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SÁBADO, 1 DE JULIO
UN PARAÍSO A ORILLAS DEL MEDITERRÁNEO. UN COCHE PARA ESCAPAR. DANIEL, INGENIERO DE CAMINOS. EL DÍA DE LA REDENCIÓN
Aquí el silencio no existe. Mi habitación da al mar. Me alojo en el hotel menos estrellado de este paraíso del vago conformista. Asomado a la terraza, contemplo la línea de costa.
El tipo del martillo mecánico que hasta hace unos minutos trabajaba con el volumen a tope para hacer de esto un lugar todavía un poco más bonito y agradable debe de estar reponiendo fuerzas, porque ahora sí, no se escucha más que el oleaje y a lo lejos una banda sonora que asedia a los usuarios de los chiringuitos de la playa, siete pisos más abajo, hasta acorralarlos sin piedad y dejarles una única opción: el alcohol. Delante de mí, formando una barrera de defensa entre la batería de edificios simétricos y el mar, se extiende una preciosa superficie ajardinada llena de palmeras y pequeños lagos hasta arriba de agua potable estancada, de puentecillos de madera y sillas de plástico y con un par de columpios. Un pequeño Versalles versión 10.0 que a estas horas es pasto de un ejército de octogenarios con pinta de estar auxiliando a su organismo en la digestión de los manjares que les han suministrado en alguno de los comedores del hotel. A lo lejos una pagoda. Junto a ella, una bandera azul igual a esas que en verano se asigna a ciertas playas tras haberlas evaluado y considerarlas lugares óptimos para tirarse en la arena sobre una toalla y, de vez en cuando, darse un chapuzón en pantalones cortos. También hay muñecos hinchables, bancos de cemento chapados de coloridos mosaicos a la manera de Gaudí, árboles, columpios, sorprendentes surtidores de agua salvaje, superficies enmoquetadas de color verde que se funden con pequeños y medianos feudos de césped natural, gadgets blancos de arquitectura neoclásica y lo que parece, allí al fondo, una cafetería estilo Le Corbusier. Pero no, espera, si no me equivoco todo eso no son muñecos hinchables sino unas cuantas esculturas alegremente coloreadas por Niki de Saint Phalle. Sí, creo que se llamaba así, De Saint Phalle. Murió hace tres o cuatro años en Estados Unidos, aunque era francesa, y no me cuadra que aceptase el encargo de un lugar como éste durante sus últimos años de vida. Aunque quizá no fuese un encargo y el director artístico de este lugar de recreo compró las piezas. Si es así me cuesta entender que Nuria no me informase, pues contar con obras de una artista de esta categoría es un perfecto reclamo publicitario. Ya lo averiguaré. El tema es que todos estos elementos, las esculturas de colores y las blancas representando a dioses romanos, los bancos de Gaudí, las fuentes y las moquetas de color verde, todo está articulado por un laberinto de pasillos empedrados que llevan de una pequeña plazoleta a otra y de ésta a un nuevo espacio de recreo y descanso con más sillas de plástico. Justo en el centro, de espaldas al mar, junto a una carpa puntiaguda de color naranja y perforado por nuevos surtidores de agua y hasta cataratas chisporroteantes, un macizo rocoso de fibra de vidrio al que no paran de encaramarse los paseantes en busca de una mejor vista y a la caza de esa experiencia exótica con la que tienen previsto pertrechar sus vacaciones.
He aparcado el coche y Sophie, en la recepción, me ha indicado por dónde podía subir a la séptima planta. Un ingeniero de caminos me ha acompañado hasta mi habitación y ahora está dentro… aquí, conmigo.
13.20. El Ford Orion lo he dejado en el primero de los parkings, a la entrada del recinto, unos ciento cincuenta metros detrás del edificio de apartamentos que hay adosado a este hotel, junto a la puerta de salida y encarado hacia fuera. Así que no puedo verlo desde aquí. Al muchacho que me ha subido las cosas no parece haberle hecho mucha gracia lo que para mí es una simple medida de precaución. Según parece en el hotel no disponen de carros portaequipajes y ha tenido que cargar con todo desde allí. Seguro que mientras se veía a sí mismo como un porteador se le ha pasado por la cabeza la idea de que quizá su madre tuviese razón al insistir tanto. No dejes la carrera, Daniel, lábrate un futuro y hazte ingeniero de caminos. Lo primero que ha hecho tras dejar mis cosas junto a la cama (las cajas de cartón metidas en bolsas de plástico con el ordenador, los altavoces, la cámara, la grabadora, la maleta y mi pequeña mariconera negra de lona con un parche verde de Exploited) ha sido preguntarme qué lleva usted en esa bolsa de mano negra para que tintinee como unas maracas, señor.
–¿Qué lleva usted en esa pequeña bolsa de mano para que tintinee como unas maracas, señor? –me ha preguntado.
–¿Te gustan los Exploited?
–¿Cómo?, no, digo esa pequeña bolsa de mano.
–Ya, la bolsa de mano… pues resulta que está llena de drogas –le he respondido–, algunas naturales pero casi todas sintéticas. Las colecciono. Y, en efecto, muchas de ellas son pastillas metidas en botecitos, por eso el ruido. Estoy elaborando un experimento de estadística cromática con ellas, ¿sabes?
–Je, je… –ha sonreído con nerviosismo–, no, en serio, es decir, si no quiere no me lo diga, claro…
–Entiendo… Pues nada, chico, botes con chinchetas. Ahí dentro llevo botes con chinchetas. Vengo de vacaciones pero he pensado, qué caray, seguro que hasta en un lugar tan lujoso las necesitan, así que me he traído una versión abreviada del muestrario. Un pequeño catálogo, vamos. Soy viajante comercial, ¿sabes? Vendo chinchetas por todo el mundo, hasta la China he llegado. Y no mires mis cosas con esa mala leche, muchachote, a fin de cuentas además de hacer ejercicio te has ganado un euro. Venga, enciende la tele a ver qué pasa en el mundo. Si te quedas un rato y vas cambiando los canales cada diez segundos te pinto una rayita. ¿Te gusta la coca, campeón?
El ingeniero de caminos dice que sí. También esta vez balbucea. Lo desembalo todo. En la tele la gente grita, se insulta. Guardo cuidadosamente las cajas y los precintos bajo la cama junto con las garantías y la factura.
–No entiendo a los fabricantes de teles –le digo al ingeniero.
Él tampoco parece entender:
–¿No… no lo estoy haciendo bien? –masculla–, usted me ha pedido que cambiase todo el tiempo de canal, no hay más, sólo estos ocho…
Es obvio que este chico debería estar en una confortable plaza de toros. Abandono toda esperanza de mantener una conversación seria con él, pero sigo hablando.
–Lo digo porque hoy en día nadie se queda mirando una misma cadena como un gilipollas, no entiendo cómo los fabricantes de teles están tardando tanto en incorporar una función zapping a sus aparatos, regulable en diferentes períodos de tiempo dependiendo del umbral de tolerancia de cada usuario. Pero es igual, no me hagas demasiado caso y sigue así, lo estás haciendo muy bien.
En la tele una serie de dibujos animados.
–Eso puedes dejarlo un rato, cuenta hasta cincuenta y cambia –le digo al ingeniero.
–Uno, dos, tres…
–En voz baja, cuenta hasta cincuenta en voz baja –especifico–, menudo fenómeno…
El ordenador viene con un procesador de texto incluido. Puedes utilizarlo gratis durante treinta días después de los cuales has de pagar la licencia o bajarte otro. La mayor parte de los hoteles tienen conexión a internet vía wi-fi. En un alarde de malabarismo lingüístico con el que agasajan a la clientela, en esos sitios lo llaman wi-free. Nuria me había informado de las múltiples prestaciones de mi habitación, caja fuerte, toallas limpias, agua caliente, vistas al mar, me lo contó todo ayer, cuando llamé por teléfono para preguntarle el número de la salida de la autopista, terraza, teléfono, televisión con canales internacionales, aire acondicionado frío-calor, minibar, media pensión, piscina, rayos uva, jacuzzi, gimnasio, ése me dijo que era su nombre, Nuria, y a mí ella me llamaba señor Escagóo, un hotel totalmente acondicionado para que disponga durante todo el año de un sinfín de lujos exclusivos, cafeterías, discotecas, zonas deportivas, parque infantil, boutiques, jardines, tiendas… todo alrededor del balneario y frente al mar, llame usted, señor Escagóo, a este mismo teléfono para avisarnos si es que tiene pensado llegar más tarde de las 22.00 h bienvenido a este gran complejo turístico con un mundo de servicios a su disposición, y recuerde que también puede llamarme si, necesita, cualquier, otra, cosa… Ésa es la arenga que me aventó Nuria con una dulzura mecánica cuando le pregunté, después de lo de la autopista, sobre el tipo de conexión a internet de que disponía mi habitación y antes de responderme de carrerilla que había un ordenador con internet a disposición de todo el mundo en el hall del hotel de cuatro estrellas. Por eso al de la tienda le dije que además del ordenador me pusiese un módem USB para conectarme a internet mediante telefonía móvil. Conecto, espero a que la manzanita lo detecte, y listo. Efectivamente era tan sencillo como me dijo aquel dependiente uniformado. Funciona perfectamente. Conecto también los altavoces. Disparo el navegador, tecleo www-punto-last-punto-fm y le pregunto al ingeniero qué música le gusta.
–…
–Es igual, no me contestes y cambia, que ya han pasado cincuenta segundos.
–Dover, me gusta Dover –responde. Según parece no ha acabado de procesar el resto de lo que le he dicho–, y la Oreja de Morfeo, también me gusta la Oreja de Morfeo.
–Lo dicho, chaval, eres un fenómeno. Anda, cambia de canal, cam-bia-de-ca-nal-por-favor.
Tecleo Frank Sinatra y le doy al play de la radio. El programita dispara «My Way» y los altavoces primero acarician las paredes y luego las hacen retumbar, así que poco me importa ya el gracioso cantar del martillo mecánico. Tampoco la cámara de fotos presenta complicaciones, ha bastado con poner la batería a cargar unos minutos, hacer un par de fotos para comprobar que no hay problemas a la hora de transferirlas al ordenador, volverlo a desconectar todo y dejar la batería cargando para que dentro de un rato esté a punto. En la tele un debate entre retrasados mentales sobre el modelo educativo español. Con la grabadora de voz me he decantado por un modelo retro, también digital pero fabricada en 2003, una antigualla deliciosa con un radio de acción muy limitado y cuyo sistema de transferencia de archivos requiere de un software compatible con Windows 2000… nada menos. No me importa, no quiero transferir ningún archivo de voz. Así que ya está. Tengo lo que necesita un buen periodista, todo conectado a la red eléctrica de este lugar paradisíaco a orillas del Mediterráneo.
–Hoy sábado 1 de julio le han dado vacaciones a la gente de bien –le digo al ingeniero, que se pone nervioso, le da al botón equivocado del mando y apaga la tele–, a los trabajadores decentes, a esa multitud tan responsable que con sus despertadores y su esfuerzo diario saca adelante el tinglado este del mundo. Por eso me han mandado aquí, muchacho, porque según parece un buen número de ellos vienen a dilapidarlas a esta ciudad de vacaciones. ¿Tú tienes vacaciones, chaval? –le pregunto–. Es igual, no me respondas, y vuelve a enchufar la tele, anda…
Me hospedo en uno de los muchos hoteles que tienen su enclave en el escaso kilómetro cuadrado que comprende todas las instalaciones. Comparto hotel con el tipo de gente cuyo esfuerzo diario en puestos de trabajo poco cualificados sacan adelante el país. Otros pasan sus vacaciones en alguno de los apartamentos que han sido o están siendo construidos en este preciso instante al norte del recinto. La estampa es preciosa. Las dos o trescientas grúas que salpican el paisaje aquí y allá, signo inequívoco del progreso de estas tierras tocadas por la mano del Constructor, en realidad no resultan tan molestas, ni siquiera a nivel visual. Tampoco dudo que las zanjas, una vez aprendas por dónde ir a cada sitio, puedes llegar a evitarlas sin mayor problema. Así que aquí estoy, pintándole una rayita al ingeniero de caminos y decidido a escribir sobre los usos y costumbres de la gente decente cuando se enfunda unos pantalones bermuda y se calza unas chanclas, cuando se dispone a coger su tiempo libre por los cuernos.
–De nada, muchachote, anda, cierra la puerta y cuídate.
LA REALIDAD ES DIFÍCIL. ÚLTIMO DÍA EN LA TIERRA
Y créeme, no es tan fácil. Venir aquí y contártelo, digo. No es tan fácil. Me refiero a que lo complicado no es escribir sobre los grandes acontecimientos y las cosas increíbles, pues sumido en semejante encantamiento, embelesado por los vapores de lo sorprendente y de forma paradójica, en tales circunstancias el lector tiende a creer cuanto se le cuente a cambio de pasar un buen rato, matar el tiempo en el metro o estar correctamente informado de política internacional, depende del género y del ánimo. Aunque no, mentira, eso también es difícil… Lo que quiero decir es que lo mío sí que es difícil. Escribir la realidad, la verdad, lo que pasa delante de mí. Por eso he venido hasta aquí.
Me refiero a que si en estos momentos apareciese delante de mí una nave espacial gigantesca con la forma del platillo volante más extraño que pueda imaginarse y cargada hasta los topes de marcianos, es probable que entonces sí te creyeses cualquier mentira con tal de pasar un buen rato y averiguar a santo de qué se disponen a aterrizar precisamente en este enclave privilegiado de la costa de Azahar. Aun si fuese mentira. Qué importa. ¿O no? En realidad no me estarías creyendo, claro, pero eso es algo que queda entre nosotros y que al final no es tan importante. El tema es que tú podrías ver con tus propios ojos cómo el rayo turbopropulsor de la nave está provocando ahora mismo un pequeño incendio en la pagoda china que poco a poco se extiende al muñecote de colores y luego también a la terraza, derritiendo tanto las sillas de plástico como la carpa color naranja y amenazando con destruir este paraíso del vacacionero. Este tipo de naves espaciales se propulsa mediante un sistema cuyo correcto funcionamiento requiere de un rayo que se deshace de los excedentes de energía propulsiva. De ahí que en el trance de posarse en el suelo calcinen cuanto encuentran a su paso.
Penden de un fino cable de plástico que echando mano de la iluminación adecuada resulta transparente.
Algo extraño está sucediendo en esta orilla del Mediterráneo…
El cielo se acaba de convertir en un muro de plomo y cada vez llegan más platillos volantes. Todos con el rayo verde luminiscente. Están descendiendo poco a poco con esa pose altanera de platillo volante suspendido en el aire.
El ruido es un zumbido ensordecedor.
Parece que se disponen a aterrizar cuando, espera… ahora se elevan como un enjambre asustado alrededor de su reina. Por el otro lado de este cielo de cemento acaba de aparecer un nuevo ejército de platillos volantes con el rayo turbopropulsor de color amarillo.
La pagoda arde con más fuerza.
Las sillas se han convertido en charcos de plástico azul que se van apagando poco a poco.
Hay gente en todas las ventanas.
Están aterrorizados.
Saben muy bien que éste puede ser su último día en la Tierra.
Sabes perfectamente que de proponerse calcinar este paraíso, todas esas naves no tardarían más que unos pocos minutos en reducirlo a cenizas. Gritan y hay alguno que repite ¡que llamen a los bomberos, que llamen a los bomberos! de forma histérica.
Cada vez son más los operarios que llegan corriendo al gran jardín de las sillas derretidas y los puentes en llamas. Han formado grupos. Se preguntan cómo solucionar el desastre. Todo parece indicar que aquello está a punto de convertirse en una guerra galáctica entre dos ejércitos de platillos volantes.
Empiezan a arder las primeras habitaciones.
El cielo se ha convertido en un telón de fuego. La banda sonora es un tachán tachán sincopado. Llueve. Truena. El mundo tal como lo conocemos ha llegado a su fin…
Quién sabe a causa de qué bajas pasiones, tendemos a creernos aunque sólo sea a medias todas las historias imposibles, sorprendentes y alucinadas de este tipo. Qué importa el porqué. A lo que me refiero es a que no es tan difícil creerse cualquier estupidez cuando es lo suficientemente descabellada. Lo que resulta realmente difícil es seguir escribiendo con el ruido de esa radial y la música de los chiringuitos, que ya sólo llega hasta mí a través de sus bajos, dum-dum, dum-dum, dum-dum. La radial es una herramienta de uso masivo en la construcción y sirve para cortar ladrillos y azulejos, una sierra muy potente que funciona enchufada a la corriente eléctrica y consiste en hacer girar a gran velocidad una cuchilla circular dentada muy afilada cuyo ruido diabólico y vidrioso se acentúa cuando entra en contacto con el ladrillo.
13.41. Marina d’Or vuelve a despertarse. En la tele los deficientes de antes hablan ahora sobre el novio de la hija de una cantante. Sostienen sus posturas con igual vehemencia. Cambio de canal y tecleo Ennio Morricone en el ordenador, no me gusta el tema que sale y salto al siguiente… decía que es más difícil escribir los pequeños detalles absurdos y minúsculos de las cosas que realmente pasan ante tus propios ojos que cualquier invasión de marcianos. Nuestro mundo. La realidad. Esa cosa que pisamos al salir a la calle y que respiramos y que al crecer e ir haciéndonos persona conseguimos practicar sin asombro. Eso es lo difícil. Una mota de polvo, por ejemplo. Tanto su composición física y sus propiedades químicas como el trayecto que recorre en su existencia arrastrada de acá para allá. Todo sigue un recorrido absolutamente caótico. La mota de polvo, sin distinción de origen, raza ni religión, está condicionada por un patrón de comportamiento indescifrable y en conjunto resulta hermética, inescribible. Y no sólo eso, su habitual conjunción o apelmazamiento con otras diminutas motas de polvo resulta en un absurdo energético que no hace sino multiplicar la imposibilidad de cualquier tipo de explicación convincente. Sucede lo mismo con el resto de sólidos, líquidos, gases, seres vivos e inertes, con Marina d’Or, el mundo, las galaxias y los platillos volantes. Si cuando escribes no puedes aferrarte a ese tipo de prejuicios que habitan en la mente del lector y que lo predisponen a reciclar los errores y a creerse una burda invasión alienígena o digerir las mentiras y manejar los disparates con tu propia imaginación, la cosa es entonces mucho más difícil. A eso me refiero. Cuando en una película de acción ves a un tipo vestido de negro que con un arma supersofisticada falla todos sus disparos, sabes enseguida que es uno de los malos. Ése sería el prejuicio. No necesitas más datos porque cuando un tipo con esa pinta dispara a ciegas, en el interior de tu mente salta un resorte que te lo explica todo. Sus oscuras intenciones. Su comportamiento zafio. La fría crueldad de su propósito y una ineficacia difícil de justificar en el manejo de armas de fuego. Y eso es algo que no sucede cuando tu disco duro no dispone del prejuicio «mota de polvo». De ahí que si alguien quiere contarte las aventuras de una mota de polvo lo tenga mucho más crudo.
Con la realidad todo es más difícil que con los platillos volantes. Y eso es precisamente lo que tenemos ahora mismo entre manos tú y yo, la realidad, nada menos, un aportaje sobre la realidad.
Los dos ejércitos de platillos volantes que han venido a trastocar esta apacible tarde en Marina d’Or se acaban de colocar en formación de batalla. Cada uno ocupa un lado del cielo.
El zumbido empieza a ser insoportable.
Sigue lloviendo.
De pronto el primer disparo láser.
Los dos ejércitos se enzarzan en una refriega que en pocos minutos ata en el mismo nudo todos los hilos invisibles de los que pende cada una de las naves. Y se produce la muerte y la destrucción, etc.
¿Por qué todo este rollo? ¿Para qué esta historia inverosímil sobre los platillos volantes y la mota de polvo incontable? ¿No iba a ser éste un aportaje sobre la realidad y las cosas que verdaderamente suceden ahí fuera? Muy sencillo, para dejar claro por la vía de la demostración que a mí no me interesan esas baratijas de ciencia ficción. Que no es eso lo que voy a darte.
Que no llego al extremo de proponerme el retrato de una mota de polvo (porque eso sería poesía) pero casi. La realidad, chaval, eso es lo jodido de este oficio. Contar la realidad tal cual. Porque a pesar de no tener cojones para meterme con esa mota de polvo, lo que tengo delante ahora mismo no es mucho más fácil de contar. Porque encuentro, en resumidas cuentas, cierta dificultad cuando intento describir los adornos que jalonan el recorrido de la avenida principal Marina d’Or, ahí debajo, la que comunica la puerta de entrada a los tres hoteles (el de cinco estrellas, el de cuatro y éste) con la playa y los tenderetes. Porque seguro que con muy buen criterio tu mente no cuenta con los arquetipos que le harían falta para entender semejante invento. Como tampoco cuenta con el de la mota de polvo. Porque eso es algo que dificulta mi proyecto de contarte lo que sucede ante mis ojos. Porque me parece digno de mención y a fin de cuentas estoy aquí para eso. He venido por ti.
Allá voy.
Se trata de una especie de arcos dispuestos de cada ocho o diez metros sobre la calzada para celebrar la llegada del vacacionero a las distintas recepciones. Unos abigarrados pórticos de metal con formas arábigas y abarrotadas de bombillas que o mucho me engaño o a la mínima que el sol haga el primer amago de esconderse se encenderán para iluminar con sus diez metros de altura este recorrido de ensueño. La primera de ellas, situada junto al paseo marítimo, es infinitamente más alta que las otras y también más ancha, está más bombillizada y es la única coronada por el velero Marina d’Or, insignia y marca del lugar. Me cuesta explicar el efecto visual de esta barrera natural entre el recinto vallado y salvaje de los Jardines Marina d’Or con sus palmeras, las cataratas y los chiringuitos, y la mole de apartamentos y hoteles desde la que los escribo. Todavía me resulta más difícil imaginar la grandiosa apariencia luminiscente que cobrarán en pocas horas. Una serie de fuentes que flanquea la avenida acompañarán el regio recorrido hacia las puertas del paraíso a través de la sugerente fragancia y el colorido de tantas flores como caben en esos largos y pesados maceteros que intercalan las fuentes en un todo equilibrado y orgánico de efecto, a qué negarlo, ciertamente impactante. Pues eso, que no sé cómo explicarlo, así que bajaré a verlo de cerca.
Pero antes probaré la medicina del ingeniero, luego quitaré la chorrada de bandas sonoras que me ha disparado la página web con la excusa de Morricone, cambiaré el canal otra vez y desharé la maleta.
Sí señor… qualité… no se quejará el ingeniero… esto va a ser muy divertido: I love this game… I mind, this job.
ROQUE NAUJ EL TIERNO. KLAUS KINSKI EL CONQUISTADOR. CARLITOS EL DOBLE. ENSALADILLA RUSA, EL PLATO
Lo de la maleta, en cambio, ya es otra cosa. Me doy cuenta apenas abrirla. El ingeniero de caminos era todavía más gilipollas de lo que me pareció a simple vista. Un fuerte olor a ron me ha golpeado apenas abrirla. Si es que al final va a tener razón él y no su madre. Vamos a ver, señora, ¿cómo espera usted que su capullín se saque una carrera universitaria si ni siquiera es capaz de hacer bien algo tan sencillo como transportar un bulto de un punto del espacio a otro contando con la ayuda de un ascensor? Hágase a la idea, señora, de que su hijo está muy bien donde está y déjese de ingenierías porque si tiene suerte y prospera un poco en su grado de estupidez puede llegar a encargado o dar el salto al mundo de la gestión pública, pero poco más. Fíjese en esto, el muy necio debe de haberle dado un golpe a la maleta. Quién sabe. Se le habrá caído al suelo o algo así.
El tema es que me ha roto una de las dos botellas de ron, lo cual no le habrá resultado fácil en absoluto si tenemos en cuenta el grosor del vidrio y que me he preocupado por meter cada una de ellas en una bolsa y de acolcharlas con ropa. Fíjese usted qué desastre, señora, todo lleno de cristales y apestando a ron. Lo siento mucho, señora, pero el problema es suyo.
Me doy cuenta de que es hora, así que cojo la tarjeta de mi habitación y busco el comedor común del hotel.
Una hora después regreso frugalmente alimentado a conectarme para ver cómo enfoco esto, revisar el correo y consignar aquí un parte de los daños con que me ha obsequiado el ingeniero de caminos. En la tele un spot sobre un coche que trata de trasladarme una paradoja. Básicamente tengo una botella de ron menos. Lo cuál no es ningún problema porque en cuanto le diga a la chica de recepción que soy un reportero al que no le gustaría hablar en su aportaje de las deficiencias en el servicio de habitaciones, seguro que se muestra muy comprensiva y me consigue otra llena hasta arriba. Lo de mi ropa interior ya es otro cantar. Como he dicho, en Barcelona, a la hora de hacer la maleta metí cada una de las botellas en una bolsa con algo de ropa para amortiguar los golpes. La botella que se ha roto iba en la misma bolsa que mis calzoncillos y mis calcetines. Todos… Los vidrios en realidad no son un problema porque la botella ha tenido la decencia de partirse en cuatro o cinco trozos y ya los he sacado todos. Pero los setenta y cinco centilitros de ron han sido absorbidos en su totalidad, y lo repito porque hasta me parece un tanto extraño, en su totalidad, por mis calzoncillos y calcetines. Es entonces cuando me acerco uno de estos calcetines al rostro como si estuviese empapado en éter y no en ron y empiezo a fantasear y entonces advierto que está lleno de vidrios microscópicos y afilados. Uno de ellos me ha hecho un leve corte en la mejilla, aunque la sensación no está tan mal, no es lo mismo que con el éter, claro, pero por un momento te congestiona el entendimiento de forma bastante sugestiva. Mientras lo repito una y otra vez abro uno de los botecitos de chinchetas y me como una manzana roja y voy a tender la ropa interior en el minitendedero desplegable que hay en la terraza con vistas. El rumor del mar me embarga y por un momento creo que no existe ninguna otra cosa aparte de ese susurro oceánico meciéndome.
Enciendo el ordenador. Cambio de canal. Un botarate maquillado se exhibe tras un mostrador junto a una jamona adicta a los rayos uva. Cambio de canal. El ordenador ilumina su pantalla. Abro el procesador de texto y el navegador.
Pego aquí el mail que recibí el jueves. Ahí empezó todo.
escargot,
report sobre la gente de bien, tus preferidos, en la costa levantina (dónde estás ahora?… es igual, no me lo digas)
tienes que empezar el próximo día uno, que es cuando cogen las vacaciones
me han pedido algo divertido y fresco y tiene que ser en la playa. conviértete en uno de ellos, ya sabes, pequeñas historias, lo que hacen, lo que les gusta, la arena, los bañadores
yo he pensado en marina dor, un complejo vacacional muy cachondo que hay en oropesa, al norte de castellón, veinte o treinta kilómetros
ya verás como te gusta :-P
tienes que contar cómo es una semana en la vida relajada de esa buena gente, ya te he hecho la reserva, si no llegas antes del sábado a mediodía igual la pierdes, eso me han dicho
no envíes más de cinco mil palabras porque no va a entrar te pongas como te pongas, tienes habitación en uno de los hoteles, ahora no recuerdo en cuál, luego te mando el teléfono y antes de ir llamas, ellos te lo dirán, el texto lo necesito el diez de julio. no me jodas y no pases cuenta de gastos, tienes el hotel y mil euros, no digas que vas de nuestra parte
encuentra el dorado
otra cosa
el servidor de la revista no está funcionando muy bien, estamos en contacto en rnauj@go2hell.org
suerte y al toro
r
El mail me lo manda Roque Nauj, el jefe de redacción de la revista, de roque@sideways.es a escargot.inc@gmail.com. No es mal tipo, tiene nariz de boxeador irlandés y cuando voy me invita a café con coñac y me regala algún libro. El pobre se pasa la vida metido en esa redacción junto al Arc del Triomf de Barcelona convencido de que lo que sucede fuera no es más que materia prima para su revista y embarcado en una cruzada absurda y enternecedora. Casi nunca he conseguido venderle un proyecto pero de tanto en tanto me pasa temas como éste. Sabe que escribo sobre cualquier cosa si me paga el viaje a un sitio divertido y me da unas cuantas páginas. También sabe que no puede hacer cábalas sobre lo que le acabaré escribiendo, y yo sé que eso a él le cabrea y le gusta. Me atrevería a decir que es mi amigo, pero esta vez no he aceptado por eso ni por el hotel ni porque esté sin blanca ni curro ni porque haga un calor de mil demonios y la playa, a pesar de sus habitantes y usuarios, sea mejor opción que una Barcelona llena de turistas de color rojo sol.
No es por eso. He aceptado por El Dorado.
No tengo ni idea del porqué de esa alusión a El Dorado en su mail. Nunca lo hemos hablado, lo recordaría, y el bueno de Nauj no tiene por qué saber de mis filias infantiles. Pero el tema es que yo me hice periodista por eso. Cuando de niño vi en la tele Aguirre, o la cólera de Dios decidí que quería ser cojo como Klaus Kinski y salir por el mundo a descubrir sitios y arrasarlos. Me encontré con varios problemas. El primero es que después de hacerme el cojo durante cinco días para meterme en el papel pasé otros cinco en cama con un terrible dolor en las lumbares. El segundo y definitivo es que para cuando yo aterricé en este planeta ya lo habían descubierto todo, no me habían dejado nada, ni la Luna. Así que sólo me quedaba esta forma de explorar las cosas de nuevo que es el periodismo, y me metí en la universidad aunque sin lograr sacarme de la cabeza que lo más correcto hubiese sido ir a Roma a saquearla otra vez.
Porque he de confesar que no caí irremediablemente a los pies de Klaus Kinski hasta enterarme de lo de Roma, el «saco de Roma», eso sí que es vida. Resulta que en 1527, con diecinueve años y antes de largarse a América para hacerse conquistador y tratar por todos los medios de gobernar lo que hoy llamamos Chile y antes incluso de que Herzog hiciese la película del río, Kinski había participado en una admirable y deliciosa muestra de estrategia militar a las órdenes del rey Carlos I y del emperador Carlos V. Todo empezó porque Carlitos el Esquizofrénico llevaba bastante tiempo sin pagar a su soldadesca, y ante la amenaza de un motín vino a acordarse de que el papa Clemente VII tenía bastante dinero, así que le mandó un emisario y le dijo o me pagas 300.000 ducados o me planto allí con estos 25.000 muertos de hambre armados hasta los dientes y los cojo yo. El Papa se hizo el sueco y un glorioso 6 de mayo, que es el día de mi cumpleaños, Carlitos el Doble, Kinski el Cojo y todos los otros se lo pasaron bomba poniendo aquella ciudad del revés durante ocho días.
Ya poco importa.
Importa la ocurrencia de Nauj –encuentra El Dorado– y que en el siguiente mail, que como ya me había advertido mandó desde su otra dirección electrónica, de rnauj@go2hell.org a escargot.inc@gmail.com, no volvió a mencionar el tema y se limitó a pasarme el número de teléfono y la web de Marina d’Or, un escueto ahí tienes Escargot, y un nervioso no te hagas el divo y dime si te vas a quedar con la historia.
El viernes confirmé que iba a venir y empecé a tomar notas.
No tengo ni idea de cómo quiere que encuentre El Dorado en un sitio como éste, entre esta marabunta de indígenas del chiringuito, pero el caso es que voy a intentarlo.
Salgo de mi cuenta, del navegador, apago el laptop, cambio el canal y el plató del programa es como la salita de estar de mi casa o como se supone que debería gustarme que fuese la salita de estar de mi casa, con una charla amigable, cambio de canal y apago la música y de nuevo me asalta ese dum-dum lejano y apagado como de sala de fiestas en pleno jolgorio, bajo la tapa al laptop, abro la mariconera negra de lona con un parche verde de Exploited, escojo el bote de los diamantes azules, saco uno, me lo como, cierro el potecito y lo vuelvo a dejar en la mariconera, salgo también de mi habitación en el hotel Marina d’Or tres estrellas y ya estoy en el pasillo, donde tropiezo con un señor en pantalones cortos y calcetines blancos que he visto hace un rato en el comedor común del hotel, sentado a la mesa ante un plato que combinaba ensaladilla rusa con fideuá, dos pechugas de pollo y unas cuantas patatas hervidas acompañadas de una buena porción de ensalada con abundante remolacha cortada a tiras muy finas. De postre crocanti y pijama. Digo lo de los calcetines porque le sirven para calzar… sí, eso es, claro que sí, otra vez lo has adivinado, todo un clásico: unas chanclas a juego con el polo y los pantaloncillos. Debe de hacer setenta y cinco años que se hizo cargo de la cosa esta de vivir, y ha venido a Marina d’Or con sus calcetines y acompañado por una nutrida representación de sus semejantes, gente que no siempre pudo disfrutar de todos estos lujos y que es consciente de que el tiempo pasa, personas con principios, dispuestas a no desaprovechar la más mínima oportunidad y convencidas de que a estas alturas no vale la pena escatimar. Aunque eso sí, el polo que lleva ahora el tipo de los calcetines blancos es diferente, y se ha puesto unos pantaloncillos de color beige claro.
El diamante azul se llama diamante azul por su forma y color. No sucede lo mismo con la mayor parte de pastillas de éxtasis, pirulas, pastis, rulas o cabesudas, que suelen tener el aspecto de una aspirina y, marcado en relieve en una de sus caras o en su defecto grabado en ella, un monograma que les da el nombre. Si el monograma es por ejemplo la ese de Superman, la pastilla se llama «un supermán». El diamante azul no: es un poliedro irregular que imita el aspecto de un diamante como podría imitar el de cualquier otra forma mineral, pero en fin, en Montreal, donde apareció por primera vez hace un par de meses, y seguramente porque es azul, decidieron que era un diamante. Es mi último hallazgo, el más reciente. Una manzana y un diamante y sigue jugando.
Mientras cierro la puerta tras de mí puedo escuchar lo que le dice el tipo de los calcetines al señor mayor de la habitación contigua a la suya.
Le ha hecho salir expresamente.
Un tipo vestido de blanco como los tenistas de su época y con un flamante bigote. El de los calcetines le está contando que se ha dejado la tarjeta dentro de su habitación y que ahora no puede entrar y que ya no sabe qué hacer. También le dice «Aquí se divierte el oso hormiguero», y yo me quedo pensando porque la frase me recuerda algo, y no sé el qué. El del bigote prueba con su tarjeta mientras trata de tranquilizar a nuestro hombre de los calcetines blancos diciéndole que no pasa nada. Le explica que como los han traído en el mismo autobús es muy probable que su tarjeta también funcione, y que si no, siempre queda la posibilidad de saltar de una terraza a la otra. Un primer escalofrío recorre mi columna vertebral. ¿Se da usted cuenta de que al estar una pegada a la otra resultaría muy fácil?, le dice el del bigote.
Entonces me acuerdo. Apenas poner los pies en Marina d’Or, me ha llegado un SMS de número desconocido con un texto extraño, aquí lo tengo: «Gaily bedight, A gallant knight, In sunshine and in shadow, Had journeyed long, Singing a song, In search of Eldorado: EXTERMINATE THE BRUTES!!». Tampoco lo he entendido, por eso una frase me recuerda a la otra… aunque me mosquea que quienquiera que lo haya escrito pueda saber que ando tras El Dorado… Quién sabe, quizá formase parte de una campaña viral, un pásalo, yo qué sé. Lo cierto es que antes, en el comedor, no me he fijado en si el señor de los calcetines blancos podía con el menú que se había agenciado o no. He concentrado toda mi atención en aprender el funcionamiento del bufet libre. Esto es lo que sucedió allí.
LA SORPRENDENTE APARICIÓN DEL MALABARISTA. UN LUGAR PELIGROSO NO SIEMPRE TIENE LA PINTA DE LUGAR PELIGROSO. MI AMIGO MAC
La disposición de la comida en un recorrido de expositores self service con la oferta ordenada desde los entremeses de mortadela y salami y las ensaladas y las raciones individuales de salchichón hasta la repostería al por mayor, me ha trasladado mentalmente a una de esas cafeterías-restorán que hay en la autopista junto a las gasolineras.
De forma automática he buscado las bandejas para subirme yo también al tren de la nutrición vacacional. Pero no hay bandejas. La cosa no llega a tanto.
La mitad del comedor está reservado para grupos. Me lo dice uno de los camareros cuando al ver que estaba más despejada me he dispuesto a sentarme precisamente en esa parte. Obedezco y me busco la vida en el otro lado hasta que voy a dar con un tipo que apenas verlo me ha resultado muy curioso. También él parece haberse equivocado, o acaso haya decidido cambiar de lugar por otro motivo…
El tema es que lo he visto llegar a su sitio con uno de sus platos casi vacío.
El otro, lleno de fiambre y con dos pedazos de pan, le ha caído al suelo cuando trataba de dejar sobre la mesa su botella de vino Marina d’Or cosecha de 2005 sin que se le resbalase la copa que sujetaba con la misma mano. He decidido sentarme frente a él dejando dos mesas de por medio para no perderme sus peripecias si es que tenía pensado seguir con el espectáculo, pues con el ruido del primer plato rompiéndose contra el suelo y el colorido de las salpicaduras del poco rape en salsa que todavía no se había comido y que tras un aspaviento de sorpresa también ha terminado lanzando por los aires, ha conseguido armar un jolgorio divertidísimo. En tres mesas a la redonda todo el mundo ha quedado fascinado. Aunque la alegría no ha sido tanta ni la sangre ha llegado al río, pues la función era de un único acto y ese tipo tan curioso ya no ha vuelto a romper nada. El primero de los tres camareros que de inmediato han acudido en su auxilio se ha encargado de llevárselo todo; el segundo, con el pelo largo recogido en una coleta, se ha puesto de inmediato a fregar el suelo con la mayor diligencia, y el último, el último le ha explicado al Malabarista que no pasaba nada, le ha dicho que eso le sucede a cualquiera, hombre… que no se preocupase, que ahora mismo iba y le traía otros dos platos tan llenos de comida o más.
–¿Por cuál de nuestras propuestas gastronómicas se había decantado usted, caballero?
Yo lo escuchaba todo atentamente y tomaba nota, y en dos minutos le han traído todo a la mesa.
El Malabarista duda. No sabe si acceder, no sabe si ir a buscar la comida él mismo o si debería salir de allí como un rayo y comer en cualquier otro sitio… pero ya digo, no le han dejado decidirse.
En los quince minutos que le ha llevado dar cuenta de las viandas no ha logrado sacarse de la cabeza que es un estúpido.
Soy un estúpido, esto me pasa por querer llevarlo todo de una sola vez, con lo fácil que hubiese sido hacer otro viaje.
Es entonces cuando se da cuenta de que yo le estaba mirando divertido. Quizá por eso se ha puesto tan nervioso, tal vez por eso no haya bebido más que un único aunque generoso vaso de vino y se haya bajado hasta los topes la visera de la gorra azul de Renault con las palabras Frenando y Alfonso impresas en amarillo y quizá también por eso, quién sabe, al levantarse por fin para abandonar el salón haya tenido tanto cuidado en no tropezar de nuevo y caerse, quién sabe, sobre una de esas señoras mayores que saltan de un mostrador a otro como si el laberinto que en este lugar forman los mostradores con comida no tuviese para ellas el más mínimo secreto.
Según he podido comprobar, aquí la mayor parte de los inquilinos tiene la posibilidad de pagar menos por sus trayectos en tren si presenta su tarjeta oro de jubilado en la ventanilla. Supongo que tiene que ver con que éste es el hotel más barato.
En cualquier caso, y por decirlo así, el anciano de los calcetines no es una anomalía. Menudo tipo… la hora de comer y aún lloriqueando por haber olvidado su tarjeta dentro al cerrar la puerta de su habitación: su vecino el del bigote insistiendo, no perdemos nada por intentarlo, a mí me parece que la pared entre una terraza y la otra no es tan alta.
Es cuando he salido de allí y he regresado a mi habitación a encontrarme con el estropicio de ron y calcetines empapados, mierda, y he pensado en la teoría de mi amigo Brona sobre la plaza de toros y en lo bien que le sentaría al ingeniero de caminos una estancia gratuita y prolongada, con acceso libre a los servicios más exclusivos de las instalaciones taurinas.
LAS SUPERABUELAS NO SON UNA LEYENDA URBANA NI UNA SERIE MULTIPLICADA. SOPHIE Y ANGELINE, FASHION VICTIMS
El diamante azul es de color azul turquesa. Llega mi ascensor. El diamante azul pesa 250 miligramos. Pulso el botón de la planta baja y pienso en la manzana roja. El diamante azul está compuesto por una parte de MDMA y tres de difenhidramina. El ascensor me dice que las puertas se están cerrando y que nos dirigimos a la planta baja. Empiezo a sentirme diamante azul.
Se abren de nuevo. Mientras el ascensor vuelve a informarme de que las puertas se están abriendo, me doy cuenta de que estaba equivocado. Y no es que confunda el diamante rojo con la manzana azul, sino que el dum-dum sordo que escuchaba desde mi habitación en realidad no procedía de un restaurante en primera línea del jardín. Es mucho más extraño y pavoroso. En realidad procede de la recepción del hotel. Otra vez siento un hormigueo en la nuca. Desde allí arriba en mi habitación hubiese jurado que la selección musical que me llegaba junto con el cantar de la radial consistía en una combinación de solistas de gala televisiva y grammys latinos recientes y pegadizos. El cosquilleo llega por fin a mis orejillas. Ahora veo que estaba equivocado y que es música electrónica a todo trapo lo que permite a esos viejos flotar en el aire llevados por el demonio y animados por una fuerza extraña y magnética que a algunos los mantiene pegados al techo agitando los brazos y con el semblante despreocupado.
Y aunque me cuesta creerlo, un escuadrón que debe de aglutinar un total de doscientos cincuenta años me sobrevuela en un picado de reconocimiento en forma de flecha.
Acaba de suceder ahora mismo.
Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos para comprobar la catástrofe o la equivocación.
El resto del mobiliario sigue rindiéndole vasallaje a las leyes de la gravedad.
Los periódicos continúan sobre la mesilla de la entrada.
Las latas de Coca-Cola y las botellas de litro y medio de agua que estaba bebiéndose este enjambre de aficionados al médico de cabecera siguen de pie junto al resto de sus bolsos, riñoneras y abanicos Marina d’Or.
Y vienen disparadas hacia mí las tres Superabuelas y me doy cuenta de que a las recepcionistas les parece todo muy normal y pienso, temo, que debe de ser cosa mía. Ahora es el terror lo que atraviesa mi espina dorsal. Miro con la falsa ilusión de encontrarme tras un cristal blindado, observo extrañado, y lo que veo me parece terrible.
Sophie, la recepcionista que me atendió esta mañana y me dijo que no, que Nuria no estaba, que ella trabajaba en la unidad de atención telefónica y no en recepción, Sophie porta con esmero y dignidad el traje regional de Marina d’Or. Desde donde estoy no se aprecia porque lo impide el mostrador y yo no acabo de enfocar, pero antes me he fijado en esas admirables medias listadas que conducen sinuosamente sus pantorrillas hacia las típicas almadreñas, mostrando apenas los ribetes de las enaguas e insinuando el justillo bordeado de terciopelo. Bajo el jubón, una chambra y bajo ésta un corpiño, un corpiño cuya trama y urdimbre son de lana escogida y peinada. En el pañuelo que toca graciosamente su testa, Sophie lleva bordado el velero de Marina d’Or en azul y amarillo. En la faltriquera, dos bolis Marina d’Or, uno azul y el otro amarillo. Del cuello le cuelga un magnífico relicario. Ciertos estudios independientes realizados durante el transcurso de las Jornadas de Divulgación Científica Marina d’Or que tuvieron lugar hace tres meses en la sala audiovisual situada en el segundo piso del hotel balneario de cinco estrellas, revelan que el traje regional de Marina d’Or es mucho más antiguo que el traje de sevillana o el de castellonera, y apuntan como origen más probable a la cultura íbera. En cambio la otra recepcionista, Angeline, viste un traje chaqueta Punto Roma estilo Norma Dubal. Con esta aparente contradicción entre Angeline y Sophie, la dirección del establecimiento trata de transmitir la dicotomía modernidad-tradición que inspira al grupo Marina d’Or en su camino hacia el futuro. Aunque, ¿qué importa si ellas dos, si Sophie y Angeline, encasquetadas en su mostrador de recepción y boli en mano, son las únicas personas a parte de mí que ahora mismo siguen pegadas al suelo? Da la impresión de que pasan de todo, de que no saben distinguir entre una manzana y un diamante ni les importa que las tres brujas del vuelo rasante la hayan tomado conmigo. Actúan como si todos estos dinosaurios voladores formasen parte de un plan siniestro.
La primera de las viejas que han decidido atacarme, Lilith, corta ahora mismo el aire con su nariz afilada y los brazos pegados al tronco abriendo una brecha que acoge el vuelo de las otras dos. Todas empuñan un bolso. Parecen estar dispuestas a impactar sobre mí.
Yo me froto los ojos con violencia y pienso que no es cierto. Me agarro el pelo. Un nuevo escalofrío me atraviesa. Esto no puede estar sucediéndome.
Aun aceptando que por un motivo impensable, o acaso como resultado de algún arcano conjuro, todos esos vejestorios estén flotando realmente a mi alrededor en una parodia de escena campestre a gravedad cero, estoy seguro de no haber violado todavía ninguna de las normas de comportamiento de esta extraña comunidad. No he tenido tiempo. Ni tengo por qué sentir miedo.
No merezco esto.
Pero así es.
Lo primero que salta a la vista en Lilith, la superabuela que comanda el grupo de ataque, es su agria expresión. Todo parece indicar que en ella el ceño fruncido no es un ejercicio sino un estado, y que el filo de su nariz aguileña es menos una parte de su herencia genética que el resultado de arrugar siempre el gesto en posición
