Sentada a una de las mesas del enigmático restaurante El Agua, contemplando la Alhambra estratégicamente iluminada y sintiendo su magia en la distancia. Justo aquí podría haber arrancado mi historia. En este momento evocador.
Sin embargo, todo comenzó varios meses atrás en Barcelona. Más concretamente, en una antigua y oscura cafetería de Sant Cugat del Vallès. Sí, sin duda aquél fue el punto de partida. Allí nació el instante en el que, de nuevo, comenzaba a ahogarme por dentro. Allí, frente a un té verde frío y amargo, me di cuenta de que había vuelto a convertirme en un rompecabezas al que le faltaban casi la mitad de las piezas. De pronto vivía en un mundo que se había dado la vuelta. Un mundo por el que caminaba sobre el techo sin tener ni idea de cómo iba a lograr trepar hacia el suelo. Un mundo volcado en el que el pasado ahogaba mi presente y amenazaba con sepultar mi futuro.
Por eso he preferido empezar a encadenar las palabras de mi historia en este lugar, porque tengo la sensación de que así mi recorrido será más provechoso.
Hablaré de la tempestad desde la calma y comenzaré a hacerlo frente al monumento que logra sacar a Granada de su anonimato mundial.
Como si Granada fuera sólo eso: la Alhambra.
Una ciudad reducida a un monumento que es Patrimonio de la Humanidad.
Pero Granada no es sólo eso; es más. Granada, sin la Alhambra como centro, sigue siendo muchas cosas. La mayoría de ellas maravillosas.
Durante estos últimos días he contemplado el palacio y sus jardines desde distintos ángulos y puntos de vista, y creo haber comprendido por qué le ocurre lo que le ocurre a Granada. La Alhambra, tan imponente como hermosa, tan única como cercana. Tiene la capacidad de robarnos los ojos y cegarnos el corazón... El poder de ocuparlo por completo sin dejar hueco para más.
De eclipsarnos.
Ha sido en estos últimos días, admirando lo que NO es monumento, cuando me he dado cuenta de que, durante años, yo misma he vivido con el alma atormentada por mi propia Alhambra. Una versión más oscura, por supuesto, más autoritaria y distante. Más aterradoramente presente. Y mi Alhambra, mi familiar versión de la Alhambra, esa que ha estado años llenando mi pecho de angustia y copando mi memoria de desagradables recuerdos, me ha impedido hasta ahora ver y sentir a una Ada que, sin su Alhambra como centro, sigue siendo muchas cosas. La mayoría de ellas potencialmente maravillosas.
Por eso inicio la escritura de mi historia aquí y ahora, y no en aquella cafetería de San Cugat en la que mis ojos estaban todavía ciegos y mi corazón atormentado. Por eso lo hago en una de las terrazas de El Agua, porque quiero disfrutar del proceso. Quiero saborear todas y cada una de las experiencias (malas y buenas) que, a lo largo de estos meses, por fin me han liberado.
Por eso, y porque no puedo marcharme de Granada hasta dentro de unas semanas.
Hace algún tiempo que regresé a tu extraña forma de hacer terapia, loquera mía, y dentro de quince días tengo mi última (hasta nueva orden) sesión contigo.
PRIMERA PARTE
SiLeNcIo
1
Quiero que encuentre a mi padre.
¿No es éste Fernando Castellano?
Este hombre está muerto.
Mi relación con Davinia fue breve; aun así, hizo que me replanteara por completo el modo en que, hasta entonces, había percibido la realidad.
—¿Es usted investigadora privada? En la puerta pone: «IPG-Investigación Privada Granada».
Al oír esas palabras me asaltó un pensamiento automático: la constatación de que el nombre que Enrico había escogido para nuestra empresa era de lo más soso e impersonal. Inmediatamente después me centré en la dueña de aquella voz: cuerpo menudo, postura dubitativa... ¿Inseguridad? No, más bien distancia. Como si no estuviera allí plantada frente a mí, como si me hablara a través de un interfono. Ni siquiera me dirigía la mirada, y aquello me hizo sentir ausente.
—¡Hola, muy buenos días! —dije antes de continuar.
—Hola, muy buenos días. ¿Es usted investigadora privada? En la puerta pone: «IPG». En la puerta pone: «IPG-Investigación Privada Granada» —insistió moviendo su cuerpo en bloque, de forma rígida y contenida.
—Sí, lo soy. ¿Qué necesita?
No supe de qué otro modo responderle.
—Alguien entra en mi casa cuando no estoy. —Se apartó unos mechones de pelo de la cara—. Alguien entra en mi casa y quiero que lo investigue.

Aquélla fue mi primera conversación con alguien con síndrome de Asperger y reconozco que no estaba preparada. Sin embargo, tuve la gran suerte de que la propia Davinia me guiara:
—No entiendo las ironías ni los chistes, y tampoco voy a ser capaz de comprender sus emociones —me dijo cuando la invité a sentarse frente a mí.
Aquél era su manual de instrucciones abreviado, una frase aprendida que repetía cada vez que conocía a alguien. Una profesora de la facultad se lo había recomendado hacía años.
—Así es más fácil —me aclaró.
Y resultó ser cierto.
Tardé varios días en aceptar su encargo porque Davinia me comentó que no le habían hecho ningún caso en la oficina de denuncias de la comisaría. Yo no quería tener un encontronazo con la policía por nada del mundo, así que llamé a Andrea de inmediato.
—Es normal que no la hayan escuchado —comenté a la inspectora—, sus únicas pruebas son una taza sin lavar y algunas arrugas en la superficie de la cama.
—¿Y por qué tú sí? ¿Por qué quieres ayudarla?
—Porque si no lo hago yo, la pobre no se va a quedar tranquila nunca —le expliqué.
En realidad, aquél no era el motivo. Mi verdadera razón era la propia naturaleza de Davinia. Sus comportamientos obsesivos. La necesidad acuciante de que todo quedase en perfecto orden antes de abandonar cada día su casa.
Davinia era un pool de interconexiones complejas, una antena excesivamente sensible al mundo que la rodeaba y, para evitar el bloqueo constante en esta sociedad imparable, había acabado desarrollando una serie de conductas y mantras que le servían de coraza. El orden escrupuloso y la limpieza impecable eran dos de esas costumbres, más que obligadas, naturalizadas.
Tres jornadas después de nuestro primer encuentro quedé con ella muy temprano para instalar en su piso una serie de micros y de cámaras. Desde la puerta hasta el baño, no quedó ni un punto ciego.
Fijé una nueva cita con Davinia al cabo de cuatro días. Para entonces, si lo que decía era cierto, tendríamos material suficiente para comprobarlo.

—Tienes visita. Un chaval con cara de lelo —me dijo Enrico al verme entrar en La Napolitana—. Te he llamado para avisarte, pero no lo has cogido.
—Perdona, jefe, estaba con esa chica recogiendo todo el material que instalé en su casa. No quería ponerla nerviosa con el sonido del móvil, bastante tensa estaba ya la pobre —le expliqué, sacando el teléfono de la mochila y comprobando que tenía varias llamadas perdidas—. ¿Quién es? ¿Está esperando arriba?
Habíamos tenido la gran suerte de encontrar una oficina justo encima de La Napolitana. Tras dos meses de reformas y un par de semanas más de montaje de muebles y puesta a punto de los equipos y demás material de oficina, nuestra nueva base de operaciones estuvo lista.
—No. Está en mi despacho. Lleva aquí más de dos horas —me dijo con cara de pocos amigos—. Se ha empeñado en esperarte, y no iba a dejarlo solo allí. Tengo muchas cosas que hacer en el restaurante. ¡Ah! Y no me llames «jefe».
Así es Enrico, un napolitano afincado en Granada con una alta concentración de malafollá local en las venas.
—¿Y qué quiere, jefe?
... una malafollá que hay que contraatacar con buenas dosis de recochineo.
—Creo que no te va a gustar.
Una sonrisa socarrona le adornó el rostro.
En efecto, el motivo de la visita no me agradó en absoluto. Tras mis experiencias anteriores, había tomado dos decisiones importantes. La primera, nada de casos mediáticos; la segunda, no más cementerios. Y lo que aquel chico había venido a pedirme requería la ruptura de ambas reglas.
—Quiero que encuentre a mi padre —me dijo después de formalismos y presentaciones.
La petición podría haberme resultado de lo más normal si no hubiese sido porque reconocí enseguida al hombre de la foto que me había mostrado.
—¿No es éste Fernando Castellano? —pregunté.
—Sí, lo es —me respondió aquella voz afable teñida de inquietud.
—Este hombre está muerto. Lleva muerto más de tres meses —le dije de la forma más aséptica posible, recordando el revuelo mediático que había generado entonces.
Fernando Castellano había sido uno de los abogados más importantes de los últimos años. La revista Forbes lo había considerado uno de los diez abogados españoles mejor pagados y su bufete, con varios cientos de oficinas por todo el mundo, peleaba en los primeros puestos con firmas de la talla de Garrigues o Cuatrecasas. Su muerte no pilló por sorpresa a nadie porque convivía desde hacía tiempo con un corazón muy delicado. Lo que sí dejó boquiabierta a España entera fue lo que ocurrió después de su fallecimiento.
—Ya sé que está muerto, señorita Levy.
—Tutéame, por favor. No creo que tenga muchos más años que tú —le pedí, un poco incómoda por aquel tratamiento tan distante.
—Ya sé que está muerto —repitió—. Quiero que encuentres su cadáver porque es la única vía que tenemos Jacinto y yo para conseguir que se reconozca que Fernando Castellano fue nuestro padre.
«Menudo marronazo», pensé yo.

Me escapé de aquel primer encuentro usando el caso de Davinia como excusa porque, pese a haber intentado negarme a atenderle, pese a haber procurado ser muy asertiva en mi discurso, Gonzalo, aquel chico de apenas veinticuatro años con cara de lelo y aspecto bonachón, fue realmente eficaz rechazando mi negativa.
«Sólo queremos que se haga justicia.»
«La inspectora dijo que nos ayudarías.»
«Ahora no podemos pagarte demasiado, pero si lo encuentras, si conseguimos que se realicen esas pruebas de ADN, te prometemos un porcentaje de nuestra herencia.»
Sus argumentos no fueron nada desdeñables, sobre todo teniendo en cuenta que el nombre de Andrea apareció varias veces en la conversación, lo que, como mínimo, despertó en mí la curiosidad suficiente para querer conocer el motivo.
2
¿Te gusto?
Claro que te gusto.
Aquel día todo acto cotidiano acabó pareciéndome posible objeto de vejación.
Sucio.
Todo sucio.
Desde el simple hecho de tomar un café a solas en la cocina hasta la acción rutinaria de meterse en la cama. La intimidad contaminada. Ultrajada.
«Pobre Davinia», pensé.

CÁMARA 1 /// 7.40 a.m. /// Visión 60º
Davinia pasa frente a la cámara. Se la ve nerviosa y un poco desubicada. Hace un leve gesto de despedida sin mirar fijamente al objetivo y se dirige hacia la puerta. Se marcha.
CÁMARA 1 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Visión 60º
Pasillo y puerta de la entrada. Todo tranquilo. Silencio.
CÁMARA 2 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Cocina. Quietud total. Orden escrupuloso.
CÁMARA 3 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Salón. Todo permanece en su sitio.
CÁMARA 4 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Imagen gran angular
Dormitorio de Davinia. Se observa claramente el orden absoluto de la estancia. La ropa de la cama está tan estirada que podría hacerse rebotar una moneda sobre ella.
CÁMARA 5 /// Intervalo 7.40-9.00 a.m. /// Visión 60º
Cuarto de baño. Imagen borrosa a causa del vaho producido por la ducha vespertina.
CÁMARA 1 /// 9.01 a.m. /// Visión 60º
La puerta de la calle se abre. Se oye el tintineo de unas llaves.
INTRUSO: Buenos días, querida. Ya he llegado.
Abundante mata de pelo blanco. Cejas muy pobladas sobre una mirada afable. Gesto empalagosamente cercano. Complexión robusta y de miembros cortos. Avance pesado.
INTRUSO: ¡Por supuesto que me apetece un café, prenda!
CÁMARA 2 /// 9.02 a.m. /// Imagen gran angular
Ya en la cocina, el intruso coge la taza de color verde (en el estante, la tercera por la derecha). Se maneja en la estancia con comodidad. Prepara una bebida caliente: leche, un golpe de microondas y dos cucharadas de café soluble descafeinado.
El sonido de la cucharilla contra el vidrio lo acompaña hasta la mesa de la esquina. Ahora sólo se ven sus manos y su coronilla, con un halo parco en cabello en el centro.
INTRUSO: ¿Mucho que hacer hoy?
CÁMARA 2 /// Intervalo 9.05-9.19 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso inicia un soliloquio que dura casi media hora; un intenso relato de soledad y abandono capaz de hacer estallar el lagrimal de cualquiera. El pulso inestable de sus manos, aferradas con fuerza a la taza, provoca ondas en la superficie del líquido marrón.
(...)
CÁMARA 4 /// 9.36 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso distribuye las bragas y los sostenes que lleva en las manos por la superficie de la almohada. Huele cada prenda antes de depositarla.
CÁMARA 4 /// 9.37 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso se sitúa frente a la cama y comienza a desvestirse de forma pausada.
INTRUSO: ¿Te gusto?
Se contonea, coquetea como si Davinia yaciera frente a él en el lecho y aquello la excitara.
INTRUSO: Claro que te gusto.
CÁMARA 4 /// 9.44 a.m. /// Imagen gran angular
Zapatos, camisa y pantalones. Calzoncillos y calcetines. Todo fuera, hasta quedar totalmente en cueros. Un saco rollizo de piel flácida e impaciente.
CÁMARA 4 /// 9.45 a.m. /// Imagen gran angular
El intruso retira con timidez la colcha y se arrebuja bajo su abrigo.
INTRUSO: (risita juguetona)
CÁMARA 4 /// 9.46 a.m. /// Imagen gran angular
Frases ininteligibles y gemidos ahogados bajo la ropa de la cama. El nombre de mi clienta escapando a estertores de su boca cuando parece llegar el momento culmen.
(...)
CÁMARA 1 /// 10.20 a.m. /// Visión 60º
El intruso abandona el piso.
CÁMARAS 1-5 /// 10.20 a.m. en adelante
Todo en orden. Sin rastro aparente de visitas.

No te imaginas la de veces que aquel día deseé poder escaparme de mi piel.
—Resulta que no eran imaginaciones de la chica —le dije a Andrea en cuanto descolgó el teléfono—. Estoy esperando a que llegue para hablar con ella.
Había llamado a la inspectora para explicarle por encima el contenido de las grabaciones y para pedirle que me echara un cable en la oficina de denuncias. Después de haber visionado aquellas imágenes, se despertó en mí un poderoso instinto protector: sabía que Davinia iba a ponerse nerviosa al ver las cintas y, en la medida de lo posible, quería evitarle el exceso de estímulos y experiencias fuertes.
—De acuerdo... Anota en el libro de registro que has comunicado el caso a la policía y cierra el expediente. Creo que Víctor está trabajando esta tarde —me dijo. Ni idea de quién era Víctor—. Le aviso, a ver si es posible que le tome declaración en un lugar tranquilo —concluyó Andrea, y consiguió bajar un pelín mi nivel de estrés.
—Te debo una, amiga —confesé al tiempo que me levantaba para coger el maldito libro de registros—. Y puede que te la devuelva pronto.
—¿Y eso? ¿Qué estás tramando? —Curiosidad y cautela a partes iguales en su tono de voz.
—Eso mismo me pregunto yo de ti —respondí mientras buscaba la hoja correspondiente a Davinia—. ¿No tienes nada que contarme sobre un muerto desaparecido? He recibido una visita esta tarde, justo antes de sentarme con el material de mi clienta.
—Ah, eso... No hagas mucho caso. Ese Gonzalo estuvo dándome la lata y, cuando al fin le confirmé que el caso se había cerrado por falta de pruebas, no me dejó en paz hasta que le ofrecí otra vía por la que poder avanzar —me explicó quitando importancia al tema—. Pensé que podría interesarte... Pero si no te convence, déjalo pasar. Es un asunto de herencias bastante complicado.
Permanecí en silencio un instante mientras rellenaba los espacios que aún tenía que completar sobre aquel caso. Es decir, todos. Número de expediente, fecha de inicio y fin de la investigación, nombre y domicilio de mi cliente, delitos perseguibles de oficio conocidos y órgano al que habían sido comunicados...
Me pregunté cómo debía tipificar lo ocurrido en el piso de Davinia.
—Ada, ¿estás ahí?
—Sí, perdona. Me he despistado con el jodido libro de registros —respondí.
De pronto recordé de qué habíamos estado hablando.
Mi posible compromiso con aquel caso se había esfumado.
—¿Cómo desapareció el cadáver? —le pregunté para satisfacer mi curiosidad.
—La verdad es que aún sigo sin encontrarle sentido...
—Mierda, tengo que colgar, Andrea. Ha llegado Davinia.
Todos mis pensamientos regresaron a mi clienta y a las visitas diarias a su piso.
3
¿Quién perdía?
¿El delincuente o la víctima?
En el trayecto en taxi, de camino a la comisaría, caí en la cuenta de que mi exceso de cuidado hacia Davinia estaba siendo contraproducente. Cuanto mayor era el número de «tranquila, todo va a salir bien» que salía de mi boca, más cercana al bloqueo parecía estar ella.
Mi nerviosismo y yo nos habíamos convertido en un lastre para mi clienta, por eso decidí no estar con ella en el momento de la denuncia.
Al llegar, Andrea la acompañó a la sala en la que la esperaba su compañero. Yo aguardé en el vestíbulo, pensando en la cercanía del otoño. Aún no había anochecido, pero el día comenzaba a perder su brillo cuando apenas habían dado las ocho de la tarde.
—¿Tomamos algo mientras tanto?
La voz de Andrea se adentró en aquel bucle de pensamiento en el que me había metido: el sol y el verano, la luz y el calor, la luz y el otoño... las hojas y sus tonos apagados... el sol y...
—¿Vamos? —insistió.
—Sí, perdona, estaba un poco ida.
Había sido precisamente en los meses de aquel verano que expiraba cuando comencé a tener esas ausencias. Momentos incontrolables de disociación extrema en los que, quiero pensar, mi cabeza trataba de recuperar su precario equilibrio.

—¿Davinia ha entregado a tu compañero el material y los informes que he preparado? —pregunté a Andrea para quedarme tranquila.
—No te preocupes, lo tiene todo. E intenta relajarte porque van a tardar un rato —me explicó la inspectora—. Ella estará bien.
Entramos en la cafetería y ocupamos la mesa de siempre, junto a la ventana. Andrea era (es) un animal de costumbres y a mí me gustaba (me gusta) complacerla en su terreno.
—¿Cómo está Cristina?
Aquella pregunta me cayó encima como un yunque. El tema de Cristina no era de mis preferidos por muchos motivos, que todavía no estaba preparada para compartir con nadie, salvo con la propia Cristina.
—Tiene días mejores y días peores —respondí.
Andrea captó el mensaje.
—¿Has decidido qué hacer con el caso del cadáver desaparecido? —Un cambio de asunto acertado.
—Aún me falta información, aunque no creo que me encargue de él. ¿Recuerdas mi promesa? Nada de cementerios ni de casos mediáticos —le dije.
Andrea me regaló una de sus medias sonrisas. Creo que ella se había hecho una promesa parecida después de lo que habíamos vivido juntas.
—Me parece bien. Además, es un laberinto sin salida. —Su tono de voz no sonó nada neutro.
—¿Un laberinto sin salida? —No habría podido usar una expresión mejor para erizar a tope mi curiosidad.
—He de admitir que este caso me dejó fuera de juego —comenzó—. Me tocó de rebote porque los del grupo de judicial que debían encargarse de él estaban hasta arriba de trabajo, y no conseguí librarme, por más que lo intenté.
Andrea guardó silencio un instante, como si tratara de ordenar los acontecimientos en su cabeza. O quizá enfrentándose a aquel caso que no había sido capaz de resolver. Por un momento pensé que la inspectora me había enviado al supuesto hijo de Fernando Castellano porque las vías policiales no le permitían continuar con él.
—¿Quién se cuela en un cementerio para robar un muerto? Si se trata de un asunto de herencias, como me comentaste por teléfono, lo lógico es pensar en la familia, ¿no?
—Eso creo yo, pero no pudimos demostrar nada. Un incendio provocado en la zona delantera, frente a las oficinas, y un cubo de la basura menos, sólo eso. Ni huellas ni rastro alguno que relacionara a alguien concreto con la desaparición del cadáver, ni indicios concluyentes que vincularan a los trabajadores del cementerio con lo sucedido. Y, por supuesto, ni una sola pista que pudiera llevarnos a encontrar a Fernando. Un laberinto sin salida.
Repitió aquella última frase con un hilo de frustración en la voz. Era como si no se lo creyera. ¿Cómo era posible que ella, Andrea, una de las inspectoras de policía con un índice más elevado de resolución de casos de toda Andalucía, no fuese capaz de dar con un simple fiambre?
Para cuando quise darme cuenta, ya llevaba un buen rato tomando notas sobre el caso.

Durante el camino de regreso a la comisaría reapareció mi preocupación por Davinia.
—¿Qué va a pasar con el casero de mi clienta? —pregunté al poco de haber salido de la cafetería.
El intruso había resultado ser el dueño del piso. Davinia me contó que llevaba viviendo de alquiler allí cerca de tres años y, cuando me enteré, intenté no pensar en la cantidad de días que sumaban tres años; la cantidad de veces que podría haber cogido aquella taza; la cantidad de veces que podría haber mantenido la misma conversación, sentado a la mesa de la cocina; la cantidad de veces que podría haber visitado el cesto de la ropa sucia en busca de bragas y sujetadores; la cantidad de veces que podría haber hecho aquel striptease; la cantidad de veces que...
—Regresará a casa al cabo de unas horas en comisaría y quedará a la espera de juicio oral —me explicó Andrea—. Lo mejor será que la chica se busque otro sitio porque estoy casi segura de que el único delito que van a imputar a ese tipo será el de allanamiento. Con un poco de suerte, un delito continuado.
No estaba preparada para aquella respuesta.
—Pero... ¿cómo es posible? —pregunté atónita—. ¿Acaso no has visto las imágenes, Andrea? Está completamente obsesionado con Davinia. Las conversaciones, lo de la ropa interior... ¡Joder! ¡Se masturba a diario en su cama!
Mi exaltación no afectó en absoluto al estado de ánimo de Andrea. Me miró con cierta ternura, como si ya esperara mi reacción... Como si la comprendiera.
—Ada, no hay mucho más que hacer. Tú misma me has contado que la chica no sentía que su seguridad o su indemnidad sexual corrieran riesgo alguno. Lo que ese hombre ha estado haciendo es asqueroso, pero no constituye más delito que un simple allanamiento —me explicó con paciencia—. Ni siquiera se llevaba nada. No hay ningún artículo en el Código Penal que considere delito una masturbación en casa ajena.
Tuve la necesidad de rebatirla con mil argumentos diferentes, pero respiré hondo y me lo tragué todo. Aquél no era mi terreno y cualquier cosa que dijera estaría llena a rebosar de ira e impotencia y desierta de conocimiento.
Los últimos metros hacia la comisaría transcurrieron en silencio. Andrea iba pendiente del móvil; yo avanzaba rumiando lo que ocurriría.
La policía iría al domicilio del casero de mi clienta y lo detendría. El acosador pasaría, con suerte, las setenta y dos horas de rigor en prisión preventiva y luego se marcharía a casa. Probablemente, jamás entraría en la cárcel por aquello y, muy posiblemente, no le obligarían a pagar ningún tipo de indemnización porque, según Andrea, no existía daño alguno (físico, psíquico o material) que reparar. Mientras tanto, Davinia tendría que buscarse otro apartamento. Se vería obligada a romper todas sus rutinas, todo aquello que durante años la había ayudado a protegerse del mundo.
Debería empezar de cero.
¿Cómo iba a explicarle aquello? ¿Cómo decirle que lo único que podía hacer era dejar atrás aquel episodio de su vida? Cerrar la puerta y marcharse.
Punto.
¿Quién perdía? ¿El delincuente o la víctima?
Cuando llegamos, me la encontré en el vestíbulo aguardando a que una patrulla de la policía judicial la llevara a casa. Sentí la urgencia de largarme sin hablar con ella, pero no fui capaz. Por lo visto, la nueva Ada Levy había comenzado a enfrentarse a los problemas.
—Davinia, lamento decirte esto, pero quizá estaría bien que buscaras otro lugar donde vivir —le advertí con un hilo de voz.
—¿Por qué? ¿Por qué estaría bien? A mí me gusta mi piso.
Comenzó a dar vueltas al anillo que hacía girar en torno a su dedo índice siempre que se ponía nerviosa.
«Davinia, tienes que buscarte otro sitio», le insistí en mis pensamientos, como si necesitara reforzar mi discurso.
—Ve a dormir esta noche a un hotel y mañana, cuando salgas del trabajo, ponte a buscar otro apartamento. Sólo pueden acusar a tu casero de allanamiento de morada, y no creo que acabe en la cárcel por eso. Seguirá cobrándote el alquiler una vez al mes y entrando en tu piso cada mañana. Eso no te gustaría, ¿verdad?
Negó con la cabeza posando sus pupilas en algún lugar cercano a mis pies.
—Pues si no quieres que eso ocurra, lo mejor es que busques otro piso en el que puedas sentirte segura.
Entonces asintió levemente y, al hacerlo, le cayó sobre la mejilla un mechón de pelo. No hizo ademán de apartarlo, así que lo hice yo.
Todos los presentes se mantuvieron en silencio, expectantes. Respetuosos.
La mirada de Davinia se perdió en algún lugar de aquella extraña escena de comisaría. El único movimiento que registró mi memoria fue el constante giro de aquel anillo en torno a su dedo índice. Davinia lo hacía rotar con agilidad y a gran velocidad usando el pulgar de la misma mano.
Me pareció que estaba haciendo un esfuerzo dantesco para no bloquearse ante aquel seísmo que estaba sacudiendo, de repente, su vida.
—Él entra en mi casa y soy yo la que tiene que irse. Es injusto —sentenció al fin.

Respiré hondo al verla marchar hacia una nueva y extraña realidad.
¿Por qué no la acompañé? Porque mi trabajo acababa ahí.
Por eso, y porque era consciente de que había personas en mi vida que necesitaban mi ayuda mucho más que Davinia.
Por eso, y porque me di cuenta de que, para cuidar a alguien a quien quería de verdad, lo primero que debía hacer era comenzar a cuidarme a mí misma.
4
Glioblastoma multiforme cerebeloso [...].
Cáncer.
Los neurocirujanos prefirieron no operar.
Como te decía, mi relación con Davinia fue breve, sí, pero hizo que me replanteara por completo el modo en que hasta entonces había percibido la realidad.
«Es injusto.»
En los meses siguientes recordé muchísimas veces aquella última frase. Dos palabras que flotaron entre ambas un instante y que, cuando se diluyeron en el ocaso pegajoso de aquel día, impregnaron mi piel y traspasaron su permeabilidad hasta calarme.
Davinia tenía razón: era injusto. La vida en sí era injusta casi siempre. De hecho, mi propia vida lo era en aquel preciso instante. Asistía, expectante y sin armas con las que luchar, a una cruda pérdida en mi presente y a una poderosa avalancha cargada de pasado. De infancia.

Cuando me despedí de Andrea, lo primero que hice fue llamar a Gonzalo, el chico que reclamaba la paternidad de Fernando Castellano. Al oír mi voz se puso algo nervioso.
—Gonzalo, he estado hablando con la inspectora Andrea sobre la desaparición del cadáver de tu padre.
Había decidido comenzar a creerme aquella paternidad para que el motor de mi búsqueda pudiera parecerme una causa justa.
—¿Podría venir mañana contigo Jacinto? Tendré muchas preguntas que haceros.
Nuestra conversación apenas duró un par de minutos. Yo no quería saber nada del caso hasta la mañana siguiente y Gonzalo apenas logró pasar de los agradecimientos.
Mientras colgaba y luego guardaba el móvil en mi mochila, fui consciente de que ya estaba cerca de mi destino. Un pellizco me estrujó las tripas cuando aquella avalancha de recuerdos se agolpó en mi frente. No pude evitar regresar a aquellos meses de verano que habían tardado demasiado en pasar.
Las primeras migrañas y su actitud reacia a consultar con un médico.
«Paracetamol y descanso, era lo que decía mi abuela», bromeaba ella.
Los mareos que, la mayoría de las veces, era incapaz de disimular...
La inestabilidad en la marcha...
Los momentos en que no podía sujetar bien una cuchara.
Por suerte, para cuando apareció la parálisis facial ya había acudido por primera vez al especialista; llevaba cerca de un mes aguardando la cita para la tomografía.
Luego llegó la anartria... Perdió la capacidad para articular palabras un día antes de la noticia.
El diagnóstico: glioblastoma multiforme cerebeloso con afectación del tronco encefálico.
Cáncer.
El pronóstico: muy malo. Horrible. Seis meses como mucho.
Los neurocirujanos prefirieron no operar.
«Dicen que es un caso raro. Comienzo con las sesiones de quimio en unos días. Habrá que cruzar los dedos», me explicaba Cristina tratando de quitarle importancia. De hecho, a menudo decía que todo iba a salir bien, a pesar de lo crudísimo que lo tenía. A pesar de la muerte de su madre por una causa demasiado parecida.
Yo la miraba y repetía lo bien que iba a salir todo. Sin embargo, no podía evitar pensar que ya había perdido a Susana y que no podría soportar quedarme sin la bonita sonrisa de Cristina.
Cuando me encontré frente a su puerta, un leve instante de duda sostuvo mi dedo en el aire en una eterna brevedad frente al botón de aquel timbre.
Din-don. Aquel sonido musical, tan diferente a las típicas melodías, siempre me había recordado a sus risas. Unas risas que parecían haberse esfumado para siempre.
Intuí sus pasos tras la puerta de inmediato aunque tardó unos segundos en abrir. Cuando lo hizo, el gesto de su cara hinchada y descolorida me dio toda la información que necesitaba: mi amiga no había tenido un buen día.
—¿Te encuentras bien, preciosa? —le pregunté.
No obtuve respuesta. Se apartó para dejarme pasar y me indicó con un gesto de la mano que me dirigiera hacia la cocina. Vi su móvil en la mesa y supuse que lo cogería para poder comunicarse conmigo. Sin embargo, lo apartó a un lado y se puso a hervir agua para preparar té.
—¿Ha pasado algo hoy? —insistí.
Volvió la cabeza hacia atrás y me dedicó un leve movimiento negativo.
Después de cinco minutos supe que la situación no mejoraría. La luz y la alegría de mi amiga habían decidido salir a dar un paseo. No obstante, opté por quedarme a su lado porque, en aquellos momentos, me había convertido en el único apoyo de Cristina. Después de haberse dado de baja por enfermedad en la pastelería, no había querido atender las llamadas de su jefa. Nuestros amigos aún no sabían nada y Javier, su novio, había desaparecido. Ni siquiera su padre estaba al tanto del estado de mi amiga.
Cristina había escogido un camino lento y silencioso hacia la muerte y yo había acabado acompañándola por pura chiripa.
—¿Qué te apetece cenar? —le pregunté al cabo de un buen rato, cuando nuestros tés se habían quedado fríos e intactos sobre la superficie de la mesa—. Venga, nena, que esto puede ser más fácil si nos lo proponemos.
De pronto sentí un clac en mi interior. No por lo que yo había dicho, sino por la efímera expresión que adoptó el rostro de Cristina al oír aquello. Habría dado cualquier cosa por meterme en su cabeza y hurgar en ella, por leerle los pensamientos.

Pizza y refresco, ésa fue nuestra cena. Una velada inmersa en un espeso silencio y cargada de una profunda sensación de impotencia.
Salí de casa de mi amiga en torno a las once de la noche con el alma en los pies y sintiendo un sabor a derrota contra el que, pensaba, no tenía nada que hacer. La muerte de Cristina se acercaba, y yo carecía de armas para luchar contra ella.
He pensado muchas veces en aquella cena. Tantas que llegó a obsesionarme durante un tiempo. ¿Fueron mis palabras las que llevaron a Cristina a plantearse un desenlace acelerado? ¿Tuve yo la culpa de lo que ocurrió la noche siguiente?
A día de hoy mis respuestas a esas preguntas son fáciles: puede que sí, a la primera cuestión, y rotundamente no, a la segunda. A día de hoy lo tengo claro, pero no fue así durante varios meses. La culpa llegó a atacarme con tanta insistencia que todavía sigo soñando con el cuerpo de mi amiga flotando en la bañera.
5
Mente positiva,
mente positiva,
mente positiva...
Aquella noche mis párpados se mantuvieron firmemente plegados, mis retinas llenas de formas desdibujadas a causa de la oscuridad. Cuando no soporté más el insomnio, decidí convertirlo en algo útil, así que me levanté y fui al salón en busca de mi mochila. A continuación regresé al pasillo para abrir la puerta de la que había apodado «la habitación de mis obsesiones», un despacho lleno de pizarras magnéticas al que sólo entraba cuando el caso en el que estaba trabajando requería mi plena dedicación. Aquel rincón de mi piso había nacido con «El Juego de los Cementerios» y, tras cerrar esa locura, las contadas ocasiones en las que lo había utilizado me habían ayudado a superar algún que otro bache. Sentía miedo y admiración, a partes iguales, por aquel lugar. Un cubículo en el que podía perderme en un mar de informaciones sin sentido, un microespacio en el que vivir a caballo entre la objetividad, el instinto y el desvarío.
—Aquí de nuevo —dije en voz alta, siendo consciente de que, al traspasar el umbral, aquella habitación me anclaría a un suelo cargado de realidad y me ofrecería todas y cada una de sus paredes para reconstruir la historia de Fernando Castellano—. Pero esta vez avanzaremos poco a poco —añadí, como si aquel sitio tuviera alma y estuviera escuchándome—. Iré dándote lo que tengo y lo que vaya encontrando. Iré contándotelo todo y tal vez hasta me quede a dormir en tu sofá, pero no puedo dedicarte mi tiempo al completo. Ahora tengo a alguien que necesita mi ayuda más que este muerto. Cristina debe ser mi prioridad.
Por supuesto, la habitación de mis obsesiones no me contestó. Se limitó a acogerme, a recibir con agrado mi portátil sobre su mesa y los papeles con anotaciones en sus paredes. Aquella noche el sofá se quedaría esperando.

Había iniciado mi búsqueda de información con una pregunta: ¿Era el de Fernando Castellano el único caso de desaparición de un cadáver?
Al teclear en la barra de Google «desaparición cadáver cementerio» apareció enseguida una respuesta: mi muerto no era el único. Charles Chaplin, Maria Callas, Eva Perón y el general Petain también tuvieron que sufrir una vez muertos el robo de su propio cuerpo. Quizá el caso de Chaplin fuera, cómo no, el más hilarante de todos, digno de una de sus magníficas obras de cine mudo.
Dos meses después de su fallecimiento, una banda de mecánicos búlgaros tuvo la genial idea de entrar en el cementerio de Corsier-sur-Vevey para robar el cuerpo putrefacto del famosísimo artista y pedir un rescate estratosférico por él. La prensa de la época se incendió ante aquel extraño suceso. No obstante, la persona que debía alarmarse y atender a las exigencias de los captores del cadáver de Chaplin casi ni se inmutó.
Me habría encantado ver la cara de aquellos ladrones de poca monta al enterarse de la respuesta de la viuda del actor, Oona O’Neill: «Charlie lo habría encontrado ridículo». O sea, que, para desdicha de los robachaplines, la única persona interesada en recuperar el cadáver se había negado a pagar y, para colmo, acabaron pillándolos tras once semanas de búsqueda.
Después de tan estrambótica aventura, Charles Chaplin pudo descansar al fin en paz. Eso sí, bajo una capa de ciento cincuenta centímetros de cemento para evitar que su tumba volviera a ser profanada.
Localicé otro caso curioso más cerca, en Sevilla, donde los trabajadores del cementerio de San Fernando habían exhumado, por error, el cuerpo de una mujer cuya familia tenía todos los documentos en regla. El hijo se enteró cuando fue a visitar la tumba el día de Todos los Santos y se encontró el nicho de su madre vacío. Un error con muy poca intención de ser reparado porque, si lo que leí en las noticias era cierto, el cementerio no había indemnizado a la familia; «falta de cobertura presupuestaria», alegaron. Años más tarde el suceso estaba en manos de la justicia.
De todos modos, aquél no era el tipo de información que yo buscaba, así que lo obvié y continué con mis pesquisas.
Encontré un antecedente parecido al cabo de un buen rato, el caso de un empresario gallego que había desaparecido de su tumba, en el cementerio de Cee, antes de que pudieran exhumar su cadáver para tomarle una muestra de ADN. Por fin daba con algo similar en nuestro país y no demasiado alejado en el tiempo (siete u ocho años atrás). Lo ocurrido guardaba muchísimas similitudes con lo de Fernando Castellano. Pero había un detalle de suma importancia que los diferenciaba: tuve la sensación de que era mucho más sencillo robar un cadáver en un cementerio rural, pequeño y con poca vigilancia, que en el inmenso y controlado cementerio de San José de Granada.
—No creo que haya mucho más —dije en voz alta mientras miraba, en una de las pizarras, toda la información que había ido anotando—. Ahora toca conocer un poquito a Fernando.
A aquellas alturas mis ojos estaban tan metidos en la pantalla del portátil que había perdido la noción del tiempo. Y de la realidad. Por eso mismo, cuando sonó la alarma del móvil a las ocho de la mañana y desperté apoyada sobre la mesa no supe si había dormido varias horas o tan sólo unos minutos.

—Estás hecha una basura —me soltó Enrico al verme llegar.
—¡No me digas! No me había dado cuenta —respondí con ironía y con cierta sensación de urgencia—. Tenemos una hora antes de que aparezcan Gonzalo y Jacinto. Si te parece, nos tomamos un café y te cuento lo que he podido averiguar.
Enrico subió la persiana de La Napolitana y la cerró de nuevo para que nadie nos molestara. Encendió la máquina de café expreso y sirvió un par de trozos de tarta.
—Come, niña —me ordenó—. Te estás quedando en los huesos.
Le hice un breve resumen entre bocado y bocado, comenzando por el empresario gallego y continuando con lo que me había contado la inspectora de policía.
—Dice Andrea que es un tema de herencias. Tras la muerte de Fernando Castellano, justo antes de que fuese incinerado, un juez paralizó la cremación. El cadáver permaneció en las cámaras del cementerio tres días y desapareció en la madrugada previa a la toma de muestras para las pruebas de paternidad —le expliqué.
—¿Cómo se lo llevaron?
—Ése es el problema —respondí—. No está muy claro. Alguien provocó un pequeño incendio frente a las oficinas para sembrar el desconcierto y se cree que usaron un cubo de la basura para llevárselo porque, al hacer inventario, se dieron cuenta de que faltaba uno de los bidones con ruedas de la parte trasera. No hay más. Parece que estamos ante un laberinto sin salida —concluí y, sin habérmelo propuesto, hice mía aquella frase de Andrea.
—Un laberinto sin salida... Ya veo. —Enrico repitió esas palabras en un tono cercano a la mofa—. O sea, que no hay nada. Ni sospechosos ni pruebas... Desapareció sin más.
—Bueno, sospechosos... sí que hay. Están la mujer y los hijos. Pero dice Andrea que no encontraron nada que pudiera relacionarlos. Un caso complicado.
No supe interpretar la ruda mirada que me dirigió Enrico, pero sentí que me atravesaba el cráneo. Me noté crispada, como si estuviera sometiéndome a un tercer grado con sus ojos y su lenguaje corporal y, de repente, tuve la necesidad de retroceder. Plegué los hombros y me crucé de brazos. Me cerré en mí misma para protegerme de aquella insoportable seguridad que emanaba de mi compañero y que parecía querer devorarme. De pronto algo le hizo aplacar su empaque. Supuse que mi propio aspecto. Mi tensión.
—¿Una noche difícil?
Aquello me pilló por sorpresa.
—¿Por qué lo preguntas?
Al recordar mi encuentro con Cristina, su proceso de decadencia, el llanto se arrimó al precipicio de mis ojos, dispuesto a lanzarse al vacío.
—Lo pregunto porque en cualquier otro momento te habría dado igual la investigación de la policía. ¿A ti qué lo que haya dicho Andrea? ¿Cuándo te ha importado el trabajo previo de los demás? Éste no es tu estilo, Ada —arguyó—. Ni siquiera has hablado con los supuestos hijos y ya estás tirando la toalla. Ésta no eres tú.
«¡Zas! ¡En toda la boca!», gritó la voz de mi conciencia.
Enrico tenía razón: aquélla no era yo. Si algo me caracterizaba era esa manía mía de escuchar las cosas a medias. En otro momento el laberinto sin salida de Andrea se habría transformado en mi cabeza en algo cercano al escenario que David Bowie y Jennifer Connelly recorrían en la peli Dentro del laberinto. Un lugar en el que «las cosas no son siempre lo que parecen». Sin embargo, me empeñaba en ver aquel trabajo como ese dédalo infranqueable del que había hablado la inspectora. Aunque, si mis sospechas eran ciertas, ella me había derivado aquel caso porque confiaba en que sería capaz de encontrar una salida.
Respiré hondo y miré a Enrico, dispuesta a abrir mi mente por completo.
—Tienes razón, jefe. Últimamente estoy como si me faltara la energía —admití—. Pero te juro que la recupero. De verdad.
Aquella promesa iba más dirigida a mí que a él. Notaba la falta de optimismo en mi sangre, y así ni siquiera me reconocía a mí misma. Siempre había sido una persona de contrastes. Euforia y decadencia. Pero esta última en dosis muy pequeñas y poco duraderas. Echando la mirada atrás, tuve la sensación de que el pesimismo había pasado de pasajero a conductor de mi vida. Lo de Cristina parecía haber abierto viejas heridas que no iban a curar únicamente con saliva.
«Mente positiva, mente positiva, mente positiva...»
Comencé a repetir esa cantinela en mi cabeza y a utilizarla a modo de radar para buscar un camino más propio de mí. Entonces recordé lo que había estado haciendo la noche anterior, para sacar partido a mi insomnio.
Saqué mi Moleskine y comencé a leer:
—A ver... Según la Wikipedia —dije, y me sentí ridícula al nombrar la Wikipedia como una de mis fuentes—, Fernando Castellano fue un superabogado. Constituía la tercera generación de una familia de letrados madrileños, fundadora de la firma Castellano. Durante sus años en la universidad, además de obtener unos resultados académicos brillantes, comenzó a salir con Mercedes, su actual viuda, y decidió trasladarse a Granada, donde empezó a trabajar en el bufete de su suegro como abogado penalista.
—¿Con la mujer? —preguntó Enrico.
—No he encontrado nada que indique que la tal Mercedes haya ejercido jamás, pero puedo comprobarlo —respondí—. Al poco de casarse murió su suegro, Juan Manuel Sáez-Castillo, y Fernando pasó a estar al frente del bufete Sáez-Castillo y Asociados. Años más tarde asumió la presidencia de la firma Castellano, tras la muerte de su propio padre. Parece que, al igual que él, murió de un infarto. —Me detuve un instante a pensar en el riesgo que conllevaban algunas profesiones aparentemente inofensivas—. Poco tiempo después Fernando promovió la fusión del bufete granadino con el suyo familiar. Ahora Castellano S-C es una de las firmas más potentes del país, con cerca de doscientas oficinas distribuidas por todo el mundo y con la friolera de dos mil abogados entre sus filas. ¡Casi ná! —rematé a la andaluza mi lectura.
Aparte de la información de la Wikipedia (fiable... o no), había encontrado numerosas noticias en torno a Fernando Castellano, a su profesión y, por supuesto, a su muerte y desaparición.
Si obviaba lo de sus hijos bastardos (a los que jamás había hecho, aparentemente, el menor caso), cuanto hallé sobre él en la prensa me permitió delinear el mapa de un buen hombre. Un gran hombre, diría yo. Por supuesto, también encontré críticas negativas, quejas y más de un artículo hiriente hacia su persona, pero descubrí un tufillo a envidia, despecho, odio o miedo en la práctica totalidad de los casos.
Hubo una noticia que captó especialmente mi atención, sobre todo por la poca repercusión que parecía haber tenido:
—Seis meses antes de su muerte vendió la mitad de sus acciones y puso en marcha una fundación sin ánimo de lucro llamada La Pequeña Lulú. Su principal objetivo es sacar de las calles a niños maltratados y desfavorecidos y proporcionarles un entorno sano en el que crecer y desarrollarse. «Cariño, alimento y conocimiento» es el lema de la fundación —le conté.
—Muchos ricos hacen ese tipo de cosas, bien por conciencia social, bien por conciencia de imagen pública —añadió Enrico—. De todas formas, es otro frente en el que indagar.
Asentí al tiempo que echaba una última ojeada a mis notas en la libreta. El sueño me había vencido antes de poder adentrarme un poco más en aquel último proyecto de Fernando Castellano.
—Esto es todo lo que encontré anoche —concluí.
—No es poco —observó Enrico—. Aún no has hablado con sus supuestos hijos y ya tienes buen material.
Recibí aquellas palabras en mi espalda, como una de esas palmadas que pretenden animarte a continuar.
—Estaba muy rica la tarta. ¿La ha hecho Carmina? —Usé la yema del dedo para rebañar los restos de mermelada de la superficie del plato y me lo llevé a la boca—. Ha tenido que ser Carmina, a ti no te salen tan buenas —me mofé de él.
—Pues no ha sido Carmina, so lista. Ha sido Óscar. El chico no lo hace nada mal —dijo con orgullo.
Era cierto, Óscar no lo hacía nada mal. De hecho, la cocina del restaurante parecía mejorar a pasos agigantados. Aquel muchacho no sólo agradecía cada día a Enrico que lo hubiera sacado de la calle con su trabajo y dedicación sino que, además, se estaba labrando un futuro brillante como cocinero. Siempre estaba dispuesto a aprender y, cuando tenía oportunidad, se escapaba para formarse con chefs de renombre.
—Cualquier día te lo roban —bromeé.
—Cualquier día será lo suficientemente bueno para salir de aquí y montar un restaurante de verdad —me respondió él con orgullo.
Cerramos aquella breve reunión de trabajo planteando algunas cuestiones que debíamos resolver: ¿Cuántos trabajadores había a aquellas horas de la madrugada en el cementerio? ¿Pudo intervenir alguno de ellos en el robo del cadáver? ¿Cómo sacaron el cuerpo del recinto? ¿Y si no llegó a salir?

De camino hacia la puerta albergué la esperanza de que, tras mi conversación con Enrico, hubiera cambiado algo en mí. Deseé sentirme más segura con el caso y, pensando que así me facilitaría las cosas, decidí adentrarme todo lo posible en la vida de Fernando Castellano. Supuse que si conocía a fondo el entorno y las circunstancias del abogado tendría la oportunidad de enfrentarme al laberinto en el que Andrea me había metido con un plano de partida. Más adelante, y paso a paso, ya me encargaría yo de ir buscando vías alternativas hasta dar con el camino correcto.
Ésas acabaron siendo mis intenciones. Lo que jamás habría imaginado era hasta qué punto esas vías alternativas, esos atajos hacia la verdad que estaba dispuesta a encontrar, iban a acabar afectando a mi vida. Muy pronto descubriría que el laberinto sin salida era, en realidad, un itinerario perfectamente prefijado; un sendero a través del bosque con miguitas desperdigadas aquí y allá. Una obra de teatro para títeres en la que Andrea y yo terminaríamos siendo personajes cruciales. Tanto que, aún hoy, después de varios meses de que todo haya terminado, sigo notando en mis muñecas y mis tobillos la quemazón de aquellos hilos que lograron manejarme por un tiempo.
6
Aprender de los errores.
Empezar a crecer.
Comenzar a vivir.
—Sentaos, por favor —dije al entrar en la sala de reuniones.
Yo permanecí en pie, aguardando la llegada de mi compañero y aprovechando para analizar a aquellos dos jóvenes que acudían a contratar nuestros servicios. Parecían la noche y el día. Uno de ellos tenía aspecto de ser inocente y cercano; el otro, vanidoso y engreído.
—Que conste que no me apetece mucho estar aquí —me soltó Jacinto.
Antes de poder elaborar una respuesta, entró Enrico en la sala con actitud de pa’ chulo tú, chulo yo.
—Si no le apetece estar aquí, ya sabe dónde está la puerta. Mi socia y yo somos personas muy ocupadas, de modo que le agradecería que no nos hiciera perder el tiempo.
—No, no se ofendan —medió Gonzalo con la voz temblorosa—. Lo que Jacinto quiere decir es que él está aquí por mí.
Enrico y yo permanecimos junto a la entrada de la sala. La situación me pilló a trasmano y decidí limitarme a emular el comportamiento de mi compañero.
—¿Verdad, Jacinto? —insistió Gonzalo, que miraba a su acompañante en actitud de súplica.
—Algo así —respondió al fin el recién catalogado como «cliente problemático».
Yo no daba crédito. Aquel chaval tendría poco más de veinte años y nos miraba como si nos estuviera regalando la vida. Alto y de aspecto desgarbado, con el pelo castaño perfectamente peinado hacia un lado y vestido con prendas que, seguro, superaban con creces lo que una servidora podía llegar a ingresar en uno de mis meses buenos de trabajo.
«Menudo bicho», pensé.
El aspecto de Gonzalo era mucho más cordial y desenfadado. Tras un vistazo rápido, sólo encontrabas a una persona afable y algo inquieta. Analizándolo en detalle, las pelotillas de su polo burdeos y el desgaste de sus zapatos, los tics que alteraban instantáneamente la expresión de su rostro y la leve descamación de su joven piel mostraban a alguien que había sido capaz de mantener una bonita sonrisa en una cara con reminiscencias adolescentes pero castigada por la vida que le había tocado llevar. Gonzalo era, pues, un manojo de nervios contenido en una carcasa de aparente tranquilidad.
Enrico rehusó sentarse. Permaneció apoyado en la pared, manteniendo el contacto visual con su nueva presa, Jacinto. El pobre parecía comenzar a incomodarse.
Yo tomé asiento cerca de Gonzalo y me dirigí a él obviando al resto.
—¿A qué te dedicas, Gonzalo? —le pregunté interesada.
Los tres hombres que me acompañaban me miraron fijamente. Yo sujetaba mi libreta dispuesta a anotar cualquier información relevante.
