Arrebatos carnales

Francisco Martín Moreno

Fragmento

Arrebatos carnales 1

A Francisco Betancourt, el hombre generoso que obsequia palabras de aliento cuando más se necesitan.

Ven, ven, toma una silla, sí, aquella, la de bejuco, la que se encuentra al fondo, mi preferida, la de mis más felices recuerdos. Yo conservo una, la otra se perdió en la noche de los tiempos cuando Maximiliano abandonó para siempre su pequeño Trianón, mejor dicho, nuestro pequeño Trianón, construido en Acapatzingo, Morelos, en donde volvimos a vivir días de apasionado amor como en los felices años cuando éramos adolescentes y mi tío Enrique Bombelles nos educaba en los suntuosos palacios de Viena.

Ven, ven, te cuento, ¿sabías que Maximiliano de Habsburgo era nieto de Napoleón, sí, el emperador de los franceses y rey de Italia? ¿Sabías que Maximiliano era homosexual, pero que además disfrutaba compartir el lecho con mujeres? ¿Sabías que a partir de su llegada a México y varios años atrás, la pareja real nunca volvió a dormir en la misma cama y que las historias de amor respecto a su eterno idilio eran totalmente falsas? ¿Sabías que cuando Carlota abandonó México para no volver jamás y viajó por Europa movida supuestamente por el deseo de convencer a Napoleón III y al Papa Pío Nono de las consecuencias de abandonar a su suerte al Segundo Imperio Mexicano, en realidad la emperatriz huía del país para ocultar un embarazo, cuya paternidad era completamente ajena a Maximiliano, quien nunca reconoció al hijo bastardo que su esposa diera a luz el 21 de enero de 1867? ¿Sabías que la así llamada locura de Carlota no era sino una estrategia para excluirla y excluirse de la sociedad y esconder así su estado de gravidez? ¿Sabías que mientras Carlota negociaba en Francia la salida de las tropas francesas del territorio mexicano en el verano de 1866, la India Bonita, Concepción Sedano, una de las amantes de Maximiliano, daba a luz a un hijo de ambos en Cuernavaca? ¿Cuál fidelidad entre la famosa pareja real…? Sí, en efecto, cornudos ambos…

¿Sabías, sabías, sabías…?

Ven, ven, acércate, confía en mí, no te dejes impresionar por las terribles condiciones de miseria en las que vivo desde que el emperador Francisco José, medio hermano mayor de Maximiliano, me excluyó de la corte sin detenerse a considerar que me sepultaba en la pobreza. ¡Cómo olvidar cuando mi Maxi me nombró coronel comandante de la Guardia Palatina en el Segundo Imperio Mexicano o cuando, a mi regreso de México, el propio Francisco José me acogió para elevarme a la categoría de Gran Chambelán de la casa del archiduque Rodolfo! No, el agradecimiento no es un sentimiento que anide en la aristocracia.

Yo, Carlos Bombelles, el conde Carlos Bombelles, título de nobleza heredado de mi padre, escúchame bien, fui el primer hombre que besó a Maximiliano escondidos en cualquiera de los cuartos del Castillo de Schönbrunn en 1840, cuando ambos contábamos con tan solo ocho años de edad. Todo comenzó como una travesura sin que yo imaginara, por mi corta edad, la trascendencia de disfrutar semejantes relaciones con el heredero al trono austríaco, en el caso de que llegara a faltar Francisco José. En aquella feliz coyuntura que yo jamás olvidaré, intercambiamos besos esquivos y juguetones en la boca antes de reventar entre carcajadas sin que pudiéramos vernos a la cara congestionada por el rubor. Justo es reconocerlo, nuestra inocencia nos impidió llegar a las caricias y a la adopción de papeles propios del niño o de la niña, episodios que se darían después cuando la pasión y la madurez, la plena conciencia de los poderes ocultos de nuestros cuerpos, irrumpieran en nuestras vidas con la fuerza de un huracán.

Maxi y yo, al final niños, corríamos a lo largo de los interminables pasillos del castillo rompiendo con cualquier protocolo y sin tomar en cuenta que tal vez heríamos la memoria de María Teresa, Su Real Alteza Imperial, la archiduquesa de Austria y reina de Hungría y Bohemia, un siglo atrás. No, nada nos detenía: de la misma manera en que nos correteábamos en medio de un griterío ensordecedor por las galerías y salones, de cuyos techos colgaban enormes candiles decorados con miles de brillantes, auténticas arañas de vidrio, y retozábamos sobre inmensos tapetes persas sin percatarnos de la presencia de varios gobelinos descoloridos que contenían diversos pasajes heroicos de la historia del Sacro Imperio Romano Germánico, salíamos de golpe al jardín francés o al inglés o al botánico, hasta llegar al grito de “salchicha el último” a la glorieta en donde se encontraba el gran parterre. Nunca dejamos de sorprendernos por los extraños animales que alojaba el zoológico, extraídos, según las apariencias, de antiguas fábulas, ni nos explicábamos por qué a los mayores les llamaban tanto la atención las ruinas romanas ahí todavía existentes, o bien la fuente con un gran obelisco. Para nosotros, alegres chamacos, todo era diversión en aquellos exquisitos espacios construidos por generaciones de austríacos ilustres, ávidos de lujo, boato, bienestar y trascendencia política.

Nos cansamos de visitar las recámaras habitadas, en su momento, por Napoleón Bonaparte, el invicto general invasor, al igual que aquellas en las que fallecería su propio hijo, Napoleón Francisco José Carlos Bonaparte, mejor conocido como Franz, al cumplir tan solo 22 años de edad. Uno de los secretos mejor guardados en la corte austriaca fue, sin duda alguna, la relación que sostuvo la archiduquesa Sofía con el joven Bonaparte, Napoleón II, el Aguilucho, el rey de Roma, no solo por su físico, sino por su sensibilidad y talento, muy a pesar de estar casada de acuerdo con la ley y la Iglesia con Francisco Carlos, el Bombón o el Bonachón, un imbécil, incapaz de juntar ambas manos para producir un breve aplauso. Sofía de Baviera ya había sucumbido al poder de los intereses políticos impuestos por la realeza y había dado a luz a Francisco José, el futuro emperador austrohúngaro, en la inteligencia de que contraer nupcias con un Habsburgo de la más pura cepa, por más taras que este exhibiera, de ninguna manera constituía un objetivo menor…

Maximiliano, mi íntimo amigo de correrías infantiles, conocería mucho tiempo después la identidad de su propio padre, Napoleón II, quien había muerto de pulmonía agravada por una avanzada tuberculosis, 16 días después de que Maxi, mi Maxi, llegara a este mundo. Sofía no ocultó el profundo dolor que le produjo el precoz fallecimiento de su ilustre amante, el adorado Aguilucho, de cuyo lecho mortuorio solo pudo ser apartada cuando las contracciones del parto anunciaron el nacimiento de Maximiliano, obligándola a retirarse para dar a luz al real bastardo el 6 de julio de 1832.

Napoleón II, agonizante, sabiendo de sobra que se le escaparía la vida en cualquier suspiro prolongado, todavía contó con tiempo para redactar una carta dirigida a su hijo, el futuro Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, a quien, bien lo sabía él, ya no vería crecer ni reír ni llorar ni jugar ni trepar ni soñar ni dormir…

Mi bien amado hijo:

Yo, vuestro infortunado padre, me preparo a abandonar este mundo en el mismo instante en que vos acabáis de llegar a él. Este demonio de rostro humano, Metternich, se ha dado cuenta de que no he de vivir mucho tiempo. Mis locuras han sido provechosas a sus designios. Temo que sepa el secreto de vuestro nacimiento. Para preveniros en contra suya, escribo la presente carta, con la esperanza de que la conozcáis en un momento en que os sea posible pensar con libertad. Nada os dirá vuestra madre; ella considera una vergüenza el haber llevado a un hijo que es el nieto y el verdadero heredero del más grande hombre que ha existido, y un día os será dado cumplir vuestro destino.

Francia reclamará un día, para gobernarla, al descendiente directo del más grande de sus hijos, y cuando llegue ese día, deberéis proclamar en voz alta vuestro origen. Sois, en efecto, de sangre imperial por los dos costados.

Envío este cofrecito de joyas a vuestra madre, con la petición póstuma de que lo guarde para vos hasta el día en que lleguéis a ser adulto, y que entonces os lo entregue. Temo mucho que ella os calle siempre que este es un regalo mío; tanto es lo que teme comprometerse.

Con todo, he encargado a dos de mis amigos os digan, cuando lleguéis a los 21 años, que esta cajita era mía y que puede conferiros un gran poder. Espero que este simple mensaje despertará vuestra curiosidad lo suficiente para incitaros a romper el cofrecillo y descubrir mi carta.

Mi pobre espíritu ha llegado al límite de sus fuerzas. Solo puedo orar para que un ángel bueno se encargue de aquella misión y para que se os haga justicia.

Vuestro padre que agoniza,

Napoleón II1

¡Claro que Maximiliano llegó a conocer el origen de su sangre real por ambos costados, pero se cuidó mucho de proclamarla en voz alta! Eran muchos y diversos los intereses políticos que estaban en juego. ¡Claro que nunca hizo referencia a ser el nieto del “hombre más grande que había existido”! ¡Claro que después de haber sido fusilado por el ejército liberal mexicano, el cadáver de Maximiliano fue amortajado y enviado a Europa para ser colocado en la cripta de los Capuchinos —el Escorial austríaco— junto al lugar en donde descansaba su verdadero padre, mientras que su abuelo pateaba una y otra vez su ostentoso ataúd en Los Inválidos, muy cerca del Sena, a un lado del pueblo que tanto amó…! ¿Cómo que su querido hijo y su nieto habían quedado sepultados entre austríacos cuando Franz, sobre todo Franz, un nombre invencible, su Aguilucho, era un francés de la más pura cepa, a quien el príncipe Metternich pensó en asesinar una y otra vez para evitar una nueva convulsión europea? ¡Cuidado con los Bonaparte…! Si algo pudo consolar al gran Napoleón en el más allá fue el hecho de saber y constatar cómo una mujer con el rostro oculto por una pañoleta negra depositaba, día con día, un ramo de flores frescas sobre el sarcófago del duque de Reichstag, su hijo. Nadie nunca sabría que se trataba de la archiduquesa Sofía que moriría eternamente enamorada de aquel joven, mezcla de Habsburgo y Bonaparte, nacido para dominar el mundo…

Sí, yo fui quien aceptó el penoso encargo de identificar el cadáver de mi amado, el heredero de Mayerling, cuando este fue enviado de México. Después de la entrega de unas monedas de oro y de las súplicas vertidas por Maxi al pelotón de fusilamiento de modo que no le dispararan a la cara para no llegar con el rostro destrozado a Miramar, los soldados mexicanos cumplieron su palabra al pie de la letra, pero en cambio, la mayor parte de los tiros dieron precisamente en el blanco: en los testículos del emperador, como si quisieran darle una lección a los extranjeros que intentaran volver a invadir militarmente su país para gobernarlo por medio de las bayonetas.

—¡Hombre, hombre! —se dolía Maximiliano tirado en el piso con el rostro lleno de polvo mientras se cubría con ambas manos los genitales, en tanto que Aureliano Blanquet lo volteaba de cara al sol para dispararle dos tiros dirigidos al corazón.

—Este güerito sí que me salió cabrón —dijo el militar mexicano encargado de rematar al aristócrata—, no cualquiera resiste dos disparos de mi compañera inseparable —agregó sorprendido al tiempo que acariciaba la cacha de concha nácar de su pistola.

Pero bueno, querido amigo, no te hice venir a estas horas de la noche, en medio de una densa nevada alpina, para contarte la historia de los padres de Maximiliano, el amor de mi vida, sino para revelarte intimidades de esa famosa pareja real, cuyas relaciones amorosas no pudieron sino concluir en una escandalosa tragedia de proporciones previsibles, tal y como lo repitió hasta el cansancio la reina Victoria de Inglaterra.

El conde Carlos Bombelles narró entonces, a la luz de la llama de una vela parpadeante, la afición de Maximiliano por el mar, sus viajes a lugares remotos del Mediterráneo, sus visitas recurrentes a los puertos más pintorescos, donde desembarcaba goloso para dirigirse con paso apresurado a los mercados, con el fin de participar en las subastas de esclavos y esclavas, con quienes, una vez de su absoluta propiedad, organizaba espléndidas bacanales. Durante aquellos recorridos probó por primera vez el hachís hasta terminar posteriormente con el opio, el que ingirió en forma de pastillas hasta el mismo día de su fusilamiento.

Yo ya no estaba en México el día de su ejecución, pero supe que consumió una buena dosis antes de ser pasado por las armas del miserable bribón de Juárez, un apestoso indio enano que nunca supo ni imaginó ni entendió a quién mandó asesinar por más que hayan tratado de disimular el homicidio por medio de un juicio improvisado, tendencioso y perverso. ¡Con un millón de esos aborígenes zapotecos no haces ni medio Fernando Maximiliano, archiduque y príncipe real de Hungría y Bohemia, conde de Habsburgo y príncipe de Lorena, un legítimo heredero de los Hohenstaufen, descendiente de los duques de Borgoña, de Carlos V y nieto de José II…! ¿Me entendiste…? Mira que venir a perder la vida en México a manos de un indígena analfabeto… Mon Dieu !

Pero volvamos al tema que nos ocupa. Cuando Maximiliano y Carlota fueron presentados en los elegantes salones de los palacios de Bélgica, ella contaba con 16 años de edad y él con tan solo 24. Maxi no había podido olvidar todavía a la también joven princesa portuguesa Amalia de Braganza, recién fallecida, su gran amor hasta antes de conocer a Carlota, quien se entusiasmó desde un primer instante con la soberbia presencia de este magnético archiduque de elevada estatura, ojos verdes, piel blanca, la de la auténtica realeza europea, eternamente pálido, barba entre rojiza y rubia, partida en dos; frente amplia, despejada, manos bien cuidadas, dientes, eso sí, desiguales y con manchas cafés, de exquisitos modales, espléndida educación, un simpático conversador de semblante varonil y grave. Maxi atrajo de inmediato la atención de la hermosa heredera belga, la que se encargó de presionar a su padre, el rey Leopoldo, para que moviera sin tardanza alguna sus influencias a través de los canales diplomáticos, de modo que se precipitara, a la brevedad posible, la ceremonia matrimonial. ¡Cuidado con que otra doncella de las cortes europeas le pudiera arrebatar a este orgulloso vástago de la casa Habsburgo! El enlace fue provocado por Leopoldo para darle gusto a su hija, huérfana de madre desde los siete años de edad: “La niña quería marido, el papá quería un marqués, el marqués quería dinero, ya están contentos los tres”.

Debes saber, querido lector, que Carlota, una mujer políglota, estudiosa de cuestiones económicas, políticas y jurídicas, se casó profundamente enamorada. La emperatriz no se distinguió por su belleza ni poseía la fina y soberana elegancia de su marido, el archiduque y emperador. Si bien era alta, delgada, bien hecha, de bellos y expresivos ojos, de tez blanca y cabello negro, invariablemente se conducía con una actitud sombría, triste, sin que en ningún caso proyectara la imagen de una mujer dichosa ni entusiasta. Maxi, por su parte, contrajo nupcias profundamente interesado en la fortuna y en la dote que pagaría la casa real de Bélgica el día del intercambio de las argollas. No se equivocó. Recibió 3 millones de francos, además del generoso obsequio de Leopoldo I a su querida hija. De esta transacción salieron los fondos para poder construir su famoso Castillo en Miramar. Sin embargo, el desengaño no tardó en presentarse como si un telón se hubiera desprendido del techo, estrellándose violentamente contra el piso. Bien pronto todo quedaría al descubierto exhibiendo a los actores en paños menores. Los primeros años de convivencia arrojaron datos contundentes: las personalidades de ambos resultaban evidentemente incompatibles. Carlota había sido preparada para gobernar, gozaba el ejercicio de la política, mientras que Maximiliano, a diferencia de sus tres hermanos formados en la línea militar, disfrutaba el ocio, il dolce far niente, caminar por el bosque, cazar mariposas y atrapar los más diversos tipos de insectos y de dípteros. Coleccionaba abejorros, sobre todo los tropicales, además de mayates, proturos, colémbolos, tisanuros, dipluros, odonatos, blactáreos, dermápteros, isópteros, neurópteros, hemípteros, sin olvidar a diversas especies de arácnidos y demás bichos vivientes por demás espantosos. ¡Qué horror…! Jamás el trabajo llamó tanto su atención como la lectura de poesía europea, invariablemente rodeado por la naturaleza, más aún si esta era tropical como la de Cuernavaca. De gobernar ni hablemos…

El primer gran golpe, imprevisto, rudo y certero, la decepción de su existencia, se la llevó en pleno rostro Carlota cuando visitaron la isla de Madeira, durante la luna de miel. Lo acepto, lo concedo: Maxi cometió, en dicha ocasión, excesos imperdonables e indigeribles para una mujer tan joven e ingenua como su candorosa cónyuge. Cuando el amor de la pareja alcanzaba su máxima expresión llegó a oídos de ella que su marido había pasado la noche con tres musculosos esclavos negros provenientes del África septentrional, la mejor bacanal de nuestra existencia a la que yo también fui cordialmente invitado… La realidad, la auténtica verdad consistió en que no fueron tres, sino cuatro los esclavos que compramos para pasar varias noches con ellos, no solo una. ¡Qué va…! Recuerdo que las velas escasamente alumbraban sus cuerpos fornidos, selváticos, los propios de fieras poderosas ejercitadas para matar. Algún hechizo especial sentimos Maxi y yo cuando acariciamos esos brazos semejantes a troncos de árbol y tocamos sus piernas talladas en maderas oscuras preciosas creadas por la naturaleza para no descansar jamás. Aquellos hombres jóvenes podían haber acabado con nosotros porque no parecían agotarse. Después de cada encuentro amoroso perdidos entre piernas, brazos, penes, lenguas sedientas, labios mordelones, cabezas y cabelleras, olores a rancio de mil siglos, ellos parecían adquirir nuevas fuerzas, con las que podrían habernos aniquilado de no ser porque Maxi y yo huimos oportunamente antes de desfallecer para siempre aprisionados por la musculatura de estos salvajes medio simios y medio humanos…

El golpe de muerte lo recibió Carlota cuando, a pesar del pleito en pleno viaje de novios —alguien, por supuesto, se ocupó de delatar nuestras felices andanzas—, Maximiliano y yo nos embarcamos juntos rumbo a Brasil, abandonando por un par de semanas a la recién casada en aquella isla atlántica. Nunca se lo perdonó a su marido. Volvimos de América lo más rápido posible, pero a partir de esos hechos tan significativos y no menos catastróficos, la pareja real volvió a compartir lecho de tarde en tarde, muy de tarde en tarde… Su relación matrimonial quedó severamente dañada. Los arrumacos eran ciertamente esporádicos. Si acaso Carlota aceptaba el intercambio carnal eventual, por cierto, era por un deseo tan fundado como justificado de conocer la dicha de la maternidad y también, claro está, de hacerse de un heredero que pudiera presidir el día de mañana el imperio austro-húngaro o el belga, según jugara la vida sus partidas imprevisibles…

No puedo dejar de hacer constar el odio y el resentimiento con los que la futura emperatriz castigaba mi presencia cuantas veces nos reunían las circunstancias. Suscribieron un pacto implícito en el que ocultarían ante terceros la desastrosa realidad de su relación con todo género de cartas y textos, unos más hipócritas que otros, a través de los cuales exhibirían al mundo la envidiable fortaleza de su matrimonio, las ligas románticas que los unían, la sólida identificación que disfrutaban, el intenso amor que se dispensaban recíprocamente, así como el promisorio futuro que ambos conquistarían mediante la suma de esfuerzos y facultades que concurrían en ambos. Sí, sí, lo que fuera, cualquier pretexto sería válido, pero Maxi no volvería a tocarla… ¿Estamos?

¿Con quién se sentía Maximiliano un auténtico rey, el emperador de Austria y de todas las Europas y de todos los continentes? ¿Con quién se sentía el amo del mundo? No lo pienses mucho, amable lector: conmigo, solo conmigo, con Carlos Bombelles. Maximiliano y yo recordamos entre carcajadas las maldiciones lanzadas por Carlota con el rostro trabado, descompuesto, cuando nos hicimos a la mar sin considerar que se trataba de su luna de miel, el momento que una mujer espera durante una buena parte de su vida… ¿Su qué…? ¿Su luna de miel…? ¡Qué va…! ¡Nuestra luna de miel! En mi memoria solo hay espacio para volver a vivir las caricias que intercambiamos Maxi y yo, los besos interminables cuando despertábamos fundidos en un abrazo, entrepiernados, sudorosos, hechizados por el lenguaje de nuestros cuerpos en el interior de nuestro camarote. ¡Cuánto admiraba y disfrutaba el rostro sereno de este singular Habsburgo, de escaso parecido napoleónico, cuando dormía apaciblemente durante la travesía! Éramos el uno para el otro. El contacto de su barba con mi rostro lampiño me enloquecía. ¡Claro que los integrantes de la tripulación nos miraban sorprendidos; eso sí, con la debida discreción! Nada nos importaba salvo entregarnos todos los días de navegación trasatlántica a los placeres de la piel, a intercambiar saliva, a estrecharnos hasta la asfixia, a contemplarnos extasiados, a acariciarnos el cabello el uno al otro, a adorarnos hasta el límite máximo de nuestra imaginación recurriendo a diversos objetos o posiciones que o nos reportaban mucho más allá del placer esperado, o bien nos hacían estallar en carcajadas, las mismas de aquellos tiempos cuando nos besamos por primera vez en los elegantes salones eternamente vestidos de etiqueta en el Palacio de Schönbrunn…

A partir de 1861, toda vez que el clero mexicano y sus huestes habían sido derrotados en la guerra de Reforma, Napoleón III propuso la candidatura de Maximiliano para hacerse cargo del gobierno mexicano, cuando mi Maxi llevaba escasamente cuatro años de casado y contaba con tan solo 29 años de edad. Apenas había sido expulsado de Milán donde se desempeñaba nada menos que como virrey de Lombardía: una revolución nacionalista —de la que no fue ajeno el propio Napoleón III, quien la apoyó en secreto— lo obligó a abdicar para ir a buscar refugio en el Castillo de Miramar, recién construido con el dinero de la dote pagada por el rey de Bélgica. Tiempo después comenzarían las visitas oficiales de los grupos conservadores y clericales interesados en la instalación del Segundo Imperio, tan pronto el ejército francés aplastó finalmente al mexicano, integrado por muertos de hambre, soldados liberales fatigados, exhaustos, escépticos, a raíz de la conclusión de la devastadora guerra de Reforma. Asistí al desfile de las máximas autoridades eclesiásticas mexicanas en Miramar como la del arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien posteriormente se haría cargo de la regencia del imperio, o sea de la jefatura del Estado mexicano, en espera del arribo de Maximiliano, además del cura Francisco Xavier Miranda y Morfi, quien de hecho había sido, según lo supe después, el verdadero presidente de la República, el auténtico poder detrás del trono, durante el breve gobierno de Félix Zuloaga, este último una triste marioneta al servicio de los intereses de la Iglesia mexicana.

La delegación de traidores mexicanos —¿es excesivo el término?, entonces, ¿cómo se llama o se califica a quien vende o entrega su país a extranjeros por la razón que sea…?— que acosó a las cortes de Francia y de Austria, además de las nutridas comisiones de sacerdotes, curas y obispos que viajaban a Europa para convencer e imponer a Maximiliano, estaba integrada fundamentalmente por José María Gutiérrez Estrada, Juan Nepomuceno Almonte, hijo natural de José María Morelos y Pavón, y José Manuel Hidalgo Esnaurrízar, el ministro en París de Maximiliano, entre otros tantos más. Yo los recibí en Miramar, hablé con ellos, me percaté de su sorprendente capacidad de convencimiento, así como de su escasa calidad moral. Después de tanta insistencia para que fuéramos a México, después de haberlos escuchado mentir y engañar de la manera más artera alegando que todo México exigía la presencia de Maximiliano como jefe del Estado, ¿sabes cuántos de ellos se jugaron el pellejo viajando con el emperador a su propia patria en lugar de buscarse cómodas posiciones diplomáticas en Europa dotadas con buenos emolumentos sin correr riesgo alguno? ¿Sabes cuántos de ellos asistieron a las exequias del tristemente célebre emperador de México cuando lo enterramos definitivamente en la tierra que lo vio nacer? ¿Sabes cuántos de ellos mostraron algún agradecimiento hacia el esfuerzo realizado por Maximiliano desde que tuvo que renunciar a sus títulos nobiliarios para irse a jugar la vida a México? Insisto: quien traiciona a su patria está roto por dentro y quien está roto por dentro no puede tener sentimientos de ninguna índole… Por eso mi Maxi escribió, y dejó por ahí escondido en el Castillo de Chapultepec, un librito al que tituló Los traidores pintados por ellos mismos, donde describe y desnuda a esos seres deplorables. Algún día la posteridad deberá honrar estas líneas históricas cargadas de verdades en relación con el comportamiento de los conservadores clericales, los malditos cangrejos de todos los tiempos…

Después de las visitas, de los innumerables escritos, cartas, pliegos, certificados espurios, de las promesas y garantías políticas vertidas por los ensotanados y los conservadores, mejor conocidos como cangrejos en el argot político mexicano, porque caminan para atrás, vinieron las presiones de Napoleón III y, por si fuera poco, las de los Habsburgo, en particular las de Francisco José, su hermano mayor, ungido emperador a los 18 años, en 1848, y las de Sofía, su madre, ambos interesados en deshacerse de Maximiliano con cualquier pretexto para apartarlo de la línea sucesoria y privarlo de la menor posibilidad de acceso al trono del imperio austríaco en su carácter de primer heredero. Por si lo anterior fuera poco, Carlota, ávida de poder y poseída por el deseo de llegar a ser reina y exhibir sus talentos, fortalezas y capacidades como gobernante, guiada por una ambición ciega, insistió aún más que Napoleón III, que Eugenia, su esposa, que Francisco José y Sofía, y que nosotros mismos, Schertzenlechner, el valet de cámara, y yo, para que Maximiliano aceptara la corona mexicana, sin que nosotros, al menos, hubiéramos oído hablar siquiera de México.

Cuando el matrimonio entre Maxi y Carlota era relativamente tierno, la pareja recibió un segundo golpe demoledor del que nunca pudo recuperarse. Se estrellaron abruptamente contra un muro. Ella abortó a su primer hijo en condiciones desastrosas. El futuro heredero de la casa Habsburgo y de la belga fue tirado a los basureros reales envuelto en paños ensangrentados. El epitafio grabado sobre la fría lápida sin nombre, sin lugar ni fecha, dice así:

Yace aquí quien no pecó

ni jamás pudo pecar

le llamó a Jesús muriendo

y no se pudo salvar.

¡Claro que Maximiliano podía engendrar un hijo: nada de que las paperas sufridas en sus años de niño, convertidas en orquitis, lo habían dejado estéril ni que fuera impotente de nacimiento o que hubiera contraído sífilis en uno de sus viajes o en sus orgías! ¡Falso! Embustes y más embustes… Más tarde te contaré detalles de su paternidad. Todo lo demás fueron inventos de sus enemigos, la mayor parte de su propia familia sanguínea, la austríaca, y del clero mexicano, resentido porque no derogó las leyes juaristas ni accedió incondicionalmente a sus peticiones políticas, que le hubieran permitido recuperar los bienes y privilegios perdidos durante la guerra de Reforma, el verdadero objetivo que se había propuesto la Iglesia católica al invitar a Maximiliano a venir a gobernar México apoyado por el ejército francés, en aquellos años uno de los más poderosos del mundo.

“Tengo miedo, padre de mi alma —escribía Carlota—, porque, como sabes, he descubierto desde hace tiempo en mi marido una falta de iniciativa que me espanta. Maximiliano tiene más de burgués que de príncipe, y ello puede ahora labrar nuestra desdicha.”

¿Resultado? Maximiliano, viéndose acosado por políticos nacionales y extranjeros, por su propia familia, por su esposa, amigos y colaboradores, y siendo un hombre irresoluto, frágil, sin mayores apetitos políticos, decidió acceder al trono mexicano, siempre y cuando Napoleón III le extendiera toda clase de seguridades militares y se le demostrara que el pueblo de México deseaba su presencia al frente del gobierno y del Segundo Imperio…

¡Claro que se le extendieron las debidas garantías, todas ellas falsificadas como las mexicanas o las francesas, cobardemente urdidas por el clero mexicano y por Napoleón III! El trono se le ofreció formalmente a Maximiliano en octubre de 1863. Lo aceptó después de desahogar a medias sus dudas y suspicacias. Viajó a México en abril de 1864 a bordo del Novara. ¿Cómo se atrevieron los ensotanados y los alevosos conservadores a jurarle a Maximiliano que el pueblo mexicano lo esperaba de rodillas, y todavía le presentaron documentos apócrifos en los que se asentaba una realidad inexistente? ¡Qué engaño! ¿Y el emperador francés no prometió dejar sus tropas en territorio mexicano a sabiendas de que bien podría verse en la obligación de retirarlas al concluir la guerra de Secesión en Estados Unidos, entre otras amenazas previsibles? Trampas, trampas y trampas, mentiras, mentiras y más mentiras… ¡Pobre Maxi, tan débil, tan solo y tan confundido…!

Al despedirse de la emperatriz Eugenia, esta le dijo al oído a Carlota, a la hora del té, en el palacio de Versalles: “No tardará México en poseer un régimen sabio y paternal que os dé todas las garantías imaginables… Vais a ser muy dichosos porque el emperador os dará cuanto necesitéis… Ya veréis cómo a la llegada de Maximiliano todo se pacifica… No perdáis de vista que Brasil tiene su propio emperador pariente de vuestro marido y las cosas marchan de maravilla. No será el único imperio en América”, agregó a sabiendas de que el día anterior se había entrevistado con el embajador plenipotenciario de Norteamérica en Francia y este le había hecho saber con la debida precisión, guardando escrupulosamente las distancias:

—Madame —se dirigió el embajador plenipotenciario a la emperatriz de los franceses—: el norte vencerá. Francia tendrá que abandonar su proyecto y esto terminará mal para el austriaco.

María Eugenia repuso muy excitada:

—Y yo le aseguro que si México no estuviera tan lejos y mi hijo no fuese aún un niño, desearía que se pusiese él mismo a la cabeza del ejército francés para escribir con la espada una de las más hermosas páginas de la historia del siglo.

Flemáticamente, el norteamericano cortó el diálogo:

—Madame, dé gracias a Dios que México esté tan lejos y que su hijo sea todavía un niño…

“Tened la seguridad —escribirá poco después Napoleón III— de que en la realización del cometido que con tanto ánimo tomáis a vuestro cargo, nunca os faltará mi más entusiasta apoyo.” Y claro que le falló: Napoleón III también nos traicionó…

La abuela de Carlota, visionaria y aguda, muy agitada por los proyectos aventureros de sus nietos, gritó al verlos entrar al Castillo de Claremont, en Inglaterra: “¡Oh!, pero ¿qué vais a hacer? ¿Es que no sabéis que los mejicanos son unas criaturas horribles, con semblantes patibularios, que saquean los palacios reales?… ¡Os matarán, os matarán a los dos!”

Los emperadores recibieron, tiempo después, la comunión eucarística de manos de Su Santidad en la Capilla Sixtina:

“He aquí —dijo Pío IX a los soberanos al entregarles la Sagrada Forma— el Cordero de Dios que borra los pecados del mundo. Por Él reinan y gobiernan los reyes… Grandes son los derechos de los pueblos, siendo por lo mismo necesario satisfacerlos, y sagrados son los derechos de la Iglesia, esposa inmaculada de Jesucristo… Respetaréis, pues, los derechos de la Iglesia; lo cual quiere decir que trabajaréis por la dicha temporal y por la dicha espiritual de aquellos pueblos. —Maximiliano manifestó su resolución de reparar los daños hechos a la Iglesia por Juárez y sus amigos.”

El rey Leopoldo, al abrazar a Carlota momentos antes de despedirla en la estación de trenes, le prometió al oído: “Mientras viva tu padre, ha de poner en juego toda su influencia como decano de los reyes de Europa, para que podáis cumplir dignamente vuestro destino. Yo obligaré a ese Bonaparte a mantener su palabra”.

Maximiliano se anima. Brasil, es cierto, también tiene un emperador de origen extranjero. “No estará mal aceptar México y correr el imperio hasta Sudamérica. Tras de México vendrán Colombia y Venezuela; Guatemala se nos adherirá y no tardaremos en saber que otras repúblicas del sur piden también ingresar a la Federación de Estados que se formarán bajo la égida de Carlos V que va a procurar que las cosas de los viejos dominios de sus antepasados vuelvan a su cauce… Me financiaré —agrega— con las minas de diamantes de Guerrero, las de oro de Sonora, las de plata de Guanajuato y Zacatecas y los yacimientos de carbón de Coahuila.”

Cuando Maximiliano aborda la fragata Novara en dirección al puerto de Veracruz, lleva una estocada en el bajo vientre que le atraviesa el cuerpo con un orificio de salida por la espalda a la altura del riñón derecho. Sangra abundantemente por dentro. La herida es mortal, jamás se recuperará ni sanará por completo: su medio hermano, Francisco José, conocedor tal vez del secreto de su madre, lo consideró siempre un enemigo afrancesado, una amenaza para el imperio austríaco, un traidor en potencia, un peligroso napoleoncito al que se le debe someter y excluir de cualquier derecho o privilegio real. El propio emperador empuñará el estoque y se lo encajará a su hermano de frente, viéndolo a la cara:

—Maximiliano, si te conviertes en el emperador mexicano, deberás renunciar a tus títulos austríacos, a tus derechos sucesorios, en fin, al trono austrohúngaro. Escoge: aquí mando yo y mientras yo viva no serás nunca nadie entre nosotros. Ser jefe de gobierno en México, dirigir los destinos de un país que se encuentra al otro lado del mundo, totalmente ajeno a nosotros, es incompatible con tu calidad de heredero. Ve a América para ser alguien, pero abandona cualquier privilegio o posición en Austria… Debes decidir entre la nada aquí o ser alguien allá…

—¿Por qué se quiere dejar ya ahora, en principio, a mis herederos, que todavía no han nacido y que, por lo demás, tengo pocas esperanzas de tener, sin los derechos de sus antepasados?

Al final el archiduque decidió aceptar la corona ofrecida por los mexicanos y renunciar a sus derechos a la sucesión del trono austríaco. La hemorragia era intensa. La suave brisa del Atlántico en aquellos meses primaverales de 1864 le ayudaría a olvidar la ríspida discusión con su hermano mayor, un egoísta, ventajoso, quien finalmente alcanzaba un viejo objetivo: deshacerse de Maximiliano. Francisco José esperaba que desapareciera en ese momento y para siempre. Se cumplieron al pie de la letra sus deseos…

Si bien la llegada a Veracruz a bordo de la Novara fue decepcionante al no encontrar el despliegue de una muchedumbre entusiasmada y delirante en las calles ni distinguir mantas alusivas para agradecer su arribo, ni arcos florales ni marimbas ni los encendidos discursos prometidos ni oradores ni cantantes ni bandas de música ni salvas de honor disparadas por la marina mexicana, además de diversos bailarines de la Huasteca y del puerto que les extendieran una estruendosa bienvenida, el arribo a la capital de la República les permitió disfrutar la recepción idealizada, la soñada, tal como la habían imaginado cuando todavía se encontraban en Miramar y discutían las ventajas e imponían las condiciones para aceptar el trono mexicano. Por las calles escuchaban porras, alaridos, cantos, estallidos de cohetones, así como poemas recitados desde las ventanas de las residencias, mientras las mujeres arrojaban flores desde los balcones repletos de curiosos. La gente, en general, gritaba encendidos vivas al emperador austríaco, en tanto flanqueaba su paso por las calles de la ciudad entre chiflidos de los pelados, aplausos y diversas manifestaciones de júbilo popular. La ciudad estalló en una alegría efímera y artificial impuesta por la Iglesia.

Nunca olvidaré los comentarios saturados de desprecio cuando Carlota contempló por primera vez la fachada del Palacio Nacional, un edificio deprimente, según ella, de escasa inspiración arquitectónica si se le comparaba con el Palacio de Schönbrunn o con el de Chambord en Francia a orillas del río Loira. Parece, en el mejor de los casos, una cárcel, adujo la emperatriz, sin saber que, en efecto, los planes correspondían a una prisión peruana, pero que debido a un error el proyecto de reclusorio se convirtió en el Palacio Nacional mexicano. En otro orden de ideas, la emperatriz no disimuló su asombro cuando constató cómo sus ahora gobernados comían “moscos, hormigas, saltamontes, gusanos y chinches de agua”, así como despertaron su curiosidad otras costumbres mexicanas. Bien pronto “bebió agua en una cáscara de calabaza, se bañó a jicarazos, se talló la piel con un estropajo, sopeó los frijoles con tortillas cortadas a la mitad, se aficionó por el picante y se enamoró de los bizcochos humedecidos en el chocolate caliente”. Se mexicanizó rápidamente al extremo de pedir posada, disfrutar intensamente la celebración decembrina del nacimiento del Niño Dios, romper la piñata, compartir la colación y beber ponche “bien caliente” confeccionado con caña de azúcar, tejocotes y aguardiente.

Por supuesto que el clero se apresuró a obsequiar a Maximiliano y a Carlota con un espléndido tedeum, una ostentosa misa de gracias concluida con los cánticos del Domine salvum fac imperatorem, similar a aquella igualmente fastuosa con la que la Iglesia católica honró, según fui informado posteriormente, a las tropas del ejército norteamericano una vez ocupadas militarmente las diversas plazas del país en 1847.

Rescaté en mis archivos esta joyita de discurso pronunciado por el arzobispo Pelagio Antonio Labastida y Dávalos el día del cumpleaños de Carlota, en la Ciudad de México. Estoy convencido de que cualquier mexicano que lea este breve texto podrá comprobar una vez más la ausencia de todo sentimiento nacionalista entre la jerarquía católica de ese país: “Señores, no olvidemos que a la magnánima y generosa Francia, que nos ha cubierto con su glorioso pabellón, debemos el haber alcanzado la dicha de constituir un gobierno nacional conforme a la voluntad de la mayoría y apropiado a las circunstancias de nuestra patria…”

Patrañas y más patrañas; embustes y más embustes: si hubiera sido cierto lo afirmado por la alta jerarquía católica, Maximiliano no hubiera perecido fusilado en un mugroso paredón en Querétaro. ¿Cuál gobierno nacional conforme a la voluntad de la mayoría…? Que no se me olvidara, me hicieron saber, que la Iglesia había excomulgado a todos aquellos mexicanos que habían defendido a su patria al atacar a los soldados yanquis invasores de 1846 a 1848, así como a quienes habían dado la vida y combatido a las tropas francesas en 1862, cuando el general Ignacio Zaragoza había logrado que las armas nacionales se cubrieran de gloria…

Después de los honores rendidos a su elevada investidura imperial y una vez cumplidos los requisitos impuestos por el protocolo para obsequiar al emperador una recepción en las condiciones que su cargo ameritaba, se le sirvió un elegante banquete, cuyo menú me es muy grato presentar, no sin antes aclarar que la entrada de los emperadores costó al país entre muebles, convivios, obras y arcos, versos, etcétera, $336,473.06.

Menú del 1er baile del Imperio:

«El Escudo Imperial»

§

—Comida del día 19 de julio de 1864—

Sopa de querellas

Pechugas de aves

Filetes de lenguados a la holandesa

Filetes a la italiana

Cartuja de codornices a la Bagration

Costillas de cerdos con espárragos

Timbal a la moderna

Estómagos de aves a la Perigueux

Pastel de codorniz a la Buenavista

Espárragos con salsa

Alcachofas a la portuguesa

Pavos trufados

Filete a la inglesa

Ensalada

Budín de Berlín, pasteles de perones, crema

de vainilla y chocolate, conservas de todas frutas, queso

y mantequilla, helado de durazno, fruta y postres

§

COCINEROS:

J. Bouleret, A. Huot, L. Mosseboeu, J. Incontrera,

M. Mandl2

Las invitaciones convocaban a la concurrencia en punto de las 10 de la noche. Sin embargo, la mayor parte de los convidados, siendo obviamente mexicanos, quisieron dar a los europeos de la corte imperial muestras de refinada distinción, por lo que en lugar de presentarse a la hora indicada, lo hicieron a las 11, un poco antes, un poco después, por lo que se quedaron sorprendidos, es más, pasmados al ver cerradas las puertas del palacio… Se les negó la entrada… por orden del gran chambelán. Se les explicó, con finas y corteses palabras, con mucha ceremonia, que después de que sus majestades los emperadores entraban en los salones, no podía hacerlo nadie, absolutamente nadie; que esa era la etiqueta de todas las cortes… Los liberales tuvieron por mucho tiempo de qué reírse.

Tan pronto llegó Maximiliano al Castillo de Chapultepec y guardó escrupulosamente su corona en el interior de una vitrina, se dispuso a enfrentar el caos que de nueva cuenta asolaba a México, ahora por la imposición de un imperio encabezado por él y que solo podría sostenerse por medio de las armas extranjeras, a las que tendría que oponerse, otra vez, el dolorido pueblo de México. Maximiliano quiso convertirse en el mejor mexicano, eso sí, sin confiar en los mexicanos. Despachó a Miramón a Berlín; a Márquez a Estambul, además de encarcelar a otros tantos conservadores acusados de conspiración. El padre Miranda, alma de todas las confabulaciones reaccionarias de los últimos años, incluida la creación del imperio, afortunadamente había muerto días antes de la llegada de Maximiliano. El mexicanísimo Maximiliano se quedó solo, rodeado únicamente de franceses, en su gran mayoría intrigantes profesionales que bien hubieran podido crear, a manera de ejemplo, un auténtico ejército mexicano bien capacitado para apoyar al emperador en el entendido de que la presencia de la armada napoleónica en México no podría ser de ninguna manera eterna. Si los militares franceses hubieran confiado en sus contrapartes mexicanas, el objetivo se habría cumplido, Maximiliano hubiera gozado de la debida fuerza militar, de protección y seguridad, solo que no creían en los talentos y habilidades de los hombres de piel oscura, pelo negro, intenso y abundante, baja estatura, hablar ininteligible, comida indigerible, religión inaceptable y costumbres irrepetibles. ¡Claro que Napoleón III no iba a poder apoyar indefinidamente a Maximiliano con sus tropas, mismas que, además, tenían que ser pagadas con cargo al erario público mexicano, según los acuerdos suscritos con el emperador de los franceses! ¡Claro que Maximiliano sabía que las arcas públicas de la nación estaban secas, erosionadas, como por otro lado habían estado siempre, y que obviamente no podría cumplir con su compromiso de financiar los costos de la estancia en México del ejército francés!; y sin embargo, como un ignorante de las cuestiones castrenses y rodeado de generales y oficiales desconocidos, no se integró la armada doméstica debidamente adiestrada que hubiera podido defender el imperio mexicano en el evento de que los franceses tuvieran que abandonar el territorio nacional por la razón que fuera.

Maximiliano observó cómo se producía una enorme grieta en el edificio que soportaba su gobierno cuando a finales de 1864 se presentó en México monseñor Meglia, representante del Papa para firmar un concordato con el joven Segundo Imperio Mexicano. Meglia venía a derogar las Leyes de Reforma, a restablecer el culto católico bajo el régimen de religión única, a volver a instalar las órdenes monásticas, a permitir al clero participar en materia de educación pública y, sobre todo y por todo, el punto más importante y destacado, el de regresar a la Iglesia todos los bienes expropiados durante la gestión juarista, decisión histórica que había constituido el éxito político más sonado del liberalismo mexicano del siglo XIX y que, por lo mismo, había elevado la figura de Juárez a la del verdadero Padre de la Patria. Maximiliano incumplió su palabra empeñada ante el Sumo Pontífice, el Papa Pío Nono, porque en buena parte a través de Carlota se negó a aceptar las peticiones provenientes de Roma y que justificaban, según la alta jerarquía católica mexicana, la presencia de Maximiliano al frente del imperio.

Nunca dejó de sorprenderse ante la presión sufrida por las fuerzas conservadoras para que se reviviera con Estados Unidos el tratado McLane-Ocampo que tanto habían criticado los proclericales, acusando a Juárez de vendepatrias, cuando ellos pretendían ir mucho más allá de la propuesta del así llamado Benemérito de las Américas.

“Creo en las leyes juaristas”, me dijo en alguna ocasión mi Maxi, mientras yo lo abrazaba por la espalda estando ambos desnudos, en tanto él observaba el jardín a través de una ventana abierta y admirábamos cómo crecían las flores después de la temporada de lluvias en nuestro Trianón, en Acapatzingo. “¿Sabes, Carlos, que aquí, en Cuernavaca, puedo escuchar cómo crecen las plantas cuando deja de llover…?”

El clero católico mexicano se sintió traicionado, clamó justicia divina en todos los altares, exigió explicaciones y hasta llegó a demandar la inmediata deposición del emperador por no haberse ajustado a lo pactado en Roma, cuando el Papa extendió su venia ante el gobierno de Napoleón III, de modo que el archiduque pudiera venir a gobernar a México.

Las Leyes de Reforma no se revocarán.

¿Otra guerra civil?

Lo que sea, las leyes juaristas son justas y mantendrán su vigencia.

Es una traición para la Iglesia que lo invitó a venir a gobernar México. Si se logró convencer a Napoleón III para que mandara su ejército a México, toda una proeza diplomática de corte clerical, fue porque se esperaba un apoyo incondicional del archiduque austríaco. Negarse a derogar dichas leyes diabólicas constituye una felonía que habrá de lavarse con sangre.

Que se lave entonces con sangre…

Maximiliano veía con alarma el desarrollo de la guerra civil en Estados Unidos, sin duda otro frente abierto en su contra. Llegó a saber cómo Napoleón III había acordado con Washington el retiro de sus tropas, oferta condicionada a que fuera reconocido su gobierno imperial. Las intrigas palaciegas en Chapultepec crecieron, las dificultades políticas complicaron aún más el escenario, los intereses creados paralizaron los acuerdos a falta de un líder sagaz, intrépido, audaz, un gran negociador que conociera la naturaleza humana. La carencia de recursos y la imposibilidad de concretar pactos hicieron gradualmente inhabitable el Castillo de Chapultepec y obligaron a Maximiliano a derramar la vista por la magnífica provincia mexicana, la que se dispuso a descubrir y visitar nombrando nada menos que regente del imperio a la emperatriz Carlota para el caso de sus ausencias breves o indefinidas. Carlota empezó a tomar en sus manos la jefatura del Estado sin contar con el apoyo de su marido, a quien ya no se encontraba atrás del regio escritorio imperial, ni mucho menos en la cama, que ambos no compartían hacía años…

El emperador empezó a quedarse entonces 15 días en México y otros tantos en Cuernavaca, en donde nos deleitábamos pasando las noches abrazados, desnudos, sin estar cubiertos por sábana alguna y con las ventanas abiertas para disfrutar el cálido clima mexicano, los suaves aromas del campo y sus jardines inolvidables, debidos sobre todo a los perfumes despedidos por esas plantas mágicas, desconocidas en Europa y tan apreciadas en México, las huele de noche. Al amanecer nos preparaban enormes rebanadas de papaya roja servidas con un limón muy ácido y jugoso, algo nunca visto, además de mangos petacones o de Manila, los auténticos reyes del trópico, además de chicozapotes, granadas, mandarinas, sandías, melones, duraznos, chabacanos, plátanos y dominicos, frutas que nos obsequiaba este hermoso país de tantos contrastes. Injusto sería si no subrayara yo los detalles con los que Concepción, Concepción Sedano, la hija del encargado de los jardines Borda, alegraba nuestra mesa al cubrirla de las más diversas flores, entre las que colocaba exquisitos platillos que solo pudimos apreciar en toda su extensión cuando aprendimos a comer picante y se exacerbaron nuestros sentidos surgiendo una personalidad desconocida entre nosotros. A los mexicanos, gente tan brava y recia, se les identifica por la comida. Ellos no pueden ser diferentes a sus enchiladas, a sus tacos con chile habanero, a su mole poblano, a sus tamales de cerdo endiablados: ¿pueden ser acaso tan tranquilos como un austríaco amante de la contemplación de las últimas estribaciones de los Alpes y que consume leche, quesos y carne insípida o condimentada con hongos de toda clase?

“Vestido, de ordinario, con una levita de paño gris sin chaleco, calzado con pantuflas bordadas de un dibujo chillante y vulgar, el emperador vivía retirado de su gabinete de México o, más a menudo, en sus residencias campestres de Chapultepec y de Cuernavaca. Gastaba su tiempo en estériles redacciones de proyectos de ley o de reglamentos, en chismorreos sin importancia, y daba audiencia rodeado de sus cuatro perros blancos y bebiendo copa tras copa de champaña, de vinos del Rhin o de España…”

En el mes de febrero de 1866, Maximiliano escribió a una amiga vienesa, la baronesa Binzer, para explicarle en términos líricos, cómo era “el largo valle bendecido del cielo” extendiéndose a sus pies “como un tazón de oro rodeado de cadenas de montañas”. En su quinta, la casa de campo Borda, Maximiliano era extraordinariamente feliz, al menos eso quiso hacer creer en Viena: “El jardín de viejo estilo está atravesado por soberbios emparrados de sombra, cubiertos por rosas de té siempre en flor. Innumerables fuentes refrescan la temperatura bajo las coronas enramadas de los naranjos y los rizóforos centenarios. Sobre el balcón que bordea nuestras habitaciones, penden nuestras lindas hamacas, mientras los pájaros multicolores trinan sus canciones, y nosotros nos sumergimos en dulces quimeras”. Admiraba más que todo el jardín, una alfombra de flores bajo los árboles de 100 especies diferentes, el lago color esmeralda rodeado de manglares y bordeado por una galería barroca construida para gozar mejor la frescura del agua pura traída de la montaña por un acueducto de seis kilómetros. El emperador pensaba que aquel marco hechicero conspiraba a favor de la indolencia y que las horas, arrulladas por el murmullo de las aguas, corrían por ahí deliciosamente, lejos de las preocupaciones de México. Decidió entonces mandar ejecutar las obras necesarias y hacer de La Borda una “residencia secundaria”, cuando la canícula volviera insoportable la capital.

Pues bien, yo empecé a ver el rostro atento del emperador cuando Concepción, Conchita Sedano, nos preparaba unos huevos rancheros, con pedazos de jitomate y mucha salsa picante, además de una buena ración de puré de frijoles servidos con queso rallado y totopos, así conocida la tortilla rebanada en triángulos muy bien fritos, dorados, como se decía en aquellas inolvidables latitudes, siendo que esta hermosa mujer de no más de 20 años de edad, una flor de aquellos territorios mágicos, acompañaba el platillo con una carne seca llamada cecina proveniente de un pueblo cercano denominado Yecapixtla. Conchita se presentaba en el reducido comedor lleno de luz y de naturaleza, con una blusa muy amplia que se detenía por un resorte a ambos lados de sus brazos y que dejaba ver el nacimiento de unos pechos plenos, abundantes y tal vez apetecibles para los hombres inclinados a esas cosas. Era de llamar la atención su piel color canela, sus labios gruesos y sugerentes, su estatura ligeramente superior a la media de la región, sus caderas anchas y voluptuosas que el emperador contemplaba atónito hasta que se perdía atrás de la puerta de la cocina para llevar o traer platos o viandas o charolas o cubiertos.

“No camina, flota —me decía Maxi sin que yo experimentara la menor sensación de celos—. Fíjate en el perfume que despide cuando se desplaza por el comedor: es un claro olor a heliotropo que me enloquece… ¿A ti no…?”

“Las mujeres no me dicen nada ni huelo a nada”, hubiera deseado contestarle a Maximiliano. Por supuesto que no giré, ni mucho menos para ver las formas de aquella peluda, cuyos ancestros bien podrían haber sido vendidos o canjeados por un par de sacos de naranjas en las épocas nada remotas de la esclavitud mexicana en los años de la Colonia española. Yo percibía con la debida claridad cómo Maxi se sentía atraído por aquella mujer, aparentemente extraída de la selva, como si se tratara de hacerse de un trofeo de caza, la cabeza o el cuerpo disecado de una fiera que le hubiera gustado poseer. Carlota nunca reaccionó a sus caricias y, bien lo sabía él, nunca reaccionaría. Asunto concluido. Enterrado. Solo que Conchita Sedano le despertaba una fiebre, la del conquistador, la de la autoridad colonial que puede hacer lo que le plazca con las bellezas indígenas como si fueran de su propiedad y estuvieran resignadas a cumplir los caprichos que fueran y cuando fueran, a la hora que fueran de sus amos, dueños absolutos de sus vidas…

En una ocasión, mientras desayunábamos a placer gracias a que los dolores de estómago, cada vez más recurrentes en Maximiliano, le habían obsequiado, por lo visto, una breve tregua, la fiera, esa mujer, Conchita, quien día con día empezaba a disputarme el amor y el tiempo del emperador, se colocó a su lado para poner sobre la mesa más tortillas calientes envueltas en un trapo rojo y retirar los platos y vasos sucios. Mientras cumplía con los menesteres propios de una criada, pude constatar cómo el brazo derecho de Maxi descendía hasta tocar los tobillos de aquella, para él, belleza alada, para mí, un ser negroide extraído de una caverna del paleolítico tardío. La mujer se paralizó al sentir la mano del emperador sujetándole, por lo visto, una de sus pantorrillas. Cerró los ojos crispados. Estuvo a punto de soltar la charola y tirar al suelo la vajilla real. Inexplicablemente pudo controlar sus emociones sin gritar ni hacer mayores aspavientos. Parecía temblar de punta a punta en tanto sentía los dedos del emperador jugando con su piel. Él podía hacerlo, por ello era Maximiliano de Habsburgo, emperador de México, dueño de vidas y haciendas, amo y señor de territorios, aun de los prohibidos, gran patrón de pobres y plebeyos, suprema autoridad del país, mientras Juárez no le echara el guante encima.

Maximiliano me miró en busca de una sonrisa aprobatoria, el entendimiento de una complicidad. Su rostro congestionado lo delataba: bien sabía él que rompía con las reglas de buen comportamiento aprendidas en la corte europea, que pasaba por encima de todos los principios y valores establecidos por las buenas costumbres, que violaba los más elementales conceptos de respeto que un noble de su estirpe le debía a una humilde doncella, pero pudo más el deseo y la mentalidad del hacendado titular de derechos eternos sobre sus dependientes económicos, la voluntad del monarca impuesta por encima de los deseos de sus súbditos, la del soberano que acepta entre sonrisas picarescas una realidad incontestable, la del amo que truena el látigo frente al rostro de sus esclavos: no hay más ley que mis estados de ánimo ni más poder que el representado por este cetro ante el cual se doblegan la aristocracia, la burguesía y el pueblo adinerado o no… Un solo gesto del rey corta más que el filo de cualquier guillotina…

La mano de Maximiliano continuó ascendiendo hasta tomar firmemente la parte trasera del muslo de aquella mujer que apenas un par de años atrás había dejado de ser un capullo. Hoy explotaba como la naturaleza tropical. Sus carnes firmes, abundantes y jóvenes por lo visto le hacían perder la cordura al emperador sin que yo alcanzara a distinguir si la misma pasión despertaban las mías, una piel ya entrada en los 34 años de edad, el tiempo de la madurez, la antesala del esplendor de los hombres, cuando realmente se luce la elegancia, la autoridad, la gallardía y la experiencia sin que hayan desaparecido los arrebatos propios de la juventud. La chica permaneció inmóvil con los ojos cerrados, crispados, como si elevara con todas las fuerzas del alma una plegaria al Señor para que suspendiera aquella tortura mezclada con un placer infinito, una confusión de sentimientos. Bastó un guiño mío para que Maxi diera rienda suelta a sus instintos y, venciendo sus resistencias morales, prosiguiera explorando el cuerpo de Conchita, quien hubiera preferido gritar, correr, volar o desaparecer cuando el emperador, por lo visto, llegó a introducir su mano por debajo de sus pantaletas para tocar, palpar, agarrar, sujetar, exprimir, pulsar aquellas nalgas con las que había soñado cuando ella se retiraba después de haberle llevado un vaso de agua de pepino con limón o una copa de vino o un plato lleno de jícama a una esquina de los jardines Borda, donde ella ayudaba humildemente a su padre en el quehacer doméstico.

Nunca pensó ni se le antojó tocar así a Carlota, quien no le despertaba la menor fantasía ni le abría apetito carnal alguno. Nunca pudo hacerla vibrar en el lecho, ni sus caricias, por más atrevidas que fueran, lograron sacudir a la mujer que habitaba en ella. Los escasos juegos eróticos no pasaban de ser momentos ingratos, insípidos, de alguna manera vulgares, corrientes, propios del populacho entregado al alcohol, que en ningún caso deberían ser practicados por la realeza con otro concepto de la educación y de la cultura, del arte y de la vida, de las formas y del respeto. ¿Acaso no había aprendido ella que las normas de etiqueta y de elegancia que se observaban en la mesa, en los banquetes reales, deberían practicarse igualmente en la cama? ¿Que te toque qué, Max…? ¿Estás loco…?

De golpe, el emperador sacó la mano de las pantaletas, se cuidó de no bajarle la falda para no dejar expuestas esas piernas bien torneadas, fuertes y resistentes como troncos de laureles de la India, esos árboles frondosos y robustos que se dan naturalmente en todo el inmenso valle de Cuernavaca. Acto seguido, dándole una cariñosa nalgada la largó a la cocina ofreciéndole una recompensa por su buen comportamiento… Un terrón de azúcar al perro domesticado y obediente… El rostro enrojecido de Maxi hablaba de las resistencias que había vencido a cambio de pulsar la feminidad de aquella doncella. Él estaba habituado a cortejar, a seducir con todo el aplomo de su nombre, la prosapia de su apellido y el peso de su investidura, sí, pero difícilmente se había atrevido a tomar a una mujer así, como se arranca un mango de un árbol, sin mayores consultas o precauciones o, al menos, algún pudor. ¿Que había sido brutal? Sí, en efecto, ¿y qué…? ¿No era acaso propietario de todo lo que pudieran ver sus ojos hasta que Juárez, algún día, pudiera colgarle de la rama del ahuehuete más cercano? A partir de ese momento supo que tendría a Conchita cuantas veces lo deseara, virgen o no, comprometida o no, ¿qué más daba…? No ignoraba los apremios económicos de la familia del jardinero: no podría prescindir del sueldo pagado por el imperio a cambio de sus servicios, cualesquiera que estos fueran… No se trataba de un abuso, sino de la ampliación de un pacto ciertamente implícito. Un intercambio de valores entendidos. Durante el café Maxi ingirió un par de pastillas de opio como el sediento que apura un vaso de agua después de caminar un par de días extraviado en el desierto.

Las relaciones entre el emperador y Concepción Sedano se estrecharon con el paso del tiempo. Ella jamás pensó en tener contacto, menos si este era íntimo, con un destacado integrante de la realeza europea. ¿Ella, Conchita, la hija de un jardinero de Cuernavaca, descalza, mal vestida con ropa de manta, ni hablar de las sedas y de los brocados, de piel oscura, analfabeta, ignorante de cualquier tema, incapaz de hablar siquiera bien el castellano, ya no se diga cualquier otro idioma de los tantos que dominaba Carlota; desprovista de los perfumes, maquillajes y de los arreglos del cabello, tocados y peinetas propios de las mujeres europeas, había llegado a atrapar la atención del emperador de México? ¿Por qué Maximiliano, un príncipe, un rey, un emperador, había puesto sus ojos en ella teniendo a su alcance a damas de su estatura política, económica, cultural y social? ¿El conocido cuento de la indígena y del soberano?

Por su parte, Maxi disfrutaba sonriente el acceso a lo prohibido, a lo nuevo, a lo diferente. No perdía de vista cuando Conchita cruzaba el jardín con su eterna blusa blanca, escotada y su falda floreada de gran vuelo, cargando una cubeta con ropa sucia que lavaba en un río de los alrededores. En los desplazamientos de esta diosa de la selva, según me la describía al referirse a ella, no retiraba la vista de sus senos que se agitaban escondidos tras esa breve gasa de la que ya la había desprendido tantas veces para llenar sus manos y su boca con esos, para él, carnosos y jugosos frutos del trópico.

Mientras Maxi jugaba con Concepción y la perseguía entre los árboles majestuosos de los jardines Borda, retozaba junto a ella en los ojos de agua cercanos, hacían recorridos a caballo y cazaban entre carcajadas diversos géneros de mariposas o se hacían el amor perdidos en las milpas o entre los sembradíos de girasoles, Carlota se encargaba del imperio, dedicada a gobernarlo en medio de sofisticadas intrigas y chismes desesperantes, hundida en reflexiones que le recordaban la viva voz y la figura de su padre, sepultada en una patética soledad, constatando día con día el inminente derrumbe del proyecto imperial mexicano, la destrucción de sus más caros anhelos; no dejaba de contemplar con meridiana claridad otro futuro más negro aún, el relativo a sus relaciones matrimoniales con el emperador, quien pasaba, por cierto, cada vez más largas temporadas en la tierra de la eterna primavera, perdido, hasta ese entonces, en arrebatos nunca antes vistos, ni supuestos ni siquiera imaginados. Con Conchita podía ser él, el emperador y su vasalla más fiel, más incondicional, la esclava que siempre deseó tener invariablemente dispuesta a satisfacer sus apetitos más primitivos sin chistar, sometida, así abnegada, dócil y entregada, en fin, la libertad total sin culpas ni recriminaciones ni chantajes sentimentales ni rencores ni resabios: admiraba en ella la lealtad canina.

Pues bien, a principios de la primavera de 1866, intuyendo que Maximiliano pasaría largas horas en el lecho con aborígenes mexicanos o con mulatas, en lugar de hacerse cargo de sus elevadas responsabilidades imperiales, observando con horror cómo se incumplía el convenio de Miramar, a través del cual Maximiliano se había comprometido con Napoleón III a pagar puntualmente el sostenimiento al ejército intervencionista francés con fondos del menguado y eternamente quebrado “tesoro mexicano”, así, con las comillas más grandes del universo, sin ignorar tampoco, en ningún caso, el hecho de que había concluido hacía casi un año la guerra de Secesión en Estados Unidos y que el presidente Andrew Johnson le había recordado al emperador francés los términos de la Doctrina Monroe, en el entendido amenazador de que el significado de América para los americanos lo impondría por la fuerza si Francia no se retiraba de México en un término perentorio y, por si todo lo anterior fuera insuficiente, había llegado a sus oídos cómo Bismarck, el Canciller de Hierro, expresaba ya públicamente sus intenciones de recuperar los territorios de la Alsacia y la Lorena, para lo cual obviamente tendría que recurrir a la guerra en contra de Napoleón III, otra auténtica amenaza en contra del imperio mexicano que no se sostendría sin el apoyo militar francés, Carlota empezó a recibir cada vez con más frecuencia las visitas recurrentes de Alfred van der Smissen, comandante de su guardia personal, el hombre enviado por su padre, el rey Leopoldo de Bélgica, para ver, en todo caso, por su integridad física.

El teniente coronel Alfred van der Smissen cumplía al pie de la letra con las instrucciones dictadas por el rey Leopoldo. No se separaba de Su Alteza Imperial ni cuando la ayudaba a apearse del caballo en aquellos paseos esporádicos que hacían por el Valle de México y la apretaba de la cintura, ciñéndola firmemente a su cuerpo hasta depositarla despacio, muy despacio, en el piso, sintiendo el pulso de sus senos adheridos a su pecho poderoso. Él, Van der Smissen, sabía de las largas ausencias de Maximiliano en Cuernavaca y conocía el abandono de la emperatriz en la cama por parte de su marido. Él, Van der Smissen, su querido paisano belga, mandaba miradas traviesas a Carlota mientras ella viajaba a bordo de la carroza dorada de la pareja real. ¡Claro que le guiñaba un ojo para darle valor y evitar que sucumbiera ante el peso insoportable de la soledad! Él, Van der Smissen, de elevada estatura, corpulento, de 26 años de edad, tres años menor que la emperatriz, escaso pelo rubio, piel blanca —a ella no la atraían los indígenas enanos de tez oscura y abundante cabellera negra, no sufría los complejos colonialistas de su marido—, ojos azules intensos, nariz estilo Roma, la de un César, barba cerrada, la de las cinco de la tarde, espesa, la de un hombre, distinta a la rala, escasa, de su marido, un lampiño en toda la acepción de la palabra, quien carecía de músculos, de fortaleza física, de vigor varonil, en fin, el cuerpo de una niña que se hubiera dedicado a cazar mariposas en el campo cubriéndose del sol con una sombrilla de brocados belgas… Él, Alfred van der Smissen, lucía mejor que nadie el uniforme de húsar, realmente lo llenaba con sus brazos fornidos y su formidable tórax sobre el que colgaban justificadas condecoraciones obtenidas en el campo del honor, muy distintas a las usadas por Maximiliano, todas ellas obtenidas por compromiso o por el peso de su apellido, un Habsburgo. Hoy lo confieso en mi calidad de conde Bombelles: si yo hubiera sido Carlota habría caído a los pies, bueno, a las rodillas de este hermosísimo ejemplar de macho quien, por razones obvias, nunca osó pasar siquiera sus ojos por mi humilde figura, pues entre otras razones, no debía de ignorar mis tiernas relaciones con Su Majestad, el emperador… Él, Alfred van der Smissen, era la única persona de toda la corte que gozaba del derecho de picaporte a las habitaciones de la emperatriz, siempre y cuando Maximiliano estuviera en Cuernavaca… Él, Van der Smissen, resultó ser, con el paso del tiempo, el inseparable compañero de Carlota, el mismo con quien pasaba largas horas sentada en una barca mientras el soldado belga remaba en el lago de Chalco perdiéndose en las orillas para comer un refrigerio y beber una botella de vino tinto francés. A veces pasaban la tarde en el lago de Chapultepec, sin embargo, preferían retirarse a sitios deshabitados, apartados de los eternos curiosos o, tal vez, de los espías morbosos…

Así, durante lentos paseos por el lago de Chalco, hundido en “un valle pintoresco y grandioso donde sobresalen dos grandes montañas que se elevan hasta las nubes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, los Alpes mexicanos, coronados eternamente de nieve en donde todo es romántico, el aire es melancólico, el cielo es transparente y las tierras fértiles humedecidas por el deshielo de los volcanes expresan la abundancia de la madre naturaleza, un remanso de paz, la residencia de antiguos reyes y lugar donde se surca con canoas que los indígenas cargan con flores y frutas dirigidas a México, en fin, el espacio en donde el Creador le regala al artista y a las almas sensibles una de Sus obras más acabadas que hablan de Su generosa existencia, ahí, en Chalco, en esa región de lagos y canales, el valle y las montañas, el encuentro de multitud de canales navegables, aguas que regaban las tierras fértiles situadas en el valle y, como marco majestuoso, los cerros y las montañas…”, sí, sí, decía Carlota durante dichos paseos; en una ocasión, cuando la barca se encontraba prácticamente inmóvil, la emperatriz estalló en un llanto compulsivo, mientras le narraba a su leal cancerbero la magnitud de su desgracia amorosa, así como las amenazas que se cernían sobre su futuro político. Lloraba desesperadamente en tanto repetía cubriéndose el rostro con ambas manos:

—Me equivoqué, Alfred, me equivoqué al casarme con Maximiliano, un cobarde, un sodomita, un irresponsable respecto de sus obligaciones políticas, y me volví a equivocar al venir a México a encabezar un imperio que pronto se derrumbará y del que solo podremos salvar, si bien nos va, la vida, porque el honor y la dignidad se habrán perdido para siempre, al igual que los títulos reales de mi marido, a los que renunció antes de venir a este país absolutamente engañado por los malditos curas de todos los demonios…

El coronel dejó los remos a un lado pensando cómo consolar a la emperatriz. En un primer impulso pensó en tomar uno de sus tobillos, si acaso uno de sus zapatos forrados de satín café claro, con complejos bordados ejecutados por las monjas de Bélgica, verdaderas maestras de la aguja y el hilo. Se contuvo mientras Su Alteza Imperial descargó un terrible sentimiento del fondo de su corazón que nunca nadie había escuchado:

—No tengo relaciones con el emperador desde nuestra penosa luna de miel, por lo que estoy destinada a no ser madre, a no tener descendencia, a no vivir jamás la dicha de ser mujer y disfrutar la inolvidable vivencia de la maternidad. ¿Acaso crees que no deseo amamantar al fruto de mi vientre y alimentar con mi cuerpo, con mis esencias, con mi amor y mi vida misma una larga y feliz existencia? ¿Qué se sentirá cuando tu crío te muerde los pezones en busca de leche o da sus primeros pasos o le enseñas el mundo a través de los libros y puedes comprobar el resultado de haberlo forjado como un ser humano pleno orientado a dirigir imperios? ¿Voy a privarme de ese privilegio que la naturaleza obsequia a las de mi sexo, de la misma manera en que ya me he quedado sin marido, usted lo sabe, y muy pronto, me veré también sin imperio, en la nada, en la más absoluta nada…? Sin marido, sin imperio, sin hijo, solo vergüenza y desastre, Alfred, solo tragedia y dolor, amigo Alfred —concluyó Carlota buscando su breve bolso de seda en el que esperaba encontrar un pequeño pañuelo perfumado con sus iniciales grabadas.

Antes de que diera con el abanico y empezara a agitarlo para recuperarse de su doloroso trance, Van der Smissen se acercó lentamente de rodillas sobre la notable estrechez de la barca con el ánimo de consolarla sin caer ambos al agua. Nunca antes lo había intentado. Al sentir el contacto con el hombre que la abrazaba, Carlota creyó desvanecer. La protección que siempre había deseado finalmente llegaba. Mientras más lloraba la emperatriz y desahogaba su desesperación, más intensamente la estrechaba el coronel Van der Smissen guardando como podía el equilibrio. Muy pronto su boca quedó a un lado del oído izquierdo de Su Alteza Imperial. La emoción del militar belga se exhibió desde que su respiración desacompasada fue escuchada por Carlota. Hacía tanto tiempo que Van der Smissen deseaba ese momento. Sabía que muy pronto se presentaría la coyuntura con la que había soñado años atrás. Ella se contrajo al percibir el aliento cálido y desquiciado de su guardián. Lo abrazó con firmeza como si lo comprendiera, como si ella a su vez también deseara consolarlo y compartir el m

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