VERANO
Enero, febrero, marzo
Hace una semana, mi abuela me abrazó sin lágrimas en el aeropuerto de San Francisco y me repitió que, si en algo valoraba mi existencia, no me comunicara con nadie conocido hasta que tuviéramos la certeza de que mis enemigos ya no me buscaban. Mi Nini es paranoica, como son los habitantes de la República Popular Independiente de Berkeley, a quienes persiguen el gobierno y los extraterrestres, pero en mi caso no exageraba: toda medida de precaución es poca. Me entregó un cuaderno de cien hojas para que llevara un diario de vida, como hice desde los ocho años hasta los quince, cuando se me torció el destino. «Vas a tener tiempo de aburrirte, Maya. Aprovecha para escribir las tonterías monumentales que has cometido, a ver si les tomas el peso», me dijo. Existen varios diarios míos, sellados con cinta adhesiva industrial, que mi abuelo guardaba bajo llave en su escritorio y ahora mi Nini tiene en una caja de zapatos debajo de su cama. Éste sería mi cuaderno número 9. Mi Nini cree que me servirán cuando me haga un psicoanálisis, porque contienen las claves para desatar los nudos de mi personalidad; pero si los hubiera leído, sabría que contienen un montón de fábulas capaces de despistar al mismo Freud. En principio, mi abuela desconfía de los profesionales que ganan por hora, ya que los resultados rápidos no les convienen. Sin embargo hace una excepción con los psiquiatras, porque uno de ellos la salvó de la depresión y de las trampas de la magia cuando le dio por comunicarse con los muertos.
Puse el cuaderno en mi mochila, para no ofenderla, sin intención de usarlo, pero es cierto que aquí el tiempo se estira y escribir es una forma de ocupar las horas. Esta primera semana de exilio ha sido larga para mí. Estoy en un islote casi invisible en el mapa, en plena Edad Media. Me resulta complicado escribir sobre mi vida, porque no sé cuánto recuerdo y cuánto es producto de mi imaginación; la estricta verdad puede ser tediosa y por eso, sin darme ni cuenta, la cambio o la exagero, pero me he propuesto corregir ese defecto y mentir lo menos posible en el futuro. Y así es como ahora, cuando hasta los yanomamis del Amazonas usan computadoras, yo estoy escribiendo a mano. Me demoro y mi escritura debe de ser cirílica, porque ni yo misma logro descifrarla, pero supongo que se irá enderezando página a página. Escribir es como andar en bicicleta: no se olvida, aunque uno pase años sin practicar. Trato de avanzar en orden cronológico, ya que algún orden se requiere y pensé que ése se me haría fácil, pero pierdo el hilo, me voy por las ramas o me acuerdo de algo importante varias páginas más adelante y no hay modo de intercalarlo. Mi memoria se mueve en círculos, espirales y saltos de trapecista.
Soy Maya Vidal, diecinueve años, sexo femenino, soltera, sin un enamorado, por falta de oportunidades y no por quisquillosa, nacida en Berkeley, California, pasaporte estadounidense, temporalmente refugiada en una isla al sur del mundo. Me pusieron Maya porque a mi Nini le atrae la India y a mis padres no se les ocurrió otro nombre, aunque tuvieron nueve meses para pensarlo. En hindi, maya significa «hechizo, ilusión, sueño». Nada que ver con mi carácter. Atila me calzaría mejor, porque donde pongo el pie no sale más pasto. Mi historia comienza en Chile con mi abuela, mi Nini, mucho antes de que yo naciera, porque si ella no hubiera emigrado, no se habría enamorado de mi Popo ni se habría instalado en California, mi padre no habría conocido a mi madre y yo no sería yo, sino una joven chilena muy diferente. ¿Cómo soy? Un metro ochenta, cincuenta y ocho kilos cuando juego al fútbol y varios más si me descuido, piernas musculosas, manos torpes, ojos azules o grises, según la hora del día, y creo que rubia, pero no estoy segura ya que no he visto mi pelo natural desde hace varios años. No heredé el aspecto exótico de mi abuela, con su piel aceitunada y esas ojeras oscuras que le dan un aire depravado, o de mi padre, apuesto como un torero e igual de vanidoso; tampoco me parezco a mi abuelo —mi magnífico Popo— porque por desgracia no es mi antepasado biológico, sino el segundo marido de mi Nini.
Me parezco a mi madre, al menos en el tamaño y el color. No era una princesa de Laponia, como yo creía antes de tener uso de razón, sino una asistente de vuelo danesa de quien mi padre, piloto comercial, se enamoró en el aire. Él era demasiado joven para casarse, pero se le puso entre ceja y ceja que ésa era la mujer de su vida y la persiguió tozudamente hasta que ella cedió por cansancio. O tal vez porque estaba embarazada. El hecho es que se casaron y se arrepintieron en menos de una semana, pero permanecieron juntos hasta que yo nací. Días después de mi nacimiento, mientras su marido andaba volando, mi madre hizo sus maletas, me envolvió en una mantita y fue en un taxi a visitar a sus suegros. Mi Nini andaba en San Francisco protestando contra la guerra del Golfo, pero mi Popo estaba en casa y recibió el bulto que ella le pasó, sin darle muchas explicaciones, antes de correr al taxi que la estaba esperando. La nieta era tan liviana que cabía en una sola mano del abuelo. Poco después la danesa mandó por correo los documentos del divorcio y de ñapa la renuncia a la custodia de su hija. Mi madre se llama Marta Otter y la conocí en el verano de mis ocho años, cuando mis abuelos me llevaron a Dinamarca.
Estoy en Chile, el país de mi abuela Nidia Vidal, donde el océano se come la tierra a mordiscos y el continente sudamericano se desgrana en islas. Para mayor precisión, estoy en Chiloé, parte de la Región de los Lagos, entre el paralelo 41 y 43, latitud sur, un archipiélago de más o menos nueve mil kilómetros cuadrados de superficie y unos doscientos mil habitantes, todos más cortos de estatura que yo. En mapudungun, la lengua de los indígenas de la región, Chiloé significa tierra de cáhuiles, unas gaviotas chillonas de cabeza negra, pero debiera llamarse tierra de madera y papas. Además de la Isla Grande, donde se encuentran las ciudades más pobladas, existen muchas islas pequeñas, varias deshabitadas. Algunas islas están agrupadas de a tres o cuatro y tan próximas unas de otras, que en la marea baja se unen por tierra, pero yo no tuve la buena suerte de ir a parar a una de ésas: vivo a cuarenta y cinco minutos, en lancha a motor y con mar calmo, del pueblo más cercano.
Mi viaje desde el norte de California hasta Chiloé comenzó en el noble Volkswagen amarillo de mi abuela, que ha sufrido diecisiete choques desde 1999, pero corre como un Ferrari. Salí en pleno invierno, uno de esos días de viento y lluvia en que la bahía de San Francisco pierde los colores y el paisaje parece dibujado a plumilla, blanco, negro, gris. Mi abuela manejaba en su estilo, a estertores, aferrada al volante como a un salvavidas, con los ojos puestos en mí, más que en el camino, ocupada en darme las últimas instrucciones. No me había explicado todavía adónde me iba a mandar exactamente; Chile, era todo lo que había dicho al trazar el plan para hacerme desaparecer. En el coche me reveló los pormenores y me entregó un librito turístico en edición barata.
—¿Chiloé? ¿Qué lugar es ése? —le pregunté.
—Ahí tienes toda la información necesaria —dijo, señalando el libro.
—Parece muy lejos…
—Mientras más lejos te vayas, mejor. En Chiloé cuento con un amigo, Manuel Arias, la única persona en este mundo, fuera de Mike O’Kelly, a quien me atrevería a pedirle que te esconda por uno o dos años.
—¡Uno o dos años! ¡Estás demente, Nini!
—Mira, chiquilla, hay momentos en que uno no tiene ningún control sobre su propia vida, las cosas pasan no más. Éste es uno de esos momentos —me anunció con la nariz pegada al parabrisas, tratando de situarse, mientras dábamos palos de ciego por la maraña de autopistas.
Llegamos apuradas al aeropuerto y nos separamos sin aspavientos sentimentales; la última imagen que guardo de ella es el Volkswagen alejándose a estornudos en la lluvia.
Viajé varias horas hasta Dallas, estrujada entre la ventanilla y una gorda olorosa a maní tostado, y luego en otro avión diez horas a Santiago, despierta y con hambre, recordando, pensando y leyendo el libro de Chiloé, que exaltaba las virtudes del paisaje, las iglesias de madera y la vida rural. Quedé aterrada. Amanecía el 2 de enero de este año 2009 con un cielo anaranjado sobre las montañas moradas de los Andes, definitivas, eternas, inmensas, cuando la voz del piloto anunció el descenso. Pronto apareció un valle verde, hileras de árboles, potreros sembrados y a lo lejos Santiago, donde nacieron mi abuela y mi padre y donde hay un pedazo misterioso de la historia de mi familia.
Sé muy poco del pasado de mi abuela, que ella ha mencionado rara vez, como si su vida hubiese comenzado cuando conoció a mi Popo. En 1974, en Chile, murió su primer marido, Felipe Vidal, unos meses después del golpe militar que derrocó al gobierno socialista de Salvador Allende e instauró una dictadura en el país. Al encontrarse viuda, ella decidió que no quería vivir bajo un régimen de opresión y emigró a Canadá con su hijo Andrés, mi papá. Éste no ha podido agregar mucho al relato, porque recuerda poco de su infancia, pero todavía venera a su padre, de quien sólo han perdurado tres fotografías. «No vamos a volver más, ¿verdad?», comentó Andrés en el avión que los conducía a Canadá. No era una pregunta, sino una acusación. Tenía nueve años, había madurado de sopetón en los últimos meses y quería explicaciones, porque se daba cuenta de que su madre intentaba protegerlo con verdades a medias y mentiras. Había aceptado con entereza la noticia del súbito ataque al corazón de su padre y la noticia de que éste había sido enterrado sin que él hubiera podido ver el cuerpo y despedirse. Poco después se encontró en un avión rumbo a Canadá. «Claro que volveremos, Andrés», le aseguró su madre, pero él no la creyó.
En Toronto fueron acogidos por voluntarios del Comité de Refugiados, que les facilitaron ropa adecuada y los instalaron en un apartamento amueblado, con las camas hechas y la nevera llena. Los tres primeros días, mientras duraron las provisiones, madre e hijo se quedaron encerrados, tiritando de soledad, pero al cuarto apareció una visitadora social que hablaba buen español y los informó de los beneficios y derechos de todo habitante de Canadá. Antes que nada recibieron clases intensivas de inglés y el niño fue inscrito en la escuela correspondiente; luego Nidia consiguió un puesto de chofer para evitarse la humillación de recibir limosna del Estado sin trabajar. Era el empleo menos apropiado para mi Nini, que si hoy maneja pésimo, entonces era peor.
El breve otoño canadiense dio paso a un invierno polar, estupendo para Andrés, ahora llamado Andy, quien descubrió la dicha de patinar en el hielo y esquiar, pero insoportable para Nidia, quien no logró entrar en calor ni superar la tristeza de haber perdido a su marido y a su país. Su ánimo no mejoró con la llegada de una vacilante primavera ni con las flores, que surgieron como un espejismo en una sola noche donde antes había nieve dura. Se sentía sin raíces y mantenía su maleta preparada, esperando la oportunidad de volver a Chile apenas terminara la dictadura, sin imaginar que ésta iba a durar dieciséis años.
Nidia Vidal permaneció en Toronto un par de años, contando los días y las horas, hasta que conoció a Paul Ditson II, mi Popo, un profesor de la Universidad de California en Berkeley, que había ido a Toronto a dar una serie de conferencias sobre un escurridizo planeta, cuya existencia él intentaba probar mediante cálculos poéticos y saltos de imaginación. Mi Popo era uno de los pocos astrónomos afroamericanos en una profesión de abrumadora mayoría blanca, una eminencia en su campo y autor de varios libros. De joven había pasado un año en el lago Turkana, en Kenia, estudiando los antiguos megalitos de la región y desarrolló la teoría, basada en descubrimientos arqueológicos, de que esas columnas de basalto fueron observatorios astronómicos y se usaron trescientos años antes de la era cristiana para determinar el calendario lunar Borana, todavía en uso entre los pastores de Etiopía y Kenia. En África aprendió a observar el cielo sin prejuicios y así comenzaron sus sospechas sobre la existencia del planeta invisible, que después buscó inútilmente en el cielo con los telescopios más potentes.
La Universidad de Toronto lo instaló en una suite para académicos visitantes y le contrató un coche a través de una agencia; así fue como a Nidia Vidal le tocó escoltarlo durante su estadía. Al saber que su chofer era chilena, él le contó que había estado en el observatorio de La Silla, en Chile, que en el hemisferio sur se ven constelaciones desconocidas en el norte, como las galaxias Nube Chica de Magallanes y Nube Grande de Magallanes, y que en algunas partes las noches son tan impolutas y el clima tan seco, que resultan ideales para escudriñar el firmamento. Así se descubrió que las galaxias se agrupan en diseños parecidos a telarañas.
Por una de esas casualidades novelescas, él terminó su visita a Chile el mismo día de 1974 en que ella salió con su hijo a Canadá. Se me ocurre que tal vez estuvieron juntos en el aeropuerto esperando sus respectivos vuelos, sin conocerse, pero según ellos eso sería imposible, porque él se habría fijado en aquella bella mujer y ella también lo habría visto, porque un negro llamaba la atención en el Chile de entonces, especialmente uno tan alto y apuesto como mi Popo.
A Nidia le bastó una mañana manejando en Toronto con su pasajero atrás para comprender que éste poseía la rara combinación de una mente brillante y la fantasía de un soñador, pero carecía por completo del sentido común del cual ella se jactaba. Mi Nini nunca pudo explicarme cómo llegó a esa conclusión desde el volante del automóvil y en pleno tráfico, pero el hecho es que acertó de lleno. El astrónomo vivía tan perdido como el planeta que buscaba en el cielo; podía calcular en menos de un pestañeo cuánto demora en llegar a la luna una nave espacial viajando a 28.286 kilómetros por hora, pero se quedaba perplejo ante una cafetera eléctrica. Ella no había sentido el difuso aleteo del amor desde hacía años y ese hombre, muy diferente a los demás que había conocido en sus treinta y tres años, la intrigaba y atraía.
Mi Popo, bastante asustado con la audacia para conducir de su chofer, también sentía curiosidad por la mujer que se ocultaba en un uniforme demasiado grande y un gorro de cazador de osos. No era hombre que cediera fácilmente a impulsos sentimentales y si acaso se le cruzó por la mente la idea de seducirla, la descartó de inmediato por engorrosa. En cambio mi Nini, que no tenía nada que perder, decidió salirle al paso al astrónomo antes de que terminaran sus conferencias. Le gustaba su notable color caoba —quería verlo entero— y presentía que ambos tenían mucho en común: él la astronomía y ella la astrología, que a su parecer era casi lo mismo. Pensó que ambos habían venido de lejos para encontrarse en ese punto del globo y de sus destinos, porque así estaba escrito en las estrellas. Ya entonces mi Nini vivía pendiente del horóscopo, pero no dejó todo al azar. Antes de tomar la iniciativa de atacarlo por sorpresa averiguó que era soltero, de buena situación económica, sano y sólo once años mayor que ella, aunque a primera vista ella podría parecer su hija si hubieran sido de la misma raza. Años después mi Popo contaría, riéndose, que si ella no lo hubiera noqueado en el primer asalto, él todavía andaría enamorado de las estrellas.
Al segundo día el profesor se sentó en el asiento delantero para ver mejor a su chofer y ella dio varias vueltas innecesarias por la ciudad para darle tiempo de hacerlo. Esa misma noche, después de servirle la comida a su hijo y dejarlo acostado, Nidia se quitó el uniforme, se dio una ducha, se pintó los labios y se presentó ante su presa con el pretexto de devolverle una carpeta que se le había quedado en el coche e igualmente podría haberle entregado a la mañana siguiente. Nunca había tomado una decisión amorosa tan atrevida. Llegó al edificio desafiando una ventisca helada, subió a la suite, se persignó para darse ánimo y tocó a la puerta. Eran las once y media cuando se introdujo definitivamente en la vida de Paul Ditson II.
Mi Nini había vivido como una reclusa en Toronto. Por las noches añoraba el peso de una mano masculina en su cintura, pero debía sobrevivir y criar a su hijo en un país donde siempre sería extranjera; no había tiempo para sueños románticos. El valor del que se armó aquella noche para llegar hasta la puerta del astrónomo se esfumó apenas él le abrió en pijama y con aspecto de haber estado durmiendo. Se miraron durante medio minuto, sin saber qué decirse, porque él no la esperaba y ella carecía de un plan, hasta que él la invitó a entrar, sorprendido de lo distinta que se veía sin el gorro del uniforme. Admiró su pelo oscuro, su rostro de facciones irregulares y su sonrisa un poco torcida, que antes sólo había visto a hurtadillas. A ella le sorprendió la diferencia de tamaño entre ambos, menos notable dentro del coche: de puntillas alcanzaría a oler el esternón del gigante. Enseguida percibió el desorden de cataclismo en la reducida suite y concluyó que ese hombre la necesitaba en serio.
Paul Ditson II había pasado la mayor parte de su existencia estudiando el misterioso comportamiento de los cuerpos astrales, pero sabía muy poco de cuerpos femeninos y nada de los caprichos del amor. Nunca se había enamorado y su más reciente relación era una colega de la facultad con quien se juntaba dos veces al mes, una judía atractiva y en buena forma para sus años, que siempre insistía en pagar la mitad de la cuenta del restaurante. Mi Nini sólo había querido a dos hombres, su marido y un amante al que se había arrancado de la cabeza y del corazón hacía diez años. Su marido fue un compañero atolondrado, absorto en su trabajo y en la acción política, que viajaba sin cesar y andaba demasiado distraído como para fijarse en las necesidades de ella, y el otro fue una relación truncada. Nidia Vidal y Paul Ditson II estaban listos para el amor que los uniría hasta el final.
Escuché muchas veces el relato, posiblemente novelado, del amor de mis abuelos y llegué a memorizarlo palabra a palabra, como un poema. No conozco, por supuesto, los pormenores de lo ocurrido aquella noche a puerta cerrada, pero puedo imaginarlos basándome en el conocimiento que tengo de ambos. ¿Sospecharía mi Popo, al abrirle la puerta a esa chilena, que se encontraba en una encrucijada trascendental y que el camino que escogiera determinaría su futuro? No, seguramente, esa cursilería no se le habría ocurrido. ¿Y mi Nini? La veo avanzando como sonámbula entre la ropa tirada en el suelo y los ceniceros llenos de colillas, cruzar el saloncito, entrar al dormitorio y sentarse en la cama, porque el sillón y las sillas estaban ocupadas con papeles y libros. Él se arrodillaría a su lado para abrazarla y así estarían un buen rato, procurando acomodarse a esa súbita intimidad. Tal vez ella empezó a ahogarse con la calefacción y él la ayudó a desprenderse del abrigo y las botas; entonces se acariciaron titubeantes, reconociéndose, tanteando el alma para asegurarse de que no estaban equivocados. «Hueles a tabaco y postre. Y eres liso y negro como una foca», comentaría mi Nini. Muchas veces le escuché esa frase.
La última parte de la leyenda no necesito inventarla, porque me la contaron. Con ese primer abrazo, mi Nini concluyó que había conocido al astrónomo en otras vidas y en otros tiempos, que ése era sólo un reencuentro y que sus signos astrales y sus arcanos del tarot se complementaban. «Menos mal que eres hombre, Paul. Imagínate si en esta reencarnación te hubiera tocado ser mi madre…», suspiró, sentada en sus rodillas. «Como no soy tu madre ¿qué te parece que nos casemos?», le contestó él.
Dos semanas más tarde ella llegó a California arrastrando a su hijo, que no deseaba emigrar por segunda vez, y provista de una visa de novia por tres meses, al cabo de los cuales debía casarse o salir del país. Se casaron.
Pasé mi primer día en Chile dando vueltas por Santiago con un mapa, bajo un calor pesado y seco, haciendo hora para tomar un bus al sur. Es una ciudad moderna, sin nada exótico o pintoresco, no hay indios con ropa típica ni barrios coloniales de colores atrevidos, como había visto con mis abuelos en Guatemala o México. Ascendí en un funicular a la punta de un cerro, paseo obligado de los turistas, y pude darme una idea del tamaño de la capital, que parece no terminar nunca, y de la contaminación que la cubre como una bruma polvorienta. Al atardecer me embarqué en un autobús color albaricoque rumbo al sur, a Chiloé.
Traté en vano de dormir, mecida por el movimiento, el ronroneo del motor y los ronquidos de otros pasajeros, pero para mí nunca ha sido fácil dormir y menos ahora, que todavía tengo residuos de la mala vida en las venas. Al amanecer nos detuvimos para ir al baño y tomar café en una posada, en medio de un paisaje pastoral de lomas verdes y vacas, y luego seguimos varias horas más hasta un embarcadero elemental, donde pudimos desentumecer los huesos y comprar empanadas de queso y mariscos a unas mujeres vestidas con batas blancas de enfermeras. El bus subió a un transbordador para cruzar el canal de Chacao: media hora navegando silenciosamente por un mar luminoso. Me bajé del autobús para asomarme por la borda con el resto de los entumecidos pasajeros que, como yo, llevaban muchas horas presos en sus asientos. Desafiando el viento cortante, admiramos las bandadas de golondrinas, como pañuelos en el cielo, y las toninas, unos delfines de panza blanca que acompañaban a la embarcación danzando.
El autobús me dejó en Ancud, en la Isla Grande, la segunda ciudad en importancia del archipiélago. Desde allí debía tomar otro para ir al pueblo donde me esperaba Manuel Arias, pero descubrí que me faltaba la billetera. Mi Nini me había prevenido contra los rateros chilenos y su habilidad de ilusionistas: te roban el alma amablemente. Por suerte me dejaron la foto de mi Popo y mi pasaporte, que llevaba en otro bolsillo de la mochila. Estaba sola, sin un centavo, en un país desconocido, pero si algo me enseñaron mis infaustas aventuras del año pasado es a no dejarme apabullar por inconvenientes menores.
En una de las pequeñas tiendas de artesanía de la plaza, donde vendían tejidos chilotes, había tres mujeres sentadas en círculo, conversando y tejiendo, y supuse que si eran como mi Nini, me ayudarían; las chilenas saltan al rescate de cualquiera en apuros, especialmente si es forastero. Les expliqué mi problema en mi vacilante castellano y de inmediato soltaron sus palillos y me ofrecieron una silla y una gaseosa de naranja, mientras discutían mi caso quitándose las palabras unas a otras para opinar. Hicieron varias llamadas por un celular y me consiguieron transporte con un primo que viajaba en mi dirección; podía llevarme al cabo de un par de horas y no tenía inconveniente en desviarse un poco para dejarme en mi destino.
Aproveché el tiempo de espera para visitar el pueblo y un museo de las iglesias de Chiloé, diseñadas por misioneros jesuitas trescientos años atrás y levantadas tabla a tabla por los chilotes, que son maestros de la madera y constructores de embarcaciones. Las estructuras se sostienen mediante ingeniosos ensamblajes sin un solo clavo, y los techos abovedados son botes invertidos. A la salida del museo me encontré con el perro. Era de mediano tamaño, cojo, de pelos tiesos grisáceos y cola lamentable, pero con la actitud digna de un animal de pedigrí. Le ofrecí la empanada que tenía en la mochila, la cogió con delicadeza entre sus grandes dientes amarillos, la puso en el suelo y me miró, diciendo a las claras que su hambre no era de pan, sino de compañía. Mi madrastra, Susan, era entrenadora de perros y me enseñó a no tocar un animal antes de que se aproxime, señal de que se siente seguro, pero con éste nos saltamos el protocolo y desde el comienzo nos llevamos bien. Juntos hicimos turismo y a la hora acordada volví donde las tejedoras. El perro se quedó fuera de la tienda, con una sola pata en el umbral, educadamente.
El primo tardó en aparecer una hora más de lo anunciado y llegó en un furgón repleto hasta el techo, acompañado por su mujer y un niño de pecho. Le agradecí a mis benefactoras, que además me habían prestado el celular para ponerme en contacto con Manuel Arias, y me despedí del perro, pero él tenía otros planes: se sentó a mis pies barriendo el suelo con la cola y sonriendo como una hiena; me había hecho el favor de distinguirme con su atención y ahora yo era su afortunado humano. Cambié de táctica. «Shoo! Shoo! Fucking dog», le grité en inglés. No se movió, mientras el primo observaba la escena con lástima. «No se preocupe, señorita, podemos llevar a su Fákin», dijo al fin. Y de ese modo aquel animal ceniciento adquirió su nuevo nombre, tal vez en su vida anterior se llamaba Príncipe. A duras penas cupimos en el atiborrado vehículo y una hora más tarde llegamos al pueblo donde debía encontrarme con el amigo de mi abuela, con quien me había citado en la iglesia, frente al mar.
El pueblo, fundado por los españoles en 1567, es de los más antiguos del archipiélago y cuenta con dos mil habitantes, pero no sé dónde estaban, porque se veían más gallinas y ovejas que humanos. Esperé a Manuel un rato largo, sentada en las gradas de una iglesia pintada de blanco y azul, en compañía del Fákin y observada desde cierta distancia por cuatro chiquillos silenciosos y serios. De él sólo sabía que fue amigo de mi abuela y no se habían visto desde la década de los setenta, pero se habían mantenido en contacto esporádico, primero por carta, como se usaba en la prehistoria, y luego por correo electrónico.
Manuel Arias apareció finalmente y me reconoció por la descripción que mi Nini le había dado por teléfono. ¿Qué le diría? Que soy un obelisco de pelos pintados en cuatro colores primarios y con una argolla en la nariz. Me tendió la mano y me recorrió de una rápida mirada, evaluando los rastros de barniz azul en mis uñas mordidas, los vaqueros raídos y las botas de comandante pintadas con spray rosado, que conseguí en una tienda del Ejército de Salvación cuando era mendiga.
—Soy Manuel Arias —se presentó el hombre, en inglés.
—Hola. Me persiguen el FBI, la Interpol y una mafia criminal de Las Vegas —le anuncié a bocajarro, para evitar malentendidos.
—Enhorabuena —dijo.
—No he matado a nadie y, francamente, no creo que se tomen la molestia de venir a buscarme al culo del mundo.
—Gracias.
—Perdona, no quise insultar a tu país, hombre. En realidad esto es bien bonito, mucho verde y mucha agua, ¡pero hay que ver lo lejos que está!
—¿De qué?
—De California, de la civilización, del resto del mundo. Mi Nini no me dijo que haría frío.
—Es verano —me informó.
—¡Verano en enero! ¡Dónde se ha visto!
—En el hemisferio sur —replicó secamente.
Mala cosa, pensé, este sujeto carece de sentido del humor. Me invitó a tomar té, mientras esperábamos a un camión que le traía un refrigerador y debía haber llegado tres horas antes. Entramos a una casa marcada por un trapo blanco enarbolado en un palo, como una bandera de rendición, señal de que allí se vendía pan fresco. Había cuatro mesas rústicas con manteles de hule y sillas de varias clases, un mostrador y una estufa, donde hervía una tetera negra de hollín. Una mujer gruesa, de risa contagiosa, saludó a Manuel Arias con un beso en la mejilla y a mí me observó un poco desconcertada antes de decidirse a besarme también.
—¿Americana? —le preguntó a Manuel.
—¿No se nota? —dijo él.
—¿Y qué le pasó en la cabeza? —agregó ella, señalando mi pelo teñido.
—Nací así —le informé, picada.
—¡La gringuita habla cristiano! —exclamó ella, encantada—. Siéntense no más, al tiro les traigo tecito.
Me tomó de un brazo y me sentó con determinación en una de las sillas, mientras Manuel me explicaba que en Chile «gringo» es cualquier persona rubia angloparlante y que cuando se usa en diminutivo «gringuito» o «gringuita» es un término afectuoso.
La posadera nos trajo té en bolsas y una pirámide de fragante pan amasado recién salido del horno, mantequilla y miel, luego se instaló con nosotros a vigilar que comiéramos como es debido. Pronto oímos los estornudos del camión, que avanzaba a tropezones por la calle sin pavimentar y salpicada de agujeros, con un refrigerador balanceándose en la caja. La mujer se asomó a la puerta, lanzó un chiflido y rápidamente se reunieron varios jóvenes para ayudar a bajar el aparato, llevarlo en vilo hasta la playa y subirlo al bote a motor de Manuel por una pasarela de tablones.
La embarcación era de unos ocho metros de largo, de fibra de vidrio, pintada de blanco, azul y rojo, los colores de la bandera chilena, casi igual que la de Texas, que flameaba en la proa. Al costado tenía su nombre: Cahuilla. Amarraron lo mejor posible el refrigerador en posición vertical y me ayudaron a subir. El perro me siguió con su trotecito patético; tenía una pata medio encogida y caminaba de lado.
—¿Y éste? —me preguntó Manuel.
—No es mío, se me pegó a los talones en Ancud. Me han dicho que los perros chilenos son muy inteligentes y éste es de buena raza.
—Debe ser pastor alemán con fox terrier. Tiene cuerpo de perro grande y patas de perro chico —opinó Manuel.
—Después que lo bañe, vas a ver que es fino.
—¿Cómo se llama? —me preguntó.
—Fucking dog en chileno.
—¿Cómo?
—Fákin.
—Espero que tu Fákin se lleve bien con mis gatos. Tendrás que amarrarlo de noche para que no salga a matar ovejas —me advirtió.
—No será necesario, va a dormir conmigo.
El Fákin se aplastó al fondo del bote, con la nariz entre las patas delanteras, y allí se mantuvo inmóvil, sin despegar los ojos de mí. No es cariñoso, pero nos entendemos en el lenguaje de la flora y la fauna: esperanto telepático.
Del horizonte venía rodando una avalancha de nubarrones y corría una brisa helada, pero el mar estaba tranquilo. Manuel me prestó un poncho de lana y ya no me habló más, concentrado en el timón y sus aparatos, compás, GPS, radio de onda marina y quién sabe qué más, mientras yo lo estudiaba de reojo. Mi Nini me había contado que era sociólogo, o algo por el estilo, pero en su botecito podría pasar por marinero: mediana estatura, delgado, fuerte, fibra y músculo, curtido por el viento salado, con arrugas de carácter, pelo tieso y corto, ojos del mismo gris del pelo. No sé calcular la edad de la gente vieja; éste se ve bien de lejos, porque todavía camina rápido y no le ha salido esa joroba de los ancianos, pero de cerca se nota que es mayor que mi Nini, digamos unos setenta y tantos años. Yo he caído como una bomba en su vida. Tendré que andar pisando huevos, para que no se arrepienta de haberme dado hospedaje.
Al cabo de casi una hora de navegación, pasando cerca de varias islas deshabitadas en apariencia, aunque no lo están, Manuel Arias me señaló un promontorio que desde la distancia era apenas un brochazo oscuro y de cerca resultó ser un cerro bordeado por una playa de arena negruzca y rocas, donde se secaban cuatro botes de madera volteados panza arriba. Atracó la Cahuilla a un embarcadero flotante y les tiró unas gruesas cuerdas a varios niños, que habían acudido corriendo y amarraron hábilmente la lancha a unos postes. «Bienvenida a nuestra metrópoli», dijo Manuel señalando una aldea de casas de madera sobre pilotes frente a la playa. Me sacudió un escalofrío, porque ése sería ahora todo mi mundo.
Un grupo descendió a la playa a inspeccionarme. Manuel les había anunciado que una americana venía a ayudarlo en su trabajo de investigación; si esa gente esperaba a alguien respetable, se llevó un chasco, porque la camiseta con el retrato de Obama, que me regaló mi Nini en Navidad, no alcanzaba a taparme el ombligo.
Bajar el refrigerador sin inclinarlo fue tarea de varios voluntarios, que se daban ánimo con risotadas, apurados porque empezaba a oscurecer. Subimos al pueblo en procesión, delante el refrigerador, después Manuel y yo, más atrás una docena de chiquillos gritones y en la retaguardia una leva de perros variopintos ladrándole furiosos al Fákin, pero sin acercarse demasiado, porque su actitud de supremo desprecio indicaba a las claras que el primero que lo hiciera sufriría las consecuencias. Parece que el Fákin es difícil de intimidar y no permite que le huelan el trasero. Pasamos frente a un cementerio, donde pastaban unas cabras con las ubres hinchadas, entre flores de plástico y casitas de muñecas marcando las tumbas, algunas con muebles para uso de los muertos.
En el pueblo, los palafitos se conectaban con puentes de madera y en la calle principal, por llamarla de algún modo, vi burros, bicicletas, un jeep con el emblema de fusiles cruzados de los carabineros, la policía chilena, y tres o cuatro coches viejos, que en California serían de colección si estuviesen menos abollados. Manuel me explicó que debido al terreno irregular y al barro inevitable del invierno, el transporte pesado se hace en carretas con bueyes, el liviano con mulas y la gente se moviliza a caballo y a pie. Unos letreros despintados identificaban tiendas modestas, un par de almacenes, la farmacia, varias tabernas, dos restaurantes, que consistían en un par de mesas metálicas frente a sendas pescaderías, y un local de internet, donde vendían pilas, gaseosas, revistas y cachivaches para los visitantes, que llegan una vez por semana, acarreados por agencias de ecoturismo, a degustar el mejor curanto de Chiloé. El curanto lo describiré más adelante, porque todavía no lo he probado.
Algunas personas salieron a observarme con cautela, en silencio, hasta que un hombre chato y macizo como un armario se decidió a saludarme. Se limpió la mano en el pantalón antes de tendérmela, sonriendo con dientes orillados en oro. Era Aurelio Ñancupel, descendiente de un célebre pirata y el personaje más necesario de la isla, porque vende alcohol a crédito, arranca muelas y tiene un televisor de pantalla plana, que sus parroquianos disfrutan cuando hay electricidad. Su local tiene el nombre muy apropiado de La Taberna del Muertito; por su ventajosa ubicación cerca del cementerio, es la estación obligada de los deudos para aliviar la pena del funeral.
Ñancupel se hizo mormón con la idea de disponer de varias esposas y descubrió demasiado tarde que éstos renunciaron a la poligamia a partir de una nueva revelación profética, más de acuerdo con la Constitución estadounidense. Así me lo describió Manuel Arias, mientras el aludido se doblaba de risa, coreado por los mirones. Manuel también me presentó a otras personas, cuyos nombres fui incapaz de retener, que me parecieron viejos para ser los padres de aquella leva de niños; ahora sé que son los abuelos, pues la generación intermedia trabaja lejos de la isla.
En eso avanzó por la calle con aire de mando una mujer cincuentona, robusta, hermosa, con el pelo de ese color beige de las rubias canosas, atado en un moño desordenado en la nuca. Era Blanca Schnake, directora de la escuela, a quien la gente, por respeto, llama tía Blanca. Besó a Manuel en la cara, como se usa aquí, y me dio la bienvenida oficial en nombre de la comunidad; eso disolvió la tensión en el ambiente y estrechó el círculo de curiosos a mi alrededor. La tía Blanca me invitó a visitar la escuela al día siguiente y puso a mi disposición la biblioteca, dos computadoras y videojuegos, que puedo usar hasta marzo, cuando los niños se reintegren a las clases; a partir de entonces habrá limitaciones de horario. Agregó que los sábados pasan en la escuela las mismas películas que en Santiago, pero gratis. Me bombardeó a preguntas y le resumí, en mi español de principiante, mi viaje de dos días desde California y el robo de mi billetera, que provocó un coro de carcajadas de los niños, pero fue rápidamente acallado por la mirada gélida de la tía Blanca. «Mañana les voy a preparar unas machas a la parmesana, para que la gringuita vaya conociendo la comida chilota. Los espero como a las nueve», le anunció a Manuel. Después me enteré que lo correcto es llegar con una hora de atraso. Aquí se come muy tarde.
Terminamos el breve recorrido del pueblo, trepamos a una carreta tirada por dos mulas, donde ya habían colocado el refrigerador, y nos fuimos a vuelta de la rueda por un sendero de tierra apenas visible en el pasto, seguidos por el Fákin.
Manuel Arias vive a una milla —digamos kilómetro y medio— del pueblo, frente al mar, pero no hay acceso a la propiedad con la lancha debido a las rocas. Su casa es un buen ejemplo de arquitectura de la zona, me dijo con una nota de orgullo en el tono. A mí me pareció similar a otras del pueblo: también descansa en pilares y es de madera, pero me explicó que la diferencia está en los pilares y vigas tallados con hacha, las tejuelas «de cabeza circular», muy apreciadas por su valor decorativo, y la madera de ciprés de las Gualtecas, antes abundante en la región y ahora muy escaso. Los cipreses de Chiloé pueden vivir más de tres mil años, son los árboles más longevos del mundo, después de los baobabs de África y las secoyas de California.
La casa consta de una sala común de doble altura, donde transcurre la vida en torno a una estufa de leña, negra e imponente, que sirve para calentar el ambiente y cocinar. Tiene dos dormitorios, uno de tamaño mediano, que ocupa Manuel, otro más pequeño, el mío, y un baño con lavatorio y ducha. No hay una sola puerta interior, pero el excusado cuenta con una frazada de lana a rayas colgada en el umbral, para proporcionar privacidad. En la parte de la sala común destinada a cocina hay un mesón, un armario y un cajón con tapa para almacenar papas, que en Chiloé se usan en cada comida; del techo cuelgan manojos de hierbas, trenzas de ají y de ajos, longanizas secas y pesadas ollas de hierro, adecuadas para el fuego de leña. Al ático, donde Manuel tiene la mayor parte de sus libros y archivos, se accede mediante una escalera de mano. No se ven cuadros, fotografías ni adornos en las paredes, nada personal, sólo mapas del archipiélago y un hermoso reloj de buque con marco de caoba y tuercas de bronce, que parece rescatado del Titanic. Afuera Manuel improvisó un primitivo jacuzzi con un gran tonel de madera. Las herramientas, la leña, el carbón y los tambores de gasolina para la lancha y el generador se guardan en el galpón del patio.
Mi cuarto es simple como el resto de la casa; consiste en una cama angosta cubierta con una manta similar a la cortina del excusado, una silla, una cómoda de tres cajones y varios clavos para colgar ropa. Suficiente para mis posesiones, que caben holgadamente en mi mochila. Me gusta este ambiente austero y masculino, lo único desconcertante es el orden maniático de Manuel Arias; yo soy más relajada.
Los hombres colocaron el refrigerador en el sitio correspondiente, lo conectaron al gas y luego se instalaron a compartir un par de botellas de vino y un salmón que Manuel había ahumado la semana anterior en un tambor metálico con leña de manzano. Mirando el mar por la ventana, bebieron y comieron mudos, las únicas palabras que pronunciaron fueron una serie de elaborados y ceremoniosos brindis: «¡Salud!». «Que en salud se le convierta.» «Con las mismas finezas pago.» «Que viva usted muchos años.» «Que asista usted a mi sepelio.» Manuel me lanzaba miradas de reojo, incómodo, hasta que lo llamé aparte para decirle que se tranquilizara, que no pensaba abalanzarme sobre las botellas. Seguramente mi abuela lo puso sobre aviso y él planeaba esconder el licor; pero eso sería absurdo, el problema no es el alcohol, sino yo.
Entretanto el Fákin y los gatos se midieron con prudencia, repartiéndose el territorio. El atigrado se llama el Gato-Leso, porque el pobre animal es tonto, y el color zanahoria es el GatoLiterato, porque su sitio favorito es encima de la computadora; Manuel sostiene que sabe leer.
Los hombres terminaron el salmón y el vino, se despidieron y se fueron. Me llamó la atención que Manuel no hiciera amago de pagarles, como tampoco lo hizo con los otros que lo habían ayudado antes a transportar el refrigerador, pero habría sido imprudente por mi parte preguntarle sobre ello.
Examiné la oficina de Manuel, compuesta de dos escritorios, un mueble de archivo, estanterías de libros, una computadora moderna de pantalla doble, fax e impresora. Había internet, pero él me recordó —como si yo pudiera olvidarlo— que estoy incomunicada. Agregó, a la defensiva, que tiene todo su trabajo en esa computadora y prefiere que nadie se lo toque.
—¿En qué trabajas? —le pregunté.
—Soy antropólogo.
—¿Antropófago?
—Estudio a la gente, no me la como —me explicó.
—Era broma, hombre. Los antropólogos ya no tienen materia prima; hasta el último salvaje de este mundo cuenta con su celular y un televisor.
—No me especializo en salvajes. Estoy escribiendo un libro sobre la mitología de Chiloé.
—¿Te pagan por eso?
—Casi nada —me informó.
—Se nota que eres pobre.
—Sí, pero vivo barato.
—No quisiera ser una carga para ti —le dije.
—Vas a trabajar para cubrir tus gastos, Maya, eso acordamos tu abuela y yo. Puedes ayudarme con el libro y en marzo trabajarás con Blanca en la escuela.
—Te advierto que soy muy ignorante, no sé nada de nada.
—¿Qué sabes hacer?
—Galletas y pan, nadar, jugar al fútbol y escribir poemas de samuráis. ¡Tendrías que ver mi vocabulario! Soy un verdadero diccionario, pero en inglés. No creo que eso te sirva.
—Veremos. Lo de las galletas tiene futuro. —Y me pareció que disimulaba una sonrisa.
—¿Has escrito otros libros? —le pregunté bostezando; el cansancio del largo viaje y las cinco horas de diferencia en el horario entre California y Chile me pesaban como un saco de piedras.
—Nada que me pueda hacer famoso —dijo señalando varios libros sobre su mesa: mundo onírico de los aborígenes australianos, ritos de iniciación en las tribus del Orinoco, cosmogonía mapuche del sur de Chile.
—Según mi Nini, Chiloé es mágico —le comenté.
—El mundo entero es mágico, Maya —me contestó.
Manuel Arias me aseguró que el alma de su casa es muy antigua. Mi Nini también cree que las casas tienen recuerdos y sentimientos, ella puede captar las vibraciones: sabe si el aire de un lugar está cargado de mala energía porque allí han sucedido desgracias, o si la energía es positiva. Su caserón de Berkeley tiene alma buena. Cuando lo recuperemos habrá que arreglarlo —se está cayendo de viejo— y entonces pienso vivir en él hasta que me muera. Me crié allí, en la cumbre de un cerro, con una vista de la bahía de San Francisco que sería impresionante si no la taparan dos frondosos pinos. Mi Popo nunca permitió que los cortaran, decía que los árboles sufren cuando los mutilan y también sufre la vegetación en mil metros a la redonda, porque todo está conectado en el subsuelo; sería un crimen matar dos pinos para ver un charco de agua que igualmente puede apreciarse desde la autopista.
El primer Paul Ditson compró la casa en 1948, el mismo año en que se abolió la restricción racial para adquirir propiedades en Berkeley. Los Ditson fueron la primera familia de color en el barrio, y la única durante veinte años, hasta que empezaron a llegar otras. Fue construida en 1885 por un magnate de las naranjas, quien al morir donó su fortuna a la universidad y dejó a su familia en la inopia. Estuvo desocupada mucho tiempo y luego pasó de mano en mano, deteriorándose en cada transacción, hasta que la compraron los Ditson y pudieron repararla, porque era de firme esqueleto y buenos cimientos. Después de la muerte de sus padres, mi Popo compró la parte correspondiente a sus hermanos y se quedó solo en esa reliquia victoriana de seis dormitorios, coronada por un inexplicable campanario, donde instaló su telescopio.
Cuando llegaron Nidia y Andy Vidal, él ocupaba sólo dos piezas, la cocina y el baño; el resto se mantenía cerrado. Mi Nini irrumpió como un huracán de renovación, tirando cachivaches a la basura, limpiando y fumigando, pero su ferocidad para combatir el estropicio no pudo con el caos endémico de su marido. Después de muchas peleas transaron en que ella podía hacer lo que le diera la gana en la casa, siempre que respetara el escritorio y la torre de las estrellas.
Mi Nini se halló a su anchas en Berkeley, esa ciudad sucia, radical, extravagante, con su mezcla de razas y pelajes humanos, con más genios y premios Nobel que cualquier otra en el mundo, saturada de causas nobles, intolerante en su santurronería. Mi Nini se transformó; antes era una joven viuda prudente y responsable, que procuraba pasar inadvertida, y en Berkeley emergió su verdadero carácter. Ya no tenía que vestirse de chofer, como en Toronto, ni sucumbir a la hipocresía social, como en Chile; nadie la conocía, podía reinventarse. Adoptó la estética de los hippies, que languidecían en Telegraph Avenue vendiendo sus artesanías entre sahumerios de incienso y marihuana. Se vistió con túnicas, sandalias y collares ordinarios de la India, pero estaba muy lejos de ser hippie: trabajaba, corría con una casa y una nieta, participaba en la comunidad y yo nunca la vi volada entonando cánticos en sánscrito.
Ante el escándalo de sus vecinos, casi todos colegas de su marido, con sus residencias oscuras, vagamente inglesas, cubiertas de hiedra, mi Nini pintó el caserón de los Ditson con colores psicodélicos inspirados en la calle Castro de San Francisco, donde los gays empezaban a asentarse y a remodelar las casas antiguas. Sus paredes violeta y verde, sus frisos amarillos y sus guirnaldas de flores de yeso provocaron chismes y motivaron un par de citaciones de la municipalidad, hasta que la casa salió fotografiada en una revista de arquitectura, pasó a ser un hito turístico en la ciudad y pronto fue imitada por restaurantes pakistaníes, tiendas juveniles y talleres de artistas.
Mi Nini también estampó su sello personal en la decoración interior. A los muebles ceremoniales, relojes de bulto y cuadros horrendos con marcos dorados, adquiridos por el primer Ditson, ella agregó su toque artístico: profusión de lámparas con flecos, alfombras despelucadas, divanes turcos y cortinas a crochet. Mi habitación, pintada color mango, tenía sobre la cama un baldaquino de tela de la India bordada de espejitos y un dragón alado colgando en el centro, que podía matarme si me caía encima; en las paredes ella había puesto fotografías de niños africanos desnutridos, para que yo viera cómo esas desdichadas criaturas se morían de hambre, mientras yo rechazaba mi comida. Según mi Popo, el dragón y los niños de Biafra eran la causa de mi insomnio y mi inapetencia.
Mis tripas empezaron a sufrir el ataque frontal de las bacterias chilenas. Al segundo día en esta isla caí en cama doblada de dolor de estómago y todavía ando a tiritones, paso horas frente a la ventana con una bolsa de agua caliente en la barriga. Mi abuela diría que le estoy dando tiempo a mi alma de llegar a Chiloé. Cree que los viajes en jet no son convenientes porque el alma viaja más despacio que el cuerpo, se queda rezagada y a veces se pierde por el camino; ésa sería la causa por la cual los pilotos, como mi papá, nunca están totalmente presentes: están esperando el alma, que anda en las nubes.
Aquí no se alquilan DVD ni videojuegos y el único cine son las películas que pasan una vez por semana en la escuela. Para entretenerme sólo dispongo de las febriles novelas de amor de Blanca Schnake y libros sobre Chiloé en español, muy útiles para aprender el idioma, pero que me cuesta leerlos. Manuel me dio una linterna de pilas que se ajusta en la frente como una lámpara de minero; así leemos cuando cortan la luz. Puedo decir muy poco sobre Chiloé, porque apenas he salido de esta casa, pero podría llenar varias páginas sobre Manuel Arias, los gatos y el perro, que ahora son mi familia, la tía Blanca, quien aparece a cada rato con el pretexto de visitarme, aunque es obvio que viene por Manuel, y Juanito Corrales, un niño que también viene a diario a leer conmigo y a jugar con el Fákin. El perro es muy selectivo en materia de relaciones, pero tolera al chico.
Ayer conocí a la abuela de Juanito. No la había visto antes, porque estaba en el hospital de Castro, la capital de Chiloé, con su marido, a quien le amputaron una pierna en diciembre y no ha sanado bien. Eduvigis Corrales es color terracota, de rostro alegre cruzado de arrugas, tronco ancho y piernas cortas, una chilota típica. Usa una delgada trenza enrollada en la cabeza y se viste como misionera, con falda gruesa y zapatones de leñador. Representa unos sesenta años, pero no tiene más de cuarenta y cinco; aquí la gente envejece rápido y vive largo. Llegó con una olla de hierro, pesada como un cañón, que puso a calentar en la cocina, mientras me dirigía un discurso precipitado, algo así como que se presentaba con el debido respeto, era la Eduvigis Corrales, vecina del caballero y asistenta del hogar. «¡Jué! ¡Qué niñona tan bonita esta gringuita! ¡Que Juesú me la guarde! El caballero la estaba esperando, del mismo modo que todos en la isla, y ojalá
