1
LUCCA
—Yo creo que ha salido genial, ¿verdad?
—Sí, hemos hecho una buena entrevista...
Antes de empezar aquella entrevista estábamos muy nerviosos, no estábamos acostumbrados a salir por la tele. Para nosotros era un bombazo y nos sentimos muy satisfechos de nuestras respuestas. La presentadora se había enrollado muchísimo y había conseguido que aquella charla acabara siendo amena e incluso yo había terminado cantando Ciao, bonita.
Esperaba que Marina estuviera al otro lado de la tele, sabía por Adriano que habían llegado a Roma aquel mismo día. Esperaba también que hubiera entendido que había cantado aquella canción pensando en ella.
Sandra: Lucca, me ha encantado verte cantar y cuando has señalado hacia la pantalla casi me desmayo...
—Joder...
No, no había pensado en ella ni un minuto a pesar de que estábamos liados. En aquel momento en mi mente solo había habido un nombre, una melena de pelo negro y unos ojos azules que me tenían hipnotizado desde el día uno.
—Marina, Marina...
De vez en cuando la nombraba y así me daba la impresión de que la tenía más cerca, pero la verdad era que estábamos más lejos que nunca. Ella vivía en Barcelona y yo, en Roma; además, mi nuevo grupo de música me tenía absorbido.
Lucca: Gracias, Sandra, estaba muy nervioso.
¿Por qué estaba con Sandra? No lo sabía ni yo. Llamadme capullo, pero a veces haces las cosas por inercia, porque te empujan, porque te dejas llevar, a pesar de que te estés preguntando constantemente: «¿Qué leches estoy haciendo?». Yo soy de esos, de los que meten la pata a menudo porque me dejo arrastrar casi sin pensar en lo que ocurrirá después. Tal vez sea herencia de mis padres.
—¿Lo vamos a celebrar?
Ese era Carlo, el cantante del grupo, y siempre estaba celebrándolo todo. Era un juerguista de los de verdad, pero con una voz de oro. Algunos decían que se parecía un poco a Justin Bieber y yo también lo pensaba.
—Yo he quedado —les dije pensando que Marina estaba en el piso de Adriano.
Lo sabía por mi amigo, claro.
Adriano creía con firmeza que yo seguía pillado por Marina, pero se equivocaba, solo me atraía y miraba sus vídeos en TikTok únicamente porque baila de vicio.
—¿Tu chica? —preguntó Carlo guiñándome el ojo.
—No tengo chica, te lo he dicho veinte veces.
Carlo y yo habíamos conectado nada más conocernos. Es el típico tío guapo que parece sacado de una pasarela de moda: alto, moreno y con una mirada intensa. No, no penséis que me mola porque soy bisexual, no me gustan todas las tías ni todos los tíos, obvio. Pero Carlo es una de esas personas con carisma y nuestro mánager musical lo sabe de sobra.
—Ya, ya —replicó riendo.
Le di un puñetazo suave en el hombro y él me lo devolvió del mismo modo. Parecíamos dos críos jugando a boxeo.
—Lo celebramos otro día, campeón —me dijo condescendiente.
Nos dimos un abrazo rápido, como siempre, y me fui de allí sonriendo.
«Campeón.»
Carlo había empezado a llamarme de aquel modo al oírme cantar por primera vez.
«Campeón.»
¿Yo? Si siempre había sido un desastre para casi todo. Sí, sí, sabía que la música era lo mío, pero hasta entonces no había logrado brillar con mi don. Me costaba aceptar ese apodo, aunque debía reconocer que se me hinchaba el pecho cada vez que Carlo me nombraba así. Yo nunca había sido campeón en nada, ni en la escuela, ni haciendo deporte, ni en el instituto...: lo dicho, en nada.
Mientras esperaba el taxi sonó mi móvil.
—¿Sí?
—¡Ey! Colega, ¿cómo va eso? Soy Rafa.
—¿Qué quieres?
—¿No tendrás algo de pasta para dejarme?
—Ya te lo dije la semana pasada, no tengo nada.
—Joder, tío, ya no te acuerdas de los pobres. Te has ido a vivir a ese barrio de pijos y has olvidado quiénes son tus amigos de verdad.
No había nada de cierto: ni éramos amigos ni yo había olvidado las movidas que había vivido junto a ellos.
—Rafa, ¿cuánto necesitas?
—Cien pavos, solo eso.
—Te paso el dinero por Verse.
—Gracias, Lucca, eres un buen colega.
—Es la última —le dije con rotundidad.
—Que sí, que sí. En cuanto pueda te lo devuelvo.
No se lo creía ni él. No le pregunté para qué quería el dinero porque probablemente me mentiría.
Rafa era uno de mis antiguos amigos del barrio. Allí nos conocíamos casi todos y yo sabía que en su casa las pasaban putas para lograr comer cada día. No me iba a engañar pensando que aquellos cien euros los usaría para llenar la nevera, pero por lo menos no le robaría el dinero a su madre.
Una vez dentro del taxi le pasé el dinero y Rafa me mandó un mensaje de WhatsApp diciéndome que era el mejor. Lo borré y cerré los ojos unos segundos. ¿Hacía bien dándole ese dinero? Adriano me diría que no y probablemente tendría razón, pero una parte de mí entendía cómo se sentía Rafa. No podía evitarlo.
No soy una persona reflexiva, una de esas que todo lo razonan, que tocan de pies a tierra. Para nada. Soy impulsivo, soy de piel, de sentir, no pienso demasiado en las consecuencias de mis actos. Cuando pienso en lo que he hecho suele ser tarde y ya no hay remedio, pero no lo hago queriendo, no es eso. Es un rasgo de mi personalidad que intento equilibrar, pero en la mayoría de las ocasiones fracaso. ¿Cuándo consigo frenarme? Cuando estoy con gente que me avisa de que mis actos pueden destruir en un segundo lo que he construido durante toda una vida. Cuando estoy con Adriano, por ejemplo.
Lucca: ¿Siguen las españolas en tu piso?
Marina, Cloe y Abril llegaron a Roma a principios de año para hacer un Erasmus y habían terminado marcando nuestras vidas de una forma inesperada. Adriano estaba loco por Cloe y yo me había sentido atraído por Marina desde que la conocí.
Adriano: Ya tardas. ¿Las aviso o quieres hacer una entrada triunfal, en plan Freddy Mercury?
Lucca: Deja de beber, capullo.
Me reí al releerlo. Adriano para mí era como un hermano, ese hermano que no tuve. Nos conocimos hace un par de años gracias a mi torpeza, ya que le manché la camisa, pero el tío no se lo tomó a mal y me apeteció conocerlo al momento. Y acerté, ahí sí que acerté porque es de aquellas personas que siempre están a tu lado, para lo que sea.
Meses atrás un imbécil me rompió la guitarra y Adriano me compró otra igual. Así, sin más. Él sabía que esa guitarra era mi bien más preciado y también que me había costado un pastón. Al día siguiente tuve una guitarra nueva y cuando la vi me quedé boqueando como un pez.
Me prometí devolverle el dinero, sí o sí.
Por suerte se lo he podido devolver porque las cosas me empiezan a ir bien con el grupo nuevo. Ahora vivo frente a Adriano, en el piso donde estaban las españolas y donde Marina y yo pasamos una noche de infarto... Joder, qué noche. No dormimos apenas.
—¿Volverás a por mí algún día? —le pregunté justo antes de entrar en ella.
—¿Quieres que vuelva?
—No quiero que te vayas...
Mi polla entró acoplándose a su cuerpo con una perfección que no era normal.
—Lucca... Dios...
—Di mi nombre otra vez...
—Lucca... Lucca...
Joder.
Salí del taxi y me coloqué bien la erección. Era pensar en aquel día y uf...
Miré hacia el piso de Adriano y vi luz en las ventanas. Estaba a pocos metros de Marina y no sabía cómo actuar ante de ella. A través de la pantalla de la tele le había mandado un mensaje muy claro, pero tenerla frente a mí era otra historia.
¿Nos ignoraríamos mutuamente? ¿Nos miraríamos como aquella noche? Yo no quería caer de nuevo en su tela de araña, pero no podía evitar sentir esa atracción por ella.
Antes de llamar a la puerta oí voces y risas. Estuve a punto de irme a mi piso, podía poner cualquier excusa, pero era absurdo evitarla. Marina y Abril se iban a quedar una semana en Roma y yo tenía unos días libres antes de irnos a tocar a Palermo y Catania.
Llamé sin pensarlo más y cuando me abrió Adriano con su habitual sonrisa me relajé al instante.
—¡Lucca! Pasa, pasa, que te esperan con ganas.
Adriano soltó una carcajada y me hizo reír.
—¿Cómo están esas chicas españolas? —pregunté al entrar mientras mis ojos buscaban a Marina.
—¡¡¡Lucca!!! ¡Eres famoso! —exclamó Abril mientras se acercaba a mí para besarme en la mejilla.
—Solo un poco —repliqué bromeando.
¿Y Marina? ¿Dónde estaba?
—Has estado genial en la tele —comentó Cloe dándome un abrazo.
La alcé con toda la confianza del mundo y le di un par de vueltas. Aquella chica nos había conquistado a todos, sobre todo a mi mejor amigo. Verlos juntos era como ver una bola llena de purpurina de color rosa.
—Gracias, enana —le dije dejándola en el suelo.
Y entonces mis ojos se cruzaron con los de ella. Justo había entrado en el salón y se quedó en el quicio de la puerta, mirándome fijamente.
«Marina, Marina...»
«Lucca, no eres tan interesante como crees.»
«Pues tú pareces una puta diosa.»
Tuve aquella charla imaginaria con ella durante unos segundos hasta que empezó a andar hacia mí y se me secó la boca.
—¿No vas a saludarme?
2
MARINA
Al salir del baño oí un alboroto exagerado, pero no me esperaba que el causante fuese Lucca. Nadie había dicho que vendría, joder. Estaba abrazando y dándole vueltas a Cloe, con cariño, y la dejó en el suelo justo en el mismo momento en que nuestros ojos se cruzaron.
Estaba... distinto.
«¿Más guapo? Guapo me lo ha parecido siempre.»
—¿No vas a saludarme? —le pregunté con una sonrisa que intentaba disimular mis nervios.
Solo había dos personas allí que podían intuir mi estado de ánimo, pero no iban a decir nada.
Lucca se acercó dando un par de pasos largos y se me plantó delante.
—¿Qué tal, bonita?
Su voz, su tono, ese acento maldito y ese «bonita»... Estuve a punto de tirarme a sus brazos para abrazarlo, pero me contuve. Nos dimos un par de besos y nos separamos rápidamente, como si quemáramos o algo por el estilo.
—Bien, gracias, ¿y tú?
Los demás continuaron charlando entre ellos y me dio la impresión de que nos ignoraban para dejarnos espacio.
—¿Me has visto en la tele? —preguntó de repente con los ojos brillantes.
—Sí, te hemos visto todos —respondí sonriendo de verdad.
Lucca tocaba genial y cantaba muy bien, había que reconocerle el mérito.
—Uno de tus sueños conseguidos —añadí bajando el tono.
—Ahora solo me quedan dos más.
Nos miramos con intensidad. Los dos recordábamos perfectamente aquellas confidencias en mi cama. Habíamos hablado de muchas cosas y una de ellas fue hablar de nuestros sueños, concretamente de tres.
Vamos, tienes que decirme tres cosas que desees con todas tus fuerzas...
—¿Y tú? ¿Has conseguido ese trabajo perfecto?
Sonreí porque esas eran las palabras exactas que yo le había dicho: «conseguir el trabajo perfecto».
—Todavía no, pero no he perdido la esperanza.
—Cuando menos te lo esperes...
—¡Chicas! ¿Os apetece bajar al pub a tomar algo o estáis cansadas? —preguntó Jean Paul.
Nuestro hotel estaba a dos calles de allí y ni siquiera habíamos pasado a dejar las maletas. Abril y yo nos miramos y creí que ella estaría pensando lo mismo que yo: deberíamos pasar por el hotel.
—Nos apetece, ¿verdad? —contestó Abril mirándome a mí.
—¿Y el hotel? —le planteé extrañada.
—Ostras, es verdad. Qué pereza...
—¿Qué hotel es? —preguntó Lucca.
—El Tivoli —respondió Cloe por nosotras.
—¿Vamos a ir al pub de siempre? —volvió a preguntar Lucca y todos asintieron con la cabeza—. Pues yo acompaño a Marina y llevo tu maleta, Abril. ¿Qué te parece?
—¡Genial! ¿Te molesta? —me dijo Abril con ojos de cordero.
Baptiste y Jean Paul estaban cada uno a un lado de mi amiga, cogiendo su brazo y mirándome con una gran sonrisa.
—No, no, para nada.
Qué iba a decir con la mirada de los gemelos puesta en mí de ese modo.
—¿Quieres que os acompañe? —se ofreció Cloe más seria.
Supuse que lo decía por Lucca, pero yo había toreado en plazas más complicadas.
—Nada, tranquila, en diez minutos estamos con vosotros.
Salimos de allí en tropel, charlando y con nuestras maletas en las manos de Adriano y Lucca. El maldito ascensor seguía sin funcionar.
Al salir a la calle recordé que no había subido nada a mis redes desde mi llegada. Mis seguidores no me lo iban a perdonar. No podía permitirme esos despistes. Era necesario que estuviera activa continuamente, que me hiciera fotos, que escribiera textos divertidos y que publicitara algún que otro producto de vez en cuando. No, no era estresante, pero implicaba dedicarle muchas horas. Yo ganaba dinero, por supuesto, pero no era eso lo que me motivaba, sino mis seguidores. Miles de ellos estaban desde mis inicios e incluso me había hecho amiga de alguna chica de mi edad con la que intercambiábamos mensajes bastante a menudo.
Esperé a que pasaran todos y me quedé al final para hacerme una foto en aquella calle tan estrecha.
UniversoMarina Hola, chicas del universo, ¡ya estoy en Roma de nuevo! Ya sabéis que esta ciudad me enamoró y que quería volver cuanto antes. ¿No son bonitas estas calles estrechas? ¿Cuántas historias de amor habrán empezado aquí? Por cierto, ¿dónde empezó vuestra historia? ¡Os leo! #UniversoMarina #Roma #Amor
Avancé hacia el grupo acelerando el paso y me fijé en Lucca. Estaba al lado de Adriano, hablando con él y cargando mi maleta. Esos pantalones estrechos lo hacían más alto y esa cazadora azul marcaba su espalda. Se notaba que las cosas le iban bien, porque toda aquella ropa era nueva. Me alegraba por él, por supuesto. Me alegraba que el grupo empezara a coger fama y que él formara parte de él. Uno de sus tres sueños era triunfar en la música y lo estaba consiguiendo. Aquella noche, en la cama, bromeamos sobre las fans que tendría y sobre todo lo que podría ligar.
—Marina, yo ya ligo lo que quiero ahora.
—No tienes abuela —le dije riendo.
—Nunca he tenido abuelos, la verdad.
Los dos nos pusimos más serios, pero antes de que pudiera preguntarle algo más acerca de su familia, Lucca cambió de tema y empezó a hacerme preguntas sobre TikTok.
—¿Me estás mirando el culo, bonita?
Lucca me sacó de mis pensamientos con esa broma y le repliqué al momento.
—Más quisieras, guapo de cara.
Se colocó a mi lado mientras nos despedíamos de los demás. Ellos debían girar hacia la derecha y nosotros debíamos seguir en línea recta para llegar a nuestro alojamiento. Habíamos escogido aquel pequeño hotel porque se hallaba justo en el centro y porque tanto a Abril como a mí nos apetecía mucho volver a estar en la misma zona, poder ver la Fontana de Trevi más de una vez y pasear por aquellas calles estrechas.
—¿Sabes que vivo enfrente de Adriano?
—Me lo han dicho antes. ¿Duermes en mi cama?
—¿Cómo lo sabes?
Nos reímos los dos, no sé muy bien por qué.
Entramos en el hotel, hice el check in y fuimos hacia la habitación número 105, situada en la planta baja. Sentí su aliento casi en mi cuello cuando abrí la puerta de madera blanca, pero me aguanté las ganas de reaccionar porque o me hubiera girado y lo hubiera besado o hubiera dado un saltito para apartarme de él. Lo mejor era mostrarme indiferente, no sabía demasiado de su vida sexual, aunque estaba segura de que iba servido.
A ver, que yo no me podía quejar, pero era cierto que desde que había regresado de Roma me había vuelto más exquisita, o eso decían mis amigas.
—Parecen cómodas —comentó Lucca refiriéndose a las camas.
Lo miré y alcé una ceja a modo de pregunta.
—¿En serio? Pareces mi padre entrando en un hotel de Benidorm.
Lucca se echó a reír y yo solté una carcajada. Aquella noche juntos también reímos bastante... ¿no lo recordaba? Sí, claro que sí, pero intentaba no pensar demasiado en ello.
Cuando dejamos de reír nos miramos unos segundos en silencio. Estábamos solos, en aquella habitación, y la tensión entre nosotros era palpable, a pesar de que ninguno de los dos quisiera demostrarlo.
Sonó un teléfono y pensé que era el mío, pero era el de Lucca.
—¿Sí? Ah, dime...
Aproveché para dejar las maletas a un lado e ir al baño a refrescarme un poco.
—Sí, sí, estoy con los del grupo... Sí, nos vemos mañana y tomamos un café...
Vaya, era alguien a quien debía mentir. Me pareció la típica conversación del marido que engaña a su mujer.
—Un beso, Sandra.
¿Sandra? Genial...
Salí del baño directa hacia la puerta y Lucca me miró sorprendido.
—¿Nos vamos? No vayan a creer que los dejamos plantados —le dije con una sonrisa falsa.
Sabía que no tenía ningún derecho a enfadarme, menuda tontería, pero ese cosquilleo en mi estómago me indicaba que no me había gustado nada saber que seguía con mi excompañera del estudio. Había hablado con Sandra una vez durante aquel tiempo y en ningún momento hablamos de Lucca.
—Nos vamos, obvio —respondió Lucca menos alegre.
«¿Qué esperabas? ¿Que nos metiéramos en la cama?»
Me mordí la lengua y no le dije lo que pensaba. ¿Para qué? No quería que creyera que me gustaba o que seguía pensando en él. Lucca hacía su vida y yo la mía, cada uno en su país. Era una tontería complicar las cosas.
Abrí la puerta y pasó por delante de mí dándome un repaso descarado.
—¿Qué miras? —le pregunté frunciendo el ceño.
—Lo buena que estás —contestó con toda la tranquilidad del mundo.
Apreté los labios y pasé de decirle nada.
Al salir de la habitación Lucca se colocó frente a mí y tuve que apoyar la espalda en la puerta. Puso una mano en la madera blanca y con la otra se peinó el pelo mientras sus ojos se clavaban en mis labios.
—¿Qué pasa? ¿Quieres decirme algo? —le dije en un tono irónico nivel diez.
Lucca sonrió de medio lado. Los dos sabíamos bien a qué jugábamos.
Nos habíamos acostado una sola vez y decidimos dejarlo allí como un bonito recuerdo. Ambos creímos que acabaríamos olvidando aquel suceso con el tiempo, pero es complicado controlar ciertos sentimientos.
¿He dicho «sentimientos»? Error, quería decir ciertos... ciertos pensamientos.
—¿Tú quieres que te diga algo? —me replicó con pereza.
—¿Algo como qué?
Lucca alargó la sonrisa y se separó de mí para apoyarse en el otro lado del pasillo.
—Lo sabes, ¿verdad?
—¿El qué?
—Si vivieras en Roma podría perder el puto culo por ti.
3
LUCCA
¿Para qué mentir? Aquella tía me podía y me hacía decir disparates como aquel. ¿Cuándo había perdido yo el culo por alguien? Nunca. Tenía veintiséis años y no había catado el amor, tampoco me moría por saber qué era aquello de estar loco por alguien. Como Adriano.
Mi amigo sí estaba enamorado y no, no veía nada de malo en ello. Al contrario, Adriano estaba más feliz que nunca, como si se hubiera metido un chute a primera hora de la mañana. La cuestión era que yo no tenía ninguna prisa porque, mientras, disfrutaba de la vida y de mis amigos.
En aquel momento estaba medio liado con Sandra, pero eso no me impedía estar con otras personas, mujer u hombre, me daba igual. Sandra y yo no teníamos nada serio, simplemente íbamos quedando de vez en cuando y acabábamos follando. Ni ella me había pedido más ni yo me había planteado algo formal. No es que no me gustara, obvio que me gustaba, pero no sentía nada más allá. Sandra era agradable, tranquila y nos lo pasábamos bien juntos, pero mis sentimientos hacia ella eran simplemente aquellos. Ni perdía el norte ni pensaba en ella todo el santo día.
Algo que podría ocurrirme con Marina si estuviera presente en mi vida. Afortunadamente solo iba a estar por Roma unos días y digo «afortunadamente» porque no tenía ganas de sufrir por una tía. Estaba seguro de que Marina era de las que te hacían sudar la gota: tan perfecta, tan impasible, tan ella... Sabía que ella pasaba de relaciones serias; me lo confesó aquella noche y estuve de acuerdo cuando me dijo que solo tenía veinticuatro años, que aún le quedaba mucho por vivir.
—¿Por qué la gente tiene tantas ganas de enamorarse?
—No tengo ni idea —le contesté mientras acariciaba su larga melena.
—Si te enamoras a los quince probablemente acabarás dejándolo. Nadie se casa con su amor adolescente.
—Algunos sí —repliqué pensando en un amigo del barrio que se había casado con su novia porque la había dejado embarazada a los dieciséis años.
—Ya me entiendes, casi nadie. Es mejor disfrutar y dejar el amor para más adelante, ¿no crees?
—A mí no me tienes que convencer de nada. Opino lo mismo —afirmé observando el color de sus ojos.
—¿Te has enamorado alguna vez? —me preguntó con curiosidad.
—Never. Nunca. Tampoco he conocido a nadie que...
Nos miramos fijamente a los ojos y tras unos segundos de seriedad absoluta nos sonreímos casi al mismo tiempo.
—¿A nadie que te haga perder el culo? —acabó la frase.
—Eso es...
Tras mi confesión nos dirigimos hacia el pub en silencio. Hubiera dado mi guitarra por saber qué pasaba por su cabeza, pero opté por no cagarla más.
—¿Todo bien? —me preguntó Adriano en el oído cuando llegamos al local.
—Sin problemas —respondí casi por inercia.
El pub estaba bastante lleno, era viernes y la gente tenía ganas de escuchar música de la buena y de tomar una cerveza fresca con los amigos.
Observé de reojo a Marina mientras charlaba con Cloe y Abril. ¿Les estaría hablando de mí? Seguro que no, pero me gustaba pensar que sí.
—¡Perdona! ¿Eres Lucca?
Me volví y me encontré con tres chicas sonrientes que me miraban con cierta ansiedad. ¿Y eso? ¿Qué cojones había hecho para que me miraran de aquel modo? ¿Me había acostado con alguna de ellas? ¿Con las tres? No descartaba nada porque de vez en cuando se me iba la mano bebiendo y acababa teniendo muchas lagunas de lo que había hecho durante la noche y parte del día.
—Eh...
—Que sí lo es —dijo una de ellas entusiasmada—. Te hemos visto antes en la tele. Joder... qué bien cantas...
Vale, era eso. Respiré más tranquilo y sonreí ilusionado al ver que me reconocían. ¡Menudo subidón!
—Sí, soy yo y muchas gracias.
—¿Podemos hacernos una foto? —pidió la más bajita.
—Obvio.
La chica sacó el móvil y yo se lo pasé a Adriano.
—Haznos una foto guapa, Adriano.
Ellas se colocaron a mi lado y me abrazaron con ganas, cosa que me hizo sonreír de verdad.
En aquellos momentos me sentí como si fuera alguien importante.
Yo, alguien importante. Uf.
—Gracias, chicas —les dije encantado de la vida.
Estaba tan acostumbrado a ser un perdedor que aquello eran como pequeñas inyecciones de autoestima.
—¿Y una firma? —me pidió la rubia casi con un ruego mostrándome su bolígrafo.
—Sin problemas —le contesté contento de sentirme tan querido.
La chica se bajó un poco la manga de la camiseta y me ofreció su hombro.
—¿Aquí? —pregunté alucinado.
—Te diría que me firmaras el pecho, pero no sé si te atreves...
Abrí los ojos muy sorprendido, por su petición y por su tono de gata en celo. Joder, estaba claro cuál era su segundo deseo.
Podía concederle el de la firma.
—Mi segundo apellido es Atrevido...
Una frase muy manida y poco original, pero siempre funcionaba. Las tres soltaron una carcajada y la chica se bajó un poco más la camiseta para mostrarme el principio de su pecho.
—¿En la teta derecha? —le pregunté muy serio.
—La que te guste más.
Escribí mi nombre justo allí y lo rematé con un Non Chiamarmi, el nombre del grupo. Me reí para mis adentros al verme haciendo aquello.
—No me llames —leyó la rubia soltando una risilla—. Si me das tu número quizá no te llamo...
Solté una risilla por sus palabras, pero no le di mi número de teléfono, obvio. Estaba con mis amigos y con... Marina.
La busqué con la mirada y nuestros ojos volvieron a cruzarse una vez más.
«Menudo gilipollas estás hecho.»
«Un gilipollas que te gusta mucho, ¿Por qué me miras?»
Como si hubiera leído mi conversación mental, Marina se volvió con un golpe de melena.
Dios... me ponía como una moto.
Baptiste se acercó a mí y me dio una palmada en la espalda. Supe que era él por su manera de andar. Para mí, Jean Paul marcaba mucho más los pasos y, en cambio, él andaba como arrastrando un poco los pies.
—¿No bebes nada? ¿Una cerveza?
—Sí, joder, me muero de sed.
—¡Dos cervezas!
Me apoyé en la barra y eché un vistazo al local. Aquellas tres chicas no me quitaban el ojo de encima y procuré no mirar demasiado hacia allí. No quería que volvieran a por mí porque la verdad era que no me apetecía nada coquetear con nadie.
—¿Qué tal lo llevas? —me preguntó Baptiste.
—¿El qué?
—Lo de ser músico, lo de que te persigan los fans, esas cosas.
Me gustó su pregunta, Baptiste y yo apenas habíamos hablado entre nosotros.
—Si te digo la verdad me siento como un niño con un juguete nuevo. A ratos incluso te diría que estoy descolocado, como si todo esto no fuera conmigo.
—Ya imagino, firmar pechos no es lo habitual.
Nos reímos los dos y brindamos con nuestros botellines. Baptiste tenía los ojos verdes y muy bonitos; no lo había tenido tan cerca en ninguna ocasión.
—¿Y la morenaza qué opina? —me planteó tras esas risas cómplices.
—¿La morenaza?
—Marina...
—¿Marina?
—¿No estáis liados?
Parpadeé un par de veces. ¿Qué sabía él de lo nuestro? Bueno, de lo nuestro no... de lo que ocurrió aquella noche. ¿Marina les había explicado algo a los gemelos?
—No lo estamos.
—Vaya, hubiera jurado que sí. Por las miradas y eso, ya sabes.
Busqué por instinto los ojos azules de Marina y la pillé mirándome.
«Bonita, te cogería por la cintura y recorrería tu cuello con mil besos hasta que me suplicaras que te besara la boca...»
«Vas a besarme lo que yo te diga.»
Estaba seguro de que me respondería algo similar. Lo mío con Marina había sido raro desde el principio. La había visto por primera vez en Instagram, en una foto con Adriano, y pensé que era una diosa, tal cual. La conocí aquel mismo día cuando se presentó en el piso de este buscando a la persona que tocaba la guitarra y cantaba aquella balada de amor. La había compuesto nada más verla a ella, algo muy básico, pero cuando escribí Ciao, bonita tenía los acordes clarísimos en mi cabeza y hay que reconocer que es una de las canciones que más gustan a nuestro público.
—A eso me refiero —comentó con una sonrisilla.
Marina y yo dejamos de mirarnos de aquel modo y atendí a Baptiste.
—Solo es un juego —le dije pensando que esas miraditas de más no hacían daño a nadie.
—Pues tu juego viene hacia aquí, suerte...
Baptiste se fue de mi lado y Marina se colocó en su lugar, mirando hacia la barra para pedir.
Me volví hacia ella y la miré con intensidad. Me parecía una chica espectacular en todos los sentidos: su físico, su manera de hablar, su pose, cómo vestía, su forma de moverse...
—Una cerveza, por favor.
Había más sitio en la barra, pero se había colocado a mi lado para pedir.
—Que sean dos —le dije inmediatamente al camarero mientras le alargaba un billete. Marina me miró por encima del hombro—. Invito yo, bonita.
Se giró hacia mí y nos miramos de frente. Yo era más alto que ella y doblé un poco la rodilla para estar más bajo.
—No necesito que me invites —comentó en un tono que pedía guerra.
—Quiero hacerlo.
—Y Lucca siempre hace lo que quiere, ¿verdad?
¿Lo decía con segundas? A veces me costaba seguir la perspicacia de las mujeres. Iban más allá con sus conclusiones y a veces flipaba con lo que llegaba a pasar por esas mentes.
—Siempre, no, bonita. —Me acerqué a su rostro con descaro pero Marina no se apartó—. Ahora mismo quiero comerte la boca y no puedo.
4
MARINA
Lucca seguía igual de descarado que siempre. Era algo muy típico en los italianos, no se cortaban en nada, pero Lucca era el rey de los deslenguados. Aquella noche, en mi cama, me dejó muy claro que tenía mucha labia, que sabía qué decir en cada momento y que dominaba el arte del flirteo a la perfección.
Yo también le demostré que no me quedaba atrás. No soy tímida y la vergüenza la perdí hace tiempo.
—¿Comerme la boca? ¿En plan eres irresistible, Marina? —le pregunté en un tono repipi que provocó una de sus risillas.
No se tomaba nada en serio, incluso a veces me daba la impresión de que mis ironías le resbalaban como gotas de agua en el cristal.
—¿O en plan no estoy con nadie, Marina?
Mierda... lo había soltado.
Lucca dejó de reír y buscó algo en mis ojos que no encontró porque desvié la mirada hacia el camarero que nos sirvió las dos cervezas.
No quería hablar del tema Sandra. No quería, pero ya lo había hecho.
—¿Lo dices por algo en concreto?
Joder, no. Aquella noche me había acostado con él sabiendo que estaba medio liado con Sandra y no me había importado. ¿Acaso ahora sí? Sabía que Lucca era un alma libre, un tío de esos que no tiene prisa en sentar la cabeza. Realmente nos parecíamos mucho en ese sentido, así que no era lógico que le pidiera explicaciones o que me importara su vida sentimental.
—No me hagas caso, estoy cansada —le contesté intentando borrar mis últimas palabras.
Lucca estaba con Sandra y probablemente con otras tantas personas, sobre todo ahora que el grupo empezaba a despegar. Aquellas chicas le habían pedido un autógrafo y una de ellas se había pasado todo el rato lanzándole mensajes.
—Lo has dicho por Sandra —comentó como si de repente hubiera descubierto una galaxia.
—Déjalo —le dije antes de dar un sorbo a mi botellín.
—Y has oído mi conversación con ella... ¿Me equivoco?
—Muy bien, Sherlock, has descubierto que oigo bien.
—Por eso nos hemos ido tan rápido...
Joder, ¿por qué al género masculino le costaba tanto llegar a según qué conclusiones?
Decidí marcharme de su lado, no tenía ganas de seguir hablando de aquello.
—Venga, sigue con tus cosas —le dije antes de dar un paso.
Pero me impidió que siguiera adelante porque me asió el brazo.
—Marina.
Me volví y me acercó hacia él con un tirón suave. Nuestros cuerpos chocaron un momento y él aprovechó para cogerme por la cintura con un solo brazo. Sentí su respiración encima de mí y tuve que poner mi cabeza en orden para no hacer una tontería.
La tontería de besarlo.
—¿Qué haces? —le solté intentando parecer segura de mí misma.
—No me gusta que me dejen a medias.
—¿A medias?
—Estábamos hablando.
—Ya, pero yo he decidido no seguir haciéndolo. Eso funciona así, ¿lo sabes?
Lucca sonrió de medio lado y me dieron ganas de sonreír también, pero me aguanté.
—¿Estás celosa? —preguntó acercando su boca a la mía.
—No he tenido nunca celos. Dudo que empiece a tenerlos ahora. ¿Puedes soltarme?
Apartó su brazo y me sentí desnuda. ¿Qué diablos me ocurría? Probablemente estaba muy cansada.
Aquella cerveza fue la última y todos decidimos irnos. Ya habíamos hecho planes para el día siguiente: la mañana la dedicaríamos a Cloe, después iríamos a comer con los gemelos y con Adriano, y por la tarde daríamos un paseo por la zona. Tenía muchas ganas de volver a ver la Fontana, el Panteón o la plaza Navona. Un trocito de mí se había quedado allí y cada vez que miraba las fotos sonreía con nostalgia. Y es que aquella ciudad tenía algo que acababa enamorándote. Podía entender perfectamente que Cloe hubiera decidido instalarse en Roma.
Aquella misma noche Adriano y Leonardo le habían pedido a Cloe que compartiera piso con ellos. Habían colocado papelitos en una especie de galletas de la suerte y los habíamos ido leyendo de uno en uno. La última fue Cloe y cuando leyó el suyo se quedó con la boca abierta... No se lo creía y no era para menos. Solo llevaba instalada allí un mes y saliendo con Adriano quizá unos tres, era poco tiempo para dar ese gran paso, pero no me pareció mal. Al contrario, me gustaba pensar que Cloe estaría con ellos dos.
Y enfrente de Lucca.
«¿No te lo vas a quitar de la cabeza?»
Me tapé la cabeza con la almohada y me dormí.
—Marinaaa, Marinaaa...
Oí que Abril me llamaba, pero me volví hacia el lado contrario y gruñí un poco, como siempre que alguien me hacía levantar antes de las once de la mañana.
—¡Marina, vamos, que hemos quedado con Cloe!
¿Cloe?
Salí de la cama dando un brinco y sonreí provocando que Abril soltara una buena carcajada.
Me apetecía mucho estar con Cloe.
—Me ducho yo primera —anuncié buscando mi ropa interior.
—Yo ya me he duchado —repuso Abril divertida—. Y he ido a por café.
Mmm, era verdad, olía de vicio.
—Eres la mejor —le dije buscando el vasito.
—En la mesa...
Me lo bebí casi de un trago y fui directa a la ducha. Al salir miré el móvil un segundo y vi que tenía varios mensajes y varias notificaciones de mis redes. Debería ponerme las pilas porque aquella semana me tocaba subir varias fotos con algunos productos que me habían enviado. Lo tenía todo en la maleta, pero la verdad era que me daba mucha pereza. Iba a estar solo una semana en Roma y quería disfrutar de Cloe.
Me vestí y me maquillé a toda velocidad para hacer una foto con un nuevo maquillaje de una marca muy conocida. Miré el reloj y comprobé que todavía tenía tiempo, así que aproveché para subir un vídeo a mis historias de Instagram.
—¿Nos vamos ya?
—Sí, sí, ya estoy —respondí mientras apagaba el móvil.
Nada más salir del hotel vimos a Cloe andando hacia nosotras y corrimos hacia ella para abrazarla de nuevo con ganas. La habíamos echado mucho de menos. Abril y yo habíamos intentado seguir con nuestras rutinas de amigas: salir de fiesta, tomar un café, ir de compras, charlar una tarde entera... Pero nos faltaba Cloe, ambas lo notábamos.
Cloe y yo nos habíamos hecho amigas diez años atrás, eran muchos años y habíamos pasado mil aventuras juntas. Era lógico que me diera la impresión de que faltaba algo en mi vida. Sabía que a ella le ocurría lo mismo porque me lo había dicho y yo le había quitado importancia pues no quería que se sintiera mal. Quería que viviera aquella experiencia sabiendo que sus amigas la apoyaban al máximo. De ese modo yo me mostraba algo más fría con ella cuando nos poníamos en plan ñoño, pero realmente, dentro de mí, había momentos en que lo pasaba mal porque necesitaba tenerla a mi lado.
¿Fingía? Un poco. Era algo a lo que estaba acostumbrada porque en mis redes siempre mostraba mi buen humor y mi parte más amable. Los seguidores no querían ver tus malos rollos o tus problemas, lo que querían era que los entretuvieras. De ahí que yo siempre procuraba mostrar esa parte más positiva de mi vida, tampoco le interesaba a nadie si fulanito pasaba de mí o si mis padres eran permisivos en exceso conmigo.
—Creo que hay alguien que piensa demasiado. ¿Piensas en Lucca? —me preguntó Cloe con una sonrisa amplia—. ¿Le decimos que venga a comer?
—No, no, que es un liante de mucho cuidado —respondí abrazando su cintura—. Ya os lo dije ayer, paso de él.
—Sí, claro —me replicó Cloe provocando nuestras risas.
—Va, dejemos de hablar de chicos y cuéntame cosas de ti —le pedí a Cloe con cariño.
—¡Ayyy! Os he añorado muchooo.
Abril y yo nos apretamos contra ella y estuvimos a punto de caer en medio de la calle. Nos reímos las tres al mismo tiempo y un señor muy delgado nos miró sonriendo. Cloe se detuvo de repente, como si hubiera olvidado algo importante.
—¿Qué pasa, Cloe? —dijo Abril.
—Eh, hola, ¿qué tal?
¿Se estaba dirigiendo a aquel señor?
—Hola, Cloe, ¿cómo va eso?
—Bien, ¿y usted?
—No me llames así. —Tosió y volvió a sonreír—. Acabo de hablar con Adriano por teléfono y me ha dicho que estaría en la cafetería de la esquina... en...
—¿En Dolcevita?
—¡Eso es! Ahí mismo.
Vale, aquel señor debía de ser el padre de Adriano. Realmente no tenía muy buen aspecto, aunque según Cloe el hombre se encontraba algo mejor porque había empezado a salir a la calle solo. No era un tema recurrente entre las tres, pero tanto Abril como yo le íbamos preguntando por él. Sabíamos que estaba muy enfermo y que le quedaba poco tiempo de vida.
—¿Son tus amigas españolas?
—¿Eh? Sí, sí. Ellas son Marina y Abril.
Lo saludamos con simpatía y él nos guiñó un ojo antes de seguir su camino. Nos quedamos unos segundos calladas observando sus andares hasta que Abril rompió aquel silencio.
—Qué fuerte que le salvaras la vida...
—Cuando lo conocí me lo agradeció un millón de veces —nos recordó.
Nos había enviado un audio de veinte minutos para explicarnos ese primer encuentro con el padre de Adriano.
—Normal —le dije yo.
Era duro saber que aquella persona se iba a ir en cualquier momento. No debía de ser nada fácil para Adriano.
—Te suena el móvil, Cloe.
—¿Adriano?... Sí, sí, ahora mismo me he encontrado con él... ¿Lucca? Eh... Sí, claro, sin problemas.
Cloe me miró y alzó las cejas un par de veces.
—Nos vemos. Te quiero, nene.
—No me lo digas —le ordené a Cloe.
Sabía qué me iba a decir, lo sabía de sobra.
5
LUCCA
Me había pasado la noche soñando con ella. Cuando no discutíamos nos besábamos y cuando no, estábamos en mi cama abrazados y charlando. Me levanté empalmado y eso que no había soñado nada explícitamente sexual.
Sandra: ¿Nos vemos hoy?
Lucca: Lo siento, Sandra, tengo mucho curro.
Abrí Instagram y busqué el perfil de Marina. Universo Marina. En la última foto estaba abrazada a Cloe y a Abril frente al Panteón, con una sonrisa de oreja a oreja. ¿Podía estar más guapa?
La noche anterior, tras salir del pub, nos despedimos casi ignorándonos, aunque nuestras miradas se engancharon unos segundos.
«No soy una de tus fans, niño guapo.»
«No quiero que seas mi fan, solo quiero que estés entre mis sábanas.»
«Ni en sueños.»
Esas charlas imaginarias con ella me ponían a mil y me había tenido que aguantar las ganas de ir hacia ella, empotrarla contra la pared y mordisquear esos labios rojos.
Joder, qué aguante tenía.
Pero era eso o comerme una negativa. Sus señales eran muy evidentes y estaba claro que no íbamos a terminar juntos en mi cama aquella noche.
Adriano llamó a la puerta tras tomarme el primer café del día.
—Pasa, pasa —le dije todavía en calzoncillos.
—Ponte algo, tío, ¿y si soy una vecina?
—Ya ves qué problema, todo eso que se lleva. Solo son las once, ¿pasa algo? —repuse entrando de nuevo en la cocina.
—Te he oído mear y...
—¿Me has oído mear? —le pregunté en un tono agudo.
Adriano rompió a reír y yo le tiré un trapo de cocina a la cara que él esquivó con agilidad.
—Venía a decirte que hemos quedado con ellas para comer. ¿Te apuntas?
—Pues déjame que me lo piense —le respondí en un tono de resabido.
—Lucca, joder, que soy yo.
Lo miré unos segundos y opté por dejar de hacer el capullo.
—Me apunto, me apunto —le dije provocando su risa.
—¿Qué tal ayer con Marina? Y no me vengas con historias...
—Tonteamos un poco y nada más. Creo que no le gustó saber que Sandra y yo estamos aún enrollados.
—¿De veras?
—Sandra me llamó cuando Marina estaba en el baño de la habitación del hotel y debió de oírme, aunque no me di cuenta, la verdad. Después, en el pub, me lo echó en cara. ¿Quieres un café?
Adriano asintió con la cabeza y le preparé una cápsula de café descafeinado. Yo jamás tomaba eso, pero las tenía en el piso por él.
—Así que se puso celosa... —comentó con una sonrisilla traviesa.
—No lo sé, pero a mí me pone muy tonto. Me voy a la ducha, ponte cómodo.
Adriano volvió a reír y me dijo que se iba al piso a llamar a su madre. Desde que sabía que su hijo se relacionaba con su padre le había instado a llamarla cada poco para saber cómo estaba su ex. La madre de Adriano no sabía lo cabrón que había sido su padre con su hijo y mi amigo no quería explicárselo. Y era entendible, aunque no me entraba en la mollera cómo un crío como él no se lo había soltado a su madre en alguna ocasión. O quizá sí, porque Adriano era muy maduro para su edad, algo que siempre había admirado en él. ¿No podía yo ser un poco como él?
Sandra: Como veas.
Mierda, seguro que se había enfadado. Me tocaba mucho la moral tener que lidiar con esos enfados de Sandra, pero debía reconocer que la pobre tenía mucha paciencia conmigo.
Lucca: Vamos, guapísima, mañana tomamos ese café, sí o sí.
Me leyó pero no respondió y yo pasé de decirle nada más. Sinceramente no me apetecía quedar con ella el fin de semana, y no, no era solo por Marina. Me lo pasaba bien con Sandra, pero no quería que se llevara una idea equivocada de lo nuestro, nosotros no salíamos juntos ni nada por el estilo. Estando con ella había tenido algún que otro rollo, era algo de lo que no habíamos hablado, pero yo tenía claro que ambos éramos libres de hacer o deshacer, de seguir viéndonos o no.
Al salir del piso mis pies pisaron un sobre blanco. Lo recogí del suelo y le di la vuelta para encontrar algún dato: Lucca. Solo ponía mi nombre, nada más. Fruncí el ceño extrañado y lo abrí. Dentro había una nota impresa:
Todo hijo de puta acaba pagando por lo que ha hecho.
—¿Qué cojones es esto?
Le di la vuelta al papel buscando algo más. ¿Era una broma? Si lo era no me hacía ni puta gracia.
Releí la nota y mi cerebro intentó entender el sentido de esas palabras. El hijo de puta era yo, obvio, y según el emisor había hecho algo que debía pagar. ¿A qué podía referirse? En mi vida la había cagado en más de una ocasión, sobre todo cuando las compañías no eran las adecuadas.
Doblé aquel papel y me lo guardé en el bolsillo trasero. Quizá era algún examigo que quería pasta o alguna tía que no había entendido que yo no era el típico italiano romántico que le iba a llevar flores al trabajo. No iba a darle más vueltas, estaba claro que era algún o alguna gilipollas.
Llamé al piso de mis amigos y Leonardo me abrió.
—Pasa, vecino —me dijo muy contento.
—¿Qué pasa, Leonardo? ¿Te has fumado algo?
—Yo no fumo —replicó igual de feliz—. Acabo de enterarme de la nota del máster: ¡un ocho!
—Vaya, eres todo un empollón.
Sabía que Leonardo se había pasado más de media vida estudiando, algo que también admiraba porque yo había dejado los estudios tras acabar el instituto. No servía para estarme quieto en una silla ni para hincar los codos.
—¡Enhorabuena! —exclamé con sinceridad—. Aunque en un principio he pensado que tenías esa cara de flipado por la española.
Leonardo alzó las cejas, como si no entendiera ni papa de lo que le decía.
—Por Abril, ¿no te molaba?
—Le molaba mucho, pero no quiso complicarse la vida —comentó Adriano apareciendo de repente con una camisa de rayas muy en plan ejecutivo.
—Tío, ¿vamos a comer a un cinco estrellas o qué? —le pregunté.
Yo me había vestido con unos vaqueros ajustados de color negro y una camiseta verde botella con cuello de pico. Encima llevaba una chaqueta de piel.
Informal, joder, informal, que íbamos a comer unas pizzas.
—Tenemos videollamada —nos informó Adriano tras chascar la lengua.
—Aaah, con la suegra —le dije haciendo cachondeo.
Los padres de Cloe habían querido conocer a Adriano nada más aterrizar su hija en Roma, el mismo día no, pero casi. De vez en cuando hacían una videollamada los cuatro y así se iban conociendo. A Adriano le había parecido perfecto, aunque a mí me daba la risa cuando lo imaginaba en plan modosito delante de sus futuros suegros.
—Menos risas, Caperucita. Que la de ojos azules te lleva de culo.
¡Golpe bajo de Adriano! Aun así, me hizo sonreír.
—No sabes lo que dices. A mí solo me lleva de culo mi guitarra.
—Su, su...
Lo que quería decir «Sí, sí...».
Cuando hacía aquello me daban ganas de darle un buen puñetazo en el centro de su cara bonita, pero había que aceptar las tonterías de mi amigo, como él aceptaba las mías.
—Leonardo, ¿no vienes? —le pregunté viendo que cogía un libro y se acomodaba en el sofá.
—No puedo, he quedado con mis tías para comer.
—¿Las millonarias? Si quieres voy yo...
Leonardo me miró serio y me hizo reír.
—Joder, Leonardo, que solo es una broma.
A veces era tan estirado que parecía un señor de cincuenta años con miles de asuntos que resolver, pero debía reconocer que me caía bien, que era muy buen tío y que sus consejos no caían en saco roto. Además, los amigos de Adriano eran mis amigos.
Nos fuimos del piso en dirección a la plaza Navona, había quedado allí con las chicas.
—¿Qué tal tu padre? ¿Has quedado con él al final?
—Sí, hemos desayunado juntos. Pues está algo mejor o eso parece.
—Eso está bien.
—Sí.
—¿Y tu madre qué dice?
—Lo de siempre.
Sí, ambos éramos parcos en palabras pero nos entendíamos a la perfección.
—¿Y tú qué me cuentas? —preguntó buscando mi mirada.
—Nada nuevo. Con el grupo de puta madre, ya lo sabes.
—¿Y con Sandra?
—Bien, ¿te ha dicho algo?
Adriano sonrió y negó con la cabeza. Era otra de las cosas que me gustaban de él: no era nada entrometido.
—¡Oye! Y Cloe ¿qué dice?
—¿Sobre qué?
—Joder, sobre la galletita de anoche. Sobre lo de vivir juntos.
—Le gustó mucho la idea, aunque no quiere precipitarse. Tenemos que untar un poco a los suegros...
Ambos nos reímos por su expresión.
—Claro, a ver si van a venir a darte un par de hostias.
—Son agradables, pero Cloe es su niña. Es normal. Tendremos que ir algo más despacio, pero acabará viniendo al piso.
—Molará tenerla de vecina, me cae genial. Es como un osito.
—¿Un osito?
—Me dan ganas de achucharla, en plan osito.
Nos volvimos a reír, Adriano sabía que le había cogido mucho car
