1
Ese anhelo que brota de la nada más recóndita y atenaza el alma con firmeza existía realmente. El deseo de dejarse caer al mar y sencillamente sumergirse en las profundidades de las aguas. Sin oponer resistencia, hundiéndose cada vez más, arrojando la propia vida igual que se tira una piedra, como si uno hubiera surgido del abismo de los mares y, un buen día, se viera obligado a regresar al lugar exacto al que pertenecía.
Vertigo marée, llamaban los viejos pescadores bretones a este deseo procedente de la nada de extinguirse, de ser libre, de librarse de todo. Afloraba casi siempre precisamente en las noches más hermosas; por eso a los pescadores no les gustaba mirar al fondo del océano, y en tierra cubrían las ventanas que daban al mar con gruesas cortinas.
En eso pensaba Claire mientras se vestía. El desconocido preguntó:
—¿La volveré a ver?
Estaba desnudo encima de la cama; en el techo, el ventilador de latón giraba perezosamente dibujando en su piel una estrella formada por franjas de sombra que daban vueltas. Cuando Claire se cerró la cremallera de atrás de la falda de tubo, el hombre estiró un brazo y le cogió la mano.
Ella sabía que con ese gesto quería preguntarle si lo iban a hacer otra vez. Compartir a puerta cerrada una hora en la clandestinidad. Si la cosa iba a continuar o terminaba ya en la habitación 32 del hotel Langlois de París. Si aquello iba a empezar a significar algo.
Claire lo miró a los ojos. Unos ojos de color azul oscuro. Qué fácil habría sido entregarse a ellos, a su profundidad.
«En cada mirada buscamos el mar. Y en cada mar, esa mirada única.»
Sus ojos eran el mar de verano en Sanary-sur-Mer, en un día caluroso, cuando el mistral sacude los árboles y hace caer los higos demasiado maduros, cuando las blancas aceras se tiñen de su jugo de color morado y se cubren de flores mecidas por el viento. Unos ojos que había mantenido abiertos mientras lo hacían, y con los que había observado a Claire buscando en todo momento su mirada mientras se movía en su interior. El mar lejano de su mirada había sido uno de los motivos por los que lo había escogido esa mañana, cuando estaban en la terraza de las Galeries Lafayette. Y porque llevaba una alianza en el dedo.
Como ella.
—No —dijo Claire.
Desde el principio sabía que solo sucedería una vez. Nada de apellidos. Nada de intercambiar números de teléfono. Nada de intimidades propias de una conversación demasiado banal sobre los hijos, la compra en el Marché d’Aligre, el steak frites del restaurante Poulette, las películas que ponían en los cines. Ni tampoco planes de viaje ni por qué lo hacían, por qué abandonaban su vida durante una hora y se restregaban contra una piel ajena, acariciaban recovecos inexplorados de un cuerpo ajeno y besaban labios desconocidos. Y por qué luego esos mismos cuerpos ardientes regresaban a los confines reales de su vida.
Claire sabía por qué lo hacía.
Por qué lo hacía él, eso a ella no le importaba.
Sus manos se abrieron al mismo tiempo. Se volvieron a separar. El último roce, tal vez el más tierno, el más prudente. Él no preguntó por qué, no dijo que lo sentía. Soltó a Claire dejándola tan libre como ella a él. Dos pecios a la deriva.
Claire recogió del suelo su bolso abierto; se había caído de la mesita de madera de cerezo que había junto a la ventana, bajo el techo inclinado, cuando el hombre la había empujado suavemente contra una de las columnas y le había levantado el borde de la falda, y al descubrir la orla de seda de sus medias de liga, había sonreído mientras la besaba.
Claire había planeado encontrar a alguien como él entre los miles de rostros de París. La había asaltado la súbita imagen del propio cuerpo apretándose contra el otro. La misma imagen reflejada en la mirada de él.
Solo por esa razón se había puesto las medias de liga en la universidad, en su despacho, después de dar la última clase antes de los dos meses de vacaciones del verano. Y sin que nadie se diera cuenta, había abandonado la inevitable fiesta de fin de curso del claustro de profesores después de tomar media copa de champán helado. Los demás profesores ya estaban acostumbrados a que Claire, tras un cortés acto de presencia, se retirara discretamente de todas las celebraciones. «Madame le professeur se marcha siempre antes de que la gente normal empiece a tutearse.» En los lavabos de señoras, Claire había oído decir eso sobre ella a una conferenciante que hablaba con una nueva colaboradora científica. Ninguna de las dos sabía que Claire estaba en uno de los cubículos. Había esperado a que las mujeres salieran de los lavabos antes de hacerlo ella. Hasta entonces no se había dado cuenta de que, efectivamente, no se tuteaba con nadie del claustro.
Algunos la temían. A ella y a sus conocimientos, como bióloga conductista, sobre la anatomía de las emociones y de los actos humanos. Les inquietaba lo que pudiera saber acerca de la voluntad y la arbitrariedad, del mismo modo que muchas personas se atemorizan ante un psicólogo porque les preocupa, y a la vez esperan, que las escudriñe hasta la médula de su existencia (y comprenda por qué se han convertido en lo que son, con todos sus defectos, manías y heridas sin curar), y temían lo que Claire pudiera descubrir con su «TAC del alma» bajo el estrato de la buena educación y los secretos bien guardados.
No se volvería a poner nunca más esas medias, sino que al salir las tiraría al cubo de la basura negro y dorado del pequeño cuarto de baño decorado con baldosas art déco.
Claire recogió todo lo que se le había caído del bolso: las llaves, el móvil, la agenda de piel y su carnet de la universidad, sin el cual nadie podía ya entrar ni pasar junto a los soldados armados que bloqueaban la Sorbona y los institutos anejos, y lo volvió a meter todo en su bolso forrado de seda. Lo cerró. Luego se recogió el pelo rubio acastañado en la nuca y se hizo un primoroso moño chignon.
—Qué guapa está a la luz de la ventana —dijo el hombre—. Quédese un momento quieta, solo un instante. La guardaré así en la memoria. Hasta que nos olvidemos el uno del otro.
Claire le hizo ese favor. Recordó su sabor a café con leche y azúcar, y a deseo. Él quería ponerles las cosas fáciles a los dos.
En la habitación abuhardillada, con la cómoda de madera oscura de aire provenzal, la mesita redonda blanca, las sillas de color gris tórtola de estilo Versalles y la cama con sábanas de verano, reinaba ahora un completo silencio. Poco a poco regresaba la melodía de la gran ciudad de París: el zumbido de los aires acondicionados y de los ventiladores, el rugido de los motores. Le pareció que emergía de un mar lejano, tras haber estado flotando en una líquida existencia solo interrumpida por la propia respiración, y que ahora se materializaba en la Claire de siempre y regresaba a la acelerada actividad de un caluroso día parisino.
Miró por encima de los tejados de Montmartre. Sobre las estrechas cumbreras de los tejados se alineaban las chimeneas de arcilla. Eran las cinco de la tarde pasadas. El sol de junio detenía el tiempo, haciendo que los tejados lanzaran unos destellos grises plateados más propios de la hora de despertarse, cuando uno deja de soñar y la realidad todavía es confusa. Ese momento que, según recordaba Claire, Spinoza definía como «el lugar de la única y verdadera libertad».
«Los tejados se asemejan a una gimnopedia de Erik Satie.»
Eso diría Gilles. Sus palabras acerca del mundo eran siempre música. Le gustaba más deleitar el oído que la vista.
Enfrente, una terraza. Un hombre ponía la mesa colocando unos platos azules, mientras un niño pequeño se agarraba a una de sus piernas y trotaba sobre el pie de su padre emitiendo gorgoritos de placer.
«Como Nicolas», pensó Claire.
Su hijo, su niño. Cuando todavía era pequeño. Tan pequeño que a Claire los brazos le alcanzaban para rodearlo todo entero por los hombros. Esa criatura llena de confianza y curiosidad que olía a tortilla y a esperanzas atesoradas. Ahora sus brazos apenas llegaban hasta los anchos hombros de Nico.
¿Qué pintaba ella allí?
Seguía junto a la ventana de un decadente hotel de categoría media, dando la espalda a un hombre desconocido que aún conservaba el sabor de ella. Pensaba en su hijo, en su amor tierno y desvalido. Pensaba en su marido, que antes solía cantar cuando ella entraba en una habitación pero que un buen día dejó de hacerlo; pensaba en esa cara familiar que tan bien conocía en todas sus variantes. La cara del que ama, la cara del que miente.
Enfrente salió a la terraza desde la cocina una mujer que vestía unos vaqueros recortados y una camiseta fina. Desde detrás rodeó al padre del niño con los dos brazos. Él sonrió, se inclinó hacia delante y besó su mano.
Claire dio media vuelta, se puso las sandalias de tacón, por las que le asomaban los dedos de los pies, se echó el bolso al hombro, tomó aire y se irguió. Entonces miró al hombre a los ojos, que aún seguía en la cama.
—Es un privilegio —dijo este pausadamente— saber cuándo se pierde a alguien. Así uno puede recordar el momento. ¿Cuántas veces perdemos a alguien sin previo aviso?
Tras un minuto de silencio, Claire abandonó la habitación número 32.
Cuando llamó al ascensor, la vieja cabina se puso en movimiento con un traqueteo desde el fondo del hueco de hierro forjado. Demasiado lento. No quería esperar. Tenía prisa por alejarse de los pocos metros que la separaban de la cama, del hombre, del momento de la solitaria libertad.
También en tierra existía el vertigo marée. Si hubiera contemplado demasiado tiempo la profundidad de sus ojos, se habría dejado caer. Entonces habrían hablado de sus mercados favoritos, habrían hecho planes de viaje, y enseguida habrían empezado a hacerse las preguntas más peligrosas: ¿cuáles son tus sueños?, ¿de qué tienes miedo?, ¿no deseabas desde siempre...? Se conocerían. Y comenzarían a esconderse el uno del otro.
Claire bajó apresuradamente la estrecha escalera del Langlois, cubierta por una desgastada alfombra roja, y se alejó de la habitación, de ese espacio que se hallaba apartado de su vida real.
En el segundo piso oyó la voz, el susurro.
—Ne me quitte pas.
Salía de una de las habitaciones. De la 22.
«Ne me quitte pas.» No me dejes.
2
«Ne me quitte pas», imploraba, cantaba. Una voz que se entregaba a una inaudible música de acompañamiento. Lo único que se oía era la voz que cantaba, y Claire tuvo que detenerse y apoyarse en la pared.
Las palabras pueden mentir.
Siempre.
La voz, nunca; el cuerpo, nunca. Y lo que le llegaba tan inesperadamente a Claire desde el otro lado de la puerta cerrada era la desnudez de un alma. Una desnudez envuelta tan solo en un aliento que era como la inspiración previa al silencio.
Delataba miedo, aunque, al mismo tiempo, en la voz no había miedo.
Se quedó escuchando la canción, «Ne me quitte pas...». Una voz ronca, de una oscura y cálida nitidez, pero también...
«Si esa voz fuera una mujer, danzaría en la oscuridad como si nadie la viera. Una voz llena de ataduras. Tanta rebeldía sofocada... Y, no obstante, dentro del miedo no hay miedo.»
Qué extraño. Qué bonito.
Cuando se abrió la puerta de la habitación 22 se interrumpió el canto. Claire constató que las voces solo trazan un perfil acústico de la naturaleza interior, y que el aspecto exterior suele ser inesperadamente distinto.
Para su sorpresa, de la habitación salió una mujer joven, de veintitantos años. En una mano llevaba una bolsa con utensilios de limpieza, y en la otra un reproductor MP3 cuya ruedecita giraba con el pulgar; los cables de los auriculares le llegaban hasta los pendientes. Era evidente que había estado cantando la música que escuchaba.
La cantante vestía unos vaqueros negros y una camiseta a rayas negras. Tenía el pelo descuidadamente recogido y en una ceja lucía un piercing. Un tatuaje con motivos tribales le cubría un hombro y parte del brazo izquierdo.
A Claire su rostro le recordó a una mezcla de las finas líneas de una raposa y las expresivas aguadas de los artistas japoneses. Nariz delicada, cejas pobladas, boca de labios llenos, porfiada, el cutis claro, la barbilla desafiante y dos hoyuelos junto a las comisuras de los labios. Allí estaba esbozado todo lo que algún día llegaría a ser.
Sin embargo, con lo que no había contado Claire era con su mirada.
La mirada sombría y madura de unos ojos aún jóvenes.
Recayó en la mano izquierda de Claire, con la que sujetaba la correa de su clásico bolso rojo, que llevaba en bandolera. En su alianza. Luego voló hacia arriba, hacia un objetivo indeterminado y, no obstante, muy preciso. Hacia la habitación 32, que estaba justo encima de la 22. Y regresó a los ojos de Claire.
—Bonjour, madame —dijo la cantante.
Claire pensó que le había cambiado la voz, que la había disfrazado. Sonaba más aguda, más suave, como un manto de humildad que ahora envolvía el alma. Y ese timbre recuperado de su voz venía a decir: «Soy insignificante; no me hagas caso».
Y no obstante, una voz tenaz, obstinada.
—Bonjour —contestó Claire—. Canta usted maravillosamente bien.
—Yo no he cantado. —Pausa—. Madame.
Ese «madame» tardó en salirle hasta que le vino el recuerdo de los buenos modales.
—Pardon, mademoiselle —dijo Claire—. Lo he oído sin querer. La falta ha sido mía.
Dos mujeres atrapadas con las manos en la masa, pensó Claire, indefensas la una frente a la otra y con ganas de darse una bofetada.
«Hay mentiras que solo delatan al mentiroso, mademoiselle.»
De repente quiso decirle eso, pero ¿para qué?
Se miraban desde dos ángulos opuestos de una partícula de tiempo. Allí estaban, en el pasillo de un hotel, en medio del mundo, dos entre siete mil millones de personas, dos entre tres coma sesenta y nueve mil millones de mujeres.
—¿Desea usted alguna cosa? —preguntó la embustera cantarina—. ¿Quiere que le lleve algo a su habitación?
De nuevo esa impaciencia en la voz, esa leve ira, una navaja cerrada guardada en un pañuelo de seda.
—No —dijo Claire—. Allí ya no hace falta nada.
La joven permaneció inmóvil, mirando descaradamente a Claire. «¿Por qué?», preguntaba su mirada.
Claire sintió el extraño impulso de responder. De decirle de sopetón todo lo que no le había dicho hasta entonces a ese rostro inquisitivo, cómplice, curioso, de rasgos poco suaves y sin embargo atractivo, a esa cara aún a medio terminar que se mentía a sí misma y a lo que amaba con desmesura, la música.
Para explicarle que, en su caso, en el de Claire, aquello no era lo que parecía, no se trataba de sexo. O sí, también. También de eso. De esa dolorosa, mortalmente dolorosa y bella entrega a una apasionada unión en la que todo se disuelve, todo lo que uno significa para quienes te conocen bien (¿seguro?), para quienes cimentan con hormigón los puntos decisivos de tu personalidad: como madre; como bastión principal y coordinadora de una familia y sus necesidades de organización; como mujer con coraje, autodominio y sensatez, con conocimientos, con una carrera; como mujer racional y tan agradablemente distanciada del torbellino de las emociones; como mujer famosa.
¡Famosa! ¡Santo cielo! ¿Para qué servía la fama? ¿Acaso procuraba consuelo, dejaba respirar con más libertad, protegía de los sueños de los que se despertaba con lágrimas agolpadas en los ojos o con una melancolía envuelta en una pálida neblina azul? ¿Significaba algo? ¿Qué tenía que ver con ella, con lo que realmente era ella?
Cuando un desconocido la abrazaba sin saber nada de eso ni esperar nada, y sin que ni siquiera lo irritase no encontrarse con la Claire que otros veían en ella, entonces todo se disolvía dulcemente.
En aquel instante se convertía en un puro cuerpo, en un yo sin pasado dentro de un cuerpo colmado de deseo. Hasta que le ardían los labios, hasta que le dolían los músculos de tanto entregarse, de tanto abrirse, hasta que le brotaba el llanto porque al fin se habían roto todas las cadenas.
Libertad.
Reconocerse de nuevo a sí misma, entre otras cosas.
«Y porque me miraba, ¿lo entiende? Porque me miraba mientras tanto, y no cerró los ojos mientras me desnudaba, no los cerró mientras me acercaba a él, ni tampoco los cerró cuando me levanté. Mientras estuvimos desnudos no me dejó sola ni un instante.
»Quería verme. Ver lo auténtico que hay en mí.
»Lo auténtico, ¿me oye, mademoiselle de la extraña conducta? Lo auténtico. En cambio, usted lo esconde, ¿y cómo lo va a encontrar alguien, si es usted misma la que se aferra al suelo, la que orienta la cabeza, la frente, los ojos hacia el suelo? ¿Cómo quiere vivir así?»
Seguían mirándose la una a la otra; demasiado tiempo para un encuentro entre dos puertas, entre dos mundos, las dos mudas, inmóviles. Dos mujeres, dos secretos.
Algo ardía en los ojos de Claire.
Lágrimas no podían ser. No estaba llorando.
Hacía mucho tiempo que no lloraba. La joven fue la primera en apartar la vista.
—Bonne soirée —dijo.
—Igualmente.
El raro momento de intimidad en la penumbra, entre el rellano de la escalera y el pasillo sin ventanas, había pasado.
Claire siguió bajando los escalones, atravesó el vestíbulo y empujó la pesada puerta engalanada con adornos de hierro forjado.
Salir al sol fue como volver a encender la luz.
Se quitó la gota que tenía al borde del párpado. Saboreó la sal.
Claire optó por no coger un taxi. Necesitaba andar, moverse para borrar el rastro de los movimientos del hombre en su interior. Caminó en dirección a Marais, su viejo barrio, en el que llevaba viviendo más de veinte años. Pasos cortos, precisos, erguidos, falda de viscosa verde hasta la rodilla, blusa de seda blanca, cinturón rojo a juego con el bolso rojo, el asfalto bajo sus tacones, su sombra que se encogía y se alargaba de nuevo. Iba concentrada en mantener el ritmo.
Un calor infernal se colaba por los callejones. La gente iba dando tumbos entre las zonas luminosas y la sombra de las fachadas. Muros por doquier, dureza, la vida real. Estaba viva, era libre. Controlaba la situación. Claire aceleró el paso.
Tardó media hora en llegar a la rue de Beauce, por la que se adentraba la noche parisina transformando el gris ratón en gris azulado.
Aún le quedaba tiempo, al menos una hora, para olvidar. O no. Para empezar a recordar. Con pelos y señales. Para envolver cuidadosamente ese recuerdo y borrarlo así de la memoria, de modo que no se depositara en su rostro ni en sus gestos ni en su voz. Cuando se sentó en el bar Le Sancerre bajo la fría corriente del aire acondicionado, y buscó el monedero en el bolso para pagar el vino blanco con olor a pimienta, comprobó que se había olvidado de tirar las medias, y se preguntó por qué seguía rememorando la voz y la cara de la cantante.
Entonces cayó en la cuenta de que le faltaba algo.
Intentó palpar un bulto duro en el bolsillo interior de la funda del bolso. Siguió rebuscando. Nada.
Levantó el bolso, lo revolvió todo y luego vació el contenido en la mesa.
¿Dónde lo había visto por última vez? Había sido aquella mañana, seguro. ¿Se lo habría dejado en la universidad? No, a lo mejor se le había caído en el autobús o...
El bolso que había resbalado de la mesa, abierto. En la 32. No, por favor. Allí no. Allí precisamente no.
Claire tomó aire y lo expulsó varias veces, se levantó, juntó los omóplatos, alzó la barbilla y se dirigió a los servicios del bistró. En los estrechos lavabos dejó que le corriera el agua por las muñecas; no estaba lo bastante fría.
Se miró la cara en el espejo. Le resultaba imposible leer su propio rostro como leía siempre el de los demás. La cara que tenía ahora no revelaba nada. Una fatal premisa de la naturaleza. ¿O acaso se le había puesto un buen día así de ilegible y petrificada?
—Merde —dijo en voz baja.
«La verdad es que solo es un guijarro como otro cualquiera, un fósil gris blanquecino con vetas rojas aherrumbradas, un fragmento de scutella, un erizo marino de cinco brazos en forma de estrella, como los hay a millones en cualquier playa del mundo, procedentes de las más ignotas profundidades. Con trece millones de años de antigüedad. De cuando el continente europeo todavía estaba en pañales, por así decirlo. Sin ningún tipo de valor práctico o pecuniario.»
Una simple piedra con restos de un fósil en forma de estrella que había recogido cuando tenía once años durante el primer verano que pasó junto al mar, en una playa de los «comienzos del mundo». Así llamaban los bretones a sus altaneras y escarpadas costas, que se habían alzado majestuosamente entre las masas de agua y se habían convertido en tierra firme. Ese fósil de dos colores, que era como una piedra lisa en forma de corazón, lo había guardado Claire durante treinta y tres años en el bolsillo del pantalón, en el bolso, en el maletín y en el escritorio, como si llevara siempre consigo el inicio de los tiempos. A ese corazón de piedra le había implorado de niña que no volviera a llevarla nunca más al cuchitril del parisino barrio de Belleville; de adolescente se había desahogado con él de sus penas y su sed de vida; de estudiante universitaria lo sostenía en la mano izquierda durante los exámenes y las horas dedicadas a escribir la tesis doctoral, mientras la derecha pugnaba por su vida con el bolígrafo; y como profesora lo había colocado todas las mañanas en el centro de su escritorio de la universidad, junto a las tarjetas de visita. Justo delante de las pocas palabras que definían todo aquello por lo que había trabajado, luchado, renunciado y trabajado de nuevo: «Doctora Stéphenie Claire Cousteau, catedrática de Biología y Antropología, Instituto de Estudios Políticos de París Saint Germain».
Y ahora había desaparecido.
¿Con qué seguridad podía afirmar que ella aún seguía allí?
¿O se había quedado en la habitación?
«No estás pensando con lógica, Claire. Estás sintiendo. Te dejas llevar por el miedo y la adrenalina. Piensa. Las hipótesis y los sentimientos no son la base más apropiada sobre la que tomar decisiones.»
—¡Claro que aún sigo aquí! —susurró.
Claire recordó la última clase que había dado esa mañana antes de las vacaciones de verano.
«Al margen de toda conciencia humana se almacenan las emociones, que por lo general son contempladas como ilógicas: agresión, obsesión, deseo, miedo, odio.
»Estas emociones casi nunca le perjudican a uno, a no ser que pase algo. Una fisura en el conocido entramado de la vida cotidiana y de las costumbres. Una grieta minúscula, un desconcierto, una oscilación, un cambio de hábitos: no hace falta más para que una personalidad se desestabilice y haga cosas que a ella misma no solo le resultan inexplicables, sino también incontrolables.»
Eso era. Una simple fisura.
Tiró las medias al fondo del cubo de la basura.
Una fisura racionalmente insignificante al final de una ardiente tarde con sabor a sal, en la que solo —¿solo?— había sido una mujer, nada más que eso, y se había sentido deseada, acariciada, devorada, viva, una mujer con vida. Únicamente eso. Todo eso.
Tendría que cerrar esa grieta con sumo cuidado.
Claire se secó las manos y salió de los lavabos.
Apuró su vino de Sancerre pensando a cada trago lo que le quedaba por hacer y a quién tenía que llamar antes de que partieran, como todos los veranos, a la Bretaña. El afinador del piano. El jardinero. Echar aceite al viejo Mercedes familiar. Poner orden, mantener el orden, hacer las tareas cotidianas como se hace una cama, una cama oficial, no clandestina.
Claire sabía que algunos de sus compañeros varones la llamaban la glaçante, la gélida, un mote que describía su capacidad para no dar nunca rienda suelta a las emociones, salvo cuando hacía análisis científicos. Aludía también a las calabazas que había repartido a diestro y siniestro y a los jarros de agua fría que recibían los hombres —y más de una mujer— en su presencia.
«Qué raro que me haya seducido tan fácilmente la idea de volverme fría para llegar a ser algo, para convertirme en algo entre los hombres.»
Este pensamiento se lo tragó literalmente con las últimas gotas que le quedaban del Sancerre.
Claire hizo una seña al camarero de las largas patillas pelirrojas. Este le llevó la cuenta y asintió con la cabeza.
El taxi llegó a los tres minutos y atravesó el París al que sucumbían los turistas: restaurantes demasiado caros, espectáculos eróticos demasiado insípidos, paseos en barco demasiado concurridos.
Claire ya solo mandó parar una vez al taxi.
3
Cuatro clases de sal. La sal del mar. La sal de las lágrimas. La sal del sudor. La sal del «origen del mundo», como llamaba Gustave Courbet a la flor oscura de una mujer.
En eso iba pensando Claire mientras el taxi luchaba por abrirse paso a través del tráfico vespertino de París.
Aquel verano era distinto de los anteriores. Hacía un calor más sofocante, más persistente; rara vez soplaba una leve brisa que refrescaba las caras y el pelo, traspasaba la ropa, la tela, tres de las cuatro clases de sal.
Claire observaba a las mujeres en las calles, en los cafés y ante los escaparates de las boutiques, en las paradas del autobús y junto a las fuentes, como si las viera con dos pares de ojos diferentes. El de la bióloga conductista leía en los andares, en la postura del cuerpo, en la cara y en los gestos, registraba la tensión y el miedo, la despreocupación y los numerosos deseos silenciados de ser contemplada o de pasar inadvertida, de ser deseada o envidiada. Claire, además, tenía otro par de ojos que no le resultaba familiar y que atravesaba la grieta, la fisura que se había producido en el entramado de su rutina. ¿Cuántos secretos ocultaba cada una de esas mujeres? La que venía de compras con las bolsas. La dependienta que se fumaba el cigarrillo de la pausa delante del escaparate y examinaba su silueta metiendo tripa. ¿Cuántos secretos, cuántos amantes, cuántos no amantes, cuántas lágrimas no vertidas? ¿Cuántas ideas no expresadas, no materializadas? ¿Cuántas personas ocupaban en su lugar ese espacio no materializado, cuántos hijos, madres, maridos, hermanos? ¿Qué pensamientos propios les quedaban al final del día para ellas mismas? Para la ciclista, que ocultaba su mirada tras unas gafas de sol; para la conductora del autobús, atenta al semáforo en rojo. ¿Qué deseos había cumplido la señora de amarillo, que aparentaba más de ochenta años, y cuáles no había hecho realidad por amor a alguien que lo merecía, o que tal vez no lo mereciera? ¿Qué hacía falta para derribar a estas mujeres? ¿Qué grieta necesitaban para desprenderse de los largos días acumulados? ¿Qué se precisaba en general para derribar a una mujer? ¿Bastaba un hombre?
¿Una canción a través de una puerta cerrada?
¿Una piedra que se había perdido?
Mientras el taxi atravesaba el tiempo, Claire se sentía muy cercana a esas mujeres desconocidas que poblaban el mundo al mismo tiempo que ella, con todos sus pensamientos ocultos y proezas no vividas tras sus quehaceres ordenadamente realizados.
La perspectiva del verano, ocho semanas en la Bretaña, abrumaba a Claire. Le habría gustado quedarse en París, levantarse todos los días, como siempre, mucho antes que Gilles y Nicolas, ir al Instituto de Estudios Políticos, más conocido como Science Po, y hacer lo que hacía siempre: trabajar, enseñar, instruir, analizar, dedicar unas horas a la tutoría y, después, nadar mil metros en la piscina. A estas alturas, lamentaba ya haber perdido el control en el Langlois, pero había sido necesario, muy necesario, para poder al fin respirar de nuevo.
Cuando el taxi giró hacia su calle, la rue Pierre Nicole, situada a pocas manzanas de la orilla del Sena y de Notre Dame, y flanqueada por los típicos edificios de cinco pisos de Haussmann, Claire recuperó la compostura. Como se recupera uno después del cine, tras haber estado en una sala a oscuras, inmerso en un mundo ajeno, y de pronto te ciega la luz de la realidad.
Al abrir la puerta de su casa, en el quinto piso, se vio envuelta por los acordes de Mr. Bojangles y por un olor a romero, a melón recién cortado, a berenjenas rehogadas y a algo indefinido y delicioso que se cocía a fuego lento. Dejó su bolso rojo encima de la mesa semicircular y echó un vistazo al espejo oval. Se vio igual que por la mañana, cuando a las seis y media había salido de casa dejando a Nico y a Gilles todavía dormidos. Como siempre, Claire les había dejado el café preparado en una cafetera de plata.
—Sammy Davis Junior, 1984, Berlín —dijo Gilles a modo de
