Los días de niebla el puerto se convertía en un pantano. Una sombra cruzaba la plaza, vadeando entre los árboles, y al tocar cualquier cosa iba dejando las marcas alargadas de sus dedos. Bajo la superficie intacta, un moho silencioso hendía la madera; la herrumbre perforaba los metales. Todo se pudría, también nosotros. Si Mauro no estaba conmigo, los días de niebla salía a dar vueltas sola por el barrio. Me dejaba guiar por el cartel luminoso del hotel que titilaba a lo lejos: HOTE A ACIO. Seguían faltando las mismas letras, aunque ya no fuera un hotel sino otro de los tantos edificios ocupados en la ciudad. ¿En qué día estoy pensando? Todavía me parece oír el ruido del neón —su vibración eléctrica— y el falso circuito de otra letra a punto de apagarse. Los ocupantes del hotel lo dejaban prendido no por desidia, tampoco por nostalgia, sino para recordar que estaban vivos. Aún podían hacer algo caprichoso, meramente estético, aún podían modificar el paisaje.
Si voy a contar esta historia debería empezar por algún lado, elegir un comienzo. ¿Pero cuál? Nunca fui buena para los comienzos. ¿El día del pez, por ejemplo? Esas cosas minúsculas que marcan el tiempo y lo vuelven inolvidable. Hacía frío y la niebla se condensaba sobre los contenedores desbordados. No sé de dónde salía tanta basura. Era como si se digiriera y se excretara a sí misma. ¿Y quién te dice que los desechos no seamos nosotros?, algo así podría haber dicho Max. Recuerdo que doblé en la esquina del viejo almacén, con su puerta y ventanas tapiadas, y al bajar hacia la rambla sur, la luz verdirroja del cartel luminoso se derramó sobre mí.
Mauro volvería al día siguiente y con él también vendría otro mes de encierro y de trabajo. Cocinar, limpiar, controlarlo todo. Cada vez que se lo llevaban, dormía un día entero hasta recuperar el sueño que él amenazaba o interrumpía. La eterna vigilia. Para eso me pagaban una suma exagerada que nunca alcanzaría a recompensarme, y los padres de Mauro lo sabían. Respirar el aire estancado del puerto, merodear las calles, ver a mi madre o a Max eran los lujos de aquellos días en los que mi tiempo dejaba de tener precio. Eso si tenía la suerte de que no hubiera viento.
En la rambla solo encontré a los pescadores, con el cuello de la campera levantado hasta las orejas, las manos rojas y agrietadas. Por todos lados se extendía el agua ancha, un estuario que transformaba el río en un mar sin orillas. La niebla borraba el límite del horizonte. Eran las diez o las once o las tres en esa claridad lechosa y sin matices. Las algas flotaban no muy lejos, como una flema sanguinolenta, pero los pescadores no parecían preocupados. Apoyaban sus baldes junto a las sillas de playa, encarnaban el anzuelo y reunían la fuerza de sus brazos secos para lanzarlo tan lejos como fuera posible. Me gustaba el ruido que hacía el reel al soltar la tanza: me recordaba a los veranos en bicicleta en San Felipe, las ruedas sin freno en la bajada, con las rodillas arriba para que los pies no se enredaran en los pedales. Toda mi infancia estaba en esa bicicleta, en las playas ahora prohibidas, rodeadas por una cinta amarilla que el viento destrozaba y que unos policías enmascarados volvían a colocar. Zona de exclusión, decían las cintas. ¿Para qué? Si solo los suicidas elegían morir así, contaminados, expuestos a enfermedades sin nombre que tampoco auguraban una muerte rápida.
Una vez, mucho antes de casarme con Max, vi un banco de niebla tan denso como aquel. Fue en San Felipe, una madrugada de principios de diciembre. Me acuerdo porque el balneario aún estaba vacío, excepto por los pocos que veraneábamos ahí de toda la vida. Max y yo íbamos caminando lento por la carretera, sin mirar hacia la playa negra, acostumbrados al ritmo de las olas que rompían en la orilla. Para nosotros, aquel ruido era como un reloj, una certeza de todos los veranos que vendrían. A diferencia de los turistas, nosotros no íbamos a San Felipe a descansar, sino a confirmar una continuidad. La linterna de Max era nuestra única fuente de luz, pero conocíamos el camino. Nos detuvimos a la altura del mirador, donde generalmente se escondían los amantes, y nos apoyamos en los listones de madera blanca. Max apuntó la linterna hacia la playa y entre la niebla pudimos ver la masa de cangrejos. La arena parecía respirar, hincharse como un animal dormido. Los cangrejos refulgían en el halo de luz, salían a borbotones de entre las grietas del malecón. Cientos de cangrejos diminutos. ¿Qué dijo Max? No lo recuerdo; tengo la sensación de que los dos nos quedamos temblando, como si por primera vez fuéramos conscientes de que existía algo incomprensible, más grande que nosotros.
Pero en el invierno de la rambla sur no se veía saltar ni una lisa. Los baldes de los pescadores estaban vacíos; la carnada inútil dentro de las bolsas de nailon. Me senté cerca de un hombre que llevaba un gorro con orejeras al estilo ruso. Las manos me temblaban de frío, pero no hice nada por contenerlas. Yo, al contrario que Max, no creía que la voluntad fuera algo independiente del cuerpo. Por eso él había pasado los últimos años haciendo ejercicios extravagantes. Purgas, privaciones, ganchos que tiraban de la piel: el éxtasis del dolor. En ayunas el organismo era una membrana prodigiosa, decía, una planta sedienta que había permanecido demasiado tiempo en la oscuridad. Tal vez. Pero lo que Max buscaba era otra cosa: separarse de su cuerpo, esa máquina indomable del deseo, sin conciencia ni límites, repugnante y al mismo tiempo inocente, pura.
El pescador se dio cuenta de que lo miraba. Con los pies colgando hacia el agua, sin máscara ni botas de goma y una mochila que parecía llena de piedras, habrá pensado que era otra pobre loca con ganas de saltar al río. Tal vez mi familia hubiera muerto; uno por uno habrían entrado al pabellón de agudos del Clínicas para no salir más. El agua apenas hacía ruido al tocar el muro. Los vientos seguían tranquilos. ¿Cuánto podía durar la calma? Toda guerra tenía su tregua, incluso esta cuyo enemigo era invisible.
La línea se tensó de golpe y vi al pescador cinchar y enrollar el reel hasta que un pez diminuto se alzó en el aire. Se curvaba sin fuerza, pero el breve brillo de las escamas plateadas despertó en el hombre una sonrisa. Lo agarró con la mano sin guante y le quitó el anzuelo. Quién sabe qué muerte y qué milagro contenía ese animal, y así lo miramos, el hombre y yo. Esperé que lo pusiera en el balde, aunque fuera por un rato, pero él lo devolvió enseguida al agua. Era tan liviano que entró sin hacer ruido. El último pez. Un minuto más tarde ya estaría lejos, inmune a la espesura de raíces, a la trampa mortal de algas y desechos. El hombre giró para mirarme y me hizo un gesto con la mano. Este es el punto de mi relato, el falso comienzo. Aquí podría fácilmente inventarme un augurio o una señal de todo lo que vendría después, pero no. Eso fue todo: un día cualquiera a una hora cualquiera, excepto por ese pez que se elevó en el aire y volvió a caer al agua.
Había una vez.
¿Qué?
Había una vez una vez.
¿Lo que nunca hubo?
Lo que nunca más.
Los pocos taxis que circulaban por la rambla avanzaban lento, con las ventanillas cerradas. Iban a la pesca de alguna urgencia, algún desgraciado que colapsara en plena calle y al que deberían dejar en la puerta del Clínicas. Valía la pena el riesgo. Salud Pública pagaba el viaje y la tarifa de insalubre. Le hice señas a uno que me tocó bocina antes de seguir de largo. Me saqué la mochila de la espalda y la apoyé en el suelo. Iba llena de libros. La epidemia nos había devuelto lo que años atrás parecía irreversible: un país de lectores, sepultado lejos del mar, los ricos en sus estancias o casonas sobre las colinas, los pobres desbordando las ciudades del interior, aquellas mismas de las que antes nos burlábamos por vacías, escasas, obtusas.
Dos taxis más siguieron de largo antes de tener suerte. Ni bien el taxista me saludó, reconocí su tipo. Era de los que se creían dueños de una verdad profunda, la verdad de la calle.
—Con esa mochila vas llamando la atención —dijo.
—No van a encontrar gran cosa.
Acomodé la mochila en el asiento y le di la dirección de mi madre. Por la ventanilla vi el templo masón, al otro lado de la rambla, diluido tras el telón mugriento de la niebla.
—Los Pozos. ¿Vivís ahí?
—Voy a ver a alguien.
Él se jactó de conocer bien el barrio. Había pasado su infancia en la zona, en casa de su abuela. Yo le dije que también, aunque no fuera verdad. Después de la evacuación, mi madre decidió mudarse a una de las casonas abandonadas de Los Pozos. Los dueños las alquilaban por chirolas con tal de mantenerlas vivas, con ese orgullo de la aristocracia venida a menos. Querían los jardines pulcros, las ventanas sin tapiar, las habitaciones libres de linyeras. Ese pasado glorioso era lo que le daba seguridad a mi madre, no la distancia que había puesto entre las algas y ella. Mi madre tenía una confianza ciega en los materiales nobles y tal vez haya pensado que la contaminación no podría atravesar una buena pared, ancha y silenciosa, un techo bien construido, sin grietas por las que se colara el viento. Las aguas del riachuelo estaban menos contaminadas que las de la rambla, pero un olor pestilente, mezcla de basura, limo y químicos, inundaba el barrio.
Justo en la esquina, unos metros antes de llegar, alguien revolvía dentro de un contenedor de basura.
—¿Ves? Esos son los que después nos roban —dijo el taxista—. No le tienen miedo al viento rojo ni a su roja madre.
Las piernas del hombre se agitaban como las patas de un insecto para mantener el equilibrio y no caer de cabeza en la basura. La niebla tampoco se diluía en Los Pozos. Al contrario, al resguardo del viento, se empantanaba más. Las nubes parecían fabricarse ahí, exhaladas por la tierra, y la humedad se sentía en la cara, lenta y fría como la baba de un caracol.
—¿Sabés cómo les digo yo a los que viven acá? —dijo el taxista.
—¿Cómo?
—Los nifunifá. Ni tan locos ni tan cuerdos —se rio—. Decime si no tengo razón.
Abrí el portón de entrada y di la vuelta directo hacia el jardín. ¿Para qué anunciarme? Si no la encontraba en la casa, seguro estaría en lo de la maestra, que no había querido irse con tal de no abandonar su piano de cola. Pasaban las tardes así, mi madre leyendo, la maestra tocando el piano o fingiendo tocar algo sublime. A veces llegaban otros viejos de Los Pozos, y mi madre y la maestra oficiaban de anfitrionas en una ciudad en ruinas. La gente le pedía recomendaciones de libros a mi madre y ella hablaba de los personajes de las novelas como si hablara de sus vecinos: ¿qué se puede esperar de él?, a esa mejor perderla que encontrarla, una mujer sufrida, un pobre diablo.
Encontré a mi madre en el jardín, con los pies hundidos en el cantero, podando las plantas con una tijera enorme. El crujido de mis pisadas la alertó y, al verme, se sacó uno de los guantes sucio de tierra, demasiado grande para su mano:
—Vení a ver esto —dijo.
Me mostró los nuevos brotes de las plantas, lo que ella consideraba un milagro, el triunfo de la vida sobre esa muerte de ácido y oscuridad. Yo le conté que en Chernóbil había más animales que nunca, y hasta los que estaban en peligro de extinción se habían reproducido gracias a la ausencia de humanos. Mi madre no lo interpretó como una ironía, sino —otra vez— como el triunfo de la vida sobre la muerte.
—Humana, mamá. Sobre la muerte humana.
—Es un detalle —dijo, y señaló la puerta de la cocina—. ¿Tenés hambre? Hice escones.
Sobre la mesada de mármol encontré panes, queso, mermelada de naranja y hasta una palta. De dónde había sacado la palta, mejor no saber. Los escones estaban cubiertos con un repasador blanco. Un banquete para mí, que apenas podía tragar mi comida delante de Mauro. Comer cuando el cuerpo me lo pedía era un concepto ajeno, un impulso al que me había vuelto indiferente. Debía olvidar mis necesidades, sincronizar mi hambre con la de Mauro, embucharme algo rápido mientras él dormía para evitar otro berrinche. Eran trucos, estrategias que había ido aprendiendo con el paso de los meses.
Puse todo sobre una bandeja y volví al jardín.
—Hay que aprovechar la tregua —dije, apoyando la bandeja tintineante sobre la mesa de vidrio, con sus patas de hierro algo herrumbradas.
Dos escones, manteca, mermelada, una taza de té, un cubierto para cada función. Tuve que disimular la alegría que me daban esas cosas banales: partir el escón con la mano y sentir el clac seco que hacía al separarse por la mitad; sacar la manteca en finas láminas con ese cuchillito especial, de punta redonda, que parecía de juguete; revolver el té con la cuchara de plata, más pesada que todas mis cucharas juntas. Los privilegios que solo un desastre podía habernos concedido. Estábamos tomando el té en un jardín de Los Pozos y la niebla nos envolvía como jirones de gasa.
—Te cortaste el pelo —dijo mi madre—. Y lo tenés más crespo.
—Eso es mérito de la humedad.
—Te quedaba más lindo largo. Así te queda como apagado. El pelo largo te da más vida.
—A mí me gusta así.
—Yo solo cumplo con el deber de decírtelo —dijo, y se encogió de hombros—. Si tu propia madre no te dice las cosas...
—Sos honesta, te lo concedo.
—Peor es ser cínica, hija. Una tiene que agradecer la franqueza en estos tiempos. Además, solo te estoy hablando de pelo. El pelo crece, ¿no?
Miró para otro lado, lejos, hacia el jardín de la casa vecina, con los postigos cerrados y agujeros negros donde faltaban tejas en el techo. Más allá se adivinaban otras casas desdibujadas tras la neblina, la mayoría tapiadas, corroídas por el abandono o los gases del aire.
—La resignación no es un valor —dijo—. Hay que luchar por lo que se quiere en esta vida.
—Decime, mamá, ¿vos por qué seguís acá?
Los guantes de jardín estaban sobre la mesa y me hicieron pensar en las manos cercenadas de un gigante.
—Eso mismo te pregunto a vos. ¿Qué querés demostrar, hija? ¿Cuánto te hicieron sufrir que ya no te importa ni tu propia vida?
—Max no tiene nada que ver con esto.
—¿Qué sabés de él? Decímelo. Podés confiar en mí.
—Nada. No sé nada.
—Hiciste lo que pudiste —dijo—. Pero ese matrimonio estaba maldito.
—Qué palabra... ¿Y te acordás de quién lo maldijo desde el primer día?
Miró hacia abajo, entre sus pies, y se agarró la cabeza, con los codos apoyados en el borde metálico de la mesa de vidrio. Los rulos le caían hacia adelante, cubriéndole la cara. Me agota, la oí decir, te juro que me agota. Me preparé para escuchar algo mordaz, algo que iría directo al meollo de mi personalidad, pero esta vez no dijo nada. Se quedó ahí, ofreciéndome las raíces canosas de su pelo en la coronilla. Era como si habláramos idiomas distintos y ninguna de las dos estuviera dispuesta a aprender la lengua de la otra. Toda la vida me había dedicado a analizar sus gestos, a interpretar lo que yo creía eran señales secretas. De pronto volví a pensar en aquella masa de cangrejos. Mi madre me generaba el mismo desasosiego, el mismo miedo primitivo, y en aquel momento hubiera preferido volver a la manera cómoda en que antes nos odiábamos.
—Mamá... —Metí los dedos entre sus rizos deshechos y llegué a tocar sus nudillos gruesos y rugosos. Ese contacto era mucho más de lo que nos habíamos permitido en años—. No importa.
Ella levantó la cabeza. Tenía la cara enrojecida.
—Ya sé —dijo—. Ya sé. Qué sentido tiene.
Se levantó y agarró el plato en el que solo quedaban algunas migas amarillas. Fue hasta la cocina y volvió con más escones. Yo los devoré tan rápido que no pude sino pensar en Mauro. Le conté a mi madre sobre la vez en que se me olvidó sacar la basura y desperté a mitad de la noche con un ruido de ratones. La luz de la cocina estaba prendida y desde el umbral vi a Mauro en calzoncillos, la bolsa destrozada a su alrededor, mientras revisaba la basura y se llevaba a la boca todos los desperdicios que encontraba, comestibles o no, incluso el envoltorio de aluminio de una hamburguesa. El aluminio le dio electricidad en los dientes y lo escupió con rabia, mascado como un chicle.
—Siempre vuelve así. No sé para qué se lo llevan.
La humedad de la niebla ya empezaba a atravesarme el pantalón, a pesar del almohadoncito duro y chato que cubría la silla de hierro. Envolví la taza con las manos y dejé que el vapor me calentara la cara.
—Pobre chiquilín —dijo mi madre, aunque quería decir otra cosa. Vi el miedo en sus ojos; el pavor de imaginarme en una casa del puerto, expuesta al viento rojo, conviviendo con la enfermedad. Ella no me creía capaz de tanto—. ¿Y cuánto te falta para juntar la plata?
Ahí estaba. La pregunta. Se había mordido la lengua esperando el momento más oportuno para soltarla.
—No sé, unos meses, un año. Yo estoy bien acá.
—Estás expuesta, hija.
—Vos también.
Chasqueó la lengua:
—Yo ya viví mi vida.
La epidemia había tenido el efecto de reconciliarnos. Hasta hacía poco, apenas podíamos estar más de cinco minutos en el mismo espacio. Sus preguntas con doble sentido, sus campañas bienintencionadas para dirigir mi vida. No se puede desear tanto el bien de otra persona; es monstruoso, agresivo incluso. Apenas un año antes, cualquier comentario sobre Max me habría expulsado de la casa con un portazo. Como el viento que va desenterrando unos huesos sueltos y resecos, la epidemia nos había acercado, aunque solo fuera a ese lugar baldío.
Y sin embargo le mentí. Ya tenía la plata para irme. Tenía más de lo que cualquiera en el puerto podía tener. Tenía tanta plata que podría haber hecho sándwiches de billetes, alimentar a Mauro con lechuga de papel. Pero yo, igual que los pescadores, tampoco era capaz de imaginarme en otra parte.
—No vine acá para hablar de eso —dije—. Contame de vos. ¿Qué tal la vida en este pozo?
Ella se puso a contarme los pequeños chismes de los vecinos. La maestra tenía una aventura con un agrónomo. Desde que el viento rojo había hecho estragos con los animales, el hombre pasó de ser un donnadie a convertirse en un nuevo rico de primera línea, un autodenominado experto en legum
