Prólogo
«¡Feliz quien, como Ulises, ha hecho un bello viaje!» dice un famoso verso. ¡Tres veces feliz, pues, quien, como Javier Reverte, lo hizo y comenzó a escribir su crónica en las playas isleñas de la homérica Ítaca, y lo concluyó con una visita a la egipcia Alejandría, la ciudad fantasmagórica y decadente fundada por el gran Alejandro y poetizada por Cavafis y Durrell! El escritor, curtido en largos viajes africanos, nos refiere aquí un apasionante recorrido a través de un paisaje mediterráneo ilustrado por mitos famosos y espléndidos personajes históricos. En una especie de guía personal por las famosas costas y las prestigiosas ciudades de Grecia y Turquía (que fueron en la antigüedad tierras colonizadas y pobladas por griegos) para amantes del viaje sentimental, a la vez que un periplo literario iluminado por los clásicos griegos.
El viaje literario permite evocar un fastuoso mundo cultural, pues el viajero deambula por los escenarios de la antigua Grecia, y va acompañado por los textos clásicos sobre los mitos y los héroes antiguos, por los ecos de poemas de Safo, por sentencias de Heráclito, historias de Heródoto, siluetas trágicas, diálogos socráticos y reflexiones platónicas y aristotélicas. Sin olvidarse de los frívolos, festivos, apasionados y estupendos dioses del Olimpo. En el reajuste entre lo visitado y lo recordado, entre la realidad actual y los reflejos de la tradición literaria e histórica, reside gran parte del encanto de su texto. Sobre las impresiones de su entorno actual y de la visión inmediata de paisajes y gentes, y en contraste con su reportaje directo, nos va recordando la grandeza histórica, filosófica y poética de las ilustres figuras vinculadas a estos lugares, ruinas y ciudades. Y lo hace entreverando ambos aspectos con un estilo muy personal, vivaz y nada pedante, con una prosa fresca y directa.
Nos resume las tramas inolvidables de la Ilíada y la Odisea, y el viaje de los Argonautas, y las guerras médicas y las conquistas de Alejandro Magno con un tono entusiasta y no falto de humor, que refleja su rendido amor a Grecia, no sólo a la actual, sino a la Grecia antigua, la de los poetas y filósofos, la de los inventores del diálogo, la democracia, la geometría, la tragedia, y la filosofía, es decir, la Grecia clásica. Repetidamente el escenario geográfico aviva los recuerdos de un grandioso pasado. La Grecia antigua impone sus perdurables palabras, sus radiantes figuras, sus soleados prestigios. En las costas jonias y áticas amaneció la aurora de la civilización europea. El contraste entre ese pasado y el presente impresiona la imaginación y aviva nostálgicos recuerdos en esos austeros y claros paisajes. Tanto en Atenas como en Rodas, Éfeso, y Estambul (que fue Constantinopla y fue Bizancio) el antiguo esplendor histórico se deja aún percibir en sus ruinas. Ruinas embellecidas por la poesía y la historia, como las de la homérica Troya. La apagada y grisácea Alejandría de hoy refulge cuando el viajero evoca la espléndida y gloriosa ciudad helenística, la de la tumba de Alejandro, la del gigantesco Faro, la del Museo y su inmensa Biblioteca, la de Cleopatra y César, la de los miles de libros perdidos, y luego la del poeta Cavafis y del novelista L. Durrell. Y en ese juego de imágenes entre pasado y presente se ahonda la experiencia emotiva e intelectual que el viaje brinda. Como dice Javier Reverte: «El viaje literario tiene algo de viaje hacia la eternidad, una búsqueda incansable del tiempo detenido».
Sin duda alguna, uno de los atractivos esenciales del libro de Reverte es este juego contrastado de imágenes y tiempos diversos. De un lado, el reportaje actual y preciso sobre una ruta bien definida: el Peloponeso, las aguas del Egeo (con visitas a Creta y Rodas), la costa oriental de Turquía y las orillas del mar Negro, Grecia del Norte, Atenas, Corinto, Patras, Ítaca y Alejandría. De otro, la fantasmal presencia de las figuras ilustres del mundo antiguo. El periplo se enmarca entre las claras islas y costas del Egeo y los azules horizontes del mar Jónico (o Adriático), al final.
Otro, no menos evidente, consiste en su chispeante estilo narrativo. Parece difícil observar detalles inéditos cuando uno viaja por ciudades y regiones preparadas para ofrecer al turista sus tópicos encantos, y no es fácil dar con algo nuevo que contar de paisajes tan frecuentados. Sin embargo Reverte acierta a encontrar el dato fresco, la anécdota digna de recuerdo, la nota exacta en la descripción de un paisaje o un encuentro fugaz —en Creta, en la costa de Trebizonda, en Missolonghi, en Alejandría, etcétera—. Apunta los trazos más vistosos de color local y los gestos que definen a un tipo o un personaje con especial habilidad. Salpica el reportaje con finos diálogos que siempre nos ofrecen una impresión justa o una estampa divertida y emotiva. Acierta a reflejar en su ágil prosa el instante fugaz y a transmitirnos un estado de ánimo en pequeñas escenas de vivaz colorido. Es decir, logra salvar en sus apuntes el aire fresco del camino, las palabras más expresivas, lo irrepetible y más humano de los encuentros. En los detalles y matices confirma su buen oficio de buen narrador. Como ya lo hacía su lejano maestro, el homérico Ulises.
«Cuando viajas literariamente —escribe Reverte— recorres tres veces, al menos, el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Sin duda es la forma más rentable de viajar.» La más rentable y la más agradecida y sabrosa, en efecto. Lo demuestra de nuevo al evocar un itinerario menos exótico que el de otros viajes anteriores, pero no menos interesante. En un libro muy sagazmente programado, que rememora muchas lecturas previas (de textos clásicos y de estudiosos del mundo antiguo), y las impregna de fresco, actual y vistoso colorido, un relato escrito con apasionado fervor por el mundo griego y por el luminoso ámbito del Mediterráneo oriental, el mítico mar de Jasón y Ulises, en un estilo impecable. Su texto aviva en el lector el deseo de viajar tras sus huellas por las tierras y mares de Grecia, con la mirada despejada y el alegre coraje del héroe homérico, y de releer los textos memorables que Reverte invoca con sabia y oportuna precisión en sus claras jornadas.
CARLOS GARCÍA GUAL
Si los hombres dejan de creer que un día se convertirán en dioses, entonces con toda seguridad no pasarán de ser gusanos.
HENRY MILLER,
El coloso de Marusi
PRIMERA PARTE
Caminos de agua
Mi única patria, la mar.
JOSÉ DE ESPRONCEDA,
Canción del pirata
1
Donde el silencio habla
Hay días, o instantes de tu vida, que guardas en tu memoria, e incluso en tus sentidos, como si no se alejasen en el tiempo, como si se hubieran detenido en el espacio y habitasen siempre junto a ti. El primer beso en los labios de tu novia, aquel poema que abrió una herida de luz en tu alma, el nacimiento de un hijo, la muerte de tus padres o ese momento en que viste por vez primera el mar, asomando como un pecho vigoroso y azul al otro lado de una loma…; que cada cual escoja los suyos. Entre los míos está un atardecer, hace unos quince años, en que me senté junto a mis dos hijos, por entonces todavía unos niños, en el espigón del puerto de Garrucha, un pueblo de Almería donde pasábamos largos veranos bajo uno de los cielos más luminosos de la Tierra. El sol ya se había ocultado y un lunón con cara de gato rojo comenzaba a asomar tras la línea del mar. Un airoso velero salía en esa hora de la bocana del puerto, ponía rumbo al sur, en dirección tal vez a la invisible y remota África, y dejaba tras de sí una estela plateada sobre las aguas oscuras. La brisa marina nos traía una carnosa caricia de sal.
Uno de los dos chavales dijo que le gustaría estar en aquel barco, Mediterráneo adentro, y a los tres nos invadió, de pronto, el mismo anhelo: viajar a bordo de una nave que no sabíamos hacia dónde se dirigía. La idea despertó una honda sensación de aventura que compartimos durante largos minutos y sobre la que hablamos durante un buen rato, viendo el barco escapar más y más de la tierra. Ninguno pronunció una sola palabra referida al regreso.

Inicio este libro en Ítaca, la isla que fue patria del legendario Odiseo, nuestro Ulises. Sentado en la terraza solitaria de la pensión donde me alojo, después de un largo periplo que me ha traído hasta aquí siguiendo las huellas de la cultura griega, pienso que hay dos tipos de viaje: el que se emprende sin olvidar el regreso al hogar, por mucho tiempo que se emplee en el camino, y aquel que no busca otro fin que seguir y seguir más allá. En la isla de Ulises he completado un viaje circular, de parecida manera a como hizo aquel admirable héroe homérico, hace más de treinta siglos, cuando alcanzó a llegar a las playas de Ítaca veinte años después de haber iniciado su aventura. En un par de semanas yo también regresaré a mi patria. Pero ahora descubro que me gustaría seguir adelante, sin precisar muy bien adónde. Me acomete ese anhelo de tomar un barco, izar las velas y poner rumbo a lo desconocido, un barco como el que vi con mis hijos años atrás en el puerto de Garrucha. Siento la misma pasión que despertó esa voz de «más lejos, más lejos» en el corazón de Alejandro Magno. ¿Qué buscaría aquel joven general mientras trataba de seguir y seguir más lejos y más lejos? ¿Conquistar el mundo, o alcanzar los confines de la Tierra para conocerlo todo? Quizá buscaba únicamente una vida sin patria o ser el primer habitante de la patria más grande de todas, que no es otra que la Tierra desnuda de fronteras y abierta ante el alma libre.
Los libros nacen no sólo como un propósito diseñado antes de sentarse frente al ordenador, sino también en el camino de la escritura. Más aún si los libros cuentan un viaje, como ahora es el caso. Uno no sabe bien cuál va a ser su libro hasta que no ha avanzado un buen puñado de páginas. Y ahora, en estas notas de comienzo que anoto a bolígrafo en mi cuaderno, bajo el sol de la mañana resplandeciente de Ítaca, tiran de mí con fuerza dos de los personajes cuyo espíritu he buscado en mi viaje griego: Ulises, que vagó por estos mares perdido durante diez años, perdiéndolo todo pero encontrándose a sí mismo, y Alejandro, el joven emperador cuyo empeño por ir cada vez más lejos le transformó en un hombre nuevo y le arrojó, con poco más de treinta años, en brazos de una muerte inesperada. Ulises regresó al fin a su patria, y Alejandro nunca, tal vez porque no deseaba hacerlo.
He llegado a Ítaca hace unos días y en breve prepararé mis bártulos de nuevo para llegarme hasta Alejandría, el último destino de mi periplo antes de regresar a España. El camino que he dejado atrás se me hace hoy muy largo en el tiempo. He recorrido el Peloponeso, las aguas del Egeo, la costa oriental de Turquía y las orillas del mar Negro. Regresé luego a Grecia por el norte y descendí para detenerme unos días en Atenas. De allí, viajé hasta el extremo occidental del canal de Corinto y navegué hacia la isla de Ítaca, en la que ahora me encuentro. Queda la escala final del viaje: la ciudad egipcia de Alejandría, donde se cerró aquella esplendorosa civilización que fue la griega.
Ha sido un viaje literario, pues me han acompañado las historias antiguas de los héroes cantadas por Homero, y los versos de Safo y de los trágicos. También he escuchado las palabras de lord Byron, no muy lejos de aquí, en Missolonghi, la ciudad en que el poeta encontró la muerte luchando por la independencia griega.
El viaje literario tiene algo de viaje hacia la eternidad, una búsqueda incansable del tiempo detenido. Por eso, aunque en Alejandría ponga, dentro de unos días, fin a este vagabundeo, guardo la sensación de que mi viaje seguirá, y de que lo hará a lomos de la palabra escrita.
Cuando viajas literariamente recorres tres veces, al menos, el camino: al idearlo, al pisarlo y al escribir de regreso. Sin duda es la forma más rentable de viajar. Y la más honda, porque escuchas y ves con oídos y ojos más atentos. Recuerdo aquello que decía Don Quijote: «¿Acaso es tiempo mal gastado el que se emplea en vagar por el mundo?».
Ítaca es una isla pequeña, ruda y de forma desgarbada, que alza su perfil montañoso en el mar Jónico. Cubre una superficie de noventa y dos kilómetros cuadrados, casi toda ella ocupada por serranías ariscas y muy escasos valles que dedicar a la agricultura y el ganado. «Es mala para los caballos y buena para las cabras», decía Telémaco, el hijo de Ulises, al rey Menelao de Esparta. Y Homero, que la describió con detalle en varios pasajes de la Odisea, siempre la considera un lugar pobre.
Su capital se llama Vathy, ciudad que se abre al fondo de una honda bocana de la parte sur de la isla. Hay otras pequeñas localidades, como Stavros, Frikes, Kioni o Perachori, unas sobre las montañas y otras junto al mar. Si sus tierras son malas, sus puertos naturales son excelentes, ideales para refugio de piratas en los siglos pasados. El mismo Ulises, visto desde el ángulo más áspero de su personalidad, era un rey pirata, como Homero nos deja ver al relatar sus primeras hazañas tras la caída de Troya.
No es demasiado fácil llegar a Ítaca. Apenas la separan unas veinte millas del continente, pero hay pocos transbordadores que vayan a la isla y su adusto terreno no permite la construcción de un aeropuerto. Arrimada por el oeste a la vecina Cefalonia, una isla mucho más grande y rica, parece que le diera la espalda. No debe ser gratuito que sus principales establecimientos humanos, como Kioni o Frikes o el mismo Vathy, se orienten hacia el lado contrario. Uno piensa que hay algo de orgulloso en ese desdén. El orgullo de Ulises, tal vez.
La población de la isla ronda las tres mil almas, pero hay varias decenas de miles de itacenses desperdigados por el ancho mundo: en Estados Unidos, Suráfrica, Canadá y, sobre todo, en Australia. Es un pueblo de marinos y emigrantes, como corresponde a la patria de Ulises, el primer gran marino y vagabundo de la literatura. Y como sucedía con Ulises, la mayoría de estos itacenses exiliados tratan, en su vejez, de regresar a la isla donde nacieron. No todos lo consiguen, desde luego.
Los hijos de Ítaca aman profundamente su isla y se sienten orgullosos de su tierra. «Ítaca es pobre», decía Ulises, «y aun así, yo no encuentro nada tan dulce como mi patria».
Estando aquí, viendo sus pobres tierras, contemplando sus hoscos montañones y sus ásperas costas, no acierta uno a entender por qué un hombre desea regresar a la isla, qué es lo que hay de «dulce» en Ítaca. Cierto es que sus cielos son hondos, su mar cristalino; que cuando pega el sol huele a pinos en los campos y, cuando cae la noche, el aroma de los jazmines inunda sus pueblos; que las águilas libres gustan de sobrevolar sus montes y que, en verano, el monótono guitarreo de las cigarras te hace pensar que vagas a lomos de una eternidad somnolienta… Bueno, tal vez haya dado con unas cuantas razones que justifican el regreso. ¿Pero son suficientes? La letra de una canción del folclore de la isla dice así: «Mi pobre Ítaca, me alejo de ti llevándome tan sólo el cuerpo, porque mis pensamientos se quedan detrás». Es un canto que hubiese coreado el propio Ulises.
Cuando se llega en el transbordador a Vathy, en mi caso tras una navegación de cuatro horas viniendo desde Patras y con escala en Cefalonia, se tiene la impresión, al entrar en la bocana, de que Ítaca te engulliese, tal es la longitud de esta garganta de mar cercada de hoscas alturas. El pueblo de Vathy se extiende en el arco que dibuja la honda bahía, un semicírculo casi perfecto de unos seis o siete kilómetros. He buscado alojamiento en el lugar más retirado, en el extremo oriental de la bocana. La última edificación, pegada al embarcadero y al lado de un bosque de pinos, es el restaurante-pensión Tsiribis. Tengo una habitación en un segundo piso, que mira al sur, y desde aquí veo las aguas tranquilas del puerto y el monte Aetos. Es una habitación limpia, barata y tranquila. Debajo, entre un par de olivos, una higuera y un eucalipto, están las mesas de la terraza del restaurante, que en estos días de finales de septiembre sólo se abre al público por las noches. Me levanto temprano, me preparo un café en mi cuarto y bajo a la terraza a leer y tomar notas.
Lo mejor del lugar es Dimitris, su dueño. Es el tipo de griego que todo viajero literario quisiera encontrar. Dimitris tiene unos cuarenta y cinco años, es bajo de estatura, sólido y posee una notable panza. En cierto modo, su figura recuerda la estructura de un olivo. Su pelo es rizado, algo rojizo y entreverado de canas. Gasta una barba descuidada y viste siempre ropa muy vieja. Sus ojos son de un azul clarísimo y profundo. Habla un excelente inglés, pero tan rápido que cuesta trabajo entenderle. Fuma sin cesar y bebe a toda hora chupitos de whisky. Tiene tres hijos de tres mujeres distintas, la última Bettina, una simpática alemana con quien vive ahora. Dimitris ha recorrido mundo, pero ha regresado a Ítaca para ocuparse del restaurante que abrió su padre casi cuarenta años atrás, el primero que hubo en la isla. Y no piensa moverse de aquí hasta que muera.
Dimitris ama la ópera y la poesía. Muchos días le pido que me recite el comienzo de la Odisea en griego clásico, que sabe de memoria. Me gusta oírle poner el acento, rotundamente, en la palabra polimorfos, el adjetivo con que mejor definió Homero al héroe Odiseo, a Ulises, aquel hombre de «multiforme» ingenio. Entre sus poetas favoritos, Dimitris siempre cita al alejandrino Cavafis.
En los viajes, en la vida, uno de los milagros que suceden de cuando en cuando es encontrar gentes con quienes, de inmediato, casi de golpe, se entabla amistad. Y eso nos sucedió a Dimitris y a mí. Una mirada, una palabra, una sonrisa…, quién sabe.
Dimitris tiene una barca vieja que hace agua en la sentina y que marcha renqueante, empujada por un motor necesitado de jubilación inmediata. No había pasado un día desde que ocupé la habitación y ya me invitó a ir de pesca con él. Y así, yo al timón y él preparando los sedales y la carnada, e interrumpiendo la tarea cada diez o quince minutos para achicar agua con la bomba, hemos bordeado la costa oriental cercana a Vathy, en las soledades del mar, pescando lo que buenamente podíamos en las esquilmadas aguas del Jónico. A mediodía, Dimitris me ha dirigido hacia una cala de aguas quietas y verdes, entre pinares olorosos, y hemos bajado de la barca para guisar un caldero con patatas y nuestras exiguas capturas. No había otro ruido que el del viento entre los árboles y el canto de las cigarras. Bebimos vino rosado para acompañar la comida y, a los postres, unos tragos de whisky. Luego, fumamos junto a los rescoldos de la hoguera. No hablábamos apenas. Y en algún momento que yo inicié una charla, por decir algo más que por otra razón, él me miró sonriente. «Déjelo», interrumpió, «Cavafis escribió que, cuando no hay nada que decir, hay que dejar que nos hable el silencio».
Y es cierto que el silencio habla en la isla de Ulises. Habla por encima del rumor de las hojas de los pinos y la salmodia de las cigarras. Quiero creer que habla de esa Grecia eterna cuya alma he perseguido en este viaje, esa alma viva y luminosa que aún palpita en los corazones y en las mentes de muchos de nosotros.
Ha sido éste un viaje en busca de esa alma griega. Por decirlo de alguna manera, un viaje casi espiritual. O como señala Carlos García Gual cuando se refiere a la lectura de los clásicos, «el viaje sobre el tiempo». Italo Calvino —lo recojo también de García Gual— escribía que «un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir»; es la «literatura permanente», en palabras de Schopenhauer. Con altibajos determinados por los vaivenes frívolos del gusto, diezmados por la brutalidad de la Historia y del fundamentalismo de la ciega fe, fuese islámica o cristiana, los textos griegos han sobrevivido frescos, jóvenes y lúcidos más de dos mil años. Los cantos de Homero, las máximas fragmentadas de Heráclito, los restos del naufragio de la poesía de Safo, el verbo encendido de Esquilo, los versos elegíacos de Píndaro y las sentencias de Platón y de Aristóteles han trascendido la prueba del tiempo, han viajado incólumes por los caminos del espíritu. Aunque muchos lo ignoren, creo en lo que afirmaba el poeta Shelley: «Todos somos griegos».
Una y otra vez olvidada, una y otra vez recuperada, la literatura clásica es algo más que literatura. Quienes consideran los libros sólo como una fuente de placer, sencillamente una forma de entretenimiento o de evasión frente a la realidad de la perra vida, nunca entenderán cabalmente a los griegos, nunca entenderán del todo a los clásicos. La literatura, la filosofía y la ciencia fueron para los griegos un vínculo espiritual que determinó su manera de ser y que diseñó su forma de vivir y de organizarse, en rebelión permanente contra lo incomprensible. Esquivaron la cólera de los dioses y sobrevivieron a la fuerza ciega de la Naturaleza. Y por eso nos hablan hoy todavía, porque siempre que los hombres se rebelan en nombre del espíritu deben remitirse a Grecia.
Mientras abro de nuevo los antiguos libros y otra vez escucho la voz eterna de los clásicos, pienso que Europa, más de dos mil años después de aquel esplendor griego, es un continente de alma seca y espíritu dormido. Por eso me parece necesario, una vez más, volver a Grecia.
Hace casi treinta años hice mi primer viaje a Grecia, cargado de lecturas y con los oídos ahogados por los cantos de Homero. Fue un periplo luminoso y emotivo, siguiendo las huellas de lo que pudo ser la geografía que describe la Odisea. Y al regreso publiqué un libro que titulé La aventura de Ulises. Hoy lo encuentro pretencioso en ocasiones y con frecuencia algo infantil.
Pero Grecia ha seguido tirando de mí en los años transcurridos desde aquel primer viaje, y al releer mi antiguo libro pensé que debía decir lo que no supe decir entonces.
Y así, en un día caluroso de verano, compré un billete de ida con destino a Atenas y, una semana después, descendía en el aeropuerto de la capital griega. Horas más tarde, cercano ya el crepúsculo, navegaba a bordo de un transbordador, en aguas del golfo de Salamina, rumbo a Nauplia. El aire era tibio bajo el cielo que se anaranjaba, sobre un mar «vinoso», como siempre ha sido el mar griego, el mar de Homero.
Extiendo sobre la mesa un mapa de Grecia. Y veo el retrato de una víscera humana despedazada. La parte continental del país es semejante a un corazón que ha estallado, y las islas, casi dos mil, parecen pedazos de su carne diseminados en el ancho azul del mar. Con su descuartizada geografía, Grecia se retrata a sí misma. La Antigüedad nos ha dejado los nombres de unos ciento cincuenta autores griegos, pero de la mayoría de sus obras apenas nos quedan fragmentos, o referencias de escritores posteriores, o citas de las antologías. El desastre es inmenso e irremediable. De las ochenta y tres tragedias de Esquilo sólo quedan siete; otras siete de Sófocles, que dejó escritas ciento veintitrés, y sólo sobrevivieron diecinueve de las noventa y dos debidas a Eurípides. Que conservemos la Ilíada y la Odisea es un maravilloso milagro que la Humanidad tiene siempre que agradecer a quienes lograron salvarlas. ¡Pero qué magníficas obras no habría entre todo lo que se ha perdido!
Ese corazón griego que ha estallado, ese penoso «Big Bang» en el que tantas hermosas creaciones han desaparecido para siempre, nos ha impregnado a todos, sin embargo, con su sangre derramada. Lo mejor de nuestras mentes piensa todavía en griego.
2
El sendero de los héroes
Grecia es blanca y azul, como los colores de su bandera. Alegra el alma su potente luminosidad, el milagro de la inmensidad de su cielo, que se torna en tenebrosa oscuridad durante las noches sin luna. Aquella primera jornada de mi viaje, ya en el mar y rumbo a Nauplia, acodado en la baranda de babor del barco, sin luz alguna en el ancho espacio al que daba frente, y con la sensación de transitar en la nada, el tiempo parecía no existir. Nunca existe, en verdad, cuando el mar nos traga en la negra noche. Más aún si hay calma y el navío se desliza con suavidad sobre las aguas. ¿Morir, soñar?, se preguntaría Hamlet. Quizá nacer, porque viajar supone una forma de nacimiento, aunque camines a través del vacío y escapado del tiempo.
La distancia entre el puerto ateniense del Pireo y Nauplia no es demasiada, pese a que hay que dar un amplio giro junto a las ariscadas paredes de la península Argólida. Un viaje directo en barco puede durar entre tres y cuatro horas, pero el transbordador que yo había tomado era una especie de autobús marino, con escalas en las islas de Poros, Ídhra y Spétsai. De manera que la navegación hasta Nauplia nos llevó toda la noche y parte de la mañana.

Era un buque grandullón, con la panza llena de coches, camiones y autobuses. Arriba, los pasajeros dormitaban en los sillones del bar o quemaban el tiempo contemplando en las pantallas de vídeo un filme sobre matanzas interminables en algún lugar de Asia. Varios niños sin sueño se entretenían cazando marcianos en las máquinas de juegos electrónicos. Navegábamos sumidos en un imponente tiroteo.
Descansé unas pocas horas, en duermevela, tendido en un sofá y con la cabeza apoyada en mi bolsa de viaje. Cuando la claridad del nuevo día entró en los puentes tomé un café y un botellín de agua y salí a cubierta. Habíamos dejado atrás la isla de Spétsai, la nada había desaparecido y el mundo estaba allí delante. Montañas desnudas, rudos murallones sobre la costa, cielo sin rastro de nubes y un mar de bronco azul, así era Grecia aquella mañana mientras el barco surcaba las aguas del golfo Argólico. ¡Y la luz! Era la misma luz que ha deslumbrado a tantos viajeros, la luz del principio de las cosas, la energía primera que originó la vida. Era esa misma inmensidad luminosa que conmovió a Henry Miller cuando recorrió las costas y las llanuras griegas. «En Grecia», escribía el autor de El coloso de Marusi, «uno siente el deseo de bañarse en el cielo, librarse de la ropa, correr y, de un salto, sumergirse en el azul. Uno desea flotar en el aire como un ángel».
No hay dudas sobre el hecho de que la historia de la civilización griega comenzó en las llanuras y las costas de Argos y en la no muy lejana isla de Creta. Aquellos primitivos griegos que llegaron desde el norte alrededor del 1800 antes de Cristo se llamaban a sí mismos aqueos y nominaban a su patria Acaya. Eran los hijos de una larga emigración, cosa por otra parte nada especial si se tiene en cuenta que toda la historia del mundo está escrita por grandes migraciones humanas. Nadie es el dueño original de la tierra, por muy pequeño que sea el pedazo que uno escoge como patria. Cualquier nación ha nacido de una invasión y una conquista. La fiebre de nacionalismos que nos acomete en este comienzo de milenio pierde su principal razón de ser cuando se pasan hacia atrás las páginas de la Historia. Todo nacionalista tiene un bisabuelo que llegó como un intruso a un país que no era el suyo. En buena ley y si siguieran vivos, los verdaderos dueños del planeta deberían ser quizá los dinosaurios.
Sabemos que los aqueos eran una rama desgajada del tronco indoeuropeo y que iniciaron su larga marcha hacia el oeste y el sur desde las mesetas de Asia Central. ¿Cuántos siglos tardaron? No tenemos ni idea, pero hacia el 1900 a.C. ya estaban en Tesalia, después de cruzar el mar Egeo desde la antigua Lidia, fundiéndose con las poblaciones originales. Desde allí, descendieron hacia el Peloponeso, donde de nuevo se mezclaron con los pobladores del lugar. Las leyendas hablan de una primera dinastía, fundada por el rey Pélope, que dio nombre a la península, Peloponeso (la isla de Pélope). El mito habla de otros reyes, como el héroe Perseo, venido de Oriente, a quien se representa como un león alado, y que estaba emparentado con el propio Hércules. Los pelópidas, los perseidas y los tantálidas precedieron a la última dinastía propiamente aquea, la de los atridas, fundada por Atreo y cuyo segundo hijo se llamó Agamenón. Las dudas sobre la autenticidad de esta postrera familia real se han disipado gracias a los hallazgos arqueológicos del último siglo y medio, que confirman mucho de cuanto se relata en el primer gran poema de Homero, la Ilíada. Agamenón y Orestes fueron con toda probabilidad los últimos monarcas aqueos del Peloponeso, antes de la invasión de los dorios. El mito griego, en este punto, es ya realidad, casi historia.
Atreo estableció su capital en Micenas, no muy lejos de Nauplia, en una colina sobre las llanuras argólidas. Y en tiempos de Agamenón, alrededor del 1200 a.C., la dinastía atrida dominaba todo el Peloponeso. En Esparta, por ejemplo, gobernaba el rey Menelao, hermano de Agamenón y marido de Helena, la mujer que, según Homero, provocó la guerra de Troya.
Micenas era un estado militar donde el soberano apoyaba su poder en una aristocracia guerrera. Pese a que los aqueos tenían su origen en tierras del interior de Asia, en su larga emigración ya se habían convertido en excelentes marinos. Eran una potencia marítima, quizá la más poderosa de su tiempo, bajo la égida de los atridas. Agamenón fue un poderoso señor del mar y su hegemonía de primus inter pares se imponía desde las tierras de Tesalia, al norte del Ática, hasta el cabo Maleo, en la punta sur del Peloponeso. Cuando reinaba el penúltimo de los atridas, Creta, su rival principal en el Mediterráneo, ya había sido sometida y conquistada por los aqueos.
No obstante, aquel pueblo no era tan sólo una tribu de guerreros. Les debemos mucho los europeos de hoy, puesto que fueron ellos quienes plantaron las semillas de una forma de ver el mundo, y de diseñar los valores del hombre, que en buena medida ha sobrevivido hasta nosotros. Antes que ellos, antes que este «pueblo de las hachas de guerra», como los llamaron los antiguos, otras invasiones no habían dejado nada que poder recordar, y otros conquistadores que llegaron después, como los dorios, tampoco nos aportaron nada digno de ser reseñado. A los cantos de Homero le debemos los hombres de los siglos posteriores el conocimiento de aquella civilización que sentó los principios sobre los que se alzaría la luminosidad del alma griega.
«¿Cómo sería el mundo si la Ilíada y la Odisea hubieran desaparecido por completo?», se preguntan los autores de la Historia de la literatura griega, editada por la Universidad de Cambridge. Es probable que fuese un mundo aún más salvaje del que tenemos, por muy difícil que parezca. Y desde luego mucho más irracional.
En aquel universo de héroes, dioses, reyes, guerras y desastres retratado por el genio homérico, dos figuras de la leyenda —y probablemente de la vida real— trazaron la senda del pensamiento de Occidente. El primero, un aqueo de Tesalia, Aquiles, hijo de Peleo. El segundo, el rey de una pequeña isla del Jónico, Odiseo —o Ulises—, el hijo de Laertes. Ambos combatieron en Troya, dignos hijos de sus padres, que habían tomado parte en la expedición de los Argonautas en busca del Vellocino de Oro.
«Este héroe magnánimo», dice de Aquiles Ernest Curtius, el autor de la monumental Historia de Grecia, «que no vacila en preferir una corta y gloriosa carrera a una larga vida de oscuridad y bienestar, es una especie de monumento imperecedero levantado al espíritu caballeresco, a las elevadas aspiraciones, y muestra las facultades poéticas de los aqueos».
Este Aquiles sería, más de ocho siglos después, el espejo en que se miraría Alejandro Magno antes de iniciar las fabulosas expediciones militares que le hicieron soberano del mundo antiguo. Alejandro, a su vez, sería el espejo en el que se fijarían hombres ya muy próximos a nosotros, como Napoleón Bonaparte. Por otro lado, es importante recordar que el maestro de Alejandro no fue otro que Aristóteles, uno de los padres de la filosofía occidental. En uno de sus escritos sobre ética, Aristóteles señalaba: «Quien se sienta impregnado de la propia estimación preferirá vivir brevemente en el más alto goce que una larga existencia en indolente reposo; preferirá vivir un año sólo por un fin noble que una larga vida por nada; preferirá cumplir una sola acción grande y magnífica más que una serie de pequeñeces insignificantes». El filósofo dibujaba así el alma de Aquiles y el mundo de valores que diseñó el pueblo aqueo inmortalizado por Homero.
Así que uno puede ir a Micenas y ver las ruinas de la antigua ciudad para comprobar que la historia de los atridas, y en particular la del rey Agamenón, tiene a su favor todas las cartas de lo verosímil. Pero es mejor intentar atrapar, entre las murallas derruidas del palacio aqueo, el viento vigoroso del espíritu de Aquiles. A Micenas no debe viajarse tan sólo para testificar la verdad de la Historia; importa más atravesar la Puerta de los Leones y subir las escaleras de mármol desgastadas por los siglos, sintiendo que se asciende el sendero de los héroes. Porque la literatura tiene también su propia mística, estaríamos buenos.
El arte puede definirse de muchas formas, pero a menudo suele ser una rebeldía contra la norma suprema, un afán por derrotar cuanto nos es impuesto y hacerlo siempre en nombre de la belleza. Así que, debajo de la norma estética, late a menudo una propuesta ética. O mejor: no hay apuesta moral si no se sustenta en un afán de unidad y de equilibrio, que no es otra la razón última de la estética. Y ésa fue la gran conquista griega, el logro sustancial que cuajó con plenitud en el período clásico: fundir la ambición moral y el anhelo de perfección formal. Para los griegos no había diferencia entre la idea y su vestidura, entre el ser y el parecer. «Apropiarse de la belleza», uno de sus principales propósitos, era una norma ética, no sólo estética. Y no les salió nada mal semejante reto a aquellos hombres recios, armados de hachas, venidos de las duras estepas de Asia y convertidos, pocos siglos después, en los refinados hijos de la mar.
Nauplia es la ciudad más hermosa de Grecia y aquel luminoso mediodía de domingo parecía serlo en mayor medida. Un sol preciso y fuerte sobre las plazas diseñadas por los venecianos, un mar azul añil, una brisa lozana que limpiaba el cielo, altos edificios neoclásicos tocados por un golpe de audacia italiana, fuentes cinceladas por los turcos, balcones adornados de geranios, parques de árboles olorosos y dulces muchachas paseando en el malecón. Era una ciudad para quedarse toda una vida, pensé entonces. Pienso ahora lo mismo al repasar mis notas, y al recordar la visión de la ciudad y escribir sobre ella. No sabría decir muy bien por qué, pero Nauplia es uno de esos rincones del mundo donde te asalta el espejismo de que sus habitantes son gentes felices y de que tú también podrías serlo. Quizá porque la belleza sencilla, la naturalidad de la hermosura no forzada, logra que el alma respire el aire de la serenidad.
Recuerdo que comí una dorada y bebí una frasca de vino blanco en un restaurante del malecón. El joven camarero que atendía la terraza, tan miope que parecía llevar sobre los ojos dos lupas en lugar de gafas, corría sin tino de mesa en mesa, apremiado por su jefe, y en su empeño por agradar y cumplir con su cometido no lograba otra cosa que descontentar a toda la clientela. Preguntaba a todos y no servía a nadie. Pugnaba contra su confusión por cuadrar los pedidos con la mesa oportuna. Daba de comer primero a los últimos que llegaban, confundiendo los platos, y dejaba esperando a quienes habían llegado antes. Un desastre. Almorcé sin enterarme muy bien a qué sabía el pescado, pendiente del esforzado camarero. Aquel día, por suerte, no se estrelló contra ninguno de los postes de sujeción de los toldos. Le dejé en el platillo una buena propina para premiar su terca voluntad. Lo más probable es que su jefe lo haya tirado al mar.
No hubiera salido de Nauplia en todo el día, pero Micenas esperaba tan sólo unos pocos kilómetros al norte. Y el deber es el deber cuando uno viaja.
Todo europeo que ame los libros debe traspasar, al menos una vez en su vida, la Puerta de los Leones del palacio de Micenas. De manera que, a la mañana siguiente de mi llegada al Peloponeso, alquilé un coche para cumplir el rito.
No son muchos los kilómetros que separan Nauplia del antiguo palacio de los atridas. De los anchos campos de la Argólida iba levantándose una neblina opaca, dejando sus hilachos desgarrados en las ramas plateadas de los olivos. Cuando llegué a Micenas, el sol había ganado la partida a los últimos restos de la bruma y el valle temblaba bajo la robusta luz. En la explanada que hay al pie de las ruinas aparcaban varios autocares de turistas, y arriba, en las faldas de la loma donde se derraman los restos de los muros y columnas de la antigua ciudadela, se les veía por decenas, como hormigas recorriendo un paisaje devastado. Uno siempre aspira a visitar en soledad lugares como Micenas, pero es algo imposible en nuestro tiempo. Y, además, tampoco es justo. Supongo que la mayoría de los turistas que había allí aquella mañana sentían lo mismo que yo: que tenían el derecho de estar solos.
Ascendí la cuestecilla y alcancé la briosa Puerta de los Leones, cercada de bloques de piedra imbatibles frente al furor de los siglos. En el umbral de la majestuosa entrada, los turistas se retrataban por turnos y una guía explicaba en inglés la historia del palacio a un grupo de japoneses sonrientes y asentidores. El sol pegaba justo detrás del vértice donde se acercan los hombros de los dos felinos. No hay, quizá, una entrada tan imponente en el mundo para el palacio de un rey. Ni tan sencilla
