PRÓLOGO
Carreras de Ascot, 1812
Los caballos entraron como un trueno en la recta final entre los gritos y los vítores de la multitud, y poco después Nicholas Manning, sexto duque de Rothay, se alzaba nuevamente con la victoria gracias a su espectacular zaino. De hecho, su cuadra había arrasado en las carreras hasta el momento ese día.
Lo que no era una gran sorpresa.
No había ninguna duda al respecto; ese hombre tenía un toque mágico cuando se trataba de caballos y, según se decía, una habilidad aún mayor cuando se trataba de mujeres.
Lo que era fácil de creer. Caroline Wynn le vio dirigirse hacia su palco privado en la tribuna, con su legendaria sonrisa centelleando al recibir los parabienes de sus amigos. El duque poseía un tipo de atractivo especial y evidente, que unía la pura masculinidad a una espléndida estructura ósea clásica, un cabello oscuro y una tez morena. También era alto y atlético, y se movía con una gracia natural mientras subía la escalera deseoso, sin duda, de celebrar sus victorias. Vestía con desenfadada elegancia una chaqueta azul marino, pantalones de montar beis y unas botas lustrosas; su cabello color ébano contrastaba con el blanco resplandeciente de su corbata muy bien anudada.
—Verdaderamente Rothay parece encantado consigo mismo —murmuró Melinda Cassat, mientras se abanicaba con energía para mitigar el calor vespertino. Cada vez que movía la muñeca sus ricitos castaño oscuro revoloteaban alrededor de su rostro. Estaban sentadas a la sombra de un pequeño toldo de rayas, pero apenas corría algo de brisa. El cielo, limpio de nubes, era de un azul cobalto claro e intenso.
—Ha ganado, así que ¿por qué no debería estarlo? —Caroline sintió un leve temblor en la boca del estómago al ver aquella esbelta silueta desaparecer en el interior del palco.
«¿Qué estoy haciendo?»
—No es que necesite el dinero. Ese hombre es tan rico como Creso. —Melinda se apartó un mechón de pelo rebelde del cuello y frunció los labios—. Claro que apostar en una carrera de caballos es mucho menos escandaloso que los últimos rumores sobre sus aventuras. ¿Te han llegado?
Agradecida porque el calor del sol justificaba el rubor de sus mejillas, Caroline mintió abiertamente.
—No. ¿A qué te refieres?
Melinda, ávida chismosa, pareció encantada ante la pregunta. Se inclinó hacia delante y entornó sus ojos castaños con expresión conspirativa. Inspiró con rapidez y su prominente busto se agitó.
—Bueno, parece ser… según dicen, en fin… que el guapísimo duque y su íntimo amigo lord Manderville, quien, como ya debes de saber, ha heredado la reputación de su padre de ser un calavera de primer orden, han hecho una apuesta escandalosa sobre cuál de los dos es mejor amante.
—¿En serio? —Caroline confió que su expresión fuera de lo más anodino.
La cara de su amiga exhalaba emoción e intriga.
—¿No te parece increíble?
—¿Estás segura? Lo que quiero decir, querida, es que esto es Londres y que se trata de la alta sociedad. No todos los rumores son ciertos. Sabes tan bien como yo que la mayoría son auténticas falsedades o, como mínimo, exageraciones.
—Ya, pero tengo entendido que ellos no lo han negado. El envite aparece debidamente registrado en el libro de apuestas de White’s y las apuestas sobre quién ganará están alcanzando cifras nunca vistas. Ese par siempre roza el escándalo, pero parece que esta vez se han superado a sí mismos.
Caroline vio que los jinetes tomaban posiciones para la última carrera.
—¿Cómo puede alguien probar una cosa tan absurda? En último término el resultado siempre será subjetivo. Al fin y al cabo, si la apuesta es cuál de los dos es mejor amante, ¿quién va a juzgarlo?
—Bueno, querida, esa es la parte más escandalosa. Necesitan un crítico imparcial. Toda la buena sociedad especula sobre quién será ella.
—Es una barbaridad, ¿no crees? Ella tendría que estar de acuerdo en mantener relaciones íntimas con… bueno, con los dos, imagino. ¡Dios del cielo!
Melinda la miró con manifiesta ironía.
—Con lo mojigata que eres ya imaginaba que dirías algo así. No sé si es una barbaridad exactamente pero desde luego que es pasarse de la raya, aunque hablemos de unos granujas como ese par. Sin embargo, aún hay más apuestas sobre lo rápido que encontrarán a alguien que se avenga a probar lo que cada uno tiene que ofrecer. Es una maldad, lo sé, pero dos de los hombres más apuestos de Inglaterra harán todo lo posible para complacer a la elegida. Imagínate lo que le espera a la dama que acepte.
Bien, Caroline era bastante consciente de tener fama de fría y distante, pero aun así, oírse llamar mojigata la puso a la defensiva.
—No soy ninguna matrona vieja y marchita. Puedo entender muy bien que una mujer sucumba ante un hombre atractivo y encantador, capaz de seducirla sin esfuerzo. Cualquiera de esos dos cumplen de sobra con los requisitos, ya que, dicen, tienen bastante práctica.
—Desde luego que la tienen, y en ningún momento he querido decir que seas vieja y marchita; más bien lo contrario. —Su amiga suspiró con exagerado énfasis—. Pero no eres demasiado accesible, Caroline. Sé que desde que te casaste, y sobre todo tras el fallecimiento de Edward, has levantado muros para protegerte, pero francamente deberías permitirte vivir otra vez. Si quisieras, querida, tendrías a medio Londres a tus pies. Eres joven y preciosa.
—Gracias.
—Es la verdad. Los hombres harían cola con flores y sonetos. No hay razón para que languidezcas en una soltería solitaria.
—No deseo volver a casarme. —Era absolutamente cierto. Con una vez había sido suficiente. Con una vez había sido más que suficiente.
—No todos los hombres son como Edward.
Caroline observó distraída cómo se alineaban los caballos y oyó el pistoletazo de salida. Bien, esperaba que no todos los hombres fueran como su difunto marido, pensó mientras los magníficos animales se lanzaban a la carrera, porque aquel licencioso duque no tardaría en leer su nota.
1
-Esto es interesante.
Nicholas musitó esas palabras, cogió la licorera de coñac y vertió una generosa medida en la copa de cristal que tenía cerca. Dejó la botella a un lado con un golpe seco y examinó de nuevo el trozo de pergamino que tenía en la mano. Regresar a Londres después de una dura aunque victoriosa jornada hípica le había puesto de un humor excelente, dulcificado tanto por la victoria como por la celebración posterior. Refugiarse en su estudio parecía lo adecuado. Aquel era en muchos sentidos su santuario, aunque pasara allí una cantidad excesiva de tiempo trabajando.
El estudio le recordaba a su padre; quizá debido a un sentimentalismo que no admitiría ante nadie, no había cambiado absolutamente nada. El suelo pulido estaba cubierto con la misma alfombra, descolorida a causa del sol que entraba en diagonal por la ventana de parteluz, y el escritorio seguía tan abarrotado como siempre. Los libros en estanterías de roble situadas junto a la repisa de la chimenea emanaban un familiar aroma húmedo, de papel amarillento y cuero ligeramente ajado.
—¿Qué es interesante? ¿Algo relacionado con las carreras?
Frente a él, Derek Drake, conde de Manderville, arqueó una ceja de color castaño claro y se arrellanó en su asiento. Como de costumbre, Derek iba a la última moda, con una ropa entallada que se adaptaba perfectamente a su esbelta figura. Cruzó las bruñidas botas de caña alta mientras se reclinaba en la butaca. Su rostro atractivo apenas reflejaba una leve curiosidad.
—Nick, hoy tus caballos se superaron. Seguro que eso no es una maldita sorpresa. Ni a mí me importa. Gané una pequeña suma en la última carrera porque me dijiste que Satán estaba en forma. Gracias por el soplo.
—De nada, pero no se trata de eso. —La actitud displicente de Nicholas no era porque no le importaran las carreras (sus caballos eran su pasión y era competitivo hasta el punto de constituir uno de sus defectos), pero la pulcra caligrafía de la nota que tenía delante le había intrigado. Levantó la mirada y extendió el trozo de pergamino con dos dedos—. Echa un vistazo a esto, Derek.
Su compañero cogió el pedazo de papel doblado y su interés aumentó de modo manifiesto a medida que iba leyendo. Como Nicholas, Derek leyó dos veces la cuidada caligrafía y alzó la vista.
—Vaya, suena prometedor, ¿no te parece?
—No es la primera oferta que recibimos. —Nicholas bebió un trago; el coñac francés fue como seda cálida en la boca. Había pagado una pequeña fortuna por él, pero solo podía conseguirse de contrabando y decidió que el precio valía la pena—. Pero debo reconocer que me gusta el enfoque directo de esta dama.
—Un desafío para un desafío. Sí, imaginativo. Yo ya la admiro. Pero a pesar de todo sería agradable saber quién es. —Derek curvó los labios y leyó en voz alta—: «Si me prometen total discreción y desean un juez imparcial para su absurda apuesta, los ayudaré. Les advierto que, hasta la fecha, mi experiencia en los asuntos entre hombres y mujeres no me ha causado gran impresión. Si están ustedes dos interesados en que nos veamos para hablar del tema, por mi parte estoy dispuesta a seguir adelante».
Era inteligente, pensó Nicholas, hacer referencia al desencanto sexual previo para provocar su interés. Si se avenía a admitirlo, la dama tenía razón: era una apuesta absurda, hecha cuando ambos estaban algo más que un poco ebrios.
—Veo aquí algo ligeramente insultante —comentó Nicholas con humor—. Una propuesta un tanto tajante. Nuestra misteriosa dama tiene bastantes agallas. Eso me atrae.
—Ah, ¿sí? —Derek le lanzó una mirada pensativa.
Ellos solían ver a las mujeres con el mismo interés carnal, atenuado por una decidida tendencia a la distancia emocional. La conquista sexual era un juego y ambos eran jugadores experimentados.
Nicholas no entró en detalles. Estaba sometido a una creciente presión para casarse, tanto por parte de la sociedad como de su familia. Eso era lo previsto; él siempre supo que eso era lo previsto, pero admitir su reticencia a encontrar una esposa significaba reconocer algunas verdades que él mismo no estaba dispuesto a afrontar.
Todos los hombres cometían errores. El suyo en particular fue una catástrofe memorable, pero también era cierto que la catástrofe, causada por la juventud y la inexperiencia, solo se le podía atribuir a él, y que desde entonces la había compensado de todas las formas posibles. Eso por lo visto incluía alocadas apuestas de la naturaleza más extravagante.
—Por supuesto. Una mujer aventurera siempre es atractiva en la alcoba, ¿no te parece? —comentó Nicholas con estudiada indiferencia.
—Estoy de acuerdo en que si seguimos adelante con esto, nuestra reputación no se verá más perjudicada de lo que ya está, así que ¿por qué no?
La palabra «avergonzado» no existía en el vocabulario de Nicholas. Hacía mucho tiempo que se había dado cuenta de que las habladurías eran algo inevitable en la sociedad londinense, y que mantenerse por entero al margen del escándalo implicaba demasiado esfuerzo a cambio de pocas ganancias. No obstante, tanto Derek como él estaban de acuerdo en que hubiera sido mejor no dejar constancia escrita de la prueba, ni apostar una suma tan importante al resultado. Ahora toda la gente bien estaba impaciente.
Obsequió a Manderville con una perezosa sonrisa.
—No hay ninguna posibilidad de que no mordamos el anzuelo, ¿verdad? Hasta ahora las ofertas de entrar en la apuesta, y en nuestras camas, han venido principalmente de damas de dudosa reputación que desean compartir nuestra notoriedad. Esta parece algo distinta. Ella desea el anonimato, por lo visto.
—No tengo nada que objetar a una mujer experimentada, pero estoy de acuerdo en que el anonimato que ella pide introduce un factor distinto. —Derek dio un golpecito con un dedo en el pedazo de papel y estiró sus largas piernas—. Podría ser perfecta siempre que no sea poco agraciada, o alguna jovencita soltera a la caza de título y fortuna.
—Amén a eso.
La mera idea de involucrar en la apuesta a una muchachita ingenua era inadmisible. El desafío no había sido más que un mero pasatiempo divertido; solo que se les había ido un poco de las manos. Visto en perspectiva, la tercera botella de clarete de aquella noche no había sido una buena idea, pero Derek, sobre todo, parecía decidido a beber hasta perder el sentido.
Lo que no era propio de él, ahora que Nicholas reflexionaba sobre ello. No sabría decir qué, pero tenía la impresión de que algo iba mal. Últimamente el habitual buen humor de Derek parecía forzado. Su despreocupación y encanto naturales eran una de las razones de que las mujeres le encontraran tan atractivo, pero durante los últimos meses, cuando menos, había estado como apagado y distraído.
—Ya sabes que no tenemos por qué hacer esto —le recordó Nicholas a su camarada, observando su cara para evaluar su reacción. Los vapores del coñac le provocaban un ánimo apacible e introspectivo—. Fue una broma impulsiva entre dos amigos y no es ningún secreto que nosotros tenemos tendencia a ser un poco competitivos.
—¿Nos estamos echando atrás, Nick? —preguntó Derek con sardónico reproche. Rubio, alto, con los ojos de color azul celeste y una belleza casi angelical, era la antítesis de la constitución morena de Nicholas—. ¿Quién podría culparte, sabiendo que vas a perder?
Ahí estaba otra vez, una pulla inusual y vehemente.
Funcionó. Nicholas reaccionó con un gruñido a la expresión petulante en el rostro de su amigo.
—¿Qué te hace pensar eso? ¿Esa afluencia de mujeres insípidas en tu cama? Déjame recordarte que la cantidad no es sustituta de la calidad, Manderville.
—Si estás intentando fingir que eres menos promiscuo, Rothay, cuéntaselo a otro.
De hecho, no lo intentaba y tuvo que reprimir una respuesta airada. Promiscuo, eso es, no importaba lo que se rumoreara sobre su vida privada. Nicholas disfrutaba con las mujeres. Pero a pesar de su reputación, era selectivo y procuraba ser discreto. Por ese motivo sabía que Derek tampoco era tan malo como le describían las habladurías, y que sus tendencias eran muy parecidas. Últimamente ni siquiera había tenido noticias de que Derek fuera detrás de nadie. Si no era célibe, desde luego estaba siendo muy discreto en ese aspecto.
Quizá aquella apuesta impulsiva había surgido de ahí. De un desafío de Derek y de su propia respuesta, ambas debidas a un nerviosismo motivado por… bueno, no estaba seguro. Demasiado análisis interno no era bueno para el alma.
No para una empañada como la suya.
En su mutua defensa había que decir que al menos la mayoría de las aventuras pasajeras eran un acuerdo placentero entre dos partes, sin albergar sentimientos más profundos. Aunque Nicholas dudaba de que la sociedad le creyera, pensaba que el matrimonio debía estar basado en algo más que en la cuna de una mujer y en su capacidad de concebir un hijo del linaje apropiado. El hecho de ser un sentimental era algo que se guardaba para sí. No porque fuera una actitud pasada de moda, que lo era, sino porque era una cuestión privada. Dios sabía que ya le había faltado suficiente privacidad en su vida debido a su educación aristocrática, al lustre de sus títulos y a la relevancia de su familia.
Luego había empeorado aún más las cosas al aceptar esa descabellada apuesta que le convertía aún más en el foco de la atención pública.
Nicholas se frotó el mentón.
—Debo de estar más aburrido de lo que pensaba —admitió—, para considerar siquiera acostarme con una mujer con una tarjeta de puntuación en la mano.
—Entonces ambos sufrimos de la misma dolencia. —Manderville le lanzó una mirada cínica—. Pero nos hemos embarcado en esto. Veámoslo de esta manera: si la nota es cierta, podemos hacerle un favor a esa mujer cambiando su idea sobre el placer sexual.
—¿Como una especie de acto caritativo? Una forma interesante de abordar la situación.
—No olvides que nosotros no nos hemos puesto en contacto con ella. Ella ha acudido a nosotros.
Bien, eso era cierto.
—Así pues, ¿debo entender que opinas que debemos darle una respuesta afirmativa y organizar la cita que ella desea? —Agitó su copa vacía.
Derek asintió.
—Estoy impaciente por conocer a la joven dama.
—¿Qué te hace pensar que es joven? Y hablando de esto, tal vez deberíamos decidir qué vamos a decirle si ninguno de los dos la encuentra atractiva. Podría ser una situación espinosa. Al fin y al cabo, el deseo es un factor necesario para ser un amante competente.
—Cierto. Dudo que pudiera dar la talla con una vieja bruja poco agraciada. Si hay algo que el varón no puede fingir es la excitación sexual.
Nicholas tuvo que darle la razón en eso. Aunque él no pensaba que una mujer tuviera que ser una belleza fascinante para captar su interés, la atracción mutua formaba parte de la química sexual.
Al amparo del atardecer había emergido un tapiz de estrellas brillantes y unas pocas nubes altas, y al otro lado de la ventana se veía el pálido reflejo de la luna. Con un gesto indolente, Nicholas volvió a llenar su copa y dejó la licorera lo suficientemente cerca de su invitado para que este hiciera lo mismo.
—Creo —dijo lentamente— que nuestras preocupaciones sobre el resultado son infundadas. Imagino que ella debe de ser preciosa, y el tono de su carta demuestra cierta seguridad en sí misma que nos gustará.
Derek cogió la nota una vez más y le echó otro vistazo.
—Creo que tienes razón. —Sus ojos azules mostraban un destello de su habitual humor burlón, pero su boca parecía algo tensa—. Estoy impaciente por conocerla. ¿Escribirás tú la respuesta o lo hago yo? También hemos de pensar en un lugar adecuado para encontrarnos, ya que ella exige absoluto anonimato.
—Dejemos que la dama decida. Es ella quien desea proteger su identidad.
—Me parece justo —corroboró Derek con una sonrisa perezosa.
—Debemos establecer unas normas, por si ella resulta ser la persona adecuada.
—Supongo que sí, aunque espero que te des cuenta, Nick, de que estamos aportando una dimensión totalmente nueva al término «notorio».
Sí, se daba cuenta. Pero ¿qué estaban haciendo? Ambos fingían, haciendo ver que la apuesta era seria en todos los sentidos. En el fondo de su corazón, fuera inmune al sentimiento o no como se rumoreaba, él no creía que ninguno de ellos fuese tan vanidoso ni tan superficial como para participar en una competición tan absurda. Pero fuera cual fuese la razón, Derek se mostraba más despreocupado ante ella, y él, por su parte, enfocaba la situación como enfocaba los asuntos de Estado, los temas políticos y las cuestiones sociales: con un análisis frío y calculado.
En los negocios, en la política o en las aventuras sexuales de un hombre no había lugar para las emociones. Cierta parte de él deseaba que lo hubiera, pero esa parte ya había resultado escaldada una vez por la cruda realidad.
Encanto, sí, por supuesto. Él era Rothay. Le gustaban las mujeres. Le gustaba la suave entrega de sus cuerpos fascinantes, la música de la risa femenina, el intercambio de fogosos susurros durante un interludio apasionado, la secuela lánguida de la culminación carnal. En su opinión, no había nada como aquella particular respiración jadeante de una mujer cuando estabas profundamente en su interior y el pellizco de sus uñas, solo eso, sobre tus hombros desnudos.
Pero amor no. Satisfacer a su cuerpo era una cosa; a su corazón, otra.
Él no era un hombre que cometiera dos veces el mismo error. La destreza sexual, en cambio, no era ningún problema. Había cortejado la notoriedad desde los diecisiete años, tras la muerte de su padre, y la consiguió.
—Todo es efímero… tanto la fama como el famoso —murmuró sin pensar.
Derek le miró con cautela.
—¿Ahora citamos a Marco Aurelio? ¿Puedo preguntar el porqué de ese ánimo introspectivo?
—No. —La respuesta fue demasiado escueta y su viejo amigo le conocía demasiado bien. Lo último que quería era desenterrar fantasmas del pasado. Bebió un prolongado sorbo de su copa, se reclinó en la butaca y rectificó—: Sean cuales fueran nuestros motivos, esto me apetece mucho.
2
-Repetiré la pregunta: ¿por qué estaba usted allí, señora?
La pregunta, hecha con tanta frialdad, hizo que Caroline tensara los labios, molesta. Para su desgracia, el primo de su difunto marido y actual lord Wynn había ido a visitarla, y aunque ella llevaba meses evitando verle, no había tenido otro remedio que recibirle finalmente. Dado que el parecido familiar era enorme, estar cara a cara con Franklin siempre le producía un pequeño sobresalto, como si un fantasma se hubiera materializado frente a ella.
Un espectro de lo más inoportuno, además.
Estaban sentados en el salón de las visitas, con los grandes ventanales abiertos a la cálida atmósfera del mediodía. El mobiliario, una elegante combinación de tonos crema y dorado, era un reflejo de su gusto personal y de la redecoración que había emprendido tras la muerte de Edward. Sofás de brocado, dos encantadoras butacas importadas de Italia junto a la chimenea, una serie de atractivas acuarelas en las paredes tapizadas de seda. Un jarrón precioso y muy costoso que Caroline había encargado, contenía un ramillete variado del jardín de atrás, y el perfume era un baño de delicias florales, sobre todo en un día tan bonito. Erradicar todas las cosas que le recordaran la presencia de Edward fue un placer. Él habría odiado la feminidad de los toques personales, leves y delicados, pero por lo que ella sabía, él había odiado un gran número de cosas si no eran idea específicamente suya.
Franklin había reaccionado ante la nueva decoración con una mueca y un destello de frialdad de sus ojos claros. «La casa de la ciudad debía haber sido mía», decía esa mirada, y el coste del nuevo mobiliario procedía de la fortuna que él creyó que debía heredar. No es que a Caroline le importara la opinión de Franklin, ya que era su dinero, y si deseaba barrer el gusto de su marido de la casa, habitación por habitación, eso haría.
—Fui a ver las carreras de caballos, naturalmente, milord. Por suerte hizo un día magnífico, de modo que disfruté muchísimo. —Caroline mantuvo en todo momento un tono frío y distante, intentando que él dejara de interesarse por sus actividades sociales—. Lamento no haber estado en casa cuando vino usted la semana pasada. Me temo que últimamente he estado bastante ocupada.
—La semana pasada, la anterior… sí, ya me he dado cuenta. Espero que sea consciente de que no es recomendable ir sola a un lugar como las carreras. Allí suele congregarse una multitud compuesta en su mayoría por hombres. Las damas decentes no van por ahí sin acompañante. La próxima vez que desee usted asistir a un espectáculo público de ese tipo, hágamelo saber y yo organizaré las cosas para estar a su lado.
«Dios bendito, se parece tanto a Edward, con esos mismos fríos ojos azules…»
Tenía la cara de un halcón, completamente angulosa con una nariz algo aguileña, y el pelo espeso y oscuro. Sus pómulos enjutos terminaban en una boca de labios finos que muy pocas veces sonreían. Franklin, que había entrado en la treintena y ahora tenía un título, estaba considerado muy buen partido. Tal vez fuera apuesto, pero su parecido con Edward, tanto en lo físico como en la actitud, resultaba demasiado perturbador. Sus ojos de pesados párpados la observaban y evaluaban con la desafección habitual.
Era como ser avistada por un pájaro de presa, pensó con desagrado. No, por un buitre, listo para arrancarle la carne de los huesos si no se protegía a sí misma.
Caroline se puso tensa ante su tono y la presunción de que él pudiera decidir alguna cosa sobre su vida, y darle lecciones de decoro, nada menos.
—Fui con Melinda Cassat y su esposo, de manera que no estuve sola en absoluto. En cualquier caso, no es necesario que se preocupe por mi bienestar.
Franklin se inclinó hacia delante. Iba pulcramente vestido con unas ropas más propias de un cortesano que de un caballero durante una visita matinal. Con profusión de encajes en el cuello y en los puños de las mangas.
—Ah, pero no olvidemos que es usted la viuda de mi primo, así que debo preocuparme.
—No se inquiete, se lo ruego.
No había nada que ella deseara más que dar por terminada toda relación con la familia Wynn, y Franklin siempre la incomodaba. En su opinión, el interés que él mostraba por su bienestar tenía muy poco que ver con su persona, y mucho con la cantidad de dinero que Edward le había dejado. Afortunadamente el testamento había bastado para neutralizar sus protestas. De todo aquel asunto, ella había aprendido una nueva lección sobre lo difícil que puede ser conseguir la independencia.
—Su reincorporación a la vida social me preocupa de manera infinita. —Parecía que él la atravesara con su mirada fija y carente de emoción.
—No consigo comprender por qué ha de ser así. Llevo una vida muy tranquila en su mayor parte. Estoy empezando a aceptar algunas invitaciones de un modo gradual, pero…
—Tal vez yo debería ser consultado sobre los actos a los que debe usted asistir.
La irritación se convirtió en algo más.
—Soy una viuda —le recordó a modo de duro reproche. Luego, puesto que era él quien la había visitado y él quien insistía en hacer suposiciones, añadió de forma impulsiva—: Con fortuna propia.
Le tocó a él irritarse; ese tema le resultaba doloroso. Tardó un momento, pero adquirió de forma evidente una expresión de ira.
—Soy plenamente consciente, querida, del estado de sus finanzas. Y sé también que es usted joven y muy casadera todavía. Los caballeros carentes de escrúpulos existen, y es mi deber protegerla.
Cualquier respuesta que Caroline hubiera dado a continuación habría sido probablemente brusca y malintencionada, pero por suerte fue capaz de morderse la lengua. Echó una ojeada a las pálidas paredes y a las telas lujosas que la rodeaban, que sentía como indicadores de su independencia. Deseó que en ese momento la nota de respuesta de Rothay no estuviera apretujada en su mano excesivamente húmeda. Hubiera mantenido mejor la serenidad frente a Franklin si aquel pedazo de pergamino inculpador no hubiera creado un círculo de fuego en la palma de su mano. El mayordomo se la había entregado al mismo tiempo que anunciaba a su indeseado visitante, y Caroline, muerta de curiosidad, ansiaba deshacerse de Franklin y leer la contestación de Rothay. Aquello era como una brasa ardiente que ella debía arrojar tan lejos de su persona como le fuera posible.
Si Franklin supiera lo que era aquello, denostaría su nombre, y con enorme placer. No se hacía ilusiones acerca de lo que él era capaz de hacer si tenía la oportunidad.
—Estuve muy bien acompañada por Melinda y su esposo y nadie me abordó. No había asistido a las carreras anteriormente y no sabía qué esperar. Todo me pareció bastante emocionante.
Lo había sido, desde los sofisticados atuendos de la gente, los vítores exuberantes, la atronadora gloria de los lustrosos caballos, hasta el momento en el que había contenido el aliento al ver al duque de Rothay y a lord Manderville, un contraste de morena y satánica belleza masculina y dorado atractivo apolíneo. Parecidos y sin embargo tan distintos físicamente, ambos tan habituados a su notoriedad, prescindiendo con tanta naturalidad de los murmullos y las miradas furtivas, como si ellos dictaran sus propias normas y sencillamente no notaran que las cabezas se volvían, ni los susurros solapados tras las manos enguantadas.
¿Qué haría Melinda si supiera que la nota de respuesta de Rothay estaba en ese momento, sin leer, en sus manos? O aún peor, ¿qué pensaría si se diera cuenta de que era Caroline, nada más y nada menos, quien se había puesto en contacto con el infame duque y su igualmente célebre amigo?
Esa era una pregunta fácil de contestar. Melinda no lo hubiera creído. Nadie lo hubiera hecho.
Ni ella misma estaba segura de creerlo.
—Me hace muy feliz saber que disfrutó, querida, pero ya sabe que yo estoy siempre a su disposición. —Franklin se acomodó de nuevo en la butaca como si tuviera intención de quedarse un rato y cruzó las piernas, refinadamente ataviadas, a la altura de los tobillos.
El tono un tanto sugerente de su voz hizo que ella reprimiera un escalofrío. Disposición. Una palabra carente de contenido sexual, pero algo en la forma en que fue pronunciada dejaba entrever una insinuación lasciva. Era difícil no preguntarse si no sería parecido a Edward en más aspectos que el puramente físico. No es que él fuera a molestarse jamás en cortejarla; Caroline no se hacía ilusiones a ese respecto. Franklin quería controlar la herencia que consideraba que debería ser suya por derecho, y ella estaba entre él y su objetivo; de ahí su solícito interés.
Caroline asintió, pero con una ambigua inclinación de cabeza que ocultaba su repulsión. Según su amarga experiencia, la familia Wynn tenía una faceta tenaz que era difícil sacudirse de encima, de manera que una confrontación directa no era una buena idea.
—Le agradezco su oferta.
—Yo sigo ansioso por recibirla unos días en el campo, para que podamos hablar tranquilamente de cuestiones como esta. Mi madre ejercería de acompañante, por supuesto.
Pese a que Franklin le había dicho que podía utilizar la casa a su conveniencia, ella había optado por no aceptar nada de él, ni siquiera la hospitalidad.
—Tal vez algún día.
Era tremendamente consciente de la misiva que tenía al lado, sobre la tela de la butaca, y que intentaba ocultar lo mejor posible, cubriéndola con un gesto despreocupado de la mano.
«¿Qué dirá?»
Era duro estar sentada allí, con compostura, con la serenidad fría y absoluta que la hacía parecer tan inalcanzable a la mayoría de los caballeros impertinentes.
La imagen exterior era la adecuada.
La verdad interior era un poco más difícil de afrontar.
Franklin persistió:
—En cuanto a Londres, humildemente le diría que yo puedo aconsejarla acerca de qué invitaciones debe aceptar o declinar. Al fin y al cabo, tengo más experiencia.
¿Hacía demasiado calor en la habitación o era ella? Caroline luchó contra el impulso de abanicarse y en lugar de eso sonrió.
—Admiro mucho su pericia para desenvolverse en sociedad con tanta naturalidad, milord.
—Un nuevo matrimonio ventajoso también la ayudaría. —Levantó una espesa ceja con una implicación arrogante, que fue como el pinchazo de una aguja.
Él quería su dinero. Caroline tuvo la desagradable sensación de que codiciaba su cuerpo también, pero ni bajo pena de muerte habría aceptado jamás esa idea.
No era necesario que él conociera la inseguridad que ella sentía en público y en privado. De hecho, era algo que estaba intentando superar. Con la ayuda de un duque muy apuesto y de un joven conde igualmente atractivo.
Quizá.
Le pareció que pasaba una eternidad hasta que él echó una mirada al reloj de bronce dorado en la repisa de la chimenea y se puso de pie.
—Discúlpeme, pero tengo una cita. La visitaré la semana próxima. Si hace buen tiempo, tal vez podríamos planear una pequeña salida.
Ella preferiría que le pasara por encima una manada de elefantes, pero se las arregló para sonreír de forma banal.
—Tal vez.
Caroline esperó a oír el traqueteo del carruaje alejándose, antes de coger con cuidado el sobre que le habían enviado.
Incluso la caligrafía del duque era arrogante, pensó contemplando la carta un momento, antes de inspirar hondo y abrirla. Con los dedos temblándole de un modo revelador, sacó el único pedazo de papel que había dentro, y leyó la respuesta a su imprudente proposición.
Probablemente él iba a perder esa apuesta infame, pero la mejor forma de disimular un corazón roto era con una alocada bravuconería varonil… o al menos así era como él lo estaba haciendo.
El carruaje circulaba con gran estruendo por Upper Brook Street y Derek Drake miraba por la ventanilla sin ver nada, absorto en sus propios pensamientos.
La mayoría no eran agradables, desgraciadamente. La mayoría incluían imágenes de Annabel —no, eso había que corregirlo: de la futura lady Hyatt—, en brazos de su nuevo marido. Desnuda, él la abrazaba, le besaba los labios; la cabellera dorada de ella centelleaba entre las sábanas mientras ambos se movían unidos por un ritmo inmemorial, y ella abría completamente sus esbeltas piernas mientras su amante penetraba su complaciente cuerpo…
Vaya, era muy productivo imaginarse eso, se conminó a sí mismo de malhumor, mientras se hundía en los cojines de la banqueta y dejaba escapar un suspiro de frustración. Torturarse no mejoraba las cosas. Eso era lo que le había puesto en el aprieto actual. No le sorprendía el hecho de haber caído de tal modo en la bebida la noche en que Rothay y él habían empezado aquella discusión de adolescentes; quizá incluso la apuesta pública había sido una forma de devolverle el golpe a Annie, por aquel anuncio que había aparecido en el periódico.
El honorable Thomas Drake se complace en anunciar el compromiso formal de la señorita Annabel Reid con lord Alfred Hyatt. El enlace se celebrará dentro de cuatro meses…
Derek no había sido capaz de seguir leyendo.
Aquello le había dolido. Maldita sea, ver aquello en letra impresa le había dolido de verdad. Incluso más de lo que esperaba, a pesar de que su tío Thomas ya le había hablado de la petición de mano y de que ella había aceptado, añadiendo además un comentario personal sobre lo apropiado que era el enlace.
Pero cuando Derek, sentado allí, leyó la irrefutable nota del anuncio público del compromiso y se hizo cargo de sus implicaciones, una punzada de dolor penetró en su alma y le provocó una herida sangrante.
Así que para «mejorar» las cosas, pensó con un estremecimiento interior, se había emborrachado a conciencia y después empeoró una reputación que Annabel ya había considerado repugnante lanzando aquel desafío por el que Londres bullía de expectación en aquel momento. El hecho de que Nicholas y él ya tuvieran un pasado de pugnas de todo tipo, desde académicas hasta atléticas y, por supuesto, de mujeres, no ayudó mucho. En parte aquello no era más que una faceta de sus personalidades, y en parte resultado de su origen similar. Ambos habían heredado riquezas y títulos en la juventud, y con ellos tanto la libertad como las limitaciones que acompañaban a los legados. Su amistad nació de forma inmediata y natural, como dos hermanos que se encontraban cara a cara por primera vez y se reconocían mutuamente.
Eso había espoleado el disparatado debate de la otra noche. Nicholas tenía sus propios demonios. Derek sabía muy bien que su amigo había sufrido una experiencia muy poco feliz que siempre le mantenía en guardia, por muy encantador que pudiera parecer desde fuera. Nick no había hablado de ello, y Derek no hizo preguntas sobre aquel roce casi desastroso con el amor, que por parte de la mujer con la que Nicholas pensaba casarse resultó ser avaricia calculada en lugar de sentimiento profundo. Entre ambos hombres existía un acuerdo tácito de no hablar del asunto, que no había sido violado en los diez años de relación.
Al fin y al cabo, ambos se parecían mucho.
Por lo visto ahora le tocaba a Derek arder en el infierno.
Sin duda Annabel sentía menos afecto por él que nunca. Si es que eso era posible. ¿Por qué no se había dado cuenta nunca de que la amaba hasta que fue demasiado tarde?
Porque era un maldito estúpido, desde luego. Ella amaba a otro. Por lo que sabía, lord Alfred Hyatt era un tipo decente, lo cual empeoraba las cosas. Si ella fuera a casarse con un desaprensivo, sería razonable que él manifestara sus objeciones, pero no era así. De modo que no podía, y en cualquier caso ella jamás escucharía sus consejos.
¿Por qué debería hacerlo? Él era experto en lo transitorio, no en el matrimonio.
—Milord…
La voz le sacó de su abstracción; se dio cuenta de que el vehículo se había detenido y de que el cochero estaba de pie esperando, con la puerta abierta. El joven tosió discretamente.
—Perdón. —Derek bajó de un salto con una sonrisa contrita en la cara—. Esta tarde he bebido un poco.
Aquello era innecesario y se preguntó por qué le daba explicaciones a un criado. Tal vez porque no tenía ni idea del rato que llevaba allí meditando taciturno. Subió la escalera de su casa de la ciudad, le hizo un gesto de agradecimiento al lacayo que le abrió la puerta y se encaminó derecho al estudio.
Al contrario que la abarrotada estancia de la enorme mansión de Mayfair que los duques de Rothay habían considerado su hogar durante varios siglos, el santuario de Derek era pulcro y ordenado. Tenía todos sus papeles apilados en una esquina del escritorio, la correspondencia nueva encima del vade y su whisky favorito en una licorera sobre una bandeja colocada a un lado. La habitación olía a cera y un poco a tabaco; él se encontraba cómodo entre aquellas paredes revestidas de madera y la pintura al óleo de un paisaje de Berkshire sobre la chimenea era una de sus preferidas. Aunque en su actual estado de turbulencia emocional, ni siquiera la bucólica visión de las onduladas colinas influía en su agitado espíritu.
Se hundió en la butaca detrás del escritorio y echó una ojeada a las cartas sin abrir con expresión de hastío. Encima de todas había un sobre sencillo, sin sello, y solo con su nombre escrito delante con una caligrafía clara. Intrigado, lo apartó del montón y lo abrió.
Milord Manderville:
Reunámonos en el Flower and Swine de Holborn, esta noche a las diez en punto. Habré reservado el saloncito privado para nuestra conversación.
Ah, sí, la endemoniada apuesta.
No había firma, pero él reconoció la caligrafía de la nota que había leído anteriormente. Bien, la dama era rápida, eso tenía que reconocerlo. Era fácil deducir que Nicholas habría recibido una misiva similar.
Cogió un abrecartas con el emblema familiar en el mango de metal y lo hizo girar distraídamente entre los dedos.
Bien, pensó con vehemente resignación, ¿por qué no asistir? ¿Por qué no esforzarse al máximo en probar su destreza sexual? Por lo menos, aquello le distraería de su presente estado de patética autocompasión, además de proporcionarle la posibilidad de pasar un buen rato con una mujer cariñosa y complaciente.
Si cerraba los ojos, tal vez in
