El yate estaba atracado en el puerto de Fiumicino. La mujer que había contratado como doble de Mi Reina seguía a bordo conmigo. Su tarea era simple: quedarse allí.
—Mete a Laura en el coche y tráemela —le dije por teléfono a Domenico, que estaba en Roma.
—Gracias a Dios… — Júnior suspiró—. Esto empezaba a ser insoportable. —Le oí cerrar la puerta tras él—. No sé si quieres saberlo, pero ha preguntado por ti.
—No vengas con ella —le dije pasando por alto sus palabras—. Nos veremos en Venecia.
—¿No me vas a preguntar qué ha dicho? —Domenico no se rendía. Escuché el tono alegre de su voz.
—¿Me interesa? —pregunté muy serio, aunque en mi interior, como un niño, sentía curiosidad por saber de qué habían hablado.
—Te echa de menos. —Al oír esa breve declaración, sentí un nudo en el estómago—. Al menos, eso creo.
—Asegúrate de que salga lo antes posible. —Colgué y miré al mar.
De nuevo, esa mujer hacía que sintiese miedo. Aquella sensación era tan desconocida para mí que no había sido capaz de identificarla ni de detenerla.
Despedí a la chica que se hacía pasar por Laura, pero le ordené que no se alejara demasiado. No sabía si volvería a necesitarla. Según Matos, Flavio había vuelto a la isla con las zarpas heridas por los disparos, pero no había pasado nada más, como si nunca se hubiera producido aquella situación en el Nostro. La poca información que me había transmitido aquel ungido no me dejó contento, así que envié a mi gente y me confirmaron todo lo que ya había descubierto.
A la hora del almuerzo me reuní por videoconferencia con varias personas de Estados Unidos. Debía asegurarme de que asistirían al Festival de Cine de Venecia. Necesitaba encontrarme con ellos cara a cara y, además, tenía que ocuparme en persona de pedir un nuevo cargamento de armas que pretendía vender en Oriente Próximo.
—¿Don Torricelli? —preguntó Fabio asomando la cabeza por mi cabina; le hice un gesto con la mano y colgué la llamada—. La señora Biel está a bordo.
—Vamos a zarpar —anuncié, y me levanté.
Salí a la cubierta superior a esperarla. Cuando vi a mi chica vestida como una adolescente, apreté los puños y los dientes. «Unos pantalones demasiado cortos y una camiseta microscópica no es lo más adecuado para acompañar a un capo de la familia siciliana», pensé.
—¿Qué demonios llevas puesto? Pareces una… —Al ver en su mano una botella de champán casi vacía, me abstuve de terminar la frase. La muchacha se dio la vuelta, casi chocó conmigo, rebotó en mi pecho y cayó en el sofá. Volvía a estar borracha.
—Parezco lo que me da la gana, no es asunto tuyo —balbució mientras agitaba las manos haciéndome reír—. Te marchaste sin decir ni mu y me tratas como a una marioneta con la que te diviertes cuando tienes ganas. —Me apuntó con el dedo mientras intentaba levantarse del sofá de una manera torpe pero encantadora—. Hoy la marioneta quiere divertirse sola.
Se tambaleó en dirección a popa y por el camino perdió las sandalias de plataforma.
—Laura… —empecé riéndome, porque no podía aguantar más—. Laura, ¡maldita sea! —Mi risa se convirtió en un gruñido cuando vi que se acercaba peligrosamente al borde del yate. La seguí y grité—: ¡Detente! ¡Detente!
No sé si no me escuchó o no me oyó. De repente resbaló y la botella se le escurrió de la mano; ella, incapaz de mantener el equilibrio, cayó al agua.
—¡Mierda!
Eché a correr. Me quité los zapatos de un tirón y salté al agua. Afortunadamente, el Titán avanzaba con lentitud y la chica había caído por uno de los costados. Unos minutos después, estaba en mis brazos.
Por suerte, Fabio vio el incidente y, después de detener el yate, nos lanzó un salvavidas atado a una cuerda y nos subió a bordo. La chica no respiraba.
Empecé a reanimarla. Las sucesivas compresiones y el boca a boca no ayudaban en absoluto.
—¡Respira, joder!
Estaba desesperado. La estrujaba cada vez más, introduciéndole el aire en los pulmones con exasperación.
—¡Respira! —grité en inglés, pensando que así podría entenderme. En ese momento cogió una bocanada de aire y empezó a vomitar.
Le acaricié la cara y miré sus ojos semiconscientes que se esforzaban por mirarme. La tomé en brazos y me dirigí al camarote.
—¿Debo llamar a un médico? —gritó Fabio.
—Sí, manda a un helicóptero a buscarlo.
Necesitaba llevar a Laura abajo, quedarme a solas con ella y asegurarme de que estaba a salvo. La puse en la cama y miré su pálido rostro mientras intentaba confirmar que estaba bien.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó en voz baja.
Sentí que estaba a punto de desmayarme. Me retumbaba la cabeza y el corazón me latía desenfrenado. Me arrodillé junto a ella en el suelo e intenté calmarme.
—Te caíste por la borda. Gracias a Dios, no íbamos muy rápido y caíste de lado. Pero eso no cambia el hecho de que casi te ahogas. —Massimo se arrodilló junto a la cama—. Joder, Laura, me entran ganas de matarte, pero al mismo tiempo doy gracias al cielo por que sigas viva.
Laura me tocó suavemente la mejilla con los dedos y la alzó para que tuviera que mirarla.
—¿Me salvaste tú?
—Menos mal que estaba cerca. No quiero ni pensar en lo que te podría haber ocurrido. ¿Por qué eres tan desobediente y cabezota? —El miedo que sentí al decirlo era nuevo. Jamás me había preocupado tanto por nadie.
—Me gustaría ducharme —dijo.
Al oírla, casi me parto de risa. Había faltado poco para que se ahogara y solo pensaba en que estaba empapada de agua salada. No daba crédito. Pero en ese momento no tenía fuerza ni ánimo para cuestionarle nada; quería tenerla cerca, abrazarla y protegerla del mundo entero. No podía dejar de pensar en lo que habría pasado si no hubiera estado cerca o si el barco hubiera ido más rápido…
Me ofrecí a bañarla y, como no protestó, fui a abrir el grifo del baño y volví para ayudarla a desvestirse. Estaba concentrado, no pensé en lo que estaba a punto de ver. Al instante me di cuenta de que estaba acostada, desnuda delante de mí. Para mi sorpresa, no me impresionó. Ante todo, estaba viva.
La cogí en brazos y me metí en el agua caliente. Cuando su espalda se apoyó en mi pecho, acurruqué mi cabeza en su cabello. Estaba enfadado, asustado, pero… me sentía muy agradecido. No quería conversaciones, peleas, ni mucho menos discusiones. Me embriagaba con su presencia. Ella, ajena a todo, apretaba su mejilla contra mí. No se daba cuenta de que todo lo que había sucedido hasta ese momento lo había provocado ella. Poco a poco, iba comprendiendo que toda mi vida iba a cambiar. Mis negocios ya no serían fáciles, porque mis enemigos sabían que tenía un punto débil: esa pequeña criatura que se acurrucaba en mis brazos. No estaba listo para eso; nadie podía prepararnos para lo que nos deparara el destino.
Lavé cada parte de su cuerpo despacio y en silencio; para sorpresa de Laura, no tuve erección alguna ni intenté tocarla de un modo mínimamente cercano al erotismo.
La sequé, la acosté y la besé en la frente con dulzura. Antes de que yo pudiera decir nada, se había quedado dormida. Le tomé el pulso, temiendo que hubiera vuelto a desvanecerse. Por suerte, era regular. Me quedé observándola un rato y, al instante, oí el helicóptero. Me extrañó, pero recordé que estábamos cerca de la orilla.
Después de leer el parte y examinar a Laura dormida, el doctor no encontró nada que hiciera peligrar su vida. Le agradecí la visita y volví a mi camarote. Era una noche cálida y tranquila. Necesitaba esa calma. Me metí una raya de coca y me senté en el jacuzzi lleno de agua caliente con una copa de mi bebida favorita. Despedí al personal y ordené que se quedaran en sus zonas de servicio mientras yo disfrutaba de la soledad. No me apetecía pensar en nada más que en la calma que, al menos de forma aparente, se había apoderado de mí. Un rato después, Laura apareció en la oscuridad con un gran albornoz blanco. Caminaba por cubierta y miraba a su alrededor. Me sentí feliz al verla. Si se había levantado, debía sentirse mejor.
—¿Has descansado? —pregunté. Al oírme, la muchacha se sobresaltó—. Veo que te encuentras mejor. ¿Quieres unirte a mí?
Se lo pensó un momento mientras me miraba. No parecía luchar con su mente, y supe que su albornoz estaba a punto de caer al suelo.
Se sentó desnuda delante de mí, así que disfruté de su imagen y del sabor de mi exquisita bebida. Me mantuve en silencio, mirando su rostro hermoso, pero algo cansado. Llevaba el pelo suelto y tenía los labios un poco hinchados. De repente me sorprendió al cambiar de sitio. Se sentó en mis rodillas y se pegó muy fuerte a mí, lo que provocó que mi polla reaccionara en un segundo. Cuando me agarró el labio inferior con los dientes, me sentí perdido. Luego empezó a moverse sobre mí, apretujándose con su coño cada vez más. No sabía qué pretendía, pero no me apetecía participar en su juego. No ese día. No después de casi haberla perdido.
Su lengua se deslizó por mi boca, e instintivamente la agarré de las nalgas.
—Te he echado de menos —susurró ella.
Esa corta confesión me dejó petrificado. Todo mi cuerpo se puso rígido y me asusté mucho, sin entender por qué reaccionaba así. La aparté para mirarla a la cara. Hablaba en serio. No quería que sintiera mi debilidad, no estaba listo para descubrirme de ese modo, sobre todo porque ni yo mismo entendía qué me estaba pasando.
—¿Así es como demuestras tu añoranza, nena? Porque si pretendes expresar de este modo tu gratitud por salvarte la vida, has elegido la peor de las opciones. No lo haré contigo hasta que no estés segura de que quieres hacerlo.
Quería que se alejara de mí lo antes posible y que desapareciera aquella sensación de incomodidad. Me echó una mirada dolida, y mi sentimiento, en vez de desaparecer, creció. «¿Qué mierda está pasando?», pensé. En ese momento saltó del jacuzzi, se puso el albornoz y se fue corriendo por la cubierta.
—¿Qué demonios haces, idiota? —me reñí al levantarme—. Consigues lo que querías y… ¿lo rechazas? —murmuré mientras iba tras sus huellas mojadas.
El corazón me latía muy rápido e, instintivamente, supe qué podría pasar si daba con ella. La vi entrar en mi camarote y sonreí al pensar que no podía ser casualidad. Entré tras ella y la vi de espaldas, tratando de encontrar el interruptor en la oscuridad. De repente, la habitación se inundó de luz y la vi ir de un lado a otro. Di un portazo y, con ese ruido, la dejé inmóvil. Sabía que era yo. Apagué la luz y me acerqué a ella. Con un solo movimiento, le desaté el albornoz y este cayó al suelo. Esperé con paciencia. Quería asegurarme de que yo también sabía lo que iba a hacer, aunque por primera vez en mi vida no tenía ni idea. Empecé a besarla y ella me respondió con un beso apasionado.
La tomé en brazos y la llevé a la cama. Estaba acostada delante de mí y la pálida luz de las lámparas iluminaba su perfecto cuerpo. Por mi parte, esperaba una señal.
Y llegó: la muchacha cruzó los brazos detrás de la cabeza y me sonrió, como si me invitara a metérsela.
—Sabes que si esta vez empezamos, no podré parar, ¿verdad? Si sobrepasamos cierto límite, quieras o no te voy a follar.
—Pues fóllame.
Se sentó en la cama sin dejar de mirarme con sus gigantescos ojos.
—Ya eres mía, y te voy a retener para siempre —le dije en italiano, apretando los dientes, a escasos centímetros de ella.
Sus pupilas se oscurecieron de un modo poco corriente. Parecía que el deseo estaba a punto de hacer saltar por los aires su pequeño cuerpo. Sin cortarse un pelo, me agarró por las nalgas y me atrajo hacia ella.
Sonreí. Sabía que ardía en deseos de probarme.
—Coge mi cabeza y dame el castigo que he elegido.
Por un instante, esas palabras me dejaron sin aliento. La mujer que debía ser la futura madre de mis hijos se comportaba como una puta. No podía creer que quisiera entregarse a mí de esa manera. Su perfección me encantaba y me aterrorizaba a la vez.
—¿Me estás pidiendo que te trate como a una puta? ¿Es eso lo que quieres?
—Sí, don Massimo.
Su susurro y su sumisión despertaron un auténtico demonio en mí. Sentí que todos mis músculos se tensaban y que me embargaba una sensación familiar de calma y control. Cuando me pidió que fuera yo, desaparecieron todas aquellas emociones. Se la metí en la boca lento y seguro, y estuve a punto de correrme cuando ella clavó su mirada en mí. Sentí mi polla en su garganta, así que ataqué con más fuerza para disfrutar de aquella opresión que tanto me gustaba. Me fascinaba. Cuando Laura se la metió entera, me sentí orgulloso de ella. Empecé a mover las caderas para ver cuánto podía soportar. Era increíble. Aceptaba todo lo que le daba.
—Si en algún momento deja de gustarte, dímelo, pero de forma que yo sepa que no es para hacerme rabiar.
Sin embargo, no opuso resistencia. Se entregó a mí por completo.
—Lo mismo te digo —dijo ella cuando se la saqué de la garganta durante un segundo.
Cuando su boca la ciñó de nuevo, aumentó el ritmo. Vi que disfrutaba; era promiscua, y estaba claro que quería demostrarme algo. Me estaba follando su garganta, y ella pedía más. Ese pensamiento me llevaba al borde del placer. Intenté ralentizar sus movimientos, pero no sirvió de nada.
Noté que se acercaba el orgasmo, pero no quería que llegase ya. «Ni ahora ni tan rápido», pensé. La aparté con cierta violencia y, respirando, traté de controlar la eyaculación. Laura sonreía de un modo triunfal. Aquello era demasiado para mí. La lancé contra el colchón y la puse boca abajo. No podía mirarla, no durante la primera vez. No quería acabar en un segundo, y sabía que ese sería el final si su cara reflejaba placer.
Le metí dos dedos y me alegré al descubrir que se humedecían del todo. Ella gemía y se retorcía debajo de mí, y perdí la cabeza por segunda vez. Cogí mi miembro y poco a poco se lo metí por su estrecha raja. Estaba caliente, mojada, y me pertenecía. Sentí cada centímetro de su interior hambriento de sexo. Llegué hasta el fondo y oprimí su cuerpo contra el mío con fuerza. Me quedé inmóvil; quería saciarme de aquel momento. Luego le saqué la polla y se la volví a clavar con más fuerza mientras mi amada reina gemía más impaciente cada vez. Quería que la follara y necesitaba sentirlo con intensidad. Cuando mi cuerpo se desprendió de ella, mis caderas se prepararon para atacar. La follé tan fuerte como pude, y aun así sentí que todavía quería más. Gritaba, pero después era incapaz de coger aire. Bajé la velocidad para alzar sus caderas; deseaba ver mi posesión en toda su gloria. Cuando curvó la espalda, vi un hermoso agujero oscuro y no pude reprimirme: me lamí el pulgar y empecé a acariciar su estrecho ano.
—Don… —gimió indecisa, pero no retrocedió ni un ápice.
Me reí.
—Tranquila, nena. A eso también llegaremos, pero no hoy.
No se resistió, y me alegré de que no me viera, porque mi cara mostraba una amplia sonrisa. A mi amada reina le gustaba el sexo anal… Era perfecta.
Respiré hondo y la agarré por las caderas; se la clavé más hondo una y otra vez. La follé con todas mis fuerzas, sin piedad. Inclinado, comencé a restregar su clítoris con mis dedos y sentí que ella se contraía. Metió la cara en la almohada y gritó algo incomprensible. Se la empujé aún más fuerte y sentí que la satisfacción crecía en ella. Lo único que no podía soportar era no ver su rostro. Quería ver su orgasmo, ver en sus pupilas el alivio que le estaba dando. La puse de espaldas, la abracé con fuerza y volví a follarla como si fuera una puta. Luego sentí que se apretujaba rítmicamente alrededor de mi cuerpo. Sus ojos se nublaron. Su boca estaba totalmente abierta, pero no emitía sonido alguno. Se corrió durante mucho rato, y su coño casi acabó estrujando mi polla. De repente, su cuerpo se relajó y se hundió en el colchón. Ralenticé el ritmo y la cogí por las flácidas muñecas mientras seguía moviendo mis caderas con suavidad. Estaba agotada. Le puse los brazos por detrás de la cabeza y se los sujeté. Sabía que lo que estaba a punto de hacerle provocaría que se resistiera.
—Córrete sobre mi vientre, por favor… Quiero verlo… —jadeó medio inconsciente.
—No —dije con una sonrisa, y empecé a follarla de nuevo.
Y exploté.
Sentí las olas de mi esperma inundándola por dentro.
Era un día perfecto para concebir, como si el universo entero deseara que se quedara embarazada. Luchaba e intentaba apartarme, pero era demasiado menuda para resistirse a mi fuerza. Cuando acabé, caí sobre ella ardiente y sudoroso.
—¿Qué demonios pretendes, Massimo? —gritó—. Sabes de sobra que no tomo la píldora.
Ella seguía forcejeando, tratando de apartarme, pero yo no podía ocultar mi satisfacción.
—Píldoras tal vez no —dije—. Es difícil confiar en ellas. Llevas un implante anticonceptivo, mira. —Le indiqué el lugar con el dedo.
El transmisor que le había puesto no era muy diferente del implante anticonceptivo que llevaba Anna. Por eso sabía que ella se lo tragaría.
—El primer día hice que te lo pusieran mientras dormías. No quería arriesgarme. Dura tres años, pero puedes quitártelo cuando pase uno. —Me resultaba difícil dejar de sonreír al pensar que quizá mi propio hijo empezara a crecer en su interior aquel día.
—¿Podrías quitarte de encima? —gruñó rabiosa, pero la ignoré.
—Me temo que de momento no será posible, nena. Me resultaría difícil follarte a distancia. —Le aparté el pelo de la frente—. Cuando vi tu rostro por primera vez no te deseé; la visión que tuve me asustó. Pero, con el tiempo, cuando los retratos estuvieron por todas partes, empecé a percibir cada detalle de tu alma. Te pareces tanto a mí, Laura.
Si estaba capacitado para el amor, en ese momento me enamoré de la mujer que estaba debajo de mí. La miré y casi noté físicamente cómo algo se transformaba en mí.
—La primera noche estuve contemplándote hasta que amaneció. Notaba tu aroma, el calor de tu cuerpo, estabas viva, existías, dormías a mi lado. No fui capaz de separarme de ti en todo el día, porque irracionalmente temía que no estuvieras cuando regresara.
No sabía por qué le estaba contando todo eso, pero sentía una necesidad imperiosa de que ella lo supiera todo sobre mí. Mi voz desprendía temor.
Por una parte, quería que me temiera. Por otra, que supiera toda la verdad sobre mí.
1
Varios días más tarde o tal vez muchos (no sé cuántos, dejé de contarlos)
Se hizo un silencio enorme y me di cuenta de lo que acababa de decir. Entorné los párpados. Una vez más, mi menudo entendimiento solo quería pensar, pero le ordenó a mi boca que emitiera un sonido.
—Repítelo —dijo con voz calmada, levantándome la barbilla.
Lo miré y noté que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Estoy embarazada, Massimo, vamos a tener un bebé.
Black me miró con los ojos muy abiertos y, al instante, se dejó caer en el suelo y se arrodilló delante de mí. Me levantó la camisa y empezó a besarme el vientre con dulzura, murmurando algo en italiano. No sabía lo que pasaba, pero cuando le cogí la cara, noté que las lágrimas corrían por sus mejillas. Aquel hombre poderoso, fuerte y peligroso estaba arrodillado ante mí y lloraba. Al verlo, no fui capaz de reprimirme y, minutos después, también yo rompí a llorar. Nos quedamos un rato quietos, lo que nos dio el tiempo necesario para digerir nuestras emociones.
Black se puso de pie y me dio un cálido y largo beso en la boca.
—Te compraré un tanque —dijo—. Y, si es necesario, cavaré un búnker. Prometo protegeros, aunque tenga que pagar por ello con mi cabeza.
Dijo «protegeros», a los dos. Aquella palabra me conmovió tanto que volví a echarme a llorar.
—Oye, nena, basta de lágrimas.
Me sequé las mejillas con la mano.
—Son de felicidad —balbucí camino del baño—. Vuelvo enseguida.
Cuando regresé, estaba sentado en la cama con el mismo bóxer. Se levantó, se acercó a mí y me besó en la frente.
—Voy a ducharme, y tú no vas a ninguna parte.
Me acosté, apreté la cara contra la almohada y analicé lo que acababa de suceder. No esperaba que Black pudiera llorar, y mucho menos de felicidad. Minutos después, se abrió la puerta del baño y se detuvo allí, desnudo y chorreando agua. Se acercó sin prisas, como si me diera tiempo para disfrutar de la imagen, y se acostó a mi lado.
—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó.
—Me enteré el lunes por casualidad, después de hacerme una analítica.
—¿Por qué no me lo dijiste enseguida?
—No quería contártelo antes del viaje. Además, tenía que digerirlo.
—¿Lo sabe Olga?
—Sí, y también tu hermano.
Massimo frunció el ceño y se dio la vuelta.
—¿Por qué no me dijiste que tú y Domenico sois familia? —le pregunté.
Se mordió los labios mientras pensaba en la respuesta:
—Quería que tuvieras un amigo, alguien cercano en quien pudieras confiar. Si hubieras sabido que era mi hermano, te habrías mostrado más reservada. Domenico sabe cuánto significas para mí, y no se me ocurría nadie mejor para que cuidase de ti durante mi ausencia.
Era lógico, así que no sentí ira ni resentimiento por no haberlo sabido antes.
—Entonces ¿vamos a cancelar la boda? —pregunté volviéndome hacia él.
Massimo se puso de lado y se pegó a mí con el cuerpo desnudo.
—¿Bromeas? El niño debe tener una familia. Y, como mínimo, la forman tres personas. ¿Recuerdas?
Tras decir aquellas palabras, empezó a besarme con delicadeza.
—¿Qué dijo el doctor? ¿Le preguntaste si podíamos…?
Me reí y le metí la lengua hasta el fondo de la garganta. Gimió y atacó mi boca con más fuerza.
—Mmm… Entiendo que sí —jadeó, apartándose de mí un segundo—. Seré delicado, te lo prometo.
Estiró la mano hacia la mesilla, apagó el televisor con el mando y la habitación quedó completamente a oscuras.
Arrancó el edredón y lo tiró de la cama. Luego, poco a poco, metió las manos bajo mi camisón y me lo quitó por la cabeza. Sus dedos recorrieron mi cuerpo con total libertad. Me acarició la cara y el cuello, cogió mis pechos y comenzó a frotármelos de forma rítmica. Al instante se inclinó y los prendió entre sus labios, los mordió y empezó a chupármelos. Tuve un sentimiento extraño: era como si estuviera impregnada de puro deleite; nunca había sentido un placer igual. Massimo no tenía prisa con las caricias, quería disfrutar de cada parte de mi cuerpo. Sus labios pasaban de un pezón a otro; luego volvía a mi boca y me besaba con pasión. Sentí cómo se le iba hinchando la polla. En cada movimiento, se restregaba contra mí. Un rato después estaba tan impaciente, excitada y ansiosa, que tomé la iniciativa. Lo quería ya, enseguida, inmediatamente. Me levanté un poco, pero cuando Black se dio cuenta de lo que pretendía, me cogió con firmeza por los hombros.
—Ven a mí —susurré retorciéndome de excitación debajo de él.
En ese momento me di cuenta de que sonreía triunfante; sabía lo mucho que lo deseaba.
—Nena, solo acabo de empezar…
Sus labios se deslizaron despacio por mi cuerpo; empezó por el cuello, pasó por los pechos y el vientre, y, finalmente, llegó adonde debería haber estado desde hacía mucho rato. Me besó y lamió a través del encaje de las bragas para calentar mi sediento coño; luego, sin prisa, me las quitó y las tiró al suelo. Consciente de lo que iba a suceder, abrí bien las piernas. Mis caderas empezaron a moverse suave y rítmicamente sobre la sábana de satén. Cuando sentí su aliento entre las piernas, volvió a sumergirme una ola de deseo. Massimo metió despacio su lengua y gimió en voz alta.
—Estás tan mojada, Laura… —Suspiró—. No sé si es por el embarazo o porque me has echado mucho de menos.
—Calla, Massimo —dije, y le apreté la cabeza contra mi húmedo coño—. Házmelo bien.
El tono imperioso de mi voz fue como meterle el dedo en el ojo. Me cogió por los muslos y me arrastró hasta el centro de la cama, me colocó una almohada bajo la espalda y se sentó en el edredón que había tirado antes. Mi respiración se aceleró. Sabía que daba igual lo que fuese a hacer: no iba a aguantar mucho.
Me introdujo dos dedos y suavemente, con el pulgar, empezó a dibujar círculos sobre mi clítoris. Tensé los músculos de modo involuntario y empecé a gemir de placer. Luego giró la mano y el dedo cedió su lugar a la lengua.
—Ayúdame un poco, nena.
Sabía qué me estaba pidiendo. Deslicé las manos hacia abajo y le abrí mi coño, dándole acceso a zonas más sensibles. Cuando su lengua empezó a sacudir acompasadamente mi clítoris, sentí que no podría soportarlo mucho más y que explotaría. Sus dedos dentro de mí se aceleraron y la presión aumentó. Ya no podía contener aquel orgasmo que ascendía como una violenta ola desde que había empezado a tocarme. Me corrí durante mucho rato y grité, hasta que por fin caí sin fuerzas sobre la almohada.
—Una vez más —susurró sin apartar los labios de mi coño—. Últimamente te he descuidado mucho, cariño.
Pensé que bromeaba, aunque era evidente que no.
Sus dedos volvieron a entrar en mí, y su pulgar, que antes había estado jugando con mi clítoris, empezó a restregar mi entrada trasera con suavidad. De modo instintivo, apreté las nalgas. No, no estaba bromeando.
—Vamos, relájate, cariño.
Hice lo que me pedía con docilidad. Sabía que disfrutaría. Cuando por fin su dedo se introdujo en mí con suavidad, sentí que se acercaba otro orgasmo. Massimo sabía manejar mi cuerpo para que hiciera lo que él deseaba con exactitud. Empezó a sacudir rápida y rítmicamente mis dos entradas con sus dedos, mientras su lengua y sus labios estrujaban mi clítoris con fuerza. Casi al instante me inundó la ola de otro orgasmo; después le siguió otra, y otra más. Cuando llegué al punto en que el placer daba paso al dolor, le clavé las uñas en el cuello. Me quedé sin aliento. Volví a caer sobre la almohada, jadeando con fuerza.
Black me dio la vuelta para colocar todo mi cuerpo en la cama, y me levantó las piernas hasta casi por detrás de la cabeza; luego se arrodilló delante de mí con su miembro duro.
—Si te duele, dímelo —musitó al penetrarme con un rápido movimiento.
Su gorda e hinchada polla empezó a moverse dentro de mí, desgarrando mi centro. Cuando llegó al fondo, detuvo sus caderas, como esperando mi reacción.
—Fóllame, don Massimo —dije, y le cogí la cabeza.
No tuve que repetírselo; su cuerpo se movía como una ametralladora. Me folló duro y rápido, como más nos gustaba a los dos. Al instante me colocó boca abajo y me puso plana, volvió a deslizar su miembro dentro de mí y comenzó un loco esprint. Sentí que estaba cerca de correrse, pero no acababa de decidir cuándo y cómo quería hacerlo. En un momento dado, me la sacó y me puso boca arriba. Encontró el mando a distancia y encendió la luz de la sala de estar, para que hubiera un ligero resplandor en el dormitorio. Con las rodillas, me separó los muslos y, sin apartar la vista de mi cara, penetró lentamente en mi húmedo coño. Se inclinó y se pegó a mí, de modo que su boca quedó a pocos centímetros de la mía. Vi que los ojos de Black se transformaban y que, de repente, le anegaba un poderoso placer. Sus caderas empezaron a clavarse en mí con todas sus fuerzas y su espalda se inundó de un sudor frío. Se corrió durante mucho rato sin apartar la mirada. Fue la imagen más sexy de toda mi vida.
—No quiere salir de ti —dijo respirando con dificultad.
Me reí y le pasé la mano por el pelo.
—Estás aplastando a nuestra hija.
Massimo me agarró con fuerza y nos dimos la vuelta, de modo que acabé encima. Estiró la mano por la cama y tiró del edredón hasta cubrirme la espalda.
—¿Hija? —preguntó sorprendido, acariciándome la cabeza.
—Prefiero que sea niña. Pero como conozco mi suerte, lo más probable es que sea niño. Si entonces sigue los pasos de su padre, me moriré de preocupación por él.
Black soltó una carcajada y acurrucó su cabeza en mi cuello.
—Hará lo que quiera. Y lo único que haré yo será darle todo con cuanto sueñe.
—Tendremos que hablar sobre cómo educar al bebé, pero ahora no es el momento.
Massimo no respondió. Me abrazó fuerte y me ordenó con tono autoritario:
—Duerme.
No sé cuántas horas llegué a dormir. Abrí los ojos y cogí el teléfono.
—¡Joder! ¡¿Otra vez?! Son las doce… Es enfermizo dormir tanto.
Me puse de costado para buscar a Black, pero su lado de la cama estaba vacío. ¿Por qué no me sorprendió? Me quedé un rato tumbada, despabilándome poco a poco, y luego me levanté y fui a arreglarme. Desde que Massimo había vuelto, quería estar más resplandeciente cada día, pero, por supuesto, al estilo «¡Oh, si no he hecho nada! ¡Me despierto así de bonita!». Me pinté un poco los ojos y me peiné el cabello que me habían cortado fantásticamente el día anterior. Saqué del fondo del armario unos vaqueros cortos y un jersey claro que me dejaba un hombro al descubierto, y me puse unas botas EMU beis. Mientras pudiera exhibir mi cuerpo e hiciera buen tiempo, sin ser excesivamente caluroso, me vestiría como me gustaba.
Iba caminando por el pasillo cuando me encontré con Domenico.
—¡Ah, hola! ¿Has visto a Olga?
—Acaba de levantarse. He pedido el desayuno, aunque ya es hora de almorzar.
—¿Y Massimo?
—Salió temprano esta mañana. Debe de estar a punto de llegar. ¿Cómo te encuentras?
Me apoyé en una de las puertas de madera y sonreí juguetona.
—Oh, maravillosa… divinamente… bien…
Domenico levantó la mano e hizo un gesto expresivo.
—Bla, bla, bla. Mi hermano también estaba de muy buen humor. Pero te pregunto si no te duele nada. Siguiendo las instrucciones de tu médico, te he pedido otra cita con un ginecólogo y un cardiólogo, por lo que tendrás que ir a la clínica a las tres de la tarde.
—Gracias, Domenico —contesté dirigiéndome hacia el jardín.
El día era cálido y, de vez en cuando, el sol asomaba tras las nubes. Olga estaba en una mesa enorme, leyendo el periódico. Me dirigí hacia ella, la besé en la cabeza y me senté en un sillón.
—Hola, perra… —dijo mirándome desde detrás de sus gafas de sol—. ¿Por qué estás tan feliz? ¿Te han recetado las mismas pastillas cojonudas que a mí? Me han hecho flipar en colores. No hace ni media hora que he vuelto en mí. ¿No tendrá más ese doctorcito vuestro?
—Me han dado algo mucho mejor —anuncié sonriendo y arqueando las cejas.
Olga se quitó las gafas, dejó el periódico y clavó los ojos detrás de mí.
—Muy bien, hay moros en la costa. Massimo ha vuelto.
Me giré y me di cuenta de que Black aparecía por la puerta y se dirigía hacia nosotras. Al verlo, me dio un sofocón: pantalones de tela gris y un jersey marengo, bajo el cual asomaba el cuello de una camisa blanca. Llevaba una mano en el bolsillo y la otra a un lado de la cabeza, porque estaba hablando por el teléfono. Su imagen era fascinante, divina; sobre todo, era mío.
Olga se lo quedó mirando atentamente cuando se detuvo a hablar junto al jardín, mirando hacia el mar.
—Este sí que sabe echar un polvo —espetó sacudiendo la cabeza.
Alcé la taza de té sin apartar la mirada de él.
—¿Preguntas o afirmas?
—Te miro y lo sé. Además, un tipo así es garantía de satisfacción.
Me alegré de que volviera a estar de buen humor y no mencionara lo sucedido el día anterior. También yo traté de no pensar en ello, para no ponerme paranoica.
Black terminó de hablar y se acercó a la mesa con cara de póquer.
—Gracias por venir, Olga.
—Gracias a ti por la invitación, don Massimo. Es muy amable por tu parte aceptar mi presencia aquí en este día tan importante para Laura.
Al oír sus palabras, Massimo hizo una mueca, y, por debajo de la mesa, le di una fuerte patada a Olga.
—Pero ¿por qué me das una patada, Laura? —preguntó sorprendida—. Después de todo, es un honor que tus padres, por ejemplo, no van a tener.
Tomó aire, como si fuera a continuar, pero supongo que recordó que no debía alterarme y se calló.
—¿Cómo están mis chicas? —dijo de repente Massimo, inclinándose hacia mí, dándome un beso en el vientre y luego en los labios.
Aquello desconcertó a Olga.
—¿Se lo has dicho? —preguntó en polaco—. Creía que acababa de llegar.
—Se lo he dicho. Volvió anoche.
—Ah, claro, entonces ya sé a qué se debe tu buen humor matutino. Para calmarte, nada como un buen polvo mientras estás colocada. —Movió la cabeza y volvió a sumergirse en la lectura.
Massimo se sentó en el extremo de la mesa y se volvió hacia mí.
—¿A qué hora tenemos cita con el doctor?
—¿Qué quieres decir con «tenemos»?
—Te acompaño.
—Bueno, es que no sé si quiero. —Hice una mueca al imaginármelo en la consulta del ginecólogo—. Mi doctor es un hombre. Desearía que siguiera vivo. ¿Sabes cómo examinan?
Al oírlo, Olga resopló por detrás del periódico y levantó la mano como gesto de disculpa.
—Si lo ha elegido Domenico, seguro que es el mejor y el más profesional. Además, si no quieres que esté, puedo salir de la consulta durante la exploración.
—No, se hace tras una mampara. Creo que te lo pasarás muy bien… —dijo Olga.
—Si quieres otra patada, solo tienes que pedírmela —regañé a Olga en polaco.
—¿Podéis hablar en inglés? —dijo Black cabreado—. Cuando habláis en polaco, me da la sensación de que os burláis de mí.
La aparición de Domenico relajó aquel ambiente cada vez más tenso. Cogió un sillón y se sentó a la mesa.
—Olga,
