DRAMATIS PERSONAE
En orden de aparición por casa
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| La Novena Casa | |
| Guardianes de la Tumba Sellada, la casa de la lengua zurcida, los vestales negros | |
| Harrowhark Nonagesimus HEREDERA DE LA NOVENA CASA, REVERENDA HIJA DE ELEGIOBURGO | |
| Pelleamena Novenarius SU MADRE, REVERENDA MADRE DE ELEGIOBURGO | |
| Priamhark Noniusvianus SU PADRE, REVERENDO PADRE DE ELEGIOBURGO | |
| Ortus Nigenad CABALLERO CAPITAL DE LA HEREDERA | |
| Crux MARISCAL DE LA NOVENA CASA | |
| Aiglamene CAPITANA DE LA GUARDIA DE LA NOVENA CASA | |
| Hermana Lacrimortia PROFESA DE LA TUMBA SELLADA | |
| Hermana Aisamortia PROFESA DE LA TUMBA SELLADA | |
| Hermana Glaurica PROFESA DE LA TUMBA SELLADA | |
| Algunos discípulos, sectarios y legos de la Novena | |
| y | |
| Gideon Nav SIRVIENTE CONTRATADA DE LA NOVENA CASA | |
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| La Primera Casa | |
| Divino Nigromante, Rey de las Nueve Renovaciones, Nuestro Revividor, el Nigrolord Supremo | |
| EL EMPERADOR | |
| SUS LICTORES | |
| Y EL SACERDOCIO DE LA MORADA CANAÁN | |
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| La Segunda Casa | |
| La fuerza del Emperador, la casa del escudo carmesí, la casa del centurión | |
| Judith Deuteros HEREDERA DE LA SEGUNDA CASA, CAPITANA DEL SÉQUITO | |
| Marta Dyas CABALLERA CAPITAL DE LA HEREDERA, TENIENTE DEL SÉQUITO | |
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| La Tercera Casa | |
| La boca del Emperador, el cortejo, la casa de los muertos relucientes | |
| Coronabeth Tridentarius HEREDERA DE LA TERCERA CASA, PRINCESA CORONADA DE IDA | |
| Ianthe Tridentarius HEREDERA DE LA TERCERA CASA, PRINCESA DE IDA | |
| Naberius Tern CABALLERO CAPITAL DE LAS HEREDERAS, PRÍNCIPE DE IDA | |
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| La Cuarta Casa | |
| La esperanza del Emperador, la espada del Emperador | |
| Isaac Tettares HEREDERO DE LA CUARTA CASA, BARÓN DE TISIS | |
| Jeannemary Chatur CABALLERA CAPITAL DEL HEREDERO, CABALLERA DE TISIS | |
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| La Quinta Casa | |
| El corazón del Emperador, los vigilantes sobre el Río | |
| Abigail Pent HEREDERA DE LA QUINTA CASA, DAMA DE LA CORTE DE KONIORTOS | |
| Magnus Quinn CABALLERO CAPITAL DE LA HEREDERA, SENESCAL DE LA CORTE DE KONIORTOS | |
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| La Sexta Casa | |
| La razón del Emperador, los maestros custodios | |
| Palamedes Sextus HEREDERO DE LA SEXTA CASA, MAESTRO CUSTODIO DE LA BIBLIOTECA | |
| Camilla Hect CABALLERA CAPITAL DEL HEREDERO, MANO DEL CUSTODIO DE LA BIBLIOTECA | |
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| La Séptima Casa | |
| El regocijo del Emperador, la rosa no florecida | |
| Dulcinea Septimus HEREDERA DE LA SÉPTIMA CASA, DUQUESA DE RODAS | |
| Protesilaus Ebdoma CABALLERO CAPITAL DE LA HEREDERA, CABALLERO DE RODAS | |
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| La Octava Casa | |
| Guardianes del tomo, la casa indulgente | |
| Silas Octakiseron HEREDERO DE LA OCTAVA CASA, MAESTRO TEMPLARIO DEL CRISTAL BLANCO | |
| Colum Asht CABALLERO CAPITAL DEL HEREDERO, TEMPLARIO DEL CRISTAL BLANCO |
Dos es disciplina, ajena a los aprietos.
Tres, el brillo de una joya o de un gesto.
Cuatro es lealtad, también contiendas.
Cinco, con los difuntos acervo y deudas.
Seis es verdad y no consuelo en mentiras.
Siete, belleza que brota y expira.
Ocho es redención, a toda costa.
Nueve, la tumba y lo perdido otrora.

1
EN EL AÑO MIRIÁDICO DE NUESTRO SEÑOR, ¡el diezmilésimo año del Rey Imperecedero, del bondadoso Príncipe de la Muerte!, Gideon Nav guardó en el equipaje la espada, los zapatos y las revistas guarras y acto seguido se fugó de la Novena Casa.
No huyó a la carrera. Gideon no corría a menos que fuera necesario. Se cepilló los dientes con despreocupación y después se lavó la cara en la oscuridad absoluta que precede al alba; hasta llegó a barrer el polvo del suelo de su celda. Se sacudió la gran túnica negra y la colgó de la percha. Lo había hecho todos los días durante más de una década, por lo que no necesitaba nada de luz. Además, era bien entrado el equinoccio y no habría luz alguna en unos meses. Una podía dilucidar en qué estación se encontraban fijándose en la fuerza de los chasquidos de los conductos de ventilación. Se vistió de los pies a la cabeza con polímeros y telas sintéticas. Luego se peinó. Después silbó entre dientes mientras abría la cerradura de sus esposas de seguridad y las colocaba junto a la llave robada con mucho cuidado sobre la almohada, como si fuese la chocolatina de un hotel de lujo.
Salió de la celda, se colgó al hombro el equipaje y luego se tomó su tiempo para bajar los cinco escalones que la llevaban al nicho sin nombre de su madre en las catacumbas. Era un gesto sensiblero por su parte, ya que su madre no pasaba por allí desde que ella era pequeña y tampoco se iba a meter ahora. Luego le tocó subir veintidós tramos para salir, unos tramos que no se libraban de la densa oscuridad y que daban al hueco abierto del pozo en el que la estarían esperando: la llegada de la lanzadera estaba prevista para dos horas después.
En el exterior se veía a la perfección el cielo de la Novena. Era de un blanco turbio en los lugares en los que la atmósfera era más compacta, y añil en los que era más ligera. El brillo perlado de Dominicus relucía gentilmente por la entrada del alargado túnel vertical. Dio un paseo por el perímetro en la oscuridad, siempre apoyando las manos contra la fría y aceitosa roca de las paredes de la cueva. Al terminar, pasó un buen rato apartando a patadas y con gesto metódico hasta el más pequeño de los montículos o cúmulos de tierra y rocas que había en el suelo desgastado de la plataforma de aterrizaje. Clavó la estropeada punta metálica de la bota en el suelo macizo para comprobar cuán improbable sería que alguien excavara en él y luego se alejó. Gideon no se dejó sin comprobar ni un solo centímetro del enorme y vacío lugar y, mientras las luces del generador empezaban a titilar y a atenuarse, volvió a revisarlo a ojo otro par de veces. A continuación escaló por la maraña de cables de los focos y los comprobó también, cegada por la luz y agarrada a la parte trasera de los armazones, embargada por la alegría funesta propia de quien no ha encontrado nada.
Se detuvo a esperar en uno de esos montículos de escombros que había desperdigados en el mismísimo centro. Los focos cegaban por completo la escasa luz natural y proyectaban con irritación sombras deformadas en todas direcciones. Las sombras de la Novena eran densas y furtivas, frías y del color de los moratones. Gideon dio buena cuenta de una pequeña bolsa de plástico llena de gachas mientras esperaba allí. Tenían un maravilloso sabor anodino y terrible.
La mañana se abrió paso como se habían dado paso todas las mañanas de la Novena desde que la Novena existía. Empezó a deambular abstraída por la enorme plataforma de aterrizaje para no aburrirse, a dar patadas a los dispersos montículos de gravilla a medida que se desplazaba por allí. Se acercó a la terraza y bajó la vista hacia la caverna central en busca de movimiento mientras intentaba sacarse de entre las muelas con la punta de la lengua los restos de gachas que se le habían quedado pegados. Al cabo de un buen rato oyó el lejano traqueteo de los esqueletos que se dirigían a recoger absortos los puerros de nieve de las tierras de labranza. Gideon se los imaginó: huesos de marfil mugriento bajo esa luz tenue y sulfúrea, los picos resonando al entrechocar con el suelo y esos ojos que eran un sinfín de agujeritos rojos que no dejaban de titilar.
La Primera Campana dio su lastimero y nada melodioso tañido para llamar a las oraciones matutinas, y resonó igual que siempre: como si la hubieran dejado caer por unas escaleras: TO-LÓN… TO-LÓN… TO-LÓN. Un estruendo que la había despertado todos los días desde que tenía uso de razón. Otro movimiento. Gideon se fijó en las profundidades, donde unas sombras habían empezado a congregarse junto a las puertas frías y blancas del castillo de Elegioburgo, majestuosas entre la mugre, enclavadas en la roca, de tres cuerpos de ancho y seis de alto. Dos braseros ardían a cada lado; de ellos emanaba siempre una humareda untuosa y desagradable. En las puertas había grabadas pequeñas siluetas blancas en multitud de poses, cientos y miles de ellas, esculpidas con alguna especie de truco que hacía que sus ojos siempre mirasen hacia ti. De pequeña, Gideon había pasado entre gritos, como si la estuvieran matando, cada vez que tenía que cruzarlas.
Comenzó a ver más actividad en los pisos inferiores. La escasa luz había aumentado la visibilidad. La Novena saldría en peso de sus celdas después de la meditación matutina para orar, mientras los siervos de Elegioburgo lo disponían todo para el resto del día. Llevarían a cabo todo tipo de rituales solemnes e inútiles en los descansos. Gideon tiró la bolsa vacía de gachas a las profundidades y luego se sentó con la espada sobre las rodillas. Empezó a limpiarla con un trapo. Quedaban cuarenta minutos.
El tedio invariable de las mañanas de la Novena cambió de repente. La Primera Campana volvió a tañer: TO-LÓN… TOLÓN… TO-LÓN… Gideon ladeó la cabeza para escuchar y se dio cuenta de que había dejado las manos inmóviles sobre la espada. Resonó veinte veces antes de quedarse en silencio. Vaya, una asamblea. Poco después se volvió a oír el traqueteo de los esqueletos, que habían soltado picos y azadas para atender la llamada. Bajaron por las gradas en filas angulares, interrumpidas por aquí y por allá por una figura renqueante de atuendos de un negro oxidado. Gideon siguió atendiendo la espada con el trapo. Había sido un buen intento, pero no iba a picar.
No alzó la vista cuando oyó retumbar los pasos pesados cerca de ella, ni con el repiqueteo de una armadura oxidada, ni con la vibración de ese aliento mohoso.
—Treinta minutos desde que me escapé, Crux —dijo Gideon, sin dejar de afanarse con el arma—. Me da la impresión de que hasta querías que me marchara. Jodeeer, seguro que es lo que quieres, en realidad.
—Pedisteis una lanzadera utilizando artimañas —balbuceó el mariscal de Elegioburgo, cuyo prestigio radicaba en estar más decrépito vivo que muchos muertos. Se situó frente a ella en la plataforma de aterrizaje y gorjeó con indignación—. Habéis falsificado documentos. Robasteis una llave. Os quitasteis las esposas. Habéis mancillado esta casa, usado sus haberes de manera indebida y robado suministros.
—Venga, Crux, seguro que podemos llegar a un acuerdo —trató de convencerlo Gideon, que le dio la vuelta a la espada y la miró muy concentrada mientras buscaba mellas—. Tú me odias. Yo te odio. Deja que me marche sin pelear y podrás jubilarte en paz. Búscate una afición. Mira, podrías escribir tus memorias.
—Habéis mancillado esta casa. Usado sus haberes de manera indebida. Habéis robado suministros.
Estaba claro que a Crux le gustaban las palabras rimbombantes.
—Podrías imaginarte que mi lanzadera explota al escapar y que muero. Qué pena, ¿verdad? Dame un respiro, Crux. Te lo suplico… Si quieres te puedo regalar una revista en la que sale mucha piel. ¿Qué me dices? Tetas de vanguardia de la Quinta Casa. —El mariscal se quedó tan horrorizado que no supo qué decir—. Vale, vale, lo retiro. Lo de «Tetas de vanguardia» me lo acabo de inventar.
Crux avanzó como un glaciar con oscuras intenciones. Gideon dio una voltereta hacia atrás y levantó una nube de polvo y gravilla justo cuando el puño inmemorial del mariscal se dirigía hacia ella. Guardó con presteza la espada en la vaina, que aferró entre los brazos como si fuese un bebé. Después se retiró aún más para evitar la bota y esas manos enormes y decrépitas. Puede que Crux estuviera a punto de morir, pero parecía estar hecho de cartílagos y tener unos treinta nudillos en cada puño. Era viejo, espantoso y cadavérico.
—Tranquilo, mariscal —dijo Gideon al tiempo que se arrastraba por los suelos—. Como sigas así, corres el peligro de empezar a divertirte.
—Habláis con demasiada seguridad para ser una esclava, Nav —repuso el mariscal—. Os odio, pero no sois más que mercancía y provisiones. Vuestros pulmones figuran en el inventario para la Novena. También he apuntado vuestra bilis, que es bilis para la Novena. Vuestro cerebro es poco más que una esponja marchita y vulgar, pero también es para la Novena. Venid aquí y permitid que os cierre los ojos, que os suma en la inconsciencia del óbito.
Gideon dio otro paso atrás para mantener las distancias.
—Crux, si lo que quieres es amenazarme deberías decir algo así como: «Venid aquí o si no…».
—Venid aquí y permitid que os cierre los ojos, que os suma en la inconsciencia del óbito —gruñó el anciano, sin dejar de acercarse a ella—. La dama ha dicho que requiere de vuestra presencia.
Fue entonces cuando Gideon notó un cosquilleo en las palmas de las manos. Alzó la vista hacia el espantapájaros que se erigía frente a ella, y él le devolvió la mirada: tuerto, siniestro y espantoso. Daba la impresión de que la armadura anticuada había empezado a pudrírsele alrededor del cuerpo. Además, la piel que le cubría el cráneo estaba estirada y lívida, como si estuviese a punto de caérsele, pero no parecía que aquello le importara en absoluto. Gideon sospechaba que el día en que muriese, la pura malevolencia que emanaba de él lo mantendría en movimiento, a pesar de que no había ni un atisbo de nigromancia en su interior.
—Pues ciérrame los ojos y súmeme en la inconsciencia del óbito si eso es lo que quieres —replicó Gideon muy despacio—, pero tu dama puede irse al mismísimo infierno.
Crux le escupió. Aquello fue muy desagradable, pero qué le iba a hacer. El mariscal acercó la mano a la daga que llevaba amarrada al hombro en una vaina cubierta de moho y la desenfundó unos centímetros para mostrarle parte de la hoja. Al verla, Gideon se puso en pie y se cubrió con la vaina de la suya como si fuese un escudo. Tenía una mano en la empuñadura y la otra en el medallón de la vaina. Se miraron el uno al otro, impertérritos; ella, muy quieta, y el anciano, entre jadeos flemáticos.
Gideon dijo:
—No cometas el error de desenfundar frente a mí, Crux.
—No sois tan buena con esa espada como creéis, Nav —replicó el mariscal de Elegioburgo—, y algún día os despellejaré por vuestra insolencia. Algún día, usaré vuestra piel para preparar pergaminos. Algún día, las profesas de la Tumba Sellada limpiarán los osarios con vuestros cabellos. Algún día, el polvo de vuestros serviciales huesos cubrirá todos esos lugares que tanto despreciáis y la grasa de vuestras entrañas lustrará las rocas de esta santa casa. Hay una asamblea, Nav. Os ordeno que acudáis.
Gideon perdió la compostura:
—Vete tú si quieres, perro viejo y exánime. Y más te vale decirle a esa que se olvide de mí.
Se llevó una gran sorpresa al comprobar que el anciano se daba la vuelta y empezaba a alejarse a paso firme. No dejó de maldecir ni de murmurar mientras lo hacía, y Gideon se dijo que ya lo tenía todo controlado desde antes de despertar esa mañana, que Crux no era más que una figura de control incapacitada, un último intento para comprobar si era lo bastante estúpida o cobarde como para volver a recluirse detrás de los fríos barrotes de su prisión. Detrás del pútrido y gris corazón de Elegioburgo. Detrás del aún más pútrido y más gris corazón de su dama.
Sacó el reloj del bolsillo y lo miró: quedaban veinte minutos, poco más de un cuarto de hora para que Gideon fuese libre, para que se marchara al fin de allí. Nada ni nadie podría impedírselo a esas alturas.
* * *
—Crux os está poniendo verde delante de todo el mundo —dijo una voz cerca de la entrada cuando quedaban quince minutos—. Ha dicho que desenvainasteis el arma y que le ofrecisteis pornografía nauseabunda.
Gideon volvió a sentir un cosquilleo en las palmas de las manos. Se reclinó en su incómodo trono de rocas y centró la vista entre sus rodillas sin dejar de contemplar la pequeña manecilla mecánica que contaba los minutos.
—No soy tan tonta, Aiglamene —dijo—. Si amenazo a un oficial de la casa, el Séquito no querría usarme ni como bayeta para limpiar los baños.
—¿Y lo de la pornografía?
—Le ofrecí una maravillosa obra de arte tetil y se ofendió —respondió Gideon—. Me pareció el momento ideal. Además, sé de buena tinta que eso le va a dar igual al Séquito. ¿He mencionado el Séquito? Sabes lo que es el Séquito, ¿verdad? El Séquito al que he intentado unirme… ¿Cuántas? ¿Treinta y tres veces?
—Ahorraos los dramitas, niña —respondió su maestra de la espada—. Conozco muy bien vuestros deseos.
Aiglamene se acercó a la tenue luz de la plataforma de aterrizaje. La capitana de la guardia de la casa tenía el rostro cubierto por una maraña de cicatrices y también le faltaba una pierna, que había sido reemplazada gracias al trabajo de un adepto óseo de talento discutible. Se arqueaba de una manera horrible y le daba a la mujer la apariencia de un edificio de cimientos apuntalados con demasiada prisa. Era más joven que Crux, lo cual equivalía a decir que era vieja de cojones, pero hacía gala de una velocidad y viveza innatas. En cambio, el mariscal era el típico integrante de la Novena Casa, podrido hasta decir basta.
—Treinta y tres veces —repitió Gideon con cierta pesadumbre. Volvió a mirar el reloj. Quedaban catorce minutos—. La última vez, esa tipa me dejó encerrada en el ascensor. La anterior, apagó la calefacción y se me congelaron tres dedos de los pies. Antes de eso, envenenó mi comida y cagué sangre durante un mes. ¿Quieres que siga?
La profesora se quedó de piedra.
—No se os hizo ningún daño y no se os concedió permiso.
—Tengo permiso para alistarme en el ejército, capitana. Estoy contratada, no soy una esclava. Tal y como estoy ahora, a esa no le sirvo de nada.
—Eso es irrelevante. Habéis elegido un mal día para ahuecar el ala. —Aiglamene inclinó la cabeza hacia delante—. Hay asuntos de la casa que discutir y se requiere de vuestra presencia en los pisos inferiores.
—O sea, que está triste y desesperada, ¿no? —preguntó Gideon—. Es una obcecada… Una obsesa del control. No le servirá de nada. Me portaré bien y mantendré la boquita cerrada. Puede que hasta… Y apúntalo si quieres para citarme textualmente: puede que hasta cumpla con mi deber a la Novena Casa. Pero no me engañes, Aiglamene: sé que en cuanto ponga el pie de nuevo allí abajo me meterán en un saco y pasaré las próximas cinco semanas conmocionada en un osario.
—Maldito feto ególatra, ¿de verdad creéis que la dama ha tañido las campanas de la asamblea solo por vos?
—Mira, una cosa sí que deberías tener clara: esa dama tuya le prendería fuego a la Tumba Sellada si con ello consiguiese encerrarme para no volver a ver otro cielo en toda mi vida —dijo Gideon al tiempo que alzaba la vista—. Esa dama tuya se comería a un bebé sin inmutarse si fuese la única condición para mantenerme encerrada para siempre. Esa dama tuya gasearía a las tías abuelas con miles de pedos si así consiguiera echarme a perder el día. Esa dama tuya es una pedazo de zo…
Recibió el tortazo de Aiglamene, carente del agravio tembloroso con el que le habría pegado Crux. Se limitó a darle un revés de mano a Gideon igual que se lo daría a un animal que no deja de ladrar. Gideon sintió un cosquilleo de dolor por todo el rostro.
—Os olvidáis de vuestra condición, Gideon Nav —dijo su profesora poco después—. Cierto, no sois una esclava, pero tendréis que servir a la Novena Casa no solo hasta el día de vuestra muerte, sino también después. Tampoco cometeréis traición alguna mientras yo esté cerca. La campana ha sonado de verdad. ¿Vendréis de buen grado o pretendéis dejarme en evidencia?
En tiempos, Gideon había hecho muchas cosas para no avergonzar a Aiglamene. Era fácil ser una deshonra en el vacío, pero la vieja soldado no le caía mal del todo. Nadie la había querido nunca en la Novena Casa, y Gideon estaba segura de que Aiglamene no la quería y se habría reído hasta no poder más de haberle insinuado lo contrario, pero, en lo que a Gideon se refería, había en ella cierta tolerancia y voluntad para aflojar un poco la correa y ver qué hacía con el libre albedrío. A Gideon le encantaba el libre albedrío. Aiglamene había convencido a la casa para que le dieran una espada, en vez de echarla a perder como monaguilla o burro de carga en un osario. La capitana no era un caso perdido, en su opinión. Gideon bajó la mirada, se enjugó la boca con el dorso de la mano y vio la sangre en la saliva y también su espada. Quería tanto a su espada que podría hasta casarse con ella, joder.
También vio que el minutero del reloj seguía moviéndose. Quedaban doce minutos, y una no podía alcanzar la libertad si bajaba la guardia. La Novena era dura e implacable como el metal, a pesar de toda la podredumbre que había entre sus filas.
—Supongo que no me queda otra que dejarte en evidencia —admitió Gideon sin dudarlo ni un segundo—. Creo que nací para ello. Soy una humillación nata.
Su maestra de la espada le sostuvo la mirada con ese rostro de halcón decrépito y esos ojos hinchados que le eran propios. Era una visión funesta, pero Gideon no apartó la vista. Todo habría sido mucho más fácil si Aiglamene la hubiese insultado con la prodigalidad con la que lo había hecho Crux, pero la mujer se limitó a decir:
—Con lo sencillo que es y todavía no lo habéis comprendido. Supongo que la culpa es mía. Nav, cuanto más os enfrentéis a la Novena, más os controlará. Cuanto más la maldigáis, más os hará gritar.
Aiglamene se dio la vuelta envarada como un atizador y se marchó con ese contoneo tan gracioso mientras Gideon se quedó con la misma sensación que experimentaba cada vez que suspendía un examen. Da igual, pensó para sí. Dos menos y ya no queda nadie que me lo impida. El reloj le indicó que quedaban once minutos para el aterrizaje, para marcharse, y eso era lo único que importaba. Eso era lo único que había importado desde que una Gideon más joven había descubierto que, a no ser que hiciese algo muy drástico, iba a morir ahí abajo en la oscuridad.
Y lo peor de todo era que aquello solo sería el principio.
* * *
Nav era un nombre de la Novena, pero en realidad Gideon no sabía dónde había nacido. El planeta insensible y remoto en el que vivía era al mismo tiempo la fortaleza de la casa y una pequeña prisión que solo albergaba a los reclusos cuyos crímenes eran tan repugnantes que ni siquiera sus casas querían rehabilitarlos en su tierra natal. Ella nunca había visto la prisión. La Novena Casa era un enorme agujero excavado en vertical hacia el núcleo del planeta, y la prisión una instalación presurizada que estaba a medio camino de la atmósfera y en la que seguro que las condiciones de vida eran muchísimo más clementes.
Un día, dieciocho años antes, la madre de Gideon se había tirado por una escotilla con un paracaídas y un traje de protección hecho trizas, como una polilla que planea despacio y cae hacia la oscuridad. El traje se había quedado sin soporte vital a los pocos minutos, y la mujer había aterrizado con muerte cerebral. Toda la energía había sido consumida por un biocontenedor como los que se usaban para transportar extremidades, y dentro de ese contenedor se encontraba Gideon, que había nacido el día anterior.
Era algo misterioso de cojones, sin duda. Gideon había pasado toda la vida investigando los hechos. La mujer parecía haberse quedado sin soporte vital una hora antes del aterrizaje, y era imposible que el paracaídas soportase la gravedad del planeta lanzándose desde esa altura. Además, el traje habría explotado. Por si fuese poco, la prisión grababa todas las entradas y salidas de forma obsesiva, y habían negado que nadie se escapara ese día. Se había pedido ayuda a algunas de las profesas más expertas de la Tumba Sellada, las que conocían los secretos para enjaular a los fantasmas. Pero ni siquiera ellas, con sus poderes vetustos, nigromantes experimentadas y poderosas de la Novena, habían sido capaces de sacarle información a los restos de la mujer. No consiguieron tentarla con nada, ni con sangre nueva ni con sangre antigua. Cuando las exhaustas profesas consiguieron amarrarla a la fuerza, ella ya era demasiado poderosa, como si el golpe contra el suelo hubiese despertado la energía de su interior. Solo consiguieron sonsacarle una palabra: la mujer había gritado «¡Gideon! ¡Gideon! ¡Gideon!» y luego se había marchado.
La Novena, la enigmática e insólita Novena, la Casa de la Lengua Zurcida, la Casa de los Anacoretas, la Casa de los Secretos Sacrílegos, se quedó perpleja al verse con un bebé entre sus filas, pero actuó con rapidez. La Novena siempre había estado habitada por penitentes de otras casas, místicos y peregrinos que descubrían que su sombría llamada era más atractiva que la del lugar en el que habían nacido. Tal y como se hacía antaño con los que solicitaban cambiarse a alguna de las ocho grandes casas, la Novena aceptó a Gideon entre sus filas como una sirvienta, no de la casa en sí, sino comprometida con ella. ¿Había deuda mayor que haber sido criada entre sus muros? ¿Había puesto más honorable que ser vasalla de Elegioburgo? Dejaron que creciese como una candidata eterna. La obligaron a ser oblata. Le pusieron un chip, y también un nombre, y luego la metieron en la guardería. En esa época, la pequeña Novena Casa contaba con doscientos niños de edades comprendidas entre la guardería y los diecinueve años, y Gideon recibió el número doscientos uno.
Menos de dos años después, Gideon Nav se convertiría en una de los tres únicos infantes que quedaban: ella, un niño mucho mayor y la heredera de la Novena Casa, hija del señor y de la señora. Cuando cumplió cinco años, ya se sabía que no iba a ser nigromante, y con ocho ya se sospechaba que jamás se convertiría en profesa. Con diez, ya tenían claro que sabía demasiadas cosas y que nunca la iban a dejar marchar.
Gideon había intentado valerse de la buena voluntad de los demás, y también de sobornos, de obligaciones morales y de planes muy bien pensados, o simplemente había intentado escapar y ya. Cuando tenía dieciocho años lo había intentado ochenta y seis veces. Tenía cuatro años cuando hizo la primera tentativa.
2
QUEDABAN CINCO MINUTOS para que el octogésimo séptimo plan de fuga de Gideon se convirtiese en un completo fracaso.
—Ya veo que tu plan maestro consistía en pedir una lanzadera y salir por la puerta como si nada, Grilldeon —dijo una tercera y última voz desde la entrada.
La dama de la Novena Casa estaba frente al hueco, ataviada de negro y con un gesto desdeñoso en el rostro. La reverenda hija Harrowhark Nonagesimus había monopolizado el mercado de la ropa negra y de los gestos desdeñosos. Constituían el cien por cien de su personalidad. A Gideon no dejaba de sorprenderle que alguien pudiera haber vivido en el universo solo diecisiete años y aun así hacer gala del negro y del desdén con una confianza que parecía fruto de la edad.
Gideon dijo:
—Pues qué quieres que te diga. Está claro que soy toda una estratega.
La túnica ornamentada y algo sucia de la casa se arrastró por la tierra a medida que la reverenda hija se acercaba a ella. La acompañaban su mariscal, y también Aiglamene. En las gradas situadas detrás de ella había algunas hermanas que habían clavado la rodilla en el suelo: monjas de clausura con el rostro pintado de un gris alabastro con patrones negros en las mejillas y los labios que recordaban a las caras de los muertos. Llevaban telas holgadas de un negro oxidado y parecían todo un escaparate de rostros blancos, afligidos y arrugados.
—Me avergüenza haber tenido que llegar a esto —dijo la dama de la Novena al tiempo que se retiraba la capucha. Tenía el rostro pálido pintado, un manchurrón blanco entre tanto negro. Hasta llevaba las manos enguantadas—. Me da igual que te fugues, pero sí que me importa que lo hagas de cualquier manera. Aparta esa mano de la espada, no haces más que ponerte en evidencia.
—No faltan ni diez minutos para que una lanzadera aterrice y me lleve hasta Trentham, en la Segunda —respondió Gideon, sin apartar la mano de la espada—. Me subiré a ella, cerraré la puerta y me despediré con la mano. No puedes hacer absolutamente nada para evitarlo.
Harrow levantó una mano enguantada y se masajeó los dedos mientras reflexionaba. La luz se proyectaba en su cara pintada y en la mancha negra de la barbilla, así como en el pelo corto y negro como un cuervo muerto.
—Muy bien. Vamos a seguirte el juego, si eso es lo que quieres —concedió—. Primera objeción: el Séquito no puede aceptar a una sierva no liberada, como bien sabrás.
—Falsifiqué tu firma en el formulario de liberación —comentó Gideon.
—Pero bastará una sola palabra mía para que vuelvan a encerrarte.
—Palabra que no pronunciarás.
Harrowhark se rodeó la muñeca con dos dedos y empezó a frotársela despacio.
—La historia es encantadora, pero diría que no has sabido captar bien la esencia de los personajes. ¿A qué viene esa repentina reacción tan misericordiosa por mi parte? —preguntó Harrowhark.
—Como no me dejes marchar —respondió Gideon sin quitar la mano de la vaina—, como me hagas volver, como me pongas en evidencia ante el Séquito o como te inventes alguna acusación en mi contra…
—Algunas de tus revistas son muy guarras —comentó la dama.
—Como hagas cualquiera de esas cosas, gritaré —aseguró Gideon—. Gritaré tanto y durante tanto tiempo que me oirán desde la Octava. Se lo contaré todo. Y ya sabes lo que sé. También les diré cuántos fueron. Me traerán esposada, pero te aseguro que me voy a reír lo que no está escrito.
En ese momento, Harrowhark dejó de frotarse el escafoides y fulminó a Gideon con la mirada. Le hizo un ademán brusco con la mano al club de fans geriátrico que tenía detrás y las monjas se marcharon: besaron el suelo y empezaron a renquear mientras sus rosarios y las articulaciones de las rodillas no dejaban de chasquear; después, desaparecieron en la oscuridad y descendieron por las gradas. Crux y Aiglamene fueron los únicos que se quedaron. Luego Harrowhark ladeó la cabeza como un ave inquisitiva y le dedicó a Gideon una sonrisilla desdeñosa.
—Qué vulgar y ordinaria que eres —dijo—. Qué insensible y eficiente. Mis padres te habrían asfixiado hasta morir.
—Ojalá pudiesen hacerlo ahora, ¿no? —replicó Gideon, sin moverse.
—Seguro que intentarías fugarte de todos modos —dijo la dama, que hasta parecía sorprendida—. A sabiendas de cuál sería tu destino, incluso. A sabiendas de las consecuencias. ¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? —repuso Gideon, que volvió a mirar el reloj—. Pues porque te odio con toda mi alma, porque eres una puta bruja del averno. Sin ofender.
Se hizo el silencio.
—¡Pero… Grilldeon! —exclamó Harrow, con voz apesadumbrada—. Si la mayor parte del tiempo ni siquiera me acuerdo de que existes.
Se miraron a los ojos. Los labios de Gideon se torcieron en una sonrisa asimétrica que no pretendía reprimir. Al verla, la expresión de Harrowhark se volvió aún más malhumorada y petulante.
—Me pones contra la espada y la pared —dijo con tono sorprendido y receloso—. La lanzadera llegará en cinco minutos y no dudo de que tengas todos los documentos necesarios y que parezcan estar en regla. Lo cierto es que estaría fatal si usara mi autoridad para justificar la violencia. Tienes razón. No puedo hacer nada de nada.
Gideon se quedó en silencio. Harrow prosiguió:
—Pero me gustaría que supieras que la asamblea iba en serio. La Novena tiene que tomar una decisión muy importante. ¿No te importaría dedicar tan solo unos pocos minutos para acudir a una de las asambleas de tu casa?
—Ni de broma, vamos —respondió Gideon.
—¿Puedo apelar a tu sentido del deber?
—Va a ser que no —respondió Gideon.
—Tenía que intentarlo —admitió Harrow. Se tocó la barbilla con gesto reflexivo—. ¿Y si te soborno?
—Esto será digno de oír —le dijo Gideon a nadie en particular—. «Gideon, toma un poco de dinero. Puedes gastártelo por aquí mismo… En huesos.» «Gideon, si te quedas dejaré de comportarme contigo como una zorra y siempre seré amable. Hasta podrás quedarte en los aposentos de Crux.» «Gideon, te cedo este harén de tías buenas que no dejan de retorcerse de dolor. Son monjas, así que ten en cuenta que un noventa por ciento de sus huesos tendrán osteoporosis.»
Harrowhark sacó del bolsillo y sin el menor dramatismo un pedazo de pergamino. Papel. ¡Papel de verdad! Tenía el membrete oficial de la Novena Casa en la parte superior. Seguro que había tenido que rebuscar mucho en las arcas para encontrar algo así. Gideon notó como la alerta hacía que se le erizasen los pelillos de la nuca. Harrow avanzó con ostentación para dejarlo en un punto medio entre ambas y luego volvió a retroceder con las palmas hacia fuera en gesto de rendición.
—O —empezó a decir la dama mientras Gideon se acercaba a cogerlo— podría darte un contrato verdadero del Séquito. No se puede falsificar, Grilldeon, tiene que firmarse con sangre, así que no te lo metas en los calzones aún.
Era un vínculo real con la Novena, escrito con estilo correcto y claro. Un contrato para convertir a Gideon Nav en subteniente, no en una soldado prescindible más, y conseguiría una buena paga si se jubilaba sin que la echasen. También recibiría un entrenamiento completo como oficial. Los porcentajes de los galardones y de las tierras quedarían ligados a su casa al ganarlos, pero su servidumbre a la Novena quedaría pagada en cinco años en lugar de en treinta. Era más que generoso. Era como si Harrow se estuviera pegando un tiro en el pie y luego apuntara al otro sin pensarlo demasiado. Perdería cualquier derecho sobre Gideon para siempre. Gideon se quedó de piedra.
—No me negarás que me preocupo por ti —dijo Harrow.
—No te preocupas por mí —comentó Gideon—. Harías que las profesas se comiesen las unas a las otras para entretenerte. Eres una psicópata.
Harrow replicó:
—Si no lo quieres, me lo puedes devolver. Es posible que aún pueda aprovechar el papel.
La única opción sensata que le quedaba era hacer un avión de papel con el contrato y lanzárselo de vuelta. Quedaban cuatro minutos para el aterrizaje de la lanzadera y al fin pondría poner los pies en polvorosa. Ya había ganado, y ahora se enfrentaba a una vulnerabilidad que podía poner en peligro todo aquello por lo que se había esforzado: los meses que había pasado tratando de descubrir cómo infiltrarse en el sistema de solicitud de lanzaderas, los que había pasado ocultando su rastro, los que había tardado en conseguir los formularios necesarios, en interceptar comunicaciones, las esperas, el esfuerzo… todo al garete. Era una trampa. Una trampa de Harrowhark Nonagesimus, lo que seguro que la convertía en una atroz, cruel y…
—Vale. ¿Qué quieres a cambio? —preguntó Gideon.
—Quiero que bajes las escaleras y acudas a la asamblea.
No se preocupó por ocultar el asombro.
—¿Qué vas a anunciar en esa asamblea, Harrow?
La reverenda hija seguía sin sonreír.
—¿No quieres saberlo?
Se hizo un silencio prolongado. Gideon soltó un largo resoplido entre los dientes e hizo un esfuerzo heroico para tirar el papel al suelo y apartarse de nuevo.
—Qué va —dijo, y se sorprendió al comprobar cómo la dama arqueaba las cejas unos milímetros—. Lo haré a mi manera. No voy a volver a descender a Elegioburgo porque lo digas tú. Es que no volvería a bajar ahí ni aunque consiguieses que el esqueleto de mi madre bailara una giga para mí.
Harrow cerró las manos enguantadas y perdió la compostura.
—¡Pero por Dios, Grilldeon! ¡Es una oferta perfecta! ¡Te he ofrecido todo lo que siempre has querido, todo aquello por lo que no has dejado de gimotear, y no te pido ni siquiera que tengas la decencia de comprender la razón por la que nunca habrías podido tenerlo! Has amenazado a mi casa, has faltado al respeto a mis sirvientes, has mentido, has jugado sucio, has fisgoneado y has robado… ¡Sabes muy bien todo lo que has hecho, y también que eres una pirada de lo más desagradable!
—Odio cuando te pones como una profesa a la que le han tocado los ovarios —dijo Gideon, que solo se arrepentía de una de las cosas que acababa de enumerar Harrow.
—Pues bien —espetó la dama, que parecía haber recuperado la calma por completo.
Se afanó por quitarse la túnica larga y ornamentada y también la caja torácica humana que llevaba ceñida alrededor del alargado torso, que resplandecía blanca contra el negro. Crux soltó un quejido de consternación al ver que empezaba a soltarse las pequeñas cinchas de plata que se la sostenían contra el pecho, pero ella lo hizo callar con un gesto brusco cuando al fin consiguió quitársela. Gideon sabía qué estaba haciendo. Sintió cómo una oleada de pena y repugnancia se extendía por todo su cuerpo al ver que Harrow se quitaba también los brazaletes de hueso, los dientes que llevaba colgados al cuello y los pequeños pendientes de hueso de las orejas. Lo soltó todo en brazos de Crux, y después regresó a la plataforma de aterrizaje como si fuese un carcaj vacío. Solo estaba ataviada con unos guantes, unas botas, una camisa y unos pantalones, con el pelo corto y negro y el rostro lleno de ira. Era justo lo que daba la impresión de ser: una niña desesperada, más joven que Gideon y también mucho más enclenque y debilucha.
—Mira, Nonagesimus —dijo Gideon, muy descolocada y ahora también algo cohibida—. ¿Qué te parece si te dejas de mierdas? No hagas lo que sea que tengas pensado hacer, ¿vale? Deja que me largue.
—No te vas a dar la vuelta y marcharte tan fácilmente, Nav —repuso Harrowhark con palpable frialdad.
—¿Quieres que te dé una buena paliza a modo de despedida?
—Cállate —la cortó la dama de la Novena. Luego añadió, con tono espeluznante—: Alteraré los términos del acuerdo. Una pelea justa y…
—¿Y me puedo largar sin problema? Mira, no soy tan tonta.
—No. Una pelea justa y te podrás marchar con el contrato —corrigió Harrowhark—. Si gano, vendrás a la asamblea y te podrás ir cuando termine… con el contrato. Si pierdo, te puedes ir ahora mismo… también con el contrato.
Cogió el papel del suelo, sacó una pluma del bolsillo, se la metió entre los labios para clavársela en un carrillo y salió llena de una sangre densa. Uno de sus trucos grandilocuentes, pensó Gideon, impasible. Después, Harrow firmó:
«Pelleamena Novenarius, reverenda madre de la Tumba Sellada, dama de Elegioburgo, regente de la Novena Casa.»
Gideon se sintió idiota y dijo:
—Esa es la firma de tu madre.
—No voy a firmar en mi nombre, pedazo de imbécil. Eso no serviría de nada —comentó Harrow. Ahora estaba cerca y veía las venas rojas de las esquinas de sus ojos, manchas rosadas de alguien que no había dormido en toda la noche. Levantó el contrato, y Gideon lo cogió con una avidez descarada. Luego lo dobló y se lo ciñó en el cinturón debajo de la camisa—. Acepta el duelo, Nav. Delante de mi mariscal y de mi guardia. Un combate justo.
Harrowhark era sobre todo una hacedora de esqueletos y, a pesar de su rabia y de su orgullo, le ofrecía un combate justo. La experta purasangre de la Novena Casa no tenía ningún cuerpo que levantar y ni siquiera un solo botón de hueso con el que ayudarse. Gideon había visto a Harrow de este humor con anterioridad, y en ese momento había pensado que probablemente nunca volvería a verla así. Solo una gilipollas de manual aceptaría tal duelo, y Harrowhark lo sabía. Una imbécil cabezota de las de tomo y lomo. Sería un acto de crueldad muy vergonzoso.
—Si pierdo, iré a tu asamblea y me marcharé con el contrato —dijo Gideon.
—Sí.
—Si gano, me iré con el contrato ahora mismo —continuó Gideon.
La sangre comenzó a derramarse entre los labios de Harrow.
—Sí.
* * *
Oyeron sobre ellas el rugido causado por una corriente de aire. Un foco titiló cerca de la entrada mientras la lanzadera iniciaba al fin el descenso y se acercaba al hueco que había en el manto del planeta. Gideon miró el reloj. Dos minutos. Empezó a cachear sin titubeos a la reverenda hija: los brazos, el tronco, las piernas y unos toques rápidos por las botas. Crux soltó un grito de repugnancia y consternación al verlo. Harrow no dijo nada, lo que ya de por sí era más desdeñoso que cualquier cosa que hubiera dicho. La debilidad no la llevaba a una a ningún lado. La casa era dura como el metal, y para forjar el metal hay que golpearlo en las partes más débiles.
—Ya la habéis oído —les dijo Harrow a Crux y Aiglamene.
Crux se quedó mirándola con el odio de una supernova: ese vacío que tira de las entrañas de uno, un resentimiento que consume toda luz y deforma todo lo que hay a su alrededor. Aiglamene se negó a mirarla. Eso no molaba nada, pero bueno. Gideon empezó a buscar los guantes en el equipaje.
—Ya la habéis oído. Habéis sido testigos. Me voy a marchar, pase lo que pase, y ha cambiado los términos. Tendremos un combate justo. ¿Juras por tu madre que será justo?
—Nav, ¿cómo te atreves a…?
—Por tu madre. Por la tierra que piso.
—Lo juro por mi madre. No llevo nada encima. Por la tierra que piso —espetó Harrow entre jadeos irregulares a causa de la rabia. Gideon sacó con presteza los mitones de polímero y se los abrochó por las muñecas, momento en el que la sonrisa de la nigromante se retorció un poco—. Por Dios, Grilldeon, ¿protección? No creo que te suponga tantos problemas lidiar conmigo.
Dieron un paso atrás para alejarse la una de la otra, y Aiglamene al fin alzó la voz entre el murmullo cada vez más ensordecedor de la lanzadera.
—Gideon Nav, sed honorable al menos y dadle un arma a vuestra dama.
Gideon no pudo evitarlo.
—¿Me estás pidiendo que… le tire un hueso?
—¡Nav!
—Le he dado mi vida entera —dijo Gideon al tiempo que desenvainaba la espada.
En realidad, la espada no fue más que un gesto simbólico. Lo que tendría que haber ocurrido es que Gideon levantase la bota y le propinara una tremenda patada a Harrow que la dejase para el arrastre. De ese modo le evitaría el bochorno de levantarse una y otra y otra vez. Una buena patada con la bota en la boca del estómago tendría que haber bastado. También podría haberse sentado encima de Harrow si era necesario. Nadie de la Novena Casa comprendía el verdadero significado de la crueldad, a excepción de la reverenda hija. Nadie comprendía tampoco el verdadero significado de la brutalidad. Era un conocimiento del que habían sido privados, que se había evaporado a causa de la oscuridad que se acumulaba en las profundidades de las catacumbas interminables de Elegioburgo. Aiglamene o Crux se verían obligados a decir que había ganado en un combate justo, y Gideon podría marcharse como una mujer casi libre.
Lo que ocurrió en realidad fue que Harrowhark se quitó los guantes. Tenía las manos hechas un desastre. Los dedos estaban cubiertos de heridas sucias y rezumantes, llenos de mugre debajo de las uñas rotas. Tiró los guantes al suelo y agitó los dedos en dirección a Gideon, quien solo tardó unos instantes en darse cuenta de que la tierra provenía del hueco que tenía detrás y que estaba rodeada de huesos por todas partes.
Cargó, pero ya era demasiado tarde. Junto a los montículos de tierra y piedras que había desperdigado a patadas con tanto cuidado, empezaron a surgir a toda velocidad esqueletos de los lugares en los que habían sido sepultados. Salieron manos huesudas de pequeños huecos, perfectas, con cuatro dedos o también con pulgares. La estupidez le hizo pensar a Gideon que bastaría con darles patadas y evitarlas. Corrió, pero no lo suficiente. Salían a cada metro y medio, a cada puto metro y medio, y le agarraban las botas, los tobillos, los pantalones. Trastabilló, desesperada por encontrar un lugar en el que dejasen de salir, pero fue imposible. El suelo del hueco se convirtió en un mar de dedos y muñecas que se agitaban con suavidad como si los agitara la brisa.
Gideon miró a Harrow, quien había comenzado a sudar sangre y le devolvió una mirada fría, tranquila y cargada de determinación.
Se abalanzó hacia la dama de Elegioburgo con un grito irracional al tiempo que aplastaba carpianos y metacarpianos, pero tampoco bastó con eso. Un fémur enterrado o una tibia oculta eran más que suficientes para que Harrow empezase a levantar esqueletos completos y perfectos. Mientras Gideon se acercaba a su señora, un maremoto de huesos reanimados se derrumbó sobre ella. La patada que consiguió darle a Harrow lanzó a la dama hacia los brazos de dos de sus creaciones, que consiguieron ponerla a salvo al momento. La mirada impertérrita de Harrowhark desapareció detrás de una maraña de criaturas descarnadas, de fémures, tibias e intentos de agarrar a Gideon a una velocidad sobrenatural. Ella se abrió paso con la espada y quedó cubierta por una lluvia de huesos y cartílagos. Intentó que cada tajo fuera determinante, pero había demasiados. Muchísimos. Surgían más del suelo cada vez que asestaba un golpe y levantaba una lluvia de astillas. Salieron más y más de esos frutos del macabro vergel sembrado por Harrow, y Gideon empezó a verse sobrepasada e impotente.
El rugido de la lanzadera ahogó el traqueteo de los huesos y el retumbar de la sangre en sus oídos mientras la agarraban decenas de manos. El talento de Harrowhark siempre había estado por encima de la media: era capaz de crear un constructo completo a partir de partes tan pequeñas como un hueso del brazo o una pelvis, capaz de crear un ejército de ellos con lo que los demás necesitarían para crear solo un esqueleto. Gideon siempre había sabido que iba a morir así, violada hasta la muerte por un puñado de esqueletos. La multitud se apartó para dejar espacio al pie ataviado con una bota que a la postre la tiró al suelo. Los hombres de hueso la mantuvieron tumbada mientras ella hacía todo lo posible por zafarse sin dejar de sangrar ni escupir, y después vio a la nigromante. Estaba tranquila y serena, rodeada por esos secuaces sonrientes. Harrowhark le dio una patada en la cara a Gideon.
Todo se volvió negro, rojo y blanco durante unos segundos. La cabeza de Gideon salió despedida a un lado al tiempo que escupía uno de los dientes, asfixiándose y tratando a duras penas de ponerse en pie. La bota le presionó la garganta más y más y más y le enterró la espalda en el duro suelo de gravilla. El descenso de la lanzadera levantó una tormenta de tierra y lanzó por los aires a algunos de los esqueletos. Harrow los descompuso, y traquetearon hasta convertirse en pilas de una anatomía inmóvil.
—Patético, Grilldeon —dijo la dama de la Novena.
Los huesos de los secuaces habían comenzado a caer al suelo ahora que la adrenalina empezaba a disminuir. Se derrumbaban inmóviles, un brazo por aquí, una mandíbula por allá, y se bamboleaban hasta perder su forma original. Harrow se había esforzado demasiado. Alrededor de ellas había un círculo de huecos abiertos en el suelo, como si hubieran explotado pequeñas minas. La nigromante se alzaba entre los agujeros con un rostro acalorado y sanguinolento mientras un reguero de sangre le goteaba de la nariz. Luego se enjugó la cara con el antebrazo con gesto impertérrito.
—Patético —repitió con el rostro lleno de sangre—. Me he esforzado mucho para montar todo un espectáculo, pero esperaba más. Ha sido muy fácil. Me costó mucho más pasarme toda la noche excavando en el suelo.
—¿Excavaste toda la noche? —resolló Gideon con la boca llena de tierra y gravilla.
—Claro. Este suelo es duro de cojones. Había mucho trabajo que hacer.
—Eres una puta loca —dijo Gideon.
—Crux, resultado —ordenó Harrowhark.
El mariscal habló con una ligera sonrisa en el rostro.
—Un combate justo. El enemigo ha sido vencido. La victoria es para la dama Nonagesimus.
La dama Nonagesimus se dio la vuelta hacia sus dos sirvientes y levantó los brazos para que le volviesen a poner por los hombros la túnica que se había quitado. Escupió un pequeño coágulo de sangre al suelo y le hizo una seña a Crux para que se alejase. Gideon levantó la cabeza y luego volvió a dejarla caer con fuerza sobre el duro suelo, agotada y aturdida. Aiglamene la había empezado a mirar con una expresión que no era capaz de dilucidar. ¿Compasión? ¿Decepción? ¿Culpa?
La lanzadera se enganchó a los cepos de atraque que había en el suelo y restalló al posarse al fin en tierra. Gideon la miró, contempló los flancos relucientes y los humeantes escapes del motor, y luego intentó incorporarse sobre los codos. No fue capaz. Aún estaba demasiado maltrecha. No pudo ni levantar un tembloroso dedo para hacerle un corte de mangas a la ganadora. Se limitó a mirar la nave, su equipaje y su espada.
—Alegra esa cara, Grilldeon —dijo Harrowhark. Escupió otro coágulo de sangre al suelo, cerca de la cabeza de Gideon—. Capitana, decidle al piloto que espere. Esta vez sí que le pagaremos.
—¿Y si pregunta por la pasajera, señora?
Dios bendiga a Aiglamene.
—Pues se ha retrasado. Decidle que espere con mi bendición y mis disculpas, que solo será una hora. Mis padres han esperado demasiado y esto ha durado más de lo que pensaba. Mariscal, bajadla al santuario.
3
GIDEON DESEÓ HABERSE DESMAYADO mientras los dedos fríos y huesudos de Crux la agarraban por un tobillo. Estuvo a punto de conseguirlo. Abrió los ojos unas pocas veces y se quedó parpadeando ante la monótona luz que iluminaba el ascensor que descendía hasta el hueco principal. Luego notó cómo el mariscal la arrastraba por el suelo como un saco de mercancía podrida. No sintió nada: ni dolor, ni rabia, ni decepción, solo un sentido de la maravilla y una desconexión que le resultaban tanto más extraños cuanto más tiraban de su cuerpo a través de las puertas de Elegioburgo. Trató de moverse una última vez para escapar, pero el mariscal le dio una patada en la cabeza al verla arañando las alfombras andrajosas que cubrían el suelo de piedra pulida. Entonces sí que se desmayó de verdad durante un rato, y solo se despertó cuando la estaban sentando en uno de los bancos. El asiento estaba tan frío que la piel se le quedó pegada a él, y cada vez que respiraba percibía cómo se le clavaban en los pulmones cientos de agujas.
Estaba congelada. Empezó a oír el rumor de las oraciones. En las misas de la Novena no había salmos hablados, tan solo el repiqueteo de huesos: nudillos entrelazados en cuerdas entretejidas, llenos de muescas y erosionados, que las profesas agitaban entre los dedos ancianos con tanta destreza que la ceremonia se convertía en un tintineo susurrante. La sala era alargada y estrecha, y habían tirado a Gideon delante del todo. Estaba muy oscu
