PRÓLOGO
Viernes 9 de enero
El cielo era una inmensa bóveda de grises nubarrones que abarcaban todo el horizonte. Era el cielo que solía verse en el Medio Oeste estadounidense. En verano, una alfombra de maíz y soja cubría la tierra. Pero ahora, en pleno invierno, ésta no era más que un campo de rastrojos con montones de nieve sucia y unos cuantos árboles solitarios, sin hojas, convertidos en esqueletos.
Las nubes plomizas habían dejado caer una fina llovizna durante todo el día, más parecida a la niebla que a la lluvia, pero las precipitaciones habían cesado a las dos, y aunque seguía funcionando, el limpiaparabrisas de la vieja furgoneta de correos reciclada ya no era necesario mientras el vehículo avanzaba con dificultad por un camino de tierra lleno de baches.
—¿Qué ha dicho el viejo Oakly? —preguntó Bart Winslow, el conductor de la camioneta. Él y su socio Willy Brown, que iba a su lado, andaban por los cincuenta y tantos y podían tomarse por hermanos. Sus rostros curtidos, llenos de arrugas, daban fe de toda una vida de trabajo en la granja. Ambos vestían monos sucios y raídos sobre varias capas de sudaderas, y ambos mascaban tabaco.
—Benton Oakly no ha dicho gran cosa —respondió Willy tras secarse el mentón con el dorso de la mano—. Sólo ha dicho que una de sus vacas ha enfermado.
—¿Cuánto de enferma? —preguntó Bart.
—Supongo que lo suficiente como para morirse —dijo Willy—. Tiene una mala diarrea.
A lo largo de los años, Bart y Willy habían dejado de ser meros peones de granja para convertirse en lo que los granjeros de la zona llamaban hombres 4-D. Su trabajo consistía en recoger los animales muertos, moribundos, enfermos y discapacitados,1 sobre todo vacas, y llevarlos a la planta de procesamiento de desechos.2 No era un trabajo envidiado, pero a ellos les iba muy bien.
La furgoneta giró hacia la derecha al llegar a un buzón oxidado y siguió por un camino enfangado que discurría entre sendas alambradas. Un kilómetro y medio más adelante se abría al claro donde se hallaba una pequeña granja. Bart llevó la camioneta hasta el establo, hizo un giro y dio marcha atrás para situarla ante la puerta. Benton Oakly apareció cuando Bart y Willy se apearon.
—Buenas tardes —dijo Benton, tan lacónico como Bart y Willy. El paisaje tenía algo que quitaba a la gente las ganas de hablar. Benton era un hombre alto y delgado con los dientes estropeados. Se mantuvo a distancia de los otros dos, igual que su perro Shep, que no dejó de ladrar hasta que Bart y Willy bajaron de la camioneta. El perro se ocultó entonces tras su amo; el olor de la muerte le picaba en el hocico.
—En el establo —dijo Benton. Hizo un ademán antes de conducir a sus visitantes al interior de la oscura construcción. Se detuvo ante un compartimiento y señaló el interior.
Bart y Willy se acercaron para mirar y fruncieron la nariz. Apestaba a excrementos recientes. Dentro había una vaca, enferma a todas luces, tumbada sobre sus propias diarreas. El animal alzó la cabeza bamboleante para mirar a los dos hombres. Una de sus pupilas era gris.
—¿Qué le pasa en el ojo? —preguntó Willy.
—Lo ha tenido así desde que era una ternera —dijo Benton—. Se le clavaría alguna cosa, o algo parecido.
—¿Se ha puesto enferma esta mañana? —preguntó Bart.
—Así es —dijo Benton—. Pero hace casi un mes que no da leche. Quiero sacarla de aquí antes de que contagie la diarrea a las demás vacas.
—De acuerdo, nos la llevaremos —dijo Bart.
—¿Siguen siendo veinticinco pavos por llevarla a la planta? —preguntó Benton.
—Sí —contestó Willy—. ¿Podemos regarla con la manguera antes de meterla en la furgoneta?
—Como queráis —dijo Benton—. Ahí tenéis una manguera, contra la pared.
Willy fue a cogerla mientras Bart abría la puerta del compartimiento. Eligiendo con cuidado dónde ponía los pies, dio unos golpes a la vaca en la grupa, que se levantó a regañadientes y se tambaleó.
Willy volvió con la manguera y regó a la vaca hasta dejarla relativamente limpia. Luego Bart y él se pusieron detrás y la azuzaron para que saliera del establo. Con ayuda de Benton consiguieron meterla en la furgoneta, y Willy cerró la portezuela trasera.
—¿Qué lleváis ahí dentro, cuatro reses? —quiso saber Benton.
—Sí —contestó Willy—. Todas muertas esta mañana. En la granja Silverton tienen no sé qué infección.
—¡Demonios! —exclamó Benton, alarmado. Entregó unos billetes arrugados a Bart—. Sacadlas ahora mismo de mi propiedad.
Bart y Willy soltaron un escupitajo y se dirigieron a sus respectivos lados de la furgoneta. El cansado motor soltó un eructo de humo negro antes de arrancar.
Como de costumbre, Bart y Willy no volvieron a hablar hasta que la furgoneta enfiló la asfaltada carretera del condado. Bart aceleró.
—¿Estás pensando lo mismo que yo? —preguntó.
—Supongo —dijo Willy—. Esa vaca no parecía tan mal después de limpiarla con la manguera. Demonios, tiene mejor aspecto que la que vendimos al matadero la semana pasada.
—Y puede levantarse e incluso caminar un poco —apuntó Bart.
—Y además es la hora justa —dijo Willy, mirando su reloj.
Los hombres 4-D no volvieron a hablar hasta que abandonaron la carretera para adentrarse en el camino que rodeaba un gran edificio achaparrado y prácticamente sin ventanas. Un enorme letrero rezaba: HIGGINS Y HANCOCK. En la parte posterior del edificio había un corral de ganado vacío, convertido en un campo de fango pisoteado.
—Tú espera aquí —dijo Bart, deteniéndose cerca de la rampa que llevaba del corral de ganado al interior de la factoría.
Bart se apeó de la furgoneta y bajó por la rampa. Willy salió a su vez y se apoyó contra la portezuela posterior. Cinco minutos más tarde reaparecía Bart acompañado de dos hombres fornidos con sendas batas blancas manchadas de sangre, cascos de plástico amarillo y botas de goma de media caña del mismo color. Ambos llevaban etiquetas con su nombre. La del más corpulento decía «Jed Street. Supervisor», la del otro, «Salvatore Morano. Control de calidad». Jed llevaba una carpeta de clip.
Bart hizo un gesto a Willy para que éste abriera la furgoneta. Salvatore y Jed se taparon la nariz y se asomaron al interior. La vaca enferma alzó la cabeza.
—¿Puede ponerse de pie? —preguntó Jed, volviéndose hacia Bart.
—Desde luego. Incluso puede caminar un poco.
—¿Qué opinas, Sal? —preguntó Jed.
—¿Dónde está el inspector de Sanidad? —preguntó Salvatore.
—¿Dónde crees tú? —dijo Jed—. Está en los vestuarios, donde se mete en cuanto cree que ha pasado el último animal.
Salvatore se levantó el faldón de la bata para sacar un radioteléfono que llevaba sujeto al cinturón. Lo encendió.
—Gary, ¿se ha llenado el último contenedor para Carnes Mercer?
—Casi —fue la respuesta, acompañada de interferencias.
—De acuerdo. Vamos a enviaros otro animal. Con eso se llenará del todo.
Salvatore apagó el aparato y miró a Jed.
—Hagámoslo.
Jed asintió y se volvió hacia Bart.
—Bueno, parece que hay trato, pero como os he dicho, sólo pagaremos cincuenta pavos.
—De acuerdo —dijo Bart, asintiendo.
Mientras Bart y Willy subían a la parte posterior de la furgoneta, Salvatore volvió a bajar por la rampa. Sacó unos pequeños auriculares del bolsillo y se los puso en las orejas. Cuando entró en el matadero, había olvidado ya a la vaca enferma, preocupado por los numerosos formularios que aún tenía que rellenar antes de pensar siquiera en regresar a casa.
Con los auriculares puestos, a Salvatore no le molestó el ruido del área de sacrificio del matadero cuando la atravesó. Se acercó a Mark Watson, el supervisor de línea.
—¡Va a entrar otro animal! —aulló Salvatore para hacerse oír por encima del estrépito—. Pero es sólo para carne sin hueso. No habrá carcasa. ¿Entendido?
Mark formó un círculo con el pulgar y el dedo índice para indicar que lo entendía.
Salvatore cruzó la puerta insonorizada que conducía al área de administración. Entró en su despacho, colgó la bata ensangrentada y el casco. Se sentó en su mesa y volvió a sus formularios cotidianos.
Dada su concentración, Salvatore no pudo decir cuánto tiempo había pasado cuando Jed apareció en su puerta.
—Tenemos un pequeño problema —dijo éste.
—¿Cuál?
—La cabeza de esa vaca moribunda se ha caído del riel.
—¿Lo ha visto algún inspector? —preguntó Sal.
—No. Están todos de palique en el vestuario con el de Sanidad, como todos los días.
—Entonces vuelve a poner la cabeza en el riel y límpiala con la manguera.
—De acuerdo. He pensado que deberías saberlo.
—Desde luego —dijo Salvatore—. Para cubrirnos las espaldas rellenaré incluso un informe de deficiencia en el proceso. ¿Cuál es el lote y el número de cabeza de ese animal?
—Lote treinta y seis, cabeza cincuenta y siete —dijo Jed, consultando su carpeta.
—Lo tengo.
Jed salió del despacho y regresó al área de sacrificio. Dio unos golpecitos a José en el hombro. El trabajo de José consistía en barrer toda la porquería y dejarla caer por una de las muchas rejillas del suelo. Hacía poco tiempo que trabajaba allí. Encontrar barrenderos era un problema crónico, debido a la naturaleza de su trabajo.
José no hablaba apenas inglés y el español de Jed no era mucho mejor, de modo que éste tenía que limitarse a comunicarse con él mediante gestos. Jed le indicó por señas que ayudara a Manuel, uno de los desolladores, a colgar la cabeza de vaca caída de uno de los ganchos del raíl que avanzaba por encima de ellos.
Por fin José lo comprendió. Por suerte José y Manuel podían comunicarse perfectamente, porque el trabajo requería dos pasos y un considerable esfuerzo. Primero tenían que subir la cabeza de más de cuarenta y cinco kilos hasta la pasarela metálica. Luego, tras subir allí ellos mismos, tenían que alzarla y colgarla de uno de los ganchos móviles.
Jed alzó el pulgar para felicitar a los dos hombres que, jadeantes, habían estado a punto de dejar caer su resbaladiza carga en el último segundo. Después lanzó un chorro de agua a presión sobre la sucia cabeza, a medida que se movía en el raíl. Incluso a un hombre endurecido como él, le pareció que el aspecto del ojo con cataratas le daba a la cabeza desollada una espantosa aura. Pero le satisfizo ver que el agua a presión eliminaba gran parte de la suciedad. Cuando la cabeza pasó por el hueco de la pared del área de sacrificio de camino al área de deshuesamiento de cabezas, estaba relativamente limpia.
1
Viernes 16 de enero
El centro comercial de Sterling Place resplandecía por el reflejo del mármol, el cobre brillante y la madera pulida de sus tiendas de lujo. Tiffany competía con Cartier y Nieman Marcus con Saks. A través de unos altavoces ocultos se oía el concierto para piano número 23 de Mozart. Gentes elegantes con zapatos Gucci y abrigos de Armani deambulaban por allí aquella tarde, echando un vistazo a las ofertas de enero.
En circunstancias normales, a Kelly Anderson no le hubiera importado pasar parte de la tarde en el centro comercial. Como periodista de televisión, aquel reportaje se alejaba mucho de los que solían asignarle, sucesos en cualquier parte de la ciudad para las noticias de las seis y de las once, pero aquel viernes en particular el centro comercial no había proporcionado a Kelly lo que ella quería.
—Esto es increíble —dijo con irritación. Miró en busca de un posible candidato a ser entrevistado, pero no halló ninguno prometedor.
—Creo que ya tenemos bastante —dijo Brian Washington, un hombre negro, larguirucho y apacible, que era el cámara elegido por ella. En opinión de Kelly, era el mejor cámara de la WENE, y había tenido que mover muchos hilos, engatusar e incluso amenazar para conseguir que se lo asignaran.
Ella hinchó las mejillas y soltó el aire con exasperación.
—Y una mierda —dijo—. No tenemos nada de nada.
A sus treinta y cuatro años de edad, Kelly Anderson era una mujer inteligente, seria, agresiva y ambiciosa, que pretendía dar el salto a los noticieros de nivel nacional. Sus colegas creían que tendría una buena oportunidad si tropezaba con una historia que la catapultara a la fama. Kelly encajaba muy bien en su papel, con sus rasgos angulosos y sus vivaces ojos enmarcados por rizos rubios. Complementaba su imagen vistiendo con elegancia, a la moda, y mostrando siempre un aspecto impecable.
Se pasó el micrófono a la mano derecha para consultar su reloj.
—Y para colmo de males vamos con el tiempo justo. Tendré que ir a recoger a mi hija. Su clase de patinaje habrá terminado ya.
—Estupendo —dijo Brian. Se bajó la cámara del hombro y desconectó la corriente—. Yo también debería ir a buscar a mi hija a la guardería.
Kelly se agachó para meter el micrófono en su bolso y luego ayudó a Brian a guardar el equipo. Después lo cargaron todo al hombro, como un par de botones experimentados, y echaron a andar hacia el centro de las galerías comerciales.
—Lo que ha quedado claro —dijo Kelly— es que a la gente le importa un comino la fusión del hospital Samaritan y el University Medical Center realizada por AmeriCare, a menos que hayan tenido que ir al hospital en los últimos seis meses.
—No es fácil que la gente se indigne por cosas así —dijo Brian—. No son delictivas, ni escandalosas, no tienen nada que ver con el sexo ni hay famosos involucrados.
—Debería preocuparles —insistió ella, disgustada.
—Oye, lo que la gente debería hacer y lo que hace nunca ha tenido nada que ver. Lo sabes de sobra.
—Todo lo que sé es que no debería haber programado este reportaje para las noticias de las once de esta noche —se quejó Kelly—. Estoy desesperada. Dime cómo hacer que parezca sexy.
—Si lo supiera, sería yo el talento en lugar del cámara —repuso Brian con una carcajada.
Emergieron del pasillo radial y llegaron al epicentro del Sterling Place Mall. En el centro de esta amplia zona y bajo una claraboya de tres pisos de altura había una pista de hielo oval. Su helada superficie resplandecía bajo intensas luces.
En la pista había una docena de niños y varios adultos patinando en todas direcciones. El caos aparente era el resultado del final de la clase de nivel intermedio y del comienzo inminente de la de nivel avanzado.
Al ver el traje rojo de su hija, Kelly agitó la mano y la llamó. Caroline Anderson le devolvió el saludo, pero se tomó su tiempo para acercarse patinando. Caroline era muy parecida su madre: brillante, atlética y voluntariosa.
—Date prisa, cariño —dijo Kelly—. Tengo que llevarte a casa. Mamá tiene un trabajo que cumplir y está metida en un lío.
Caroline salió de la pista, caminó sobre las puntas de los patines hasta el banco y se sentó.
—Quiero ir al Onion Ring a comer una hamburguesa. Estoy muerta de hambre.
—Eso tendrás que decírselo a tu padre, cariño. ¡Venga, corre! —Se agachó y sacó los zapatos de Caroline de su mochila y los colocó sobre el banco.
—Vaya, eso sí es patinar —comentó Brian.
Kelly se irguió, protegiéndose los ojos de los brillantes focos con una mano.
—¿Dónde?
—En el centro —dijo él, señalando—. La del traje rosa.
Kelly miró y adivinó inmediatamente a quién se refería. Una chica, más o menos de la edad de Caroline, realizaba unos ejercicios de calentamiento que habían hecho detenerse a algunos clientes del centro comercial para mirarla.
—¡Caramba! —exclamó Kelly—. Es buena. Casi parece una profesional.
—No es tan buena —dijo Caroline, y apretó los dientes en su esfuerzo por quitarse uno de los patines.
—A mí me lo parece —dijo su madre—. ¿Quién es?
—Se llama Becky Reggis. —Caroline aflojó un poco más los cordones—. Fue campeona juvenil del estado el año pasado.
Como si percibiera que estaba siendo observaba, la chica ejecutó dos axles dobles antes de dar una vuelta a la pista con los pies juntos, talón con talón. Una parte de los que se habían detenido para admirarla prorrumpió en espontáneos aplausos.
—Es fantástica —dijo Kelly.
—Sí, bueno, la han invitado a participar en los campeonatos nacionales de este año —añadió Caroline a regañadientes.
—Mmm —musitó Kelly, y miró a Brian—. Podría haber una historia ahí.
—Quizá para las noticias de las seis —dijo el cámara encogiéndose de hombros—. Desde luego no para las noticias de las once.
—¿Dices que se apellida Reggis? —preguntó Kelly, volviendo a fijar su atención en la patinadora.
—Sí —contestó Caroline, que se había sacado ya ambos patines y hurgaba en su mochila buscando los zapatos.
—¿No será la hija del doctor Kim Reggis? —preguntó Kelly.
—Sé que su padre es médico —dijo Caroline.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque va a mi escuela. Es un año mayor que yo.
—¡Bingo! —musitó Kelly—. Ésa sí es suerte.
—Conozco esa mirada brillante en tus ojos —dijo Brian—. Eres como un gato a punto de saltar. Estás tramando algo.
—No encuentro mis zapatos —se quejó Caroline.
—Acabo de tener una idea —dijo Kelly, cogiendo los zapatos del banco para ponerlos sobre el regazo de su hija—. El doctor Kim Reggis sería perfecto para el reportaje de la fusión. Era cirujano jefe de cardiología en el Samaritan antes de la fusión y luego, de repente, se pasa a los malos. Seguro que tiene algo sabroso que decir.
—Sin duda —dijo Brian—. Pero ¿querrá contártelo a ti? No salió muy bien parado en aquel reportaje sobre los «pobres niños ricos» que le hiciste.
—Oh, eso es agua pasada —dijo Kelly, desechando la idea con un ademán.
—Eso crees tú —dijo Brian—, pero dudo de que él piense lo mismo.
—Tuvo su merecido. Estoy segura de que ya se habrá dado cuenta. Por más vueltas que le dé, te aseguro que no entiendo por qué los cirujanos del corazón como él no se dan cuenta de que sus quejas sobre las cuotas de Medicare1 no pueden hallar eco en el público, cuando resulta que ganan cifras de seis números. Deberían ser más espabilados.
—Merecido o no, me resulta difícil creer que no se cabreara —insistió Brian—. No creo que quiera hablar contigo.
—Olvidas que los cirujanos como Kin Reggis adoran la publicidad. De cualquier manera, creo que vale la pena correr el riesgo. ¿Qué podemos perder?
—El tiempo.
—Pues precisamente no nos queda mucho. —E inclinándose hacia Caroline añadió—: Cariño, ¿conoces a la madre de Becky?
—Claro —dijo la niña señalando con el dedo—. Es aquélla, la del suéter rojo.
—Qué bien —dijo Kelly, irguiéndose para mirar hacia el otro lado de la pista de hielo—. Realmente es cosa de suerte. Oye, cariño, termina de ponerte los zapatos. Vuelvo enseguida. —Se volvió hacia Brian—. Tú quédate y vigila.
—A por ella, colega —dijo Brian con una sonrisa.
Kelly rodeó la pista y se acercó a la madre de Becky, que aparentaba tener su misma edad. Era una mujer atractiva y bien arreglada, pero vestía ropas de estilo muy conservador. Kelly no había visto un suéter de cuello redondo sobre una camisa blanca en una mujer desde su época universitaria. La madre de Becky estaba absorta en un libro que no podía ser de ficción, puesto que lo subrayaba a veces con un rotulador amarillo.
—Disculpe —dijo Kelly—. Espero no molestarla.
La mujer alzó la vista. Tenía cabello oscuro con reflejos castaños. Sus facciones eran duras, como cinceladas, pero tenía un porte amable y mostró rápidamente un carácter afable.
—En absoluto —dijo—. ¿En qué puedo ayudarla?
—¿Es usted la señora Reggis?
—Llámeme Tracy, por favor.
—Gracias. Ese libro parece muy serio para venir con él a la pista de patinaje.
—Tengo que aprovechar el poco tiempo de que dispongo —explicó Tracy.
—Parece un libro de texto.
—Me temo que lo es. He vuelto a estudiar en la madurez.
—Eso es digno de elogio.
—Es todo un reto.
—¿Cómo se titula?
—Evaluación de la personalidad infantil y adolescente —dijo Tracy, cerrando el libro para mostrar la tapa.
—¡Vaya! Eso suena muy pesado —dijo Kelly.
—No tanto. En realidad es interesante.
—Yo tengo una hija de nueve años. Seguramente debería leer algo sobre el comportamiento adolescente antes de que me caiga encima.
—No le hará daño —dijo Tracy—. Los padres necesitan toda la ayuda que puedan obtener. La adolescencia es una época muy difícil, y por mi experiencia puedo decir que, cuando se esperan dificultades, las habrá.
—Parece saber mucho sobre ese tema —comentó Kelly.
—Bastante —admitió Tracy—. Pero no hay que dormirse en los laureles. Antes de volver a estudiar el semestre pasado, realizaba tareas relacionadas con terapia infantil y adolescente.
—¿Es psicóloga?
—Asistenta social.
—Interesante —dijo Kelly para cambiar de tema—. En realidad, la he abordado porque quería presentarme. Soy Kelly Anderson, de las noticias de la WENE.
—Sé quién es —dijo Tracy con cierto tono despectivo.
—¡Oh, oh! Tengo la desagradable sensación de que mi reputación me ha precedido. Espero que no me guarde rencor por aquel reportaje sobre cirujanos del corazón y Medicare.
—Creo que fue poco riguroso. Kim tenía la impresión de que usted estaba a su favor cuando accedió a ser entrevistado.
—Lo estaba hasta cierto punto —replicó Kelly—. Al fin y al cabo ofrecí a las dos partes la oportunidad de explicarse.
—Sólo con referencia a la bajada de los ingresos profesionales, que usted convirtió en motivo principal del reportaje, cuando en realidad no es más que uno de los problemas que afectan a los cirujanos del corazón.
Una fugaz figura rosa pasó por delante de las dos mujeres, atrayendo su atención hacia la pista de hielo. Becky había aumentado su velocidad y tensaba el cuerpo al volver a pasar como un rayo. Luego, para deleite del improvisado público, ejecutó un triple axle perfecto, arrancando nuevos aplausos.
—Su hija es una extraordinaria patinadora —dijo Kelly, dejando escapar un débil silbido.
—Gracias. Nosotros creemos que es una persona extraordinaria.
Kelly observó a Tracy en un esfuerzo por interpretar su comentario, incapaz de decidir si había pretendido ser desdeñoso o simplemente informativo, pero el rostro de Tracy no dejó traslucir nada. Tracy tenía un rostro expresivo pero inescrutable.
—¿Ha heredado de usted el talento para patinar? —preguntó.
Tracy se echó a reír, echando la cabeza hacia atrás.
—Oh, no. Jamás me he puesto unos patines en mis torpes pies. No sabemos de dónde ha sacado su talento. Un día dijo que quería patinar, y el resto es historia.
—Mi hija dice que Becky participará en los campeonatos nacionales de este año. Ésa podría ser una buena historia para la WENE.
—No lo creo —dijo Tracy—. Fue invitada a participar, pero Becky ha decidido no ir.
—Lo siento. Usted y el doctor deben de haber sufrido una gran decepción.
—Su padre no está muy contento, pero si he de serle sincera, para mí ha sido un alivio.
—¿Por qué?
—Ese nivel de competición exige un alto precio de una niña como Becky, que ni siquiera ha alcanzado la adolescencia. No es saludable para la mente. Supone un gran riesgo a cambio de bien poco.
—Mmmm. Tendré que pensar en lo que ha dicho, pero mientras tanto tengo un problema más acuciante. Intento hacer un reportaje para las noticias de las once, dado que hoy se cumplen seis meses de la fusión del Samaritan con el University Medical Center. Quería tomar el pulso a la opinión de la comunidad, pero me he encontrado con bastante apatía. De modo que me encantaría conocer la opinión de su marido, puesto que estoy segura de que él sí tendrá una opinión. ¿Por casualidad no vendrá esta tarde a la pista de hielo?
—No —contestó Tracy con una risita, como si Kelly hubiera sugerido algo absurdo—. Jamás sale del hospital antes de las seis o las siete de la tarde los fines de semana. ¡Jamás!
—Qué pena —dijo Kelly, al tiempo que sopesaba diversas contingencias—. Dígame, ¿cree que su marido estaría dispuesto a hablar conmigo?
—No tengo la menor idea —contestó Tracy—. Lo cierto es que nos divorciamos hace unos meses, de modo que no sabría decirle qué piensa de usted en este momento.
—Lo siento —dijo Kelly con sinceridad—. No lo sabía.
—No lo sienta. Me temo que fue lo mejor para todos. Fue una víctima más de los tiempos y un choque de personalidades.
—Bueno, imagino que estar casada con un cirujano, sobre todo del corazón, no es ninguna perita en dulce. Quiero decir que creen que todo lo demás es insignificante en comparación con lo que ellos hacen.
—Mmmm —dijo Tracy, eludiendo responder.
—Yo no podría soportarlo —añadió Kelly—. Las personalidades egocéntricas y egoístas como la de su ex marido y yo no hacemos buenas migas.
—Quizá eso diga también algo sobre usted —sugirió Tracy.
—¿Eso cree? —Hizo una pausa, reconociendo que se enfrentaba con una personalidad amable pero ingeniosa—. Tal vez tenga razón. En cualquier caso, permítame una pregunta. ¿Tiene idea de dónde podría encontrar a su ex marido ahora? Me gustaría entrevistarlo.
—Puedo adivinar dónde está: seguramente en cirugía. Después de todo lo que se ha luchado por un horario para los quirófanos en el centro médico, ahora tiene que atender a sus tres casos semanales el viernes.
—Gracias. Creo que iré allí ahora mismo y veré si puedo hablar con él.
—Como guste —dijo Tracy. Agitó la mano para responder al saludo de Kelly y luego la contempló rodear la pista de hielo con paso vivo—. Buena suerte —murmuró para sí.
2
Viernes 16 de enero
Los veinticinco quirófanos del University Medical Center eran idénticos y se habían puesto al día en todos los sentidos, tras haber sido reformados y reequipados. Los suelos eran de granito blanco y las paredes de color gris. Las luces y los apliques eran de acero inoxidable o reluciente níquel.
El número 20 era uno de los dos quirófanos destinados a la cirugía a corazón abierto y a las cuatro y cuarto de la tarde funcionaba aún a pleno rendimiento. Entre enfermeras perfusionistas,1 anestesistas, enfermeras instrumentistas y circulantes, cirujanos y todo el equipo de alta tecnología, la habitación estaba completamente atestada. En aquel momento, el corazón inmóvil del paciente se hallaba a la vista, rodeado por numerosas gasas ensangrentadas, un reguero de suturas, retractores metálicos y telas de color verde claro.
—De acuerdo, ya está —dijo el doctor Kim Reggis, tendiendo el portaagujas a la enfermera, y se irguió para aliviar la rigidez de la espalda. No había dejado de operar desde las siete y media de la mañana. Aquél era el tercer y último caso—. Cortemos la solución de cardioplejia y pongamos en marcha el corazón.
La orden de Kim produjo un pequeño revuelo ante la consola de mandos de la máquina de bypass. Se accionaron los interruptores.
—Calentando —dijo la perfusionista.
La anestesista se levantó y observó la pantalla del éter.
—¿Cuánto tiempo más calcula? —preguntó.
—Cerraremos dentro de cinco minutos —dijo Kim—. Siempre que el corazón responda, y parece que lo hará.
Tras unos cuantos latidos erráticos, el corazón adquirió su ritmo normal.
—Muy bien —dijo Kim—. Cerremos.
En los veinte minutos siguientes no se habló. Todos los del equipo conocían su trabajo, por lo que no les era necesario comunicarse. Tras cerrar el esternón con alambre, Kim y el doctor Tom Bridges se apartaron del paciente envuelto en telas y empezaron a quitarse las batas, guantes y mascarillas de plástico esterilizados. Al mismo tiempo, los residentes de cirugía torácica ocupaban sus puestos.
—Quiero que se le haga la plástica a esa incisión —dijo Kim a los residentes—. ¿Queda claro?
—Eso está hecho, doctor Reggis —dijo Tom Harkly, jefe de residentes de cirugía torácica.
—Pero no hace falta un trabajo de artesanía —bromeó Kim—. El paciente ya ha soportado bastante.
Kim y Tom salieron del quirófano y se lavaron las manos. El doctor Tom Bridges era cirujano cardíaco como Kim. Hacía años que trabajaban juntos y se habían hecho amigos, aunque su relación seguía siendo principalmente profesional. También solían ayudarse el uno al otro con las guardias, sobre todo los fines de semana.
—Has hecho un trabajo muy hábil —comentó Tom—. No sé cómo has conseguido encajar esas válvulas de modo tan perfecto y que pareciera tan fácil.
A lo largo de los años, el trabajo de Kim se había centrado en la sustitución de válvulas dañadas, mientras que el de Tom se había decantado hacia el proceso del bypass.
—Del mismo modo que yo no sé cómo puedes coser esas diminutas arterias coronarias —replicó Kim.
Kim se alejó del lavamanos, entrelazó los dedos y los estiró por encima de su metro noventa de estatura. Luego se agachó y puso las palmas de las manos en el suelo, manteniendo las piernas rectas para estirar la zona lumbar. Kim era un hombre atlético, esbelto y vigoroso que había jugado al fútbol americano, baloncesto y béisbol en Dartmouth cuando era estudiante universitario. A causa de su apretado horario, había reducido el ejercicio físico a algún que otro partido de tenis y a algunas horas de bicicleta estática en casa.
Por su parte, Tom había abandonado. También él había jugado al fútbol americano en la universidad, pero tras muchos años sin hacer ejercicio, la masa de músculos que no había perdido se había convertido mayoritariamente en grasa. A diferencia de Kim, tenía una barriga pronunciada, pese a que apenas bebía cerveza.
Los dos hombres echaron a andar por el corredor alicatado, en el que a aquella hora del día se respiraba una relativa tranquilidad. Sólo nueve de los quirófanos estaban siendo utilizados, y había dos más disponibles para las urgencias. Era lo normal en el turno de las tres de la tarde a las once de la noche.
Kim se frotó el rostro anguloso y la barba incipiente. Siguiendo su rutina cotidiana, se había afeitado a las cinco y media de la mañana, y doce horas más tarde tenía el proverbial sombreado de las cinco de la tarde. Se pasó una mano por los largos cabellos castaños. Cuando era adolescente, a principios de los setenta, llevaba melena. A los cuarenta y tres, sus cabellos seguían pareciendo demasiado largos para alguien de su posición.
Kim miró el reloj que llevaba sujeto a los pantalones del pijama de quirófano.
—Joder, son las cinco y media y aún no he pasado visita. Ojalá no tuviera que operar los viernes. Siempre acaba estropeándome los planes del fin de semana.
—Al menos puedes tratar tus casos de manera consecutiva —dijo Tom—. Seguro que las cosas no eran así cuando dirigías el departamento en el Samaritan.
—Y que lo digas —reconoció Kim—. Con AmeriCare a cargo de todo y el estado actual de la profesión, dudo mucho que estudiara medicina si tuviera que volver a empezar.
—A mí me pasa lo mismo —dijo Tom—. Sobre todo con las nuevas cuotas de Medicare. Anoche me quedé levantado haciendo cuentas. Me temo que no me quedará nada después de pagar gastos. ¿Qué significa esto? Las cosas se están poniendo tan mal que Nancy y yo estamos pensando en vender la casa.
—Buena suerte —le deseó Kim—. La mía hace cinco meses que está a la venta y no he tenido ni una sola oferta seria.
—Primero tuve que sacar a mis hijos del colegio privado —dijo Tom—. Aunque, qué demonios, también yo fui a una escuela pública.
—¿Cómo os va a Nancy y a ti? —preguntó Kim.
—No demasiado bien. Ha habido muchos resquemores.
—Lo siento. Te comprendo muy bien; yo he pasado por lo mismo. Es una situación estresante.
—No es así como esperaba que fueran las cosas en esta etapa de mi vida —dijo Tom con un suspiro.
—Tampoco yo.
Los dos hombres se detuvieron junto al control de enfermería a la entrada de la sala de reanimación.
—Oye, ¿vas a estar por aquí este fin de semana? —preguntó Tom.
—Claro. ¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Quizá tenga que volver a operar en aquel caso con el que me ayudaste el martes —explicó—. Se han producido hemorragias residuales y, a menos que se detengan, me veré obligado a operar. Me iría bien que me ayudaras.
—Sólo tienes que llamarme —dijo Kim—. Estoy libre. Mi ex quería que me quedara con la niña el fin de semana. Creo que sale con alguien. En cualquier caso, Becky y yo estaremos juntos.
—¿Qué tal le va a Becky después del divorcio? —preguntó Tom.
—Estupendamente. Desde luego mejor que a mí. Ahora mismo es la única alegría que tengo en mi vida.
—Supongo que los niños son más duros de lo que pensamos —dijo Tom.
—Eso parece. Oye, gracias por ayudarme hoy. Siento que el segundo caso haya durado tanto.
—No te preocupes. Lo has llevado como un virtuoso. Ha sido una experiencia enriquecedora. Nos vemos en el vestuario de cirugía.
Kim entró en la sala de reanimación. Vaciló un instante junto a la puerta, buscando las camas de sus pacientes. Vio a Sheila Donlon, su segundo caso del día, que había resultado especialmente difícil, puesto que había precisado de dos válvulas en lugar de una, como estaba previsto.
Kim se acercó a la cama. Una enfermera estaba cambiando la botella de suero casi vacía por otra llena. El ojo experto de Kim comprobó primero el color de la paciente y luego miró
