Matar a Carrero: la conspiración

Manuel Cerdán

Fragmento

INTRODUCCIÓN
La España del Parkinson político

En diciembre de 2003, aprovechando el treinta aniversario de la muerte de Carrero Blanco publiqué en el diario El Mundo una serie de reportajes sobre el atentado que le costó la vida al presidente del Gobierno. Con el título «Objetivo: asesinar al presidente», destaqué lo sospechoso que resultaba que una treintena de terroristas de ETA se pasearan por Madrid durante un año y nadie del Ministerio de la Gobernación, de las fuerzas de seguridad, de los servicios secretos, de la Jefatura del Estado, del Ejército o del Gobierno se diera cuenta de los planes asesinos de la banda terrorista. ¡Increíble! ¡Incomprensible! ¡E inaceptable!

Después de más de dos décadas de investigación sobre el asesinato del almirante Carrero, estoy cada vez más convencido de que el magnicidio se debió a un complot contra el delfín de Franco. La mano asesina fue la de ETA, pero otros le allanaron el terreno. Sin embargo, después de cuarenta años, nadie ha logrado reunir las pruebas para demostrarlo, sobre todo porque desde el principio la investigación nació viciada y contaminada. Ni al Régimen ni, después, a los gobiernos de la Transición les interesó seguir la pista de la trama asesina. Finalmente, la amnistía de 1978 dejó en libertad a todos los encausados por el atentado. La sospecha sobre un complot se debe a un cúmulo de pruebas, a infinidad de contradicciones, a numerosas conjeturas, a testimonios de muchos testigos y protagonistas de la época, a un sinfín de indicios y, sobre todo, a mucho olfato.

El magnicidio de Carrero es muy similar al del general Prim, en 1870. El primer presidente asesinado en España. En ambos casos, aunque las motivaciones, las circunstancias y la época son muy distintas, existieron dos conspiraciones: una para acabar con ellos y, más tarde, otra para tapar las pruebas. Para que así cesaran las pesquisas, se lograra la libertad de los autores materiales del crimen, quedaran impunes los inductores y colaboradores necesarios y se soslayaran la ineptitud y la ineficacia de las fuerzas de seguridad y de los servicios secretos. Resulta más grave en el caso de Carrero Blanco porque el mismísimo almirante acababa de crear los servicios de información del SECED, a los que la oposición y en el extranjero calificaban de «temibles».

La verdad es que todo es muy diferente a como nos lo han contado durante décadas. En 1973, ni el SECED era tan temible, ni la Policía franquista tan omnímoda, ni el Régimen tan monolítico. El Movimiento, que salió victorioso de la Guerra Civil, atravesaba una grave enfermedad, como el propio Franco. El Parkinson del Caudillo no era sólo fisiológico, sino también metafóricamente político. Esa ausencia del líder, que se quedaba dormido en los Consejos de Ministros, socavó la propia existencia del sistema y provocó una soterrada lucha por la sucesión. Carrero se movía entre los tecnócratas del Opus Dei, los franquistas más moderados y los monárquicos que apoyaban la solución de continuidad de la Corona representada en la figura del príncipe Juan Carlos.

En el otro bando sobresalían los más ultras del Régimen, los azules de Falange y el círculo de El Pardo, el más próximo al Caudillo. Destacaban doña Carmen Polo y el marqués de Villaverde, el yernísimo, que reivindicaban para España más mano dura. Para ello, siempre se postularon a favor de don Alfonso de Borbón, el primo del príncipe, y de Arias Navarro, entonces alcalde de Madrid. Todos ellos lograron convencer al Caudillo para que Carrero, en contra de su criterio, nombrara a Arias ministro de la Gobernación. Tras el magnicidio llegaron aún más lejos y lo colocaron al frente de la Presidencia del Gobierno.

En medio de ese escenario conspirativo, ETA cruzaba el árbol Malato y desembarcaba en Madrid con toda su artillería. En el verano de 1973, llegaron a reunirse hasta treinta dirigentes y militantes en un piso de Getafe donde celebraron una reunión de su Coordinadora antes de la VI Asamblea de Hasparren. Nadie logra entender cómo los Ezkerra, Txomin, Josu Ternera, Pelotas, Peixoto, Pertur, Pakito… se desplazaron con total impunidad desde el País Vasco y el sur de Francia hasta la capital del Estado, sin que ningún confidente policial o los expertos en antiterrorismo descubrieran sus movimientos. Además, la cúpula etarra tenía la desvergüenza de reunirse en Madrid con los miembros del comando Txikia, que preparaba el secuestro del almirante.

Durante los últimos años he tenido la ventaja de poder hablar con Pérez Beotegui, alias Wilson, quien, junto a Argala puso en marcha la misión; Durán, el sindicalista comunista que construyó el sótano de la calle Hogar, donde se escondió el comando tras el atentado; Espinosa, uno de los confidentes que avisó a sus jefes de la presencia de etarras en Madrid; Ugarte, el delegado del SECED en el País Vasco y jefe del Plan Udaberri; Mikel Lejarza, El Lobo, el topo más importante que la Policía infiltró en ETA; Julen Madariaga, uno de los fundadores de la banda; Eva Forest, intermediaria y colaboradora necesaria en el atentado; Stefano Delle Chiae, el neofascista italiano y colaborador de los servicios secretos del almirante; algunos de los agentes policiales que interrogaron a Ezkerra tras su detención; miembros de las fuerzas de seguridad, espías y otros personajes de la lucha antiterrorista; políticos del franquismo y de la Transición y, especialmente, Ricardo de la Cierva, gran historiador y amigo personal de Carrero Blanco.

Le atribuyo a De la Cierva un protagonismo especial porque fue el primer investigador en poner el dedo en la llaga con su libro ¿Dónde está el sumario de Carrero Blanco? El ex ministro de Cultura en la primera legislatura de la Democracia denunciaba la falta de voluntad para investigar el crimen, que quedó en una tarea inacabada y olvidada, tras la amnistía a los autores y colaboradores del atentado.

A Wilson lo conocí el 25 de abril de 2001 en Vitoria cuando preparaba con otros compañeros el primer capítulo de la serie de televisión Crónica de una Generación. En las dos reuniones que mantuve con él —durante una noche de copas por el casco viejo de la capital alavesa y en un desayuno en un hotel de la cadena NH— me encontré a un personaje pasota y de vuelta de todo. Nada que ver con el temible Wilson de los años setenta. El programa estaba dedicado a la Operación Lobo por la que él había sido detenido en Barcelona en julio de 1975. Y aunque, en un principio, puso resistencia a entrar en las profundidades del atentado de Carrero, finalmente deslizó de forma inconexa algún que otro comentario que, en la habitación del hotel, anoté en un bloc.

Algunas de aquellas confidencias las he incluido en el libro. Wilson admitió su presencia en el hotel Mindanao pero me dijo que apenas vio al misterioso personaje que facilitó a Argala los datos sobre la costumbre del almirante de comulgar todos los días y a la misma hora en la iglesia de San Francisco de Borja, en la calle Serrano de Madrid. Después tuve acceso a su declaración judicial en la que ya se extiende con más detalles sobre el encuentro con aquel personaje sin rostro de la oposición al Régimen.

Wilson falleció en 2008 y se llevó a la tumba uno de los secretos mejor guardados de la Transición: cómo obtuvieron los etarras en Madrid la información para matar al delfín de Franco. Desconozco si ha dejado escritos sus recuerdos de aquellos años en ETA, pero se me antoja poco probable que un activista se dedique a redactar sus memorias. No me imagino a Pérez Beotegui recopilando en una libreta sus andanzas y fechorías terroristas.

Con las muertes de Argala y Wilson desaparecían los dos únicos testigos que habían conocido al personaje anónimo que puso en la diana a Carrero. Es como el cuadro de Dalí, El hombre invisible, que ocupa una de las paredes del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Una imagen difuminada e incompleta con un cuerpo en forma de cascada. Ése es nuestro hombre invisible de la Transición.

Posiblemente, también lo llegaran a conocer Eva Forest y el etarra Kaskazuri. Pero muerta la mujer de Alfonso Sastre, tan sólo queda el etarra Ignacio Ugalde Aguirresarobe, que llegó a ser responsable de mugas de la banda. En 1993 fue detenido por la policía y, tras pasar por la cárcel, quedó en libertad. En la actualidad se desconoce su paradero, aunque posiblemente resida en Francia.

Argala fue asesinado en Anglet por un comando del Batallón Vasco Español, integrado por agentes y colaboradores de los servicios secretos del SECED, en el quinto aniversario de la muerte de Carrero. ¿Quisieron vengar al almirante o quitar de en medio a un testigo incómodo que además, en esos momentos, negociaba con el Gobierno? La España de la Transición también guarda muchas sombras como las del árbol Malato. Muchos hombres invisibles como los de Dalí.

La banda jamás ha desvelado la identidad de ese «elegante hombre de traje gris», como lo retratan Carlos Estévez y Francisco Mármol en su libro Carrero, las razones de un asesinato. Posiblemente sea, junto con Golpe mortal de Ismael Fuente, Joaquín Prieto y Javier García y con Todos quieren matar a Carrero de Ernesto Villar, el mejor libro escrito hasta la fecha sobre la trastienda del magnicidio. También me gustaría destacar el libro de Ángel Ugarte y Francisco Medina, Un espía en el País Vasco. Y en el apartado de obras escritas por políticos que conocieron al almirante, resultan imprescindibles los varios volúmenes de las Memorias de Laureano López Rodó, quien fuera ministro del Plan de Desarrollo y de Asuntos Exteriores.

Si los periodistas y algunos historiadores hemos pretendido despejar las incógnitas sobre el atentado de Carrero no ha sido así por parte de las instancias judiciales y policiales. Desde un primer momento, alguien de «arriba» ordenó cumplir con decoro el expediente y pasar de puntillas sobre las incógnitas del caso, tanto en los procesos civiles de los sumarios número 3/73 del Juzgado número 21 de Madrid y 142/73 del Juzgado de lo Penal. Y luego en el 73/75 del Juzgado Militar Especial.

Las indagaciones para desliar la madeja del caso Carrero supusieron un coitus interruptus. Un verdadero gatillazo jurídico-policial. Duraron tres años, cinco meses y siete días. Las pesquisas tan sólo ocupan 3.009 folios, cuando un sumario de esas características puede alcanzar decenas de miles. La investigación quedó concluida, el 11 de mayo de 1977, por medio de un desolador auto, dictado por el titular del Juzgado de Instrucción número 21 de Madrid. En aquella fecha sólo quedaban tres personas en la cárcel por el magnicidio: Wilson, Goiburu y Ezkerra.

Las declaraciones de Ezkerra ante la policía, tras su detención en septiembre de 1975, también han sido una fuente documental muy valiosa para la elaboración del libro. Pude acceder a ellas en 2003, en el transcurso de mi investigación ya citada para El Mundo. Entonces me detuve en los movimientos del comando Txikia en Madrid a partir de la declaración policial de José Ignacio Múgica Arregui, que pude leer en los archivos policiales de la Comisaría General de Documentación, en su edificio de Canillas. Me llamó la atención un dato verdaderamente surrealista y provocador: todos los etarras que se desplazaron a Madrid tenían tras de sí una orden de busca y captura y se relacionaban con grupos vigilados por la todo expeditiva Policía político-social de un régimen dictatorial. La Policía franquista que a menudo efectuaba redadas indiscriminadas entre los grupos de la oposición. Incomprensiblemente, jamás se toparon con un etarra, y eso que los Argala y Cía cometieron infinidad de errores; algunos de ellos, impensables en una red clandestina. La dictadura de Franco, presentada en Europa como la más represiva, dejaba escapar a los asesinos del delfín del Caudillo. Algo asombroso.

En 2003, como complemento a la información que había recabado de los archivos policiales, solicité al Departamento de Estado norteamericano la desclasificación de los documentos elaborados sobre el atentado por la Administración de Estados Unidos. Quería comprobar si Washington respondía con la misma transparencia informativa a los periodistas extranjeros que residen a miles de kilómetros de Washington. Les remití una carta para que me facilitaran una copia de los documentos que se pudieron generar en aquellas fechas tanto en la delegación diplomática de Madrid como en la antena de la CIA.

El 20 de octubre de 2003 envié la misiva a Margaret P. Grafeld, la coordinadora del Information and Privacy de la Office of Information Resources Management Program and Services del Departamento de Estado, con sede en Washington. Le solicitaba, acogiéndome a la Freedom of Information Act (FOIA), la desclasificación de una serie de documentos:

—Los informes elaborados en la Embajada de Estados Unidos de Madrid sobre el atentado y remitidos al Departamento de Estado.

—La correspondencia de la Embajada con las autoridades españolas.

—Los informes sobre la figura política de Carrero.

—Los informes de la CIA sobre el asesinato y sobre la ETA de 1973.

Siete días después, el 27 de octubre, recibí una carta del Departamento de Estado, firmada por Richard C. Devine, de la Oficina de Programas y Servicios. Contestaba a mi requerimiento de forma positiva. Me decía que había puesto en marcha mi solicitud, pero que los documentos relacionados con la CIA tenía que pedírselos al coordinador de la FOIA de esa agencia. Me convertía en el primer periodista español que conseguía documentos secretos desclasificados sobre la figura y los hechos que rodeaban el atentado de Carrero.

Los funcionarios americanos me decían que la ley les obligaba a borrar todos aquellos datos personales que pudieran afectar a la seguridad o la privacidad de colaboradores de la Administración norteamericana y que disponían de cuarenta y cinco días desde la fecha de la carta para comunicarme los documentos encontrados.

Con los documentos de la CIA no tuve ningún problema ya que la Agencia los había desclasificado con anterioridad y los había volcado en su página de internet.

Días después recibí un sobre de color amarillo con los documentos. Algunos de ellos me han servido para elaborar el libro que tienen en sus manos y que reproduzco en los anexos.

En el proceso de esta obra he tenido, asimismo, la oportunidad de acceder al sumario del atentado de Carrero. Me lo he leído con mucho detenimiento, folio a folio, y, como presuponía, me he encontrado con muchísimas lagunas. Está claro que ningún profesional de la investigación, independiente y serio, habría realizado tal pantomima. En los tres mil folios de sus cinco tomos aparecen las declaraciones de ciento sesenta y dos personas, pero sus interrogatorios están encauzados más a tapar que a descubrir.

El magistrado Luis de la Torre Arredondo, en 1973 presidente de la Sección Cuarta de lo Criminal de la Audiencia Provincial de Madrid, se hizo cargo de la instrucción de la causa. De la Torre desveló más tarde a la revista Interviú las presiones que tuvo que sufrir para no investigar una pista que le conducía a la CIA norteamericana y a algunos sectores del búnker. Asimismo, se quejó del poco interés que pusieron las administraciones Arias Navarro y Suárez para que se llegara a descubrir toda la verdad. Al parecer, algunas alfombras permanecieron sin ser levantadas. El magistrado reveló unas palabras de Gutiérrez Mellado que, como él, veraneaba en Suances: «Chico, hay tantos que querían quitarse de en medio a Carrero».

La viuda del almirante, María del Carmen Pichot, también se mostró contrariada por el modo en que se había llevado la investigación. Siempre estuvo incisiva sobre un supuesto complot contra su esposo: «Acaso molestaba a alguien. ETA fue la mano ejecutora».

Todos los días, para acceder a su despacho del palacio de Villamejor, donde estaba la sede de Presidencia del Gobierno, en el paseo de la Castellana, número 3, Carrero atravesaba una antesala interior en cuyas paredes colgaban unos retratos al óleo de todos los presidentes que le precedieron. Aquellos cuadros le recordaban a los cuatro presidentes asesinados en España: Prim, Cánovas del Castillo, Canalejas y Dato. El almirante se convirtió en el quinto. Fue víctima de un complot que sigue sin esclarecerse.

López Rodó, que durante una década fue su fiel ministro, denunció como algo sorprendente que los «servicios de seguridad del Estado no tuvieran información acerca de una galería subterránea que venía excavándose durante varias semanas bajo una calle por la que pasaba diariamente el presidente del Gobierno». Se refería al semisótano de Claudio Coello, número 104, donde los terroristas horadaron un túnel para colocar los explosivos.

Igualmente le sorprendía que «los servicios de inteligencia norteamericanos tampoco hubieran detectado una excavación que se realizaba a menos de cien metros de la Embajada días antes de la venida del secretario de Estado, Henry Kissinger».

Y quien suscribe estas líneas llega aún más lejos: es poco creíble que ni la Embajada ni las fuerzas de seguridad del Estado se percataran de que, el mismo día en que el hombre fuerte de Nixon visitaba Madrid, los terroristas efectuaban con total impunidad un simulacro del atentado. Y eso que los tejados estaban tomados por agentes francotiradores, las alcantarillas por policías de seguridad del subsuelo y los cruces por dotaciones policiales armadas hasta los dientes. Un vergonzante paripé que invita a cualquier tipo de especulación. Y no digamos de una conspiración, como anuncia el título del libro.

El responsable de la seguridad, el ministro de la Gobernación, Arias Navarro, le confesó al ministro de Justicia, Francisco Ruiz Jarabo: «Paco, no me queda más remedio que marcharme a casa». Y no sólo no se fue a su chalé de Casa Quemada, a las afueras de Madrid, sino que, aunque aquello olía a chamusquina, fue condecorado y premiado con el cargo de presidente del Gobierno. Pasó a ocupar el despacho de Carrero en el palacio de la Castellana. Un disparate.

López Rodó, en el epílogo de sus memorias, publicadas en 1992, desvela una confidencia del almirante: «Lo peor que podría ocurrir en España sería un golpe militar: supondría volver a empezar desde cero ¡y sin Franco!».

El general Manuel Monzón, que el día del atentado era agente del SECED, comenta en su libro Una vida revuelta que quienes más se beneficiaron del atentado fueron los del búnker: «La prueba es que suben al poder, con Arias Navarro».

Como me aclaró un ex agente del SECED, Argala fue el autor del atentado, la persona que apretó el detonador. Nadie puede negar que sea el asesino del almirante, pero otros se beneficiaron de su desaparición. Quid pro quo. Algo a cambio de algo. ¿Sabían o sospechaban en el Ministerio de la Gobernación lo que se venía tramando en Madrid durante todo un año? ¿Quién sustituyó a Carrero? Quid prodest. ¿Quién se benefició de su muerte? Son algunas de las incógnitas que pueden aclarar leyendo este libro. Creo que he logrado plasmar en cerca de quinientas páginas lo que llamo «la versión definitiva». Sé que puede ser un tanto pretencioso, pero cuando terminen de leer la obra comprenderán que no exagero. Ahora son ustedes a quienes les toca juzgar. Mi deseo es que el libro se convierta en un grito de protesta para que la historia de España no se escriba con páginas en blanco.

PREÁMBULO
Más allá del árbol Malato

Con el asesinato en Madrid del presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, el 20 de diciembre de 1973, ETA cruza por primera vez la frontera del País Vasco y lleva la lucha armada al kilómetro cero de España. Es una novedad en la estrategia de la organización armada que, desde 1959, fustiga al régimen franquista. La banda rompe uno de sus principios y tradiciones más arraigadas en Euskadi: la leyenda del árbol Malato. Según este arraigo, los problemas del pueblo vasco se defienden hasta la demarcación de dicho árbol. Pero ETA decide abandonar la sombra de tan sagrado mito.

La fábula, originaria del Señorío de Vizcaya, donde, en Luyando (en la actualidad pertenece a Álava), se levantaba el árbol Malato, fue fabricada por los nobles vizcaínos y, más tarde, extendida al resto del País Vasco. Tal ancestral planta arbórea limitaba la demarcación del Señorío de Vizcaya desde el siglo IX, cuando los oriundos del lugar expulsaron más allá de ese árbol a los leoneses, tras la sangrienta batalla de Padura.

Hoy en día, una cruz de piedra recuerda el lugar donde se levantaba el mítico árbol con la inscripción: «Éste es el sitio donde estaba el memorable árbol Malato del que hablan las historias y la Ley quinta del título primero del Fuero del Muy Noble y Leal Señorío de Vizcaya. Año 1730».

A partir de ese hito histórico, según sus fueros, los caballeros y escuderos lucharían gratis para sus señores siempre que no cruzaran el árbol Malato. Todo lo que fuera más allá de esa demarcación iría acompañado de un sueldo.

Once siglos después, la ETA de comienzos de 1972, tras la incorporación de José Ignacio Múgica Arregui, Ezkerra, procedente del ala radical de las juventudes del PNV, decide traspasar esa marca, situar un comando en Madrid y acabar con la vida del entonces presidente del Gobierno y delfín de Franco, Luis Carrero Blanco. El propio Ezkerra explicó las motivaciones de ese paso histórico: «Nuestro activismo es más fácil fuera de Euskadi. Aquí somos muy conocidos, la policía está muy especializada y nuestros movimientos tienen más riesgos. Hay que golpear en el corazón del Régimen».

1
La venganza

Cementerio de El Pardo, 18 de diciembre de 1978. Faltan dos días para que se cumpla el quinto aniversario de la muerte del presidente del Gobierno, Luis Carrero Blanco, el delfín de Franco, asesinado por ETA. Como todos los años, un grupo de agentes y colaboradores del Servicio Central de Documentación (SECED)1 se reúne en torno a la tumba del almirante. En esta ocasión han adelantado la cita porque les espera una misión de gran envergadura en Francia. Sus acentos delatan una pluralidad de procedencias. Es una concentración multinacional. Hombres curtidos que no tienen miedo de las balas del enemigo ni dudan cuando aprietan el gatillo de sus armas. Allí hay argelinos, italianos, franceses, argentinos y españoles. Muchos de ellos han sido integrantes de la red Gladio, constituida por la CIA en los sesenta para combatir a los comunistas y a la izquierda europea. Todos están unidos por un mismo fin: la venganza.

Forman parte de una comunidad secreta que, año tras año, ha revalidado ante la tumba su juramento de vendetta para acabar con la vida del asesino del ex presidente. Quien apretó el botón del detonador e hizo volar su automóvil. Algunos de los etarras ya han probado su medicina. Todos ellos ya han participado en atentados, cometidos en el sur de Francia contra otros miembros de la banda que formaron parte del comando Txikia2 en Madrid.

Pero los colaboradores del SECED, el servicio secreto creado por el propio Carrero, han reservado el quinto aniversario del magnicidio para acabar con la vida de José Miguel Beñarán Ordeñana. El mítico activista de la banda terrorista, conocido por el alias de Argala («flaco» en español), es el líder del comando Txikia que accionó la bomba que mató al almirante. Ese protagonismo justifica que los mercenarios de los servicios secretos le reserven una muerte similar a la de su protector. Tienen previsto colocarle una potente bomba debajo de su coche el 20 de diciembre, en el quinto aniversario del atentado. Quieren que Argala también ascienda a los cielos, como el almirante, que acabó en la azotea de la iglesia de San Francisco de Borja de Madrid. La diferencia es que el etarra, después del firmamento, descenderá a los infiernos, como señala uno de los mercenarios.

España, primero con Carrero y después con su sucesor Arias Navarro, se ha convertido en el refugio de los grupos más violentos de la extrema derecha internacional, principalmente de Avanguardia Nazionale de Italia y de la Triple A3 de Argentina. Los neofascistas italianos de Avanguardia comienzan a llegar a Barcelona y Madrid, en diciembre de 1970, huyendo de la acción de la justicia, tras el fallido golpe de Estado del príncipe Valerio Borghese, conocido como el Príncipe Negro.

El ultra transalpino con más carisma es Stefano Delle Chiae, quien, de inmediato, conoce a San Martín, el jefe del SECED, y comienza a trabajar para él. En España llegan a coincidir más de cincuenta neofascistas italianos.4 Entre ellos destacan Calzona, Vannoli, Massagrande, Pozzan, Concutelli y Cauchi, entre otros. También se refugian otros activistas de la extrema derecha argentina como Berra, Morales, Casarsky, Almirón y Boccardo. Después se les une un grupo de ex miembros de la Organización del Ejército Secreto (OAS) y de la mafia marsellesa.

Entre los mercenarios y confidentes policiales destacan dos ultranacionalistas españoles que han participado en algunas de las acciones de guerra sucia contra ETA en el sur de Francia. Desde el primer atentado paramilitar con muertos en suelo galo, perpetrado en mayo de 1975, han colaborado en una docena de operaciones secretas contra la banda terrorista. Sin embargo, la que ahora proyectan es sumamente especial y responde a un impulso sentimental. Por fin, sus superiores, liderados por un marino, como el almirante, a quien llaman Pedro,5 se han decidido por ajustar las cuentas con Argala. Ha sido difícil dar con su escondite, y si lo han logrado ha sido gracias a la colaboración de policías franceses.

Argala es un tipo escurridizo, obsesionado con sus medidas personales de seguridad, hasta el punto de que muy pocos compañeros de la organización conocen su domicilio. Desde que regresó a Francia, tras la muerte de Carrero y sus dos escoltas, sabe que han puesto precio a su cabeza y que los servidores del almirante nunca abandonarán su caza.

No es el único integrante del comando Txikia que forma parte de una lista secreta, elaborada por los servicios de información, con los nombres de todos los objetivos que hay que abatir. Como en los carteles del Lejano Oeste americano, sobre la cabeza de muchos de ellos pende una millonaria recompensa. Ese precio es el revulsivo que ha movilizado a hampones y mercenarios de los bajos fondos franceses. Desde el mismo día de la muerte del almirante todos se han juramentado para descabezar la serpiente de ETA.

Los mercenarios del SECED han adoptado el mismo eslogan de la banda terrorista. El que aparece en el escudo de ETA: Bietan Jarrai, que en castellano significa «seguid en las dos». Es decir, seguir en la sinuosidad de la serpiente y en el golpe seco del hacha. O lo que es lo mismo: adoptar una estrategia que combine la negociación política y la lucha armada. Sin embargo, los asalariados e idealistas de los servicios secretos se conforman con la segunda consigna del lema de la organización vasca: la del golpe cortante con el filo de un astral, que es como llama al hacha uno de los mercenarios de la OAS que vive en Alicante.

En esos días de diciembre de 1978, el general etarra trabaja con Txomin en una operación de falsificación de billetes del Banco de España, para lograr una cantidad de entre ciento cincuenta y doscientos millones de pesetas. El plan pasa por apoderarse de un cargamento de papel oficial con la marca de agua de la Fábrica de Moneda y Timbre. Argala se encarga personalmente de establecer los contactos con una organización de delincuentes de la mafia marsellesa. ¿Coincidencias? ¿Celada? Los mismos malhechores que se ofrecen al Gobierno español para acabar con la banda de manera violenta.6

Argala, todo un catedrático de la clandestinidad, defendía que en la vida de un activista las confluencias siempre eran muy sospechosas. Sin embargo, en esta ocasión, el maestro no cumplió sus enseñanzas y pagó su error con un precio elevadísimo, con su propia vida.

Jesús G. y Arturo R.7 se conocen sólo de vista. El primero es piloto militar e hijo de un oficial de la Marina; el segundo, un colaborador de los servicios secretos españoles con una amplia experiencia en la lucha antiterrorista. La diferencia de edad entre ambos es considerable pero les une una meta común: la venganza. No sólo odian a ETA y todo lo que la banda representa, sino que además polarizan esa animadversión, casi enfermiza, en la figura de Argala. Durante años, su grupo ha llevado a cabo una frenética persecución sin darle tregua. Y, por fin, ha llegado el gran día. Tras el abandono del etarra de su confinamiento en la isla de Yeu8 por orden del Gobierno francés, los mercenarios lo han localizado en un edificio de apartamentos de clase media, conocidos como Dous-Bos, en la población francesa de Anglet, a mitad de camino entre Biarritz y Bayona y a unos treinta kilómetros de la frontera.

Argala ocupa un pequeño apartamento en la primera planta de un inmueble de cinco alturas, situado justo a las espaldas del supermercado Casino. El asesino de Carrero vive con su esposa, Asunción Arana, Asun,9 con quien ha contraído matrimonio durante la deportación de ambos en la isla gala. Su compañera es viuda del también etarra Jesús María Markiegi, muerto en un enfrentamiento con la Guardia Civil en mayo de 1975.

La célula paramilitar sigue conectada al CESID, el recién estrenado servicio de información del Estado —ha sustituido al SECED de Carrero Blanco, pero ha mantenido intacta toda su infraestructura— y, cómo no, también a los grupos secretos parapoliciales. Los agentes siguen unidos en torno a la figura del capitán de corbeta Pedro el Marino, uno de los muñidores de la operación en Francia.

La visita al cementerio de El Pardo propicia que, tras el homenaje a Carrero, los colaboradores de los servicios secretos se reúnan en torno a una mesa de uno de los muchos restaurantes que se prodigan en la zona. En esta ocasión, aunque los planes obligan a una salida inmediata hacia la frontera hispano-gala, adonde una parte del grupo se ha desplazado para realizar labores de cobertura e información, los agentes secretos no pierden la oportunidad de probar la especialidad de la casa, los platos de caza mayor. Como la batida que todos ellos piensan efectuar en territorio francés. Argala es una pieza de caza mayor, pero en lugar de ser abatido por un proyectil, los técnicos del atentado han planeado para él su peor muerte.

—Está todo preparado para que su cuerpo quede descuartizado. La bomba colocada debajo el coche hará que salte en pedazos por los aires. Tiene que morir con sufrimiento, como él hizo con el almirante —comenta Jesús G.

Es el miembro más joven del comando. Ha nacido y crecido en una familia de militares. Su padre tiene una hoja de servicio y una progresión en los ascensos que lo convertirán en almirante. Eso a él no sólo le enorgullece sino que le da fuerzas para seguir combatiendo a ETA. Su culto y devoción a la figura de Carrero son tan fuertes como su desprecio e ira contra los etarras que planearon en Madrid el asesinato de quien fuera compañero y amigo de su padre. Tanto que, antes de que se decidiera por la opción de la bomba lapa,10 él se ofreció como voluntario para asesinar a Argala a tiro limpio. Con un disparo en la nuca, como suelen hacer los activistas de la banda con sus víctimas. Sin embargo, los antiguos jefes del SECED preferían un final como el del presidente: una buena carga de dinamita debajo de su automóvil.

Es la quinta comida de grupo a la que asiste Jesús G. En los años anteriores siempre se ha celebrado el 20 de diciembre, pero en esta ocasión el adelanto está justificado. Dentro de un par de días, posiblemente, organicen otra para brindar con champán por la muerte del asesino del almirante.

El joven ultraderechista está sentado a un extremo de la mesa junto a un compañero mayor que él, a quien apenas conoce y de quien sólo sabe su nombre de pila. Se llama Arturo R. y es un estrecho colaborador del servicio secreto español, curtido en mil batallas, casi todas acaecidas fuera de España.

Arturo es un tipo fibroso, alto y delgado. Muy versátil. Con una mirada puede irradiar humanidad, pero también provocar terror. Lo mismo sucede con su talante campechano y humorístico que, en cuestión de minutos, puede transmutarse en un arrebato de cólera. Esa condición de personaje impredecible lo convierte en un elemento peligroso. Sobre todo, excesivamente mortífero para quienes pretenden destruir lo que para él debe ser algo sagrado e inmutable: una España, única, grande y libre. A lo que suele añadir: «Soy franquista después de Franco, apostólico romano, anticomunista, falangista y del Real Madrid».

Con este discurso, Arturo pronto congenia con su joven interlocutor. Le confiesa que él también se ha ofrecido como voluntario para asesinar con sus propias manos a Argala, pero que sus jefes lo han frenado.

—Me da lo mismo. Casi prefiero que su muerte sea una obra colectiva. Todos tenemos derecho a la misma satisfacción. Vamos a conseguir lo que este Gobierno felón11 nunca se ha atrevido: hacer justicia por la muerte de nuestro presidente. Sus asesinos, tras ser indultados, siguen en libertad, aunque algunos del comando Txikia ya han recibido su justo castigo.

El agente secreto se refiere a etarras como Domingo Iturbe Abasolo, que también colaboró en los preparativos de la misión contra Carrero en Madrid, y que ya ha probado el plomo de la guerra sucia contra ETA. Txomin, como se le conoce en ETA, ha salvado su vida in extremis frente a varias acciones paramilitares en el sur de Francia. El 10 de noviembre de 1975, una bomba colocada debajo de su coche dejó herida a una de sus hijas. Un año después, sufrió otras dos nuevas tentativas, pero sólo resultó herido de levedad.

José Antonio Urrutikoetxea, Josu Ternera, y Tomás Pérez Revilla también salieron ilesos de sendos atentados, como sucedió con Jesús Zabarte Arregi, Garratz, que logró escabullirse de un intento de secuestro. Los tres habían participado en el atentado contra el almirante. Sus nombres, como los de José Manuel Pagoaga Gallastegui, Peixoto, Mikel Lujúa o Javier Larreategui Cuadra, Atxulo,12 entre otros dirigentes etarras, están escritos con sangre en una lista negra de los servicios secretos españoles.

—Es algo humillante para la familia y amigos del almirante que nadie se haya sentado en el banquillo de los acusados y, a día de hoy, sus asesinos se pudran en la cárcel. ¿Quién puede así confiar en lo que llaman Democracia? ¿Dónde está la Justicia? Y eso que quedan muchos enigmas sobre la muerte de nuestro presidente sin despejar. Tenía muchos enemigos, algunos incluso dentro del Régimen, que estaban interesados en su desaparición. Sin olvidar a los servicios de información americanos.

Arturo se refiere a los agentes de la CIA de la Embajada de Madrid, que montaban vigilancia en el entorno de la delegación diplomática y pudieron fotografiar durante días a unos jóvenes sospechosos. Las fotografías de todos ellos en la parada de autobús se las pasaron a la Policía española.13

Retoma las quejas el joven Jesús G.:

—Es vergonzoso que un Estado de Derecho indulte y deje en libertad a dos asesinos confesos como Wilson o Ezkerra.14 Ahí los tienes, dos de los generales más peligrosos de una banda terrorista, paseándose por Europa como si fueran dos hombres de paz. Y ya lo de La Tupamara, lo de Eva Forest,15 clama al cielo. La responsable de la infraestructura de ETA en Madrid, la que señala con su dedo los objetivos (la muerte del almirante y la masacre de la calle del Correo), va de heroína, dando lecciones de libertad y de derechos humanos.16

—Chaval, estoy de acuerdo contigo, pero eres muy joven y ya comprenderás que en política no todo es negro, ni todo es blanco. A veces los tonos se confunden y, entonces, surgen las dudas y algunos argumentos se hacen débiles. Es difícil separar la verdad de la mentira. Es como esos espejos cóncavo-convexos en los que se distorsionan las imágenes y no podemos ver la realidad de las cosas.

Arturo, un viejo zorro, intenta frenar los impulsos de su joven compañero. Él tiene una visión mucho más compleja del atentado de Carrero y lo que ha supuesto para la historia reciente de España su desaparición. Adopta el papel de un maestro que quiere impartir su magisterio, que ha aprendido en un mundo de sombras.

—Jesús, no te conozco, pero si estás aquí con nosotros es porque eres de los nuestros y te lo has ganado a pulso. No cualquiera puede estar sentado a esta mesa. Pero no te obceques sólo con ETA y con la UCD. Todo es más complejo. A veces la realidad responde a un poliedro con muchas facetas. Como un caleidoscopio. Ese tubo luminoso que inventó hace un siglo un escocés, que contiene tres espejos que forman un prisma triangular del que se multiplican unas imágenes muy bonitas. De ahí su nombre del griego, kalós, bello. Pero en el atentado de Carrero las imágenes no tienen nada de hermosas. Prevalece la oscuridad y se proyectan las sombras. Argala apretó el detonador, pero otros se beneficiaron de su muerte. Han transcurrido cinco años y siguen muchas preguntas sin resolver. Y lo más grave: quienes están en el poder, sus ex colaboradores, no quieren respuestas.

Jesús escucha atentamente la plática de su correligionario. No se siente ofendido ni se da por aludido tras un discurso tan paternalista. Coincide en los planteamientos de Arturo, sobre todo en la parte conspirativa.

—No me confundas. Te entiendo y comparto plenamente tu exposición. Aquí se han tenido que orillar muchas cuestiones para poder legalizar al PCE y negociar con el PNV. Todos sabemos que los comunistas, o algunos comunistas como el matrimonio Forest y Sastre, estaban metidos hasta las cachas en los preparativos del atentado y luego se han ido de rositas. También sospechamos de las connivencias de un sector de los nacionalistas vascos con ETA. Un dato que quizá desconozcas: propusimos a nuestros superiores acabar con Ezkerra, el jefe del comando Txikia, cuando abandonó la cárcel, tras ser indultado por el Gobierno centrista, y nos lo prohibieron.

Arturo asiente con la cabeza dando la impresión de que está al tanto de la información.

—Ya lo sé. Cuando leí por primera vez el interrogatorio policial, en la sede de la DGS en la Puerta del Sol, a Múgica Arregui, a quien llamas Ezkerra, me quedé sorprendido por la vileza de sus declaraciones. Jamás me habría imaginado que alguien que se presentaba como un gudari, un soldado de la causa vasca, llegara a delatar con tanta precisión a sus compañeros de viaje. Después me enteré de que gozó de un trato preferencial en la cárcel.

Jesús, que es un tipo viajado en su condición de piloto de aviación, con muy buenas relaciones con los servicios de información de Estados Unidos y Francia, llega aún más lejos:

—A mí siempre me han dicho que era un topo del PNV y de la CIA en ETA. No es una elucubración. Sus protectores nacionalistas, que vivían exiliados en Francia desde la Guerra Civil, eran colaboradores de los servicios secretos americanos y del Pentágono desde mucho antes de que se constituyera la CIA. Los orígenes de Ezkerra son muy tenebrosos. Es el único jefe de la banda que actúa con plena impunidad. El único que no está en la lista que tú y yo conocemos. Una provocación.

Arturo pronto intuye que aquel joven es impulsivo, pero inteligente. Es un idealista, dispuesto a entregar su vida por España, pero no un integrista irracional.

—Veo que entiendes lo que te quiero decir. No dejes nunca que la hojarasca de los intereses políticos oculten la realidad de los hechos. No te fíes de quienes te rodean. Ni de mí. Puede que en algún momento nuestros intereses sean antagónicos. Y eso sucedió con la muerte de nuestro presidente. Yo nunca me fié de ciertos sectores de la Seguridad, que jugaron en contra de los intereses del SECED y de Carrero. No lo olvides. Pasado mañana conseguiremos ejecutar a Argala. Podremos dar por cerrada una de nuestras más ansiadas metas. Brindaremos después con champán. Pero…

Arturo da un sorbo a su copa de vino, mira a su alrededor, ve cómo el resto de los comensales están entretenidos en conversaciones más prosaicas y prosigue:

—Pero las piezas del puzle del complot siguen sin ajustarse. Y lo más gracioso: aunque secuestremos a Argala y lo torturemos, él tampoco conocería su engranaje. Estoy convencido de que en esa trama política ETA no resultó la más beneficiada. Al revés, tras la euforia del atentado y los efectos perniciosos de la matanza de la calle del Correo,17 Ezkerra pudo comprobar cómo se desmoronaban los polimilis y los milis daban el golpe de gracia. Se hacían con el control de la organización. Estamos ante un laberinto. Al margen de la venganza, he llegado a la conclusión de que una mano negra, entre bambalinas, pretende que Argala desaparezca para que nunca sepamos toda la verdad.

Jesús duda si permanecer en silencio y escuchar expectante las intrigas de aquel avezado agente de pelo canoso o si secundarle por el camino de las suposiciones. Se decide por la vía de la conspiración.

—¿Te refieres a su entrevista con el personaje misterioso del hotel Mindanao?

Comete el error de interrumpir a su interlocutor, algo que Arturo R. detesta.

—Déjame que concluya mi exposición, por favor. Sí, me refiero a ese personaje espectral, pero también a otros muchos asuntos que siguen sin esclarecerse. Cuando estábamos a punto de dar con la identidad de ese intermediario y con el grupo al que representaba nos pidieron desde arriba que lo dejáramos. ¿Sabes cuántos etarras llegaron a coincidir en Madrid en la primera fase de la operación, en la que se pensaba secuestrar al almirante?

Jesús se hace el despistado y prefiere no contestar a la pregunta porque intuye que puede equivocarse. Arturo espera unos segundos, pero decide resolver su interrogante retórica:

—Treinta. Más de treinta militantes de la banda. Todos ellos con antecedentes policiales, fichados y en los carteles de los más buscados. ¿No te parece extraño? ¿Te imaginas hoy en día en Madrid a treinta etarras, entre ellos a Txomin, Josu Ternera o Pérez Revilla moviéndose libremente por sus calles? ¿Te los imaginas, mes tras mes, con documentación falsa, comprando en el supermercado, yendo al cine, comiendo en restaurantes, alquilando y adquiriendo pisos, asaltando armerías, construyendo un zulo en el sótano de una vivienda, robando coches, haciendo práctica de tiro en la Casa de Campo, atracando una comisaría del DNI o viajando sin ser molestados en los trenes que comunican San Sebastián y Bilbao con la capital? ¿No te parece un tanto sospechoso? Un año así, sin que nadie los descubra. Sin que un portero, de profesión policía nacional, sospeche nada; sin que un conserje quisquilloso y curiosón meta la nariz donde nadie lo llama; sin que un sereno los vea entrar en una vivienda a una hora intempestiva; sin que nadie detecte un DNI o un carnet de conducir burdamente manipulado; sin que un madero o guardia civil de barrio les siga la pista por su acento vasco…

Jesús también dispone de una versión muy particular sobre el personaje enigmático del hotel Mindanao, el que condujo a Argala hasta San Francisco de Borja, en la calle Serrano. En la iglesia de los Jesuitas, el almirante Carrero comulgaba todas las mañanas18 a la misma hora, antes de desayunar en su casa de Hermanos Bécquer y de iniciar su jornada laboral en Castellana, número 3, sede de la Presidencia del Gobierno. Desde entonces se refiere a él como La Sombra.

—Sabemos que La Sombra era un político de la oposición liberal-conservadora que se movía con plena libertad dentro del Régimen y en los círculos políticos de don Juan, en Estoril. Era amigo o conocido de Genoveva Forest y de un etarra que vivía en Madrid, conocido como Kaskazuri, un tipo relacionado con los servicios secretos del PNV. Es a lo máximo que pudimos llegar hace un par de años, tras los interrogatorios a Ezkerra y a Wilson, después de su detención en la Operación Lobo.19

Arturo renuncia a su pose de espía aguerrido y duro y reconoce los méritos de quien, en un principio, ha menospreciado. A partir de ese instante deja de llamar a Jesús «chaval» y «joven».

—Tengo que reconocer que sobre ese asunto dispones de más información que yo. Dentro de unas horas, cuando Argala quede reventado, el rastro sobre ese traidor, La Sombra, como tú lo llamas, el que facilitó a ETA los datos para asesinar al almirante, quedará eliminado para siempre. Fue el único etarra que se sentó con él, frente a frente, porque Wilson lo vio de refilón a la salida del hotel. Y no creo que el jefe militar de una banda terrorista haya dejado escritas sus memorias con las pistas para dar con él.

Tras la comida, Arturo y Jesús se acoplan en un mismo automóvil para desplazarse a San Sebastián, donde el comando piensa pernoctar en diferentes hoteles. El 19 de diciembre se unirá al resto del grupo, ya en el País Vasco francés, para cerrar todos los aspectos de la «ejecución», como en todo momento ellos denominan, eufemísticamente, al atentado.

El 20 de diciembre todo está previsto para vengar a Carrero. La noche anterior, a última hora, colocan el artefacto fabricado con explosivos franceses, debajo del Renault 5 de Argala. Unos agentes esperan apostados cerca del aparcamiento de la urbanización. Otros deambulan por los alrededores, pero el plan fracasa. El objetivo no da señales de vida.

Ese día el dirigente etarra rompe su rutina. La espera se hace larga y tensa, porque el objetivo varía sus hábitos de días anteriores, en los que ha sido sometido a una severa vigilancia por policías franceses y españoles. El general de ETA, como hacía Carrero, comete el mismo error de salir de su hogar a la misma hora, sobre las 9.30. El grupo teme lo peor: que lo haya descubierto un servicio de contravigilancia de la banda, o algo más alarmante, que se haya producido una filtración o una delación.

Los agentes y colaboradores del antiguo SECED sufren una profunda decepción, pero la desmoralización dura unas pocas horas. Al atardecer, ven cómo el etarra abandona su casa para quedar a cenar con su esposa Asun Arana y Javier Larreategui Cuadra Atxulo, el falso escultor que alquiló el estudio de Claudio Coello donde colocaron la bomba, y su mujer.20

Las dos parejas suelen quedar a cenar todos los años el 20-D para celebrar el aniversario de la muerte de Carrero, pero esa noche no utilizan el vehículo de Argala para desplazarse hasta el restaurante. Si hubiera sido así, habrían caído dos miembros del comando Txikia, en lugar de uno, para sorpresa de los paramilitares.

A Atxulo le persigue la suerte, como durante el tiempo que permaneció en Madrid. Se libra de la muerte por los pelos. Aquello provoca otra frustración entre los agentes secretos. Pero no importa. Toca esperar. Hasta territorio francés se ha desplazado lo más granado de la guerra sucia: Cherid, Boccardo… Está la plana mayor del Batallón Vasco Español, una organización fantasma cuya marca se utiliza para reivindicar los atentados antiterroristas.

—Hay que esperar. Tener paciencia. No es la primera vez que pasa algo similar. Ha sucedido antes con Txomin y con Josu Ternera. Es una pena que no coincida la ejecución con el 20 de diciembre, pero ya tendrá necesidad de usar su coche. No tiene escapatoria. Mañana o pasado se reencontrará en el más allá con el almirante, pero él irá directamente al infierno —comenta Arturo, apoyado en la cristalera del supermercado Casino.

La venganza se demora veinticuatro horas, pero los miembros del comando ven recompensada su espera. A las 9.30, Argala sale de su bloque de viviendas y se dirige hacia su Renault 5, color naranja. Ese día tiene una reunión con la dirección de la banda. Introduce la llave en el contacto, arranca el motor y cuando introduce la primera marcha estalla un artefacto colocado en la parte delantera del vehículo, junto a la rueda izquierda, la más próxima al volante.

Los cables del artefacto han sido conectados con pinzas de madera de tender la ropa para que se desprendan cuando el coche se ponga en movimiento. El capó y el techo del R-5 salen despedidos y el cuerpo mutilado del dirigente etarra salta por los aires. Las piernas y parte de los brazos se achicharran entre un amasijo de chatarra en llamas. Argala fallece al instante y otras personas que se hallan próximas al lugar de la explosión resultan heridas.

Enterados del éxito de la misión se produce la gran desbandada. Todos los miembros del comando regresan a España por diferentes puestos fronterizos, algunos por París y Burdeos. Saben que los franceses van a colocar un dispositivo de seguridad en la frontera de Hendaya y no conviene tentar a la suerte. Muchos de ellos están fichados en Francia y son unos objetivos fáciles para los gendarmes, que están presionados por el colectivo de refugiados vascos.

Arturo R., además de participar en tareas de cobertura, ha sido elegido para reivindicar el atentado en nombre del Batallón Vasco Español. Su excelente francés le facilita la misión.21 Al día siguiente, sobre las 14.30, llama al diario La Gaceta del Norte de Bilbao reivindicando la acción en nombre de una supuesta organización antiterrorista de extrema derecha. Horas después llama a la delegación del diario Deia de Pamplona y asume el atentado en nombre del Batallón Vasco Español.

Ya en la capital de España, los miembros del grupo vuelven a reunirse en un restaurante para celebrar el éxito de la operación. Nadie les va a impedir que brinden con champán la eliminación del asesino del almirante. Arturo R. prefiere pasarse antes por el cementerio de El Pardo. Quiere ofrecer el éxito de la misión a quien creó y creyó en el Servicio Central de Documentación. El agente de los servicios secretos, pieza clave en un sinfín de operaciones antiterroristas clandestinas, se ve impotente para contener sus sentimientos ante la tumba de su líder y derrama unas cuantas lágrimas. Excitado, en posición de firme y con la mano en el pecho, su estado emocional no le impide pronunciar unas frases entrecortadas: «Almirante, regreso a su sepultura con el deber cumplido. Lo juré hace cinco años en su lecho de muerte y lo he cumplido. Los conspiradores, como ya sucedió con Prim,22 se han esfumado, pero el ejecutor, Argala, ha recibido la misma muerte que usted. Ha volado por los aires. Se ha hecho justicia. Descanse en paz».

El asesinato del dirigente de ETA provoca una fuerte conmoción al otro lado de la frontera. Al parecer, Argala en esos momentos mantenía contactos con emisarios del Gobierno español para abrir un proceso de negociaciones.23 Txiki Benegas, entonces consejero de Interior del Gobierno vasco, declara con cierta hipocresía: «La bomba que mató a Argala en Anglet responde exclusivamente a una reacción visceral de venganza y no a una estrategia positiva de solución al problema vasco».

Cínicas declaraciones del entonces secretario general de los socialistas vascos, partido que años después se convirtió en uno de los progenitores de los Grupos Antiterroristas de Liberación. Los GAL causaron veintisiete muertos entre 1983 y 1987.

La guerra sucia contra ETA culmina con la llegada de Felipe González a La Moncloa en octubre de 1982 a petición, entre otros, del Partido Socialista de Euskadi.

2
Argala aprieta el botón

«Josu, Josu me ha dado fuerza», grita Argala mientras camina a paso ligero en dirección al coche en el que le espera Atxulo al volante. El miembro ilegal1 de ETA acaba de accionar el detonador de la potente carga explosiva, acumulada en un túnel del semisótano de la calle Claudio Coello. El etarra pasa por un trance místico. No anda, levita. Su mente sólo tiene cabida para la imagen de su amigo Josu, un etarra que ha muerto en un enfrentamiento con la Guardia Civil en el País Vasco.

Argala se siente orgulloso de su hazaña. Realizado. El atentado que acaba de perpetrar tiene para él una doble finalidad: satisfacer los intereses estratégicos de ETA y saciar su sentimiento de venganza personal. Con la muerte del presidente redime todo su odio hacia el Régimen franquista. En ese impulso de revancha, el cerebro del comando Txikia reivindica asimismo la memoria de su también amigo Eustaquio Mendizábal, fallecido en otro tiroteo con la Guardia Civil. Txikia, de quien el comando adopta su nombre de guerra, era el aguerrido jefe del Frente Militar de ETA, a quien el flacucho Argala siempre quiso imitarle.

En la huida del escenario del crimen se le une su compañero de comando, Jesús Zugarramurdi Huici, Kiskur, el ojeador que al grito de «ahora» le ha dado la orden para accionar el detonador. Los dos etarras se resisten a correr para no levantar sospechas. Aunque en medio de tanta confusión los viandantes no reparan en ellos. Van vestidos con monos azules y pasan desapercibidos. Ése ha sido el disfraz del que se han servido para hacerse pasar por electricistas y tender un cable hasta el sótano del número 104 de la calle Claudio Coello. Está frente a la fachada trasera de la iglesia de San Francisco de Borja por donde pasa todos los días y a la misma hora la comitiva del almirante. El plan etarra se ha consumado y el coche oficial en el que viaja el presidente ha salido despedido hasta la cornisa de las dependencias religiosas de los jesuitas.

Los etarras se alejan, poco a poco, de la calle Claudio Coello gritando «¡Gas, gas!», para confundir a los vecinos. Cruzan Diego de León y se suben en un Seat 124, conducido por Atxulo, que el comando ha alquilado un día antes. Y se dan a la fuga, sin tener que desenfundar sus armas ni pegar un tiro. ¿Destino? En contra de lo que sospecha la policía, no se dirigen a un paso fronterizo de España o Portugal. Se quedan en los alrededores de Madrid; en Alcorcón, donde han construido un piso franco en los bajos de una casa. Allí permanecen más de un mes, hasta que se despejen los controles policiales en las carreteras.

Pero ¿quién es ese joven vasco que acciona el detonador de la bomba y pone patas arriba al Régimen de Franco? Se llama José Miguel Beñarán Ordeñana, pero en la banda lo conocen por el seudónimo de Flaco (Argala, en vascuence). Tan sólo tiene veintitrés años y es un lampiño tímido y muy reservado. Argala no es un simple apodo sino la pura descripción de su fisonomía: un joven enjuto, de extrema delgadez, piel cetrina y nariz aguileña.

Ha crecido en el seno de una familia nacionalista que, en casa, se comunica en euskera. Él también lo habla, pero después de asistir en su pueblo, de manera clandestina, a un curso nocturno. Llega a aprenderlo, de manera lenta, sirviéndose de un método un tanto rudimentario: cantando canciones tradicionales y populares. Nunca alcanza un nivel alto, pero sí lo suficiente como para defenderse en las reuniones clandestinas de la banda terrorista en las que sólo está permitido el vascuence. Uno de sus profesores es Ramón Etxeberría que, como él, acaba cruzando la frontera para ingresar en ETA. En aquel curso de euskera conoce a José Antonio Urrutikoetxea Bengoetxea, Josu Ternera, con quien labraría una gran amistad y, como él, escalaría puestos de responsabilidad en la estructura de mando ETA.

El asesino de Carrero es apocopado y retraído. Su marcada timidez la arrastra desde su época de seminarista. Está claro que la religión es una marca que identifica a la mayoría de los militantes de la banda terrorista, como sucede con Txikia, Pertur o Ezkerra.

Argala, a pesar de su enfermiza idealización del odio y la venganza, del ojo por ojo, es un joven de fuertes convicciones religiosas. Durante años, ha colaborado con los curas de la parroquia de Arrigoriaga, su pueblo natal, y ha sido miembro de La Legión de María.

En 1960, cuando era un monaguillo de once años, vivió muy de cerca un conflicto político que le afectó profundamente en aquel período histórico de dictadura y represión. Más de trescientos curas vascos fueron represaliados tras enviar una carta a los obispos de su diócesis en la que denunciaban la tortura y los malos tratos contra los detenidos en Euskadi. En aquellos días ETA tan sólo contaba con un año de vida.

Tiempo después, Argala abandona la parroquia para dedicarse a obras sociales. El joven vasco se ha radicalizado y orientado su vida a otros cometidos. Ya no quiere influir en las almas sino cambiar la sociedad. Para él la religión no tiene sentido sin libertad y justicia social. Deja sus estudios de ingeniería y, como se le da muy bien la contabilidad, se presenta a unas oposiciones para un puesto de trabajo en el Banco de Vizcaya. Las gana y, al igual que su amigo Josu Ternera, obtiene una plaza en la sede de la entidad bancaria en la Gran Vía de Bilbao. Desde entonces, Argala y Ternera se convierten en dos amigos inseparables.

Con el dinero que gana en el banco se matricula en el turno de noche en la Universidad de Sociología de Deusto al tiempo que inicia sus primeros escarceos con la banda terrorista. Ya ha cumplido los veinte años e ideológicamente se sitúa en la corriente marxista-leninista. Desde el primer momento, Argala se pronuncia a favor de una división de la IV Asamblea desde sus perspectivas ideológicas socialista y abertzale. ETA pasa por una crisis interna, de identidad y de operatividad, y él está decidido a participar en el reflotamiento de la organización. Desde el principio apuesta por la lucha armada y por la independencia de Euskadi. Y para ello está convencido de que hay que cruzar el árbol Malato para golpear al Régimen en las entrañas de la capital.

3
El inicio de la cuenta atrás

Los prolegómenos de la operación contra Carrero Blanco arrancan dos años atrás, en un primer viaje de Argala a Madrid para mantener una serie de reuniones exploratorias con grupos de la oposición de izquierdas. ETA quiere sondear a los círculos que luchan contra la Dictadura para ver si están dispuestos a ofrecerle cobertura de cara a futuras acciones armadas en el corazón del Estado franquista. La banda ha decidido cruzar la demarcación del árbol Malato.

Quedan unas semanas para llegar a las Navidades de 1971.1 Es media tarde. Argala y el también activista de ETA José Luis Navarro Lecanda, conocido por su nombre de guerra de Aceituno,2 caminan a paso firme por la Gran Vía de José Antonio de Madrid. Ambos se ven superados por las dimensiones de la capital de España. Se les ve incómodos, no por su temor a la Policía sino por no dominar el escenario en el que se desenvuelven. Ninguno de los dos conoce Madrid, pero otros camaradas les han prevenido de la inconveniencia del acento vasco en una ciudad en la que las fuerzas de seguridad están obsesionadas con los estudiantes originarios de las provincias vascongadas, principalmente de Vizcaya y Guipúzcoa. Argala y Aceituno además tienen antecedentes y figuran en los archivos policiales. Cualquier descuido o control callejero de los muchos que se practican en Madrid pueden ponerlos en una situación comprometida. Pero para sortear a las fuerzas del orden, los activistas disponen de documentación falsa, de unos DNI elaborados por los mejores falsificadores y copistas de la organización, que son difíciles de detectar.

Argala está impresionado por los neones de los cines de Callao y por la multitud que camina aceleradamente con la mirada perdida por las anchas aceras de una de las arterias más concurridas de la ciudad. Eso sí, no le agrada que lleve el nombre del fundador de Falange. Se fija en que la gente entra y sale de las bocas del metro y corre detrás de los taxis. El etarra y su compañero deambulan por la ciudad sin perder el vértigo. La polución del centro de Madrid tampoco ayuda a la oxigenación de sus pulmones. El miembro de ETA soporta desde hace años una tos que se ha convertido en crónica. Además, él es oriundo de un pueblo con una atmósfera más saneada, de Arrigorriaga, una pequeña pero histórica localidad vizcaína que no llega a los diez mil habitantes y que está situada a tan sólo seis kilómetros de Bilbao, con la que comparte el río Nervión. Arrigorriaga, que en euskera significa «piedras rojas», es como se rebautizó a Padura por el derramamiento de sangre tras la histórica batalla.

Al jefe del comando de ETA le llama la atención lo acicalada que viste la gente.

—¿Te has dado cuenta de que todos van vestidos como si fueran maniquíes? Mira qué abrigos y qué bufandas. ¡Y esos sombreros parecen de película de Bogart! —comenta Argala a Aceituno.

—Ya lo veo. El personal va muy arreglado, mucha chaqueta y mucha corbata. Pero a mí lo que más me llama la atención son esos bigotillos recortados de fachilla que lucen los hombres. Ya nos lo dijo Txabi. Oye, todos me parecen policías o confidentes… —le responde Aceituno con sorna, lo que provoca la carcajada de su jefe.

Argala no llega a Madrid de vacío. No es una persona acostumbrada a dar tumbos. Su excelente capacidad memorística —porque es impensable por seguridad que un terrorista anote en un bloc los pasos que piensa dar— le facilita poder acumular en su cabeza números de teléfono, direcciones y un sinfín de citas y contactos. Su misión está muy definida por la dirección: levantar en la capital de España una punta de lanza de ETA. Está en Madrid para familiarizarse con la ciudad y preparar futuras operaciones en el corazón del poder. Cruzar el árbol Malato. Tiene que realizar un sondeo sobre el terreno y familiarizarse con el transporte, las calles, los edificios oficiales de la Administración y del Gobierno… Sus jefes le han encargado asimismo que localice al periodista Alfredo Semprún, especializado en asuntos relacionados con el País Vasco y, especialmente, con ETA. Quieren darle un escarmiento. El reportero del diario ABC es uno de los objetivos armados de la banda, que no soporta el contenido crítico de sus informaciones.

A Argala también lo han comisionado para contactar con los movimientos culturales progresistas y con los dirigentes políticos que se enfrentan a la Dictadura. Y de todos ellos tiene que establecer lazos, principalmente, con quienes reivindiquen la libertad para otros pueblos del mundo y sean sensibles a las causas cubana, vietnamita, argelina y china. Y, cómo no, A la causa vasca. Las organizaciones con las que entre en contacto además deben estar relacionadas con los guerrilleros de los pa

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