Chicago, 1899
Un borracho alto bailaba en los barrios bajos mientras entonaba una canción de Stephen Foster que hacía las delicias de la Liga Prohibicionista. La canción tenía una melodía triste, que recordaba el sonido de la gaita escocesa, y el tempo de un vals lento. En su voz, con el tono cálido de un barítono, resonaba un sentido pesar por las promesas no cumplidas.
¡Oh, compañeros! No me llenéis ningún vaso
para ahogar mi alma en llamas líquidas...
El hombre tenía el cabello rubio, y un perfil distinguido y recio. Su extrema juventud (no debía de pasar de los veinte años) hacía que su estado resultara todavía más lamentable. Parecía que hubiera dormido con la ropa puesta. Las prendas estaban llenas de paja y le quedaban cortas en los brazos y las piernas, como si se las hubieran dado en una iglesia o las hubiera robado de una cuerda para tender la colada. Tenía el cuello de lino torcido, a la camisa le faltaba un puño y no llevaba sombrero a pesar del frío. El único tesoro que le quedaba para vender a cambio de bebida eran unas botas de piel de becerro hechas a medida.
Se dio de bruces con una farola y perdió el hilo de la letra de la canción. Sin dejar de tararear la emotiva melodía ni de bailar, esquivó un carro de la morgue del cementerio de pobres que se había detenido junto a la acera. El cochero ató los caballos y cruzó las puertas de vaivén de la taberna más cercana de las muchas que derramaban luz amarilla sobre los adoquines.
El joven borracho se tambaleó contra el sombrío carro negro y se agarró con fuerza a él.
Escudriñó la taberna. ¿Sería bien recibido? ¿O lo habían echado ya de allí? Se palpó los bolsillos vacíos y se encogió de hombros con tristeza. Recorrió los escaparates con la mirada: casas de huéspedes de cinco centavos, burdeles, casas de empeños... Se miró las botas. A continuación alzó la vista al almacén de distribución de periódicos de la esquina, donde los carros de la imprenta estaban entregando los diarios de la mañana de Chicago.
¿Podía mendigar unos pocos peniques a cambio de descargar los periódicos atados en fardos? Se irguió y se dirigió al almacén bailando un vals lento.
Cuando era joven sentía la marea
de las aspiraciones inmaculadas.
Pero los años de madurez han mancillado el orgullo
que mis padres depositaron en su hijo.
Los vendedores de periódicos que hacían cola para comprar los diarios eran golfillos callejeros de no más de doce años. Se burlaron del borracho cuando se acercó, hasta que uno de ellos lo miró y se fijó en sus ojos, de un azul violáceo extrañamente claro.
—¡Dejadlo en paz! —dijo a sus amigos.
—Gracias, hijo —susurró el joven alto—. ¿Cómo te llamas?
—Wally Laughlin.
—Eres muy amable, Wally Laughlin. No acabes como yo.
—Te dije que te deshicieras del borracho —dijo Harry Frost.
Era un hombre muy corpulento, y tenía la mandíbula marcada y unos ojos de mirada cruel. Estaba sentado a horcajadas sobre una caja de madera de dinamita Vulcan en el interior del carruaje de la morgue. Dos ex boxeadores profesionales de su banda del West Side se hallaban en cuclillas a sus pies. Estaban observando el almacén de periódicos a través de unas mirillas abiertas en el lateral del vehículo, esperando a que el dueño regresara de cenar.
—Lo espanté, pero ha vuelto.
—Mételo en ese callejón. No quiero volver a verlo si no es con los pies por delante.
—Solo es un borracho, señor Frost.
—¿Ah, sí? ¿Y si el distribuidor de periódicos ha contratado detectives para que protejan su almacén?
—¿Está loco? Ese tipo no es un detective.
El puño de Harry Frost salió disparado y describió una trayectoria de cuarenta centímetros con la fuerza concentrada del martillo de un herrero. El hombre que recibió el golpe se llevó la mano al costado a causa del dolor y preso de la incredulidad. Estaba en cuclillas al lado de su jefe y un momento después se encontraba en el suelo, tratando de respirar mientras un hueso astillado le perforaba el pulmón.
—Me ha roto las costillas —dijo con voz entrecortada.
Frost tenía el rostro encendido de ira y respiraba aceleradamente.
—Yo no estoy loco.
—No sabe controlar su fuerza, señor Frost —protestó el otro boxeador—. Podría haberlo matado.
—Si hubiera querido matarlo, le habría dado más fuerte. ¡Deshazte de ese borracho!
El boxeador salió apresuradamente por la parte de atrás del carro, cerró la portezuela y se abrió paso a empujones entre los soñolientos vendedores de periódicos que hacían cola para comprar los diarios.
—¡Eh, tú! —gritó a la espalda del borracho, quien no lo oyó pero le hizo el favor de meterse en el callejón sin ayuda de nadie, y le evitó así la molestia de arrastrarlo a patadas y armando jaleo.
Se apresuró a ir tras él al tiempo que sacaba una porra flexible de su abrigo. Era un callejón con muros lisos a cada lado, tan angosto que apenas podría pasar una carretilla. El borracho se dirigía dando traspiés a una puerta situada al fondo, iluminada por un farol colgante.
—¡Eh, tú!
El borracho se dio la vuelta. Su cabello dorado brillaba a la luz del queroseno. Una tímida sonrisa asomó a su rostro atractivo.
—¿Nos conocemos, señor? —preguntó, como si de repente albergara la esperanza de conseguir un préstamo.
—Vamos a conocernos.
El boxeador blandió la porra con disimulo. Era un arma brutal, un saco de cuero lleno de perdigones. Los perdigones le proporcionaban flexibilidad para adaptarse al blanco, machacar carne y huesos, y dejar el perfil distinguido y recio del joven tan aplastado como un filete. Para sorpresa del boxeador, el borracho se movió con rapidez. Esquivó el arco que describió la porra y derribó al boxeador de un derechazo tan diestro como contundente.
La puerta se abrió de golpe.
—Buen trabajo, muchacho.
Dos maduros detectives privados de la agencia Van Dorn (Mack Fulton, de mirada gélida, y Walter Kisley, vestido con un traje a cuadros) agarraron por los brazos al hombre desplomado y lo metieron a rastras a través de la puerta.
—¿Está escondido Harry Frost en ese carro?
Pero el boxeador no podía contestar.
—Está fuera de combate —dijo Fulton, quien dio un bofetón al hombretón pero no obtuvo respuesta—. Isaac, no sabes controlar tu fuerza.
—Acabas de saltarte la primera lección que debe aprender todo investigador que interroga criminales —dijo Kisley.
—¿Y cuál es esa lección? —preguntó Fulton.
En la agencia de detectives Van Dorn los habían apodado Weber y Fields, como los cómicos de vodevil.
—Deja al sospechoso consciente —respondió Kisley.
—Para que pueda contestar a tus preguntas —dijeron a coro.
El aprendiz de detective Isaac Bell agachó la cabeza.
—Lo siento, señor Kisley. Señor Fulton. No quería darle tan fuerte —comentó Bell con formalidad, como buen discípulo.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más, muchacho. Por eso Van Dorn ha juntado a un universitario como tú con dos viejos ignorantes como nosotros.
—El jefe espera que, con nuestro ejemplo, hasta un chico rico de buena familia como tú se convierta en un detective brillante.
—Mientras tanto, ¿qué les parece si llamamos a ese carro y comprobamos si Harry Frost está dentro?
Kisley y Fulton desenfundaron unos pesados revólveres conforme recorrían el callejón.
—Quédate atrás, Isaac. No te conviene enfrentarte a Harry Frost sin un arma en la mano.
—Y como aprendiz, no puedes llevar ninguna.
—He traído una pistola de cañón corto —dijo Bell.
—Tienes iniciativa. Que no se entere el jefe.
—Quédate atrás de todas formas. Una pistola de cañón corto no detendrá a Harry Frost.
Doblaron la esquina y salieron a la calle. Un cuchillo brilló a la luz del farol y cortó las riendas con las que los caballos del carruaje estaban sujetos, y una figura corpulenta golpeó sus grupas con el látigo del cochero. Los animales se desbocaron y huyeron en desbandada, pasando por delante de los carros aparcados en fila enfrente del almacén. Los chicos que vendían periódicos esquivaron a toda prisa tanto los raudos cascos como las ruedas veloces. Justo cuando el carruaje fuera de control llegó al almacén, explotó emitiendo un rugido atronador y un brillante destello. La onda expansiva alcanzó a los detectives y los lanzó despedidos a través de las puertas de vaivén y de las ventanas de la taberna más cercana.
Isaac Bell se levantó y volvió a la calle como una exhalación. Del almacén de periódicos salían llamas. Los carros se habían volcado, y los caballos se tambaleaban sobre sus patas destrozadas. La calle estaba llena de cristales rotos y papeles en llamas. Bell buscó a los chicos que vendían periódicos. Había tres acurrucados en un portal, con la cara blanca de la impresión. Otros tres yacían sin vida en la acera. El primero junto al que se arrodilló era Wally Laughlin.
VEN, JOSEPHINE, EN MI MÁQUINA VOLADORA
Volemos, querida.
¿Adónde, muchacho? Al cielo, querida.
Oh, una máquina voladora.
Suba, señorita Josephine.
¡Barco a la vista! Qué sensación.
¿Adónde, chico? Al techo.
¡Albricias! Volemos alto.
Al cielo elevado.
Ven, Josephine, en mi máquina voladora.
¡Asciende! ¡Asciende!
Mantén el equilibrio como un pájaro en una rama.
¡Sube por los aires! ¡Sube!
Arriba, arriba, un poco más alto.
¡Caramba! La luna está ardiendo.
Ven, Josephine, en mi máquina voladora.
Sigue ascendiendo, no pares. ¡Adiós!
ALFRED BRYAN y FRED FISCHER
1
Montes Adirondack, 1909
Noroeste del estado de Nueva York
La señora Josephine Josephs Frost, una joven menuda de mejillas sonrosadas con la actitud insolente y descarada de un muchacho, las manos fuertes de una granjera y unos ojos vivarachos de color avellana, pilotaba su biplano de doble hélice trasera Celere a doscientos cincuenta metros por encima de las oscuras y boscosas colinas que rodeaban la finca que su marido tenía en los montes Adirondack. Volaba al descubierto en una silla baja de mimbre situada en la parte delantera, acurrucada para protegerse del viento frío. Iba vestida con un abrigo acolchado y unos pantalones de montar, un gorro de piel y una bufanda de lana, unos guantes, un casco de aviador y unas botas. El motor emitía una melodía regular detrás de ella, sincopada con el ritmo de ragtime de las cadenas de transmisión que hacían girar las hélices.
Su máquina voladora estaba compuesta por un armazón ligero de madera y bambú reforzado con alambre y cubierto de tela. Todo el aparato pesaba menos de cuatrocientos cincuenta kilos y era más fuerte de lo que parecía. Pero no lo era tanto como las violentas corrientes ascendentes que los acantilados y los barrancos hacían rebotar contra la atmósfera. Las repentinas corrientes de aire la volcarían si no se andaba con cuidado, y los agujeros del cielo la engullirían entera.
Una ráfaga de viento ascendió sigilosamente por detrás y le arrebató el aire que sostenía sus alas.
El biplano empezó a caer como un yunque.
Josephine sonrió de oreja a oreja.
Bajó el timón de profundidad. La máquina se inclinó hacia delante, lo que hizo que descendiera más rápidamente. Josephine notó que el aire volvía a estabilizar el biplano.
—¡Buena chica, Elsie!
Las máquinas voladoras se mantenían allí arriba empujando el aire hacia abajo. Josephine lo había descubierto la primera vez que había alzado el vuelo. El aire era resistente, y la velocidad hacía que lo fuera todavía más. Cuanto mejor era la máquina, más ganas tenía de volar. Elsie era la tercera que pilotaba, y sin duda no sería la última.
La gente decía que era valiente por volar, pero Josephine no se consideraba valiente. Simplemente se sentía de lo más a gusto en el aire, más a gusto que en tierra, donde las cosas no siempre salían como ella esperaba. Allí arriba siempre sabía qué hacer. Todavía mejor, sabía lo que pasaría cuando lo hiciera.
Sus ojos se fijaban en todo: miraba las montañas azules en el horizonte, ojeaba una y otra vez el barómetro aneroide que había colgado del ala superior para indicar la altitud, comprobaba el indicador de la presión del aceite del motor situado entre sus piernas y oteaba claros en el bosque lo bastante grandes para posarse en ellos si el motor se paraba de repente. Se había cosido un reloj colgante de mujer en una de las mangas de su abrigo acolchado para calcular cuánto combustible le quedaba. El portamapas y la brújula que normalmente llevaba sujeta a la rodilla los había dejado en casa. No obstante, había nacido en aquellos montes y sabía orientarse gracias a los lagos, las vías de ferrocarril y el río North.
Josephine vio el oscuro cañón delante de ella, tan profundo y escarpado que parecía que un gigante furioso hubiera partido la montaña con un hacha. El río destellaba al fondo. Entre los árboles divisó un prado dorado cerca del cañón; era el primer claro de proporciones considerables que había visto desde que había despegado.
Descubrió una pequeña mancha roja, como la cresta roja de un pájaro carpintero: el gorro de caza de Marco Celere, el inventor italiano que fabricaba sus máquinas voladoras.
Marco estaba encaramado en el acantilado, con un rifle al hombro, buscando osos con sus gemelos. Al otro lado del prado, en el límite del bosque, Josephine vio la silueta corpulenta de su marido.
Harry Frost levantó su rifle y apuntó a Marco con él.
Josephine oyó el disparo, más sonoro que el motor y el ruido de las cadenas de transmisión detrás de ella.
Harry Frost tenía la extraña sensación de que no le había dado al italiano.
Era un cazador veterano de animales grandes. Desde que se había jubilado, aquel hombre rico había disparado a alces y carneros en Montana, leones en Sudáfrica y elefantes en Rodesia. Frost habría jurado que el disparo le había salido alto. Aun así, allí estaba el amante moreno de su esposa, retorciéndose en el borde del acantilado, herido pero no muerto.
Introdujo un nuevo proyectil del calibre 45-70 en su Marlin de 1895 y lo apuntó con la mira. No soportaba ver a Marco Celere (cabello moreno grasiento y pegado con brillantina al cráneo, frente alta como un Julio César de vodevil, cejas pobladas, ojos oscuros y hundidos, bigote encerado y rizado en las puntas como el rabo de un cerdo) y estaba disfrutando enormemente apretando con suavidad el gatillo cuando de repente un ruido extraño retumbó en su cabeza. Sonaba como la trilladora que había en la granja del Manicomio para Criminales Dementes Matawan, donde sus enemigos lo habían encerrado por disparar a su chófer en el club de campo.
El manicomio había resultado peor que la mayoría de los monstruosos orfanatos que recordaba. Políticos poderosos y abogados carísimos se atribuyeron el mérito de soltarlo, pero era justo que lo pusieran en libertad. El chófer había estado cortejando a su primera esposa.
Por increíble que pareciera, la situación estaba repitiéndose con su nueva mujer. Lo veía escrito en sus caras cada vez que Josephine le pedía dinero para pagar los inventos de Marco. Ahora ella le rogaba que comprara la última máquina voladora del italiano a sus acreedores porque quería ganar la Carrera Aérea Atlántico-Pacífico y hacerse con la Copa Whiteway, valorada en cincuenta mil dólares.
¿A que sería estupendo? Ganar la competición aérea más importante del mundo haría famosos a su esposa aviadora y al amante inventor de esta. Preston Whiteway, el presuntuoso editor de periódicos de San Francisco de familia acomodada, los convertiría en estrellas y, de paso, vendería cincuenta millones de periódicos. El idiota del marido también sería famoso (un esposo viejo, gordo y rico, célebre por sus cuernos), el hazmerreír de todos aquellos que lo despreciaban.
A pesar de su fortuna, que hacía que fuera uno de los hombres más acaudalados de Estados Unidos, Harry Frost se había ganado cada puñetero dólar que tenía. Pero todavía no era viejo. Cuarenta y tantos años no eran tantos. Y el que dijera que tenía más grasa que músculo no lo había visto matar a un caballo de un puñetazo: un truco que lo había hecho famoso de joven y que últimamente había convertido en un ritual en cada cumpleaños que celebraba.
A diferencia de la traición de su primera mujer con el chófer, esa vez no lo pillarían. No iba a perder los estribos. En esa ocasión lo tenía todo planeado, hasta el último detalle. Saboreando la venganza, emprendiéndola como si fuera un negocio, había resucitado sus formidables dotes para la manipulación y el engaño, y había convencido al ingenuo Celere para que participara en una cacería de osos. Los osos no podían hablar. En el corazón de los bosques del norte del estado de Nueva York no habría testigos.
Convencido de que había disparado más alto de lo que pretendía, Frost apuntó bajo y volvió a disparar.
Josephine vio a Celere despeñarse por el acantilado debido al impacto de una bala.
—¡Marco!
El estruendo que retumbó en la cabeza de Harry Frost se hizo más intenso. Sin dejar de mirar por el cañón de su rifle el maravilloso espacio vacío que Marco Celere había ocupado, de repente se dio cuenta de que aquel ruido no era un recuerdo de la granja de Matawan, sino algo tan real como la detonación del cartucho de 405 granos de pólvora que acababa de hacer que el ladrón de esposas se despeñase por el barranco. Alzó la vista. Josephine volaba por encima de él en su puñetero biplano. Había visto cómo disparaba al inventor del artefacto.
A Frost le quedaban tres proyectiles en la recámara.
Levantó el rifle.
Pero no quería matarla. Ahora que Marco no era un estorbo, ella se quedaría con él. Sin embargo, Josephine lo había visto matar a Marco. Volverían a encerrarlo en el manicomio. Si lo metían por segunda vez en Matawan, no saldría nunca. No sería justo. El traidor no era él, sino ella.
Frost alzó el rifle hacia el cielo y disparó dos veces.
Calculó mal la velocidad del biplano de Josephine. Al menos un disparo pasó por detrás de ella. Solo le quedaba un cartucho, de modo que se concentró, calmó sus nervios y apuntó al aparato como si fuera un faisán.
¡Blanco!
Le había acertado, eso seguro. La máquina voladora se inclinó de lado y realizó un giro amplio y torpe. Frost esperó a que cayese. Pero el biplano siguió describiendo el giro en el aire, si bien bamboleándose en dirección al campo. Estaba demasiado alto para acertarle con una pistola; aun así, Frost sacó una de su cinturón y, tras apoyar el cañón en su fuerte antebrazo, disparó hasta que vació el cargador del arma. Con los ojos desorbitados a causa de la ira, sacó rápidamente de su manga otra arma, una pistola de cañón corto. Apuntó en dirección a ella y disparó en vano las dos balas que había en la recámara. Acto seguido echó mano de su cuchillo de caza; quería arrancarle el corazón cuando se estrellara contra los árboles.
El ruido se hizo más y más débil, y Harry Frost hubo de limitarse a observar con impotencia cómo la traidora de su esposa desaparecía más allá de la línea forestal y escapaba a su rabia justificada.
Por lo menos había conseguido que el amante de su mujer se despeñara por el barranco.
Cruzó pesadamente el prado con la esperanza de ver el cadáver de Celere aplastado sobre las rocas del río. Pero cuando había recorrido la mitad del camino hasta el borde del acantilado, se detuvo en seco, sorprendido por un pensamiento horrible. Tenía que huir antes de que volvieran a encerrarlo en el manicomio.
Josephine se esforzó por aterrizar la máquina sin sufrir ningún percance haciendo uso de toda su destreza.
Harry le había dado dos veces. Un proyectil había agujereado el depósito de combustible de diez litros situado tras ella. El segundo disparo había sido peor. Había bloqueado la conexión que unía la palanca de mando y el cable que hacía que las alas se inclinasen. Incapaz de moverlas para ladear la máquina y girar, dependía por completo del timón. Pero intentar girar sin ladearse era como pilotar un planeador antes de que los hermanos Wright inventaran el alabeo, que permitía el control del viraje; era terriblemente difícil y la causa probable de una caída en barrena.
Con los labios apretados, Josephine manejaba el timón como el escalpelo de un cirujano mientras recibía ráfagas controladas de viento. Su madre, una mujer nerviosa incapaz de hacer la tarea más simple, solía acusarla de tener «hielo en las venas». Pero, madre, ¿acaso no resulta útil ser una persona glacial, serena, a bordo de una máquina voladora averiada?, pensó. Poco a poco, volvió a poner el biplano en rumbo.
El viento soplaba desde atrás, y Josephine percibió un olor a combustible. Buscó su origen y descubrió que caían gotas del depósito. Efectivamente, el proyectil del arma de Harry lo había perforado.
¿Qué ocurriría primero?, se preguntó con serenidad Josephine. ¿Perdería todo el combustible y el motor se pararía antes de que pudiera posarse en el prado de Harry? ¿O las chispas que salían del motor y las cadenas prenderían? El fuego resultaba mortal en una máquina voladora. El barniz de nitrato que tensaba e impermeabilizaba la lona de algodón que cubría las alas era tan inflamable como la pólvora.
El campo que quedaba más cerca era aquel prado. Pero si se posaba en él, Harry la mataría. No tenía alternativa. Debía aterrizar la máquina allí, en el caso de que le quedara suficiente combustible para llegar.
—Vamos, Elsie. Llévanos a casa.
Poco a poco fue acercándose al bosque. Las corrientes ascendentes zarandeaban las alas y movían la aeronave. Incapaz de controlarlas para contrarrestar el efecto, trató de mantener la máquina en equilibrio usando los timones de altura y el timón de dirección.
Por fin divisó el lago que había junto al prado de Harry.
Justo cuando se aproximó lo suficiente para ver la residencia principal y los establos para las vacas lecheras, el motor escupió los últimos gases de combustible. Las hélices dejaron de girar. El biplano quedó en silencio, interrumpido únicamente por el viento que soplaba entre los tensores de los cables.
Tenía que planear hasta la hierba.
Pero las hélices, que habían estado impulsando el biplano, ofrecían resistencia al aire. Frenaban la máquina y reducían la velocidad. Josephine no tardaría en volar demasiado despacio para mantenerse en alto.
Alargó la mano detrás de ella y tiró del cable que abría la válvula de compresión del motor para que los pistones se movieran sin problema y permitieran que las hélices girasen. El cambio fue inmediato. El aeroplano parecía más ligero, como si fuera un planeador.
Ya podía ver el prado de las vacas lecheras. Entre estas y las vallas, el espacio para descender de forma segura era muy limitado. Estaba la casa, una imponente cabaña hecha con troncos de madera ornamentada profusamente y, detrás, la cuesta de hierba cortada de la que había despegado. Pero primero tenía que dejar atrás la casa, y estaba cayendo rápidamente. Se abrió paso entre las chimeneas altas, rozó el tejado y, acto seguido, movió el timón para retomar la dirección del viento, con mucho cuidado de no entrar en barrena.
A dos metros y medio por encima de la hierba, se percató de que se movía con demasiada rapidez. El aire se deslizaba entre las alas, y el suelo ejercía el efecto de impulsar la máquina hacia arriba. El biplano se negaba a dejar de volar. Frente a ella se alzaba un muro de árboles.
El combustible que había empapado la lona barnizada se incendió en una cortina de llamas anaranjadas.
Dejando tras de sí una estela de fuego, e incapaz de inclinar las alas para reducir la velocidad de la aeronave y tocar con sus ruedas el prado, Josephine alargó la mano hacia atrás y tiró del cable de compresión. Al cerrar la válvula, las hélices de dos metros y medio se bloquearon. Recibieron el aire como dos grandes puños, y las ruedas y los patines de la máquina golpearon con fuerza contra la hierba.
El biplano en llamas se deslizó unos cincuenta metros. Josephine notó el calor del fuego en la parte de atrás del casco y saltó. Cayó al suelo y se estiró cuanto pudo para dejar que la máquina pasara rodando. A continuación, se levantó de un brinco y corrió como alma que llevara el diablo mientras las llamas engullían la aeronave.
El mayordomo de Harry se acercó en dos zancadas. Lo seguían el jardinero, el cocinero y los guardaespaldas de Harry.
—¡Señora Frost! ¿Se encuentra bien?
Josephine miraba la columna de llamas y humo. La preciosa máquina de Marco ardía como una pira funeraria. Pobre Marco. La templanza que la había ayudado a superar la dura experiencia que había vivido estaba haciéndose añicos, y notó que le temblaban los labios. Parecía que el fuego estuviera bajo el agua. Se dio cuenta de que estaba tiritando y de que tenía los ojos anegados en lágrimas. No sabía si lloraba por Marco o por sí misma.
—¡Señora Frost! —repitió el mayordomo—. ¿Se encuentra bien?
Nunca había estado tan cerca de perder la vida en un aeroplano.
Trató de sacar el pañuelo de su manga. No podía si no se quitaba el guante. Cuando lo hizo, se vio la piel totalmente blanca, como si se hubiera quedado sin sangre. Todo había cambiado. Ahora sabía lo que se sentía cuando se tenía miedo.
—¿Señora Frost?
Todos la miraban fijamente, como si hubiera engañado a la muerte o fuera un fantasma.
—Estoy bien.
—¿Puedo ayudarla, señora Frost?
La cabeza le daba vueltas. Tenía que hacer algo. Se llevó el pañuelo a la cara. Mil hombres y mujeres habían aprendido a volar desde que Wilbur Wright había ganado la Copa Michelin en Francia, y hasta ese momento Josephine Josephs Frost no había dudado en ningún momento de que pudiera pilotar un aeroplano tan rápido y tan lejos como cualquiera de ellos. A partir de ese día, cada vez que subiera a una máquina voladora tendría que armarse de valor. Bueno, aun así era preferible a quedarse en tierra.
Se enjugó las lágrimas y se sonó la nariz.
—Sí —dijo—. Por favor, vaya a la ciudad y diga al agente de policía Hodge que el señor Frost ha disparado al señor Celere.
—¿Qué? —exclamó con voz entrecortada el mayordomo.
Josephine lo miró fijamente. ¿Por qué se sorprendía aquel hombre de que su violento marido hubiera matado a alguien... otra vez?
—¿Está totalmente segura, señora Frost?
—¿Que si estoy totalmente segura? —repitió ella—. Sí, lo he visto con mis propios ojos.
La expresión indecisa del mayordomo le recordó que era Harry quien pagaba su sueldo, quien lo pagaba todo, de hecho, y que la señora Frost era una mujer sola que no contaba con nadie más que consigo misma a partir de ese momento.
Los guardaespaldas no parecían sorprendidos. Sus caras largas decían: «¿Quién va a mantenernos ahora?». El mayordomo también estaba recobrándose de la sorpresa.
—¿Querrá algo más, señora Frost? —le preguntó, con un aire tan normal como si Josephine acabara de pedirle un vaso de té helado.
—Haga lo que le he mandado, por favor —dijo ella con voz ligeramente temblorosa mientras miraba el fuego—. Informe al policía de que mi marido ha matado al señor Celere.
—Sí, señora —contestó en un tono inexpresivo el mayordomo.
Josephine volvió la espalda al fuego. Sus ojos de color avellana acostumbraban cambiar a un tono verde o gris. No necesitaba mirarse en un espejo para saber que en ese momento reflejaban un miedo incoloro. Se encontraba sola y era vulnerable. Ahora que Marco Celere estaba muerto y su marido se había revelado como un asesino demente, no tenía a nadie a quien acudir. Entonces le vino a la mente Preston Whiteway.
Sí, él la protegería.
—Una cosa más —dijo al mayordomo cuando este empezaba a alejarse—. Envíe un telegrama al señor Preston Whiteway, en el San Francisco Inquirer. Dígale que la semana que viene le visitaré.
2
¡Albricias!
Isaac Bell, investigador jefe de la agencia de detectives Van Dorn, recorría con gran estruendo Market Street, en San Francisco, al volante de un coche de carreras Locomobile a gasolina rojo como un camión de bomberos, con la válvula de escape completamente abierta para conseguir la máxima potencia. Bell era un hombre alto de treinta años con un bigote poblado de un rubio tan claro y brillante como su cabello meticulosamente peinado. Llevaba un traje blanco inmaculado y un sombrero, también blanco, de ala ancha con la copa baja. Tenía el cuerpo delgado como un látigo.
Mientras conducía, sus botas, cuidadas y recién lustradas, rara vez tocaban el freno, un accesorio terriblemente ineficaz en un Locomobile. Sus manos de dedos largos se desplazaban con destreza de la palanca del acelerador a la de cambios. Sus ojos, que por lo general eran de un irresistible tono azul violáceo, se veían oscurecidos a causa de la concentración. Su expresión sensata y el aire de determinación de su mandíbula se hallaban suavizados por una sonrisa de pura satisfacción mientras conducía el automóvil a velocidad de vértigo, adelantando tranvías, camiones, carros de caballos, motocicletas y automóviles lentos.
En el asiento de cuero rojo del acompañante situado a la izquierda de Bell estaba sentado su jefe, Joseph van Dorn.
El corpulento fundador de la agencia de detectives que operaba en todo el país, con su característico bigote pelirrojo, era un hombre valiente a quien todos los criminales del continente temían. Sin embargo, palideció cuando Bell orientó la gran máquina hacia el reducido espacio que había entre un carro de carbón y un camión Buick lleno hasta los topes de latas de queroseno y nafta.
—Llegamos a tiempo —comentó Van Dorn—. Incluso un poco pronto.
Isaac Bell no pareció oírle.
Van Dorn vio con alivio el edificio de doce plantas al que iban. Era el San Francisco Inquirer, la sede del imperio periodístico del extravagante editor Preston Whiteway, que despuntaba entre las construcciones que lo rodeaban.
—¡Fíjate en eso! —gritó Van Dorn por encima del rugido del motor.
Una enorme pancarta publicitaria amarilla cubría la planta superior proclamando, en letras de un metro de altura, que los periódicos de Whiteway patrocinaban la carrera:

—Es un magnífico desafío —gritó Bell sin apartar la vista de la concurrida calle.
A Isaac Bell le fascinaban las máquinas voladoras. Había estado siguiendo con gran interés su rápido desarrollo con el objeto de comprarse una aeronave de última tecnología. Durante los últimos dos años, numerosas invenciones habían dado lugar a aeroplanos más rápidos y más resistentes: el Wright Flyer III, el June Bug, el Silver Dart construido con un armazón de bambú, los enormes Voisin y Antoinette de fabricación francesa impulsados con motores V-8 de embarcaciones de carreras, el pequeño Demoiselle de Santos Dumont, el Blériot que cruzó el canal de la Mancha, el resistente Curtiss de hélice trasera, la máquina del Cuerpo de Comunicaciones del Ejército, el Farman III y el monoplano Celere reforzado con cables.
Si alguien conseguía pilotar una máquina voladora que cruzara Estados Unidos de un extremo al otro —cosa que era mucho suponer—, la Copa Whiteway premiaría por igual el coraje y la destreza de los aviadores y el ingenio con el que los inventores aumentaban la potencia de sus motores y mejoraban sus sistemas de alabeo para que las aeronaves girasen con más agilidad y ascendieran más rápidamente. El ganador tendría que recorrer una media de ciento treinta kilómetros por jornada, casi dos horas en el aire, durante todos los días. Cada día perdido por culpa del viento, las tormentas, la niebla, los accidentes y las reparaciones aumentaría notablemente las horas de vuelo.
—Según los periódicos de Whiteway, la copa está hecha de oro puro —dijo Van Dorn riendo—. A lo mejor quiere que nos encarguemos de eso —bromeó—, por miedo a que un ladrón la robe.
—El año pasado sus periódicos aseguraban que Japón hundiría la Gran Flota Blanca —dijo Bell irónicamente—. Y al final volvieron a Hampton Roads sanos y salvos. ¡Allí está Whiteway!
Al volante de un Rolls-Royce amarillo, el editor se dirigía a la única plaza de aparcamiento que quedaba vacante delante de su edificio.
—Parece que Whiteway nada en la abundancia —dijo Van Dorn.
Bell pisó a fondo el acelerador. El gran Locomobile rojo adelantó al Rolls-Royce amarillo. Bell pisó el débil freno, redujo la marcha y metió bruscamente el automóvil con los neumáticos humeantes en la plaza de aparcamiento.
—¡Eh! —Whiteway agitó el puño—. Esa plaza es mía.
Era un hombre corpulento, una antigua figura del fútbol americano universitario entrada en carnes. El arrogante ladeo de su cabeza proclamaba a todos que todavía era guapo, que se merecía todo lo que quería y que era lo bastante fuerte para exigirlo.
Isaac Bell saltó de su automóvil y, sonriendo cordialmente, extendió su fuerte mano.
—Ah, es usted, Bell. ¡Esa plaza es mía!
—Hola, Preston, cuánto tiempo sin vernos. Cuando le dije a Marion que le visitaríamos, me pidió que le diera recuerdos.
El ceño fruncido de Whiteway desapareció al oír el nombre de la prometida de Isaac Bell, Marion Morgan, una mujer hermosa que se dedicaba al mundo del cine. Marion había trabajado para Whiteway dirigiendo su proyecto Picture World, que gozaba de un gran éxito exhibiendo noticiarios de actualidad en teatros de vodevil y cines.
—Diga a Marion que cuento con ella para que ruede unas películas estupendas de mi carrera aérea.
—Seguro que está deseando hacerlo. Le presento a Joseph van Dorn.
El magnate de los periódicos y el fundador de la primera agencia de detectives del país se escudriñaron el uno al otro mientras se estrechaban la mano. Van Dorn señaló al cielo.
—Estábamos admirando su pancarta. Debe de ser todo un acontecimiento.
—Por ese motivo les he llamado. Suban a mi despacho.
Un destacamento de porteros uniformados saludaron como si un almirante hubiera llegado en un barco acorazado. Whiteway chasqueó los dedos. Dos hombres corrieron a aparcar el Rolls-Royce amarillo.
Whiteway recibió más saludos en la entrada.
Un ascensor dorado los llevó a la planta superior, donde un grupo de redactores y secretarias estaban reunidos en el vestíbulo, lápices y cuadernos en ristre. Whiteway gritó unas órdenes y envió a varios a realizar misiones urgentes. Otros corrieron tras él garabateando rápidamente mientras Whiteway dictaba el final del editorial de la edición de la tarde que había empezado antes de salir a comer.
—El Inquirer critica el estado deplorable de la aviación estadounidense. Los europeos están haciéndose los dueños del cielo mientras nosotros nos venimos a menos, rezagados en el polvo de la innovación. Pero el Inquirer nunca se limita a criticar. ¡El Inquirer actúa! ¡Invitamos a todos los aviadores y aviadoras valientes a que porten nuestra bandera en el cielo en la Gran Carrera Aérea Atlántico-Pacífico Whiteway y recorran Estados Unidos por aire en cincuenta días! —dictó. Y enseguida ordenó—: ¡A la imprenta!
»Y ahora... —Sacó un recorte de periódico de su abrigo y leyó en voz alta—: “El audaz piloto inclinó el plano aerodinámico para saludar a los espectadores antes de que su timón horizontal y su hélice aérea elevaran a los cielos la máquina voladora más pesada que el aire”. ¿Quién escribió esto?
—Yo, señor.
—¡Estás despedido!
Unos matones del departamento de distribución acompañaron al infeliz a la escalera. Whiteway estrujó el recorte en su poderoso puño y miró con el ceño fruncido a sus aterrados trabajadores.
—El Inquirer se dirige al hombre de la calle, no a un hombre con conocimientos técnicos. Tomad nota de las siguientes palabras: en las páginas del Inquirer, las «máquinas voladoras» y los «aeroplanos» son «conducidos» o «manejados» o «gobernados» por «conductores», «hombres pájaro», «aviadores» y «aviadoras». No por «pilotos», que son los que atracan el Lusitania, ni por «aeronautas», que suena a griego. Vosotros y yo sabemos que el «plano aerodinámico» es un componente de las alas y que los «timones horizontales» son elevadores. El hombre de la calle quiere que las alas sean alas, que los timones giren y que los elevadores asciendan. Quiere que las hélices sean «propulsores». Es perfectamente consciente de que si las máquinas voladoras no son más pesadas que el aire, es que en tal caso son globos. ¡A trabajar!
El despacho de Whiteway hizo que a Bell le pareciera modesta la imponente «sala del trono» de Joseph van Dorn en Washington.
El editor se sentó detrás de su mesa y anunció:
—Caballeros, son ustedes los primeros en saber que he decidido apoyar a mi propio participante en la Gran Carrera Aérea Atlántico-Pacífico Whiteway.
Hizo una pausa dramática.
—El nombre de ella es... Sí, han oído bien, caballeros, he dicho ella. Su nombre es Josephine Josephs.
Isaac Bell y Joseph van Dorn intercambiaron una mirada que Whiteway malinterpretó como de asombro en lugar de responder a la confirmación de una conclusión previa.
—Ya sé lo que están pensando, caballeros: o bien soy un hombre valiente o soy un necio. ¡Ninguna de las dos cosas! No existe ningún motivo por el que una mujer no pueda ganar la competición aérea. Hace falta más arrojo que fuerza para gobernar una máquina voladora, y esa chica tiene suficiente arrojo para un regimiento.
—¿Se refiere a Josephine Josephs Frost? —preguntó Isaac Bell.
—Omitiremos el apellido de su marido —contestó con brusquedad Whiteway —. El motivo les sorprenderá profundamente.
—¿Josephine Josephs Frost? —insistió Van Dorn—. Se refiere a la joven cuyo marido disparó a su máquina voladora el pasado otoño en el noroeste del estado de Nueva York?
—¿Dónde se ha enterado de eso? —replicó Whiteway, indignado—. Yo no lo he publicado.
—En nuestro negocio —contestó Van Dorn con mucho tacto—, acostumbramos enterarnos de las cosas antes que usted.
—¿Por qué no ha publicado la noticia? —preguntó Bell.
—Porque mis publicistas están presentando a Josephine a bombo y platillo para despertar interés por la carrera. La están promocionando con una nueva canción que he encargado que se titula «Ven, Josephine, en mi máquina voladora». Pondrán su fotografía en partituras, cilindros de fonógrafo, rollos de pianola, revistas y carteles para tener a la gente entusiasmada hasta el desenlace.
—Yo creía que se entusiasmarían de todas formas.
—El público se aburre si no se lo dirige —respondió Whiteway despectivamente—. De hecho, lo mejor que podría pasar para mantener el entusiasmo de la gente por la carrera sería que la mitad de los participantes varones se estrellaran antes de llegar a Chicago.
Bell y Van Dorn volvieron a mirarse, y Van Dorn dijo en tono de desaprobación:
—Debemos suponer que no lo dice en serio...
—Si el grano se criba de forma natural, se convertirá en una competición que enfrentará a los mejores aviadores con la valiente Josephine —explicó Whiteway sin disculparse—. Los lectores de periódicos apoyan al más débil. ¡Vengan conmigo! Verán a lo que me refiero.
Seguido de un séquito cada vez mayor de redactores, abogados y contables, Preston Whiteway llevó a los detectives dos plantas más abajo, al departamento artístico, una amplia sala abierta con el techo alto, iluminada por ventanas hacia el norte y atestada de artistas encorvados sobre mesas de dibujo que ilustraban los sucesos del día.
Bell contó a veinte hombres que entraron en tropel detrás del editor, algunos con lápices y bolígrafos en la mano, todos con el pánico reflejado en los ojos. Los artistas agacharon la cabeza y se pusieron a dibujar con más rapidez. Whiteway chasqueó l
