El ángel de la muerte

Steve Alten

Fragmento

Nota del autor

Nota del autor

El martes 5 de mayo de 2009, aproximadamente a las 20.15, estaba cómodamente sentado en el sillón, recuperándome de una jornada de escritura de El Ángel de la Muerte, descansando para editar el texto a medianoche. Mi hijo de seis años dormía en mi cama y mi hija de quince estaba recibiendo una clase particular en casa de una vecina.

Trabajaba desde hacía dos largos años en la novela que ahora tienes en sus manos; había realizado investigaciones extensas al tiempo que descubría un nuevo sentido de la espiritualidad. Según mis cálculos, me faltaban solo dos semanas de escritura y me emocionaba estar en la recta final de un libro que contenía un mensaje que yo creía sinceramente que podía cambiar la vida de las personas.

Lo que no podía saber era que en cuestión de minutos la realidad irrumpiría y me acercaría peligrosamente a la historia que estaba escribiendo.

A menos de ocho kilómetros de distancia, mi esposa y alma gemela acababa de entrar en una tienda de comida saludable ubicada en un pequeño centro comercial cerca de nuestra casa. Mientras hablaba con un empleado, dos hombres armados, con capucha y pasamontañas, entraron en la tienda. Uno de ellos apuntó con su pistola a la cabeza de mi esposa…

Diariamente ocurren cosas malas a gente buena. Las tragedias caen sobre las familias. Buscamos un sentido, cuestionamos a Dios. Nuestra fe es puesta a prueba. Dos años antes me habían diagnosticado la enfermedad de Parkinson, a la edad de cuarenta y siete años. No había antecedentes familiares. Nunca culpé a Dios; simplemente le agradecí que no fuera algo peor. Habiendo tantas personas que sufren en este mundo, ¿cómo podía compadecerme de mí mismo?

Esa noche, mientras yo estaba sentado en el sillón cavilando sobre el destino de mi protagonista, mi esposa había sido cogida como rehén, atada de brazos y piernas con cinta adhesiva, mientras esos dos hombres perpetraban un acto de maldad que dejaba la vida de ella en sus manos. Después de robarle el bolso y sus joyas, así como el contenido de la caja fuerte de la tienda, los atracadores se marcharon. Llegó la policía. Mi esposa me telefoneó, llorando histérica. Gracias a Dios, nadie en el local resultó herido.

Fue una mala noche, pero pudo haber sido mucho peor.

Este libro habla del bien y el mal, de las decisiones que tomamos y de por qué estamos aquí. Se inspira en la sabiduría de un texto de dos mil años de antigüedad que literalmente descodifica el Antiguo Testamento y brinda explicaciones científicas acerca de la existencia y la espiritualidad, sin el lastre del dogma religioso. Mi esposa me había acercado a estos estudios un año atrás, y yo me lancé a mi propio viaje espiritual. La información que me revelaron los libros y las conferencias aportó respuestas a preguntas sobre la vida y la muerte tan sencillas como asombrosas, pero tan claras que instintivamente yo sabía que eran ciertas. También me resultó evidente que El Ángel de la Muerte debía ser algo más que un simple thriller. Sin embargo, si los acontecimientos de aquella terrible noche de martes hubiesen terminado de otra manera, tal vez ahora no estarías leyendo este libro.

Quisiera pensar de otro modo. Quisiera creer que mi fe habría permanecido inalterada si mi esposa hubiese sido asesinada y que, a la larga, habría terminado el libro con el mismo ánimo con que fue concebido originalmente. Pero también podría haberme enfurecido y haber quemado el manuscrito en un arranque de ira, sin haber aprendido nada de mis estudios, ni del viaje de mi protagonista a través del infierno.

Por fortuna, mi esposa resultó ilesa y evité la dura prueba del dolor. Tras una breve pausa, El Ángel de la Muerte quedó terminado; mi viaje espiritual adquirió un nuevo propósito.

¿Cómo debería interpretar los sucesos del 5 de mayo de 2009? ¿Dios intervino? ¿La fe de mi esposa la salvó? ¿Simplemente tuvimos suerte? ¿El incidente fue una recompensa o un castigo por algún acto pasado? He aprendido que causa y efecto son deliberadamente confusos para así garantizar el libre albedrío; de otro modo, seríamos animales actuando para nuestro amo.

Pero quién sabe, tal vez un día el hombre que apuntó con un arma a la cabeza de mi alma gemela lea esta novela y adquiera las herramientas espirituales que necesita para transformar su vida.

Eso sería maravilloso.

De cualquier modo, estoy agradecido porque estás leyendo este libro. Espero sinceramente que te brinde luz y entendimiento para tu vida, tal como escribirlo me los aportó a mí.

STEVE ALTEN

La tierra aparecía también corrompida ante Dios y la tierra estaba colmada de violencia. Dios contempló la tierra y vio que estaba corrompida, pues toda la carne se había corrompido sobre la tierra. Y Dios le dijo a Noé: «El fin de toda la carne ha llegado ante mí, pues la tierra está colmada de violencia por obra de ellos. Y mira, los he de destruir junto con la tierra».

Génesis

Los lugares más ardientes del infierno están reservados para aquellos que en épocas de gran crisis moral se mantienen neutrales.

DANTE,
Divina Comedia, «Infierno»

Prólogo

Prólogo

VALLE DEL TIGRIS Y EL ÉUFRATES, ANTIGUO IRAK

Le dolía el brazo izquierdo desde que había despertado. Comenzó como un dolor sordo que nacía en lo profundo del hombro sobre el que solía apoyarse al dormir, pues reservaba el brazo derecho para abrazar a su esposa. Al presionar con las palmas de las manos la gruesa pared de cedro en la ondulante oscuridad, su bíceps izquierdo comenzó a palpitar.

El viejo gruñón hizo caso omiso, como hacía con casi todo. Con la edad resultaba más fácil. No así cuando era joven. El orgullo le había hecho vociferar contra las indiscreciones de las masas; mientras más había hablado, más lo habían apaleado. Pero había cosas peores que el dolor físico. Las palabras producían heridas más profundas que el acero.

La Voz lo había llamado en su desdicha. Le había prometido un alma gemela. Hijos. El pacto quedó sellado. El marginado ya no estaba solo.

Rodeado por la oscuridad y el mal, el hombre justo se había aferrado a la Luz vigorizante. Cuando se propagó la mancha de la corrupción, se llevó a su familia al desierto. Pero la Voz se hartó de la maldad y de la inmoralidad sexual. Y cuando la Voz le dijo cuál era su tarea, él y sus hijos se entregaron a ella sin vacilación.

No podía desoír nunca la Voz.

Pero cuando los años se convirtieron en décadas y el desprecio de los hombres de renombre se volvió contra su hogar, el convencimiento del hombre menguó, no porque no confiara en la Voz, sino porque llegó a aborrecer a los mancillados cuyos pecados, impulsados por la soberbia, habían cambiado de manera tan abrumadora el curso de su vida, presagiando el Fin de los Días.

El tiempo y la tarea le robaron la juventud. Sus hijos trabajaron a su lado, se casaron y formaron sus propias familias. Él continuó bregando y renunció a la comodidad en aras de la devoción. Con los años de madurez llegó un desánimo profundo. A medida que la vejez anidaba en sus huesos, menguó el recuerdo del pacto, y su paciencia hacia la Voz disminuyó gradualmente, tornándose tolerancia y, en ocasiones, resentimiento. Lo que nunca advirtió fue que estaba siendo puesto a prueba, que su falta de compasión hacia los malvados había manchado su alma, sellando para siempre el destino de sus enemigos… y el suyo propio.

Todo comenzó una mañana invernal, gris y plomiza. Lluvia helada. Pertinaz. Al cabo de dos días, los ríos se desbordaron. Pasados quince más, el valle quedó sumergido.

El diluvio convirtió en siervos a los hombres acaudalados e hizo anclas de su oro. Aquellos que repentinamente habían quedado desposeídos de un hogar huyeron a tierras más altas. Exigieron ser admitidos en su navío, pero el anciano se negó. Con el paso de los días ofrecieron compartir con él sus riquezas mal habidas. Cuando el mar subió hasta tocar el horizonte, le suplicaron.

El anciano persistió en su negativa. Tras toda una vida de humillación y sufrimiento era demasiado tarde para una reconciliación.

Amenazaron con incendiar su santuario, y con ello sellaron su suerte. La ladera de la montaña hizo erupción. La lava hizo hervir las aguas. En la oscuridad de su santuario oyó los gritos desesperados de los condenados… y su satisfacción cedió ante el sentimiento de culpa. Agobiado por esa carga, se erigió a sí mismo como la auténtica víctima; al hacerlo, se exculpó mentalmente de toda responsabilidad relacionada con el caos, y por tanto de su pasividad y de cualquier transformación que hubiera experimentado.

Pasó el tiempo. La Tierra fue bautizada. Él se afanaba con el culto cotidiano. Cuidaba de sus animales. Su alma permanecía intranquila y mancillada.

La vela parpadeó al aproximarse, con la luz parcialmente velada por las partículas de polvo del establo arremolinadas en el aire. Apareció el rostro de su alma gemela. Su tono de voz era de amonestación.

—¿Por qué mi esposo se esconde en el establo?

Con dificultad procuró ignorar la sensación ardiente que irradiaba desde su antebrazo izquierdo hasta los dedos.

—Baja la voz. Él podría oírte.

—¿Quién podría oírme? ¿El Bendito?

—El Ángel de la Muerte. Acércate… cuidado con la llama. Pega el oído al cedro y dime si está cerca.

Inquieta pero curiosa, la mujer se arrodilló junto a la pared y escuchó.

La cubierta media estaba al nivel del agua; el barco se mecía suavemente y ella podía oír cómo el mar golpeaba y hacía crujir el casco de la embarcación. Aguardó largo rato. El calor sofocante de ese rincón cerrado la hacía sudar.

Y entonces la sintió… Una presencia fría que penetró en sus huesos frágiles, imponiéndose a la calidez. Los animales también la sintieron. Los caballos se agitaron. El ganado se apretujó en un corral contiguo.

Y después, algo más aterrador: el débil sonido de algo que raspaba, la guadaña metálica del ente sobrenatural probando la madera.

Turbada, la anciana se puso de pie de un salto, dejando caer la vela. La llama encontró la paja, y el incendio se irguió como un demonio infernal.

Despojándose de su túnica, el anciano intentó sofocar a la bestia, pero sus débiles esfuerzos solo lograron avivarla.

Su esposa recuperó la compostura, corrió hasta un bebedero, hundió una vasija de barro en el agua y, vertiéndola en el fuego, lo sometió. De las cenizas se elevó un vapor que se dispersó por el recinto. El humo de madera espesó el aire.

La anciana abrazó a su esposo desnudo en la oscuridad; sus pulsos acelerados latían en sincronía.

—¿Por qué nos acecha la muerte?

La presión cae, 60/40. Date prisa con esa arteria braquial, necesito administrarle Dobutrex antes de que lo perdamos.

El anciano balbuceó, confundido por las voces desconocidas que repentinamente sonaban en su cabeza.

Su esposa lo sujetó por los hombros y lo sacudió para que volviera al momento presente.

—¿Por qué nos acecha la muerte?

Apartó la mano de la mujer de su hombro izquierdo punzante. La intensidad del dolor iba en aumento.

—La negatividad del hombre ha convocado al Ángel de la Oscuridad… Ronda por la tierra sin freno. No temas; mientras permanezcamos ocultos no podrá hacernos daño.

—Tu brazo… ¿sucede algo malo?

¿Seguro que fue un artefacto explosivo improvisado? Mira la piel que cuelga de lo que queda de su codo; la carne se derritió.

El anciano se separó de los brazos de su esposa y gimió. De pronto, su brazo izquierdo irradiaba un calor abrasador.

La arteria está obstruida. Comenzad con el Dobutrex. Bien, ¿dónde está la maldita sierra para huesos?

Creo que Rosen la estaba usando para cortar la carne quemada.

—¿Qué te ocurre?

Grita de dolor; la sangre abandona su rostro arrugado.

La carne… ¡se le separa del hueso!

¿Cómo está su presión sanguínea?

90/60.

—¿Te quemaste el brazo en el incendio?

—No. Empezó a dolerme antes de que los gallos se despertaran para gritarle al día.

—Dime qué debo hacer. ¿Cómo puedo ayudarte?

—Dame alguna herramienta para cortar.

—Me estás asustando. Déjame ir a buscar a nuestro hijo…

—No hay tiempo… ¡Aaah!

Pongámosle otra unidad de sangre antes de cortar el brazo. Enfermera, por favor, sostén en alto esta radiografía. Quiero amputar aquí, justo debajo del inicio del tendón del bíceps.

El viejo gruñón se desplomó. Su esposa se arrodilló junto a él en la oscuridad ondulante. El ruido de arañazos era cada vez más fuerte.

—¡Dime algo! Por favor, mi amor… ¡despierta!

Doctor, está despierto.

El soldado abrió los ojos y vio luces brillantes y a unos desconocidos con mascarillas y batas quirúrgicas. El dolor era cegador, su brazo izquierdo era carne despedazada, la agonía competía con el dolor punzante en su cráneo maltratado.

La anestesia fue un baño fresco para sus terminales nerviosas. Sofocado el pánico, cerró los ojos y se sumergió en el sueño.

Desde el otro extremo de la sala de operaciones en Bagdad, la Parca contemplaba al soldado estadounidense malherido como a un viejo amigo… a la espera.

PRIMERA PARTE: LA OSCURIDAD

PRIMERA PARTE

LA OSCURIDAD

El mal no existe, o por lo menos no existe en sí mismo. El mal es simplemente la ausencia de Dios. Es como la oscuridad y el frío, palabras creadas por los seres humanos para describir la ausencia de luz y de calor. Dios no creó el mal. El mal es el resultado de lo que ocurre cuando el ser humano no tiene el amor de Dios presente en el corazón. Es como el frío que llega cuando no hay calor o la oscuridad que llega cuando no hay luz.

ALBERT EINSTEIN

Julio

Julio

FUERTE DETRICK, MARYLAND, 7.12 HORAS

En algún lugar del callejón el mecanismo hidráulico de un camión de la basura rompe el tono gris de la mañana. Un perro responde desde un patio. Un autobús escolar maniobra y arroja un eructo de emisiones en su trayecto a la YMCA local.

En la casa sin niños del final de la calle, la mujer de cabello color manzana acaramelada ronca suavemente sobre una almohada de plumas. Su subconsciente se niega a ser perturbado por el despertar del vecindario. Su vejiga cosquillea, pero ella sigue soñando.

Mary Klipot se aferra al sueño como alguien que no sabe nadar se aferra al bote volcado en un mar tempestuoso.

En su sueño, el vacío desaparece. En su sueño, su padre no es un desconocido y su madre drogadicta siente remordimientos por haberla abandonado. En su sueño hay un hogar y un lecho tibio. Galletas con pepitas de chocolate y besos de buenas noches que no saben a tabaco. El aire tiene la dulzura de las lilas y las paredes son de una blancura jovial. Hay baños privados y duchas y maestras que no son monjas. No hay una habitación insonorizada en las mañanas de miércoles y sábado, nada de correas de cuero ni aspersiones de agua bendita, y ciertamente no hay un padre Santaromita.

En su sueño, Mary no es especial.

Mary la especial. La huérfana con el coeficiente intelectual alto. Lista, pero peligrosa. Satanás es la vocecita en tu cerebro que te dice que le prendas fuego al gato, que será divertido. Salta del alféizar, sobrevivirás. Dios no está en esos momentos. Los frenos de un camión desbocado. El médico con el estetoscopio helado le da un nombre: epilepsia del lóbulo temporal, y escribe una receta.

El padre Santaromita cree que sabe más. Los exorcismos semanales se prolongan hasta que Mary cumple ocho años.

Ella toma la medicina. El coeficiente intelectual sometido rinde dividendos. Cuadro de honor en el colegio parroquial. Una beca universitaria. Se gradúa en microbiología en Emory y en Johns Hopkins. El futuro se adivina prometedor.

Claro que hay «otros» desafíos. Fiestas y condiscípulos. Cervezas y drogas. La pelirroja introvertida con ojos color avellana y mirada aurada es bonita en un estilo «parque de caravanas», pero no es una chica fácil. A Mary la especial la apodan la Virgen María. La abstinencia la marca como una marginada. «Vamos, Mary. Solo los buenos mueren jóvenes.» Mary muere cien muertes distintas. Tiene dos empleos para poder costear su propio apartamento.

El aislamiento es más fácil.

Sus excelentes calificaciones le abren puertas. El trabajo de laboratorio le ofrece la salvación. Mary tiene talento. El Departamento de Defensa la reclama. El Fuerte Detrick la necesita. Buen sueldo y beneficios gubernamentales. La investigación es desafiante. Después de algunos años se la asignará al laboratorio de contención del Nivel 4, donde podrá trabajar con algunas de las sustancias biológicas más peligrosas del planeta.

La vocecita asiente. Mary acepta el empleo. La carrera definirá una vida menos vivida.

Con el tiempo, los sueños cambian.

El descubrimiento había sido desenterrado en Montpellier. El equipo arqueológico a cargo de la excavación requirió de los servicios de una microbióloga con experiencia en el manejo de agentes exóticos.

Montpellier está a diez kilómetros del Mediterráneo. Es una ciudad empapada en la historia y la tradición, pero también está sumergida en una pesadilla que comparte con todo el continente euroasiático.

La excavación arqueológica era una fosa común que se remontaba al año 1348. Seis siglos y medio habían disuelto los órganos y la carne, dejando una maraña de huesos. Tres mil hombres, mujeres y niños. Sus agobiados seres queridos habían arrojado los cuerpos apresuradamente; su dolor había pasado a un segundo plano ante el pánico.

La peste, la Muerte Negra.

La Gran Mortandad.

Trescientas personas habían muerto cada día en Londres. Seiscientas en Venecia. Devastó Montpellier, donde mató al 90 por ciento de los habitantes. En unos pocos años, la Muerte Negra redujo la población del continente de ochenta a treinta millones, en un área en que el transporte se limitaba a ir a caballo o a pie.

¿Cómo pudo matar con tanta eficacia? ¿Cómo se propagó tan rápido?

El jefe de la excavación era Didier Raoult, un profesor de medicina de la Universidad Mediterránea en Marsella. Raoult descubrió que el tejido pulpar hallado dentro de los restos de las dentaduras de las víctimas de la peste, preservadas en muchos de los cráneos desenterrados, podía aportar pruebas de ADN que quizá por primera vez resolverían el misterio.

Mary se puso a trabajar. La culpable era la Yersinia pestis, la peste bubónica. Una pestilencia salida del infierno. Dolor extremo. Fiebre alta, escalofríos y verdugones. Seguidos por la hinchazón de los bubones: protuberancias negras, del tamaño de pelotas de golf, que aparecían en el cuello y las ingles de las víctimas. Más adelante, los órganos internos infectados se colapsaban y a menudo se desangraban.

Una rima infantil del siglo XIII da indicios impactantes de la rapidez con que la Muerte Negra se propagó: «Hacemos la ronda en torno al rosal, en el bolsillo un ramillete; ¡achú, achú!, todos caemos al suelo». Un estornudo y la peste infectaba un hogar y luego toda la aldea, exterminando a las víctimas confiadas en cuestión de días.

Impresionado con su labor, Didier Raoult le dio a Mary un obsequio de despedida: una copia de unas memorias inéditas recientemente descubiertas, escritas durante la Gran Peste por el cirujano personal del Papa, Guy de Chauliac. Traducido del francés, el diario detallaba la casi absoluta erradicación de la especie humana por obra de la Gran Mortandad entre los años de 1346 y 1348.

Mary regresó al Fuerte Detrick con el diario de Chauliac y con muestras de la asesina de 666 años de antigüedad. El Departamento de Defensa se sintió intrigado. Pidió protección para los soldados estadounidenses en caso de ataque biológico. Mary Louise Klipot, de treinta y un años, fue ascendida para encargarse del nuevo proyecto, llamado Guadaña.

En menos de un año, la CIA se hizo cargo de los fondos y Guadaña desapareció de los registros.

Mary despierta antes de que suene la alarma. Su estómago gorgotea. Su presión sanguínea desciende. Apenas llega a tiempo al baño.

Mary lleva una semana enferma. Andrew le había asegurado que era una simple gripe. Andrew Bradosky era su técnico de laboratorio. Treinta y nueve años. Con el encanto de un colegial, de buen ver. Mary lo eligió entre un grupo de empleados no porque estuviera calificado para el trabajo, sino porque le resultaba transparente. Incluso sus intentos de establecer una relación social fuera del trabajo estaban calculados para obtener un ascenso. El viaje a Cancún el abril anterior había sido una diversión bienvenida; solo accedió cuando él aceptó sus reglas de celibato. Mary se estaba reservando para el matrimonio. Andrew no estaba interesado en casarse, pero era un regalo para los ojos.

Mary se viste rápidamente. La ropa quirúrgica de algodón simplificaba la tarea de elegir su atuendo. La ropa holgada era la mejor decisión para estar en la sala BSN-4, con el traje de protección que debía usar durante largas horas.

Pan tostado y mermelada era todo lo que su estómago alterado podría tolerar. Esta mañana iría a ver al médico del departamento. No deseaba ir, pero estaba enferma y el procedimiento estándar para trabajar con agentes exóticos requería revisiones de rutina. Fue andando al trabajo e intentó tranquilizarse diciéndose que probablemente era solo una gripe. «Andrew podría tener razón. Hasta un reloj estropeado da la hora correcta dos veces al día.»

Detestaba esperar. ¿Por qué relegaban siempre a los pacientes a salas de examen antisépticas, empapeladas y con viejos ejemplares de Golf Digest? Y estas batas… ¿Alguna vez había usado una que le quedara bien? ¿Necesitaba que le recordaran que debía bajar de peso?, se dijo. Juró ir al gimnasio después del trabajo, pero enseguida descartó la idea. Tenía demasiado que hacer y Andrew llevaba retraso en sus tareas, como de costumbre. Consideró la idea de incorporar a otro técnico, pero la inquietaban los posibles rumores.

Se abrió la puerta y entró Roy Katzin. La expresión del médico era demasiado jovial para ocultar malas noticias.

—Bueno, hemos hecho toda la gama de pruebas, con las máquinas más perfeccionadas que se pueden comprar con el dinero de los contribuyentes, y creemos haber detectado el origen de tus síntomas.

—Yo ya sé qué es. Es la gripe. El doctor Gagnon la tuvo hace unas semanas y…

—Mary, no es la gripe. Estás embarazada.

Toda enfermedad procede de la ira.

ELIYAHU JIAN

Agosto

Agosto

MANHATTAN, NUEVA YORK

El reloj del salpicadero, que se había parado a las 7.56, dio un salto a las 8.03, justo cuando la conductora del monovolumen Dodge, una mujer de cabello castaño intenso, maniobró entre el tráfico de los carriles en dirección sur de la autopista Major Deegan.

Ya iba oficialmente con retraso. Logró incrustarse en el carril derecho, detrás de un autobús Greyhound que iba fumigando el ambiente con monóxido de carbono. Los dioses de la hora punta se burlaban de ella: un vehículo tras otro la rebasaban por la izquierda. Valiéndose de la única herramienta disponible en su arsenal, golpeó el volante con las dos manos, esperando que el bocinazo despertara los nervios de la vaca metálica que pacía frente a ella.

En vez de eso, la música de su teléfono móvil en manos libres se animó y dio paso a una voz masculina tipo zen, con un rítmico acento hindú, que la saludó.

—Buenos días. Gracias por esperar. ¿Puede decirme con quién hablo?

—Leigh Nelson.

—Gracias, señora Nelson. Por razones de seguridad, ¿puede decirme el apellido de soltera de su madre?

—Deem.

8.06 horas.

—Gracias por esa información. ¿En qué puedo ayudarla hoy?

—¿En qué puede ayudarme? ¡Su maldito banco retuvo el maldito depósito de mi maldito esposo! ¡Han devuelto ocho cheques míos y me han cobrado treinta y cinco dólares por cada uno, con lo que mi cuenta ha quedado al descubierto! ¡Y por eso ahora estoy que trino!

—Lamento lo sucedido.

—No, no lo lamenta.

8.11 horas.

—Veo que el cheque de su esposo fue depositado el día cuatro.

La mujer se inclinó hacia su derecha para poder ver más allá del obstáculo que representaba el autobús Greyhound cubierto de manchas de carbono. La salida de la FDR Sur estaba a cien metros. El carril estrecho era lo único que separaba de la libertad a su vehículo atrapado. Consideró la posibilidad de hacer como Luke en La leyenda del indomable, mientras hacía trabajos forzados en la prisión.

«Aquí dándole, jefe.»

Aceleró, pero le cerró el paso un Lexus negro cuyo conductor había tenido la misma idea que ella. ¡Frenos, bocina, dedo corazón!

—El cheque pasará el martes.

—¿El martes? ¿Desde cuándo retienen toda una semana un depósito de General Motors?

—Lamento las molestias. Desafortunadamente, es la nueva política del banco para todos los cheques de otros estados.

—Escúcheme bien. Mi esposo acaba de perder el trabajo. Su seguro de desempleo no empezará a llegar hasta dentro de cuatro semanas. Por lo menos bonifíquenme las comisiones por los cheques devueltos.

—De nuevo lo lamento, pero no puedo cambiar las políticas del banco.

«Mira, Luke, me parece que lo que tenemos aquí es un problema de comunicación.»

—Yo también lo lamento. ¡Lamento que el gobierno los haya rescatado, malditos incompetentes, con ochocientos mil millones de dólares de nuestros impuestos!

—¿Desea hablar con mi supervisor?

—¡Pues claro! ¿En qué lugar de la maldita India vive?

9.17 HORAS

El monovolumen Dodge reptaba por el tráfico provocado por unas obras en la calle Veinticinco Este. Entró en el aparcamiento del hospital de la Administración de Veteranos (AV). Aparcó en un ángulo que sin duda enfurecía al propietario del coche de su derecha.

La mujer entró de un tirón el retrovisor. Aplicó apresuradamente rímel en las pestañas de sus ojos azul gris. Se puso maquillaje en la nariz respingona. Repasó con un pintalabios con brillo sus labios gruesos. Echó un vistazo rápido al reloj, cogió su portafolios de piel del asiento para bebé y salió del monovolumen para ir hacia la entrada de Urgencias, rezando para no toparse con el director del hospital.

Cuando se abrieron las puertas dobles, la recibió el aire acondicionado y el aroma de los enfermos. En el área de espera solo se podía estar de pie. Toses, muletas y el llanto de los niños, que se entretenían con The Today Show, emitido en pantallas planas montadas en la pared y aseguradas con cables de acero.

Desvió la mirada, pasó frente a la recepción e hizo caso omiso de la gente. A medio corredor se detuvo para ponerse la bata blanca de laboratorio; atrajo la atención de un indio alto, de poco más de cuarenta años, que hizo un esfuerzo para recuperar el aliento.

—Disculpe, ¿cómo puedo llegar a la Unidad de Cuidados Intensivos?

La expresión desencajada de aquel hombre aplacó el impulso de descargar su ira; por su aspecto estaba segura de que no era el empleado bancario con quien acababa de hablar. «Camisa de vestir empapada en sudor. Pajarita. En la pierna derecha del pantalón una banda elástica. Un académico que visita a un colega enfermo. Probablemente ha venido en bicicleta desde el campus.»

—Siga el pasillo a la izquierda. Tome el ascensor a la séptima planta.

—Gracias.

—¡Doctora Nelson!

La voz de Jonathan Clark la sobresaltó.

—¿Tarde otra vez? Déjeme adivinar… ¿un embotellamiento en New Jersey? No, espere, hoy es lunes. Los lunes tiene problemas con los niños.

—No tengo problemas con mis niños, señor. Tengo dos hijos adorables; la más pequeña es autista. Esta mañana ha decidido embadurnar al gato con harina. Doug tiene una entrevista de trabajo, mi niñera ha llamado de Wildwood porque está enferma y…

—Doctora Nelson, usted ya conoce mi filosofía acerca de las excusas. Ninguna persona de éxito ha necesitado nunca una excusa y…

Su presión sanguínea aumentó un punto.

—Y nunca ha habido una persona fracasada que carezca de excusas.

—Le restaré la paga de medio día. Ahora vaya a trabajar y no olvide que tenemos junta de personal a las seis.

«Elige bien tus batallas, Luke.»

—Sí, jefe.

Leigh Nelson escapó por el pasillo hacia su oficina. Arrojó el portafolios sobre un archivador y se desplomó en la rechinante silla de madera que estaba en perpetuo estado de desequilibrio sobre su base descentrada. Su presión sanguínea estaba en el punto de ebullición.

Los lunes en la AV eran una trampa mental. Los lunes añoraba sus días de trabajo duro en la granja de cerdos de su abuelo en Parkersburg, Virginia Occidental.

Había sido un verano desafiante. El sistema de salud de la AV de la bahía de Nueva York constaba de tres campus: uno en Brooklyn, otro en Queens y el suyo en el lado este de Manhattan. En un intento de ahorrar apenas unas cuantas monedas, el Congreso había decidido que solo podía financiar dos centros de tratamiento protésico a pesar de que había dos guerras en curso y un nuevo recrudecimiento de las hostilidades. Un millón de dólares por soldado en combate, pero unos pocos centavos para atender sus heridas. ¿En Washington se habían vuelto locos? ¿Esa gente vivía en el mundo real?

Ciertamente no vivían en el mundo de Leigh.

Más horas, el mismo sueldo. Sigue adelante como un buen soldado, Nelson. Aguanta y repite el mantra: «Alégrate de tener un empleo todavía…».

Leigh Nelson detestaba los lunes.

Veinte minutos, una docena de correos electrónicos y media rosquilla después, estaba lista para revisar los archivos de pacientes amontonados sobre su escritorio. Apenas había leído la segunda carpeta cuando Geoff Payne entró en su oficina.

—Buenos días, Pucheros. He oído que quedaste atrapada en el último tren a Clarksville.

—Estoy ocupada, Geoff. ¿Qué te trae por aquí?

El director de ingresos le entregó un archivo de personal.

—Un recién llegado de Alemania. Patrick Shepherd, sargento del cuerpo de marines. Edad, treinta y cuatro años. Otro amputado por un artefacto explosivo improvisado, solo que este pobre tipo recogió el dispositivo con la mano cuando estalló. Amputación completa del brazo izquierdo, justo debajo del inicio del bíceps. A eso añádele hematomas e inflamación en la base del cerebro, pulmón izquierdo colapsado, tres costillas rotas y una clavícula dislocada. Sufre todavía accesos de vértigo, jaquecas y fallos severos de memoria.

—¿Estrés postraumático?

—Del peor tipo. Su diagnóstico psicosocial está en el expediente. No está respondiendo a los antidepresivos y se niega a recibir terapia psiquiátrica. Los médicos en Alemania lo tenían vigilado las veinticuatro horas por el temor de que se suicidara.

Leigh abrió el expediente. Echó un vistazo a la evaluación TEPT (trastorno por estrés postraumático) y luego leyó en voz alta el historial militar del paciente.

—Cuatro destinos: al-Qaim, Haditha, Faluya y Ramadi, más un período en Abu Ghraib. ¡Cielos! Su hoja de servicio fue un recorrido por el infierno. ¿Ya le han tomado medidas para la prótesis?

—Aún no. Lee su historial personal, te resultará particularmente interesante.

Leigh leyó por encima el párrafo.

—¿En serio? ¿Era jugador de béisbol profesional?

—Fue lanzador de los Red Sox.

—Entonces tómate tu tiempo antes de pedir la prótesis.

Geoff sonrió.

—Hemos tenido suerte. Este chico habría sido el verdugo de los Yankees. En su primer año en las Grandes Ligas fue la sensación, y ocho meses después lo mandan a Irak.

—¿Tan bueno era?

—Iba directo al estrellato. Recuerdo haber leído acerca de él en Sports Illustrated. Boston lo reclutó en una de las rondas inferiores en 1998; nadie le daba la menor oportunidad de triunfar. Tres años después, dominaba a los bateadores en la Liga A. Los Red Sox perdieron a uno de sus corredores y de pronto el chico estaba lanzando en las Grandes Ligas.

—¿Dio el salto de la Liga A a las Grandes en una temporada? ¡Rayos!

—Al novato le corría agua helada por las venas. Los aficionados lo apodaron el Estrangulador de Boston. En su primer partido en las Grandes Ligas detuvo dos bolas imparables contra los Yankees; eso lo convirtió en un héroe para los hinchas de los Red Sox. En el segundo lanzó nueve entradas y permitió solo una carrera limpia, pero Boston perdió el partido en la décima. Iba a enfrentarse de nuevo con los Yankees a mediados de septiembre, pero ocurrió lo del 11-S. Para cuando se reanudó la temporada, él ya se había marchado.

—¿Cómo que ya se había marchado?

—Se esfumó. Dejó a los Red Sox y se alistó en los marines… ¡El muy chiflado!

—Su biografía dice que está casado y tiene una hija. ¿Dónde está su familia?

—La mujer lo dejó. Él no quiere hablar de eso, pero algunos veteranos recuerdan haber oído rumores. Dicen que su esposa se llevó a la niña después de que él se alistara. Probablemente estaba furiosa, ¿quién puede culparla? En lugar de estar casada con un futuro multimillonario y una estrella del deporte, tiene que criar a su pequeña sin ayuda y sobrevivir con el sueldo de un recluta. Es muy triste, pero lo vemos constantemente. Las asignaciones de las fuerzas armadas nunca han sido el mejor ingrediente para un buen matrimonio.

—Aguarda. ¿No ha visto a su familia desde que comenzó la guerra?

—Te repito que no quiere hablar de eso. Tal vez sea lo mejor. Después de todo lo que ha sufrido, no me gustaría dormir a su lado cuando sueña con los combates. ¿Recuerdas lo que Stansbury le hizo a su esposa?

—Dios mío, no me lo recuerdes. ¿Dónde se encuentra el sargento?

—Está terminando su examen físico. ¿Quieres conocerlo?

—Asígnalo al Pabellón 27, me reuniré con él más tarde.

UNIDAD DE CUIDADOS INTENSIVOS, SÉPTIMA PLANTA

El cuarto apestaba. Bacinillas y amoníaco. Enfermedad y muerte. Una estación de paso a la muerte.

Pankaj Patel estaba frente a la cama de la UCI, contemplando el rostro del anciano. El cáncer y la quimioterapia se habían combinado para extraer la fuerza vital del cuerpo de su mentor. Su rostro estaba pálido y enjuto. La piel colgaba de sus huesos. Las órbitas de sus ojos estaban oscuras y hundidas.

—Jerrod, lo siento mucho. Estaba en la India con mi familia. Vine tan pronto me enteré.

Jerrod Mahurin abrió los ojos; ver a su protegido lo devolvió al estado consciente.

—No… ahí no. Ven a mi lado, Pankaj. ¡Rápido!

Patel se desplazó al lado izquierdo de la cama del profesor.

—¿Qué sucede? ¿Viste algo?

El anciano cerró los ojos y reunió sus últimas reservas de fuerza.

—El Ángel de la Muerte espera a mi alma al pie de la cama. Estabas demasiado cerca. Muy peligroso.

Perturbado, Patel se volvió a mirar el espacio vacío.

—¿Lo viste? ¿Al Ángel de la Muerte?

—No hay tiempo.

Jerrod alargó la mano izquierda hacia su protegido, la piel era pálida y tersa como la de un bebé, marcada por un campo minado de hematomas que revelaban una docena de sondas intravenosas.

—Has sido un alumno excepcional, hijo mío, pero esta delgada capa de realidad física que llamamos vida encierra mucho, mucho más. Todo lo que ves es una ilusión, nuestra travesía es una prueba y estamos fallando miserablemente. El desequilibrio está inclinando la balanza a favor del mal contra el bien, de la oscuridad contra la luz. La política, la codicia, el capitalismo de la guerra. Y sin embargo, todo aquello a lo que nos hemos enfrentado hasta ahora son simples síntomas. ¿Qué impulsa a un ser humano a actuar de manera inmoral? ¿A violar a una mujer? ¿A sodomizar a un niño? ¿Cómo puede un ser humano cometer un asesinato u ordenar la muerte de decenas de miles… incluso millones de personas inocentes, sin una sola chispa de conciencia? Para hallar las auténticas respuestas debes concentrarte en la raíz de la enfermedad. —El anciano cerró los ojos, hizo una pausa para tragar una mucosidad—. Está en juego una relación causa-efecto directa, una relación entre la fuerza negativa y los niveles de violencia y codicia que una vez más se han elevado para atormentar a la humanidad. El hombre sigue dejándose seducir por la gratificación inmediata de su ego, alejándonos más y más de la Luz de Dios. Las acciones colectivas de la humanidad han convocado al Ángel de la Muerte, y con él, el Fin de los Días.

Aquellas palabras hicieron que a Patel se le erizara la piel.

—¿El Fin de los Días? El conflicto en Oriente Próximo… ¿conducirá a la tercera guerra mundial? ¿Un holocausto nuclear? Jerrod…

El moribundo reabrió los ojos.

—Síntomas —dijo, y luego tosió.

El olor no se disipó.

Buscando en la bandeja intacta del desayuno, Patel tomó con una cuchara un trozo de hielo y lo puso en la boca de su maestro.

—Tal vez deberías descansar.

—En un momento.

Jerrod Mahurin tragó el hielo y miró a su protegido a través de las rendijas de sus ojos febriles.

—El Fin de los Días es un acontecimiento sobrenatural, Pankaj, orquestado por el Creador mismo. La humanidad… se está alejando de la Luz de Dios. El Creador no permitirá que el mundo físico sea erradicado por aquellos que obtienen fuerza de la oscuridad. Como con Sodoma y Gomorra, o con el Gran Diluvio, Él aniquilará a la humanidad antes de que los malvados destruyan Su creación, y el acontecimiento que pondrá fin a todo, sea lo que sea, ocurrirá pronto.

—Dios mío.

Los pensamientos de Patel se dirigieron a su esposa Manisha y a su hija Dawn.

—Esto es importante. Después de mi fallecimiento, un hombre de gran sabiduría te buscará. Yo te he seleccionado.

—¿Me has seleccionado? ¿Para qué?

—Como mi sustituto. Una sociedad secreta. Nueve hombres con la esperanza de restablecer el equilibrio.

—¿Nueve hombres? ¿Qué se reque

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