Índice
El espía
La hija del Artillero
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Ataúdes blindados
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
La flota
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Una parte de Dios
Capítulo 42
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Servicio a distancia
Biografía
Créditos
Para Amber
La hija del Artillero
1
17 de marzo de 1908
Washington
El astillero naval de Washington dormía como una antigua ciudad protegida por gruesas murallas y un río. Unos ancianos montaban guardia, andando con paso pesado entre detectores de tiempo eléctricos que registraban sus rondas por fábricas, almacenes, talleres y cuarteles. Fuera del perímetro se alzaba una montaña de casas oscurecidas de trabajadores coronada por la cúpula del Capitolio y el monumento a Washington, que relucían como hielo polar bajo la luna llena. Se oyó un silbido. Un tren se acercó echando humo y tocando la campana.
Los guardias de la Marina abrieron la verja de la compañía ferroviaria North.
Nadie vio a Yamamoto Kenta esconderse debajo del vagón-plataforma de Baltimore y Ohio que la locomotora empujó hasta el astillero. Las ruedas del vagón chirriaban bajo el cargamento de planchas blindadas de treinta y cinco centímetros de grosor procedentes de Bethlehem, Pennsylvania. Los guardafrenos desengancharon el vagón en un apartadero, y la locomotora retrocedió.
Yamamoto bajó con cuidado a las traviesas de madera y el balasto situado entre los raíles. Permaneció inmóvil hasta que tuvo la certeza de que estaba solo. A continuación siguió la vía hasta el grupo de edificios de ladrillo y hierro con tres plantas que albergaba la fábrica de artillería.
La luz de la luna entraba por las altas ventanas, y el fulgor color rubí de los hornos bien alimentados iluminaba una enorme caverna. Las grúas móviles se alzaban imponentes. El suelo estaba lleno de colosales cañones de acorazados de cincuenta toneladas como si un violento huracán hubiera arrasado un bosque de acero.
Yamamoto, un japonés de mediana edad con un lustroso cabello oscuro salpicado de canas y un aire seguro y solemne, se abrió paso resueltamente por los caminos reservados a los vigilantes. Prestó especial atención a los hondos pozos del suelo, los fosos bordeados de ladrillo en los que se montaban los cañones prensando carcasas de acero alrededor de tubos de quince metros. Tenía una vista de lince, agudizada por similares «visitas» clandestinas a Vickers y Krupp, las fábricas de cañones de la Marina británica y alemana, y la fábrica de artillería del zar de Rusia en San Petersburgo.
Una vieja cerradura de cilindro aseguraba la puerta del almacén del laboratorio que suministraba material a los ingenieros y científicos. Yamamoto la forzó y la abrió fácilmente. Dentro, se puso a buscar yodo por los armarios. Metió unos ciento setenta gramos de cristales de color negro azulado en un sobre. A continuación garabateó «Yodo cristalino, ciento setenta gramos» en una hoja de solicitud con las iniciales «AL» del legendario diseñador jefe de la fábrica de artillería, Arthur Langner.
En un ala apartada del extenso edificio, localizó la cámara de pruebas donde los expertos en blindaje simulaban ataques con torpedos para calibrar el impacto extraordinariamente amplificado de las explosiones bajo el agua. Rebuscó en el polvorín. Las potencias navales que participaban en la carrera armamentística internacional para construir modernos acorazados estaban experimentando febrilmente con torpedos armados con TNT, pero Yamamoto advirtió que los estadounidenses seguían probando fórmulas basadas en propulsores de algodón pólvora. Robó una bolsa de seda con cordita modificada.
Al abrir un armario del conserje para hurtar una botella de amoníaco, oyó que el vigilante se acercaba. Se escondió en el armario hasta que el viejo hubo pasado por delante arrastrando los pies y desapareció entre los cañones.
Yamamoto subió la escalera raudo y silencioso.
El estudio de Arthur Langner, que no estaba cerrado con llave, era el taller de un excéntrico cuyo genio abarcaba la guerra y el arte. Diseños de recámaras de rosca escalonada y visionarios bocetos de obuses cuyos demoledores efectos todavía se desconocían compartían espacio con un caballete de pintura, una biblioteca de novelas, un contrabajo y un piano de cola.
Yamamoto dejó la cordita, el yodo y el amoníaco sobre el piano y se pasó una hora examinando las mesas de dibujo. «Convertíos en los ojos de Japón —predicaba en la academia de espionaje de la Sociedad del Océano Negro en las pocas ocasiones que el deber le permitía volver a su hogar—. Aprovechad cada oportunidad para observar, tanto si vuestra misión consiste en engañar como en sabotear o asesinar.»
Lo que vio le asustó. Los cañones de treinta centímetros que había en el suelo de la fábrica podían disparar proyectiles a once kilómetros y perforar veinticinco centímetros del más moderno blindaje lateral con superficie endurecida. Pero allí arriba, en el estudio, donde se engendraban las nuevas ideas, los estadounidenses tenían bocetos preliminares de cañones de treinta y ocho centímetros e incluso un monstruo de cuarenta centímetros con una longitud de veintiún metros capaz de lanzar una tonelada de explosivos de gran potencia más allá de la curva de la Tierra. Nadie sabía aún cómo apuntar con ese tipo de arma cuando las distancias eran excesivas para estimar el alcance «avistando» las manchas de los errores de tiro. Sin embargo, la imaginación audaz que Yamamoto vio en acción le advirtió que era cuestión de tiempo que la «nueva Marina de guerra» de Estados Unidos desarrollara novedosas ideas de control de tiro.
Yamamoto metió un fajo de papel moneda en el escritorio del diseñador de cañones —cincuenta certificados de depósitos en oro de veinte dólares estadounidenses—, considerablemente más de lo que un trabajador cualificado del arsenal ganaba en un año.
La Marina de guerra de Estados Unidos era la tercera del mundo, por detrás de la de Inglaterra y la de Alemania. Su flota del Atlántico Norte (insolentemente rebautizada la «Gran Flota Blanca») estaba enseñando los colmillos en una arrogante travesía por todo el mundo. Pero Gran Bretaña, Alemania, Rusia y Francia no eran enemigos de Estados Unidos. La verdadera misión de la Gran Flota Blanca era amenazar el Imperio de Japón con el acero. Estados Unidos pretendía dominar el océano Pacífico de San Francisco a Tokio.
Japón no lo permitiría, pensó Yamamoto sonriendo orgullosamente.
Solo habían pasado tres años desde que la guerra ruso-japonesa había dado lugar a un nuevo dueño del Pacífico Oeste. La poderosa Rusia había tratado de intimidar a Japón. En ese momento el Imperio de Japón ocupaba Port Arthur. Y la flota rusa del Báltico yacía bajo cien metros de agua en el fondo del estrecho de Tsushima, gracias en gran medida a los espías japoneses que se habían infiltrado en la Marina rusa.
Al cerrar el cajón del dinero, Yamamoto tuvo la inquietante sensación de estar siendo observado. Miró al otro lado del escritorio y contempló la atrevida mirada de una hermosa mujer cuyo retrato estaba enmarcado en plata. Reconoció a la morena hija de Langner y admiró la fidelidad con la que el fotógrafo había captado sus irresistibles ojos. La joven había escrito en el retrato con letra fluida: «Para padre, el “artillero” con valor “acorazado”».
Yamamoto centró su atención en las estanterías de Langner. Volúmenes encuadernados de solicitudes de patentes competían por el espacio con novelas. Las instancias presentadas poco antes habían sido mecanografiadas. Yamamoto sacó un volumen tras otro, remontándose hasta el último año en que las solicitudes habían sido escritas a mano. Abrió uno sobre el escritorio del diseñador y acto seguido cogió una hoja de papel de un cajón lateral y una pluma Waterman con la plumilla dorada. Consultando repetidamente la muestra de escritura, escribió una carta breve e incoherente. La terminó con la palabra «Perdóname» y estampó la firma de Arthur Langner.
Metió el yodo y el amoníaco en el baño del diseñador. Con la culata de su pistola de bolsillo Nambu, machacó los cristales de yodo sobre el lavabo de mármol y recogió el polvo resultante en una taza para el afeitado. Limpió el arma con la toalla, que dejó una mancha morada en la tela. A continuación vertió amoníaco sobre el yodo en polvo y lo removió con el cepillo de dientes de Langner hasta que tuvo una pasta espesa de yoduro de nitrógeno.
Levantó la tapa del piano de cola, introdujo la mano en la parte estrecha más apartada del teclado y untó la pasta en las prietas cuerdas. Cuando se secara, la mezcla explosiva se volvería inestable y extremadamente sensible a los impactos. Una suave vibración desencadenaría un sonoro estallido y un fogonazo. La explosión produciría pocos daños más allá del piano, pero, como detonador, sería letal.
Colocó la bolsa de seda sobre el armazón de hierro fundido e inmediatamente encima de las cuerdas. El saquito contenía suficiente cordita modificada para impulsar un proyectil de treinta centímetros a tres kilómetros de distancia.
Yamamoto Kenta salió de la fábrica de artillería por donde había entrado; todavía le picaban los ojos debido al amoníaco. De repente todo se torció. La verja de la compañía ferroviaria North estaba bloqueada por un arranque inesperado de actividad nocturna. Las locomotoras de maniobras metían y sacaban vagones descubiertos de los que se ocupaba una multitud de guardafrenos. Retrocedió y se internó en el arsenal, dejó atrás la central eléctrica y recorrió un laberinto de caminos, edificios y patios de almacenamiento. Orientándose por las chimeneas de la central eléctrica y por un par de torres de antenas de radio experimentales que se recortaban contra el cielo iluminado por la luna, cruzó un parque y unos jardines bordeados por bonitas casas de ladrillo en las que dormían las familias del comandante y los oficiales del astillero.
Allí el suelo se elevaba. Hacia el noroeste vislumbró el Capitolio asomándose por encima de la ciudad. Lo consideraba un símbolo más del temible poder de Estados Unidos. ¿Qué otro país podría haber levantado la cúpula de hierro fundido más grande del mundo al mismo tiempo que libraba la cruenta guerra de Secesión? Casi había llegado a una verja lateral cuando un centinela lo sorprendió en un estrecho sendero.
Yamamoto dispuso del tiempo justo para retroceder y esconderse en un seto vivo.
Su captura sería una deshonra para Japón. Aparentemente, se encontraba en Washington para ayudar a catalogar la reciente contribución de la Colección de Arte Asiático Freer a la Smithsonian Institution. Esa fachada le permitía mezclarse con el cuerpo diplomático y poderosos políticos, cuyas esposas se consideraban artistas y escuchaban sin perder detalle todo lo que él decía sobre arte japonés. Los auténticos expertos del Smithsonian ya habían pillado varias mentiras en dos ocasiones. Él había achacado las lagunas de sus conocimientos apresuradamente adquiridos a su escaso dominio del inglés. De momento los expertos habían aceptado la excusa, pero no habría ninguna explicación plausible que justificara la presencia de un conservador japonés de arte asiático merodeando por el astillero naval de Washington de noche.
El vigilante avanzó por el sendero, las botas crujieron en la grava. Yamamoto retrocedió y se internó más en su escondite, sacando su pistola como último recurso. Un disparo despertaría a los guardias de la Marina que dormían en el cuartel situado junto a la verja principal. Retrocedió un poco más, buscando a tientas una abertura en las ramas que diera al otro lado.
El vigilante no tenía ningún motivo para mirar al seto, pero Yamamoto seguía impulsándose hacia atrás contra las ramas flexibles, y una se partió. El vigilante se detuvo. Miró entornando los ojos en dirección al sonido. En ese instante la luna bañó las caras de ambos.
El espía japonés lo vio claramente: un marinero jubilado, un «viejo lobo de mar», que aumentaba su exigua pensión con el sueldo de vigilante nocturno. Tenía la cara curtida, los ojos desvaídos por los años de exposición al sol tropical y la espalda encorvada. Se enderezó al ver la figura esbelta escondida en el seto. Súbitamente vigorizado, el jubilado dejó de ser un anciano que habría necesitado ayuda y retrocedió a su época de marinero patilargo y ancho de espaldas en la flor de la vida. Una voz sonora que antaño llegaba a la cofa del mástil preguntó:
—¿Qué demonios hace ahí?
Yamamoto salió arrastrándose por la parte de atrás del seto y echó a correr. El vigilante se metió entre los arbustos, se quedó enredado y se puso a gritar como un poseso. Yamamoto oyó unos disparos de respuesta a lo lejos. Cambió de dirección y corrió a lo largo de un alto muro. Habían aumentado la altura de este, como había descubierto cuando se preparaba para su «visita», porque los saqueadores habían invadido el lugar cuando el río Potomac inundó el astillero. Era demasiado alto para escalarlo.
Unas botas pisaron la grava. Sonaron gritos de ancianos. Unas linternas eléctricas parpadearon. De repente vio la salvación, un árbol situado junto al muro. Clavó sus suelas de crepé y caucho en la corteza, trepó por el tronco hasta la rama inferior, subió otras dos y brincó al muro. Oyó disparos detrás de él. La calle estaba vacía. Saltó y amortiguó la brusca caída flexionando las rodillas.
En Buzzard Point, cerca del principio de la calle Uno, Yamamoto subió a bordo de una lancha motora de cincuenta metros impulsada por un silencioso Pierce de dos caballos. El piloto se internó en la corriente y enfiló el río Potomac. Un velo de bruma superficial envolvió finalmente la lancha, y Yamamoto dejó escapar un suspiro de alivio.
Guareciéndose del frío en el compartimento de debajo de la proa, reflexionó sobre lo cerca que había estado de que lo atraparan y concluyó que en su misión no había sufrido ningún daño. El sendero del jardín donde el vigilante nocturno había estado a punto de pillarlo se encontraba como mínimo a ochocientos metros de la fábrica de artillería. No importaba que el viejo le hubiera visto la cara. Los estadounidenses menospreciaban a los asiáticos. Pocos podían distinguir los rasgos japoneses de los chinos. Como los inmigrantes de China eran mucho más numerosos que los de Japón, el vigilante informaría de que había habido una intrusión de un despreciable chino: un adicto al opio, pensó con una sonrisa de alivio. O, se rió entre dientes, un vil tratante de blancas obsesionado con las hijas del comandante.
Ocho kilómetros río abajo, desembarcó en Alexandria, Virginia.
Esperó a que la lancha se apartara del muelle de madera. Entonces echó a correr por el puerto y entró en un oscuro almacén atestado de material naval obsoleto y cubierto de una espesa capa de polvo y telarañas.
Un hombre más joven al que Yamamoto había apodado despectivamente el Espía lo estaba esperando en el cuarto interior tenuemente iluminado que hacía las veces de oficina. Era veinte años más joven que Yamamoto y de un aspecto corriente hasta el punto de resultar anodino. Su oficina lucía la parafernalia anticuada de guerras anteriores: un cañón de avancarga de hierro fundido Dahlgren correspondiente a la época de la guerra de Secesión, que estaba hundiendo el suelo; y un viejo reflector de arco de carbón de sesenta centímetros de diámetro perteneciente a un acorazado, apoyado detrás de la mesa. Yamamoto vio su cara reflejada en el polvoriento ojo del reflector.
—Muchas cosas parecen gastadas —dijo en conclusión.
—No me sorprende.
Víctima del exceso de trabajo y de la escasa financiación, la fábrica de artillería había producido de todo, de montacargas de municiones a tubos lanzatorpedos para enviar la Gran Flota Blanca a la mar. Cuando los buques de guerra zarparon, la fábrica expidió por vía férrea cargamentos de repuestos, miras, mecanismos de percusión, obturadores y soportes para cañones a San Francisco. Al cabo de otro mes, la flota se recuperaría de su viaje de veintidós mil kilómetros alrededor del cabo de Hornos en Sudamérica y repararía sus embarcaciones en el astillero naval de Mare Island para cruzar el Pacífico.
—Yo no los subestimaría —replicó Yamamoto con pesimismo—. Las máquinas gastadas se pueden sustituir.
—Si tienen las agallas.
—Por lo que he visto, las tienen. Y también imaginación. Solo están tomándose un respiro.
El hombre sentado detrás de la mesa notó que Yamamoto Kenta estaba poseído —o quizá trastornado— por el miedo a la Marina de guerra de Estados Unidos. Ya había oído antes aquel discurso y sabía cómo cambiar de tema prodigando elogios al japonés.
—Nunca he dudado de su aguda capacidad de observación, pero me asombra la amplitud de sus conocimientos: química, ingeniería, falsificación. Ha impedido de un solo golpe el desarrollo de la artillería estadounidense y ha transmitido al Congreso que la Marina está corrupta.
Observó cómo Yamamoto se ufanaba. Hasta el agente más competente tenía su talón de Aquiles. El de Yamamoto era una vanidad capaz de cegarlo.
—Hace mucho tiempo que me dedico a esto —convino Yamamoto con falsa modestia.
En realidad, pensó el hombre sentado tras la mesa, la preparación del detonador de yoduro de nitrógeno era una sencilla fórmula presente en la Enciclopedia juvenil de juegos y deportes. Lo que no restaba mérito a las otras aptitudes de Yamamoto, ni a sus vastos y profundos conocimientos sobre guerra naval.
Después de ablandarlo, se preparó para poner al japonés a prueba.
—La semana pasada, a bordo del Lusitania —dijo—, me tropecé con un agregado británico. Ya conoce a esa calaña. Se considera un «espía caballeroso». —Tenía un talento asombroso para los acentos, e imitó a la perfección un acento aristocrático inglés—. «Los japoneses —proclamó ese inglés delante de todos los presentes en la sala de fumadores— muestran una aptitud natural para el espionaje y una astucia y autocontrol que no se hallan en Occidente.»
Yamamoto se echó a reír.
—Parecen las palabras del comandante Abbington-Westlake, del Departamento de Inteligencia Naval, División de Exterior, quien fue visto el verano pasado pintando una acuarela del estrecho de Long Island en la que casualmente aparecía el último submarino de clase Viper estadounidense. ¿Cree que ese charlatán lo decía como un cumplido?
—La armada francesa en la que se infiltró con éxito el mes pasado no llamaría precisamente «charlatán» a Abbington-Westlake. ¿Se ha quedado el dinero?
—¿Perdón?
—El dinero que tenía que meter en el escritorio de Arthur Langner. ¿Se lo ha quedado?
El japonés se puso rígido.
—Por supuesto que no. Lo metí en su escritorio.
—Los enemigos de la Marina en el Congreso deben creer que su diseñador principal, su llamado Artillero, ha incurrido en un delito de soborno. Ese dinero es vital para que nuestro mensaje al Congreso les haga preguntarse qué otras cosas hay podridas en la Marina. ¿Se ha quedado el dinero?
—No debería sorprenderme que haga una pregunta tan degradante a un socio leal. Se cree el ladrón que todos son de su condición.
—¿Se ha quedado el dinero? —repitió el espía.
Su costumbre física de mantener una quietud absoluta ocultaba la fuerza de su cuerpo.
—Por última vez, no me he quedado el dinero. ¿Se quedaría más tranquilo si lo jurara por la memoria de mi viejo amigo, su padre?
—¡Hágalo!
Yamamoto lo miró fijamente a los ojos con un odio manifiesto.
—Lo juro por la memoria de mi viejo amigo, su padre.
—Le creo.
—Su padre era un patriota —contestó Yamamoto con frialdad—. Usted es un mercenario.
—Está usted en mi nómina —respondió el espía todavía más fríamente—. Y cuando comunique a su gobierno la valiosa información que ha recabado en la fábrica de artillería del astillero naval de Washington, trabajando para mí, su gobierno le pagará otra vez.
—No espío por dinero. Espío para el Imperio de Japón.
—Y para mí.
—Buena mañana de domingo a todos los que prefieren la música sin sermón —dijo Arthur Langner a modo de saludo a sus amigos de la fábrica de artillería.
Vestido con un traje holgado arrugado, con su tupida melena despeinada y unos brillantes ojos inquisitivos, el diseñador principal del Departamento de Artillería Naval sonreía como un hombre al que todo le despertaba interés y al que le gustaban especialmente las cosas raras. El Artillero era vegetariano, agnóstico declarado y partidario de las teorías del inconsciente propuestas por el neurólogo vienés Sigmund Freud.
Tenía las patentes de un invento que llamaba la «máquina limpiadora de vacío eléctrica», en cuya creación había aunado su fértil imaginación y la sincera creencia en que la ingeniería doméstica con base científica podía liberar a las mujeres del aislamiento de las tareas de la casa. También creía que las mujeres debían tener derecho a votar, a trabajar fuera de casa e incluso a ejercer el control de la natalidad. Algunos rumoreaban burlonamente que su hermosa hija, quien alternaba con personas disolutas en Washington y Nueva York, sería una de las principales beneficiadas.
—Es un radical —se quejaba el comandante del astillero.
Pero el jefe de artillería naval, que había visto en el Campo de Pruebas del Atlántico en Sandy Hook el último cañón de calibre 50 con treinta centímetros diseñado por Langner, contestó:
—Gracias a Dios que trabaja para nosotros y no para el enemigo.
Sus músicos de cámara del domingo por la mañana, una mezcla variopinta de empleados de la fábrica de artillería, se rieron agradecidos cuando Langner dijo en broma:
—Para que los puritanos que estén escuchando tengan la tranquilidad de que no somos del todo paganos, empecemos por «Amazing Grace». En sol.
Se sentó a su piano de cola.
—¿Nos puede dar primero un la, señor? —preguntó el violonchelista, un experto en cabezas explosivas perforantes.
Langner tocó suavemente la para que la sección de cuerda pudiera afinar sus instrumentos. Puso los ojos en blanco fingiendo impaciencia mientras ellos ajustaban las cuerdas con las clavijas.
—¿Están tocando una de esas nuevas escalas atonales, caballeros?
—Otro la, si es tan amable, Arthur. ¿Un poco más alto?
Langner tocó la nota más fuerte, una y otra vez. Por fin la sección de cuerda quedó satisfecha.
El violonchelista empezó a tocar las notas iniciales de «Amazing Grace».
En el décimo compás, los violines —un especialista en la propulsión de torpedos y un corpulento técnico de vapor— abordaron la parte que dice «estaba perdido». Tocaron hasta el final y empezaron a repetir la pieza.
Langner levantó sus grandes manos sobre las teclas, pisó el pedal central y tocó el fragmento correspondiente a «un desgraciado como yo» en un ascendente acorde de sol.
Dentro del piano, la pasta de yoduro de nitrógeno de Yamamoto se había endurecido hasta convertirse en una costra seca y volátil. Cuando Langner pulsó las teclas, notó que los martillos descendían sobre las cuerdas de sol, si y re, y las hacían vibrar. A lo largo de la escala, seis octavas más de cuerdas de sol, si y re vibraron simpáticamente y sacudieron el yoduro de nitrógeno.
La pasta estalló con un brusco chasquido que levantó una nube morada e hizo detonar el saco de cordita. La cordita voló el piano en mil astillas de madera, alambre y marfil que acribillaron la cabeza y el pecho de Arthur Langner y lo mataron en el acto.
2
En 1908 la agencia de detectives Van Dorn se hallaba presente en todas las principales ciudades estadounidenses, y sus oficinas reflejaban el carácter de cada localidad. La sede de Chicago estaba en una suite del palaciego hotel Palmer House. En el polvoriento Ogden, Utah, donde confluyen varias líneas de ferrocarril, contaba con una habitación de alquiler decorada con carteles de SE BUSCA. Las oficinas de Nueva York se encontraban en el suntuoso hotel Knickerbocker, en la calle Cuarenta y dos. Y en Washington, con su preciada cercanía al Departamento de Justicia —una de las fuentes principales de casos—, los detectives de Van Dorn trabajaban en el segundo piso del mejor hotel de la capital, el nuevo Willard de Pennsylvania Avenue, a dos manzanas de la Casa Blanca.
El propio Joseph van Dorn tenía un despacho allí, un estudio con paneles de nogal equipado con artilugios modernos para controlar la organización transcontinental que dirigía. Además del telégrafo privado de la agencia, tenía tres teléfonos de pie capaces de realizar conexiones a larga distancia al oeste hasta Chicago, un dictáfono DeVeau, una cinta de cotizaciones de Bolsa y un teléfono intercomunicador eléctrico Kellogg. Una mirilla le permitía evaluar a los clientes y confidentes en la sala de espera. En las esquinas había ventanas que daban a la entrada principal y a la entrada lateral del Willard.
Desde esas ventanas, una semana después de la trágica muerte de Arthur Langner en la fábrica de artillería naval, Van Dorn observó con aprensión cómo dos mujeres se bajaban de un tranvía, cruzaban a toda prisa la concurrida acera y desaparecían en el interior del hotel.
El teléfono intercomunicador sonó.
—La señorita Langner está aquí —lo informó el detective interno del hotel Willard, un empleado de Van Dorn.
—Ya veo.
No tenía muchas ganas de recibir esa visita.
El fundador de la agencia de detectives Van Dorn era un hombre calvo y corpulento de cuarenta y tantos años. Tenía una robusta nariz romana, enmarcada por unas patillas pelirrojas erizadas, y la actitud afable de un abogado o un hombre de negocios que había hecho fortuna pronto y disfrutaba de ella. Sus ojos de párpados caídos ocultaban una inteligencia feroz; las penitenciarías del país albergaban a muchos criminales que se habían dejado engañar y le habían permitido acercarse lo bastante para esposarlos.
Abajo, las dos mujeres captaron la atención de los hombres presentes cuando atravesaron el vestíbulo de dorados y mármol del hotel Willard. La más joven, una chica menuda de dieciocho o diecinueve años, era una pelirroja vestida a la moda con un brillo vivaz en los ojos. Su compañera era una alta belleza de cabello negro, sombría con la ropa de luto que vestía, el sombrero adornado con plumas de golondrina y la cara parcialmente oculta por un velo. La pelirroja la llevaba cogida del brazo como para infundirle ánimo.
Sin embargo, una vez que hubieron cruzado el vestíbulo, Dorothy Langner tomó las riendas, apremiando a su compañera a que se sentara en un sillón afelpado al pie de la escalera.
—¿Estás segura de que no quieres que te acompañe?
—No, gracias, Katherine. Estaré bien.
Dorothy Lagner se recogió su larga falda y subió majestuosamente la escalera.
Katherine Dee estiró el cuello para observar cómo Dorothy se detenía en el rellano, se retiraba el velo y pegaba la frente a una fresca columna de mármol pulida. Luego se irguió, recobró la compostura y recorrió el pasillo con paso resuelto hasta que Katherine la perdió de vista y entró en la agencia de detectives Van Dorn.
Joseph van Dorn echó un vistazo por la mirilla. El recepcionista era un hombre formal —no habría estado en la recepción de una agencia de Van Dorn de no haberlo sido—, pero pareció quedarse atónito cuando aquella belleza le entregó su tarjeta, y Van Dorn advirtió con desagrado que una banda de maleantes podría haber entrado y salido con los muebles de la oficina sin que el tipo se diera cuenta.
—Soy Dorothy Langner —dijo con una voz sonora y musical—. Tengo una cita con el señor Joseph van Dorn.
Van Dorn salió a toda prisa a la sala de espera y la recibió solícitamente.
—Señorita Langner —dijo, suavizando con su ligerísimo acento irlandés el tono más duro de Chicago—. Le doy mi más sentido pésame.
—Gracias, señor Van Dorn. Le agradezco que me reciba.
Van Dorn la acompañó a su sanctasanctórum.
Dorothy Langner declinó el té y el agua que él le ofreció y fue directa al grano.
—La Marina ha hecho circular el rumor de que mi padre se suicidó. Quiero contratar a su agencia de detectives para limpiar su reputación.
Van Dorn se había preparado todo lo posible para esa difícil entrevista. Había motivos de sobra para dudar de la cordura de su padre, pero su futura esposa había conocido a Dorothy en el Smith College, de modo que estaba obligado a escuchar a la pobre mujer.
—Estoy a su servicio, por supuesto, pero…
—La Marina dice que él provocó la explosión que lo mató, pero se niegan a decirme cómo lo saben.
—Yo no le daría demasiada importancia —dijo Van Dorn—. La Marina suele ser hermética. Lo que me sorprende es que por lo general acostumbran a proteger lo que es suyo.
—Mi padre fundó intencionadamente la fábrica de artillería para que tuviera más carácter civil que naval —contestó Dorothy Langner—. Es una empresa seria.
—Y sin embargo —aventuró Van Dorn con cautela—, por lo que tengo entendido, las fábricas civiles han asumido últimamente muchas de sus funciones.
—¡Por supuesto que no! Los cañones de diez y quince centímetros, tal vez, pero no los de los acorazados.
—Me pregunto si ese cambio preocupaba a su padre.
—Mi padre estaba acostumbrado a esos cambios —respondió ella con sequedad, y acto seguido sonrió débilmente—. Él diría: «Mis adversidades son resultado de los tira y afloja del Congreso y los intereses locales». Tenía un gran sentido del humor, señor Van Dorn. Sabía reírse de la vida. Los hombres como él no se suicidan.
—Por supuesto —dijo Van Dorn seriamente.
El teléfono intercomunicador Kellogg volvió a sonar.
Salvado por la campana, pensó Van Dorn para sus adentros. Se dirigió a la pared donde estaba clavado el aparato, levantó el auricular y escuchó.
—Hazle pasar.
A continuación se dirigió a Dorothy Langner:
—Le he pedido a Isaac Bell, mi mejor detective, que deje el caso del robo de un importante banco para estudiar las circunstancias de la muerte de su padre. Está listo para informar.
La puerta se abrió. Un hombre con un traje blanco entró con una economía de movimientos inesperada en alguien tan alto. Pasaba de largo del metro ochenta, era delgado —no pesaba más de ochenta kilos— y aparentaba unos treinta años. El grueso bigote que cubría su labio superior era dorado, así como su abundante cabello pulcramente cortado. Su rostro poseía el aspecto robusto de un hombre amante de la naturaleza y habituado al sol y el viento.
Sus grandes manos colgaban inmóviles a los costados. Tenía unos dedos largos y muy cuidados, pero un observador más atento que la afligida Dorothy Langner habría reparado en que los nudillos de su mano derecha estaban enrojecidos e hinchados.
—Señorita Langner, le presento al investigador jefe Isaac Bell.
Isaac Bell evaluó a la hermosa joven lanzándole una mirada rápida y penetrante. Veintitantos, calculó. Inteligente y serena. Desolada por la pena pero extraordinariamente atractiva.
Ella se volvió hacia él en actitud suplicante.
Los perspicaces ojos azules de Bell se suavizaron en un instante. Ahora estaban teñidos de violeta, y su mirada inquisitiva empañada por la ternura. Se quitó el sombrero de ala ancha en deferencia a ella.
—Lamento mucho su pérdida, señorita Langner —dijo mientras se limpiaba una gota de sangre de la mano con un inmaculado pañuelo blanco en un movimiento tan elegante que resultó inapreciable.
—Señor Bell —continuó ella—, ¿qué ha descubierto que pueda limpiar la reputación de mi padre?
Bell contestó con una voz grave embargada de compasión. Se mostró amable pero directo.
—Discúlpeme, pero debo informarle de que su padre firmó al retirar una cantidad de yoduro del almacén del laboratorio.
—Era un ingeniero —protestó ella—. Era un científico. Firmaba recibos de productos químicos del laboratorio todos los días.
—El polvo de yoduro es uno de los ingredientes esenciales del explosivo que hizo detonar la pólvora sin humo de su piano. El otro es el amoníaco. El portero se fijó en que faltaba una botella del armario de la limpieza.
—Cualquiera podría haberla cogido.
—Sí, desde luego. Pero hay indicios de que mezcló los productos químicos en su cuarto de baño privado. Manchas en una toalla, un polvo volátil en su cepillo de dientes, residuos en la taza que usaba para el afeitado.
—¿Cómo sabe todo eso? —preguntó ella, parpadeando para contener las lágrimas—. La Marina no me deja acercarme a su despacho. Han rechazado a mi abogado. Incluso han prohibido a la policía entrar en la fábrica de artillería.
—He conseguido entrar —dijo Bell.
Un secretario vestido con chaleco, pajarita, mangas de camisa con puños y un Colt de doble acción enfundado en una pistolera de hombro entró con urgencia.
—Le ruego que me disculpe, señor Van Dorn. El comandante del astillero naval de Washington está al teléfono, y está que echa chispas.
—Dile a la operadora que me pase la llamada a este teléfono. Discúlpeme, señorita Langner… Van Dorn al habla. Buenas tardes, comandante Dillon. ¿Qué tal está…? No me diga.
Van Dorn escuchó, dedicando a la señorita Langner una sonrisa tranquilizadora.
—… Perdone, señor, pero una descripción tan general podría coincidir con la mitad de los hombres altos de Washington… Incluso podría describir a un caballero que está ahora mismo en mi despacho, pero le aseguro que él no parece haberse liado a puñetazos con los marines… a menos que la casta del cuerpo sea inferior a la de los infantes de Marina de mi época.
Isaac Bell se metió la mano en el bolsillo.
Cuando Joseph van Dorn contestó a la persona que lo llamaba, lo hizo con una risita condescendiente, aunque si el comandante hubiera visto la frialdad de sus ojos se habría retirado a toda prisa.
—No, señor, no «entregaré» a uno de mis empleados porque sus centinelas afirmen haber pillado a un detective privado con las manos en la masa. Está claro que nadie ha «pillado» al hombre que está en mi despacho porque está delante de mí… Expresaré su queja al secretario de la Marina cuando comamos mañana en el club Cosmos. Por favor, dele recuerdos a la señora Dillon.
Van Dorn volvió a colgar el auricular en su gancho y dijo:
—Por lo visto, un caballero alto y rubio con bigote ha derribado a unos centinelas del astillero naval que intentaron detenerlo.
Bell enseñó una hilera de dientes blancos y regulares.
—Me imagino que se hubiera rendido sin armar alboroto si no hubieran intentado darle una paliza. —Se volvió hacia Dorothy Langner, luciendo una expresión más dulce—. Señorita Langner, hay algo que debo mostrarle.
Extrajo una copia fotográfica todavía húmeda debido al proceso de revelado. Era una fotografía ampliada de la nota de suicidio de Langner. La había tomado con una cámara de bolsillo plegable Kodak 3A que su prometida —una mujer que se dedicaba al cine— le había regalado. Bell tapó la mayor parte de la fotografía para ahorrar a la señorita Langner un arrebato de ira.
—¿Es esta la letra de su padre?
Ella vaciló, la miró más detenidamente entornando los ojos y acto seguido asintió con la cabeza de mala gana.
—Parece su letra.
Bell la observó atentamente.
—No parece segura.
—Es solo que parece un poco… ¡No sé! Sí, es su letra.
—Tengo entendido que su padre trabajaba bajo una gran presión para acelerar la producción. Algunos colegas que lo admiraban mucho reconocen que le estaban exigiendo mucho, tal vez más de lo que él podía soportar.
—¡Tonterías! —replicó ella—. Mi padre no fundía campanas de iglesia. Dirigía una fábrica de artillería. Él exigía velocidad. Y si hubiera sido demasiado para él, me lo habría dicho. Hemos sido uña y carne desde que mi madre murió.
—Pero la tragedia del suicidio —la interrumpió Van Dorn— es que la víctima no ve otra salida porque la vida le resulta insoportable. Es la muerte más solitaria.
—Él no se hubiera matado de esa forma.
—¿Por qué no? —preguntó Isaac Bell.
Dorothy Langner hizo una pausa antes de contestar, reparando muy a pesar de su dolor en que el alto detective era extraordinariamente atractivo, con un aire elegante atemperado por una fuerza ruda. Esa combinación era una cualidad que ella buscaba en los hombres pero casi nunca encontraba.
—Yo le compré ese piano para que pudiera volver a tocar. Para que se relajara. Me quería demasiado para usar mi regalo como el instrumento de su muerte.
Isaac Bell observó sus irresistibles ojos azules y plateados mientras ella defendía su postura.
—Mi padre era demasiado feliz en su trabajo para suicidarse. Empezó hace veinte años imitando cañones de diez centímetros británicos. Hoy su fábrica produce los mejores cañones de treinta centímetros del mundo. Imagínese aprender a fabricar cañones navales precisos a casi veinte mil metros. ¡Veinte mil metros, señor Bell!
Bell aguzó el oído tratando de detectar un cambio de tono que expresara duda. Buscó señales reveladoras de incertidumbre en su rostro mientras ella describía líricamente el trabajo del fallecido.
—Cuanto más grande es el cañón, más violenta es la fuerza que tiene que dominar. No hay margen para el error. Tienes que perforar el tubo recto como un rayo de luz. Su diámetro no puede variar ni una milésima de centímetro. El estriado requiere el arte de Miguel Ángel; el montaje de la cubierta de un proyectil, la precisión de un relojero. A mi padre le encantaban sus cañones; todos los grandes especialistas en acorazados aman su trabajo. A un mago de la propulsión a vapor como Alasdair MacDonald le encantan sus turbinas. A Ronnie Wheeler, en Newport, le fascinan sus torpedos. A Farley Kent, sus cascos cada vez más veloces. Para ellos es una alegría entregarse al trabajo, señor Bell. ¡Esos hombres no se suicidan!
Joseph van Dorn intervino otra vez.
—Puedo asegurarle que la investigación de Isaac Bell ha sido tan exhaustiva…
—Pero —lo interrumpió Bell— ¿y si la señorita Langner tiene razón?
Su jefe lo miró, sorprendido.
—Con el permiso del señor Van Dorn, seguiré investigando.
La preciosa cara de Dorothy Langner se llenó de esperanza. Se volvió hacia el fundador de la agencia de detectives. Van Dorn abrió las manos.
—Por supuesto. Isaac Bell se pondrá manos a la obra inmediatamente con todo el apoyo de la agencia.
La expresión de gratitud de ella parecía más un desafío.
—Es lo único que pido, señor Bell, señor Van Dorn. Una valoración bien fundamentada de todos los hechos. —Una repentina sonrisa iluminó su rostro como un rayo de sol, lo que permitió entrever el tipo de mujer alegre y despreocupada que había sido antes de que la tragedia se cebara en ella—. ¿No es lo mínimo que puedo esperar de una agencia de detectives cuyo lema es «Nunca nos rendimos. ¡Nunca!».
—Por lo visto, usted también nos ha investigado a nosotros.
Bell le devolvió la sonrisa.
Van Dorn la acompañó a la sala de espera y le dio de nuevo el pésame.
Isaac Bell se acercó a la ventana que daba a Pennsylvania Avenue. Observó cómo Dorothy Langner salía del hotel con una pelirroja esbelta a la que había visto antes en el vestíbulo. En compañía de cualquier otra persona, la pelirroja le habría parecido preciosa, pero al lado de la hija del artillero era simplemente guapa.
Van Dorn regresó.
—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión, Isaac? ¿Lo mucho que quería a su padre?
—No. Lo mucho que le gustaba el trabajo de su padre.
Observó cómo las jóvenes corrían hacia la parada mientras un tranvía se acercaba, cómo se recogían sus largas faldas y cómo subían al vehículo. Dorothy Langner no miró atrás. La pelirroja sí, lanzando una mirada apreciativa a las ventanas de Van Dorn como si supiera adónde mirar.
Van Dorn estaba observando la fotografía.
—En mi vida he visto una fotografía tan clara de una película. Es casi tan nítida como una placa de cristal.
—Marion me ha regalado una Kodak 3A. Me cabe perfectamente en el abrigo. Debería incluirla en el equipo básico de la agencia.
—No a setenta y cinco dólares la cámara —dijo el parsimonioso Van Dorn—. Se las pueden apañar con una Brownie por un pavo. ¿Qué te inquieta, Isaac? Tienes cara de preocupación.
—Sería conveniente que encargara al departamento de contabilidad que investigaran los asuntos financieros de su padre.
—¿Por qué?
—En su escritorio encontraron un fajo de billetes tan gordo como para atragantar a una vaca.
—¿Un soborno? —le espetó Van Dorn—. ¿Un soborno? No me extraña que la Marina lo esté llevando con tanto secretismo. Langner era un funcionario del Estado autorizado para elegir la fundición a la que compraba el acero. —Movió la cabeza con gesto de disgusto—. El Congreso no ha olvidado el clamor de hace tres años, cuando el consorcio de la industria del acero fijó el precio del blindaje. Bueno, eso explica por qué ella quería que se relajara.
—Parece que un hombre inteligente cometió una estupidez —reconoció Isaac Bell—, fue incapaz de enfrentarse a la idea de que lo atraparan y se suicidó.
—Me sorprende que hayas accedido a seguir investigando.
—Es una joven muy apasionada.
Van Dorn lo miró con curiosidad.
—Estás prometido, Isaac.
Isaac Bell miró a su jefe con una sonrisa candorosa. Para tratarse de un hombre con experiencia en los múltiples aspectos necesarios para ser un azote de criminales, Joe van Dorn era extraordinariamente remilgado en lo tocante a los asuntos del corazón.
—El hecho de que esté enamorado de Marion Morgan no me impide apreciar la belleza. Ni tampoco soy inmune a la pasión. Sin embargo, a lo que me refería es a que la despampanante señorita Langner tiene una fe enorme en su padre.
—La mayoría de las madres y todas las hijas manifiestan incredulidad cuando sus hijos o sus padres se ven envueltos en actos delictivos —contestó Van Dorn con aspereza.
—Ha visto algo en la muestra de su letra que le ha extrañado.
—¿Cómo has encontrado la nota de suicidio?
—En la Marina no tienen ni idea de cómo actuar, así que lo dejaron todo en su sitio menos el cadáver y cerraron la puerta con candado para que la policía no entrara.
—¿Cómo has entrado?
—Era una vieja Polhem.
Van Dorn asintió con la cabeza. Bell tenía un don para las cerraduras.
—Bueno, no me extraña que la Marina no tenga ni idea de cómo actuar. De hecho, me imagino que estarán paralizados de miedo. Puede que el presidente Roosevelt esté empeñado en construir cuarenta y ocho acorazados nuevos, pero en el Congreso hay muchos que están intrigando para pararles los pies.
—No me gusta dejar a John Scully en la estacada —dijo Bell—, pero ¿puede apartarme del caso de la banda de los Frye mientras investigo esto?
—Al detective Scully le gusta estar en la estacada —gruñó Van Dorn—. Ese hombre es demasiado independiente para mi gusto.
—Aun así, es un investigador clarividente.
Scully, un detective que no era conocido por informar regularmente, estaba siguiendo la pista a un trío de violentos ladrones de bancos en la frontera entre Ohio y Pennsylvania. Se habían hecho famosos dejando notas escritas con la sangre de sus víctimas: «Temed a la banda de los Frye». Habían robado su primer banco un año antes en New Jersey, después huyeron al este, robaron muchos más y luego habían permanecido escondidos durante el invierno. Ahora se dirigían al este desde Illinois, cometiendo una serie de sangrientos atracos en bancos de pequeñas ciudades. Tan innovadores como crueles, los ladrones usaban automóviles robados para cruzar las fronteras de los estados, dejando atrás a los sheriffs locales.
—Seguirás al frente del caso de la ba
