Las siete dinastías

Matteo Strukul

Fragmento

Las dinastías

Las dinastías

Milán (Visconti-Sforza)

FILIPPO MARIA VISCONTI: duque de Milán.

AGNESE DEL MAINO: amante y favorita de Filippo Maria Visconti.

MARÍA DE SABOYA: esposa de Filippo Maria Visconti y duquesa de Milán.

PIER CANDIDO DECEMBRIO: consejero de Filippo Maria Visconti.

FRANCESCO SFORZA: condotiero y duque de Milán.

BIANCA MARIA VISCONTI: duquesa de Milán, hija de Filippo Maria Visconti y Agnese del Maino.

CICCO SIMONETTA: consejero de Francesco Sforza.

BRACCIO SPEZZATO: lugarteniente de Francesco Sforza.

MICHELE DA BESOZZO: pintor milanés.

GASPARE DA VIMERCATE: lugarteniente de Francesco Sforza.

GALEAZZO MARIA SFORZA: duque de Milán, hijo de Francesco Sforza y Bianca Maria Visconti.

LUDOVICO MARIA SFORZA, llamado EL MORO: duque de Milán, hermano de Galeazzo Maria Sforza e hijo de Francesco Sforza y Bianca Maria Visconti.

LUCRECIA LANDRIANI: amante y favorita de Galeazzo Maria Sforza.

BONA DE SABOYA: esposa de Galeazzo Maria Sforza y duquesa de Milán.

CATERINA SFORZA: hija de Galeazzo Maria Sforza y Lucrecia Landriani.

LUCIA MARLIANI: amante y favorita de Galeazzo Maria Sforza.

LUCRECIA ALIPRANDI: dama de compañía de Agnese del Maino.

GABOR SZYLAGI: sicario de Bianca Maria Visconti.

Venecia (Condulmer)

GABRIELE CONDULMER: patricio veneciano conocido con el nombre papal de Eugenio IV.

POLISSENA CONDULMER: patricia veneciana, hermana de Gabriele Condulmer.

NICCOLÒ BARBO: aristócrata veneciano, esposo de Polissena Condulmer, miembro del Consejo de los Diez.

PIETRO BARBO: hijo de Niccolò Barbo y Polissena Condulmer conocido con el nombre papal de Pablo II.

ANTONIO CONDULMER: embajador veneciano en la corte de Francia.

ANTONIO CORRER: primo de Gabriele Condulmer, cardenal de Bolonia.

FRANCESCO BUSSONE, llamado EL CARMAGNOLA: capitán general del ejército de Terraferma de la Serenísima República de Venecia.

Ferrara (Este)

LEONELLO DE ESTE: marqués de Ferrara, hijo de Niccolò III de Este y Stella de’ Tolomei.

GUARINO GUARINI: magister, titular de la cátedra de Elocuencia y Literatura Latina y Griega en el Studium de Ferrara.

BORSO DE ESTE: duque de Ferrara, hijo de Niccolò III de Este y Stella de’ Tolomei.

ERCOLE I DE ESTE: duque de Ferrara, hermanastro de Borso de Este.

Florencia (Médici)

COSIMO DE MÉDICI, llamado EL VIEJO: señor de Florencia.

PAOLO DI DONO, llamado PAOLO UCCELLO: pintor florentino.

PIERO DE MÉDICI, llamado EL GOTOSO: señor de Florencia, hijo de Cosimo de Médici y Contessina de Bardi.

LORENZO DE MÉDICI, conocido como EL MAGNÍFICO: señor de Florencia, hijo de Piero de Médici y Lucrecia Tornabuoni.

BRACCIO MARTELLI: aristócrata florentino, amigo de Lorenzo de Médici.

Roma (Colonna y Borgia)

ANTONIO COLONNA: aristócrata romano, príncipe de Salerno, señor de la rama de Genazzano.

ODOARDO COLONNA: aristócrata romano, hermano de Antonio y Prospero Colonna Prospero Colonna: aristócrata romano, hermano de Antonio y Odoardo Colonna, cardenal.

STEFANO COLONNA: aristócrata romano, señor de la rama de Palestrina.

SVEVA ORSINI: aristócrata romana, esposa de Stefano Colonna.

CHIARINA CONTI: aristócrata romana, madre de Stefano Colonna.

IMPERIALE COLONNA: aristócrata romana, hija de Stefano Colonna y Sveva Orsini, esposa de Antonio Colonna.

SALVATORE COLONNA: aristócrata romano.

ALFONSO DE BORGIA: aristócrata español, elegido papa con el nombre de Calixto III.

Nápoles (aragoneses)

EL REY ALFONSO V de Aragón, llamado EL MAGNÁNIMO: rey de Aragón, soberano del reino de Nápoles.

DON RAFAEL COSSIN RUBIO: hidalgo de Medina del Campo, capitán del ejército aragonés.

FERNANDO I DE ARAGÓN, también llamado FERRANTE: rey de Aragón, soberano del reino de Nápoles, hijo de Alfonso V de Aragón y de Gueraldona Carlino.

ISABEL DE CLERMONT: reina de Nápoles, esposa de Fernando I de Aragón.

FILOMENA: plebeya napolitana.

ANIELLO FERRARO: pocero napolitano.

ÍÑIGO DE GUEVARA: capitán del ejército aragonés.

Primera parte

PRIMERA PARTE

Prólogo

Prólogo

Ducado de Milán, castillo de Binasco, 1418

Quería subir a lo alto de la torre. Sabía que tardaría una eternidad, pero se juró que lo lograría. Había fulminado con la mirada a un soldado que se había ofrecido a ayudarlo.

Empujaba con los bastones contra cada peldaño. Hacía fuerza con los brazos. No era ninguna novedad. Sus piernas delgadas, raquíticas, subían despacio, con dificultad. Avanzaba con paso inseguro, renegando y mascullando maldiciones contra sí mismo y aún más contra sus padres, que lo habían relegado a ese infierno de dolor y de inutilidad desde su más tierna infancia.

Cuando finalmente superó el último escalón, estaba empapado en sudor. Casi le temblaban los brazos por el esfuerzo sobrehumano. Se apoyó en las almenas de la muralla, las abrazó y dejó caer al suelo los bastones.

La torre se erguía contra el cielo, alta y maciza. Se alzaba en la esquina del castillo, dominando la vista. El aire empezaba a cambiar de dirección, soplaba hacia el rojo de la aurora. El viento frío del invierno le levantó la capa y la dejó caer hasta que otra ráfaga la hizo revoletear de nuevo. Filippo Maria se arrebujó con ella; el cuello de piel de lobo le rozó las mejillas como una caricia suave.

Binasco. Estaba casi a mitad de camino entre Milán y Pavía. ¿No era ese el lugar perfecto para llevar a cabo su plan? ¿Acaso no había sacrificado toda su vida por esas dos ciudades?

Miró abajo. Vio el foso profundo que se abría a sus pies. Al otro lado, árboles de ramas desnudas y retorcidas, casi yertos por el frío. Más allá, casuchas en ruinas, casas de labranza. Se dio la vuelta y dirigió la vista al patio del castillo, allí donde el patíbulo recibiría a la víctima. Vio destellar las llamas de las antorchas en el aire rosado de la mañana.

Odiaba a Beatrice en lo más profundo de su alma. Se había casado con ella porque Facino Cane lo había obligado. Facino Cane quería ponerla a salvo, protegerla. Lo había susurrado con la boca llena de flema y sangre en su lecho de muerte: «¡Cuidad de Beatrice!». ¡Por supuesto! Y él la había soportado durante seis años. ¡Seis largos años! Había consentido que lo tratara como a un criado, un inferior, un mocoso. ¡A él, que tenía veinte años menos que ella y era el único heredero legítimo al ducado de Milán! Había estado a sus órdenes, había soportado sus caprichos, las muchas humillaciones que le había infligido. Había escuchado pacientemente, sonriendo, las reglas que imponía, dócil como un cachorro de feria, mientras alimentaba la ira que albergaba. A despecho de los moralistas de la corte, que estaban convencidos de que lo hacía para mantener la estabilidad, por amor a la patria y respeto a los muertos. Beatrice, como la perra que era, hizo honor a su apellido y le sirvió: aportó como dote cuatrocientos mil ducados y los territorios de Alessandria, Tortona, Casale, Novara, Vigevano, Biandrate, Varese y toda la Brianza. Había actuado por interés y oportunismo. Y así, en una sola jugada, había recogido para el ducado, su ducado, tierras, hombres y bienes.

Pero ni por un momento se le pasó por la cabeza vivir con ella. Cierto era que a pesar de haber cumplido los cuarenta todavía era hermosa y sabía cómo complacer a un hombre, incluso demasiado, pero él no era el objeto de su atención. Jamás lo fue. Siempre supo que lo engañaba, pero nunca había podido demostrarlo. La muy puta era astuta, por eso le repugnaba. Pero en la sombra, contando los días, tragando hiel, había esperado el momento oportuno. Había crecido durante esos seis años. Y aunque no se hubiera puesto más fuerte, a pesar de que sus piernas inútiles no se hubieran curado, de que le hubiera salido barriga y ahora fuese un hombre feo y tullido, había conseguido lo único que contaba, lo que borraba de un plumazo la invalidez, las bromas de la naturaleza: se había convertido en el duque de Milán. Y hacía honor a su cargo. Había conocido a sus enemigos, los declarados y los más peligrosos que urdían conjuras contra él mientras le sonreían y le hablaban con voz aflautada. Había aprendido a desconfiar de todos y reprimir el resentimiento, fingiendo ser un joven juicioso, sumiso y obediente que aceptaba de buen grado las decisiones del Consejo de los Sabios y ponía en práctica los consejos de los políticos de la corte, cuales lecciones de vida. Mientras tanto, la desconfianza y la ira echaban raíces en su corazón negro, duro como la roca oscura de las montañas.

Mientras todos seguían tratándolo con condescendencia y paternalismo, subestimando su rabia, él había afilado las armas poco a poco durante esos seis años.

Además, la situación había cambiado: había conocido a la dama de compañía de Beatrice. Era mucho más hermosa que ella. Se llamaba Agnese del Maino. Tenía el cabello largo y rubio y los ojos azules como el cielo que ahora había cambiado de color y se había liberado de las últimas llamas de la aurora. ¿Cómo iba a renunciar a la criatura fogosa y apasionada que era Agnese? ¿Él, que cuando la miraba sentía hervir la sangre en las venas? Cuando comprendió que Agnese sabía ver más allá de las apariencias, que era ambiciosa y estaba dispuesta a formar parte de su vida para reinar con él algún día, le ofreció todo lo que poseía. Ella lo estrechó entre sus muslos firmes y fuertes y lo amó con locura. Y en las noches de sexo y frenesí, de placer y tormento, cuando la poseía y por fin se sentía un hombre, ella le hablaba al oído y le susurraba frases que, poco a poco, maduraron un plan ingenioso y perverso.

Y al final lo ejecutaron juntos.

Acusó a Beatrice de fornicar con un criado llamado Michele Orombelli. Ella negó y él la llamó perjura y adúltera. La culpó de mostrarse indiferente a la descendencia de su duque y la condenó sin vacilar. Mandó torturar a Orombelli y, tras un juicio farsa, los guardias lo descuartizaron delante de Beatrice. Después arrojó sus restos a los perros. Por último, ordenó que condujeran a Beatrice al castillo de Binasco a la espera de ser ejecutada.

Y allí estaban ahora.

Observó el horizonte. Después, miró con contrariedad la escalera y se decidió a afrontarla. Hizo un gran esfuerzo para agacharse a recoger los bastones. Escupió. Y se enfrentó al tormento de la bajada.

Cuando sacaron a Beatrice reinaba un silencio absoluto. No había ninguna multitud esperando, solo el patio vacío, salpicado de nieve sucia y barro. Sus soldados habían construido un tablado de madera pequeño que hacía las veces de patíbulo. El verdugo esperaba empuñando un hacha enorme. Francesco Bussone, conocido como el Carmagnola, capitán del ejército milanés, controlaba que todo procediera sin contratiempos. Era alto, de largos cabellos castaños y bigote fino. Un hombre despiadado y fiel que estaba dispuesto a todo con tal de reconquistar las tierras que el ducado había perdido.

Filippo Maria vio a Beatrice igual que siempre: arrogante, incluso en el instante supremo de la muerte, con aquella mirada altanera, orgullosa, dura como el acero. Buscó sus ojos y sintió satisfacción al sostenerle la mirada. Sonrió. Ella no se dignó a dirigirle la palabra. No trató de forcejear, ni siquiera intentó protestar cuando los dos soldados que la sujetaban por los brazos la arrojaron a los pies del verdugo.

Este la aferró sin miramientos y le empujó la cabeza contra un barril. Después la sujetó a él con dos vueltas de cuerda.

El sol hirió las nubes.

Los débiles rayos invernales difundieron una luz lechosa en el patio. Beatrice seguía mirando a su esposo, sin decir palabra, pero sin apartar sus ojos de los de él, es más, encadenándolos a los suyos.

El verdugo levantó el hacha gigantesca sobre su cabeza.

Ni siquiera le había concedido el honor de ser ejecutada con la espada. Filippo Maria había ordenado al verdugo que usara la hoja de un hacha, reservada a los cerdos y a las perras como ella.

El duque de Milán se agarró a sus bastones de fresno y los clavó en la tierra del patio. Observó la escena con voluptuosidad.

Había esperado tanto ese momento que ahora no tenía ninguna intención de perderse un solo instante de la ejecución.

El verdugo bajó el hacha y la hoja cortó el cuello de un golpe. Un chorro de sangre oscura estalló en una lluvia roja. La cabeza, separada del tronco, casi salió disparada; rodó sobre las tablas del patíbulo, cayó abajo y se detuvo entre la nieve sucia y el barro que cubrían el patio.

Filippo Maria se acercó a la cabeza cortada de Beatrice. Vio los ojos fuera de las órbitas y la lengua violácea entre los labios. Tiró al suelo uno de sus bastones y con la mano libre agarró por el pelo la cabeza sanguinolenta. Se dirigió a la pocilga dejando un rastro escarlata tras de sí.

1. Un nido de avispas

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Un nido de avispas

Ducado de Milán, Maclodio, 1427

—No estoy de acuerdo —observó Angelo della Pergola con ojos brillantes—, no creo que el Carmagnola ataque inmediatamente.

—¿Por qué estáis tan seguro? —preguntó Francesco Sforza. Su mirada no delataba la más mínima emoción. Pero su pregunta denotaba una cierta curiosidad, como si estuviera sinceramente interesado en conocer la opinión del viejo condotiero.

—Porque después de ganar la batalla de Sommo se ha guardado muy bien de cruzar el Oglio y ha retrocedido —subrayó Angelo della Pergola con satisfacción.

Sforza, mucho más joven que él, sacudió la cabeza, decepcionado.

Angelo della Pergola odiaba a Francesco Sforza. Hizo un gran esfuerzo para contener su cólera. El comportamiento de ese joven capitán era insoportable. Poseía la arrogancia de la juventud mitigada por un envidiable dominio de sí mismo, que sabía transformar en frialdad. Usaba ese don para provocar continuamente al cabeza loca de Carlo Malatesta, recién nombrado capitán general de las tropas milanesas, que en ese momento los escuchaba divertido.

Pero él no había luchado en la nieve y el barro durante todos esos años para convertirse en la marioneta de dos muchachos que no veían la hora de saquear y hacerse con el botín.

—Pero ¿no os dais cuenta —dijo, dirigiéndose a ambos— de que las condiciones no podrían ser más adversas? ¡Estamos en una planicie cubierta por ciénagas, entre canales de agua helada, y nos enfrentamos, en el peor terreno posible, a un hombre con los antecedentes del Carmagnola, que tiene todos los motivos para no querer combatir!

—Precisamente por eso creo, en cambio, que sería fácil derrotarlo. Si nuestro adversario vacila, ¡mejor que mejor! ¡Acabemos con sus hombres y conquistemos una victoria segura para Filippo Maria Visconti! —tronó Malatesta—. ¿A qué deberíamos esperar, según vos? —preguntó con desdén.

Angelo della Pergola no daba crédito a lo que escuchaba. Ahí estaban: dos mocosos incapaces de razonar. ¡Él, en cambio, lleno de achaques, de heridas mal cicatrizadas y de golpes de los que aún se resentía, había visto de todo a sus cincuenta y dos años! En ese momento se encontraban en la clásica situación expectante en que ninguna de las partes movía ficha contra la otra. Pero la primera en atacar se destruiría con sus propias manos. Si hubiera sabido escribir, habría podido llenar dos tomos enteros con precedentes ejemplarizantes. Aunque se empeñaba en hacerlos razonar, estaba claro que su desconfianza y su reticencia eran tan firmes que todos los intentos de persuadirlos serían inútiles.

—¿Tenéis miedo, capitán? —lo apremió Carlo Malatesta—. Porque lo comprendería. Estáis cansado, a vuestra edad es normal que no deseéis participar en otra batalla campal...

Angelo della Pergola echó chispas por los ojos antes de desenfundar el puñal del cinto y clavarlo con un solo gesto ágil en la mesa que había en el centro de la habitación. Fue tan rápido que Malatesta apenas tuvo tiempo de llevarse la mano a la empuñadura de la espada.

Francesco Sforza, en cambio, parecía mantener una envidiable sangre fría. Carlo Malatesta también lo odiaba. Siempre tan seguro de sí mismo. Frío, distante, capaz de decir lo apropiado en el momento apropiado. Elegante, de cabello suave y maravillosamente cuidado. ¡Un figurín! Le habría puesto las manos encima de buena gana con tal de borrarle la sonrisa de la cara.

Pero en esa ocasión, por lo menos compartía su punto de vista.

—No le tengo miedo a nadie ni a nada —gritó el viejo—. ¡Solo quiero que por una vez tratéis de razonar!

—¿Osáis levantarme la voz?

—No intentéis impresionarme, Malatesta. ¡Que el duque os haya nombrado comandante supremo de su ejército no os da derecho a insultarme! —gruñó el viejo capitán—. ¿De verdad creéis que tengo miedo? ¡No, en absoluto! Pero creo que antes de seguirle la corriente al Carmagnola deberíamos sopesar atentamente la situación. Tuvo la oportunidad de aplastarnos después de la victoria de Sommo y no lo hizo. Está enfadado porque el señor por quien sacrificó toda su vida lo ha abandonado. Pero quizá también esté decepcionado y cansado. Poneos de una vez en su lugar: lleva diez años luchando bajo el estandarte del Biscione, ha reconquistado tierras y ciudades para Filippo Maria Visconti, que lo nombró señor de Génova... Y de repente, lo ponen de patitas en la calle. Debe de haber sido una sorpresa muy amarga. Pero a pesar del desengaño, no es capaz de odiar a Milán. Y a pesar del oro que los venecianos le meten en los bolsillos, el Carmagnola vacila. Puede que haya una posibilidad de llegar a un acuerdo con él y, si así fuera, de evitar un inútil derramamiento de sangre.

—Yo digo en cambio que tenéis miedo, capitán. ¡He escuchado vuestras objeciones y sigo pensando que el verdadero motivo que os empuja a repetir hasta el agotamiento que debemos ser prudentes es el temor a enfrentaros con el Carmagnola en el campo de batalla! Pues bien, ¡para mí no es un problema en absoluto! No le tengo miedo, somos mucho más fuertes, estamos mejor equipados y contamos con ocho bombardas. Si no queréis luchar, quedaos aquí, ¡nadie os exige que pongáis en peligro vuestro viejo y valioso pellejo! —explotó Malatesta, apuntando con el dedo índice a Angelo della Pergola.

—Vamos, comandante —intervino Sforza—, tratemos de no perder...

—¡No me pidáis que no pierda la calma! —lo interrumpió Malatesta—. ¿Tenemos realmente intención de dejar ganar esta batalla a esos cuatro gatos de laguna?

Mientras Malatesta, completamente fuera de sus casillas, dejaba caer esta última pregunta alguien se asomó por la entrada de la tienda.

—Comandante —dijo Guido Torelli dirigiéndose a Carlo Malatesta—, ¡el ejército del Carmagnola se ha puesto en marcha!

—¿Dónde? ¿En qué punto del campo de batalla?

Torelli titubeó:

—Eso es justo lo que no entiendo. La caballería va derecha al camino de Urago. Niccolò da Tolentino está al mando de los venecianos. El Piccinino los aguarda y está listo para atacar. Solo espera vuestras órdenes.

—Señores —concluyó Carlo Malatesta—, la suerte está echada. Uníos a vuestros hombres. Presidiad el camino de Orci Novi. Por mi parte, voy a prestar ayuda al Piccinino. Y a resolver esta ridícula contienda.

2. Maclodio

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Maclodio

Ducado de Milán, Maclodio

El camino dividía en dos la ciénaga. Era una cinta brillante de lluvia y limo que discurría recta entre los canales y los aguazales. Del cielo caían gotas grandes como monedas de plata. Niccolò Piccinino y su columna de caballeros e infantes ocupaba toda la calzada. La lluvia repiqueteaba sobre los yelmos de acero y los escudos de armas, empapaba las gualdrapas de los caballos, inundaba el camino y lo volvía resbaladizo e insidioso.

Piccinino vio avanzar un puñado de caballeros venecianos. El león de San Marcos se agitaba contra el cielo plomizo; parecía que iba a rugir de un momento a otro.

En ese mismo instante oyó un estruendo de cascos detrás de él. Vio a un caballero que avanzaba gallardo e insolente entre las filas de sus soldados. Montaba un destrero grande y negro como el carbón que lucía gualdrapa con hileras ajedrezadas de oro y gules alternadas con otras de plata, los colores de los Malatesta. El capitán general del ejército de los Visconti llevaba la visera del yelmo levantada: el rostro, de mandíbula pronunciada, bien afeitado, estaba salpicado de gotas de lluvia.

Levantó la mano cubierta por el guantelete.

—Así que ha llegado la hora, Niccolò. No vamos a conceder a ese puñado de venecianos el honor del primer asalto, ¿verdad?

—Capitán —dijo Piccinino—, precisamente por eso no las tengo todas conmigo y aconsejo prudencia. ¿Cómo es posible que Venecia y Florencia hayan enviado tan pocos hombres a enfrentarse con nosotros? Mis espías dicen que nuestros enemigos cuentan con numerosos caballeros y regimientos de infantería.

—¿Insinuáis que debemos esperar, Niccolò? ¿Por qué? ¡Sería una cobardía! Escuchadme bien: debemos mantener el núcleo de la artillería en el camino y desplegar la infantería en dos alas. Avanzarán a través de la ciénaga para atacar al enemigo por los flancos. Con este movimiento de pinza ganaremos a esos necios del Carmagnola, de Niccolò da Tolentino y de sus hombres.

—Pero...

—No hay pero que valga —cortó Carlo II Malatesta. Y sin añadir nada más, dio orden de que la infantería y los escuderos se desperdigaran a los lados del camino y avanzaran cruzando los canales y el terreno pantanoso.

—Y ahora —prosiguió— ha llegado la hora de atacar. —Se bajó la visera del yelmo y, blandiendo el mangual, puso el caballo al galope sin demora.

Electrizados al ver a su capitán dispuesto a desafiar a la muerte sin temor alguno, los demás caballeros se lanzaron como un solo hombre contra el enemigo, que había empezado a avanzar contra Malatesta y sus soldados.

Infantes y escuderos echaron a andar por la pendiente del margen; les costaba mantenerse a los lados de la columna de caballeros y se las arreglaban como podían para avanzar entre canales y aguazales.

El Carmagnola sonrió. Desde la altura en que estaba vio que Carlo II Malatesta se había tragado el anzuelo. Su plan funcionaba. Hizo una mueca, saboreando el principio de aquella tarde desapacible pero prometedora.

—Qué amargas son las sorpresas en la batalla, ¿verdad, Giovanni?

El muchacho, ayudante de campo y escudero personal del Carmagnola, asintió. Sus ojos claros brillaron divertidos.

—Malatesta se abalanzará sobre los pocos caballeros que le he puesto delante, pero todavía no sabe lo que se le viene encima. Ah, Giovanni, ¡cuánto lamento jugar esta mala pasada a mi querida Milán! Pero ¡Filippo Maria Visconti se lo ha buscado! Ese tullido es un ingrato. Tenía envidia de los triunfos que recogía para él y me aisló para después renegar de mí, ¿qué te parece? ¡Renegar de mí! ¡El condotiero más grande de todos los tiempos!

Giovanni volvió a asentir, la mirada fija en Francesco Bussone, conde de Castelnuovo Scrivia, los ojos brillantes de admiración.

—Conquisté para él Brescia, Orci Novi, Cremona, Palazzolo y hasta Bellinzona y Altdorf, ¡donde rechacé a los temibles suizos! ¿Y cómo me recompensó? Apartándome. ¡El muy necio! —tronó de nuevo el Carmagnola.

—¡Capitán! —dijo una voz que interrumpió el monólogo con el que Francesco Bussone parecía querer superar la decepción y la amargura que le había causado la traición de Filippo Maria Visconti.

—¿Qué ocurre? —respondió el Carmagnola, contrariado—. Le contaba mis peripecias a Giovanni, que demostraba interés en conocerlas. Como siempre, por otra parte.

El hombre que acababa de llegar a la cima de la colina desde donde el capitán vislumbraba la batalla era un caballero de aspecto gallardo. Su armadura, finamente cincelada, estaba tan reluciente que parecía inmune al barro y a la lluvia.

—¿Cómo lo sabéis —preguntó el recién llegado—, teniendo en cuenta que es mudo? —Y, como queriendo subrayar la paradoja, rio maliciosamente.

La impertinencia provocó al Carmagnola un acceso de tos.

—Vos, Gonzaga —gruñó—, ¡preocupaos por cumplir con vuestro cometido! En cuanto a Giovanni, ¡dice con los ojos mucho más de lo que otros expresan con las palabras! Decidme, ¿los hombres están preparados? ¿Sabéis lo que tenéis que hacer?

—Por supuesto. Los ballesteros ocupan sus posiciones, mimetizados entre el barro y los aguazales, y están listos para aniquilar al enemigo, atacándolo por las alas.

—¡Muy bien, pues! No perdáis el tiempo con bromas necias. Bajad al camino y dad la señal. Cuando los ballesteros hayan diezmado la infantería y debilitado la columna de caballería de Malatesta, cargad con el grueso de nuestro ejército y romped la línea. Si logramos dispersar a los milaneses, acosándolos y obligándolos a huir a la derecha de la formación, los alejaremos de la otra ala formada en el camino de Orci Novi, gobernada por Sforza. ¡Romperemos su ejército en dos y lo convertiremos en carne de cañón! ¿Me explico?

—Perfectamente.

—Apresuraos, pues. Haced lo que os he dicho.

—A sus órdenes, mi capitán. —Gianfrancesco Gonzaga dio la vuelta al caballo sin añadir nada más y empezó a bajar la colina.

El Carmagnola sacudió la cabeza.

—Puaj —dijo—. ¡Tengo que hacerlo todo solo! Menos mal que te tengo a ti, Giovanni.

Apenas alcanzó la formación adversaria, Carlo II Malatesta blandió el mangual y, un instante después, lo abatió sobre el escudo de un enemigo veneciano. El estrépito fue ensordecedor. El fuerte impacto hizo que el hombre perdiera el equilibrio y se inclinara hacia un lado; Carlo, con notable rapidez, le asestó otro golpe titánico que lo cogió por sorpresa. La bola de púas abrió la hombrera y penetró el cuero hasta hundirse en la carne. El veneciano lanzó un grito inhumano mientras regueros de sangre surcaban la chapa de hierro desfondada.

Al tirar del mangual, Malatesta arrancó lo que quedaba de la hombrera y de las correas de cuero y dejó al descubierto el brazo del enemigo. Vio esquirlas de hierro clavadas en la carne. Comprendió que era el momento decisivo para dar el golpe de gracia y blandiendo de nuevo el mangual lo dejó caer por tercera vez, en el costado.

El hombre cayó del caballo con la armadura devorada por las púas de hierro.

Carlo soltó el mangual sin arrancarlo de su víctima. Las púas se habían hundido tan profundamente en la armadura que habría sido peligroso recuperar el arma. Era un instrumento destructivo, pero difícil de usar. A pesar de que le había dado problemas más de una vez, no lograba renunciar a él porque, sobre todo en el primer asalto, le proporcionaba una rapidez que aterrorizaba al enemigo.

Desenvainó la espada mientras el veneciano caía sobre el barro, en un charco de sangre y lluvia. Tiró de las riendas. El caballo se levantó de manos. Quería infundir miedo, esperaba que se difundiera como la lepra entre las filas enemigas.

Pero mientras su destrero volvía a caer en el barro con las cuatro patas, vio algo que lo aterrorizó a él.

3. Las obsesiones de un duque

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Las obsesiones de un duque

Ducado de Milán, castillo de Porta Giovia

—¿Debería, pues, aceptar vuestra decisión sin rechistar? He velado por vos cada día. He luchado como una fiera para protegeros. Os ayudé a concebir y a llevar a cabo el plan gracias al cual os habéis desembarazado de Beatrice. Os he dado una hija sana y hermosa, y, si no la hubiera perdido, el año pasado os habría dado otra. Todo lo que he hecho y he soportado ha sido por vos, alteza, ¡porque os amo más que a mi vida! —Los ojos de Agnese parecieron relampaguear mientras lo decía.

¡Qué hermosa era! Dulce y altanera al mismo tiempo, es decir, irresistible. Agnese del Maino se había arrancado la cofia de encaje blanco y su largo cabello rubio se esparcía sobre sus hombros en luminosos mechones de oro. Las perlas habían ido a parar al suelo y rodaban bajo las butacas tapizadas de terciopelo y la mesa finamente tallada.

Si hubiera podido la habría poseído en ese mismo instante, pero Filippo Maria Visconti sabía que si osaba tocarla, Agnese era capaz de hacer una locura. Debía tratar de apaciguarla y exponerle con calma el plan que había concebido.

—Amor mío, no seáis tan severa conmigo —dijo con dulzura calculada—, os reconozco todos los méritos que habéis enunciado y muchos más. Sin embargo, debéis comprender que este matrimonio es fundamental para el ducado. Ahora que un hombre como el Carmagnola se ha rebelado contra mí, la alianza con Amadeo VIII de Saboya es más necesaria que nunca. Por eso me casaré con María. Pero no temáis, nada me alejará de vos, la única mujer a la que amo.

El duque había pronunciado esas palabras con toda la sinceridad de que fue capaz. No obstante, Agnese no se daba por satisfecha.

—¡Eso decís ahora! Pero dentro de unos meses, cuando tengáis a la novia entre los brazos, temo que se os trastorne el juicio. Además, ¿qué será de Bianca? ¿Qué pensará de vos cuando le cuente que nos abandonasteis?

Filippo Maria sacudió la cabeza. Suspiró, sentado en su sillón preferido. Debía tener paciencia, se repitió. Se puso de pie apoyándose en los bastones, haciendo fuerza con los brazos. Se arrastró penosamente por todo el salón y buscó refugio junto al fuego de la chimenea. Malditas piernas, pensó. Se habría conformado con tener un cuerpo normal. Contuvo un grito de desesperación. Se agarró a la repisa de la gran chimenea con la mano derecha y alargó la otra hacia el hogar, esperando que el calor le sugiriera las palabras adecuadas. Los bastones cayeron al suelo.

Pero había notado un cambio de actitud: el tono de voz de Agnese, que antes era cortante, se había suavizado un poco, y su mirada ardiente y combativa parecía haber languidecido; el hecho de que hubiera dejado de fruncir el entrecejo hacía visible su cambio repentino.

Agnese aprovechó su silencio y continuó:

—Soy capaz de comprender las razones que os empujan a dar este paso, pero vos debéis comprender las mías. Bianca y yo os veneramos como a un dios, pero nuestros enemigos, amor mío, solo esperan el momento oportuno para separarnos. Y a pesar de que Amadeo de Saboya se proclama hoy vuestro aliado y amigo, parece como si ya sentara las premisas para convertirse algún día en vuestro enemigo. El hecho mismo de que no dote a vuestra futura esposa con un solo ducado es poco menos que insólito.

Agnese tuvo la astucia de acompañar estas últimas palabras con un suspiro trémulo, casi sensual.

Filippo Maria se dio cuenta. Pensó que callando obtendría mucho más que hablando y contradiciéndola. Conocía bien el temperamento de Agnese y sabía que en momentos como ese necesitaba desahogarse, contar sus preocupaciones, como si expresándolas pudiera solucionarlas. Pero tampoco podía callar para siempre, porque a la larga provocaría el efecto contrario al que pretendía conseguir.

—Agnese —dijo girándose hacia ella—, me doy perfecta cuenta de lo que decís, es más, lo apruebo. Sin embargo, os pido que confiéis en mí. ¿Acaso os he engañado alguna vez desde que estamos juntos? ¿Os he dado motivos para dudar de mí?

Mientras le hacía esta última pregunta le dirigió una mirada firme, decidida.

—No, amor mío.

—¡Pues tranquilizaos! —prosiguió en voz alta pero sin agresividad—. Hago esto por un solo motivo: asegurarnos un aliado poderoso. Gracias a esta unión, Amadeo VIII de Saboya proporcionará soldados y recursos para contribuir a la defensa de Milán. ¡Esta guerra me cuesta cuarenta y nueve mil florines al mes! Considerando que nuestras entradas mensuales no superan los cincuenta y cuatro mil a pesar de los impuestos asfixiantes que imponemos a la población, ¡calculad los modestos recursos de que disponemos para todo lo demás! Así que, ¡os lo ruego, Agnese! Tratad de comprender. Este matrimonio es el precio que pago a Amadeo VIII por proteger nuestras posesiones. Venecia, Florencia, ¡todos están en mi contra!

—Os entiendo, Filippo —dijo Agnese. Se acercó, lo hizo volverse hacia ella y le cogió las manos—. ¿Cómo no iba a entenderos? ¿Creéis que no me doy cuenta de que la Serenísima es tan insaciable que hasta os ha robado a vuestro mejor hombre, llenándole los bolsillos de dinero? Sin embargo, y os ruego que no me malinterpretéis, ¿acaso no fuisteis vos quien echó de la corte al Carmagnola? Lo llamasteis para que se presentara ante vos, lo hicisteis esperar y al final no lo recibisteis. Conozco vuestros motivos, pero debéis entender que al dar la espalda a los que os fueron fieles alimentáis un resentimiento hacia vos que tarde o temprano se convierte en rabia y en deseo de revancha, sentimientos más peligrosos que la codicia que temíais al principio. —Agnese apretó con más fuerza las manos del duque mientras lo decía.

—Lo sé. Por otra parte, ¿qué más podía hacer? —preguntó Filippo Maria, interrogándola—. Lo había nombrado gobernador de Génova —prosiguió— para darle riquezas y honores y a la vez mantenerlo alejado. ¡Y me recompensa de esta manera! Por el contrario, temo que soy demasiado generoso con mis capitanes. ¡Recordaréis que fueron precisamente ellos, y no los aristócratas, sino meros hombres de armas proclives a la violación y a la rudeza, quienes hincaron el diente en Milán e intentaron quitármela hasta el final! ¡Solo la muerte hizo flaquear a Facino Cane! Y ahora está Francesco Sforza, que a pesar de su juventud es la estrella naciente de los guerreros más destacados. Sin embargo, él también estará combatiendo, ¡y es probable que mientras hablamos nuestro ejército esté luchando hasta la última gota de sangre contra los cabrones del Carmagnola! Quién sabe lo que ocurrirá.

—¡No debéis perder la esperanza, Filippo!

—¿Esperanza? —exclamó el duque—. La esperanza no me ayudará a ganar esta guerra sin fin, sino el cálculo y la traición. Debo ser más despiadado que mis enemigos. Por eso necesito una alianza con Amadeo VIII. No me queda nada. Cada día les pregunto a Decembrio y a Riccio cuánto queda en las arcas. El Consejo de los Sabios ha convocado al Consejo General. Estamos a un paso de la caída, Agnese. Por eso os suplico que no me pidáis lo imposible. Me caso con la Saboya con el único objetivo de asegurar nuestra salvación.

Este último llamamiento surtió el efecto deseado. La mirada de Agnese languideció, sus manos blancas y hermosas acariciaron el rostro cansado del duque. La bella dama lo ayudó después a sentarse frente a la chimenea y retomó la conversación:

—De acuerdo, amor mío. No os angustiaré más. Permitidme solo que os diga que en esta contienda vuestros enemigos tienen un punto débil.

—¿Cuál es? —preguntó Filippo Maria, repentinamente intrigado.

—Admitiréis que hasta ahora el Carmagnola no ha sido todo lo duro que habría podido ser. Tras la victoria de Sommo prácticamente se ha quedado quieto, como si después de todo todavía sintiera afecto por vos y por Milán. El dinero no lo compra todo, ¿no es cierto? El Carmagnola es un gran condotiero y no cabe duda de que las gestas alcanzadas bajo vuestra bandera son las que más le complacen. Gracias a ellas alcanzó la fama imperecedera. Y para un condotiero no hay nada más importante que la fama. Al fin y al cabo, Venecia lo recibió con los brazos abiertos gracias a la gloria que alcanzó bajo vuestro estandarte.

—Sin duda, pero no entiendo adónde queréis ir a parar.

—Perdonad si insisto, amor mío —dijo Agnese, poniéndose el índice sobre los labios para pedirle al duque de la manera más sensual posible que permaneciera en silencio—. Lo que quiero decir es que si enviarais a un mensajero para comunicarle vuestra voluntad y sugerirle una conducta más prudente y menos hostil con Milán, aun sin comprometerse de manera explícita ante Venecia, quizá podríais obtener mediante este ardid, como a vos place, lo que vuestras armas y vuestros hombres no han conseguido.

El duque sonrió. De repente, le pareció ver una luz.

—¡Claro! —exclamó—. No puedo darle dinero, pero sí prometerle tierras y dominios para que vuelva a ponerse de nuestro lado.

—De este modo, contaréis con la alianza de los Saboya y también lograréis contener a Venecia. Y con un poco de suerte dejaréis a la Serenísima sin su mejor hombre.

—Ya —concluyó el duque—, es lo único que tengo.

—Ah, eso no es cierto —dijo Agnese, la voz ronca y pasional—, tenéis mucho más —susurró con complicidad al oído de su señor—. Y creedme cuando os digo que ansío que llegue la noche para recibiros en mi alcoba.

Al oír esas palabras, Filippo Maria sintió que un escalofrío de placer le recorría la espalda. La manera en que Agnese deslizaba alusiones, tan directas que incluso eran descaradas, todavía lo sorprendía. Pero su descaro y su agresividad eran precisamente lo que la hacía tan excitante e irresistible.

Hundió las manos en los mechones de oro, después miró fijamente ese rostro tan hermoso y naufragó en la mirada azul que tenía delante. Agnese apretó sus labios rojos y turgentes contra los de él. Después buscó la lengua del duque. Filippo Maria sintió que el deseo crecía en su pecho y se difundía hacia el vientre.

Estaba a punto de quitarse la ropa cuando alguien llamó insistentemente a la puerta.

—Perdonadme, alteza —graznó una voz de timbre áspero y pedante—, pero traigo noticias del campo de batalla.

—Qué inoportuno —gruñó en voz baja Filippo Maria, que ya saboreaba las dulces caricias de aquella mujer que todavía le hacía perder la cabeza.

Se aclaró la voz, inspiró profundamente y, apenas Agnese se recompuso, lo hizo pasar.

Un instante después, hacía su entrada Pier Candido Decembrio, funcionario ducal y consejero de confianza de Filippo Maria Visconti.

Tras presentar sus respetos al duque y su favorita con una larga reverencia que contenía una punta de desprecio por esta última, Decembrio levantó la mirada.

—Vuestra gracia, tengo la obligación de informaros que nuestro ejército y el veneciano se han encontrado frente a frente cerca de Maclodio. Y que en este momento seguramente se está librando una batalla sangrienta y encarnizada.

4. Lluvia de hierro

4

Lluvia de hierro

Ducado de Milán, Maclodio

Una lluvia de hierro caía del cielo.

Las saetas teñían el aire de negro, cortaban la bóveda celeste con silbidos mortales y segaban la vida de los infantes milaneses. Los hombres avanzaban con dificultad, trataban de permanecer en pie mientras se arrastraban por el barro resbaladizo. La primera descarga de flechas los sorprendió por el costado y batió mortalmente su flanco.

Se desató el infierno.

Mientras los venecianos se retiraban al camino principal, Carlo II Malatesta permaneció plantado sobre los estribos durante un instante, en un silencio irreal, sin que nadie se atreviera a romper esa suspensión del tiempo y el espacio.

Un momento después, el capitán se dejó caer en la silla y comprendió lo que estaba ocurriendo. Y también que era demasiado tarde.

En lugar de lanzar un ataque, los hombres del Carmagnola le habían tendido la trampa más sencilla y letal que se puede concebir. Él y sus hombres se habían aventurado en un movimiento de pinza del que difícilmente saldrían. Lo supo cuando divisó a los ballesteros emergiendo del barro de los aguazales y de las sombras de los cañaverales mucho más allá de la línea de los infantes milaneses. Circundaban y atacaban a los hombres a pie, que caían como moscas.

El aire se llenó de gritos monstruosos. Vio a un hombre llevarse las manos al cuello cuando una flecha se lo atravesó de parte a parte. Otro, alcanzado por una sarta de saetas, se desplomó en el agua sucia de un canal. Y un tercero abrió los brazos mientras el pecho se le llenaba de flechas que parecían alfileres infernales.

Mientras abatían uno tras otro a sus soldados, los caballeros también empezaron a caer. Los corceles heridos relinchaban y se desplomaban en el barro en un revuelo de gualdrapas desgarradas, en medio del estrépito de las puntas de hierro clavándose en las corazas.

Un caballero trató de tranquilizar a su destrero encabritado, las crines húmedas por la lluvia, los cascos rasgando el aire. Como no lo conseguía, probó a detenerlo tirando de las riendas, pero el animal lo desarzonó, y cuando cayó en el barro lo arrolló un alazán sin jinete que huía de la masacre.

Sus hombres iban a la deriva. Sorprendidos por el ataque imprevisto, desbaratados por el barro y diezmados por los rallones de las ballestas, estaban a punto de romper filas y darse a una fuga desordenada e ingobernable que anunciaba una derrota aplastante.

A esas alturas, era una locura acosar al enemigo. Por añadidura, cuando Carlo quiso retroceder, una congerie de caballos tendidos en el suelo, hombres heridos gritando, estandartes perdidos y gualdrapas desgarradas le bloqueaba el paso y le impedía volver a la línea de defensa, si es que aún existía. Carlo lo puso en duda mientras las saetas silbaban a su alrededor. Después, un par de flechas debieron de alcanzar a su montura, porque notó que se le aflojaban las patas y se desplomaba en el suelo del lado derecho del margen.

Fue a parar al fondo de la hondonada, cubierto de barro. Hizo un gran esfuerzo y logró ponerse a cuatro patas mientras veía a los hombres caer boca abajo en los canales. Ahora los infantes y los escuderos enemigos habían sustituido a los ballesteros y cargaban contra sus hombres, partiéndoles la espalda con mazos y hachas.

Su ejército había sido aplastado. Volvió en sí cuando unas manos enguantadas lo agarraron. Desenvainó la espada y rebanó algo con ella. Un grito bestial se impuso sobre el sonido sordo e indistinto de espadas y corazas chocando entre sí. Vio a un soldado veneciano con un muñón de color rojo vomitando sangre copiosamente. Debía de ser su agresor. Pero no tuvo tiempo de pensar. Lo dejó atrás, empujándolo en el barro. Era difícil orientarse en aquella algarabía, pero lo intentó. Oyó otro grito. Se dio la vuelta. Un caballero herido de muerte rodó con su caballo por la pendiente del margen. El aire se saturó de hierro y sangre, los gritos golpearon sus oídos como martillos palpitantes. Los hombres que se arrastraban por el suelo parecían gusanos que intentaban huir desesperadamente de ese infierno.

Algo le golpeó el costado y lo arrojó de nuevo al barro.

Se le cortó la respiración. Trató de levantarse, pero fue imposible. Era como si le hubieran clavado las piernas en la tierra. Hizo un esfuerzo sobrehumano para volver a intentarlo, pero alguien o algo volvió a empujarlo al suelo. Notó que le arrancaban el yelmo. Tenía el pelo embadurnado de sudor y sangre. La lluvia gélida le dio una momentánea y absurda sensación de alivio.

Francesco Sforza estaba preocupado. Presidiaba el camino de Orci Novi con sus hombres, pero nada ni nadie daba señales de vida. Tenían listas las bombardas, cargadas con clavos y piedras, y los hombres estaban impacientes por arrojar esos proyectiles mortales contra los enemigos, pero no había ningún adversario al que atacar. Solo la lluvia rompía el silencio irreal de aquella tarde. Las gotas repicaban sobre los yelmos en una letanía que no vaticinaba nada bueno.

De repente vio aparecer, por el flanco derecho, a un soldado cubierto de barro y sangre. Estaba a punto de dar la orden de abrir fuego cuando se percató de que era de los suyos.

Un soldado de los Visconti.

Levantó la mano para que nadie se atreviera a mover un dedo.

—¡Ayudadlo! —tronó, plantando los pies en los estribos y poniéndose completamente de pie—. ¿No veis que es uno de los nuestros?

En cuanto oyeron la orden, un par de ballesteros salieron disparados de las filas para ayudar al soldado, que avanzaba con dificultad. Se colocaron a un lado y al otro y prácticamente lo llevaron en volandas para ir más deprisa. Al final, llegaron ante Francesco Sforza, que seguía de pie en la silla, erguido sobre su bayo gigantesco.

El hombre cayó de rodillas ante su capitán. Se quitó el yelmo, que parecía ahogarlo. Lo arrojó lejos en un arranque de rabia.

—Habla —lo acució Francesco Sforza—, ¿qué ha ocurrido?

El hombre contó lo sucedido con un hilo de voz.

—Lo hemos perdido todo —dijo—. Han aplastado a Piccinino y a sus hombres.

—¿Qué? —preguntó Sforza, incrédulo.

Mientras tanto, su caballo empezó a girar sobre sí mismo, como si notara la rabia que, gélida y silenciosa, crecía en el pecho de su amo.

El soldado no sabía adónde mirar. Sus palabras sonaron como una condena.

—El Carmagnola nos ha tendido la peor de las trampas —dijo—. Yo estoy vivo de milagro.

Francesco Sforza encaró inmediatamente el caballo con sus filas y dio la espalda al pobre desgraciado, que, agotado, se dejó caer en el barro.

—¡Soldados! —gritó el capitán—. ¡Seguidme! ¡El capitán Malatesta y el capitán Piccinino necesitan nuestra ayuda!

Los gritos de guerra de los hombres estallaron en un estruendo ensordecedor. Sforza lanzó su caballo al galope sin vacilar. Tenía la esperanza de que no fuera demasiado tarde para ayudar al ejército de los Visconti.

5. Las aguas de la laguna

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Las aguas de la laguna

República de Venecia, Ca’ Barbo

Miró a su hermano, a quien quería más que a su vida. Se sentó en la butaca de terciopelo de color langosta y Gabriele se acercó a ella en busca de afecto. Acababa de volver de Roma. Llevaba el hábito cardenalicio rojo púrpura.

Niccolò, su marido, y su primo, Antonio Correr, que también era cardenal, estaban con ellos en la biblioteca.

Polissena podía sentir el nerviosismo de su hermano. Había venido a visitarla y ahora se encontraba en el ojo del huracán de un asunto político complicado.

—Los Diez apoyarán nuestro plan, Gabriele —confirmó Niccolò—. Lo comentaba con Venier y Morosini justo hoy. El dogo desea vuestra subida al solio pontificio. Los Colonna tienen los días contados.

—¡Por supuesto! Lo tenéis todo planeado, ¿no? —respondió Gabriele sin resentimiento. Su voz delataba más bien una mezcla de fatalismo y divertida resignación—. Sigo preguntándome por qué creéis que puedo conseguirlo. ¡Por qué no Antonio, entonces!

—Ya hemos hablado de eso, primo —intervino este último—. Porque mi tío Angelo ya fue pontífice. Y antes de que digáis que también era vuestro tío, me adelanto para haceros notar que el apellido que llevaba era idéntico al mío, no al vuestro, lo cual reduce mis posibilidades. Como sabéis, no causa buena impresión volver a proponer una dinastía, y un nombre, para el pontificado.

—No podía explicarse mejor —observó Niccolò, alisándose la barba rala con la mano abierta—. En cambio vos, Gabriele, sois perfecto. Poseéis el prestigio necesario y procedéis de una familia que a pesar de ser acomodada no tiene fama de codiciosa ni de ambiciosa en las tertulias romanas, lo cual es de agradecer. Sois el candidato ideal. Y aunque el pontífice actual esté vivito y coleando debemos prepararnos.

—Ya —le hizo eco Antonio Correr—. Venecia está en la cumbre de su prestigio. Si, como parece, el Carmagnola derrota a Filippo Maria Visconti, tenemos motivos para esperar que nuestra esfera de influencia aumente. Pero la Serenísima necesita un papa amigo para consolidar su poder en tierra firme, y a juzgar por lo que está ocurriendo ahora no lo tiene.

—¿Os referís a la reciente visita de Martín V al duque de Milán? —preguntó Gabriele.

—Precisamente —convino Antonio mientras se sentaba frente a Polissena. Se atusó el cabello negro, brillante como la seda—. Por otra parte, la fundación de la Congregación de Canónigos Regulares de San Giorgio in Alga está dando frutos con el paso de los años. Surgen muchos otros centros religiosos siguiendo nuestro ejemplo: San Giacomo en Monselice, San Giovanni Decollato en Padua, Sant’Agostino en Vicenza, San Giorgio in Braida en Verona. Es un éxito sorprendente, pero innegable.

—Los hombres de buena voluntad tienen necesidad de reunirse en estas congregaciones para volver a descubrir los valores religiosos —dijo Gabriele con sencillez.

—Por supuesto, hermano —intervino Polissena—, pero está claro que una difusión a esta escala también comporta un mayor peso político de nuestra área de pertenencia.

—¿Tú también, hermana? —añadió Gabriele mientras levantaba la ceja y fruncía los labios sonriendo.

Polissena iba a responder, pero Antonio se adelantó:

—Tengo la sensación de que hay algo que os turba, primo. Abridnos vuestro corazón y decidnos qué os preocupa.

Gabriele fue al grano. Era un hombre sincero que decía exactamente lo que pensaba. Eso podía ser un inconveniente, pero, según Polissena y también a juicio de Antonio, hacía de él un hombre nuevo, perfecto para la Iglesia de Roma.

—A decir verdad, me siento como un peón en un juego que me supera. Podría salir bien, ya que es muy probable que todos lo seamos, pero quisiera que al menos me previnieran.

Niccolò Barbo apenas pudo contenerse:

—Lo comprendemos, Gabriele, pero os estamos adelantando ahora, apertis verbis, que Venecia apoyará con todos los medios a su alcance vuestra subida al trono de Pedro. Comprendo que no lo habéis elegido, pero todos confiamos en que os mantengáis fiel a vuestro deber y no traicionéis la República a la que todos nos debemos.

Polissena fulminó con la mirada a su marido. Comprendía su punto de vista, pero atacando a Gabriele solo obtendría su rechazo. Su hermano era obstinado y si lo ponían entre la espada y la pared podía ser capaz de desbaratar sus planes.

—Perdonad la impetuosidad de mi marido, hermano —se apresuró a decir—. Sin embargo, aunque con maneras bruscas, Niccolò ha dado en el blanco.

—Soy tan consciente, Polissena, que apruebo su argumentación, y, ya que está muy claro lo que pedís, permitidme que os diga que no tengo ninguna intención de eludir mis obligaciones para con la República. Me doy perfecta cuenta de lo estratégica que es Roma para Venecia.

—E incluso Bolonia, Gabriele —lo presionó Antonio—. Ferrara y los Este impartirán consejos mucho más moderados en cuanto tengan que elegir entre nuestro ejército de Terraferma y el pontificio. Y esta es solo una de las ventajas que podrían derivarse de vuestra elección.

—Sin contar con el hecho de que vos ya sois cardenal de Bolonia —bromeó Polissena.

—¡Ya! En fin, todo está decidido. En cuanto Martín V pase a mejor vida, bastará con ser elegido, ¿no? Pero no será fácil en absoluto —prosiguió Gabriele.

Sin embargo, había cambiado imperceptiblemente de actitud. Si hasta entonces su reticencia parecía sincera, ahora era como si ocultara su deseo de ser papa por miedo a que mostrarlo abiertamente fuera de mal agüero.

—Quizá. Pero tenemos la certeza de que los Orsini harán piña contra los Colonna. No son lo bastante fuertes para proponer a su propio candidato, así que Giordano Orsini apoyará vuestra elección. Lo mismo puede decirse de Antonio Panciera. Y de mí. En fin, ya tenéis tres votos a vuestro favor, ¿no?

—Necesitaremos muchos más.

—No os preocupéis por eso, yo me ocuparé de proporcionaros las preferencias necesarias. Seréis papa, Gabriele, lo creáis o no —concluyó triunfante Antonio Correr.

Niccolò lo miró a los ojos.

Polissena hizo lo mismo. Después, como si quisiera sellar un pacto, dejó escapar tres palabras:

—No podemos fracasar.

Su determinación heló la sangre a Gabriele.

6. Derrota

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Derrota

Ducado de Milán, Maclodio

Giró el caballo y se lanzó por el camino de Urago sin pensarlo dos veces. Sus hombres lo siguieron como si el diablo en persona les pisara los talones. No tenían tiempo de llevarse las bombardas y dejó a un contingente en el lugar para que las desmontaran y las transportaran a la otra orilla del Adda, en dirección a Milán. Lo seguían sus seiscientos mejores caballeros. No sabía lo que iban a encontrar, pero debía darse prisa. Tenía la esperanza de llegar a tiempo.

El Carmagnola había luchado con inteligencia. Había concentrado gran parte de su ejército contra las fuerzas de Malatesta y Piccinino en los puntos donde estaba el grueso del ejército de los Visconti y había atacado el cuerpo central, rompiendo en dos la formación y dejando a sus hombres fuera de la batalla.

Cuando llegó a medio a camino entre Maclodio y Urago, se dio cuenta de la situación. La calzada se convertía en una cinta de barro delimitada por los dos márgenes que daban a una vasta depresión de aguazales y ciénagas. Le pareció vislumbrar insectos pululando a lo lejos.

En cuanto se acercó, vio los restos de la batalla: cuerpos mutilados, en pedazos, rostros transfigurados por el dolor, bocas abiertas que pedían a gritos el golpe de gracia. A Francesco le costaba avanzar. Los cadáveres amontonados obstruían el paso. Los estandartes de los Visconti yacían en el barro. Había armaduras destrozadas, yelmos aplastados, escudos abollados y espadas abandonadas por doquier.

Francesco Sforza se hizo la señal de la cruz. Tras aquella visión apocalíptica, por fin oyó algo, un estrépito de espadas chocando en la lejanía, hacia Urago, como si alguien se empeñara en seguir combatiendo.

Espoleó a su caballo y, superando la masacre, se dirigió al lugar de donde procedía el sonido. Sus hombres lo siguieron. Pero si hasta ese momento habían proferido gritos de guerra y de incitación, ahora los caballeros surcaban el aire frío de la noche en silencio.

El cielo se había hecho de plomo. Se levantaba una niebla húmeda que parecía envolver como un sudario la planicie inundada de charcas. Los cascos de los caballos repiqueteaban con un sonido siniestro, un rimbombo de muerte. Francesco Sforza oía cada vez más cercano el canto violento de las espadas. Un instante después, vio a unos pocos hombres del ejército de los Visconti resistiendo a los asaltos de un grupo de caballeros venecianos. Desenvainó la espada, se giró hacia sus hombres, la levantó y la bajó de repente indicando al enemigo, dando orden de atacar.

Los arrollaron.

Sforza golpeó al primer hombre que se le puso por delante con todo el ímpetu de que fue capaz. El caballero veneciano vio como su brazo se doblaba de manera innatural cediendo a la fuerza increíble de Sforza. Gritó, pero no pudo retomar la posición sobre la silla. El capitán, envalentonado por la debilidad del adversario, le asestó inmediatamente otro mandoble que el veneciano no logró parar. En cuanto tocó el barro, uno de los infantes de los Visconti se aproximó y le plantó la pica en el pecho. Sforza siguió atacando y derribó a otro enemigo con un par de mandobles. En poco tiempo, sus hombres se impusieron sobre los venecianos, que, derrotados, se dieron a la fuga.

—¡Adelante, capitán! —gritó uno de sus soldados. Agitaba el brazo izquierdo en dirección de Urago y con el derecho sujetaba el estandarte como si fuera una tabla de salvación. Las enseñas de la culebra azul y el águila negra imperial estaban manchadas de sangre y barro—. ¡Niccolò Piccinino está al doblar esa curva!

Francesco Sforza se limitó a asentir y espoleó a su caballo. Por lo menos no se iría con las manos vacías. Piccinino era un gran condotiero y, aunque había subestimado al Carmagnola, merecía salvar el pellejo. Sforza atravesó aquella maraña roja y neblinosa con la espada en la mano. Su caballo —los ollares humeantes, los músculos en tensión, crispados por la carrera— temblaba bajo su peso y devoraba la distancia animado por una rabia creciente.

Cuando dobló la curva, vio, a la derecha del camino, a un grupo de infantes y caballeros a pie que ponían todo su empeño en quitarse la vida unos a otros. Los soldados estaban agotados y se atacaban con tal lentitud y sufrimiento que parecían luchar porque no les quedaba otra, como si ninguna de las partes pudiera eludir lo que se esperaba de ellos.

Francesco Sforza hizo bajar a su caballo por el margen derecho, sin perder tiempo, pero con cuidado para que no se rompiera una pata. A pesar de que la tierra húmeda, empapada de agua, cedía bajo el peso de los cascos, el capitán se las arregló para llegar a la planicie pantanosa. Allí, por suerte, el terreno se hacía más compacto. Sforza y sus hombres cargaron contra el nutrido pero agotado grupo de soldados venecianos, levantando a su paso una lluvia de barro. En medio de ellos, flanqueado por algunos de sus fieles compañeros, resistía, herido, Niccolò Piccinino. Apenas se aguantaba de pie, pero seguía rechazando al adversario. Tenía la armadura manchada de sangre y debía de estar herido en el hombro, pues había perdido el guardabrazo y la hombrera.

Cuando lo vio llegar en su ayuda, Piccinino multiplicó sus esfuerzos. «¡Valor, caballeros! ¡El capitán Francesco Sforza ha venido en nuestra ayuda!» Y mientras lo decía, asestó un mandoble brutal a su adversario y lo derribó. Después, con un brinco dictado por el deseo desesperado de salvarse, saltó como un gato sobre el caballo que los hombres de Francesco Sforza habían traído para él. Mientras tanto, el capitán del ejército de los Visconti y sus hombres hacían trizas a los enemigos.

Piccinino vio a un veneciano que abría los brazos y miraba al cielo mientras un milanés le abría la espalda de un tajo. A otro desplomarse bajo un golpe d

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