de aquello. Ya era hora de que dejara aquella carpeta con el resto de casos sin resolver en el archivo general. Había hecho lo que había podido. Los primeros doce años después del asesinato, siempre iba al cementerio el día del aniversario. Y se quedaba allí todo el día, escondido detrás de un mausoleo, vigilando la tumba de Karen. Hasta había puesto escuchas en la lápida para saber qué decían los posibles visitantes. Se habían dado casos en los que habían atrapado al asesino porque había visitado la tumba de la víctima en algún aniversario y se había puesto a hablar del crimen.
Pero las únicas personas que visitaban la tumba de Karen eran sus padres, y escuchar sus palabras de recuerdo había sido una imperdonable violación de su intimidad. Sam había dejado de ir hacía ocho años, cuando Michael Sommers murió y Alice fue sola a visitar la tumba donde descansaban su hija y su marido. Aquel día se dio la vuelta y se fue, porque no quería presenciar el dolor de aquella mujer. Y ya no volvió.
Sam se levantó y se puso el archivo de Karen Sommers bajo el brazo, con decisión. No volvería a mirarlo. Y la semana siguiente, el día del vigésimo aniversario de la muerte de Karen, entregaría sus papeles para el retiro.
Y me pasaré por el cementerio, pensó, solo para que sepa que siento no haber podido ayudarla.
3
Había tardado casi siete horas en ir de Washington hasta la localidad de Cornwall-on-Hudson, pasando por Maryland, Delaware y New Jersey.
Para Jean Sheridan no era un viaje agradable, y no tanto por la distancia como por el hecho de que Cornwall, el lugar donde se había criado, le traía muchos recuerdos dolorosos.
Se había prometido a sí misma que, por muy persuasivo y encantador que se mostrara Jack Emerson, el presidente del comité encargado de organizar la reunión de ex alumnos para celebrar el vigésimo aniversario de su graduación en el instituto, alegaría tener trabajo, otros compromisos, problemas de salud... lo que fuera con tal de evitar formar parte de aquello.
No tenía ningún deseo de celebrar su graduación en la Academia Stonecroft hacía veinte años, aunque estaba agradecida por la educación que le habían dado. Ni siquiera le importaba la medalla de «alumna distinguida» que iban a concederle, a pesar de que su paso por Stonecroft había sido un trampolín para conseguir su beca y estudiar en Bryn Mawr y posteriormente doctorarse en Princeton.
Pero el caso es que se había incluido un acto en memoria de Alison en el programa, y no podía negarse.
La muerte de Alison seguía pareciendo tan irreal que a veces aún esperaba oír el teléfono y escuchar su voz familiar, sus palabras breves y apresuradas, como si hubiera que decirlo todo en diez segundos: «Jeannie, últimamente no me llamas. Te has olvidado de que sigo viva. Te odio. No, no es verdad. Te quiero. Te respeto. Eres tan condenadamente inteligente. La semana que viene habrá un estreno en Nueva York. Curt Ballard es cliente mío. Es un actor espantoso, pero es tan guapo que a nadie le importa. Y su última novia también asistirá. Si te dijera quién es creo que te desmayarías. Bueno, ¿puedes arreglarlo para venir el próximo martes? El cóctel es a las seis, luego la película, y luego una cena privada para veinte, treinta o cincuenta personas».
Alison siempre se las arreglaba para dejar mensajes así en unos diez segundos, pensó Jean, y no entendía que el noventa y nueve por ciento de las veces ella no podía dejarlo todo y correr a reunirse con ella en Nueva York.
Hacía casi un mes que Alison había muerto. Por difícil que resultara creerlo, el hecho de que alguien hubiera podido asesinarla se le hacía insoportable. Pero en su trabajo había hecho montones de enemigos. Nadie conseguía ponerse al frente de una de las agencias de nuevos talentos más importantes del país sin que lo odiaran. Además, algunos habían comparado el ingenio y sarcasmo de Alison con los comentarios hirientes de la legendaria Dorothy Parker. ¿Es posible que alguna de las personas a las que había ridiculizado o despedido estuviera lo bastante furiosa para matarla?, pensó.
Me gustaría pensar que tuvo un desvanecimiento cuando se zambulló en la piscina. No soporto la idea de que alguien la obligara a permanecer bajo el agua.
Echó un vistazo al bolso que llevaba en el asiento del pasajero y automáticamente su mente se centró en el sobre que guardaba dentro. ¿Qué voy a hacer? ¿Quién me lo ha enviado y por qué? ¿Cómo es posible que alguien haya descubierto lo de Lily? Oh, Dios, ¿qué voy a hacer? ¿Qué puedo hacer?
Desde que recibió el informe del laboratorio, estas preguntas le habían provocado semanas de insomnio.
Ya había llegado al desvío que llevaba de la carretera 9W a Cornwall. West Point estaba cerca de Cornwall. Jean tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta y trató de concentrarse en la belleza de aquella tarde de octubre. Los árboles estaban deslumbrantes con sus dorados, naranjas y rojizos. Por encima de ellos, las montañas, serenas como siempre. Las tierras altas del río Hudson. Había olvidado lo bonito que es todo aquí, pensó.
Por supuesto, este pensamiento trajo inevitablemente el recuerdo de los domingos en West Point, cuando se sentaba en los escalones del monumento en tardes como aquella. Ahí fue donde empezó su primer libro, una historia de West Point.
Tardé diez años en terminarlo, básicamente porque durante mucho tiempo no fui capaz de escribir nada.
Cadete Carroll Reed Thornton hijo, de Maryland. No pienses en Reed ahora, se dijo.
Abandonar la carretera 9W para enfilar Walnut Street seguía siendo una reacción automática, no una decisión consciente. El Glen-Ridge House de Cornwall, llamado así por uno de los internados más importantes que hubo en la localidad a mediados del siglo XIX, era el hotel elegido para la reunión. En su curso se habían graduado noventa alumnos. Según los últimos datos que había recibido, cuarenta y dos pensaban asistir, además de maridos, esposas o parejas e hijos.
Ella no había tenido que hacer ninguna reserva en ese sentido.
La decisión de que la reunión se celebrara en octubre en vez de junio fue cosa de Jack Emerson. Había hecho una encuesta entre los ex alumnos y la conclusión fue que en junio es cuando se gradúan en la escuela o el instituto los hijos de todos, y eso haría más difícil que pudieran escaparse.
Jean había recibido por correo su tarjeta de identificación, con su fotografía de último curso arriba y el nombre debajo. Había llegado junto con el programa de actos del fin de semana. Viernes por la noche: cóctel de bienvenida y bufet. Sábado: desayuno, visita a West Point, partido ejército contra Princeton, luego cóctel y cena de gala. Se había previsto clausurar la reunión el domingo con un desayuno tardío en Stonecroft, pero después de la muerte de Alison se decidió incluir una misa en su memoria. La habían enterrado en el cementerio contiguo al instituto, y el servicio se oficiaría junto a la tumba.
En su testamento, Alison había dejado una importante suma para el fondo de becas de Stonecroft, que era la principal razón de que se hubiera programado aquella ceremonia en su memoria a toda prisa.
Main Street no parece cambiada, pensó Jean mientras conducía lentamente por el pueblo. Hacía muchos años que no iba por allí. El año de su graduación, su padre y su madre se divorciaron, vendieron la casa y siguieron caminos diferentes. Ahora, su padre era director de un hotel en Maui. Su madre había vuelto a Cleveland, donde se crió, y se había casado con el que fue su novio del instituto. «Mi mayor error fue no casarme con Eric hace treinta años», había comentado efusivamente en la boda.
¿Y a mí dónde me deja eso? Esto fue lo que le pasó a Jean por la cabeza en aquel momento. Pero al menos el divorcio de sus padres había significado el piadoso final de su vida en Cornwall.
Jean se resistió al impulso de dar un rodeo por Mountain Road y pasar ante su antigua casa. Quizá lo haga en algún otro momento durante el fin de semana, pensó, pero ahora no. Tres minutos después, entraba con el coche en el camino de acceso al Glen-Ridge House y el portero, con una sonrisa profesional en la cara, abrió la portezuela y le dijo:
—Bienvenida a casa.
Jean abrió el capó y observó cómo sacaban su maleta y su bolsa de viaje.
—Vaya directamente al mostrador de recepción —la apremió el portero—. Nosotros nos ocuparemos de su equipaje.
El vestíbulo del hotel era coqueto y acogedor, con gruesas moquetas y agradables grupos de asientos. El mostrador de recepción estaba a la izquierda, y en el otro extremo, en el bar, Jean vio que empezaban a congregarse antiguos alumnos.
Presidía el mostrador de recepción una pancarta que daba la bienvenida a los antiguos alumnos de Stonecroft.
—Bienvenida a casa, señora Sheridan —saludó el recepcionista, un hombre de sesenta y tantos. Su sonrisa dejó al descubierto unos dientes blancos y relucientes. Su pelo mal teñido parecía hacer juego con el acabado del mostrador de madera de cerezo. Cuando le estaba dando su tarjeta de crédito, Jean tuvo el disparatado pensamiento de que seguramente aquel hombre había arrancado un pedacito del mostrador para enseñárselo al peluquero.
Aún no estaba preparada para enfrentarse a ninguno de sus antiguos compañeros de clase y deseó poder llegar al ascensor sin contratiempos. Esperaba poder disponer de al menos media hora de tranquilidad, mientras se duchaba y se cambiaba, antes de ponerse su identificación con la fotografía de la Jean descorazonada y asustada de dieciocho años y reunirse con sus antiguos compañeros para el cóctel.
Cuando cogió la llave de la habitación y se dio la vuelta, el recepcionista dijo:
—Oh, señora Sheridan, casi lo olvidaba. Tengo un fax para usted. —Y miró el nombre del sobre con los ojos entrecerrados—. Oh, disculpe. Tendría que llamarla doctora Sheridan.
Jean abrió el sobre sin decir nada. El fax era de su secretaria, en Georgetown: «Doctora Sheridan, lamento molestarla. Seguramente se trata de una broma o un error, pero pensé que querría verlo». La broma era una hoja de papel que habían enviado por fax a su oficina. Decía: «Jean, supongo que a estas alturas ya habrás comprobado que es verdad que conozco a Lily. Este es mi dilema. ¿La beso o la mato? Solo era una broma. Estaremos en contacto».
Por un momento Jean se sintió incapaz de moverse o pensar. ¿Matarla? ¿Matarla? Pero ¿por qué? ¿Por qué?
Él estaba en la barra, observando, esperando a que ella entrara. Durante años había visto su fotografía en la contraportada de sus libros, y siempre le sorprendía observar que Jeannie Sheridan había adquirido tanta clase.
En Stonecroft siempre fue de las listas pero discretas. Hasta era amable con él, aunque con cierta displicencia. Había empezado a gustarle de verdad, hasta que Alison le dijo cómo se reían a su costa. Él sabía muy bien quiénes: Laura, Catherine, Debra, Cindy, Gloria, Alison y Jean. Siempre se sentaban a la misma mesa a la hora de comer.
Qué monas, ¿verdad?, pensó, y sintió que la bilis le subía a la garganta. Ahora Catherine, Debra, Cindy, Gloria y Alison se habían ido. A Laura la había dejado para el final. Lo más curioso era que aún no estaba seguro respecto a Jean. Por alguna razón, cuando pensaba en matarla vacilaba. Aún se acordaba de cuando estaba en primero y trató de entrar en el equipo de béisbol. Lo rechazaron categóricamente y él se puso a llorar; las lágrimas infantiles que nunca era capaz de reprimir.
Llorica, llorica.
Se fue corriendo del campo de juego y, poco después, Jeannie lo alcanzó. «A mí no me han aceptado en el equipo de animadoras —le dijo—. ¿Y qué?»
Él sabía que lo había seguido porque le daba pena. Por eso había algo que le decía que ella no fue una de las que se burlaron cuando quiso llevar a Laura al baile del instituto. No, ella lo hirió de una forma distinta.
Laura siempre fue la chica más guapa de la clase —pelo rubio, ojos azules, un cuerpo estupendo—, llamaba la atención incluso con la falda y la camisa del uniforme de Stonecroft. Siempre fue muy consciente del poder que ejercía sobre los hombres. Era como si estuviera hecha para decirle a quien ella quisiera «Ven».
Alison siempre fue una mala persona. Escribía para el periódico del instituto y siempre se las arreglaba para meterse con alguien en su columna, «Entre bastidores», que supuestamente trataba sobre actividades escolares. Como en una crítica de una representación en la que escribió: «Para sorpresa de todos, Romeo, alias Joel Nieman, consiguió recordar buena parte de su texto». En aquel entonces a los chicos más populares Alison les parecía muy divertida. Los muermos se mantenían alejados.
Muermos como yo, pensó, mientras saboreaba el recuerdo de la mirada de terror de Alison cuando lo vio acercarse desde la caseta de la piscina.
Jean también era popular, pero no era como las otras. La eligieron para el consejo de estudiantes, y siempre estaba tan callada que casi parecía muda. Sin embargo, cuando abría la boca, tanto en el consejo como en clase, siempre tenía la respuesta correcta. Ya entonces era una apasionada de la historia. Lo que más le sorprendía era ver lo guapa que se había puesto. Su pelo basto y castaño se había oscurecido, tenía más cuerpo y le caía como una cofia alrededor de la cara. Era esbelta, pero ya no tenía la delgadez enfermiza de aquella época. Con el paso de los años, también había aprendido a vestir. Llevaba una chaqueta y pantalones anchos de buen corte. Observó cómo guardaba un fax en su bolso; ojalá hubiera podido verle la cara.
«Soy el búho y vivo en un árbol.»
En su cabeza podía oír a Laura imitándolo. «Te tiene comiendo en la palma de su mano —había chillado Alison aquella noche, hacía veinte años—. Y nos ha dicho que te mojaste los pantalones.»
Las imaginaba burlándose de él, le parecía oír sus risas socarronas.
Aquello ocurrió en segundo curso de primaria, cuando tenía siete años. Él intervenía en la representación de la escuela. Aquel era su texto. No tenía que decir nada más. Pero no le salía. Y se puso a tartamudear de tal modo que todos los que estaban en el escenario, e incluso algunos de los padres, se rieron por lo bajo.
«Soy e-e-l bú-bú-búho, y y y vi-vivo en un á-á-ár...»
No llegó a terminar la palabra «árbol». Fue entonces cuando salió corriendo, llorando, con la rama en la mano. Su padre le dio un bofetón, por miedoso. Su madre dijo: «Déjale en paz. Es un niño tonto. ¿Qué esperabas? Míralo. Se ha vuelto a mojar los pantalones».
Mientras veía cómo Jean Sheridan entraba en el ascensor, el recuerdo de aquella vergüenza se confundió en su cabeza con las risas de las chicas. ¿Por qué debería perdonarte?, pensó. Puede que primero me ocupe de Laura, luego te tocará a ti. Entonces podréis reíros con ganas, todas juntas, en el infierno.
Oyó que alguien decía su nombre y volvió la cabeza. Dick Gormley, el as del béisbol de la clase, estaba a su lado en la barra, mirando su identificación.
—Me alegro de volver a verte —dijo con tono cordial.
Mentiroso, pensó él. Y yo no me alegro nada de volver a verte.
4
Laura no había tenido tiempo ni de meter la llave en la cerradura cuando el botones apareció con su equipaje: una funda especial para trajes, dos maletas grandes y un bolso de viaje. Intuyó lo que estaba pensando: «Señora, la reunión dura cuarenta y ocho horas, no dos semanas».
Pero lo que dijo fue:
—Señorita Wilcox, mi esposa y yo siempre veíamos Henderson County los martes por la noche. Estaba usted estupenda. ¿Hay alguna posibilidad de que vuelva a la serie?
Tantas como de encontrar una bola de nieve en el infierno, pensó Laura. Pero la sinceridad de aquel hombre le dio ánimos, y Dios sabía que le hacían mucha falta.
—A Henderson County no, pero he rodado un episodio piloto para Maximum Channel. Se emitirá a principios del año que viene.
No era verdad, pero casi. Maximum había dado el visto bueno al episodio piloto y anunciado que había posibilidades de que se rodara la serie. Entonces, dos días antes de morir, Alison la llamó.
—Laura, cariño, no sé cómo decírtelo, pero hay un problema. Maximum quiere a alguien más joven para el papel de Emmie.
—¿Más joven? —gritó ella—. Por el amor de Dios, Alison, tengo treinta y ocho años. La madre de la serie tiene una hija de doce. Y tengo buen aspecto. Tú lo sabes.
—No me chilles —le había gritado Alison—. Estoy haciendo lo que puedo para convencerles de que te den el papel. Y lo de que tienes buen aspecto, la verdad, con la cirugía láser, la botulina y los liftings, en este negocio todo el mundo tiene buen aspecto. Por eso es tan difícil encontrar gente que haga de abuela. Ya nadie tiene pinta de abuela.
Quedamos en venir juntas a la reunión de antiguos alumnos, pensó Laura. Alison me dijo que, de acuerdo con la lista de alumnos que habían confirmado su asistencia, Gordon Amory estaría y que al parecer acababa de convertirse en accionista de Maximum. Dijo que él tenía influencia suficiente para ayudarme a conservar el trabajo, suponiendo que lograra convencerlo.
Ella insistió e insistió en que Alison llamara a Gordie enseguida y lo persuadiera de que obligara a Maximum a darle el papel. Al final, Alison dijo:
—Para empezar, no lo llames Gordie. No soporta que le llamen así. En segundo lugar, estoy tratando de actuar con un poco de tacto, cosa que, como sabes, no suelo hacer. Te lo diré sin rodeos. Sigues siendo guapa, pero no eres muy buena actriz que digamos. Los de Maximun creen que la serie podría tener un gran éxito, pero no si sales tú. Puede que Gordon logre hacerles cambiar de opinión. Intenta seducirlo. Tú le gustabas, ¿no?
El botones había ido a traerle cubitos de hielo. En aquel momento dio unos toquecitos en la puerta y volvió a entrar. Casi sin pensar, Laura abrió su monedero y sacó un billete de veinte dólares.
—Gracias, señorita Wilcox —dijo el chico entusiasmado, y eso la hizo pestañear. Siempre haciéndose la importante. Diez dólares hubieran sido más que suficiente.
Gordie Amory era uno de los que siempre estaban colados por ella cuando estudiaban en Stonecroft. ¿Quién podía imaginar que acabaría convertido en un pez gordo? Dios, pensó mientras abría la cremallera de la funda para el vestido. Deberíamos tener todos una bola en la que pudiéramos ver el futuro.
El armario era pequeño. La habitación, pequeña. Las ventanas, pequeñas. Moqueta marrón oscuro, silla tapizada de marrón, colcha en tonos marrón y calabaza. Con impaciencia, Laura sacó los vestidos de cóctel y el traje de noche que llevaba en la funda. Ya había decidido que esa noche se pondría el traje de Channel. Iría despampanante. Los dejaría boquiabiertos. Tienes que dar una imagen de éxito, incluso si te has atrasado en el pago de los impuestos y el fisco ha emitido una orden de embargo sobre tu casa.
Alison había dicho que Gordie Amory estaba divorciado. El último consejo que le dio resonaba aún en sus oídos: «Mira, cielo, si no puedes convencerle de que te mantenga en la serie, puedes intentar que se case contigo. Tengo entendido que está imponente. Olvídate del muermo que conociste cuando estudiábamos en Stonecroft».
5
—¿Puedo hacer algo más por usted, doctora Sheridan? —preguntó el botones.
Jean negó con la cabeza.
—¿Se encuentra bien? Está muy pálida.
—Estoy bien. Gracias.
—Bueno, si necesita cualquier cosa, solo tiene que decirlo.
Por fin la puerta se cerró, y Jean se sentó, abatida, en el borde de la cama. Había guardado el fax en el bolsillo lateral de su bolso. Ahora lo sacó y releyó aquellas crípticas frases: «Jean, supongo que a estas alturas ya habrás comprobado que es verdad que conozco a Lily. Este es mi dilema. ¿La beso o la mato? Solo era una broma. Estaremos en contacto».
Veinte años atrás, Jean confió que estaba embarazada a un médico de Cornwall, el doctor Connors. De mala gana, el hombre reconoció que hubiera sido un error contárselo a sus padres.
—Pienso dar el niño en adopción digan lo que digan. Tengo dieciocho años, y es mi vida. Pero si se lo digo se preocuparán y se enfadarán y me harán la vida mucho más difícil de lo que es ahora —dijo llorando.
El doctor Connors le habló de una pareja que no podía tener hijos y que quería adoptar.
—Si estás segura de que no quieres el bebé, te garantizo que ellos le darán un hogar maravilloso y le querrán.
El hombre lo arregló todo para que Jean fuera a trabajar a una clínica de Chicago hasta que diera a luz. Luego él se desplazó personalmente a Chicago, la ayudó en el parto y se llevó a la criatura. Aquel septiembre, Jean entró en la universidad y, diez años después, se enteró de que el doctor Connors había muerto de un infarto después de que un incendio destruyera su consulta. Según oyó, todos los historiales clínicos que tenía se habían perdido.
Pero era posible que no se hubieran perdido. De ser así, ¿quién los encontró y por qué se ha puesto en contacto conmigo después de tantos años?, pensaba Jean angustiada.
Lily... ese era el nombre que había dado a la niña que llevó en su vientre durante nueve meses y que tuvo a su lado durante solo cuatro horas. Tres semanas antes de que Reed se graduara en West Point y ella en Stonecroft, se dio cuenta de que estaba embarazada. Los dos estaban asustados, pero estuvieron de acuerdo en que lo mejor era casarse en cuanto se graduaran.
«Mis padres estarán encantados contigo, Jeannie», había insistido Reed. Sin embargo, ella sabía que le preocupaba la reacción que pudieran tener. Reed le confesó que su padre no quería que se comprometiera en serio con nadie al menos hasta los veinticinco. Nunca llegó a hablarles de ella. Una semana antes de la graduación, murió en el campus de West Point, atropellado por un tipo que iba a toda velocidad por la estrecha calle por donde él caminaba y que se dio a la fuga. En lugar de ver a Reed graduarse el quinto de su promoción, el general, ahora retirado, y la señora de Carroll Reed Thornton recogieron el diploma y la espada de su difunto hijo en una presentación especial durante la ceremonia de graduación.
Nunca supieron que tenían una nieta.
Si alguien había robado el expediente de adopción de Lily, ¿cómo había podido acercarse lo bastante a ella para coger su cepillo, con sus largas hebras de cabellos dorados?
La primera y terrible nota llegó acompañada del cepillo, y decía: «Comprueba el ADN... es de tu hija». Perpleja, Jean hizo analizar unas hebras del pelo que había conservado de su hija, junto con una muestra suya de ADN y los cabellos del cepillo en un laboratorio privado. El informe confirmó de forma inequívoca sus peores temores... los cabellos del cepillo pertenecían a su hija, que ahora tenía diecinueve años y medio.
¿Era posible que las personas que la adoptaron supieran quién era Jean y hubieran montado todo aquello para sacarle dinero?
Hubo mucha publicidad cuando su libro sobre Abigail Adams se convirtió en un best seller y se rodó la película.
Ojalá se trate solo de dinero, pensó Jean mientras se levantaba y echaba mano de la maleta; tenía que empezar a sacar sus cosas.
6
Carter Stewart arrojó su funda especial para trajes sobre la cama. Además de ropa interior y calcetines, llevaba un par de chaquetas de Armani y varios pares de pantalones. De forma impulsiva, decidió ir a la reunión de la primera noche con los vaqueros y el jersey que llevaba puestos.
En el colegio siempre fue un niño flacucho y desaseado, hijo de una madre flacucha y desaseada. Cuando la mujer se acordaba de meter la ropa en la lavadora, la mayoría de las veces no tenía detergente. Así que echaba lejía, con lo cual destrozaba toda la colada. Hasta que Carter empezó a esconder su ropa y lavársela él, iba a la escuela con prendas manchadas y de aspecto ridículo.
Si se presentaba ante sus antiguos compañeros de clase demasiado bien vestido, quizá suscitaría comentarios sobre su aspecto de antaño. Pero ¿qué verían ahora cuando lo miraran? No el renacuajo que fue durante casi todos sus años de estudiante, sino un hombre de altura media con un cuerpo disciplinado. A diferencia de otros que había visto de pasada en el vestíbulo, él no tenía canas ni entradas en su pelo castaño oscuro y bien cortado. En su tarjeta de identificación se le veía despeinado y con los ojos casi cerrados. Un columnista había aludido recientemente a sus «ojos marrón oscuro, que de pronto destellan con una especie de llamarada cuando está furioso».
Miró alrededor con impaciencia. Había trabajado en aquel hotel el verano de su primer año en Stonecroft. Seguramente había estado en aquel cuarto desangelado muchas veces, llevando las bandejas del servicio de habitaciones a hombres de negocios, a señoras que hacían turismo por el valle del Hudson o a padres que visitaban a sus hijos en West Point... o, pensó, a parejas que quedaban a escondidas de sus familias. A esos siempre los calaba. Cuando les subía el desayuno a la habitación, sonreía afectadamente y preguntaba: «¿Están de luna de miel los señores?». La cara de culpabilidad que ponían no tenía precio.
Odiaba aquel lugar entonces y lo odiaba ahora pero, ya que estaba allí, bajaría y empezaría a dar palmaditas en la espalda a unos y a otros, en el ritual del «encantado de volver a verte».
Después de asegurarse de que llevaba la tarjeta de plástico que hacía de llave de la habitación, salió al pasillo y fue hasta el ascensor.
La suite Hudson Valley donde se ofrecía el cóctel de bienvenida estaba en el entresuelo. Cuando salió del ascensor, oyó la música ambiente y las voces de la gente que trataba de hacerse oír por encima del ruido. Debía de haber unas cuarenta o cincuenta personas reunidas. A la entrada había dos camareros que sostenían sendas bandejas con copas de vino. Stewart cogió un vaso de tinto y lo probó. Un merlot vomitivo. Tenía que haberlo imaginado.
En cuanto entró en la suite notó que alguien le tocaba en el hombro.
—Señor Stewart, soy Jake Perkins y vengo en representación de la Gaceta de Stonecroft. ¿Puedo hacerle unas preguntas?
Con expresión agria, Stewart se volvió y observó al jovencito pelirrojo y nervioso que estaba a solo unos centímetros de él. Lo primero que hay que aprender cuando quieres algo de otra persona es a no plantarte delante de sus narices, pensó irritado, y trató de retroceder unos pasos, hasta que chocó contra la pared.
—Recomiendo que salgamos fuera y busquemos un lugar tranquilo, a menos que sepas leer los labios, Jake.
—Me temo que no se me da muy bien, señor. Es una buena idea. Sígame.
Tras considerarlo durante una décima de segundo, Stewart decidió no dejar su vino. Se encogió de hombros, se dio la vuelta y siguió al estudiante por el pasillo.
—Señor Stewart, antes de empezar, quería decirle que me gustan mucho sus obras. Yo también quiero ser escritor. Quiero decir que... creo que soy escritor, pero me gustaría tener éxito, como usted.
¡Por favor!, pensó Stewart.
—Siempre que me entrevistan me dicen lo mismo. La mayoría, si no todos, no lo conseguiréis.
Stewart esperaba ver una expresión de ira o bochorno, como pasaba siempre que decía aquello. Pero se llevó una decepción, porque Jake Perkins, con su carita de niño, sonrió con alegría.
—Yo sí lo conseguiré —afirmó—. Estoy completamente seguro. Señor Stewart, he investigado a conciencia sobre usted y las otras personas a las que se va a homenajear. Todos tienen una cosa en común. Las tres mujeres ya eran triunfadoras cuando estudiaban aquí, pero ninguno de los cuatro hombres destacó en ningún sentido durante su paso por Stonecroft. En su caso, por ejemplo, no he podido encontrar ni una sola actividad que se mencione en el anuario, y sus notas eran mediocres. No escribía para el periódico de la escuela ni...
¡Qué descaro!, pensó Stewart.
—En mis tiempos el periódico del instituto era de aficionados incluso para lo que son los periódicos escolares —espetó—, y seguro que sigue siéndolo. Nunca he sido un buen deportista. Y mis escritos se limitaban a un diario personal.
—¿Ha inspirado ese diario alguna de sus obras?
—Puede.
—Son todas bastante oscuras.
—No me engaño con respecto a la vida, ni me engañaba cuando estudiaba aquí.
—Entonces ¿diría usted que los años que pasó en Stonecroft no fueron felices?
Carter Stewart bebió un traguito del merlot.
—No fueron felices —dijo con tono inexpresivo.
—Entonces ¿por qué ha venido a la reunión?
Stewart sonrió con frialdad.
—Para tener la oportunidad de que me entrevistes. Y ahora, si me disculpas, acabo de ver bajar del ascensor a Laura Wilcox, la reina del glamour de nuestra clase. A ver si me reconoce.
No hizo ningún caso del papel que Perkins trataba de entregarle.
—Si me permite un momento, tengo aquí una lista que creo le resultará muy interesante.
Perkins observó la espalda del delgado Carter Stewart, que andaba a grandes zancadas tratando de alcanzar a la rubia glamourosa que acababa de entrar en la suite Hudson Valley. Se ha mostrado desagradable conmigo, pe
